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6 La inserción laboral de los diseñadores industriales egresados de la Universidad de Buenos Aires

Al hablar de la inserción laboral de los diseñadores industriales y de la conformación de sus perfiles profesionales, a la luz de la formación obtenida, debemos remitirnos a la pluralidad de actividades que componen el repertorio de posibilidades de acción de estos egresados. Tal como he planteado en el capítulo anterior, esto se debe en parte a la redefinición de la figura del diseñador industrial, de su tradicional espacio de inserción al interior de la industria.

Esta concepción disciplinar legitimada por el devenir histórico de la práctica del diseño en tanto elemento ciertamente propio del campo técnico-industrial, tal como hemos observado en los primeros capítulos, remite a una instancia atravesada y habilitada por una tradición que, en términos de Williams, actúa como “una fuerza activamente configurativa, ya que en la práctica la tradición es la expresión más evidente de las presiones y límites dominantes y hegemónicos” (2000: 137). En este sentido,

…lo que debemos comprender no es precisamente “una tradición”, sino una tradición selectiva: una versión intencionalmente selectiva de un pasado configurativo y de un presente preconfigurado, que resulta entonces poderosamente operativo dentro del proceso de definición e identificación cultural y social. (Williams, 2000: 137)

Esto es, si aún el debate en torno a la configuración o espacio de inserción del Diseño Industrial refiere a si su participación activa se inscribe en el contexto industrial o excede a este, si aún queda validado el pensamiento que circunscribe el accionar del diseñador industrial en el entorno de la industria, tal como hemos observado en el capítulo anterior, es porque esta tradición, o mejor dicho, esta tradición selectiva cuyo discurso emparenta la práctica del diseño industrial vinculado a su participación en la industria, de acuerdo con valores y creencias que lo legitiman, aún actúa con fuerza, instalando y posibilitando ese tipo de discursos.

Como he planteado anteriormente, no hay una única visión que permita ubicar al diseño en una sola línea de acción, sino que la postura más ‘industrialista’ –si se permite el término– aparece junto a otra más diversa, que habilita la construcción de perfiles profesionales diferenciados, que exceden el mero espacio de intervención en las empresas y dan cuenta del escenario actual en que tiene lugar la inserción de los profesionales universitarios en Diseño Industrial. Esto es posible si pensamos en la emergencia o visibilidad de nuevas prácticas –o viejas prácticas reposicionadas con mayor fuerza, como la autoproducción– que se volvieron presentes en un contexto cuyo marco económico dio lugar a su producción. En este sentido, y volviendo al planteo de Williams, lo emergente remite a “los nuevos significados y valores, nuevas prácticas, nuevas relaciones y tipos de relaciones que se crean continuamente” (2000: 145), podemos decir, en el seno de la cultura dominante. Con lo cual, pensar la posibilidad de emergencia de estas nuevas prácticas instaladas en un contexto que, de alguna manera, les dio lugar y visibilidad, sugiere reflexionar sobre su presencia como elementos propios de un orden social dinámico, que atraviesa cambios y produce, en su interior, nuevos valores y prácticas, configurados como elementos alternativos a las prácticas dominantes, en torno a una tradición selectiva que las configuró como tales.

Del mismo modo, un contexto en el cual la relación entre diseño industrial e industria no ha alcanzado una imbricación significativa, ha condicionado esa tradición, habilitando justamente la emergencia de estos nuevos elementos y discursos. La situación de mercado que ha atravesado el país en las últimas décadas, tanto en los años setenta como en los noventa, períodos de gran deterioro de la industria nacional, ha repercutido en la construcción de los perfiles profesionales de los egresados en Diseño Industrial. En este sentido, en su investigación sobre trayectorias de graduados de Diseño Industrial de la Universidad Nacional de Cuyo, Laura Braconi plantea:

La compleja reestructuración que ha sufrido el mercado laboral en las últimas décadas ha llevado a los graduados de Diseño Industrial, en sus dos orientaciones: producto y gráfica, a hacer sustanciales adaptaciones, ya que las competencias requeridas han ido variando según el momento y son muy diferentes de las exigidas históricamente. (Braconi, 2009: 1)

Es decir que las nuevas condiciones laborales generadas en torno al proceso de flexibilización que tuvo lugar en los años noventa, así como la dinámica económica de globalización iniciada entre los años setenta y ochenta, y acentuada en nuestro país en la siguiente década, incidió en la reconfiguración de las trayectorias laborales, así como en la modalidad de ingreso al mercado de trabajo. En este sentido:

Después de 1972-73, el mundo asistió a transformaciones fundamentales en el ámbito económico que hacen que se reconozca desde ese momento, y hasta la década de los noventa, como un punto de inflexión significativo con efectos directos sobre la gestión de la producción y de la fuerza de trabajo (Castel, 2004; Harvey, 1990). Este proceso de transformación se ha caracterizado como el paso del modo de producción y regulación fordista, al modelo de acumulación flexible (Harvey, 1998). Asimismo, este proceso estuvo determinado por profundas transformaciones que afectaron al mercado de trabajo, a saber: aperturas económicas, internacionalización de la economía, procesos de privatización, desregulación de los mercados, incorporación de nuevas tecnologías, modificaciones importantes en las regulaciones del trabajo y terciarización de la economía. […] Estas transformaciones en el mercado laboral tuvieron un efecto inevitable sobre la configuración de las trayectorias laborales, generando transformaciones significativas en ellas, dando lugar a una nueva forma (estética) en las mismas, pasando, de una estética caracterizada por trayectorias lineales, continuas y ascendentes (jerarquizadas), a una estética de las trayectorias caracterizada por ser discontinua, fragmentada e intermitente. (Orejuela Gómez y Correa García, 2007: 10-11)

De esta manera, al interior de este contexto de globalización y reestructuración del mercado de trabajo se generaron modificaciones en las modalidades tradicionales de inserción laboral. Si bien, como hemos observado, la apertura del mercado a productos provenientes del extranjero tuvo sus inicios a mediados de los años setenta, de la mano de las políticas instauradas bajo el régimen de facto, ese proceso fue nuevamente desarrollado casi veinte años después, y provocó un alto impacto en la producción industrial. Este proceso de desindustrialización condicionó de alguna manera la inserción laboral de los diseñadores industriales que si bien, como he planteado, no presentaban una significativa participación en la industria, la escasez de producción industrial evidenciada en ese contexto afectó de modo considerable la actividad de diseño en el país, y principalmente, la inserción de estos profesionales en el ámbito industrial.

Esto es, si bien a comienzos de los años noventa egresaron los primeros diseñadores de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, cabe aclarar que justamente comienza aquí una nueva etapa del diseño industrial en Argentina. Esto, a raíz del escenario económico instalado en esa década, que impulsó al desarrollo de nuevas prácticas en la orientación profesional del Diseño Industrial, hasta el momento asentadas en dos áreas principales, como he mencionado anteriormente: el diseño de productos y el diseño de mobiliario.

6.1. Inserción en los noventa, o el descubrimiento
de una profesión

La primera camada de profesionales egresó de la carrera de Diseño Industrial en la Universidad de Buenos Aires en el año 1990, al haber iniciado sus estudios en 1985, y siendo una carrera de cinco años de duración. La enseñanza inicial se basaba en la práctica constante, según relatan los entrevistados, guiados por profesores insertos en el campo de la producción de bienes, tanto en relación a la industria como desde la autoproducción:

Nosotros junto con mi socio somos la primera camada de sangre pura… la primera camada pura desde el CBC hasta terminar. […] Y tuvimos mucha suerte en nuestra formación porque si bien uno dice “uy”, porque en los inicios hay muchas cosas, sí, es verdad, pero también tenés ventajas y desventajas. Las ventajas que yo miro, hemos sido formados por maestros más que profesores, por ejemplo Leiro, Doberti… que estaban trabajando mucho en diseño de productos. Te decía Doberti, que justo no trabaja en diseño de productos, pero digamos, es el de morfología más reconocido por así decirlo. Después Leiro, que trabajó en diseño de productos desde siempre. Y Julio Colmenero ante todo, nuestro maestro maestro. Y después también hubo otros, por ejemplo Fosco, tipos que estaban muy versados en el trabajo de diseño industrial. Son los que más recuerdo, y bueno, corregían. Kogan… Todos corregían con nosotros. O sea, yo, “mirá Kogan, tengo este problema” y él venía y me corregía a mí, cosa que eso hoy en día es medio de ciencia ficción. (Daniel S., Diseñador Industrial FADU-UBA)

