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Conclusiones

En la introducción señalábamos que nuestro trabajo se centraba en dos ejes de interés: la circulación internacional de capitales y la forma de operación de las empresas agrarias británicas en Argentina. Al presentar nuestras conclusiones trataremos de agruparlas en torno a esos ejes. Sobre el primero, señalaremos las particularidades que dicha circulación adquiere en los distintos tipos de empresas estudiadas; posteriormente, valiéndonos de dicho análisis, intentaremos aproximarnos a una evaluación cuantitativa de conjunto de la inversión. En la segunda parte, trataremos de extraer ciertas conclusiones sobre los sistemas de producción empleados y, a través de estas, propondremos algunas reflexiones más generales sobre el sector agrario argentino en el período.

Circulación internacional de capitales

Características generales

Dada la disponibilidad de información, la mayor parte de los casos de estancias familiares que hemos estudiado fueron compañías públicas. Sabemos, sin embargo, que existieron muchas otras estancias de este tipo en propiedad de personas residentes en el Reino Unido, ya fuera bajo la forma de compañías privadas o simplemente como propiedad individual.[1] Según la escasa información que poseemos sobre estos dos últimos grupos de empresas, sus características generales no parecen discordar del modelo que surge de los casos estudiados en mayor detalle. En lo referente a la circulación internacional de capitales, nuestro análisis nos permite efectuar las siguientes observaciones.

No existió una gran transferencia de capitales de Gran Bretaña a Argentina bajo este rubro, pero se puede señalar que una transferencia reducida tuvo lugar en los casos de inmigrantes que trajeron consigo algún capital inicial para su empresa agraria. Por otro lado, existió una transferencia de fuerza de trabajo y capacidad empresarial que, junto al capital antedicho, llegó eventualmente a dar lugar a propiedades de considerable valor. Finalmente, la transferencia más significativa de capital monetario de Gran Bretaña a Argentina fue bajo la forma de préstamos, en particular obligaciones, tomados por estos empresarios en Londres, y que constituían una fuente de capital operacional de bajo costo relativo para los estancieros anglo-argentinos.

En contrapartida, existió una transferencia invisible de capital de Argentina a Gran Bretaña bajo tres formas distintas: la transferencia de propiedades de Argentina a Gran Bretaña debida al regreso de inmigrantes o a herencias, el aumento del valor de estas propiedades como consecuencia de la reinversión de ganancias y el incremento del precio de la tierra y el ganado en Argentina. Como consecuencia de estos fenómenos, una importante masa de capital invertido en empresas rurales argentinas era de propiedad de personas residentes en el Reino Unido. La tercera forma por la cual las estancias familiares generaron una circulación de capitales de Argentina a Inglaterra fue la repatriación de ganancias. Esta podía llevarse a cabo de tres formas distintas: el regreso a Gran Bretaña de inmigrantes, que llevaban consigo el producto de la venta de sus propiedades agrarias; la remesa de ganancias líquidas, ya fuera en forma de dividendos de compañías o bien de ingresos privados en empresas de propiedad individual; y finalmente bajo la forma del pago de intereses sobre préstamos tomados en el Reino Unido.

En lo referente al nivel de estas ganancias, podemos señalar que un establecimiento bien desarrollado tendía a producir sólidos beneficios, aunque sujetos a variaciones. Antes de 1899, estas se debían, en primer lugar, a alteraciones en la paridad cambiaria y, en segundo lugar, a cambios en las condiciones de producción y mercado. Una vez restablecido el patrón oro en Argentina, sólo el segundo aspecto continuó afectando el nivel de ingresos netos. Por otro lado, al avanzar el período, las ganancias, en relación con el costo original de la propiedad (o a su valor cuando es transferida al Reino Unido), suelen ser bastante elevadas.

Una fuente adicional de beneficios fue el aumento constante del valor del activo de la empresa (principalmente por valorización de las tierras y mejoras). Pero precisamente como consecuencia de este aumento del valor del capital fijo, a medida que avanza el período, y pese al aumento de las ganancias, estas dejan de ser altas en relación con el costo de oportunidad que representa el valor de la propiedad. En general, puede afirmarse que las ganancias eran bastante buenas, aunque sujetas a notables variaciones de un establecimiento a otro, de acuerdo con la calidad de su tierra y ganado, con su situación geográfica y con la aptitud de su personal directivo para conducir las operaciones.

Si las estancias familiares fueron la primera forma de vinculación del capital británico con el sector agrario argentino y servían de incentivo para generar otro tipo de inversiones, con el tiempo existiría una considerable diversificación de estas estancias. Su desarrollo, empero, no fue lineal. Cuando a mediados del siglo XIX Argentina comenzó a atraer la atención de capitalistas extranjeros, la posibilidad de invertir en sus tierras fue considerada, pero sólo en 1870, con la formación de CALCo., esta forma de inversión comenzó a adquirir cierta importancia. El éxito de esta empresa dio comienzo a un período de expansión de la inversión inmueble que, interrumpido por la crisis de 1890, conoció un nuevo auge a comienzos del siglo XX, que se dilató hasta la Gran Guerra. Considerando los tipos de inversión agraria que atrajeron mayor cantidad de capital, podemos señalar las siguientes características.

La formación de empresas de colonización implicó, por lo general, una inversión efectiva de capital para la adquisición de tierras. Las empresas de colonización creadas en la década de 1870 y comienzos de la siguiente, en general adquirieron sus tierras del Gobierno a bajo precio. Más adelante, al hacerse la actividad más conocida por el público inversor británico, se formaron otras empresas para adquirir tierras en el mercado abierto con fines de colonización. Esta forma de operación se extendió en la década del 1880 a áreas nuevas del país, donde aún podían adquirirse extensas propiedades rurales a bajo precio. Pero estas últimas empresas rara vez tuvieron éxito en sus planes de colonización. Sólo con la extensión del ferrocarril a comienzos del siglo XX se propagó la agricultura a algunas áreas marginales. Por otro lado, en la etapa inicial existió una transferencia efectiva de capitales para el desarrollo de la infraestructura esencial en las colonias y para proveer de implementos de trabajo y crédito a los colonos durante sus primeros años. Posteriormente, se restringió este tipo de inversión y se liberalizó la capitalización de los colonos a los recursos que pudieran obtener localmente.

La inversión de capital británico en especulación inmueble también implicaba una transferencia efectiva de fondos para la adquisición de la tierra y, en algunos casos, para cierto desarrollo de ella. Esta actividad, sin embargo, tenía como propósito una realización rápida de las ganancias. Por consiguiente, si resultaba exitosa, el capital inicial y sus ganancias se retiraban de Argentina tras un breve período. Cuando las operaciones especulativas no lograron efectivizarse en un lapso corto –lo que fue bastante frecuente, en especial durante la crisis Baring–, las tierras solían ser puestas en explotación por sus propietarios y así adquirían características de empresas-estancia. En otros casos, quienes adquirieron tierras con propósitos especulativos hacia fines de la década de 1880, no habiéndolas realizado antes de la crisis, incurrieron en considerables pérdidas al efectuar ventas durante el período de precios bajos. Cuando esto ocurrió, parte del capital transferido para la compra de tierras no fue recuperado por la economía prestataria.

El capital invertido en la adquisición de estancias ya en funcionamiento tuvo las características típicas de la inversión extranjera, es decir, transferencia monetaria efectiva para la adquisición de la propiedad y circulación en el sentido inverso de parte de las ganancias, en tanto que las restantes eran reinvertidas en la Argentina. Las empresas de colonización o de especulación que se transformaron en estancias después de 1890 también adquirieron esta forma típica. Desde el punto de vista de las ganancias y su modo de operación, estas estancias no difieren en forma significativa de las empresas familiares. La adquisición de grandes extensiones de tierra como parte de un proceso de “integración vertical” implicaba en general una cuantiosa transferencia de divisas para la compra y desarrollo de las propiedades.

Al igual que para las estancias familiares, la tendencia general a un aumento de precio de la tierra implicaba una transferencia potencial de Argentina a Gran Bretaña por un incremento del valor del activo de las empresas. En el caso de las compañías de colonización, este capital se repatriaba como ganancia (diferencia entre el costo y el precio de venta de la parcela) en el momento de la venta de las chacras a los colonos.

