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1 Las estancias familiares británicas

Formación. Características generales y evolución financiera

Origen de las estancias familiares británicas

Dentro del conjunto de continuidades y discontinuidades que caracterizan el surgimiento de la sociedad argentina con posterioridad a la Revolución de 1810, un elemento que no deja de ser llamativo es su rápida apertura al exterior. Esta incluyó no sólo la posibilidad de asentamiento de nuevas casas comerciales extranjeras (principalmente británicas), sino también una amplia libertad de acción para los comerciantes recién llegados. Por otro lado, ya en el período colonial se había notado una tendencia a que los comerciantes de origen local canalizaran parte de sus ganancias hacia la producción pastoril, y se estableció así un curso de acción que seguirá siendo frecuente en la Argentina durante mucho tiempo. Inmediatamente después de la Independencia, este proceso se acelera, ante la dificultad creciente que encuentran las tradicionales familias comerciantes porteñas para expandir, o incluso mantener, su actividad mercantil en un clima crecientemente dominado por comerciantes británicos. Estos disfrutaban de las ventajas que ofrecía la nueva libertad de comercio a los productos baratos provenientes del Reino Unido. Pero, como señala Halperín,

junto con ellos quienes los han marginado de sus actividades tradicionales se hacen presentes en las zonas rurales: en Buenos Aires (y, agregamos nosotros, también en la Banda Oriental), donde no existen limitaciones legales para que los extranjeros accedan a la propiedad inmueble, habrán de radicarse hacendados británicos y norteamericanos.[1]

Por otro lado, en 1824 se produce una primera expansión de inversiones inglesas en Argentina, durante la cual tienen lugar dos intentos de colonización agrícola utilizando capital y trabajo británicos.[2] Ambos proyectos fracasaron, pero algunos de los colonos permanecieron en Argentina y llegaron a ser prósperos estancieros.

Mr. Bell –nos relatan los hermanos Mulhall–, quien es uno de los más importantes propietarios de tierras en el Río de la Plata, poseyendo numerosas estancias tanto en esta provincia (Buenos Aires) como en la Banda Oriental, (…) era uno de los colonos de Monte Grande.[3]

Concluido este breve y fallido boom de inversiones, el volumen de inmigración británica al Río de la Plata nunca alcanzó cifras demasiado significativas, pero muchos de los que vinieron lograron un éxito considerable y, como podía esperarse en un período dominado por la expansión agraria en el área, orientaron sus ganancias hacia la adquisición de tierras.[4] Así, a partir de la década de 1850, a los nombres de los tempranos comerciantes británicos que habían adquirido propiedades rurales se fueron sumando los de nuevos inmigrantes provenientes del Reino Unido. Los apellidos de origen inglés, escocés e irlandés se hicieron cada vez más frecuentes entre los terratenientes de la región, que entonces incluyó Entre Ríos, Santa Fe y el sur de Córdoba, además de Buenos Aires y la Banda Oriental.

El proceso mediante el cual estos inmigrantes accedieron a la propiedad de la tierra es variado y abundante en matices, pero sin embargo pueden identificarse algunos patrones básicos. En algunos casos, el proceso es similar al de los primeros comerciantes, es decir, la canalización de excedentes comerciales hacia actividades rurales. Estos prósperos empresarios se afincan primero en la vecindad de la ciudad de Buenos Aires, y se expanden luego por el resto de la provincia a medida que se produce la gradual extensión de la frontera indígena. En ciertos casos, parte del capital inicial provenía del Reino Unido ya que había sido traído en el momento de inmigrar. Pero aun cuando no fuera así, muchos de los recién llegados gozaban de otro tipo de ventajas económicas. Algunos mercaderes llegaban como representantes de importantes firmas inglesas, lo que los colocaba en una situación de privilegio. En otros casos, se hallaban provistos de cierta preparación o de relaciones que les permitían realizar rápidas y fructíferas carreras como empleados de casas británicas que operaban en Buenos Aires, acumulando así pequeños capitales que servirían de base para la formación de empresas agrarias. Este proceso es más frecuente entre los inmigrantes ingleses, aunque existen algunos casos .de familias escocesas que llegaron a la propiedad de la tierra de esta forma.

Distinto es el caso de aquellos inmigrantes que llegaron a la región ya en posesión de cierto capital que era invertido directamente en la formación de una empresa agraria, por lo general en emplazamientos de frontera. Otra forma de acumulación de propiedad ligada desde un comienzo a explotaciones rurales es la que se producía cuando un inmigrante carente de capital realizaba su aprendizaje como administrador de estancia al servicio de grandes empresas, por lo general pertenecientes a personas de origen británico. Al llegar a posiciones de mayor responsabilidad, adquiría una considerable capacidad de ahorro y casi invariablemente orientaba sus ganancias hacia la adquisición de tierras y la formación de estancias. Por lo general, si eran nombrados administradores generales, preferían retener durante algún tiempo este prestigioso y remunerativo puesto –que generalmente implicaba alguna forma de participación en las ganancias– y dejaban sus propias tierras al cuidado de un administrador. En algunos casos, habiendo logrado cierto desarrollo de su propiedad, se retiraban eventualmente para dedicarse de lleno a su administración, en tanto que otros, tras haberse asegurado un alto nivel de ingresos por la rentabilidad de su propia inversión agraria, abandonaban sus puestos administrativos para radicarse en centros urbanos –ya fuese en Argentina o en Europa– y se transformaban así en propietarios ausentistas.[5]

Existe, finalmente, un proceso enteramente distinto de acceso a la tierra para el inmigrante. A mediados del siglo XIX, la tradicional estancia de cría de vacunos de la provincia de Buenos Aires comenzó a ser desplazada por una explotación especializada en ovinos de lana fina, actividad que se originó precisamente en un establecimiento de propiedad británica conocido como estancia Los Sajones o Los Galpones, hacia finales de la década de 1820.[6] Esta nueva actividad ofreció un camino de acceso a la propiedad de la tierra a un considerable número de inmigrantes británicos –en algunos casos escoceses, pero principalmente de origen irlandés– que comenzaron a llegar a la Argentina a partir de la década de 1840.

En contraste con los casos referidos hasta aquí, estos recién llegados no traían consigo ni capital ni una capacitación especial, y sus relaciones con otros habitantes del Plata se reducían a ciertos contactos con la comunidad irlandesa del área, formada en ese entonces mayormente por otros inmigrantes carentes de riquezas como ellos mismos.[7] Pero aun este tipo de inmigración tenía buenas perspectivas en la Argentina de mediados del siglo XIX, en especial si estaban dispuestos a sobrellevar durante algún tiempo las duras condiciones de trabajo y la vida del pastor de ovejas en la provincia de Buenos Aires de aquella época. Al llegar a Buenos Aires, se podía conseguir trabajo como puestero[8] en una estancia de ovinos, lo que generalmente se veía facilitado por el contacto con inmigrantes de igual nacionalidad. Tras haber adquirido cierta experiencia en este tipo de trabajo o, en algunos casos más afortunados, de manera inmediata a su llegada a América, era posible entrar en alguna forma de contrato de aparcería. Este consistía en la entrega al pastor de un rebaño constituido por entre 1500 y 2000 animales, durante un período de un año, al cabo del cual el pastor recibía entre la mitad –en cuyo caso el convenio se conoce como “medianería”– y un tercio –en este caso, “terciería”– de la esquila y del aumento del rebaño. El dueño de la estancia facilitaba, además, adelantos en moneda y especie para su subsistencia durante el primer año del contrato, caballos para poder realizar sus tareas y un rancho. En muchos casos, se les permitía mantener cierto número de animales propios en el campo. De esta forma, luego de cierto tiempo, el inmigrante lograba reunir un pequeño capital y una majada, producto de la lana y del incremento del número de animales que le correspondían por contrato.

Llegado este momento, el inmigrante podía arrendar campos y establecerse en forma independiente, y algunos años después podía llegar a estar en condiciones de adquirir su propia tierra.[9] Durante las décadas de 1860 y de 1870, muchos de los irlandeses y escoceses que habían llegado al Plata en el período anterior se convirtieron en propietarios rurales de esta forma y, aunque la gran mayoría sólo tuvo acceso a modestas extensiones, en algunos casos llegaron a ser poderosos terratenientes.

El relato que nos ha dejado el inmigrante inglés R. A. Seymour de sus primeros años en Argentina ilustra bastante bien algunos de los mecanismos que acabamos de describir.[10] En 1865, siendo aún muy joven, Seymour llegó a Buenos Aires con un modesto capital y el firme propósito de adquirir tierras y dedicarse a la cría de ovejas. Su intención original era establecerse en Entre Ríos, donde se hallaba radicado un amigo suyo. Se trasladó entonces a dicha provincia donde, según nos relata, encontró a otros inmigrantes británicos buscando tierras en las que establecerse, además de un buen número de estancieros de dicho origen ya afincados en la zona. Pero durante este período las condiciones favorables de los campos entrerrianos para la cría de lanares habían provocado un gran aumento en el precio de la tierra, por lo que Seymour decidió probar suerte en otra área. Su amigo, llamado Frank en el relato, decide unírsele. Este último había trabajado como pastor en una estancia y había logrado cierta experiencia para su futura empresa y posiblemente el capital necesario para formar sociedad con Seymour.

Dejando atrás Entre Ríos, se dirigieron hacia Fraile Muerto, donde ciertas tierras públicas habían de ser puestas en subasta. Tras una primera inspección de la zona y con una impresión favorable de las tierras, Seymour y Frank siguieron camino hacia la ciudad de Córdoba, donde iba a tener lugar la venta. Una vez allí, recibieron una oferta por parte de otro inversor inglés, quien los invitó a participar en la compra de ciertos campos de alfalfa en las sierras próximas a dicha ciudad, con el propósito de engordar ganado para el mercado local. Decidieron, sin embargo, rechazar la propuesta y adquirieron finalmente cuatro leguas cuadradas al sur de Fraile Muerto tras pagar por ellas seis peniques el acre, es decir, un total de 667 libras esterlinas. Este precio es particularmente bajo debido a que las tierras se encontraban bastante alejadas del pueblo de Fraile Muerto, separadas de éste por un río y muy próximas a la frontera indígena. Seymour menciona también la adquisición de tierras por parte de otros inmigrantes ingleses en la misma subasta, así como otras compras de campos próximos al suyo, pero en la provincia de Santa Fe, por personas de igual nacionalidad.

Fraile Muerto, más tarde llamado Bellville, era un área donde existían ya algunos asentamientos que databan de un intento de colonización agrícola por parte de un grupo de granjeros ingleses en 1863-1864.[11] La colonia como tal había fracasado, pero algunos de sus habitantes permanecieron en la zona, formando el núcleo de una pequeña comunidad británica que en 1875 llegaba a unas cien familias. El mismo Seymour relata el establecimiento de otros inmigrantes de igual origen en la vecindad de su propiedad al mismo tiempo que él.

Tras adquirir los aperos y las provisiones necesarios en Buenos Aires, los dos jóvenes ingleses se establecen en Monte Molino –nombre con el que bautizaron su nueva estancia– con la intención de combinar agricultura con cría de ovinos. Adquieren entonces unas 2000 ovejas a un precio de cinco chelines cada una (un total de 500 libras) y contratan a dos hombres, uno de ellos irlandés, para que ayuden en la preparación de las instalaciones más elementales de una primitiva estancia. Estas comprendían, en este caso, un pequeño sembrado de maíz, un corral para la caballada y otro para las ovejas, y la vivienda con sus defensas contra el ataque de indios. Hasta 1869, cuando Seymour escribe su relato, no se habían erigido aún alambrados ni galpones ni otras instalaciones básicas para un establecimiento de este tipo.

Los indios, por otro lado, representaban un verdadero problema en la zona de Fraile Muerto. Sus ataques causaban, en algunos casos, víctimas entre los pobladores, aunque con mucha mayor frecuencia se limitaban al robo del ganado, especialmente equino y bovino. Los habitantes de Monte Molino sufrieron este tipo de ataques en varias ocasiones, y en una de ellas perdieron toda la caballada. En otra ocasión, nos relata Seymour, dos de sus vecinos ingleses fueron muertos por la indiada. Sin embargo, esto no parece haber intimidado a los jóvenes inmigrantes, ya que no sólo permanecieron en la estancia, sino que su número se vio aumentado con la llegada de un hermano de Seymour y un amigo de este, ambos provenientes de Inglaterra. Esto contribuyó a aumentar la seguridad del grupo, ya que un contingente numeroso y bien armado era por lo general suficiente para disuadir las intenciones bélicas de los indígenas, que en general preferían evitar el enfrentamiento directo durante sus pillajes.

Otro problema, aunque de menor gravedad, fue la frecuente visita de pumas a sus rebaños, lo que obligó al grupo a dar caza a varios de estos animales. Pero pese a estas dificultades, rodeados de vecinos de su misma nacionalidad y viviendo la agreste vida de pioneros que ellos mismos habían elegido, Seymour asegura que él y sus compañeros fueron muy felices en este período. Su establecimiento siguió prosperando y se vieron en la necesidad de pedir que se les enviara desde Inglaterra dos hombres más, un cocinero y un jardinero, que se unieron al grupo de 1868. Los colonos mantenían, además, una frecuente relación con la comunidad británica de Rosario y participaban de su relativamente activa vida social. Así, Seymour nos relata la organización, por un grupo de terratenientes ingleses de Santa Fe, con apoyo de la empresa del Ferrocarril Central Argentino, de un club hípico inglés en Rosario. En la inauguración se efectuaron brindis por “las estancias inglesas en el Río de la Plata”.

Desde el punto de vista económico, Monte Molino progresaba sensiblemente. Las esquilas daban buenos rendimientos y se obtenían precios razonables por las lanas en Fraile Muerto. La mayor dificultad, como en muchos otros lugares fronterizos, consistía en conseguir suficiente mano de obra para las tareas especiales y, muy en particular, para la esquila. El ferrocarril llegó al pueblo en 1868 y con él el rápido desarrollo de la región donde, según Seymour, también progresaban otros estancieros británicos. Como vemos, aunque el éxito de la empresa aún estaba muy lejos de ser cierto cuando Seymour escribe su relato, las perspectivas parecían favorables.

Esto parece confirmarlo el informe que presentó James McCrie, un colono de la zona, al vicecónsul británico en Rosario en 1870. En él describe a Fraile Muerto como “el primer asentamiento de iniciativa y capital británicos que ha intentado desarrollar cierta producción agrícola con éxito en la Confederación Argentina”.[12] El informe concluye que el área es adecuada para la inmigración de familias que cuenten con un pequeño capital y varios miembros en edad de trabajo.

El panorama que nos presenta el cónsul general Macdonell en su negativo y controvertido informe sobre inmigración a la Argentina, escrito un año más tarde, es bastante menos optimista. Macdonell se hallaba alarmado por los problemas con los indígenas, pero menciona una vez más la existencia de una importante colonia británica en el área, incluyendo un caso en que la inversión total en el desarrollo de la estancia alcanza la cifra de 10.000 libras esterlinas.[13]

Unos años más tarde, completa la línea del Ferrocarril Central Argentino sobre la que se encuentra Fraile Muerto y con las colonias creadas por la compañía de tierras de dicho ferrocarril a lo largo de su trazado entre Rosario y Córdoba en constante expansión, las posibilidades de éxito para los colonos eran mayores aún y el constante aumento del precio de la tierra aseguraba buenos beneficios.

En síntesis, el caso de Monte Molino nos muestra cómo un grupo de jóvenes y de emprendedores inmigrantes británicos, en posesión de un magro capital de sólo 1.500 libras esterlinas, en parte traído del Reino Unido y en parte obtenido en la Argentina, logra en pocos años establecer las bases de una explotación agropecuaria de considerable importancia, cuanto menos en términos de las dimensiones y la riqueza de sus campos. Para mediados de la década de 1880, tras superar el peligro de ataques indígenas por la campaña militar del general Roca y con la zona de Fraile Muerto transformada en un importante centro agrícola, un establecimiento como Monte Molino había multiplicado varias veces su valor inicial.[14]

Las posibilidades existentes en Argentina para un inmigrante que dispusiera de cierto capital son confirmadas por el cónsul inglés Egerton en su informe para 1879:

Caballeros ingleses que, disponiendo de algunos miles de libras esterlinas, tienen la intención de tentar fortuna en una actividad rural pueden estar seguros que el capital destinado a la compra de ganado y tierras va más lejos aquí que en cualquier otro lugar, y debería redituar importantes ganancias(…).[15]

Esta opinión parece haber sido generalizada entre los representantes británicos y otros observadores contemporáneos de la Argentina quienes aludían frecuentemente al tema como respuesta a la propaganda del Gobierno argentino para estimular la inmigración. La conclusión más frecuente era que Argentina no era un lugar recomendable para la inmigración de trabajadores asalariados, pero que personas con capital interesadas en invertirlo en una empresa rural tenían perspectivas muy favorables si se asesoraban convenientemente. Aun el pesimista informe de Macdonnel coincidía en este punto.[16]

Participación británica en la propiedad de la tierra en Argentina

Una situación similar a la de Fraile Muerto podía encontrarse en otras áreas de la Argentina en ese momento. Cierto número de colonos británicos, algunos de los cuales habían estado cierto tiempo en Australia, se habían establecido en las proximidades de Bahía Blanca. “Hombres de capital y educación”, dice un periódico inglés de la época, “algunos de ellos regresaron a Inglaterra en busca de la mejor maquinaria agrícola, y tienen la intención de volver a la Argentina llevando consigo a amigos y familiares”.[17]

Un ejemplo llamativo de entre estos colonos es el de los señores Mildred y compañía. “Este grupo posee unas 12 leguas de tierra en las que han establecido instalaciones para la cría de ovejas, áreas dedicadas a diversos cultivos, etcétera, además de arrendar chacras a nuevos pobladores a bajo precio, erigiendo las instalaciones y edificios necesarios”.

Poseían, además, una huerta junto al río Sauce Largo en la que cultivaban legumbres para su consumo y para el mercado. Un excelente potrero de alfalfa proveía forraje para alimentar a los animales de trabajo durante los meses de invierno y había 400 acres sembrados con trigo. El inmigrante llevaba “una vida saludable, alegre e independiente, aunque menos confortable que en Gran Bretaña”, concluye el artículo y agrega que “muchos inmigrantes británicos se habrían asentado en la zona si el gobierno de Buenos Aires ofreciera mayores facilidades para la adquisición de tierras”.[18]

Un proceso similar tenía lugar en otras áreas. En su versión de 1869, el Handbook of the River Plate de los hermanos Mulhall señala que “en los últimos dos años un cierto número de valerosos ingleses, hombres de buena familia y educación y con un capital de unos pocos cientos de libras cada uno, se han radicado sobre la frontera indígena, más allá de Azul, y otros en la Patagonia, con el propósito de criar ovejas y vacunos”.[19]

Además de estos inmigrantes recientes, que poseían tan solo un modesto capital y se hallaban asentados en tierras de frontera, existían en zonas de más antiguo poblamiento empresas mucho más ricas y mejor establecidas, también en manos de personas de origen británico. Así, en su descripción de la provincia de Buenos Aires en 1869, los Mulhall hacen mención de nombres ingleses entre los terratenientes más importantes en casi todos los partidos.[20] De sus datos, familias como los Drabble, Bell, Fair, Gibson o Fox surgen entre los propietarios más ricos de la provincia, y a ellos deben sumarse los de los inmigrantes irlandeses más prósperos, como Casey, Duggan, Amstrong, Lynch, Coghland, etcétera.

En los partidos del norte de la provincia, donde predominaba la cría de ganado lanar, muchas de las explotaciones relativamente pequeñas –entre 1500 y 5000 acres– eran propiedad de familias británicas y existían también algunas estancias inglesas de mayor importancia. En Carmen de Areco, Mulhall menciona un talabartero de nombre Dowling que poseía una de las mejores haciendas, valorada en más de $ 500.000 papel la legua cuadrada, de varias leguas de extensión. En Rojas, adonde los primeros pobladores británicos llegaron hacia 1859, encontramos un gran número de establecimientos ingleses valorados entre $ 15.000 y $ 50.000 papel, y el caso excepcional de la propiedad de Juan Ballastry, que incluía una excelente chacra, una grasería y más de 30.000 ovejas, y que estaba tasada en más de $ 460.000 papel. En el partido de Esperanza, se menciona a E. B. Perkins, quien poseía 15.675 acres, incluyendo alfalfares, potreros cercados para ganado ovino –tres o cuatro mil cabezas– y varios puestos con unos 15.000 ovinos. En Chacabuco, J. H. Green compró de una compañía argentina la estancia La Criolla, que comprendía cinco leguas cuadradas y media, en un partido donde la tierra valía entre $ 300.000 y $ 600.000 papel la legua. La descripción de los Mulhall continúa así partido tras partido, presentando un panorama similar en cuanto a la tenencia de la tierra en la mayoría de ellos.[21]

Información más tardía confirma esta situación. Tomando datos del censo de 1895, Sabato y Korol encuentran que en los 20 partidos rurales de más antigua ocupación, al norte del Río Salado, había 450 propietarios rurales nacidos en Gran Bretaña, además de 300 terratenientes con apellidos irlandeses. Si se computa tan sólo los irlandeses, estos poseían un 16,39% de la tierra.[22]

El mapa catastral de la provincia de Santa Fe de 1886 refleja un cuadro similar. En él encontramos nombres ingleses entre los propietarios distribuidos por toda la provincia, entre los que se destaca claramente un grupo importante en el sudoeste, cerca del pueblo de Venado Tuerto, en el límite con la provincia de Córdoba. Además de un gran número de pequeños propietarios, se encuentran allí las importantes posesiones de E. Casey, J. Bell, T. Amstrong, J. Aungier, R. C. Gilmour, H. C. Hinschliff, A. Thompson y algunos otros, todos ellos dueños de varias unidades, en ningún caso menores de una legua cuadrada cada una y llegando en un caso a 96 leguas cuadradas (Amstrong). Al norte del departamento Capital, existe otra concentración de propiedades británicas entre las que se destacan las de T. Thomas, Dickinson hermanos, Tomkinson hermanos y una vez más varias propiedades de T. Amstrong.[23] Entre Ríos, como vimos a través del relato de Seymour, presentaba un panorama similar; y también lo harían los territorios del sur de la provincia de Buenos Aires, La Pampa y la Patagonia luego de su incorporación a la vida económica del país.[24]

Por lo tanto, resulta claro que, hacia fines del siglo XIX, una importante cantidad de tierras en Argentina estaban en manos de súbditos ingleses o de sus descendientes. En una estimación del capital británico invertido en el Río de la Plata en 1877, M. Mulhall calcula el valor de la propiedad rural inglesa en el área en dos y medio millones de libras esterlinas.[25] Esta cifra, en realidad, no es más que un cálculo grosso modo de muy dudosa exactitud, pero puede al menos servir de indicador de la importancia que la tierra tenía, al menos en la opinión de Mulhall, como área de inversión británica.

