Otras publicaciones:

9789871867967-frontcover

9789877230178-frontcover

Otras publicaciones:

9789871867738_frontcover

12-4388t

5 Materia viva en la teoría aristotélica de la generación animal

Carolina Terán

Introducción

A lo largo del siglo XX, las obras biológicas de Aristóteles ganaron la atención de numerosos historiadores de la filosofía debido a la suposición de que a través de ellas se podría enriquecer la comprensión de distintos aspectos de la metafísica[1] y de la ciencia[2] aristotélicas. El tratado De generatione animalium ha sido particularmente estudiado porque es ahí donde Aristóteles explicaría la relación entre la forma y la materia, al contestar cómo se transmite la forma de individuo a individuo. No obstante, el tratado ha sido criticado también por historiadoras feministas que lo señalan como un lugar del corpus crucial para entender los sesgos misóginos y sexistas del filósofo, ya que la hembra es caracterizada como un ser débil, incapaz de producir esperma y secundaria en el proceso de generación, lo cual tendría consecuencias éticas y políticas en la consideración de la mujer.[3] Es cierto que, en el texto aludido, Aristóteles presenta una teoría embriológica que, por un lado, explica el fenómeno de la generación animal, y por otro, caracteriza a los sexos en relación con su papel reproductivo; el esquema metafísico subyacente a la embriología es el hilemorfismo, y la relación agente-paciente es llevada a la descripción del macho, de la hembra, y de sus aportaciones respectivas. En una controvertida analogía, Aristóteles señala que la generación de un ser vivo es parecida a la producción de la obra de un carpintero, quien transmite la forma e imprime movimiento en la madera, materia pasiva e inerte.

Ahora bien, un análisis de la caracterización de los principios reproductivos en De Generatione Animalium, indica que la consideración de la materia en la reproducción no es pasiva del mismo modo que la materia del artesano. Frente a la capacidad de nutrir y gestar que posee la hembra, y a la transmisión de rasgos sin un fin específico, Aristóteles tiene que reconocer que en la gestación de un ser vivo, la materia no es pasiva e inerte, sino que posee un dinamismo propio que no se explica por el esquema teleológico en el que el macho es principio activo y formal.

En el siguiente trabajo, comienzo por plantear los términos en los que Aristóteles define los principios reproductivos en el contexto de la teleología natural y a partir de dos enfoques explicativos que dan cuenta de la diferencia sexual. Después, reviso la compleja caracterización de la hembra como dotada de la capacidad de aportar algo análogo al semen, pero también como un ser incapaz o incompleto en comparación con el macho. Posteriormente analizo las razones físicas que explicarían la separación de los sexos, y también la normatividad natural que rige la teleología. Confronto, finalmente, la concepción de que la hembra es un ser débil, y su aportación a la reproducción animal es pasiva con la descripción del proceso de gestación y formación del embrión, donde la materia es presenta ciertas condiciones que la diferencian del elemento inerte e indiferenciado que moldea el artesano, y examino en qué sentido se puede hablar de una “actividad” de la materia.

La definición de los principios reproductivos, dos puntos de vista: por definición y por observación

El tratado De Generatione Animalium[4] es una investigación sobre los principios de la reproducción en el mundo animal. Entendiendo a la generación animal como una instancia del cambio sustancial,[5] en I, 1 716a4-6 Aristóteles afirma que el macho es principio de movimiento y de la generación y la hembra es principio de la materia.[6] La concepción de los sexos como principios de la generación animal es explicada según dos modos de entender la diferencia sexual: por la definición y por la observación.

Respecto a la definición (katà tòn lógon), macho y hembra son principios distintos porque tienen una facultad y una función propia: el macho es capaz de engendrar en otro, mientras que la hembra engendra en sí misma aquello que ya existe en el engendrador (716a18-19).[7] Respecto a la observación (katà tèn aísthesin), machos y hembras se diferencian porque poseen órganos distintos para realizar la función que les es propia, en cuanto principios de generación (716a19-23).

Según estos puntos de vista, el macho se define porque posee la capacidad de transmitir la forma de su especie a una nueva sustancia. Dicha capacidad es actualizada por los órganos sexuales que observamos, en los cuales se genera el semen y se realiza la cópula e inseminación en la hembra.[8] A su vez, los órganos existen en virtud de la función que pueden llevar a cabo, a saber, generar y transmitir la semilla.[9] Por lo anterior, la caracterización de las partes sexuales se subordina a la función que las define; incluso la diversidad anatómica de las especies puede ser explicada porque, si bien en la naturaleza reina la necesidad como causa de la mayoría de sus fenómenos, también se presenta como lo mejor .[10] La existencia de órganos sexuales del macho es necesaria porque son los que producen la semilla y, por ende, el fruto, pero la diferenciación y diversidad con la que se presentan en el vasto mundo animal se debe a que diferentes características mejoran u optimizan la realización de su función.[11]

La definición de la hembra es más complicada, porque es verdad que posee órganos con los que realiza la función que la define: tiene un útero donde el embrión tiene protección, refugio y cocción (719a33). Además, emite un residuo análogo al semen del macho: se trata de las menstruaciones (727a2-3), que son la materia y constituyen el cuerpo del embrión (729a10-12). Sin embargo, es definida también por su impotencia pues, en comparación con la capacidad reproductiva del macho, es incapaz de producir esperma, aquello que contiene la forma del embrión. Esa incapacidad se debe, según Aristóteles, a su “frialdad” la cual la asemeja a un niño o un macho estéril (728a18-22).[12]

Al parecer, el Estagirita establece un estándar doble para distinguir a la hembra del macho, pues, respecto a la definición, se la considera positivamente como dotada de una función reproductiva en la teleología natural; pero, respecto a la observación, es comparada con la capacidad reproductiva del macho y evaluada negativamente, ya que no cuenta con los órganos que le permiten cocer esperma. Sin embargo, más allá de la minusvaloración de la hembra con relación al macho, Aristóteles se ve obligado a reconocer que, en tanto principio de generación, la hembra tiene una potencia (dýnamis), que no se agota en la transmisión de materia puramente pasiva, a partir del cual surge lo que trae el engendrador. Pues, por una parte, la materia es materia nutritiva, que brinda “cocción” al embrión, y por otro, es la causa de la definición de ciertos rasgos no esenciales en el individuo. Para entender cómo la teoría embriológica de Aristóteles reconoce estos hechos, es preciso considerar la similitud que plantea entre el esperma y las menstruaciones.

