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2 Colonización, especulación y otras
inversiones en tierras

Los primeros pasos: de un comienzo vacilante a las rápidas ganancias

La caída de Rosas puede ser tomada como el punto de inflexión que da comienzo a un largo período de transición que llevará a la radical transformación del país que tuvo lugar en la década de 1880. En esta etapa se destacan dos factores dinámicos esenciales que, al generar un aumento del excedente económico, aseguran una mayor participación de la Argentina en el comercio internacional y demuestran además la potencialidad de desarrollo y de crecimiento que ofrecía el sector agrario. Estas nuevas actividades son la cría de lanares en la provincia de Buenos Aires (cuyos orígenes son en realidad anteriores a la caída de su gobernador) y la colonización agrícola en Santa Fe. En ambos casos, hubo participación británica.[1] Hemos visto en el primer capítulo cómo –debido a la vocación agraria de los inmigrantes o a la recanalización de excedentes comerciales– muchas estancias argentinas eran propiedad de súbditos británicos, y que eventualmente se transformaban en empresas radicadas en el Reino Unido. Hubo también participación individual británica en la formación de colonias; nombres como Amstrong, Casey, Drabble, Richardson y English se encuentran entre quienes fundaron colonias en sus propias tierras. Pero la mayor contribución en este aspecto vino de un grupo de compañías públicas que adquirieron grandes extensiones de campo, en especial en la provincia de Santa Fe, con el propósito de subdividirlas y venderlas a colonos.

Los primeros proyectos extranjeros de colonización en la Argentina

El proceso de colonización en la provincia de Santa Fe se inició a comienzos de la década de 1850 y fue estimulado por el Gobierno del General Urquiza, ansioso por equilibrar su débil posición económica frente a la provincia rebelde de Buenos Aires. Después de la reunificación en 1862, bajo la presidencia de Mitre, el proceso continuó con nuevo vigor, favorecido por las condiciones creadas por la guerra con Paraguay y estimulado por el éxito de algunas de las primeras colonias.[2] Por otro lado, la relativa estabilización de la situación política argentina lograda por las nuevas autoridades nacionales, así como el saneamiento de la deuda exterior por el convenio para el pago de la deuda pendiente del empréstito Baring de 1824, crearon condiciones más favorables para la inversión de capitales extranjeros en la Argentina. Por lo tanto no es extraño que de este período daten los primeros intentos de formar empresas de colonización extranjeras para operar en el país.

Curiosamente, y pese a la preponderancia absoluta que tendrá más tarde el capital británico sobre las demás inversiones externas, tanto en este como en los demás rubros en que existió radicación de capitales foráneos, los primeros intentos europeos de formar empresas por acciones para la compra de tierras para colonización en Argentina fueron alemanes.

En efecto, en 1862 la firma germana Werner y Compañía propuso al Gobierno argentino un contrato por el cual se comprometía a introducir diez mil familias de dicho origen a Santa Fe en diez años, a cambio de la concesión de dos leguas cuadradas y media de tierras fiscales por cada ocho familias radicadas. Sin embargo, no existe ninguna evidencia de que la oferta haya sido atendida por el Gobierno.[3] Al año siguiente, en cambio, se otorgó una concesión a M. Bramberg con el propósito de formar una colonia alemana, pero también naufragó este intento, debido al fracaso de Bramberg en colocar las acciones de una compañía pública en los mercados europeos, mecanismo por el cual esperaba reunir el capital necesario para la empresa.[4] En 1864, hubo un tercer y más ambicioso proyecto alemán. Se trata de la formación de una empresa con un capital equivalente a dos millones de libras esterlinas con el propósito de colonizar 30.000 millas cuadradas del territorio de la provincia de Buenos Aires entre los ríos Salado y Negro –es decir, pleno territorio indígena en ese entonces–. Esperaban contar para ello con apoyo del Gobierno nacional, pero tampoco esta propuesta fructificó.[5]

Finalmente, existió otro proyecto alemán: la Compañía Argentina de Tierras e Inmigración, formada en 1863. Esta empresa se hallaba respaldada por un grupo de bancos germanos que se proponía reunir un capital equivalente a medio millón de libras esterlinas y ofrecer al Gobierno nacional la introducción de 1500 familias a cambio de seis leguas cuadradas por cada 200 familias; pero tampoco este intento progresó.[6]

El primer proyecto británico de esta naturaleza tuvo lugar en 1865, cuando el Gobierno de Santa Fe otorgó en concesión a los señores Wilken y Vernet un territorio de 100 leguas cuadradas a orillas del río San Javier, consistente en un cuadrado de 30 leguas por lado con frente sobre el río. Se trataba de tierras excelentes, donde se habían levantado dos asentamientos jesuitas, el de Cayastá Viejo y La Tapera de Martínez. Estas debían ser pobladas con 250 familias el primer año, cada una de las cuales recibiría unas 20 cuadras de tierra de forma gratuita. Los títulos de propiedad les serían entregados a los tres años de residencia. Se iba a otorgar, además, a cada familia 200 ovejas y 15 vacas lecheras, en un contrato por el cual la compañía recibía las dos terceras partes del aumento de la majada y de los demás productos de los animales. La empresa colonizadora también hacía un adelanto en dinero a los colonos. Una vez que estos se afincaban, podían adquirir más tierras del Gobierno. Pero los socios no pudieron formar la compañía pública por acciones en Londres, que era lo que habían previsto para reunir el capital necesario para el proyecto, y por lo tanto se vieron obligados a dejar que la concesión caducara.[7]

Ese mismo año se registró en el Board of Trade británico otra compañía con la intención de utilizar capitales de dicho origen para el desarrollo de colonias en la Argentina. Se trata de la Compañía de Tierras de Córdoba (Córdoba Land Company), cuyos estatutos expresan que se crea con el propósito de “adquirir y tomar en transferencia la concesión o contrato de colonización y adquisición de tierras fiscales, celebrado entre el Gobierno de la Provincia de Córdoba y Eduardo J. Etchegaray, el 28 de marzo de 1864”.[8]

La concesión, que se encontraba entre los ríos Cuarto y Quinto, cubría la extraordinaria superficie de mil leguas cuadradas y, según M. A. Cárcano, le había costado a Etchegaray “unos pocos pesos”.[9] El capital autorizado de la compaña era de un millón de libras esterlinas, aunque se consideraba que sólo sería necesaria la emisión de una cuarta parte de dicha cantidad. El programa de la empresa consistía en establecer diez colonias de 200 familias cada una, comenzando a poblar la región más próxima a Rosario y estableciendo las colonias a intervalos regulares de diez leguas. Los colonos iban a ser traídos de Irlanda, de Francia, de Italia y de España. Cada colono recibiría 20 cuadras de tierra y el título de propiedad le sería otorgado a los seis años de residencia. Radicando a 2000 familias, a 20 cuadras cada familia, la compañía utilizaría tan sólo 25 leguas de su tierra y quedaría en posesión de 975 leguas, que serían desarrolladas y explotadas por la empresa.

La compañía daría en adelanto a los colonos los pasajes y el dinero necesario para establecerse, y los mantendría durante el primer año, y los colonos deberían devolver estos adelantos en un plazo de tres años con un interés anual del 10%. De acuerdo con el cálculo optimista que reproduce Hutchinson, esta operación debía resultar en un beneficio para la compañía de más de un millón y medio de libras esterlinas en un plazo de diez años, conservando la propiedad de 975 leguas cuadradas de excelentes tierras. Estos cálculos eran, sin duda, totalmente irreales, pero ello nunca llegó a comprobarse ya que la compañía no pudo emitir su capital.[10]

El fracaso de estos intentos de lanzar a los mercados de valores europeos empresas de colonización en Argentina no es en realidad difícil de explicar. Si bien el desarrollo de las colonias agrícolas y el alza constante del precio de la tierra eran fenómenos bien conocidos para los empresarios europeos con antiguos vínculos comerciales con Argentina que promovían estas empresas, para la mayor parte del público inversor europeo se trataba de una actividad poco familiar en una región del globo aún menos conocida, lo que sin duda debe haber inspirado muy poca confianza.

En cambio, la posibilidad de promover proyectos de colonización orientados más bien a atraer inmigrantes (y no capital) parecía tener mejor fundamento. La exitosa inmigración individual irlandesa y escocesa de las décadas de 1840 y 1850, junto a la emigración europea contemporánea hacia otras áreas de reciente asentamiento, tales como Canadá, Australia o el Medio Oeste norteamericano, habían preparado el terreno para ello.

El primer intento de este tipo tuvo lugar en Fraile Muerto, Córdoba, donde un grupo de colonos ingleses se estableció en 1863. Sometidos a serias dificultades, tales como el ataque de indios, sequías, tormentas de granizo y la langosta, la colonia nunca logró prosperar como tal. Sin embargo, como ya hemos señalado, cierto número de pobladores permaneció en sus tierras, llegando a ser muchos de ellos exitosos estancieros.[11]

En 1870, hubo un segundo proyecto de asentamiento inglés en Fraile Muerto. Este fue organizado por H. Henley, quien persuadió a 60 jóvenes ingleses a venir como inmigrantes, acompañados por un clérigo anglicano y un médico. Cada uno de ellos contribuyó con 150 libras para los gastos de traslado y asentamiento. Debido a las dificultades en Fraile Muerto, particularmente a los indios, el grupo decidió establecerse cerca de Rosario. Sin embargo, también este proyecto resultó en un fracaso. La colonia fue abandonada luego de un año y Henley desapareció sin rendir cuentas del dinero recibido.[12]

Adquisición de tierras por bancos británicos

Un camino totalmente distinto por el cual importantes extensiones de tierras argentinas pasaron a manos de empresas británicas, hacia finales de la década de 1860 y comienzos de la siguiente, fue la insolvencia de grandes propietarios rurales que habían tomado créditos hipotecarios con firmas bancarias inglesas. La política establecida por la casa matriz en Londres del Banco de Londres y el Río de la Plata consistía en operar estrictamente como banca comercial, tomando como garantía de sus créditos sólo valores de gran liquidez, siendo todos sus préstamos a corto plazo. Sin embargo, Green, su gerente en Buenos Aires, no se ciñó siempre a esta política, y en ocasiones tomó garantía inmobiliaria al otorgar créditos a sus clientes. Cuando el directorio londinense se percató de ello, reemplazó a Green por Maschwits, de tendencia más conservadora, pero para entonces ya se habían efectuado importantes préstamos con garantía inmobiliaria.[13] Al producirse la quiebra de algunos de los tomadores de crédito, el banco se encontró en propiedad de importantes extensiones de tierra. El caso más llamativo es el de Mariano Cabal, un importante especulador de tierras de la provincia de Santa Fe. En 1866, recibió dos millones de hectáreas del Gobierno provincial a un precio muy reducido, en compensación por haber financiado una campaña contra los indígenas. La mayor parte de estas tierras, sin embargo, pasaron a manos de su acreedor, el Banco de Londres y el Rio de la Plata, en 1870, cuando una caída del precio de la tierra lo lleva a la ruina. Las propiedades recibidas por el banco incluían seis estancias y dos colonias agrícolas, y el valor estimado de las estancias solas era de £ 55.000. Pero como el banco no estaba interesado en participar del comercio de tierras, procedió a realizar estas propiedades tan pronto como le fue posible.[14]

El otro banco británico que operaba en la Argentina en esta temprana etapa, el Banco Mercantil del Río de la Plata, tenía una política de préstamos mucho más liberal; y así, para 1876, cuatro años después de su formación, una tercera parte de su activo, incluyendo el fondo de reserva, estaba compuesto por bienes inmuebles y otras garantías que el banco había debido incautar a sus deudores. Pero este tipo de política bancaria no podía sobrevivir por mucho tiempo en las inestables condiciones de la Argentina de los años setenta, y el banco se vio sumido en graves dificultades por la crisis comercial-financiera de 1875-1877, de la que ya no pude recuperarse. Finalmente, en 1881, se verá obligado a declarar la quiebra.

Alejandra: el proyecto de colonización de Thomson, Bonar y Companía

Una operación en tierras que a la larga resultó más exitosa por parte de una firma bancaria inglesa fue la efectuada por Thomson, Bonar y Compañía, quienes fundaron una colonia agrícola en el norte de la provincia de Santa Fe. En octubre de 1870, esta compañía obtuvo en concesión de la Legislatura Provincial 34 leguas cuadradas de tierras, con 17 leguas de frente sobre el río San Javier.[15] Las tierras se hallaban ubicadas al norte de otros dos asentamientos procedentes del mundo anglófono; uno de ellos era el conocido como Colonia California y el otro, como Colonia San Javier.

El primero de estos asentamientos había sido fundado por un grupo de familias norteamericanas dirigidas por William Perkins, a quien más tarde cabría activa participación en el proceso de colonización en Santa Fe. Estos colonos habían comenzado su azarosa travesía cruzando las Montañas Rocallosas en Estados Unidos para llegar a California. Una vez allí, decepcionados por la situación social del nuevo estado, en plena fiebre del oro en ese entonces, se embarcaron rumbo a Chile y, tras cruzar los Andes, vinieron a establecerse en 1866 en el norte de la provincia de Santa Fe. Constituida por familias endurecidas en su larga experiencia de viajes y en busca de un lugar tranquilo donde poder criar a sus hijos lejos de la corrupción de la civilización, la colonia prosperó y se constituyó en una avanzada en la frontera norte de la provincia de Santa Fe.[16] Tres años más tarde, en 1869, se formó en las proximidades de Colonia California el asentamiento de San Javier, una extensión de las colonias galesas de la Patagonia, fundada sobre una modesta concesión de una legua cuadrada a orillas del río del mismo nombre. También este asentamiento logró superar las dificultades de los primeros años para progresar luego satisfactoriamente.[17]

Con el tiempo, sin embargo, será Alejandra, la colonia fundada por Thomson, Bonar y Compañía, el asentamiento que logre mayor desarrollo en la región. Este proyecto tenía considerables ventajas sobre los intentos anteriores de utilizar capital británico para la formación de colonias en Argentina, ya que contaba con adecuados recursos financieros propios, provenientes de la casa bancaria londinense y, por lo tanto, no dependía de un mercado de capitales poco proclive a comprometerse en este tipo de proyectos. Más aún, el apoyo de una importante empresa británica otorgaba a esta colonia un respaldo del que carecían proyectos independientes, tales como los intentos de Fraile Muerto y el de Henley.

La colonia fue iniciada por Waguelin, hijo del principal socio de Thomson & Bonar, quien ese mismo año de 1870 se trasladó desde Inglaterra a las tierras de la concesión en compañía de un grupo de colonos ingleses. La firma proveyó a los colonos de caballos y bueyes, y les facilitó las provisiones necesarias para su supervivencia, hasta la primera cosecha, de sus almacenes generales. La administración de la colonia disponía, además, de una trilladora, un pequeño vapor para las comunicaciones fluviales y otra maquinaria esencial para el funcionamiento de la colonia. Las chacras que se vendían a los pobladores tenían 330 yardas de frente por 1170 de profundidad y cubrían una superficie de 100 acres ingleses cada una. Todas se hallaban alambradas, y para eso se había utilizado las abundantes maderas duras de la región. El trabajo de arado se hacía con bueyes; y se plantó trigo, maíz, tabaco, papas, batatas y hortalizas. La administración de la colonia introdujo, además, algunas cabezas de ganado para proveer a las necesidades de los colonos. Había también una escuela, de la que se hacía cargo uno de los pobladores, pero el asentamiento carecía de clérigo y de médico. La empresa entregaba también un rifle y un revólver a cada hombre en la colonia, y se erigió una empalizada en su centro para ofrecer resguardo en caso de ataque indígena.[18]

Esta última precaución se hacía particularmente necesaria debido a que Alejandra se hallaba al norte de la frontera indígena, que en 1870 estaba representada por una línea imaginaria en dirección oeste partiendo del fuerte San Javier, en la desembocadura del río de dicho nombre en el Paraná, cerca de las colonias de California y San Javier. En realidad, de acuerdo con un comunicado del Gobierno argentino de 1875, la compañía había “escogido sus tierras deliberadamente, no sólo debido a su riqueza, sino también porque su precio era muy bajo; y conocía bien el peligro de ataques indígenas”.[19] Esta elección costó muy cara a los fundadores de la colonia. Ocasionalmente, se producían en la cercanía de Alejandra incursiones de aborígenes no civilizados; y en el curso de una de ellas, en 1871, Waguelin resultó muerto junto a un trabajador italiano.

El incidente se produjo, de acuerdo con el relato de algunos colonos, de la siguiente manera: había tres miembros de la colonia realizando ciertos trabajos cerca del río cuando se avistó en la cercanía a un grupo de indios. Waguelin, que se hallaba trabajando en la administración de la colonia, tras la empalizada, se dirigió desarmado, en compañía del trabajador italiano, a advertir de la presencia de los indios a los colonos que estaban cerca del río. Un par de horas después regresaron a la empalizada los colonos que trabajaban junto al río, sin noticias de los indígenas ni de Waguelin. Se organizó entonces una partida armada que salió en busca del jefe de la colonia, y que encontró su cadáver, junto al del trabajador italiano, no muy lejos de la empalizada. Este incidente, junto con otros ataques indígenas en regiones donde existían asentamientos británicos, llevó a un altercado entre el Encargado de Negocios Británico en Argentina, Macdonell, y las autoridades nacionales. A raíz de él, Macdonell envió su negativo informe sobre la Argentina como área de inmigración para súbditos británicos.[20]

Por su parte, el Gobierno argentino trasladó hacia el norte la línea de frontera indígena para dar protección a la colonia. Sin embargo, ese mismo año se produjo un nuevo ataque indígena a un colono, pero esta vez los pobladores de Alejandra respondieron con un “malón de adentro” y dieron muerte a cinco indígenas.[21] Tres años más tarde, se produjo otro incidente en el curso de una de estas excursiones punitivas de los pobladores contra los indios, esta vez ocasionada por el robo de ganado. En su número de noviembre de 1876, el Brazil and River Plate Mail reproducía un informe alarmista en el que se decía que un grupo de 43 personas habían salido de la colonia hacia el Chaco con el propósito de atacar a los indígenas y que la mitad de ellos habían sido muertos. En realidad, sólo se habían producido dos bajas entre los colonos, uno de ellos Juan Moore, hijo de uno de los principales colonos de California, que se había unido a los pobladores de Alejandra en su acción contra los indios y dirigía la expedición. Este nuevo incidente dio motivo a un comunicado del Gobierno argentino en el que explicaba que los pobladores contaban con medios para defenderse de los aborígenes y que en varias oportunidades habían organizado este tipo de expediciones punitivas. Finalmente, concluía que el Gobierno no aprobaba este tipo de acción individual por parte de los pobladores, en la que exponían sus vidas en la lucha contra el indio. Pero fue probablemente el resultado trágico de la expedición, más que la advertencia del Gobierno, lo que inhibió a los colonos de repetir acciones de este tipo; y como los indígenas no volvieron a incursionar en el área de la colonia, no volvieron a producirse incidentes. Estos hechos, sin embargo, dejaron una marca profunda en los pobladores de la colonia; aún hoy los habitantes de Alejandra suelen recordar anécdotas, con frecuencia exageradas, de estos tempranos enfrentamientos.[22]

El peligro de ataque indígena no había sido lo único que preocupaba al Encargado de Negocios MacDonell cuando escribió su negativo informe sobre esta colonia y sobre inmigración a la Argentina en general –informe que contrasta vivamente, en muchos sentidos, con el enviado al Gobierno de Su Majestad por el Vice-Cónsul Joel, residente en Rosario, sobre la colonización agrícola en Santa Fe.[23] MacDonell acusa en él a Thomson, Bonar y Compañia de brindar información falsa o distorsionada con el propósito de conseguir inmigrantes para sus colonias. En su opinión, el trabajo que se requiere de los pobladores “sólo podría ser realizado por un coolie (trabajador chino) o un africano”, y el clima de la región era demasiado caluroso para noreuropeos. La casa bancaria respondió mediante una carta al Foreign Office en la que aseguraba que la empresa no está haciendo esfuerzo alguno para atraer colonos, ya que el asentamiento se hallaba totalmente poblado gracias al arribo de un nutrido número de italianos del norte.[24] Esto no era totalmente exacto. Hasta mediados de 1874, la compañía siguió publicando un anuncio en el Brazil and River Plate Mail en el que ofrecía un panfleto gratuito sobre su colonia en el norte de Santa Fe.

En cambio, lo que sí era cierto es que un grupo de 226 valdenses provenientes de los valles del Piamonte habían llegado a la colonia en el vapor Octavio Stella para unirse en la colonia a los 150 pobladores de origen británico, a un cierto número de inmigrantes suizos que se habían asentado allí y a algunos norteamericanos de Colonia California que se habían trasladado a Alejandra. De esta forma, la población de la colonia en 1873 llegaba a 450 almas.[25] Bajo la dirección de Balfour primero, y luego de Lloyd, ambos administradores nombrados por la casa británica, y pese a la pesimista opinión de Macdonnell, Alejandra logró un considerable progreso tras superar las dificultades de los primeros años. Cuando en 1876 la Central Argentina Land Company (en adelante CALCo.) decidió contratar los servicios de Lloyd para que se hiciera cargo de la administración de sus colonias, el antecedente que más valoraron sus nuevos empleadores fue el haber logrado un adecuado funcionamiento en Alejandra.

En realidad, la producción triguera, que había sido el propósito para el cual había sido fundada la colonia, no había resultado muy exitosa, y para 1882 sólo había 908 acres bajo ese cultivo.[26] Pero esta actividad había sido reemplazada por otras. En 1876, el Vice-Cónsul Joel informaba que “muchos pobladores, en especial en el norte de la provincia, han abandonado el cultivo del trigo introduciendo ganado ·en sus tierras, lo que les rinde mayores beneficios”.[27] La cría de ganado, junto al cultivo de la caña de azúcar (que había sido agregada a la producción agrícola de la colonia), el tabaco, hasta cierto punto el maíz, constituían las principales producciones comerciales de Alejandra, en tanto que el cultivo de papas, batatas, mandioca, trigo y hortalizas era destinado a satisfacer las necesidades locales. Había, además, un servicio regular de transporte a vapor por el río San Javier, unido por un canal al Paraná, lo que mantenía en contacto regular la colonia con el mundo exterior y facilitaba el transporte a bajo costo. La nueva orientación de la producción en la zona, sin embargo, cambió la fisonomía del asentamiento. Así, a mediados de la década de 1880, Peyret describe Alejandra como un conjunto de pequeñas estancias más que como una colonia agrícola.[28]

Resultados financieros de la operación para Thomson, Bonar y Compañía

Pero si la colonia en sí resultó exitosa, ¿cuáles fueron los resultados de la operación para la compañía que la creó? Las chacras de 100 acres se vendían a los colonos en 60 libras esterlinas, pagaderas en cuatro cuotas anuales, con un interés del 10% anual. Este precio, equivalente a dos libras diez chelines por cuadra, también provocó la indignación de Macdonnell, quien señala que el Gobierno provincial vendía la tierra de frontera a colonos a sólo siete chelines la cuadra.[29] Sin embargo, es necesario tener en cuenta que la compañía ofrecía una serie de ventajas, tales como el crédito para semillas, ganado y provisiones, la protección relativa contra los indígenas que representaba la existencia de un asentamiento más numeroso, la posibilidad de presionar a las autoridades nacionales y provinciales –lo que se refleja, por ejemplo, en el corrimiento de frontera de 1872–, etc., que hasta cierto punto justificaban los precios más altos que pedía por sus tierras. Esto se ve confirmado, en alguna medida, por el hecho de que muchos de los intentos independientes de establecer colonias, como hemos señalado, fracasaron precisamente debido a estas carencias. Volviendo a las condiciones que Thomson, Bonar y Compañía ofrecía a sus colonos, los adelantos en ganado, semillas y provisiones, que equivalían aproximadamente a 50 libras esterlinas, debían ser devueltos en tres años y llevaban también una tasa de interés del 10%. Esta tasa, pese a las protestas de Macdonell, que la consideraba abusiva, era notoriamente más baja que los leoninos intereses que solían cobrar por préstamos a corto plazo los comerciantes locales, con frecuencia la única fuente de crédito para los colonos.

Con una población total de 400 almas en 1873, cuando terminó de establecerse el núcleo inicial de la colonia, podemos suponer que, con una alta proporción de hombres solteros jóvenes, lo que es habitual en zonas de frontera de población reciente, la colonia estaría constituida por unos 150 a 200 pobladores independientes. Esto significa un gasto por parte de la compañía de diez mil libras en adelantos, que le serían devueltas en los tres años siguientes. La empresa era también acreedora de 12.000 libras respecto de la venta de las chacras, si consideramos que cada poblador independiente habría adquirido tan sólo una chacra en esta primera etapa. De esta forma, la administración estaría recibiendo 2000 libras por año sólo en concepto de intereses, y para 1877 habría recuperado más de 20.000 libras de su inversión original. Pero generalmente las cosas no funcionaban tan bien. Aunque no existen evidencias de que la colonia atravesara por dificultades económicas en este período –en contraste, por ejemplo, con lo que ocurría al mismo tiempo en las formadas por CALCo, es muy poco probable que todos los colonos pudieran hacer frente a sus obligaciones durante los primeros años.[30] Por otro lado, dado que el principal interés de las empresas colonizadoras era incrementar el valor de sus tierras mediante la formación de colonias prósperas más que presionar a los pobladores por el pago de sus deudas, las compañías en general adoptaban una política tolerante hacia sus colonos. Por lo tanto, parece posible suponer que hasta fines de la década de 1870, la suma recibida por Thomson, Bonar y Compañía en concepto de intereses difícilmente haya sido superior a los gastos de administración del asentamiento. Por otro lado, es posible que se hayan producido algunas pérdidas por préstamos a colonos que debieron abandonar el establecimiento sin poder saldarlos.

Ahora bien, ¿cuál había sido el costo para la casa bancaria de la tierra y el establecimiento de la colonia? Hacia fines de la década de 1860, existía una discrepancia entre la Legislatura de Santa Fe y el gobernador Oroño sobre los precios a que debían entregarse las tierras en concesión a las empresas colonizadoras.[31] Tomando los precios más altos que demandaba la Legislatura ($2000 fuertes por legua cuadrada en la región norte), las 34 leguas cuadradas otorgadas a la firma británica habrían significado un desembolso total de $68.000 fuertes, esto es, 13.600 libras esterlinas. Sumando el costo de agrimensura y establecimiento de la colonia, más las diez mil libras esterlinas adelantadas a los colonos, el gasto total de la empresa debe haber sido una cifra próxima a las 30.000 libras. Los préstamos a los colonos, seguramente, fueron saldados en su mayoría para fines de la primera década de existencia de Alejandra, junto con más de diez mil libras que Thomson, Bonar y Compañía debió recibir por la venta de chacras, que por otro lado abarcarían tan sólo unas cuatro leguas cuadradas. Por lo tanto, la firma habría recuperado cerca de dos tercios de su desembolso original, y habría permanecido en propiedad de más de 30 leguas cuadradas de la concesión.

Mientras tanto, en la medida en que los colonos reorientaban su producción hacia la ganadería, necesitaban más tierras, que tenían que arrendar o comprar a la empresa. En ambos casos, esta tenía una buena perspectiva de ganancias. A un precio de siete chelines y cuatro peniques por acre –o de 3672 libras la legua cuadrada– que era el establecido por la compañía, las tierras restantes tenían un valor de más de 112.860 libras, por lo que aun si la compañía vendió secciones mayores a precios más bajos, las ganancias debieron haber sido muy significativas. Por otro lado, el arriendo de las tierras, aun a cánones muy bajos, habría resultado muy ventajoso. En 1887, es decir, antes del pico de precios agrarios producido por el auge especulativo de 1888-1889, la tierra del norte de Santa Fe estaba valuada en $19,4 m/n la hectárea, lo que, aplicando la tasa cambiaria media de ese año, equivale a 7,315 libras la legua cuadrada.[32] Por lo tanto, aunque la tierra no hubiera producido ingresos durante un largo período –lo que parece poco probable–,[33] su aumento de precio aseguraba buenas ganancias sobre la inversión original. Dado que carecemos de información precisa sobre el momento y las condiciones en que la compañía se desprendió de sus propiedades, estas cifras deben ser tomadas con precaución. Pero aun si los resultados fueron mucho menos brillantes de lo que ellas sugieren, todo parece indicar que, en definitiva, Alejandra produjo importantes beneficios para la empresa que la creó.

La Central Argentine Land Company: formación de la empresa

Pero el avance más significativo de las compañías británicas de colonización en Argentina en esta época se dio a través de CALCo. Los orígenes de esta empresa se remontan a comienzos de la década de 1850 y a las diversas propuestas que distintos grupos interesados en la concesión de un ferrocarril que uniera Rosario con Córdoba hicieron al Gobierno de la Confederación y a los inversores británicos. Por lo menos dos de estos proyectos, uno de Aarón Castellanos y el otro de W. Wheelwright y A. Campbell, ambos de 1852, incluyen la concesión de extensas mercedes de tierras por parte del Gobierno a la compañía como incentivo para la inversión y como forma de poblar y colonizar la región que atravesaría la línea férrea, adoptando un sistema que era usual en los Estados Unidos.[34]

En 1855, el Gobierno otorgó a José Buschental, agente financiero de la Confederación, una concesión para la construcción de una línea férrea entre Rosario y Córdoba que incluía una donación de tierras de una legua de ancho a todo lo largo del recorrido. En las difíciles condiciones financieras de mediados de la década de 1850, debiendo hacer frente a la oposición del Gobierno de Buenos Aires, y pese a que la concesión es renovada varias veces, Buschental no logra obtener los fondos requeridos en Londres, por lo que transfiere la concesión a Wheelwright. Entretanto, se produce la reunificación política de la Argentina y Mitre es elegido presidente. En setiembre de 1862, se firma una nueva concesión entre el Gobierno nacional y Wheelwright. Por insistencia de este último se extiende la donación de tierras a una legua a cada lado de las vías. La concesión es renovada en 1863 con algunas modificaciones menores, y es aprobada por el Congreso en mayo de ese año. El contrato, que incluía una garantía de dividendos del 7% anual por parte del Gobierno sobre un capital de £ 6.400 por milla, estipulaba en lo referente a la entrega de las tierras:

El gobierno concede a la compañía en propiedad total una legua a cada lado de las vías en toda su extensión, comenzando a una distancia de cuatro leguas de las estaciones de Rosario y Córdoba, y a una legua de las ciudades de San Gerónimo y Villa Nueva (Santa Fe) a través de las que pasa la línea.[35]

La compañía debía recibir, además, cuatro leguas en Santa Fe y cuatro en Córdoba, separadas de las vías férreas, en compensación por las cuatro leguas próximas a las terminales y por los dos tramos de dos leguas a mitad del recorrido que no le eran concedidos, pero estas tierras nunca le fueron otorgadas.[36] El contrato también incluía la obligación por parte de la compañía de colonizar la tierra, aunque no había especificaciones sobre las condiciones y los lapsos en que debía efectuarse.[37]

La compañía de ferrocarriles se registró en Londres en 1864 con el nombre de Central Argentina Railway Company Limited. Contando con el apoyo de varias empresas importantes con inversiones en el Plata, y el incentivo de la garantía de ganancias y la concesión de tierras, sus acciones fueron absorbidas rápidamente por el público inversor inglés.[38] Los trabajos fueron iniciados de inmediato y se comenzó la construcción a partir de Rosario; en 1866 se había llegado a Cañada de Gómez (71 km) y al año siguiente a Villa María (253 km); el trazado se completó hasta Córdoba (396 km) en mayo de 1870.

