Una aproximación a las claves discursivas bajo la dictadura militar chilena
Karen Alfaro Monsalve
Ya que el fortalecimiento de estas derechas es muy contrario, tanto a las profecías liberales al estilo de Fukuyama, como a las predicciones desde la izquierda del movimiento histórico imparable hacia la emancipación; nos interesa comprender qué contexto particular hizo posible la emergencia de las nuevas derechas. En cierto sentido, nos preguntamos, ¿si su alcance y significado refleja una irrupción momentánea de un mundo que se está desvaneciendo, o más bien un proyecto de sociedad en auge?
Raphael Hoetmer (2020)
Introducción
Un desafío de nuestro tiempo es intentar comprender cómo las derechas han ocupado el lugar de “la novedad” en la base de la construcción de los proyectos políticos y sociales, preocupación válida para la coyuntura actual en América Latina, como también a escala global. Siguiendo a Maristella Svampa, reconocemos que este nuevo momento está marcado por que “el final del ciclo progresista, al menos como lo conocimos, es un hecho consumado, en términos de gobierno, de alianzas regionales y de clima de época” (Svampa, 2020, p. 37). Junto con ello, resulta relevante conocer las estrategias discursivas utilizadas por las derechas para construir la idea de lo nuevo, en especial en coyunturas de transformaciones y cambios.
Pero ¿qué puede ser novedoso en un proyecto de precarización de la vida como el encarnado por las derechas? Lo primero es comprender que la tradicional clasificación de una derecha política, económica e ideológica no resulta suficiente para responder a las transformaciones experimentadas en las últimas décadas. Por tanto, tenemos el desafío analítico de explicar la capacidad multidimensional que adquiere la política en estos tiempos.
En el sentido señalado, un primer aspecto relevante de analizar es la emergencia de las derechas en un contexto inédito, marcado por el agotamiento de las alternativas progresistas tradicionales que no han podido construir alternativas de horizonte y una narrativa que haga sentido a la sociedad actual. Este ciclo que podemos denominar “posemancipatorio” está caracterizado por una crisis de los derechos sociales, del humanismo, de los principios civilizatorios que sostenían a los estados de bienestar social. Es por ello que también este momento se caracteriza por la falta de articulación y de permanencia de los movimientos sociales, ya que los pilares que nutrían la construcción de proyectos a largo plazo y que sostenían las luchas sociales a lo largo del siglo XX se encuentran en un momento de crisis.
Sumado a lo señalado, un segundo elemento es el “espíritu de época”, marcado por la percepción social de vacío y de aburrimiento. La era de la información y la expansión pospandemia de los usos de internet y redes sociales han estado acompañadas de una nueva relación de las sociedades con el tiempo histórico. Es decir, la experiencia de un tiempo acelerado y la gran cantidad de información que circula nos enfrentan a una nueva dinámica social.
A partir de lo descrito, es importante destacar que el aburrimiento o tedio de la sociedad actual se distancia de aquella experiencia representada en la burguesía decimonónica. Por el contrario, se expande y afecta de manera transversal a las sociedades. Es lo señalado, un escenario que aparentemente es dinámico, pero que se experimenta como lineal, lo que genera las condiciones para la irrupción de la novedad como fuerza:
El aburrimiento puede volverse peligroso. Porque el horror es también una respuesta a la nada y al hastío […]. La catástrofe nace idealmente en lugares sin horizonte, donde está todo dicho, guetos verticales o de polvo, donde solo el golpe es una forma de que pase algo. (Michelson, 2024, p. 41)
Es por ello que, al analizar la emergencia de las derechas, es importante volver la mirada al contexto, además de las propuestas que encarnan. Advertimos en esta dirección que el carácter de “novedoso” de la irrupción de las derechas se debe en parte a la capacidad de construir discursos deshumanizantes como una alternativa disruptiva frente a la linealidad de la experiencia, transgrediendo con ello los marcos y valores democráticos.