Las menstruaciones como residuo análogo al esperma

La definición de la hembra como causa material, carente de la capacidad de cocer se realiza cuando Aristóteles se pregunta si acaso el macho aporta materia a la generación. Si tal fuera el caso no habría razones para establecer el esquema binario de los sexos con el que Aristóteles empata la concepción hilemórfica de la naturaleza, siendo dos causas, la material y la formal, las que explican la generación de un viviente. Para sostener su explicación, el filósofo ataca la teoría de la generación conocida como “pangénesis”, según la cual el esperma proviene de todas las partes del cuerpo, y de ambos progenitores (721b13-722a). El filósofo argumenta que si el semen viniera de todas las partes del cuerpo, no se podría explicar cómo es que las partes existentes se combinan a partir de la dispersión, o cómo es que las partes de ambos padres se combinan para dar lugar a un solo embrión, con un solo sexo y no con ambos (722b3-5 y 722b21-28); además, no habría una razón por la cual las hembras no pudieran generar en sí mismas, teniendo ellas la parte donde se gesta el embrión (722b13-14).[13]

Aunque la teoría de la pangénesis podría resolver de manera más intuitiva por qué los vástagos se parecen a ambos padres, al considerar que macho y hembra son principios generativos en el mismo sentido, Aristóteles sostiene la idea de que la expresión “algo viene de algo” (724a21) tiene dos sentidos 1) algo viene de algo, como de una materia y paciente (724b5) o 2) algo viene de algo como de un una forma y agente (724b6). Dos sentidos que confirmarían la estructura hilemórfica de los entes naturales y que, no obstante, tienen como consecuencia la dificultad de explicar por qué los hijos se parecen a ambos padres y qué sucede con la materia del macho en el proceso de la generación. Pues, en efecto, el semen es materia, en cuanto que Aristóteles lo concibe como el residuo útil del alimento que “cuece” el organismo y que se transforma en sangre (725ª11-12).[14] Es a partir de este último residuo útil “de donde se forman inmediatamente cada una de las partes [del embrión]” (725a12). Para sustentar esta idea, el filósofo señala diversos fenómenos: los animales menos prolíficos son los más grandes porque la mayoría de su alimento es consumido por sus energías y queda poco residuo último (725a30-35); el estado de agotamiento posterior a la expulsión del esperma indica que el animal se ha desprendido del resultado final del alimento y nutrientes (725b7-8); los animales jóvenes con exceso de esperma sienten un alivio al expulsar la superabundancia de éste (725b10-12); la ausencia del esperma en periodos de vejez o de enfermedades indica que el cuerpo no “cuece” suficientemente el alimento (725b20-22); las personas obesas son menos fértiles porque el exceso de alimento se convierte en otro tipo de residuo, a saber, la grasa (726a3-5). En general, Aristóteles concibe la generación del último residuo útil como un proceso en el que el calor natural del organismo dota al animal de la capacidad de “cocer” la sangre resultante de la nutrición del cuerpo. La incapacidad de cocción se atribuye a una funcionalidad deficiente, debido a alguna enfermedad o decadencia del cuerpo, o bien porque el animal consume ese calor en algún otro proceso –tal es el caso de los animales de gran tamaño o de los obesos (726a 9-11 y 727a34-35).

Frente a la pregunta de si acaso la materia del semen se convierte en el embrión, Aristóteles insiste en que el esperma es en potencia cada una de las partes del cuerpo, pero su materia no conforma las partes del embrión. Las analogías que usa Aristóteles para explicar la generación del embrión por el concurso de un agente sobre un paciente pertenecen al ámbito de la tékhne:[15] el cuerpo del embrión tomaría la forma que proviene del macho como la cama surge de la madera por el movimiento que imprime el carpintero (729b 16) o como la salud a partir del arte de la medicina (729b 21). Aristóteles arguye que, en ninguno de estos, el agente –el carpintero o el arte de la medicina- se encuentra en el producto final. En el ámbito de la generación animal, señala como evidencia el caso de los huevos hueros, o no fecundados y algunas dinámicas reproductivas de los peces ovíparos (729b34- 730a 28): los huevos hueros –aquellos que no contienen un embrión- serían fecundados cuando la gallina es montada porque “[…] el esperma del macho, con su potencia, somete a una particular elaboración a la materia y al alimento que hay en la hembra”.[16]

La materia sobre la que actúa el principio activo es la sangre menstrual (katamenia), caracterizada en el esquema binario de la reproducción como un residuo análogo al esperma (727ª2-3) [17]. En su argumentación contra los pangenetistas, Aristóteles concede que la hembra aporta algo a la generación, pero no esperma.[18] La tesis es que el animal más débil por naturaleza es el menos caliente, y por ende, aquél que es incapaz de cocer el residuo último del alimento, dando lugar a un residuo “abundante y menos cocido” (726b30-35).[19] Como en el caso de los machos y su estudio del semen, las pruebas que aduce Aristóteles para sustentar esa caracterización de las menstruaciones como residuo, presenta un conjunto de fenómenos: las hembras comienzan a menstruar en la misma época que los machos comienzan a segregar semen (727a6-9); cuando pasa la edad de concebir dejan de tener las menstruaciones (727a10-11); las hembras no tienen hemorroides ni hemorragias nasales, pero cuando las tienen la sangre de las menstruaciones disminuye o desaparece (727a15-16); sus venas son más delgadas porque en ellas no corre tanto residuo útil como en los machos (727a17-18); además, puesto que las hembras no logran cocer el alimento de manera óptima, el residuo es más abundante, y por eso son siempre ser más pequeñas que los machos (727a19-20); todo lo anterior lleva al filósofo a concluir que la inferioridad corporal de la hembra respecto al macho es clara (727a24).[20]

La noción de que el esperma es un residuo sanguíneo bien cocido, lleva al filósofo a la afirmación que señalábamos antes: “la hembra es hembra por una cierta impotencia (adynamίa): por no ser capaz de cocer el esperma a partir del alimento en su último estadio (esto es sangre o lo análogo en los no sanguíneos), por la frialdad de su naturaleza”.[21] A su vez, el menstruo es caracterizado como “esperma no puro, sino necesitado de elaboración” (728a27-28), una elaboración parecida al cuajo de la leche, donde el cuajo no constituye parte de la leche, sino que es el principio de la coagulación (729a12-13). El macho proporciona la forma y el principio del movimiento (729a11) y la hembra el cuerpo y la materia (729a12). De esta manera, el filósofo asienta la necesidad de que en todo fenómeno de generación de un viviente haya “el que engendra y aquello de donde se engendra” (729a25-26), incluso en aquellos animales donde parecen estar unidos, o ser uno solo ambos principios. La diferencia siempre reside en su forma y en su definición: el macho es motor y agente, la hembra es paciente (729a28-31).