La formación inicial impartida por profesionales reconocidos dentro del campo del Diseño Industrial, que habían participado de este en el momento de mayor desarrollo de la actividad, en los años sesenta, potenciaba un imaginario de accesibilidad, al igual que ubicaba a los nuevos ingresantes en relación con los ‘protagonistas’ del diseño de productos en el país, instancia que brindó las herramientas necesarias para acceder a esta área, entendida como la de mayor especificidad y reconocimiento dentro de la disciplina:

Así que en ese sentido tuvimos mucha suerte y después también tuvimos la suerte de incorporarnos inmediatamente, apenas terminamos ya empezamos a trabajar. Y entramos por la puerta grande que es diseño directamente de productos. Entonces entramos a una fábrica que todavía sigue siendo cliente, que necesitaban el diseño de una bordeadora, así que así empezamos. “¿Y qué trabajos hicieron? ¿Qué experiencia laboral tenés?” Todo esto, todo lo que hicimos en la Facu… Así que en ese sentido entramos por la puerta grande y nos fue bastante bien y aprendimos un re pedazo. (Daniel S., Diseñador Industrial FADU-UBA)

El “entrar por la puerta grande” remitía, sin dudas, a ingresar a un área ciertamente específica del diseño industrial: el diseño de productos. Al mismo tiempo, otro entrevistado relata su inicial inserción profesional junto a un socio con quien estableció un estudio de diseño, desde el cual trabajaban para clientes diseñando productos:

Y así arrancamos, con un trabajo que nos llegó a través de un familiar de él [del socio], bastante grande, que fue y que dio génesis a juntarnos y a armar el estudio. Era el diseño de una cabina para un helicóptero para un fabricante de Estados Unidos. […] Siempre el objetivo era hacer diseño y desarrollo de productos para terceros. (Esteban, Diseñador Industrial, FADU-UBA)

Estos casos remiten a una primera inserción vinculada al área ‘tradicional’ para un diseñador industrial, como es el diseño de productos. Pero, en otros casos, como veremos en el siguiente relato, la necesidad de costear la carrera dio lugar a una incorporación inicial en espacios no vinculados al diseño, pero que, con el tiempo, se orientarían a este ansiado espacio de inserción, área específica de la disciplina:

–Hice de todo un poco, mientras me pagaba el estudio. Después empecé a trabajar en una fábrica de juguetes, que el hijo del dueño de la fábrica era un conocido de un amigo mío y un día fui a visitar la fábrica, me encantó y yo como estaba en más de la mitad de la carrera, le propuse una gama de cosas en las que yo creía que podía intervenir en la empresa. Y me dice “mirá, me falta un diseñador gráfico, si te gusta…”. Entonces me interioricé más sobre diseño gráfico, hice una especie de curso avanzado de especialización en ciertos programas. Y en base a eso empecé a trabajar gráficamente un año, dos años y después ya empecé a trabajar en productos. Empecé a diseñar juguetes y eso me encantó, la verdad que fue un cambio. Empecé a sentir que lo que hacía me encantaba.

¿Qué cosa es lo que te encantaba?

–Diseñar juguetes, diseñar productos. (Sebastián, Diseñador Industrial, FADU-UBA)

Si bien en estos casos el inicial trabajo ‘como diseñadores’ estuvo vinculado a un área específica del diseño industrial, algunos en una primera instancia y otros luego de un camino de inserciones diversas, tal como veremos a continuación, la planteada ‘diversidad’ inherente a la inserción de estos profesionales ya comenzaba a volverse visible en esa década. De este modo, podemos observar el relato de otro entrevistado, quien plantea haber accedido desde su graduación, en los años noventa, a trabajos no vinculados directamente al diseño industrial, o al diseño de productos:

–Yo termino la Facu [en 1993] y empiezo a laburar en Canal 13, a partir de una convocatoria que hace ahí un docente. Bueno, nos presentamos varios, bueno quedo yo y… y ahí estuve laburando 12 años…

¿Y qué es lo que hacías ahí?

– La parte gráfica, en el Departamento de Gráfica. Y… haciendo más que nada 3D. Como el jefe de ahí, digamos como que vio la posibilidad de a partir del 3D que también estaba empezando en ese momento a usarse, a hacerse más popular… Él veía que necesitaba a alguien digamos como que tenga idea del espacio y los objetos más allá de los diseñadores gráficos que era la gente que estaba laburando en ese lugar. Y bueno, ahí laburé haciendo gráfica, algunas escenografías que eran como con cromo, o sea, en 3D, y bueno, fue una experiencia muy buena, más que nada a nivel de conocimiento de una realidad laboral. (Diego C., diseñador en estudio independiente)

En algunos casos, como este relato por ejemplo, la experiencia laboral parece no adscribirse a la tarea específica del diseñador industrial: el diseño de productos al interior de la industria. Así, la posibilidad de inserción en otros espacios que no evidencian una relación directa con esta actividad pone en escena la peculiaridad de la profesión: su apertura, su amplitud vinculada a la realización de tareas diversas, emparentadas o no con una práctica proyectual industrial, emparentadas o no con el diseño industrial. Un cuestionamiento surge a partir de este análisis: ¿el diseñador industrial en su amplia posibilidad de inserción, dada la redefinición de su propia actividad, realiza su labor proyectual a partir de la cual se inscribe profesionalmente y se constituye su figura? ¿Si hablamos de diseño industrial no nos remitimos al área de proyectación de bienes, a ser recreados en serie, por medio de procesos industriales, tal como planteara Maldonado? Pero si retomamos la idea de Blanco, a partir de la cual el diseño industrial o el diseño de productos pensado en términos de producción industrial constituyen en sí un pensamiento perimido, podemos cuestionar la afirmación maldoniana. Hablamos de un cuestionamiento que parece construirse sobre una encrucijada: la propia delimitación de la actividad no es tal, y justamente la realidad experimentada por los egresados en relación a su inserción da cuenta de ello:

Las tareas que se supone que es el núcleo central de la disciplina es medio difícil, hay muy poco, muy poco trabajo para eso, que es el diseño de productos para producción en escala industrial, teniendo en cuenta la ergonomía, el producto, la semántica. […] Diseño Industrial es entendido como las Sociedades Internacionales de Diseño Industrial lo definen, en América latina esa definición no cuadra tanto, quizá para países por lo general con un nivel de desarrollo de la industria mucho más grande, o menos coartado… o sea más continuo y donde en realidad la figura del diseñador aparece hace muchísimo tiempo y ya tiene como una trayectoria, por lo tanto el diseñador como profesional independiente también ya es conocido…O sea, sí, vos tenés que decir como el cliché del diseñador industrial: ‘dibuja productos que se van a fabricar’, y eso en Argentina no pasa mucho. (Soledad, Diseñadora Industrial FADU-UBA)

En algunos relatos, esta cuestión que aparece como clara en referencia al diseño de productos industriales en tanto actividad específica del diseñador industrial parece no ser tal, o mejor dicho, como hemos planteado antes, parece no corresponderse al contexto latinoamericano, o específicamente en este caso, al argentino. Lo cual debe entenderse a partir de transformaciones de diversa índole que ha atravesado la sociedad y que ha dado lugar a una resignificación de la propia actividad del diseñador. En este sentido, es preciso pensar, en términos de Merardo Chiapponi:

Al sostener que el diseñador industrial es esencialmente un especialista en la proyectación y planificación de los productos industriales, no se le reducen por otra parte los campos de investigación y de actividad sino que, al contrario, se abren espacios en los cuales su aporte goza de merecidos reconocimientos y tiene significativas ocasiones de incidir en la realidad. Esto es tanto más verdadero en la situación actual, en la que profundas transformaciones tecnológicas, sociales, económicas, culturales y ambientales hacen necesaria una reflexión total acerca de la cultura material contemporánea y hacen posible, tal vez por primera vez después de la fase inicial del proceso de industrialización, el nacimiento de nuevas tipologías de los objetos. (Chiapponi, 1999: 10).