También es importante preguntarse en qué sentido nos enfrentamos a nuevas derechas, en especial cuando advertimos que la defensa del neoliberalismo y de herencias dictatoriales son elementos que las constituyen, en especial en América Latina. Es decir, más allá de la clasificación de una derecha económica y otra política, nos enfrentamos a diversos “rostros” que se articulan. El exministro de la dictadura describía a su sector bajo la figura de un mosaico:
El mosaico cultural de la derecha […] es comprobable no sólo en los movimientos y partidos que formó, sean históricos o sus separaciones. Sino también – y en ocasiones de modo principal – de sus variadas expresiones académicas y periodísticas, como por ejemplo ocurre con las revistas y sus variados equipos editoriales […] Es importante, asimismo, observar la influencia de líderes con carisma. (Ruiz y Cuadra, 1992, p. 44)
Podríamos decir al respecto que esta figura resulta gráfica para comprender la construcción histórica de las derechas, como teselas que se aglutinan en diversos momentos con vocación de poder y con carácter reaccionario frente a los proyectos del mundo social-popular. Es un importante desafío reconocer las partes y las condiciones que han permitido construir el mapa de las derechas en nuestra región.
El presente artículo busca analizar específicamente una dimensión de los discursos de las derechas, y es el carácter que adquieren las infancias como objeto de la novedad, en especial sus usos en la construcción política de sentidos de futuro y de la distinción entre lo público y lo privado. Consideramos central examinar los discursos políticos en torno a las infancias, ya que estos permiten comprender de qué manera se reconfigura la relación entre el Estado y la familia, especialmente en coyunturas de cambio social y disputa por los sentidos de la vida colectiva. En este sentido, siguiendo a Sosenski y Jackson, nos parece importante ubicar los debates en torno a las infancias como parte de los mecanismos retóricos de cambio de época:
Desde que los filósofos y los historiadores comenzaron a contemplar la posición relativa de la infancia en las edades de la humanidad, el concepto de los primeros años de vida ha inspirado ideas de pureza, inocencia, idealismo, incorruptibilidad y superioridad moral. Por esa razón, el niño ha surgido en la retórica del Estado –a través del tiempo y las regiones– como el punto de partida de un nuevo régimen, sobre todo en momentos de revolución o cambio cultural trascendental. (Sosenski y Jackson, 2012, p. 16)
Esta aproximación desde la historiografía a las infancias en el centro de las transformaciones nos parece fundamental para comprender el actual contexto de emergencia de las derechas. De especial interés en estos tiempos es el carácter moralizante que adquiere la política.
En el segundo gobierno del expresidente Sebastián Piñera se difundió el eslogan “Los niños primero en la fila”, simbolizando el rol de la infancia frente a las políticas públicas, especialmente en un contexto cruzado por los cuestionamientos al Servicio Nacional de Menores (SENAME), organismo denunciado por diversas vulneraciones de derechos a niñas y niños institucionalizados. A mediados de su primer año de gobierno, en 2018, Piñera establece una mesa de trabajo cuyo objetivo fue alcanzar un acuerdo nacional por la infancia, que dio origen a un nuevo Sistema de Protección de la Niñez. No obstante, a pesar de los cambios de nombre del organismo, los principios que sostenían el antiguo SENAME, institución creada bajo la dictadura civil y militar, se mantenían intactos en torno al principio de subsidiariedad.
“Los niños primero en la fila” emerge como discurso político en un escenario de amplia crítica al modelo neoliberal y de progresiva agudización de las desigualdades sociales en el país. Esta crisis del neoliberalismo tiene en el campo de la educación un eje central de activación de las movilizaciones sociales desde el año 2000. La llamada “Revolución pingüina” del año 2006 y otras manifestaciones estudiantiles lograron amplia adhesión ciudadana en torno a la educación gratuita y de calidad. En el año 2019, el país asistió al llamado “estallido social”, movilización social que inició un ciclo constituyente, develando las principales críticas al sistema en distintos ámbitos como la salud, pensiones, trabajo, educación, entre otros. En ese contexto de irrupción de la movilización social, los cuestionamientos a la constitución heredada de la dictadura se transformaron en los sustentos para dar paso a una nueva carta constitucional, diseño marcado por un itinerario construido desde las élites políticas que no logró concretar el anhelo de cambios profundos. En los debates constitucionales, la infancia estuvo en el centro de la discusión en especial en torno a las definiciones de familia, en materia de educación y salud, entre otros campos.