El libro I de GA finaliza aludiendo a la relación entre el carpintero y su obra, como analogía de la acción del principio formal y activo del macho sobre la materia de la hembra. Aristóteles enfatiza que del macho proviene la figura y la forma a través del movimiento en la materia (730b9-15), del mismo modo que los productos del arte son movidos por los instrumentos del artesano (GA I, 21, 729b21-24). Incluso cuando la hembra introduce algo en el macho es similar al caso en el que la materia es llevada al artesano (729b26-27).

 El proceso por el cual el movimiento del esperma actúa sobre las menstruaciones sin convertirse en parte material del embrión es más ampliamente explicado en el contexto de GA II. Por ahora, es preciso subrayar que en GA I la discusión contra los pangenetistas se centra en definir qué es exactamente la simiente generadora y por qué motivo ésta es producida por los machos y no por las hembras. No obstante, es manifiesto que, desde el horizonte explicativo del hilemorfismo, la hembra es tan necesaria como el macho para la reproducción de las especies, y la diferenciación sexual se basa en la diferenciación de las partes reproductivas y las funciones que pueden llevar a cabo.

La separación de los principios de la generación, razones físicas y jerarquía natural

Las líneas inaugurales del libro II enfatizan la necesidad de la diferenciación sexual asentada en causas finales: la reproducción, lo mejor, la vida y la tendencia a la eternidad que los animales, en tanto individuos, no pueden alcanzar, pero que les es asequible solamente en tanto género (731b24-35).[22] Si bien macho y hembra existen necesariamente con vistas a la reproducción, Aristóteles insiste también en explicar por qué motivo ambos principios reproductivos se encuentran separados:

Y siendo mejor y más divina por naturaleza la causa del primer movimiento, por el hecho de que ahí residen la definición y la forma de la materia, es mejor el estar separado lo superior de lo inferior. Por eso en cuantos es posible y del modo que es posible, está separado el macho de la hembra. Pues es mejor y más divino el principio del movimiento, que es el macho, en los seres que se generan, y la materia es la hembra. Pero el macho se une y se mezcla con la hembra para la labor de la generación, ya que ésta es común a ambos (GA 732a7-11)

De este modo, el filósofo insiste no sólo en la diferenciación sexual, sino también en la separación de cada sexo aduciendo un orden teleológico y jerárquico en la naturaleza. Desde el punto de vista fisiológico, la superioridad del macho sobre la hembra es explicada como una diferencia de calor en el organismo. Como veíamos antes, esta diferencia dota al organismo de la capacidad de cocer el residuo último del alimento y generar esperma, pero también es aludida por el filósofo como un rasgo de superioridad del macho, porque el calor repercute en su capacidad para dar vida. Es por lo anterior que, en el contexto de la teoría embriogenética de GA II, 1 Aristóteles afirma que “Los animales más perfectos son los de naturaleza más caliente, más húmeda y no terrosa” (732 b32), y sostiene que lo húmedo es más adecuado para la vida mientras que lo seco se aleja de lo animado (733 a11). Incluso, la idea de que los animales más calientes son más perfectos justifica también la jerarquización entre las especies de vivientes: los animales superiores serían más autosuficientes, esto es, capaces de moverse y de mayor tamaño, por lo cual necesitarían de una fuerza superior y del calor dota de dicha fuerza (732a16-19). En esta jerarquía, los animales se superponen a las plantas por la complejidad vital que involucra su organismo, misma a la que me referiré más adelante. Y, de entre los animales, son los sanguíneos [23] los más grandes y dotados de más facultades anímicas por lo que pueden generar esperma; y, aún más, de entre los sanguíneos, son los vivíparos los que parecen más perfectos porque poseen el calor suficiente para generar una cría acabada en el interior mismo de su organismo, mientras que los ovíparos, a ojos de esta teoría, expulsan una cría a medio terminar, es decir, un huevo (733a11). La causa de esto es que su naturaleza es más fría y terrosa (733ª12-15).[24]

Como vemos, pues, la jerarquización de los géneros animales y de los sexos tiene como parámetro la cantidad de calor que hay en el organismo. Desde este punto de vista, resulta paradójica la definición de la hembra por su impotencia (adynamίa) (728a18-28), pues el filósofo reconoce que, al menos en el caso de las hembras mamíferas, éstas poseen el calor suficiente para cocer y terminar a su cría. Pese a ello, Aristóteles introduce la explicación de la separación de los sexos en GA II 1 con un juicio valorativo respecto a la norma que rige la naturaleza, e incluso lo que no es propiamente parte de la naturaleza:[25] es mejor (beltίonos) que macho y hembra estén separados como lo superior (la causa del primer movimiento, donde está la definición y la forma) está separado de la materia.

Ciertamente, la definición del esperma masculino como principio formal de la reproducción tiene razones físicas: en todo cambio están involucrados dos contrarios (forma y ausencia de forma) que actúan o se actualizan en un sujeto (materia), por lo cual en la generación animal debe un principio formal y un sustrato material. En consecuencia, la contribución del macho no puede ser material: el calor que permite cocer la sangre no tiene como resultado final el fuego, uno de los cuatro elementos materiales constitutivos de los cuerpos en el mundo sublunar,[26] sino el pneûma encerrado en la sustancia material del esperma y análogo al elemento de los astros (736b33-737a1).[27] Es el pneûma donde queda encapsulada la forma que transmite el macho.