Estancias familiares británicas e inversiones externas

Si bien pueden existir pocas dudas respecto a la importancia de las propiedades rurales en manos de británicos en el Plata en este período, no resulta demasiado evidente que ellas deban ser consideradas inversiones externas. Ya en 1920, en su estudio sobre la deuda externa argentina, Williams había tenido en cuenta el problema. Interesado en el impacto de la balanza de pagos sobre los problemas económicos argentinos antes de 1900, en especial con referencia al problema de la moneda, señala que, aunque omite de sus cálculos

el capital representado por las chacras y estancias en propiedad de extranjeros, siendo este sin duda un rubro de importancia, (…) no existen datos disponibles para el período de mi estudio. Más aun, dado que la mayoría de los propietarios residen dentro del país, no constituye un rubro de importancia significativa en un cómputo del balance de los préstamos externos.[26]

Desde este punto de vista, las estancias en propiedad de súbditos británicos y de sus descendientes que residen en Argentina no deberían ser consideradas como inversiones externas. Sin embargo, el problema no es tan sencillo. En primer lugar, en el caso del inmigrante que trae consigo cierto capital con el cual iniciar su empresa agraria, existe un ingreso neto en la economía receptora cuya particularidad reside en que no implica costo alguno, ya que no produce emigración de capital en forma de dividendos, intereses o amortización. Sin embargo, el capital inicial y todas las ganancias obtenidas durante el período que durase la inversión podían eventualmente regresar al Reino Unido, si el inmigrante o sus descendientes optaban por retornar a su país de origen o si al morir era heredado por familiares residentes en Gran Bretaña. En este caso, se podía vender la propiedad y retirar de la Argentina el producto de la venta en efectivo o se podía mantener la propiedad desde el extranjero, dejando la explotación a cargo de un administrador, por lo general también de origen británico. En este último caso, aunque no exista un traspaso de la propiedad, la estancia pasa a pertenecer a personas residentes fuera del país, asumiendo una forma típica de inversión externa, que incluye la transferencia de las ganancias hacia la economía prestataria. Por este último proceso atravesaron también establecimientos adquiridos con capitales obtenidos en la Argentina. En este caso, no se produce un flujo de capital, por lo que la transferencia exterior del producto de la venta de la propiedad de la tierra en sí representa una salida neta de capital para la economía argentina, sólo compensada por el trabajo y la capacidad empresarial que haya aportado el inmigrante.

Lamentablemente, resultaría extremadamente difícil –si es que fuera posible– intentar cuantificar este proceso en forma precisa; y los resultados no serían demasiado concluyentes. Cuando la propiedad era vendida, resulta imposible saber cuál era el destino del producto de dicha venta o saber si el inmigrante retornaba a su país de origen o simplemente reinvertía su capital de otra forma en la Argentina. Existen muy pocas referencias precisas a casos de este tipo como para estimar su importancia, pero una referencia explícita a uno de ellos en Patagonia puede servirnos de ejemplo:

Un inglés –no puedo recordar su nombre– fue a la Patagonia en 1886 sin otro capital que su conocimiento de las ovejas y una buena reputación. Teniendo buenas referencias sobre su conducta y aptitudes obtuvo ovejas y arrendó tierras a crédito: consiguió un capitalista que se hiciera cargo de él, al decir de los mineros. En 1893 este hombre vendió lo que había logrado acumular en 26.000 libras esterlinas y regresó a Gran Bretaña con su mujer y sus hijos, donde vivió como un lord.[27]

También resulta muy difícil detectar la propiedad de la tierra por parte de individuos residentes fuera del país. Sin embargo, circunstancias fortuitas nos permiten conocer algunos casos de esta naturaleza, tales como el de la propiedad de C. Darbyshire en el partido de 9 de Julio, la de Paul Krell en Santa Fe, sobre la línea del Ferrocarril Central Argentino, la de J. Aungier en el sur de la misma provincia, el traspaso de las propiedades en los partidos de Bolívar y Monte, en Buenos Aires, a los herederos de W. Walker, residentes en Escocia, y varios más.[28]

En otros casos, ya fuese para facilitar la herencia sin fraccionamiento o por otras razones administrativas, los propietarios crearon compañías familiares, privadas o públicas, para hacerse cargo de las empresas, en cuyo caso es posible encontrar registros del proceso. Por lo tanto, podemos mencionar una serie de ejemplos de compañías privadas de este tipo, tales como las estancias Calera, Las Violetas, Cerrillos, Florencia y muchas más,[29] y unas pocas que llegaron a ser compañías públicas, tales como las estancias Espartillar, Las Cabezas y otras, que estudiaremos más adelante.

Pero aparte de la circulación de capital vinculada a sus posesiones, existe otro camino por el cual los inmigrantes terratenientes contribuyeron al proceso de inversión de capitales ingleses en el sector agrario argentino. Entre los elementos clave que contribuyeron al florecimiento de la importante relación económica entre Gran Bretaña y Argentina en la segunda mitad del siglo XIX, se encuentra la existencia de un número muy significativo de intermediarios que, por tener una relación estrecha con el mercado de capitales ingleses y el medio económico argentino, pudieron facilitar el proceso de inversión. Muchos de ellos, en especial los vinculados al que llegaría a ser el mercado de tierras argentinas en Gran Bretaña, habían sido exitosos estancieros en Argentina, tales como Gibson,[30] Drabble, Fair, Ogilvie, Wilson y Darbyshire. Por otro lado, su mera existencia era en sí un estímulo para las inversiones británicas en el área, siendo ellos excelentes testigos de las ganancias que podían lograrse.

Desarrollo y finanzas de las estancias familiares. Algunos ejemplos

La extensión de esta participación británica en la tenencia de la tierra en Argentina y su acción como avanzada de nuevos ingresos de capitales externos al sector agrario no sólo contribuyó a la expansión de dicho sector por su propia presencia, sino también como agente innovador del medio rural, tanto respecto de la producción como en la concepción administrativa. Para el período anterior al que nos ocupa, existen ejemplos ya clásicos de ello, como el espíritu emprendedor de R. Newton o la fecunda y extendida labor de la familia Gibson. R. Seymour intentó, aunque con escaso éxito, incorporar carneros Leicester y Cotswold a su majada en Monte Molino, y ya hemos visto cómo los Mildred viajaron a Inglaterra en busca de moderna maquinaria agrícola. Refiriéndose a los inmigrantes terratenientes, dice M. Sáenz Quesada:

Ellos traían consigo conocimientos especializados del medio rural inglés, alemán o francés, viajaban y educaban a sus hijos en Europa, e invertían sus capitales en nuevos y revolucionarios rubros tales como el ovino y el alambrado. Su ejemplo será decisivo en la toma de conciencia de que la estancia es una empresa antes que un señorío patriarcal.[31]

En el período posterior a 1870, parece que estos inmigrantes perdieron su exclusividad como elementos renovadores. Para ese entonces, ya sea por seguir el ejemplo de estos pioneros, por el estímulo para la renovación de las técnicas productivas y administrativas proveniente de un renovado mercado interno y externo, o, lo que es más posible, por una combinación de ambos factores (en la que el segundo es, en nuestra opinión, determinante), no hemos advertido una diferencia notable entre la forma en que operaban las estancias británicas y lo que sabemos de muchas de las criollas.

No obstante, continuaban, sin duda, sobresaliendo muchos de los establecimientos en manos de familias de ese origen como ejemplos de estancias modernas y bien administradas. La mayoría de ellas, formadas en la segunda mitad del siglo XIX, evolucionaron rápidamente y, al comienzo del siglo XX, presentaban una moderna imagen que combinaba la comodidad y hasta el lujo para sus propietarios y su personal jerárquico, por lo general también británico, con avanzadas técnicas productivas, dentro de las limitaciones y las conveniencias impuestas por el medio. Sus finanzas presentaban también una imagen de prosperidad que justificaba el continuo entusiasmo por la inversión rural que mostraron estos inmigrantes en el siglo XIX.

Darbyshire y Las Cabezas Estancia Company

Quizá la mejor forma de mostrar cómo funcionaban en la práctica los mecanismos que permitieron este desarrollo sea la presentación de algunos ejemplos, que servirán, a la vez, para darnos una idea del nivel de rendimiento que podía esperarse de una inversión de este tipo. En tal sentido, la vida de Charles Darbyshire, quien llegó a ser miembro del directorio de muchas de las más importantes compañías británicas de tierras en la Argentina, y la historia de la estancia Las Cabezas, una de las empresas familiares a él vinculada, pueden resultar muy ilustrativos.

En 1852, a la edad de 17 años, Darbyshire viaja desde Inglaterra hacia la Argentina, donde tenía asegurado empleo en una firma comercial inglesa, Bradshaw, Wanklyn & Jordan.[32] Su contrato, con el cargo de asistente de cajero, tenía una duración de cinco años. Durante este tiempo, Darbyshire logra ahorrar unas 200 libras esterlinas, pero pierde todo este capital en una desafortunada operación bursátil en Buenos Aires. Al concluir su contrato, es promovido a cajero y recibe un incremento de salario: logra en poco tiempo un ahorro suficiente como para establecerse en forma independiente, en sociedad con J. P. Boyd, como mercader y agente naviero. Su nueva empresa tiene considerable éxito.

En 1861, contrae enlace con Elisa Black, hija de Don Diego Black, un próspero estanciero inglés dedicado a la cría de ovejas en Entre Ríos. Luego de su matrimonio, Darbyshire vive durante dos años en la capital y en 1863 adquiere una quinta en San José de Flores: “la nuestra fue la primera familia que pasó el invierno fuera de Buenos Aires”, comenta en sus memorias. Todos los días viajaba para trabajar a la capital aprovechando el Ferrocarril del Oeste, la nueva línea ferroviaria que unía esa localidad con la ciudad. La radicación en Flores, según él mismo nos relata, se haría más frecuente a raíz de la epidemia de cólera de finales de la década.

En ese mismo año de 1863, Darbyshire realiza un viaje de seis meses a Europa de donde regresa en compañía de sus hermanos, que se establecen como pastores en el sur de la provincia de Buenos Aires. Uno de sus vecinos era T. Doughthot, amigo de Charles Darbyshire y propietario de dos leguas de campo. En su descripción de 9 de Julio, un partido de frontera entonces, donde la tierra no había alcanzado aún un precio alto y donde existía abundante colonización inglesa, Mulhall menciona una propiedad de considerable importancia perteneciente a Charles Darbyshire. Es probablemente allí donde se instalan sus hermanos. Durante los primeros años, estos deben hacer frente a duras condiciones de vida y varias veces son atacados por los indígenas; uno de ellos resulta herido en el curso de uno de estos ataques.

En 1869, Charles Darbyshire decide retirarse a Inglaterra en compañía de su esposa y sus tres hijos. De esta forma, a su regreso no sólo es propietario de un establecimiento lanero en el sur de la provincia de Buenos Aires sino también, a través de su esposa, heredero de una importante estancia en Entre Ríos. Además, durante su permanencia en Argentina, había obtenido ciertos conocimientos, había logrado contactos en los medios comerciales y había acumulado cierto capital, lo que lo llevaría a ser, como veremos más adelante, una figura destacada en los directorios de las compañías inglesas que operaban en el Plata, en especial en el sector de tierras. Un ejemplo de ello es su inversión en la estancia Pranges, un importante establecimiento inglés en Nueva Palmira, Uruguay, que operaba como compañía pública registrada en Londres. Durante un viaje a Argentina en 1893, Darbyshire visita esta estancia, administrada entonces por J. Ricketts, también administrador de las estancias de Liebigs e importante especulador en tierras en Argentina. Obtuvo entonces una muy buena impresión de sus alfalfares y sus planteles ovinos y bovinos de pura raza: “Al verlos –dice– llegué a la conclusión de que esta propiedad debía redituar una jugosa ganancia sobre el capital invertido, y que año tras año aumentaría de valor; realicé una importante adquisición de acciones y no he tenido motivo para arrepentirme de ello”.[33] Tras haber realizado su inversión en el período de depresión de los valores rioplatenses en las bolsas europeas que siguió a la crisis de 1890, sin duda los beneficios deben haber resultado cuantiosos, pero se requería un adecuado conocimiento de la potencialidad agraria del área y del carácter marginal que la crisis tuvo para dicho sector para arriesgar un importante capital en una inversión de este tipo en aquel período sombrío del desarrollo económico del Plata.

En 1876, muere Don Diego Black. Se crea entonces una compañía pública por acciones en Londres para administrar la estancia Las Cabezas, su propiedad en Entre Ríos. Las acciones de la nueva empresa son distribuidas entre los herederos, todos ellos residentes en Gran Bretaña, y Darbyshire es nombrado presidente del directorio.

Las Cabezas, que abarcaba doce leguas cuadradas y estaba ubicada en el departamento de Gualeguaychú, era una hacienda muy importante para el nivel de Entre Ríos en la época. De acuerdo con un relato de Black a Darbyshire, había pertenecido a los virreyes, estando dotada de las mejores tierras de la provincia. Su nombre provenía de un corral para el ganado hecho de cabezas y caderas de vacas criollas que, por razones de higiene, Black había hecho deshacer al tomar posesión. Este había adquirido la propiedad en 1840, pero durante un largo tiempo no pudo explotarla debido a una ley que prohibía la venta o la marcación de ganado para evitar robos a los estancieros comprometidos en la guerra entre Oribe y Rivera en la Banda Oriental. Debido a ello Black consideró la posibilidad de venderla tras haber recibido una oferta de 3500 libras esterlinas, pero la operación no se concretó por falta de solvencia del comprador. Al restablecerse la paz, Black se afinca en su estancia, marca su ganado bovino, constituido por un gran número de animales criollos totalmente salvajes, e introduce ganado ovino, lo que resultó ser una fructífera innovación en el área. En 1859, cuando Darbyshire visita por primera vez la estancia, esta cuenta con unas 10.000 cabezas de ganado bovino, todavía principalmente criollo, destinadas al mercado saladerista y unas 35.000 ovejas divididas en majadas de 2000 animales, cada una a cargo de un puestero. Darbyshire calcula la población de la estancia en esa época en más de cien personas. Había también allí una agradable vivienda principal de ladrillos –cosa poco frecuente aún en 1859– y una grasería donde se criaban 500 cerdos, alimentados principalmente con los desperdicios de los animales faenados para el consumo diario.

Para 1863, cuando Darbyshire regresa al establecimiento, el número de ovejas llegaba a 60.000, y la mayoría era una buena cruza de Merino con Romney Marsh. Se había construido entonces una nueva vivienda de ladrillos y la estancia estaba cercada y subdividida en potreros. Las esquilas atraían a más de 150 personas “transformando la estancia en una romería”, al decir de Darbyshire. La administración del establecimiento parece haber sido muy progresista y tuvo un papel destacado en la búsqueda de una vacuna contra el carbunclo.

En 1894, durante una breve visita a la Argentina, Darbyshire regresa a Las Cabezas, cuya administración estaba entonces a cargo de Henry Darbyshire, uno de sus hermanos. Este, como hemos visto, había empezado como pastor en el sur de la provincia de Buenos Aires y, después de su paso por Las Cabezas, llegaría a ser propietario de su propia explotación lanera en la Patagonia. Pese a que la visita de Charles Darbyshire se produce en circunstancias adversas, ya que una terrible sequía afligía a toda la región pampeana, la situación general de la explotación había mejorado considerablemente. En primer lugar, la estancia se hallaba entonces próxima a la estación ferroviaria de Basavilbaso, lo que facilitaba las comunicaciones con el mundo exterior y la comercialización de sus productos. Por otro lado, se habían cavado pozos para hacer frente a las sequías, se habían introducido algunos bovinos de pedigree que pastaban en praderas artificiales de alfalfa y el producto de sus cruzas iba reemplazando a los criollos lo que daba un acceso a un mejor mercado. En resumen, en los treinta años que transcurrieron entre las visitas de Darbyshire, Las Cabezas había transformado y modernizado considerablemente su estructura productiva.

Por otro lado, como muchas otras empresas agrarias importantes de la época, Las Cabezas Estancia Company –que tal era el nombre de la compañía londinense– había adquirido también otra propiedad menor, llamada Las Colas, en el sur de Entre Ríos, cerca de Gualeguaychú. Su ubicación, adyacente a una ciudad de relativa importancia y sobre la línea del ferrocarril, la existencia de extensos alfalfares en esta explotación, así como una comparación con otros casos similares –y hasta el nombre, en relación con “Las Cabezas”– sugieren que esta segunda propiedad era utilizada como campo de engorde próximo al mercado para aumentar el peso y mejorar la condición del ganado antes de venderlo.

Finalmente, tenemos otra descripción de Las Cabezas que data de 1909, debida al viajero inglés W. H. Koebel.[34] Para entonces, 273 personas habitaban permanentemente la estancia, y el casco es descrito como de un lujo excepcional. Su centro era una bella mansión rodeada de una arboleda de paraísos; y tenía canchas de tenis y croquet en las cercanías. El llamativo contraste entre esta descripción y el agreste y austero panorama que pinta Darbyshire de su primera visita de 1859 es un buen reflejo de la transformación que se había producido en el campo argentino y sus habitantes en ese medio siglo. También en el aspecto productivo habían ocurrido importantes modificaciones. El incremento del valor del ganado mayor, dada la ampliación del mercado de exportación por la implantación del frigorífico, había hecho que el acento se pusiese ahora en este rubro. Así, la estancia contaba ahora con 19.408 cabezas de Hereford (que H. Darbyshire consideraba más adaptadas a las condiciones de producción de Entre Ríos que los Shorthorn). Los ovinos eran mayormente Romney Marsh, elegidos seguramente por su doble función, y las majadas sumaban ahora 42.262 animales. Había, por otra parte, 3099 yeguarizos, 533 mulas y burros, además de cerdos y aves de corral. Operando independientemente, había cabañas dedicadas a la cría de ganado fino Hereford, carneros Romney Marsh y caballos Yorkshire. Además de la actividad pastoril, se efectuaban tareas agrícolas: 130 cuadras se hallaban arrendadas a cuatro colonos que cultivaban las dos terceras partes con lino y el resto con maíz.

Cuadro I. Rendimiento financiero de Las cabezas estancia company
entre 1879 y 1916

Año

Dividendo anual (%)

Capital (£)

Monto destinado a dividendos (£)

Dividendo como % del capital inicial

Obligaciones del 6% (£)

Obligaciones del 5% (£)

Obligaciones del 4,5% (£)

1879

11,5 60.400 6.946 11,5 15.100

1880

14,0 60.400 8.456 14,0 s.i.

1881

16,0 60.400 9.664 16,0 s.i.

1882

18,0 60.400 10.872 18,0 s.i.

1883

20,0 60.400 12.080 20,0 s.i.

1884

15,0 60.400 9.060 15,0 s.i.

1885(1)

0 80.000 0 0 s.i.

1885-6

8,75 80.000 7.000 11,59 s.i.

1886-7

10,0 80.000 8.000 13,25 36.850

1887-8

12,5 80.000 10.000 16,56 s.i.

1888-9

10,0 80.000 8.000 13,25 s.i.

1889-0

10,0 80.000 8.000 13,25 s.i.

1890-1

10,0 80.000 8.000 13,25 s.i.

1891-2

10,0 80.000 8.000 13,25 29.700 20.300

1892-3

8,75 80.000 7.000 11,59 s.i. s.i.

1893-4

10,0 80.000 8.000 13,25 s.i. s.i.

1894-5

10,0 80.000 8.000 13,25 s.i. s.i.

1895-6

11,75 80.000 9.400 15,56 s.i. s.i.

1896-7

11,25 80.000 9.000 14,90 7.150 39.750

1897-8

11,25 80.000 9.000 14,90 s.i. s,i.

1898-9

11,25 80.000 9.000 14,90 s.i. s.i.

1899-0

13,75 80.000 11.000 18,21 s.i. s.i.

1900-1

11,25 80.000 9.000 14,90 0 32.924 12.536

1901-2

7,5 80.000 6.000 9,93 s.i. s.i.

1902-3

10,0 80.000 8.000 13,25 17.790 24.470

1903-4

10,0 80.000 8.000 13,25 s.i. s.i.

1904-5

13,75 80.000 11.000 18,21 s.i. s.i.

1905-6

10,0 80.000 8.000 13,25 s.i. s.i.

1906-7

9,0 160.060 14.404 23,85 s.i. s.i.

1907-8

9,0 160.050 14.404 23,85 0 36.718

1908-9

10,0 160.050 16.005 26,49 s.i.

