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El cóndor pasa, una vez más

Antiguas causas nacionales en nuevos peronistas: Dardo Cabo y las Malvinas en 1966

Mónica Inés Bartolucci[1]

Introducción

En lo que sigue analizaremos el secuestro de un avión comercial cuya ruta original era desde Buenos Aires hasta Río Gallegos el 28 de septiembre de 1966, que fue redirigido a punta de pistola hacia las Islas Malvinas por un grupo de militantes del Movimiento Nueva Argentina (MNA), una facción peronista surgida del Movimiento Nacionalista Tacuara. Este acontecimiento  denominado “Operación Cóndor” es revisado dentro de un contexto de transformación ideológica en el que el nacionalismo argentino fue una puerta más, entre otras, hacia la peronización juvenil. La idea es atender a los símbolos que se enarbolaron durante el operativo, las ayudas financieras a las que acudieron para concretar el plan y las repercusiones inmediatas que provocó ese hecho de violencia armada en la sociedad. El accionar del grupo Cóndor, que quedó en la memoria histórica y militante como un hito de soberanía y rebelión, en este trabajo será una guía para revisar el entretejido entre viejas tradiciones nacionalistas y nuevas causas revolucionarias sesentistas y la apelación de los organizadores al sentimiento respecto del irredentismo sobre el territorio de Malvinas, convertido para ese momento en un típico caso de nacionalismo desde abajo, cotidiano inoculado lentamente en la sensibilidad patriótica, lo que desde los estudios sociológicos europeos se definió como “banal”, para los argentinos (Archilés, 2013; Billig, 2014; Giori, 2014).[2]

Mapa que ilustra la desviación del vuelo Aeroparque – Río Gallegos. Diario Crónica, 7/10/1966. Archivo General de la Nación. 

Específicamente respecto del nacionalismo, creemos necesario aclarar que este concepto es abordado desde una perspectiva cultural, atendiendo a los actores y a su fervor nacionalista como algo intrínseco de su subjetividad ya sea para el caso de la militancia o el ciudadano de a pie. Hoy en día el problema del nacionalismo como insumo cultural de la sociedad ha demostrado ser parte del giro afectivo al proponer que los historiadores deberían atender a los nacionalismos cotidianos dado que la nación se siente, se vive y se hace de manera personal, o, dicho de otro modo, la patria se enarbola de distintos modos en diferentes períodos históricos (Molina, 2013). De modo que ese enfoque nos impulsa mucho más que otros, ya muy bien trabajados por la historiografía argentina, como el del intento de comprender a un grupo intelectual o político definido como “los nacionalistas” (Barbero y Devoto, 1983; Buchrucker, 1987; Lvovich, 2003; Goebel, 2013).

La tradición cultural de “patria o muerte”

El nacionalismo argentino es un concepto ambiguo y ubicuo. Con él, se nomina tanto a grupos de un movimiento político-intelectual, como a las emociones de los sujetos que lo portan. Tomado desde un punto de vista ideológico-político, el nacionalismo apareció una y otra vez a lo largo del siglo xx como una opción que canalizó entre sus adeptos la idea de reconquista de un paraíso perdido, hispanista a veces; criollo y tradicionalista otras, católico casi siempre y que alertó sobre las amenazas que podrían presentar los factores externos: liberalismo, masonería, capitalismo, comunismo, combinados con un enemigo interno en complicidad con estos agentes. Dentro de este campo ideológico, desde un primer momento los jóvenes encontraron un espacio para desplegar sus pasiones. En ese ámbito, la juventud aprendió léxicos y prácticas que se mantendrían en vigencia hasta los años setenta. Los jóvenes de los cuarenta ya conocían y manejaban conceptos como el de “cipayos”, por ejemplo, cuando se sumergían en lecturas del estilo de El Fortín, una de las tantas publicaciones que se burlaba del entonces presidente Agustín P. Justo, de Roberto Marcelino Ortiz y de casi todo el gabinete del gobierno conservador. En esos años, los afiliados al Instituto Juan Manuel de Rosas se familiarizaron con lecturas antisemitas, a la idea de la soberanía argentina y a las típicas consignas de la Alianza de la Juventud Nacionalista (ALN). Inspirados en José Antonio Primo de Rivera, los nacionalistas de los cuarenta peleaban por sindicatos nacionales y no clasistas, el poder; el capital y el trabajo asociados; los servicios públicos recuperados para el Estado, intervención directa y planificación de la economía, estatización de los monopolios, la tierra para el que la trabaja, es decir, por lo que consideraban una Argentina fuerte y poderosa. Incluso se amparaban en los valores del nacional sindicalismo, el que propugnaba una conjunción de pueblo y ejército, impulsaba el sacrificio personal entendido como una exigencia cotidiana, exigía la entrega por encima de las voluntades individuales y defendía la germinal violencia política como un medio para conquistar al Estado. Esta violencia, en todo caso, era justificada por la militancia en pos de valores eternos en los que creían, los que los hacían capaces de salvarse o perderse.[3]

Hay quienes sostienen que, a la hora de explorar y analizar imaginarios nacionalistas, los símbolos tienen una importancia difícil de exagerar ya que son los que moldean las identidades y ayudan a legitimar regímenes y movimientos políticos (Moreno-Luzón y Núñez Seixas, 2013). En ese sentido, y en el marco ideológico de la Alianza, los jóvenes aprendieron a levantar las banderas azules y blancas con un cóndor negro sobre fondo rojo al grito de “Patria o muerte”. Esta tradición fue heredada por la organización Tacuara, integrado por una nueva camada de jóvenes que apelaron a la mística nacionalista y que para fines de los cincuenta volvieron a reconocerse en la tradición intelectual del falangismo, cuyos principios renacerían y se reinterpretarían en clave revolucionaria. Según algunos autores, el programa básico revolucionario escrito por la organización en 1961 todavía se hacía eco del estilo combativo del nacional-sindicalismo y en la relación estrecha entre la clase trabajadora y el capital (Padrón, 2017: 156).