Además, la comparación entre la causa del primer movimiento y la aportación del macho a la generación animal (732a7) es desarrollada ampliamente para explicar de qué modo el macho actúa sobre un sustrato y es principio de su movimiento, sin ser él mismo parte material en la generación. Aristóteles señala que el semen no está en el embrión como materia ni tampoco contiene en sí mismo sus partes acabadas (734a33),[28] sino que imprime en la materia de las menstruaciones un movimiento similar al movimiento de los autómatas (734b13),[29] a saber, una serie concatenada de movimientos al interior del mecanismo con el que está construido el artefacto, pero que se origina por una causa externa y no conectada a la cadena motora del mecanismo. El símil entre los movimientos del autómata y los movimientos de la materia resalta que dichos movimientos son necesarios, en cuanto cada movimiento depende del anterior y da lugar al siguiente, pero ninguno de ellos se encuentra conectado directamente con lo que inicia el movimiento, puesto que lo que inicia el movimiento no es algo material.[30] Los movimientos de la materia, a su vez, están en potencia en el primer movimiento del esperma, pero son en acto una vez que cesa el movimiento de aquél y comienzan a formarse las partes –materiales- del nuevo ser (734b23-25). El esperma del macho contiene, pues, esas partes sólo en potencia, y su actualización sucede en la cadena de movimientos materiales desencadenada por él mismo. De este modo, Aristóteles rechaza la idea de que en el semen se encuentra un homúnculo, es decir, un ser material completamente formado en pequeña escala que se nutre y crece cuando es transmitido al útero de la madre.

El aspecto activo y no material del esperma es enfatizado, como en GA I, mediante una analogía con la acción del instrumento del artesano que mueve, modela y forma la materia de cada objeto (734b36-735a5). En este sentido, las cualidades como la dureza, la blandura, la aspereza y fragilidad de cada parte material se deben ciertamente al calor y al frío de la materia, pero esas cualidades no son causantes de la definición por la cual una mano es una mano y el corazón es corazón (734b32-36). Es, pues, el calor en tanto pneûma, aquello que conduce la formación de las partes corporales (736b34-35). Pese a la insistencia en la condición pasiva e indefinida de la materia, el filósofo admite cierto dinamismo de la materia, que permite el crecimiento del embrión en el útero de la madre. Nutrido por su sangre y cocido en su interior, el nuevo ser es dotado por la hembra de un alma vegetativa, requisito indispensable para su formación completa; asimismo, la aportación de la hembra incide en la transmisión de los caracteres hereditarios y también en la definición del sexo del embrión. Aunque Aristóteles caracteriza los movimientos de la materia como si fueran los movimientos del autómata, ciegos o carentes de un fin o un principio interno de movimiento, resultan ser definitorios en la transmisión de la semejanza y del sexo del embrión.

Materia nutriente

Como mencionábamos, la inseminación es entendida en la embriología de Aristóteles como un proceso de actualización de lo que está en potencia, en el esperma mediante los movimientos de la materia, causados por el principio formal y eficiente. En esta narrativa, el primer órgano en formarse es el corazón pues en él se encuentra el principio de calor natural que da lugar al desarrollo del resto de las partes de un animal (735a25 y 740a5). Es cierto que la materia se representa como un sustrato paciente, pero dotado de cierta cualificación o capacidades intrínsecas. En palabras del filósofo: “[…] todo lo producido por naturaleza o el arte se forma por la acción de un ser en acto a partir de un ser semejante en potencia” (734b21-23).[31] Esto es, la pasividad de la materia que se argumenta en el contexto de GA I debe ser resignificada en vista de la teoría del desarrollo embrionario, a partir de GA II, 3.[32]

Descrito como un proceso de actualización de las facultades del alma, el desarrollo del embrión es posible porque la materia le dota de un alma nutritiva que permite su crecimiento. En este momento inicial, las otras facultades del alma –la sensación, el movimiento, y el intelecto, según sea el caso, se encuentran sólo en potencia, y su realización es progresiva, hasta desarrollar la última que es por la que, según el filósofo, se define cada animal (736a36-b5). De modo que, a partir de GA II, 3 Aristóteles da una caracterización de la materia no como un sustrato absolutamente pasivo, sino que sugiere que la materia de las menstruaciones se encuentra dotada de la potencia de devenir en el animal completo (737a23-24); dicha potencia es entendida como la facultad de nutrir lo que pone el principio motor y formal. Sin esa facultad, el desarrollo del animal, entendido como un organismo complejo,[33] es imposible. En otras palabras, la materia no puede ser concebida únicamente como materia inerte, pasiva o desprovista de cualidades propicias para el desarrollo de la vida. Por esta razón, Aristóteles, debe enfrentar el problema de si acaso es posible que la hembra engendre sola, como parecerían hacer las gallinas que ponen huevos sin haberse apareado.

Ciertamente, el caso de los “huevos hueros” (741a19-25) es aducido por Aristóteles como prueba de que la hembra engendra en un sentido restringido: algo que no es materia inerte pero tampoco vivo en el sentido de un ser plenamente desarrollado. Se trata, pues, de huevos que “tienen cierta alma en potencia” (741a23), es decir, un alma nutritiva, que por sí misma no es suficiente para la fecundación. Sin embargo, Aristóteles concede la posibilidad de que en algunas especies de peces no haya machos o no se den machos y hembras separados, como las anguilas (741b1). Por lo que toca al resto de los géneros animales la existencia separada de dos sexos es necesaria y es el macho el que “siempre lleva a término la generación, pues introduce el alma sensitiva, por sí mismo o por el semen” (741 b5-6).[34]

GA V, la “actividad” de la materia en la embriogénesis aristotélica

Finalmente, otro aspecto que muestra la capacidad dinámica de la materia gestante es GA V, 1, donde Aristóteles reflexiona sobre la causa de las características (pathémata) o rasgos no esenciales por las que se diferencian los individuos de una especie.[35]

Según Aristóteles, la ocurrencia de características como el color de los ojos o del cabello, la gravedad de la voz, la agudeza visual, el oído, el olfato, etc., se da en todos los miembros de algunos géneros animales de manera más o menos homogénea, sobre todo aquellos relacionados con la maduración o envejecimiento del animal; pero en otros animales, particularmente en el caso de la especie humana, dichas características simplemente resultaron estar ahí, no de la misma manera y no en los mismos tiempos (778a20-23), como la gravedad de la voz o el encanecimiento.