En el clima del estallido social se vivieron violaciones a los derechos humanos que hicieron recordar los períodos más terribles de nuestra historia reciente, dejando en evidencia los déficits democráticos. El gobierno de “los niños primero en la fila” no se limitó a hacer uso de la fuerza estatal contra cientos de niños, niñas y adolescentes, quienes sufrieron detenciones, golpes, trauma ocular y otros tipos de violencias. Piñera declaró públicamente el 20 de octubre de 2019, frente a las movilizaciones sociales: “estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie” (Lucero y Guerra, 2019). Esta declaración de guerra al pueblo movilizado trajo a la memoria de miles de chilenos y chilenas los recuerdos de la violencia estatal.
Los cambios de nuestra época son un impulso para abordar desde una mirada histórica los momentos en que la derecha ha elaborado a partir de discursos sobre la infancia un relato de lo nuevo y lo fundacional. Para este trabajo abordaremos el carácter que adquieren los discursos de la derecha sobre la infancia bajo la dictadura civil y militar, como momento central en la construcción de las bases del neoliberalismo.
Las infancias en el centro de los discursos bajo dictadura chilena
La dictadura civil y militar chilena (1973-1990) dotó de diversos sentidos a las infancias, estableciendo un marcado abordaje clasista en torno a la construcción de la llamada “infancia irregular” (Velásquez, 2022) como foco de la intervención pública. Junto con ello, siguiendo a Castillo (2021), “el uso de la niñez como tópico permitió difundir en chilenos y chilenas la dimensión humana, empática y respetuosa de los militares y sus autoridades” (p. 151), desarrollando además el establecimiento de vínculos diplomáticos con foco en las agendas internacionales de la niñez (Alfaro y Morales, 2021).
Los usos de la infancia pueden inscribirse también en el conjunto de estrategias de control social de la población, con el objetivo de infundir el miedo, disciplinar y normalizar la violencia del régimen. Siguiendo a Goicovic (2005), reconocemos a lo largo de la historia del país la construcción de una pedagogía de la subordinación, que ha operado normalizando las injusticias y garantizando la impunidad. En este sentido, nos parece que los discursos moralizantes utilizados por la derecha sobre la infancia son portadores de esta pedagogía que opera borrando el recuerdo del protagonismo social y del triunfo de la Unidad Popular, transformando el gobierno de Allende en una tragedia y un “error histórico” (Goicovic Donoso, 2005). Junto con ello, también reconocemos el rol asignado a las infancias en el relato edificante del proyecto neoliberal, atribuyendo a los privados la mejor gestión de los recursos públicos.
Es a partir de lo descrito que analizaremos tres claves de los discursos de la dictadura en torno a las infancias: una primera dimensión centrada en la crítica a la Unidad Popular (UP), la segunda en torno al carácter edificante del proyecto neoliberal y la tercera a partir de la burocracia autoritaria, que actúa desde una dimensión de tutela, generando además estrategias de normalización de las violaciones a los derechos humanos.
La infancia se constituyó en la principal figura ejemplificadora del supuesto “fracaso” de las políticas públicas de la UP. En especial la crítica se concentró en el Programa Nacional de Leche (PNL), clave del imaginario del proyecto popular (Valdivia, 2010), que buscó garantizar la entrega del medio litro para todos los niños y niñas menores de 15 años, mujeres embarazadas y madres en periodo de amamantamiento. Lo que este programa representaba era la alta preocupación del Estado y la inversión de gasto público en la alimentación de la población. Es por ello que desacreditar la imagen de esta política cumplía un objetivo clave para el régimen, en la línea de focalización de las políticas públicas y de reducción del gasto fiscal.
La construcción de un Estado neoliberal, desde el principio de subsidiariedad, requirió desmantelar la institucionalidad y las políticas sociales desarrolladas bajo el gobierno del presidente Salvador Allende. Lo anterior supuso desestatizar las demandas sociales, generando las condiciones para la privatización y el fortalecimiento de los llamados cuerpos intermedios de la sociedad, entendidos principalmente como el conjunto de actores que se articularon en fundaciones y organizaciones, que operaron a partir principalmente del voluntariado femenino y que jugaron un rol clave en la expansión del ideario del régimen. La transferencia de recursos estatales a manos de privados estuvo acompañada de la destrucción de la noción de “lo público”: esta función central de la resocialización neoliberal se configura a partir del desprestigio del Estado en el imaginario social. Junto con ello, atribuye un valor social superior a la mediación con el mercado, condición que se expande a todos los ámbitos de la vida. Este proceso permitió que el neoliberalismo no solo se construyera a partir de las normativas y cuerpos jurídicos, sino también que lograra legitimidad social a partir de un proceso de neoliberalización de la vida.