En las empresas dedicadas a la explotación directa de sus tierras, la transferencia no se efectuaba hasta el momento en que decidieran realizar la propiedad, en tanto que en los casos de especulación, al igual que en la colonización, la valorización del inmueble era el origen de las ganancias de la inversión, siendo absorbida por la economía prestataria al concluir la operación. Es por ello que la compra y la venta oportuna de las tierras eran el factor determinante del nivel de ganancias que podían lograrse. Tierras compradas a precios bajos en los años setenta y comienzos de los ochenta, o en los años noventa y comienzos de la década siguiente, podían venderse en forma muy ventajosa a fines de la década de 1880 o de la de 1900. En cambio, los inversores que efectuaron compras en los años de precios altos, en especial durante el boom especulativo de 1888-1889, podían incurrir en serias pérdidas. Pero dada la tendencia permanente al aumento de precios que se registra en este período, quienes estuvieran en condiciones de retener sus propiedades en espera de condiciones favorables de venta podían salvar su inversión. Entre tanto, se podía lograr una fuente complementaria de ganancias mediante la explotación directa de la propiedad o mediante su arriendo. Sumando el total de los ingresos obtenidos (por medio del valor del inmueble y por su rendimiento anual), resulta bastante claro que en general las inversiones en tierras en Argentina solían resultar más rentables que otras formas alternativas de inversión. Pero la adquisición de tierras contenía un considerable factor de riesgo, especialmente si se trataba de tierras de bajo costo sobre la frontera económica. Por ello, muchas de las empresas formadas fuera de la Pampa Húmeda nunca lograron siquiera recuperar su inversión inicial, en tanto que otras, aun dentro de la región tradicional, tuvieron resultados muy poco satisfactorios para sus inversores.

Respecto del capital invertido en el desarrollo de colonias, hemos visto cómo, en el corto plazo, no parece haber sido redituable; era poco probable que los colonos estuvieran en condiciones de retribuir las facilidades que les ofrecían las empresas en los años inmediatos a su asentamiento. En el largo plazo, sin embargo, el empeño financiero de las empresas de colonización en el desarrollo de sus propiedades contribuía al progreso general de su área de influencia y, por ende, a la valorización de su propiedad. De esta forma, en definitiva, la empresa podía recuperar sus gastos a través de una mayor demanda de sus tierras.

A esta caracterización general de las inversiones británicas en el sector agrario argentino cabría agregar algunas observaciones particulares sobre las empresas formadas en los Territorios Nacionales del Sur, ya que, si bien en líneas generales no difieren de las demás, su apartada ubicación y su tempo de desarrollo distinto les confieren ciertos rasgos característicos.

Estas empresas implicaron una substancial transferencia de capitales hacia la Argentina. Las tierras fueron en general adquiridas directa o indirectamente al Gobierno, por lo que la suma por ellas abonada representaba un ingreso de dinero al país receptor. Una parte significativa del monto de la operación, sin embargo, solía ser apropiada por los intermediarios y promotores de la empresa. Estos podían residir en Argentina (por ejemplo, E. Casey, promotor de SALCo.) o en Gran Bretaña (los accionistas del Chubut Syndycate, intermediarios en la formación de ASLCo.), por lo que, en el segundo caso, esta porción de capital permanecía en la economía británica, pese a aparecer como capital invertido en la Argentina.

El desarrollo de la tierra y la formación del stock ganadero requirieron también una importante inversión. En las empresas de mejor ubicación, tales como SALCo. en La Pampa, al igual que aquellas de la Pampa Húmeda, los requerimientos de capital eran satisfechos en buena medida por la reinversión de ganancias. En Patagonia, en cambio, las desfavorables condiciones climáticas y de transporte hicieron que las mejoras en general debieran llevarse a cabo casi totalmente sobre la base de erogaciones del capital proveniente de Gran Bretaña. Pero dicho desarrollo de estancias requería una inversión considerable en bienes de importación (material de alambrado, animales finos de pedigree, abastos para almacenes de campaña, maquinaria agrícola o de esquila, etc.). Dadas las condiciones de transporte y las facilidades para la importación existentes en Patagonia, los gastos en productos de importación eran mayores aquí que en otras regiones de la República. Los materiales eran, en general, enviados directamente desde Londres por la casa central de la empresa, incluso cuando se trataba de productos que podían ser obtenidos de producción local en Buenos Aires. Otra parte del capital destinado al desarrollo de la propiedad se empleaba en la contratación de trabajadores, por lo que permanecía mayormente dentro de la economía argentina.

Al igual que en las empresas estudiadas en el norte, las grandes estancias del sur también ocasionaron una transferencia invisible de capital de Argentina a Gran Bretaña. Esta corriente se originó mayormente por el incremento del valor de sus activos (particularmente la tierra y el ganado) y también por la repatriación de ganancias y el pago de intereses sobre obligaciones y otros préstamos.

Una vez que una empresa había logrado poner en funcionamiento un sistema productivo que se adaptara a las condiciones prevalentes en la Patagonia, podía obtener una adecuada remuneración de su inversión. Debe señalarse, sin embargo, que las compañías que operaban en las nuevas regiones tuvieron considerables dificultades para desarrollar formas de producción adecuadas a sus extensas propiedades. Más aún, los resultados de las grandes compañías estudiadas no parecen justificar los optimistas comentarios de los observadores contemporáneos sobre la rentabilidad de la cría lanar en Patagonia. Por otro lado, el éxito de muchos empresarios individuales británicos en sus estancias del sur sí parece fundamentar dicho optimismo.

En realidad, la información disponible sobre las empresas familiares en la región patagónica parece sugerir que, salvando las diferencias en el sistema de trabajo atribuibles a cuestiones de ubicación y calidad de tierras, su evolución financiera fue bastante más parecida a empresas del mismo tipo en el norte que a las grandes compañías públicas de la región. Esto incluye un período de rápida acumulación de capital y altas ganancias, que en Buenos Aires fue muy intenso hasta la década de 1870, en Entre Ríos hasta poco después, en Santa Fe y el sur de Córdoba se extiende hasta fines de la década de 1880, y en Patagonia todavía era observable hasta comienzos del siglo XX. Este notorio éxito de las empresas familiares contrasta con la lenta y dificultosa evolución de las grandes compañías estudiadas.

Varias causas pueden dar cuenta de esta diferencia. En primer lugar, parecería que las condiciones del sur se adaptan mejor a empresas familiares, propietarias de grandes extensiones dedicadas exclusivamente a la cría del lanar, con muy baja capitalización y sin gastos de administración considerables. En segundo lugar, muchos de los empresarios individuales ingleses se establecieron muy temprano en Patagonia, comprando sus tierras al Gobierno antes del boom de precios de fines de la década de 1880 o durante el período de precios bajos de la década siguiente, período en el que no se produjeron inversiones por parte de compañías públicas. De esta forma, los inversores individuales se beneficiaron mucho más con la valorización de la tierra que las compañías formadas a fines de los años ochenta o a comienzos del siglo XX. Finalmente, un incremento notorio en la riqueza total de un poblador individual era un indicador inmediato de su éxito, en tanto que en las compañías públicas el aumento del valor de su activo sólo puede apreciarse plenamente en el momento de la realización de la propiedad. Nótese, pues, que la evolución de la empresa familiar, al igual que en el norte, va configurando un patrón de acumulación interno que, por el regreso del inmigrante a su país de origen o por la transferencia de la propiedad por herencia, se convierte eventualmente en una forma de transferencia de capital.

En general, vemos que en el largo plazo, en una región como La Pampa (SALCo.), las ganancias totales eran buenas, especialmente debido al incremento del precio de la tierra. Pero precisamente por ello, los ingresos netos anuales en relación con el valor de mercado de las tierras tienden a bajar con el tiempo. En la Patagonia, donde el precio relativo de la tierra fue incrementado por la especulación de los años ochenta más que en otras regiones, estos no se recuperaron tan rápidamente como en el norte.[2] Por ello, las ganancias provenientes del aumento del precio de la tierra eran relativamente menores. Pero los ingresos anuales de las compañías con relación al valor de mercado de sus propiedades eran con frecuencia mayores que en áreas de asentamiento más antiguo.

