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Infancias bajo el terrorismo de Estado en Argentina

Los relatos de les hijes

Teresa Basile

La notable producción literaria y artística de les hijes de víctimas del terrorismo de Estado constituye un aporte fundamental para explorar la condición de la infancia bajo un contexto de violencia extrema. Se trata de una producción excepcional tanto en la fecunda cantidad de obras en diversos formatos artísticos (literatura, cine, fotografía, poesía, teatro, instalaciones, performances, blogs, plástica, etc.) como en las inéditas experiencias que allí se examinan, en especial las que remiten a la infancia bajo el terrorismo estatal, percibidas en muchos casos a través de la construcción ficcional de una voz o una mirada infantil. ¿En qué otras oportunidades la literatura argentina ha sido vehículo para explorar los avatares de les niñes durante la dictadura, sus desafíos para vivir en la clandestinidad política, los nacimientos en maternidades de centros de detención, los secuestros y apropiaciones por parte de miembros de los servicios represivos, las búsquedas de sus padres/madres desaparecides emprendidas en sus adolescencias, los procesos de recuperación de sus identidades sustraídas o los desplazamientos y pérdidas provocadas por el exilio o el insilio? O bien, ¿cuándo se adentró en las historias de les hijes desobedientes que hurgan en sus infancias dentro de una familia de padres militares y represores cuyo accionar rechazan?

Aun con variantes y matices, en esta producción literaria la primera condición de estas vidas bajo la violencia estatal que se recorta es la de víctima, le niñe víctima que padece la brutalidad de una política a cuya gestión fue completamente ajene. Es arrojade del imaginario en torno a la infancia como una etapa de inocencia y vulnerabilidad que requiere la protección de les adultes, de la familia, del Estado. Es expulsade de la infancia misma: los padres y las madres devienen militantes y suelen anteponer la política a sus roles parentales; hay una pérdida del hogar como zona de resguardo, cuidado e intimidad, e incluso se abandona la casa misma cuando las familias ingresan en la clandestinidad, el insilio o el exilio y deben mudarse continuamente, separando a les niñes de amigues, del barrio, de abueles; las familias se desarticulan ante las desapariciones de les progenitores y los roles se desacomodan –les abueles se convierten en padres-madres y les primes devienen hermanes–.

Al abordar sus producciones nos preguntamos, previamente, sobre el universo que sus textos diseñan ya que elles recorren y revisan sus infancias desde el presente de adultes. Es posible advertir el cruce entre (1) la matriz de los derechos humanos a la que adhieren con la fundación de H.I.J.O.S. en 1995 como organismo de derechos humanos y con sus reclamos y aportes a la justicia; (2) ciertos ideales revolucionarios de les padres que recuperan (o cuestionan) y que fue la novedad, la piedra de escándalo que se hizo visible con el “escrache” creado por elles: “Nacimos en su lucha, viven en la nuestra” es el lema de la agrupación H.I.J.O.S. que da cuenta de este legado asumido; y (3) el mundo familiar atravesado por los quiebres y desacomodos provocados por el impacto de la violencia estatal, por las desapariciones de les progenitores, las apropiaciones de les niñes, los desplazamientos y exilios.

Resulta necesario advertir que sus textos ponen en escena dos memorias: el rescate de la memoria de les padres, en especial de aquellos que han desaparecido, han sido fusilados o se han exiliado, que los impulsa a configurar un relato posmemorial, por un lado, y la indagación sobre sus propias experiencias infantiles bajo el terrorismo de Estado, por otro lado. Esta doble memoria suele estar articulada en sus producciones, pero resulta imprescindible hacer esta distinción para afirmar el carácter de víctimas directas de estes hijes y diferenciarlas de otras experiencias en las que les niñes solo se ocupan de conocer el pasado traumático de sus padres (Basile, 2020).

Las infancias

Resulta productivo distinguir diversas experiencias atravesadas por elles, tales como la infancia huérfana de padres desaparecides, la infancia clandestina, la infancia apropiada, la infancia exiliada o insiliada, la infancia con padres en la cárcel, la infancia educada en la guardería montonera en Cuba, la infancia violenta de les hijes de represores, entre otras. Comentaremos algunos casos a modo de ejemplos. ¿Qué relatos construyen, cómo narrativizan sus infancias, cómo ficcionalizan una voz infantil?