Tacuara fue la continuación de jóvenes de la UNES, rama estudiantil de la Alianza, un grupo de fervientes nacionalistas convencidos de que la historia del siglo xix era un arma política con la cual justificar sus luchas cotidianas. Por esa razón, solían escuchar a revisionistas como José María Rosa, Ernesto Jauretche o Jordán Bruno Genta en el Instituto de Investigaciones Históricas o en la trastienda de la Librería Huemul, y en casas particulares asumían su faceta agonal, ensayando tiro, nucleados en su primera etapa en torno a Alberto Ezcurra Uriburu. Tacuara fue transformada varias veces a medida que ingresaban nuevos integrantes y se formulaban sincretismos ideológicos entre el catolicismo y el nacionalismo. Unos años más tarde, la organización se plantearía el dilema político de ubicarse en relación con el parteaguas político argentino: el peronismo aún proscripto redefinía las identidades una y otra vez desde el derrocamiento de Perón en adelante.

Las puertas de la peronización juvenil

El gobierno golpista de 1955 se caracterizó por la pregunta de qué hacer con la masa peronista y por la división que comenzó a mostrarse al interior del gobierno entre civiles liberales democráticos y militares católicos nacionalistas. Ya desde el 5 de marzo de 1956, el decreto 4.161 de la “Revolución Libertadora” prohibía la utilización de imágenes, símbolos, signos y expresiones significativas referidas al peronismo en cualquiera de sus formas. Perón estaría inhabilitado a participar electoralmente e incluso a volver al país. Ni sus fotos ni su nombre debían ser mostrados o publicados. Es más, aunque el líder estuviera ya fuera del país, no había cejado la antigua idea de matarlo, intención que se intentó llevar a cabo en una de las paradas de su largo exilio. Ya con Aramburu en el poder, segunda etapa de aquella pretendida “revolución”, el clima emocional osciló entre la humillación, el resentimiento de quienes consideraban haber perdido sus derechos sociales, sindicales o políticos (Seveso, 2010) tratando de convivir con los que querían enterrar a ese pasado reciente. En el centro de esa sociedad convulsionada, plagada de divisiones y lógicas revolucionarias en nombre del bien de la patria, se produjo un cambio que fue medular para la cultura política argentina. Diferentes organizaciones de jóvenes agitados mostraron inesperadamente su decisión de participar en pos de la vuelta de Perón al país y a la arena política y consideraron esta vuelta como la solución a todos los males del país. Muchos jóvenes encaminaron sus pasos hacia el pueblo, entrando al mundo de la política por una puerta inesperada para sus padres y maestros, quienes, en general, despreciaban el peronismo derrocado en 1955 (Bartolucci, 2017).

De este proceso histórico denominado “peronización de las clases medias”, lo más destacado por la historiografía argentina fueron los rasgos de una juventud rebelde cuyos hábitos culturales cambiaron al ritmo de modas internacionales. Incluso las militancias y su opción por la lucha armada también se comprendieron dentro de esa dinámica cultural de rebeldía y contestación, además de las influencias de revolucionarios continentales. La Revolución cubana, en este caso, fue una gran inspiración para esos muchachos y esas muchachas que generaron una ruidosa cultura de izquierda (Cataruzza, 1997; Bartolucci, 2006; Manzano, 2010; Cosse, Manzano y Fellitti, 2010).

Pero no fue solo Cuba. Otros militantes se peronizaron entrando por la puerta del tradicional nacionalismo argentino al que le hicieron probar, según dice un testigo de época y exmilitante montonero, “la manzana del mal” (Amorín, 2006). Las nuevas camadas también fueron tributarias de la pasión juvenil de los hijos de peronistas de primera hora, militantes barriales, exfuncionarios o sindicalistas exonerados, pero sobre todo heridos en su orgullo por un sentimiento de pérdida de derechos promovido por el golpe militar. Tacuara, una organización cuyo origen fue un desprendimiento de la Alianza Libertadora Nacionalista, como ya se ha dicho más arriba, fue la puerta de entrada nacionalista para la peronización juvenil (Goebel, 2013; Gutman, 2000; Galván, 2009: 1-28; Lvovich, 2003). Algunos autores han estudiado en detalle las divisiones que se produjeron a partir de esa organización y el frondoso paisaje ideológico de las versiones que podía adoptar el nacionalismo en el país: un nacionalismo de derecha y católico reducido en el grupo de la Guardia Restauradora Nacionalista (GRN), otro como el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT), inspirado en ideas de izquierda, y, finalmente, un nacionalismo peronista en cabeza del MNA liderado por Dardo Cabo.[4]

Es interesante la idea de que los símbolos nacionalistas ilustran, condensan y ejemplifican una versión sobre el pasado y dan cuenta de la visión del presente (Moreno-Luzón y Núñez Seixas, 2013). En ese sentido, las iconografías de las organizaciones nos permiten completar el mundo ideológico de cada una de ellas. Tacuara asume la simbología de las derechas argentinas, la que a su vez remeda la de los viejos nacionalismos europeos y argentinos. Besoky, acerca de la Alianza Juventud Nacionalista, dice que en su accionar político

mantenía el saludo fascista, sus militantes utilizaban uniformes de camisa gris con un correaje de cuero y su símbolo era un cóndor negro en un cielo azul tras un fondo rojo, sosteniendo un martillo y una pluma en sus garras que simbolizaba la unión de los intelectuales y los trabajadores (Besoky, 2014: 63).