Las relaciones entre el Gobierno y la empresa ferroviaria no fueron buenas desde el comienzo. Se consideraba que el avance de la construcción era demasiado lento, las ganancias de la compañía dependían de la garantía oficial y los usuarios se quejaban a las autoridades sobre el servicio, lo que llevó a que el Gobierno no se hallase favorablemente dispuesto a cumplir su obligación sobre la entrega de tierras. Por otro lado, la mayor parte de las propiedades que atravesaba la línea se hallaban en manos de particulares, por lo que el Gobierno se vio obligado a reunir fondos para su expropiación, lo que le resultó bastante difícil. Finalmente, el Ejecutivo nacional llega a un acuerdo con las autoridades de Santa Fe y Córdoba por el cual las provincias venderían tierras públicas para reunir el dinero requerido para el pago de las indemnizaciones. Con este propósito, se enajenaron 187 leguas cuadradas de tierras públicas en Santa Fe, de las que se obtuvieron los fondos para expropiar las 39 leguas cuadradas que correspondían a esa provincia; y aproximadamente 250 leguas cuadradas debieron ser subastadas en Córdoba, donde las tierras otorgadas al ferrocarril cubrían 187 leguas cuadradas. En 1869, se transfirieron al Central Argentino 35 leguas cuadradas en Santa Fe y 51 en Córdoba, pero debido a un nuevo conflicto con el gobierno argentino y a demoras en el proceso de expropiación, la transferencia de las tierras restantes sólo se completará en 1882, a excepción de las ocho leguas compensatorias separadas del trazado férreo, que nunca fueron otorgadas.

Pero el ferrocarril, que fue siempre una empresa con problemas financieros, no sólo no contaba con el capital necesario para el desarrollo de las colonias, sino que carecía incluso de fondos para operar adecuadamente la línea ferroviaria. Se decidió entonces crear una compañía de tierras independiente a la que se le transferiría la propiedad territorial, para que se hiciera cargo de la colonización. La nueva empresa, llamada Central Argentine Land Company Limited (Compañía de Tierras del Central Argentino), tenía un capital de £ 130.000 dividido en 130.000 acciones de una libra cada una, emitidas pro rata en proporción de una cada diez libras de capital de la empresa ferroviaria. De esta forma, el Central Argentino obtuvo de sus accionistas un nuevo aporte de capital, la mayor parte del cual fue utilizado por el ferrocarril y transferido a la empresa más antigua como pago por la tierra. Lo restante fue utilizado para promover la colonización de la propiedad. Sin embargo, en un principio el Gobierno argentino no aprobó esta operación y suspendió la transferencia de tierras a la nueva compañía. Se iniciaron entonces negociaciones que continuaron hasta 1876 y se logró el acuerdo de las autoridades, que, sin embargo, nunca suscribieron las 17.000 acciones de CALCo. a las que tenían derecho por su participación en el ferrocarril. En 1882, el Gobierno cedió este derecho a M. de Murrieta y Compañía a cambio de una deuda que tenía con la casa bancaria londinense. Esta firma debía pagar a CALCo. £ 25.000 por las acciones y los intereses sobre el capital. Las acciones ya estaban, en ese entonces, cotizadas muy por encima de esa cifra, pero por algún motivo la operación nunca se llevó a cabo, ya que estos valores jamás fueron emitidos.

Entre tanto, la compañía de colonización comenzó con sus operaciones en tierras. La emisión efectiva de capital en 1870 había sido de tan sólo £ 106.532, debido a las 17.000 acciones reservadas para el Gobierno argentino y a que otros accionistas del ferrocarril no tomaron sus acciones de la nueva empresa, en tanto que el precio de la propiedad fue de £ 100.000.[39] Es difícil saber si esta cifra refleja el valor real de la propiedad. Como hemos visto en otro capítulo, las tierras de Fraile Muerto en 1864, no demasiado alejadas de las que atravesaría el ferrocarril, se cotizaban a £ 160 por legua cuadrada, en tanto que la valuación oficial de las tierras en ese distrito de Córdoba era entre £ 400 y £ 600 en 1868. Hutchinson menciona un precio de entre £ 500 y l600 como base para las ventas de tierras públicas en la zona que atraviesa el ferrocarril en Santa Fe.[40] Una estimación efectuada por la empresa en 1874 pone el valor de las tierras de Santa Fe en £ 2000 y las de Córdoba entre £ 1000 y £ 1200; pero dos años más tarde Sir Thomas Brassey, que formaba parte del directorio de CALCo., calculaba el valor de las de Santa Fe en £ 6000, en tanto que valuaba las de Córdoba en sólo £ 500. Debemos tener en cuenta que en los dos últimos casos la valuación de las tierras de Santa Fe se halla influida por el desarrollo de las colonias. Tomando en cuenta estos datos, el precio abonado al ferrocarril, £ 100.000 por 142 leguas cuadradas, es decir, un promedio de £ 704 por legua cuadrada, parecería adecuado, en especial si se considera que su valor se había incrementado por la construcción de la vía férrea.

El pago por la tierra se efectuó en varias cuotas y, como algunas secciones se vendieron casi de inmediato, la compañía dispuso de los fondos necesarios para desarrollar su actividad colonizadora. Estas primeras ventas de tierras consistieron en la enajenación de porciones relativamente grandes a compradores solventes más que en ventas a colonos, siendo la más importante la venta en Londres de casi una legua cuadrada a Paul Krell, que era a su vez accionista de la empresa.[41]

Formación de las colonias[42]

El proceso de colonización comenzó poco después. Perkins, el norteamericano que dirigió la fundación de la colonia California y que tenía una amplia experiencia en la actividad colonizadora y buenas relaciones con las autoridades provinciales, fue encargado de la formación de las colonias. Se estableció, además, una oficina en la ciudad de Berna para que contratara colonos suizos y los enviara a Argentina. Durante los primeros tres años se fundaron cinco colonias: Bernstadt en 1870, con los colonos procedentes de Suiza (de allí su nombre), próxima a la estación Roldán, la más cercana a Rosario; Cañada de Gómez, próxima a un asentamiento preexistente del mismo nombre, también data de ese año; Carcarañá, dividida en dos por el río de igual nombre, se creó en 1871; Tortugas, en el límite entre la provincia de Santa Fe y Córdoba, data de 1871; y una extensión de Carcarañá, situada entre ésta y Roldán, llamada San Gerónimo, se fundó al año siguiente.

El progreso de estas colonias durante los primeros años fue bastante rápido, en buena medida gracias a las facilidades que otorgaba la empresa a sus colonos. La tierra se vendía en lotes de 20 a 25 cuadras a una libra por acre. El pago se efectuaba: el 10% a la firma del contrato, el 15% al finalizar el primer año y el 75% restante en tres cuotas anuales sin intereses. También se podían arrendar las tierras, cuya renta anual era el 5% del valor de venta; y el pago por la renta del primer año se podía saldar en cuotas a lo largo de los tres años siguientes; la duración habitual del contrato era de cinco años.

La compañía ofrecía también adelantos en efectivo a los colonos para la adquisición de implementos de labranza, ganado y las provisiones necesarias hasta que pudieran bastarse por sí mismos. Estos préstamos llevaban un interés anual del 10%. La administración efectuó otras inversiones que contribuyeron al desarrollo de las colonias. El informe anual a accionistas de 1874 menciona un gasto de £ 22.000 en construcciones, alambrados, drenajes, etc., en parte en las colonias, y el resto en un establecimiento modelo conocido como Chacra Victoria que poseía CALCo. Esta debió desembolsar también £ 7.354 en pago de mejoras ya existentes en la tierra cuando le fue transferida, £ 2.926 por los gastos de la oficina de Berna y otras £ 3.739 en pasajes para los colonos que venían de Europa. Además de esto, los gastos operacionales de las colonias para el período anterior a 1874 fueron de £ 6.598, lo que lleva el costo total del proyecto de colonización, sin tomar en cuenta los préstamos a los colonos, a £ 42.638. Se gastaron, además, £ 7.965 en trabajos agrícolas, irrigación, ganado, etc., en las tierras de la empresa, fuera de otros gastos en la chacra modelo, y molinos y otras construcciones en Bernstadt y Carcarañá.

La existencia de una administración central en las colonias que proveía asistencia técnica a los agricultores, junto a inversiones en la formación de una infraestructura para las colonias, reflejan en forma bastante ajustada las ideas de G. Wilken, secretario del Comité Gubernamental Argentino para la Inmigración, estrechamente vinculado a CALCo. en este período. Wilken consideraba que la mejor forma de llevar a cabo un proyecto de colonización con éxito era a través de compañías privadas capaces de hacer frente a abultados gastos iniciales para dar un buen comienzo a los asentamientos.[43] La evolución de las colonias de CALCo. en este período parece confirmar esta opinión.

En 1873, el estado de las colonias era promisorio. Bernstadt había aumentado su población de 25 familias en 1870 a 375 familias –casi 2000 personas– con la llegada de nuevos inmigrantes de Berna y 394 chacras se hallaban bajo cultivo. El rendimiento del trigo era bueno y la colonia producía también manteca, queso, huevos y hortalizas para su propio consumo. Cañada de Gómez era principalmente una colonia inglesa, pero como la inmigración de dicho origen no era muy numerosa, la colonia se abrió para pobladores de distinto origen; era menor que Bernstadt, con una población total de 335 almas, pero se hallaba formada por pobladores de mayores recursos. La ya mencionada propiedad de Paul Krell abarcaba 2000 hectáreas, de las cuales 250 se hallaban cultivadas y el resto pobladas con 2000 cabezas de vacunos y 4000 de ovejas; contaba, además, con la más moderna maquinaria agrícola de la época. Heiland, quien fuera administrador de la propiedad Krell durante tres años, se había establecido como chacarero independiente, contando con un activo valuado en £ 2000.

Carcarañá, una colonia más reciente, contaba tan sólo con 138 chacras cultivadas, que pertenecían a 89 familias; había, además, 13 familias residentes en el poblado; la mayor parte de la población era suiza o francesa, pero había también algunos italianos e ingleses. San Gerónimo era de establecimiento más nuevo, pero sus primeros pasos eran auspiciosos. Sólo Tortugas, la más pequeña y remota de las colonias, debió hacer frente a las dificultades propias de desarrollar nuevas tierras próximas a la frontera, donde aún se producían ocasionalmente incursiones indígenas, dificultades acrecentadas por una serie de malas cosechas debidas a la sequía y la langosta. Por ello, aún en 1876, los pobladores dependían de los adelantos mensuales en efectivo y mercancías que les daba la compañía, pese a ser, según todos los relatos, un grupo resuelto, trabajador y muy emprendedor.

Pero en esta primera etapa, aunque la evolución de las colonias era en general favorable, la compañía no estaba obteniendo resultados financieros con su progreso. Hasta mediados de la década de 1870, los colonos, muchos de los cuales no tenían experiencia agrícola previa, dependían en buena medida de los adelantos de la compañía para su subsistencia y se hallaban muy atrasados en el pago de sus deudas. Las autoridades locales de la empresa, dirigidas por Perkins, no los presionaban. Consideraban que era preferible promover el desarrollo de las colonias que exigir pagos que los colonos no estaban en condiciones de efectuar aún y que los obligarían a abandonar sus chacras. Es por ello que el balance anual de 1874 muestra una deuda de los inmigrantes que alcanzaba las £ 40.915, aparte de otras £ 12.261 de cuotas pendientes por el pago de la tierra, en tanto que los ingresos totales a la fecha eran de tan sólo £ 27.185. Más aún, pese a la política tolerante de la empresa, muchos colonos, presionados por su carencia de experiencia agrícola y por una serie de malos años, abandonaron sus parcelas sin hacer frente a sus obligaciones y dejaron pendiente una deuda que la compañía ya no podía recuperar.

De las £ 40.198 de deuda de los colonos se consideraba que £ 5000 eran irrecuperables en 1874, cifra que aumentó debido a las malas cosechas que afligieron a las colonias –causadas principalmente por la langosta, sequías y granizo– en los años subsiguientes. Durante este período los arriendos fueron mucho más frecuentes que las compras; los cánones eran bajos y la mayor parte de los pobladores no contaban con recursos financieros al incorporarse a las colonias. En 1876, sin embargo, se duplican los cánones para estimular las ventas; esta decisión produjo en efecto una disminución del número de arriendos en relación con las ventas, ya notoria en 1878, pero aun así, para ese año sólo se habían vendido 52.327 acres, en tanto que había 117.740 bajo arriendo.

Desarrollo vs. economía: dos estrategias divergentes

En los años posteriores a 1877, se produjo el despegue definitivo de las colonias. Hasta 1874, durante el período de formación, el progreso había sido rápido y los colonos tuvieron oportunidad de afincarse en sus propiedades. Como podía preverse, sin embargo, no les fue posible hacer frente al pago de las tierras y los adelantos por provisiones y enseres en su totalidad, por lo que quedaron endeudados con la compañía. En los años posteriores, en que podían esperarse los primeros resultados financieros del esfuerzo colonizador, una serie de malas cosechas, junto a la crisis económico-financiera general que aquejó a la República a mediados de la década, frustraron estas expectativas. Pero a partir de 1878, los resultados de las cosechas comenzaron a mejorar. En 1879 una producción muy buena permitió a los colonos saldar muchas de sus deudas, tanto con CALCo. como con acreedores externos. El precio del trigo fue bajo ese año, pero muchos acreedores prefirieron aceptar que los colonos cancelaran sus saldos en especie a valores más altos para eliminar deudas difíciles de cobrar. En 1880, se volvieron a repetir las buenas cosechas y la situación de las colonias siguió mejorando. Dos años más tarde, un informe del Cónsul Británico sobre la colonización agrícola en Santa Fe podía llegar a esta conclusión:

Resulta claro que las colonias de la Central Argentine Land Company han progresado adecuadamente, logrando en 12 años una situación similar a las colonias más antiguas y mejor establecidas, como Esperanza, San Carlos, etc.[44]

Pero si el resultado final fue bueno, no sólo para los colonos, sino también para los inversores de CALCo., que a partir de 1878 comenzaron a ver acrecentar sus ingresos con el pago de deudas pendientes y la venta de nuevas tierras, la delicada situación de mediados de los años setenta había dado lugar a mucha preocupación y a una actitud conservadora en la empresa. Al pasar los primeros años sin que se viese el resultado financiero de una inversión cada vez más considerable, en tanto que las deudas de los colonos aumentaban y se deterioraba la posición general de la economía argentina, surgieron serias dudas sobre la estrategia adoptada por la empresa. Así, en enero de 1876, J. Lloyd, un terrateniente inglés en Argentina vinculado, como hemos visto, con el desarrollo de Alejandra fue designado por el Directorio en Londres para inspeccionar la situación y la administración de las colonias y recomendar las medidas a adoptar para su mejora. El informe de Lloyd contiene algunos comentarios técnicos –el más llamativo de los cuales fue la introducción de la obligación de sembrar semilla de pasto junto a la última cosecha en el contrato de arriendo, adelantándose así al sistema de rotación con siembra de alfalfa, que tendría tanta difusión a partir de los años noventa–, pero su intención de fondo era un intento de ajustar la política de cobranzas de la compañía hacia los colonos.

En la asamblea anual de accionistas de 1876, en la que se leyeron los informes preliminares de Lloyd, predominaba un ambiente de desconfianza y conservatismo. Se decidió separar a Perkins de su cargo de administrador de las colonias, y se lo hizo principal responsable de la situación de la compañía. El presidente del directorio señaló:

Espero que no repitamos el error en que hemos incurrido en el pasado; sobreproteger nuestras colonias gastando nuestro dinero… Esa ha sido la perdición de todos los proyectos de colonización…

Y Herapath, el influyente editor de una publicación dedicada a la inversión ferroviaria, que poseía acciones de CALCo., lo apoyó al afirmar que se alegraba de escuchar que

el contrato de Perkins está por ser cancelado, ya que atribuía a la administración de este caballero una buena parte de la dilapidación y gastos ruinosos que han caracterizado a la historia pasada de la compañía.

El presidente coincidía, asegurando que “era necesario poner bien en claro a los representantes de la compañía que no deben malgastar fondos en el llamado ‘desarrollo de las colonias’”.[45] El Directorio consideraba, además, que había sido un error poner tanto énfasis en la colonización agrícola y expresaba dudas sobre si las tierras eran realmente adecuadas para estas tareas. Consideraban que sería oportuno estudiar la posibilidad de utilizarlas para la cría de ganado. En esto se hallaban, sin duda, influidos por los informes de Lloyd, quien a su vez se hallaba condicionado por su anterior experiencia en Alejandra. Por otro lado, esta opinión coincidía con la de Sir Thomas Brassey, quien había visitado las tierras para esa misma época. Finalmente, Lloyd fue nombrado administrador general en reemplazo de Perkins.

Sin embargo, el desarrollo posterior mostraría la equivocación de estas ideas y avalaría el tipo de política desarrollado por Perkins en los años de formación de las colonias, que aparece en el largo plazo como la más beneficiosa para los intereses de la empresa. Al mejorar la situación de los colonos, y una vez que les fue posible hacer frente a sus deudas, las dificultades de la compañía fueron superadas y en 1878 le fue posible distribuir su primer dividendo a los accionistas. Más favorable aún para estos es el hecho de que, en la medida en que las tierras próximas al recorrido del Central Argentino se transformaron en un distrito agrícola por excelencia, particularmente en Santa Fe, sus precios subieron vertiginosamente y lo mismo ocurrió con la cotización de las acciones de la compañía y sus ganancias anuales. Más aún, tal como se había previsto originalmente, el desarrollo de la región estimuló el tráfico en la línea férrea en la que poseían intereses la mayor parte de los accionistas de CALCo. Por ello, aunque en los primeros años la compañía de tierras no haya producido ganancias y todos los ingresos provenientes de las primeras ventas y arriendos de tierras fueron invertidos en mejoras a la tierra y en la formación de colonias, hacia fines de su primer década de existencia la compañía disponía de un conjunto de prósperas colonias que le proveían buenos ingresos y de una enorme propiedad que aumentaba continuamente su valor. Un artículo en el Money Market Review del 12 de noviembre de 1881, tras resumir la historia y el estado actual de la compañía, concluye:

Resulta claro que la cotización actual de las acciones a algo menos de tres libras surge de la total ignorancia de parte del público de los méritos intrínsecos de la empresa.[46]

Auge de la venta de tierras

Equivocado o no, el espíritu pesimista que dominó a la empresa a mediados de la década de 1870 indujo a adoptar una política general tendiente a una pronta realización de la propiedad. Así, en 1882, el gerente informa que si el precio general de la compañía de una libra por acre había sido entonces extremadamente elevado, se aproximaba ahora al precio medio de la región; pese a ello, la compañía no aumentó sus valores en forma significativa en el período subsiguiente. Este estancamiento del precio de la tierra, combinado con la duplicación de los cánones de arriendo en 1876 (pasan de un 5% a un 10% del valor de venta), tenían por propósito aumentar el número de ventas. Su primer resultado, sin embargo, al encontrar a los colonos en una alicaída situación financiera, fue una declinación de la superficie en uso por una disminución de los arriendos al entrar en vigencia los nuevos cánones en 1877. Con la mejora de la situación general de los colonos en los años posteriores, aumentó el número de ventas en los distritos poblados de Santa Fe, y en pocos años la mayor parte de las valiosas tierras de esta región habían sido enajenadas. El cuadro inserto a continuación muestra la evolución de las ventas en las colonias de Santa Fe en su período de auge.

Cuadro IX. Ventas acumuladas en las colonias de CALCo. en Santa Fe
1880-1883 (acres)

Colonias

Tierras urbanas totales Tierras agrícolas totales Ventas hasta 1880 Ventas hasta 1881 Ventas hasta 1882 Ventas hasta 1883

Roldán*

843 53.376 28.781 42.241 46.814 47.648

Carcaraná*

1.518 53.376 26.180 34.122 43.122 44.640

Cañada

1.074 66.720 16.338 24.350 69.069 71.153

Tortugas

1.000 60.048 26.696 26.688

Total

4.426 233.520 97.995 127.401 159.010 163.346

* Bernstadt, la colonia se designa frecuentemente con el nombre de la estación ferroviaria, Roldán.
** Incluye a San Gerónimo.
Fuente: CALCo., Informes Anuales, 1880-1887.

En 1884, el total de ventas alcanzaba a 170.158 acres, y llegó a 191.165 en 1885 y a 198.528 al año siguiente. Es decir que para 1886, de los 233.520 acres (94.576 ha) colonizados, que incluían todas las tierras de Santa Fe y la sección de Córdoba más próxima al límite, sólo 34.992 acres (14.177 ha) se hallaban sin vender.

En 1882, la mayor parte de las tierras aún no vendidas en Santa Fe se hallaban en el distrito de Tortugas, sobre el cual se habían expresado serias dudas respecto a su viabilidad como región agrícola. En realidad, aun la optimista administración local de la compañía en 1874 había sugerido al Directorio la conveniencia de disponer de esas tierras, así como de otras en la provincia de Córdoba, en grandes secciones a £ 2000 la legua cuadrada, al considerarla inútil para la colonización. Probablemente, por temor a provocar nuevas fricciones con el Gobierno argentino, el Directorio nunca tomó en cuenta estas sugerencias, decisión que a la larga resultó muy favorable a la empresa. Tras superar las dificultades iniciales, Tortugas mejoró considerablemente su situación y, cuando en 1881 una buena cosecha coincidió con una alta cotización del trigo, la posición de los colonos se hizo más sólida. En el año siguiente, se vendieron importantes extensiones de tierras –tanto en Santa Fe como en Córdoba– y los pobladores estuvieron en condiciones de pagar sus deudas pendientes. La compañía contribuyó a la recuperación de las colonias y condonó a buena parte de la deuda: el gerente en Argentina explicaba que “esperaba obtener así un resultado positivo, al convertirse estos pobladores en el núcleo de una colonia exitosa”.[47]

En poco tiempo, Tortugas llegó a ser un distrito agrícola y las tierras de la región se vendían a precios mucho más altos que los sugeridos en 1874; el promedio fue de diez chelines por acre en 1882 y continuó elevándose posteriormente. Pese a ello, esta fue la última sección de la propiedad en que la empresa desarrolló una colonia.

En 1882, el Gobierno hizo entrega a la compañía de 81 leguas cuadradas de tierras entre Villa María y Córdoba y, en la medida en que las tierras de Santa Fe se iban haciendo escasas, CALCo. recurrió a su propiedad en la otra provincia. Por un acuerdo con el ferrocarril, se inauguraron dos nuevas estaciones, Amstrong, a 92 km de Rosario, y General Roca, en el km 122. Pero las inversiones para el desarrollo de esta área fueron muy magras: sólo se construyeron casas para supervisores en Amstrong y en Villa María.

La compañía poseía también un bosque en Río Segundo, que era administrado desde Villa María. Parte de este bosque se hallaba cercado, pero no se había efectuado ninguna otra inversión en la región. Las tierras recién recibidas del Gobierno fueron inspeccionadas y mensuradas y se realizó un estudio sobre el uso que de ellas se haría. La conclusión, concordante con las ideas previas al estudio que prevalecían en el Directorio, era que no se podían desarrollar en dicha región tareas agrícolas con éxito sin irrigación, por lo que se sugería que lo mejor sería vender las tierras en grandes lotes a criadores de ganado. La compañía logró entonces el acuerdo del Gobierno con esta decisión, argumentando que no podía cumplir con su compromiso de colonización en esta área, ya que no era apta para este propósito. Así, los precios obtenidos por la venta de las tierras de Córdoba fueron muy inferiores a los de Santa Fe. Es bastante claro que la idea de que las tierras de Córdoba eran pobres e ineptas para su cultivo sin una gran inversión en irrigación, repetidas hasta el hartazgo en los informes anuales a los accionistas tanto por el Directorio como por la gerencia local, provienen más bien de una actitud conservadora que de una evaluación objetiva de sus posibilidades; menos de 20 años más tarde, la zona se hallaba transformada casi completamente en un centro agrícola sin irrigación artificial, y llegó a formar parte del corazón de la región que ganó para la Argentina el título de “el granero del mundo”.[48] En realidad, poco más tarde, quienes compraron las tierras de CALCo. a un precio relativamente bajo las estaban arrendando con muy buen provecho a colonos, ya fuera en el clásico ciclo de tres años que terminaba con el campo alfalfado o simplemente con un contrato anual para la siembra de trigo.[49] Pero luego de la dura experiencia de la década anterior, el ánimo que predominaba en el Directorio y la gerencia de la compañía en los años 1880 era demasiado cauteloso para correr el riesgo de la inversión requerida para el desarrollo del territorio restante o incluso para retenerlo en espera de condiciones de venta más ventajosas.

Cautela vs. especulación: un nuevo conflicto de estrategias

La actitud extremadamente conservadora que había surgido a raíz de las dificultades que sufrió la compañía a mediados de la década de 1870 fue moderada por el desarrollo posterior. Pero la combinación de las dificultades originales con el eventual éxito había generado una política poco ambiciosa que, si bien contenía algunos elementos de la vieja estrategia “desarrollista” –aunque en forma moderada–, se hallaba esencialmente orientada a evitar riesgos innecesarios. Esta estrategia se basaba en tres principios: rápida venta de las tierras, una actitud tolerante hacia los colonos (los antiguos y los nuevos) en las colonias existentes y reducción de los gastos al mínimo imprescindible. El precio de la tierra, que originalmente había sido fijado por sobre el de otras tierras del distrito, no aumentaba a igual ritmo que el del mercado abierto, lo que permitía así que se aproximara (permaneciendo, sin embargo, un poco por encima) al precio medio. El segundo punto de la estrategia se hallaba ligado fundamentalmente al primero. La actitud tolerante hacia los colonos tenía por propósito atraer nuevos compradores y facilitar la compra de nuevas parcelas a los ya establecidos. Esto se lograba fundamentalmente manteniendo facilidades crediticias para la adquisición de tierras a pesar de un notable incremento de la demanda, demostrando cierta flexibilidad en el cobro de las deudas pendientes de los colonos –es decir, tomando en cuenta al exigir pagos las condiciones de las cosechas y las variaciones de los precios agrícolas–, y condonando los intereses –y en algunos casos parte del capital– sobre préstamos y rentas para aliviar la situación de los colonos más perjudicados por las malas cosechas y los bajos precios continuados de mediados de los años setenta, particularmente en Tortugas. Esta política, sin embargo, no volvió a incluir la entrega de adelantos a los nuevos colonos o préstamos a los pobladores más antiguos, lo que nos conduce al tercer punto de la estrategia. El Directorio no quería aumentar el compromiso monetario de la compañía en la promoción de las colonias y el desarrollo de la propiedad inmueble. En efecto, la inversión total de la empresa en las tierras que poseía en Córdoba, que eran mucho mayores que las de Santa Fe, sólo alcanzó las £ 2000.

Pero esta estrategia no era compartida por todos los inversores. Ya en 1883, el Mayor Craigie, un accionista de la empresa, señala en forma muy clara una política alternativa, mucho más acorde con el nuevo espíritu que estaba surgiendo entre los inversores británicos en Argentina en la década de 1880. En la asamblea anual de accionistas, Craigie explica que él consideraba que:

la compañía estaba en condiciones de hacer algo mucho mejor que aferrarse al primer comprador que apareciese. Sin duda, era necesario estimular y atraer pobladores, pero le parecía que los directores debían estimular a quienes deseaban adquirir pequeños lotes, en vez de vender grandes porciones a especuladores que sólo revenderían la tierra a precios más altos, llevándose la ganancia que podría lograr la empresa sí retuviera la tierra por algún tiempo más. La tierra había duplicado y triplicado su valor en muchos puntos del país y no cabía duda de que el valor de la tierra, aún de la más pobre, aumentaría enormemente en los años subsiguientes.

Estas consideraciones fueron bien acogidas por la asamblea y apoyadas por C. Surgei, quien sería el más insistente difusor de la nueva estrategia propuesta. Surgei argumenta que, como el valor de la tierra va a aumentar mucho, no deben efectuarse más ventas, o “sólo un poco aquí y allá”. La proximidad al ferrocarril era, en su opinión, una garantía del enorme aumento del precio de la propiedad. Añade:

Ud. sabe, Sr. Presidente, que la tierra próxima a su próspero ferrocarril también debe llegar a ser próspera a su vez, y considerando que se nos deben £ 30.000 por ventas ya efectuadas, y que poseemos aún alrededor de 700.000 acres, todos atravesados por el ferrocarril, es mi impresión que lo único que tenemos que hacer es permanecer quietos en tanto aumenta el valor de la tierra. (Rumor de aprobación). Entre el dinero que se nos adeuda y el que tenemos en efectivo podemos continuar pagando la tasa actual de dividendo durante los dos próximos años.

Surgei también señala que el fondo de reserva, que se hallaba invertido en bonos del Gobierno Británico que pagaban dividendos bajos, debía ser empleado para adquirir tierras en el interior de Argentina a bajos precios.

Sé de tierras que han sido adquiridas en el interior hace muy pocos años y que han aumentado en dos, tres, cuatro y cinco veces su valor. ¿Por qué no utilizamos nosotros nuestro capital, y todo nuestro conocimiento, y nuestro Directorio, y nuestro excelente gerente, ganando dinero en esta forma?[50]

Su exposición fue muy aplaudida por la asamblea y Mr. Hatley, tras apoyar sus puntos de vista, prosiguió en la misma línea sugiriendo que no debía venderse más tierra a crédito. Ante estas participaciones se invitó a Surgei a incorporarse al Directorio, pero declinó el ofrecimiento. Pese a este debate, sin embargo, las principales políticas de la compañía no sufrieron mayores transformaciones.