1909-0

9,0 160.050 14.404 23,85 32.958

1910-1

8,0 160.050 12.804 21,20 s.i.

1911-2

8,5 160.050 13.604 22,52 0

1912-3

8,5 160.050 13.604 22,52

 

 

 

1913-4

9,0 160.050 14.404 23,85

 

 

 

1914-5

8,5 160.050 13.604 22,52

 

 

 

1915-6

9,0 160.050 14.404 23,85

 

 

 

Total

 

376.122

 

 

 

 

Promedio

 

 

9.898

16,38

 

 

 

(1) Primera mitad del año.
Fuente: Stock Exchange Year Book y Stock Exchange Offícial Intelligence.

Cuando se creó Las Cabezas Estancia Company en 1876, se emitió un capital de 60.400 libras esterlinas que fue distribuido entre los herederos de Black. Además, se lanzaron al mercado 15.100 libras de obligaciones con un interés anual del 6%. Sin embargo, es difícil saber cuál era el valor real de la estancia en el momento de la creación de la compañía, ya que esta operación no representa una transferencia real de propiedad, pero como se trata de una compañía pública, cuyo capital debía ser aprobado por la bolsa, y que además era garantía de las obligaciones, parece posible asumir que el total de sus acciones representaba aproximadamente el valor de la propiedad en el momento de creación de la firma. Este monto se incrementó en 1885, mediante la distribución de nuevos valores entre los accionistas, y el capital total ascendió a 80.000 libras y en 1907, con el cambio de cada acción antigua de 20 libras por ocho nuevas de cinco libras cada una, el capital llegó a 160.550 libras. La compañía siguió utilizando el sistema de obligaciones para obtener capital operativo a bajo costo, y su buen funcionamiento, así como el creciente prestigio en Londres de las inversiones en tierras en Argentina, le permitió disminuir el interés pagado sobre el capital así obtenido.

La tabla que aquí insertamos muestra el rendimiento financiero de la empresa durante el período considerado. La columna cuatro, que representa el monto destinado al pago de dividendos como porcentaje del capital inicial –que, a falta de un indicador más adecuado, tomamos como índice del valor de la propiedad en el momento de formación de la compañía– tiene el propósito de comparar el rendimiento de esta firma con formas alternativas de inversión. En tanto que habitualmente el capital fijo de una empresa tiende a depreciarse con el tiempo, el capital invertido en propiedad rural en Argentina se revalorizaba debido al alza constante del precio de la tierra. Por lo tanto, si bien teniendo en cuenta los costos de oportunidad debe considerarse la primera columna, ya que lo que allí importa es la ganancia obtenida en relación con el capital invertido a su valor de mercado contemporáneo, las cifras de la cuarta columna pueden compararse mejor con el rendimiento que hubiera tenido una inversión igual al valor original de la empresa a una tasa de interés fija. Más aún, el incremento del valor de la propiedad representa en sí otra forma de ganancia. En este caso, el aumento de 100.000 libras en un período de 31 años sería equivalente a una ganancia del 3% de interés compuesto anual sobre el valor original de la estancia. Este incremento se debe substancialmente al aumento del valor de la tierra, aunque en parte puede ser también atribuido a un incremento en las inversiones fijas (pozos y abrevaderos, cercos, depósitos, etcétera) y mejoras en la calidad y la cantidad de animales.

En Entre Ríos, sin embargo, el precio de la tierra no aumentó al mismo ritmo que en otras áreas de la Pampa Húmeda. Para 1870, todas las tierras de la provincia habían sido incorporadas al proceso productivo y, por lo tanto, sus precios no aumentaron luego con la misma velocidad que los de las situadas en la frontera. Más aún, su situación insular le confería ciertas ventajas durante la primera etapa del proceso de expansión argentino –protección contra los indios, facilidad de transporte– que pierden importancia relativa al ser compartidas por otras regiones a partir de la campaña militar de 1879 y la expansión de los ferrocarriles. Por lo tanto, los precios de las propiedades rurales en los años setenta eran más altos que en otras provincias del área –a excepción, claro está, de Buenos Aires– pero no aumentaron a igual ritmo que en regiones más nuevas, como el sur de Córdoba, Santa Fe o los territorios incorporados en 1879. En este contexto, un rendimiento medio del 3% anual compuesto durante un período tan largo, que incluye un hiato de precios estables o incluso decrecientes, a comienzos de la década de 1890, es una ganancia considerable que se suma a la que provenía de las operaciones regulares de la empresa.

La evolución de los montos destinados a la distribución de dividendos –que son el mejor indicador de las ganancias netas de la compañía– debe ser interpretada teniendo en cuenta distintos elementos. Las depresiones de 1885 y 1893 coinciden con dificultades en el mercado de cambios. La caída de la primera mitad de 1885 se debe en parte a un cambio en el año contable de la empresa, pero también a la ley de inconvertibilidad del peso papel en oro y la consiguiente pérdida de valor de la moneda fiduciaria. En estas circunstancias, muchas empresas prefirieron guardar sus ganancias en bancos en Argentina esperando que se reasumiera la convertibilidad, tal como lo había anunciado el Gobierno. En 1887, se hace evidente que el patrón oro no iba a ser reimplantado en el corto plazo. La compañía decide, entonces, cambiar sus ganancias a libras esterlinas, aún con una baja equivalencia del peso m/n, lo que puede en parte explicar el alza de 1888.

Como puede apreciarse, Las Cabezas no sufrió la crisis de 1890 con la misma intensidad que las firmas inglesas que operaban en otras áreas de la economía –en especial las financieras–, lo que confirma la impresión de que la crisis afectó sólo en forma moderada al sector agrario.[35] El nivel relativamente bajo de los dividendos en este período se debe en gran parte al alto premio al oro[36] y a la depresión de los precios agrícolas internacionales. A partir de 1894, los dividendos tienden a aumentar, aunque el nivel se mantiene bajo en los años posteriores a 1895 debido a la sequía de 1894 que menciona Darbyshire.[37] Sin embargo, la tendencia general refleja el desarrollo general positivo de la Argentina en el período y en especial de la producción rural. Las alzas y las bajas en esta etapa se deben fundamentalmente a cambios en las condiciones de producción y de mercado. Por ejemplo, la caída entre 1902 y 1904 se relaciona con el deterioro de los precios del ganado que se produce como consecuencia de la suspensión de las exportaciones de animales en pie al Reino Unido debido a un brote de fiebre aftosa. La caída de 1906 tiene un motivo diferente, la reestructuración financiera de la firma para su reorganización al año siguiente, que requería cierto capital para redimir las obligaciones de cinco por ciento de interés aún existentes.

En general, esta empresa se presenta como una fuente sólida y segura de ganancias. A un rendimiento anual medio del 16,5% sobre el capital original de la compañía puede agregarse el 3% anual proveniente de la revalorización de la propiedad. Esto se compara en forma muy favorable con casi cualquier otra forma de inversión al alcance del público inglés, incluyendo los mejores valores argentinos que cotizaban en la bolsa de Londres. Se trata, además, de .una inversión muy estable, ya que –salvo en la primer mitad de 1885– mantiene siempre una rentabilidad superior a la media, a pesar de la crisis por la que atraviesa la Argentína en la década de 1890.

La disminución de la tasa de interés que la firma pagaba sobre sus obligaciones refleja la buena acogida que estas tenían en la city de Londres y, por lo tanto, el prestigio de la empresa. La posibilidad de emitir obligaciones era una de las ventajas de las compañías inglesas de tierras que operaban en la Argentina comparadas con las firmas locales, ya que ofrecían una fuente de capital operativo a bajo costo. El crédito hipotecario en la Argentina, en especial después de la interrupción del sistema de cédulas con la crisis Baring de 1890,[38] se obtenía a tasas rara vez inferiores al 7% y con mayor frecuencia cercanas al 10%. Sin embargo, contraer una deuda en Londres implicaba el riesgo de tener que devolverla en moneda fuerte, lo que podía producir serias dificultades en condiciones de inconvertibilidad y alto premio al oro. Pero por otro lado, las operaciones hipotecarias en Argentina se realizaban con frecuencia en oro, por lo que también en este caso surgía el mismo problema. Más aún, el premio al oro comenzó a caer a partir de 1894, lo que fue una ventaja para las compañías que habían contraído este tipo de obligaciones y, cuando el patrón oro fue reimplantado en 1899, el problema dejó de existir.[39] Por otro lado, para el inversor londinense, las obligaciones de estancias argentinas eran una inversión bastante segura, con un rendimiento un poco superior a las alternativas domésticas más sólidas y con una garantía hipotecaria en primera instancia sobre una propiedad cuyo valor era muy superior al total de las obligaciones en el mercado.

Espartillar Estancia Company

Las Cabezas presenta una imagen de solidez y prosperidad quizá demasiado optimista para extenderla a todos los establecimientos similares, pero la situación de otras estancias en manos de inversores británicos tiende a confirmar la tendencia general que ella indica.

La Espartillar Estancia Company tiene características generales similares a Las Cabezas. Espartillar era una estancia perteneciente a John Fair, descendiente de una familia de comerciantes ingleses establecidos en el Plata desde inmediatamente después de la revolución de independencia.[40] Se hallaba localizada en el partido de Chascomús y cubría una superficie de seis leguas cuadradas. Hacia 1869, la estancia constaba de 42 puestos con 35.000 ovejas en total y 3000 cabezas de ganado vacuno, incluyendo algunos de raza Durham, en una época en que la raza criolla constituía la casi totalidad del stock ganadero de la Argentina. Esto valió a la explotación el logro de frecuentes premios en las muestras ganaderas de la época.[41] Como podía esperarse, algunos de los puesteros eran escoceses e irlandeses. Había, además, una magnífica mansión a la que se llegaba a través de una estupenda avenida de eucaliptos. Según Mulhall, “la estancia Espartillar es considerada uno de los mejores establecimientos del país”.[42]

En su viaje de 1894, Darbyshire también visitó esta hacienda, ya que formaba parte del directorio de la empresa propietaria.[43] Para entonces, el ganado, que había sido reducido a causa de la sequía, consistía en 40.000 ovejas y 6.000 cabezas de vacunos, mantenidos en buen estado pese a la sequía, mediante pozos y abrevaderos artificiales. La calidad del ganado continuaba estando entre la mejor del país, lo que es confirmado por otras fuentes. W. Walker, un estanciero escocés del partido de Bolívar, hace frecuentes referencias, en su correspondencia, a Espartillar como una estancia de primer orden; y para destacar la calidad de su propio ganado a potenciales compradores señala el hecho de que se trata de la progenie de reproductores comprados allí.[44]

En 1886, Fair decide establecerse en Gran Bretaña y forma una compañía pública en Londres para administrar la estancia. El directorio, presidido por él mismo, incluía –como hemos visto– a Darbyshire y también a W. Wilson, otro gran terrateniente en Argentina y miembro del directorio de varias compañías de tierras inglesas con propiedades en el Plata. El capital de la firma era de 120.000 libras, casi en su totalidad emitido a nombre de Fair. Lamentablemente, pese a ser una compañía pública, hasta 1900 la firma no presentó sus balances e informes anuales a la bolsa, por lo que no existe información financiera para dicho período. El cuadro que insertamos a continuación muestra el pago de dividendos desde 1901 (cuando comienza la información existente) hasta el final del período que estudiamos.

Cuadro II. Dividendos pagados por la Espartillar Estancia Company
entre 1901 y 1915

Año

Dividendo como % del capital emitido

Año

Dividendo como % del capital emitido

1901-2

2,3

1908-9

7

1902-3

5,5

1909-10

7

1903-4

6

1910-11

8

1904-5

8

1911-12

8

1905-6

9

1912-13

8

1906-7

11

1913-14

10

1907-8

9

1914-15

5

Promedio: 7,41%

 

 

 

Fuente: Stock Exchange Year Book, 1902, p. 1550; 1906, p. 1680; 1910, p. 1961 y 1916, p. 1850.

La compañía había emitido, además, 30.000 libras en obligaciones con un interés anual del 5%. Los dividendos pagados a los accionistas, aunque menores que los de Las Cabezas, son bastante altos, y muestran oscilaciones similares a las de la otra empresa. A ello sería necesario agregar la valorización de la propiedad. Lamentablemente, en este caso, no poseemos datos que nos permitan intentar cuantificar dicho proceso pero, teniendo en cuenta las mejoras indicadas entre 1869 y 1894, que sin duda deben haber continuado con posterioridad a esta fecha, y la constante valorización de la tierra,[45] parece posible suponer que la empresa debe haberse beneficiado considerablemente por este proceso.

Santa Isabel

La estancia Santa Isabel, del sur de la provincia de Santa Fe, nos provee de un tercer ejemplo. Walter Larden, hermano de quien fuera su administrador general durante mucho tiempo, nos ha dejado un interesante relato sobre su desarrollo.

En 1882 la firma Drabble (ahora transformada en, o absorbida por United Estancias Company, Ltd.,[46] contrató a mi hermano para que estableciera los límites y evaluara la capacidad productiva de una sección de campo de seis leguas cuadradas que habían adquirido en 1857 y de la que no habían vuelto a preocuparse desde entonces. Poco después recibió una oferta para hacerse cargo de su administración con participación en las ganancias (un sistema aún practicado hoy, y que da muy buenos resultados). Drabble, claro está, proveía el capital necesario para alambrar, erigir las construcciones necesarias e introducir ganados. La propiedad se hallaba a unas 100 millas de Rosario de Santa Fe, no tenía cerco alguno que la delimitara, ni existían alambrados entre ella y la ciudad de Rosario, todo era campo abierto, todo territorio salvaje merodeado por indígenas hacía sólo unos pocos años.[47]

El hermano de Larden se dirige a la propiedad en compañía de peones y alambradores para comenzar el trabajo, y todos deben alojarse en un pobre rancho durante los primeros meses. Su primera tarea consistió en desalojar de la tierra a unos “gauchos” que la ocupaban ilegalmente y también a un hombre “superior”, que ocupaba quince millas cuadradas y que sólo pudo ser desalojado tras un largo juicio sobre límites.

Gradualmente se fueron erigiendo alambrados, comprando animales, levantando construcciones de ladrillos, cavando pozos, y en poco tiempo se había transformado en una propiedad alambrada con su vivienda y su cuadrilla de trabajadores.[48]

Sin embargo, la vida en el campo en esta región era muy dura en la época, particularmente para un inmigrante inglés, acostumbrado a otro tipo de facilidades. Sin leche ni vegetales, alimentándose casi exclusivamente con carne dura de ganado criollo y teniendo que trabajar muy fuerte todo el día a campo abierto, Larden ve muy pocos atractivos en las condiciones en las que vivió su hermano durante estos primeros años.

Walter Larden visitó el establecimiento en 1888 y regresó a él en 1908; nos dejó una muy útil descripción de las transformaciones que tuvieron lugar entre sus dos visitas.[49] Esto no sólo es un buen indicador de la capacidad productiva de la propiedad, sino también de la evolución general del área en el período. Su descripción de Santa Isabel, en 1888, nos deja la impresión de un establecimiento muy primitivo: el casco incluía sólo una pequeña vivienda de ladrillos y dos cobertizos usados como habitaciones para peones y almacenes; sólo el perímetro de la estancia estaba alambrado y su ganado estaba constituido por ovejas y vacunos criollos; la única mejora a la tierra eran dos terrenos alfalfados próximos al casco; la única forma de acceso a la estancia era a caballo desde Rosario.

En 1908 había una estación ferroviaria, Villa Cañas, a sólo 15 millas de la estancia. El casco incluía una residencia amplia y confortable, un gran cobertizo de dos pisos, una herrería y una carpintería y confortables viviendas para los peones solteros. Habitaban allí un contador y un mayordomo de estancia, ambos ingleses, además del administrador general. El resto del campo había sido dividido en potreros; y molinos de viento aseguraban la provisión de agua potable aun en las peores sequías. Había también corrales, pesebres y gallineros. Parte del campo era arrendado a colonos italianos, que tras cultivarlo con cereales durante tres años dejaban las tierras bajo alfalfa. Estas mejoras, según Larden, hicieron que las ganancias aumentaran “a saltos”. En el cuadro que insertamos a continuación hemos tratado de sintetizar la transformación de la estancia entre las dos visitas de Larden.

Cuadro III. Evolución de Santa Isabel entre 1888 y 1908

 

1888

1908

Tierra

45 millas cuadradas (15 aún no ocupadas). Alambrado limítrofe sin divisiones internas.

40 millas cuadradas y 20 más arrendadas a colonos. Tierra dividida en potreros de 1600 acres. Molinos, cisternas, pozos, etcétera.

Casco

Vivienda de 3 habitaciones, 2 galpones.

Amplia residencia principal. Varios galpones, uno de dos pisos. Vivienda para el personal principal. Vivienda para peones solteros.

Personal

Administrador y peones.

Administrador, mayordomo, contador, carpintero, henero, personal de servicio, capataz general, capataz de ovinos, puesteros, encargado de cabaña, peones contratados por mes o por día, cocinero, etcétera.[50]

Bovinos

5650 criollos. Ventas anuales: 400 seleccionados a £ 1 12s. ld. cada uno.

9000 cabezas, mayormente Durham, Ventas anuales: de 1400 a 2000 cabezas, a £ 9 5s. promedio.

Ovinos

1200 criollos. Ventas anuales: 120 a 5s. cada uno. Esquila: no rendía más de £ 100 por año.

10.000 de buena raza, mayormente merino. Ventas anuales: 2000 a 17s. 6d. cada uno. Esquila: 64.000 libras de lana a 7 ½ peniques la libra.

Equinos

425 criollos. 1 reproductor medio Cleveland. Ventas anuales: 35 domados para silla a £ 4. Las yeguas no tienen valor alguno.

630, mayormente Cleveland. Ventas anuales: 170 yeguas y potrillos sin domar. Yeguas a £ 6 10s., potrillos a £ l3 12s. (1 ½ años). Buen potrillo de 2 ½ años: £ 23.

Mulas

Ninguna.

90, de burros españoles y yeguas Cleveland, Ventas anuales: 60, 1 ½ años a £ 13 12s, 2 ½ años a £ 23.

Agricultura

Insuficiente para el consumo de la estancia.

Una cuarta parte de la producción de las 20 millas cuadradas en arriendo, y las tierras alfalfadas después.

Fuente: Walter Larden, Argentine Plains and Andine Glaciers; life on an estancia and on an expedition into the Andes. Londres, 1911.

Los datos presentados, creemos, son bastante claros en cuanto a la evolución del valor de la propiedad y de las ganancias que de ella podían obtenerse. Sin duda, muchas de estas mejoras requerían una considerable inversión de capital y no pueden considerarse ganancias netas pero, como ocurría en la mayoría de las empresas de este tipo, una vez asentadas las bases de la explotación, las mejoras se realizaban por reinversión de ganancias. Por otro lado, la presencia de colonos arrendatarios era también fuente de mejoras que no implicaban costo directo alguno al propietario. Por lo tanto, si bien carecemos de información financiera más adecuada sobre esta empresa, parece bastante claro que en general su tendencia debe haber sido similar a la observada en los casos de Las Cabezas en Entre Ríos y Espartillar en Buenos Aires.

La Germania Estancia Company

El proceso de formación de la estancia La Germania es bastante distinto de los que acabamos de ver. La propiedad formaba parte de una inmensa extensión de 100 leguas cuadradas que la familia Gunther y asociados adquirieron en la provincia de Buenos Aires con el propósito de destinarlas a la colonización, creando la Western Buenos Aires Land Company en 1883. Al igual que muchas otras compañías de este tipo, parte de sus tierras fueron destinadas a la formación de una estancia que en 1899 se transformó en una firma independiente bajo el nombre de Germania Estancia Company.[51] Sus acciones se hallan casi enteramente en manos de los hermanos C. E. y P. L. Gunther, de origen belga, pero residentes en Londres.[52]

La propiedad, que comprendía trece leguas cuadradas, se encuentra en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, en el partido de Villegas, próxima a la estación del ferrocarril de General Pinto. Poco después, el Ferrocarril Pacífico construyó una línea que la atravesaba y establecía una estación dentro de la estancia, también llamada La Germania, que se transformó en centro de un pequeño poblado. En 1903, la estancia, que era considerada una propiedad modelo, fue escogida por el presidente Roca para desarrollar allí parte de los festejos en ocasión del cierre de las negociaciones sobre límites entre Argentina y Chile.[53]

En ese momento, la estancia tenía unas 17.000 cabezas de ganado bovino, en su mayoría Durham cruza con Hereford, 10.000 ovejas, en su mayoría Lincoln, y más de 2000 caballos y yeguas Clydesdale, Hackney y pura-sangre. Había también allí unas 1100 vacas lecheras que proporcionaban materia prima para una fábrica de lácteos que era operada con maquinaria a vapor y un gran número de cerdos, actividad que había comenzado como subsidiaria de la cremería, y que luego se había desarrollado de forma independiente. Como en el caso de Santa Isabel, grandes extensiones de tierra se hallaban cultivadas con trigo, lino y maíz, en gran parte en tierras arrendadas a colonos. Pero en este caso, la estancia les proveía de la más moderna maquinaria agrícola para la realización de sus tareas.

El administrador, Robert Runciman (quien era a su vez un importante propietario rural, que desarrolló más tarde una intensa actividad como representante local de varias firmas inglesas en Buenos Aires) tenía a su mando una docena de ingleses encargados del control general de la empresa y “una pequeña legión de capataces” para dirigir la peonada. Una línea telefónica privada comunicaba la residencia principal con la estación de ferrocarril y, a través del telégrafo, directamente con Buenos Aires. El casco es descrito como un conjunto soberbio de viviendas, huertos y jardines con las mejores comodidades de la época.[54]

Cuando en 1899 se crea en Londres la compañía independiente para que administre la estancia, el capital emitido es de 150.000 libras y se lanzan al mercado al mismo tiempo 50.000 libras de obligaciones con un interés del 5,5 por ciento anual. El Cuadro IV nos muestra los dividendos que pagó la compañía sobre este capital hasta el final del período que estudiamos.