Les hijes suelen autodenominarse como huérfanes, huerfanites o post-huerfanites, y entonces podemos preguntarnos: ¿en qué consiste la peculiar e inaudita experiencia de una infancia huérfana de padres desaparecides? Se trata de una orfandad suspendida, irresuelta, pendiente de solución, ya que en principio no cuentan con la muerte de les padres sino con su desaparición y, como sabemos, esta particular condición se caracteriza por la indefinición, el desborde de los conceptos identitarios acuñados, la impertinencia categorial. Gabriel Gatti argumenta extensamente sobre la dificultad para asir la identidad de le desaparecide, tensada entre la ausencia y la presencia en tanto se trata de un sujeto que no se halla ni vivo ni muerto, que parecería situarse en una suerte de limbo, en un eterno estar siendo desaparecido que no termina de cerrarse, un sujeto sin lugar y descolocado del tiempo, desgajado de la comunidad y de la familia, un cuerpo separado del nombre o un nombre sin cuerpo y sin historia, un sujeto sin derechos ni ciudadanía, un chupade, borrade, une vive-muerte, un espectro, un fantasma (2011, pp. 61-65). Por su parte, Diana Kordon y Lucila Edelman señalan que la desaparición implica una presencia-ausencia que se mantiene a lo largo del tiempo e incluso a pesar de conocer la muerte de le desaparecide, generando una situación de duelo prolongado (2007, pp. 75-76). El duelo, necesario para metabolizar el sufrimiento psíquico provocado por la pérdida y lograr recolocar la libido en otro objeto, se encuentra obstruido por el desconocimiento de lo acontecido y la falta del cadáver, lo que impide realizar el rito funerario.

Esta irresolución del estatuto de le desaparecide da lugar a dos situaciones clave en la vida de les hijes. Por un lado, la espera, una espera angustiada que se articula en la tensión entre la ausencia de los padres y la incertidumbre de su regreso, que les niñes experimentaban durante los primeros años en que aún era desconocido el destino de les desaparecides. Por el otro, la búsqueda que, con posterioridad, les jóvenes emprenden para encontrar los restos de sus padres y para averiguar y reconstruir ese tramo de la historia que ha quedado borrado e ignorado. Si le desaparecide se constituye como une fantasma, les hijes —en sus producciones— perseguirán esa figura fantasmática para procurar devolverle lo que se le ha sustraído.

Pequeños combatientes (2013) de Raquel Robles permite explorar el primer tramo de esta orfandad suspendida, ya que la novela se inicia cuando la policía ingresa a la casa, detiene y secuestra a los padres mientras les niñes duermen. Elles vivirán en la incierta alternativa de aguardar el regreso de sus padres o lamentar su pérdida, un desasosiego que también les conduce a la búsqueda e incluso al intento de rescatarles y salvarles. Asimismo, en Soy un bravo piloto de la nueva China (2011) de Ernesto Semán, Rubén aguarda por mucho tiempo el regreso de su padre –el camarada Luis Abdela, desaparecido en agosto de 1978–, almacenando los ejemplares del diario Clarín y anotando comentarios y diálogos al margen de las noticias que cree importantes: “Yo era el único que seguía aferrado con toda mi fuerza a seguir esperándolo” (p. 172).

La narrativa de Félix Bruzzone, en cambio, aborda la segunda instancia de la orfandad suspendida, aquella que abarca las secuelas traumáticas que ha dejado la desaparición en les niñes ahora jóvenes y en la cual la necesidad de la búsqueda es central: constituye la escena primaria ya que resulta imprescindible suturar ese vacío con la recuperación de sus cuerpos, de sus historias, de cualquier información que logre colmar ese hiato, que permita atravesar el duelo, para concluir una etapa y comenzar otra, para terminar con esa suspensión. Si bien esta búsqueda resulta insoslayable, varios textos de Bruzzone ponen en escena la “trampa” que conlleva ya que, por un lado, esa indagación sobre les progenitores desaparecides nunca alcanzará a llenar el vacío dejado por elles y, por otro lado, es un desvío que atrapa la vida de estes hijes en un pasado heredado como una pesada carga que impide perseguir un deseo propio. Nicolás Prividera ha señalado la dificultad o imposibilidad del parricidio que, se supone, tode hije debe hacer para articular un destino propio: “¿cómo matar a un padre desaparecido?” cuando este ha sido asesinado por el Estado (2012, p. 48). Mientras en el cuento “Otras fotos de mamá”, el protagonista no logra averiguar nada cuando le pregunta a un antiguo novio y compañero de militancia de su madre ni las fotos ya repetidas le revelan algo nuevo; en cambio en “Unimog” se relata el fracaso del hijo al procurar encontrar rastros sobre su padre y su final decisión de mirar hacia el futuro y terminar la casa propia con su pareja, lo que de ningún modo supone desligarse del pasado (Bruzzone, 2014).