Bajo la óptica de la teleología natural, los rasgos que acaecen de manera diferenciada en los miembros de una especie no forman parte de la definición de la esencia (778a31-35) porque no surgen ni existen para algo (778a 32). En el capítulo aludido de GA V, Aristóteles insiste en que las obras de la naturaleza son regulares y definidas porque “la génesis sigue a la esencia, y la esencia es el para qué del ente” (778b6-7). Dado que el color de los ojos, la gravedad de la voz, el color y la textura del pelo, etc… no aparecen de manera regular en todos los miembros de un género, su génesis no obedece a la necesidad natural que causa la generación de las características esenciales del animal. La causa de esos rasgos no ordenados por una teleología natural sería la materia misma y el principio que la puso en movimiento (778b1-2). Pero el filósofo no se refiere, aquí, al esperma como causa formal de una materia dispuesta, sino al macho como ente compuesto y causa eficiente. Así, Aristóteles reconoce que la formación de características (pathémata), obedece a otro tipo de necesidad, a saber: aquella que tiene que ver con la materia y su propio comportamiento (778b14-19).

Bajo el dominio de la necesidad material,[36] el filósofo coloca todo aquello que parece escapar a la lógica natural de la función y los fines naturales. Incluso, la diferencia sexual, considerada en Metafísica X, 9 como una diferencia no esencial, sino material y corporal (1058b 23), [37] es explicada en GA IV, 3 como resultado de la falta de dominio de los movimientos del macho en la materia de las menstruaciones: el orden natural determinaría el nacimiento de un espécimen idéntico al padre, pero el predominio de la materia aportada por la hembra,[38] ocasiona el nacimiento de algo parecido a ella, es decir, una hembra (767b5-10).

Como la filósofa Emanuela Bianchi observa, en su reciente trabajo The feminine symptom,[39] la aproximación aristotélica al comportamiento de la materia en el desarrollo del embrión debe aludir a un esquema explicativo distinto de aquel que regula los procesos constantes, regulares y predecibles. En este orden de ideas, la comparación de la dinámica material con los movimientos de un autómata no solo podría ser entendido como el señalamiento de la dependencia de la materia a causas motoras y formales que le doten de unidad y ser, sino también como el reconocimiento de que la materia está dotada de sus propios principios de actividad, la cual es definitoria de los rasgos y del sexo del embrión en el ámbito de la reproducción.

Conclusiones

De Generatione Animalium es un texto complejo, porque en él se define a la hembra tanto por su potencia (dýnamis), en cuanto es uno de los dos principios de la generación animal, pero también por su impotencia (adynamía), en cuanto carece del calor suficiente para cocer el último residuo útil de la sangre, del mismo modo que el macho. Además de esto, en los dos primeros libros de Generatione Animalium encontramos que la hembra es comprendida como un principio material y pasivo, mientras que el macho es principio eficiente, formal y activo. No obstante, estas descripciones deben ser matizadas a la luz de la formación del embrión, explicada en II, 4-5, donde se atribuye a la materia la aportación de un alma nutritiva, la cual es condición de posibilidad de la realización de la forma del animal entero. En este orden de ideas, la materia de las menstruaciones no es como la materia del artesano, con la que se análoga el proceso de reproducción animal.

La materia de las menstruaciones posee una facultad nutritiva que la hace apta para el desarrollo y formación de las partes del embrión. En este sentido GA II da un primer indicio de que la aportación material es principio vital, no solo como materia paciente, sino como materia nutritiva, que alimenta y conforma las partes del embrión. A esta comprensión del papel de la hembra en la embriología aristotélica, podemos agregar GA V, 1, donde la definición de ciertos rasgos es atribuida a la materia y no al principio formal y eficiente. Ciertamente, se trata de los rasgos que Aristóteles entiende como pathémata, características no esenciales o constitutivas de la forma del animal, pero en la narrativa de este pasaje, el filósofo advierte que el principio formal, eficiente y final no es la única causa de definición del animal, en tanto individuo o ente encarnado. La materia responde a su propia necesidad, y no a una teleología bajo la cual se subordina.

Bibliografía

Aristóteles, Acerca del cielo, introducción, traducción y notas de Miguel Candel, Madrid, Gredos, 1996.

Aristóteles, De Anima, edición y comentarios críticos de W. D. Ross, New York, Oxford University Press, 1956.

Aristóteles, De Partibus Animalium I y De Generatione Animalium I, traducción al inglés y notas de D. M. Balme, New York, Oxford University Press, 1972.

Aristóteles, Física. Libros I y II, traducción, introducción y comentario de Marcelo Boeri, Buenos Aires, Biblos, 1993.

Aristóteles, Investigación sobre los animales, introducción de Carlos García Gual, traducción y notas de Julio Pallí Bonet, Madrid, Gredos, 1992.

Aristóteles, Metafísica, introducción, traducción y notas de Tomás Calvo, Madrid, Gredos, 1994.

Aristóteles, Partes de los animales, trad. de Elvira Jiménez Sánchez-Escariche, Madrid, Gredos, 2000.

Aristóteles, Reproducción de los animales, traducción de Ester Sánchez, Madrid, Gredos, 2008.

Aristotle, Generations of Animals, trad. al inglés de A. L. Peck, Cambridge, Loeb Classical Library, 1943.

Balme, D. M., “The Place of Biology in Aristotle’s Philosophy” en Gotthelf A. y Lennox, J.G. (eds.), Philosophical Issues in Aristotle Biology, Cambridge, Cambridge University Press, 1987, pp. 9-21.

Connell, Aristotle on Female Animals. A Study of the Generation of Animals, Cambridge University Press, 2016.

Freeland, Cynthia, “Aristotle on bodies, matter and potentiality” en Gotthelf, A. y Lennox, J. G., (eds.), Philosophical Issues in Aristotle’s Biology, Cambridge, Cambridge University Press, 1987, pp. 392-407.

Henry, Devin, “Aristotle on the Mechanism of Inheritance”, Journal of the History of Biology, Vol. 39, No. 3, 2006, pp. 425-455.

