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Introducción

En la notable transformación de la economía y la sociedad argentina que tuvo lugar en el período que estudiamos (1870-1914), es indudable que el papel protagónico, como motor de los cambios, estuvo reservado al sector agrario. Su desarrollo se vio favorecido por dos factores complementarios: un cuantioso flujo de inmigrantes y otro de capitales europeos. Al estudiar la inversión de capitales británicos en el sector rural de la economía, nuestro análisis parte de la migración internacional de capitales, pero dada la ubicación en la economía argentina de las empresas estudiadas, esperamos que arroje cierta luz sobre las características generales del proceso de expansión agraria.

En nuestra investigación, hemos seguido dos líneas de interés diferentes, aunque a menudo convergentes: los movimientos internacionales de capital y la forma concreta en que operaban los distintos tipos de empresas agrarias británicas en la Argentina. La primera incursión del capital británico en la República se produjo a mediados de la década de 1820, pero esta breve experiencia concluyó en un total fracaso y no volvió a repetirse prácticamente hasta la década de 1860. Esta nueva etapa comenzó con una tímida transferencia de capitales ligados a los intereses comerciales británicos ya existentes en Argentina, y fue adquiriendo gradualmente mayor confianza al ir consolidándose la situación económica y política de la Argentina para adquirir un lugar de gran preeminencia entre las áreas de inversión externa de Gran Bretaña antes de la Gran Guerra.

Esta llamativa expansión del capital inglés, en América Latina en general y en Argentina en particular, ha sido tema de varios estudios. Ya en 1920 el economista norteamericano J. H. Williams realizó una estimación del crédito externo argentino como parte de su notable estudio sobre la relación entre la balanza de pagos y la evolución del sistema monetario.[1] Algunos años más tarde, V. Phelps escribió su libro sobre el sector externo argentino; y poco después, J. F. Rippy dedicó varios artículos, posteriormente compilados en un libro, a la evaluación de las inversiones británicas en América Latina.[2] Más tarde, serios estudios realizados por H. S. Ferns, A. Ford y V. Vázquez Presedo, entre otros, además de una voluminosa literatura argentina –con frecuencia más cargada de ideología nacionalista que de seriedad científica y de solidez fáctica–, retomaron el tema del flujo del capital británico a la Argentina. Más recientemente, I. Stone dedicó su tesis doctoral y varios artículos a un análisis detallado de las inversiones británicas en América Latina.[3]

Aunque las cifras presentadas por estos autores contienen marcadas diferencias, las tendencias generales parecen hallarse sólidamente establecidas. Las inversiones británicas resurgen lentamente en la Argentina en la década de 1860 y a comienzos de la siguiente, hasta que la crisis financiera de mediados de los años setenta interrumpe su modesto crecimiento. La década de 1880 es testigo de una gran expansión de las inversiones, cuyo punto más bajo se encuentra durante la limitada crisis de 1885-1886, que es seguida por un boom que llega a su pico máximo en los turbulentos años finales del Gobierno de Juárez Celman. Para entonces, el volumen total de capital británico en Argentina se estimaba en una cifra no lejana a las £ 170 millones.[4] Junto a la caída del Presidente, el año 1890 marca el comienzo de un terrible crash financiero en Buenos Aires, que detiene casi por completo la llegada de capitales externos por la mayor parte de la década siguiente.

Las inversiones se reiniciaron con el cambio de siglo, al mostrar la economía argentina claros signos de recuperación; la expansión se hizo muy significativa a partir de 1905, lo que llevó a la Argentina a la posición de preeminencia que ostentaba antes de la guerra. B. Thomas, al estimar las inversiones externas totales de Gran Bretaña en 1913, calcula las realizadas en Argentina en £ 319,6 millones, un 8,5% del total del capital exportado de las Islas Británicas, lo que ponía a la Argentina en un significativo sexto puesto en el ranking de áreas de inversión externa, después de Estados Unidos (£ 754,6 millones), Canadá (£ 514,9 m.), Australia y Nueva Zelandia (£ 416,4 m.), India (£ 378,8 m.) y Sudáfrica (£ 370,2 m.).[5] Otros cálculos son aún más elevados. Las cifras de Rippy dan para ese año £ 357,7 millones, en tanto que las estimaciones de Stone indican para 1913 una inversión total de £ 479,8 millones.[6]

