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Prólogo a la edición de 2016

¿Cómo se desarrolló el capitalismo agrario en Argentina en la época de su gran expansión económica, a fines del “largo siglo XIX”? ¿Hasta qué punto ese crecimiento se basó exclusivamente en la generosa asignación de recursos por la naturaleza y en qué medida se necesitó un empresariado pujante y modernizador que emprendiera una renovación tecnológica para lograrlo? ¿Las rentabilidades eran altísimas y automáticas, o se basaban en una trabajosa administración? ¿Cómo podían paliarse los altos costos de la mano de obra y el capital para asegurar la rentabilidad empresaria? ¿Cuáles fueron las escalas de producción de las empresas? ¿A qué se debieron? Fuera de la región pampeana, ¿era posible organizar empresas rentables sin contar con ventajas naturales? ¿Qué rasgos desarrollaron las actividades de procesamiento de materias primas de regiones marginales para alcanzar los mercados? ¿Cómo impactó la herencia del proceso de consolidación de capitalismo agrario del período referido en la evolución posterior de Argentina? Porque este texto contiene elementos que pueden contribuir a dilucidar estas y otras preguntas es que me pareció relevante volverlo a poner al alcance de los especialistas o del público con un interés particular en estos problemas. Un formato que permite el acceso digital abierto me parece ideal para este tipo de obras y una colección con una temática como esta, el contexto perfecto para su reedición.

Confieso que hace cuarenta años, cuando se inició el proceso que cinco años después daría lugar a esta obra, ninguna de estas preguntas cruzaba por mi mente. La expresión historiográfica que más me impresionaba entonces eran los marxistas británicos, Eric Hobsbawm, Christopher Hill, Rodney Hilton, y de allí mi elección por cursar un posgrado en Inglaterra. Una circunstancia casual me puso en contacto con Christopher Hill, quien derivó mi interés al Centro de Estudios Latinoamericanos de Oxford, suponiendo que si venía de la región, ése debía ser mi interés. Parecía más sensato aceptar la propuesta que insistir en un tema europeo.[1] Para desarrollar mi primer borrador del proyecto de tesis, Enrique Tandeter, mi guía profesional, me sugirió sensatamente que buscara un tema con fuentes en Inglaterra y me prestó la recientemente editada guía de Peter Walne dedicada a fuentes sobre América Latina en el Reino Unido. Incluso, según recuerdo, me sugirió que prestara atención a la sección de fuentes empresariales que había agregado D.C.M. Platt. Posiblemente, siempre bien informado en cuestiones del medio académico, sabía que era probable que fuera mi director, ya que dirigía el Latin American Center de Oxford. Cuando la universidad encomendó a Ezequiel Gallo que me hiciera en Buenos Aires la entrevista de admisión, Enrique me recomendó que leyera Agrarian Expansion and Industrial Development in Argentina, 1870-1930, que era un texto clave de mi entrevistador. Aunque no sé si aproveché mucho aquella primera lectura, muchos años despues tuve el placer de propiciar su edición en castellano, en el Anuario IEHS Nº 13. Pero no sólo fue mi primer contacto con Ezequiel, sino con una temática y una perspectiva que tendría una influencia crucial en mi tesis y, más tarde, en toda mi carrera.