Volumen de las inversiones

Los problemas que plantea la evaluación del monto total de la inversión de capitales británicos en el sector agrario argentino son tan grandes que cualquier intento de precisión resulta imposible. Las estimaciones generales basadas en la emisión de valores en la Bolsa de Londres son deficientes porque no toman en consideración el importante volumen de inversiones que no se efectuó bajo la forma de compañías públicas y porque los montos de valores emitidos no representan el capital efectivamente invertido en la empresa por el público británico (lo que se puede apreciar, por ejemplo, en las diferencias que indican varios de nuestros cuadros entre el capital emitido y el efectivamente recaudado) ni el verdadero valor de mercado de los bienes en propiedad de la empresa.

Las cifras que nos ofrecen las fuentes contemporáneas no parecen más adecuadas. En una evaluación global de las inversiones extranjeras en Argentina en 1899 (de las cuales entre el 85% y el 90% eran consideradas de origen británico) presentado en un informe consular, la cifra bajo el rubro “chacras, estancias, etc., pertenecientes a compañías” era calculada en $ 24.232.974 oro (£ 4.846.594), pero el autor admite que su cálculo “no incluye, claro está, el capital que aquí poseen muchas compañías privadas extranjeras y sociedades y personas individuales, cuyo monto resultaría imposible estimar”.[3]

Un cálculo efectuado por Alberto Martínez sobre el capital extranjero en establecimientos agrícolas y ganaderos en el año 1900, nos da una cifra de 53 millones de pesos oro (£ 10,6 millones), y el autor considera que la cifra había aumentado rápidamente con posterioridad a esa fecha. Pero en un intento de cómputo total del capital emitido por las compañías de tierras británicas en Argentina en 1914, Martínez calcula que las inversiones en las provincias más antiguas son de tan sólo $ 51.372.022 m/n (£ 4.566.401). Menciona también la existencia de varias compañías en los Territorios Nacionales, pero no disponía de información sobre su capital. Martínez presenta, sin embargo, un cuadro que contiene la extensión de las propiedades y la valuación de las tierras para la contribución directa. De él se desprende que el total de estas es de 1.575.308 ha y su valuación de $ 8.916.568 m/n.[4]

La estimación de Martínez para 1914, sin embargo, puede desecharse de inmediato. La lista de empresas consideradas para la región más antigua consiste en diez empresas públicas y privadas cuya inclusión parece deberse a razones fortuitas, ya que, en realidad, como veremos, existía un número de empresas varias veces superior. El cuadro para los Territorios Nacionales es un poco más completo, aunque dista de ser exhaustivo. Más aún, se halla pleno de errores en cuanto a los nombres de las compañías y la extensión de sus propiedades, en tanto que la valuación de las tierras para la contribución directa parece no guardar relación con el valor de mercado de las propiedades. La cifra para 1900 parece más acertada, pero conociendo los defectos del cálculo de Martinez para 1914 debe ser tomada con sumo cuidado.

Nuestra propia investigación parece sugerir que la única forma de estimar la inversión externa en esta área con algún grado de certeza sería a través de un cuidadoso análisis caso por caso, del tipo del que hemos realizado con las empresas escogidas como ejemplos. Esto parece por el momento imposible, no sólo por la magnitud de la tarea, sino también porque en la mayoría de los casos carecemos de la información necesaria. Más aún, es dudoso que un cálculo tan preciso valga realmente el esfuerzo que requeriría. Sin embargo, a partir de los datos obtenidos en nuestra investigación, parece posible suministrar al menos una idea de la magnitud aproximada de las cifras que estamos tratando. Con este fin hemos dividido las inversiones en cuatro categorías que consideraremos en forma separada, de acuerdo con los problemas que presenta su evaluación, Cada una de estas categorías será estudiada desde dos puntos de vista distintos: la transferencia de capital de Gran Bretaña a Argentina y el valor de mercado de los bienes en propiedad de las empresas.

Compañías públicas

Pese a las limitaciones señaladas, el monto de los valores emitidos parece ser la única base posible para evaluar la inversión de las compañías públicas. Para el año 1890, el total del capital emitido por las trece compañías públicas que operaban con tierras en Argentina sumaba £ 3.626.970. Existía, además, una emisión de £ 160.150 de obligaciones (compuesta mayormente por el millón de libras de La Curumalán). Otras tres compañías, que sumaban un capital total de £ 4.883.600, tenían inversiones en tierras entre otras actividades.

En 1913, el total del capital accionario de las treinta compañías públicas de tierras que operaban en Argentina era de £ 15.918.141. Algunas de estas empresas –por ejemplo, Liebig, ALICo. y La Forestal– poseían también inversiones de otro tipo, pero para entonces la tierra constituía, sin duda, la mayor parte de su capital. Las inversiones indirectas totalizaban £ 4.267.767, constituidas mayormente por la emisión de obligaciones de estas mismas empresas. Por lo tanto, la emisión total de valores en la Bolsa de Londres de compañías que operaban en el sector agrario argentino era de £ 20.185.908.

Pero ¿qué es exactamente lo que estas cifras representan? En lo referente a transferencia de capitales, la emisión de debentures puede ser considerada, sin mayores riesgos, como un indicador adecuado. No se puede decir lo mismo, en cambio, de los valores accionarios. En los casos de formación de compañías públicas a partir de estancias familiares, en general se emitieron las acciones a cambio de una transferencia formal de la propiedad, y los receptores de los títulos eran los propietarios anteriores de la estancia, de forma tal que no existió recaudación efectiva de fondos ni transferencia de estos de Gran Bretaña a Argentina. También hemos visto casos en que, debido a la reducción del valor de tapa de las acciones o a la emisión de acciones por sobre su valor nominal –por ejemplo ASLCo.– el monto del capital que figura como emitido era inferior a la transferencia real. Finalmente, en otros casos –por ejemplo, SALCo.–, se emitieron nuevas acciones como dividendo extraordinario sin efectuarse recaudación efectiva alguna, o se aumentó el valor nominal del capital emitido a través de un proceso de reorganización de la compañía (por ejemplo, la transformación de CALCo. en ALICo.). En algunos pocos casos –como el de la Santa Fe and Córdoba Great Southern Land Company–, ambos procesos tuvieron lugar en distintos momentos de la historia de la empresa.

Tomando en cuenta estas consideraciones, en lo referente a la transferencia de capitales, las cifras de 1890 parecen algo superiores a la realidad debido al capital de estancias familiares y al incremento del capital accionario de algunas empresas a fines de la década de 1880 por la revaluación de su activo.[5] Por otro lado, posiblemente menos de la cuarta parte del capital de las tres grandes empresas cuyas inversiones en tierras argentinas eran sólo parte de su actividad se habían destinado a propiedades rurales. Si agregamos la emisión de obligaciones, una cifra más ajustada de las acciones y la porción correspondiente de las tres compañías recién indicadas, llegaremos a la conclusión de que la transferencia hasta 1890 por este rubro no debió exceder los £ 5 millones, y fue probablemente bastante menor.

Para 1913, los casos de emisión de valores por un aumento de la valuación del activo son superiores a los de reducción del capital, o emisión de acciones por sobre su valor nominal, por lo que la cifra de £ 20 millones parece sobreestimar el capital efectivamente transferido.

