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Entre diarios y astronautas

Una aproximación íntima
a la infancia propia documentada

Elena Jackson Albarrán

Este ensayo es una reflexión tanto metodológica como personal sobre los retos de escribir la historia de la infancia utilizando los documentos producidos por los niños. A la vez, es una convocatoria para abarcar esa labor, imperfecta e incompleta. Toma como punto de partida el fenómeno histórico de la autodocumentación, en forma de diarios, en su contexto casi siempre femenino, y luego se explora un análisis autorreflexivo de mi propio diario personal.

Como historiadora de la infancia, en mis investigaciones, cuando abordaba los documentos hechos por las manos infantiles, me enfrenté con la inquietud de no sentirme capaz de llegar al fondo de las experiencias vividas de mis sujetos históricos. Tenía sus testimonios, anécdotas, narraciones y fantasías escritas con su puño y letra, pero me faltaba saber los contextos que informaban su creación. Me angustiaba la posibilidad de llegar a una conclusión equivocada sobre los factores que motivaban su agencia histórica.

Algunas dudas y preguntas me provocaron inquietudes ante el análisis de mi archivo. Como historiadores, ¿cómo podemos saciar el deseo de saber lo desconocido sobre los sujetos infantiles? ¿Cuánto nos podemos acercar a la subjetividad del niño histórico o la niña histórica? ¿Hasta qué punto podemos confiar en nuestra habilidad de representar la voz auténtica del sujeto infantil, a través de la interpretación de una fuente distanciada de su contexto original y lugar geográfico de su creación? ¿Cómo los historiadores y las historiadoras interpretamos los silencios del archivo y cómo los interpretaría de manera distinta la misma persona adulta? Y finalmente, ¿podemos generar la empatía histórica investigando nuestros propios pasados?

El diario infantil es un género que permite indagar de manera más profunda estas preguntas. El fenómeno es parte de una práctica de reproducción social sumamente femenina, con su auge a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Como práctica femenina, este tipo de archivo, la autodocumentación estilizada y formalizada dentro de las convenciones de un diario, se ha dejado al margen de la historia. Su intención de documentar lo íntimo se puede interpretar como una manera de internalizar, o tal vez domesticar, el autoconocimiento. La interioridad suele concebirse como una historia demasiado íntima para poder ser rescatada, o exigir una excavación que violaría la privacidad (Steedman, 1995). No obstante estas dificultades, el ejercicio de tomar una metodología centrada en las niñas como productoras históricas tiene sus beneficios. La valorización del diario infantil como documento histórico nos permite una interpretación más generosa y fructífera que empodera a las niñas escritoras y las identifica entre las más activas cronistas de sus tiempos.

Decidí hacer un pequeño experimento metodológico, con un archivo especial que pensé que podía solucionar mis problemas, uniendo a la niña autora con su ser adulto, junto con una historiadora omnisciente: mi propio diario infantil, escrito a la edad de 9 años, en 1986. Sometería mis propias escrituras infantiles al mismo análisis que hago con los documentos que consultaba en mi vida académica (mayormente tomados de la infancia en el México posrevolucionario). Como autora del diario y como investigadora con experiencia en la interpretación de fuentes como esta, mi posición ante este documento solucionaría, en teoría, todos los problemas que sufrimos las y los historiadores. Me situaría en los dos lados del binario agente-objeto. Y serviría como un laboratorio único para explorar teóricamente los espacios entre la subjetividad de la autora y la intención de la investigadora. Tomé inspiración muy ligera de Walter Benjamin en su autodocumentación durante una intoxicación con el hachís (1927-1934), sintiendo un poco la sensación que él describió como la “iluminación profana” (p. viii) al analizarme yo misma.

La historiografía de la escritura infantil femenina es rica. Estas escrituras se han estudiado desde diferentes ángulos. Se las ha considerado la producción de juvenilia, un paso necesario pero transitorio para el desarrollo a la adultez (Alexander, 2005), una práctica institucionalizada en la educación femenina decimonónica (Sánchez-Eppler, 2005), una forma mimética de forjar las relaciones sociales (Sosenski, 2016) y parte de la formación identitaria (Hunter, 1992). No me sería posible explorar esos enfoques en este breve texto. Pero una observación sobre el género merece destacarse en la presente discusión: la identificación de las niñas diaristas como historiadoras, conscientes o no, anticipadoras de las preguntas que las futuras historiadoras les harían de sus textos (Sánchez-Eppler, 2013, p. 234). Quizás las diaristas, tanto como las historiadoras de la infancia, sean poblaciones autoseleccionadas, destinadas a encontrarse. En todo caso, la existencia del diario revela una sensibilidad de parte de la autora hacia el valor humano de la documentación cotidiana.