La carta de presentación iconográfica de los grupos derivados de Tacuara fue estudiada a partir de las imágenes publicadas en las portadas de los periódicos de la organización madre y sus distintas facciones (Galván, 2007). Los diarios Ofensiva, Tacuara (Unes), Tacuara (MNT), Barricada y Mazorca se identificaban con antiguos símbolos imperiales, entre los que se destacaban la cruz de malta, la espada o la cruz católica, pero sobre todo la majestuosidad del águila de alas abiertas, en diversas circunstancias. Sobre el particular símbolo, se ha sostenido:

Es posible afirmar que existe una relación entre el águila y la distintiva del antiguo Sacro Imperio Romano Germánico, tan explotada por la propaganda nazi, y con el escudo franquista. El águila nos remite, en el marco de la cultura occidental, a la “Victoria”. Esta ave, en la iconografía Argentina, fue reemplazada luego por la figura del cóndor, que sintetiza su carácter local con las cualidades del águila (ibid.).

Una imagen de la Alianza de la Juventud Nacionalista de Florencio Varela de 1942 ratifica la hipótesis de la metamorfosis temprana.

Imagen 1. Cóndor con tres tacuaras verticales utilizado por la Alianza Juventud Nacionalista 1942. Disponible en bit.ly/349tJP3.

Con el águila convertida en cóndor, también Tacuara reconocía de manera explícita la filiación con los nacionalismos europeos y, en especial, según los dichos de sus propios miembros, con los valores de los movimientos eclécticos como el falangismo español, cuyo cancionero juvenil definía bien el espíritu heroico del guerrero cantando “El orgullo está en poder morir, por la patria en flor que juré servir.[5]

Sería el Movimiento Nueva Argentina, fundado, entre otros, por Dardo Cabo, el que revitalizaría la simbología del nacionalismo tradicional para ponerlo al servicio de nuevas causas: en palabras de uno de sus fundadores, “preservar el carácter cristiano y nacional del peronismo” y colaborar mediante acciones propagandísticas con buen grado de violencia la vuelta de Perón al país. A partir de allí, la vieja consigna de “Patria o muerte” de origen nacionalista se mezcló con la nueva idea de dar “la vida por Perón”. Ambas emociones fueron las que parecen motivar la Operación Cóndor liderada por Dardo Cabo.

Cabo y el MNA

Aun cuando los hombres y las mujeres jóvenes habían participado de modo privilegiado del mundo peronista inaugurado desde 1945 en adelante, ya sea integrando sus filas o vivando sus medidas de gobierno (Acha, 2011), fue fundamentalmente desde el gobierno de Arturo Frondizi cuando la juventud comenzó a configurarse como un grupo social activo y elocuente, convencido de su capacidad de poder de transformación de las estructuras sociales y culturales. Este proceso de revolución cultural en la Argentina se combinó con antinomias, una profunda inestabilidad política y, sobre todo, con el problema de qué hacer con el peronismo. En ese contexto, muchos de los jóvenes, mayoritariamente de clases medias y estudiantiles, comenzaron a identificarse con los intereses de los trabajadores y de los sectores populares de la sociedad. Otros jóvenes involucrados en esta cultura audaz heredaron las tradiciones paternas, como el caso de Dardo Cabo.

Dardo era hijo de Armando Cabo, un inmigrante, peronista y sindicalista compañero de Augusto T. Vandor y de María Campano, fallecida a causa de un ataque cerebrovascular sufrido bajo las bombas de la Revolución Libertadora sobre la Plaza de Mayo. En los revoltosos años sesenta, su destino de joven peronista estaba escrito. Cabo inauguró formalmente su militancia cuando ingresó a las Brigadas Sindicales de Tacuara por la defensa de los derechos laborales de los trabajadores a partir de 1959, en ocasión de la discusión por la ley de arrendamiento o venta del Frigorífico Lisandro La Torre de La Matanza, hasta ese momento administrado por la municipalidad de Buenos Aires. La ley impulsada por Frondizi incrementó el activismo de tomas obreras y rebeliones sindicales que dio origen a la formación de pequeños grupos de activistas juveniles solidarizados y encaramados en las reyertas, armados y liderados por Edmundo Calabró.[6] Desde ese momento, la trayectoria de Cabo mostró un proceso de radicalización y transformación ideológica, protagonizando una serie de actos de propaganda y violencia política (Ruffini, 2016).

El Movimiento Nueva Argentina (MNA) se fue consolidando a partir de una fecha de fundación simbólica: el 9 de junio de 1961. Rial, uno de sus fundadores, argumenta hoy que, unos años antes de que los bandos peronistas juveniles se organizaran en función de un debate internacional divididos según las categorías de la Guerra Fría, la intención del Movimiento Nueva Argentina fue “preservar la orientación nacionalista del peronismo e ir separando las versiones incorrectas”: “Nos interesaba el carácter cristiano y nacionalista del peronismo, que para ese momento debía aggiornarse”.

La violencia política juvenil ya tenía sus antecedentes en los grupos de choques de las organizaciones nacionalistas de la primera mitad del siglo xx. Cabo, con una buena dosis de audacia típica de los años sesenta, reeditó la práctica de guardar las espaldas de algún candidato con base en la prepotencia de la fuerza. En 1965 formó parte de la guardia de corps y capitaneó la seguridad personal de Isabel Martínez de Perón, enviada a la Argentina por el expresidente. Durante las jornadas de su alojamiento en el Hotel Alvear, ubicado en pleno centro de la ciudad, se desataron las furias antiperonistas y el establecimiento se convirtió en centro de atención para la prensa y para un público asombrado y enardecido. Al llegar la noche, ese lugar solía convertirse en un campo de batalla, con refriegas, gases lacrimógenos y hasta algunos tiros. En ese clima, Cabo alquilaba habitaciones cercanas a Isabel para ejercer el control. Las fuerzas oficiales de la policía lo tenían bajo vigilancia, pero sin mayor éxito, a juzgar por la anécdota de un protagonista que contó lo que sucedió la noche del 14 de octubre. Esa noche, llegó hasta la habitación de Dardo Cabo el comisario Aldo Palmieri para realizar una requisa, a partir de una denuncia respecto de la gran cantidad de armas en tenencia de los “guardaespaldas”. Los muchachos de Cabo, enterados de la peligrosa visita, colocaron todos los “fierros” en una bolsa y la colgaron de un balcón, hacia el vacío. Una vez que la policía se fue, las armas volvieron a sus dueños (García, 2012: 224).