En función de lo señalado, en palabras del dictador Augusto Pinochet, la niñez es un actor clave en el discurso de desprestigio a las políticas de la UP y en la construcción de la llamada “nueva unidad nacional”:
Luego de años de prédica demagógica disolvente y materialista, hemos vuelto a buscar la unidad nacional y hemos infundido confianza en nuestros niños y en nuestra juventud en la justicia de esa nueva unidad, y sobre todo en la existencia de un Chile con destino propio y luminoso. (“S.E. destacó trabajos en favor del niño chileno”, 1978, p. C-7)
Las nuevas bases de la sociedad neoliberal, sustentadas en la individualización y la realización en el consumo, fijaron en las infancias y la juventud el sujeto del llamado “capital humano” pensado como promesa de futuro. La noción de progreso construida se sustenta en el desarrollo material como capacidad de adquirir mercancías y para ello el crédito se establece como el principal mecanismo de acceso de los sujetos al consumo. La inserción de las infancias y la juventud a las pautas de consumo contó con regulaciones y fue impulsada desde las políticas públicas. Estas estrategias apuntaban a la neoliberalización de la sociedad, dimensión del proyecto dictatorial que trascendía el campo de lo político, siguiendo a Valdivia (2010):
el régimen, lejos de restringir sus vínculos única y exclusivamente a los núcleos empresariales, fue a la captura de exponentes de los sectores populares, asociados en la época a la izquierda y el centro político. De acuerdo a nuestro planteamiento, ello habría ocurrido en gran medida porque la guerra declarada al marxismo y la izquierda no buscaba solamente su derrota política, sino fundamentalmente ideológica, y, por tanto, requería de estrategias que fueran más allá de la represión, las que implicaban la resocialización de los sectores populares. (p. 166)
Al respecto, una figura central en la elaboración de los discursos públicos del régimen en torno a las infancias fue el rol de la primera dama Lucía Hiriart de Pinochet, quien lideraba, además de CEMA-Chile, alrededor de 18 fundaciones que tenían a su cargo el cuidado de niñas y niños de sectores de extrema pobreza. Destaca en el siguiente discurso el sentido edificante y fundacional del proyecto dictatorial:
Chile es un país de gente joven. Ustedes, niños, jóvenes, son más de la mitad de nuestros habitantes, por eso, ustedes son para el gobierno importantísimos, porque, además, ustedes tienen la pureza y el candor […] Ustedes serán los destinados a proseguir la tarea que hoy los adultos están haciendo…prepárense con alegría, con fe en el futuro. (“Saludo de primera dama a los niños chilenos”, 1977, p. 28)
La noción de la infancia como ciudadanía de futuro, presente en estas palabras, da cuenta de los sentidos salvacionistas y heroicos que imprimía el régimen, en especial en este periodo en el que se forjaban las bases del modelo neoliberal y se diseñaba la carta constitucional que garantizaría su proyección y la impunidad. La noción de transferir el legado del proyecto dictatorial a las nuevas generaciones contiene una importante carga de mandato.
En este intento por comprender a la derecha en sus diversas dimensiones en su relación con la elaboración de discursos en torno a las infancias, nos parece relevante destacar la participación de los civiles, en especial aquellos que cumplieron funciones en el campo de la burocracia autoritaria. Estos actores resultan fundamentales atendiendo a las particularidades de la dictadura chilena y a la fase de institucionalización que deriva en la construcción de la Constitución de los 80. Junto con ello, los profesionales y técnicos que se hicieron parte de la trama autoritaria establecieron redes de poder que se han mantenido durante la postdictadura. Al respecto, una importante figura en este periodo y en la política nacional es el abogado y político Andrés Chadwick.