La posibilidad de desarrollo profesional, desde esta visión, remite a un contexto en el cual tiene lugar esta apertura a la realización de actividades diversas por parte de los diseñadores. Pero, paralelamente a esta supuesta mayor actividad profesional, o mejor dicho, a estas mayores posibilidades de acción, si analizamos el contexto en el cual se formaron, en los años noventa, los diseñadores industriales en la Universidad de Buenos Aires, a la luz de un cierto desconocimiento sobre la figura misma del diseñador y su ejercicio profesional, es posible comprender las visiones contrapuestas que surgen desde los mismos relatos de los entrevistados. Es decir, si bien hablamos de una profesión que contaba con una trayectoria, en términos de formación a nivel nacional, de varias décadas, la sensación experimentada por los alumnos en cuanto al desempeño profesional remitía a lo desconocido, dada la ‘novedad’ a causa de la reciente apertura de la carrera, al menos en la ciudad de Buenos Aires. Es así que, en torno a este contexto, se delineaba para algunos un panorama ciertamente negativo o desalentador en cuanto a la posibilidad de inserción profesional, mientras que para otros, remitía a una instancia positiva, ya que en cierto modo se vislumbraba un ingreso directa o indirectamente vinculado a la profesión, aún cuando la posibilidad de inserción de un diseñador industrial en el mercado generaba cierto estado de ‘extrañeza’ o ‘asombro’:

Yo empecé en el 92, me acuerdo pequeños datitos. Una vez apareció toda la Facultad, Facultad de Arquitectura, en el piso donde nosotros estudiábamos, una fotocopia que había aparecido un aviso pidiendo diseñador industrial. Y era toda una revolución, no existía esto. […] Éramos muy poquitos y siempre en algún lugar terminamos trabajando, o sea, todos mis compañeros, toda la gente que venía laburando, uno en una fábrica de sillas, yo trabajando en este estudio de diseño que hacía locales y mucha escenografía para televisión, era otro rubro. Hay ciertas industrias con laburos específicos en determinados nichos que siempre trabajaron. La industria del mueble siempre anduvo bien. Hay determinados lugares donde los diseñadores… el tema de puntos de venta, stand, arquitectura publicitaria, siempre hubo trabajo. (Mario, Diseñador Industrial, FADU-UBA)

Esta visión, en algún modo optimista, se contrapone a aquella que plantea una limitada inserción laboral en los años noventa, principalmente en áreas acotadas como el diseño de POP[1], stands, puntos de venta, reflejada en los siguientes relatos:

Mirá, la verdad que toda la década del noventa fue mi década de estudiante en la Facultad. Era como una cuestión de fe absoluta porque todo era negativo, o sea, era estás estudiando Diseño y no vas a conseguir trabajo como diseñador de lo que a vos te interesa diseñar. […] Me parece que a mí me tocó estudiar en un momento donde el diseño todavía era una gran novedad y no se entendía muy bien qué estábamos estudiando, ni siquiera nosotros ni los docentes ni nadie, digamos. Estábamos todos como sorprendidos con los objetos, como hipnotizados, alucinados con el objeto. Y bueno, no fueron buenos años para estudiar. (Marco, Diseñador Industrial, FADU-UBA)

Cuando empezamos a estudiar…habrá sido en el 99, el titular de la cátedra daba la charla inaugural, nosotros entrando en primer año y el tipo decía “acá no hay laburo, van a estudiar algo que no sé si van a estar insertados laboralmente”… El tipo nos recibía diciéndonos que no íbamos a hacer nada con esa carrera, que no había posibilidades para el diseño en el país ni en la industria… Ese era, digamos, el recibimiento. (Leandro, Diseñador Industrial, FADU-UBA)

Optar por esta carrera en los noventa no brindaba, en algunos casos, un panorama alentador, dado el contexto de escasa producción nacional y el alto nivel de importaciones que predominaba, lo cual reducía al diseñador a espacios de inserción ciertamente acotados, tal como planteaban los diseñadores entrevistados en relación a este período:

¿Y qué hacía un diseñador industrial en ese momento?

–Y, hacía stands… Y, trabajaba por ahí en lo que es el sistema de consumo, packaging, stands. Sólo se hacía eso porque era la única industria que funcionaba, se vendía lo que venía de afuera, entonces, digamos, el único lugar para hacer era el exhibidor para una feria o para algún lugar, no sé. […] [Eso] es diseño. Entonces, no estaría mal que alguien se encargue de desarrollar stands y exhibidores. Pero el punto es que en ese momento sólo se hacía eso, entonces hasta hoy queda como el estigma de que si vos hacés stands y POP no diseñás, es como lo peor que podés hacer… Y por otro lado, sí, todos los diseñadores queríamos diseñar productos más que exhibidores, pero…también tiene que ver creo que con el perfil con el que se forman en la Facultad. (Dolores, Diseñadora Industrial, FADU-UBA)

El diseño de POP se conformaba casi como el único espacio de acción en aquel momento, el cual, si bien remitía a la formación disciplinar y a un área de incumbencia profesional, no era concebido como el de mayor especificidad de la disciplina, ni como el espacio ‘ideal’ de inserción. La frase de la entrevistada, quien sostiene que “hasta hoy queda como el estigma de que si vos hacés stands y POP no diseñás, es como lo peor que podés hacer” da cuenta, justamente, de lo que este representa para los diseñadores como área de inserción, sea como consecuencia de haberse instalado en los noventa como el reducto de trabajo al que debían incorporarse para no quedarse por fuera del mercado, sea por las condiciones laborales que implica su desarrollo –tiempo acotado de trabajo, en horarios no habituales, puesto que deben instalarse los puntos de venta producidos en horarios de madrugada, o fines de semana, cuando los comercios permanecen cerrados al público– o sea porque, según los entrevistados, si bien “es diseño”, en él “no se canaliza todo el potencial que puede dar un diseñador industrial”, tal como plantea un entrevistado.

Ahora bien, pese a esta limitación en cuanto a la inserción profesional, y pese, sobre todo, a la débil situación industrial de ese momento, la inicial búsqueda de espacios en los cuales insertarse se vio signada, en muchos casos, por la inquietud, por el afán de desarrollar proyectos que permitieran desplegar a los egresados habilidades y competencias adquiridas en la formación. Es decir que, si bien esta última se percibía como mayormente orientada a una participación en la industria –puesto que, recordemos, tal como señalaba Blanco, los alumnos eran formados “al estilo italiano”, a fin de que una empresa los llamara para trabajar en ella–, esta participación parecía no tener correlato en la ‘realidad’, y dejaba por tanto a los egresados la posibilidad –o necesidad– de construir nuevos espacios donde desarrollarse profesionalmente, tanto durante la cursada como una vez recibidos:

Me parece que en un punto había una cuestión que apuntaba a formar diseñadores para una industria inexistente…Como si la formación era como si saliésemos a una industria asentada en una relación con diseñadores industriales y no era así. Y que generábamos como ciertos productos a gran escala, que tampoco era así. […] Cuando nos formamos, digamos, la cabeza era como empezar eso, a movernos y a generar posibilidades de cosas que no había dando vueltas. […] Todo nuestro roce tiene que ver con esa cosa más áspera del principio de ir buscándoselas, ingeniándolas para ver dónde nos metíamos. […] Devenimos unos diseñadores-emprendedores-productores, que me parece que es una figura que se fue generando en el camino. (Roberto B., Diseñador Industrial, FADU-UBA, diseñador en estudio independiente compartido con dos socios)

El desarrollo profesional remite a un camino por el cual el egresado debe transitar una vez recibido, o en muchos casos, como ocurrió con la mayoría de los entrevistados, durante el momento de cursada en la Facultad, a fin de incorporarse a un espacio laboral específico de su interés. Tal como sostiene este último entrevistado, ‘ellos’ –tres socios/diseñadores que comparten desde hace trece años un estudio de diseño– devinieron “diseñadores-emprendedores-productores”, una categoría autoasignada, autoconstruida, en función de un perfil identitario que fueron construyendo a lo largo del tiempo, a partir de una trayectoria profesional ‘autogenerada’.