Con todo esto en mente, sometí mi propio diario a un análisis de rigor, en el que me propuse replicar tres pruebas con las herramientas de la historiadora: estudiar la materialidad (o el diario como objeto), la mirada no especialista y la mirada especialista. Hice este experimento con la esperanza de poder unir, por fin, las dos mitades de la naranja: el sujeto histórico con la investigadora, para por fin saber la “verdad” sobre una infancia documentada.

Prueba 1. El diario como objeto

La materialidad de un documento es una de las pistas que utiliza la historiadora para interpretar las condiciones de su producción. Uno de los rasgos más curiosos del diario es que todas las fechas habían sido rayadas a mano y reescritas con la fecha siguiente. En la página titular, se aprecia que el tomo es una agenda del año 1985, y había sido alterada para reflejar las fechas correspondientes al año 1986. Para la historiadora, este dato puntual sugiere un invento infantil posibilitado por la necesidad económica, condición material que puedo confirmar que viví. Una investigadora muy astuta tal vez se fijaría en una distinción de letra entre las primeras fechas del mes de enero y las del resto del diario. Se podrían hipotetizar varias razones del porqué, pero en este caso, siendo yo la autora y la recordadora adulta, vale la pena aclararlo. La verdad de la circunstancia es que, por tener escasos recursos una Navidad, mi madre me regaló una agenda de descuento, que había quedado sin vender del año pasado, y ella cambió las primeras fechas para señalarme que con leves alteraciones era posible utilizarla sin problemas. Detrás de este sencillo gesto existe todo un mundo de emociones y realidades, tanto sentimentales como dolorosas. Los otros detalles documentados en las entradas diarias revelan más pistas de la pobreza que informaba el esfuerzo de una madre de satisfacer el anhelo de su hija por tener una agenda moderna como todas sus amigas.

Pero otros detalles desmienten las aparentes “verdades” escritas en las páginas de mi diario. Aunque una observadora notaría que la niña no dejó de escribir ni un día de entradas (hasta un punto en el otoño cuando de repente se suspenden los escritos), el contenido de la gran mayoría de estas se lee como una lista, a veces seca, de acontecimientos, lugares visitados, personas encontradas, pájaros observados, transacciones completadas. Se podría interpretar a la autora infantil como una niña muy aplicada en su autodocumentación. O tal vez pareciera que el esfuerzo de listar revelaba una intención de dejarlo todo registrado, pero a la vez expresaba cierta dificultad para la introspección emocional o psicológica. Pero la verdad, muy difícil de averiguar en las páginas, es que a veces dejaba en blanco un día o varios, y la omisión me angustiaba, pesándome en la mente hasta poder escribir las entradas faltantes retroactivamente, dejando la impresión de no haber faltado ninguna. Esta práctica la hice a “escondidas”, utilizando la voz del presente como si hubiera escrito la entrada ese mismo día. Sentí profundamente (¿obsesivamente?) la necesidad de dejar a la posteridad un documento perfecto, y tal vez hubiera engañado a cualquier otra historiadora del futuro que tuviera la dicha de encontrar mi testamento escrito. Pero la presente investigadora traiciona a aquella niña.

Esta observación me despertó la incipiente duda que tenía sobre mi posición de historiadora ante mis fuentes. ¿De tal modo me habrán engañado mis pequeños informantes del pasado? ¿Ya me habrían imaginado a mí, una historiadora en el futuro, revisando sus documentos? ¿Me habían dejado joyas, o pequeñas fabricaciones materiales de una realidad fugaz imposible de rescatar? La autoría de la mitología de uno mismo, la ficcionalización de los eventos para que quepan dentro de una narrativa predeterminada, es una práctica oculta pero merecedora de ser analizada.