Finalmente, la disponibilidad de fuentes me inclinó a estudiar las empresas del sector agrario. Debo confesar que entonces carecía de una agenda analítica. La expectativa de un inminente cambio revolucionario hacia el socialismo en América Latina se había ido diluyendo en mi perspectiva rápidamente en el año o año y medio previo a mi partida a Oxford (setiembre de 1976), y la esperanza en el socialismo mismo, al menos, en su versión radical, se diluiría en los dos o tres años posteriores. Los instrumentos conceptuales en los que me había formado, el marxismo, la teoría de la dependencia, tenían particular significado en función de aquellas expectativas, y era necesario repensarlos. Aunque aún estaría en el tapete unos años más, rápidamente me alejé de la teoría dependentista, en la que encontraba poca riqueza y muchos problemas. Los escritos de Marx seguirían (y siguen) teniendo para mí un fuerte valor como instrumentos de análisis, pero no constituirían ya una ortodoxia que resolviera los problemas, sino sólo una de las posibles guías para plantearlos y analizarlos. De mi contacto con ellos aproveché el rigor en el análisis económico, que Marx, a su vez, heredaba de sus fuentes: Smith, Ricardo, Malthus. Y también el rigor en la crítica que, entre otras cosas, debía aplicarse a aquellos mismos escritos y a quienes pretendían utilizarlos como verdades reveladas. En la cultura anglosajona, más que en ninguna otra del mundo, creo, la racionalidad en el análisis económico es un punto de partida natural, y por varias razones, además de mi inicial formación marxista, me sentí cómodo buscando en esa caja de herramientas los instrumentos para tratar de preguntar a mis fuentes y de interpretar los datos que obtenía.

El tema, las empresas de capitales británicos que tenían inversiones en tierras en Argentina, rápidamente me planteó dos líneas de preguntas. La primera se articuló en los siguientes interrogantes: ¿hubo inversión de capital de ese origen en el sector agrario? ¿Qué tan grande era? ¿Cómo comparaba con otros sectores de inversión? ¿Cuál era su rentabilidad? ¿Cómo afectaba la balanza de pagos del país o de los países involucrados (desde ya, mucho más a uno que al otro)? Creo que rápidamente me di cuenta de que esa línea de preguntas no llevaba demasiado lejos; en parte, porque comparado con los ferrocarriles y los créditos a los Gobiernos (nacional, provinciales y municipales), era una parte menor de las inversiones y, en consecuencia, porque mi estudio no podía decir demasiado sobre la Argentina de la gran expansión en ese plano. Naturalmente, sin embargo, como buen tesista, traté de mostrar que las inversiones en tierras tenían más importancia de lo que se había en general considerado, y creo haberlo logrado. Despues de los dos mencionados fue quizás el tercer rubro en importancia, compitiendo con los servicios públicos, como transporte urbano, cloacas, etc. Y tiene una serie de rasgos particulares que le dan cierto interés. El lector encontrará en el texto los elementos que explican este argumento, y más allá de que hoy en día estos temas no estén en el tope de la lista de la agenda historiográfica, creo que hay en la obra que se reedita una contribución en ellos.

La segunda línea estudió la forma en que aquellas empresas operaron, y rápidamente me desembarcó en los problemas del desarrollo agrario argentino, que lleva a los interrogantes que abren este prologo. Y esto condecía con las preocupaciones que emergían (y emergen) de mi compromiso social: si la vía de la socialización de los medios de producción no parecía conducir a una mejora de las condiciones de vida de la población, el crecimiento y el desarrollo económicos sí parecían ser canales más realistas para mejorar las condiciones de vida de las mayorías. La preocupación es entonces cómo lograr ese crecimiento y ese desarrollo. Y como historiador, tratar de entender las formas en que evolucionó la economía argentina en el pasado me parecía un aporte útil para buscar las que pueden llevarla a mejorar su performance en crecimiento y desarrollo.[2] El estudio de un conjunto bastante amplio de empresas que operaban en diversas actividades vinculadas con el sector más productivo y dinámico del país en una etapa clave de su desarrollo podía (y puede) arrojar luz sobre esos problemas, y éste es el principal sentido de este texto y de su reedición.

Cuando comencé con el estudio de las empresas que finalmente volqué en este libro, sabía poco del desarrollo agrario argentino en general, lo que pude atribuirse a la mala formación en historia argentina que por entonces recibíamos en la UBA. Quizás fuera una suerte, ya que en ese mismo momento se estaba produciendo un giro muy marcado en la interpretación del fenómeno. Casi todos los textos clásicos del momento partían del supuesto de que el atraso argentino del siglo XX era producto de las deficiencias de su desarrollo en el siglo XIX, particularmente atribuibles a su estructura agraria.[3]

