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Prácticas nacionalistas cotidianas: los jóvenes del “Pequeño Mundo”

Mar del Plata, años sesenta

Bettina Alejandra Favero[1]

Introducción

Este trabajo tiene por objetivo analizar desde un espacio micro, pero heterogéneo, las particularidades culturales y sociales de un sector juvenil marplatense vinculado a la Iglesia católica. El Oratorio Juvenil “Pequeño Mundo”, perteneciente a la Obra Don Orione de Mar del Plata, nació un 13 de mayo de 1961 bajo la guía del padre Pablo Marinacci y tuvo como lema “Una juventud mejor por un mundo mejor”. El objetivo inicial era: “[…] trabajar con los niños y jóvenes, por sus pequeños problemas de hoy, para que puedan afrontar mañana los grandes problemas del mundo”. Y así surgía el nombre de “Pequeño Mundo”, con la idea de ser un espacio abierto a los chicos, un grupo que, adoptando la estructura organizativa de la Acción Católica, se unía según los ideales de Don Orione.

Desde sus inicios, dicha agrupación juvenil se identificó con la patria. Así lo relata uno de sus fundadores:

Los colores que identifican al Oratorio Juvenil Católico “Pequeño Mundo” son celeste, blanco y amarillo (que es la unión de los colores de las banderas argentina y papal), marcando de esta manera la conjunción de sentimientos de nuestro ser argentinos y cristianos. En el mes de mayo de 1963, en el marco de los festejos del 2.º aniversario del Oratorio, fue bendecida la primera bandera del “Pequeño Mundo” con tres estrellas que representan los tres grandes amores que Marinacci proponía a los chicos: la Virgen, la Patria y el Papa.

Por lo tanto, desde esta perspectiva fundacional propongo analizar esta agrupación a partir de la óptica de un proceso de nacionalización cultural que se “produce gracias a la socialización de los sujetos en contacto con otros sujetos y otros grupos que dan forma a su experiencia nacional”. Es en estas agrupaciones “donde el sujeto conecta con la nación como experiencia cotidiana y donde lo individual conecta con lo colectivo” (Giori, 2014 y 2017). A partir de las prácticas sociales llevadas adelante por este grupo, buscaré aplicar la idea de nacionalismo cotidiano que tiene como centro la participación y el compromiso de estos jóvenes católicos. En suma, observar cómo se experimentó la nación en torno a una manifestación que llegó a contornos populares con el paso de los años: la Caravana de la Primavera. Un evento que, según un diario de la época, ayudaba a la juventud “a ser honesta, sana, limpia, caritativa, trabajadora y noble, estructura vital y fortaleza de la patria y de la comunidad” (diario La Capital).

Ahora bien: ¿por qué la elección de la caravana de la primavera? En primer lugar, porque creo que este tipo de práctica puede ser representativa de un grupo etario, los jóvenes, que estaría en diálogo con otras prácticas que eran representativas de la cultura nacional, es decir, los festejos y manifestaciones que se llevaban a cabo el día de la primavera en la mayoría de las ciudades de nuestro país. En segundo lugar, porque esta manifestación podría poner en tensión la idea de qué era ser un joven patriota en los años 60. Probablemente, organizar una caravana y realizarla un día festivo de la juventud fue una forma de romper con lo preestablecido y de marcar una diferencia con otros jóvenes que por aquellos años se vinculaban con otro tipo de actividades participativas. Andar en bicicleta era una actividad cotidiana de muchos jóvenes de la ciudad que se transformó en algo extraordinario, con ello me refiero al evento en sí: la caravana de la primavera.

El nudo del presente análisis radica en interrelacionar un grupo de jóvenes católicos pertenecientes a una corriente posconciliar y modernista de la Iglesia católica (Movimiento por un Mundo Mejor) con prácticas de nacionalismo cotidiano o de raíz.

Las fuentes con las que se trabajará serán: entrevistas orales a los primeros asociados y presidentes de la agrupación; fotografías de distintas actividades que se realizaban en la asociación; diarios de la época y revistas aniversario de la Obra Don Orione.