El cálculo del valor de los bienes presenta otro tipo de dificultades. En cuanto al momento del primer corte temporal, el problema consiste en si se deben tomar los valores inmuebles anteriores o posteriores al colapso financiero de 1890. Ninguna de las dos opciones parece adecuada: la primera daría una cifra exagerada por el boom especulativo de 1888-1889, en tanto que la segunda estaría deprimida por las malas condiciones financieras. Ambas reflejarían entonces fluctuaciones coyunturales, en tanto que nuestro interés es formarnos una idea de la evolución a más largo plazo. Nuestra reflexión, por lo tanto, no se referirá a una circunstancia específica, sino a las tendencias generales en el período que concluye en 1890. Para él, parecería que el valor del capital emitido más la emisión de obligaciones son un indicador del valor del activo de las empresas. La mayoría de estas había adquirido sus propiedades en la década de 1880 y, por lo tanto, no eran tan antiguas como para haberse beneficiado con un sólido aumento del valor de sus tierras. Más aún, los casos en que esto pudo haber ocurrido se compensan con aquellos en que los costos fueron superiores al valor real de sus propiedades por haberlas adquirido durante el período de auge de precios de 1888. Por otro lado, por lo menos en un caso importante –ALICo.– una empresa antigua había revaluado su capital durante el período en cuestión.

En 1913, el problema es distinto. Para entonces, un buen número de empresas agrarias tenía una importante trayectoria y muchas no habían revaluado su capital a pesar del gran aumento de los valores inmuebles a comienzos del siglo XX. Una operación como la que dio origen a la Cordoba Land Company, en la que se incrementó el capital accionario de la empresa en 6,5 veces, sin incurrir aparentemente en una sobrevaluación del activo, es un claro indicador de la importancia de dicho aumento.[6] Las cifras de 1913, sin embargo, incluyen muchas empresas que sí habían revaluado su capital accionario para ajustarlo al valor de mercado de sus propiedades. Más aún, hacia fines de la década de 1900 y comienzos de la siguiente, se efectuaron importantes inversiones; y en estos casos el valor de los activos no había cambiado en forma muy significativa hacia 1913. En general, parece posible suponer que el valor de la propiedad inmueble y demás bienes de estas empresas fuese algo superior a la suma del precio de tapa de sus valores en el mercado, pero en una proporción mucho menor de lo que las cifras de la Cordoba Land Company parecen sugerir –posiblemente entre un 50% y un 100%–.

Compañías privadas propietarias de estancias

La gran mayoría de las empresas incluidas en esta categoría eran estancias familiares. Por ello, según hemos argumentado, la transferencia efectiva de capital de Gran Bretaña a Argentina bajo este rubro fue muy reducida. En lo referente al valor de sus propiedades, el primer problema que debe enfrentarse para su evaluación es tomar conocimiento de la existencia de las empresas y adquirir cierta información elemental sobre ellas. A través de la búsqueda de las posibles palabras iniciales de los nombres de las estancias o compañías en el índice de Company House, estimamos haber hallado entre un 20% y un 30% de las empresas de este tipo que operaban en el período.[7] Un número similar de compañías fue localizado a través de otras fuentes y confirmado con el índice de Company House. Estas operaciones nos permitieron localizar ocho compañías privadas de este tipo que operaban en Argentina antes de 1890, cinco en la Pampa Húmeda y tres en los Territorios Nacionales. Al considerar estas empresas hay que dar escaso valor a la emisión de capital, ya que las acciones eran sólo una forma de distribuir proporcionalmente la propiedad, sin reflejar en realidad su valor. Es por ello que hemos priorizado la información sobre la extensión y la ubicación de sus propiedades, que puede sintetizarse de la siguiente manera:

Pampa Húmeda

2 compañías:

superficie total, 40.176 ha.

2 compañías:

sin información sobre la extensión de sus propiedades.

1 compañía:

nunca operó.

Territorios Nacionales

2 compañías:

superficie total, 340.000 ha.

1 compañía:

sin información sobre la extensión de su propiedad.

Total: 8 compañías.

 

Para el período 1890-1913, hemos encontrado 43 compañías privadas propietarias de estancias:

Pampa Húmeda

14 compañías: superficie total, 220.030 ha.
Promedio, 15.716,5 ha.
7 compañías: sin información sobre la extensión de sus propiedades.
Territorios Nacionales
8 compañías: superficie total, 544.739 ha.
Promedio, 68.092 ha.
8 compañías: sin información sobre la extensión de su propiedad.
5 compañías: sin información sobre la extensión o ubicación de sus propiedades.
1 compañía: nunca operó.
Total:43 compañías.

Las cifras para 1890 son tan poco significativas que, aun tomando en consideración la existencia de cierto número de empresas que no hemos podido identificar a través de nuestras fuentes, debemos llegar a la conclusión de que el valor total de los bienes pertenecientes a compañías privadas propietarias de estancias en Argentina antes de la crisis no era muy importante. Esto puede atribuirse principalmente a que el proceso de retorno de inmigrantes, transferencia de propiedades por herencia y formación de compañías privadas como forma de administración de estancias y de evitar el fraccionamiento de la propiedad, se hallaba sólo en sus comienzos para esa fecha. Esta situación había cambiado notoriamente para 1913. Parece posible suponer que el precio medio para esa fecha en la región de la Pampa Húmeda no era inferior a seis o siete libras esterlinas la hectárea.[8] A esta cifra habría que agregar un 50% en concepto de construcciones, otras mejoras y ganado. Tomando en cuenta esta valuación, las 220.030 ha en propiedad de las 14 compañías sobre las que disponemos de información representan un capital de £ 2,2 millones. Si este promedio puede extenderse a las siete compañías de las que no disponemos de información, el total alcanzaría a algo más de £ 3 millones.

El valor de las tierras marginales resulta más difícil de evaluar porque no existe información disponible al respecto y porque hay una variación mucho mayor en la calidad de las tierras en cuestión. Sin embargo, la información de la cual disponemos sobre las compañías públicas en Patagonia parece sugerir que un valor medio de una libra por hectárea no es exagerado.[9] Con un precio medio de la tierra tan bajo, y pese a que el desarrollo de las propiedades era en estas regiones mucho menor que en las áreas de asentamiento más antiguo y las tierras más ricas, la proporción de capital invertido en ganado, edificios, alambradas y otras mejoras y equipos era mayor en relación con el valor de la tierra que en las provincias centrales; y puede ser estimado en un 75% del valor del inmueble. Tomando en consideración estas cifras, las ocho compañías sobre las que disponemos de información poseerían un capital total de aproximadamente un millón de libras. Si extendemos su promedio a las ocho compañías restantes en tierras marginales, duplicaremos esa cifra.

Sumando entonces el capital de las compañías que operaban en la Pampa Húmeda al de las de tierras marginales y tomando en cuenta las cinco empresas cuya ubicación desconocemos, el valor total de los bienes en propiedad de las 42 compañías privadas sobre las que disponernos de información alcanzaría una cifra de entre £ 5,5 y £ 6 millones. Finalmente, cabe agregar que, sin duda, existió un alto número de empresas correspondientes a esta categoría que no nos ha sido posible individualizar. Es imposible tener certeza alguna sobre su proporción respecto a las conocidas, por lo que resultaría ilusorio aventurar una cifra, pero su existencia sugiere que los montos debieron ser bastante mayores que los cálculos que hemos realizado sobre las empresas identificadas.

Colonización, especulación y otras compañías privadas que operaban con tierras

Para 1890 hemos ubicado siete compañías que cabrían en esta amplia categoría. Cuatro de ellas se hallaban propiedad de una extensión agregada de 419.519 ha (de las cuales 290.219 pertenecían a la Western Buenos Aires Land Company). Otras dos, sobre las que no conocemos la extensión de sus tierras, habían emitido un capital total de £ 120.000, y carecemos de información sobre la restante. Para 1913 hemos localizado diez compañías de este tipo. En este caso, es más frecuente la información sobre el capital que sobre las propiedades. El capital accionario total de las siete empresas para las que contamos con información era de £ 2.469.190 (de los cuales dos millones pertenecían a la Jewish Colonization Association). A esto debemos agregar una cifra relativamente reducida por la emisión de obligaciones. En un caso en que no disponemos de información sobre el capital, sabemos que la empresa poseía 35.000 ha en la Pampa Húmeda; de las dos restantes carecemos de información acerca de su inversión.