Los textos que comenzaron a renovar esa visión eran o bien muy recientes, o estaban en elaboración en ese mismo momento. Hispanoamérica, la apertura al comercio mundial, 1850-1930 de Roberto Cortes Conde (Paidós, 1974), acababa de ser editado; los trabajos de Ezequiel Gallo, el ya mencionado y su tesis doctoral (que leí en forma de tesis; el libro sería casi simultáneo a la primera edición del presente texto); el trabajo de Lucio Geller sobre el desarrollo industrial y la teoría del bien primario exportable; y el muy influyente libro de Carlos Días Alejandro llegaron a mí casi en simultáneo con trabajos anteriores de Gallo y de Cortes Conde y los clásicos de Giberti, de Scobie, de Bejarano, entre muchos más que sostenían una visión muy pesimista del desarrollo agrario.[4] Mi propia perspectiva, como insinué, basada en el marxismo, suponía, como modelo general, que aquella era una etapa de desarrollo capitalista y esperaba encontrar ese tipo de lógica en los mercados que comenzaba a estudiar. Ello me llevaba a mirar con cierto escepticismo las interpretaciones que suponían una fuerte falta de racionalidad en la evolución agraria. Estando ya mi tesis avanzada, Roberto Cortes Conde publicó su fundamental El progreso argentino (Sudamericana, 1979), que contribuyó a dar forma a mis argumentos. Y ya con mi tesis completa, Hilda Sabato, con quien mantuvimos intercambios durante la redacción de nuestras tesis, me permitió leer la que a pocos km de Oxford, en la capital británica, había escrito sobre el desarrollo lanar, y que se publicaría un poco más tarde como Capitalismo y ganadería en Buenos Aires: la fiebre del lanar (Sudamericana, 1989). La visión que propone en ese trabajo apuntaba en muchos aspectos en un sentido similar a la que yo descubría en el mío.

Así, a la vez que obtenía mucha información de los estudios más antiguos, como los citados de Giberti y de Scobie, no presté particular atención a su imagen sobre un mundo rural atrasado. Lo que yo encontraba en las fuentes que me permitían conocer las empresas que analizaba era, por un lado, que las empresas rurales debían responder permanentemente al desafío de adecuar su tecnología y sus estrategias a las variaciones de los mercados de factores y de productos, y, por el otro, que los empresarios británicos en general no parecían ser ni más ni menos exitosos que los argentinos en resolver esos desafíos. Así, inesperadamente, el estudio de estancias familiares, grandes compañías de producción ganadera y agrícola, empresas colonizadoras, empresas madereras, empresas productoras/procesadoras de ganado, y algunas otras, me permitió estudiar el dinámico mercado que se transformaba en aquellos años en el motor del desarrollo capitalista argentino.

El contraste con aquella interpretación que veía al latifundio como irracional e improductivo, que descuidaba el fuerte proceso de fraccionamiento de la propiedad en ciertos contextos, así como la dinámica tecnológica y la adaptación a las condiciones de mercado, se me fue haciendo evidente y lo comenté en las conclusiones. Más tarde, sería el eje de un artículo historiográfico que tuvo cierta repercusión.[5] Y esta perspectiva abría el horizonte a un conjunto de problemas que si historiográficamente han logrado un fuerte avance en los últimos treinta años, desde el punto de vista de las políticas públicas continúan siendo centro de fuertes discusiones.

Creo que el núcleo del argumento es el siguiente. El desarrollo agrario argentino del período de la gran expansión, digamos de 1870 a 1914, con un importante precedente en las dos décadas previas y una problemática secuela en la primer posguerra hasta la gran crisis de 1930, fue un proceso variado y complejo, pero desde el punto de vista del crecimiento, razonablemente exitoso. La formación de la gran propiedad, cuyas bases más importantes provenían del período de lo que Halperín llamó “la expansión ganadera” (1820-1852), continuó sobre todo en las nuevas tierras incorporadas por la campaña de Roca en 1870-1880. Simultáneamente, sin embargo, en algunas regiones de las ricas tierras pampeanas, sobre todo en Santa Fe, pero también en Entre Ríos, en Córdoba y en Buenos Aires, se produjo un fraccionamiento de la propiedad y el surgimiento de colonias agrícolas de pequeños propietarios.