Lange, Lynda, “Woman Is Not a Rational Animal: On Aristotle’s Biology of Reproduction” en Harding, Sandra y Hintikka, Merrill B. (eds.), Discovering Reality: Feminist Perspectives on Epistemology, Metaphysics, Methodology and Philosophy of Science, Dordrecht, D. Reidel, 1983, pp. 1-15.

Lanza D. y Vegetti M. (eds.), Opere biologiche di Aristotele, Turin, Unione Tipografico-Editrice Torinesse (UTET), 1971.

Leunissen, Mariska y Gotthelf, Allan, “What’s Teleology Got To Do With It?’ A Reinterpretation of Aristotle’s Generation of Animals’ V”, Phronesis, Vol. 55, No. 4, 2010, pp. 325-356.

Tuana, Nancy, “Aristotle and the Politics of Reproduction”, en Bar On, Bat-Ami (ed.), Engendering origins: critical feminist readings in Plato and Aristotle, Albany, State University of New York, 1994, pp. 189-202.

Witt, Charlotte, “Form, Normativity and Gender in Aristotle: A Feminist Perspective” en Alanen, Lilli y Witt, Charlotte (eds.), Feminist Reflections on the History of philosophy, Dordrecht, Kluwer Academic Publishers, 2005, pp. 117-136.