Dada la forma en que operaban estas empresas (la mayoría de ellas eran empresas de colonización o de especulación agraria), la diferencia entre el valor de sus propiedades y el capital emitido no era tan pronunciada como en el caso de las estancias familiares. Por otro lado, el capital emitido parece reflejar mejor, en estos casos, el total de lo efectivamente invertido, ya que en la mayoría de los casos se trata de asociaciones puramente comerciales y no de subdivisiones del patrimonio familiar. Finalmente, dada la naturaleza de la actividad emprendida, es menos probable que empresas importantes de este tipo hayan pasado inadvertidas a nuestra pesquisa. Tomando todo esto en consideración, podemos señalar que hacia 1890, aun cuando las cifras correspondientes a este rubro no eran muy importantes en términos absolutos, tenían bastante peso con relación a las otras formas de inversión (especialmente debido a las compañías de colonización). Hacia 1913 el monto total del capital invertido era sin duda mayor, principalmente debido al alza del precio de la tierra. Pero si dejamos de lado el caso particular de la Jewish Colonization Association, vemos que la importancia relativa de este tipo de inversión parece haber caído respecto de 1890 y, sin duda, no tenía un peso muy significativo.

Inversiones individuales

Según hemos señalado a lo largo de nuestro trabajo, resulta prácticamente imposible detectar este tipo de inversión en forma sistemática. Sólo eventualmente hemos logrado localizar inversiones de este tipo que pueden servir a manera de ilustración. Por ejemplo, comparando una lista de nombres de muy conocidos inversores británicos en Argentina con una de propietarios rurales en la provincia de Buenos Aires en el año 1890, hemos constatado una serie de casos en que dichos inversores poseían tierras en forma individual en la región y otros en que tenían propiedades conjuntas con otros inversores británicos o con terratenientes locales. En algunos casos –por ejemplo, el Centro Agrícola Dos Amigos, en el partido de Adolfo Alsina, propiedad de J. Fair– carecemos de información sobre la extensión de sus propiedades, pero en otros contamos con información más precisa: en 1890, nueve de estas propiedades totalizaban 108.176 ha. Conocemos la existencia de otros casos en diversas regiones del país, tales como la propiedad de Paul Krell en Santa Fe, la de J. Aungier, también en dicha provincia, la de W. Wilson en La Pampa, las de Wood en Santa Cruz, etcétera. Estos datos fragmentarios no nos permiten intentar una aproximación cuantitativa, pero sí sugerir que la superficie de tierra en manos de propietarios individuales en el Reino Unido era bastante considerable.

Inversión total

Una estimación de la inversión total en cría bovina en Argentina (incluida la tierra) realizada en 1889, la calculaba en £ 100 millones.[10] La ganadería vacuna era la principal actividad en ese momento, por lo cual, si nos basamos en dicha cifra y tomamos en cuenta la cría ovina, la colonización agrícola y otras actividades de menor importancia, la inversión total en el sector agrícola antes de la crisis podría estimarse entre un 50% y 60% por sobre ella. Una evaluación más comprensiva de comienzos de la segunda década del siglo XX estima el total del capital en las empresas rurales en Argentina en £ 799.118.000.[11] De nuestros propios cálculos sobre la participación británica en dicha inversión surge como posible suponer que esta sería de entre el 5% y el 10% del total. Esta proporción era probablemente menor antes de la crisis de 1890 que después del resurgimiento de comienzos de siglo (aunque siempre dentro de los porcentajes señalados), debido a la extensión de la propiedad británica en los Territorios Nacionales del Sur y a que el proceso de transferencia de la propiedad a Gran Bretaña por regreso de inmigrantes o por herencia se hallaba más avanzado. Respecto de la transferencia efectiva de capitales de Inglaterra a Argentina para su inversión en el sector agrario, sin duda nunca llegó a superar la mitad del valor de las propiedades en manos de residentes en Gran Bretaña, y probablemente se trataba de una cifra bastante inferior a dicho 50%.

Finalmente, si comparamos nuestras cifras con los cálculos generales de las inversiones inglesas en la República, notamos que, tomando en consideración los valores de los activos empresarios, el monto de la inversión de dicho origen era bastante superior a lo que se había supuesto hasta el presente. Esta revaluación ubica las inversiones del sector agrario como la tercera área más importante de inversión, después de los ferrocarriles y el crédito público. Sin embargo, y dada la importancia porcentual de las dos áreas principales, el volumen total de la inversión no se ve modificado en forma sustantiva.[12]

La repercusión de este rubro de inversión en la economía argentina en general, dada su limitada importancia relativa, fue moderada. Cabe señalar, sin embargo, algunas de sus características principales.

En tanto que otras formas de inversión –ferrocarriles, servicios públicos– tenían, en el corto plazo, una fuerte influencia negativa sobre la balanza comercial por la gran proporción de insumos importados que requerían, esto ocurría en mucha menor medida con las empresas rurales. Las importaciones realizadas por estas empresas (material de alumbrado, ganado fino, maquinaria agrícola, etcétera) eran menos significativas, en tanto que su erogación principal (la adquisición de tierras) era un flujo neto de dinero a la economía receptora.

Por otro lado, la inversión en tierras tenía un efecto más inmediato sobre la producción de un excedente que otras formas de inversión. Este efecto era reforzado por la importación de trabajo y por la capacidad empresarial ligada a la formación de empresas familiares.

Por su parte, la inversión de capitales externos en la especulación con tierras tuvo un efecto negativo al producir una inflación artificial de los precios y el retiro de dicho capital del mercado argentino en los períodos de crisis, lo que agudizó los problemas de balanza de pagos. Pero el limitado volumen de capital existente en esta actividad no justifica su inclusión como un factor que tuviera una incidencia significativa sobre la evolución de la economía.

Finalmente, en el largo plazo, el aumento de la productividad de la tierra y de su precio implicó que la repatriación de ganancias y capitales tendiera a aumentar con el tiempo, lo que resultaba en un egreso mayor de capital desde Argentina hacia el Reino Unido. Si bien su incidencia sobre la balanza de pagos fue menor que el servicio de la deuda pública y los ferrocarriles, sin duda implicó un creciente egreso en concepto de ganancias y dividendos y, dado que la tierra fue un bien de valor bastante sostenido (en general con tendencia a un aumento de valor relativo) y de comercialización relativamente fácil (salvo particulares coyunturas de crisis), las empresas del sector contaban con mayores facilidades para la repatriación de su capital, en general incrementado por la valorización del activo empresarial.

Organización de la producción y el sector agrario argentino

Tiempo atrás, la literatura histórica solía considerar atrasado y conservador al sector agrario argentino, en algunos casos, feudal. Según esta forma de pensar, la “oligarquía” se había apropiado de la rica tierra de las pampas (más tarde formando “imperios” aún mayores en la Patagonia), la había ocupado con unos pocos animales que pastaban más o menos libremente y se había retirado a la ciudad o a Europa a vivir de rentas. Al mismo tiempo, estimulada por una política irracional de crédito (particularmente en la década de 1880), una especulación frenética había elevado el precio de la tierra muy por sobre su valor real. El crecimiento de la economía argentina que tuvo lugar en el último tercio del siglo XIX y el primero del XX fue, entonces, simplemente, el resultado de la enorme riqueza del país, logrado a pesar de su arcaica estructura agraria.

Más aún, este retraso era considerado una de las principales causas del fracaso de Argentina en conservar la posición mundial que había logrado a fines de la década de 1920.[13] A partir de fines de la década de 1960 esta posición ha sido cuestionada sólidamente por algunos historiadores, y se inició entonces un modelo de interpretación sustitutivo.[14] La imagen que nos provee nuestra investigación difiere sustancialmente de la anterior. Vemos en el sector agrario un notable dinamismo, no sólo presente en la incorporación de nuevas tierras, sino también en la constante readaptación de los sistemas productivos en las áreas ya en explotación, en respuesta a cambios en la demanda interna y externa y al desarrollo de nuevas técnicas de conservación y transporte.

