Desafíos teóricos y metodológicos
Alejandra Josiowicz
Estamos en un contexto de ampliación de acceso a las tecnologías, que se viene acrecentando desde la pandemia del COVID-19. Un 81,1 % de los niños y niñas argentinos de entre 4 y 12 años tiene acceso a internet y, entre los niños de 13 a 17 años, esta cifra sube a un 96,7 %, mientras que el acceso a un celular en esta franja etaria (95,5 %) supera en gran medida al acceso a un computador, de 50,3 % (Instituto Nacional de Estadística y Censos [INDEC], 2023). En Uruguay, según un estudio de UNICEF, 9 de cada 10 niños escolarizados se conectaron a internet diariamente en 2022 desde su hogar; 95 % usa YouTube, 87 % usa WhatsApp, 77 % usa TikTok, 41 % usa Roblox y 49 % usa Minecraft (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia [UNICEF], 2023). En Brasil, las investigaciones muestran que 92 % de los niños y adolescentes entre 9 y 17 años usan internet, siendo el celular el principal dispositivo de acceso para oír música (80 %), para ver videos (82 %), para hacer tareas (82 %), para mandar mensajes (79 %) e inclusive para buscar apoyo emocional (32 %) (Centro Regional de Estudos para o Desenvolvimento da Sociedade da Informação Brasil [CETIC], 2024). De hecho, las investigaciones más recientes muestran que lo que los niños hacen en internet durante los largos períodos que pasan en solitario en las pantallas los afecta poderosamente y está causando grandes impactos en su salud mental y física, en sus habilidades lingüísticas, así como en sus hábitos de juego, alimentación, su sociabilidad, sus ritmos de descanso y estudio (Haidt, 2024). Están expuestos a niveles de violencia, agresión, sufrimiento y discriminación que deben ser mejor y más analizados, sobre todo para los países de América Latina (UNICEF, 2023).
En este capítulo, nos proponemos introducir un panorama de los diálogos posibles entre los estudios de la infancia y los estudios de las plataformas en América Latina, dando una perspectiva amplia, no específica ni exhaustiva, de las corrientes fundamentales que lo atraviesan en la actualidad y señalando los ejes problemáticos y las cuestiones que marcan posibles avenidas de indagación. Después de una breve introducción, en la que discutimos conceptos fundamentales de la relación entre infancias y esferas digitales, entraremos en las dos perspectivas o ejes que, según proponemos, constituyen una agenda fundamental para pensar la intersección entre culturas infantiles y entornos digitales, con foco específico en las infancias en América Latina.
Hacia una reflexión sobre la infancia en las culturas digitales: algunos conceptos claves
En mis investigaciones previas sobre literatura infantil y cultura escrita sobre y para niños, exploré las formaciones discursivas en torno a las infancias tomando como eje el pensamiento de diferentes intelectuales de América Latina, a través de ejes problemáticos específicos y anclados en diversas instancias histórico-sociales (Josiowicz, 2018, 2023a, 2023b). En esas indagaciones, limité mi reflexión al período histórico que culmina a finales de la década de 1970, porque consideré que a partir de 1980 la masificación de los medios de comunicación y las dinámicas de los mercados culturales tomaban otra envergadura, modificando los lenguajes que textualizaban y se dirigían a los niños, así como el lugar de los niños en las diferentes formas de la industria cultural (Josiowicz, 2022). Estaba guiada por la percepción de que en esos años había una verdadera explosión en la cultura de consumo para el público infantil y juvenil y en torno a los niños. Consideraba que la infancia había conquistado a partir de entonces una centralidad avasalladora en las industrias culturales: en los medios de comunicación, en las esferas mediáticas, que no dejó por eso de estar atravesada por desigualdades, exclusiones e invisibilidades de clase, étnico-raciales, de género y habilidad. Sin embargo, me parecía un campo demasiado desafiante.