¿Cómo se representa la infancia clandestina en la literatura de la segunda generación? Aquelles niñes vivieron la década de los setenta bajo un doble régimen: el del mundo secreto de los padres militantes, sometido al terror estatal, y el del mundo normal y cotidiano de une niñe que va al colegio, se reúne con sus compañeres, festeja sus cumpleaños. Estos desacuerdos crispaban sus vidas ya que debieron lidiar con la disyunción de los roles paternos: entre el militante, absorbido por las demandas de la política y sus severos valores bajo un clima de peligro, persecución y temor, y el padre/madre de quien se espera que debe proteger a le niñe y rodearle del universo íntimo de los afectos y sentimientos. El desafío de vivir en un mundo escindido está en el embrión de la idea de clandestinidad: mientras se milita a escondidas y en secreto, se vive en una cotidianidad en apariencia normal, aunque plagada de simulaciones y falsas identidades. Los conflictos en el interior de ambos espacios (la política y el hogar) se vuelven un principio constructivo importante en los textos literarios y en los films, y suelen organizar las tramas, en especial, los desacomodos en el interior de la casa familiar cuando esta se ve invadida por la militancia clandestina. El arco de posibilidades va desde aquellas propuestas que muestran la incompatibilidad y los desacuerdos hasta las que procuran vislumbrar una posible armonía; desde las que enfrentan el rol de padres al de militantes –“grandes militantes” y “terribles padres”, o al revés, para decirlo en términos de Fernando Reati (2015)– hasta las soluciones integradoras de “buenos padres” y “buenes militantes”. Sin duda, la negociación entre la militancia y la familia es el marco en cuyo interior se juega parte importante de la vida de le niñe.

Por un lado, en La casa de los conejos (2008) de Laura Alcoba, la niña de siete años habita, junto con su madre y les compañeres de militancia, en una casa operativa de Montoneros que oculta, en el embute, la prensa de la organización. Es uno de los textos que con mayor énfasis muestra los peligros del mundo clandestino que aprietan, confunden, someten a les niñes al continuo error y los expulsan de su interior. Expone la imposibilidad de congeniar la militancia con el hogar, la grieta insalvable que divide ambos espacios. La hendidura entre ambos regímenes de vida se va profundizando a medida que Laura comete “errores” involuntarios que ponen en peligro a todes les habitantes de la casa: durante un viaje en auto en que llevan a la madre con los ojos cerrados, la niña revela el camino por donde van cuando señala un negocio de muñecas –“¡Callate de una vez, che!” (p. 44)–; el Ingeniero se enfurece porque Laura le ha sacado una foto sin advertir que se trata de un juego –“¡No juegues más a eso!” (p. 61)–; la niña le responde a la vecina que “no tiene apellido” (p. 67); ella lleva a la escuela un blazer cuya etiqueta tiene el nombre verdadero del tío –“¡Pero puta madre, esta pendeja nos va a hacer cagar a todos!” (pp. 99-100)–. Como ocurre con el embute finalmente desenmascarado, ella no logra impedir las filtraciones del secreto, aun cuando vive atormentada por no delatarlo. En esta casa parece no haber lugar para la infancia: no solo por el peligro que allí les niñes corren (y del cual la desaparición de Clara Anahí es un ejemplo contundente), sino por el daño que elles pueden causar y que se resume en el relato sobre el “niño delator” que su madre le cuenta. Se trata de un niño muy pequeño, que apenas sabía hablar, pero que termina por revelar a la policía el escondite, provocando la detención de todes les habitantes de la casa. Un curioso cuento que destaca al mismo tiempo el poder del niño y su peligrosidad, un relato para despertar la responsabilidad, introyectar la culpa y activar la paranoia en Laura. La niña vive en un constante estado de alteración, espiando, sospechando, vigilando y en alerta.