La impresión de retraso de la actividad rural surge en buena medida del uso de sistemas de producción extensivos y de la existencia de grandes propiedades rurales. El estudio de las empresas que hemos realizado –y no sólo de las grandes compañías públicas, sino también de las empresas familiares, como el caso de las estancias Walker– sugiere una interpretación distinta. En ellas vemos que las grandes unidades de producción se combinan con una utilización plena de recursos y la más estricta lógica de maximización de ganancias, dentro de las condiciones que prevalecían en la economía argentina del momento. Durante el período de expansión que concluyó con la Gran Guerra, la tierra era el recurso relativamente más barato en la Argentina, en tanto que el capital, y particularmente el trabajo, eran escasos y caros. Estas condiciones dieron lugar al surgimiento de una particular combinación de factores de producción dentro de las estancias: uso extensivo de la tierra, uso limitado del capital (aunque se prefería un sistema más intensivo en el uso de capital que en el uso del trabajo, como lo demuestra el considerable nivel de tecnificación en la agricultura) y un uso restringido del trabajo. Esto se refleja en la constante preocupación de varias de las empresas estudiadas por obtener el capital necesario para operar sus propiedades, lo que las impulsaba, cuando era posible, a recurrir al mercado de capitales de Londres. En los casos de empresas familiares en que esto no era factible –recordemos lo dicho sobre Walker–, el déficit de capital producía constantes dificultades financieras, lo que impulsaba a recurrir a formas de crédito relativamente caras.

Hemos visto también que una característica muy común en la administración de estancias era que, debido a la limitación en la disponibilidad de capitales y a la escasez de trabajo, las mejoras se realizasen mediante contratos que incluían el trabajo como parte de la compensación por un arriendo. Walker, por ejemplo, intentó eludir este sistema mediante el uso de asalariados como mano de obra agrícola en Nuevo Bichadero, pero los altos costos lo forzaron a abandonar este sistema en favor de las prácticas de aparcería más usuales. Por otro lado, aquellas empresas que, por problemas de ubicación o transporte, no podían utilizar colonos para el laboreo de sus tierras, en general se vieron imposibilitadas de llevar a cabo la mejora extendida de sus pasturas. El convenio por el cual Walker logró la adecuación productiva de sus campos de Villegas tiene connotaciones similares. En este tipo de contrato, el estanciero utilizaba su recurso más abundante, la tierra, para obtener el capital y el trabajo que requería para las mejoras.

Ahora bien, en la medida en que la incorporación de la economía argentina al mercado mundial avanzaba, aumentó la potencialidad rentística de sus tierras y, con ella, su precio. Esta transformación requería una readaptación constante del sistema de trabajo en las unidades de producción. Así, una de las características más llamativas del proceso de desarrollo de las empresas agrarias que analizamos es su continua transformación mediante la introducción de mejoras, el refinamiento de sus planteles ganaderos y la introducción de nuevas actividades. Esta evolución tuvo un efecto notorio sobre la relación tierra-capital dentro de las estancias. Esta relación puede ser considerada desde dos puntos de vista distintos: la inversión de capital por unidad de superficie y la proporción de ésta respecto del valor de la tierra. La primera, en la medida en que aumentaban las inversiones fijas y el valor del ganado, fue aumentando gradualmente. La segunda, en cambio, influida por el incremento constante del precio de la tierra, tendió a mantenerse estable, e incluso en las coyunturas de gran alza de precios de la propiedad inmueble, esta debió incrementar su peso relativo.

La constante readaptación en la utilización de recursos tuvo también otro efecto significativo, que consistía en realzar la importancia de la dirección empresaria. En las empresas individuales, esta no sólo estaba a cargo de los propietarios –que en los casos estudiados parecen haber dedicado bastante mayor atención a la administración de sus campos que lo que la visión más tradicional de la “oligarquía agraria” parece sugerir– sino también por sus agentes y representantes. En las grandes compañías públicas, este papel se hallaba distribuido en una serie de funciones gerenciales, que van desde los administradores en las estancias –que, según hemos visto, solían tener participación en los beneficios– a los agentes y “comités locales” en Buenos Aires y los directorios de las compañías en Londres. La habilidad gerencial tenía también, como vimos, un importante papel en el proceso de realización del stock ganadero. La regulación de los envíos al mercado, que requería considerable habilidad en el manejo de la hacienda y abundante información sobre las fluctuaciones económicas y sus cambios de corto plazo, tenían una fuerte influencia sobre el nivel de ingresos de las empresas. Esto limitaba claramente la posibilidad de la inversión extranjera individual en pequeña escala en estancias, ya que si no era emprendida por alguien con un adecuado conocimiento del sector agrario argentino, implicaba un alto costo administrativo o el riesgo de pérdidas considerables por mala administración.

El estudio de las estancias Walker pone también de manifiesto una diferenciación en la estructura de inversiones de los campos de invernada respecto a los de cría. Según hemos visto, al intentar Walker reproducir las condiciones de trabajo de Nuevo Bichadero en la 25 de Mayo, los resultados estuvieron lejos de compensar la importante inversión que implicaba la adquisición de valiosas tierras en el partido de Monte. La razón es evidente: los campos de invernada tenían entonces ciertos requerimientos –proximidad a los mercados, abundancia de pastos y abrevaderos, subdivisión en potreros relativamente chicos– que los hacían más caros y, por lo tanto, debían redituar una ganancia elevada por hectárea para remunerar adecuadamente la inversión. Esto sólo podía lograrse mediante una mayor inversión relativa de capital, lo que en un contexto de tasas de interés relativamente altas implicaba un considerable riesgo. Si los márgenes de ganancia caían por debajo de un cierto nivel, no sólo afectaban los beneficios sobre la inversión inmueble –que, como hemos señalado, debían ser elevados para equiparar el costo de oportunidad de la inversión– sino también los beneficios sobre el capital invertido. La combinación de campos de cría y de invernada en una sola empresa disminuía considerablemente estos riesgos, ya que la mayor estabilidad de la actividad de cría compensaba las fuertes fluctuaciones que solían producirse en las ganancias del engorde. Por otro lado, los riesgos de los invernadores eran transferidos a los criadores a través de bajas en el precio del ganado de invernada, algo que los criadores trataban de evitar adquiriendo sus propios campos de engorde. La integración de ambas actividades, que parece haber sido mucho más frecuente de lo que la literatura tradicional parece suponer, dio mucha mayor flexibilidad a las empresas para responder a las variaciones de las condiciones de mercado.

Finalmente, otro rasgo llamativo de las estancias británicas en el Plata fue su extensa interrelación dentro de un círculo de firmas e individuos del mismo origen nacional. Esto puede sugerir, hasta cierto punto, una economía de enclave. Este no era el caso, en realidad, ya que las estancias y otras empresas británicas operaban totalmente dentro de la sociedad y la ley argentinas, pese a hallarse totalmente integradas al mercado mundial. Sin embargo, gracias a la extensión de las inversiones británicas a muchos sectores de la economía argentina y al peso de la comunidad británica en la región, fue posible para los establecimientos e individuos de dicho origen nacional operar en buena medida entre ellos mismos. Este estrecho círculo sirvió, por otro lado, como cabecera de puente para el desarrollo de nuevas inversiones de capital británico y para la llegada de inmigración de británicos de clase media a la Argentina.

A estas reflexiones generales sobre el funcionamiento de los establecimientos rurales en la región pampeana cabe agregar algunas consideraciones más específicas sobre las grandes estancias de los Territorios Nacionales del Sur. Las primeras de estas empresas se formaron en la década de 1880 con la intención de seguir los lineamientos de las compañías de colonización que operaban en el norte. La evolución general de la economía y, en muchos casos, las condiciones naturales de las tierras, las obligaron a cambiar su actividad y así se transformaron en grandes estancias. Fue necesario, entonces, desarrollar formas de operación adaptadas a las condiciones que prevalecían en las regiones en que se hallaban localizadas y que eran totalmente distintas de las tierras interiores. Estas compañías debieron, por lo tanto, atravesar un período de adaptación antes de hallar un sistema productivo adecuado a sus circunstancias. Otras empresas de formación más tardía, creadas con el propósito de operar sus tierras como estancias, o aquellas que surgieron de explotaciones familiares, sufrieron menos las dificultades de adaptación que las primeras grandes compañías.