En este sentido, tal como sostienen Dubar y Tripier:

La profesión no es objetiva sino una relación dinámica entre las instituciones, la organización de la formación, la gestión de la actividad y de las trayectorias, caminos, biografías individuales en el seno de las cuales se construyen y se deconstruyen las identidades profesionales, tanto sociales como personales. (Dubar y Tripier, 1988, en Panaia, 2008: 12)

De este modo, la profesión da cuenta de la integración de diversas instancias que promueven la construcción de la identidad profesional, a partir de la interacción entre la propia biografía y el devenir social. En ese sentido, este camino profesional, tal como observábamos en el anterior relato del entrevistado (Roberto), se conforma en la integración de elementos propios, deseos, intereses, inquietudes, así como habilidades, competencias, con componentes objetivos como los diversos actores con los cuales los individuos interactúan en este (o estos) camino(s), que inciden en la propia construcción identitaria profesional.

Es decir que la identidad profesional supone una construcción basada en el dinamismo propio de todo devenir histórico-social, que permea las subjetividades, así como en la articulación de los elementos subjetivos y objetivos que inciden en esa configuración. De esta manera, la identidad se compone de un carácter flexible que la vuelve permeable a los cambios y dinamismos propios, tanto del individuo como del orden social y espacio-temporal que lo configuran. Los sujetos encuentran al interior de este un espacio en torno al cual desarrollar sus capacidades y potencialidades, enfrentar obstáculos y dificultades, y construyen, así, según orientaciones propias o del entorno mismo, un camino a seguir.

Volviendo al caso planteado por este entrevistado –que claramente refleja el camino iniciado por diversos egresados, basado en la búsqueda autogestionada de espacios de inserción, desde una ‘autopromoción’ de las propias capacidades–, el descubrimiento de un mercado para el cual el diseño aún tenía todo por ofrecer, combinado con la curiosidad del egresado, en su búsqueda por alcanzar espacios posibles de desarrollo de la actividad, orientaban y construían el camino profesional, ya no circunscripto únicamente al ámbito de la industria, dada la necesidad de abrirse nuevos espacios por fuera de esta.

Así, la posibilidad de insertarse laboralmente vendría de la mano de una autogeneración del empleo, y no de la idea de esperar a que un industrial los convocara para trabajar en una empresa. Esto es, la inserción, en muchos casos, se basaba en el desarrollo de un trabajo autogestionado, a partir del recorrido llevado a cabo por cada estudiante o graduado, en función de su inquietud, movimiento e intuición:

Entonces le queda más la responsabilidad tal vez al diseñador industrial cuando sale, en encontrar un poco por sí solo el camino que puede ser más adecuado para servirle al mercado, digamos, y para que te llame alguien para trabajar, ¿no es cierto? (Ezequiel, Diseñador Industrial FADU-UBA, diseñador que trabaja en la industria, sector salud)

Esta idea de “encontrar un poco el camino por sí solo” da cuenta de la acción subjetiva que debe desarrollar y desplegar el diseñador para construir subjetivamente su identidad profesional, aquella que permitirá reconstruir, a modo de un rompecabezas, la propia figura, esto es, aquello que un entrevistado plantea cuando dice “depende de cómo vayas manejándote para ver qué diseñador industrial sos”. El entramado simbólico que subyace en esta reconstrucción de la figura de sí mismo como profesional depende del accionar de cada diseñador, de cómo actúe y opere a fin de ‘hacerse un lugar’ en el mercado y en la sociedad. En relación a esto, Dubar sostiene:

Los individuos de las sociedades con predominio “societario” son compelidos a construirse identidades personales que deben traducirse en “proyectos de vida” y en “competencias” que ya no vienen “dadas” al nacer, ni están puramente “determinadas” por el lugar en la división del trabajo, sino “construidas” por y en la experiencia personal y biográfica de cada uno. (Dubar, 2001:13-14)

En relación a este camino ‘autogestionado’ de los egresados, que ‘orienta’, según sus inquietudes e intereses, las búsquedas de inserción y genera muchas veces proyectos propios sin depender ‘del llamado de un industrial’, se plantea:

¿Y cómo se insertaban o cómo buscaban ustedes el trabajo?

–No, lo generábamos. Me parece que era generado… (Diego C., DI FADU-UBA, diseñador en estudio independiente)

–Y digamos, nosotros somos diseñadores-productores, pre-2001, nos bancamos una crisis, qué sé yo, pero como hacíamos tantas cosas pudimos pasarla y seguir gestionando el diseño. Pero nunca vino una industria… Ojo, hicimos un peine para piojos, pero eso fue después de varios años de estar. Nosotros de estudio tenemos trece años. Tenemos mucho tiempo de estudio y de profesionales. Pero en principio había que autogenerarse ese camino y me parece que esa manera de autogestionarnos, de reinvertir lo que ganábamos, nos posiciona hoy como gente que hace diseño y producción y vende productos o vende diseño. […] También nosotros, como nos hicimos en el momento, nos hicimos como bastante de abajo, entonces el desconocimiento de la profesión implicaba que vos arrancabas como desde atrás y eso generaba como un impulso distinto. (Roberto, DI FADU-UBA, diseñador en estudio independiente)

El planteo que realiza este entrevistado, cuando menciona “nos hicimos desde abajo”, refleja un reconocimiento de sí y del propio lugar, esto es, la posición desde la cual partieron para llegar a ser reconocidos “como gente que hace diseño y producción”, luego de un camino en el cual debieron sortear numerosos obstáculos a fin de posicionarse como tales. De alguna manera, ellos, en tanto ‘nuevos ingresantes’ al campo del Diseño Industrial, fueron marcando el camino para quienes vendrían posteriormente. Fue así que estos entrevistados, del mismo modo que otros en su misma situación, iniciaron este camino de la autogestión que, hacia los años noventa, comenzaba a desarrollarse como práctica profesional en este campo. El ‘autovenderse’ posteriormente se afianzaría como práctica dentro de él, hacia los años 2000.

Así, la llegada de nuevos ingresantes que buscaban desarrollar prácticas autogestionadas a fin de ‘hacerse’ un lugar en el mercado, generaba ciertos movimientos en el campo. En este sentido, podemos pensar:

La iniciativa del cambio pertenece casi por definición a los recién llegados, que también son los que más carecen de capital específico, y que, en un universo en donde existir es diferir, es decir ocupar una posición distinta y distintiva, sólo existen, sin tener necesidad de pretenderlo, en tanto en cuanto consiguen afirmar su identidad, es decir su diferencia, que se la conozca y se la reconozca (“hacerse un nombre”), imponiendo unos modos de pensamiento y de expresión nuevos, rupturistas con los modos de pensamiento vigentes. (Bourdieu, 1995: 355)

De este modo, la construcción del camino que estos entrevistados plantean haber iniciado “desde abajo” los condujo a producir ciertas prácticas que, a modo de estrategias de promoción e inserción, fueron habilitando el espacio, al interior de un escenario complejo, con luchas, posiciones y discursos instalados en el campo de desarrollo profesional. Este último entrevistado (Roberto) planteaba un discurso cuyo anclaje en la industria se evidencia en numerosas entrevistas: “acá está todo inventado, ¿qué querés inventar?”, el cual remitía a un obstáculo para el ingresante, que debía ser sorteado a partir de nuevas estrategias que permitieran ‘ganarse’ un espacio, y alcanzar, pese a esto, el reconocimiento, como objeto en juego dentro del propio campo.

6.2. Habitus e identidad, entre la formación ‘ampliada’ y la diversidad de acción profesional

Ahora bien, la construcción del recorrido que el egresado realiza en función de su inserción laboral responde a una puesta en juego de habilidades, conocimientos –si bien iniciales, pero que permiten dar cuenta de un savoir faire basado en una formación–, competencias y actitudes, así como aptitudes que van a permitir delinear una inserción acorde a los propios deseos e inquietudes. Esto es lo que se plantea como “competencias de empleabilidad”, las cuales, en términos de María Antonia Gallart, refieren a “los fundamentos, conocimientos y habilidades necesarias para encontrar y conservar un buen empleo” (2003: 11). Cabe destacar que el período que comenzó a desarrollarse posteriormente a la Segunda Guerra Mundial, y que cobra mayor presencia en las últimas décadas del siglo XX, caracterizado por una globalización tecnológica, comercial, financiera y productiva, dio lugar a un importante cambio técnico con alta incidencia en la estructura social. En función de él, “la educación y la adquisición de conocimientos que se convierten en skills productivos son los principales factores que inciden en la posición social de las personas” (Mora y Araujo, 2008: 2). Este desarrollo de habilidades y nuevos saberes, al interior de la denominada ‘sociedad del conocimiento’, inciden en las propias trayectorias laborales de acuerdo con los perfiles profesionales que adopten los egresados.

