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Epílogo

Ensayo sobre la maternidad y el amor sacrificial. El Banquete y las formas del cuidado

Jesica E. Buffone

El Banquete es uno de los diálogos más bellos que existen. Nunca dejé de admirarme por mi propia fascinación ante este texto, que siempre me sonó lejano. Un texto que siempre visité como una turista, con la irresponsabilidad propia del forastero —que se para a mirar con la boca abierta, desparramado en una mueca de bruta fascinación, con la risa desubicada ante lo solemne—. Frente al Banquete de Platón, me resisto a dejar de ser una turista, guiada por un mapa inútil que siempre hace que te pierdas, con los ojos bien abiertos y siempre con la voluntad de volver.

Como todo aquel lugar que visitamos como un no lugar —como una isla separada de nuestras vidas, que siempre resignificamos cuando lo pensamos nuevamente y cuando volvemos a él para tratar de comprenderlo— así es para mí la pregunta sobre el amor: siempre se ve diferente, huele diferente y se me escapa. Nunca voy a comprender por entero el Banquete, porque en el mismo momento en que vuelvo a leerlo, no estoy sino condenada a retractarme.

Intentando desentrañar el rol que posee Eros en la vida de los sujetos, los discursos que conforman el Banquete son una oda a la vida, a las pasiones y a la belleza. El duelo de intervenciones que aquí se sucede nos sumerge poco a poco en un camino dialéctico que nos conduce desde las cosas materiales y particulares hasta la contemplación misma de las ideas.

El Banquete, asimismo, nos lleva a pensar la pregunta en torno al amor con todo el peso de lo mundano, de lo sensible. Cuando Apolodoro comienza a hablar, esta pregunta parecería evocar el olor al vino rancio y las túnicas con bordes raídos de tanto ir y venir sin querer ir a ninguna parte. El amor como la fruta madura, como las copas sucias, como los restos de un festín; como el piso opaco y pegajoso del exceso. Es la comida desparramada, el olor a algún ungüento, a hierbas o a incienso. El amor como la música, como el desgarro. Sin embargo, ese amor penoso, sacrificial y doliente se diluye poco a poco en un Sócrates victorioso que viene a cantar sobre la trascendencia. ¿Qué es el amor sino ese anhelo de ser en el otro, a través del tiempo, a través y a pesar de los cuerpos? Amar es replicarse, pero en ese deseo de desprendimiento impoluto, ascético, que encuentra en la filosofía el cauce para su realización. En virtud de ese choque entre el amor de la carne y la eternidad es que amar podrá ser sufrir o trascender.

El Banquete nos pone ante muchas formas de ser con los otros, de habitar el espacio del cuidado. Uno de los discursos más conocidos de esta obra es aquel que está puesto en boca del comediante, de Aristófanes, quien tomado por un ataque de hipo debe posponer su intervención. El origen del amor es descripto aquí desde la falta y como la búsqueda constante de aquello que nos es propio. En un principio, los seres humanos poseían una forma circular, con cuatro manos, cuatro pies y dos rostros. La fuerza y el orgullo de estas criaturas las llevaron a conspirar contra los dioses y a sufrir, en consecuencia, su castigo. Como Zeus y los demás dioses no encontraban conveniente exterminar a este linaje ya que exterminarían, al mismo tiempo, los honores y sacrificios que de ellos provenían, decidieron cortarlos para que vagaran por el mundo buscando a su otra mitad. Zeus le ordenó luego a Apolo que girase el rostro de estos seres escindidos, de manera tal que todo el tiempo vieran la cicatriz para así recordarles el dolor de su castigo. La piel de estos cuerpos desgarrados fue unida en el centro del vientre en lo que hoy llamamos ombligo, por lo cual este sitio es el lugar de la separación con la mitad que nos completa y es al mirarlo que nos advertimos habitados por el vacío. Como al encontrarse las dos mitades no hacían sino morir en un abrazo al sumirse en la inanición, Zeus decidió ubicar sus órganos genitales delante, de manera tal que ese encuentro produjese su propia generación. De esta forma, el amor es algo innato y en la unión con los otros restauramos nuestra naturaleza corrompida por la codicia y la traición. El amor será, entonces, “el nombre para el deseo y persecución de esta integridad”.[1] La felicidad, por lo tanto, está en la búsqueda y en el encuentro de aquello que nos es propio.

