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Prólogo

Considero esta obra valiosa por su objeto, la Medicalización de la Infancia y por su interpelación a los fundamentos epistemológicos de una ciencia exitosa, objetiva y presuntamente neutral desde lo ético y lo moral. Francis Bacon prefijó en el siglo XVII la importancia del método inductivo en la ciencia y la relación entre utilidad y verdad. Descartes, en el siglo XVI, prescribió dividir la dificultad. A partir del siglo XIX, estos modos de pensar gestaron la Revolución científico-tecnológica. Sus aplicaciones a la Medicina, al permitir una notable prolongación de la vida humana, la dotaron de mayor poder y prestigio. Pero estos éxitos indiscutibles no deben hacernos olvidar que sus productos conceptuales y materiales no están libres de valores y que los mismos se han usado y se usan como armas sociales (Chorover, 1985; Tofler, 1980).

Un viejo y muy querido director de tesis, solía afirmar que el nicho ecológico de un niño Homo sapiens era ser merodeador en banda. En los clanes, se conformaban naturalmente grupos de niños de diferentes edades que circulaban por los alrededores curioseando y aprendiendo lo que convenía saber por interacción lúdica y social con el mundo. Agregaré, bajo la atenta y amorosa mirada de los adultos del clan. De esto último no caben muchas dudas. En épocas en que se enfrentaban a tantos peligros con tan pocos recursos tecnológicos, difícilmente hubiera algo más valioso para un clan que preservar a sus niños, clave de su supervivencia. Los humanos no somos los únicos en el arte de aprender jugando repertorios básicos de habilidades que se necesitarán después, todos los mamíferos lo hacen.

Claro que los humanos somos animales muy especiales, animales de cultura. La escuela es una institución social que da cuenta de la complejización de la cultura humana y de sus modos de transmisión. Alvin Toffler describe muy lúcidamente, la escuela de la Revolución Industrial[1]. Según el autor, es el sitio adecuado para preparar a los niños a su inserción como operarios en el taller industrial en el que trabajarían de adultos. Un lugar adonde se debía llegar puntualmente, y en el que el orden y la disciplina eran valores centrales. Al niño se lo adiestraba en la obediencia acrítica hacia el maestro que prefiguraba al capataz. Debía tener una educación suficiente para comprender el manejo de las máquinas y pocas ideas originales que sólo supondrían contratiempos en una actividad monótona y repetitiva, durante largas jornadas. El “problema” con los niños residía que muchos no “ajustaban” (ni ajustan) a este molde. Aunque en las aulas se colocaran las ventanas altas para que fuese imposible mirar el ancho mundo, siempre había alguno que se distraía o se abstraía. La solución, el control social en suma, eran las amenazas y los castigos físicos. Si esto no funcionaba, el remiso era expulsado alegando su incapacidad para adaptase y aprender.

Muchas de esas características aún perduran en la escuela actual pese a que transitamos el mundo incierto de la sociedad posindustrial. Desde hace unos años vivimos -como sucedió durante la revolución Industrial- bajo la amenaza difusa de un futuro con masivas pérdidas de empleos porque éstos desaparecerían. Sólo los muy capacitados, educados en escuelas de excelencia, tendrían las habilidades indicadas para adaptarse. Aunque nadie sabe con certeza cuáles habilidades serían éstas. Ante este panorama incierto y ominoso, los padres desesperan si sus hijos no “rinden” en la escuela lo que los adultos han fijado como objetivo, porque se distraen o no soportan estar sentados durante horas. Como las camisas de fuerza de los antiguos manicomios, los azotes ya no son lo adecuado, se han desactualizado. La Medicina científica es la que ahora aparece ofreciendo la posibilidad de drogas que, a modo de atajos simplistas, permitirían alcanzar las nuevas metas de adaptación y control.

Porque, en suma, el problema siempre es el control. El peligro creciente de la Medicalización de la vida reside en sus recursos cada vez más diversos y poderosos. Su injerencia se ve aún más amenazante cuando se ejerce sobre los niños y los confundidos impulsores pueden ser seres amorosos, padres y maestros. Cómo funciona el cerebro es todavía un enigma, no hay certezas respecto de la etiología de los síndromes de hiperactividad ni del déficit de atención de la infancia, y aunque se conocen efectos indeseables de ciertas drogas, igual se las prescribe. El problema toma dimensiones que hacen necesaria la intervención de la Ley para dar protección a los hijos y recordarles a los padres que no son sus dueños.

En el terreno de la Psiquiatría, en cada edición del DSM[2] de la Asociación Americana de Psiquiatría, aparecen decenas de nuevos síndromes. Y cuando se delimita un síndrome se prefigura su medicación. Nadie puede considerarse sano en una sociedad así. Bien explican los autores la confusión de factores de riesgo con enfermedades y el problema del sobrediagnóstico que legitima el sobreconsumo de medicamentos.

Es difícil en esta era de premuras detenerse para la reflexión, pero es insoslayable. No somos entidades fragmentadas ni organizadas independientemente sino complejas, que requieren otro tipo de comprensión que supere la simplificación utilitarista del conocimiento. En ese marco, este libro condensa el trabajo intenso de sus autores, sus dudas, acuerdos y diferencias, y nos acerca a una ciencia no hecha y necesaria (Frickel et al, 2010), a un nuevo modo de pensar al mundo. Los felicito y se los agradezco.

 

Stella Maris Martínez

Marzo de 2019


  1. Tofler, Alvin, “La tercera Ola”, Plaza & Janes editores, 1980.
  2. DSM: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders.


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