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Palabras finales

Este libro merece terminarse con algunas palabras que no son la conclusión de los libros clásicos, en tanto no hay una coherencia uniforme que provendría de un único autor o de una dirección normalizadora, que no fue la de mi caso. Sí elijo terminarlo con algunas reflexiones que aludirán a un emergente motivo de debate como fue el Metilfenidato y nuestro papel frente a él, más otras palabras relativas a la forma de nuestro trabajo como equipo, y unas palabras sobre el tema de investigación.

Una mención especial merece el Metilfenidato, que como medicamento es el indicado para el TDA. Todo el grupo menos yo estaba en contra de esta medicación. La aclaración surge a raíz de una nota periodística que me hicieron como director del proyecto donde menciono:

“Que se ponga en análisis la medicalización, no quiere decir estar en contra de que existan medicamentos para estos casos. Hay chicos que los necesitan en un principio para estabilizarse y luego comenzar un proceso de tratamiento con otros recursos, lo que se cuestiona es que sea la medicalización [medicación mejor] la principal y única alternativa” (García, 2018:1).

Contestar una pregunta no parece algo tan simple en tanto cada respuesta está en todo lo que he escrito sobre el tema. Pensaba sobre el tema que en algunas ocasiones, el medicamento podía ser una “muleta” para que el niño pueda encontrar la solución fuera del medicamento, en tanto seguramente está fuera de él, y está en el niño. Por otra parte, así lo señalaban los psicólogos que trabajan en una institución pública: “con una base farmacológica es posible trabajar, entablar una transferencia, un tiempo de juego”, y el psiquiatra también lo pensaba así. Asimismo, la psicóloga entrevistada señala ante un padre que tiene un hijo que no puede permanecer quieto, “en algún momento, la medicación permite trabajar el problema desde otro lugar”. No es la primera alternativa, no es la única, no es la mejor, y hay que pensar siempre en dejarla. De hecho el psiquiatra entrevistado menciona el caso de un niño que estuvo medicado hasta que aprendió. A raíz del debate que se generó en el grupo, y volviendo a analizar la cuestión, pienso que no confío en el medicamento, y ahora, coincidiendo con el grupo, cambió mi mirada: no lo usaría, ni aún en casos extremos. Ante las situaciones concretas, habría que calmar la ansiedad o inquietud del niño con otras herramientas, o “andamiajes” como decía la psicóloga entrevistada, sean de la medicina, la psiquiatría, el trabajo social, la psicopedagogía o la psicología. No hay que olvidar tampoco al caso concreto, que en el tema que nos convoca es el niño en su singularidad, en su constitución subjetiva en proceso, como lo mostró Hernández.

Cabe una reflexión histórico-epistemológica sobre el trabajo en equipo. Lo que hoy se presenta como un producto terminado y listo para degustar, fue el resultado de un arduo trabajo que comenzó con un proyecto amplio, la reunión de numerosas personas, que incluso llegaron a cuestionar cómo íbamos a investigar temas médicos sin ser médicos. No creo que un equipo de investigación sea la suma de individualidades. En este grupo, el trabajo colectivo significó reuniones periódicas, al menos mensuales y, cuando eran necesarias otras se fueron sumando. Con el correr del tiempo, el grupo se fue decantando y quedamos los que integramos este libro, sin descuidar el paso de personas valiosas que dejaron su impronta. Es así como nos fuimos centrando en la medicalización de la infancia, y luego de un trabajo teórico, avanzamos hacia el trabajo de campo. Posteriormente armamos los cruzamientos entre teoría y práctica que terminan en este libro. Hice una exposición de los avances en la “VIII Jornada de Investigación” que se hizo en la Sede Regional Rosario de la UAI en 2015. Adoptamos como hábito participar en las Jornadas de Ciencia y Técnica de la UNR, y así dijimos presente en los años 2017 y 2018. Allí íbamos comunicando resúmenes que significaban informes de los avances de la investigación. Se presentó el grupo en las Jornadas de Investigación de Psicología de la UNR, en 2017 y 2018, y llevamos nuestro trabajo también a las Jornadas Interdisciplinarias de Salud y Población del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, y a las de la Asociación Argentina de Bioética de 2017 en Mendoza. Los resúmenes para las jornadas fueron producto de la elaboración colectiva. Finalizando el 2018 el equipo participó con mi exposición en el Foro de Interdisciplinariedad que coordinó Saúl Fuks en el ámbito de la Maestría en Pensamiento Sistémico del Centro de Estudios Interdisciplinarios de la UNR. Allí conté la experiencia de trabajo de nuestras distintas disciplinas alrededor de la temática de la medicalización de la infancia.

El trabajo en equipo sin dudas enriqueció el producto final, tanto a nivel de cada uno de los trabajos, como desde el punto de vista del lector, que finalmente hará su propio conocimiento. Todo fue a una bolsa común, cada uno aportando su granito de arena humano o experto: consiguiendo las entrevistas, los lugares en los cuales exponer, las jornadas a las cuales asistir, los lugares en donde publicar, participando en la confección de las preguntas de la entrevista, sumando integrantes al equipo, y en mi caso, coordinando las actividades. Es curioso el recorrido que ha tenido esta investigación que comenzó individual cuando la planifiqué, siguió colectiva en su desarrollo, y culmina semi-individualmente o semi-colectivamente, con el libro que es la recopilación de trabajos individuales, que son el producto del trabajo en grupo, y que serían distintos de haber sido completamente individuales o tal vez no habrían sido.

Uno de los grandes interrogantes que nos deja esta investigación es la pregunta acerca del ser humano, que en este caso es el niño. La presión del sistema, que aquí cobra vida en la pastilla, clama por uniformizar seres que no son iguales. Aunque la clave no está en la pastilla sino, como lo señala Bianchi, en la búsqueda del remedio. Ese sistema presiona a través de padres y maestros, llamando a pertenecer, tal vez a un alto costo. Y en la carrera del enfermo, como dice Gerbotto, todos compiten, más por rendir y hacer las tareas que por lograr niños felices. Y es el individuo, la sociedad, y la especie, los tres elementos que complejamente Morin menciona como integrantes de la identidad de la humanidad. Aquí es claro el conflicto entre el individuo y la sociedad, que tienen tiempos distintos, que están en lugares distintos. Trayendo a cuento la medicalización de la sexualidad, allí se plantea también la pregunta acerca de qué es el ser humano, si se identifica y sobre qué pautas. La ley de identidad de género, si bien es un avance, tiene el presupuesto antiguo de la estabilidad del ser, no solo por su género, en tanto pueden existir otras pautas de identificación, sino la estabilidad, en tanto debemos ser de un género para siempre. En este caso, se plantea la inamovilidad de un diagnóstico que debería plantearse como punto de partida y de preguntas. Surge también aquí la pregunta por el grado de libertad que se permite a un niño, que no es un futuro adulto, sino un niño, con sus tiempos, sus deseos, sus historias y su voz, construyéndose.

Ante este problema de la infancia, que es un caso en el problema más amplio de la medicalización de la vida, es importante rescatar una frase de una psicopedagoga entrevistada, para quien no hay un modelo educativo que responda, sino un modelo médico que lo hace. Y así se constituye la medicalización, cuando la Medicina aborda situaciones que no son médicas…

 

Elvio Galati



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