En este capítulo propongo retomar algunos ejes que me parecieron hasta ahora inabordables y que tienen que ver con las dinámicas y los lenguajes que emergen en la interacción entre la cultura infantil y las plataformas digitales, y en los diálogos posibles entre las perspectivas disciplinarias de los estudios de la infancia y los estudios de las plataformas. Aclaro que cuando uso el término plataformas digitales, me remito al área de los estudios de plataforma, que las definen como un entorno alimentado por datos, automatizado y organizado por medio de algoritmos e interfaces, formalizado por relaciones de propiedad, orientado por modelo de negocios y regido por acuerdos de usuarios (Van Dijck et al., 2018). Resulta importante aquí retener las dimensiones tecnopolíticas de las plataformas. En lugar del término redes sociales, que apunta a la idea, que pretenden transmitir muchas compañías, de que estas serían puras intermediadoras entre usuarios, impulsoras de relaciones, como espacios neutros de sociabilidad, los estudios de plataformas vienen colocando el énfasis en el estudio de los regímenes de poder, los aspectos materiales, económicos y políticos de la conectividad online (D’Andrea, 2020). De esa forma, conceptos recientes, como “capitalismo de plataformas”, “sociedad de la plataforma”, “capitalismo de vigilancia” o “capitalismo algorítmico”, apuntan al hecho de que las plataformas no son simples espacios de sociabilidad o de transmisión de información, sino que condicionan la emergencia de lo social a través de sus dimensiones tecnopolíticas (Siles, 2023).
El modo en que las infancias emergen en y por las plataformas tiene una historia que se remonta a otras tecnologías intelectuales, como son la escritura, la palabra impresa y los métodos mnemotécnicos orales, que siguen teniendo un papel fundamental en las culturas digitales (Lévy, 2010). Sin embargo, la revolución digital modificó la materialidad, los soportes y las técnicas de reproducción y diseminación de los textos (Chartier, 2017). El entorno digital y el texto electrónico abren nuevas posibilidades, en las que el lector es capaz de transmitir sus opiniones en foros públicos, lo que confirió un carácter disperso, fragmentario e instantáneo a la lectura –aunque, como veremos más adelante, no podemos pensar al lector como libre de las determinaciones algorítmicas (Rojo y Barbosa, 2015)–. Esto contribuyó en parte a ampliar –y por otra parte a segmentar– el público de los textos digitales para niños, accesibles a aquellos que tal vez no puedan comprar libros pero tienen la posibilidad de descargarlos en un celular, un computador o una tableta. Y que participan en comunidades de lectores en diferentes plataformas, como actualmente existen en YouTube los booktubers, o en TikTok los booktokers, con sus propias lógicas de reproducción e intelectuales orgánicos –los famosos influenciadores–. El contexto de la pandemia reforzó este proceso, profundizando la importancia de las prácticas tecnodiscursivas para y sobre las infancias en las plataformas digitales. Estas deben ser entendidas, de acuerdo con el análisis del discurso digital, como tecnodiscursos, es decir, teniendo en cuenta el modo en que las dimensiones sociotécnicas y las lingüísticas deben ser consideradas de forma integrada en el análisis de la construcción del sentido (Paveau, 2021).