La polémica no había concluido; y en la asamblea de 1886 el desacuerdo entre las estrategias se hace aún más claro. La nueva política propuesta consiste esencialmente en elevar el precio de la tierra, limitando así las ventas, en el supuesto de que se obtendrían mayores beneficios manteniendo la propiedad y aguardando un aumento de los precios. Si era necesario hacer irrigación artificial para lograr el desarrollo agrícola en la sección de Córdoba, debería realizarse un estudio para ver si resultaría ventajoso para la compañía realizar esta inversión. Por otro lado, la actitud hacia los colonos debía hacerse más rígida, eliminando todas las facilidades crediticias, ya que con el aumento del valor de la tierra, como los precios de la compañía eran bajos (esto era, en realidad, una exageración, ya que eran aún superiores a la media de la región), esta salía beneficiada con la cancelación de los contrates de venta. Por último, los partidarios de la nueva política coincidían con el Directorio sobre la necesidad de construir un fondo de reserva. Esto era, en realidad, imprescindible: las principales ganancias de la compañía provenían de la venta de tierras (que eran prácticamente el único activo de la empresa) y debía acumularse una reserva para compensar el capital accionario emitido. Pero la fracción disidente insistía en que la mejor forma de hacerlo era mediante la inversión en tierras en Argentina.

Surgei fundamentaba sólidamente esta política. El haber líquido de la empresa, incluyendo las deudas de que eran acreedores, el fondo de reserva y las ganancias no distribuidas, sumaba £ 144.100, y restaban aún 537.825 acres de tierras rurales en la concesión original todavía sin vender, además de otros 6000 en los pueblos fundados por la compañía, de los que se podía obtener un precio medio de £ 23 por acre. La compañía estaba, por lo tanto, en inmejorable situación para llevar adelante las políticas que él sugería; las tierras restantes eran por sí mismas más que suficientes para cubrir el capital de la compañía, y con el dinero de que era acreedora se podía continuar con la distribución de dividendos por varios años sin recurrir a nuevas ventas. En cuanto a la reinversión de parte de la ganancia en tierras en Argentina, el Directorio objetaba que, aun cuando era posible para inversores con abundante capital y “en el lugar” realizar cuantiosas ganancias mediante operaciones en tierras agrícolas, ellos, desde Londres, podían llevarse un fiasco; preferían una inversión más segura para sus reservas. Surgei respondió que consideraba que el Directorio y los representantes de la compañía “allí afuera” tenían suficientes conocimientos y experiencia “para realizar inversiones seguras en tierras en beneficio de los accionistas” y, como el Directorio estaba compuesto por gente con una tan larga y fructífera experiencia de negocios en Argentina como P. Krell, L. Hayworth, C. P. Ogilvie, T. Brassey, C. Darbyshire, F. Parish y W. Morrison –muchos de los cuales eran, como hemos visto, importantes terratenientes en la Argentina e inversores en otras empresas de este tipo–, su apreciación no parece infundada.[51]

Otros accionistas intervinieron en el debate, algunos en apoyo de Surgei y otros respaldando la política del Directorio y su actitud más conservadora: En lo inmediato tampoco esta asamblea produjo consecuencias notorias, pero dos años más tarde se produjo una reorganización total de la empresa, que llevó a la práctica muchas de las sugerencias hechas por Surgei y su grupo. Por desgracia, para los accionistas era ya demasiado tarde; para entonces la mayoría de las valiosas tierras sobre el ferrocarril ya habían sido vendidas a precios bastante más bajos de los que se hubiesen logrado a fines de la década de 1880.

Relaciones entre CALCo. y las autoridades argentinas

Uno de los argumentos a que se apelaba con frecuencia para defender una estrategia más conservadora era que la compañía estaba obligada a llevar a cabo esta política de acuerdo con los términos de la concesión del ferrocarril. Que este no era el único motivo resulta evidente por el hecho de que algunas de las propuestas del grupo Surgei, tales como la reinversión del fondo de reserva en tierras, no se hallaban en contradicción con los términos del contrato y más bien hubieran sido vistas con buenos ojos en Argentina, en tanto que otras, tales como llevar a cabo un estudio para un programa de irrigación y formación de colonias en las tierras de Córdoba, se hallaban más de acuerdo con las obligaciones contraídas por la compañía que las que sugería el Directorio. Pero sobre de lo que no cabe duda es de que el Directorio trató siempre de mantener las mejores relaciones posibles con el Gobierno argentino. La recurrencia endémica de conflictos entre CALCo. y las autoridades nacionales y provinciales era, sin embargo, inevitable. Hasta 1878 el principal problema fue el reconocimiento de la compañía por parte del Gobierno, luego la transferencia de las tierras faltantes en Córdoba, más tarde los vanos intentos de CALCo. para obtener las ocho leguas separadas de las vías férreas. La evolución de las colonias de Santa Fe fue probablemente un factor importante en la resolución de estos problemas. Pero en 1879 surge una nueva dificultad, esta vez con el Gobierno de Córdoba, que pretendía cobrar el impuesto territorial sobre las tierras de la compañía, en tanto que esta argumentaba hallarse exenta por los términos del contrato de la concesión. La cuestión fue sometida a juicio y la Corte Suprema dictaminó finalmente contra la compañía en 1882. Pero antes de que la Corte llegara a un fallo definitivo, el Gobierno provincial había incautado y puesto en subasta cuatro leguas de tierras pertenecientes a la compañía con el propósito de saldar los impuestos. La compañía llevó nuevamente a la Corte esta situación obteniendo esta vez un fallo favorable, por el que se le regresaban las tierras en tanto abonase los impuestos.

A lo largo de estos enfrentamientos, CALCo. trató de mantener una actitud conciliatoria con las autoridades, particularmente a nivel nacional. Pero el conflicto entre el Ferrocarril Central Argentino y el Gobierno nacional, y el sentimiento prevaleciente entre buena parte de la opinión pública argentina de que CALCo. era tan sólo una empresa especulativa que obtenía cuantiosas ganancias sin contribuir al progreso de la República, hizo que las relaciones entre la compañía y el Gobierno siempre resultaran problemáticas. Sin embargo, el interés de las autoridades por mantener un buen crédito en el mercado internacional de capitales era un factor de equilibrio. Esto resulta particularmente evidente a nivel nacional y su importancia es señalada con frecuencia por la prensa, tanto en Argentina como en Londres, al referirse a la inversión externa y la intervención gubernamental. Otro elemento que favorecía la conciliación era la predisposición de la compañía a llegar a acuerdos: el plan de reorganización de 1887-1888, por ejemplo, fue sometido a la aprobación del Gobierno argentino antes de ser llevado a cabo para evitar que se repitiera el problema del reconocimiento que se suscitara cuando la formación de la empresa. Finalmente, resulta claro que el temprano y exitoso empeño de la compañía en el desarrollo de colonias en Santa Fe contribuyó considerablemente a disminuir los roces.

Trayectoria de la compañía hasta su reorganización en 1888

Pese al conflicto con las autoridades locales y los desacuerdos internos sobre la política empresaria, la trayectoria de CALCo. durante los años ochenta fue excelente. Los cuadros que insertamos a continuación muestran la rápida evolución de las ventas de tierras y los crecientes ingresos que de ellas se obtenían.

En lo que respecta a las ventas de tierras, alcanzaron los 32.000 acres en 1875 y 48.144 se habían vendido para 1876. Al año siguiente, se colocaron 10.913 acres más, pero se cancelaron ventas por 6700 acres, de forma tal que las ventas totales al cerrarse las operaciones de ese año alcanzaron los 52.327 acres. No disponemos de información para el año 1878, pero por lo que se puede apreciar en el cuadro X, existió un aumento constante de las ventas anuales hasta 1883. En este período, se destaca el año 1882, lo que debe atribuirse a los excelentes rindes y precios obtenidos por los colonos. Los pobladores de Tortugas, que también habían disfrutado de una buena cosecha y precios altos en 1881, se encontraban entonces en condiciones de adquirir las tierras que trabajaban; de allí el notorio aumento de ventas en Córdoba (cuadro XI). La caída del volumen de ventas del ’84/5 refleja años poco favorables para los colonos (lo que también puede apreciarse por el número de ventas canceladas); pero indica también la disponibilidad decreciente y el aumento de precios en las tierras de Santa Fe, en tanto que el mercado de tierras de Córdoba no se había activado aún lo suficiente como para compensarlo. El notorio aumento de las ventas en los últimos dos años de operaciones de CALCo. parece reflejar una situación en la cual los precios de la compañía no habían aumentado en los últimos tres años, en tanto que en ese mismo período se produce un gran incremento del precio de la tierra en todo el país.[52]

Cuadro X. Ventas y arriendos acumulativos de las tierras de CALCo. 1879-1887

Año

Venta de chacras (acres) Venta de chacras (£) Ventas urbanas (£) Ventas totales (£) Arriendos (acres) Arriendos (£)

1879

subtotal

94.221 67.664 7.469 75.133 70.577 3.417

1880

cancelados

3.648 3.927 99 4.025 21.150 939

nuevos

16.810 12.542 826 13.868 22.196 904

subtotal

107.382 76.279 8.196 84.475 71.763 3.382

1881

cancelados

2.938 3.261 0 3.621 31.503 1.511

Nuevos

32.761 31.206 779 31.985 21.732 979

Subtotal

137.205 103.864 8.975 112.839 61.825 2.849

1882

cancelados

1.843 2.250 0 2.250 25.108 1.070

Nuevos

78.241 54.553 1.854 56.407 24.626 1.048

Subtotal

213.604 156.167 10.828 166.996 61.370 2.828

1883

cancelados

1.880 2.877 0 2.877 31.579 1.555

Nuevos

53.429 39.814 2.915 42.730 14.150 995

Subtotal

265.153 193.104 13.743 203.848 43.941 2.268

1884

cancelados

8.416 4.907 0 4.907 13.981 827

Nuevos

21.305 17.322 1.568 18.890 4.237 336

Subtotal

278.042 205.519 15.312 220.832 34.197 1.776

1885

cancelados

7.095 4.478 0 4.478 13.109 744

Nuevos

38.108 24.945 2.536 27.841 11.446 907

Subtotal

309.055 255.987 17.848 243.844 32.534 1.939

1886

cancelados

2.169 1.641 0 1.641 6.550 316

Nuevos

107.011 59.908 4.692 64.600 6.092 440

Subtotal

413.897 284.254 22.540 306.740 32.076 2.063

1887

cancelados

1.042 1.253 0 1.253 14.598 759

Nuevos

102.349 73.777 11.391 85.168 3.023 231

Subtotal

512.204 356.778 33.931 390.709 20.501 1.535

Fuente: CALCo., I. A., 1880-1887.

Cuadro XI. Superficie y precio de las ventas de tierras de CALCo. en Santa Fe y Córdoba, 1880-1887

Año

Ventas en Santa Fe (acres) Precio promedio (chelines por acre) Ventas en Córdoba (acres) Precio promedio (chelines por acre) Precio promedio general (chelines por acre)

1881

29.406 20 3.355 8,5 19

1882

31.609 24 46.632 8,5 14

1883

22.000* 24 31.429* 8,5 15

1884

6.000 38 15.305* 8,5 16.26

1885

4.241 38 33.867 10 12.72

1886

4.811 37 102.200 10 11.19

1887

16.214 38 86.135 10 14.41

* Datos aproximados.
Fuente: CALCo., I. A., 1880-1888.

En un comienzo, los arriendos habían aumentado más rápidamente que las ventas. En 1875, se habían colocado en arriendos 64.000 acres, y se había llegado al punto más alto al año siguiente, cuando los contratos de este tipo totalizan una superficie de 123.000 acres. A partir de entonces, la empresa cambia su política, tratando de estimular las ventas y de disminuir los arriendos, lo que se refleja en su evolución. En 1877, la cifra decae a 117.740 para continuar posteriormente en baja, como puede apreciarse en el cuadro X. Por otro lado, muchos contratos de arriendo fueron transferidos a compra en la medida en que mejoraba la situación de los colonos; otros caducaron sin ser renovados, en tanto que los nuevos contratos fueron escasos debido al aumento de los cánones y la disminución de la disponibilidad de tierras en las colonias establecidas. La notoria caída de la superficie arrendada en 1883 puede atribuirse principalmente a la transferencia de contratos de arriendo a ventas, particularmente entre los colonos de Tortugas. La venta de solares urbanos muestra un patrón general similar al de las chacras. Fue, sin embargo, algo más estable y se halló menos influida por las variaciones de las cosechas. Pero los ingresos obtenidos por CALCo. de esta fuente sólo tuvieron alguna importancia en 1887.

El cuadro XI muestra que las variaciones en el precio medio de las ventas deben atribuirse fundamentalmente a variaciones en la proporción de ventas entre Santa Fe y Córdoba. La evolución de precios en cada provincia indica que la compañía establecía un precio fijo que no era alterado por un cierto tiempo. La libra por acre de Santa Fe en 1881 era el precio fijado originalmente por la compañía en 1870 para todas sus tierras en la provincia, salvo las próximas a Tortugas que se vendían a diez chelines por acre. Los precios no se hallaban regidos directamente por las fluctuaciones del mercado abierto, lo cual produjo eventualmente las discrepancias en los aumentos de precios a las que ya nos hemos referido.

Los cuadros XII y XIII muestran los saldos pendientes de los colonos con la compañía y los pagos efectuados a esta, y complementan la información anterior.

Como puede apreciarse, los montos adeudados por los colonos en concepto de adelantos e intereses disminuyen rápidamente al mejorar su situación; lo mismo ocurre con los saldos pendientes por arriendo, lo que debe atribuirse al pago de deudas atrasadas y a la disminución de la superficie arrendada. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la disminución en las deudas de los colonos bajo el rubro de intereses debe, en parte, atribuirse a su condonamiento –si se los cuenta como pérdidas en los libros de la empresa– al saldar los colonos deudas pendientes –£ 3719 fueron borradas de los libros de esta forma en 1881, y se continuó a un promedio de aproximadamente £ 1000 anuales hasta 1885 y cayó a sólo £ 26 en 1886, que fue el último año en que se practicó este procedimiento–. En cuanto a dar de baja al principal en deudas atrasadas, la cifra nunca superó las £ 400 por año, salvo en 1882, cuando se asumió una pérdida de £ 2591 bajo este rubro, principalmente debido al condonamiento de parte de las obligaciones contraídas por los colonos de Tortugas. Las deudas por el rubro tierras, por otro lado, tendían a crecer al aumentar las ventas, aunque en forma algo errática debido a la combinación del vencimiento de pagos con las fluctuaciones de las cosechas.

Los ingresos por la devolución de los préstamos a los colonos tienden a caer a medida que se van saldando las deudas pendientes; los provenientes de arriendos también caen al reducirse las deudas más antiguas y decrecer la superficie arrendada. En cambio, los ingresos por venta de tierras aumentan rápidamente al aumentar las ventas, como también aumentan los pagos de intereses, que provenían en una proporción cada vez mayor de las cuotas pendientes sobre las ventas de tierras en lugar de las deudas pendientes por adelantos o arriendos. En general, la evolución de las cuotas de los colonos refleja el progreso de las colonias y, con él, el aumento de las ganancias de la empresa.

Cuadro XII. Saldos deudores de los colonos a CALCo., 1880-1887

Año

Venta de tierras (£) Arriendos (£) Intereses (£) Préstamos (£) Total (£)

1880

15.423 9.250 13.226 6.197 44.891

1881

15.282 6.815 9.522 3.966 35.585

1882

16.612 5.427 8.417 726 31.182

1883

24.802 4.601 7.348 620 37.731

1884

32.932 4.149 6.731 199 44.011

1885

43.924 3.567 6.280 183 53.954

1886

46.198 3.424 7.385 171 57.151

1887

44.290 1.929 5.643 171 44.290
Cuadro XIII. Pagos de los colonos a CALCo., 1880-1887

Año

Venta de tierras (£) Arriendos (£) Intereses (£) Préstamos (£) Total (£)

1880

5.171 2.856 528 1.749 10.304

1881

12.139 4.683 1.690 1.451 19.963

1882

17.060 3.674 1.773 1.625 24.132

1883

16.479 2.403 1.693 79 23.569

1884

18.411 1.649 2.064 234 22.358

1885

18.375 1.896 3.152 17 23.439

1886

26.548 1.788 3.269 12 31.616

1887

44.830 2.863 5.208 0 52.901

Fuente: CALCo., I. A., 1880-1887.

CALCo. tenía otras fuentes de ingresos. Una era la venta de solares urbanos en los pueblos de las colonias (ver cuadro X) y otra, la venta de maderas de los bosques que poseía en Córdoba. Esta última, cuyos ingresos aumentan de £ 1000 por año a comienzos de la década de 1880 a más de £ 6000 durante el último año de operaciones de la empresa, junto con todos los ingresos netos –salvo las ventas de tierras– eran incluidos en una cuenta de gastos e ingresos, que generalmente muestra un equilibrio entre los diversos ingresos de la compañía y sus costos de operación –los salarios de administradores y supervisores, los costos de edificios, mantenimiento y gastos de oficina, la retribución del Directorio, etc.–, y quedaba por lo general un pequeño saldo favorable. Por lo tanto, el ingreso por la venta de tierras, una vez que se recuperó la inversión inicial en el desarrollo de la propiedad y las colonias, era un ingreso neto para la empresa. Con él la compañía debía distribuir dividendos y construir un fondo de reserva para cubrir su capital accionario. Después de 1885, una parte creciente de este fondo –más de £ 40.000 en 1887– se hallaba depositado en el Banco de Londres y el Río de la Plata y el Banco Inglés del Río de la Plata en Rosario para evitar incurrir en pérdidas al remitir el dinero a Inglaterra, en tanto que otras £ 5000 se habían invertido en la adquisición de una cuadra de tierras urbanas en Rosario, en una primera y restringida concesión al grupo Surgei. El cuadro XIV, entonces, muestra la evolución de los dividendos distribuidos por la compañía y la construcción del fondo de reserva posibilitados por los ingresos por ventas de tierras.

Como puede apreciarse, la década de 1880 fue un período muy próspero para la compañía, tanto que las altas tasas de dividendo distribuidas en ella elevan el promedio anual de las ganancias anuales para todo el período de operación de la empresa a una cifra bastante alta para la época, pese a los largos años sin dividendos del primer período.

Pero esta no fue la principal fuente de ganancias para los inversores de CALCo. La reorganización de la compañía con la creación de una nueva empresa –la Argentine Land and Inuestment Company (ALICo.)– se realizó mediante el cambio de las acciones de la antigua empresa por acciones preferenciales en la nueva. Cada valor de una libra se cambia por una acción preferencial de cuatro libras de ALICo., con un dividendo anual acumulativo asegurado del 5% –equivalente al 20% de interés anual sobre el costo original de las acciones a los inversores de CALCo.–. La nueva compañía emitió una cantidad igual de acciones ordinarias de cuatro libras cada una para ser distribuidas pro rata entre los accionistas de CALCo., y se recaudaron en el momento de emisión tan sólo diez chelines por acción.

Cuadro XIV. Distribución de dividendos y fondo de reserva de CALCo. 1871-1887
Año

Capital emitido (£)

Dividendo distribuido (%)

Monto requerido* para dividendo (£)

Fondo de reserva (£)

1871 106.532 0 0 0
1872 106.532 0 0 0
1873 106.532 0 0 0
1874 106.532 0 0 0
1875 106.532 0 0 0
1876 106.532 0 0 0
1877 106.532 0 0 0
1878 106.532 5 5.331 0
1879 106.553 5 5.331 2.000
1880 107.445 5 5.331 12.000
1881 107.445 12,5 13.338 12.000
1882 107.445 15 16.092 12.265
1883 107.445 15 16.125 16.618
1884 108.561 12,5 13.521 19.198
1885 109.284 15 16.338 24.808
1886 109.236** 20 21.847 30.436
1887 108.950** 22,5 24.513 66.000

Total

137.817

Promedio

7,47 8.109

* Las pequeñas discrepancias entre estas cifras, el capital emitido y el porcentaje de dividendo declarado se deben a acciones cuyo importe no se había ingresado por completo y que, por lo tanto, no recibían dividendos.
** Las reducciones se deben al vencimiento de acciones por falta de pagos.
Fuente: CALCo., I. A., 1880-1887 y Stock Exchange Year Book, 1870-1880.

La parte no recaudada de este nuevo capital accionario debía servir de garantía para la emisión de un importante capital en obligaciones que, junto al dinero recibido por las recaudaciones sobre las acciones ordinarias, debía proveer el circulante necesario para ampliar las operaciones de la empresa mediante la adquisición de nuevas tierras y también mediante operaciones de crédito hipotecario. Las ganancias de esta nueva empresa debían satisfacer, en primer lugar, el pago del 5% de dividendo acumulativo garantizado sobre el capital preferencial y, en segundo lugar, para el pago de un dividendo del 10% sobre las acciones ordinarias. Si existía algún sobrante debía ser distribuido equitativamente entre los dos tipos de acciones. De esta forma, los inversores de CALCo. se hicieron acreedores de, por lo menos, una ganancia anual no inferior al 20% sobre su desembolso original, y se hallaban en posesión de un capital accionario con un valor de tapa cuatro veces mayor que su costo original. Por otro lado, este aumento del capital de la compañía parece justificarse dado el aumento del valor de su activo. Las tierras que permanecieron en propiedad de AliCo. en 1888 fueron valuadas por el administrador de la empresa en £ 397.687: £ 315.467 en bosques y tierras cultivables y £ 82.200 en lotes urbanos. Esta valuación se halla, hasta cierto punto, distorsionada por el gran aumento de precios de la tierra de 1888-1889; de hecho, un año más tarde, fue elevada a £ 500.000, pese a que se habían efectuado nuevas ventas. No incluían, en cambio, las tierras vendidas en 1887-188, ni la cuadra de tierra urbana en Rosario, vendida en £ 18.000 en 1888. Por otro lado, existía un fondo de reserva de £ 66.000, £ 44.290 de saldo favorable a la empresa en las cuentas de los colonos y £ 3.642 de ganancias no distribuidas, totalizando £ 113.914. Parece, por lo tanto, posible suponer que el capital preferencial de £ 435.800 de ALICo. no representa una sobreestimación del valor del activo de la empresa. La cuadruplicación del valor de las acciones, entonces, implica una ganancia a un interés anual compuesto del 8,5% sobre la inversión original durante los 17 años en los que operó la empresa. Esto, junto a los dividendos anuales de casi 7,5% promedio, representa una excelente ganancia sobre el capital invertido en 1870.

Como vemos, hacia el final de este ciclo, CALCo. había resultado una excelente inversión. Pero para el público inversor británico, y su interés por la Argentina, este no era el punto esencial. A comienzos de 1880, mucho antes que las ganancias de la compañía compensaran sus problemas iniciales, el aumento del valor de las tierras y el incremento de las ventas, junto al desarrollo general de la economía argentina (y particularmente del sector agrario) luego de la crisis de mediados de los años setenta, generaron una euforia que no sólo contribuyó a levantar drásticamente el valor de las acciones de la compañía, sino que creó, al mismo tiempo, una atmósfera general muy favorable para otras inversiones en tierras en Argentina.

En 1881, un artículo en el Money Market Review, tras describir la historia de CALCo., concluía señalando que tenía perspectivas de cuantiosas ganancias y que la tierra en Argentina era, en ese momento, una de las mejores formas de inversión disponible.[53] Dos años más tarde, podía leerse en otro artículo sobre la compañía de tierras:

En este caso, como en el de muchas otras empresas similares, se hace claro que la inversión en tierras debe ser considerada no sólo una de las más seguras sino también una de las más redituables.[54]

Al año siguiente un artículo sobre el Ferrocarril Central Argentino explicaba:

En verdad, la República Argentina ha contribuido, y es muy probable que continúe contribuyendo, generosamente a la riqueza de quienes han invertido y quienes inviertan en el futuro en sus ferrocarriles y tierras.[55]

Este floreciente interés por la inversión en compañías de tierras se refleja también en el informe de Egerton, Encargado de Negocios de Su Majestad Británica en Buenos Aires, sobre la colonización en Argentina, fechado en 1881. En 1883, el Vice-Cónsul Mallet de Rosario, refiriéndose específicamente a la provincia de Santa Fe, llega a conclusiones similares.[56] El ejemplo del sistema de colonización a lo largo de las nuevas líneas ferroviarias es imitado en otros casos. Dos ferrocarriles estatales, el Andino y el Central Entrerriano, siguieron el ejemplo del Central Argentino y crearon colonias a lo largo de sus vías.[57] Muchos otros concesionarios privados de vías férreas solicitaron tierras a lo largo del trazado, y en algunos casos las obtuvieron, aunque ninguna otra empresa británica de importancia recibió más tierras que las necesarias para la instalación de las ferrovías; establecido el éxito de las primeras empresas ferroviarias, no se consideró necesario este estímulo adicional para los inversores.[58]

Finalmente, el clima favorable a la inversión en compañías de tierras en Argentina en la city de Londres se concretó en la formación de varias nuevas empresas, en algunos casos vinculadas a compañías ferrocarrileras; en otros, no. Grandes extensiones de tierras argentinas pasaron así a manos de inversores británicos, como veremos en la segunda parte de este capítulo; y este proceso fue en buena medida estimulado por el prestigio adquirido en la city por CALCo.

Crecimiento, crisis y maduración. Las inversiones británicas en tierras entre 1880 y la Gran Guerra

La década de 1870 se inició con perspectivas favorables para la formación de compañías británicas de tierras en Argentina. Los dos primeros proyectos de colonización exitosos se establecieron en su primer año, en tanto que en Londres crecía un clima propicio para la inversión en tierras en Argentina, considerada como una de las mejores disponibles en el momento. Un debate sobre las posibilidades y los riesgos de la especulación en tierras en Argentina, aparecido en varios números del Brazil and River Plate Mail, muestra el entusiasmo de algunos por las amplias ganancias que podían obtenerse en esta actividad –entusiasmo que se refleja en varios artículos que el periódico londinense toma de su contemporáneo porteño Buenos Aires Standard[59] y la actitud más cautelosa del conservador mundo de negocios británico, expresada a través de las editoriales del bisemanario inglés, en el que se advierte sobre los peligros de la especulación en tierras.[60]

La legislación argentina de esa época referente a la colonización, por otro lado, ofrecía amplias posibilidades para la inversión privada en esta actividad. Tanto la ley propuesta bajo la presidencia de Sarmiento en 1873[61] como la Ley Avellaneda de 1876 –ese intento argentino de imitar la Homestead Law norteamericana–[62] incluían secciones sobre la participación de empresas de colonización privadas, orientadas principalmente a la obtención de capital externo. Al mismo tiempo, la mayoría de las legislaciones provinciales, particularmente en la región pampeana, hacía referencia a la participación del capital privado en la promoción de nuevos asentamientos. Por último, la venta de enormes extensiones de tierras públicas por parte de las autoridades provinciales abría también una oportunidad para capitalistas, nativos o foráneos, que desearan invertir en tierras, ya fuere como especulación, para colonización o para explotación directa de la propiedad.[63]

Pese a ello, en última instancia, los resultados del período no respondieron a las expectativas de las autoridades y de los intereses comerciales argentinos ni a las de los inversores extranjeros. Es imposible saber exactamente cuánto capital privado británico fue absorbido por la propiedad inmueble rural argentina en este período o cuáles fueron sus beneficios. Sí sabemos que, contando con buena información y un poco de suerte, los especuladores pudieron obtener cuantiosas ganancias en la década de 1870, como lo señalan varios ejemplos citados por el Standard en los artículos mencionados más arriba. Pero la información de que disponemos no parece sugerir que se transfirieran a Argentina con este propósito montos importantes de capital británico, aunque algunos miembros de dicha comunidad en Argentina fueron muy activos en la especulación inmueble. Más aún, después de 1870 no se produjeron nuevas inversiones por parte de compañías públicas inglesas hasta el fin de la década. Por otro lado, como ya hemos señalado, aquellos que ya habían invertido en empresas de colonización tuvieron en la década de 1970 más problemas que beneficios.

En la década siguiente, esta situación se revierte. Hemos visto cómo un incremento espectacular de los precios de la tierra permitió ganancias muy significativas a las compañías que retuvieron sus propiedades durante la primera y difícil etapa. Y cuando el futuro de estas empresas comenzó a parecer más brillante y la República Argentina comenzó a ser mejor conocida como área de inversión en la city de Londres, muchos más comenzaron a interesarse en las posibilidades que ofrecían sus tierras. Ello coincidía con una nueva tendencia general en el mercado de capitales londinenses, que manifestaba mayor interés por tierras y otras actividades vinculadas a estas. En su estudio sobre la formación de empresas públicas por acciones en Londres, Shannon menciona un

boom en tierras y minas extranjeras, que comienza en 1880, crece rápidamente en 1881 y es todavía fuerte en 1883. Este se hallaba constituido mayormente por tierras y minas de oro y plata, con algo de interés por el plomo y el cobre. Las tierras y plantaciones, en especial ranchs,[64] reunieron 46 compañías efectivas y 30 proyectos abortados entre 1881 y 1883 inclusive.[65]

Entre 1883 y 1885, el total de las compañías mineras y de tierras alcanzó 304 empresas, de las cuales 36 eran privadas y 268 públicas.[66]

Simultáneamente, el mercado de tierras argentino se vio activado por la incorporación de grandes extensiones de tierras no ocupadas después de la campaña militar contra los indígenas en 1879.[67] Más aún, la gran expansión del sistema ferroviario en la década de 1880 facilitó el acceso y proveyó de transporte económico a extensas regiones, y así hizo posible su incorporación a la actividad económica. Por otro lado, el proceso de colonización de Santa Fe, que había comenzado hacía ya casi 30 años, se hallaba plenamente consolidado y se expandía hacia las provincias vecinas. Por último, una activación de la demanda en el mercado interno y de exportación estimuló cambios en la estructura productiva agraria, que resultaron en una tendencia creciente en los precios de la tierra. Todos estos elementos contribuyeron a acelerar el constante proceso de expansión agraria de Argentina, y así se reabrieron nuevamente oportunidades de inversión en esta área.

La formación de empresas de tierras británicas en la década de 1880

La creciente solidez del mercado de tierras argentino lo hizo más respetable entre quienes formaban la opinión del público inversor europeo. El South American Journal, nueva nomenclatura del antiguo Brazil and River Plate Mail, al que viéramos en una actitud cautelosa sobre la inversión en especulación agraria en su polémica con el Buenos Aires Standard, publicó a comienzos de los años ochenta una serie de entusiastas artículos sobre las oportunidades que ofrecía este campo.[68] Uno de ellos cita el ejemplo de una compañía de Liverpool que compró una estancia de 72 leguas cuadradas en diciembre de 1880, la subdividió en unidades menores y las vendió en £ 72.000 cuatro meses más tarde, obteniendo una ganancia equivalente al 350% anual sobre el capital invertido. El editor concluye diciendo:

Esta operación indica que no hemos incurrido en exageración alguna al afirmar, como lo hemos hecho con tanta frecuencia, que ningún país del mundo ofrece mayores ventajas al capital extranjero que la República Argentina.[69]

La escasez de información hace que resulte imposible saber con precisión cuánto capital británico ingresó al país para realizar operaciones de corto plazo de este tipo o cuál es el monto exacto de las inversiones provenientes de Reino Unido en empresas privadas de colonización. Circunstancias fortuitas nos han dejado referencia a unos pocos ejemplos, tal como el mencionado por el South American Journal. Pero la formación de varias compañías públicas y privadas, y los ejemplos conocidos de las inversiones de particulares o empresas privadas, reflejan el creciente interés de los inversores británicos por el mercado de tierras argentino. Una de las primeras y más grandes de estas empresas fue la Santa Fe Land Company, creada en 1883 para hacerse cargo de las tierras concedidas a J. M. Murrieta and Company, una firma bancaria londinense, en pago de una deuda del Gobierno de Santa Fe. Volveremos a esta compañía para estudiarla con mayor detalle más adelante.