¿Por qué es esta idea del amor, la que nace de la comedia, aquella que ha trascendido? ¿Qué dice de nuestra forma de amar, de nuestras exigencias a la hora de pensar el amor? Esta concepción del amor que concibe al ser con el otro o, mejor dicho, al ser en el otro como la única forma de existencia propia de los seres humanos, en la que la comunión con el ser amado es la única instancia que me colma como un ser completo, pareciera ser la antesala de la verdadera definición del amor.

Este amor abnegado el amor de la búsqueda, del dolor, de la herida sangrante, ¿es simplemente un amor ficticio? ¿Se trata de una versión irrisoria de los amantes, propia de quienes ignoran la verdadera trascendencia, la de la producción filosófica? ¿O es, más bien, una forma de amar paciente, pasiva y sufriente, que se hace carne en el amor de las mujeres hacia sus crías? ¿En qué sujetos pensamos hoy cuando pensamos en esta forma de amar? Sin duda, este relato en torno a los orígenes del amor se ha fortalecido no solo por la fuerza poética y fantástica que lo compone, sino también porque, pese a lo irrisorio, algo tiene para decirnos de nuestra forma de amar y de relacionarnos con los otros. El amor tal como lo describe Aristófanes en su relato es el amor de la falta, del ser en el otro; es el amor del sacrificio y del dolor enquistado en la carne. Es la realización en un ser que es parte nuestra pero que, a su vez, no es otra cosa sino lo extraño. Es la negación de nosotros mismos en el acto de amar.

¿Cómo pensar el deseo y el placer cuando el amor se ve arrastrado y arrasado por la fuerza de lo instintivo, de lo natural? El amar se vuelve así una suerte de deber ser, se ama para estar completo y, por lo tanto, para dejar de desear. El amor de Aristófanes deja caer todo su peso como la construcción poética del ideal de sujeto amante que se ha impreso sobre la carne de las mujeres, de las madres, de las parias en esto de apropiarse del amor. Porque las mitades que vagan dolientes por el mundo no pueden sino vagar dolientes, sin deseo, solo para abrigarse en su otra mitad, siempre temerosas del castigo de los dioses. La búsqueda no es una elección, sino el destino de quien se sabe incompleto, inacabado. ¿No es esta, acaso, una definición desbordante del amor que se les exige a las madres, que contiene en su interior el sacrificio por el ser amado?

El amor expresado por Sócrates, en cambio, es el amor del excedente, es el desborde de virtudes que nos trascienden para ser más allá del tiempo. La doctrina que Sócrates expone como aquella recibida de boca de Diotima describe al amor como el deseo de las cosas buenas y de la felicidad. Los hombres no aman otra cosa que el bien y su voluntad tendrá como objetivo poseerlo. ¿Qué actividad es, entonces, aquello que puede llamarse amor? Es la procreación en la belleza, tanto del cuerpo como del alma, y será la reproducción lo que de inmortal poseemos, haciendo que nuestra existencia se extienda más allá de sí misma. Por lo tanto, el amor será también amor a la inmortalidad, a la posibilidad de ser reconocidos por los otros, por nuestros hijos e hijas, como virtuosos. El reconocimiento que de nuestros actos harán los otros nos asegura el repicar de nuestro nombre a lo largo del tiempo. Amamos, entonces, la posibilidad de la permanencia de nuestros actos virtuosos.

De esta forma, el amor de Diotima es el amor productivo, como la realización de sí mismo, a partir de sí mismo y que se reafirma en el acto mismo de su realización. Asimismo, el discurso de Sócrates en torno a la producción de cosas bellas nos conduce a la pregunta por la fertilidad y a las implicancias que ha tenido históricamente en los cuerpos gestantes. La producción de la belleza más allá del cuerpo es una forma de fertilidad asociada con los roles masculinos de una comunidad. La producción es, a fin de cuentas, el ser fértil de lo masculino. Sin embargo, ¿podemos las mujeres pensar la fertilidad más allá del parto? ¿O, mejor dicho, por qué pareciera que estamos vedadas a hacerlo?

La pregunta por el amor a la que Platón nos enfrenta nos obliga, necesariamente, a pensar en el cuidado. ¿Qué es el amor sino una forma de cuidar al otro? ¿Cuidar no es la única forma que puede tener el amor? ¿Qué formas de cuidado se siguen de nuestras formas de amar? El amor de Sócrates y el amor de Aristófanes nos hablan, al mismo tiempo, de dos formas diferentes de entender el cuidado: Sócrates, poniéndole la voz a Diotima, describe el amor como el deseo de lo bello y de la trascendencia; el amor irradia desde uno mismo y es la extensión de mi propia voluntad. El amor es producir, es ser para los otros a pesar y más allá de ellos. El amor es dar como deber, como desprendimiento de una parte de sí mismo para que me multiplique y, de esta forma, vivir a través del tiempo y más allá de la carne.