El Pequeño Mundo y una juventud mejor por un mundo mejor

Y el Pequeño Mundo nace de una rebeldía. Porque teníamos que cambiar los criterios porque la realidad de San José no era la realidad del programa que nos mandaban de Buenos Aires. […]. Sosteníamos la rebeldía de decir que así no iba. Lo que nos querían meter desde Buenos Aires no era para acá. Hacer toda una cuestión de doctrina religiosa de entrada… era muy formalista. Entonces primero y primordial era rearmar el salón de juegos[2].

En octubre del año 1960, llegó a la Parroquia San José de Mar del Plata el padre Pablo Marinacci[3]. Proveniente del Uruguay, donde había constituido un grupo juvenil llamado “Oasis” siguiendo las líneas del Movimiento por un Mundo Mejor[4], observó que esta parroquia podía ser el sitio ideal para poner en práctica aquellas ideas de comunitarismo, espiritualidad y renovación de la Iglesia católica entre los jóvenes. La presencia y accionar de Marinacci se condicen con la corriente católica que se produjo en los años 60 cuando surgió otro tipo de organizaciones basadas en la figura central de un sacerdote que adolecían de la estructura de control de las diócesis, “el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, los ‘curas obreros’ y otras redes informales que tenían como epicentro la figura de un clérigo que, por sí mismo, lograba agrupar gente” (Mallimacci, 2007: 207).

Por aquellos años, los jóvenes estaban involucrados en una época de fuertes cambios. A partir de los años 60, la Argentina vivió un proceso de modernización social y cultural que puso en cuestión valores y prácticas establecidas que generaron una serie de transformaciones que marcaron una brecha cultural entre dos generaciones. Fue en esos años cuando se conformó “el contorno de un nuevo estrato: la juventud” (Torre, 2010: 215). No todos los jóvenes se emanciparon psicológica o socialmente de la misma manera, pero sí estuvieron en contacto con las nuevas corrientes: las transformaciones en la moral sexual, los cambios en la sociabilidad que evadían el control de los adultos, la declinación de la tutela de los padres y del mandato familiar, entre otros, eran los elementos que marcaban un antes y un después. Desde el mundo de los adultos, se percibía que era necesario involucrarse en esta ola de cambios que vivían los sectores juveniles para poder controlarlos o comprenderlos. Ello se ve reflejado en la saga de editoriales, informes periodísticos, correo de lectores ficticios o genuinos de las revistas semanales de la época tales como Panorama o Siete Días Ilustrados, que daban cuenta de una realidad poco optimista respecto de las tendencias juveniles. Las prácticas cambiaban aceleradamente y los estudiosos provenientes de diferentes campos las aprobaban o sentenciaban (Bartolucci y Favero, 2015).

A ello se suma una Argentina atravesada por la inestabilidad política en la que se alternaban gobiernos democráticos y de facto que ponían en juego el devenir institucional de la nación. La década del 60 se inauguró con el gobierno de Arturo Frondizi, instaurado en el año 1958. Época en la que se buscaba superar la dicotomía “peronismo-antiperonismo” y reordenar el sistema político. Frondizi debió gobernar entre dos factores de poder: los sindicatos peronistas y los militares. Así generó políticas innovadoras que permitieron que su presidencia tuviera aspectos de éxito. No obstante, la oposición de la UCR del Pueblo (UCRP), la relación tirante con los sindicatos y el poder de las Fuerzas Armadas ensombrecieron los logros del proceso de modernización económica e industrialización acelerada.

Con las elecciones de marzo de 1962, en las que nueve candidatos justicialistas se alzaron con la victoria, la falta de apoyo de los partidos políticos opositores y de las fuerzas militares al gobierno frondizista era un hecho. Así, se acordó con José María Guido (presidente del Senado) que asumiera la presidencia hasta el llamado a nuevas elecciones. Durante este interregno, el “problema peronista” siguió sin resolverse y las posibles soluciones a él venían de la mano de las armas en menoscabo de la vía electoral.