Por otro lado, las grandes unidades de producción, lejos de ser conservadoras desde el punto de vista productivo, incorporaron nuevas actividades y tecnologías, que llevaron a que la productividad agraria argentina no desentonara demasiado con la de otras regiones equivalentes del mundo, como Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Tampoco fueron la forma excluyente de producción. Hubo momentos y regiones en los que la propiedad tendió a fraccionarse, no ya en colonias, sino por la división paulatina de la gran propiedad, y dio origen a una pequeña y mediana burguesía agraria a menudo de origen inmigrante. Emergieron además múltiples formas contractuales: por un lado, el clásico “arrendamiento proletario”, tan destacado por la bibliografía más antigua, en especial James Scobie. En este sistema, el arrendatario era mano de obra a riesgo compartido, lo que implicaba que en los buenos tiempos podía lograr cierto ahorro para el trabajador y en los malos, una pobre remuneración por su trabajo. Pero también hubo múltiples formas de arriendo capitalista, hasta empresas de gran escala que arrendaban miles de hectáreas, que recuerdan a los actuales pools de siembra.

Así, una gran burguesía estanciera se consolidó en la Argentina de la etapa estudiada; mucha de ella proveniente de viejas familias de las elites criollas, pero que incluía también no pocos casos de muy exitosos inmigrantes, que acumularon asombrosas fortunas iniciando sus carreras desde el llano –este libro incluye bastantes ejemplos de esto–. Junto a ella emergió una clase media rural, provista en buena medida por los recién llegados. Y también, desde luego, un proletariado agrario, con niveles de remuneración que en general no eran malos en comparación con otros lugares del mundo, pero que estaban sometidos a los avatares de las fluctuaciones económicas, que en los momentos de crisis creaban caída del salario y aumento del desempleo. Estos últimos sectores, por otra parte, estaban muy vinculados a sus equivalentes urbanos, ya sea en los pequeños poblados de campaña o en los grandes centros.

Cuando se ve el resultado de conjunto de este proceso, se advierte que en general fue eficaz desde el punto de vista del crecimiento económico. Desde el punto de vista “social”, por así llamarlo, fue menos equitativo que en algunos otros lugares, como ciertas regiones de Estados Unidos y de Canadá, las que por lo demás también tuvieron sus problemas.[6] Esto fue más el resultado de la conformación social del país que de la arbitrariedad de sus sectores dirigentes, muchos de los cuales estaban influidos por principios que favorecían el fraccionamiento de las unidades de producción.[7] Pero en definitiva, como surge de la investigación que el lector tiene en sus manos, para cuando el estallido de la Gran Guerra marcó el fin de una etapa de máximo crecimiento para la Argentina, y de considerable apertura en el comercio mundial, Argentina había logrado desarrollar una estructura productiva y social que aunque estuviera lejos de un ideal, era una base razonable para su futuro crecimiento. Sobre todo si se consideran las posibilidades reales en su punto de partida.

Un punto importante es que esta estructura productiva, lejos de obstruir la modernización general de la sociedad, incluyendo un muy incipiente desarrollo industrial, había favorecido sus primeras etapas; ése era el argumento central de los trabajos de Gallo (Agrarian Expansion…) y de Geller citados. Otro, que también las economías regionales se beneficiaron de la dinámica de la expansión agraria. Los trabajos de Jorge Balan, también publicados en aquellos años, fueron clave para abrir una idea que contradecía la opinión generalizada en los años sesenta y setenta.[8] Así, cuando en el Centenario de la Revolución de Mayo muchos argentinos, incluyendo buena parte de su clase dirigente, creían que su país había finalmente logrado poner en marcha las ilusiones que alentaban a los padres fundadores un siglo atrás, no carecían totalmente de fundamentos. Desde luego, eran demasiado optimistas. Argentina no estaba a punto de convertirse en el equivalente yanqui del sur, y si se considera con detenimiento muchos aspectos de su desarrollo (o falta de él), las razones no son tan difíciles de hallar. Pero en todo caso, no era sólo la nación más próspera de América Latina, con ingresos per cápita similares a algunas potencias europeas de primer orden, sino que la evolución de la economía y de la sociedad, a la que se sumaba la incipiente democratización de la política, auguraban la posibilidad de continuar en una senda promisoria. Creo que el lector encontrará en este texto varios elementos que apuntan en ese sentido.