Prueba 2. La mirada no especializada

Ya entregada a mi experimento teórico, me dio curiosidad pensar cómo me leerían los demás investigadores, sin el conocimiento de los contextos que privilegiaba mi análisis. Además, evidentemente, no podría aproximar el documento con una medida de objetividad y profesionalismo, dado que el registro diario de nombres de amigos, amistades olvidadas y lugares sagrados me provocaba un manantial de emociones y recuerdos que me distraían del análisis. Para la segunda prueba del diario, lo presenté a una agrupación de observadores no especializados: alumnos de la licenciatura matriculados en un curso de métodos históricos. Este grupo había comenzado a estudiar los retos y posibilidades de trabajar con las fuentes producidas por los niños, y había hecho algunos ejercicios en la lectura crítica de cartas infantiles publicadas en la revista infantil Child Life de los años 1933-1936.

Con estas capacidades básicas, los alumnos de Historia se pusieron a analizar algunas páginas seleccionadas al azar de mi diario. No les confesé mi autoría. Les puse el trabajo de tratar de determinar los detalles biográficos de la autora –su clase social, su geografía, su estatus familiar, sus enlaces sociales, su raza o etnia, sus preocupaciones–. También recibieron instrucciones de fijarse en las características físicas o materiales para poder llegar a otras conclusiones sobre las condiciones de su producción. Algunas de sus observaciones me complacieron; otras me escandalizaron.

Todos tenían sus teorías sobre las fechas alteradas. Como solo habían recibido algunas páginas para analizar en equipos de dos, no podían ver la consistencia de esta edición a lo largo del tomo. Todos sus posibles escenarios caían dentro del rango de posibilidades: que la autora había encontrado una agenda del año 1985 y aprovechó su estado prístino; que era de clase baja y no tenía recursos para comprar una nueva; que se la había regalado un hermano o una hermana mayor que no la utilizaba. Un alumno observó cambios en el estilo de la letra, a veces en cursiva, a veces no, a veces formaba las letras de manera muy estilizada, etc., que le dieron a entender que las entradas habían sido escritas por distintos autores. Algunas alumnas –notablemente mujeres– inmediatamente identificaron la respuesta correcta: a la edad de 9, esta niña estaba en plena experimentación con la formación de la identidad tanto personal como autorial.

La escritura es uno de los espacios fundamentales, y seguros, para desarrollar estas fantasías y proyecciones. Además, el análisis de la letra infantil es una evidencia de algunas estructuras educativas; en el sistema escolar estadounidense, ya para el cuarto año de primaria, los alumnos habrían dominado la letra en cursiva. A la vez, a mediados de la década de 1980, los avances en word processing y tecnologías impresas habían lanzado muchos elementos de diseño gráfico en la prensa infantil. Mi generación gozaba de una ampliación de modelos para la libre autoexpresión escrita, y la experimentación con la identidad por pluma y papel implicaba mucho menos riesgo social que un cambio de peinado o vestimenta.

Pero otro equipo de futuros historiadores se fijó en un detalle inquietante. Interpretaron el tachado del nombre de un feriado judío como un acto antisemita de parte de la autora. Como no pudieron ver serializadas todas las fechas alteradas del diario, aquella marca en la página les pareció un acto de violencia, con toda razón, dado el poco contexto que habían recibido. En verdad, como niña, yo era fastidiosa, y en mi obsesión de corregir las fechas para que correspondieran con el calendario del año en curso, también atendía a los otros elementos, como los feriados impresos en la agenda, para que todo estuviera correcto como si fuera la agenda actual del año 1986. En lugar de caracterizar un aspecto de mi personalidad, llegaron a una conclusión mucho más oscura y muy alejada de la realidad.

Me impactó descubrir que el tener solo una selección de páginas, y no el texto completo, afectara tanto las hipótesis sobre algunos detalles fundamentales, por ejemplo, la geografía. Un equipo de alumnos encontró una referencia al nombre de un lago, y luego a un rango de montañas, y con esa combinación pudieron identificar correctamente el sitio de mi infancia como el estado de New Hampshire, en el noreste de los Estados Unidos. Pero a otro grupo le tocó leer una sección que documentaba el apellido alemán de mi maestro del cuarto grado y el nombre escandinavo de un compañero de clase, y por esos datos ubicaron a la autora del diario en Europa. Una página que hace referencia a un pueblo en Haití (donde un tío mío vivía y trabajaba) les hizo pensar que la autora era haitiana.