Siguiendo a este último autor, la composición de las inversiones externas en Argentina parece haber estado totalmente dominada, hasta 1890, por el crédito estatal, y el sector ferroviario era el único otro que atraía un monto comparable de capital, y con una participación creciente en el total. Los servicios públicos ocupaban un modesto tercer lugar con un 10% del total de inversiones antes de la crisis; y las categorías “finanzas, tierras e inversiones” e “industrial y varios” comparten una posición similar, y entre ambas sumaban tan sólo un 5% del total. Para 1913 los ferrocarriles habían pasado a ocupar la primera posición, atrayendo un total de 219,2 millones de libras, casi un 50% del total invertido. La segunda ubicación correspondía al crédito público (£ 184,6 m.), seguido de servicios públicos (£ 35,9 m.), “finanzas, tierras e inversiones” (£ 21,4 m.) e “industrial y varios” (£ 17,2 m.).[7]

Si bien estas cifras expresan adecuadamente la tendencia general, todas presentan cierto sesgo, particularmente en cuanto a la inversión inmueble. Todas las estimaciones se basaron en la emisión de valores en la Bolsa de Londres, lo que trae aparejados varios problemas. En primer lugar, la clasificación de las empresas empleadas por la Bolsa implica que las compañías de tierras se hallan bajo dos rubros distintos –“finanzas, tierras e inversiones” e “industrial y varios”– y·en ambos junto con compañías que desarrollan otro tipo de actividades.[8] En segundo lugar, el capital emitido por una empresa no es siempre un indicador adecuado, como veremos a lo largo de este trabajo, ni de la real transferencia de fondos de un país al otro, ni del valor de los bienes que estas empresas poseían en Argentina. Por último, y lo que es aún más importante, existió un gran número de empresas británicas de tierras que operaban en el Río de la Plata que no emitieron valores en la Bolsa de Londres, ya sea porque eran compañías privadas[9] o bien propiedades particulares y, por lo tanto, no figuran en absoluto en las estimaciones generales de inversiones externas en Argentina. Uno de los propósitos de nuestro trabajo consiste precisamente en analizar estos problemas –en especial los dos últimos– en vistas a una revaluación de la participación británica en el sector rural de la economía argentina, su importancia relativa frente a otros rubros de inversión y la circulación de capitales entre ambas naciones. En este sentido, debemos señalar que la investigación llevada a cabo en Company House y el Public Record Office de Londres y en las fuentes existentes en Argentina, no nos permitió elaborar una lista exhaustiva de las inversiones privadas británicas en tierras en Argentina.[10] Sí indica, en cambio, la existencia de un gran número de empresas rurales de propiedad británica en Argentina que no habían sido tenidas en cuenta por la literatura existente sobre inversiones británicas en el país. Más aún, nos permitió también formarnos una idea bastante aproximada de la importancia relativa que tuvo este tipo de empresas en los distintos tipos de actividad emprendida por el capital británico en el campo argentino. En nuestras conclusiones, tras desarrollar a lo largo de los capítulos los problemas específicos presentados por los distintos tipos de inversiones, retomamos la problemática más general con vistas a tratar de lograr una estimación tentativa del conjunto de la inversión británica en el sector agrario, factible de ser comparada con las cifras presentadas por los autores ya mencionados.

La otra línea de investigación que hemos desarrollado consistía en mirar más de cerca los distintos tipos de empresas agrarias que operaban en Argentina, estudiando su sistema de trabajo y evaluando su trayectoria financiera, también ligada a la circulación internacional de capitales. Otras áreas de inversión británica en Argentina, tales como los ferrocarriles, la industria de la carne o las instituciones financieras, fueron objeto de cuidadosa investigación, pero hasta el presente se ha prestado muy poca atención a las inversiones en el sector agrario.[11] Con el propósito de saldar este déficit hemos elegido algunas empresas sobre las que existía abundante información disponible y las hemos estudiado en detalle. Cuando fue posible, hemos comparado los resultados de estos estudios con información más general sobre otras empresas, tratando de establecer hasta qué punto las conclusiones particulares sobre los casos estudiados eran factibles de ser generalizadas.

El análisis de la forma de operación de estas empresas ha sido realizado considerando un doble propósito. Por un lado, tratamos de entender cuáles eran las ventajas y los problemas que tenían los distintos tipos de empresas de tierras y cómo estas condiciones influyeron en el progreso de las inversiones. Por otro lado, hemos trabajado sobre el presupuesto, frecuentemente confirmado por nuestras fuentes, de que las empresas británicas no operaban en forma substancialmente distinta de las argentinas y, por lo tanto, nuestra comprensión de las primeras puede contribuir a nuestro conocimiento del desarrollo general del sector agrario argentino. Esto es particularmente cierto en ciertas áreas –tales como Bahía Blanca, Fraile Muerto y varias otras regiones de la frontera en la década de 1870, o Patagonia desde comienzos de su colonización– en las que las empresas británicas representaban un sector bastante considerable del total de los establecimientos existentes. En este sentido, la disponibilidad de información sobre las empresas de dicho origen ha facilitado un análisis que con frecuencia resulta poco menos que imposible para empresas similares argentinas, sobre las que rara vez se encuentra información abundante. Más aún, las empresas británicas, obviamente, operaban en los mercados argentinos. Por ello, en muchos casos, la información que hemos manejado resulta reveladora de las características generales de estos mercados –particularmente el de tierras, pero también otros tales como el de ganados, fuerza de trabajo, lanas o crédito hipotecario–.