Cuadro IV. Dividendos pagados por la Germania Estancia Company entre 1899 y 1915

Año

Dividendos como % del capital

Año

Dividendos como % del capital

1899-00

3

1907-08

12,5

1900-01

4

1908-09

9

1901-02

5

1909-10

9

1902-03

6

1910-11

6

1903-04

5

1911-12

14

1904-05

0

1912-13

30

1905-06

4

1913-14

33,5

1906-07

10

1914-15

10

Promedio: 10%

 

 

 

Fuente: Stock Exchange Official Intelligence, 1906, p. 802; 1912, p. 657 y 1917,p. 715.

En 1914, la compañía tenía, además, un balance favorable por venta de tierras de 289.647 libras esterlinas. Pero de acuerdo con la descripción de la propiedad que hemos dado más arriba, daría la impresión de que el capital emitido no representa su valor real, por lo que los dividendos pagados anualmente, a excepción de los años 1912-1913 y 1913-1914, parecen ser más bien bajos. Esto se ve confirmado por los montos obtenidos por la venta de tierras que sugieren que el valor de la propiedad era considerablemente superior a 150.000 libras en 1899. Por lo tanto, es engañoso tomar los porcentajes de beneficios como pauta efectiva del rendimiento del capital en este caso, pero sí pueden ser tomados como indicadores de las tendencias generales, que por otro lado parecen coincidir con los ejemplos estudiados anteriormente.

En cambio, lo que resulta evidente a partir de los datos de venta de tierras hasta 1914 es la gran valorización de la propiedad. Esta había sido adquirida originalmente por H. Konings, C. Gunther y M. Kan al Gobierno argentino de acuerdo con las normas de la Ley de Crédito de Guerra de 1878,[55] siendo transferidas a los nuevos propietarios en 1883. De acuerdo con la ley, el total pagado por las tierras fue de 400 pesos fuertes la legua métrica. Cuando en 1884 la propiedad es transferida a la Western Buenos Aires Land Company, se hace a cambio de acciones por un valor de 74.590 libras, lo que es posiblemente una estimación realista del valor de la propiedad; y al crearse la compañía independiente en 1899, se emite un capital accionario por valor de 150.000 libras a nombre de los Gunther, entonces únicos propietarios de la Western, aunque como hemos señalado, ya en ese momento esto debe haber sido bastante menos que el valor de mercado de la propiedad. Como vemos, las 289.647 libras obtenidas por la venta de sólo una parte de las tierras es una ganancia enorme sobre el precio pagado originalmente al Estado, y aun sobre el precio de transferencia a la Western en 1884, máxime si tenemos en cuenta que la porción de tierras que poseía la compañía en 1915 podía rendir 15.000 libras al año.

Las Barrancas Estancia Company

Las Barrancas Estancia Company es otro caso de una hacienda familiar que se transforma en una compañía pública inglesa. La propiedad pertenecía a J. Reid, antiguo administrador de Espartillar. Cuando muere en 1904, sus herederos crean en Londres una compañía pública y emiten acciones por valor de 80.000 libras y 15.000 libras en obligaciones con un interés anual del 6%.[56] En 1901, la compañía había tomado un préstamo de 12.000 libras, también al 6% de interés anual, y tenía hipotecas por valor de 57.619 libras sobre una propiedad adquirida en 1905. El directorio de la compañía estaba formado por P. V. A. Reid, presidente y administrador de la empresa, J .M. Reid, W. Wilson y D. A. Shennan, todos ellos grandes terratenientes.[57]

Para 1910 la deuda había sido reducida a 6.000 libras y la hipoteca a 37.619 libras, en tanto que las obligaciones eran las mismas que en el momento de su creación. Pero durante este período, se había logrado formar un fondo de reserva de 117.585 libras y un fondo especial para pago de dividendos de 10.917 libras, además de distribuir ganancias de acuerdo a lo que puede verse en el Cuadro V. En ese año la firma atraviesa un proceso de reorganización: salda todas sus deudas, redime sus obligaciones mediante el fondo de reserva y emite a sus accionistas un capital de 320.000 libras.[58] La nueva firma recibe el nombre de Reid Estancia Limited.

Cuadro V. Dividendos repartidos por Las Barrancas Estancia Company y por Reid Estancia LTD. entre 1904 y 1914

Año

Dividendo como % del capital accionario

Capital en acciones (£)

Montos destinados al pago de dividendos (£)

Dividendo como % del capital original

1904-05

8

80.000 6.400

8

1905-06

8

80.000 6.400

8

1906-07

8

80.000 6.400

8

1907-08

3

80.000 2.400

8

1907-08

8

80.000 6.400

8

1909-10

s.i.

80.000 s.i.

s.i.

1910-11

4

320.000 12.800

16

1911-12

6

320.000 19.200

24

1912-13

7

320.000 22.400

28

1913-14

6

320.000 19.200

24

Promedio:

6,44

11.289

14,11

s.i.: sin información
Fuente: Stock Exchange Year Book, 1907, p. 1885; 1910, p. 2110; 1912, p. 1960 y 1916, p. 2123.

Para 1914, la compañía había logrado reunir, además, un fondo de reserva de 25.000 libras y había emitido 3000 libras en obligaciones con un interés del 5%.

La propiedad adquirida por Las Barrancas en 1905 consistía en la estancia Los Trebolares, una posesión de 16 leguas cuadradas situada en el Territorio Nacional de La Pampa, sobre el límite de la provincia de Buenos Aires, que había pertenecido hasta entonces a la Pampa Estancia Company. Esta última empresa, creada en 1884, estaba dirigida por el mismo grupo de personas que Las Barrancas, pero el principal accionista en este caso era W. Wilson. Su capital original era de sólo 20.000 libras, siendo aumentado antes de 1900 a 32.500 libras. La compañía había emitido, además, 24.000 libras en obligaciones con un interés del 6%. La propiedad, que fue transferida a la empresa en 1884, formaba parte de lo que en Argentina se había conocido hasta la campaña del General Roca en 1879 como “el desierto”, siendo tierra virgen habitada sólo por indígenas. Durante sus primeros años de operación, por lo tanto, Pampa Estancia Company debió transformar por su propio esfuerzo sus 16 leguas de praderas salvajes en una unidad productiva. Por ello, hasta 1902 la empresa no puede distribuir ganancias a sus accionistas y tan sólo logró pagar los intereses sobre las obligaciones. Sin embargo, en los últimos años antes de su venta comienza a rendir beneficios a sus propietarios: 5% en 1903, 8% en 1904 y 10% al año siguiente. Como vemos, las ganancias iban en aumento, aunque debido al bajo nivel de capital de la compañía, el monto de ellas nunca fue muy significativo.

Cuando finalmente se vende la propiedad a Las Barrancas en 1905, el precio obtenido es de 115.000 libras. Si se descuentan las 24.000 libras que deben utilizarse para la rendición de las obligaciones, la operación deja una ganancia de 91.000 libras, lo que equivale a un interés anual compuesto sobre el capital original del 7,5%. Pero por otro lado, si el valor de la estancia en 1905 era de115.000 libras, las 3.2501ibras que se distribuyeron como dividendo ese año (el 10% del capital entonces emitido) representa sólo un 2,85% del valor de mercado de la propiedad. Por lo tanto, teniendo en cuenta los costos de oportunidad, el rendimiento de la estancia es muy bajo. De esta información surge muy claramente que las ganancias obtenidas por la empresa durante su primera etapa eran absorbidas por las inversiones en capital fijo y la mejora del ganado, aumentando así rápidamente el valor de la propiedad. Esto, junto al incremento del valor de la tierra, representa la parte más substancial de la ganancia de la compañía. Sin embargo, una de las dificultades que esta debe afrontar por falta de ganancias líquidas es la rendición de las obligaciones, las cuales representaban una considerable cantidad de capital que también había sido invertido en el proceso productivo. La compañía había logrado pagar los intereses sobre este capital, pero le había resultado imposible formar un fondo para redimirlas a su vencimiento en 1902. Deben entonces ser renovadas hasta 1905; y el problema sólo pudo resolverse mediante la venta de la propiedad.

Por otro lado, desde el punto de vista de Las Barrancas Estancia Company, vemos que una parte del aumento del capital en acciones cuando la transformación en Reid Estancia Ltd. puede atribuirse a la incorporación de Los Trebolares. La parte restante, 125.000 libras, es un incremento que debe más bien imputarse a una subcapitalización de la empresa en 1904 que a un aumento de una vez y media su valor en los seis años que van hasta 1910.[59] Es precisamente debido a esta subcapitalización que la empresa pudo pagar un dividendo de 8% en casi todos los años hasta su reconstrucción y a la vez acumular un fondo de reserva que le permitió adquirir Los Trebolares y cancelar su deuda en tan corto período. Por otro lado, el rendimiento financiero de Reid Estancia Limited sugiere que la reconstrucción de 1910, con la incorporación de Los Trebolares a su activo, emitiendo un capital de 320.000 1ibras, no fue una sobreestimación de la capacidad de ganancias de la empresa. De hecho, si consideramos un pequeño incremento en el valor de la propiedad, su rendimiento entre 1910 y 1914 parece bastante adecuado.

Por razones de acceso a fuentes, la mayoría de los ejemplos que hemos utilizado se refieren a estancias que eran propiedad de compañías públicas (la excepción es Santa Isabel). Pero a partir de la escasa evidencia de que disponemos, es posible suponer que el panorama general en cuanto a desarrollo y finanzas de las demás estancias en manos inglesas (ya fuesen compañías privadas o propiedades individuales) era bastante similar. El estudio detallado de un caso nos permitirá, en la segunda parte de este capítulo, ver con mayor claridad el funcionamiento de algunos de los mecanismos descritos y profundizar sobre aspectos que hasta ahora sólo hemos tratado tangencialmente, especialmente respecto de la actividad productiva de las explotaciones.

Estructura y administración de las estancias familiares: el caso de las propiedades Walker

Hemos visto en la primera parte de este capítulo la existencia de una importante cantidad de establecimientos rurales en manos de propietarios de origen británico y cómo eventualmente un buen número de ellos fueron transferidos a residentes en el Reino Unido y se transformaron así en inversiones externas. También hemos observado alguna de sus características generales, su desarrollo a través del período estudiado y su evolución financiera, lo que nos permite formarnos una idea bastante aproximada del tipo de ganancias que los propietarios de estas estancias podían obtener. Sin embargo, resulta difícil, debido a la limitación de las fuentes, ahondar más allá de una información muy general sobre la forma en que estas explotaciones operaban, sobre cuáles eran las principales dificultades técnicas y financieras que debían afrontar, etcétera. Afortunadamente, ha llegado hasta nosotros una valiosa colección de correspondencia comercial y otra documentación perteneciente al estanciero escocés William Walker, que nos ha permitido salvar esta dificultad, al menos en este caso.[60] La reconstrucción de la actividad de William Walker como empresario rural nos permite formar un cuadro del funcionamiento de estos establecimientos y extraer ciertas conclusiones acerca de él. Ambos, claro está, sólo tienen valor particular para el caso estudiado. Pero en la medida en que existe coincidencia entre este caso y la información más general de la que disponemos y, más aún, en la medida en que el desarrollo de las propiedades Walker parece responder a una adaptación a las condiciones del mercado más que a decisiones independientes de su propietario, creemos que este estudio puede sugerir ciertas tendencias generales aplicables a la comprensión del conjunto de las estancias británicas en la Argentina y, en muchos casos, a todo el sector rural de la Pampa Húmeda en el período.

William Walker y la formación de sus propiedades

William Walker es un caso muy exitoso de inmigración escocesa de clase media a la Argentina. Nacido el 8 de marzo de 1841 en Kilbirnie, Ayrshire, provenía de una familia inclinada al estudio de la medicina. William mismo, así como uno de sus hermanos y dos de sus sobrinos al menos, fue médico, aunque ni él ni Henry Bird, un sobrino que vino también a la Argentina y actuó como administrador de sus propiedades, ejercieron su profesión en el Nuevo Continente. Sin embargo, a través de la correspondencia, no da la impresión de que se trate de una familia de posición acomodada. Walker debió ayudar financieramente a sus familiares con frecuencia, en particular a sus hermanas solteras después de la muerte de su hermano y de otro de sus sobrinos, también médico, muerto en la guerra Anglo-Bóer.[61]

No tenemos información sobre los primeros años de la vida de Walker. La correspondencia más temprana de la colección data de comienzos de 1883 y, por referencias en ella, nos enteramos de que la formación de una sociedad con Roberto Young para la administración de sus propiedades en Uruguay tuvo lugar a comienzos de 1879. Posiblemente, también en ese año haya comenzado a actuar como administrador de las propiedades de Wilhelm Wendelstadt, pero no tenemos confirmación de ello. De todas formas, tanto por el conocimiento del idioma español como por el hecho de que difícilmente se le encomendara a un recién llegado la administración de varias estancias, debemos suponer que Walker había llegado al Río de la Plata bastante antes de 1879.

La evolución idiomática en la correspondencia de Walker no deja de resultar interesante. En 1883 tenía ya un adecuado manejo del castellano, pero es muy notoria su preferencia por el inglés; y como sus actividades comerciales se desarrollan en buena medida entre miembros de la comunidad británica en el Plata, en estos primeros años, la mayor parte de sus cartas se hallan escritas en este idioma. Con el tiempo Walker irá perfeccionando su manejo del español y esta lengua se hará más frecuente en su correspondencia, aunque nunca libre de errores. En realidad, Walker siempre prefirió utilizar el inglés. Sin embargo, con el tiempo, se va adaptando a la jerga propia de los estancieros anglo-argentinos. Estos utilizaban su idioma natal, pero intercalando con frecuencia vocablos en español o anglizando vocablos argentinos. Así, por ejemplo, la palabra camp, que en su significado original equivale a la nuestra “campamento”, es utilizada constantemente en el sentido de “campo”, término que no tiene equivalente exacto en el idioma británico. Tan grande fue la difusión de este término en los medios comerciales y financieros ingleses vinculados a América Latina, que es frecuente encontrarlo utilizado libremente en ese sentido en la literatura especializada de la época. Aunque con menor difusión, palabras criollas como “estancia”, “casco de estancia”, “aquerenciar”, etcétera, también eran frecuentes en el habla de estos medios.

No sólo en el idioma Walker se mantiene fiel a su tradición británica: sus vínculos estables con Inglaterra incluyen una suscripción al Reform Club de Londres y un seguro de vida en esa ciudad a favor de su familia en Escocia. Más aún, su estilo comercial duro y un desarrollado sentido del ahorro y la ganancia hacen honor a la conocida fama de los escoceses en particular y de los británicos en general. En ocasiones, esta forma de ser produciría roces, no sólo con criollos, sino también con británicos más adaptados a las costumbres locales. Es notorio, sin embargo, que las diferencias radican más en el estilo del trato que en el contenido de la relación. En los medios comerciales locales, el mismo celo por las ganancias era endulzado con un trato mucho más cortés, en tanto que Walker adopta una actitud seca y severa. Esta condice con la austeridad de su estilo de vida –el único gasto suntuario que hemos observado, algo también muy escoces, es en whisky– y de su actividad como administrador, austeridad que impone con mayor rigor aún a sus empleados. Como empresario, Walker muestra más bien una tendencia personal conservadora; pero en un medio dominado por rápidas transformaciones, como el que prevalece en la Argentina de fines del XIX y comienzos del XX, las condiciones del mercado lo fuerzan a introducir frecuentes innovaciones y cambios, que él mismo emprenderá con entusiasmo, una vez convencido de sus beneficios.

La actividad de Walker en Uruguay a partir de 1879 está centrada en la administración de dos grupos de propiedades, la estancia Torre Alta, por un lado, y las estancias Nueva Mehelem y Los Allemanes y la colonia Nuevo Berlín por el otro. El primero pertenecía a Roberto Young y, como hemos señalado, Walker participaba en una sociedad con su propietario para la explotación del establecimiento. Roberto Young era hijo de un inmigrante inglés que había llegado a la Argentina poco después de la revolución de la independencia y había logrado reunir suficiente capital en Buenos Aires a través de sus actividades comerciales para adquirir extensas propiedades territoriales a lo largo del Río Negro en Uruguay.[62] Con el tiempo, estas estancias adquirieron un valor considerable, como lo demuestra una venta realizada por Young padre poco antes de morir, a mediados de la década de 1860. Por ella transfiere una parte de sus tierras, que formaban la estancia Bichadero, a la empresa inglesa Uruguay Pastoral Association por una cifra superior a las 30.000 libras esterlinas.[63] Bichadero, posteriormente adquirida por otra empresa británica, Liebigs Extract of Meat Company, llegó a ser un establecimiento modelo en la zona y dará su nombre a la principal de las estancias de Walker, Nuevo Bichadero. Torre Alta era parte de las extensas propiedades familiares que Roberto Young heredó a la muerte de su padre.

Los otros establecimientos pertenecían a Wilhelm Wendelstadt, empresario alemán que había logrado considerable fortuna en Buenos Aires a través de la Cervecería Argentina de Quilmes, empresa que había formado junto a otro conocido empresario de dicho origen, Otto Bemberg. Antes de abandonar la Argentina para establecer su residencia habitual en Alemania (desde donde efectuó, sin embargo, frecuentes viajes a Londres y Buenos Aires), Wendelstadt realizó importantes adquisiciones de tierras en ambas márgenes del Plata y dejó poderes a Walker para que administrara sus propiedades en Uruguay.[64]

En 1883, murió Roberto Young y se disolvió la compañía con Walker. Torre Alta pasó a ser administrada por la viuda de Young y Walker permaneció a cargo de las propiedades de Wendelstadt.[65] El producto de la disolución de la sociedad fue invertido por Walker en la adquisición de tierras en Argentina y adoptó el mismo curso de acción que seguía con la mayor parte de sus ahorros. Su actividad inmobiliaria se centró en la adquisición de tierras incorporadas por la expansión de la frontera de 1879. En sociedad con Wendelstadt, compró 12 leguas cuadradas en el partido de Villegas, que se suman a otras tres adyacentes que adquirió individualmente de Young. A Jacobo Ricketts –a quien ya mencionáramos como administrador de la estancia Pranges y las propiedades de Liebigs y especulador en tierras– le compró dos leguas en Italó, en San Luis. Pero su operación más importante fue la adquisición de más de tres leguas cuadradas en el partido de Caseros, al sur del río Saladillo en el centro de la provincia de Buenos Aires, donde construiría Nuevo Bichadero, su principal estancia.

A comienzos de 1883 llegó a un acuerdo con un argentino, Manuel Camaño, para la explotación de la última de estas propiedades por medio de un contrato de aparcería.[66] Este arreglo duraría hasta 1896, cuando Walker abandonaría su puesto al frente de las propiedades de Wendelstadt en Uruguay para asumir personalmente la administración de sus estancias en Argentina. Los campos de Caseros fueron poblados con bovinos criollos y ovinos de las razas Romney Marsh y Rambouillet. Los vacunos, y parte de las ovejas, pertenecían a Walker y el resto a Camaño, que recibía una cuarta parte de las ganancias producidas por el ganado mayor y la mitad de la proveniente de los lanares. Walker adquirió también algunos carneros finos Romney Marsh en Gran Bretaña para crear una cabaña de esta raza en Nuevo Bichadero. Durante los primeros años de formación del establecimiento, Walker debió realizar importantes inversiones en ganado y en mejoras –particularmente alambrados–. Por ello se vio forzado a reducir otras áreas de inversión y a concentrar sus recursos en su nueva estancia. Sin embargo, la compra de tierras seguía siendo para él un negocio tentador. En una carta a su amigo Robertson, insiste en la oportunidad de comprar campos en la Argentina. Si él no lo hace en ese momento es porque debe invertir “cada penique de que dispone en la compra de ganado, de lo contrario me uniría a Usted en la adquisición de tierras…”.[67] El acondicionamiento de su campo, sin embargo, fue abaratado por su convenio con Camaño, que estipulaba que en caso de mejoras, tales como alambrados, pozos, etcétera, Walker proveería los materiales y Camaño el trabajo.[68]

Desde el punto de vista financiero, Nuevo Bichadero operó a pérdida durante sus primeros años. Los ingresos de este período fueron reinvertidos en ganado o mejoras a la tierra, por lo que no podían esperarse beneficios líquidos. En cambio, el aumento del precio de la tierra en la provincia de Buenos Aires fue tan rápido en la década de 1880 que ya en 1883 Walker podía comentar: “el campo que compré en Buenos Aires ha aumentado de valor enormemente. Lo que pagué $ 5000 oro la legua cuadrada vale ahora $20.000”.[69]

A fines de 1886, Walker pudo tomar unas breves vacaciones en Europa. Su nueva propiedad estaba ya en marcha: un alambrado perimetral cerraba sus límites y en los campos pastaban numerosos rebaños de ovejas, servidas por carneros de buena raza; las secciones más agrestes del campo se hallaban ocupadas por vacunos criollos. 1886 fue el último año en que Nuevo Bichadero no produjo ganancias.

