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Conclusión general

El presente trabajo estuvo orientado hacia tres objetivos concretos relacionados entre sí. En primer lugar, se analizaron las implicancias de la cuestión del idioma en las reconfiguraciones de la lengua literaria. Para ello, hemos analizado de qué modo pudieron articularse las transformaciones del lenguaje literario durante los años veinte con las ideas acerca de un idioma nacional y con los cambios de la lengua en un medio signado por el cosmopolitismo y por los procesos modernizadores. En segundo lugar, nos propusimos evidenciar las tensiones, contradicciones y ambigüedades implicadas en el lenguaje literario en distintos autores y zonas del campo letrado de los años veinte. Dichos fenómenos no tuvieron un carácter homogéneo ni pueden ser explicados a partir de las mismas variables. Las tensiones que se presentan en las lenguas literarias de Roberto Arlt, Elías Castelnuovo u Oliverio Girondo responden a motivos diferentes vinculados de manera compleja con su educación y formación, su extracción social, su mayor o menor tendencia a la autonomía respecto de regulaciones ajenas a la literatura misma, sus posicionamientos y sus relaciones con los otros agentes o sistemas de agentes del campo literario, con los lineamientos de los proyectos colectivos en los que se insertan, su relación con el mercado y con el público, etc. Por último, y en tercer lugar, esta tesis se propuso realizar un aporte significativo a través del relevamiento de fuentes documentales, muchas de ellas inexploradas, con el objeto de reconstruir las disputas y tensiones acerca del lenguaje literario.

Las transformaciones de la lengua literaria durante el período 1920-1930 no pueden entenderse sin tomar en cuenta las discusiones acerca del idioma desarrolladas tanto previamente como a lo largo de la década. Escritores como Olivari o Arlt ejemplifican muy bien esta situación dado que, al proponer un lenguaje literario relativamente autónomo, relativamente libre de ataduras normativas, y nutrido de materiales lingüísticos considerados “no aptos” para la literatura por los grupos conservadores en materia de lenguaje, cuestionan la autoridad y los criterios estéticos e idiomáticos de esos sectores. Arlt construyó una lengua literaria “porteña”, que era en sí misma una refutación de los argumentos de autoridades del circuito “culto” tradicional, como Monner Sans (h) o Capdevila, en abierto desafío a las actitudes puristas y afirmación de la emergencia de un idioma argentino. Es decir, la construcción y defensa de un lenguaje literario de esta naturaleza implicó, en la mayoría de los casos, ingresar en la agenda y en los temas propios de los debates acerca del idioma, los cuales se concentraron en explotar brechas y diferencias para la construcción de la lengua literaria. Lo que se discutía, en estos debates, era su autonomía, la pertinencia del “color local”, la distancia que debía mediar (o no) con la oralidad (Di Tullio 2009: 571).

Además de estas disputas, un segundo factor determinó en buena medida las condiciones de transformación de la lengua literaria: en la década de 1920, se persiguió una autonomía, es decir, un lenguaje específicamente literario, separado de la lengua comunicativa, que buscó en la violación y deformación de la norma algo específico de la literatura y un derecho derivado de la condición de artista (Valery 1999). Vale decir entonces que las tensiones del lenguaje literario no sólo se vinculan con las insoslayables discusiones acerca del idioma o del intenso contacto de lenguas producto de la inmigración, que venía desbaratando desde hace algunas décadas un cierto orden, una supuesta homogeneidad lingüística cuya pérdida las élites lamentan. En todo caso, estos fenómenos propiciaron la emergencia de una escritura que, en consonancia con las exploraciones vanguardistas, tendió a distanciar al escritor de los legisladores de la lengua. En otras palabras, la lengua literaria debía estar regida por leyes propias o, en todo caso, no depender de las reglas que regulaban el funcionamiento del idioma. Las tensiones y transformaciones del lenguaje literario pueden ser entendidas como la manifestación de un proceso de relativa autonomización literaria, iniciado a comienzos del siglo XX, en el marco de dos transformaciones vinculadas con la modernización: la emergencia de las vanguardias y la expansión del mercado cultural. La investigación ha dejado en claro que la tendencia conservadora en relación con la lengua literaria no se dió exclusivamente en la zona “culta” tradicional del campo letrado, integrada por intelectuales de mayor peso y autoridad. El conservadurismo en el lenguaje literario también estaba presente en zonas más o menos emergentes o en escritores recién llegados a las letras, tanto en la zona de la vanguardia estética como en la de la vanguardia de izquierda y del circuito de mercado.