Otras compañías se formaron en las tierras conquistadas a los indígenas en 1879. Dada la importancia de las empresas británicas en esa región y ciertas particularidades en sus características generales y su evolución, las que se crearon en los Territorios Nacionales del Sur serán tratadas en un capítulo aparte. Sin embargo, podemos señalar aquí que importantes extensiones de tierra fueron adquiridas en esta región en la década de 1880 con el propósito de colonizarlas. Al mismo tiempo, se formaron otras compañías de este tipo en los territorios nuevos incorporados a la provincia de Buenos Aires o en los partidos vecinos más antiguos que se beneficiaron de la seguridad lograda por la supresión de los indígenas.

En 1881, se crea la Argentine Pastoral Association, una compañía privada, para hacerse cargo de 11 leguas cuadradas de los nuevos territorios de la provincia de Buenos Aires, pertenecientes a J. W. Ricketts –a quien ya mencionamos como administrador de estancias en Uruguay y especulador de tierras en Argentina–. Este adquirió la propiedad de acuerdo con los términos estipulados por la Ley de Crédito de Guerra de 1878, por la cual un bono de $ 400 fuertes podía intercambiarse por una legua cuadrada de tierra.[70] Para Ricketts el costo total de la tierra había sido entonces de $ 4400 fuertes (el equivalente a £ 880). El precio abonado por la compañía fue de $ 120.000 papel de la provincia de Buenos Aires por las cuatro leguas mejores y $ 90.000 de la misma moneda por las siete restantes, un total equivalente a $ 41.109 oro, o £ 8.220. Así, en el breve período que va desde la compra de los bonos en 1878 y la transferencia de la propiedad a la compañía en 1881, Ricketts obtiene una ganancia de £ 7560, es decir casi diez veces la cifra invertida. La nueva empresa tenía un capital autorizado de £ 100.000, pero sólo se emitió la mitad de ese monto. Ricketts, uno de los directores, era también gerente de la empresa con un salario anual de £ 500. Por tratarse de una compañía privada, no disponemos de información sobre sus operaciones o la trayectoria económica de la empresa pero, dado que para 1888 había liquidado sus propiedades y cerrado sus operaciones, pareciera tratarse de un consorcio formado con el único propósito de especular con la venta de las tierras. Sin embargo, el total del capital emitido superaba en más de £ 40.000 lo necesario para la compra de la propiedad y los gastos de formación de la empresa, por lo que parece probable que la compañía haya efectuado cierto desarrollo de la tierra, ya que no existe referencia alguna a otras operaciones inmuebles a las que pueda haberse destinado ese monto. Por último, al haber realizado su propiedad antes o durante 1888, el año de precios más altos del período, y al haber así evitado que sea afectada por la drástica caída que acompañó (y en alguna medida precedió) a la crisis Baring, es muy probable que el consorcio haya logrado un beneficio substancial, por encima de las ganancias individuales que obtuvo Ricketts con su formación.[71]

La Anglo Argentine Land Company, registrada en 1883, fue otra compañía privada formada en Londres para adquirir una propiedad perteneciente a Ricketts. Se ajusta exactamente al mismo modelo que la anterior. El capital emitido en este caso fue de £ 38.000. También en este caso se vendió toda la tierra y se liquidó la empresa para 1888.[72] Otra compañía, la Buenos Aires Land and Cattle Company, fue creada en 1882 para hacerse cargo de una propiedad de unos 100.000 acres próxima a Bahía Blanca. Sin embargo, la operación nunca se concretó y la compañía se liquidó en 1884. De todas maneras, parece probable, según la información existente, que el propietario del establecimiento, que recibiría como parte principal de pago una emisión de valores de la empresa por £ 50.000, haya sido un residente en el Reino Unido, con lo cual, pese a no efectuarse la venta, estaríamos frente a una inversión británica.[73]

Probablemente, la especulación más grande y atrevida en la provincia de Buenos Aires en el período fue la efectuada por E. Casey con 111 leguas cuadradas de tierras muy ricas en el sur de la provincia, base de la Compañía de Tierras Curumalán. En principio, esta operación fue emprendida exclusivamente por miembros de la comunidad anglo-argentina en Buenos Aires, dirigidos por Casey, pero llegó eventualmente a involucrar capital británico por un millón de libras, y fue uno de los factores –aunque menor– que contribuyeron a dificultar la posición de la Casa Baring en 1890, lo que precipitó la crisis, como veremos en un análisis de esta empresa que incluimos más adelante en este capítulo.

La Western Buenos Aires Land Company, registrada en 1883, fue una empresa privada que ya hemos mencionado en relación con la estancia La Germania. La compañía se creó en Londres en 1882 con el propósito de adquirir para colonizar varias propiedades pertenecientes a tres belgas que habían residido en la Argentina (H. Konigs, Charles Gunther y M. Kandel), cuyo capital estaba distribuido entre estas tres familias. Los tres socios principales, en particular Gunther, poseían amplias vinculaciones con las empresas británicas en el Plata, y cuando la empresa se formó en 1883 se había retirado a Londres. Konigs y Kandel figuran entonces con domicilios en Amberes, pero para 1896 prácticamente todo el capital de la empresa se hallaba en manos de personas residentes en el Reino Unido. Las propiedades se encontraban en el extremo oeste de la provincia de Buenos Aires, sobre el límite con Santa Fe y Córdoba, y abarcaban incluso tierras en esas provincias. El cuadro XV muestra la composición y extensión de esas tierras.

Konigs y Gunther recibieron de la empresa en pago de sus tierras £ 146.270 cada uno, y Kandel £ 6200, todo en acciones de la compañía; las acciones restantes hasta completar un capital de £ 300.000 se emitieron a nombre de otros miembros de estas familias y a testaferros con propósitos administrativos. Las tierras fueron beneficiadas tempranamente con la construcción del ferrocarril Pacífico, que las atravesaba, y la intención de la empresa era aprovechar esta circunstancia para hacer de sus campos un centro de colonización.

Por tratarse de una empresa privada, no disponemos de mucha información sobre el desarrollo de sus actividades. Sabemos sí, como lo señaláramos en el primer capítulo, que en 1899 la porción de tierra que formaba la estancia La Germania fue vendida nuevamente a la familia Gunther, que formó una nueva empresa independiente de la anterior; esto sugiere que parte de las tierras de la compañía se operaban como estancias ya antes de esa fecha. Después de la venta de La Germania, la Western Buenos Aires continuó con la realización de su activo; para 1908 se había vendido toda la propiedad inmueble y la empresa fue disuelta.[74]

Cuadro XV. Propiedades pertenecientes a la Western Buenos Aires Land Company

Propiedad

Hectáreas Precio pagado por la compañía (£)

1. 63 leguas cuadradas en Buenos Aires y Santa Fe, que eran parte de una concesión de 80 leguas cuadradas a F. Brizuela y a C. Bouquet, adquiridas por Konigs, Gunther y Kandel en 1875. No se transfirieron las 17 leguas restantes por un conflicto con el Gobierno.

170.000 224.000
2. 12 leguas cuadradas métricas en Buenos Aires adquiridas al Gobierno en 1883. 30.000
3. 120 ha en Buenos Aires, que eran un “sobrante”, adquiridas al Gobierno en 1884 (2 y 3 forman la estancia La Germania). 120
4. 605 ha en Córdoba adquiridas al Gobierno provincial en 1884. 605 74.920
5. 4 leguas cuadradas en Córdoba (4 y 5 forman la estancia La Atlántica). 11.023
6. 6 leguas cuadradas, parte en Córdoba y parte en Buenos Aires (estancia La Rhenania). 16.496
7. 24 ¾ leguas cuadradas, que eran parte de una concesión al Gobierno provincial de Córdoba, de la cual se vendieron 8 leguas a A. Oostendorp, de Buenos Aires. 61.875

Total

290.219 298.920

Fuente: Public Record Office (Londres), BT31, 3242/19103.

En 1887, la legislatura provincial de Buenos Aires, tratando de promover un proceso de colonización agrícola similar al que tenía lugar en ese momento en Santa Fe, promulgó la Ley de Centros Agrícolas. Esta ley ofrecía considerables ventajas –crédito barato, exenciones impositivas y una reducción de las tarifas ferroviarias– a los propietarios rurales que crearan centros de colonización en sus tierras, además de prever la formación de “centros” por parte del Gobierno. La ley entró en vigor por dos decretos reglamentarios de 1887 y 1888, y se formaron numerosos centros agrícolas en este último año y el siguiente.[75] Entre ellos, encontramos algunos formados por propietarios residentes en el Reino Unido, tal como el Centro Agrícola Dos Amigos, perteneciente a J. Fair, que incluía los pueblos de Espartillar (que recibiera su nombre de la famosa estancia que poseía su creador en el partido de Chascomús) y Junbill, ubicados en el partido de Adolfo Alsina. La mayoría de los terratenientes, sin embargo, parecen haber estado más interesados en sacar ventaja de los beneficios que ofrecía la ley –en particular de las facilidades crediticias– que en la formación genuina de asentamientos agrícolas; y cuando en 1890 la crisis detuvo el progreso de colonización, la formación de la mayoría de los centros no se había concretado, entre ellos el Dos Amigos. En la mayoría de los casos, las tierras fueron arrendadas bajo el sistema rotativo que terminaba con el alfalfado de los campos, y eventualmente llegaron a transformarse en modernas estancias.

Otro ejemplo de una operación particular en tierras por parte de un ciudadano británico es citado por el Vice-Cónsul Mallet de Rosario en 1883:

Puedo mencionar a un ciudadano inglés que ha estado visitando recientemente esta zona, adquiriendo alrededor de 30 leguas de tierra sobre el límite de esta provincia: se afirma que con el propósito de colonizarlas.[76]

Los proyectos de colonización no se hallaban restringidos a la Pampa Húmeda y a los Territorios del Sur en los años ochenta. La provincia de San Luís fue teatro de un intento de este tipo, esta vez por parte de una compañía pública. La Buena Esperanza Company fue registrada en Londres en 1884, emitiendo un capital de £60.000. Su propiedad consistía en 104 leguas cuadradas en el departamento de General Pedernera. La intención original de la empresa era traer sus pobladores de Holanda, tras habilitar una oficina en Rotterdam para contratar a los colonos: esta recibiría el 5% de las ganancias de la empresa. No sabemos en qué medida progresó el proyecto de colonización, aunque la pobreza de las tierras puntanas y la ausencia de un desarrollo efectivo de la colonización agrícola en la región sugieren que, aun en la próspera década de 1880, sus logros no pueden haber sido muy significativos. Pese a ello, la compañía pudo distribuir un dividendo del 4% en 1886 y un 5% al año siguiente. A partir de entonces, cesaron los pagos de dividendos y, al igual que muchas de las empresas colonizadoras formadas en los años ochenta, las actividades de La Buena Esperanza tomaron un nuevo rumbo en la década siguiente. 211.611 hectáreas de la propiedad original, que ya habían sido transformadas en una estancia, se hallaban aún en manos de la compañía hacia 1902. La distribución de ganancias se había reiniciado en 1898 con el pago de un dividendo del 5%. Para 1902, la compañía había acumulado una reserva de $ 178.770 m/n, seguramente por venta de tierras, pero carecemos de información sobre la evolución de la empresa posterior a esa fecha.[77]

Otros proyectos de colonización británicos tuvieron lugar en la región noreste del país, también librada del peligro de ataques indígenas a comienzos de la década de 1880. Colonia Florencia, por ejemplo, era una empresa privada localizada en lo que había sido la estancia Tapernaga en el Gran Chaco. La propiedad, que comprendía 80.000 hectáreas, pertenecía a E. H. Longworthy, residente en Londres. En 1887, se formó una compañía privada, la Chaco Company, para adquirir la propiedad: la sra. Longworthy recibió £ 75.000 en acciones preferenciales de la compañía como pago por la tierra, y esta fue la totalidad del capital emitido. La compañía fue disuelta en 1889, probablemente debido a la muerte de la propietaria.[78]

La Anglo Paraguayan Land Company, registrada en 1888, surge del pago mediante tierras públicas de una deuda de más de 1,5 millones de libras en títulos emitidos en Londres por el Gobierno paraguayo. Además de sus extensas propiedades en Paraguay, la empresa poseía 112.000 acres en el territorio argentino del Chaco, donde puso en marcha un proyecto de colonización conocido como colonia Gandolfi. La Anglo Paraguayan, cuyas operaciones se centraban en la propiedad en el país vecino, tuvo una larga trayectoria de fuertes pérdidas para los poseedores de los títulos emitidos por el Gobierno de Asunción, y finalmente fue disuelta en 1909.[79]

Por último, en Santa Fe, la zona más tradicional de colonización, se formó cierto número de importantes compañías públicas siguiendo el modelo de su predecesora local, CALCo. ALICo., como ya hemos mencionado, fue creada en 1888 para continuar y extender las actividades de la anterior. La Santa Fe and Cordoba Great Southern Land Company, formada ese mismo año, se hallaba estrechamente vinculada con el ferrocarril de igual nombre. La Argentine Colonization and Land Company, también creada en 1888, era una empresa totalmente independiente también formada con la intención de participar del proceso de colonización que se operaba en Santa Fe. Volveremos a estas tres compañías al analizar con mayor cuidado algunos ejemplos de las empresas británicas de tierras formadas en esta época, al final del capítulo. Por último, la Argentine Republic Land and Trust, formada en 1889, fue un proyecto frustrado. Tenía un capital de £ 100.000, pero sólo se emitieron algo más de £ 60.000. Este capital fue utilizado para la adquisición de tierras próximas a las ciudades de Rosario y Santa Fe, pero poco después de que comenzara sus operaciones se desencadenó la crisis Baring y la empresa debió cesar sus actividades. Las tierras que habían sido adquiridas a los elevados precios que predominaban en 1889 sólo podían venderse ahora con graves pérdidas debido a la caída de precios agrarios que acompañó a la crisis. Hacia fines de la década de 1890, sin embargo, la compañía logró desembarazarse de todas sus propiedades, y entró en un proceso de liquidación que dejó pérdidas poco cuantiosas a sus accionistas.[80]

Aparte de las empresas de tierras orientadas hacia la colonización, se crearon en Londres otras compañías durante el período del boom de 1880 relacionadas con el sector inmueble en Argentina. La Argentine Commanditary, registrada en 1883, fue creada como medio de financiación de las actividades especulativas de los hermanos escoceses R. J. y C. Hardy. El capital, que consistía en £ 21.000, fue provisto por la misma familia Hardy en Gran Bretaña. La compañía operó hasta 1895, pero no poseemos mayor información sobre sus actividades.[81] El Pilcomayo Syndicate, con un capital de tan sólo £ 6000, fue creado con el propósito de realizar exploraciones en el Gran Chaco, en las riberas del río Pilcomayo, con vistas a la explotación de los recursos naturales hallados en la zona. Pero no se encontraron en el Chaco recursos aptos para ser explotados en esa época, y el hecho de que la compañía fuera creada en 1890, a comienzos de la crisis, limitó también sus posibilidades de éxito.[82] Otro intento fallido fue el de la South American Land, Colonization and Construction Company. Este ambicioso proyecto, cuyo principal objetivo era la especulación inmueble, fue creado, sorprendentemente, en 1891, un punto álgido de la crisis. Como podía preverse, la compañía nunca llegó a operar efectivamente, y finalmente fue disuelta en 1911.[83]

Existió, por último, otra actividad vinculada con una forma particular de “tierra” argentina, que atrajo una considerable inversión de capital británico. En la eufórica atmósfera de los años ochenta, cuando las nuevas tierras del mundo –el Oeste Norteamericano, Canadá, Australia, Nueva Zelandia, amplias zonas de Sudamérica y, para algunos, también de Sudáfrica–[84] ofrecían todo tipo de riquezas, parecía inconcebible que un territorio de la amplitud del de la República Argentina careciera de abundantes recursos minerales. Tanto el Gobierno argentino como los inversores extranjeros estaban convencidos de la existencia de estas riquezas; lo único que hacía falta era hallarlas y explotarlas. Publicaciones especializadas como el Board of Trade Journal y el Mining Journal publicaban artículos en los que destacaban las posibilidades mineras que ofrecía la Argentina,[85] en tanto que las autoridades argentinas estimulaban constantemente el ingreso de capital a la República para el desarrollo de sus recursos minerales. Por lo tanto, no es sorprendente que se formara un importante número de empresas británicas en este período para adquirir derechos de explotación y concesiones mineras en ciertas regiones del país. En el período que concluye con la crisis Baring, hemos podido individualizar 14 empresas de este tipo. Las ocho empresas de las que disponemos de información totalizan un capital accionario de £ 716.757, al que se suma la emisión de obligaciones acompañada por una muy magra dotación de minerales aptos para ser explotados con provecho en aquella época; y magros también fueron los resultados obtenidos por la mayoría de estas empresas. No entraremos aquí en el análisis de la evolución de los proyectos mineros, pero sirva al menos la referencia al ímpetu de este proceso, en un país que no había mostrado hasta entonces ninguna evidencia significativa de contener riquezas minerales, como testimonio del entusiasmo que todo tipo de inversiones en tierras argentinas creaba en la city de Londres en la febril década de 1880.[86]

Colonización, especulación y mercado de tierras en la década de 1880

Retomando la actividad más característica de las compañías formadas en este período, la colonización, trataremos de ver algunas de las características de su evolución en la década en cuestión. En la primera parte de este capítulo, hemos visto el modus operandi de CALCo. y Alejandra en la década de 1870; pero los años ochenta trajeron una mejora en las condiciones generales para la colonización que se tradujo en mayores facilidades para las empresas que encaraban esta actividad. En primer lugar, si bien es cierto que el Gobierno siempre tuvo la intención de promover la colonización, en la década de 1880 se hallaba en condiciones mejores para hacerlo que anteriormente. La Ley Avellaneda de 1876, que entre otras cosas creaba la Oficina de Tierras y Colonias, proveyó una base legal y administrativa para la participación del Estado en la promoción de las colonias. Al mismo tiempo se habilitaron oficinas de inmigración en Europa para promover la llegada de nuevos habitantes a la República y facilitar las cosas a los potenciales colonos, incluyendo el pago de pasajes a Buenos Aires. Una vez allí, el Hotel de los Inmigrantes les ofrecía un lugar donde alojarse hasta que encontraran trabajo y vivienda. La acción oficial garantizaba así el flujo de inmigración, y les evitaba a las compañías el tener que reclutar sus propios colonos en Europa.[87] Más aún, mediante la campaña militar de 1879 contra los indígenas, el Gobierno erradicó uno de los principales problemas para el asentamiento en áreas nuevas, lo que contribuyó, además, a mejorar considerablemente la imagen de la Argentina como área de colonización en Europa.[88]

Por otro lado, los desarrollos de la década anterior crearon los canales financieros y comerciales necesarios para el desarrollo independiente de los colonos, y aliviaron así, hasta cierto punto, la necesidad por parte de los empresarios colonizadores de promover sus asentamientos mediante la oferta de facilidades –fundamentalmente crediticias– a los recién llegados. Más aún, a medida que progresaba el proceso de colonización había un creciente número de chacareros que disponían de cierta experiencia y capital, y se hallaban deseosos de adquirir nuevas tierras o de trasladarse a nuevas colonias a probar fortuna, y se generaba una demanda de tierras por un tipo de colono mejor provisto que el habitual de la década anterior. Aun así, en 1879 el Cónsul Egerton podía señalar:

Tengo serias dudas sobre si, como regla general, sobre todo en las colonias privadas, el inmigrante no paga mucho más por sus tierras en estas colonias que lo que haría si se dirigiera al mercado abierto. Ofrecen, sin embargo, facilidades para el ignorante y el desvalido.[89]

Como hemos visto en el caso de CALCo., esto no implicaba necesariamente grandes ganancias para las compañías colonizadoras en los años setenta ya que el costo de las “facilidades para ignorantes y desvalidos” era con frecuencia mucho mayor que los beneficios obtenidos por los precios más altos. Pero en las nuevas condiciones que prevalecerían en la década siguiente, y al acelerarse el ritmo de crecimiento de los precios de la tierra, la diferencia entre los precios ofrecidos por las compañías de colonización y los del mercado abierto tendió a decrecer, al mismo tiempo que aumentaban las ganancias de las empresas colonizadoras. Una vez más, CALCo. ofrece un claro ejemplo de este proceso.

Vemos así que, salvo las empresas que operaban en regiones remotas –la mayoría de las cuales no tuvieron éxito en la formación de colonias–, la colonización presentaba muchas menos dificultades en la década de 1880 que antes. Se requería, entonces, muy poco capital más allá del necesario para adquirir la tierra misma. Sólo era necesario inspeccionar y hacer una mensura de la propiedad, escoger una sección adecuada para un pueblo y dividir el resto en secciones de 20 cuadras cada una. Estas chacras se ponían entonces a la venta a un precio que doblaba o triplicaba el valor de la tierra antes de su subdivisión; y el precio continuaría aumentando de acuerdo con la tendencia general de los precios inmuebles en el período. En general, se ofrecían facilidades de pago de hasta tres y cuatro años, y se cobrara un interés del 10% sobre los saldos. Otra posibilidad era arrendar la tierra a una tasa anual que variaba entre el 5% y el 10% de su precio de venta.[90]

Las ventajas que ofrecía este tipo de operación, junto al creciente rendimiento de las estancias por las mejoras en sus condiciones productivas, contribuyeron a aumentar rápidamente el valor de la propiedad inmueble, lo que a su vez estimuló la especulación en tierras. Los precios de las tierras y la especulación, que generalmente marchan al unísono, aumentaron rápidamente en los primeros años de la década, perdieron luego algo de su ímpetu entre 1883 y 1885 bajo la sombra de una limitada crisis financiera, agravada por malas cosechas, para volver a su plenitud en los años siguientes y llegar a su punto más alto del siglo en 1888-1889.

La mayoría de los observadores contemporáneos, así como los investigadores y estudiosos posteriores, atribuyen esta tendencia alcista principalmente a la especulación y a las facilidades de crédito que brindaban las cédulas hipotecarias. Pero las altas ganancias obtenidas por las estancias en operación a comienzos de la década y la expansión continua de la producción, aun después de declarada la crisis, sugieren que, excepto el desenfrenado período especulativo de 1888-1889, el aumento en el precio de la tierra responde a un aumento de su valor productivo. De hecho, en un período de expansión agraria como este, parecería que la tendencia era más bien a que los precios estuvieran algo retrasados respecto a la creciente productividad de la tierra; y, por lo tanto, las ganancias en la inversión en tierras eran efectivamente mayores que en otros sectores de la economía.

Un artículo de The Economist aparecido a comienzos del año 1890 señalaba que

el valor de la tierra, estimulado quizá por una especulación excesiva, puede ser exagerado; aun así, tierras tan ricas deben redituar una buena ganancia sobre el capital invertido.[91]

Este paradójico comentario (¿por qué habrían de considerarse “exagerados” los precios de la tierra si redituaban aún “una buena ganancia sobre el capital invertido”?) era probablemente demasiado optimista cuando fue escrito, pero, en cambio, reflejaba adecuadamente la tendencia que había prevalecido en el período anterior.

En los últimos dos años de la década, existió efectivamente una inflación artificial de precios; y es cierto que fue estimulada por las facilidades crediticias y otras políticas extremadamente ambiciosas (cabría llamarlas “desarrollistas”) de la administración Juárez Celman. Pero la profundidad de la crisis subsiguiente –una crisis que el boom especulativo, sin duda, contribuyó a precipitar–, se entiende mejor en términos de una conjunción de las tendencias de largo plazo de la balanza de pagos con factores financieros de corto plazo, más que como el simple resultado de un crash financiero especulativo.[92]

Pero si durante la mayor parte de la década el aumento del valor de la tierra puede ser considerado más como el resultado de una mejora en las condiciones de producción que de la mera especulación, no existe duda alguna de que se generó efectivamente un mercado muy especulativo, en el que pudieron lograrse cuantiosas ganancias, y, eventualmente, luego de 1890, cuantiosas pérdidas. Durante esta década, los especuladores adquirieron grandes extensiones de tierra –con frecuencia tierras fiscales en la nueva zona de frontera– y las vendieron luego con grandes beneficios a otros especuladores, a estancieros o a empresas de colonización.[93] En otros casos, el especulador formaba una compañía, ya fuera en Buenos Aires o en Londres, para que se hiciera cargo de la tierra. La nueva empresa pagaba por la tierra una parte en efectivo y otra parte mediante la emisión sin costo a favor del propietario de una porción de su capital accionario. El especulador podía, así, obtener un beneficio líquido en la operación, manteniendo aún una participación en la propiedad, de la que podía obtener futuras ganancias.[94] Fuera de los ejemplos británicos que ya mencionamos, se formó un importante número de compañías de tierras argentinas de esta u otras formas similares, particularmente en el período del boom de 1888-1889.[95]

Por otro lado, la colonización misma en los años 1880 no era mucho más que una especulación en tierras. Las ganancias obtenidas se vinculaban principalmente con el aumento del precio de la tierra. Sin embargo, en la medida en que el aumento del valor inmueble reflejaba mejoras en la productividad de la tierra, estas operaciones tenían una base genuina y sólida, ya que, pese a los elevados precios de la tierra, el nivel medio de ganancias de los colonos era suficiente como para permitirles hacer frente a sus obligaciones respecto al pago de los saldos sobre el precio de la tierra o su arriendo.[96] Cuando el precio de la tierra aumentaba demasiado rápido y ejercía una presión excesiva sobre los costos de los colonos (quienes entre otras cosas, se hallaban muy afectados por los costos del crédito y los fletes, que compartían una tendencia decreciente ante una mayor competencia de oferta en este período), el proceso de colonización se desaceleraba; lo mismo ocurría con la demanda de tierras y su precio –lo que ocurrió, por ejemplo, durante la limitada crisis de mediados de la década–.

El impacto de la crisis Baring

Estrictamente en términos de la evolución del mercado de tierras, la crisis de 1890 puede ser interpretada de igual forma. Durante el boom especulativo de los últimos años de la década anterior, los precios de la tierra alcanzaron un nivel considerablemente más alto que su capacidad rentística. Eventualmente, como se vería con la nueva alza de precios de la primera década de nuestro siglo, la continua expansión de la producción agraria que se da por la introducción de mejoras técnicas y organizativas, haría que el valor de la tierra ascendiera a cifras aún mayores que las alcanzadas en 1888-1889. Pero no existe duda de que los precios de esos años se hallaban muy por encima de la capacidad productiva contemporánea de la tierra, y que son, por lo tanto, puramente especulativos.

Sin embargo, la severidad de la crisis que se desencadenó no fue principalmente producto de este factor. De hecho, como ya hemos señalado, aunque la crisis repercutió en toda la economía, fue esencialmente una crisis financiera, que no revirtió la tendencia expansiva del sector agrario, pese al giro negativo en los términos de intercambio para los productos agrícolas en el mercado internacional que dominó en la última década del siglo XIX.[97] Más aún, la caída del valor del peso papel que acompañó a la crisis tuvo efectos positivos para los productores rurales. En tanto que productores para un mercado dominado por los precios internacionales, sus ingresos eran en moneda fuerte o su equivalente, mientras sus costos –particularmente los del trabajo, que era el más caro en términos relativos– caían debido a la depreciación del papel moneda. Este efecto fue menos sentido por las empresas británicas que debían traducir sus ganancias a libras esterlinas para distribuir dividendos. Pese a ello, como hemos visto en nuestro primer capítulo, la crisis no fue acompañada por una caída dramática de las ganancias en las empresas dedicadas a la explotación directa de sus propiedades.

Para los especuladores en tierras y las compañías de colonización, el efecto fue bastante más grave. En primer lugar, la crisis financiera originó un serio problema de iliquidez que se reflejó agudamente en el mercado de tierras. Acuciados por urgencias financieras, muchos empresarios capitalistas con inversiones en diversos sectores de la economía, que habían recurrido con frecuencia a créditos hipotecarios sobre sus estancias para destinar el dinero a la especulación inmobiliaria o financiera, se veían forzados a vender sus propiedades. Por otro lado, la restricción del crédito que acompañó a la crisis y las altas tasas de interés resultaron en una aguda caída de la demanda. Así, pese al alto premio al oro, el precio de la tierra en papel permaneció relativamente constante, lo que implica una baja en términos reales.[98] Los especuladores, particularmente aquellos que habían adquirido la tierra en el período de precios más altos en 1888-1889, se encontraron en posesión de propiedades por las que había poca demanda, a pesar de la aguda caída de precios. En los casos en que habían tomado créditos en pesos papel, como ocurría con la mayoría de las emisiones de las Cédulas Hipotecarias, los efectos de la crisis eran disipados, en buena medida, por la caída del valor de la moneda fiduciaria. Pero si habían contraído compromisos en oro o en moneda extranjera, la situación monetaria tendía a jugar en su contra causando muchas dificultades y quiebras entre los especuladores.

Aparte de la repercusión directa en el capital invertido en la especulación, este proceso afectó de otra forma a las inversiones británicas en tierras en Argentina. Durante los años 1880, los especuladores argentinos y anglo-argentinos habían obtenido créditos de instituciones británicas en Argentina o directamente en el mercado financiero de Londres –especialmente de compañías de crédito hipotecario inglesas que operaban en Argentina, pero también de bancos y mediante la emisión de valores en la bolsa de Londres–. En muchos casos, las quiebras de los especuladores dejaban a sus acreedores en posesión de extensas propiedades, tal como ocurrió con varios de los créditos que había otorgado ALICo. luego de su reorganización en 1888 y con La Curumalán.