El Cóndor hacia Malvinas

El año 1965 parece haber sido importante en los planes del MNA liderado por Cabo. La orientación peronista juvenil unió sus ideales, todavía más formalmente, con la versión más prototípica de un nacionalismo popular argentino vinculándose con Cesar Cao Saravia, un empresario metalúrgico perteneciente a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), quien colaboró y financió varios planes de la organización armada. Saravia era un representante del nacionalismo popular cuyas ideas se condensaban en un pequeño libro a modo de folletín titulado Argentina Acosada, en el cual se revelan muchos de los estereotipos de esta raíz, y declamaba que “los habitantes sean un pueblo y […] que las tierras de nadie sean una patria con nombre”, en obvia alusión a las Islas Malvinas.

Tapa del libro Argentina Acosada!, de César Cao Saravia, 1968. Archivo personal de la autora. 

Cao escribe acerca de varios temas económicos y sociales en un discurso llano, de tono escolar y propagandístico. Temas como el orgullo nacional, definido como “un escudo protector de la integridad y perpetuidad de los pueblos, […] un pararrayos contra la descarga destructiva de los intereses foráneos”, se mezclan con la noción de “colaboracionistas” y “traidores a los inertes de la nación”, que, “si bien son menos ostensibles y violentos, consiguen el mismo resultado: el sometimiento total o parcial de los pueblos” (Saravia, 1968: 5-36). En el escrito de Cao, de un modo por demás simplista,[7] temas como el del intervencionismo económico y la conmoción frente el control de cambios se mezclaban con la invasión y la evasión económica de las potencias extranjeras, cuyos colaboradores no son más que traidores al pueblo (ibid.: 35).

La perspectiva económica de Cao Saravia engarzaba con los sentimientos nacionales y las ideas de Cabo respecto de la historia argentina cuando, a principios de 1966, proponía una revisión y justificaba la violencia como variable constitutiva de la cultura política a partir de la interpretación de un pasado represivo contra los movimientos nacionales. Cabo relacionaba directamente distintos episodios violentos de la historia argentina para identificar el enemigo de su presente. Aunque separados entre sí por un siglo, el fusilamiento de Dorrego era homologable al del general Valle o a la persecución al peronismo. En esa repetición circular de la historia, Cabo se ubicó del lado de las víctimas diciendo: “Nosotros siempre hemos sido indulgentes con el vencido. Algún día eso va tener que terminar”, anunciando sus futuras acciones.

Desde diferentes perspectivas, Cao y Cabo asumían posiciones de defensa de lo que consideraban como genuinamente nacional, según sus propias interpretaciones del pasado y el presente. Esta comunión ideológica explica la colaboración económica que algunos autores sostienen existió cuando en 1965 el MNA se mostró más activo gracias a los aportes del empresario vinculado a la UOM, quien pudo haber financiado los operativos.

En febrero de 1966, unos meses antes del golpe de Estado contra el gobierno de Arturo Illia, la sociedad leía, no sin sorpresa, que existían en el país más de medio centenar de pequeños grupos a los que la periodista María Cristina Verrier llamaría despreciativamente como “mesiánicos”.[8] La periodista juntó para una nota a un grupo de personas, activistas del nacionalismo, que, según su interpretación, mantenían una postura “revolucionaria y conspirativa” y eran “capaces de golpear los cuarteles, o de influir ideológicamente en los oficiales más jóvenes de las Fuerzas Armadas”. Su diagnóstico da una imagen sugerente: “Reniegan de las estructuras liberales y democráticas y pretenden substituirlas por otras, ya sea de tipo fascista, socialista o militar”. La periodista no se equivocaba ya que, en tiempos de aceleración histórica, estos componentes ideológicos se transformaron, se mezclaron y generaron cambios de derechas a izquierdas y pasajes de miembros de una organización a otra solo en unos pocos meses. Incluso la misma Verrier fue un ejemplo de esta aceleración cuando, pocos meses después de realizar esa nota, formó parte del grupo de 18 jóvenes que secuestró el vuelo 648, que viajaba de Buenos Aires hacia Río Gallegos, para desviarlo a punta de pistola hacia las islas Malvinas.

El grupo del Operativo Cóndor apeló a la iconografía nacionalista antes analizada y a viejos mandatos antiimperialistas transmitidos por el revisionismo histórico, con el fin de lograr un impacto social y dar sentido de pertenencia a su acción. La raíz nacional sindicalista y primorriverista de los años del paso de Cabo por Tacuara se confirma en esa águila devenida en cóndor, ave autóctona con la que se nominó al operativo armado de desembarco en Malvinas. En ese operativo los jóvenes peronistas mezclaron sus ansias revolucionarias con una causa de larga tradición inoculada en el imaginario nacional, popular y militar de la sociedad argentina, como el de la soberanía sobre las Islas Malvinas en disputa territorial desde el siglo xix con Gran Bretaña. Este entramado logró dar trascendencia y perdurabilidad al acto, finalmente uno más de los tantos de radicalización y violencia política del período.