El concepto de “mala escritura” sirvió a los puristas y conservadores para rechazar las propuestas más novedosas que disputaban la autoridad y centralidad de criterios más tradicionales. La transformación del lenguaje literario también implicaba la expansión de los límites de la literatura a partir del trabajo con formas “espurias” o “plebeyas”, o bien con significantes y campos semánticos atípicos para el discurso literario de la época. En algunos de los capítulos de este trabajo, hemos registrado algunos de los principales términos que sirvieron para una descalificación que no estaba exenta de contradicciones: se tildó de “babélica” o “cosmopolita” a toda lengua literaria que encontrara su punto de partida en la argamasa lingüística producto del contacto de lenguas popular-inmigratoria, al mismo tiempo que otras formas del cosmopolitismo – como el uso del francés en los poemas de amor escritos por mujeres de la elite – eran consideradas perfectamente aceptables.

A su vez, existió una “mala escritura” de otra índole, que se manifestó en tópicos y palabras de orden sexual, y que expresaba otro tipo de transgresión o “corrupción” literaria. Los ejemplos más claros son los de Girondo y Olivari. En el segundo caso, confluyen las dos modalidades censuradas: la asociada a lo “babélico” y aquella otra que encontraba en la transgresión temática una nueva productividad estética, lo que se agravaba cuando las que se atrevían eran escritoras mujeres.

El análisis de las fuentes documentales ha demostrado que no sólo existieron disputas y discusiones entre segmentos opuestos del campo literario, sino que también tenían lugar aún dentro de una misma publicación, grupo o zona. Esto indica las tensiones respecto de la lengua literaria y da cuenta de la dinámica compleja que asumieron las querellas en torno suyo. Dichas tensiones responden a veces a la coexistencia conflictiva de criterios: mientras que uno de ellos apuntaba a conformar un lenguaje literario modélico apegado a las normas, el otro operaba a contramano de las reglas atribuidas a la “buena” literatura. La transversalidad de estas tensiones es tal que aún dentro de un mismo autor suelen existir ambigüedades, contradicciones y vacilaciones con respecto al lenguaje literario, como se ha visto en los casos de Arlt y Castelnuovo.

La investigación realizada en esta tesis muestra al año 1927 como el epicentro o el momento de mayor actividad de los debates acerca de la lengua literaria, dado que en él tuvieron lugar varios episodios relevantes en relación con la problemática. En ese año se inició la polémica sobre el “meridiano intelectual” entre Martín Fierro y La Gaceta Literaria, que puso en debate el grado de influencia en materia cultural de España sobre América y, sobre todo, representó una toma de posición de un grupo heterogéneo de escritores acerca de la gestación de modalidades del idioma desprendidas del castellano peninsular, con las cuales se estaba construyendo una nueva literatura, autónoma de cualquier servidumbre estética y lingüística. En segundo lugar, a mediados de ese año se publicó la encuesta del diario Crítica, “¿Llegaremos a tener un idioma propio?”, en la que el lunfardo se convirtió en protagonista, dada la extendida impresión de que podría constituirse en insumo principal de un idioma argentino y de una literatura “rea” cuya notoriedad y circulación irritaba a más de un sector del campo letrado, desde fines del siglo XIX. En tercer lugar, durante 1927 se desarrolló la virulenta campaña iniciada por la revista Claridad contra el diario Crítica, y cuyo núcleo también será el lunfardo en la lengua literaria y periodística de entonces. En cuarto lugar, Borges dictó su conferencia El idioma de los argentinos, que luego dará forma al libro de ensayos homónimo, publicado al año siguiente. Finalmente, no podemos dejar de mencionar la publicación de los textos inéditos de Sarmiento, donde el sanjuanino abordaba el problema de idioma en relación con la creatividad del pueblo y con la función de los escritores.