El efecto de la crisis sobre las compañías de colonización no fue quizá tan severo como para los especuladores, pero afectó, sin duda, muy profundamente sus operaciones, al causar eventualmente un cambio en el uso que hacían de sus tierras. Una de las formas en que la crisis restringió las posibilidades de las empresas colonizadoras fue la desaceleración de la expansión del sistema ferroviario. En realidad, durante el período 1890-1895 se produjo una extensión considerable de las vías férreas, pero esto se debió por entero a la continuación de proyectos que habían sido aprobados y habían reunido su capital en los años previos. No se concedieron –ni de hecho se solicitaron– concesiones para la construcción de nuevas líneas, y en algunos casos se abandonó la instrumentación de proyectos existentes de ampliación de redes. Así, muchas compañías que contaban con que sus tierras dispondrían de comunicación ferroviaria en un breve lapso, como ocurrió con algunas de las mencionadas más arriba en este capítulo u otras que analizaremos en nuestra sección sobre los Territorios Nacionales del Sur, debieron aguardar un largo período antes de tener acceso a un medio de transporte que era absolutamente esencial para el desarrollo de las colonias agrícolas.

Otro efecto de la crisis fue una caída aguda de la inmigración. Esto puede atribuirse, en parte, al efecto negativo que la información de la situación económica general en Argentina pudo haber tenido en Europa sobre los posibles inmigrantes, pero también a la caída en el salario real que acompañó a la devaluación del peso papel y a las crecientes dificultades de los nuevos colonos para adquirir propiedades inmuebles.

Este último factor, a su vez, proviene de distintas causas. En primer lugar, la caída del salario real implicaba una mayor dificultad para los inmigrantes recién llegados, que no disponían de capital para ahorrar los fondos necesarios para iniciar una actividad agrícola independiente. La limitación y el costo del crédito también tuvieron un efecto negativo sobre los posibles colonos. Por último, los cambios de política con que las empresas colonizadoras respondieron a la crisis agudizaron el problema. La caída de los precios de la tierra en términos reales y la devaluación de la moneda redujeron considerablemente las ganancias de estas empresas, muy particularmente de las británicas. Bajo estas circunstancias, las compañías prefirieron evitar las pérdidas relativas que implicaban las ventas a bajos precios, aun a costa de su reducción.[99] Se fijaron, entonces, precios de venta en valores oro, y se los mantuvo constantes pese a la declinación general del mercado inmueble, mientras se esperaba la recuperación de la economía. Asimismo, se redujeron las facilidades crediticias. Con la conjunción de todos estos factores que dificultaban el acceso de los nuevos colonos a la propiedad de la tierra, junto a la reducción de la llegada de nuevos inmigrantes (como es bien sabido, 1891 fue el único año de saldo inmigratorio negativo en muchas décadas, en tanto que el balance total de la década de 1890 fue muy exiguo), no resulta sorprendente encontrar un notable estancamiento del mercado de tierras en las colonias.[100]

Esta drástica caída de la demanda de tierras en las colonias dificultó más la posición de las compañías de colonización. Pero, como ya hemos mencionado, la crisis fue en realidad acompañada por un aumento y no una caída de la producción cerealera. Esto se explica por un cambio en la forma de tenencia de la tierra. La pequeña propiedad (pequeña en términos relativos, claro está) y el arrendamiento coexistieron en las colonias en el período previo, pero tanto el esfuerzo de los terratenientes como el de los colonos se había orientado fundamentalmente hacia la compra­venta de las chacras, más que a su arriendo. Esto es particularmente evidente durante la mayor parte de la década de 1880, como surge del análisis del caso de CALCo. en la primera parte de este capítulo. Con la restricción del mercado de venta de chacras, las empresas colonizadoras dirigieron sus operaciones al arriendo de sus propiedades. El presidente de la Argentine Land and Colonization Company expresa en forma muy clara este cambio de orientación forzado por las circunstancias:

Durante la actual crisis, que no puede prolongarse, debemos mantenernos tal cual estamos. Mientras tanto arrendaremos nuestras chacras por una participación en la cosecha, de lo que esperamos obtener buenos dividendos sobre nuestro dinero. Pero cuando se supere la crisis tendremos, gracias a la inteligente administración de nuestros representantes locales, una situación tan favorable en nuestras propiedades que nos permitirá realizar ventas en todos nuestros campos como lo hemos hecho hasta el presente.[101]

Las compañías arrendaban ahora sus tierras tras fijar una renta en especie como porcentaje de la cosecha. De esta forma, tanto la compañía como el colono evitaban el problema de la fluctuación de la moneda corriente, y el chacarero evitaba también las dificultades que una renta en moneda (particularmente en pesos oro) podía significar en el restringido mercado financiero del período.

Este análisis sugiere que la causa inmediata para el cambio del sistema de ventas al de arriendo por parte de las compañías consistió en las condiciones creadas por la crisis. Aunque esto es esencialmente cierto –y las compañías de colonización británicas mismas explicaron su cambio de política de esta forma–, existen tendencias de más largo plazo que subyacían a este proceso. Hemos mencionado el hecho de que la diferencia entre el precio de la tierra que ofrecían las empresas colonizadoras y el mercado abierto tendía a disminuir en los años 1880. Esto puede atribuirse a diversas causas. En primer lugar, había un aumento en el valor relativo de las unidades mayores debido al aumento de su productividad y por la expectativa de una renta especulativa debida al aumento del precio de la tierra. Había también una competencia creciente entre las mismas empresas colonizadoras en su oferta de chacras a los colonos. Por último, la existencia de un sistema crediticio más amplio y, en muchos casos, la acumulación previa de capital y experiencia en los trabajos agrícolas permitieron que los colonos escogieran sus tierras, lo que disminuyó las ventajas relativas ofrecidas por las grandes empresas colonizadoras, que se veían así forzadas a ajustar sus precios relativos para mejorar su posición competitiva.[102]

Esta contracción de las diferencias de precios entre las propiedades grandes y pequeñas significó una reducción de las ganancias que se podían lograr de la subdivisión de grandes propiedades en chacras. Al mismo tiempo, la productividad creciente de las propiedades mayores y la expectativa de mayores ganancias por el aumento del precio de la tierra estimuló la acumulación de tierras por parte de los grandes propietarios rurales. El último de estos elementos, por ejemplo, fue el principal argumento esgrimido por el grupo de inversores de CALCo. que ya a comienzos de la década de 1880 pregonaba una política de reducción de ventas mediante la restricción de facilidades crediticias y el aumento de precios. En su opinión, se obtendrían mejores ganancias mediante el arriendo de la tierra, que se beneficiaría del alza de precios, que las que se lograrían mediante una realización inmediata de la propiedad. Como hemos visto, estas políticas fueron parcialmente adoptadas cuando la compañía fue reorganizada en 1888.

Por otro lado, el aumento efectivo del precio de la tierra implicó una mayor dificultad para que los nuevos colonos tuvieran acceso a ella. Más aún, el aumento del costo de factor de la tierra disminuyó las ganancias relativas de los colonos y mermó su capacidad de ahorro, lo que dificultó la acumulación de tierras por parte del pequeño propietario y el acceso a la propiedad de los arrendatarios.

En esencia, muchos de estos cambios pueden atribuirse fundamentalmente a una causa. Durante la primera etapa del proceso de colonización agrícola, la diferencia de productividad entre las toscas y poco sofisticadas estancias de cría de ganado criollo para el mercado saladerista y la exportación de cueros y sebo y las nuevas unidades agrícolas era enorme. Esto es particularmente cierto para la provincia de Santa Fe, donde aún predominaba la estancia de viejo tipo, en tanto que en la provincia de Buenos Aires, la actividad lanera ya había aumentado notoriamente la productividad rural en el tercer cuarto del siglo, y le restaba así estímulo a la actividad colonizadora por parte de los propietarios rurales. Los precios de la tierra, claro está, constituyeron la principal cadena de transmisión a través de la cual las estructuras productivas se transmitieron a las formas de tenencia de la tierra.[103] Esta diferencia de productividad, entonces, dio ímpetu al establecimiento de colonias y facilitó el acceso a la propiedad de la tierra a los nuevos colonos. Cuando la mejora de las técnicas productivas y una mayor inversión en la calidad del ganado en las estancias, cuya producción se orientaba cada vez más hacia el mercado de exportación –cambios facilitados, a su vez, por la ampliación de las facilidades crediticias para los grandes propietarios– aumentó la productividad de las grandes unidades, las ventajas relativas de la colonización disminuyeron y, con ellas, el acceso de los colonos a la tierra.

Existió otro factor que contribuyó a este proceso. En la década de 1890, el cambio de la venta a los arriendos en las compañías de colonización fue acompañado por un aumento general en los arriendos, aun dentro de los establecimientos ganaderos, lo que constituye un importante elemento en la expansión de la producción agrícola en el período. La razón para este cambio no se halla vinculada centralmente a la crisis. Por un lado, el perfeccionamiento constante de la ganadería requería mejores pasturas. Por el otro, el valor de la tierra alcanzado a fines de la década de 1880 presionaba a los propietarios a perfeccionar sus técnicas productivas y la organización del trabajo en la unidad de producción, con el propósito de mantener un alto nivel de rendimiento de la inversión. La respuesta a esta situación fue el arriendo de la tierra bajo el sistema rotativo que culminaba con alfalfa. Así, el aumento de la superficie de tierras asignadas a la agricultura en las áreas de antiguo asentamiento no se realizó a costa de las dedicadas a la actividad ganadera, sino más bien por el surgimiento de una forma de combinación de ambas actividades. Finalmente, otro factor técnico que opera en contra de la parcelación en pequeñas unidades agrícolas es el mayor grado y sofisticación en el empleo de maquinaria agrícola. Este proceso de tecnificación disminuyó, en parte, la ventaja comparativa de la pequeña unidad basada principalmente en el aporte de trabajo familiar –aunque esta forma de trabajo seguirá siendo de gran importancia– en favor de unidades mayores que ofrecían una escala más favorable para el uso de mayor tecnología.[104]

Tomando en cuenta todos estos elementos, podemos concluir que, en el proceso de evolución de la década de 1880, existía ya una tendencia hacia la restricción de las oportunidades de los colonos para tener acceso a la tierra y hacia la expansión del arrendamiento como forma de tenencia. La crisis dio un giro dramático a la situación, al producir una brusca suspensión de las ventas en las colonias ya existentes y al hacer virtualmente imposible la formación de nuevas.[105] Sin embargo, es a las tendencias de más largo plazo a las que debernos atribuir el hecho de que después de la recuperación de la crisis, hacia fines de la década de 1890, no se volviera al fraccionamiento y a la venta de pequeñas propiedades en la Pampa Húmeda. Para las compañías inglesas creadas en los años ochenta con el propósito de comprar tierras para revenderlas a colonos, esto significó que las medidas adoptadas para superar las dificultades creadas por la crisis resultarían eventualmente en un cambio completo de su modus operandi.

A comienzos de los años 1890, la situación de la mayor parte de las empresas era muy poco satisfactoria. Hemos visto ya que la primera reacción a la crisis fue establecer los precios de la tierra en oro y, al caer las ventas, aumentar el número de arriendos tomando los cánones en especie. Pero pese a estas medidas, las actividades y los ingresos de la mayoría de las empresas fueron muy escasos. Refiriéndose a la provincia de Santa Fe, el Vice-Cónsul británico Mallet, residente en Rosario, comentaba en su informe de 1892:

Varios millones de pesos oro de capital británico han sido invertidos en amplias extensiones de tierras vírgenes en diversos lugares de la provincia, perteneciendo a compañías formadas en Londres durante el período del boom. Una gran parte de esta tierra, aunque fértil y muy apta para la agricultura, se halla sin uso, proveyendo poca o ninguna ganancia sobre el dinero invertido.[106]

Y si esto ocurría en la bien desarrollada Santa Fe, era mucho más cierto aun en las regiones de poblamiento más reciente.

Al advertir que el congelamiento del proceso de colonización iba a perdurar por algún tiempo, la mayoría de las empresas comenzaron a buscar un uso alternativo para sus propiedades. Muchos optaron por una explotación directa de sus tierras, invirtiendo el poco capital del que disponían en la formación de estancias. En el caso de los establecimientos ubicados en las zonas más alejadas, tales como la Santa Fe Land Company, o los que poseían tierras en los Territorios Nacionales (generalmente extensiones inmensas y desocupadas), parte de la propiedad se dedicaba a la formación de una estancia, en tanto que el resto era arrendado en grande secciones para pastoreo. En el caso de los campos de “adentro”, generalmente toda la propiedad era explotada por la compañía, que arrendaba secciones de tierra dentro de las estancias bajo el sistema rotativo para obtener pasturas de alfalfa. Tal fue el caso, por ejemplo, de la propiedad de la Santa Fe and Cordoba Great Southern Land Company y de muchos de los proyectados centros agrícolas de la provincia de Buenos Aires.

Las compañías que poseían colonias bien establecidas –principalmente ALICo.– continuaron operando como empresas colonizadoras, pero los arriendos se hicieron mucho más frecuentes que las ventas de terrenos. Eventualmente, luego de la superación de la crisis, se obtuvieron importantes ganancias mediante ventas, pero se efectuaban en grandes secciones a estancieros más que a pequeños productores agrícolas. Por último, algunas compañías que poseían bosques, como la Santa Fe Land Company y ALICo., podían obtener algunas ganancias mediante su explotación.

La evolución de las ganancias de las empresas varía considerablemente de acuerdo con la posición de la compañía en el momento de desatarse la crisis y la localización de sus tierras. En el caso de tierras bien ubicadas que ya habían sido desarrolladas antes de la crisis –como ALICo. o Curumalán, existió una significativa caída de las ganancias, particularmente si tomamos los valores en libras esterlinas, pero aun en los peores años se lograron pequeños márgenes favorables. Más aún, cuando la economía argentina comenzó a recobrarse, la posición de estas empresas mejoró rápidamente. En cambio, en los casos en que las propiedades no tenían una localización tan favorable o no contaban con un desarrollo previo a la crisis –por ejemplo la Santa Fe Land Company o la Santa Fe and Cordoba Great Southern Land Company, transcurrió un período bastante largo antes que los inversores llegasen a recibir ganancias líquidas. Si no se desprendían de sus propiedades (y muy rara vez lo hicieron), eventualmente se beneficiaron del rápido aumento del valor de la propiedad inmueble a comienzos del siglo XX, y obtenían así ganancias muy significativas sobre su inversión original.

La década de 1890 fue testigo de una transformación en las operaciones de las compañías de tierras británicas que funcionaban en Argentina. Pero, como podía esperarse en un período de crisis, existió muy poca inversión nueva en tierras en Argentina durante esos años. En realidad, como señalaron algunos observadores contemporáneos, la caída del peso papel y la disminución relativa de los precios de la tierra, en un contexto de aumento de la productividad, ofrecían una buena perspectiva para los inversores.[107] Pero aunque hoy, con el beneficio del conocimiento del desarrollo posterior, resulta evidente que se podrían haber logrado muy buenas ganancias con una inversión de este tipo, sería irrealista esperar que los capitalistas británicos de entonces arriesgasen su dinero en Argentina bajo las lúgubres circunstancias que prevalecían en la República a comienzos de esa década. Es posible, sin embargo, que aquellos que se hallaban estrechamente vinculados al mercado de tierras en Argentina hayan estado dispuestos a invertir algún capital en tierras en forma privada.[108] Más aún, sabemos que ALICo., que había desarrollado actividad de préstamos hipotecarios desde su formación en 1888, adquirió varias propiedades en este período por ejecución de las prendas de deudores insolventes, y lo mismo ocurrió con otras empresas británicas de crédito hipotecario.[109] Eventualmente, la realización de estas propiedades a comienzos del siglo XX les permitiría recobrar su dinero obteniendo buenas ganancias.

Después de la crisis: una nueva expansión de inversiones

Pero fue sólo en la primera década del siglo XX que las inversiones británicas en Argentina en general y en tierras en particular volvieron a cobrar ímpetu. Argentina pudo resolver las mayores urgencias de la crisis con relativa rapidez. Un aumento de las exportaciones agrícolas, la caída de las importaciones y una reducción del gasto público le permitieron restablecer su posición financiera en pocos años. El período más agudo de la crisis fue entre 1890 y 1894 (los años 1891 y 1893 fueron los más dramáticos), pero para 1895 se veían ya claros indicios de una recuperación, y hacia 1898, dos años antes de lo establecido por los acuerdos con el Comité Rothschild, Argentina había podido saldar su deuda exterior atrasada. La media anual de premio al oro tuvo su pico máximo en 1891, y aún era muy alta en 1895; a partir de entonces, cayó en forma bastante pronunciada, hasta que en 1899 se estableció una nueva paridad fija, principalmente con el propósito de proteger al sector agrario del efecto de la valuación del papel moneda.

De esta forma, para comienzos de siglo la economía argentina había recuperado su solidez. La revaluación del peso papel, el alza de los precios agrícolas, una mejora en las condiciones técnicas para la exportación de las carnes vacunas argentinas y la expansión de la producción agrícola, junto a una mejora general de la economía y a un mercado financiero más sólido, resultaron en un alza de los precios de la tierra. A comienzos de la década de 1900, estos alcanzaron nuevamente el nivel del período pico del siglo anterior; y, en la década siguiente, siguieron ascendiendo más rápidamente aún hasta alcanzar cifras a veces cuatro o cinco veces más altas, hasta que una limitada crisis financiera en 1913 y más tarde la Gran Guerra, produjeron un nuevo estancamiento del mercado. Durante este nuevo ciclo alcista, ingresó al país una nueva oleada de capital británico, parte del cual fue invertido en la adquisición de estancias. En realidad, durante este período se formaron en Londres nuevas compañías públicas y privadas para administrar este tipo de establecimientos. La mayoría de ellas, como ya hemos visto, eran empresas familiares, resultado de un largo proceso que había comenzado en los años sesenta o setenta del siglo pasado, pero otras surgieron de la compra por parte de grupos inversores de Londres de establecimientos en marcha con el propósito de obtener ganancias a través de su funcionamiento habitual y, más aún, de beneficiarse del aumento constante de los precios de la tierra. Este fue el caso, por ejemplo, de la Argentine National and Provincial Land Company, registrada en 1911 con el propósito de adquirir una propiedad de 3721 hectáreas en la provincia de Córdoba, o de Estancia Guaviyú Limited, registrada en 1900 para operar una estancia en Entre Ríos.[110]

La actividad colonizadora disfrutó también de un segundo período expansivo. Cuando las tierras de “adentro” se hicieron demasiado costosas para que los colonos tuvieran acceso a ellas, se abrieron algunas posibilidades de desarrollo agrícola en regiones más apartadas, cuya conexión por medio del ferrocarril a los centros de consumo y exportación las hicieron factibles como áreas de colonización. Se formaron, así, algunas empresas británicas para operar en forma similar a como lo habían realizado las compañías de Santa Fe en los años 1880. Entre ellas podemos mencionar la Argentine Eastern Land Company, registrada en 1910 para operar en Entre Ríos, y la Guatraché Land Company, registrada en 1912, que invirtió < 500.000 en la compra y desarrollo de 18 leguas cuadradas en la región noreste de La Pampa.[111] La parcelación de la tierra para su venta a colonos nunca recuperó la importancia que había tenido antes de la crisis, pero dados los precios mucho más elevados de la tierra, las cifras invertidas en esta actividad eran bastante significativos. Nótese, por ejemplo, cómo la Guatraché Land Company, que poseía una propiedad mucho más reducida que la que en su momento poseyó CALCo., ubicada en tierras más pobres y alejadas de los principales puertos y ciudades, emitió un capital accionario superior no sólo al capital original de esta empresa, sino también su aumento cuando su transformación en ALICo. en 1888 (en un período en el que no existió una significativa inflación monetaria de la libra esterlina).

Al referirnos al capital británico invertido en colonización durante este período, no podemos dejar de mencionar a la Jewish Colonization Association. Esta empresa, registrada en Londres en 1892 con un capital de dos millones de libras, era por mucho la mayor empresa dedicada a la financiación de proyectos de colonización de Argentina con sede en el Reino Unido. Pero no se trataba de un consorcio comercial. La asociación se formó sobre la base de una donación de la familia Rothschild con el propósito de adquirir tierras en Argentina y destinarlas a la formación de colonias para el asentamiento de refugiados judíos de Europa del Este. Los inmigrantes debían pagar por sus tierras precios muy poco más bajos que los de mercado y debían reintegrar los préstamos recibidos de la asociación en términos similares a los de las compañías de colonización británicas de la década de 1870. Los ingresos de la compañía debían servir para continuar con su actividad colonizadora. Sin la presión por obtener ganancias y disponiendo de un enorme apoyo de capital, el proyecto resultó bastante exitoso –como lo testimonian las numerosas colonias judías creadas en ese período en la Argentina–, pese a haber sido iniciado en el punto más álgido de la crisis.[112]

Pero si la colonización y las estancias volvieron a absorber importantes cantidades de capital británico durante los años de auge de comienzos del siglo XX, la especulación en tierras se convirtió rápidamente en una de las actividades más atractivas para los inversores británicos. En 1910, C. Ogilvie, una de las figuras más prominentes del grupo de propietarios de tierras argentinas en Londres, escribió:

Se escucha con frecuencia la pregunta “¿resulta seguro comprar tierra en Argentina?” Pero el verdadero sentido del interrogante es más bien uno de interés propio; en otras palabras, lo que realmente se quiere preguntar es “¿puedo yo especular en tierras sin riesgos?”[113]

La actitud que refleja era sin duda real. Con un aumento constante del precio de la tierra, y cuando algunas operaciones exitosas borraron los amargos recuerdos del período de la crisis, las inversiones británicas en la Argentina se multiplicaron. Muchas compañías públicas y privadas se crearon en Londres con ese propósito y se realizaron también muchas operaciones individuales en tierras en Argentina, entre las cuales las del mismo Ogilvie no fueron las menores. Entre las empresas públicas, podemos destacar la Argentine Northern Land Company, registrada en 1905, que analizaremos más adelante en este capítulo; la British Argentine Corporation, creada con un capital de £ 250.000 en 1906 con el propósito, inter alia, de “obtener opciones sobre propiedades y empresas y formar compañías subsidiarias para desarrollarlas (una forma bastante frecuente de especulación en Argentina en ese período), y la Development Company of Santa Fe, registrada en 1909. Esta última empresa operaba en el norte de Santa Fe, y en 1912 poseía 416.789 acres, además de 18.607 acres en Córdoba. El capital emitido era de £ 400.000. Parte de las tierras se destinaban a la cría de ganado, pero su objetivo principal era la reventa de las propiedades, especulando con un aumento de precios.[114]

En cuanto a compañías privadas, un importante número de estas operaba en diversos lugares de la República. A modo de ejemplo, podemos mencionar la Argentine Railways Concessions and Land Company, registrada en 1905 con un capital de £ 150.000 y con el propósito de combinar la construcción de un ferrocarril en la provincia de Buenos Aires con la especulación en tierras en las proximidades de la línea. La Argentine Real Estate and Finance Corporotion, registrada en 1910 con un capital de £ 50.500, operaba en tierras en el norte de la provincia de Buenos Aires, cerca del límite con Santa Fe, y la Buenos Aires City and Suburban Land Company, registrada en 1914, también con un capital de £ 50.500, trataba en tierras sobre la línea del ferrocarril Gran Sur de Buenos Aires, al sur de la ciudad.[115]

Buscando buenas oportunidades de inversión, el capital británico en este período se extendió más allá del área tradicional de inversión –la Pampa Húmeda y los Territorios Nacionales– para penetrar en regiones que hasta entonces no habían recibido inversiones externas. Encontramos, así, la Jujuy Land Syndicate, registrado en 1910 con un capital muy modesto pero actuando como intermediario en una gran operación de tierras para un grupo de inversores londinenses; la Corrientes Concessions, registrada en 1912, que realizaba operaciones similares en la provincia litoral, y la Catamarca Development Syndicate, registrada en 1905 con un capital de £ 15.000 para participar en el mercado de tierras de la provincia del Noreste.[116]

Los resultados de estas operaciones, como podía esperarse, fueron muy variados y difíciles de evaluar. Hacia 1914, cuando cerramos nuestra investigación, la mayoría de las compañías públicas no había realizado aún todas sus propiedades –en algunos casos ni siquiera había iniciado las ventas–, por lo que los resultados de las operaciones no eran aún claros. Muchas de las empresas privadas se habían formado sólo como instrumentos de otras operaciones. Estas firmas, con un capital accionarlo reducido, adquirían opciones sobre ciertas tierras revendiéndolas después a terceros. Son, por lo tanto, meros indicadores de transacciones en tierras argentinas efectuadas en Londres, pero no nos proveen de mayores detalles sobre la evolución de la empresa.

En general, parece posible suponer que quienes compraron tierras con sensatez, particularmente en los primeros años del siglo, debieron obtener amplios beneficios dado el aumento general de precios del período. Cuando la adquisición, en cambio, se efectuó hacia el final de la primera década o a comienzos de la siguiente, cuando los precios ya habían alcanzado niveles muy altos, la operación no debió haber sido muy fructífera. Esto resulta particularmente cierto, dado que la Gran Guerra primero y la crisis mundial de 1920 después, produjeron un estancamiento del mercado de tierras y los inversores debieron esperar hasta mediados de la década de 1920 para poder vender sus propiedades con ganancias. Para quienes invirtieron en regiones más remotas el riesgo era mucho mayor. Podemos recordar el comentario de Zimmerman a Walker sobre el “clavo” que vendieron, refiriéndose a la propiedad de San Luís,[117] y parece bastante probable que inversores que adquirían tierras desde Londres o durante una breve visita a Buenos Aires hayan caído en errores similares. En general, sin embargo, dado el hecho de que la tendencia general hacia la expansión agrícola duró en la Argentina hasta la gran depresión de los años treinta del siglo XX y que la mayoría de las inversiones británicas en Argentina, particularmente las más importantes, fueron llevadas a cabo por un grupo de empresarios que conocían bien el mercado de tierras en Argentina, no parece muy aventurado suponer que la inversión especulativa media tuvo resultados relativamente buenos para los inversores, aunque sin duda no tan brillantes como los que esperaban obtener los más eufóricos de ellos.

Integración vertical: la adquisición de tierras en combinación con plantas de procesamiento

Otra forma de inversión que adquirió considerable importancia en este período fue la explotación de tierras en combinación con plantas de procesamiento industrial. Los costos industriales eran más elevados en Argentina que en Europa en esa época: los salarios reales eran más altos,[118] el combustible y el equipo industrial debían ser importado del Viejo Continente, con el consiguiente aumento de precios por el transporte y, en el caso de algunos equipos (el combustible estaba exento), por las tarifas aduaneras argentinas. Por último, también el capital era más caro en Argentina. Es cierto que podía obtenerse en las plazas europeas, pero en compensación por el riesgo mayor de una inversión externa debía ofrecerse una tasa de interés más alta que la que predominaba en el mercado del país prestatario (o en el caso de inversiones directas, una perspectiva de mayores dividendos). Por otro lado, si la producción industrial se orientaba hacia el mercado externo, el producto final debía obviamente producirse a menores costos que productos sustitutos o competitivos en los mercados a los que se destinaba. Si, en cambio, la producción se orientaba al mercado interno, podía recibir cierta protección de los costos de transporte, las tarifas aduaneras o la tasa cambiaria. Sin embargo, en un mercado esencialmente condicionado por el libre comercio y, durante largos períodos, el patrón oro, la forma más efectiva de protección eran los costos de transporte.

En estas condiciones, el crecimiento de ciertas industrias se halla determinado casi inevitablemente por una disponibilidad abundante y poco costosa de materia prima superior a la de los países centrales. Y como los costos manufactureros eran más altos en Argentina que en Europa (indudablemente la principal metrópoli manufacturera y el principal mercado de Argentina), la única condición que podía hacer remunerativa la instalación de establecimientos industriales con miras a la exportación en el Río de la Plata era que los costos de transporte de estas materias primas a Europa para su procesamiento fueran mayores que la diferencia entre los costos industriales entre Europa y Argentina.[119] A fines del siglo XIX y comienzos del XX, existieron algunos productos que cumplían estos requisitos y se instalaron plantas de procesamiento para elaborarlos en función de su exportación o su venta en el mercado local. Pero lo que resulta evidente por el análisis anterior es que el elemento clave en la rentabilidad de estas actividades era la disponibilidad de insumos a bajo costo. Las ganancias provenían esencialmente de las ventajas comparativas en la producción de materia prima y no del procesamiento industrial. No resulta, por lo tanto, sorprendente que muchas de las compañías que se encontraban en esta posición extendieran su actividad a la adquisición de tierras y la producción, en parte o en todo, de su propia materia prima, para evitar así el problema de tener que disputar con el productor primario la participación en el margen de beneficios.[120]

El primer establecimiento europeo que efectuó este tipo de integración en el Río de la Plata fue Liebigs Extract of Meat Company.[121] Esta firma fue creada en Londres en 1865 con el principal propósito de producir extracto de carne por el método ideado por el barón Von Liebig, aunque también procesaba y vendía otros productos subsidiarios de los animales que faenaba. Ya para la Gran Guerra, Liebig exportaba del Río de la Plata una amplia gama de alimentos procesados (caldos deshidratados, carnes enlatadas, corned beef, etcétera) y otros productos derivados del procesamiento del ganado (sebo, cueros, fertilizantes). Las actividades de la compañía habían comenzado con la compra y adaptación de un saladero en Fray Bentos, sobre la ribera este del río Uruguay, al que se agrega poco después un nuevo establecimiento en Entre Ríos. Este último, sin embargo, es vendido poco más tarde, en 1873, y se concentra la producción en la Banda Oriental. Junto con su saladero uruguayo, Liebig adquirió una estancia vecina de 10.000 hectáreas. Hacia fines de la década de 1870, la empresa adoptó una política de compra y arrendamiento de tierras para asegurarse el suministro de ganado a sus plantas. De esta forma, a fines de la década siguiente, Liebig poseía o arrendaba una considerable extensión de tierras en el Uruguay.

Sin embargo, no fue hasta que una crisis en el suministro de ganado creara serias dificultades en las plantas industriales a comienzos de los años noventa, que la compañía se decide a extender sus actividades a la Argentina. La primera adquisición (1893) fue un lote de terreno de 1600 acres en Ramallo, con frente sobre el Paraná. El propósito original era construir allí una planta de procesamiento, pero el proyecto fue más tarde descartado y se vendió la tierra. Más importante y duradera fue la inversión realizada ese mismo año en Entre Ríos; se destinaron £ 30.000 a la adquisición de una estancia de 12 leguas cuadradas, a las que se añadieron por arriendo otras 17 leguas contiguas.