También hemos tratado de estudiar con algún detalle el nivel de ganancias que podían esperar obtener los inversores en estas empresas y cuáles eran sus fuentes. De allí que –particularmente en nuestro estudio de casos– hayamos analizado los balances anuales de ciertas compañías, tratando de establecer exactamente los ingresos que éstas obtenían y de qué sector de sus operaciones provenían. Hemos incluido también referencias a otros factores –relaciones con las autoridades argentinas, relaciones con otras empresas británicas (en particular los ferrocarriles) o la superposición de cargos en los directorios de las empresas– que también pueden haber influido en los resultados finales de las operaciones.

Como veremos, una fracción substancial de las ganancias de buena parte de las empresas estudiadas provenía de la apreciación de sus propiedades inmuebles. Por ello, en los casos en que la tierra fue vendida antes de 1914, hemos estudiado las condiciones en que la operación se llevó a cabo y las ganancias –o, en unos pocos casos, pérdidas– obtenidas. Cuando la propiedad no fue vendida, tratamos de establecer su valor en 1914, lo cual, si bien no es un indicador muy preciso, provee al menos una idea de los beneficios obtenidos por los inversores por el incremento de valor de sus inmuebles. Para evaluar las ganancias en estas operaciones, hemos empleado como indicador la tasa de interés anual compuesta a la que debió haberse invertido el capital original (es decir, el precio pagado inicialmente por la propiedad) para obtener, luego de un período de tiempo igual al que el capital estuvo invertido en Argentina, un monto total similar al conseguido por la venta de los bienes empresarios. En general, además de esta cifra, disponemos de un promedio de los dividendos anuales que distribuyó la empresa. Si bien ambos guarismos no pueden ser agregados sobre la misma base, dada su desigual distribución temporal, juntos pueden dar una idea bastante adecuada del rendimiento de las inversiones en el sector, comparable con otras inversiones alternativas.[12]

Por otro lado, hemos separado los dividendos efectivamente distribuidos por las empresas de la emisión de valores como dividendos extraordinarios o de las variaciones en la cotización de acciones y obligaciones, ya que estos dos últimos aspectos se hallan referidos más bien al valor del activo de la empresa y, por lo tanto, son considerados aparte, en la evaluación del resultado final de las operaciones de la empresa. Más aún, la evolución de la cotización de los valores en la Bolsa de Londres no sólo estuvo afectada por las condiciones internas argentinas, sino también por el mercado financiero británico, en tanto que sus transacciones implicaban un cambio de propietario de la empresa, pero no un movimiento internacional de capitales. En este sentido, nuestro estudio se ha interesado más por la economía argentina y su vinculación con el mercado financiero de Londres que por la rentabilidad que un inversor individual británico podía obtener operando con valores de empresas radicadas en Argentina.