Sabemos que lo que vino despues no estuvo ni remotamente a la altura de esas expectativas. Intentar explicar por qué ha sido una fuerte preocupación de la historia económica en Argentina e incluso fuera de ella. No es éste el lugar para volver sobre ese tema,[9] pero en todo caso, sí vale apuntar aquí que los rasgos del sector agrario de la gran expansión que emergen de esta obra, así como de las otras contemporáneas ya mencionadas y de una muy amplia bibliografía posterior, incluyendo los textos que componen esta colección, no parecen justificar la sospecha de que éste haya sido el responsable de esa frustración.

En las últimas décadas una fuerte renovación de la tecnología agrícola volvió a dar un notable dinamismo al sector rural argentino, junto con el de otros países de América Latina. Y desde comienzos del siglo actual esta situación se articuló con un fuerte crecimiento de la demanda de productos agrarios en los mercados mundiales, lo que resultó en condiciones muy favorables para la economía argentina (el llamado “viento de cola”). Las políticas adoptadas, sin embargo, parecen haber comprendido inadecuadamente el papel que el agro puede jugar, y que en buena medida jugó en la etapa de la gran expansión, como promotor del crecimiento. En parte, ello puede atribuirse a aquella visión histórica que ha tendido a ver al sector agrario como contrapuesto a la modernización, desaprovechando la oportunidad para diseñar estrategias que a la vez que estimulen la producción del sector, aprovechen su dinámica para estimular el crecimiento de la economía en general y mejorar las condiciones materiales de vida para todos los argentinos, en especial los más carenciados. Intentar crecer a costa del sector rural, y no en conjunción con él, es una estrategia que ha sido reiterada en el siglo XX y en lo que va del siglo actual con pobres resultados.

Una política que aproveche la dinámica del sector más eficiente de la Argentina, aquel que es competitivo a nivel mundial, para estimular la competitividad de los restantes, no deja de presentar sus dificultades. Pero para poder resolverlas y aprovechar las oportunidades, es necesario comprender adecuadamente los rasgos y las dinámicas de la producción agraria, y desechar las nociones que tienden a distorsionarlos. Como se ha dicho, con la reedición de este libro buscamos realizar un aporte en ese sentido.

Volver a la vida una vieja obra como esta presenta para su autor un dilema. ¿Es necesario reescribirla, para que refleje el estado actual del conocimiento, o es preferible dejarla tal cual fue pensada en su momento? Dos razones me inclinaron por la segunda opción. En primer lugar, que al releerla despues de muchos años me he sorprendido porque sigo concordando con la mayor parte de lo que aquí expongo. No veo en ello un particular mérito, pero creo que el cambio de paradigma interpretativo en el que se inscribió este texto, según he tratado de explicar, hace que aún conserve vigencia. La segunda razón es que aún así, con todo el conocimiento aportado por treinta años de investigación, revisarlo implicaría reescribirlo totalmente, para incorporar ese conocimiento, y el resultado no sería una reedición, sino una nueva obra. Debo dejar esa tarea para otros. Por las razones expuestas creo que la reedición vale la pena y porque cada tanto algún colega o interesado en la historia agraria me consulta sobre si se puede obtener una copia, lo que ya no es posible.