Cuando Walker regresó al Río de la Plata en 1887, concentró su actividad privada en la adquisición de tierras en Argentina, pero mantuvo su puesto como administrador en Nueva Mehelem y Los Allemanes. Estableció contacto con agentes en Buenos Aires, primero White y a la muerte de éste, en 1891, Farran; y a través de ellos realizaba operaciones inmobiliarias. Su notoria actividad en esta época llevó a un amigo suyo, Robert Stirling, a llamarlo “la segunda edición de Anchorena”. Walker, con la sobriedad que caracterizaba su estilo comercial, agradeció el epíteto y agregó “pero lamentablemente no mejora en nada mi posición económica”.[70] En realidad, las operaciones consistieron mayormente en la adquisición de tierras próximas a las que ya poseía, unificando o extendiendo sus propiedades, algo que había querido hacer hacía ya tiempo, pero que le resultaba imposible por los requerimientos financieros de la etapa de acondicionamiento de Nuevo Bichadero. Al mismo tiempo, logró arrendar para pastoreo las tierras de Villegas, que poseía en sociedad con Wendelstadt, algo que él y su patrón-socio no habían creído posible en tan poco tiempo cuando compraron las tierras a comienzos de la década de 1880.[71] Los ingresos producidos por estos arriendos fueron utilizados para alambrar parte de la propiedad, lo que aumentó su valor y su canon de arriendo sin costo directo para los propietarios.

Pero la operación más importante efectuada por Walker en este período fue la adquisición de un campo de invernada en las cercanías de la ciudad de Buenos Aires. Hacia fines de 1890, cuando el auge de la crisis Baring había restringido las operaciones hipotecarias y deprimido los precios, Walker escribe a varios agentes inmobiliarios indicando que estaba interesado en la adquisición de una estancia pequeña, cercana a la ciudad. Poco después le ofrecen una propiedad conocida como estancia 25 de Mayo, ubicada entre Cañuelas y Monte, a poco más de media hora de tren de la capital. La estancia pertenecía a la Sra. Florence McClymont Frame Thompson, una viuda que pertenecía a la familia McClymont, importantes terratenientes en el partido de Cañuelas. La Sra. Frame Thompson vendía la propiedad para retirarse al Reino Unido, donde algunos años más tarde formaría una compañía privada para administrar otra de sus propiedades, la estancia La Caledonia.[72]

Tras visitar el lugar, Walker toma una decisión favorable a la compra. La propiedad consistía en 1622 hectáreas alambradas, con un modesto casco y su precio era de $ 128.000 papel. El precio era sin duda bajo para una propiedad tan bien situada, pero Walker, un tanto alejado de la realidad económica del momento en los apartados campos orientales, no tuvo en cuenta el impacto de la crisis sobre el mercado financiero, que le ocasionaría serias dificultades para reunir el dinero necesario para la compra. El 27 de febrero de 1891 le escribe a White y le dice que le faltan $ 53.396 para completar la operación y que estaba intentando conseguirlos de algún modo, en tanto Camaño, por instrucciones suyas, trataba de vender la mayor cantidad de ganado posible en Nuevo Bichadero.[73] El 25 del mismo mes había escrito a MacEachen, su agente en Montevideo, para solicitarle que tratara de obtener un préstamo por $ 5000 oro, y le explicaba que “la Trust and Loan Company de Buenos Aires y otros no estaban prestando un penique; su única actividad es recolectar los intereses que se le adeudan y enviarlos a Inglaterra”.[74]

Finalmente, Walker logra obtener préstamos a corto plazo en oro a altas tasas de interés de dos empresas industriales extranjeras que operaban en el Plata; a través de Carlos Rivadavia, administrador de la estancia Bichadero perteneciente a Liebigs, consigue $ 6000 oro a un interés mensual del 1%, pagadero en oro, y a través de Ricardo Wendelstadt, un hermano de Wilhelm que vivía en Buenos Aires y trabajaba para la Cervecería Argentina, obtiene otro préstamo por $ 6000 oro en términos similares de Otto Bemberg. La dificultad para obtener efectivo y la severidad de los términos de los préstamos para un estanciero de tan buena posición y tan bien conectado como Walker muestran la profundidad de la crisis financiera; lo sorprendente, sin embargo, es cómo, pese a ello, un año más tarde pudo saldar sus deudas, lo que sugiere que, aunque indudablemente la crisis de 1890 tuvo un profundo impacto en toda la economía, sus efectos fueron mucho menos significativos en el sector agrario, que pudo mantener en buena medida su proceso expansivo a pesar de las dificultades financieras.

El motivo de la compra de la 25 de Mayo se hace claro en relación con la actividad de Walker como administrador de las propiedades de Wendelstadt. Casi al mismo tiempo en que Walker realiza esta operación, sugiere a su empleador la compra de tierras próximas a Montevideo que sirvan de campo de engorde para el ganado de Nueva Mehelem y Los Allemanes, disponiendo así de un mercado alternativo para su ganado. Hasta entonces, éste había sido adquirido casi exclusivamente por la fábrica Liebigs en Fray Bentos. Wendelstadt realiza la compra, obteniendo excelentes resultados. Dos años más tarde, Walker comenta a Camaño que los animales que envió a Curupí (la invernada de Wendelstadt) se vendieron en Montevideo entre $ 18 y $ 30 uruguayos oro, en tanto que Liebigs estaba pagando tan sólo $ 11 por novillo y $ 7 por vaca en Fray Bentos.[75] De la misma forma, la 25 de Mayo debía servir de campo de engorde a Nuevo Bichadero, preparando la hacienda para su venta en Buenos Aires.

Pero el esfuerzo financiero de la compra y la crisis en Buenos Aires retrasaron esto durante un tiempo y Walker debió dar en arriendo la estancia de Monte hasta estar en condiciones de ponerla en funcionamiento con su propio capital. Con la esperanza de poder hacerlo en un futuro muy cercano, sin embargo, evitó en un principio entrar en un contrato de arriendo prolongado. Pero en 1894 llega a la conclusión de que le será imposible hacer uso de la 25 todavía por algún tiempo, firmando entonces un contrato por cuatro años, bajo el cual el arrendatario debía efectuar ciertas mejoras para las que Walker proveería el material.[76]

Al mismo tiempo, Walker comienza a preparar las condiciones para dejar su puesto como administrador de las propiedades en la Banda Oriental y dirigir sus propios negocios en Argentina. En 1893 su sobrino, Henry Bird, viene de Escocia a ayudarle y se va a vivir a la estancia de Caseros, donde comienza su aprendizaje como estanciero y realiza preparativos para hacerse cargo del establecimiento en reemplazo de Camaño. En los años siguientes, se construye una vivienda adecuada en la estancia y los libros del establecimiento son puestos en orden por Farran, el agente de Walker en Buenos Aires, de forma tal que en 1896 Walker puede liquidar su sociedad con Camaño y establecerse en su propiedad en el sur de Buenos Aires.

Desarrollo de Nuevo Bichadero

Cuando Walker llegó a Nuevo Bichadero, la propiedad se extendía en un área de 8344 hectáreas y tenía tan sólo un alambrado perimetral y dos divisiones internas.[77] La tierra estaba bien adaptada a la producción ganadera, contaba con varias aguadas permanentes, incluyendo un espejo de agua conocido como Laguna de Juancho, lo que solucionaba en buena medida el problema de proveer de agua al ganado.[78] Sin embargo, se requería una inversión considerable para poder aprovechar el campo en su capacidad productiva plena. Durante los primeros diez años de la administración personal de Walker, se efectuó esta transformación y para fines de la década de 1900 Nuevo Bichadero era una estancia bien desarrollada para los usos del momento. La propiedad había sido dividida en varios potreros de unas 500 hectáreas cada uno. Había potreros menores sembrados con alfalfa para el ganado fino y una importante sección de uno de los potreros mayores se destinaba a agricultura; se había comprado e incorporado al alambrado un sobrante[79] lindero y se erigieron molinos para proveer de agua a los potreros que habían sido separados de las aguadas naturales por los nuevos cercos. Se habían construido galpones para la lana y los productos agrícolas y había una quinta de hortalizas junto al casco. Casi todas las mejoras, incluyendo los alambrados, estaban aseguradas.

Estas tareas insumieron gran parte del tiempo y la dedicación de Walker. En junio de 1898, por ejemplo, escribe a R. Wendelstadt que “debido a un retraso en las importantes mejoras que estoy realizando, y que requieren mi supervisión y estudio personal, me es absolutamente imposible alejarme de aquí hasta que hayan sido completadas, cuando espero poder visitarlo durante un largo período en la ciudad”.[80]

Las facilidades de transporte también evolucionaron considerablemente en este período. Hasta fines de la década de 1890 la propiedad se hallaba separada de la estación de ferrocarril más cercana, La Madrid, por el río Saladillo, lo que dificultaba enormemente el transporte de provisiones y ganado (especialmente ovino) de la estancia y hacia ella en condiciones de crecida. Hacia fines del siglo, el Ferrocarril del Oeste construyó una extensión a Guaminí, que no sólo se aproximaba mucho más a la estancia en la estación Daireaux, construida en 1899, sino que evitaba definitivamente el problema de las crecientes.

En lo que respecta al valor de la tierra, excluyendo las mejoras, ya hemos visto que Walker abonó $ 5000 la legua cuadrada en 1881 y que dos años más tarde estimaba su valor en $ 20.000 la legua. En 1901, la valuación de la tierra para el pago de la contribución directa aumenta considerablemente; y Walker logra una reducción a través de un agente en la cabecera del partido. En esa ocasión, Walker estima el valor de su tierra en $ 40.000 papel ($17.777 oro) la legua; la valuación no parece muy desacertada ya que es aceptada por la comisión que establecía los montos para el impuesto.[81] Pero en los primeros años del siglo XX, se produjo una notable expansión de los precios de la tierra; y para 1905 la propiedad de Walker fue valuada oficialmente para contribución directa en $ 100.000 papel ($ 44.444 oro) la legua.[82] Vemos así que entre 1881 y 1905 la tierra había aumentado su valor a una tasa equivalente a un 13,5% de interés anual compuesto en papel, o a un 9% si tomamos en cuenta los valores oro.

Sin embargo, esta cifra puede resultar engañosa. Aun cuando la estimación que hace Walker en 1883 haya sido un tanto exagerada, el incremento en el valor del precio de la tierra que trataba de mostrar es esencialmente cierto y coincide con otra información sobre tierras de frontera en el período. Esta rápida alza tuvo lugar durante los dos primeros años luego de su adquisición, algo habitual en condiciones de frontera, en las que tierras adquiridas bajo condiciones aún inciertas y la abundancia de oferta del período inmediatamente posterior a la expansión, aumentaron rápidamente su valor en la medida en que fueron siendo pobladas y ocupadas por la ganadería. El partido de Caseros se halla localizado sobre la frontera anterior a 1879; al verse libre de la amenaza de los indios, fue rápidamente incorporado a la producción.[83] Hemos visto cómo el mismo Walker ya había poblado su campo con ovejas en 1883. Por lo tanto, el alza de valor de la propiedad entre 1881 y 1883 debe relacionarse fundamentalmente con la particular locación de frontera de la tierra y, por lo tanto, no representa una tendencia general en la evolución del valor de la tierra en el período.

En realidad, ya antes de que Walker adquiriera sus campos en 1881, se había producido un enorme aumento del valor de la propiedad inmueble en la zona. Las tierras incorporadas por la campaña de Roca fueron vendidas por el Estado a $ 400 fuertes la legua a partir de 1879, de acuerdo con el sistema establecido por el llamado “crédito de guerra”; dos años más tarde, una vez adjudicadas, las de mejor ubicación podían ser negociadas en el sector privado a más de doce veces su costo original. Pero aun sin considerar este notable incremento, esencialmente vinculado con la especulación en tierra de frontera, el aumento del precio de la tierra siguió siendo una importante fuente de ganancias.[84] Estimando el valor de la propiedad un poco por debajo del cálculo de Walker en 1883, digamos en unos $ 15.000, vemos que entre esa fecha y 1901, cuando fue valuada en un equivalente a $17.777 oro, su valor se había mantenido estable. Sin embargo, al respecto hay que tener en cuenta que el precio de 1901 todavía refleja, en alguna medida, las secuelas de la crisis Baring, que es probable que dicha valuación haya sido inferior al verdadero valor de mercado de la propiedad, y que el impuesto se pagaba sobre el valor de la tierra sin mejoras: En los años siguientes, superados ya definitivamente los efectos de la crisis, la propiedad vuelve a incrementar rápidamente su valor y así, para 1905, aunque la cifra de que disponemos también es una valuación para contribución directa, vemos que la propiedad había triplicado el precio estimado por nosotros para 1883, lo que equivale a un interés anual compuesto de casi un 6% sobre el valor oro.

Además del aumento del valor de la tierra misma, se produce un notable aumento del valor del activo de la estancia por las mejoras introducidas al inmueble. Estas tenían particular incidencia en relación con los precios hipotecarios deprimidos que prevalecieron durante buena parte del período. En 1897, Walker asegura la vivienda y los galpones contra incendio, al valuarlos en $ 50.000 papel y al aumentar su valuación un año más tarde a $ 55.000, pese a la revalorización de la moneda en ese período. A estas debemos agregar otras mejoras, tales como alambrados, pozos, abrevaderos, tierras cultivadas, puestos, etcétera, por lo que bien podemos estimar el valor del total de las mejoras en ese momento por encima de los $ 100.000, es decir, más de un tercio del valor de la tierra misma. Sin embargo, con el boom de los precios inmuebles de principios de siglo la proporción puede haber caído un poco, a pesar de la introducción de nuevas mejoras.

Cría de ovinos

Junto a la tierra y las mejoras, el tercer elemento de capital en una estancia era el ganado. En el momento de la formación de Nuevo Bichadero, Buenos Aires estaba aún en pleno auge del período lanero, por lo que se prefería la cría de ovinos –particularmente las variedades de Merino, que proveían una fibra fina y larga, de alto valor– al ganado mayor. Sin embargo, era entonces práctica usual instalar primero en tierras nuevas vacunos criollos, para que consumieran los pastos más duros y altos, antes de introducir los ovinos.[85] Posteriormente, se mantenía una combinación de ambos, ya que en praderas naturales no compiten por las mismas pasturas. Este fue el camino que se siguió en Nuevo Bichadero, aunque el período de preparación de las tierras con bovinos fue muy corto. Lo que es una excepción en este caso es la raza de lanares escogida por Walker. Como hemos dicho, las distintas variedades de Merino dominaban la provincia de Buenos Aires hasta mediados de los años ochenta. Sólo entonces comenzaron a ser gradualmente desplazados por los Lincoln, en la medida en que el incipiente comercio de carne ovina congelada creó un nuevo mercado para capones gordos, creando así condiciones favorables para razas con cuerpos más grandes, aunque de lanas más burdas. Pese a ello, Walker introdujo en su campo Romney Marsh, una oveja de doble propósito, con lana semifina que obtenía precios relativamente buenos y capones que podían ser engordados para el mercado de exportación de carnes sin mayores dificultades.[86] Walker había introducido también un cierto número de Lincoln, en tanto que Camaño había preferido las más habituales Rambouillet (merino francés). Esta preferencia, quizás algo caprichosa, de Walker por las razas de origen británico le resultaría muy beneficiosa, ya que eventualmente la evolución del mercado lo pondrá en excelente posición para la realización de sus productos ovinos.

Los cuadros que insertamos a continuación presentan los datos de evolución del stock ovino y los resultados de las esquilas.

Cuadro VI. Recuent anual de ovinos en Nuevo Bichadero 1897-1903 (31 de mayo)

Año

N.°. de lanares*

Carneros finos**

1897

5.816

s.i.

1898

10.827

17

1899

13.703

25

1900

9.607

26

1901

10.571

24

1902

11.093

19

1903

11.064

14

* incluye los carneros.
** sólo animales importados.
Fuente: Archivo Walker, E1, 18/6/97; C1, 31/5/98; C2, 31/5/99; C2, 31/5/00; C3, 31/5/01; C3, 31/5/02; C3, p. 914.

Cuadro VII. Esquila en Nuevo Bichadero, 1896-1903

Año

Animales esquilados

Esquila total (kg.)

Lana per cápita* (kg)

Ingreso bruto ($m/n)

Gasto de ventas ($m/n)

Ingreso neto ($m/n)

Precio medio cada 10 kg ($m/n)

1896

8.161

15.461

2.45

11.008

vendida en estancia

11.008

7.12

1897

11.789

23.407

3.04

13.936

vendida en estancia

13.936

5.95

1898

13.107

26.233

2.42

16.916

vendida en estancia

16.916

6.44

1899

14.254

27.739

2.24

30.841

3.250

27.397

9.87

1900

11.836

24.371

2.58

vendida en estancia

Liverpool

8.606

3.54

1901

13.335

28.366

2.70

12.138

2.575

9.562

3.37

1902

13.126

25.546

2.52

16.839

2.031

14.183

5.55

1903

12.220

26.336

2.65

18.119

vendida en estancia

18.119

6.88

* Para este promedio no se toman en cuenta los corderos. La misma tabla, discriminando entre animales adultos y corderos, puede verse en la pág. 59 de la tesis doctoral del autor, “British lnterests in Argentine Land Development, 1870-1914. A Study of British Investment in Argentina” (Oxford, abril de 1981).
Fuente: Archivo Walker, H1, pp. 137-138.

Por los datos del cuadro VI podemos ver que, entre 1897 y 1899, se produce un repoblamiento de Nuevo Bichadero, que había perdido la mitad de sus majadas al disolverse la sociedad con Camaño en 1896. Durante ese período, las ventas anuales son muy escasas (sólo algunos capones Lincoln), y permanece en el campo la mayor parte del aumento natural de las majadas; se realizan también algunas compras de ovejas. A partir de 1900, estando el campo adecuadamente poblado, Walker vende cada año un importante número de capones, lo que produce un significativo ingreso para la estancia, compensando hasta cierto punto las drásticas fluctuaciones en el precio de la lana que pueden apreciarse en la última columna del cuadro VII. En relación con los precios, debemos señalar que la calidad de lanas vendidas cada año dista de ser regular y que existe una amplia diferencia de precios entre los distintos tipos de vellón.[87] No era este, sin embargo, el principal factor en la determinación de ingresos por venta de lanas. En 1879, por ejemplo, el año de precios más altos, la lana tipo cruza fina –la mejor producida en Nuevo Bichadero– tuvo el porcentaje más bajo del total de la esquila del período, poco más de un 40%, frente al 75% en 1897, el 68% en 1898 y el 47% en 1901. En las fluctuaciones de los ingresos por ventas de lanas tiene mayor incidencia la situación del mercado internacional que los cambios en las condiciones de producción internas de la estancia, aunque estas últimas debían adaptarse rápidamente a las variaciones del primero.

Vemos así que, en el año crítico de 1900, se nota una clara disminución en el número de animales esquilados, lo que se debe a un aumento de las ventas antes de la esquila. Walker también intenta maximizar las ganancias buscando la mejor forma de comercializar sus lanas. Durante los primeros tres años de su administración directa, vemos que la esquila es vendida en la estancia. En 1899, la perspectiva de una mayor ganancia mueve a Walker a enviar sus lanas en consignación a un agente británico en Buenos Aires, Kelsey, y obtiene buenos resultados. Al año siguiente, conociendo la situación crítica en que se encontraba el mercado lanero porteño, envía su producto en consignación directamente a Liverpool a través de la conocida firma británica Gibson e Hijos, aunque obtiene muy magra compensación por su esfuerzo. El comentario que Walker hace a Farran en dicha ocasión muestra las ventajas que una empresa británica importante podía obtener en sus operaciones laneras, ventaja que él mismo trató infructuosamente de aprovechar:

La gente de Pranges siempre envía sus lanas a casa (Inglaterra) porque tiene accionistas en Liverpool que son comerciantes de lanas y que hacen todo lo posible para obtener un buen precio para las lanas de la compañía, ditto Los Merinos. Yo creía que los Gibson se hallaban en una posición similar.[88]

La venta de los carneros de Nuevo Bichadero tenía menos complicaciones. Se podía realizar por cabeza o por kilo de “carne limpia”,[89] pero en las ventas por cabeza se requería un animal con un peso mínimo de 60 kg. Walker componía sus rebaños para el frigorífico generalmente con animales Lincoln, de lanas más gruesas y cuerpo más grande, pero si las condiciones lo requerían, los Romney Marsh también podían llegar al peso requerido por el mercado de exportación. Por lo general, efectuaba las ventas a empresas británicas: en 1901-1902 la Anglo-Argentine Live-Stock and Produce Agency compró varias partidas de capones a Walker para enviar en pie a Sudáfrica, para proveer de carne fresca a las tropas que combatían en la guerra Anglo-Bóer, pagando un precio de entre $ 6 y $ 7,50 por cabeza. Al año siguiente, sin embargo, Walker descubre que puede obtener mejores precios por sus animales de los frigoríficos, vendiendo por kg de “carne limpia”; en una venta que realiza de esta forma a la River Plate Fresh Meat Company, logra un precio medio de $ 10 netos por cabeza. Así, la venta de capones, aunque nunca llega a ser un elemento preponderante en los ingresos del establecimiento, logra compensar hasta cierto punto las fluctuaciones que se producían en las ganancias provenientes del comercio de lanas.

Otro aspecto de la producción ovina de la empresa Walker era su pequeño plantel de animales Romney Marsh de pedigree. Desde los comienzos de Nuevo Bichadero, Walker adquirió un reducido número de carneros finos, principalmente con el propósito de mejorar sus majadas. Luego de haber asumido personalmente la administración de su campo, intensifica esta actividad mediante la compra, en 1896, de varios animales importados –comprados a la Anglo-Argentine Live-Stock and Produce Agency–, y unos años más tarde su cabaña producía suficientes reproductores finos corno para permitirle un número reducido de ventas cada año. Walker trató incluso de registrar su plantel en la English Romney Marsh Breeders Association, pero fue rechazado debido a que para hacerlo sus animales debían estar en Gran Bretaña para ser inspeccionados; pese a ello, Walker fue admitido personalmente como miembro de la asociación.