Las observaciones que hizo este grupo de no expertos mostraron gran creatividad al analizar las fuentes infantiles, y me inspiraron en nuevas direcciones de análisis en mis propias investigaciones. Por ejemplo, por mi letra apurada determinaron que me daba prisa por apuntar todas mis actividades antes de que mis padres me mandaran a dormir, una conclusión muy astuta. Pero sus equivocaciones, a veces leves, a veces gravemente erróneas, también me intranquilizaron. Su mirada ajena detectaba patrones que a mí me pasaban desapercibidos. El padre de la autora, notaron, tiene escasas apariciones en el texto. Otros se fijaron en las actividades de la madre, siempre presente en el trasfondo de la narración de las actividades infantiles. Como niña, yo no atendía a las perspectivas de mis papás, de sus horarios, sus contratiempos, sus relaciones sociales, sus preocupaciones. Como adulta que recuerda, sé que mi papá no aparecía en el día a día porque trabajaba mucho, pintando casas, para poder asegurarnos una casa y comida. Casi no había vacaciones, ni días tranquilos con mi padre en la casa —llegaba a comer y a dormir, y los fines de semana se dedicaba a mantener la casa (por ejemplo, como calentábamos la casa con pura madera, dedicaba mucho de su tiempo “libre” a cortar leña).

Mientras tanto, por la lectura entrelíneas de los investigadores aprendices, pude darme cuenta de que, desconocido por mí en mis años preadolescentes de sumo egocentrismo, mi madre dependía de una red de otras madres de la comunidad que trabajaban y criaban a sus hijos con apoyo mutuo. Para mí, el contexto social femenino era una parte orgánica de mi infancia que no se me había ocurrido cuestionar. En aquellos años, yo no tenía la conciencia de ver las actividades de nuestras madres como parte de los sistemas sociales y las economías informales que regían nuestros días. Para los alumnos que crecieron en otra generación, el surgimiento de la madre que trabajaba fuera de la casa, aunque de manera inconsistente, y que llenaba los huecos de la red social estatal con sus conexiones afectivas, fue la marca de una sociedad en transición en un momento histórico del siglo XX. En fin, a veces su distancia de la producción del documento y los conocimientos de la autora le daban a este grupo la posibilidad de leer en él los contextos históricos que guiaron las experiencias vividas por la autora.

Prueba 3. La mirada especialista 

Con mi alta reflexividad sobre mi posición en el documento, decidí someterlo a una última prueba. Como investigadora extranjera de temas mexicanos y latinoamericanos, aunque intento trabajar con sensibilidad, a veces lucho con la inseguridad de que pueda malinterpretar los códigos y prácticas culturales inherentes en los documentos producidos por los niños. Para poder replicar estas condiciones, cometí un pequeño engaño con mi colega, colaboradora y amiga, la historiadora Susana Sosenski, entregándole una selección al azar de páginas de mi diario. Le dije (mentira blanca) que había encontrado un diario infantil escrito por una niña, pero que quería consultar con ella, como experta, y que me diera después de su lectura sus impresiones sobre la perspectiva infantil que este documento contenía. Muy atentamente me complació, y me dio un análisis muy astuto de la mentalidad de la niña (para ella desconocida).

La ortografía y mecánica de escribir le daban las primeras pistas. Ella percibía los cambios en el tipo de la letra como una fase indecisa por la que la autora experimentaba con su voz narrativa, correctamente adivinando la edad por esa etapa de desarrollo social y emotivo. Sobre todo, le llamó la atención el uso de asteriscos y tachados en el texto para aclarar o revisar la versión original (por ejemplo, “it was pouring* outside”, y luego como nota al pie, “*rain”). Este detalle técnico le pareció extraordinario para la escritura infantil. ¿Habrá sido una intervención adulta que le provocaba a la autora tanta revisión de su escritura? ¿O fue causa de un impulso perfeccionista de la niña misma? Los cambios, notó Sosenski, se habían hecho mucho después de la escritura original, porque utilizaba tinta de otro color.

El tratamiento historiográfico del diario infantil femenino ha creado la expectativa de que este género de escritura sea una especie de terapia purgativa, un espacio creado por niñas para compensar la imposibilidad de expresarse completamente en la sociedad en la que viven. El diario para muchas de estas niñas, y los y las historiadores que las estudian, es una catarsis, un refugio ante el patriarcado. Un análisis de mi infancia basado solamente en mi diario revelaría, entonces, una niña fría o reprimida.