  1. Balme, D. M., “The Place of Biology in Aristotle’s Philosophy” en Gotthelf A. y Lennox, J.G. (eds.), Philosophical Issues in Aristotle Biology, Cambridge, Cambridge University Press, 1987, pp. 18-20. Incluso Charlotte Witt aboga por la actualidad de la metafísica aristotélica en el ámbito de la filosofía de la ciencia en “Form, Normativity and Gender in Aristotle: A Feminist Perspective” en Alanen, Lilli y Witt, Charlotte (eds.) Feminist Reflections on the History of philosophy, Dordrecht, Kluwer Academic Publishers, 2005, pp. 117-136.
  2. Lanza, Diego y Vegetti, Mario, “Il progetto scietifico di Aristotele” en Lanza D. y Vegetti M. (eds.), Opere biologiche di Aristotele, Turin, Unione Tipografico-Editrice Torinesse (UTET), 1971, pp. 9-13.
  3. Tuana, Nancy, “Aristotle and the Politics of Reproduction”, en Bar On, Bat-Ami (ed.), Engendering origins: critical feminist readings in Plato and Aristotle, Albany, State University of New York, 1994, pp. 189-202. Así también Lynda Lange sostiene que la narrativa biológica sobre la inferioridad de las hembras justifica el statu quo y el dominio al que están sujetas las mujeres en la pólis, ya que para Aristóteles las hembras tienen un valor meramente instrumental: son necesarias para la reproducción de un macho, y además su labor gestante en la reproducción es secundaria a la inseminación del macho. Vid. Lange, Lynda, “Woman Is Not a Rational Animal: On Aristotle’s Biology of Reproduction” en Harding, Sandra y Hintikka, Merrill B. (eds.), Discovering Reality: Feminist Perspectives on Epistemology, Metaphysics, Methodology and Philosophy of Science, Dordrecht, D. Reidel, 1983.p 9.
  4. Utilizaré las siglas GA para referirme a De Generatione Animalium. El texto en griego ha sido consultado de la edición de A.L. Peck, Aristotle. Generation of Animals, Londres, Cambdrige, Loeb Classical Library, 1942. Las citas al español han sido tomadas de Aristóteles, Reproducción de los animales, traducción de Ester Sánchez, Madrid, Gredos, 2008.
  5. Cf. Metafísica XI, 11 donde Aristóteles entiende la generación como un tipo de cambio sustancial porque lo que cambia, cambia de no-sujeto (ouk ex hypokeiménou) a sujeto (eis hypokeímenon); y en Física I, 5-9 la generación es el tipo de cambio cuya explicación permite entender el cambio en las otras categorías ontológicas. La generación es explicada por Aristóteles como el paso de un contrario a otro, donde los contrarios pertenecen a un mismo género y entre ellos hay una relación de privación. Los contrarios son, a su vez, determinaciones que sufre un sujeto por lo cual, se presenta en el esquema explicativo de Aristóteles como un tercer principio de cambio (189b). Los principios contrarios son a) la forma y b) la privación; c) el sustrato es la materia subyacente a la privación e información.
  6. “Como dijimos, indudablemente podríamos establecer la hembra y el macho como principios de la reproducción: “el macho como poseedor del principio del movimiento y de la generación, y la hembra, del principio material”.
  7. También en Investigación sobre los animales (Historia Animalium 489a12) el filósofo señala que macho y hembra se distinguen porque aquél “emite” semen en otro, mientras que la hembra lo hace en sí misma.
  8. En GA I,4-6 y 12 Aristóteles revisa la anatomía de los testículos, y en I, 7-11 caracteriza el útero. Asimismo, en I, 7 y 13-17 encontramos un sumario general de las dinámicas de cópula en las distintas especies animales (ovíparos, vivíparos, crustáceos, cefalópodos e insectos). En estos capítulos es claro que la observación y descripción de los órganos sexuales supone la definición funcional que tiene que ver con su papel reproductivo en la generación.
  9. La anterioridad lógica y ontológica de la causa final respecto a la generación de la sustancia es uno de los principios que articulan la investigación natural de Aristóteles, tal como lo expresa en De Partibus Animalium I, donde afirma que en el devenir natural la primera causa es el “para qué” del ente, pues la generación se realiza en vistas a dicha finalidad (De partibus 640a 18-19). En GA Aristóteles señala que la mutilación de la parte generadora conlleva una serie de cambios en la forma del organismo (GA 716b3-5). Por ello, el ser macho o hembra es considerado un principio (arkhé) cuya alteración conlleva muchos otros cambios en la configuración (morphé) del animal (716b9-12). Este planteamiento se asemeja a la polémica y criticada comparación entre una hembra y un macho mutilado en GA II.3, 737a 27-28, pues Aristóteles ilustra el estatus primordial de los órganos sexuales aludiendo al caso de la castración, la cual asemeja al macho a una hembra (716b7)
  10. GA, I.4, 717a15-16
  11. Los testículos, por ejemplo, no existen en todos los animales, sino solo en aquéllos cuya naturaleza es más “moderada”, de manera que no realizan la cópula rápidamente; su existencia “pausa” el deseo, porque no son parte de los conductos por los que el semen es despedido por el órgano sexual, sino que son una suerte de “circunvoluciones” o espirales que hacen más estable el movimiento del residuo seminal. (719a25-32).
  12. “Además, un niño se parece a una mujer en la forma, pues la mujer es como un macho estéril. Pues la hembra es hembra por una cierta impotencia, por no ser capaz de cocer esperma a partir del alimento en su último estadio (esto es sangre o lo análogo en los no sanguíneos), a causa de la frialdad de su naturaleza.”
  13. La dificultad más grave que encuentra el Estagirita en la explicación pangenética es la ausencia de un principio explicativo que regule el proceso por el cual las partes se unen en un ser completamente formado, lo cual los hace recurrir, como es el caso de Empédocles quien recurre al azar (723b3-5).
  14. En 724b26-725ª3 encontramos un análisis de los distintos tipos de sustancias que se encuentran en el cuerpo, diferenciando cuatro de ellas: tumor, residuo, producto de disolución y alimento. Gran parte de la caracterización del esperma se realiza por oposición a los productos de disolución del cuerpo que Aristóteles piensa como resultado de procesos fisiológicos en el cuerpo contra la naturaleza, como es el caso de las inflamaciones o los tumores. El semen por el contrario es un residuo de la alimentación, que en algún sentido no es conforme a la naturaleza (porque no es componente de alguna parte homogénea pero tampoco está separado como en las partes heterogéneas) pero es natural en tanto es útil, es decir, en tanto sí contribuye o ayuda al bienestar del organismo (725a6-7)
  15. Este hecho es notado por Cynthia Freeland en “Aristotle on matter, bodies and potenciality”. La estudiosa enfatiza, además, que la relación entre la materia y el producto elaborado en cada uno de los ejemplos que acostumbra traer a colación el filósofo revela la idea de que materia sobre la que actúa el agente (en un caso el artesano, y en otro caso el esperma) debe tener algunas propiedades “disposicionales”, es decir que permitan realizar la función que las define como tales, i.e., un hacha es hacha porque está hecha con los materiales que permiten mantener su estructura y cumplir su finalidad. Cf. Freeland, Cynthia, “Aristotle on bodies, matter and potentiality” en Gotthelf, A. y Lennox, J. G., (eds.), Philosophical Issues in Aristotle’s Biology, Cambridge, Cambridge University Press, 1987, pp. 392-407. Del mismo modo, Sophia Connell enfatiza que las analogías entre la generación de los animales y la creación de productos artificiales deben ser tomadas con mucho cuidado para no entender del mismo modo todas las relaciones entre materia y forma. Pues, mientras que en Física II, la metáfora de la madera y el carpintero es usada para distanciarse de sus predecesores -que explicaban la generación considerando sólo la materia- y enfatizar la primacía de un principio formal y organizador, en los tratados dedicados a la vida y, particularmente, en GA Aristóteles reconoce que en los seres vivos el principio de movimiento es interno S. Connell, Aristotle on Female Animals. A Study of the Generation of Animals, Cambridge University Press, 2016, p. 126.
  16. 730a14-15
  17. Sophia Connell enfatiza el aspecto nutritivo de la materia para argumentar que Aristóteles es exponente de una teoría embriológica biseminal, es decir, de dos principios generativos, porque la materia aportada por la hembra también es un tipo de semilla, distinta a la del macho, pero con “potencialidades dinámicas” que mantienen a las partes vivientes del cuerpo. Vid. S.M. Connell, op. cit., p. 95 y 148.