La característica principal del sistema productivo desarrollado por estas empresas en tierras marginales fue un muy bajo nivel de costos fijos, aun a costa de una relativa ineficiencia (es decir, gran número de pérdidas de animales en los malos años). En otras palabras, la tendencia observada en general a un uso extensivo del factor tierra y a la limitación del empleo de capital, y sobre todo de trabajo, es aquí más aguda aún. En los Territorios del Sur, donde las grandes desventajas climáticas y de ubicación resultaban en una menor productividad de la tierra, el nivel de inversión fija debía ser reducido al mínimo indispensable si se deseaba obtener una remuneración adecuada a la inversión.

Otra característica de estas tierras marginales era la dificultad de acceso –por problemas de transporte– a los mercados de ganado y de productos agrícolas. Por consiguiente, la producción debió orientarse hacia bienes de fácil transporte y un valor relativamente alto por unidad de peso, que pudieran absorber mejor altos fletes. De allí que la producción se especializara en razas ovinas productoras de lana fina. Con el desarrollo del sistema ferroviario, a comienzos del siglo XX, ciertas regiones de estos territorios llegaron a ser aptas para la cría de animales de carne y para la producción agrícola (el noreste de La Pampa, por ejemplo). La mayor parte de Patagonia, en cambio, siguió siendo, durante todo el período estudiado, una región fundamentalmente lanera.

También el problema de la escasez de mano de obra fue en los Territorios del Sur más agudo que en el resto del país. Como hemos visto, la única forma de resolverlo, al menos en parte, fueron los contratos de aparcería. Debido a ello, y siguiendo una tendencia común a las situaciones de frontera, la movilidad social se mantuvo bastante fluida en la Patagonia hasta comienzos del siglo XX, en tanto que, para entonces, la estructura de clases se había hecho más rígida en las regiones de ocupación más antigua.

La relación entre las grandes empresas británicas de tierras que operaban en el sur y las autoridades nacionales también merece una mención particular. Generalmente, las compañías que operaban en el sector agrario tenían menor dependencia del Estado que otros casos de inversiones externas, tales como los ferrocarriles o los servicios públicos. Pero algunas decisiones gubernamentales tuvieron un efecto muy notorio en la formación de las grandes estancias británicas en los Territorios –recuérdese que casi todas se crearon en forma directa o indirecta sobre tierras fiscales– y sobre su desarrollo posterior. En este sentido, el Gobierno adoptó una serie de medidas que tendían a promover el desarrollo del extremo sur del país y así compensaban hasta cierto punto sus desventajas naturales y de transporte.

Dentro de los Territorios Nacionales hubo claras diferenciaciones. Una comparación entre SALCo. en el norte de La Pampa y ASLCo. en la Patagonia permite apreciar algunas de ellas, a la vez que revela ciertos rasgos comunes, atribuibles a su condición de “tierras nuevas” y marginales al sistema de producción centrado en la Pampa Húmeda. Al respecto, puede señalarse que el desarrollo de la empresa más antigua antes de la llegada del ferrocarril guarda bastantes similitudes con el de la compañía patagónica y que el sistema de producción por ella utilizado entonces se asemeja bastante al que emplearía su símil más al sur unos años más tarde. Esto refuerza la idea de que es la llegada del ferrocarril lo que posibilita una transformación de la estructura productiva en estas áreas apartadas. Un punto de diferenciación bastante marcado, sin embargo, está dado por la incidencia del aumento del precio de la tierra sobre las ganancias totales de las empresas, que mientras en La Pampa sigue un patrón similar al de las provincias más antiguas, en la Patagonia es bastante menos claro.

SALCo. ofrece también una interesante comparación entre los resultados de dos opciones abiertas para las compañías propietarias de tierras sin desarrollar: su explotación directa o su arrendamiento. Aunque no es concluyente, su análisis sugiere que aunque la remuneración directa percibida en ambos casos era similar, la inversión por parte del propietario en el desarrollo de sus campos posiblemente tuviera, a la larga, un resultado más positivo que una actitud meramente especulativa.

Esto, así como el estudio realizado de las empresas de colonización y especulación, parece sugerir que, en contraste con lo que se suele suponer, el mercado de tierras tuvo una evolución bastante típica dentro de una estructura capitalista. El precio de la tierra, salvo en algunas circunstancias particulares, tendía a evolucionar en forma paralela al crecimiento de la productividad. El acceso a la propiedad inmueble parece limitado sólo por factores económicos y no por situaciones institucionales. Los terratenientes parecen en general actuar en busca de una maximización de sus ganancias. Por otro lado, las variaciones en las formas de tenencia de la tierra encuentran su explicación, al menos en los casos de las empresas británicas estudiadas, en factores claramente económicos. Si la posesión de propiedad rural era un elemento de prestigio en la sociedad argentina de fines del siglo XIX y comienzos del XX, esto no parece afectar el razonamiento económico de quienes operaban con ella. Puede, sin duda, argumentarse, claro está, que estas conclusiones se hallan condicionadas por tratarse del análisis de un segmento reducido del mercado de tierras argentino del momento –el vinculado al capital británico– y que es precisamente dicho sector el que más probablemente actuó en forma capitalista; sería, por lo tanto, peligroso tratar de extender estas conclusiones al conjunto del sector. Pero aunque la objeción indudablemente tiene validez, debemos señalar que no hemos encontrado evidencia alguna de que en general los terratenientes ingleses se comportaran en forma distinta que sus similares criollos. Más aún, las empresas británicas competían en un mercado dominado por inversores argentinos y la racionalidad capitalista parece dominar el conjunto del mercado y no sólo las empresas británicas que participaban en él.

Permítasenos, entonces, a modo de resumen final, insistir brevemente en algunas de las características generales más salientes del sector rural. Si bien la estructura agraria argentina estuvo, sin duda, dominada por la gran propiedad y los sistemas de producción extensivos, esta configuración parece responder a una lógica de maximización de los beneficios más que a una actitud conservadora o a falta de interés por parte de los terratenientes. Más aún, el desarrollo argentino durante este período se halla estrechamente vinculado a la participación de la República en el mercado internacional; y es precisamente el bajo y muy competitivo costo de su producción agraria lo que le permitió primero sustituir las importaciones y, más tarde, captar un importante sector del mercado mundial. Y como el capital y el trabajo eran más costosos en Argentina que en otras áreas del mundo, fue sólo el extensivo uso del factor tierra lo que permitió lograr costos de producción competitivos. Por ello, la estructura agraria, más conservadora, era un reflejo de las condiciones impuestas a su estructura productiva por el mercado internacional y los costos de factor.

Un significativo efecto colateral de esta particular conformación de costos factoriales fue la existencia de amplias oportunidades de movilidad social, particularmente antes de 1890 en la Pampa Húmeda y hasta el final del período en los nuevos Territorios Nacionales. El alto valor del trabajo y el precio relativamente bajo de la tierra hicieron posible que algunos trabajadores tuvieran acceso a la propiedad inmueble mediante la acumulación de capital por su participación de las ganancias (aparcería). En 1890, primero la crisis y luego el incremento de los precios relativos de la tierra limitaron el acceso a la propiedad inmueble en las áreas de asentamiento más antiguo. Pero, como ya señaláramos, este proceso no parece verse condicionado por factores extra-económicos que restringieran el acceso a la tierra a un determinado sector social; fue simplemente el resultado de cambios en la economía argentina. Más aún, después de que el acceso a la propiedad se hubiera dificultado en las provincias más antiguas, tuvo lugar el surgimiento de un sector medio rural de chacareros arrendatarios, más que a un gran aumento de los asalariados rurales.[15]

Volviendo al tema de la estructura de producción, vemos que, dentro de un contexto de uso extensivo de la tierra, existió una constante innovación de las técnicas productivas, e incluso de la estructura de inversiones (lo que es coherente con el hecho de que Argentina era una región en pleno desarrollo). Esto sugiere la existencia de una clase empresarial bastante dinámica más que la de una aristocracia feudal. En este sentido, pensamos que la concepción tradicional de la “oligarquía argentina” puede ser revisada.[16]

Finalmente, esta imagen de cambios tecnológicos y creciente productividad abre una nueva perspectiva sobre el problema de la especulación. En un proceso dominado por la expansión de la frontera y el incremento de los precios de la tierra era inevitable que existiera especulación; y la Argentina de fines del siglo XIX y comienzos del XX no fue, sin duda, una excepción. Pero el problema real consiste en saber si los precios de la tierra fueron inflacionados por encima de su valor productivo real debido a ello o si el aumento del precio era simplemente reflejo de un aumento de la renta agraria por mayor productividad. Durante el período estudiado –a excepción del boom especulativo de 1888-1889– parecería que la tierra generaba mayores ganancias que otros sectores de la economía. Esto, en realidad, sugiere que su precio marchaba por debajo, y no por encima, de las mejoras en su capacidad productiva. Hacia finales del período, sin embargo, existe una tendencia a una caída de las ganancias en relación con el costo de oportunidad representado por el precio de la tierra, lo que puede tomarse como un indicador de que la era de la expansión agraria estaba llegando a su fin.