El amor de Aristófanes es ser con los otros y gracias a ellos; es sufrir en sincronía, el goce de sentirse iguales. En el amor de las partes que vagan buscándose, Aristófanes nos habla de la protección mutua, del ser en los otros, de cómo desaparecemos como uno en el mismo momento en que nos encontramos con nuestra otra mitad. El amor de la sangre y el amor de lo etéreo nos hablan de dos formas diferentes de cuidado y, al mismo tiempo, nos conducen a repensarnos como amantes según los lazos que entablamos con los sujetos amados. Pensar en las formas de amor que nos traspasan implica pensar, por tanto, en una ética del cuidado o, al menos, en las formas de cuidado que de allí se derivan. A este amor sufriente y abnegado, es al que hemos sido confinadas las mujeres, en el que el dolor es inherente al acto de amar y en el que el cuidado del otro se erige como la dimensión constitutiva de la subjetividad, como aquello que, en definitiva, asegura la propia integridad. El amor del que se ríe Sócrates no es un amor fantástico, es el amor al que hemos sido arrojadas. El amor del cuidado en donde nadie cuida, en definitiva, a las y los que cuidan.

La pregunta por el amor es una pregunta fundante de nuestras relaciones y de los espacios que ocupamos en una comunidad. Preguntarnos por el amor implica pensarnos, en definitiva, como inmersos en una lógica del cuidado, sobre todo cuando esta está ausente o silenciada. El amor de Aristófanes y el amor de Diotima nos hablan de lazos y compromisos diferentes: la procreación como reivindicación de nuestra naturaleza en el primero y como un reaseguro de nuestra permanencia en el otro. Aristófanes presenta al parto como el sostén mismo de la especie; de una especie destinada a volverse sobre sí misma, a regresar al dolor porque de allí viene. Diotima, en cambio, asocia la procreación con el anhelo de permanencia; parir es producir para trascender. Aristófanes no nos habla solo del amor romántico, del amor que se colma solo en una mitad que espera angustiada la llegada de su cómplice. Nos habla de todas aquellas formas de amor sufriente que hacen del dolor y de la negación de sí una parte constitutiva del acto de amar.

¿Es productivo el amor de los cuerpos gestantes? A diferencia del tipo de amor que reproduce al otro como una réplica de sí mismo, parir, hacer nacer, es hacer de nuestras entrañas lo otro de nosotros mismos. Es sembrar el vacío, la incertidumbre de lo que tal vez nos clausure, nos cierre al porvenir. Es arrojar lo otro de mí para perder luego el control de su camino.

¿Cómo pensarnos como madres, como cuerpos que paren, entre, por un lado, el destino al que nos arroja el amor romántico y, por el otro, el amor de la trascendencia, el amor del desprendimiento, de la reproducción como garantía de sostén y reproducción de nuestra vida virtuosa? El amor como destino natural y como sacrificio es el espacio al que ha sido confinada la maternidad, como la forma de cuidado inherente al ámbito de la crianza. Una tarea solitaria, doliente, negadora de nuestras particularidades, deseos y necesidades. La maternidad como ese vagar solitario de una parte incompleta que se colma en el momento mismo del parto. Quizás solo será posible distinguir la maternidad de esta forma abnegada del amor cuando el acto mismo de maternar sea pensado como un vínculo que requiere de un sostén colectivo, haciendo del cuidado una tarea de muchos y una dimensión inherente a la vida en comunidad.

Preguntarnos acerca de los lazos de cuidado al interior de un grupo, quizás nos invite a pensar la maternidad o al acto de maternar como una forma de cuidado que integra, junto con otras, el sostén de la vida de un sujeto en desarrollo; la maternidad como un fragmento de las estrategias de crianza que una comunidad tiene reservadas para la constitución y el abrigo de sus cachorros. De esta forma, entender el amor materno a la luz de otras formas de cuidado que sostienen este vínculo maleable, podrá permitirnos pensar el amor que nos une a nuestras criaturas como algo más liviano, piadoso, alegre, dando lugar, incluso, a la furia, al rechazo, a la frustración y al equívoco. Pensar, entonces, al amor de las madres como formando parte de un entramado de lazos respetuosos del ser entre los otros, es que podremos pensar, finalmente, que hay alguien que está cuidando a las que cuidan.


  1. Platón, Banquete, 192e


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