El año 1963 fue año electoral, Arturo Illia (UCRP) fue elegido presidente de la nación con el 25 % de los votos. Un muy bajo respaldo electoral que se veía reflejado en el porcentaje de votos en blanco (21 %) correspondiente al peronismo proscripto. Así, Illia comenzó su presidencia, que duraría poco menos de tres años, truncada por un nuevo golpe militar encabezado por el general Onganía. El gobierno, pese a los buenos resultados económicos logrados, tuvo muy baja aprobación desde la opinión pública, que se bipolarizaba entre la “revolución social” que desafiaba Perón desde el exilio y la “revolución nacional” dirigida por las Fuerzas Armadas. Esta última se impondría en función de la idea de que estas eran las únicas que podrían imponer el orden y acelerar el desarrollo.

El golpe de Estado del año 1966, llamado “Revolución Argentina”, llevó al general Onganía a ejercer un gobierno “técnico” y “apolítico”. Sus objetivos a largo plazo indicaban que, bajo el nuevo orden, el país viviría un tiempo económico, luego un tiempo social y por último un tiempo político. Las diferencias con otros factores de poder (sindicatos, partidos políticos), como también dentro de las propias Fuerzas Armadas, hicieron que el gobierno no pudiera alcanzar sus metas, en especial aquellas referidas a los aspectos sociales y políticos (Botana, Braun y Floria, 1973; Potash, 1994; De Riz, 2000; Galvan y Osuna, 2014).

A este panorama se le debe sumar la situación que atravesaba por aquellos años la Iglesia católica. El dinamismo conseguido en la década de 1930, “con los intentos de recristianizar la sociedad y por desmantelar el Estado liberal instaurado en el siglo xix, encontró sus límites durante las décadas de 1940 y 1960” (Cammarota y Ramacciotti, 2017). Así, algunos dirigentes de la Iglesia observaban los peligros a los que se enfrentaban los jóvenes en relación con los cambios culturales e ideológicos de la época, pero veían que la estructura de contención organizada décadas atrás entraba en pleno retroceso. Debido a ello, los sacerdotes alineados a las nuevas tendencias renovadoras dentro de la Iglesia, que tendrían su puntapié inicial en el Concilio Vaticano II, percibieron que era una época de cambios y motivaron la transformación de las agrupaciones organizativas juveniles sin perder la estructura vigente. Estos buscaban intervenir y forjar un modelo de joven que estuviera a la altura de la época, de espíritu fuerte y con valores morales deseados para ella (Cammarota y Ramacciotti, 2017: 783).

En esta línea renovadora y posconciliar, una serie de temas marcaron la nueva agenda de la Iglesia católica:

[…] el conflicto socio-político-cultural reinante; los antecedentes y el contexto eclesial; el rol de las figuras del momento: obispos, religiosas/os, curas, laicos; las influencias (teológicas, socio-analíticas, filosóficas, políticas); los cruces interdisciplinarios; los alcances de lo gestado a partir de allí; las aperturas temáticas: el pueblo, lo popular, los procesos históricos, la cultura, la fe y la política, la evangelización de la cultura, la religiosidad popular (Campana, 2017: 1).

Un grupo de sacerdotes y religiosas se propuso llevar adelante estos lineamientos bajo la bandera de la “teología del pueblo”. Lucio Gera, Rafael Tello, Carlos Mugica, Juan Bautista Capellaro, Enrique Angelelli, Eduardo Pironio, Vicente Zaspe, entre otros, encarnaron estos cambios desde sus propios lugares de acción conformando las bases y siendo los fundadores del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo en 1967.

En ese contexto epocal, basándose en los cuadros organizados del Centro Juvenil de la Acción Católica de la parroquia San José, que había sido fundado en 1943[5], Marinacci estructuró la nueva agrupación planteando, además, realizar actividades más abiertas y populares, siguiendo el espíritu “orionita”. Así, los grupos se dividían por edades:

Aspirantes hasta 12 años, que eran niños. La otra sección era “prejus”, o sea los prejuveniles de 12 a 15 años. Es decir, primer año, segundo y tercero de la secundaria. Después, los juveniles o junior […] de 16 hasta que terminaban la secundaria, y los que empezaban la facultad o los que se iban a trabajar eran los seniors[6].