Las formas de leer y escribir para y sobre las infancias están atravesadas por las dinámicas y las lógicas tecnodiscursivas de las plataformas, en las que cuentos, canciones, poemas, letras de música circulan en versiones digitales, y son fragmentadas, comentadas, intervenidas, compartidas de múltiples maneras. Conceptos como narrativas transmediales o transmedia, provenientes del área de comunicación y cultura digital (Scolari, 2013; Martins, 2020), resultan importantes porque apuntan a que las historias son contadas a partir de múltiples soportes, entre el texto escrito y diferentes medios de comunicación, como la televisión, la cultura material y diferentes dispositivos multimediáticos como los videojuegos, las series, los videos, los aplicativos. Si bien las narrativas transmediáticas nacen antes de la internet, a través del diálogo entre diferentes formas de la cultura escrita –como las historietas, las revistas, los textos literarios, las figuritas– con la música –en discos, CD, espectáculos–, la televisión, la radio, el cine, el teatro, juguetes, golosinas, productos de librería y otros objetos, se expanden de forma inédita con el advenimiento del mundo digital (Martins, 2020). Estas narrativas potencializan el carácter interactivo de estos dispositivos, en los que distintos lenguajes se aúnan como parte de un sistema integrado de comunicación y, en ocasiones, permiten que las infancias sean no solo lectores activos, que dan sus opiniones y comentan, sino que también tengan la aptitud de crear recursos, modificar dispositivos e inclusive desarrollar nuevas posibilidades en las narrativas (Giovagnoli, 2011; Passos Rommel Silva, 2025).
Estudios de la infancia y estudios de las plataformas: trazando una cartografía del diálogo entre dos esferas de investigación
En esta sección, y después del apartado anterior, en el que intenté explicar mi trayectoria de interés en este tema, trazo una cartografía de los ejes fundamentales o perspectivas que surgen del trabajo con el grupo de investigación transnacional, con miembros de la UERJ y de la UNGS que forman parte del equipo de investigación “Mundos de infancia: trabajo, consumo, lecturas e identidades. Argentina, siglo XX”, integrado por investigadores del Instituto de Ciencias de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), del Programa de Pós-graduação em Letras (PGLetras) de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro (UERJ) y del proyecto Observatorio de las Mujeres Latinoamericanas en Plataformas Digitales. Además, estas reflexiones surgen de nuestra colaboración y membresía en la Red de Inteligencia Artificial Feminista f<A+i>r. La participación en estas redes, así como mis experiencias y mis vivencias como mamá, parte de una comunidad de padres y profesora universitaria, han contribuido a nutrir mi deseo de trazar una cartografía del diálogo entre los estudios de la infancia y los estudios de las plataformas. La elección de una perspectiva cartográfica implica
acompañar procesos y no aprender identidades o estados de cosas […] mantener el objeto en su red de relaciones históricas, dibujando sus conexiones con el mundo, para percibir la red de fuerzas en que se encuentra. La regla es, por lo tanto, no paralizar los objetos, sino captarlos en su devenir. (Deusdará y Rocha, 2021, p. 204, traducción mía)
Es decir que me propongo avanzar en el trazado de un mapa provisorio y procesual, abierto, conectable, desmontable y reversible de algunos de los intrincados lazos entre infancias y plataformas, un campo al que estoy vinculada como investigadora y como sujeto deseante, campo minado en el que proliferan los dispositivos de captura y producción de la subjetividad.
Una serie de investigaciones de la educación y la enseñanza de idiomas, pero también de la literatura y la cultura escrita, ha abordado la relación entre las infancias y las plataformas a través del concepto clave en el mundo anglosajón, que es el de alfabetización digital –literacy, digital literacy, critical literacy y multiliteracy en inglés, y letramento, multiletramento, letramento crítico y letramento digital en portugués (Kalantzis et al., 2016; Cardoso y Pegrum, 2019; Cardoso et al., 2019). Es importante señalar que estos estudios han enfatizado la multimodalidad, la multiplicidad semiótica –la relación entre lo escrito, lo visual, lo táctil, lo espacial, lo gestual y lo oral– y las desigualdades y diferencias lingüísticas, de género, sociales y étnico-raciales que atraviesan la práctica de lectura y comprensión en el ambiente digital (Rojo y Barbosa, 2015). Si bien resulta fundamental la propuesta de formar sujetos digitales capaces de desarrollar y transformar las tecnologías, productores de contenido en un horizonte cívico, democrático e igualitario (Kellner, 2008), esta perspectiva, heredera de la tecnoutopía que data de los primordios de la internet, no considera las dimensiones tecnopolíticas de la conectividad digital (D’Andrea, 2020, p. 23). Ni tampoco la extrema docilidad y fragilidad de los sujetos ante la proliferación de dispositivos que capturan, modelan, orientan, controlan y rigen la subjetividad en la fase actual del capitalismo (Deusdará y Rocha, 2021). Además, en los estudios sobre alfabetización digital suele predominar un paradigma deficitario, que reproduce la idea de que, sobre todo en los países del sur global, las poblaciones serían pasivas, carentes de acceso y saber sobre las herramientas, posibilidades y peligros del mundo tecnológico (Brock, 2020; Siles, 2023). Sin dejar de denunciar la grieta digital global y la exclusión digital, es importante señalar que las tecnologías no son neutras, sino que están asociadas a determinados valores y paradigmas de raza, clase social, edad y género (Brock, 2020).