Siguiendo esta línea, la especialista voluntaria Susana Sosenski observó en la sintaxis del texto cierto formalismo, una tendencia a enumerar los eventos transcurridos en el curso del día de manera objetiva o casi clínica. Con toda razón, esto le provocó la conclusión de que “la autora escribe para una tarea escolar, porque los escritos ‘parece[n] poco intimista[s]’”. Al contrario, los recuerdos que tengo de mi infancia están llenos de empatía, amistad, amor y (sobre)sensibilidad. Pero también me crié bajo un modelo de la ética de trabajo protestante (Protestant work ethic), caracterizado por la presentación personal austera y pragmática. Por ejemplo, el diario de mi abuela era nada más un listado de quehaceres, pájaros y visitas, sin narración cualitativa ni emoción ninguna. Aunque algunas de mis entradas sí revelan confesiones íntimas y preguntas existenciales, la mayoría sigue un formulario, y se leen más bien como una presentación de hechos y acontecimientos, en lugar de sentimientos.

En fin, el experimento de fabricar un público objetivo para el diario había generado resultados mixtos. Por un lado, me cambió la perspectiva lo suficiente para considerar las fuerzas estructurales que me habían guiado la vida interior más íntima, que por mí pasaban desapercibidas en el momento que escribía. Pero, por otro lado, algunas de las malinterpretaciones permitidas por el diario descontextualizado, ante la mirada de expertas y protohistoriadores de la infancia, me redoblaron las preocupaciones que sentía al ponerme a interpretar los documentos históricos bajo mi cuidado profesional. Confirmó en mí el miedo de equivocarme en la representación histórica de las voces del pasado. Angustiada, torné a la cuestión de las experiencias universales en el estudio comparativo de las infancias y, específicamente, el registro infantil del trauma.

El trauma y la universalidad de las infancias compartidas

Tuve la fortuna de no vivir una infancia marcada por traumas. Aunque crecí durante la segunda mitad de la Guerra Fría, las graves ocurrencias geopolíticas no aparecen en las páginas de la agenda. Ese silencio documental en sí nos puede guiar a una conclusión, la de que, a pesar de haber sido criada con pocos recursos materiales, viví una infancia privilegiada, evidenciada por la simple libertad de poder desconocer algunas de las tragedias vividas por mis contrapartes globales, sobre todo los que crecían bajo la represión política o la guerra sucia. Sin embargo, como bien sabemos los historiadores y las historiadoras de la infancia, los contratiempos personales y las transiciones tanto físicas como emocionales son parte del crecimiento y se manifiestan independientemente de (y concurrentemente con) la política que forma el telón de fondo.

Alicia Alted Vigil ha hecho un análisis brillante de otro diario infantil femenino, el de Conxita, una joven refugiada de la Guerra Civil Española, quien documentó su traslado a México durante los años formativos de su niñez-adolescencia, en una edición del diario dirigida por Susana Sosenski, la misma historiadora que prestó sus servicios de investigadora a mi pequeño experimento egoísta-teórico. En las páginas dejadas por Conxita, la lectora puede apreciar que se borra la distinción entre las ocurrencias de nivel personal o nacional: para Conxita, todo lo que decide documentar tiene valor como parte de su vida emocional. Entre los días 28 y 29 de marzo del año 1929, por ejemplo, Conxita deja un registro de la ocupación de Madrid por las fuerzas fascistas, y también documenta su primera menstruación (Alted Vigil, 2016, p. 39). Para la vida interior de Conxita, los dos acontecimientos ocupan el mismo espacio mental, al igual que comparten el espacio físico en la página, y así marcan transiciones paradigmáticas en la trayectoria de su vida.

El estudio comparativo de la infancia puede ser revelador. Mientras la ocupación militar del país de uno no es necesariamente una experiencia universal, para muchas (no todas) las niñas, la primera menstruación sí lo es. La documentación de esta y su lectura en otro contexto histórico y geográfico representan un nódulo, por el que podemos vincular las infancias dispares, por lo que podemos comenzar a fomentar la empatía histórica. Con esta meta, decidí leer mi diario al lado de las infancias documentadas de mis contrapartes de la misma generación, las que crecieron durante los mismos años de la Guerra Fría, pero bajo las dictaduras en Sudamérica. Quería comparar nuestros registros del trauma relativos a los otros aspectos de nuestras vidas que vimos dignos de documentarse.