Hablamos también de ciertos habitus incorporados, formas de internalizar las estructuras sociales, ciertos esquemas de percepción y acción, que devienen en determinadas modalidades de inserción. La diversidad de prácticas que comienza a tener lugar en esos años –los noventa– y que pasa a configurar el ejercicio profesional del diseñador industrial, se encuentra en cierta forma ‘habilitada’ debido a la existencia de un habitus performador que, siendo el anclaje de una historia objetivada en instituciones, estructuras y discursos sociales, se subjetiviza en el desarrollo de las prácticas mismas.

Esto es, hablamos de prácticas subjetivas sostenidas por una historia y unos principios que orientan y dan lugar a las acciones. Estas pasan a constituirse en un marco ‘de lo esperable’, en tanto resultado de imbricaciones subjetivas y objetivas socialmente estructuradas. Si podemos pensar en las prácticas que constituyen la búsqueda de desarrollo profesional de estos egresados en tanto acciones conformes a tradiciones, principios, discursos, contextos históricos y sociales que de alguna manera las condicionan, es por la existencia de un habitus que atraviesa esas prácticas, que las produce en tanto expresión del orden del cual forman parte, constituidas en tanto estrategias propias que permiten alcanzar el capital en juego, al interior de un campo específico. En este sentido,

…si las prácticas de los miembros del mismo grupo o, en una sociedad diferenciada, de la misma clase, están siempre más y mejor concertadas de lo que saben y quieren los agentes, es porque, como dice Leibniz, “no siguiendo más que sus propias leyes”, cada uno “se pone de acuerdo con el otro”. (Bourdieu, 1992: 102)

Esta idea de “seguir sus propias leyes”, sobre la base de una creencia colectiva compartida, a modo de una illusio que habilita el juego y recrea el interés de los agentes por formar parte de este, y del propio campo, refleja la actitud que los entrevistados manifiestan una vez finalizada la carrera universitaria, al ‘apostar’ por el juego, desplegando sus habilidades, y emprendiendo así los inicios al interior de un campo complejo, que demanda prácticas a modo de estrategias, y que seguramente, quienes más las desarrollen, más comprendan las reglas del juego, menor complejidad o dificultades percibirán al momento de posicionarse dentro de este.

En este sentido, de acuerdo con el relato de diversos entrevistados, una cuestión planteada al momento de insertarse en el mercado tiene que ver con la “curiosidad” o la “inquietud” que desarrolla el egresado, referidas a los propios intereses, y en función de los cuales busca orientar la profesión hacia una determinada área de acción. Si bien la formación apela principalmente a una orientación de servicio a la industria, como hemos planteado anteriormente, la diversidad de actividades en las cuales un diseñador industrial puede desempeñarse, amplía el escenario de inserción, dando cuenta de un abanico de múltiples posibilidades en torno a las cuales desarrollarse profesionalmente. En relación a esto, se plantea:

A mí me parece que la carrera es increíble de buena, me encanta, y que tiene infinitas aplicaciones. Que está en cada uno lo que quiere hacer. Me parece que está bueno eso, porque cuando empezás a ver, tenés tantas posibilidades de aplicarlo… Vos podés hacer hasta una tostada con diferentes formas, y vender hasta un vehículo, hasta una mesa, es una infinidad la cantidad de cosas. Un arquitecto tiene muchísima menos posibilidad de intervenir porque si bien tenés hospitales, casas de familia o edificios, es acotado lo que podés hacer. El diseñador industrial tiene dos millones de aplicaciones. […] No importa en qué país estés, en qué país vivas y en qué situación económica, siempre hay dos millones de cosas para hacer. Y cosas que se pueden mejorar y cosas que se podrían aplicar… Para mí depende de uno, no depende del mercado. (Sebastián, DI FADU-UBA, trabaja en una empresa distribuidora de productos y realiza actividades como diseñador independiente para la industria)

Una cosa es la formación, o sea las herramientas que como diseñadores tenemos. Me parece que es una disciplina que es muy rica y que te abre la cabeza. Entonces en la formación de un diseñador industrial vos tenés herramientas de producción, que es la parte de saber cómo se hacen las cosas. Después tenés cierta cuestión de un oficio. La carrera te da un oficio que es cómo resolver determinados problemas y ver a través de la realización de un producto. Después te da cierta cuestión de sensibilidad estética, artística y cierta cultura de diseño que me parece que es como muy rico. Entonces en todo eso, decía un egresado nuestro el otro día que ahora es profesor de acá, la carrera te da una caja de herramientas, en función de tus posibilidades y tu suerte, de lo que vos puedas hacer, vas a encontrarle la vuelta. (Mario, DI FADU-UBA, docente universitario y diseñador independiente en estudio propio)

El repertorio de acción del diseñador industrial se vuelve un entramado de posibilidades que se configura como múltiples recursos de los cuales valerse en su búsqueda de inserción laboral. Esto es, una formación que habilita a un accionar complejo y cuyo desarrollo profesional se produce a partir del uso subjetivo que lleve a cabo el diseñador en función de la misma. De este modo, el reconocimiento de ese abanico de posibilidades de acción remite a la anteriormente planteada redefinición de la disciplina, la cual ha dado lugar a la construcción de perfiles profesionales diferenciados, sobre la base de una formación “ampliada”. En este sentido, Chiapponi expresa:

Es evidente que, aún para la formación del diseñador industrial a nivel universitario, se debe tener como referencia y como objetivo una profesionalidad “ampliada”, no ufana de conocimientos tan especializados que resultan ineficaces en la mayoría de los casos concretos. La asunción coherente de una concepción semejante tiene incidencias inevitables sobre la estructura organizativa y sobre los contenidos de la didáctica del diseño industrial ubicada en un contexto universitario. Incidencias que determinan incluso problemas al menos parcialmente no resueltos, ante todo el de establecer cuánto y en qué direcciones debe ser ampliada la profesionalización. Traducido en términos de organización curricular, esto significa preguntarse qué papel deberán tener en la formación universitaria de un diseñador industrial las disciplinas teóricas, históricas y científicas, que no puedan ser consideradas puramente aplicables y auxiliares, pero que, en cambio, aumentan la tasa de “liberalidad”. […] Por otra parte, la experiencia nos enseña que el sistema formativo universitario del diseñador industrial hace tiempo que está estructurado en diversos niveles que dan lugar a diferentes perfiles profesionales caracterizados por una variedad de equilibrios entre los componentes inmediatamente aplicables y los teóricos. (Chiapponi, 1999: 127-128)

Esta formación orientada a una “profesionalidad ampliada”, en términos del autor, sin dudas tuvo su correlato en la organización curricular de la carrera en la Universidad de Buenos Aires, al plantearse, hace unos años, la apertura de cátedras para una de las principales materias que la componen: Taller de Diseño Industrial, entendida como materia troncal de la carrera y ciertamente definitoria en la formación.