De hecho, una serie de estudios relativamente recientes viene señalando la necesidad de considerar el racismo, el sexismo y el colonialismo que constituyen parte intrínseca de los algoritmos: han argumentado que los buscadores más utilizados, como en el caso de Google, reproducen visiones sexualizadas y racializadas de las niñas y mujeres negras, deshumanizadas, como bienes de consumo y objetos de gratificación sexual (Noble, 2018). Es fundamental adoptar una perspectiva interseccional, capaz de analizar el modo en que distintos sistemas de poder y opresión se entrecruzan y multiplican en el mundo digital, en el que edad, género, raza, clase social, habilidad y lenguaje deben ser considerados (D’Ignazio y Klein, 2020). Investigadoras como Paola Ricaurte Quijano han argumentado que un paradigma colonialista y neocolonialista interviene en la producción y en la reproducción del ambiente digital, en los flujos unidireccionales, que reproducen formas históricas de dominación mediante la extracción de datos del Sur al Norte, que tienden a reproducir la dependencia epistémica y tecnológica de los países del Sur y refuerzan las desigualdades globales (Ricaurte, 2022). En el campo de los estudios de la infancia, faltan aún trabajos que examinen los modos en que estructuras algorítmicas que reproducen e inclusive profundizan desigualdades globales de raza, género y edad afectan a los niños y niñas en diversos países de América Latina y el Caribe.
En la última década, vemos el surgimiento de un conjunto de estudios –desde una perspectiva pedagógica, médica, psicológica e inclusive en el área de servicio social– que advierten sobre los peligros de las plataformas, que aparecen como espacios de abusos, adicciones y delitos contra las infancias (Sánchez-Teruel y Robles-Bello, 2016; Antunes y Tomaz, 2017; Tomaz, 2022). Recientemente, la aparición de la serie Adolescencia (2025) explora el impacto de la vida digital en los jóvenes y ha despertado polémicas sobre los impactos de las redes sociales en los niños y adolescentes. Además, hay una tendencia global a partir de una serie de iniciativas y propuestas legislativas que impulsan la regulación y limitación de la exposición digital de los jóvenes a través de guías, advertencias y restricciones, sobre todo en espacios educacionales, pero no exclusivamente. En Brasil, una ley prohíbe el uso de celulares en las escuelas durante las clases y los recreos, mientras que en Francia y en Inglaterra existen iniciativas para prohibir o limitar su uso en las escuelas.
Estas iniciativas y guías son útiles porque advierten sobre los impactos y las consecuencias para la salud mental y física de la exposición a los dispositivos (Xie et al., 2020); sin embargo, muchas de ellas acaban transmitiendo una visión pasiva del papel de las infancias y sus familiares ante las plataformas y reproducen un discurso moralizante sobre las tecnologías que aparecen como espacios de vicios, enfermedades y peligros sexuales. De hecho, investigaciones argumentan que el discurso de la adicción tiende a moralizar, patologizar y biologizar los comportamientos frente a las tecnologías, con una idea de pánico dada por el deseo, sin duda legítimo, de proteger a los niños, vistos como vulnerables (Lenhart y Owens, 2020). Además, argumentan que sería inútil exigir a las propias plataformas el establecimiento de reglas y controles, que deben ser llevados a cabo por las familias, las comunidades y las instituciones gubernamentales (Lenhart y Owens, 2020).