Uno de los aspectos más distintivos de mi diario es la carencia de referencias políticas o comentarios sobre el noticiero. Una notable excepción fue la explosión de la astronave Challenger y la muerte instantánea de todos los astronautas a bordo. Esta fue una de las pocas experiencias colectivas de mi generación de escolares, porque hubo una iniciativa nacional de proyectar el lanzamiento en transmisión televisiva en vivo en todas las aulas, para celebrar a la primera astronauta civil, Christa McAuliffe. Para nosotros, McAuliffe fue toda una celebridad. Fue maestra de la primaria de una escuela no muy lejos de donde nosotros vivíamos, en un pueblo rural de New Hampshire que no tenía perfil nacional. Esa mañana del 28 de enero de 1986, todos los alumnos nos amontonamos alrededor del viejo aparato de televisión en una sala de clases. La emoción era palpable. Pero nos quedamos confundidos cuando, después de gritar a coro la cuenta atrás, la trayectoria lineal de la nave estalló, convirtiéndose pacíficamente en forma de una araña con patas alargadas que se extendían hacia la tierra. ¿No se tenía que ir hasta el firmamento? Nuestros maestros, incómodos por no tener respuestas inmediatas a nuestras preguntas, sumisamente apagaron el televisor y nos mandaron de regreso a nuestras respectivas labores educativas.

Claro, recuento esta historia en mi condición de adulta que recuerda. La entrada del diario, que documenté a la noche después de un día entero de incesantes conversaciones y preguntas acerca de lo que habíamos presenciado no revela los trastornos existenciales que yo sé que el evento me provocó. Fue mi primera aproximación a la muerte. Me impactó al punto de convertirse en una obsesión: busqué noticias en los periódicos y las revistas semanales, en el noticiero y en la biografía prematura de McAuliffe que se publicó meses después de la tragedia. Pero la entrada del diario del día de la explosión es muy pragmática:

Tuesday, January 28, 1986

Dear Diary,
Today we had school. At school, before lunch, we saw on t.v. Christa McAuliffe and the astronauts get on board the space shuttle. After 1 minute, we watched it in the sky. Suddenly, it blew up! All the people must have died. It was a terrible explosion. There was a big thing about it all day…

Unos días después, se puede observar que todavía me preocupa el evento, pero como el caso de Conxita, hay otras preocupaciones cotidianas que compiten con mis reflexiones mórbidas: 

Friday, January 31, 1986

Dear Diary,
Since I haven’t had room so far, I will tell you how I feel about the explosion. I feel strange seeing reruns with her talking and saying that she would be safe. She wasn’t. Anyway, today I got my report card. A-, A, A, A-, N/A, A-, S, S, S, S… [se refiere a las notas recibidas en mis respectivas materias].

La observadora no conocedora, o sea, todos menos yo, detectaría en esta última entrada sí, una continuada preocupación, pero también un tratamiento frío de una tragedia nacional, eclipsado tan fácilmente por lo mundano de mi vida académica. Es un ejemplo clásico, nítidamente documentado en una sola hoja, de la compartimentalización de emociones. Pero ampliando nuestro análisis como historiadores de la infancia, podemos apreciar que esta entrada es un ejemplo de lo mismo que hacía Conxita: en la vida diaria de una niña, no necesariamente existe una jerarquía en la importancia de eventos nacionales y personales, a la que luego los adscribimos en la adultez. El trauma en la infancia, vivido directamente o experimentado de segunda mano, es no obstante una parte integral de esa infancia, tanto como los demás acontecimientos triviales que animan la textura de nuestros días.

Mis reflexiones sobre la disparidad entre mi vida emocional interior y lo que dejé documentado, junto con las observaciones críticas sobre el diario de Conxita, abrieron la posibilidad (¿necesidad?) de explorar de manera comparativa las infancias documentadas de mis contemporáneos. El hecho de haber pasado una infancia relativamente libre de conflictos de escala familiar o nacional contribuyó a la construcción de la normalidad relativa a mis experiencias, con la que pasivamente compararía cualquier otra infancia. Pero mi formación académica como historiadora y como latinoamericanista (licenciatura y maestría en Estudios Latinoamericanos) y los lazos familiares con América Latina (por matrimonio) me habían fomentado una sensibilidad hacia la interconectividad de nuestras infancias americanas.