En diciembre de 1984, supuestamente a petición de un grupo de madres, el entonces joven jurista Chadwick intentó interponer una querella contra aquellos que pudieran ser culpables de “manipulación infantil”. De este modo la prensa nacional registraba la denuncia pública frente a los hechos que transcurrieron tras una manifestación desarrollada por alrededor de ochenta niños y niñas, que tenían entre 4 y 12 años y se trasladaron desde el campamento Raúl Silva Henríquez, donde vivían, al frontis del edificio de la UNICEF para protestar y denunciar las violaciones a los derechos humanos que ocurrían en el país. Chadwick declaraba a la prensa que había sido contactado por las madres y que buscaba interponer una querella en representación de ellas:
Debido a la acción en que se utilizó mañosamente a los pequeños, 54 de ellos fueron retenidos por carabineros y otros tantos quedaron abandonados en un lugar muy alejado de sus viviendas […] el vicepresidente juvenil de la Coordinadora Metropolitana de Pobladores, Rolando Jiménez, en combinación con las dirigentes del Comando de Pobladores del campamento, Miriam Huerta, Rosa Pávez y Jaqueline Moreno, organizaron un supuesto paseo por el día para los niños cuyo destino era el zoológico […] los niños no fueron llevados al zoológico, sino a una manifestación frente a la sede de la UNICEF, lugar en donde los organizadores procedieron a colgarles cartelones alusivos a sus padres relegados en Pisagua, a tirar volantes y entregar a la UNICEF cartas al Viejito Pascuero, en la que solicitaban que como regalo de Navidad que sus padres regresaran de su relegación. Carabineros intervino reteniendo a 31 niñas y 23 niños además de Jiménez y Moreno, dirigentes. El abogado señaló que del total de niños que participaron en los hechos, menos de diez tienen efectivamente sus padres en la situación descrita. (“Denuncian uso abusivo de niños en manifestación”, 1984, p. C-7)
Chadwick por un lado fortalece el discurso dictatorial en torno al carácter “apolítico” de las mujeres y establece una distancia de las madres con los dirigentes sociales. Esta construcción de la desconfianza entre el campo de lo social y lo político resulta un aspecto importante de analizar como estrategia de la derecha. En este sentido se indica que a través de la manipulación y la mentira estas madres accedieron a autorizar a sus hijos e hijas al paseo, en el que fueron “utilizados mañosamente, colgándoles carteles y entregando cartas al viejo pascuero”. En la escena descrita la infancia aparece fuera del foco, no constituye sujeto, no se le reconoce posibilidad de agencia, reforzando el carácter tutelar de la burocracia dictatorial. Junto a lo señalado, también se evidencia la normalización de las violaciones a los derechos humanos, reconociendo que “solo un número” de estos niños y niñas eran hijos e hijas de relegados políticos.
Rolando Jiménez, militante de la Juventud Comunista en ese entonces, fue detenido el día de la manifestación de la UNICEF y torturado por la Central Nacional de Informaciones. El objetivo de la acción era, junto con denunciar públicamente las violaciones a los derechos humanos, posicionar los derechos de los niños y niñas.
En este apartado reconocemos el carácter que adquieren las infancias en los discursos de la derecha bajo el régimen de Pinochet, que transitaron entre los argumentos para desprestigiar la UP, la construcción de una narrativa en torno al futuro y la proyección del legado neoliberal, y ser objeto de los recursos burocráticos que buscaron instalar una tensión entre el mundo social y el político.
Comprender estos discursos sobre la infancia bajo el contexto dictatorial nos permite reconocer además los elementos de continuidad y cambio, en especial en nuestro país, donde dimensiones de la política autoritaria del régimen se proyectaron en el proceso transicional. “Los gobiernos democráticos transicionales se constituirían en este espacio articulando dos nociones potenciadas desde el espacio autoritario: la política en tanto gubernamentalidad; y la potenciación de la vida desde un espacio económico constituyéndola en sobrevivencia” (Follegati Montenegro, 2013, p. 53). Ahí donde la sobrevivencia es la forma de vida instaurada por el neoliberalismo, el espacio de la política se reduce y con ello se ven limitadas las posibilidades de articulación de la resistencia de los movimientos sociales. No es casual que la irrupción del descontento social en el año 2019 fuera denominada “estallido social” por su carácter inorgánico. No obstante, el actual escenario, las dinámicas sociales y la esperanza de otra vida posible continúan planteándonos horizontes de verdadera libertad.
Reflexiones finales
Las derechas y sus diversas expresiones han sido una constante histórica, que tiene la capacidad de articularse y recomponerse en función de los contextos. La actual crisis económica y política a escala global ha favorecido la reconfiguración del mosaico de las derechas en una supuesta “nueva vertiente”. La actualización de las ideas autoritarias y de una teoría de “la libertad”, supeditada a los valores del mercado, ha logrado posicionar la noción de una sociedad basada en las “oportunidades”, en la que el esfuerzo individual y las posibilidades de emprender dependen exclusivamente de los sujetos individuales. Es decir, se ha construido un modelo de sociedad que normaliza la desigualdad social y que funda en la mercantilización de todos los factores de la vida el principio ordenador de las relaciones sociales.