Como ya han advertido estudios de las “culturas algorítmicas populares” (Siles et al., 2024), los algoritmos no son fuerzas puramente externas y deterministas, sino que las formas colectivas de conocer, sentir, actuar y vivir, actualmente mediadas por dispositivos digitales, pueden reproducir o subvertir relaciones de poder. Aún falta incorporar a las investigaciones actuales las apropiaciones culturales, formas de resistencia, tensiones y heterogeneidades por parte de las infancias en las plataformas (Josiowicz y Rommel Silva, 2024), a las que nos gustaría llamar “culturas algorítmicas infantiles”. Creemos que el concepto apunta al hecho de que, si bien los algoritmos ofrecen gramáticas de acción, no determinan las experiencias, formas de subjetivación y relaciones que allí tienen lugar, sino que los niños, los jóvenes y sus comunidades tienen la capacidad de coconstruir las culturas digitales, de acuerdo con sus propios imaginarios colectivos (Siles, 2023; D’Andrea, 2020). Las infancias y sus comunidades en América Latina muchas veces son conscientes de los riesgos, son capaces de intervenir y encontrar respuestas, elegir, adaptar y modificar los usos de las tecnologías de forma crítica (Fogiel et al., 2022; Ferreira, 2020). Es necesario rastrear mejor y examinar las formas por las cuales las infancias y sus comunidades están encontrando respuestas a las determinaciones de las plataformas y creando culturas algorítmicas populares.
En algunos casos, se trata de estudios del activismo social de las infancias en temas clave como el cambio climático, el racismo, la posesión de armas y la vacunación (Orrico et al., 2020). A pesar de que aún es incipiente, también existen estudios de la cultura digital como herramienta para la participación cívico-política de las infancias (Novella-Cámara et al., 2021).
En otros casos, surgen investigaciones de la emergencia de los niños, niñas y jóvenes como influenciadores y las formas en que contribuyen a la producción de subjetividades adultocéntricas y ligadas a la cultura de consumo de las plataformas, a través de prácticas como el sharenting (Tomaz, 2022; Antunes y Tomaz, 2017). Lamentablemente, falta en la mayoría de estas investigaciones la articulación de una mirada centrada en las infancias con una consideración de la infraestructura algorítmica de las plataformas, como sí aparece en las pesquisas de los niños y niñas como trabajadores de datos (Epps, 2024). Este tipo de investigaciones argumentan que los datos que las infancias producen a través de su presencia online, navegando, subiendo fotos, videos, dejando comentarios, mandando mensajes, usando aplicativos o plataformas de sus escuelas son parte del catálogo de datos de las grandes empresas de tecnología y, como tales, alimentan algoritmos que lucran con su “fuerza de trabajo digital” (Epps, 2024). Estos datos creados por las infancias pueden ser “minerados” (palabra indicativa de la dinámica extractivista y colonialista de estas empresas) y utilizados para manipular sus formas de consumo, atraerlos y vigilarlos, como verdaderas formas de captura y producción de la subjetividad (Guattari y Rolnik, 1996). Si bien las infancias no están obligadas a generar estos datos, ellas y sus comunidades son en parte rehenes de las plataformas, porque su uso se ha vuelto ubicuo e indispensable para conectar con amigos, familiares, escuelas y comunidades. Esto implica aceptar términos y condiciones que son difíciles de comprender inclusive para los adultos, y entrar en ámbitos no diseñados para ellas y con consecuencias aún inexploradas sobre su salud mental y física.