Para Dardo Cabo, la intención de que terminara la indulgencia con colaboracionistas y fuerzas extranjeras con cómplices locales en cualquiera de sus manifestaciones, como pretendía Cao, estaba tomada. Esa fue la fuerza ideológica que motorizó un acto de reivindicación territorialista de larga tradición histórica civil y militar: plantar banderas argentinas en las Malvinas. La operación, reivindicando la iconografía nacionalista, fue denominada Operativo Cóndor y estuvo compuesta por militantes cuyo promedio de edad no superaba los veintidós años.[9] Según los contemporáneos, Verrier fue una persona clave en la realización de tareas de inteligencia para llegar a las islas, ya que reunió fotografías del territorio y elaboró mapas a partir de las conversaciones con quienes habían estado allí.[10]

Un personaje destacado en el operativo fue otro hombre de prensa. Héctor Ricardo García, director y promotor de ediciones masivas como la revista Así o el diario Crónica, fue convocado por Cabo para que formara parte del secuestro, sin haberle explicitado específicamente en qué consistiría, para que, a partir de su trabajo de cronista, generase mayor difusión.

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Imagen 2. Diario Crónica, 7/10/1966. Archivo General de la Nación.

El mismo García confiesa que el tema de las Malvinas era un tema que lo apasionaba. Según él, era un tema incorporado desde “primer grado inferior, cuando [le] enseñaron que eran nuestras y estaban usurpadas” (García, 2012: 219), de modo que aceptó el desafió, los acompañó y se convirtió en un testigo privilegiado desde el inicio hasta el fin del suceso. Las memorias de García son detalladas en este sentido: una vez en vuelo, dos de esos jóvenes se apersonaron en la cabina del piloto, a cuyos ocupantes apuntaron y obligaron a cambiar el rumbo, mientras los demás retenían a los comandantes y las azafatas. Después de viajar rumbo a Malvinas, los jóvenes peronistas fueron cambiando sus ropas civiles por trajes de fajina militares y mutaron a soldados de la patria, con pantalones de campaña, botas y camperas grises. Al aterrizar se produjo el encuentro entre residentes y visitantes, se repartieron panfletos en inglés, se enarbolaron cinco banderas junto al avión y otra onduló durante 36 horas. Después de algunas negociaciones, Cabo y Verrier se encaminaron hacia la casa del gobernador para hacerle una proclama e invitarlo a plegarse a la bandera argentina. Mientras tanto, el avión había sido cercado por residentes y fuerzas de seguridad. Los pasajeros fueron bajando de a poco y se los ubicó en diferentes casas aledañas.

Los integrantes del Operativo Cóndor supieron que era imposible seguir adelante. Cabo arengó a sus hombres y con tono marcial les pidió colaboración, seriedad y valor. Según la opinión de García, aquella nota en la revista Panorama realizada por la periodista habría sido clave para iniciar un romance entre entrevistadora y entrevistado, pero también para planear el desembarco en las Malvinas en el que cada uno tuvo su misión. Los jóvenes convocados fueron advertidos de la posibilidad cierta de pasar varios años en la cárcel. Pese a su juventud, dice García, “no temían pasar varios años privados de la libertad, pues creían que la causa era justa”.

Acto seguido, Cabo sugirió solicitar al sacerdote del pueblo que rezara un oficio religioso en castellano. La militancia nacionalista era peronista pero también católica, lo que se evidenció en este sencillo acto en el que uno de los raptores supo colaborar en el oficio de la misa. Para ese momento, más de cien hombres de las islas estaban en custodia al pie del avión. La negociación duró varios días hasta que los jóvenes decidieron entregarse. Después de varias vicisitudes, los 18 jóvenes fueron condenados a prisión el 26 de junio de 1967 (ibid.: 248).

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Imagen 3. Miembros del Comando. Diario Crónica, 6/10/1966. Archivo General de la Nación.

Un irredentismo nacional y popular o el nacionalismo como emoción banal

En nuestro criterio, Cabo encarnó al patriotismo a partir de un acto considerado terrorista y faccioso por el gobierno de turno, apelando a la expresión más banal y conocida del nacionalismo territorial, relacionado con el reclamo argentino sobre las Malvinas, basado en argumentos históricos y sobre todo en sentimientos de identidad nacional. En ese sentido, es interesante reconocer la particularidad del hecho del desembarco a la fuerza en las islas irredentas, las prácticas de violencia típicas de las organizaciones armadas se pusieron al servicio de una reivindicación histórica plagada de emociones acerca de la reparación nacional, mancillada por una potencia extranjera.

La noción de “soberanía” era un sentimiento caro a los rebeldes jóvenes organizados clandestinamente, pero también lo era para exfuncionarios peronistas que la tomaron como causa propia, para viejos revisionistas preocupados por las típicas tribulaciones nacionalistas respecto de la disgregación territorial del país, e incluso para las Fuerzas Armadas (Goebel, 2013: 190-192). Justamente esa vocación profunda debe haber sido la razón de que una acción armada, siempre generadora de temores, haya generado en organizaciones y en el ciudadano de a pie muestras de entusiasmo más que de rechazo.