Los ovinos proveían también la mayor parte de la carne consumida en el establecimiento, lo cual no sólo era importante porque la carne constituía el principal elemento de la dieta del campo argentino en la época, sino también porque casi todos los convenios de trabajos a realizar en la estancia incluían la obligación por parte del propietario de proveer de carne a los trabajadores. A este propósito se destinaban las ovejas viejas, que ya no eran aptas para la reproducción, y se obtenía además un modesto ingreso adicional por la venta de las pieles, tanto de estos animales como de los muertos por otras causas, tales como epizootias, heladas (especialmente luego de la esquila), sequías, etcétera. Estas pérdidas alcanzaban algunos cientos de cabezas al año, un porcentaje relativamente bajo cuando se lo compara, como veremos más adelante, con las pérdidas que tales causas ocasionaban a las grandes compañías inglesas de los Territorios Nacionales del Sur de la República.

Cría de vacunos

Aun durante el período dominado por la producción lanera en la provincia de Buenos Aires, y como complemento natural a la cría de ovinos, una estancia de considerable importancia como Nuevo Bichadero mantenía, además, un cierto número de vacunos y caballares. Walker no fue excepción a esta regla; utilizó primero ganado criollo para preparar su campo para las ovejas y, una vez terminada esta operación, mantuvo una importante manada de esta especie como así también un cierto número de yeguarizos. El cuadro que insertamos a continuación muestra la evolución en el número de bovinos y equinos de acuerdo con los recuentos anuales.

Cuadro VIII. Recuento anual de bovinos y equinos en Nuevo Bichadero, 1897-1903
Año Bovinos Toros Equinos

Reproductores

1897 3.111 s.i. 460 1
1898 4.392 44 620* 1
1899 4.496 58 737 1
1900 2.734 54 756 2
1901 2.520 s.i. 756 2
1902 2.696 50 1.019 2
1903 2.987 74 1.105 7

* De los 620 equinos, 120 estaban amansados, 77 como caballos de silla y el resto de tiro, usados para los carros, norias, arados, etcétera.
Fuente: Archivo Walker, E1, 18/6/97; C1, 31/5/98; C2, 31/5/00 y C3, 31/5/01, 31/5/02 y p. 914.

La cría bovina no alcanzó en Nuevo Bichadero, en el primer período, la importancia de la actividad lanera, ya que la estancia se hallaba demasiado distante de Buenos Aires para haberse beneficiado de la influencia renovadora de la evolución de la demanda de carnes en el mercado porteño en la última veintena del siglo XIX, que constituyó el primer estímulo para la mejora del ganado en la provincia. Por ello, hasta el momento en que Walker se hace cargo personalmente de la administración de su propiedad, su plantel vacuno estaba formado por ganado criollo semi-salvaje. A partir de su llegada, bajo el estímulo del creciente comercio de ganado en pie con Gran Bretaña, Walker comenzó un proceso de refinamiento de su hacienda mediante la adquisición de toros de mejor raza –Hereford y Durham– a conocidas cabañas, incluida, como hemos visto, a la inglesa Espartillar Estancia. Pero a diferencia de algunos de los carneros o caballos enteros adquiridos por Walker, los toros comprados no fueron en ningún caso animales de pedigree; se trataba más bien de buenos productos de un largo proceso de cruza. En realidad, Walker nunca se decidió o (lo que es más probable) nunca estuvo en condiciones de realizar inversiones importantes en la mejora de su ganado mayor, por lo que su evolución fue más bien lenta. Esto le ocasionó serias dificultades para la realización de sus productos a precios remunerativos, en un mercado en el cual los animales inferiores perdían terreno rápidamente. La respuesta de Walker fue la reducción de sus manadas mediante la liquidación de los peores animales (lo que puede observarse en el cuadro VIII a partir de 1900), para aumentarlas sólo en la medida en que su ganado tuviese suficiente cruza como para ser engordado para el mercado frigorífico, que reemplazó a la exportación en pie a comienzos de nuestro siglo. Este proceso, como veremos, se halla estrechamente vinculado con las dificultades experimentadas por Walker como invernador en la estancia 25 de Mayo.

25 de Mayo, un campo de invernada

A fines de 1897, el agente de Walker en Buenos Aires, J. Farran, le sugiere que cuando expire el contrato de arriendo de la 25 de Mayo, a fines de ese año, debería tratar de hacerse cargo del establecimiento él mismo, en lugar de volver a arrendarlo. La estancia podía constituirse en una buena invernada para la hacienda de Caseros y el capital necesario para operarla se podía obtener de la venta de parte de las tierras de Walker en Villegas. Estas, es cierto, se hallaban arrendadas, pero la renta que originaban no correspondía en forma alguna a los intereses sobre su valor de mercado; suponiendo un valor de $ 40.000 la hectárea, argüía Farran, rendían apenas un 4% una vez deducida la contribución directa, etcétera.[90] Sugería a continuación que podía encontrar un capataz recomendable para poner la estancia en operación si Walker estaba de acuerdo.

Pero Walker no estaba dispuesto a deshacerse de su propiedad en Villegas; prefería esperar a estar en condiciones financieras de operar la 25 sin necesidad de recurrir a la venta de tierras. Sin embargo, estaba muy interesado en tomar control de su invernada tan pronto como fuera posible; logró negociar entonces un contrato de arriendo por dos años a una tasa de $ 15 por hectárea, incluyendo la obligación por parte del arrendatario de plantar tres cuadras de alfalfa cada año. De esta forma, Walker logró reunir un capital importante durante los dos años de arriendo, lo que le permitiría hacerse cargo del campo al finalizar el contrato. Por otro lado, la renta implicaba un buen ingreso sobre el capital invertido, ya que rendía $ 14.250 por año sobre una propiedad que había costado $ 128.000 en 1891 y que aún estaba valuada en esa cifra para contribución directa en 1905.[91] Un año más tarde, sin embargo, la rápida caída del premio al oro –que implicaba una redistribución de ingresos en contra de los sectores productores de bienes exportables y que llevó, finalmente, debido a la presión del sector rural, a la reimplantación del patrón oro en 1899– afectó severamente los ingresos de los arrendatarios rurales e implicó un reajuste de los cánones. En esta oportunidad, por consejo de Farran, Walker redujo la renta de la 25 de Mayo en un 10%.

Finalmente, al concluir el contrato en enero de 1900, Walker estaba en condiciones de operar la 25 “como una invernada para las haciendas de aquí”.[92] Llegó entonces a un acuerdo con J. B. MacDonald, un escocés residente en Argentina, para que administrara la estancia; por el contrato MacDonald recibía en pago un salario de $ 150 por mes, además de la vivienda y la carne para el consumo de su familia. Junto a él trabajarían dos peones, un chico encargado del agua, con un salario de $ 25 por mes y un puestero a $ 35 por mes. Walker insistía en la necesidad de hacer una administración económica para que le resultara ventajoso hacerse cargo de la propiedad, ya que la renta que había dado era buena y su receptividad no era superior a una cabeza de ganado bovino por cuadra. Esto podía mejorarse cultivando toda la tierra con alfalfa, “pero eso llevará tiempo y mucho dinero”.[93]

En ese momento, la 25 consistía en 1611 hectáreas divididas en siete potreros (dos mayores, de 566 y 338 ha respectivamente, tres de aproximadamente 200 ha cada uno y dos chicos de unas 50 ha), de los cuales sólo 12 se hallaban cultivadas con alfalfa. Cinco hectáreas se habían destinado para el casco y el huerto. Pese a la intención de Walker de hacer la mayor economía posible, resultó imprescindible introducir ciertas mejoras en esta primera etapa, incluyendo parvas de alfalfa, pozos entubados en todos los potreros y un sistema de drenaje para algunas de las tierras más bajas que acumulaban mucha agua en las temporadas de lluvia.

MacDonald se hizo cargo del lugar en febrero de 1900 y poco después Walker le envía dos tropas de vacunos de Nuevo Bichadero y un importante número de ovejas, hasta colmar la capacidad de la 25 de Mayo. Este primer lote estaba compuesto mayormente por ganado de baja calidad y en muy pobre condición.[94] Así, de la primera tropilla enviada, que incluía 156 vacas y 338 novillos, llegaron tan solo 150 vacas y 324 novillos a la 25; algunos debieron ser abandonados incluso antes de salir de los terrenos de Nuevo Bichadero. El costo de arrear el ganado durante los 10 días de travesía que separaba las dos propiedades de Walker fue de aproximadamente $ 1,50 por cabeza, debido principalmente al salario de cinco peones ($ 70 cada uno) y de un capataz ($ 105), y el costo de la guía ($ 105).[95] El segundo arreo consistió en 235 novillos y 135 vacas viejas, y llegaron a la 25 sin sufrir tantas pérdidas. Los ovinos eran mayormente capones y algunas ovejas viejas para consumo en la estancia, y fueron llevados a Monte por ferrocarril.

Pero aunque el precio del ganado no era bajo en 1900 y a comienzos de 1901 –pero posteriormente se deprimió primero por la epidemia de aftosa y luego por la clausura de los puertos británicos al ganado en pie de Argentina debido a esta enfermedad–, MacDonald tiene considerables dificultades para vender la hacienda de la 25 a un precio que compense los costos de operación de la estancia. Para mantener el nivel de ingresos producido por el arrendamiento, Walker necesitaba obtener una ganancia que no fuera inferior a $ 1.000 por mes.[96] Pero cargar un campo de engorde con ganado criollo y mestizo de baja calidad, y ovinos, no era la forma de aprovecharlo al máximo de sus posibilidades. Los novillos chicos y ovinos de Nuevo Bichadero, que no eran aptos para el mercado de exportación, no podían lograr un precio que compensara el costo de transporte de Nuevo Bichadero a la 25 de Mayo y de allí a Buenos Aires, el costo de operación de la 25 y el costo de oportunidad implícito en la renta de la estancia. La venta de capones resultó algo más ventajosa, pero su precio cayó junto con el precio de la lana. Más aún, la posibilidad de engorde de los ovinos no era suficiente para compensar el costo de mantenerlos en las valiosas tierras de invernada de las proximidades de Buenos Aires.

Walker se percató de su error y cambió muy pronto la política administrativa de su campo de engorde. Los criollos de Nuevo Bichadero que habían sido llevados a la 25 se fueron vendiendo lentamente y no fueron reemplazados por ganados del mismo origen. Esto trajo serias complicaciones a la 25, que entró en un período de transición con pocos animales sobre sus pasturas, lo que implicaba nuevas pérdidas. Más aun, dado el escaso número de animales, algunos de los potreros se cubrieron con pastos duros y hubo que traer una tropilla de yeguas de Caseros para que comieran la paja alta, lo que implicó nuevos gastos y disminuyó la capacidad receptiva disponible en la propiedad de Monte. En diciembre de 1900, Walker realizó algunas compras de novillos tipo invernada de mejor calidad que sus animales de Nuevo Bichadero y los envió a engordar a la 25. Los resultados de esta operación fueron mejores que los anteriores, pero el nuevo ganado, también compuesto por criollos y mestizos, todavía no era de la calidad requerida para compensar los costos de un campo de invernada. Finalmente, Walker llega a la conclusión de que sólo se debía engordar en la 25 ganado tipo exportación y que no debía haber allí más ovejas que las destinadas al consumo de la estancia.[97] Los capones tipo exportación engordaban en las nuevas praderas de alfalfa de Nuevo Bichadero y de allí se enviaban por tren a Buenos Aires con muy buenos resultados.[98]

Al mejorar la calidad del ganado de invernada, los beneficios de esta actividad también aumentaron, pero Walker debió hacer frente a nuevas dificultades. Para obtener los mayores beneficios de la 25 de Mayo, era necesario mantenerla constantemente poblada con unas 1000 cabezas de ganado de primera calidad, lo que implicaba una considerable inversión. Walker se vio forzado a recurrir a varios préstamos –algo que siempre había tratado de evitar–. Y al concluir el ciclo de engorde de cada lote, las condiciones de mercado determinaban el nivel de ganancias que obtendría por su inversión.

La comercialización del ganado

La compra de animales de invernada se efectuaba en pequeños mercados locales donde los criadores de la región que no poseían su propia invernada llevaban sus haciendas para la venta a invernadores. Estos, a su vez, tras la venta de un lote de animales terminados, debían volver a poblar inmediatamente su campo. Para ello, si no disponían de sus propios animales de invernada, podían llegar a un acuerdo con algunos criadores para adquirir sus animales, pero lo más habitual era que recorrieran los mercados locales en busca de la hacienda que necesitaban. Otra posibilidad era contratar los servicios de un agente ganadero, cuya tarea era precisamente recorrer las ferias locales, y que este se encargara de adquirir cierto número de cabezas, siguiendo la especificación del tipo de animal que se necesitaba y del precio que se estaba dispuesto a pagar. Si la compra era muy importante, el agente cablegrafiaba al estanciero las condiciones y si le interesaban, este viajaba personalmente a inspeccionar el ganado y concluir la operación. En caso contrario, el estanciero enviaba una carta de crédito al agente, quien compraba los animales y los hacía enviar a la estancia.

Pero el momento crucial para los invernadores en ese período era el de la venta de sus animales. Había, básicamente, tres formas de vender ganado gordo en Argentina a comienzos de siglo: enviarlos para su venta en subasta pública a Buenos Aires o a la tablada local, venderlos en la estancia o enviarlos al frigorífico conviniendo un precio por kg de carne limpia. La primera de estas opciones era la más simple y la más generalizada, pero implicaba un riesgo considerable: los precios en las ferias de ganado podían sufrir serias fluctuaciones, no sólo de acuerdo con las tendencias más generales del mercado, determinadas por la demanda internacional y el ciclo ganadero argentino, sino también en forma mucho más coyuntural y errática. Las causas de estas variaciones de corto plazo son difíciles de determinar: fluctuaciones en las condiciones financieras, variaciones en el precio de la tierra y en las rentas, conflictos locales en los ferrocarriles u otros sectores relacionados, la llegada inesperada de un buque frigorífico, entre muchos otros, son los factores que pueden afectar la oferta y demanda de animales de un cierto tipo e influir así en los precios de forma significativa. “Acertar con un mercado favorable”, en la expresión de Walker, era muchas veces la clave del éxito o el fracaso de un largo período de trabajo. Esto no sólo significaba que los animales llegaran en un momento de mayor demanda que oferta y, por lo tanto, de precios altos, sino también que el lote estuviera compuesto por animales del tipo apropiado, ya que un tipo específico de demanda –por ejemplo, novillos de primera clase para frigorífico– no influía necesariamente en los precios de animales de otro tipo –por ejemplo, mestizos de buena calidad– para el abasto de Buenos Aires.

Cambios climáticos u otras condiciones naturales, con frecuencia de incidencia sólo local, también podían afectar en forma notoria los precios. Por ejemplo, al comenzar una epizootia todos los productores afectados trataban de vender su ganado, haciendo caer los precios. Pero al superarse la dificultad, la zona afectada quedaba despoblada, por lo que aquellos que pudieron salvar sus animales de la peste –por ejemplo mediante una rápida y oportuna vacunación, como ocurrió con Walker en la epizootia de ántrax de 1902, o por tener tierras más altas que no son afectadas por una inundación o por alguna otra razón– se encontraba en inmejorable posición para vender su hacienda.

Por otro lado, si el ganado llegaba al mercado en un día de condiciones poco favorables, guardarlo en los corrales de la tablada en espera de mejores precios resultaba muy riesgoso. El costo de manejo, el cuidado y la permanencia en los corrales era alto, en tanto que los animales perdían rápidamente condición, con la consiguiente reducción de precio. Por ello, si el mercado no mejoraba de inmediato se incurría en pérdidas mayores.

Había, por lo tanto, dos elementos esenciales para la realización del ganado. El primero consistía en tener información muy precisa sobre la evolución del mercado, conocer el momento preciso y el tipo de ganado que debía enviarse. En este sentido, la función de los agentes generales –Farran y Zimmerman en el caso de Walker– y los agentes ganaderos especializados –Kelsey, Gibson, la Anglo-Argentine Live-Stock and Produce Agency (conocida en el medio local por el nombre de sus principales accionistas, Kingsland y Cash)– tenía una importancia fundamental, ya que mucho dependía de su información y experiencia. Por ello, el porcentaje pagado por sus servicios –entre el 1% y el 3% del monto de la venta– representa esencialmente el valor de su información y su presencia en el mercado.

El otro elemento importante era disponer de facilidades de transporte en el momento oportuno. Salvo en el caso de los campos de engorde muy próximos a la capital, todo el ganado se enviaba al mercado por ferrocarril. Si los animales estaban listos, y el mercado era favorable, cada día de demora en su envío implicaba una pérdida, debido al pastoreo innecesario y al riesgo de que los precios se deterioraran. Pero en ciertas ocasiones podían producirse largas demoras en obtener los vagones para transportar los animales a Buenos Aires. Esto sólo se podía evitar reservando las facilidades de transporte con bastante anticipo (lo que exigía predecir la evolución del ganado y del mercado, algo muy difícil de lograr) o mantener buenas relaciones con el personal de las empresas ferroviarias, tanto a nivel local como central. En este sentido, los productores más importantes tenían gran ventaja sobre los más pequeños, pues su posición económica y social los ubicaba en condiciones mucho mejores para mantener este tipo de relaciones. Más aun, contaban con una ventaja técnica: cuando se enviaba un lote de animales por ferrocarril, la empresa cobraba por vagón, estuviera éste completamente ocupado o no. Por ello, el costo del espacio no ocupado debía ser absorbido por la ganancia del conjunto de la tropa. Un lote mayor, que ocupara varios vagones, podía compensar esto mucho mejor que uno más pequeño.

Otro problema ocasionado por el transporte eran las pérdidas y el deterioro de los animales en el camino. Un punto importante era la adecuada carga de los vagones. Si el vagón estaba demasiado vacío, los animales podían ser volteados por las sacudidas del tren y ser muertos a pisotones por los demás; si se los apretujaba demasiado, podían sofocarse o golpearse y herirse con los cuernos y la estructura metálica del vagón. Otro punto importante era evitar que la hacienda quedara detenida en el camino, algo que ocurría con frecuencia, en especial si debía recurrirse a una combinación de líneas. Si el ganado era demorado un par de días en un vagón, o en los corrales de una estación de ferrocarril, podían producirse un número considerable de muertes y un deterioro en la condición que afectaba notoriamente los precios. Se podía reducir este riesgo mediante un seguro, pero este no cubría la pérdida de condición de los animales, ni una posible evolución negativa del mercado.

Por otro lado, la alternativa de arrear el ganado hasta el mercado resultaba antieconómica, salvo en el área inmediatamente próxima a Buenos Aires. Los salarios de los troperos eran muy altos; el ganado gordo, demasiado lento y la pérdida de condición de los animales, demasiado rápida para que esta posibilidad fuera practicable con hacienda “terminada”, y se la relegaba a los animales de invernada, más rápidos en la marcha y de menor valor (y aun en este caso, no siempre).

Estos problemas de transporte hacían más relevante la cuestión de la localización. Las tierras próximas a Buenos Aires, aunque no estuvieran en la región que enviaba normalmente su ganado a pie al mercado, disponían de un transporte más abundante y directo y, si la situación lo requería, podía arrearse la hacienda a la capital sin mayores complicaciones.[99]

Si no se deseaba enviar el ganado a Buenos Aires podía vendérselo en las ferias locales. Esto tenía la ventaja de que se evitaba el problema de transporte y, si había una tablada suficientemente próxima a la estancia, los animales que no se vendían podían ser llevados de vuelta al campo sin incurrir en gastos muy cuantiosos. Pero estos mercados también estaban sujetos a las fluctuaciones de corto plazo mencionadas más arriba, ya que los precios en los mercados locales seguían fielmente las tendencias marcadas por el mercado central de Buenos Aires. Más aún, la demanda de vacunos gordos de buena calidad provenía sólo de algunos intermediarios; había por ello muy poca competencia y los precios eran bajos. Por consiguiente, los establecimientos más importantes trataban de evitar recurrir a esta forma de venta, excepto en el caso de los animales muy inferiores destinados a las carnicerías locales. Este fue el destino de los animales más pobres de las primeras tropas de ganado de Nuevo Bichadero enviadas a engordar a la 25 de Mayo.

Si un invernador no deseaba llevar su hacienda a remate, podía tratar de hacer arreglos para venderla en la estancia. Esto podía hacerse de dos formas distintas: “al corte” o seleccionados. La primera implicaba que el comprador tomaba todo el lote ofrecido por el estanciero, a un precio acordado por cabeza. En el otro sistema, el comprador podía escoger cierto número de animales, y el precio por cabeza dependía del porcentaje incluido en el acuerdo: cuanto menor fuera el porcentaje adquirido, mayor sería el precio por cabeza. En las ventas “al corte”, los precios eran obviamente más bajos, pero el estanciero evitaba quedarse con un número reducido de animales de pobre calidad, muy difíciles de vender. Por otro lado, los frigoríficos sólo podían utilizar ganado de buena calidad en excelente estado, por lo que con frecuencia preferían pagar precios más altos para asegurarse obtener sólo el tipo de animales que necesitaban. Por último, si el estanciero podía reunir un lote parejo de novillos de buena calidad, podía ofrecerlo directamente al frigorífico (o, anteriormente, a los exportadores en pie) a un determinado precio por kg de carne limpia. Esto conllevaba ciertas ventajas para ambas partes, ya que el estanciero obtenía generalmente mejor precio por sus animales y el frigorífico recibía tan sólo el mejor tipo de ganado. Los riesgos del transporte corrían en este caso por parte del vendedor, pero se veían disminuidos por el hecho de que ya había logrado un acuerdo de venta a un precio determinado.