Hacia fines de 1890, la compañía decidió expandir aún más su inversión en la cría ganadera. Duplicó su capital accionario (llegando a un millón de libras), utilizando los fondos recaudados para una amplia política de compra de tierras. La mesopotamia argentina ofrecía en ese momento mejores condiciones para las actividades de Liebig que Uruguay, por lo que se instaló una fábrica en Colón, sobre la ribera oeste del río Uruguay. En 1900, se continuó la política de compras mediante la adquisición de 20 leguas cuadradas en el Territorio de Misiones, en tanto que continuaban las compras en Uruguay. En los años siguientes, se efectuaron nuevas compras y arriendos, mayormente en Argentina, y hacia 1912 la compañía poseía 56.826 hectáreas en Entre Ríos y 250.062 en Corrientes, en tanto que arrendaba 112.839 hectáreas en la primera y 79.774 en la segunda, además de poseer y arrendar otras tierras en Misiones y, fuera de la Argentina, en Paraguay, Uruguay y el sur de Brasil.[122] La extensión de las propiedades y arriendos de Liebig antes de la guerra justifican al Dr. Crossley al considerarla “la mayor empresa de cría de ganado del mundo”.

La propiedad territorial de Liebig era tan vasta que la compañía debió considerar si debía seguir explotándola tan sólo como una fuente de materia prima para sus fábricas o si debía ser administrada en forma independiente de acuerdo con sus propias conveniencias. Finalmente, una parte importante de las tierras fueron transferidas a una subsidiaria, la South American Cattle Farms. Esta empresa operaba sus tierras buscando la maximización de sus ganancias, combinando distintas actividades de acuerdo a sus posibilidades productivas y las condiciones del mercado, más que por la conveniencia de las plantas industriales. La South American Cattle Farms continuó, sin embargo, aportando una parte substancial de los requerimientos en ganado de las actividades de procesamiento de Liebig.

De esta forma, en la década de 1910, Liebig había llegado a ser una empresa de máxima jerarquía, en posesión de extensísimas propiedades territoriales en Argentina. Era también una empresa muy exitosa. Entre 1867 y 1874, se distribuyeron dividendos que en promedio alcanzaron el 8%, aumentaron al 10% entre el último año y 1883, para seguir trepando a casi un 18% de promedio entre entonces y 1896. Finalmente, entre 1897 y la Gran Guerra, el promedio de dividendos anuales llegó al 22%. Además de esto, la compañía había distribuido bonificaciones entre sus inversores a través de la emisión pro rata gratuita de acciones, lo que hacía que las ganancias fueran muy superiores aun a los dividendos mismos.[123] Como hemos indicado, una parte substancial de estas ganancias eran derivadas, o al menos hechas posibles, por su extensa actividad pastoril.

Liebig no fue la única empresa británica que aprovechó la oferta de carne a bajo costo existente en la Argentina para elaborar productos de exportación a Europa. Sólo una de sus competidoras, sin embargo, logró un nivel de desarrollo considerable y una expansión significativa de su actividad ganadera. Esta empresa fue Argentine Estates of Bovril, compañía que surge de un modesto origen a comienzos de 1870 bajo el nombre de The Lawson Johnson Company, dedicada desde entonces al procesamiento industrial de carnes en la Argentina para el mercado de exportación. En 1909, la empresa atraviesa un proceso de reorganización y recibe el nombre de Bovril. Para ese entonces, poseía dos plantas de procesamiento, una en Santa Fe y otra en Entre Ríos, y varias estancias que comprendían en total 438.000 acres, y poseía más de 100.000 cabezas de ganado.[124] Además de estos dos gigantes, podemos mencionar entre las empresas británicas de procesamiento de carnes en Argentina a Delacre’s La Plata Extract of Beef Company y la River Plate Pressure Meat Presserving Company, entre otras, pero todas ellas fueron de corta vida, ya fuera que desaparecieran por falta de éxito comercial o por ser absorbidas por las empresas mayores. El desarrollo del comercio de carnes congeladas y enfriadas también atrajo un volumen muy considerable de capital extranjero, principalmente británico y norteamericano. Este comercio pronto se concentró en unas pocas manos y dio origen a verdaderos gigantes del comercio internacional de carnes, pero estos poseían suficiente control sobre el mercado interno de ganado como para poder influir sobre los precios sin necesidad de participar directamente en el proceso productivo.[125]

El procesamiento y exportación de carnes no fue la única actividad en la que se operó un proceso de integración vertical. Otra esfera en la que se combinó el procesamiento industrial con la producción rural, y que atrajo a los inversores británicos aun antes de la crisis de 1890, fue la producción azucarera. En este caso, se trata de una actividad orientada fundamentalmente hacia el mercado interno, que se benefició generalmente de tarifas aduaneras proteccionistas. Esto se debe a que, por encima de los altos costos industriales, y en contraste con lo que ocurría con otras producciones rurales, Argentina debía competir aquí en el mercado internacional con otras áreas del globo mejor dotadas para el desarrollo de plantaciones de caña de azúcar. Sin embargo, y bajo las condiciones generadas por la protección aduanera, la producción de azúcar llegó a ser una importante y remunerativa actividad en el norte argentino.

La primera inversión inglesa en este área data de 1883, con la creación de la Argentine Sugar Estates and Factories. Esta empresa, que emitió acciones por un valor de £ 130.000, se formó con el propósito de adquirir un ingenio azucarero próximo a la ciudad de Santiago del Estero y una propiedad territorial adjunta con una extensión de 630.000 acres, de los cuales 580 se hallaban cultivados con caña.[126] Al año siguiente, la Santiago (Argentina) Estates and Sugar Factories Limited se formó en Londres como una empresa privada con un capital de £ 300.000, también con el propósito de adquirir una planta de procesamiento y una plantación de caña en Santiago del Estero.[127] Ambas empresas resultaron un fracaso y habían desaparecido antes de la crisis.

A comienzos del siglo XX, encontramos una nueva área de producción de azúcar en la región chaqueña. También en ella hallamos capital británico, a través de la familia Hardy, inversores en el ingenio Las Palmas. Sabemos que esta fue una empresa de éxito, que se transformó en un polo de desarrollo de la joven zona chaqueña, pero por tratarse de una actividad privada carecemos de información económica precisa sobre ella.

Pero sin duda la operación de mayor envergadura de este rubro fue la formación en Salta de la compañía pública Leachs Argentine Estates, con un capital accionario de £ 1.052.500 y £ 700.000 en obligaciones con un 5,5% de interés. Esta empresa se creó en 1912 con el propósito de adquirir el ingenio y los campos pertenecientes a la familia Leach, que continuó, sin embargo, en posesión de una porción importante de los valores de la empresa. La propiedad territorial consistía en 185.000 acres, dedicados principalmente a la producción de caña de azúcar. La compañía poseía también una opción sobre otros 312.580 acres, que fue utilizada en 1914, abonando £ 500.000 por esas tierras. Además de la producción de azúcar, Leach llevaba a cabo también explotaciones de las maderas de los bosques de sus propiedades y cría de ganados; sus instalaciones incluían un aserradero y una curtiembre.

La explotación forestal fue otra actividad que dio lugar a la inversión de un monto importante de capital británico en tierras en Argentina: tierras destinadas a proveer de materia prima a plantas de procesamiento (aserraderos y fábricas de tanino). La inversión británica en esta área se inició, de acuerdo con la información de que disponemos, con la Lingham Timber Company of South America en 1898, que en 1901 cambió su nombre por The River Plate Timber Company. Esta empresa privada poseía bosques y un aserradero en el Chaco Argentino, pero nunca logró progresos significativos, y fue disuelta en 1905. Ese mismo año se formó en Londres la compañía que llegaría a ser la mayor explotación forestal de la Argentina, la Forestal Land, Timber and Railway Company. Esta empresa adquirió más de un millón de hectáreas de bosques en el norte de Santa Fe y el Chaco, donde operaban aserraderos y plantas de extracción de tanino de la madera de quebracho. Poseía, además, extensos establecimientos de cría de ganado. La compañía exportaba el tanino y los troncos de quebracho, llegando a poseer en poco tiempo un control mundial sobre estos mercados, y el tanino fue particularmente importante por su extendido uso en el curtido de cueros. Para evitar la competencia, la Forestal absorbió a la mayoría de las empresas de la región dedicadas a esta actividad, adquiriendo o arrendando los bosques que las proveían de quebracho. En otros casos, efectuaba acuerdos sobre precios y cuotas de producción con alguno de sus competidores más pequeños. De esta forma, la Forestal fue construyendo un gran imperio que, al desatarse la Gran Guerra sería, junto con Liebigs, el más importante terrateniente extranjero en la Argentina.

El considerable poder político internacional e interno de la compañía, su control cuasi omnímodo sobre una extensa región de la República, las profundas huellas que su paso dejó sobre la estructura económico-social, y aun la geografía y la ecología de la región que controló, sumado a una negra historia sobre las condiciones de trabajo y vida de sus obreros y hacheros (sea verídica o exagerada), han dado lugar a una extensa literatura polémica sobre la historia de esta empresa, que es uno de los blancos preferidos de ataque de la historiografía nacionalista. Dada la amplitud y la orientación de nuestro trabajo, no es nuestra intención agregar una nueva postura ante esta polémica. Cabe señalar, sin embargo, que desde un punto de vista estrictamente económico, la Forestal parece comportarse con una lógica propia del tipo de explotación que realizaba. Su lucha por un control monopólico de la producción y la comercialización del tanino, su falta de preocupación por la renovación de los recursos naturales en su área de influencia y el uso de su poder e influencia política para asegurarse las condiciones más favorables y autónomas dentro de la Argentina corresponden estrictamente a las prácticas habituales de las grandes empresas en ese período y a una lógica de maximización de los beneficios que no habría por qué esperar fuera diferente. En cuanto a los relatos más sombríos sobre la sobre-explotación y control de la fuerza de trabajo, parecen exagerados. Es muy probable, sin embargo, y así se desprende de las fuentes más serias al respecto,[128] que en la medida en que la empresa hacía uso de fuerza de trabajo muy poco calificada y con un muy bajo nivel de organización, le fuera posible imponer condiciones de labor muy duras, apelando en ocasiones a diversas formas de coacción (pago con vales, colaboración por parte de las autoridades locales, etcétera). Esto se vio favorecido, sin duda, por tratarse de una de las pocas fuentes laborales de la región, que creaba una especie de monopsonio regional del trabajo. Por otro lado, esto parece aplicarse sólo a los niveles inferiores de la organización laboral, ya que a medida que ascendemos en ella, la empresa se ve forzada a competir por un tipo de trabajador con cierto grado de preparación, cuyas posibilidades exceden el marco del mercado de trabajo regional, lo que hace que sus condiciones de contratación deban ajustarse más a las existentes en el mercado de trabajo nacional.

Este enfoque, a nuestro entender, señala una de las limitaciones más frecuentes en la literatura sobre la Forestal. El análisis sobre el sistema productivo y de comercialización de la empresa y sus consecuencias económicas, sociales y ecológicas debería ser completado con uno sobre los condicionamientos económicos y políticos que confieren a la empresa el grado de poder y libertad de la que parece gozar (lo que no intentaremos aquí por requerir una minuciosidad en el estudio de las situaciones locales y nacionales que exceden los límites de este trabajo, de carácter más general). En última instancia, más que las operaciones de la empresa, cuya lógica resulta bastante evidente, lo que parecería requerir una explicación son las condiciones que las hacen posibles y los límites a su libertad de acción. Esto no constituye una defensa de la empresa. Su actuación puede haber tenido resultados económicos perjudiciales (o al menos, menos ventajosos de lo que era dable esperar en otras condiciones) inmediatos para el país y la región en que operaba, y consecuencias sociales y ecológicas negativas de larga duración. Sólo tratamos de sugerir que esto es sólo una cara de la moneda, cuyo anverso es la conjunción de condicionantes e intereses de los grupos de poder locales y nacionales que hacen posible esta forma de operación.[129]

Además de la Forestal, existieron otras empresas británicas dedicadas a la explotación maderera. La Argentina Timber and Estates Company fue creada en 1909 con el propósito de adquirir una concesión del Gobierno de Jujuy por 193 millas cuadradas de bosques, y la Argentine Hardwoods and Land Company fue creada en 1910 para adquirir 137.000 hectáreas de bosques en Salta y Jujuy. Ambos establecimientos poseían pequeños ferrocarriles para el transporte de troncos dentro de su propiedad, además de aserraderos. Pero el costo de transporte de la madera por ferrocarril desde los alejados bosques del noroeste a los principales mercados en la Pampa Húmeda parece haber sido demasiado elevado y ninguna de las dos empresas logró un progreso significativo; ambas se vieron obligadas a vender sus propiedades en la década de 1920, luego de haber sufrido pérdidas considerables.[130]

Existieron otras áreas en que hubo inversión de capital británico en tierras en relación con procesos industriales. En Mendoza se realizaron inversiones de dicho origen en la industria vitivinícola, en bodegas que poseían viñedos propios. Así, encontramos emisiones de obligaciones en Londres en favor de las bodegas Innes, Buerley, Escorihuela y en la muy importante Bodega Tomba, en tanto que la Bodega La Germania era una compañía radicada en Gran Bretaña.[131]

La Martona, la tan conocida empresa láctea argentina, poseía una importante estancia en la provincia de Buenos Aires que centraba su actividad en la producción tambera para proveer de materia prima a su usina láctea; parte de estas propiedades se hallaban desarrolladas gracias a una emisión de obligaciones por valor de £ 130.000 en Londres en el año 1900.[132] Años antes había tenido lugar un intento de formar una empresa láctea con capitales exclusivamente británicos. Se trata de la Anglo-Argentine Butter Company, creada en 1898, pero la empresa resultó un fracaso y fue disuelta en 1904.[133]

Una forma de inversión más original fue el intento de producir un forraje industrial mediante el procesamiento de la alfalfa. Esta empresa fue llevada a cabo por el Argentine Patent Fodder Syndicate, registrada como compañía privada en 1903, pero también este proyecto fracasó.[134] El algodón es otro producto que puede dar lugar a una integración vertical. Esta actividad fue desarrollada por la Anglo-Argentine Cotton Company, que erigió una planta industrial próxima a Resistencia para el procesamiento de la fibra y la semilla de algodón. La compañía adquirió también tres leguas cuadradas de tierra en Vedia, próximas al límite con el territorio Nacional de Formosa, para cultivar algodón, ya fuera directamente por la compañía o a través de contratos con colonos.[135]

Finalmente, otra actividad que posee ciertas similitudes con los cultivos industriales, aunque no implica necesariamente una manufactura, fue la plantación de frutales con miras a la exportación, ya fuera de fruta fresca o envasada. Existieron dos compañías inglesas que operaban de este modo en la zona de Tigre, la Fruit Argentina Forest Company, que poseía cerca de 1000 hectáreas de frutales, y la Tigre Fruit Packing Company.[136] Otra empresa creada con el propósito de participar en la producción y comercialización de frutas fue la Argentine Fruitland Syndicate a la que nos referiremos en nuestro capítulo sobre Territorios Nacionales del Sur.

Como puede apreciarse, esta combinación de actividades se hallaba muy difundida a comienzos del siglo XX y atraía importantes sumas de capital británico. Sus resultados fueron muy desiguales de acuerdo con las condiciones que debió enfrentar cada empresa, pero cierto número de ellas –particularmente Liebigs, Bovril, Leachs y Forestalsurgen como muy poderosas empresas en posesión de extensas propiedades territoriales e importantes instalaciones industriales. En todos estos casos, la tierra era utilizada primordialmente para asegurarse la provisión de materia prima para las plantas industriales y fortalecer la capacidad de regulación del mercado de la empresa frente a otros proveedores. También desarrollaron otras actividades subsidiarias para asegurarse el uso pleno de los recursos de que disponían. Finalmente, en la mayoría de los casos, las empresas que encararon esta forma de integración vertical no sólo mejoraron la eficacia de su aprovisionamiento y las ganancias de sus plantas industriales, sino que, al igual que otras empresas agrarias en Argentina, obtuvieron un plus de ganancias gracias al aumento del precio de la tierra.

Otras formas de inversión en tierras a comienzos del siglo XX

Para completar este panorama de las inversiones británicas en tierras a comienzos del siglo XX, podemos mencionar la creación, al igual que a fines de la década de 1880, de una variedad de empresas que buscaron diversas formas de aprovechar la renovada expansión de la República mediante inversiones en tierras. La minería atrajo una vez más un monto considerable de capital hacia la Argentina, pero con resultados tan exiguos como los del período anterior. Una forma más llamativa de inversión fue la llevada a cabo por el Argentine Development Syndicate. Esta compañía, registrada en 1908, actuaba como promotora de la formación de otras compañías de tierras británicas en Argentina, y recibía a cambio participación en las nuevas empresas.[137] Otras empresas se formaron para operar en la compra-venta de ganado, como por ejemplo, la Argentine Cattle Agency Company, registrada en 1905,[138] que adquiría o arrendaba fracciones de campo relativamente modestas para mantener el ganado por períodos breves durante el desarrollo de sus operaciones. El espectro de estas formas de inversión no tradicional es amplio y sus resultados, dispares. Algunas lograron ganancias considerables, en tanto que otras resultaron un total fracaso. Pero en definitiva, dado que las cifras invertidas en estas actividades nunca fueron de importancia en relación con los rubros más frecuentes de inversión (estancias, colonización, especulación e integración vertical), sus resultados afectan sólo de forma marginal las características generales del conjunto de las inversiones en el sector agrario.

Algunos ejemplos de compañías británicas de tierras entre 1880 y 1914

Dada la diversidad de las empresas estudiadas en este capítulo y las particulares circunstancias en que debieron operar, resulta imposible presentar ejemplos tan precisos de su actividad como lo hacemos con las estancias, las compañías de colonización y las estancias laneras de los Territorios Nacionales del Sur. Por otro lado, sus operaciones, como estancias o como compañías de colonización, no son muy distintas de las que hemos visto en otros capítulos, en tanto que las transacciones de los especuladores en tierras eran más sencillas que las otras dos actividades y se hallan descriptas a través de varios ejemplos en esta obra. Por lo tanto, para ilustrar el proceso que hemos venido analizando, hemos seleccionado algunas de las empresas ya mencionadas y trataremos de reseñar sus principales características y las transformaciones que en ellas se operaron durante el período que estamos considerando.

Incorporación de tierras en la frontera norte: la Santa Fe Land Company

La Santa Fe Land Company surge del pago de una deuda contraída en 1872 por el Gobierno provincial de Santa Fe con la firma bancaria inglesa M. M. de Murrieta y Compañía. En 1880, la Legislatura provincial dictó una ley autorizando al Ejecutivo a vender tierras fiscales en Inglaterra o en otro país de Europa a fin de recaudar los fondos requeridos para saldar la deuda. Las tierras referidas se hallaban en el norte de la provincia y se había establecido un precio de $ 1500 fuertes por legua cuadrada. Al año siguiente, M. M. de Murrieta y Compañía tomó algo más de 650 leguas cuadradas de estas tierras como pago por la deuda,[139] y en 1882 vendió la mitad de ellas a la firma londinense M. M. Kohn, Reinach y Compañía. Pero en 1883 las dos empresas se unen en la formación de una compañía independiente para que se haga cargo de la propiedad. Se registra entonces en Londres la Santa Fe Land Company como compañía pública con un capital de £ 875.000. El precio que la nueva empresa abona a sus creadores por la propiedad es de £ 1050 por legua, lo que habría implicado una ganancia considerable a Murrieta sobre el costo original (aproximadamente £ 300 por legua). Pero las tierras otorgadas por el Gobierno tenían fama de ser de muy baja calidad, por lo que le resulta muy difícil a las firmas promotoras colocar los valores de la nueva compañía, y en buena medida estos permanecen en su propiedad.

A través de la emisión de acciones, se recaudan casi £ 200.000 más que la cifra requerida para el pago de la tierra, suma que se destina a la formación de colonias y al establecimiento de una estancia que, junto con la explotación de los abundantes bosques que cubrían las tierras de la compañía, fueron sus principales actividades. Se fundaron tres colonias en esta propiedad: Santurce, en 1886, Puerto Gallete y Alcorta, ambas en 1887. Los proyectos de colonización se desarrollaban en forma similar a lo que había realizado CALCo. en los años setenta. La infraestructura básica de la colonia era construida por el aporte de la empresa y se concedían amplias facilidades crediticias para el pago de las parcelas permitiendo el pago en un plazo de siete años con un interés del 8% anual. El progreso de las colonias se vio facilitado por la construcción de dos líneas de ferrocarril que atravesaban la propiedad de la empresa; la Compañía Ferrocarrilera de Santa Fe y Tucumán se extendía hasta los crecientes ingenios azucareros de esa provincia norteña, en tanto que la otra era un ferrocarril provincial que unía la Capital con el norte de Santa Fe.

La conducción de las actividades de la Santa Fe Land Company durante este temprano período fue llevada a cabo por la River Plate Trust, Loan and Agency Company, cuya administración favorecía una política de importantes inversiones en el desarrollo de la propiedad. Esta política fue resistida por el Directorio de la Santa Fe Land Company en Londres, que en 1888 decide nombrar un gerente en Argentina, retomando así el manejo de los negocios de la empresa en Argentina por sí misma. Siguiendo la estrategia adoptada por CALCo., ese mismo año la compañía aumentó los precios de venta de sus chacras a costa de una disminución de estas, especulando con un aumento del precio de sus tierras. Esta decisión, unida a la crisis subsiguiente, detuvo las ventas. Pese a ello, el Directorio tardó en readaptar su estrategia de operaciones a las nuevas condiciones, lo que puso a la compañía en severas dificultades a comienzos de la década de 1890. Finalmente, se adoptó una nueva política en 1895, siguiendo el ejemplo de otras empresas colonizadoras. La compañía pasó a arrendar buena parte de sus tierras, en parte en chacras a colonos, pero principalmente en grandes secciones como tierras de pastoreo.[140] Se redujo entonces la importancia de la actividad colonizadora, que sólo será retomada en forma limitada bajo las condiciones favorables de comienzos del presente siglo.

Entretanto, la compañía creó una importante estancia, Ñanducita, en la parte sur de su propiedad, establecimiento que se especializó en la cría de ganado vacuno cruza. Para 1888 su desarrollo había insumido £ 60.000, pese a lo cual fue poco lo producido por esta actividad antes de 1890, en parte por el retraso habitual en la obtención de ganancias líquidas de una empresa de cría en sus comienzos, y en parte debido a la escasez de demanda de ganado cruza en la región. La terminación de la línea ferroviaria a Tucumán en 1891 abrió un nuevo mercado para el ganado de la empresa, que era enviado por ferrocarril para satisfacer la demanda de carne de los trabajadores de los ingenios azucareros, lo que produjo los primeros ingresos significativos de esta rama de la actividad de la empresa. A partir de entonces, se mejoró la calidad del ganado y se sembraron 2000 acres con alfalfa para engordar los animales que serían enviados a Tucumán. Más tarde, en 1897, la compañía arrendó una estancia de 8000 acres, llamada Santa Catalina, ubicada en el sur de Santa Fe, también con el propósito de dedicarla al engorde de sus ganados, pero en este caso con miras a ubicarlos en el mercado de abasto de la creciente ciudad de Rosario. La estancia adquiere, así, mayor importancia, y la empresa dedica una porción mayor de sus tierras a ella. A comienzos del siglo XX, la cría de ganado era un aspecto muy remunerativo de las actividades de la empresa.

La Santa Fe Land Company, como señalábamos, también llevó a cabo una explotación directa de sus riquezas forestales, que se vio facilitada por la existencia de transporte ferroviario, pero hasta mediados de los años 1890 el costo relativo del flete, que la compañía de ferrocarriles establecía para productos con mayor valor por unidad de peso que la madera, era demasiado elevado para que la actividad resultara remunerativa. La empresa decidió, entonces, modernizar su actividad mediante la construcción de plantas para la extracción de tanino de la madera de quebracho, y logró así un producto de mucho mayor valor que podía absorber los fletes ferroviarios. Esto, junto con una reducción de las tarifas y un aumento del precio de la madera, incrementó las ganancias que esta actividad proveía a la empresa. Ya en el siglo XX, al aumentar la demanda de tanino en Europa –particularmente en Alemania–, la explotación de sus bosques pasó a ocupar un lugar central en las actividades de la Santa Fe Land Company. En 1906, sin embargo, luego de la formación de la Forestal, todos los bosques e instalaciones de la compañía fueron arrendados por el nuevo gigante del tanino, y en 1914 la Santa Fe Land Company fue totalmente absorbida por la Forestal.

El cuadro que insertamos a continuación nos muestra la evolución financiera general de la Santa Fe Land Company hasta su fusión con la Forestal. (Ver Cuadro XVI).

Cuadro XVI. Trayectoria financiera de la Santa Fe Land Company, 1883-1914
Año

Capital nominal emitido (£)

Dividendo nominal (%)

Monto requerido para dividendo (£)

Capital recaudado (£)

Monto del dividendo sobre capital recaudado (%)

1883 875.000 0 0 875.000 0
1884 875.000 0 0 875.000 0
1885 875.000 0 0 875.000 0
1886 875.000 0 0 875.000 0
1887 875.000 0 0 875.000 0
1888 875.000 0 0 875.000 0
1889 875.000 0 0 875.000 0
1890 875.000 0 0 875.000 0
1891 875.000 0 0 875.000 0
1892 875.000 0 0 875.000 0
1893 875.000 0 0 875.000 0
1894 875.000 0 0 875.000 0
1895 875.000 0 0 875.000 0
H96 875.000 0 0 875.000 0
1897 875.000 0 0 875.000 0
1898 612.500 0 0 875.000 0
1899 612.500 0 0 875.000 0
1900 612.500 1,5 9.188 875.000 1,05
1901 612.500 1,5 9.188 875.000 1,05
1902 612.500 1,5 9.188 875.000 1,05
1903 612.500 2 12.250 875.000 1,40
1904 612.500 3,5 21.438 875.000 2,45
1905 612.500 5 30.625 875.000 3,50
1906 766.500 6,5 49.822 1.106.500 4,50
1907 812.500 8 65.000 1.175.000 5,53
1908 812.500 10 81250 1.175.000 6,91
1909 974.108 11,5 112.022 1.399.412 8,00
1910 983.927 12,5 122.921 1.414.140 8,69
1911 983.927 12,5 122.921 1.414.140 8,69
1912 1.005.085 12,5 125.636 1.445.877 8,68
1913 1.005.085 7,75 77.894 1.445.877 5,38
1914 1.005.085 4,5 45.229 1.445.877 3,12
Total 892.584
Promedio 3,48 27.893 2,77

Fuente: Stock Exchange Official Intelligence, 1886, p. 799; 1890, p. 1071; 1895, p. 1373; 1900, p. 1857; 1904, p. 1212; 1907, p. 1229; 1910, p. 1128; 1912, p. 1026 y 1914, p. 1073.

La reducción de capital que observamos en 1898 se debió a una devaluación de la propiedad después de la crisis, que tuvo por objeto ajustar el balance de la empresa para poder distribuir dividendos en el futuro inmediato. Los aumentos de capital que se registran a partir de 1906 se debieron a la emisión de nuevas acciones que fueron colocadas en el mercado a un precio del 15% de su valor de tapa. Por ello, las cifras de la cuarta columna, que indican el volumen de capital efectivamente ingresado en la compañía, aumentan en mayor medida que las de la primera columna. La quinta columna indica el porcentaje de la columna tres respecto a la columna cuatro, lo que representa el dividendo pagado, respecto del verdadero costo de la compañía, a los inversores.

Como puede apreciarse en el cuadro, la compañía no dio ganancias a sus accionistas en el siglo XIX, lo que puede en parte atribuirse a las políticas empresariales que dirigieron la compañía antes de 1895, pero también al período de desarrollo que requieren tan amplias extensiones de tierras vírgenes sobre los límites de la frontera económica antes de llegar a ser rentables. Por supuesto, el impacto de la crisis de 1890 fue también un factor fundamental. Sin embargo, hacia mediados de los años noventa, las distintas actividades desarrolladas por la compañía evolucionaban favorablemente y la empresa, para 1900, ya estaba en condiciones de distribuir su primer dividendo. Más aún, el hecho de que las nuevas emisiones de acciones después de 1906 se realizaran a un 50% por encima de su valor nominal sugiere que el activo de la empresa había aumentado su valor considerablemente en el siglo XX. Para entonces, la empresa rendía beneficios aceptables a sus inversores. Tomando el promedio de dividendos distribuidos al finalizar su existencia independiente en 1914, sin embargo, la media anual es relativamente baja debido al largo período durante el cual no se obtuvieron ganancias. Las ganancias provenientes de la valorización de la tierra no pueden evaluarse con exactitud porque la fusión con la Forestal se efectuó mediante un intercambio de acciones que no implicó una evaluación explícita de la propiedad. Podemos señalar, sin embargo, que desde el punto de vista del inversor individual, una participación en una empresa tan importante y exitosa como la Forestal era una culminación muy satisfactoria para la Santa Fe Land Company.

Especulación y desarrollo de tierras en el sur de Buenos Aires: el caso de La Curumalán

El caso de la Curumalan Land Company es un reflejo del espíritu especulativo que prevaleció en Buenos Aires en los años ochenta del siglo pasado, el impacto de la crisis subsiguiente y la rápida recuperación posterior. Más aún, la evolución de esta empresa es un factor que tiene alguna influencia directa en este proceso, ya que su relación con Baring Brothers, aunque no haya sido un elemento crucial, contribuyó a agudizar las dificultades en que se vio envuelta la casa bancaria londinense en 1890.

La historia de la empresa comienza en 1882 cuando, en una operación característica del período y de sus propias actividades, Eduardo Casey, un hiberno-argentino que se constituyó probablemente en el más grande especulador de la década de 1880, adquirió una concesión de 111 leguas cuadradas de las tierras incluidas bajo la Ley de Crédito de Guerra de 1878, ubicadas al norte de Bahía Blanca.[141] Dos años más tarde, Casey formó una compañía en Argentina, la Sociedad Anónima Curumalán, para que se hiciera cargo de la propiedad. El capital total de la nueva empresa era de cuatro millones de pesos oro. Casey poseía acciones por valor de $ 3.710.000 y las restantes se hallaban distribuidas entre miembros de la familia Casey y otros prominentes terratenientes en Argentina, mayormente de origen británico, tales como Mulhall, M. Duggan, E. Thomson, etcétera. Casey era presidente del directorio y gerente general de la empresa, y disponía de amplios poderes en el manejo de sus negocios.

En 1885, se vendieron 10 leguas cuadradas de tierras de Curumalán en grandes secciones a estancieros y se tomó un crédito hipotecario por 1,6 millones de pesos moneda nacional del Banco Hipotecario de la Provincia de Buenos Aires por el sistema de cédulas hipotecarias; mediante estas dos operaciones se logró el capital necesario para el funcionamiento de la empresa y el desarrollo de la propiedad. Una línea troncal construida por el Gran Ferrocarril del Sur atravesaba la propiedad de la compañía, lo que facilitaba sus operaciones y mejoraba el valor de sus tierras. Se establecieron colonias y estancias, que lograron un rápido progreso dada la excelente calidad de las tierras.