El proyecto multimedia Infancias en dictadura, dirigido por la psicóloga chilena Patricia Castillo y montado como exhibición por un equipo interdisciplinario, reúne tesoros de la cultura material infantil producidos por les niñes durante la dictadura de Pinochet, años que correspondían con los días documentados en mi agenda. Este archivo, entregado voluntariamente para ser incluido en el proyecto, revela los efectos tanto implícitos como explícitos que tenía el régimen sobre la niñez. En la colección, por ejemplo, se encuentran dibujos infantiles de Pinochet mismo, convertido en monstruo, y testimonios escritos a mano de la desaparición de los padres por fuerzas militares. Tal contenido netamente político es lo que muchos esperarían encontrar en un archivo de la infancia bajo la dictadura. Pero entremezclados con el archivo de terror se encuentran otros artefactos. Notas de amor. Mixtape de casetes de música popular. Tareas escolares. El hecho de que lo material de la vida infantil se haya visto como intrascendente por los adultos –los padres, las autoridades, hasta los historiadores– quiere decir que dentro del archivo de la infancia mucha evidencia del pasado se ha escapado de la censura política. Resulta que los niños, por el simple hecho de guardar la documentación y la cultura material de lo que era para ellos la normalidad, nos han dejado todo un registro de la vida cultural chilena que se había perdido en la historia oficial.

Muy a la par con el tono objetivo que yo adopté como niña autora, la niña Francisca Márquez documentó la toma de La Moneda en 1973:

El ejército, la marina y la aviación ha decidido echar a ALLENDE y a sus ministros. ALLENDE está en la Moneda. … ALLENDE no se rindió… Ahora tenemos un nuevo gobierno: junta militar de gobierno. Espero que todo llege [sic] a ser como antes. (Castillo, 2018, p. 204)

Lejos de interpretar su tono como desinteresado, Castillo sugiere que hay que leerlo como una estrategia de procesar su profundo estado desorientado, operando en un contexto sin precedentes. Pero el trauma vivido por Francisca era de una escala mucho más aguda que lo vivido por mí en 1986, mi primer momento de contemplar la muerte, pero desde una perspectiva todavía ajena. Mi aproximación a la muerte fue a raíz de un accidente no previsto, no un cambio paradigmático de los sistemas estructurales del poder que regían las vidas de todos los ciudadanos. En el caso de Francisca, en el transcurso de la dictadura, se estima una pérdida de las vidas de entre 10 mil y 40 mil chilenos.

Los lazos afectivos que unen a los miembros de una generación que comparten una experiencia común como el terror estatal son imprescindibles. Los niños de la dictadura no vivieron la infancia marcada por la “agencia placentera” de sus padres ni gozaron de ser “hijos de la democracia” como los que nacieron después de 1990 (Schlotterbeck, 2018). Su normalidad se caracterizaba por una cultura de miedo, una sensación que corría por todos los aspectos de sus vidas, pero que convivía con los otros acontecimientos también normales como la pubertad, el primer amor, el fanatismo por el deporte, las amistades. En la agenda de la niña Ana María de 1988, el día 2 de octubre documenta el cumpleaños de una amiga; el día 3 un procedimiento clínico relacionado con su dieta; y todo el espacio del día 5 está marcado con un “NO” –el resultado del plebiscito que puso fin a la dictadura–. Incluye el texto “Hoy decidimos el futuro”. Y debajo: “Soy feliz” (catálogo Infancia/Dictadura, 2015). Lo cotidiano y lo político coexisten en la página y en el archivo de la infancia, y juntos formulan la normalidad para Ana María, la base desde la que aquella niña (y muchos de sus compatriotas) juzgaría todas las demás infancias.