La reivindicación de la soberanía en las islas era una causa no solo de los sectores más politizados. Formaba parte de un sentimiento de usurpación y pérdida de derechos continentales que durante todo el siglo xx había sido inoculado en los argentinos a través del sistema escolar y de los mecanismos estatales para fijar una memoria histórica. Los mapas, los textos escolares desde 1881, las estampillas, las efemérides, los actos escolares crearon una mitología nacionalista alrededor de las hermanitas perdidas.[11] En ese sentido, resulta interesante analizar un antecedente acerca de los vuelos sobre las islas. En 1964, Miguel Fitzgerald, un piloto de avión fanático entusiasta de la causa Malvinas, realizó un acto privado pero de impacto público. El 6 de septiembre de 1964, tomó su avión Cessna matrícula LV-HUA, cruzó el estrecho de San Carlos, que divide las islas, y desde el aire envió un mensaje que decía: “Miguel Fitzgerald ocupó simbólicamente hoy nuestras Islas Malvinas, en nombre de nuestro país, la República Argentina”. Luego aterrizó sobre una cancha de cuadreras, descendió y entrelazó el asta de la bandera en los alambres que rodeaban el terreno, le entregó una proclama a un lugareño e inició raudamente el despegue para regresar a Río Gallegos. El rápido análisis del tono de la proclama dirigida al gobernador que entregó el piloto logra ofrecer una idea del sentimiento de irredentismo popular existente desde mucho antes al plan político de Cabo. Allí se enunciaban los principios de un nacionalismo cotidiano en relación con Malvinas calificando la situación entre Gran Bretaña y Argentina como el de despojo de corsarios, actos de piraterías y avasallamiento avanzada de un ideal patriótico” que crecería “como una avalancha”. También afirmaba que su actitud personal interpretaba “los sentimientos y la vocación del pueblo argentino” que creía, según el manifiesto, que “las Malvinas tienen el valor de la dignidad humana porque son parte incuestionable del país” (ibid.: 221-224). De modo que en 1966 la noticia del secuestro de un avión que viajaba hacia Río Gallegos, pero que fue desviado por la fuerza de las armas a Malvinas en realidad produjo conmoción y los gremios en forma masiva expresaron su adhesión[12]. La CGT solicitó mediante un comunicado oficial que, lejos de culparlos por piratería aérea, se considerase a los 18 jóvenes como héroes de la patria y se embanderasen los edificios públicos. La prensa masiva orientaba la emoción de sus lectores. La única mujer involucrada fue descripta como una heroína de corazón templado, como ejemplo de la juventud y como el apoyo espiritual del hecho.[13] El calificativo de “patriotas” asignado a los jóvenes y el carácter de hazaña que se le adjudicó al hecho dan cuenta del impacto de un acto que mezcló la convicción militante con el aventurerismo político, tanto de los integrantes del MNA, como del mismo director del diario nacional y popular que reprodujo en exclusividad la noticia de primera mano.

Las imágenes también hicieron lo suyo. Paisaje helado y ventoso con un enorme avión encajado en el barro y la nieve con las banderas flameando al viento, los padres de uno de los muchachos, Edelmiro Navarro, tomando un criollo mate, la dulcificación de las figuras de los militantes engañando a sus padres diciendo que iban a un picnic, la esposa de Norberto Karasiewick esperando para que su esposo conociera a Malvinita, recién nacida, también sensibilizaron a los argentinos.[14]

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Imagen 4. Diario Crónica, 12/10/1966. Archivo General de la Nación.

Incluso, la novela de amor entre Cabo y Verrier le dio una cuota de romanticismo y aires novelescos al plan. Verrier salió desde Buenos Aires alentada por su esposo, el director de teatro Abel Sanz Buhr, quien contaba a la prensa que ella era el “nervio motor de la Operación Cóndor” y que se había despedido de él por seis meses, por las dudas. Para el esposo eso no era un problema porque declaraba que ese territorio irredento era “tan nuestro como esta ciudad de Buenos Aires”.[15] Pero Verrier asumió frente a la sociedad la imagen de la mujer valiente, revolucionaria y comprometida con su país antes que con su matrimonio y, sobre todo, daba cuenta de un nuevo espíritu feminista, capaz de conjugar amor y política, cuando se difundió su amor con Dardo Cabo.

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Imagen 5. Diario Crónica, septiembre de 1966. Archivo General de la Nación.

La violencia de las acciones que implicaron el secuestro del avión a punta de pistola no era una mayor preocupación. Por el contrario, el presidente de un sindicato universitario argentino, Enrique Graci y Susini, decía que no se entendía que se le pudiera enrostrar una actitud violenta o de rebeldes armados a quien en realidad había actuado con “coraje y vocación de patria”. Mucho más enfáticos, los militantes del partido justicialista decían estar “tocados en las fibras más sensibles del civismo, por el épico gesto de audacia de un puñado de valientes que como vanguardias celosas de nuestra nacionalidad han decidido concretar esta gesta señera”.[16]

El grupo definido por las fuentes como “comando nacionalista peronista” tuvo la adhesión inmediata de las organizaciones obreras en su conjunto. Solo como ejemplo podría mencionarse que la Unión de Trabajadores Gastronómicos decía que “un puñado de valientes jóvenes argentinos han producido un hecho trascendental que los ubica al lado de los mejores y más descollantes héroes de nuestra historia”. La Federación de Obreros y Empleados de Comercio expresó la más valiente actitud asumida por quienes han logrado conmover a toda la ciudadanía. Los telefónicos salieron a los balcones a festejar con banderas.

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Imagen 6. Diario Crónica, septiembre de 1966. Archivo General de la Nación.

La Comisión Directiva del Instituto de Elevación Cultural Superior que nuclea a los agregados obreros argentinos dijo que recibieron la noticia “con el corazón henchido de alegría”.[17]

Solo las voces oficiales del gobierno tuvieron un voto de censura contra los métodos utilizados. El gobierno de Onganía declamó que “los facciosos” no debían arrogarse el derecho de actuar en nombre de la nación, pero al mismo tiempo consideró que la de las Malvinas era “causa profunda de la vocación de patria de cada argentino”.[18] Por esa misma razón, el gobierno argumentó que “los actos de fuerza para defenderla” se ejecutaban “fundamentalmente a través de las Fuerzas Armadas”. Mientras el canciller Costa Méndez ratificaba en las Naciones Unidas los derechos soberanos en las Islas Malvinas, los hechos de violencia nacionalista superaron la capacidad de sorpresa de los integrantes del Poder Ejecutivo, que afirmaba haber adoptado todas las medidas para proveer la seguridad de los 43 pasajeros involucrados y prometía amenazante “que los responsables de los hechos y sus instigadores” serían “sometidos a la justicia”, para que esta procediera “con todo el rigor de la ley”.[19]