  18. Como residuo análogo al semen, las menstruaciones podrían ser un principio formativo del embrión de un género similar al del macho. Pero esta es la teoría que Aristóteles debate en toda su discusión dialéctica sobre el esperma. En GA I 19 se avanzan dos argumentos para descartar que el residuo menstrual sea un principio de forma y movimiento: en primer lugar, Aristóteles descarta que pueda haber dos residuos últimos y útiles en el mismo cuerpo, de modo que si ya hay menstruación y no puede haber esperma (727a25-3). Que la menstruación es el residuo generativo, entendido como materia, es confirmado porque su ausencia impide la reproducción, o bien, cuando el coito se produce durante la secreción menstrual, el flujo arrastra la potencia del semen. En segundo lugar, el filósofo señala que el placer de la hembra en el coito no es determinante para la reproducción (727 b6-9). De modo que concepción hay, pese a que ella no experimente placer. No así en el caso del macho, el cual experimenta placer en la eyaculación debido a la secreción del semen y también del pneûma, aire interior acumulado que produce la emisión del esperma (728a10-12).
  19. πλεῖον καὶ ἧττον πεπεμμένον
  20. Un rasgo muy criticado de la narrativa zoológica aristotélica es, sin duda, las continuas referencias a la “debilidad” de las hembras en todas las especies, incluso en los casos que plausiblemente podrían contradecir las “observaciones” del filósofo. Pasajes célebres de evidencia erróneamente consignada se encuentran en Historia Animalium, donde el filósofo afirma que las hembras de las especies conocidas, incluyendo al ser humano, tienen menos dientes que los machos, siendo esto una característica de una mayor longevidad (501b 20-24). Asimismo, señala que en los animales sanguíneos no ovíparos los machos siempre son más grandes y longevos que las hembras (538a23), y aún más, afirma que, en los animales dotados con órganos para defenderse como garras y colmillos, los machos siempre son más fuertes y desarrollados (538b20).
  21. 728a18-21
  22. El argumento de la eternidad de la especie se encuentra también en De Anima II 415a26-b8.
  23. Cf. Historia Animalium I, 4-6 donde se habla de la primera división por género en animales sanguíneos y no sanguíneos.
  24. En particular, debemos advertir el tratamiento del problema de la esterilidad de los mulos que el filósofo hace en GA II 7-8 aludiendo a la frialdad de esa especie, y a la abundancia de secreción menstrual y constitución débil de las hembras.
  25. La causa del primer movimiento (732a7), que según la teoría física del Estagirita en Física II, 1, no está sujeta al cambio y, en este sentido, no es parte del ámbito natural. Cf. Física 192b 13-14: “todo ente que posee en sí mismo el principio de movimiento y reposo”. Aristóteles, Física, traducción de Guillermo R. de Echandía, Madrid, Gredos, 1995.
  26. De Caelo, III, 3,302a10 y ss.
  27. En Acerca del cielo (De Caelo) II, 7 Aristóteles caracteriza al elemento constitutivo de los astros, como “aquel cuerpo dentro del cual se mueven” (289a 13-15). Dicho cuerpo es denominado éter (De Caelo I, 3, 270b22) y es considerado un elemento distinto a los cuatro cuerpos simples que constituyen la realidad material donde acaece la corrupción y la generación en el mundo sublunar. A diferencia de los cuatro elementos (fuego, tierra, agua y aire), el éter es eterno, inmutable e incorruptible y cercano a lo divino (De Caelo 270b1-10).
  28. Esta es la tesis de la pangénesis atacada principalmente en De Generatione Animalium I, 17.
  29. En Física II, 4-6 Aristóteles aborda el tema de lo automaton, la casualidad, como un tipo de causa que explica los fenómenos cuya ocurrencia no se debe a un fin, sino que se dan “en vano” o “sin razón” (Phys.197b 14-23). El autómata es un artefacto que emula a los seres vivos en cuanto que se mueve de manera autónoma. Sin embargo, ese movimiento no se debe a un principio interno que unifica y lleva a su finalidad, como entelequia, a los organismos vivientes (De Anima, II, 1, 412b16-17), sino a una causa externa que pone en marcha la cadena de movimientos del mecanismo.
  30. Los movimientos causados por “lo que imprime el primer movimiento” no se deben al contacto. Este es el postulado básico del movimiento que distingue al primer motor, aquello que mueve sin ser movido (Física VII, 5-6 y De Generatione et corruptione I, 6), y uno de los problemas más delicados en la teoría física de Aristóteles, donde el movimiento se explica siempre por el contacto de un agente y un paciente (Phys. VII, 1-3). Y puesto que el contacto es definido como “tener límites extremos comunes”, sólo pueden estar en contacto las cosas que tienen magnitud y posición (De generatione I, 6, 323a2-6).
  31. Este planteamiento en De Anima II, 1, donde el alma es entendida como forma de un cuerpo natural que en potencia tiene vida (DA 412a20). En dicho tratado es evidente que en la teoría aristotélica del hilemorfismo el fenómeno de la vida no pueden ser pensado como información de una materia sin cualidades o condiciones propicias para la realización de funciones específicas, según lo indica la analogía que se establece entre el hacha y el ojo: se trata de cuerpos que cumplen una función que les define, el hacha es hacha por cortar y el ojo es ojo por ver; pero esas funciones no pueden ser llevadas a cabo en cualquier tipo de materia, sino en una que potencialmente puede cortar o ver (De Anima, 412b12)
  32. Cf. Henry, Devin, “Aristotle on the Mechanism of Inheritance” en Journal of the History of Biology, Vol. 39, No. 3, 2006, pp. 425-455.
  33. Se trata de un organismo complejo, porque las facultades que lo dotan de movimiento interno –es decir, de vida- son múltiples, de acuerdo con De anima II, 2-3, 413b11-414b19
  34. Recordemos que en De anima señala que la posesión de un alma sensitiva es la que diferencia a los animales de las plantas (414b).
  35. Cf. Leunissen, Mariska y Gotthelf, Allan, “What’s Teleology Got To Do With It? A Reinterpretation of Aristotle’s ‘Generation of Animals’ V”, Phronesis, Vol. 55, No. 4, 2010, pp. 325-356. Estos autores proponen una lectura orgánica y más unitaria entre GA I-IV y GA V, donde las características que se abordan este libro hacen alusión a causas materiales eficientes, pero que no están exentas de una posible alusión a las causas formal y final.
  36. La necesidad material es llamada “necesidad hipotética” en De Partibus Animalium, I, 1, 629b22-31, donde Aristóteles distingue la necesidad que rige el mundo del devenir natural, de la necesidad absoluta imperante sobre los seres eternos. La necesidad hipotética se refiere a la materia que cualquier ente natural necesita como condición de realización de su finalidad o esencia. En Física II, 9 el asunto es explicado en términos similares: dado que los entes naturales son entes compuestos de materia y forma, y que la forma se entiende como el fin o la función que es capaz de realizar el ente en alguna materia, la materia es hipotéticamente necesaria para la consecución de la forma y finalidad de ese compuesto. Como ejemplo, el filósofo aduce los productos del artificio humano, refiriéndose a la construcción de una casa, para la además del plano, es necesario cierto tipo de materia (Fís. 200a5) pues de otro modo no cumpliría su función específica –la protección. No obstante, el filósofo es enfático al señalar que a pesar de que sin determinada materia no se puede realizar la cosa, esa materia no es la causa esencial de la cosa, pues la esencia se encuentra en la función y el fin particular que radica en la forma (200a10-15). La materia y los movimientos de ésta son, pues, necesarios solamente en tanto condiciones de realización de la forma (200a30-33), pero no necesarios en absoluto porque la causa de la existencia del ente no es la materia, sino aquello que la conduce hacia el fin y forma.
  37. En Metafísica X, 9 Aristóteles afirma que la diferencia sexual reside en la materia y en el cuerpo, pero no en la forma del género porque, si así fuera, macho y hembra no podrían ser los principios reproductivos de una misma especie (1058b 21-24).
  38. Este curso de eventos ocurre, para Aristóteles, de manera similar a lo nacimiento de un monstruo, es decir, aquello que se debía de la forma transmitida por el progenitor. En ambos casos, la dinámica natural de actuación espermática sobre una materia paciente es interrumpida porque “el paciente se desvía y no es dominado o bien por la deficiencia de la facultad del que cuece y mueve, o bien por la abundancia y de la frialdad de lo que es cocido y definido” (768b25-27:).
  39. Bianchi, Emanuella, The Feminine Symptom: aleatorian matter in the Aristotelian cosmos, Fordham University Press, 2014.


Deja un comentario