De hecho, Amanda Lenhart y Kellie Owens (2021) se han dedicado a estudiar los discursos y prácticas de los desarrolladores de las plataformas más comúnmente usadas por las infancias y adolescentes en el mundo y concluyen que ellos no tienen en cuenta ni priorizan el bienestar de esas poblaciones ni sus necesidades específicas, sino únicamente maximizar el lucro y las métricas de crecimiento de las propias empresas. Los desarrolladores priorizan un usuario promedio (blanco, joven, hombre) y, a pesar de que son conscientes del uso que infancias y jóvenes hacen de las plataformas, fingen ignorancia e inclusive tratan de evadir toda responsabilidad por los daños que pueden causar. En cambio, sí monitorean la información con el objetivo de crear publicidades personalizadas, hacer recomendaciones de consumo y otras estrategias mercadológicas (Lenhart y Owens, 2021). Ante este escenario tecnocrático, en que las infancias y sus comunidades entran en una arena desigual frente a poderosas compañías de tecnología que disputan su atención, es legítimo preguntar: ¿cuáles son las posibilidades de que las infancias y sus comunidades desarrollen culturas digitales que prioricen la salud y el bienestar?
Para concluir, es importante mencionar un importante eje de investigaciones y reflexiones, en torno a la inteligencia artificial (IA) con relación a las infancias y los jóvenes. Si bien no nos detendremos en los debates específicos sobre la definición de la IA y su uso ubicuo, sí quisiéramos resaltar que es diseñada, entrenada y programada por humanos, que son quienes recolectan y clasifican los datos. La UNICEF establece lineamientos y recomendaciones para desarrollar políticas públicas y guiar a familias y comunidades sobre los usos de la IA en las infancias y sus derechos (UNICEF, 2021). Las infancias y las juventudes interactúan diariamente con algoritmos de IA, sea en videojuegos, aplicativos, asistentes virtuales, juguetes o buscadores, que les sugieren qué videos ver, qué música escuchar y de quién hacerse amigo. Además, las vidas de muchos niños resultan impactadas por sistemas automatizados de decisión que evalúan planes de salud, subsidios, acceso a la educación y a la vivienda (UNICEF, 2021). La IA ofrece oportunidades para mejorar la salud, la educación y el bienestar de los niños y las niñas, pero también presenta riesgos, dado que no se ha hecho pensando en ellos. De acuerdo con la guía de la UNICEF, es posible distinguir tres tipos fundamentales de estos riesgos. En primer lugar, la discriminación, dado que la mayor parte de las tecnologías de IA son desarrolladas con base en conjuntos de datos que privilegian visiones hegemónicas y por eso esos modelos computacionales acaban por reproducir el racismo, el sexismo, el etarismo y otros tipos de exclusión (Buolamwini y Gebru, 2018; Bender et al., 2021). En segundo lugar, limitan las oportunidades de las infancias creando burbujas, restringiendo sus posibilidades de interacción a través de la creación de perfiles de comportamiento de consumidores y el refuerzo de estereotipos. En tercer lugar, pueden infringir políticas de protección de datos y privacidad de las infancias. Agreguemos además la posibilidad de exacerbar la brecha digital, dado que amplifican las desigualdades ya existentes entre diferentes comunidades. Para eso, han venido surgiendo una serie de propuestas de desarrollo de IA centrada en las infancias, además de actividades y propuestas que incentivan el desarrollo de una comprensión crítica entre niños, niñas, jóvenes, padres y docentes sobre su uso y el impacto de la IA en sus vidas (Gómez et al., 2025).
De este modo, entre los ejes de investigación que abordan los estudios de las plataformas y sus diálogos y conexiones con los estudios de la infancia, algunos de ellos, sin dejar de considerar las infraestructuras tecnopolíticas que permean las plataformas, mapean el modo en que las culturas algorítmicas infantiles y juveniles retoman horizontes e imaginarios colectivos, históricos, culturales y sociales para resignificar en forma crítica los algoritmos y las tecnologías y repensar sus formas de saber, experimentar y resistir. Consideramos que estos últimos son los más promisores para explorar las tensiones que atraviesan el futuro, y el presente, de las infancias en América Latina.
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