Los juristas, sin embargo, no tenían una opinión en común sobre la gravedad o grado de delito respecto del hecho. Mucho menos cuando se acudía a la opinión de los juristas filiados con el nacional peronismo, como fue el caso del gran jurista Carlos Sanchez Viamonte, cuyo abuelo, según él mismo recordó, había participado de las gestiones que se habían hecho por la soberanía del territorio malvinense en 1883. Según Viamonte, no era fácil abrir juicio contra el grupo. Su argumento oscilaba entre las razones jurídicas del código penal, que preveía prisión al que privase de libertad personal a otra persona con amenazas, al que por actos hostiles diese motivo a una declaración de guerra o alterase las relaciones amistosas con otro país, pero se negaba a aceptar la calificación de actos de piratería, endilgado al grupo secuestrador. Incluso la vena nacionalista estaba por encima de la interpretación cuando decía:

[…] y no son los ingleses precisamente los que deban hablar de piratería. Su historia no lo permite y el propio caso de las Malvinas es un poderoso argumento en contra, si la calificación procede, como ha ocurrido desde Inglaterra.[20]

Otro jurista, Raúl Bercovich, opinó que, prima facie, no existía la comisión de delito alguno, “toda vez que no ha entrado ni salido del país, ni ha volado clandestinamente sobre zonas prohibidas. De modo que consideraba absurdo referirse en ese caso al delito de piratería que prevé el artículo 198 del Código Penal”. Y en clara hipérbole nacionalista, unifica las causas del pasado independentista y heroico con la causa de la lucha contra Gran Bretaña diciendo:

[…] hablar de sanciones contra los compatriotas que a su manera, reafirmaron la soberanía argentina sobre Malvinas es como encuadrar el paso de los Andes por el Ejército Libertador en las sanciones a la inmigración clandestina”.[…] En materia de imputabilidad y aún de culpabilidad, toda referencia debe hacerse en relación al autor considerado como ser capaz y pensante ¿Y quién puede dudar que esta ha sido una empresa patriótica, valiente y decidida que, por sobre todas las calidades revela imaginación? Es eso que a los argentinos tanto nos falta, para afrontar la empresa de la gran reconstrucción nacional.[21]

Oponía al juicio del expediente por el juicio de la historia y a la idea de libertad peligrosa a la de la esclavitud tranquila.[22]

La causa era demasiado sensible como para que existiese unanimidad alguna de criterios, incluso entre militares. La organización de Estudios y Acción Nacional (OEAN), una entidad cívico-militar integrada por militares en retiro y civiles, contrariamente a la oficialidad, exaltaba la “decidida y heroica acción de un puñado de jóvenes patriotas” que interpelaba fielmente “el sentir nacional y el impulso de su propio coraje” para enarbolar la bandera y mantenerla a tope 24 horas.[23] Cabía suponer, decían, que, dado que se autotitulaban “Revolución Argentina”, harían mérito a tal designación, lo que más temprano que tarde fue negado por el comunicado oficial que decía que “las Malvinas no eran una excusa de facciosos”.[24]

Sin embargo, en la opinión pública, la violencia perpetrada por los secuestradores que actuaron a punta de pistola contra los pasajeros y tripulación no se ponderaba como el mayor problema. Más bien, como dijeron un grupo de peronistas, “el pueblo [había] dado su veredicto, al tiempo que [hacía] llegar a sus dignos protagonistas su fervoroso aplauso y admiración”. Replicando aquel fanatismo de los integrantes del MNA, la quema de banderas inglesas y muñecos con efigies de los príncipes fue una escena repetida por grupos de jóvenes en los centros de las ciudades del Interior. Las volanteadas a las salidas de las misas, los actos relámpagos con estallidos de petardos en las estaciones de trenes, los cambios de nombres de las estaciones o calles realizadas por grupos de particulares se convirtieron en prácticas de resistencia cotidianas y en apoyo a la soberanía nacional.

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Imagen 7. Revista Así, septiembre de 1966. Archivo General de la Nación.

La violencia callejera y la exaltación juvenil se pusieron al servicio de la emoción nacionalista a lo largo de todo el país, junto a la admiración de los más valientes. Jorge Money, un joven periodista poeta en transición desde un nacionalismo tradicional hacia la corriente del nacionalismo popular, vía el peronismo, bordeó con un destartalado Citroen el frente del edificio de la Embajada inglesa en Buenos Aires y, junto con dos compañeros más, dejó en la fachada una buena marca de metralla (Leiva, 2018). En Rosario una multitud asaltó el Consulado inglés, arrancó la bandera británica y rompió retratos de la reina.[25] Los nuevos militantes abrevaron muy naturalmente en los ejemplos del guerrillerismo rural y la teoría del foco cubano, como nos ha mostrado la historiografía argentina, pero también comenzaron a mirarse en el espejo de las viejas causas nacionales de camadas más antiguas a ellos, como la de la recuperación de soberanía sobre Malvinas.

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Imagen 8. Diario Crónica, 3/10/1966. Archivo General de la Nación.

A modo de conclusión

El accionar del grupo Movimiento Nueva Argentina (MNA) que llevó a cabo el Operativo Cóndor, en el cual se secuestró un avión de pasajeros que se dirigía hacia Río Gallegos para ser desviado a punta de pistola hacia las Islas Malvinas, quedó en la memoria histórica y militante como un hito de soberanía y rebelión nacional.