Casey, sin embargo, se hallaba más interesado en una operación con rápido giro de capitales que en una inversión sólida de largo plazo. Esperaba obtener en forma inmediata ganancias de Curumalán –que era una de sus inversiones de mayor importancia– para reinvertirlas en sus otras operaciones especulativas. Por otro lado, como hemos señalado en otros casos, la obtención de beneficios líquidos de las empresas de colonización, y particularmente de las estancias, era un proceso que requería un desarrollo previo de varios años. La formación de la compañía anónima Curumalán y la transferencia de la propiedad a esta pudo haber sido una forma de lograr beneficios líquidos inmediatos de la operación, pero este no parece haber sido el caso, dado que Casey conservó la propiedad de la mayor parte del capital accionario. Es posible que, luego de la formación de la empresa, Casey haya vendido parte de sus acciones en la bolsa, pero parece haber conservado un interés mayoritario que le permitió, como veremos, realizar una operación aun más aventurada.

Efectivamente, en 1888 Casey se asegura un importante manejo de fondos a través de Curumalán. Cancela con recursos propios la deuda que la compañía mantenía con el Banco Hipotecario, y acredita a su nombre en los libros el monto total de la compañía (1.6 millones de pesos). Pero la deuda podía ser saldada en cédulas hipotecarias que podían ser adquiridas en el mercado a un precio inferior al de su valor de tapa, y que el banco acreditaba por su valor de emisión, lo que posiblemente permitió a Casey saldar la deuda a un costo bastante inferior al que acreditó a su favor en los libros. Liberada la tierra de hipotecas, Casey negoció a través de S. B. Hale y Compañía, una casa comercial norteamericana que operaba en Buenos Aires, la emisión por Baring Brothers en Londres de medio millón de libras en bonos con un interés del 7% y con garantía hipotecaria de primera opción sobre la propiedad de Curumalán. Hale adelantó el efectivo a Curumalán en Buenos Aires, posiblemente con un cierto descuento, recibiendo luego el pago de Baring, una vez que los bonos fueron emitidos. Con los ingresos de esta operación, Casey se cobró el 1.6 millón de pesos que le adeudaba Curumalán por el pago de la deuda con el Banco Hipotecario, y logró así una ganancia considerable, que pudo haber sido aumentada mediante la manipulación del cambio de moneda.

Más aún, el efectivo que ingresó de esta forma a Curumalán podía ser apropiado por Casey de otra forma. Hasta 1890, cuando Baring pasa a controlar la administración de la compañía, los balances anuales de las estancias incluían un importante crédito en la cuenta de ganancias y pérdidas por aumento del número y valuación del ganado. Este incremento de valor era sin duda real, pero su inclusión como ganancia líquida, cuando se trataba en realidad de una ganancia “reinvertida” como capital, daba lugar a confusión. Durante este período, la Curumalán distribuyó un dividendo muy alto (el 17% en 1889 y 1890, que son los años para los que disponemos de información precisa) a sus accionistas (es decir, principalmente a Casey), contando para ello con el saldo favorable de la cuenta de ganancias y pérdidas, saldo que provenía totalmente de la revaluación del ganado. De esta forma, la compañía distribuía como dividendo lo que en realidad constituía un aumento del capital invertido; el efectivo para efectuar estos pagos provenía del capital operacional de la empresa, provisto primero por la venta de tierras y el crédito hipotecario de 1885 y más tarde por la emisión de bonos en Londres.

Así, Casey logra canalizar una importante porción de los ingresos por la emisión de bonos de 1888 hacia sus recursos personales por medios que no eran, prima facie, ilícitos.[142]

Pero al mismo tiempo, Casey se compromete pesadamente, junto con Duggan –vicepresidente de Curumalán–, A. Aguarra y E. Bunge en la formación del Banco Nacional del Uruguay. Cuando comienzan a manifestarse los primeros signos de la crisis, la debilidad del proyecto uruguayo se hace patente: cada vez se requiere más capital para tratar de salvar la nueva entidad. Casey recurre, entonces, a una segunda emisión de bonos en Londres por parte de Curumalán, también esta vez por medio millón de libras, contando como garantía el ganado, las construcciones y otras mejoras en la propiedad, y una hipoteca de segunda prioridad sobre la tierra. Nuevamente, los bonos son emitidos por Baring y el dinero adelantado por Hale. En esta oportunidad, Casey, necesitado desesperadamente de capital, parece haberse apropiado directamente de los nuevos recursos.[143]

Estas circunstancias salieron a la luz en 1890, cuando la Curumalán no pudo hacer frente a los intereses sobre los bonos emitidos. Luego de una serie de enfrentamientos entre Hale y Baring, los principales acreedores de la compañía, se decidió finalmente que la firma londinense, que era quien había sufrido pérdidas más fuertes en la operación (se había hecho cargo de los intereses sobre los bonos que había garantizado, estando además cargada de bonos por los que habían adelantado el pago y que no había logrado colocar en el mercado, bonos que luego de la crisis carecían prácticamente de valor), se haría cargo de la administración de Curumalán hasta que se completara el pago de la deuda. Durante la década de 1890 se pagó una parte muy escasa de los intereses sobre la primer emisión de bonos y nada sobre la segunda, ya que la crisis afectó muy seriamente los ingresos de la Curumalán, especialmente los contabilizados en libras, que era la moneda en que se había contraído la deuda.

Como vemos, la compañía se hallaba en una situación financiera muy comprometida debido a los manejos de Casey; pero ¿cuál era la posición de su actividad como empresa colonizadora y de sus estancias? La respuesta contrasta notoriamente con lo anterior. Pese a la inversión de fondos hacia otras actividades, Casey había realizado la inversión requerida para el desarrollo y el acondicionamiento de la propiedad. Para 1888 existían en ella tres colonias y dos estancias. Las colonias progresaban rápidamente y recibían, al igual que las de CALCo. en la década anterior, un fuerte apoyo de la empresa. Más aún, los resultados de este avance beneficiaron a la empresa en forma mucho más inmediata que lo que lo habían hecho con su predecesora santafecina, en parte debido a una serie de buenas cosechas de trigo y en parte a que las condiciones para la colonización en los años ochenta eran mucho más favorables que las existentes en la década anterior. La tierra se vendía a los colonos a buenos precios, y gracias a las buenas cosechas estos últimos podían hacer frente a sus obligaciones.

Las dos estancias creadas por la compañía, La Curumalán y La Cascada, lograron también rápido progreso antes de la crisis. Hacia 1890 el recuento de hacienda indicaba 42.524 cabezas de ganado bovino, 17.425 de equino y 198.333 de ovino, además de 6090 porcinos; su valuación total era de $ 2.984.827 m/n (£ 231.382). Contaba también con la infraestructura esencial de un establecimiento de primer orden y con planteles de reproductores finos para mejorar la calidad del ganado. Las ventas anuales de animales y lana otorgaban un aceptable margen de ganancias sobre el capital invertido, aunque este sólo se hizo presente en los últimos años de la década y es muy lejano al 17% de dividendo que distribuía la compañía.

La crisis afectó severamente las operaciones de la empresa. La actividad colonizadora decayó en forma dramática y se redujeron los nuevos contratos casi exclusivamente a arriendos, que por lo demás no alcanzaban a ocupar toda la tierra disponible. La empresa incurrió también en considerables pérdidas por el incumplimiento de pagos por parte de los colonos. Los ingresos de las estancias también fueron afectados, y de manera más marcada que en otras empresas similares, ya que la estancia La Curumalán se había especializado en la cría de caballos de carrera y, bajo la situación de crisis, prácticamente desapareció la demanda para este tipo de producto.

Pese a ello, las estancias lograron siempre obtener alguna ganancia efectiva, la que bajo la nueva administración controlada por Baring era remitida a Londres para el pago de los intereses sobre los bonos de la primera emisión. El medio millón de libras de la segunda emisión, y su acumulación anual de intereses, se debitaban en una cuenta a nombre de Casey, abierta con este fin en los libros de la compañía, pero sus cifras aumentaban constantemente sin perspectivas de ser saldadas, por lo que eventualmente se las descontó como pérdida.

Hacia mediados de 1890, las remesas anuales a Londres eran suficientes para el pago de los intereses sobre los bonos de la primera emisión, realizándose también en 1898 un pago pequeño sobre los de la segunda. Simultáneamente, Baring había adoptado la decisión de adquirir todos los bonos posibles de ambas emisiones (los que se sumaban a los que no habían podido colocar antes de la crisis); para 1900 contaba con una mayoría de dos tercios que le permitía renegociar la situación de la empresa, registrando una compañía pública en Londres para que tomara propiedad del activo de la Sociedad Anónima Curumalán y también de su pasivo. Todas las acciones de la nueva empresa británica se hallaban en manos de Baring. La nueva compañía, denominada Curumalan Land Company, continuó con el servicio de ambas emisiones de bonos y para 1902 había puesto al día el pago sobre los primeros y reducido, por medio de la recuperación de ellos, el monto de la deuda a £ 459.000. En ese año, los representantes de Baring en Buenos Aires llegaron a un acuerdo con Ernesto Tornquist y Compañía, la poderosa banca belga-argentina, para la venta de la propiedad de Curumalán. Baring recibiría £ 300.000, mitad en efectivo y mitad en acciones de la nueva empresa que se constituiría en la Argentina. A cambio, Baring debía abandonar todo reclamo por la deuda contraída por la segunda emisión de bonos. La compañía argentina, Estancias y Colonias Curumalán, asumía el pago sobre la deuda de los bonos de la primera edición.

La empresa argentina resultó un éxito total. Continuó operando las estancias y logro´ ganancias considerables; la mayor parte de las tierras restantes fueron vendidas en grandes fracciones, y se beneficiaron notoriamente del nuevo boom del precio de la tierra en la primera década de este siglo. Hacia 1905, la deuda hipotecaria había sido saldada; Estancias y Colonias Curumalán pagó cada año un dividendo equivalente al 7% de su capital accionario ($ 1.710.000 oro), y había acumulado un millón de pesos oro que figuraba como dividendos no distribuidos, y $ 156.000 como fondo de reserva. En los años siguientes se distribuyó la suma de $ 2.054.000 oro entre sus accionistas, de los ingresos provenientes de la venta de tierras, y quedaba aún un balance favorable de $1.086.000. Aparte de ello, permanecían aún en propiedad de la empresa 88.000 hectáreas (35 leguas cuadradas) de excelentes tierras.

La evolución de la Curumalán a partir de 1891 nos muestra cómo, pese a la pesada carga financiera que implicaba el millón de libras de deuda en que Casey había sumido a la empresa y pese a las dificultades que acarreó la crisis de 1890, la compañía logró eventualmente saldar sus deudas y proveer de una buena ganancia a sus propietarios. Cabe señalar que la existencia de una garantía hipotecaria fue el factor determinante que permitió a Baring recuperar una porción considerable del capital de las emisiones de bonos de que Casey se había apropiado.

Los términos de la venta de 1902 a Tornquist no fueron favorables para Baring. Por esta operación la firma londinense perdía £ 200.000 de capital, la diferencia entre el precio de venta de Curumalán y el valor de los bonos de la segunda emisión, que fueron destruidos de acuerdo con los términos del contrato, además de una cifra considerable en intereses sobre estos últimos. Es cierto, por otro lado, que obtuvieron una ganancia muy considerable de sus acciones en la compañía creada por Tornquist, pero sus ganancias hubieran sido mucho mayores si no hubieran enajenado las tierras en bloque como lo hicieron en 1902. En realidad, Tornquist obtuvo una ganancia notable a través de esta compañía mediante una inversión muy baja. Es probable que la decisión de vender tomada por Baring se debiera al deseo de deshacerse de una propiedad que le había ocasionado bastantes dificultades, aun si la operación no se realizaba en los términos que le resultaran más favorables.[144]

De compañías de colonización a estancias: la Santa Fe and Cordoba Great Southern Land Company y la Argentine Colonization and Land Company

Los primeros casos estudiados pertenecen a compañías que poseían enormes extensiones de tierras compradas al Gobierno en regiones hasta entonces deshabitadas por el hombre blanco. Los dos ejemplos siguientes, la Santa Fe and Cordoba Great Southern Land Company y la Argentine Colonization and Land Company, ambas constituidas en 1888, son empresas formadas para operar en la bien desarrollada región del sur de Santa Fe y Córdoba. La primera de estas compañías se creó en conjunción con una empresa ferroviaria de igual nombre que corría entre Villa Constitución, al sur de Rosario, pasando por Melincué y Venado Tuerto en el sur de Santa Fe, hasta La Carlota al sur de Córdoba. Su propósito era la adquisición de tierras a lo largo del trazado de la vía férrea, particularmente en las cercanías de los lugares donde se establecerían estaciones ferroviarias. Su intención era operar como CALCo., lo que era señalado explícitamente en el prospecto que anunciaba la emisión de acciones, utilizando el ejemplo de la decana de las compañías de tierras británicas en Argentina para mostrar las posibilidades que se ofrecían a las empresas colonizadoras en Santa Fe. Las tierras adquiridas, a diferencia de las recibidas por CALCo. en 1870, se hallaban en uso como campos de pastoreo de ganado ovino y bovino. De acuerdo con las estimaciones, se esperaba que el transporte ferroviario facilitara el avance de la colonización agrícola en el área y se anticipaban cuantiosas ganancias a través de la subdivisión de las propiedades y la venta de chacras a colonos.

La Argentine Colonization and Land Company fue creada con igual propósito, pero se trataba de una empresa totalmente independiente que tenía la intención de adquirir tierras allí donde le pareciera posible realizar operaciones provechosas, sin tener vinculación particular con un trazado férreo. También en este caso, el modelo de actividad a realizar era tomado de CALCo., y se hacían abundantes referencias a dicha compañía en el prospecto de lanzamiento de sus acciones con el propósito de destacar la potencialidad de la nueva empresa. En su primer año de operaciones, la empresa adquirió 96.744 acres, distribuidos en varias propiedades en el sur de Santa Fe y Córdoba, y comenzó inmediatamente su subdivisión y la venta de parcelas a colonos.

Las perspectivas de ambas empresas parecían buenas en los años ochenta; poseían tierras de primera calidad, muy aptas para la colonización, y sus actividades comenzaron con éxito. Pero el repentino estancamiento del proceso de colonización que produjo la crisis llevó a una detención total del progreso de las empresas, que se vieron obligadas a reorientar sus actividades. Debieron recurrir, entonces, al arriendo en lugar de la venta de sus tierras, y el producto de las rentas se destinó a la formación de estancias. Una vez que estas se hallaban en marcha, se entregaban en arriendo porciones de tierra bajo contratos que incluían el sistema de rotación para obtener prados alfalfados, que serían destinados a pasturas de estancias ganaderas. Hacia fines de siglo, las dos compañías eran propietarias de establecimientos bien desarrollados y en plena operación. Los cuadros insertos a continuación muestran la evolución financiera que acompañó este proceso de transformación de las empresas.

Si observamos el cuadro XVII, vemos que la Argentine Colonization and Land Company comenzó con la distribución de dividendos a partir de sus primeras ventas de tierras en 1889. Pero el estancamiento del mercado de tierras que acompañó a la crisis hizo desaparecer las ganancias; los dividendos de 1890 y 1891 se debieron principalmente a recaudaciones de ventas realizadas con anterioridad. En 1898, se redujo el capital emitido mediante un descuento del 20% del valor de tapa de las acciones. Esto se llevó a cabo con el propósito de eliminar de la cuenta de ganancias y pérdidas un saldo negativo de £ 20.000 que se había producido durante el período en que la compañía había carecido de una fuente regular de ingresos. Tras haberse descontado esta pérdida, la compañía pudo comenzar a distribuir dividendos de las ganancias obtenidas por sus estancias, lo que comenzó a hacerse a partir de 1898. La interrupción de los dividendos entre 1901 y 1903 debe atribuirse a los bajos precios del ganado en esos años, en tanto que el alza de las ganancias de 1904 refleja la recuperación de dicho mercado. Las propiedades de la empresa fueron vendidas al año siguiente y se redistribuyó el capital accionario a los inversores y se cerraron así las operaciones de la compañía. Lamentablemente, no poseemos información precisa sobre los términos de la venta y tampoco sabemos si se efectuó una distribución extraordinaria de ganancias con el producto de la venta, además de la devolución del capital. Parece, sin embargo, muy poco probable que por la venta de las valiosas propiedades del sur de Santa Fe se haya recaudado tan sólo el dinero requerido para la devolución del capital de la empresa, dados los elevados precios alcanzados por esas tierras en 1905.

Cuadro XVII. Trayectoria financiera de la Argentine Colonization and Land Company, 1888-1904
Año Capital nominal emitido (£) Dividendo nominal (%) Monto requerido para dividendo (£) Capital recaudado (£) Monto del dividendo sobre capital recaudado (%)

1888

100.000 0 0 100.000 0

1889

100.000 5 5.000 100.000 5

1890

100.000 2,5 2.250 100.000 2,5

1891

100.000 2,5 2.250 100.000 2,5

1892

100.000 0 0 100.000 0

1893

100.000 0 0 100.000 0

1894

100.000 0 0 100.000 0

1895

100.000 0 0 100.000 0

1896

100.000 0 0 100.000 0

1897

100.000 0 0 100.000 0

1898

80.000 1,25 1.000 100.000 1

1899

80.000 2 1.600 100.000 1,6

1900

80.000 2,25 1.800 100.000 1,8

1901

80.000 0 0 100.000 0

1902

80.000 0 0 100.000 0

1903

80.000 0 0 100.000 0

1904

80.000 5 4.000 100.000 4

Promedio

1,23 1.000 1

Fuente: Stock Exchange Official Intelligence, 1890, p. 991; 1895, p. 1269; 1900, p. 1781; 1905, p. 1141.

Cuadro XVIII. Trayectoria financiera de la Santa Fe and Córdoba Great Southern Land Company, 1888-1913
Año Capital nominal emitido (£) Dividendo nominal (%) Monto requerido para dividendo (£) Capital recaudado (£)

Monto del dividendo sobre capital recaudado (%)

1888

188.700 0 0 188.700 0

1889

188.700 0 0 188.700 0

1890

280.000 5 14.000 280.000 5

1891

280.000 0 0 280.000 0

1892

280.000 0 0 280.000 0

1893

280.000 0 0 280.000 0

1891

280.000 0 0 280.000 0

1895

280.000 0 0 280.000 0

1896

280.000 0 0 280.000 0

1897

280.000 0 0 280.000 0

1898

280.000 0 0 280.000 0

1899

280.000 0 0 280.000 0

1900

140.000 0 0 280.000 0

1901

140.000 0 0 280.000 0

1902

140.000 0 0 280.900 0

1903

140.000 5 7.000 280.000 2,5

1904

140.000 6 8.400 280.000 3

1905

140.000 7,5 10.500 280.000 3,75

1906

140.000 10 14.000 280.000 5

1907

140.000 12,5 17.500 280.000 6,25

1908

140.000 12,5 17.500 280.000 6,25

1909

175.000 17,5 30.625 280.000 10,93

1910

175.000 20 35.000 280.000 12,5

1911

175.000 20 35.000 280.000 12,5

1912

183.750 20 36.750 280.000 13,12

1913*

1.200.000 6 72.000 280.000 25,71

Promedio

5,26 12.360 4

* Cambio de nombre: la compañía pasó a llamarse ese año “Cordoba Land Company”.
Fuente: Stock Exchange Official Intelligence, 1890, p. 1071; 1895, p. 1375; 1900, p. 1851; 1905, p. 1235; 1910, p. 1128 y 1914, p. 1073.

Por otro lado, la ganancia media sobre el capital invertido durante el período de operación de la compañía es tan insignificante, que si existió algún beneficio efectivo para los inversores, debió provenir de la venta de los inmuebles. Por último, aun cuando la compañía hubiere logrado algún beneficio de la venta, resulta claro que debido a los altos precios de la tierra en 1888, cuando se efectuaron las compras, y a las dificultades subsiguientes impuestas por la crisis, las ganancias de la compañía fueron muy inferiores a las expectativas de sus creadores, expectativas sin duda exageradas por el rápido éxito de CALCo. en la década de 1880.[145]

La evolución de la Santa Fe and Cordoba Great Southern Land Company es muy similar hasta 1905.[146] También en este caso encontramos una temprana distribución de dividendos en 1890, producto de las primeras ventas y una interrupción hasta 1903, cuando la actividad como estancia comienza a rendir frutos. La reducción de capital de 1900 se debe a una reestimación del valor de las tierras, que llevó a descontar la mitad del valor de tapa de las acciones. El aumento del capital de 1909 y 1912 se debe a la distribución de un dividendo extraordinario por medio de la emisión de nuevas acciones para ser prorrateadas gratuitamente entre los accionistas, siendo una forma de transferir a la cuenta de capital las ganancias provenientes del aumento de la valuación del ganado.

La evolución de los dividendos, una vez que la estancia se hallaba operando a pleno, indican que Los Alfalfares –que era el nombre del establecimiento– era altamente rentable. En realidad, los ingresos obtenidos a partir de 1903 fueron suficientes para que al final del período considerado el promedio anual de dividendos sea bastante razonable, pese al largo período de depresión.

En 1913, la compañía atravesó un proceso de reconstrucción y recibió el nuevo nombre de “Cordoba Land Company”. Se intercambiaron entonces las acciones de la antigua empresa por una emisión de valores de la nueva por 1,2 millón de libras esterlinas, sin requerirse nuevos aportes monetarios. Este aumento del capital se debe a una reestimación del valor del activo de la empresa que no parece exagerado, ya que ese mismo año esta se halla en condiciones de distribuir un dividendo del 6% sobre su nuevo capital. Si aceptamos, entonces, la valuación de 1913, en los 24 años que van desde la formación de la empresa hasta su cambio de nombre, el valor de su activo, en relación al capital efectivamente abonado por sus inversores, había aumentado a una tasa equivalente a algo más del 6% anual de interés compuesto. Esto indica que, aun si las audaces predicciones de fines de la década de 1880 no se efectivizaron debido a la interrupción del proceso expansivo que siguió a la crisis, la renovada tendencia positiva de comienzos del siglo XX permitió una buena ganancia sobre la inversión original.

Readaptación de una empresa antigua: la Argentine Land and Investment Company

En tanto que las compañías analizadas hasta aquí habían surgido en los años ochenta y no habían logrado un desarrollo pleno de sus actividades antes de la crisis, creemos que resulta de interés tratar ahora la evolución de ALICo., la sucesora de la decana de las compañías británicas de tierras, que para la crisis ya tenía una historia de veinte años y se hallaba en el punto más alto de su exitosa trayectoria. Cuando las tierras de la concesión original al ferrocarril comenzaron a escasear debido al aumento de las ventas, los inversores de CALCo. tomaron conciencia de que la compañía pronto desaparecería. Así, la creación de ALICo. en 1888 se propone extender las actividades de la empresa mediante la adquisición de nuevas tierras en las que se pudiera desarrollar un proceso de colonización similar al que había tenido lugar en las tierras del ferrocarril. Se efectuó, entonces, la compra de varios campos grandes en diferentes regiones de la Argentina. Estos incluyeron desde una propiedad en la que ya existía un proyecto de colonización, en la región relativamente bien desarrollada del sur de Santa Fe, hasta una concesión fiscal en las tierras deshabitadas de la Patagonia Andina.[147] Por otro lado, la compañía trataba de diversificar sus actividades operando como fuente de crédito hipotecario, lo que le ofrecía una forma de colocar los capitales obtenidos a través de sus operaciones inmobiliarias.

La crisis Baring significó un retroceso de ambas actividades. Por otro lado, varios de los tomadores de crédito quebraron, y la compañía cargó con una cantidad de propiedades que resultaba imposible colocar a un precio compensatorio en el duro mercado de tierras de los años noventa. El estancamiento del mercado de tierras afectó también las posibilidades de realización de las tierras adquiridas para la colonización en las zonas de mayor desarrollo, en tanto que el surgimiento de un mercado para las tierras más remotas se demoraría por lo menos una década.

La política adoptada por la empresa para sobrellevar la crisis consistió en cortar las operaciones de crédito hipotecario y las nuevas compras de tierras y tratar de arrendar la mayor proporción posible de sus propiedades. En la reconstrucción de 1888, la compañía había adquirido una amplia capacidad de crédito con el propósito de utilizarlo en la expansión de sus actividades. Con la crisis se revirtió la política expansiva, por lo que se decidió disminuir también la capacidad crediticia mediante la reducción del capital autorizado no emitido y una restricción a la emisión de obligaciones. Los ingresos por pagos sobre préstamos hipotecarios ya otorgados se destinaron a saldar los intereses y a redimir las obligaciones emitidas antes de 1890. En sus colonias, la compañía arrendaba las tierras por un porcentaje de la cosecha y así evitaba las dificultades producidas por la fluctuación del premio al oro. No parece, sin embargo, que ALICo. haya empleado el sistema de rotación culminando en alfalfa, ya que no transformó en estancias sus colonias. Realizaba, en cambio, actividades productivas en las estancias que había recibido por incautación hipotecaria, así como también la explotación forestal de los bosques próximos a Río Segundo que formaban parte de la concesión original al ferrocarril, pero esta área de la actividad de la empresa no produjo nunca ingresos muy significativos.

Hacia fines de la década de 1890, ALICo. recomenzó a expandir sus actividades. Se volvieran a efectuar ventas de chacras en sus colonias, aunque con contratos más severos que en la década anterior, orientando las ventas hacia un mercado de compradores con mayores recursos. La compañía llevó a cabo también la venta de las propiedades incautadas por incumplimiento de préstamos hipotecarios, así como de algunas de las tierras adquiridas para desarrollar proyectos de colonización. Los ingresos por ventas se utilizaron para reiniciar las líneas de préstamos hipotecarios. Las tierras que no formaban parte de las colonias y que no fueron vendidas se hallaban bajo explotación directa de ALICo. o fueron arrendadas en grandes bloques, como ocurrió con la propiedad de Patagonia.

De acuerdo con el estatuto de la compañía, las acciones preferenciales de £ 4 que se distribuyeron a cambio de las acciones de £ 1 de CALCo. daban derecho a un dividendo anual acumulativo del 5%, equivalente al 20% sobre el costo de las acciones originales a los inversores en l870. La compañía emitió una cantidad igual de acciones ordinarias de £ 4, sobre las cuales sólo se recaudó una libra por acción. El valor de tapa de estas acciones fue reducido para hacerlo coincidir con el capital recaudado en 1895 cuando se limitó la capacidad crediticia de la empresa. Entre 1888 y 1890, la compañía pagó un dividendo del 5% sobre las acciones preferenciales, pero no dio ganancias a las acciones ordinarias. Durante el período de la crisis, ALICo. pudo distribuir pequeños dividendos todos los años, pero no llegó a cubrir el 5% anual acumulativo garantido. Así, hacia fines de la década, había acumulado un considerable atraso en el pago de dividendos a sus inversores preferenciales. En los primeros años del presente siglo, sin embargo, las ganancias de la compañía aumentaron con rapidez y, para mediados de la década de 1900, el pago de dividendos acumulativos se hallaba al día, y la compañía pudo distribuir ganancias entre los accionistas ordinarios. Hacia fines del período estudiado, ALICo. había recobrado la sólida posición que CALCo. tuviera a mediados de los años ochenta y distribuía cada año cuantiosas ganancias entre sus inversores.

El nuevo boom especulativo de comienzos de siglo: la Argentine Northern Land Company

Para concluir esta selección de ejemplos de compañías de tierras que operaban en el período, presentaremos una breve síntesis de las actividades de la Argentine Northern Land Company, una de las empresas creadas ya en el siglo XX con la intención de especular con tierras.

La compañía fue registrada en Londres en 1905; su propósito era comprar tierras principalmente a lo largo del Ferrocarril Central de Córdoba, una línea que unía Buenos Aires con las sierras de esa provincia. La empresa adquirió inmediatamente varias propiedades medianas, incluidas algunas en las proximidades de las ciudades de Buenos Aires y Rosario. La intención era establecer pueblos en las cercanías de las estaciones de ferrocarril, para luego vender parte de sus tierras como solares urbanos y las restantes como quintas y chacras en la zona circundante. Entre tanto, la compañía arrendaba sus tierras en chacras y utilizaba los ingresos para cubrir sus gastos operativos.

Hacia 1909, la empresa poseía 2689 acres de tierras bien ubicadas, incluidas amplias propiedades en San Isidro y Pergamino, donde ya se habían establecido trazas urbanas. Las ventas de terrenos habían comenzado recientemente, pero el Directorio podía jactarse de que “el dinero obtenido por la sección vendida de la propiedad Las Violetas (Pergamino) equivalía al monto abonado por la compañía por toda la propiedad”; Las Violetas constaba, cuando su compra, de 132,5 acres, de los cuales sólo se habían vendido 16.[148]

Pero cayendo en el mismo error en que habían incurrido otras empresas a fines de la década de 1880, no se aceleró el ritmo de ventas en los prósperos años que precedieron a la guerra. Especulando con un aumento aun mayor de los precios de la tierra, se retuvo la mayor parte de las propiedades, y fueron sorprendidos por la nueva caída de precios que se inició con los primeros indicios de una crisis en 1913 y que continuó posteriormente debido a la conflagración.

Dado que la mayor parte de la tierra no se había vendido antes de 1914, resulta difícil evaluar los resultados de las operaciones de la compañía en el período que nos ocupa. Hasta esa fecha, no se habían distribuido dividendos, pero las tierras en propiedad de la empresa, especialmente las adquiridas inmediatamente luego de su creación, habían aumentado su precio en forma considerable. Esto se refleja en el capital de la compañía, que fue aumentando por una adición al valor nominal de las acciones en un proceso de reconstrucción de la compañía en 1908. Más aún, como en el ejemplo citado, las ventas efectuadas antes de 1913 habían dejado un margen de ganancias muy amplio que había sido reinvertido en la adquisición de nuevas tierras.

Así, la falta de dividendos era compensada por un incremento en el valor del activo de la empresa, lo que se refleja en la cuenta de su capital. Pero el hecho de que estas ganancias no se efectivizaran mediante ventas antes de la Gran Guerra limitó muy significativamente su rentabilidad. Eventualmente, se vendieron las propiedades en la tercera década del siglo XX y con el producto de esas ventas se pudo reintegrar, posiblemente con creces, el inflado capital de la empresa a su valor nominal (lo que de por sí hubiera significado una aceptable ganancia sobre la inversión). Pero la demora en la realización de la tierra hizo, sin duda, que las ganancias fueran muy inferiores a lo que podía haberse esperado a fines de la primera década o comienzos de la segunda del siglo XX.