Las dos últimas formas de venta mencionadas traían considerables ventajas para el estanciero, pero ambas requerían que el comprador fuese a ver el ganado a la estancia. Había, claro está, agentes ganaderos e intermediarios que recorrían las estancias buscando ganado gordo para los frigoríficos, pero el precio que pagaban era mucho menor que el de las compañías exportadoras mismas. Por ello, la mejor posibilidad para el estanciero era conseguir que el comprador de un frigorífico fuera a la estancia a ver su ganado. Esto no era sencillo; los frigoríficos alternaban distintas formas de compra y sólo realizaban una cantidad limitada de compras en las estancias. Walker, Farran y MacDonald debieron apelar a todos sus contactos e influencias con la comunidad británica –en la cual se encontraba la mayoría de los empleados de las empresas frigoríficas– para que una de ellas, la River Plate Fresh Meat Company, enviara un comprador a ver el ganado de Walker en Monte, a poco más de media hora de Buenos Aires.[100] Y cuando la operación se llevó a cabo, se debió dar una “gratificación” al empleado que efectuó la compra para asegurarse su buena voluntad en operaciones futuras…[101]

Agricultura y otras actividades subsidiarias en las propiedades Walker

A fines de 1902, Walker había logrado poner en orden el funcionamiento de su invernada y, un año más tarde, cuando el ganado de Nuevo Bichadero llegó a mostrar suficiente cruza como para poder ser utilizado en el mercado de carnes congeladas, la 25 comienza a servir para el propósito para el que había sido adquirida, es decir, operar como campo de engorde de los animales criados en Nuevo Bichadero. Para ese entonces, MacDonald había abandonado la dirección del establecimiento, aparentemente víctima de un mal demasiado frecuente entre los inmigrantes británicos en Argentina, el alcoholismo. Tras despedir a MacDonald, Walker no vuelve a nombrar un administrador para la 25, y la deja al cuidado de un capataz criollo y encarga a Farran y Zimmerman de los libros y del papeleo, lo que disminuye los gastos administrativos.

Pero como Walker había señalado, la mejor forma de aprovechar un campo de invernada era sembrarlo todo con alfalfa, para aumentar su capacidad de pastoreo y, por lo tanto, el margen de ganancias. La intención original de Walker había sido efectuar estas mejoras por su cuenta para evitar los problemas que podía ocasionar la introducción de chacareros arrendatarios, pero el costo resultaba demasiado elevado, por lo que se vio forzado a recurrir a la práctica habitual en la provincia de Buenos Aires en ese período: arrendar ciertas porciones de la tierra bajo un contrato que incluía la obligación del arrendatario de dejar el campo alfalfado a su término. Estos contratos, de dos años de duración, establecían que el chacarero tenía la obligación de trabajar 170 ha, sembrando al menos la mitad el primer año y todas el segundo; tenía, además, la obligación de mantener la tierra libre de yuyos y malezas. Walker proveía las herramientas y los enseres, los animales de trabajo y las semillas. Las mejoras y las reparaciones corrían por su cuenta y él se hacía cargo del mantenimiento del colono y su familia hasta la trilla de la primera cosecha, y luego se deducían estos gastos de la participación del chacarero en la venta de la cosecha. Esta debía ser dividida en partes iguales entre el propietario y el arrendatario. Junto con la segunda siembra se sembraría semilla de alfalfa, de forma que luego de la cosecha de trigo, la tierra quedara alfalfada.[102] De esta forma, Walker podía mejorar considerablemente la capacidad de carga de la 25 sin necesidad de disponer de mucho capital; y aun el bajo gasto en que se incurría era compensado por su participación en las ganancias de la cosecha.

Este mismo curso de acción se había seguido en Nuevo Bichadero. Inmediatamente después que Walker tomara control directo de su propiedad, se interesó en desarrollar alguna forma de agricultura, pero durante el primer período no disponía de los recursos para hacerlo en una escala significativa. Como hemos señalado, Walker quería mantener un estricto control sobre su tierra y se resistía a arrendar algunas secciones a colonos. Cuando finalmente comenzó con la actividad agrícola, siguiendo el consejo y el ejemplo de Farran,[103] prefirió contratar un empleado y pagarle un salario por hectárea trabajada, antes que recurrir a los contratos habituales. En 1899, H. Perrín, un colono de Coronel Suárez, se ofrece como medianero para trabajar en los campos de Walker, pero recibe una respuesta negativa, “el patrón me manda para decir que él no piensa hacer en ninguna parte de su campo porque es enimigo (sic) de la agricultura”, le contesta Bird.[104] La respuesta es fundamentalmente un rechazo a la oferta de arriendo, pero en realidad quizá haya algo más que eso. Si bien es cierto que Walker no parece ser “enemigo de la agricultura”, también lo es que siempre prefirió la actividad ganadera, expresando reiteradamente su temor a que varios años seguidos de cultivos terminaran por empobrecer la tierra. Esta actitud conservadora resulta por demás interesante porque sugiere que el constante proceso de renovación y mejoras que observamos en sus propiedades, más que el producto de convicciones propias, son imposiciones de un medio en constante evolución. Por otro lado, no deja de ser cierto que Walker, buscando siempre maximizar sus beneficios, no se demora en adoptar estas innovaciones cuando la práctica generalizada demuestra su conveniencia.

Así, en el mismo año de 1899, Walker comienza a cultivar maíz en Caseros y al año siguiente siembra esas mismas tierras con alfalfa. Sin embargo, el sistema de trabajo utilizado le resulta muy costoso y Walker se ve forzado a recurrir a la forma más habitual de contratación. Para ese fin solicita a Farran y Zimmerman una copia del contrato que una compañía inglesa, la Southern Santa Fe and Córdoba Land Company, realizaba con sus arrendatarios, como modelo para redactar los suyos. El resultado final es un contrato muy similar al que hemos visto utilizado más tarde en su propiedad en Monte.[105]

En los años siguientes, se produjo una rápida transformación en Nuevo Bichadero. En 1901, se sembraron 200 ha con trigo y se obtuvo una cosecha de 215.000 kg. La superficie cultivada al año siguiente fue de 600 ha, aunque el rendimiento fue menor: se lograron 330.000 kg de trigo. También se sembraron secciones con cebada y avena. Amplias zonas fueron sembradas con alfalfa y rye-grass, lo que constituía una excelente pastura, y además se pudo efectuarse varios cortes anuales, lo que proveía de abundante forraje para el invierno. Se mantenía también una sección cultivada con maíz, y en 1904 Walker comenzó a cultivar papas. Todo esto se realizaba con implementos pertenecientes a la estancia, que incluían un considerable nivel de mecanización. Walker estaba siempre atento para la adquisición de la maquinaria más reciente; contaba con una cantidad de equipo moderno, incluyendo sembradoras para las diferentes cosechas, varios arados de los tipos más modernos, cosechadoras e incluso una corta-trilla, que acababa de ser introducida en el país. Cada año guardaba parte de la cosecha para utilizarla como semilla la próxima temporada y trataba de vender el resto –en general con considerable éxito– como semilla para la incipiente agricultura de la zona: lo sobrante era enviado para su venta a Buenos Aires.

Walker trató de hacer uso de todos los recursos naturales disponibles en Nuevo Bichadero. Desde los primeros años, arrendó el derecho de pesca en su sección de la Laguna de Juancho y obtuvo una modesta renta y la provisión de pescado para el consumo de la estancia.[106] Walker incluso se informó sobre el ciclo vital del pejerrey, la especie ictícola obtenida en la laguna, para evitar su captura durante el período de reproducción y preservar así la pesca.[107] La Nuevo Bichadero y la 25 de Mayo tenían corrales de aves, donde se criaban leghorn y pavos importados, y en ambos establecimientos había vacas lecheras y pequeñas plantas para el procesamiento lácteo. En 1903, se introdujeron también puercos en Nuevo Bichadero.

Los agentes de estancia

Un factor importante en la administración de las propiedades de Walker era su relación con Farran y Zimmerman, la firma que actuaba como su agente en Buenos Aires. Este tipo de agencias ofrecía una amplia variedad de servicios a los estancieros. Actuaban como sus representantes legales, tenedores de libros, agentes de compra y venta de ganado (aunque en este aspecto los estancieros recurrían con frecuencia a firmas especializadas) y asesores técnicos. Se encargaban también de efectuar compras para la estancia en Buenos Aires, proveyendo a todas sus necesidades, desde grandes compras de provisiones hasta maquinarias agrícolas, material de alambrado, etcétera. En ocasiones, también operaban como fuente de crédito a corto plazo. Cuando Walker debió hacer frente a las dificultades financieras para operar la 25 de Mayo, Farran y Zimmerman le gestionaron un crédito hipotecario. Antes de que se hubiera concretado, Walker solicitó a sus agentes que le permitieran a MacDonald utilizar su crédito con ellos para adquirir animales de invernada, pero Farran le contesta que “para que MacDonald retire los $ 6000 para la compra de hacienda le solicito que espere a que se concrete la hipoteca… ya que tenemos otros clientes que nos solicitan cifras importantes y debemos tratar de satisfacer a todos”.[108]

La ubicación del agente en el mercado le permitía también actuar como intermediario de operaciones que ellos mismos no efectuaban. Por ejemplo, el crédito hipotecario mencionado fue negociado por Farran y Zimmerman, que estaban en condiciones de estudiar el mercado buscando las mejores condiciones de crédito para su cliente, consiguiendo finalmente términos mucho mejores que los que hubiera logrado Walker mismo. En otra oportunidad en que Walker tenía un exceso de fondos para los cuales no tenía destino en el futuro inmediato, los agentes lograron ubicarlos como préstamos a corto plazo con garantía hipotecaria, y obtuvieron así una tasa de interés mayor para su cliente que la que ofrecían los bancos u otras inversiones de corto plazo.

Otra función importante de los agentes de estancia era negociar con las autoridades nacionales. Su ubicación en Buenos Aires y sus relaciones en la city porteña tenían una importancia clave en el logro de ciertos arreglos con el Estado. Por ejemplo, Walker tuvo serias dificultades con los títulos de las tierras que poseía en San Luis y Farran y Zimmerman se hicieron cargo del problema. El título de una legua cuadrada de las propiedades de Walker en esa provincia era defectuoso “debido a que la provincia de San Luís vendió la tierra en 1864 a la familia Amstrong, y el gobierno nacional la volvió a vender más tarde a Ricketts, quien se la vendió a usted”.[109] Esa legua debía ser intercambiada por tierras fiscales en los Territorios Nacionales del Sur. Farran le comenta a Walker:

hemos visto la tierra que el gobierno tiene disponible y nuestro informante nos recomienda enfáticamente que no nos metamos para nada con las tierras de La Pampa, ya que el 95 por ciento de ellas son sólo salitres o esteros, por lo que elegimos campos en Santa Cruz.[110]

Los trámites no evolucionaban favorablemente dado que se requería una mensura oficial, lo que era un proceso lento y costoso,

Pero haciendo que el expediente pase al Procurador General del Tesoro, un íntimo amigo personal de nuestro H. H. Z. (Zimmerman, socio menor de la firma), nos fue posible tirar de los hilos adecuados y obtener el informe que nos resulta conveniente.

Continúa Farran:

tenemos suerte de poder utilizar nuestra influencia; prueba de ello es que, y que esto quede estrictamente entre nosotros, tenemos el “expediente” de Walter Harding bajo llave y candado, ya que conviene a nuestros intereses que permanezca dormido por un tiempo. Harding ha estado ocho años y medio “tramitando”, y continúa haciéndolo, y lleva gastados más de $ 5000.

Sin embargo, no bastaba con las influencias:

Usted comprenderá que “la máquina sin aceite no anda bien”, y en tanto que esperamos sinceramente que sus gastos sean mucho menores que los de Harding, temo que la “función” le costará unos $ 3000 ó $ 3500, pero obtendrá así un título negociable.[111]

De esta forma, gracias a Farran y Zimmerrnan, Walker logró un buen título para sus tierras de San Luis.

Al no efectuarse el intercambio con las tierras del Sur, Walker decide vender sus campos puntanos para poder utilizar el producto para dar solución definitiva a sus problemas de capital en la 25 de Mayo. Farran y Zimmerman efectúan la venta logrando un precio de $ 16 por hectárea; más tarde comentarán: “El hombre que lo compró nos confesó que nunca había visto las tierras, así que el pobre tipo no sabe el ‘clavo’ que compró”.[112]

Sin duda, la actividad de estos agentes, más allá de la ventaja ocasional en el caso señalado, tenía una influencia beneficiosa en la política administrativa y las técnicas productivas que se desarrollaban en las estancias. Como hemos visto, los agentes proveían al productor de información técnica y económica que tendía a aumentar la eficiencia técnica de las explotaciones. Farran, por ejemplo, subscribe a Walker a la publicación de la bolsa de valores de Buenos Aires, en la que aparece la cotización de varios productos agrarios y demás información útil para el productor. Ellos también se encargan de hacer llegar a Walker publicaciones técnicas. Más aún, sus contactos en Buenos Aires les permiten estar al tanto de las últimas novedades que se experimentaban en el país y sugerírselas a sus clientes cuando, a su juicio, los resultados parecían justificarlo. Hemos señalado que notamos en Walker una tendencia más bien conservadora en varios aspectos de la administración de sus campos, pero sin duda la relación con Farran y Zimmerman hizo mucho para que esto no resultara en un retraso en el tipo de actividad que desarrollaba.

Desarrollo de las tierras de Villegas

Farran y Zimmerman también estaban encargados de la administración de las extensas propiedades de Walker en Villegas. En 1897, falleció Wilhelm Wendelstadt, y Walker separó entonces sus campos de la sucesión de su ex empleador, y quedó en posesión de varias leguas cuadradas, sólo dos de las cuales tenían un alambrado perimetral. Poco después, Farran trasmitió a Walker un ofrecimiento de arriendo a dos años por media legua cuadrada a $ 1600 por año para hacer agricultura, pero Walker la rechazó argumentando que tenía la intención de “poblarla” él mismo.[113] Poco más tarde, Farran volvió a preguntar qué pensaba hacer Walker con los campos de Villegas y este, que sin duda no estaba en condiciones de emprender la formación de una nueva estancia, se decidió a darla en arriendo para pastoreo. Se firmó entonces un contrato con Imaz a $ 1500 la legua cuadrada, un precio que Farran juzgó bueno, dado que los agricultores no estaban obteniendo buenos resultados en la zona. En este período, se completó el alambrado perimetral de los campos.

En los años siguientes, encontramos referencias a varias ofertas a Walker para cultivar sus campos y varias iniciativas de este con el mismo fin, pero salvo alguna pequeña extensión que es sembrada, la mayoría fracasa, por lo que los campos continúan arrendados para pastoreo, dando una renta más bien baja.

La intención de Walker había sido dividir la propiedad en fracciones menores y arrendarlas a colonos. De esta forma, sembraría la tierra con alfalfa y se formarían potreros más reducidos –en los contratos de arriendo se solía incluir una cláusula por la que el propietario proveía el material y el arrendatario el trabajo– para alambrar. Pero Villegas era un área marginal para la agricultura, ya que sus resultados dependían de las lluvias que eran muy irregulares en la zona. Por ello, no se podía efectuar este tipo de arreglo en un contrato de corta duración, como pretendía Walker, ya que el riesgo de un par de cosechas malas sucesivas era muy alto. Por otro lado, Walker temía que cuatro o cinco años seguidos de agricultura arruinaran la tierra. El problema residía en que de ninguna forma disponía del capital necesario para formar una estancia con sus propios recursos y tampoco tenía intención de vender sus tierras, ni una porción, ya que creía, como mucha gente en la Argentina de ese período, que la tierra era la mejor inversión. Finalmente, llegará a un acuerdo con un señor Melville, quien actuará como empresa colonizadora. Este tomaba en arriendo dos leguas cuadradas por dos años, a un canon muy bajo; a cambio, se hacía cargo de dividir la propiedad en potreros y cultivarla con alfalfa. Melville subarrendaba fracciones menores a colonos y los proveía de los materiales para alambrar, la maquinaria agrícola y semillas; en pago recibía una porción de la cosecha. De esta forma, en poco tiempo, se estableció la base de lo que será la estancia de Walker en Villegas, Blanca Manca, sin costo directo alguno para su propietario.

Estancias y Colonias Walker

De tal forma, se completa el desarrollo de las propiedades Walker en la primera década del siglo XX. En 1908, Walker crea una compañía pública en Argentina, Estancias y Colonias Walker, a la que transfiere las propiedades. Dos años más tarde fallece el doctor Enrique Bird, su sobrino y subadministrador, y su familia, salvo una hija radicada en Fray Bentos (Uruguay), regresa a Escocia. Algunos años antes, un sobrino-nieto de Walker, Johny, había venido a la Argentina para colaborar en la administración de las propiedades, pero luego de un período de un año regresa definitivamente a Europa. De esta forma, Walker queda solo y sin herederos en Argentina. En 1910, deja Nuevo Bichadero en manos de un administrador y se retira; distribuye su tiempo entre Buenos Aires, donde poseía una casa en la calle Brasil, y la 25 de Mayo; la dirección de sus propiedades queda totalmente en manos de Farran y Zimmerman.[114]

Walker se había mantenido en constante relación con su familia y la Madre Patria. Cuando en 1897 fallece W. Wendelstadt, Walker recibe como parte de la liquidación de su sociedad con él algunas acciones de la Cervecería Argentina. Efectúa entonces un arreglo para que los dividendos anuales, que se pagaban en Europa, fueran enviados directamente a sus hermanas en Kilbirnie. Realiza también periódicamente transferencias de dinero a Escocia. Por la correspondencia que hemos visto, sin embargo, no parece que Walker haya vuelto a radicarse en su tierra natal. Pero a su muerte, las acciones de Estancias y Colonias Walker son heredadas por sus familiares en Europa, aunque la conducción de los negocios queda a cargo de Zimmerman en Argentina.