Por otro lado, Infancia clandestina (2012), el film de Benjamín Ávila, también pone en escena las fricciones sufridas por estas infancias clandestinas entre el universo del hogar, íntimo y familiar, y la lucha revolucionaria oculta y secreta, pero intenta –en contraposición a La casa de los conejos– armonizar ambos mundos a través de la contraposición entre el padre, Horacio, y el tío Beto. El padre enarbola el concepto “militarista” de la militancia, cuyo interés central es la lucha, el despliegue estratégico de la guerrilla urbana y también la impronta de una ética basada en el sacrificio, en la entrega de la vida en pos de una causa, en la voluntad, en la austeridad que antepone el “deber” al deseo, y prioriza la vida política a la familiar. El tío Beto, en cambio, recupera el perfil idealista de la izquierda armada, vinculado con el giro cultural de los años 60, con la liberación sexual, con el jipismo, con el estallido de las normas “burguesas”, y defiende la posibilidad del disfrute, del “estar juntes”, del estar felices en el presente, de seguir los impulsos, de jugar (un “romántico de mierda” y un “niño”, le dice Horacio). Es Beto quien introduce, en el espacio austero de la militancia, las demandas del deseo, de los afectos, del corazón –el festejo del cumpleaños de Juan, la búsqueda de la abuela, la atención a las mujeres–, desafiando las “normas de seguridad” de la vida clandestina. El emblema del encuentro y frotación entre ambos mundos se metaforiza a través de las cajas de maní con chocolate que se vacían para llenarse de municiones. Pero a su vez el tío reintroduce la golosina infantil. En este relato de aprendizaje, ambas figuras paternas vectorizan dos educaciones diferentes: y es que Juan, preadolescente hijo de militantes bajo un régimen dictatorial, requiere tanto de una educación ideológico-político-militante como de una educación sentimental. De modo que su padre y su tío resultan “buenos militantes” y “buenos padres”.

A través de la infancia educada procuramos investigar una de las experiencias, de notable particularidad, que atravesaron ciertos grupos de niñes en Cuba. Contingentes de hijes de militantes de la izquierda armada chilena y argentina llegaron a sus costas para radicarse allí e ingresar a una guardería, mientras sus padres regresaban desde el exilio a sus países para retomar la lucha armada. Uno de los motivos de esta aventura se encontraba en la necesidad de dejarles a salvo y no exponerles a los avatares de la clandestinidad ni a los peligros de la lucha. Pero este imperioso acto de resguardo implicaba al mismo tiempo todo un proyecto educativo piloto que partía de los saberes y consignas de la izquierda para forjar –siguiendo el modelo del hombre nuevo guevariano– une niñe nueve, depositarie del futuro promisorio que el triunfo de la revolución abriría. Es posible rastrear estas vivencias en un par de documentales y en un libro: El edificio de los chilenos (2010), dirigido por Macarena Aguiló y Susana Foxley, y La guardería (2015), dirigido por Virginia Croatto, y el libro de Analía Argento, La guardería montonera. La vida en Cuba de los hijos de la Contraofensiva (2013).

Este corpus nos coloca en un lugar diferente a aquel de les hijes bajo el terrorismo de Estado ya que permite preguntarnos por los avatares de les niñes desde la perspectiva de las agrupaciones revolucionarias: ¿en qué medida el concepto mismo de le niñe se redefine? ¿Cuáles son los nuevos roles, derechos y deberes de estes niñes? ¿Cómo se proyectan en el futuro de la revolución? La militancia en la izquierda radical de las décadas de los sesenta y setenta provocó una considerable transformación en la configuración de la familia y en las funciones de padres y madres, en los vínculos sanguíneos y en los lazos entre compañeres, en las relaciones de pareja y en las normas sexuales, en la vida cotidiana e incluso en las casas en que habitaban. Les hijes ocuparon un lugar especial en esta nueva cultura que se proponía transformar la historia, socavar las costumbres burguesas, superar a través de la revolución los diversos modos –políticos, económicos, culturales– de dominio del ser humano, para inaugurar un nuevo mundo y un nuevo hombre en sociedades más equitativas. Sin embargo, esta proyección de les niñes como futures herederes del mundo mejor auspiciado por la revolución significó un legado difícil de llevar en los hombros de sus infancias durante sus estancias en Cuba (lejos de sus padres) y, posteriormente, chocó brutalmente con la muerte de sus progenitores y con la derrota de la nueva izquierda.