Esta era la estructura del Centro Juvenil Católico “Pequeño Mundo”, donde se pudo sintetizar lo viejo con lo nuevo, es decir, los grupos juveniles de la Acción Católica con las ideas del Movimiento por un Mundo Mejor. Uno de los primeros integrantes confirma que el nombre de la agrupación derivaba del

Movimiento por un Mundo Mejor que estaba en Buenos Aires y lo comandaba el Padre Capellaro[7], que era conocido del padre Pablo […]. Aparte tenía como un boletín, movimiento por un mundo mejor, y de ahí sale esa frase… y el nombre también… yo siempre les cuento a los muchachos de cómo surge el nombre[8].

La idea de Marinacci era que cada chico era un mundo, pero todos eran parte de un gran mundo, entonces era el pequeño mundo de cada uno. Era una suma de mundos pequeños que conformaban un gran mundo. El lema era: “Una juventud mejor por un mundo mejor”, frase perteneciente a Pío XII y utilizada en la 10.º Asamblea Federal de la Acción Católica Argentina, realizada los días 15, 16 y 17 de agosto de 1958 en Rosario, Santa Fe[9].

[El Padre Pablo decía que] tenemos que formar una juventud mejor por un mundo mejor, y este fue y es el lema de vida que tiene el “Peque” como norte de su existencia. Los pibes que conocen a Jesús y lo aman son capaces de cosas grandes. Por eso nos inculcaba el rezo diario del rosario, la misa y comunión frecuente. La cercanía al altar en el servicio de la liturgia. Los retiros espirituales, los momentos de oración y meditación frente al Santísimo, la dirección espiritual y todos los medios de encuentro personal con Jesús. Aquel a quien hemos de conocer a fondo para enamorarnos de Él y que nos va a llevar inevitablemente a un compromiso misionero en cada ambiente. La familia, el barrio, los amigos, los vecinos, los compañeros de estudio o trabajo. En aquel lugar donde estemos debe ser Jesús el que está[10].

En suma, una juventud encaminada y comprometida con los valores cristianos en una época de grandes cambios y transformaciones que podían volcar simpatías hacia distintos sectores ideológicos y políticos.

En esta línea, se buscó organizar a la agrupación juvenil basándola en las estructuras aún vigentes, aunque en cierto modo caducas de la Acción Católica. Los primeros miembros eran muchachos que procedían de los grupos de jóvenes pertenecientes al Centro JAC “San José” de la Acción Católica Argentina y que en ese momento se encontraban sin asesor espiritual:

Estaba Luis Gargan, que era el presidente del Centro, los Pastrello, Pastochi, Luis Parin, que tenía la carpintería, el flaco Marcon; había un par de muchachos más que solían venir de vez en cuando, pero el núcleo era ese. Éramos 7 u 8 y de los que condujeron al grupo yo era el más chico[11].

La estructura organizativa estaba basada en una comisión directiva conformada por presidente, vicepresidente, secretario, tesorero y los delegados y subdelegados de secciones, es decir, aspirantes, prejuveniles, junior y senior. La idea era otorgar distintas responsabilidades a los miembros del grupo e ir formando jóvenes dirigentes.

Foto 1. Celebración del primer aniversario del Pequeño Mundo. Archivo Pequeño Mundo, Obra Don Orione, Mar del Plata.

Yendo en contra de los lineamientos doctrinarios y formalistas que bajaban desde la Junta Central Católica en Buenos Aires o el Consejo Diocesano local[12], lo primero que se propuso este grupo de jóvenes junto al cura fue rearmar el salón de juegos: se arreglaron los juegos que había, un par de metegoles, una mesa de pingpong y un billar.