Cuando terminaba de escribir a mano en un cuaderno la primera versión de mi tesis, para que sucesivas copias a máquina dieran forma definitiva al manuscrito, había escuchado de la aparición de los procesadores de texto, pero aún en la moderna Oxford no había conocido esos novedosos equipos. Un par de años más tarde, cuando traducía el texto, las viejas PC IBM con pantalla con letras verdes comenzaban a aparecer, pero eran muy caras (quizás veinte o treinta veces lo que vale hoy una PC infinitamente más poderosa) y no tenía acceso a una. En breve, no disponía, cuando me decidí a intentar una reedición, de una versión digital. Procesar el texto desde la edición impresa fue una ardua tarea, realizada gracias a la ayuda del IGEHCS –parte del CCT de CONICET de Tandil– y sobre todo de su editor, Ramiro Tomé. El proceso de edición sirvió para que se corrigieran algunos errores de la publicación original y algunos de los problemas más obvios de redacción. Vaya mi agradecimiento a Ramiro y a las autoridades de instituto que avalaron la labor. Varios colegas, en especial Jorge Gelman y Julio Djenderedjian, me han estimulado a reeditar este libro y ese estimulo ha sido importante que me decidiera ha hacerlo. Cuando lo hice, y le propuse a Osvaldo Barsky incluirlo en la excelente colección que dirige, se sumó con su habitual entusiasmo. Finalmente, la cooperación como investigador externo del Centro de Altos Estudios en Ciencias Sociales de la Universidad Abierta Interamericana hizo factible esta publicación, sin cuyo apoyo no se hubiera concretado. Finalmente, un recuerdo para las dos personas que más influyeron para que la obra original se concretara y diera origen a lo que ha sido una carrera profesional que me ha permitido dar curso a mi vocación. El apoyo de mis padres hizo posible que la llevara a cabo. A ellos y a mis hermanos dediqué la edición original de este libro, y al recuerdo de los primeros dedico esta reedición.


  1. Recuerdo que a algún historiador inglés a quien escribí por entonces diciendo que quería estudiar la Europa moderna me contestó que en ese caso debía ir a una universidad europea; ¡parroquialismo hay en todos lados! Después de vivir un tiempo en Gran Bretaña aprendí que entonces para muchos ingleses Europa era “the continent”, no ellos. Supongo que ahora, después de formar parte de la Unión Europa, habrán cambiado de opinión.
  2. Esta preocupación se ha traducido, espero, en toda mi obra de historia económica posterior, en particular en mi Historia económica de la Argentina. De la conquista a la crisis de 1930, Buenos Aires, Sudamericana, 2008, y en “El fracaso argentino. Interpretando la evolución económica en el ‘corto siglo XX’”, Desarrollo Económico, Nº 176, vol. 44, enero-marzo, 2005. Retomando los temas del vínculo externo, también está presente en el trabajo “La naturaleza de la dependencia, la dependencia de la naturaleza. Exportaciones y crecimiento económico en Argentina 1890-1938, en perspectiva comparada”, en colaboración con Agustina Rayes, Desarrollo Económico, Nº 211 Vol. 53, enero-abril, 2014.
  3. Arquetipo de esta interpretación, que sí conocía antes de viajar a Oxford (motu propio, nunca fue bibliografía en mis materias en la facultad) es La Economía Argentina, de Aldo Ferrer, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1963.
  4. La referencia a estos textos pueden verse en la bibliografía general de la obra.
  5. “La expansión agraria de la Pampa Húmeda (1850-1914). Tendencias recientes de su análisis histórico”, Anuario IEHS (Tandil), 1, 1986.
  6. Entre las muchas existentes, la mejor comparación disponible, creo, es el estudio de Jeremy Adelman, Frontier Development. Land, Labour and Capital on the Wheatlands of Argentina and Canada, 1890-1914, Oxford, O.U.P., 1994.
  7. “Del feudalismo al capitalismo agrario: ¿el fin de la historia… agraria?”, Boletín del Instituto de Historia Argentino Americana Dr. Emilio Ravignani, en prensa.
  8. Ver bibliografía. En mi primer etapa en Oxford tuve la suerte de que Balan tuviera una prolongada estadía en Oxford que coincidió con la de Ezequiel Gallo y de Guido Di Tella. Los intercambios con ellos que se produjeron en los seminarios a los que asistí en esa etapa fueron cruciales para dar forma a este libro.
  9. Es el tema de mi citado “El fracaso…”. Una visión más reciente en Juan José Llach y Martín Lagos, El país de las desmesuras, Buenos Aires, El Ateneo, 2014.


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