Alfonsina Storni y Norah Lange, en los años veinte, participaron de los problemas y tensiones de la lengua literaria. Su inclusión en la tesis resultó imprescindible para poder apreciar un panorama más completo que diera cuenta de la relevancia de la escritura de mujeres en esta etapa. La bibliografía consultada en relación con las disputas sobre el idioma y el lenguaje literario casi nunca incluye en la cartografía de esas discusiones a las mujeres escritoras. Nuestra investigación demostró la importancia que algunas autoras de la década del veinte tuvieron en relación con modificaciones sustanciales que ejercieron sobre la literatura; pero, sobre todo, evidenció la productividad que asumieron dentro de las discusiones acerca de la lengua literaria. La literatura escrita por mujeres se encontraba regulada y legitimada por pautas estilísticas, temáticas e idiomáticas determinadas por el discurso androcéntrico. Al igual que ciertos escritores emergentes, algunas escritoras se constituyeron en “otros”, en casos “atípicos” o “molestos”, puesto que produjeron un lenguaje literario que contravenía los mandatos de género y que, por lo tanto, era preciso corregir, señalar, impugnar. La “virilización” de quienes escapaban de los criterios y modelos esperables para la escritura de mujeres se convirtió en un tópico muy frecuente en la recepción de sus textos. Las escritoras se integraron a los movimientos de renovación estética que atravesaron la literatura en los años veinte; se constituyeron en agentes culturales con intervención directa y determinante sobre las configuraciones estéticas del período. Ahora bien, la “otredad” de las escritoras “descarriadas” fue la forma de visualización que adquirieron para los intelectuales que se resistían a una participación literaria plena y, sobre todo, nueva por parte de estas autoras. Dicha participación las convirtió en agentes activos, que se eslabonaron en un proceso lento y gradual en el que fueron abandonando la marginalidad a la que estuvieron sometidas durante mucho tiempo. De este modo, empezaron a realizar actividades culturales y ganaron lugar en el periodismo, y desde allí –como Alfonsina Storni o Herminia Brumana, por ejemplo– combatieron fuertemente el androcentrismo y reclamaron nuevos espacios y modos de producción cultural. Storni y, ocasionalmente, Lange se colocaron en un lugar diferente al que se esperaba de ellas: ese desplazamiento, como venimos diciendo, implicó sanciones y condenas de estas autoras y sus textualidades. El pensamiento androcéntrico caracterizó, en algunos casos, a la escritura femenina como literatura pornográfica, producto de un estro insuflado por pasiones “desbordadas”, que ponían en duda la moral de las escritoras: se las llegó a acusar de “prostitutas” y se desplegó, en algunas oportunidades, diversas formas de animalización. En definitiva, al igual que algunos escritores hombres, las autoras estuvieron sometidas a procedimientos de deslegitimación por la utilización de una lengua literaria que violaba algún tipo de norma, en el caso de ellas las de género principalmente.

Con respecto a las escritoras analizadas, las transgresiones no se relacionaban con la introducción de formas populares, con el trabajo sobre una oralidad “plebeya” o con rupturas en el plano de la corrección gramatical. No se trataba de planteos vinculados con una experimentación con el lenguaje cuya ruptura se llevara a cabo antes que nada en las normas que regían el idioma, es decir en las regulaciones del “buen decir” gramatical. Se trataba en cambio de un lenguaje a contrapelo de los mecanismos de control discursivo –que determina zonas-tabú para algunos sujetos hablantes–, pero sin trastocar los diccionarios y las gramáticas. Sencillamente decían aquello que les estaba vedado. En este sentido, las modalidades de ruptura, trasgresión y reconfiguración de la lengua literaria son similares a las que llevó a cabo Oliverio Girondo, quien transformó el lenguaje literario sin subvertir los parámetros de corrección idiomática.

El trabajo de investigación que hemos expuesto en las páginas previas deja abiertas líneas futuras de investigación, las cuales pueden ser ubicadas en un eje diacrónico y en otro sincrónico. Con respecto al primero, valdría la pena investigar las continuidades y discontinuidades en las disputas acerca del lenguaje literario en décadas posteriores, y cuáles fueron las condiciones de transformación en los nuevos contextos de producción.

En cuanto al eje sincrónico, una línea de investigación productiva estaría dada por el análisis del problema de la lengua literaria en las provincias: ¿cómo se suscitan estas discusiones –centralmente rioplatenses– en las literaturas de otras zonas del país (en particular en las zonas de frontera o bilingües) y cómo repercuten en el lenguaje literario durante los años veinte en Buenos Aires?

Para finalizar, creemos pertinente señalar la zona del teatro como una línea de investigación futura, sumamente rica, que no hemos podido abordar en esta investigación dada su particular configuración y dinámica.

Nos hemos propuesto, en estas páginas, desarrollar algunas hipótesis que contribuyan a una mejor comprensión de las condiciones de transformación la lengua literaria y de sus diversas modalidades. Las disputas en torno al lenguaje literario –a veces explícitas, otras oblicuas, silenciosas pero con consecuencias manifiestas en las muchas escrituras del período– conforman una importante polémica constitutiva de nuestra literatura, al decir de Jorge Panesi: quizás la gran polémica de nuestras letras, cuyas ondulaciones dictadas por ausencias y reapariciones marca al período 1920-1930 como uno de los momentos de su emergencia más significativos.



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