Leer la infancia documentada de mis contemporáneos viviendo otro extremo de la Guerra Fría me permitió reflexionar sobre la universalidad de la infancia y la necesidad de atender las diferencias causadas por los contextos locales. Por un lado, compartimos los traumas personales de los cambios causados por el desarrollo físico, las relaciones afectuosas en flujo, los contratiempos económicos, etc. Pero negar la escala de los traumas estructurales, como vivir bajo una dictadura o en exilio, sería negar las condiciones geopolíticas que atan las infancias del norte global al sur global. Mi posibilidad de vivir una infancia pacífica estuvo directamente vinculada a los regímenes de terror que el gobierno de los Estados Unidos apoyó en Sudamérica. La infancia privilegiada, la normalidad mía, fue muy costosa, y la invisibilidad para mí del sufrimiento ajeno que constituía lo normal para mis compañeros desconocidos. Sostener la mirada en la infancia, desde las perspectivas de los niños y las niñas, es un método para vernos como productos de las fuerzas estructurales, pero también nos ayuda a cultivar la empatía histórica.

Otra observación clave que saqué de este experimento es que es inevitable que nos equivoquemos en el análisis histórico de los documentos tomados fuera de su contexto de producción original. Por un lado, a mí me sorprendió que, como historiadora, gracias a la distancia temporal, pude ver con más claridad algunos aspectos de mi infancia que la autora y agente infantil que fui. Mi conocimiento del mundo, y de las otras historias paralelas que desconocía en el momento, ha enriquecido mi interpretación de quién era aquella niña y cómo navegaba su mundo. Pero por otro lado, por el estilo de la escritura en el diario, regido por las convenciones históricas de la autodocumentación femenina, cualquier otro lector perdería mucho –¿la mayoría?– del acceso a la verdadera vida interior de la autora.

Finalmente, al releer este diario, noté algo curioso. Al parecer, siempre estuve destinada a ser historiadora, que en mi subconsciente siempre escribía para un futuro lector igualmente obsesionado con catalogar los detalles de un mundo fugaz para la posteridad. Construía el archivo para el futuro historiador sin saber que era yo misma. Pero como autora infantil, no anticipaba las posibles interpretaciones alternativas que mis escrituras podrían brindar.

Presentar este tema en el contexto de las Jornadas, ante un grupo de mis contemporáneos que compartimos, en la mayor parte, la experiencia de crecer durante la Guerra Fría, bajo todo un rango de circunstancias, abrió otra dimensión a esta reflexión. Aunque vivimos infancias paralelas, dispares, privilegiadas, mundanas, traumáticas, lindas, a todos y a todas la vida nos llevó a compartir un interés en estudiar la infancia, quizás inspirado por nuestras propias experiencias íntimas. El solo hecho de estar abierto a la comprensión de las experiencias ajenas es lo que da esperanza para el porvenir y las futuras infancias que están por vivirse.

Bibliografía

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Alexander, C. (2005). “Defining and representing literary juvenilia”. En C. Alexander y J. McMaster (Eds.), The child writer from Austen to Woolf (pp. 70-99). Cambridge University Press.

Alted Vigil, A. (2016). “El diario de Conxita como documento histórico”. En S. Sosenski (Ed.), Diario de una niña en tiempo de guerra y exilio (1938-1944) (pp. 35-40). Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

Benjamin, W. (2006). On hashish. Belknap Press of Harvard University Press. 

Castillo, P. (2018). “Cultura material, memoria y microhistoria de la infancia”. En S. M. F. Arend, E. B. B. de Moura y S. Sosenski (Eds.), Infâncias e juventudes no século XX: histórias latino-americanas (pp. 195-232). Todapalavra Editora.

Hunter, J. H. (1992). Inscribing the Self in the Heart of the Family: Diaries and Girlhood in Late-Victorian America. American Quarterly, 44(1), 51-81.

Sánchez-Eppler, K. (2005). Dependent states: the child’s part in nineteenth-century American culture. University of Chicago Press.

_____ (2013). “In the archives of childhood”. En A. M. Duane (Ed.), The children’s table: childhood studies and the humanities (pp. 213-237). University of Georgia Press.

Schlotterbeck, M. (2018). Beyond the vanguard: everyday revolutionaries in Allende’s Chile. University of California Press.

Sosenski, S. (Ed.) (2016). Diario de una niña en tiempo de guerra y exilio (1938-1944). Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

Steedman, C. (1995). Strange dislocations: childhood and the idea of human interiority, 1780-1930. Harvard University Press.

Otras fuentes

Infancia/Dictadura: Testigos y actores (1973-1990) [Catálogo exhibición] (2015). LOM Ediciones.



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