Autofiguraciones y máscaras infantiles

Las producciones de esta segunda generación exhiben diversos modos en que autorrepresentan sus infancias a través de variadas figuras, máscaras, perfiles para significar y emblematizar sus experiencias, para explorar sus subjetividades infantiles, para mostrar los desafíos a los que fueron expuestes, para lidiar con esa realidad del universo adulto que les exigía fuerzas que excedían sus capacidades –niñes-adultes, niñes-víctimas, superhéroes, le niñe delatore, le niñe salvadore, le pequeñe militante, le niñe sacrificade, le niñe abandonade, le niñe nueve, etc.–. Repasemos algunos ejemplos.

Para enfrentar, desde sus subjetividades vulnerables, los impactos de la violencia política, el peligro que corren los miembros de la familia, la inestabilidad de los padres, los cambios cotidianos y la pérdida de protección, estes niñes se vuelven prematuramente adultes para poder lidiar con el complejo y peligroso mundo de les mayores, para comprenderlo y volverlo propio, para ponerse a salvo y salvar a sus padres. Desafían su minoridad y utilizan las herramientas de la infancia para empoderarse. Adoptan el ropaje de les superhéroes, devienen “pequeñes combatientes”, prefieren los juegos de guerra: son les niñes salvadores (la figura opuesta a le niñe delatore). En varios textos se hace evidente el desplazamiento del suceso traumático hacia el territorio de la infancia, donde le niñe puede manejarlo, ya que es preciso enfrentar la amenaza y elaborar estrategias de sobrevivencia.

Pensemos, por ejemplo, en el libro Kamchatka (2003) de Marcelo Figueras (que salió un año después del film del mismo nombre dirigido por Marcelo Piñeyro en 2002), en el que Harry (quien tiene diez años) se propone salvar a su familia cuando pasan a la clandestinidad, tanto a través de los juegos como de las máscaras de los superhéroes. En este texto –y en otros– suele haber un notable predominio de los “juegos de guerra” –un modo de incluirse en la guerra de les adultes por parte de les niñes– que permiten ensayar tácticas, modos de combate, salidas, escapes, vías de defensa y salvación, como el TEG (Táctica y Estrategia de Guerra), que además introduce el espacio de Kamchatka como emblema de la resistencia atrincherada en un lugar lejano (clandestino) para sobrevivir. El juego se recoloca al servicio de lo “real”, deviene una vía de aprendizaje y de ensayo vinculado a (la guerra de) los padres, más que un momento de entretenimiento y distracción o expansión del libre juego de la fantasía o fruto del ocio. La salvación por medio del juego infantil parece cifrarse en el “ahorcado” que conduce desde el peligro de muerte hasta la salida que abre la palabra “abracadabra”. El libro sobre Houdini, el famoso escapista, insta a Harry a prepararse física y mentalmente para el escape, erigiendo la figura del “niño salvador”, aquel que procura salvarse a sí mismo y a su familia ante la inminente catástrofe. Batman y Superman constituyen un espejo en el que Harry refracta su propia situación, ya que ambos superhéroes se quedaron sin padres cuando eran chicos y se propusieron salvar a la humanidad (e incluso a los padres ya muertos a través de una regresión temporal). La proyección de Harry en estos héroes de historieta y en Houdini parece mostrarnos el tremendo esfuerzo del niño por sobrepasar sus propios límites a la hora de lidiar con una realidad que lo supera y a la que solo logrará enfrentar provisto de superpoderes. El niño salvador se coloca la máscara de estos ídolos. 

Para Susana Kaufman (2006), el juego infantil contiene una dimensión expresiva y tramitativa de aquello que en el interior de la familia se oculta –de modo que lo silenciado se filtra en el lenguaje lúdico–: puede ser una representación de los mundos conocidos o temidos y el intento por dominarlos, también el lugar donde se expresan los conflictos, el escenario performativo en que el trauma vuelve para elaborarse.

En Una muchacha muy bella (2013) de Julián López, la apertura de los chocolates y dulces para sacar juguetes de su interior (una Cachavacha, un auto verde, un muñequito incierto y un mono marrón oliva) es uno de los momentos en que el niño desoculta la experiencia de la violencia desde el interior mismo del mundo infantil (p. 68). Es un conocimiento y una lengua a través del desplazamiento. Laura en La casa de los conejos, como Harry en Kamchatka, desprecia los juegos de niños infantilizados –“la calesita gira ensordeciéndome con una música festiva, campanitas ñoñas y un corito chillón” (p. 29)–. En cambio, el juego al servicio del contexto o como vía de aprendizaje suele proveer algún beneficio, como los que emplea para sortear la vigilancia –“aprendí a disimular estos actos de prudencia bajo la apariencia de un juego” (p. 24)– o la creación de un crucigrama donde vierte nombres de polítiques del momento.