Te imaginás que cuando se dijo que había un salón de juegos, la bolilla se corrió por todo el barrio y aparecieron todos. Los que venían y los que no venían. Era los días sábados y después queda en la semana, porque no había problema en la parroquia[13].

El uso del tiempo libre y del ocio entre los jóvenes era una de las grandes preocupaciones de los dirigentes de la Iglesia católica. Tanto los grupos juveniles parroquiales como los scouts tenían como prioridad este tema (Cammarotta y Ramacciotti, 2017; Blanco, 2011).

Así, el 10 de febrero de 1961, aniversario de la fundación de Mar del Plata, surgía el Pequeño Mundo, que tenía como empresa “ayudar a la juventud a ser honesta, sana, limpia, caritativa, trabajadora y noble, estructura vital y fortaleza de la patria y de la comunidad”[14]. Desde ese febrero y hasta mayo, se organizaron torneos de ajedrez, de fútbol y de básquet, y se fijó el 13 y el 14 de mayo para hacer todas las finales y concluir con un festival en el cine de Varetto[15].

Esta nueva agrupación buscaba dar un espacio a niños y jóvenes del barrio y del colegio donde pudieran crecer y formarse cristianamente en un ámbito impregnado de valores como la libertad, el amor, la fe y la amistad. Asimismo, en este tipo de organización juvenil, se buscaba crear una “juventud respetable”, asociándola con el vigor, el movimiento y el cambio en el marco de una coyuntura en transformación (Souto Kustrin, 2007).

Las actividades semanales tenían su encuentro principal los días sábados. A partir de las 14 horas, se abrían las puertas del centro juvenil y los chicos de todas las edades participaban de actividades deportivas y recreativas. Había tres momentos en esa jornada: el recreativo, el formativo y el litúrgico sacramental. El recreativo se desarrollaba entre las 14 y las 17 horas y era el que atraía a los más chicos. El formativo consistía en reuniones por sección que duraban unos treinta minutos, en los que se hablaba sobre algún tema que tenía que ver con la formación como personas en relación con valores y criterios y se rezaba alguna oración. Por último, el litúrgico sacramental consistía en participar de la misa. A ello se les sumaban los cursos para monaguillo de los que participaban algunos de estos jóvenes y en los que se les enseñaba a ayudar en las misas[16].

Aquello que buscaba Marinacci era la formación de dirigentes jóvenes comprometidos en forma personal y como grupo y que tuvieran una vida de oración ligada a lo litúrgico sacramental personal y comunitario. Es decir, formar católicos íntegros con compromiso y testimonio. Así, impulsaba a los jóvenes más grandes a trabajar y atraer nuevos jóvenes al centro:

El objetivo era formarnos para la vida, más allá de la vocación que eligiera cada uno de nosotros. Y que [supiéramos] actuar como dirigentes en el mundo también en función de esa formación, porque podías terminar siendo un dirigente sindical, un empresario, un político o un padre de familia o estar a cargo de una escuela o lo que fuere, pero siempre una formación para la vida. Estar en esos lugares y transmitir los valores que uno mamó desde chico[17].

Similar al apostolado de la Acción Católica, que “apuntaba a conquistar espiritualmente a los individuos que rodeaban al joven en la vida cotidiana, como la familia, el colegio, el club u otros ámbitos de socialización” (Cammarotta y Ramacciotti, 2017: 786).

Esta agrupación juvenil se identificó desde sus inicios con la patria:

Los colores que identifican al Oratorio Juvenil Católico Pequeño Mundo son celeste, blanco y amarillo (que es la unión de los colores de las banderas argentina y papal), marcando de esta manera la conjunción de sentimientos de nuestro ser argentinos y cristianos. En el mes de mayo de 1963, en el marco de los festejos del 2.º Aniversario del Oratorio, fue bendecida la primera bandera del “Pequeño Mundo” con tres estrellas que representan los tres grandes amores que Marinacci proponía a los chicos: la Virgen, la Patria y el Papa.