De contar históricamente esta materia, desde sus inicios, con dos orientaciones –de acuerdo con las dos cátedras que la impartían–, desde el año 2009 se habilitó la apertura a diversas orientaciones al abrirse el concurso a nuevas cátedras, lo que permitió una mayor variedad en la oferta educativa, al mismo tiempo que se legitimaba institucionalmente esta mayor diversidad en las orientaciones y perfiles profesionales. En este sentido, este cambio generó un mayor dinamismo en la cursada así como una adaptación –a esta altura, necesaria– al contexto diverso que se planteaba como escenario de acción para el diseñador industrial:

Y bueno, por ejemplo en la UBA, yo te hablo de la UBA, y la UBA siempre hubo cátedra única a la mañana y cátedra única a la noche. Estaba Blanco y Leiro…. recién hace dos años se abrieron los concursos docentes y eso generó que esas cinco cátedras, tres a la mañana y dos a la noche… O sea, antes había una sola visión del diseño, yo de hecho di clases con Blanco y soy muy crítico de la visión de Blanco porque Blanco fomenta un diseñador muy… un estilo italiano, un designer, un tipo que es medio entre una estrella y un diseñador. (Andrés, DI, FADU-UBA, docente universitario y diseñador en estudio independiente)

Una cosa típica de carrera joven, cuando yo la hice había dos cátedras, en un sistema tan complejo como una universidad la falta de opciones hace que las cosas no sean tan buenas. Porque la única manera de hacer algo bien es que haya varias opciones, entonces vas teniendo….En Arquitectura hay un montón de cátedras, acá no, acá no se depura, a pesar de que los resultados son buenos porque la gente… En comparación con otras universidades yo tengo que aceptar que es bueno el resultado. Entonces la cátedra que yo hice a la mañana, a diferencia de la noche, que fue otra gente que me comentó, está mucho menos conectada con la industria, y todo lo hacen en un trabajo muy… muy de diseñador solo y el diseñador no trabaja nunca solo, el diseñador dentro de la industria es una partecita que ni siquiera es la parte más importante y es uno más dentro de un trabajo. (Ezequiel, DI, FADU-UBA, trabaja en industria)

–Lo que pasa que en la UBA ahora cambió…

¿Qué es lo que cambió?

–Cambió que ya no es… no hay cátedras únicamente y entonces está más diversificado. (Javier, DI, FADU-UBA, trabaja para una fábrica de POP)

¿Hacia dónde apunta esto de las cátedras?

–Creo que va hacia una apertura más plural. (Pedro, DI, FADU-UBA)

Esta apertura de cátedras generó en términos de los entrevistados mayor diversidad y pluralidad, al mismo tiempo que un mayor acompañamiento al alumnado, en un contexto cambiante, en función de una formación más adaptada a las necesidades diversas que se presentaban al momento de su inserción laboral. En relación a esto, otros entrevistados plantean esta supuesta definición de perfiles instaurados en el período anterior a la apertura de nuevas cátedras –desde los inicios de la carrera hasta finales de 2000– los cuales daban cuenta del ‘tipo de profesional’ al que se orientaba la carrera:

Yo vengo de la escuela de Ricardo Blanco… En la Facultad había dos cátedras de Taller de Diseño, que entiendo yo, marcaban la tendencia de la inserción profesional de los egresados. Si bien yo no conocí en profundidad Leiro, y lo que diga va a estar mal, porque no la conozco en profundidad, entiendo que la idea de Ricardo venía con una vinculación fuerte con el mundo del arte, de hecho Ricardo fue presidente de la Academia [de Bellas Artes], y tenía una vinculación fuerte en ese sentido, más allá de tener una especificidad dentro de la producción seriada, que también tenía que ver con ese mandato europeo de cuál era la diferencia entre arte y diseño. (Pedro, DI, FADU-UBA)

–Bueno tiene que ver mucho con quiénes estaban atrás de eso. Los perfiles y las miradas y la relación con la industria y la experiencia de cada uno de los que estaban haciendo la carrera en su momento, más que nada de las materias importantes. […] Diseño es una materia como que define el perfil del profesional. En ese momento había dos cátedras que eran Blanco y Leiro… Y Leiro en algún momento fue cambiando un poco el perfil…

¿Y cuáles eran esos perfiles?

–Blanco hacía como más objetística, o sea, la parte estética del objeto. No es que dejaba de lado todo el resto, pero era como una manera de formar profesionales competitivos a nivel internacional. Y es cierto. La gente que sale de la UBA es competitiva a nivel internacional. Lo que pasa es que cuando nosotros salimos la opción era irse a trabajar a Milán. Y la otra cátedra, Leiro, en realidad, como no la cursé, sé por comentarios de otros, en el fondo era más o menos lo mismo. Parecía más social. […] En ese momento para mí el profesional era así [formado al estilo italiano]. En ese momento eso era ser diseñador industrial. O eras así o estabas fuera de la línea. (Raquel, DI FADU-UBA)

De este modo, tal como plantea la entrevistada, la existencia de ciertos perfiles –con mayor o menor vinculación con la industria– condicionaba la propia orientación profesional del diseñador industrial. Con lo cual, al generarse la apertura a nuevas cátedras, a nuevas orientaciones, dada en un marco de redefinición de la propia disciplina, se evidenciaban las potencialidades diversas del diseñador, más allá de la propia adscripción institucional –legitimada históricamente– al diseño de productos. Así, a las dos cátedras ‘históricas’ que definían la orientación profesional, se suman tres nuevas a la materia Taller de Diseño Industrial, que van a plantear nuevas miradas sobre la profesión y sobre la actividad del diseñador. Algunas más orientadas a la inserción de este en la industria, o con una orientación a la autoproducción, otras con mayor peso en lo social, en asumir el rol social del diseño, esto es, la diversidad se plantea como un abanico de múltiples disposiciones del diseñador a fin de intervenir el espacio:

[Las nuevas cátedras] creo que aportaron visiones nuevas en general y visiones nuevas para la Facultad, ¿sí? Ambas cosas me parece, creo que inclusive por lo menos en la cátedra donde estoy intentamos que haya, que los alumnos pasen por distintos tipos de metodologías y diferentes concepciones del Diseño, intentamos eso. Que trabajen en las áreas del diseño inclusivo, dentro de todas las vertientes posibles del diseño inclusivo. Intentamos que pasen por un amplio espectro de posibles comitentes y espectros de desarrollo de producción. (Pedro, DI, FADU-UBA, docente en la carrera de DI-UBA y diseñador independiente en estudio propio)

Esta instancia dio lugar a un reconocimiento institucional de la diversidad de inserción profesional de los diseñadores, con lo cual, más allá de los estatutos referentes a las diferentes incumbencias profesionales, se puso en práctica este reconocimiento de la diversidad de acción inherente a la profesión, desde la propia formación educativa, desde la misma Universidad.

A su vez, esta diversidad, reflejada en los relatos de todos los entrevistados, supone el reconocimiento de una formación que conlleva un importante alcance en relación a la práctica profesional, pero cuya base teórica “ampliada” genera cierta inespecificidad o escasa delimitación, dada por la ausencia de especialización en la formación:

El diseñador es más una nebulosa lo que sabe en general. […] Muchos diseñadores dicen “soy diseñador industrial” y yo no sé lo que sabrá porque es como que a mí no me parece que esté bien la preparación de la Facultad, me parece que todo lo que uno hace es lo que hace después, o lo que uno elige hacer después. (Sebastián, DI, FADU-UBA, trabaja en empresa)

La generalidad de los conocimientos adquiridos, junto a la escasez de práctica vinculada a los procesos productivos industriales, se evidencian durante la carrera, influyendo ciertamente en la inserción laboral de los egresados y dificultando su acceso, por ejemplo, al interior de la industria, un ámbito específico y reconocido de incumbencia profesional del diseñador:

Para mí salís con muy poca preparación de lo que es el mercado… La parte tecnológica, darle un poco más de bola a la parte tecnológica que está muy mal dada, que sea más interactivo con empresas, que vayan empresarios, que vayan empresas… Por ejemplo que los trabajos sean diseñar una máquina para cierta empresa. Entonces que venga la empresa, que les cuente qué máquinas tienen, que les cuenten el proyecto real, cómo es en la realidad. […] Si vos tenés que hacer diseño conceptual, bueno, que se haga una cátedra que sea más conceptual, otra que sea más pragmática, otra que sea más de baja producción, otra que sea de alta producción, otra que sea para el diseño de autos, no sé. Poder especializarte, cosa de vos tener más conocimiento y poder plantarte frente a un empresario cuando salís de la Facultad, no que tengas que tener diez años de experiencia en algo para después poder hablarle a un empresario del rubro. Me parece que es fundamental eso. (Sebastián, DI, FADU-UBA, trabaja en empresa)