En Kamchatka, junto a la figura del “niño salvador” está profusamente presente aquella otra del “niño sacrificado” por sus padres: Abraham decidido a sacrificar a su hijo Isaac y el niño de Marcelino Pan y Vino, los hijos devorados por Saturno en la pintura de Goya, los niños enviados a matar por Herodes y el rey Arturo, entre otros. En Pequeños combatientes (2013) de Raquel Robles, la protagonista y su hermano se convierten en “pequeñes combatientes” cuando la casa es abruptamente allanada y los padres son secuestrados y desaparecidos. Robles proyecta en su niñez una ficción militante que se vincula oblicuamente a su compromiso y actuación, ya siendo adulta, en la agrupación de H.I.J.O.S. Para sobreponerse a las pérdidas –les padres, la casa, la vida familiar, etc.– la niña decide pasar a la clandestinidad siguiendo el modelo de les padres, aunque no para hacer la revolución, sino para organizar el universo que la rodea, para defenderse, para salvarse y procurar salvar a les padres, e incluso llevar a cabo algunas “operaciones”. Sus juegos serán ensayos de sus “combates”, como el armado del “Ejército Infantil de Resistencia” (Robles, 2013, p. 15). En el levantamiento del gueto de Varsovia, que la abuela judía le cuenta a la niña, la asistente social Irina Sendler logra salvar a les niñes al esconderles en valijas, carritos o cajas y sacarlos del gueto. Pero en el gueto de Varsovia les niñes no solo fueron salvados, sino que ayudaron al levantamiento, también fueron unes “pequeñes combatientes” que, a través de las cañerías, iban a buscar las armas afuera y las hacían ingresar (p. 22). Asimismo, recuerda la historia del viaje que hace Marco, un niño de trece años, desde Italia hacia Argentina para rescatar a su madre, en la serie televisiva Marco, de los Apeninos a los Andes (pp. 39-40).

Como aparece en otros textos, la militancia clandestina de estes niñes les convierte en seres especiales, diferentes al resto de les niñes: son portadores de un “secreto” y de saberes –han alcanzado cierto “nivel de conciencia”– que les distingue y les permite organizar su mundo, elegir un modo de vida, sostener ideales, apostar al desarrollo de su formación espiritual, cultural y política, imponerse conductas y responsabilidades de adultes, dominar su angustia y llanto con el arte de la simulación (muchas de estas perspectivas están atravesadas por la ironía). Tienen “pasta de líderes” y han recibido “la mejor educación política de todos los niños de nuestra área” (Robles, 2013, p. 15), incluso la protagonista sueña con ser una “niña prodigio” (p. 56). Como contracara de estas autofiguraciones, en La casa de los conejos la protagonista reclama su lugar como niña normal, una vida estándar que siente que la violencia política y la militancia clandestina le han sustraído: el deseo de una “casa con tejas rojas” como esas que se ven “en los libros para niños”, una vida con padres que “vuelven del trabajo a cenar” y que preparan “tortas los domingos”, una madre elegante “con uñas largas y esmaltadas y zapatos de taco alto” (Alcoba, 2008, pp. 13-14), una educación escolar –“debería estar aprendiendo cosas nuevas” (p. 113)–, el disfrute en los juegos infantiles –“estaba jugando, nada más” (p. 61)– y el aprendizaje de la sensualidad femenina –ejemplificada en la vecina, quien en contraposición a la guerrillera se pone vestidos y zapatos de “princesa”–.

De la familia rota a la resurrección de les progenitores

La producción literaria de esta segunda generación no solo indaga en su condición de víctima, no solo mira hacia ese pasado atravesado por terrores, heridas y pérdidas, sino que hace de ese pasado un nuevo inicio para articular prácticas políticas, judiciales y artísticas en el escenario democrático, cuyo primer impulso la llevó a fundar en 1995 el organismo de derechos humanos H.I.J.O.S. En sus textos autoficcionales aparece esta dimensión política que ya vimos, por ejemplo, en la figura de les “pequeñes combatientes” en la que Raquel Robles proyecta, retrospectivamente en su infancia, su militancia posterior en H.I.J.O.S. En el citado lema de la agrupación “Nacimos en su lucha, viven en la nuestra” yace la idea de una semilla que fue plantada por sus progenitores y que quedó latente para que sus hijes la hagan crecer por otras vías, un modo de resucitar a sus padres y madres y con ello superar la derrota, un gesto de resiliencia.