Foto 2. Quinto aniversario del Pequeño Mundo, 15/5/1966. Archivo Pequeño Mundo, Obra Don Orione, Mar del Plata.

A ello le sumamos otro indicio de identificación católico-nacionalista, el saludo “¡Cristo vence!”, que, según consta en las actas, desde el 8 de agosto de 1964 se empezó a utilizar entre los integrantes de la agrupación juvenil. Este es justificado en una publicación del grupo juvenil: “Cuando nos encontramos los miembros del ‘Peque’, chicos o grandes, en cualquier parte, realizamos una exclamación: ¡Cristo vence! Es nuestro saludo, y expresa la verdad de la que estamos convencidos”[18].

Es importante destacar que el saludo “Cristo vence” fue utilizado por grupos católicos en el contexto de la llamada Revolución Libertadora. Consumado el golpe, en la revista Nosotros los Muchachos se afirmaba:

Esta no ha sido una revolución, sino una liberación, porque esta ha sido una cruzada, no un cuartelazo, porque ha sido un movimiento de hombres libres y no de mercenarios de una ambición; la insignia nos recordaba a la cruz que dio a Constantino la victoria, y con la victoria, la paz a los cristianos[19].

En este saludo se pueden sintetizar dos posiciones importantes para el presente análisis: por un lado, la influencia de sectores antiperonistas católicos que desde los Comandos Civiles se identificaron con este símbolo y lo vivían como una cruzada, y, por otro lado, la convicción de estos sectores juveniles católicos que se embanderaban bajo este saludo indicando una posición política e ideológica fuerte y controversial en aquellos primeros años 60.

Es probable que, bajo la estela del “Cristo vence”, estos jóvenes buscaran nuevos desafíos y compromisos fuera de la parroquia. Por ejemplo, los dirigentes más grandes daban catequesis en algunas escuelas de la zona. Jóvenes de 16 a 18 años se involucraban con chicos de otras realidades sociales y daban testimonio de lo que la vida juvenil católica les había dado. Estamos ante una realidad que cambiaba. Según Claudia Touris, en la etapa que va desde 1960 hasta 1966, los laicos se ubicaron a la vanguardia de este ámbito ya que las parroquias

dejaron de ser el lugar exclusivo o central de la participación cristiana, ya que se lo consideraba como insuficiente dada la enorme necesidad de extender su presencia a nuevos ambientes como los sindicatos, los colegios secundarios, las universidades estatales, las zonas rurales y urbanas pobres. Para ello, se planteaba la urgencia de pensar y definir una nueva Teología Pastoral adecuada a la actuación en estos ambientes menos transitados por los laicos católicos (Touris, 2012: 136).

Dicha apertura hizo que una de las primeras actividades que iniciara este grupo los marcara para siempre. Con ello me refiero a la Caravana de la Primavera.

De “Paseo al Alfar” a la Caravana de la Primavera… pedaleando por Cristo y por la Patria

Siempre nos reconocieron, como que no entendían cómo siendo tan jóvenes teníamos todo el poder de organización y que convocáramos a tanta gente y la lleváramos, y que no teníamos otra transcendencia política, sino que era un compromiso social[20].

La idea original era hacer algo distinto y novedoso; por eso, siguiendo las costumbres de la época, se hizo el picnic de la primavera, pero lo nuevo era que se iba a ir en bicicleta desde la parroquia hasta el Faro (cercano a las playas del sur de la ciudad). Bajo el lema “Una juventud mejor por un mundo mejor”, el 21 de septiembre de 1961 unos veinticinco jóvenes pedalearon desde la parroquia hasta las playas del Alfar, un total de 25 kilómetros, y festejaron su día. De esta manera, se empezó con esta práctica que hasta 1965 se llamó “Paseo al Alfar”:

La caravana fue una ocurrencia de ese día. Se arma de topetazo, locura, es un invento de alguna manera; claro, había un montón de pibes, pero no todos tenían bicicleta y no todos tenían para ir a alquilar, tampoco muchos padres los iban a dejar ir; encima la primera vez fuimos al Alfar directamente, justo el día 21[21].