En este trabajo se intentó estudiar este acontecimiento teniendo en cuenta la convivencia entre antiguas tradiciones nacionalistas, los valores de un nacionalismo revolucionario en el que se desarrolló y la elección del objetivo político en virtud de una sensibilidad nacional construida en los argentinos desde distintas estrategias. El hecho se realizó apelando al irredentismo sobre el territorio de Malvinas convertido para ese momento en un típico caso de nacionalismo desde abajo, cotidiano, banal para los argentinos, construido desde la escuela, los estudios históricos y discursos oficiales. En ese sentido, una nueva propuesta revolucionaria se mezcló con una causa entrañable, inoculada en el imaginario nacional, popular y militar de la sociedad argentina durante todo el siglo xx. Aun cuando el hecho conllevara características de violencia terrorista, los personajes fueron exaltados en la prensa como héroes, lo cual contrastó con la imagen de delincuencia facciosa que el gobierno golpista construyó hasta que los encarceló. El hecho, rodeado a su vez de un conjunto de detalles propios de la novela romántica, como que los integrantes dedicaron buena parte de su tiempo a estudiar el plan, dejaban sus hijos por nacer o cambiaban el rumbo de sus vidas para seguir a sus seres amados a la aventura patriótica, creó una corriente de empatía nacionalista y, en consecuencia, la perduración en la memoria histórica del peronismo juvenil sesentista, una nueva militancia tributaria de un viejo nacionalismo de derechas, pero en claro proceso de transformación ideológica hacia una izquierda continental y motorizada por la patria y por la vuelta de Perón al país y al poder.

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  1. Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales (INHUS CONICET). Centro de Estudios Históricos (CEHis – CIC), Facultad de Humanidades, UNMdP. Correo electrónico: monicainesbartolucci@gmail.com,
    monicabartolucci@hotmail.
  2. El mismo Billig utiliza para ejemplificar la noción de “nacionalismo banal” al sentimiento supuestamente espontáneo que surgió entre los argentinos, en ocasión de la guerra de Malvinas en 1982.
  3. Excede a este trabajo el debate historiográfico respecto de la orientación de la Falange y su relación con los totalitarismos de los años treinta en Europa. Sin embargo, conviene recordar que hay cierto consenso sobre la heterogeneidad política y amplitud de filiaciones intelectuales del movimiento. Incluso más, hoy día el debate rodea temas e ideas estereotipadas. Imatz dice: “La Falange de José Antonio no era ni racista, ni antisemita; no ponía el Estado o la raza en el centro de su concepción del mundo, sino al contrario el hombre portador de valores eternos, capaz de salvarse o de perderse”. Arnaud Imatz, “José Antonio, ese desconocido”. Traducción del artículo “José Antonio ce méconnu” publicado en el diario francés Le Monde, el domingo 30 y lunes 31 de octubre de 1983, con ocasión del 50.º aniversario de la creación de la Falange.
  4. Inicialmente, el grupo estaba integrado por Américo Rial, Miguel Ángel Tito Castrofini, Ignacio González Jansen, y más tarde Alejandro Giovenco.
  5. Cancionero falangista. Canción “Juventud del S.E.U”. Disponible en línea en bit.ly/2W95axb (consulta: 19 de junio de 2019).
  6. Este caso ratifica la hipótesis de Padrón respecto de la creación de Tacuara en íntima relación con el sindicalismo.
  7. Incluso años después Cao Saravia tuvo intenciones de quedarse con las Malvinas a partir de una operación comercial.
  8. Verrier era hija de un ministro de la Corte Suprema de Justicia durante el gobierno de Frondizi y sobrina de un ministro de Economía durante la Revolución Libertadora.
  9. Maria Cristina Verrier, periodista; Ricardo Ahe, de 20 años de edad, empleado; Norberto Karasiewicz, 20 años, metalúrgico; Andrés Castillo, 23 años, bancario; Aldo Omar Ramírez, 18 años, estudiante; Juan Carlos Bovo, 21 años, metalúrgico; Pedro Tursi, 29 años, empleado; Ramón Sánchez, 20 años, obrero; Juan Carlos Rodríguez, 31 años, empleado; Luis Caprara, 20 años, estudiante; Edelmiro Jesús Ramón Navarro, 27 años, empleado; Fernando José Aguirre, 20 años, empleado; Fernando Lisardo, 20 años, empleado; Pedro Bernardini, 28 años, metalúrgico; Edgardo Salcedo, 24 años, estudiante; Víctor Chazarreta, 32 años, metalúrgico; y Alejandro Giovenco.
  10. Dos autores consideran que fue Verrier la que le presentó a Cabo el proyecto de Malvinas (García, 2012; Tarruella, 2007).
  11. Cristina Marí, Jorge Saab, Carlos Suárez, Lidia Giufra, Marina Gerszenszteig, Sabrina Stülgemayer, Andrea Avila, Patricia Osuna Gutierrez, Lourdes Suarez, “Tras un manto de neblinas. Las islas Malvinas como creación escolar”. En Revista de Teoría y Didáctica de las Ciencias Sociales, enero-diciembre de 2005, Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela.
  12. Crónica, firme junto al pueblo, 29 de septiembre de 1966.
  13. Ibid.
  14. Crónica, firme junto al pueblo, 12 de septiembre de 1966.
  15. Ibid, 30 de septiembre de 1966.
  16. Declaración del partido justicialista. Crónica, firme junto al pueblo, 1 de septiembre de 1966.
  17. Crónica, firme junto al pueblo, 6 de octubre de 1966.
  18. Clarín, 29 de septiembre de 1966.
  19. Ibid.
  20. Crónica, firme junto al pueblo, 2 de octubre de 1966.
  21. Ibid.
  22. Crónica, firme junto al pueblo, 6 de octubre de 1966.
  23. Crónica, firme junto al pueblo, 6 de octubre de 1966.
  24. Clarín, 29 de septiembre de 1966.
  25. Laureno Debat. “Menos tu vientre”, Página 12, 17 de mayo de 2009.


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