  1. T. Halperín Donghi, “La expansión de la frontera de Buenos Aires (1810-1852)” en M. Giménez Zapiola (comp.), El régimen oligárquico, Buenos Aires, 1975, p. 60. Sobre el particular, puede verse también Diana Hernando, Casa Familia: Spatial Biographies in 19th Century Buenos Aires. Tesis doctoral inédita de la Universidad de California, Los Ángeles, 1973, pp. 31-35, 95 y también la lista de comerciantes terratenientes británicos en p. 199.
  2. Hernando, Casa Familia... También D. C. M. Platt, “British Agricultural Colonization in Latin America”, en Inter American Economic Affairs, 18, 1964, p. 7.
  3. M. G. y E. T. Mulhall, Handbook of the River Plate, Buenos Aires, 1969, Sección C, p. 126. En Monte Grande se hallaba ubicada una de las colonias. Véase también Hernando, Casa Familia..., pp. 173-177, que contiene una lista de algunos de los inmigrantes a esta colonia en la que encontramos apellidos de familias que llegarán a ser importantes terratenientes.
  4. M. Sáenz Quesada, Los estancieros, Buenos Aires, 1981, p. 157 ss. Presenta también un panorama en el que muchos extranjeros, llegados a la Argentina con diversos propósitos, acceden a la propiedad de la tierra.
  5. W. H. Koebel, Modern Argentina, Londres, 1907, pp. 131-136, menciona este proceso. Daremos varios ejemplos de este tipo a lo largo del trabajo.
  6. H. Giberti, Historia económica de la ganadería argentina, Buenos Aires, 1954, pp. 106-107. También Hernando, Casa Familia..., pp. 193-219.
  7. Véase H. Sábato y J. C. Korol, Cómo fue la inmigración irlandesa en la Argentina, Buenos Aires, Plus Ultra, 1981.
  8. El término “puestero” se utiliza para denominar a la persona a cargo de un puesto de estancia, lo que implica el cuidado de cierto número de animales y de cierta extensión de campo.
  9. Este proceso es descrito, por ejemplo, en H. Gibson, The History and Present State of the Sheep Breeding Industry in the Argentine Republic, Buenos Aires, 1893. También W. MacCann, Viaje a Caballo por las Provincias Argentinas. 1847, Buenos Aires, 1939. N. Macleod, “The Life of a Sheep Farmer in the Argentine Republic”, en Good Words, Londres, 1971, No. 12, pp. 712-722 y R. A. Seymour, Pioneering in the Pampas, or the First Four Years of a Settlers Experience in the La Plata Camps, Londres, 1869, relatan episodios similares en Entre Ríos en una época algo posterior. Este proceso también se halla descrito en la obra mencionada de Sábato y Korol.
  10. Seymour, Pioneering... son las memorias de este autor sobre las que basamos este relato. Sáenz Quesada, Los estancieros, p. 208, también retoma el relato de Seymour, poniendo más énfasis en la vida cotidiana, en lugar de considerar el aspecto económico, que es el que más nos interesa aquí.
  11. Platt, British Agricultural..., p. 10.
  12. Parliamentary Papers, (Gran Bretaña), 1872, LVII, p. 7.
  13. Ibid., LXX, p. 5.
  14. Esto se debe en parte al aumento del valor de la tierra y en parte al incremento de la inversión fija y de la calidad y la cantidad de ganado. Volveremos sobre el tema con otros ejemplos más adelante.
  15. Parliamentary Papers, 1881, LXXXIX, p. 150.
  16. Además de las opiniones ya señaladas, podemos citar el informe en los Parliamentary Papers, 1883, LXXI. También Board of Trade Journal, 24, 1898, pp. 468-69; W. H. Koebel, Argentina. Past and Present, Londres, 1910, pp. 43-61; C. P. Ogilvie, “Argentina from a British Point of View” en Journal of the Royal Society of Arts, No. 3028, 2. dec. 1910, pp. 43-59, para mencionar sólo algunas.
  17. “An English Farm in Buenos Aires”, en Graphic, 1872, p. 106.
  18. Ibid., p. 106.
  19. M. G. y E. T. Mulhall, Handbook... (1869), C, p. 11.
  20. En su versión de 1869, el Handbook de los hermanos Mulhall incluye una descripción de la provincia de Buenos Aires partido por partido, haciendo mención de los principales terratenientes de cada uno de ellos.
  21. Sáenz Quesada, Los Estancieros, p. 163, también señala la difusión de la propiedad británica en Buenos Aires.
  22. Sabato y Korol, “Sheep, Land…”,p. 9.
  23. Registro Gráfico de la Propiedad de la Provincia de Santa Fe. 1886., en Biblioteca del Instituto Torcuato Di Tella.
  24. E. M. Barba et al., “La Campaña del Desierto y el problema de la tierra”, en Segundo Congreso de los Pueblos de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1974. Otras referencias a lo largo de este trabajo especialmente en el tercer capítulo.
  25. M. G. Mulhall, The English in the River Plate, Buenos Aires, 1877, p. 529.
  26. J. H. Williams, Argentine International Trade under the Inconvertible Paper Money, Cambridge, Mass., 1920, p. 91.
  27. J. Spears, The Gold Digging of Cape Horn, New York, 1895, p. 162.
  28. Para el caso de Darbyshire, ver más adelante en este mismo capítulo. Para el de Paul Krell, Brasil and River Plate Mail, 22/3/1873, p. 9; la propiedad de J. Aungier se halla indicada en el mencionado mapa catastral de Santa Fe, en tanto que su residencia en el Reino Unido surge de su activa participación en la dirección de empresas en Londres; el caso de William Walker será tratado en la segunda parte de este capítulo.
  29. Existe información sobre estas firmas en el Public Record Office de Londres, ver BT31, 10398/78315, 18348/96705, 15434/42651 y 12835/103835; un listado más completo de estas compañías, así como una discusión de los problemas heurísticos que implica su estudio, puede verse en la tesis doctoral del autor, “British Interests in Argentine Land Development. A Study of British Investment in Argentine”, Universidad de Oxford, 1981, Introducción, Conclusiones y Fuentes Primarias.
  30. Sáenz Quesada, Los Estancieros, pp. 158-60.
  31. Ibid., p. 157.
  32. C. Darbyshire, My Life in the Argentine Republic, Londres, 1917, p. 56. El relato que insertamos a continuación está tomado, en su mayoría, de esta fuente.
  33. Ibid., p. 93.
  34. W. H. Koebel, Argentine. Past and Present, pp. 373-81.
  35. Esta opinión es compartida por muchos autores. Entre ellos, H. S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos Aires, 1966; Williams, Argentine International…; R. Cortés Conde y E. Gallo, La República Conservadora, Buenos Aires, 1972; A. Ford, “Argentina y la Crisis Baring” en Giménez Zapiola (comp.), El Orden Conservador.
  36. La expresión “premio al oro” se utilizaba en la Argentina en la época para referirse a la diferencia de valor porcentual del peso oro en términos del peso papel.
  37. Los efectos de una sequía o de otra catástrofe natural se reflejan en las ganancias de una empresa ganadera con algún retraso. La primera reacción ante el problema es disminuir la cantidad de animales en el campo por lo que, aunque los precios sean bajos, un alto número de ventas mantiene el nivel de ganancias. A1 superarse el momento de crisis, se hace necesario reponer el número de animales sobre la tierra, por lo que se reducen las ventas y las ganancias caen.
  38. Una descripción sobre el modo de funcionamiento del sistema de cédulas hipotecarias puede verse en Williams, Argentine International…, pp. 75 ss. También A. G. Ford, El Patrón oro 1880-1914. Gran Bretaña y Argentina, Buenos Aires, 1965, pp. 170-71.
  39. Sobre el problema del crédito agrario en Argentina en este período puede verse C. A. Jones, “British Financial Institutions in Argentina, 1860-1914”, tesis doctoral inédita de la Universidad de Cambridge, 1973, pp. 30, 72, 93-94 y 100-114; Williams, Argentine International…, pp. 75 ss; J. Tulchin, “Crédito Agrario en la Argentina, 1910-1926”, en Desarrollo Económico, 17, 1978 No. 71. Varias referencias a créditos hipotecarios en la colección de documentos referentes a las estancias Walker presentan una imagen similar de la·situación de dicho crédito a la que nos da la bibliografía citada. Ver por ejemplo, Archivo Walker, en la Biblioteca del Instituto Torcuato Di Tella, Walker a Farran, C3, 10/3/1903; y E3, Farran a Walker, 25/5/1903.
  40. Ferns, Gran Bretaña y Argentina..., p. 354. También Mulhall, The English in..., pp. 337-38.
  41. Véase, por ejemplo, Brazil and River Plate Mail, 8/6/1875, p. 5.
  42. M. G. y E. T. Mulhall, Handbook..., 1869, C., pp. 133-35.
  43. C. Darbyshire, My life...,p. 89.
  44. Archivo Walker, C3, 24/2/1901. Walker a MacDonald.
  45. Un estudio de la evolución de los precios de la tierra en Buenos Aires en ese período puede verse en R. Cortés Conde, El Progreso Argentino, Buenos Aires, 1979, cap. 2. La evolución exacta del valor de Espartillar no se puede evaluar como lo hemos hecho en otros casos porque la venta de la propiedad sólo se produjo en 1946, en condiciones económicas muy distintas. En ese momento, el valor de la propiedad no importaba una ganancia muy significativa sobre la inversión original, ya que por cada acción de 10 libras se recibieron 24 libras, 19 chelines y 1 penique. Esto, a lo largo de un período tan extendido, es una ganancia insignificante, pero sin duda se halla muy afectada por la evolución de los precios de la tierra posterior al período que estudiamos y por la peculiar coyuntura del sector en el momento de la venta.
  46. La United Estancias Company fue registrada en Londres como una compañía privada en 1900. La compañía se formó para administrar las estancias de los miembros de la familia Drabble que vivían en Londres. Ellos eran los propietarios de todas las acciones de la compañía, que no podían ser vendidas fuera de la empresa. Además de Santa Isabel, la compañía era propietaria de las estancias La Belita (38.500 acres), San Jorge (23.700 acres), El Día (83.000 acres) y San Eduardo (28.500 acres), además de Chacras y Colonias Drabble (23.700 acres), todo en el partido de Gral. Villegas. El capital inicial de la compañía era de 100.000 libras y más tarde fue elevado a 150.000 libras, pero estas cifras indican mal el valor de 197.000 acres en Gral. Villegas y otros 38.000 en el sur de Santa Fe, aun sin tener en cuenta posibles mejoras. Véase Public Record Office, BT 31,8837/64892.
  47. W. Larden, Argentine Plains and Andine Glaciers: Life on an Estancia and on an Expedition to the Andes, Londres, 1911, p. 42.
  48. Ibid., p. 43.
  49. El hermano de Larden administraba aún Santa Isabel en 1908, aunque para ese entonces ya era propietario de su propia estancia, El Águila, una propiedad de 35 millas cuadradas en la provincia de San Luis. Larden, Argentine Plains..., pp. 280-83.
  50. El término “cabaña” se aplica a los establecimientos dedicados a la cría de animales finos de pedigree.
  51. La familia Gunther estaba vinculada también con dos de las más poderosas compañías extranjeras con propiedad territorial en Argentina, Liebigs Extract of Meat Company Ltd. y The Forestal Land, Timber and Railway Company Ltd., a la que nos referiremos más adelante. La relación entre las compañías de colonización y las grandes estancias pertenecientes a compañías será analizada más adelante, al estudiar el destino de algunas importantes secciones de tierra que el gobierno otorgó a consorcios extranjeros para su colonización y que posteriormente llegaron a ser empresas dedicadas a la explotación directa de sus propiedades.
  52. J. C. Crossley, “Location and Development of the Agricultural and Industrial Enterprises of Liebigs Extract of Meat Company in the River Plate Countries) 1865-1932”, tesis doctoral inédita de la Universidad de Leicester, Inglaterra, 1973, p. 166.
  53. W.H. Koebel, Modern Argentina, p. 207.
  54. Ibid., p. 212.
  55. Ley No. 947 del 5 de octubre de 1878. Por ella se autoriza al Ejecutivo Nacional a emitir bonos que otorgaban derecho a tierras en la región conquistada a los indígenas por la campaña militar que se preparaba. El producto de la venta de los bonos debía ser destinado al equipamiento de dicha campaña.
  56. Stock Exchange Year Book, Londres, 1907, p. 1885.
  57. J. M. Reid poseía, junto con J. Dousse, 3500 hectáreas en el partido de Lincoln (Mapa catastral de la provincia de Buenos Aires, 1890. La información a partir de esta fuente la debemos a la gentileza de Adela Harispuru, Hilda Sábato y Juan Carlos Korol). W. Wilson, como ya hemos mencionado, también era un poderoso terrateniente y miembro del directorio de varias compañías que operaban en tierras argentinas. Shennan estaba en situación similar, siendo un muy exitoso inmigrante irlandés al Río de la Plata. Ambos, como veremos más adelante, fueron importantes especuladores en tierras en la década de 1880.
  58. Stock Year Exchange Book, Londres, 1912, pp. 1843 y 1960.
  59. En una carta de 1900, J. MacDonald menciona la venta de Las Barrancas en $ 2.000.000 papel (177.777 libras). Esta operación, que probablemente se refiere a algún arreglo previo a la formación de la compañía, establece un valor mucho más realista de la propiedad que el capital emitido a la formación de la empresa en 1904. Archivo Walker, F1, MacDonald a Walker, 25/11/1900.
  60. Archivo Walker, biblioteca del Instituto Torcuato Di Tella, número de referencia 930.25; 338.93; A 637; J; 1. (en adelante A. W.). Debo agradecer al Dr. Guido Di Tella el haber llamado mi atención sobre la existencia de esta colección.
  61. A.W., C3 Walker a Farran y Zimmerman (en adelante F. &Z.), 7/3/1901.
  62. Aunque no existía frontera indígena en Uruguay, la región de Río Negro se hallaba muy distanciada de los principales mercados, por lo que sus tierras eran muy baratas en la primera mitad del siglo XIX. La inestabilidad política de la Banda Oriental también contribuyó a que sus tierras no alcanzaran precios muy altos, lo que dificultó mucho el desarrollo de la actividad rural hasta las postrimerías del siglo pasado. De hecho, las guerras civiles continuaron afectando el desarrollo agrario uruguayo hasta 1904, aun cuando las propiedades más importantes de la región norte del país no fueron afectadas tan directamente en la última parte de este período. Sin embargo, encontramos referencias a una ocasión en que Walker presta por un tiempo su mejor caballo, un tordillo, a Baldomero Cruz, comisario de Fray Bentos (quien, para ser fiel al dicho, gana con él más de $ 300 en cuadreras), “para salvarlo de la revolución”. A. V., A, Walker a Sra. de Young, 26/1/1887 y 27/1/1887. Sobre la evolución agraria uruguaya, ver E. Barran y B. Nahum, Historia Rural del Uruguay Moderno. 4 tomos, Montevideo, 1972.
  63. Mulhall, The English..., p. 337.
  64. En muchos casos el capital belga y alemán operó en el Río de la Plata estrechamente vinculado con individuos o empresas británicas. Así, aparte de Walker, su administrador escocés, el contador de Wendelstadt, A. Lambert, era inglés. Este trabajó en sus propiedades en Uruguay, y se retiró luego a Londres, desde donde se hizo cargo de la contabilidad de Wendelstadt, junto a otros negocios del alemán. La Cervecería Argentina también estaba vinculada a capitales británicos y al capital de residentes británicos en Argentina. Los dividendos sobre sus acciones eran distribuidos por un banco en París, y de allí se enviaban a los accionistas en Alemania y Gran Bretaña, además de los residentes en Argentina y Francia misma.
  65. Años más tarde la sra. de Young perdió su propiedad debido a una administración deficiente, y tuvo que recurrir reiteradamente a la asistencia financiera de Walker. Uno de sus hijos trabajó un tiempo como mayordomo en una de sus estancias en Argentina. En lo que respecta a las propiedades Wendelstadt, su actividad más importante era la cría de ganado y su principal mercado la fábrica de extracto de carne Liebigs en Fray Bentos, que dominaba el mercado ganadero regional. Ver Crossley, “Location and Development…”, p. 97. La colonia Nuevo Berlín ubicada sobre las orillas del río Uruguay, al norte de Fray Bentos, consistía en ciertas tierras separadas para la formación de un pueblo y una cantidad de chacras que se vendían o arrendaban para actividades agrícolas.
  66. El término “aparcería” se utilizaba para referirse a una forma de contrato de trabajo que incluía la participación en las ganancias, pudiendo llamarse también “medianería” o “terciería” de acuerdo con las condiciones del contrato.
  67. A. W., A, Walker a Robertson, 28/6/1883.
  68. A. W., A, Walker a Camaño, 14/6/1883; 26/6/1883; 15/4/1885 y 12/2/1886.
  69. A. W., A, Walker a Gardner, 28/6/1883.
  70. A. W., Walker a Stirling, 14/10/1890.
  71. A. W., Walker a Farran, 20/9/1893.
  72. A. W., Walker a White, 24/6/1891. La compañía creada por la Sra. Frame Thompson fue Estancia Florencia Company Ltd.; véase Public Record Office, BT31, 12835/103835.
  73. A. W., A, Walker a White, 27/2/1891.
  74. Se refiere a la River Plate Trust, Loan and Agency Company Ltd., probablemente la compañía hipotecaria inglesa más importante que operaba en el Río de la Plata. Esta empresa realizaba también otras importantes actividades como agente de firmas inglesas y de otras nacionalidades en Argentina. Véase Jones “British Financial Institutions…”
  75. A. W., A. Walker a Camaño, 3/3/1893. Como ya señalamos, Crossley, en su tesis doctoral (“Location and Development… ), ha analizado el control semi-monopólico de Liebigs sobre el mercado de ganado en su zona de influencia. En otra parte, y siguiendo a Crossley, hemos tratado de analizar cómo el control de los precios ganaderos es la forma específica en que Liebigs participa en la renta agraria, principal fuente de ganancias para las inversiones externas en el Plata, “La Búsqueda de Renta”, Oxford, 1977, inédito.
  76. A.W., A, Walker a Farran, 28/7/1894.
  77. Se puede encontrar un croquis de la propiedad en 1898 en A. W., D2, Walker a Arce Hermanos, 2/9/1898.
  78. La provisión de agua fue uno de los principales problemas de la ganadería argentina durante casi toda su historia. En el período colonial, por ejemplo, las tierras otorgadas en mercedes reales se hallaba dividida en secciones largas y estrechas, uno de cuyos extremos daba a un curso de agua, para asegurarse una equitativa distribución de las aguadas. Más adelante, la existencia de buenas aguadas permanentes fue un factor fundamental en la determinación del precio de una propiedad. Sólo la difusión de los molinos de viento y los tanques australianos a comienzos del siglo XX restará importancia a este elemento.
  79. Se llamaba “sobrante a una sección de campo que, por error de mensura, no había sido vendida por el Estado. Esto resultó bastante frecuente cuando la venta de las tierras conquistadas por la campaña de 1879. El sobrante podía ser adquirido al gobierno por los propietarios de los campos linderos.
  80. A. W., C1, Walker a R. Wendelstadt, 17/6/1898.
  81. A. W., C3, Walker a Carminatti, 16/9/1901 y D5, Carminatti a Walker, 1/10/1901.
  82. Cfr. con R. Cortés Conde, El Progreso Argentino, Buenos Aires, 1979, pp. 170 y SS.
  83. La propiedad de Walker se hallaba en Jo que es hoy el partido de Daireaux. Esta tierra perteneció primero al partido de La Madrid, después a Bolívar y por último a su partido actual; pero este recibió distintos nombres. Para evitar complicaciones nos referiremos siempre a estas tierras como ubicadas en Caseros, tal como aparecen en el mapa catastral de la provincia de Buenos Aires de 1890. Sobre su incorporación a la producción, véase R. Cortés Conde, “Algunos rasgos de la expansión territorial argentina en la segunda mitad del siglo XIX”, Desarrollo Económico, 29 (1968), p. 5.
  84. Por supuesto, Walker no era un especulador típico, ya que compró la tierra con la intención de explotarla y no para su rápida reventa. La compra de tierras de frontera, sin embargo, contiene un alto elemento de riesgo y, por lo tanto, desde el punto de vista económico, puede ser considerada como una especulación.
  85. Existen notorias discrepancias entre las distintas fuentes que mencionan esta forma de preparar la tierra con vacunos para los ovinos. Algunos dicen que debía mantenerse el ganado por períodos de hasta 20 años, en tanto que otros indican períodos muy breves, de dos o tres años. Este último parece haber sido, sin embargo, el procedimiento utilizado en casi todas las tierras incorporadas por la expansión de la frontera de 1879. Para entonces, un período de “preparación” de 20 años hubiera resultado impensable.
  86. La razón inicial para ello fue probablemente que Walker consideraba que las Romney Marsh se adaptarían mejor a las tierras bajas de la “Depresión del Salado”, en las que se encuentra el partido de Caseros.
  87. En 1899, por ejemplo, encontramos que los precios por 10 kg eran: cruza fina, $13 m/n; cruza gruesa, $ 11; carneros, $ 9; corderos, $ 9. En 1901, cruza fina, $ 5,50; cruza gruesa, $ 3,60; carneros, $ 2; corderos, $ 3,50, etcétera. La última columna en la tabla indica los precios medios de toda la lana vendida ese año, los cuales se hallan, por lo tanto, influidos por las distintas proporciones de lana de diversas calidades.
  88. Pranges, como hemos visto, era una compañía inglesa que poseía una importante estancia en Uruguay. Los Merinos era el nombre de la estancia que pertenecía a la River Plate Land and Farming Company, probablemente la más antigua compañía inglesa de estancias en el Plata.
  89. La expresión “carne limpia” (dressed meat) se refiere al peso de la res una vez faenada y limpia. Es, grosso modo, entre un 50 y un 60 por ciento del peso del animal vivo. También se la suele llamar “res en el gancho”.
  90. A. W., E1, Farran a Walker, 4/11/1897.
  91. A. W., E4, 26 de enero de 1905. Esto no quiere decir que el valor de la estancia permaneció sin modificaciones durante este período. Los $ 128.000 pagados en 1891, con el premio al oro en 350, representa $ 28.500 oro, en tanto en 1905 era el equivalente a $56.888 oro. Más aún, la valuación para la contribución directa no incluía mejoras, como ya hemos señalado, las que, sin duda, fueron tenidas en cuenta al establecerse el precio en 1891. Aun así, la expansión más notoria de precios tuvo lugar entre 1900 y 1905, de forma tal que los$ 5.544 oro producidos por la renta en 1898 pueden ser sin duda considerados como más de un diez por ciento del valor de mercado de la propiedad.
  92. A. W., C2, Walker a Vacarí. 16/10/1899. Fechada en Nuevo Bichadero.
  93. A. W., C2, Walker a MacDonald, 26/1/1900.
  94. A. W., C2, W a F. & Z., 2/2/1900.
  95. A. W., C2, 19/2/1900, “Guía” era un permiso municipal de circulación de ganado y otras mercancías, que existía en la legislación argentina desde la época colonial.
  96. A. W., C2, Walker a MacDonald, 10/6/1900.
  97. A. W., C3, Walker a MacDonald, 24/2/1901; F1, MacDonald a Walker, 30/5/1902.
  98. A. W., F1, MacDonald a Walker, 30/12/1901.
  99. Esta es la razón por la cual las tierras de Monte, que sin duda no eran superiores a las de Caseros, las duplicaban en valor.
  100. A.W., MacDonald a Walker, 27/2/1902.
  101. A.W., F1, MacDonald a Walker, 22/3/1902.
  102. A. W., C3, p. 980.
  103. Farran también era estanciero. Poseía al menos dos propiedades, Las Martinetas, cerca de Nuevo Bichadero, y una invernada en Cañada de Gómez, una de las colonias de la Central Argentine Land Company en Santa Fe, cerca de Rosario. En ambas había formado pasturas de alfalfa con el sistema de arriendo.
  104. A. W., C2, Bird a Perrin, 8/2/1899.
  105. En realidad, el contrato de la 25 de Mayo implicaba una mayor participación y control por parte del propietario de lo que era habitual. Normalmente, las tierras eran trabajadas exclusivamente con el capital del arrendatario y a su riesgo, y en esos casos la renta era bastante más baja. Véase, por ejemplo, Larden, Argentine Plains, p. 70; también el contrato usado por la Great Southern Santa Fe and Córdoba Land Company, en A. W., A.
  106. A. W., Cl, Walker a F.& Z., 29/4/1898.
  107. A. W., C2, Walker a F.& Z., 26/4/1899.
  108. A. W., E3, Farran a Walker, 21/3/1903.
  109. A. W., E3, Farran a Walker, 3/6/1902. Se trata del lote 20, sección l de las tierras puestas en venta por el Gobierno Nacional después de la campaña del general Roca. Posiblemente, estas tierras habían sido incorporadas a la provincia por algún movimiento anterior de frontera y de entonces data la venta que San Luis hizo a Amstrong.
  110. A. W., E3, F.& Z. a Walker, 3/6/1902.
  111. A. W., E3, F.& Z. a Walker, 11/8/1903. Subrayado en el original. Las expresiones entre comillas están en castellano en el original, el resto en inglés.
  112. A. W., E4, F.& Z. a Walker, 13/5/1905.
  113. A. W., E1, Farran a Walker, 4/5/1998 y C1, Walker a Fanan, 7/5/1898.
  114. A fines de 1903 fallece Farran, pero a solicitud de su viuda la firma sigue llevando su nombre. Cuando ella muere, algunos años más tarde, la firma pasa a llamarse H. H. y E. R. Zimmerman.


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