Foto 3. Caravana del año 1965, cerca del Alfar. Archivo Pequeño Mundo, Obra Don Orione, Mar del Plata.

Al año siguiente, y debido a la buena convocatoria que habían tenido, se decidió realizar nuevamente. En aquel momento lograron duplicar la cantidad de participantes y, para el año 1965, los diarios locales destacaban la presencia de más de doscientos chicos y muchachos:

Un espectáculo grato, pleno de colorido y de alegre vivencia, conformó el “Pequeño Mundo” de la parroquia San José. Alrededor de doscientos chicos y muchachos de los tres establecimientos educacionales de la Obra Don Orione, en bicicleta, compusieron una alegre y bulliciosa caravana que se desplazó hasta el parque del edificio Alfar donde realizaron un picnic. Al regreso, frente a la iglesia San José, en Matheu y Salta, en medio de canciones y coros festivos, fueron lanzados al aire más de trescientos globos con leyendas alusivas a la llegada de la primavera[22].

Imagen 1. Plano del recorrido de la caravana por las calles de la ciudad en los años 60. Elaboración propia.

El año 1966 fue un año de cambios. En primer lugar, se dio la primera mención escrita de llamar al paseo como “caravana”. Asimismo, como preparación a ella, se realizó la “Semana de la Primavera”, que dio inicio con una fogata el día 17/9 después de la misa vespertina. Este esquema (semana de la primavera y luego caravana) seguiría vigente hasta el año 1969, en que se organizó una semana antes la “fiesta de la primavera”, que fue la antesala de los festejos.

Durante los años 60, la bicicleteada se trasladaba desde la sede del Pequeño Mundo (Matheu y Salta) hasta la zona del Alfar (en la costa sur de la ciudad). A su regreso, en la sede de la parroquia durante los primeros años y luego en el monumento al General San Martín (emplazado en la avenida Luro y la calle Mitre), se realizaba una suelta de globos con leyendas alusivas a la llegada de la primavera y se entonaban canciones y coros festivos. El recorrido fue ampliándose con el paso de los años, y, para la edición del año 1966, el cierre se realizó en el centro de la ciudad:

En el monumento al Gral. San Martín, donde se depositarán ofrendas florales como expresión de homenaje al Padre de la Patria y desde allí se dirigirá a Canal 8, en la avenida Luro, donde se realizará una concentración y suelta de globos[23].

En cuanto a la publicidad de la Caravana, a partir de la quinta edición (1966) aparecieron afiches realizados en cartulina que hacían los niños y jóvenes del colegio. A ello se le sumaba la difusión de la actividad por la radio local y la participación de los organizadores del Pequeño Mundo en el programa Telepequeñocho de la televisión local, canal 8. Para el año 1967, el cierre de la Caravana “con la animación musical de la banda de la Escuela Complementaria de la Armada Francisco de Burruchaga” era televisado por el programa citado[24].

En esa sexta edición, el Pequeño Mundo organizó la “Semana de la Primavera” con actividades previas a la caravana en la sede de la asociación, a lo que se sumó durante el día de la primavera, y con más de mil niños y jóvenes acompañados por familiares y amigos, una mayor organización de ella con el acompañamiento de la Policía Municipal de Tránsito y la Infantería Montada, “además de una unidad radio-móvil de la Unidad IV de la Policía”[25].

Con el paso de los años, la Caravana fue aumentando en tamaño y dimensiones, adquirió contornos populares y catapultó una práctica de arraigo marplatense hasta la actualidad:

La caravana es una indiscutible herramienta evangelizadora, ya que transmite valores de vida que se hacen reflexión alegre durante todo el trayecto. Vamos todos juntos, porque no es una carrera, ya que lo más importante es llegar juntos. Lo hacemos en familia, donde los más pequeños son acompañados por los adultos y viceversa. Igual que en la vida, nos encontramos con un camino que por momentos es llano y en otros con subidas y bajadas que hacen más dificultoso el andar[26].