Respecto a las perspectivas sobre la dictadura y en general sobre los genocidios, la crítica se ha detenido en reclamar la necesidad de llevar a cabo un duelo, que en nuestro caso implicaría encontrar los huesos de les padres y enterrarlos para cerrar un ciclo. Pero en estes hijes junto con el duelo aparece el impulso de traerles a la vida, está el deseo de mirarles, tocarles, festejar cumpleaños y brindar en fiestas con elles, de capturar su historia particular en tanto padres, militantes y parejas, con sus gustos, costumbres, con sus cuerpos vestidos y sexuados, con sus sueños, apuestas y temores, en la vida cotidiana, en el interior de la casa, oyendo música o comiendo.

Es posible trazar un itinerario que va desde la temprana muestra de Lucila Quieto “Arqueología de la ausencia” (1999-2001) hasta Aparecida (2015), de Marta Dillon, lo que significa ir desde la escena familiar hacia el acto político. En los fotomontajes de Quieto, creados a partir de la proyección de una fotografía del padre o de la madre desaparecides frente a la cual se coloca la hija o el hijo para sacar una nueva foto, se construyen y recomponen escenas familiares en las que surge el deseo por compartir aquellos cumpleaños, festejos, viajes, vacaciones que nunca tuvieron lugar. En Aparecida (2015), de Marta Dillon, la pulsión vital de resucitar a la madre, que surge cuando “aparecen” sus huesos, se inviste de fuertes colores políticos vinculados a los gobiernos kirchneristas. Aquí la resurrección adquiere la dimensión de una epifanía en el espacio político.

Si bien el paradigma del trauma ocupó un lugar central en los Memory Studies desde la década de 1990, son varias las perspectivas que insisten en la necesidad de ir más allá del foco en las memorias traumáticas para capturar las memorias previas de las luchas políticas (Rigney, 2018), y ese es el giro que pone en práctica esta generación de les hijes sobre las políticas de la memoria al recuperar los ideales emancipatorios y la cultura de los padres. Tanto Alain Badiou en su texto “La ética y la cuestión de los derechos humanos” (2000) como Enzo Traverso en su libro Melancolía de izquierda (2018) proponen sacar a las víctimas atrapadas en su victimización y devolverles su capacidad de resistencia, de lucha por ideales de liberación, de transformación, su agencia en la historia.

Coda

En las 6.as Jornadas de Estudios sobre la Infancia que se llevaron a cabo entre el 4 y el 6 de junio de 2024, organizadas por la Universidad Nacional de San Martín en Buenos Aires, compartí un panel con la colega Elena Jackson Albarrán, quien analizó su propio diario escrito durante la preadolescencia. Su aporte fue extraordinario para mí ya que me corrió de lugar, me sacó de mi zona de confort intelectual y me llevó a formular las siguientes preguntas: ¿dónde es posible encontrar la voz de la infancia: en los escritos de les niñes o en los textos de les adultes que vuelven su mirada hacia la infancia? ¿Se trata de dos modos válidos, aunque diversos? Y ¿cuáles son los obstáculos y las potencialidades tanto de la inmediatez como de la distancia temporal en los textos escritos en la niñez o algunas décadas después? Entiendo que no es este el momento para ingresar y dilucidar estas cuestiones que merecerían otro artículo, pero no quería dejar de mencionar este suceso ni la siguiente hipótesis. Como es posible ver en la producción de estes jóvenes sobre su niñez que hemos recorrido, es el complejo vínculo de estos adultos en el presente con su niñe interior del pasado, tensado entre la proximidad y la distancia, entre la cercanía y la ajenidad, aquello que les permite desplegar una escritura interesante y lúcida sobre la infancia bajo dictadura. En esta argumentación a través de la cual valorizo aquellos textos escritos en la adultez, solo procuro iluminar sus posibilidades, pero de ningún modo desvalorizar aquellos textos escritos por sujetos infantiles. Ambos caminos exhiben diversos, legítimos y poderosos saberes.

Bibliografía

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