Estos relatos dejan entrever la percepción respecto a la propia formación en tanto alejada de la “realidad”, alejada de las necesidades o exigencias propias del mundo de trabajo “real”. Esto, a causa de la distancia que perciben entre ‘lo aprendido’, los saberes adquiridos, y ‘lo aplicable’, configurado en el mundo productivo, cuyo entramado muchas veces diverge de lo conocido, y por esto mismo, supone un camino de re-conocimiento y de apropiación. En este sentido, se expresa nuevamente la ausencia de un factor clave para la posterior inserción del diseñador en el mercado: la posibilidad de experimentar situaciones que permitan adentrarse en ese mundo, vivenciarlo de alguna manera ‘desde adentro’, para poder desenvolverse profesionalmente con mayores herramientas y mejores recursos:

Es como un médico que estudia Medicina, pero nunca hace prácticas, entonces vos sabés toda la teoría, pero te ponen un paciente adelante y decís “ah bueno por dónde empiezo”. Es como que vos tenés toda la teoría de cómo iniciar un proyecto, el contexto, la idea rectora de qué es lo que va a guiar al proyecto, todo, pero después te encontrás con tantas limitaciones… Bueno, está bien, va a ser un producto, que va a ser de chapa, pero yo los procesos de chapa, sí en la Facultad tenés teóricamente plegado de chapa, pero tenés que tener mil cosas técnicas, cada proceso tiene muchas cosas técnicas que el que las sabe tiene mucha ventaja sobre el que no las sabe. Para empezar a dibujar directamente, porque las formas dependen de qué procesos se pueden hacer con esa tecnología específica, con las máquinas que tiene la empresa a la cual vos le diseñás. […] Entonces es como que eso la Facultad no te lo da. La experiencia te lo da. Habría que hacer prácticas como tiene la Medicina, tendría que haber a lo mejor entre la Facultad y las empresas contratos de pasantías directamente, para que las empresas contraten aunque sea pasantes y eso les dé puntos para sumar… Algo así para tener más experiencia cuando salís, y poder especificarte en algo. Porque vos salís con un rango amplio, pero no sabiendo, sabiendo algo de nada. (Sebastián, DI FADU-UBA, trabaja en empresa)

Este discurso refleja una cierta ‘desconexión’ entre la percepción de lo que ellos como profesionales deberían hacer, la percepción sobre cómo desempeñar su rol profesional y sobre las herramientas con las que cuentan –que se supone son suficientes para ‘salir’ al mercado–, y la realidad profesional tal cual es, diferente de aquella que ellos percibieron como tal. Es decir que construyen una individualidad e identidad en relación a una realidad que no es, reflejando, así, un quiebre entre el discurso ‘heredado’ y la realidad ‘practicada’. El habitus performador los forma, en este sentido, de una manera que ‘choca’ ciertamente con la realidad que posteriormente ‘enfrentan’ en la práctica profesional, generando una ruptura entre la propia percepción de la realidad profesional, de acuerdo con lineamientos formativos, y la realidad que efectivamente ellos vivencian como profesionales.

Esto es, si bien se plantea una cierta contradicción entre la dimensión académica, performativa, y la productiva o “real” –en el sentido de que los egresados perciben una desarticulación entre aquellos saberes construidos en la Universidad y la posterior práctica profesional–, ella se sostiene sobre la idea de que es esta abstracción que se promueve, dada en un punto por la inespecificidad de la formación, la que permite aplicar posteriormente todo tipo de saberes en la práctica activa. Esto es, ante una ausencia de especificidad en la carrera, la abstracción se presenta como un modo performador que finalmente termina por propiciar una inserción diversa, la cual sería ciertamente nula al instalarse la propia especialización desde la misma formación.

Así, la inserción laboral, si bien presenta dificultades al momento de requerir determinadas aptitudes y conocimientos en relación a los procesos productivos del escenario de acción profesional –conocimientos que no se ven reflejados en su totalidad en la formación impartida, dada la instancia pedagógica propia de la enseñanza institucional en que se enmarca–, al mismo tiempo, el contexto de “libertad” en que se lleva a cabo caracteriza de alguna manera la disposición del diseñador industrial a encontrarse habilitado a desarrollar todo tipo de tareas. Esto es, se perciben a sí mismos como “diseñadores todo terreno”, debido, justamente, a la ausencia de una especialización previa en la formación. La enseñanza sedimenta, así, el camino que el egresado irá definiendo conforme descubra sus potencialidades e inquietudes al servicio del mercado y de la sociedad, las cuales refieren a una pluralidad de dimensiones en las cuales aplicar sus saberes, al mismo tiempo que construirá otros nuevos en el entorno productivo dentro del cual se desarrolle profesionalmente.

Así, se trata no sólo de aprender e incorporar nuevos saberes que permitan una mayor adaptación al mercado, sino que el egresado “a poco de incorporarse en la actividad laboral, puede darse cuenta de que debe aprender a ser distinto de lo que es”, como señala el diseñador Ezequiel Kobrinsky (2010: 1). La propia identidad se irá construyendo, justamente, en este nuevo aprendizaje, basado en nuevos conocimientos que brindarán una mayor capacidad de respuesta a los requerimientos productivos, buscando superar esta distancia entre el ‘mundo académico’ y el meramente ‘productivo’.

6.3. El campo de desarrollo profesional y la confor­mación de perfiles profesionales diferenciados

Si pudiéramos pensar el campo de desarrollo profesional de los diseñadores industriales en términos de la configuración que presentaba en los años noventa, es preciso comprender el contexto en el que este tenía lugar, que daba cuenta de una inserción ciertamente limitada, específicamente en el área ‘tradicional’: el diseño de productos industriales, lo cual condujo a numerosos profesionales a iniciar un camino basado en la ‘autogestión’.

Si bien la concepción de la disciplina se encontraba desde sus inicios orientada al diseño de productos, en esa década, factores como la escasez de inserción en esta área específica, la reestructuración laboral llevada a cabo en el mercado de trabajo, la mayor flexibilidad de los puestos de trabajo que adquiere el nuevo capitalismo posfordista, y la ya planteada débil articulación del diseño con la industria, como principales causas, comienzan a vincular al diseñador con nuevas áreas de acción, cuestión que se acentuaría mayormente en los años 2000. Bajo este contexto, el diseño de productos comenzaba a dejar de percibirse como la única vía o área específica de desarrollo de la actividad, al visibilizarse otros espacios de inserción, vinculados directamente, o no, con esa área.

En este contexto, es preciso destacar, entonces, los diversos actores que participaban al interior de este campo específico y le brindaban dinamismo. Esto es, tanto los diseñadores previamente instalados como los nuevos ingresantes, junto a los estudios de diseño y las empresas –entendidos, estos últimos dos, como núcleos posibles de inserción–, y la Universidad, cuyo rol formador incidía en la construcción legitimante del desempeño profesional del diseñador industrial –que aún en ese momento no propiciaba una apertura plural de la orientación del diseñador, sino que la focalizaba en el diseño de producto, ya que la apertura de cátedras tendrá lugar hacia los años 2000–, constituían los principales actores del campo de inserción laboral en Diseño Industrial. Finalmente, el mercado de bienes, cuya oferta y demanda de productos intervenidos por diseñadores habilitaba la participación de ellos, incluyéndolos, reconociéndolos –o desconociéndolos–, construía y dinamizaba el espacio de desarrollo profesional del diseñador industrial.

Así, al interior de este entramado con sus propias reglas de juego, y con un objeto en juego, el diseñador desarrollaba sus acciones, alternando entre prácticas propias de un discurso devenido de una tradición selectiva, o dando cuenta del desarrollo de estrategias que, a modo de ruptura con lo instituido, habilitaban nuevas prácticas emergentes, así como la reposición de otras, no tan nuevas, pero articuladas con el contexto en que tenían lugar.