  1. J. H. Williams, Argentine International Trade under the Inconvertible Paper Money. 1880-1900, Cambridge (Mass.), 1920.
  2. V. Phelps, The International Position of Argentina, Philadelphia, 1938. Y J. F. Rippy, British lnvestments in Latin America. 1822-1949, Minneapolis, 1959.
  3. I. Stone, “The Composition and Distribution of British Investment in Latin America, 1865-1913”, tesis doctoral inédita de la Universidad de Columbia, 1962; “British Long Term Investment in Latin America, 1865-1913”, Business History Review, 42, otoño, 1968; “The Geographical Distribution of British Investment in Latin America, 1825-1913”, Storia Contemporanea, 3, 1971; y “British Investments in Argentina”, Journal of Economic History, XXXVI, septiembre, 1977.
  4. La estimación de Williams para 1890, en cuanto al total de inversiones externas, es de £ 184,5 millones, de las cuales la inmensa mayoría son británicas (op. cit., p. 103). Las cifras de Rippy, compiladas por Vázquez Presedo, ponen las inversiones británicas en £ 156,9 millones (V. Vázquez Presedo, El caso argentino, Buenos Aires, 1971, p. 28). También para ese año los cálculos de H. S. Ferns dan un total de £ 174.768.000 (Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos Aires, 1968, p. 490); y Stone, posiblemente en el trabajo más preciso, estima que para 1895 las inversiones británicas totalizaban £ 190,9 millones (“British Direct…”, p. 695). Como prácticamente no existieron inversiones en los primeros años de la década de 1890, esta última cifra puede compararse con las anteriores.
  5. H. Thomas “The Historical Record of International Capital Movements to 1913”, en J. D. Dunning (ed.), lnternational Investment, Londres, 1972, p. 37.
  6. Las cifras de Rippy tomadas de Vázquez Presedo, op. cit., p. 28; las de Stone de “British Direct…”, op. cit., p. 695.
  7. Stone, “The Geographical…”, op. cit., pp. 501-503. Hemos elegido las cifras de Stone por ser las más recientes y confiables y porque son presentadas en la forma más detallada. Por otro lado, respecto a las tendencias generales, al menos, sus cálculos coinciden con los de sus predecesores.
  8. Más aún, este agrupamiento no siempre corresponde a diferentes actividades de las compañías. En muchos casos, empresas que adquirieron tierras con diversos propósitos, pero que fueron más tarde obligadas por las circunstancias a desarrollar actividades similares, se hallan incluidas en categorías diferentes.
  9. De acuerdo con la legislación británica del momento, se denominaba “private Company a las sociedades comerciales por acciones registradas por el Board of Trade, pero que no contaban con autorización para cotizar sus valores en la Bolsa, ni para operar con ellos en forma pública.
  10. Una explicación de la forma en que fueron utilizadas las distintas fuentes en la investigación que dio lugar a la presente obra puede verse en el prefacio de mi tesis doctoral, “British Interests in Argentine Land Development, 1870-1914. A Study of British lnvestment in Argentina”, Universidad de Oxford, 1981, pp. iv-vii.
  11. Entre los estudios sobre otras áreas, podemos mencionar C. Lewis, “The British Owned Argentine Railways, 1857-1947”, tesis doctoral inédita de la Universidad de Exeter, 1975; E. A. Zalduendo, Libras y rieles, Buenos Aires, 1975; W. R. Wright, Los ferrocarriles ingleses en la Argentina, Buenos Aires, 1976, para ferrocarriles; D. M. Joslin, A Century of Banking in Latin America, Oxford, 1963, y C. A. Jones, “British Financial Institutions in Argentina, 1860-1914”, tesis doctoral inédita de la Universidad de Cambridge, 1973, sobre finanzas; S. Hanson, Argentine Meat Trade and the British Market, Stanford (Cal.), 1938, y P. H. Smith, Politics and Beef in Argentina: Patterns of Conflict and Change, Nueva York, 1969, sobre la industria frigorífica. En lo referente al sector agrario, sólo conocemos el artículo de J. C. Crossley, “La Contribution Britannique à la Colonisation et au Développement Agricole Argentin. Étude préliminaire”, en Les Problèmes Agraires de l’Amerique Latine, Colloques Internationaux du Centre de la Recherche Scientifique, París, 1967. Ésta, como su título lo indica, es sólo la presentación preliminar de los primeros resultados de una investigación. Pese a ello, ha sido una guía muy útil para nuestra investigación. Posteriormente, el Dr. Crossley concentró su investigación sobre una empresa en particular, Liebigs Extract of Meat Company, produciendo de ella un muy útil análisis detallado, al que volveremos a referirnos más adelante.
  12. La idea central del sistema de evaluación de las ganancias por apreciación de la tierra fue tomada de los artículos de A. y M. Bogue, “‘Profits’ and the Frontier Land Especulator”, Journal of Economic History, XVII (marzo de 1957) y de R. P. Swierenga, “Land Speculation ‘Profits’ Reconsidered: Central Iowa as a Test Case”, Journal of Economic History, XXVI (marzo de 1966). Una reflexión más detallada sobre el método desarrollado a partir de ellos puede verse en la introducción a mi tesis doctoral y, sobre todo, en “Rentabilidad de la inversión agraria; problemas en torno a su evaluación. El caso de la South American Land Company”, en Terceras Jornadas de Historia Económica, Universidad Nacional del Comahue, 1981 (mimeo). Es posible desarrollar un medio matemático para homogeneizar ambas cifras (la tasa de interés equivalente a la ganancia por apreciación de la tierra y los dividendos anuales) y ofrecer un indicador único del nivel medio de ganancias obtenidas después de la venta de la tierra. Esto, sin embargo, no parece justificarse ni por el volumen de información que disponemos ni por las diferencias que podrían resultar de la aplicación de un mecanismo más sofisticado.


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