  1. Sobre estos temas, ver Hilda Sábato, Capitalismo y ganadería en Buenos Aires: la fiebre del lanar, Buenos Aires, Sudamericana, 1989; y con Juan Carklos Korol el citado Como fue la inmigración…, y de E. Gallo, La pampa gringa. La colonización en Santa Fe (1870-1895), Sudamericana, Buenos Aires, 1983.
  2. La concentración de tropas de la Triple Alianza en Corrientes generó un aumento de la demanda de alimentos y otros abastecimientos militares, que estimuló la actividad comercial y la producción agraria en toda la región litoral. Ver Gallo, “Agricultural Colonization and Society…”; cuando se cite este texto, puede verse la versión española, La Pampa Gringa, op. cit.
  3. M. A. Cárcano, Evolución histórica del régimen de la tierra pública, 3ª ed., Buenos Aires, Eudeba, 1970, p. 194.
  4. Mulhall, Handbook... (1869), sección A, p. 52.
  5. Ibid., p. 55. También T. Hutchinson, The Paraná with Incidents of the Paraguayan War and South American Recollections, Londres, 1868, p. 182.
  6. Hutchinson, op. cit., p. 183.
  7. Mulhall, Handbook… (1869), sec. A, pp. 41-3; Cárcano, op. cit., p. 194; Hutchinson, op. cit., p. 182.
  8. Córdoba Land Company Ltd., en Public Record Office (Londres), BT31, 1058/1876.
  9. Cárcano, op, cit., p. 223.
  10. Hutchinson, op. cit., pp. 177-180.
  11. Ver capítulo 1, primera parte. Una descripción más completa del intento de colonización de Fraile Muerto puede verse en Platt, “British Agricultural Colonization…”, que también hace referencia a otros intentos de colonización británica en Argentina en esta época. El más significativo de ellos fue el de las colonias galesas de Patagonia, a las que regresaremos más adelante (capítulo 3, segunda parte).
  12. Platt, “British Agricultural Colonization…”, p. 12.
  13. C. Jones, “British Financial Institutions in Argentina – 1860-1914”, tesis doctoral de la Universidad de Cambridge, 1973, p. 72.
  14. Gallo, “Agricultural Colonization…”, pp. 106-107 y 180-183. Puede hallarse una lista de estas propiedades en el cuadro V, p. 183, tomada de los archivos del banco. Una de estas colonias, San Francisco, fundada en 1868, con una población de 100 personas en 1872, aún pertenecía a la casa bancaria en ese año; ver Parliamentary Papers, Londres. (en adelante P.P.), 1873, LXX, p. 54.
  15. Mulhall, Handbook... (1869), p. 441.
  16. P.P., 1872, LXX, pp. 54 y 67; 1878/9, LXXXI, p. 360; 1884, LXXI, p. 553. También Brazil and River Plate Mail (en adelante B. & R.P.M.) 21/10/1873, p. 7.
  17. Platt, op. cit., p. 13; P.P. 1872, LXX, pp. 54 y 66; y 1883. LXXJ, p. 553.
  18. B & R.P.M., 23/9/1873, pp. 7-8.
  19. Ibid., 8/12/1875, p. 10.
  20. Este informe, junto con correspondencia relativa a estos incidentes y los reclamos posteriores a las autoridades argentinas, pueden verse en P.P. 1872, LXX, pp. 3-120, especialmente pp. 11-15 y 95-103, referentes a Alejandra.
  21. B. & R.P.M., 7/1/1873, pp. 3-4.
  22. Esta colonia ha conservado notablemente su identidad, posiblemente por tratarse, junto con California y San Javier, de un pequeño núcleo protestante en el Norte de Santa Fe. Es quizás esta identidad la que ha mantenido vivas estas tradiciones por más de un siglo. El autor ha escuchado varios relatos de estos hechos de habitantes actuales de Alejandra, incluyendo uno de Juan Moore, descendiente de una de las familias que perdió un miembro en uno de los incidentes. Las tumbas de las víctimas pueden ser visitadas aún hoy en la iglesia protestante de Alejandra.
  23. P.P. 1872, LVII, pp. 3-11.
  24. Thomson, Bonar and Company to Foreign Office, 5/4/1873, en P. R. O., F. O. 16/318.
  25. Existen ciertas discrepancias respecto al número de colonos de las distintas nacionalidades en las diversas fuentes, pero las cifras coinciden aproximadamente con las que aquí indicamos; véase Mulhall, The English..., p. 442; B & R. P. M., 21/10/1873, p. 7; Platt, op. cit., p. 12; y P.P. 1878/9. LXXXI, p. 3.
  26. P.P. 1883, LXXI, 191.
  27. P.P. 1877, LXXXIII, p. 7. Esto coincide con lo que señala el informe de 1882 citado anteriormente, que explica la reducida área sembrada con trigo por la expansión de la ganadería.
  28. A. Peyret, Una visita a las colonias de Santa Fe, Buenos Aires; 1887, pp. 304-305; véase también Gallo, “Agricultural Colonization…”, p. 55.
  29. P.P. 1872, LXX, p. 16.
  30. Existen referencias ocasionales a estas colonias en los informes consulares y el B. & R. P. M. En tanto que encontramos varias menciones del fracaso de cosechas y otros problemas económicos en las colonias del Central Argentino, no hemos encontrado ninguna respecto de Alejandra.
  31. Hutchinson, op. cit., cap XX.
  32. E. Gallo, “Santa Fe en la segunda mitad del siglo XIX. Transformaciones en su estructura regional”, en Anuario del Instituto de Investigaciones Históricas, VII, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional del Litoral, Rosario, 1965.
  33. En un informe fechado en 1882, se consigna que la colonia ocupa una extensión de 144.000 acres, P.P. 1883, LXXXI, p. 552, lo que sugiere una importante cantidad de tierra arrendada por la compañía a los colonos.
  34. E. A. Zalduendo, Libras y Rieles, Buenos Aires, El Coloquio, 1975, pp. 286-187. Por tratarse de un tema muy controvertido de la historia argentina, la concesión de tierras al Central Argentino ha sido tratada por una extensa bibliografía. En la elaboración del relato que presentamos aquí hemos utilizado los siguientes trabajos: Ferns, Gran Bretaña y Argentina..., pp. 314-15 y 327; C. Lewis, “The British Owned Argentine Railways, 1847-1957” tesis doctoral de la Universidad de Exeter, 1975, pp. 11-12; R. Scalabrini Ortiz, Historia de los ferrocarriles argentinos, 2ª ed., Buenos Aires, 1957, pp. 87-132; A. J. Cuccoresse, Historia de los ferrocarriles en la Argentina, Buenos Aires, 1970, p. 17-29; V. Vázquez Presedo, El caso argentino, Buenos Aires, Eudeba, 1971, pp. 40-41; W. R. Wright, Los Ferrocarriles Ingleses en la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1980, pp. 28-31 y 39-41; además del mencionado trabajo de Zalduendo (pp. 286-98 y 569- 76) y referencias a este período en documentación posterior de CALCo., y en T. Hutchinson, Buenos Aires and Argentine Gleanings, Londres, 1865, p. 85.
  35. Vázquez Presedo, El Caso Argentino, pp. 40-1.
  36. Aunque el contrato menciona a Villa Nueva y San Gerónimo como los dos pueblos junto a los cuales no se transferiría la tierra al ferrocarril, ubicando a Villa Nueva en Santa Fe, esto parece un error. Villa Nueva (hoy Villa María) se halla en Córdoba, y no existe pueblo alguno con el nombre de San Gerónimo sobre esta línea en mapas contemporáneos (habrá sí, más tarde, una colonia con este nombre fundada por CALCo., como veremos más adelante). Zalduendo reproduce un mapa de 1863 con el trazado de las vías y la concesión de tierras; en él la tierra no otorgada se encuentra alrededor de Fraile Muerto y Villa Nueva, ambos en Córdoba, lo que parece bastante más probable (Zalduendo, Libras y Rieles, p. 291). En el esquema de las concesiones a Buschental y Wheelwright (p. 573), en cambio, las tierras aparecen según las estipulaciones del contrato tal como lo reproducimos más arriba.
  37. Artículo No. 12 del contrato. Ver Zalduendo, op. cit., p. 293.
  38. No todas, sin embargo, fueron colocadas en Londres. Una cuota considerable se vendió en Argentina, donde se destaca la participación de J. J. Urquiza –que siempre se había interesado en el proyecto– y la adquisición de acciones por el Gobierno nacional, a la que haremos referencia más adelante.
  39. Ferns, Gran Bretaña y Argentina..., p. 293.
  40. Hutchinson, The Paraná..., p. 175.
  41. B & R. P. M., 22/3/73, p. 9.
  42. El relato que insertamos a continuación sobre los primeros años de las colonias de CALCo. se basa en las siguientes fuentes: P.P. 1872, LXX, pp. 3-11; 1873, LXVII, pp. 2-5; 1878/9. LXXXI, pp. 357-64; 1881, LXXXIX, pp. 117-83; 1883, LXXlll, 187-205; B & R. P. M., 3/3/ 873, p. 3; 22/3/1873, p. 9;_21/10/1873, pp. 6-7; 8/8/1874, p. 20; 23/1/1875 p. 12; 28/3/1876, p: 14 y 8/8/1876, pp. 18-20. También Council of Foreign Bond-Holders (Londres) (en adelante C.F.B.), misc. II p. 60 (CALCo., Informe Anual a los Accionistas –en adelante CALCo., I. A.–, 1874); p. 80 (Morning Post, 17/7/1878); p. 100 (Money Market Review –en adelante M. M. R.– 2/7/1879); p. 232 (Daily Telegraph, 7/7/1880 y M. M. R., 27/8/1880); p. 374 (The Times, 10/12/1881). También utilizamos los relatos de Crossley “Contribution Britannique…”, pp. 443-7, y Gallo, “Agricultural Colonization…”.
  43. B. & R. P. M., 21/10/1873, pp. 6-7.
  44. P.P. 1883, LXXlll, p. 390. La información sobre CALCo. para el período 1880-1888 se ha tomado esencialmente de los informes anuales a accionistas (CALCo., I.A.).
  45. B & R. P. M., 8/8/1876, p. 20.
  46. C. F. B., Argentina, misc. II, p. 368. Recuérdese que cada acción valía una libra.
  47. CALCo., I. A., 1882.
  48. Un estudio sobre el desarrollo agrícola en Córdoba puede encontrarse en Noemí Girbal de Blacha, Historia de la agricultura argentina a fines del siglo_ XIX (1890-1900), Buenos Aires, F.E.C.Y.C., 1982; en especial pp. 51-54.
  49. De acuerdo con una investigación sobre conflictos agrarios en Córdoba en la década de 1910, parecería que los contratos anuales fueron mucho más frecuentes de lo que se ha supuesto, al menos en ese período: A. I. Punta y M. D. C. Orrico) “Conflictos agrarios argentinos, 1913-1922”, trabajo inédito presentado en el seminario organizado por el Programa de Estudio de Historia Económica y Social Americana (PEHESA), Buenos Aires, 1979. Investigación financiada por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
  50. Las tres citas fueron tomadas de C. F. B., Argentina misc. III, p. 50 (M. M. R. 16/6/1883).
  51. CALCo., Asamblea Anual de Accionistas (en adelante A. A. A.), 1886.
  52. Cf. Cortés Conde, El progreso argentino, p. 164. Aunque los precios que presenta este autor son para la provincia de Buenos Aires, la tendencia general puede considerarse con cierta confianza como reflejo de la evolución en el resto de la Pampa Húmeda.
  53. C. F. B., Argentina misc. II. p. 368 (M. M. R., 12/11/1881).
  54. Ibid., misc. III, p. 37 (M. M. R., 11/11/1883).
  55. M. M. R., 19/7/1884.
  56. P. P. 1881, LXXXIX, pp.117-183; y 1883, LXXI, pp.187-205.
  57. Cárcano, Evolución Histórica..., p. 212, y P. P. 1881, LXXXIX, p. 157.
  58. Cárcano, op. cit.; Zalduendo, op. cit., pp. 346-353. Una excepción de menor importancia, sin embargo, fue el ferrocarril británico Central Railway of Chubut (Ferrocarril Central de Chubut), que trataremos en la segunda parte del capítulo 3 de esta obra.
  59. Uno de los principales periódicos de la comunidad anglo-argentina en Buenos Aires, dirigido por los hermanos Mulhall.
  60. Véase Brazil and River Plate Mail (en adelante B. & R. P. M.), 27/2/1873, p. 1; 22/3/1873, p. 16; 23/4/1873, pp. 4 y 15; 8/5/1873, p. 14 y 23/5/1873, p. 14.
  61. Véase B. & R. P. M. 8/8/1873, p. 10.
  62. Ley de inmigración y colonización, No. 817 de 1876; Anales de la Legislación Argentina (en adelante A. L. A.), vol. I, pp. 1128-38. Véase también Cárcano, Evolución Histórica..., pp. 153-169.
  63. Sobre la legislación provincial y las ventas de tierras en este período, véase Cárcano, Evolución histórica..., pp. 193-260, que incluye un análisis de las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos, Córdoba, Corrientes y Santa Fe.
  64. Palabra inglesa que se utiliza para la gran explotación agraria, especialmente ganadera, en América del Norte y Australia. Por extensión, suele aplicarse a las haciendas y estancias latinoamericanas y a otras grandes explotaciones rurales en distintos lugares del mundo.
  65. H. A. Shannon, “The Limited Companies of 1866-1883”, en Carus y Wilson (comp.), Essays in Economic History, Londres, 1954.
  66. Ibid.
  67. La acción militar también elevó el precio de la tierra en zonas próximas a la antigua frontera indígena que antes se hallaban amenazadas por los malones, tales como los casos ya mencionados de Fraile Muerto y Bahía Blanca.
  68. Véase South American Journal (en adelante S. A. J.), 31/3/1881, pp. 10 y 13; 23/6/1881, p. 9; 1/3/1882, pp. 10-11; 16/7/1882, pp. 15-16; 7/3/1883, p. 7; 1/3/1883, pp. 10-11 y 27/3/1884, pp. 12-13.
  69. S. A. J., 14/4/1881. Véase tambien Ferns, Gran Bretaña y Argentina, p. 393.
  70. Ley 947 de 1878 y su ley complementaria, la 1018 de 1879; A. L. A., I, 1171 y 1186. Por esta ley se autorizaba al ejecutivo a emitir dos millones de pesos fuertes en bonos de $ 400 cada uno; lo recaudado debía utilizarse para financiar la campaña contra los indígenas. Después de la campaña, los bonos podían intercambiarse por una legua cuadrada de las tierras conquistadas.
  71. Sobre esta compañía, véase P. R. O., BT31, 2866/15805.
  72. Aparte de Ricketts uno solo de los inversores en la Argentine Pastoral Association, W. Rodger, poseía también valores de la Anglo-Argentine Land Company. Sobre esta última empresa, véase P. R. O., BT31, 3175/ 18430.
  73. P.R.O., BT31, 3014/17024. También Stock Exchange Official Intelligence (en adelante SEOI), 1883, p. 617 y 1884, p. 1274.
  74. Puede hallarse información sobre esta empresa en P. R. O., BT31, 3242/19103. Véase también S. A. J., 28/8/1884 y Crossley, “Location and Development…”, p. 166.
  75. Sobre la ley de centros agrícolas puede verse Cárcano, Evolución histórica..., pp. 255-60, y también dos investigaciones sobre el tema: Noemí Girbal de Blacha, Los Centros Agrícolas de la Provincia de Buenos Aires, Buenos Aires, F.E.C.Y.C., 1980 y Carmen Sesto, “Implementación de la política estatal ganadera. Ley de Centros Agrícolas (1887)”, Investigaciones y Ensayos, 32, enero-junio de 1982, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia.
  76. Parliamentary Papers (en adelante P. P.), 1884, LXXX, p. 10.
  77. Argentine Year Book, 1902, p. 339.
  78. P. R. O., BT31, 3845/24204.
  79. S.E.O.I., 1890, pp. 990-1; 1894, pp. 195 y 1933; 1895, p. 1268; 1897, p. 1568; 1899, p. 1716; 1905, p. 1140 y 1909, p. 1090. También Stock Exchange Year Book (en adelante S.E. Y.B.), 1890, p. 527.
  80. S.E.O.I.. 1890, p. 590; 1892, p. 1150 y 1901, p. 1339.
  81. Véase P. R. O., BT31, 3099/17754.
  82. P. P., 1890/1, LXXVII, p. 578.
  83. Véase P. R. O., BT31, 4956,33092.
  84. La historiografía económica moderna ha llamado “tierras nuevas” en este período a dichas regiones. Si no todas lo eran en cuanto a su ocupación por el hombre blanco –y mucho menos por el aborigen–, sí eran nuevas en cuanto a su participación activa en el mercado mundial, señalando algunos autores ciertas características comunes, que son las que dan lugar a la denominación. Véase por ejemplo, Robert Baldwin, “Patterns of Development in Newly Settled Regions”, en The Manchester School of Economic and Social Studies, mayo de 1956, pp. 161-179.
  85. Véase, por ejemplo, Mining Journal, 8/6/1878 y 25/2/1882; Board of Trade Journal (en adelante B. T. J.), X (1891), 458; también S. A. J., 7/3/1891. En el trabajo de T. Jones, E. A. Warburton y E. Kingsey, A. Bibliography on South American Economic Affairs. Articles in 19th. century periodicals, Minneapolis, 1955, p. 44-45, puede verse una larga lista de artículos sobre minería en Argentina.
  86. También podría utilizarse como ejemplo la inversión en solares urbanos. La información encontrada sobre este rubro sugiere que también allí era importante la inversión británica. Véase, por ejempio, P.P., 1893/4, XCII, 171.
  87. En relación a la participación del estado en la promoción de la inmigración en la década de 1880, véase por ejemplo B. T. J., VI (1889), 681.
  88. Como hemos visto, los ataques indígenas habían sido una de las principales causas de la actitud negativa del Cónsul Macdonell respecto a la inmigración británica a la Argentina. Otros informes sobre inmigración redactados por cónsules británicos a comienzos de los años ochenta, con una actitud mucho más positiva, resaltan el hecho de que este problema ya no existía. Véase P. P., 1881, LXXXIX, pp. 140-57; 1884, LXXX, pp. 3-12.
  89. P. P., 1881, LXXXIX, p. 157.
  90. Muchas fuentes contemporáneas describen este proceso. Véase por ejemplo P. P., 1883, LXXI, pp. 187-205.
  91. The Economist, Monthly Trade Supplement, 12/4/1890.
  92. En este sentido, adherimos a la interpretación de A. Ford de la crisis de 1890 como una crisis de desarrollo, más que a la interpretación tradicional que la atribuye a la exuberancia y la corrupción de la administración Juárez Celrnan. Véase A. Ford, “Argentina y la crisis de Baring de 1890”, traducido en Giménez Zapiola (comp.), El Régimen Oligárquico, pp. 116-141.
  93. Varios ejemplos citados en S.A.J., 19/9/1884, p. 8, que contiene un adecuado resumen sobre la situación del mercado de tierras en Buenos Aires.
  94. Como veremos más adelante, este procedimiento también se utilizó con frecuencia en los Territorios Nacionales del Sur.
  95. Véase The Statist, 2/2/1889, también P.P., 1893/4, XCII, pp. 29-<16.
  96. Cálculos sobre las posibilidades de ganancias por parte de los colonos pueden verse en P.P., 1881, LXXIX, 150-7 y 1884, LXXX, 3·12.
  97. B. T. J., X.IX (1895), pp. 156-60.
  98. P. P., 1893/4, XCII, 267. Sobre la evolución del mercado de tierras cf. Gallo, “Agricultural Colonization…”, p. 86; también Cortés Conde, El progreso argentino, pp. 149-76.
  99. Véase, por ejemplo, ALICo., I. A., 1890 y 1891.
  100. Cf. Gallo, “Agricultural Colonization…”, pp. 79 y 85-87.
  101. Ibid., p. 88, citando al S. A. J., 6/6/1891. ALICo. tenía una política similar; véase, por ejemplo, los I. A. de 1890 y 1891.
  102. Este proceso tiende a coincidir con la teoría general que sostiene que en un mercado de tierras subdesarrollado existe una “función de demanda” discontinua en relación al tamaño de la propiedad. Una evolución hacia un mercado capitalista más clásico tendería a disminuir la importancia de esta brecha. Debo agradecer a J. J. Guida por llamar mi atención sobre este punto.
  103. Esto puede contribuir a explicar las diferencias entre la Santa Fe colonizada y la Buenos Aires fundamentalmente ganadera. Este tema surgió como duda en un grupo de trabajo que integré en Buenos Aires en 1979 junto con Diego Armus, Mirta Lobato y Juan Zuriano. Agradezco el hecho de que nuestras discusiones me hayan puesto en el camino de la línea de análisis que aquí presento.
  104. Debo agradecer al Dr. E. Gallo el hecho de llamar mi atención sobre este punto.
  105. Ejemplo de ello es el fracaso de Napostá, un intento de formar una colonia británica próxima a Bahía Blanca en 1889-1891. Véase B. T. J., X (1891), p. 532. También Platt, “British Agricultural…”, pp. 17-19. Existen también excepciones, claro está, siendo la más llamativa de ellas la formación de las colonias de la Jewish Colonization Association, pero estas se vieron favorecidas por condiciones muy particulares, a las que haremos referencia más adelante.
  106. P. P. 1893/4, XCII, p. 230. También B. T. J., XIV (1893), 578.
  107. Véase, por ejemplo, P. P., 1893/1894, pp. 253-314; también B. T. J., XVII (1894), pp. 277-280 y XIX (1895), pp. 156-160.
  108. Hemos visto al menos un ejemplo de esto: la compra de W. Walker de la estancia 25 de mayo en 1891.
  109. Por ejemplo, The Australian Mortgage Land and Finance Company, que había extendido sus actividades a la Argentina.
  110. Véase respectivamente S. E. Y. B., 1920, p. 774 y Argentine Year Book, 1902, p. 397.
  111. Ver respectivamente S.E.O. I., 1913, pp. 962 y 1000. El Salta (Argentina) Syndicate se creó en 1913 como intermediario para una concesión de 22 leguas cuadradas otorgada por el gobierno provincial. El sindicato se comprometía a formar una compañía pública con un capital de £ 300.000, que debía cumplir ciertas obligaciones respecto a la colonización de la tierra. El desarrollo de esta empresa, así como el de la Argentine Colonization and Development Company, registrada al año siguiente, fue interrumpido por el comienzo de la guerra. Véase P. R. O., BT31, 15150/130626 y 22079/134166.
  112. Véase Financial News, 17/11/1891; The Times, 26/10/1892; P.P., 1893/4, XC, pp. 29-46 y 1898, XCII, pp. 561-80.
  113. C. P. Ogilvie, “Argentina from a British Point of View”, en Journal of the Royal Society of Arts, LIX, (2/12/1910), p. 58.
  114. S. E. O. I., 1910, p. 1059 y 1914, p. 1012.
  115. Sobre estas compañías, véase respectivamente P. R. O., BT31, 11007/34302; 19657/111830 y 22139/134620.
  116. Véase sobre estas compañías P. R. O., BT31, 19667/111966; 13999/ 124847 y 11065/84156.
  117. Véase capítulo I, primera parte.
  118. Véase L. Geller, “El crecimiento industrial argentino hasta 1914 y la teoría del bien primario exportable”, en Giménez Zapiola, El régimen oligárquico; y Cortés Conde, El progreso argentino, pp. 211-239.
  119. Expresado de otra forma, Tmp > Pa – Pe + Tpa; en la que Tmp es transporte de materia prima, Pe es procesamiento industrial en Europa, Pa es procesamiento industrial en Argentina y Tpa es el transporte del producto acabado. Una buena discusión sobre las precondiciones para el desarrollo de industrias en Argentina en ese período puede hallarse en Geller, “El crecimiento industrial…”. Véase también E. Gallo, “Agrarian Expansion and Industrial Development in Argentina” en Oxford Economic Papers, XXXIII (1970).
  120. El precio de la materia prima, por ser el elemento más elástico, determinaba la distribución de ganancias entre el productor primario y el manufacturero. Por lo tanto, la integración de ambas actividades evitaba las fluctuaciones que podían ocasionar variaciones de precios debidas a competencia de demanda de estos insumos. Para el manufacturero, aunque la producción de sus propiedades no cubriera su demanda total de materia prima, reforzaba considerablemente su capacidad de negociación frente a otros productores.
  121. Jack Colin Crossley ha realizado un prolijo estudio de la Liebigs Extract of Meat Company (“Location and Development of the Agricultural and Industrial Enterprises of Liebigs Extract of Meat Company in the River Plate Countries, 1865-1932”, tesis doctoral inédita de la Universidad de Leicester, 1973, 2 tomos), adaptando un modelo creado por D. S. Dunn (The Location of Agricultural Production, Gainsville, 1954), en el cual interpreta la rentabilidad de la empresa también en función de su acceso a materia prima a bajo costo. Estudia, por lo tanto, con cuidado, el problema del aprovisionamiento de ganado para las plantas procesadoras, la lucha de Liebig por un control “semi­monopólico” (semi-monopsónico) del mercado de ganado en su área de influencia y la expansión de su actividad como productora ganadera. La mayor parte de la información sobre Liebig que aquí presentamos proviene de dicha fuente.
  122. Crossley, “Location and Development…”, p. 233. Más detalles sobre las compras de tierras por Liebig pueden verse en los cuadros III.8; V.2; V.7 y VI.2; y los gráficos III.1; IV.5; V.1; V.16 y V.18, además de muchas otras referencias a lo largo del trabajo de Crossley.
  123. Más detalles en Crossley, “Location and Development…”, cuadros III.3 y V.1.
  124. S. E. Y. B., 1911, p. 1913.
  125. Véase G. Hanson, Argentine Meat Trade and the British Market, Stanford, 1938 y Peter Smith, Politics and Beef in Argentina: patterns of conflict and change, Londres/Nueva York, 1969.
  126. S. E. Y. B., 1885, p. 560; S. E. O. I., 1886, p. 636.
  127. P. R. O., BT31, 3408/20470.
  128. Véase el informe presentado por Biallet-Massé, El estado de las clases obreras argentinas a comienzos de siglo, Universidad de Córdoba, 1968.
  129. De la literatura que trata el tema de la Forestal hacemos referencia sólo a tres trabajos que resultan particularmente valiosos por una razón u otra. Ellos son la historia oficial de la empresa de A. H. Hicks The Story of La Forestal, Londres, 1956, que es una muy útil fuente de información sobre sus actividades; M. Trumper, “Efectos económicos y poblacionales de la explotación del quebracho colorado: el caso de La Forestal en el Chaco Santafecino”, informe de investigación. (Programa para la Formación de Investigadores en Desarrollo Urbano y Regional, 1975-6, Buenos Aires, Centro de Estudios Urbanos y Regionales (CEUR) e Instituto Torcuato Di Tella). Es un serio trabajo de investigación sobre el tema G. Gori, La Forestal, Ed. Proyecciones, Buenos Aires, 1974; retoma alguno de los aspectos más polémicos del tema, especialmente desde el punto de vista social.
  130. Véase S. E. O. I., 1911, p. 543; 1915, p. 537 y S. E. Y. B., 1922, p. 675; S. E. O. I., 1911, p. 543 y 1920, p. 499 respectivamente.
  131. Véase P. P., 1914, LXXXIX, p. 428. Sobre bodegas Tomba también S. E. O. I., 1910, p. 1023.
  132. S. E. O. I., 1905, p. 846.
  133. P. R. O., BT31, 7881/56056. Cuando se disuelve en Londres la empresa, el gerente en Argentina se hace cargo de la compañía.
  134. P. R. O., BT31, 10415/78461.
  135. P. P., 1908, CXXII, p. 8. Véase también P. P., 1914, LXXXIX, p. 564.
  136. Sobre la primera de estas empresas, véase Anuario Edelberg, Buenos Aires, 1923; sobre la segunda, P. P. 1914, LXXXIX, p. 431.
  137. P. R. O., BT31, 18311/96171.
  138. P. R. O., BT31, 6401/45197.
  139. Un relato más detallado del pago de la deuda puede encontrarse en Trumper, “Efectos económicos…”.
  140. Sobre la administración de la River Plate Trust, Loan and Agency, véase C. Jones, “British Financial Institutions…”, p. 149; sobre el cambio de política, Gallo, “Agricultural Colonization…”, p. 87.
  141. Sobre E. Casey, véase M. Sáenz Quesada, “Eduardo Casey”, en G. Ferrari y E. Gallo (comps.), Argentina del ochenta al centenario, Buenos Aires, Sudamericana, 1980, pp. 541-553.
  142. Estrictamente hablando la operación de Casey no era anómala, ya que la distribución de ganancias no se efectuaba en perjuicio del activo de la empresa; si bien esta perdía su capital operacional, ello se compensaba por el aumento de valor de su stock ganadero. Esto llevaba, sin embargo, a un ahogo financiero y, como consecuencia, a un endeudamiento excesivo. Es por ello que, como se observa en varias de las empresas analizadas en esta obra, la fórmula habitual consistía en transferir la ganancia proveniente por revaluación del stock a la cuenta de capital y, en todo caso, distribuirla entre los accionistas mediante una emisión de nuevos valores. La avidez de Casey por obtener ganancias líquidas restará a la empresa buena parte del capital que requería para el desarrollo de sus operaciones, produciendo un pesado endeudamiento. A esto se sumará, como veremos, una operación aparentemente mucho menos regular.
  143. Véase Sáenz Quesada, “Eduardo Casey”, sobre la posición financiera de Casey.
  144. La información utilizada para esta breve historia de la empresa proviene de una colección de documentos sobre ella que se encuentran en los archivos de la casa Baring Brothers, bajo los números de referencia HC4.1.141 a 190. Han sido particularmente valiosos los informes anuales de las sucesivas empresas (HC4.1.161). En dos ocasiones en 1978, Baring me ha permitido acceder a esta documentación, pero posteriormente decidió autorizar sólo la consulta de los informes anuales impresos hasta tanto se escriba la historia oficial de la empresa.
  145. La información sobre la Argentine Colonization and Land Company proviene de su prospecto de emisión de acciones, The Times, 14/7/ 1888; y del S. A. J., 7/6/1890, el Argentine Year Book, 1902, p. 399 y de los informes anuales de la empresa.
  146. La información sobre la Santa Fe and Cordaba Great Southern Land Company proviene de Crossley, “La Contribution Britannique…”, pp. 448-450; S. E. O. I. y S. E. Y. B., y los informes anuales de la empresa.
  147. Una lista de las propiedades adquiridas por ALICo., desde su formación a 1890 y su costo, puede hallarse en el I. A. de 1890. El relato sobre la evolución de la empresa se basa en los mismos informes anuales. Para el período anterior a 1900, cf. Crossley, “Contribution Britannique…”, pp. 447-448. Sobre la formación de la empresa, véase la última sección de la primera parte de este capítulo.
  148. I. A. 1900. El análisis de esta empresa se basa en los I. A. y en los S. E. Y. B. y S. E. O. I.


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