Podemos dar cuenta de este escenario a partir de la visualización del siguiente esquema del campo de desarrollo profesional, con sus respectivos actores, quienes configuraban las reglas, las cumplían o las revertían, a través de la puesta en acción de prácticas, a modo de estrategias, que permitían construir legitimidad en torno a la figura de aquellos actores, evidenciando sus posibilidades de alcanzar el objeto –lucha mediante– que estaba conformado por el reconocimiento y la legitimidad en torno al posicionamiento profesional en el campo del Diseño Industrial:

Figura 1: Esquema del campo del Diseño Industrial, escenario
en los años noventa

Actores predominantes: diseñadores previamente instalados al momento del egreso de profesionales de la UBA, trabajando para empresas (principalmente en la realización de mobiliario comercial, POP) y en estudios de diseño, con mayor preeminencia de participación en estos últimos; ‘nuevos ingresantes’, alumnos o recién egresados que buscan inserción en empresas y a través de la autogestión/ “autovenderse”, desde estudios de diseño, desde la autoproducción o inserción free lance; empresas que incorporan –escasamente– diseñadores a su producción; estudios de diseño; universidades e instituciones educativas que forman diseñadores en tanto ‘nuevos ingresantes’ al campo, que, con el tiempo, pasarán a posicionarse como los ‘ya instalados’ frente los nuevos ingresantes. Los diseñadores ‘ya instalados’ y los ‘nuevos ingresantes’ se encuentran en pugna por el reconocimiento simbólico y económico dentro del campo.

Tal como hemos observado, la incorporación de los nuevos ingresantes al campo configura en ciertos casos el despliegue de nuevas estrategias de participación dentro de él, modificando en algunos casos prácticas ya instaladas, del mismo modo que pueden movilizar posiciones propias o de otros actores. Cabe destacar que este campo, en este contexto de transformaciones que tiene lugar en los años noventa, se ha reconfigurado dada la emergencia de diversos espacios de inserción laboral, así como de perfiles profesionales diferenciados en relación a la figura del diseñador industrial, construidos en torno a una necesidad de inserción por fuera de la industria, generada en un punto por el contexto de debilidad industrial, pero a su vez, devenida de un proceso de mayor individuación, en el cual el profesional también opta por trabajos de tipo autogestionados, como veremos en el próximo capítulo.

Esta instancia de diversidad en cuanto a la actividad laboral que atraviesa y define la inserción de este egresado no contradice las incumbencias profesionales impartidas discursivamente por la Facultad, sino que, por el contrario, las acompaña. Con lo cual el discurso que remite a una formación “ampliada” surge desde el mismo ámbito universitario, y habilita posteriormente a esta vasta inserción, la cual se adapta a las necesidades del mercado. Pero, como veremos, esta diversidad que se sostiene en la Universidad aún se encuentra atravesada por el lineamiento ‘tradicional’ que vincula a la figura del diseñador industrial con la industria, con lo cual se genera cierta contradicción, o desencuentro, entre lo que se imparte como orientación ‘libre’ y lo que se sostiene aún en términos legitimados por una ‘tradición selectiva’, como planteáramos al inicio de este capítulo.

Ahora bien, en relación a esta ‘diversidad’ inherente a la formación “ampliada” del diseñador, tal como señala Chiapponi, podemos plantear la configuración de los perfiles profesionales diferenciados, que pasan a definir las áreas centrales de participación de los diseñadores. A modo de presentación, ya que serán analizados en profundidad en el siguiente capítulo, pueden ser clasificados según la siguiente categorización[2]:

  • Perfil orientado a la industria: da cuenta de una actividad de proyectación o desarrollo de productos realizados bajo procesos industriales, instancia que remite a una tarea ciertamente reconocida como específica del profesional en Diseño Industrial, la cual es desarrollada al interior de las empresas.
  • Perfil de diseñador independiente, el cual se subdivide en los siguientes perfiles:
    • Diseñador independiente que trabaja en estudio de diseño: desarrolla actividades de proyectación, maquetación, desarrollo de productos, POP (diseño y producción de mobiliario comercial, exhibidores o ‘puntos de venta’ de productos para diferentes escenarios como shoppings, tiendas, negocios de diversos rubros), diseño de stands, entre otros. Estas actividades no son específicas del diseñador industrial, sino que también pueden formar parte del repertorio de acción de los arquitectos, convergiendo en estas tareas (principalmente en el diseño de stands) ambas profesiones. Se trabaja al interior de un estudio de diseño, propio o compartido entre varios diseñadores, como socios, o también se puede ser empleado en ellos. En su mayoría trabajan para PyME.
    • Diseñador independiente free lance: a través de esta modalidad de inserción el diseñador que cuenta con una estructura pequeña de trabajo realiza actividades de diseño, proyectación, trabajos en 3D (realización de renders[3]), entre otros. Suele constituir la primera experiencia laboral de un diseñador industrial.
    • Diseñador independiente ‘autoproductor’: remite a una actividad de proyectación y desarrollo de productos, en los cuales se destaca el mobiliario así como ciertos objetos de uso cotidiano, producidos a baja escala. Si bien tiene sus inicios desde el comienzo de la actividad en el país, se torna mayormente visible hacia los años 2000.
    • Diseñador independiente que realiza ‘diseño de autor’: remite a una actividad de diseño y autoproducción de objetos, mayormente visible a partir de 2001 en nuestro país. Esta figura se emparenta a la de un diseñador-artista, el diseñador como productor de objetos de baja escala de producción (pequeñas cantidades), cuyo nombre porta un sello distintivo y caracteriza individualmente las producciones que realiza. Se la podría considerar como una vertiente del perfil de autoproductor.
  • Perfil académico: docente-investigador o vinculado a programas de desarrollo institucional del Diseño, con mayor participación a partir de 2000, en un contexto de mayor reflexión en torno a la función social de esta actividad. Aún los diseñadores presentan una débil inserción en esta área, específicamente en la investigación, mientras que la docencia se manifiesta como un espacio de desarrollo para una gran proporción de sus egresados. En cuanto a lo institucional, se evidencia una mayor participación de diseñadores industriales en programas o centros gubernamentales de promoción del Diseño a partir del período mencionado.

Cabe destacar que estos diferentes perfiles son dinámicos y pueden darse en simultáneo, por ejemplo, en el caso del diseñador que trabaja en una empresa y que, al mismo tiempo, tiene un estudio de diseño independiente desde el cual realiza trabajos para clientes diversos, sean otras empresas o clientes particulares. Incluso el diseñador docente-investigador puede realizar, paralelamente, actividades de diseño desde un estudio independiente.

En el siguiente capítulo, entonces, analizaremos en profundidad estos diferentes perfiles profesionales que conforman el abanico de actividades que atañen al Diseño Industrial, muchos de los cuales surgieron desde los inicios mismos de la disciplina en el país, como la autoproducción, la inserción en la industria o el diseño free lance. En relación a esto, es preciso destacar que si bien la diversidad de acción evidenciaba estos perfiles diferenciados anteriores a esta década del noventa, la inserción de esos profesionales de la UBA en el campo dinamiza en gran medida el perfil de diseñador independiente, acentuando y ampliando esa participación. Ella se refleja en mayor medida a partir del nuevo escenario económico posterior a 2001 en Argentina, de mayor visibilidad del diseño como actividad, instancia que también será abordada a continuación.


  1. El diseño de POP refiere al diseño de puntos de venta, exhibidores, piezas gráficas para locales, negocios, góndolas de supermercados, así como el diseño, desarrollo y colocación de elementos de vidrieras, entre otros. Es un área comercial que ha devenido en un punto específico de los diseñadores industriales. Esta actividad, de acuerdo con el relato de numerosos entrevistados, es quizá la de menor reconocimiento profesional; si bien se reconoce de incumbencia profesional, al mismo tiempo se plantea como una actividad que exige un alto grado de trabajo, pero escasamente reconocido en términos de su retribución económica, lo cual plantea un obstáculo más al ingresante al campo. Volveremos sobre esta área en los próximos apartados.
  2. Estos perfiles fueron configurados a partir de los relatos de los diversos entrevistados en relación a las posibilidades de su inserción profesional.
  3. Cabe destacar que el diseño de render constituye, generalmente, una primera ‘salida’ laboral para los egresados, o mismo para los estudiantes que buscan insertarse laboralmente. Renderizadorender en inglés- es un término usado para referirse al proceso de generar una imagen desde un modelo, es utilizado por los animadores o productores audiovisuales y en programas de diseño en 3D –altamente manejados por los diseñadores industriales–, en función del cual se genera una animación, en tanto representación, simulando ambientes y estructuras físicas verosímiles. Se utiliza, por ejemplo, en la visualización de proyectos arquitectónicos de viviendas, edificios, parques, y demás construcciones que se deseen proyectar.


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