Los actuales discursos de las derechas en torno a la infancia y su utilización para frenar, entre otros avances, las políticas de educación sexual integral se elaboran a partir del eslogan: “Con mis hijos no”, que privatiza en las familias el cuidado y la educación, pero que además borra a los niños y niñas como sujetos políticos. La agenda actual de las derechas de alcance global ha situado a las infancias en el centro de las tensiones y de las transformaciones. Analizar las claves discursivas del pasado en torno a las infancias nos permite comprender los elementos que conectan con estas tramas sensibles de la construcción política, en especial en el caso de la política chilena, donde aspectos centrales de la cultura se forjaron desde la resocialización autoritaria.
En este trabajo identificamos algunas dimensiones que operaron en los discursos en torno a la infancia bajo el régimen militar, reconociendo una primera dimensión en la línea de una pedagogía de la subordinación basada en la destrucción del imaginario social en torno a la Unidad Popular, argumentando a partir de la infancia el descrédito de las políticas públicas bajo el gobierno del presidente Salvador Allende. Una segunda dimensión contiene el potencial edificante en torno al discurso de la infancia como futuro y como pilar central de la construcción transgeneracional del neoliberalismo. Una tercera dimensión, asociada principalmente con los usos burocráticos autoritarios, niega la condición de sujeto político de la infancia y refuerza el carácter tutelar de la institucionalidad.
Las dimensiones señaladas adquieren conexión con elementos de los actuales discursos de carácter antiestatista, antifeminista, neoliberal y anticomunista, que se difunden masivamente a través de las redes sociales. Esta reacción autoritaria emerge con mayor fuerza luego del inesperado triunfo del rechazo en el plebiscito del año 2022, en el que la ciudadanía clausuró el itinerario institucional para derogar la Constitución de Pinochet. La renuncia a una constitución que garantizaba derechos sociales, económicos, culturales y sexuales y reproductivos, entre otros, responde en parte a la falta de participación en el proceso que acompañó la convención constitucional.
La radicalización de la derecha y la emergencia de los discursos negacionistas han dejado en evidencia la fragilidad del pacto transicional y los costos de haber construido una “verdad en la medida de lo posible”. Resulta complejo comprender este momento sin atender a los diversos factores que han operado en la construcción de un “sentido común autoritario” en la sociedad, basado en la normalización de la muerte como mecanismo de ejercicio del poder. La impunidad en torno a las violaciones a los DD. HH. bajo la dictadura civil y militar chilena es un factor habilitante para que los asesinos construyan un discurso en defensa de sus crímenes, basado en que eran “los costos” de la salvación nacional y del desarrollo del país. Esta “normalización” del régimen de muerte ha consistido, por un lado, en el fortalecimiento del discurso de que el golpe de Estado en Chile era “inevitable”, producto de la polarización política existente durante la Unidad Popular. Y, por otra parte, este régimen consiste en la privatización de las violaciones a los derechos humanos, construyéndola como una problemática que afecta solo a un segmento de la población, principalmente a los familiares directos, pero que no es parte de una herida del cuerpo social en su conjunto.
La emergencia de las derechas se desarrolla en un marco de supervivencia frente a una crisis económica, donde la actualización de la figura del “enemigo interno” ya no se juega solo en el campo político, sino sobre todo cultural, donde en especial el humanismo, la intelectualidad, la institución universitaria, entre otros, se han visto duramente amenazadas. Esto ya que se les atribuye transgredir “los valores de la familia y el orden natural de la vida”, en dicho marco las infancias y la juventud vuelven a estar en el centro de los discursos a partir de los cuales se construyen y legitiman diversas jerarquías sociales.
La irrenunciable búsqueda de la libertad de pensamiento, de los valores humanistas y de la defensa de la democracia y los derechos humanos por parte de amplios sectores de la sociedad nos permite fijar las esperanzas en que este complejo escenario es solo “una irrupción momentánea de un mundo que se está desvaneciendo” (Hoetmer, 2020, p. 13).
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