  1. Para mencionar tan sólo unas pocas: Estancia Calera Ltd., P.R.O. BT31, 10398/78315; Estancia Cerrillos Co., ibid., 15434/42651; Estancia Florencia Co., ibid., 12835/103835; Estancia La Amarilla Ltd., ibid., 10808/81905; Estancia Las Violetas, ibid., 18348/96705; Estancias Ltd., ibid., 22218/13529; Laguna Estancia Co., ibid., 11264/86095; Los Mirasoles Estancia Company Ltd., ibid., 18266/95569.
  2. Al decir que su aumento relativo fue mayor que en otras regiones, nos referimos a que la especulación llevó su precio muy por encima de su renta real, es decir, a la relación precio/productividad.
  3. P.P. 1900, XCII, p. 140.
  4. Datos tomados de A. B. Martínez, “Los valores inmobiliarios de la República Argentina”, en Censo general de la ciudad de Buenos Aires (1904), p. 497; y “Consideraciones sobre los valores del censo inmobiliario”, en Tercer censo nacional, 1914 (Buenos Aires, 1917), tomo X, p: XXX. Debo agradecer al profesor D. C. M. Platt por llamar mi atención sobre la existencia de estas cifras.
  5. La reducción del capital sólo fue frecuente durante el período de la crisis, en tanto que el lanzamiento al mercado de nuevos valores por sobre su valor de tapa fue más común a comienzos del siglo XX.
  6. La empresa se creó como reconstrucción de la Santa Fe and Cordoba Great Southem Land Company y se emitieron las nuevas acciones sin exigir pago alguno. Ver capítulo 2, segunda parte.
  7. Company House cuenta con un catálogo con los nombres de todas las compañías públicas y privadas registradas por el Board of Trade británico en Londres. Lamentablemente, el único orden de este catálogo es alfabético, por lo que resulta imposible identificar a las empresas por actividad o área geográfica. Aun así, y gracias a que los nombres de las empresas-estancias suelen comenzar con algunas palabras en particular (tales como “estancia”, “los”, “las”, etcétera.), hemos podido identificar cierto número de empresas a través de este catálogo. En otros casos, los nombres de las empresas eran provistos por otras fuentes y el catálogo de Company House sirvió para obtener más información sobre ellas, ya que este índice refiere a legajos conservados en Company House misma o en el Public Record Office. Este problema heurístico es tratado en mayor detalle en el prefacio de nuestra citada tesis doctoral.
  8. Cf. Cortés Conde, El progreso argentino, p. 168.
  9. Téngase en cuenta que la mayor parte de las estancias británicas del sur no se hallaban localizadas en la árida meseta sino en las tierras más aptas de la región andina y de Santa Cruz y Tierra del Fuego.
  10. B.T.J., 6 (1889), p. 45.
  11. P.P. 1912/3, XCIV, p. 130.
  12. El profesor D. C. M. Platt ha planteado la necesidad de corregir las cifras de inversiones externas británicas y de disminuirlas en una tercera parte para 1913, debido a que, entre otras cosas, el carácter internacional del mercado de capitales de Londres implicaba que buena parte de los valores en él emitidos no eran adquiridos por británicos, “British Portfolio Investment Overseas Before 1870: Some Doubts”, Economic History Review 2ª serie, XXXIII (1980), p. 16 y passim. Esta objeción afecta el volumen total de las inversiones en compañías públicas que hemos presentado, pero no su importancia relativa. Más aún, dado que todas las inversiones familiares eran, sin duda, británicas, esto tendería a hacer aumentar la importancia relativa del sector agrario frente a otras áreas de inversión.
  13. Esta es, sin duda, sólo una versión extrema. Muchos historiadores y economistas, autores de valiosos aportes a nuestro conocimiento del pasado argentino, nos presentan un panorama mucho más matizado, pero aún teñido por esta interpretación. Entre ellos cabe destacar las obras de Cárcano, Evolución histórica... ; Ricardo Ortiz, Historia económica de la Argentina, Buenos Aires, 1955; Aldo Ferrer, La Economía Argentina, Méjico, 1963; Manuel Bejarano, La política colonizadora de la provincia de Buenos Aires, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, 1962 (mimeo); Giberti, Historia económica...; Oddone, La Burguesía Terrateniente Argentina. También algunos valiosos aportes a la historia económica del país realizados fuera de la Argentina han sido influidos por esta interpretación, tales como Williams, Argentina Trade...; J. R. Scobie, Revolución en las Pampas, Buenos Aires, 1966; Ferns, Gran Bretaña y Argentina... Esta corriente interpretativa también se observa en trabajos tales como “La Generación del Ochenta y su proyecto: antecedentes y consecuencias” de O. Cornblit, E. Gallo y A O’Connell, “Las etapas del desarrollo económico argentino” de G. Di Tella y Manuel Zymelman, ambos en T. Di Tella, G. Germani y J. Graciarena, Argentina Sociedad de Masas, Buenos Aires, 1965; y R. Cortés Conde, “Algunos rasgos de la expansión territorial en la Argentina en la segunda mitad del siglo XIX”, Desarrollo Económico, 29 (1968); y otros trabajos tempranos de estos mismos autores, quienes más tarde revisaron esta posición.
  14. Un trabajo que denota claramente un cambio de línea interpretativa es “Agrarian Expansion and Industrial Development in Argentina”, documento de trabajo del Instituto Torcuato Di Tella, 1970, de E. Gallo, como así también la tesis doctoral citada del mismo autor, presentada ese mismo año. Más recientemente, Cortés Conde, en su El Progreso Argentino, ha producido la obra más comprensiva sobre el desarrollo agrario argentino que adopta esta nueva interpretación. J. C. Brown, A Socio­economic History of Argentina, 1776-1860, Cambridge, 1979, ha tratado de extender la nueva línea de análisis a la primera mitad del siglo XIX; en tanto que Hilda Sabato, “Wool Production and Agrarian Structure in the Province of Buenos Aires, North of the Salado, 1840’s-1880’s” ha demostrado convincentemente que la racionalidad capitalista predominaba claramente en los establecimientos laneros de la zona que ella estudia.
  15. Debe tenerse presente, sin embargo, que en la cría bovina la mano de obra asalariada siempre había sido la principal forma de trabajo, en tanto que la contratación de pastores por un sueldo había reemplazado ya definitivamente a la aparcería en las regiones de ocupación más antigua a partir de la década de 1880.
  16. Es necesario señalar que el énfasis que ponemos en la racionalidad económica de la estructura agraria que predomina en el período corre el riesgo de descuidar los aspectos negativos de sus resultados. Sin duda, tuvo consecuencias económicas, sociales y políticas que condicionaron el desarrollo posterior del país, lo que generó un crecimiento económico extremadamente sensible a los cambios en la demanda internacional de productos alimenticios y una estructura social que tendía a concentrar una fuerte dosis de poder en un núcleo reducido de grandes propietarios rurales. También estos aspectos requieren análisis y reflexión. El propósito de estas conclusiones, sin embargo, es sugerir que dicha estructura es más una consecuencia de la forma en que se operó la integración argentina a los mercados internacionales que el resultado arbitrario de la voluntad política de una clase detentadora del poder.


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