Hasta aquí parecería que nos encontramos con una práctica habitual de esta agrupación juvenil católica que se fue institucionalizando con el paso de los años. Lo interesante en ella es la forma en que poco a poco se le fueron sumando elementos relacionados a lo que podríamos llamar una “práctica de nacionalismo cotidiano” que se instaló en la actividad como sentido común. Es decir, “cuando hablamos de procesos de nacionalización cultural nos referimos a una serie de prácticas culturales que hacen posible el cambio político y que son más o menos decisivas en la construcción futura de la sociedad” (Giori, 2014: 103). Así, y desde una perspectiva abajo-arriba, he buscado comprender

los procesos de construcción nacional desde la perspectiva de los actores, de lo que la gente desea y hace realmente con las instituciones. Esta perspectiva considera dato fundamental la experiencia y la vida cotidiana de los ciudadanos para entender la forma en que la nación se crea y se recrea diariamente (Giori, 2014).

Foto 4. Cabecera de la caravana en el año 1970. Archivo Pequeño Mundo, Obra Don Orione, Mar del Plata.

Entonces, en la práctica específica de la agrupación juvenil que se haría extensiva a la Caravana, se puede observar la incorporación de símbolos de corte nacional. Estos han sido rescatados del libro de actas del grupo. En primer lugar, los colores que identifican a la agrupación juvenil “Pequeño Mundo”: el celeste, el blanco y el amarillo (síntesis de las banderas argentina y papal) y que marcan la unión de sentimientos argentinos y católicos del grupo. En segundo lugar, la incorporación, en 1963, de la primera bandera del “Pequeño Mundo” con tres estrellas que identificaban a la Virgen, la Patria y el Papa. En tercer lugar, el uso de un banderín identificatorio a partir de 1965 en un programa infantil local. Por último, el saludo “¡Cristo vence!” entre los miembros del grupo, que queda establecido en el acta del 8 de agosto de 1964, cuando se hizo la primera mención a él. En cuanto a la Caravana en sí, la entrega de ofrendas florales en el monumento al general San Martín (el padre de la Patria) y la suelta de globos, en muchos casos celestes, blancos y amarillos en el cierre de ella. También se advierte que, con el paso de los años y el aumento de participantes en la Caravana, en su cabecera empezaron a verse banderas argentinas y papales.

El “Peque” y la “Caravana”: practicando el nacionalismo cotidiano

En esta última parte del capítulo, intentaré responder la pregunta inicial: ¿cuál fue la manera en que se encarnó y experimentó la idea de nación en un grupo juvenil católico en la década de 1960 en sus prácticas cotidianas como agrupación?

Planteo el análisis de este sujeto histórico grupal desde el marco teórico sobre el nacionalismo que hemos delineado en la introducción, es decir, desde un enfoque no solo “desde arriba”, sino también “desde abajo”, deteniéndonos en las “esperanzas, las necesidades, los anhelos y los intereses de las personas normales y corrientes” (Hobsbawm, 1998: 17). Una línea de análisis que confirma que el abordaje desde ambas perspectivas nos permitirá observar las “relaciones y complicidades necesarias entre los diferentes niveles y factores implicados en la nacionalización” (Núñez Seixas, 1999). Este nacionalismo banal, cotidiano, o de raíz permitirá comprender y analizar qué tipo de nación es la que crean, defienden, viven y asumen nuestros protagonistas (Billig, 1998; Núñez Seixas, 2017 y 2018; Giori, 2017; Quiroga y Archilés, 2013 y 2018). En suma, qué sentido les dieron a la nación y a la patria a través de sus prácticas en forma individual o colectiva.

Ahora bien, ¿cómo emplear la categoría del nacionalismo cotidiano en un lugar como la Argentina? Los estudios anteriormente mencionados se anclan en realidades y contextos históricos distintos al nuestro. Ante el desafío de pensar al nacionalismo desde otra óptica, considero fundamental, en primer lugar, interpretarlo como una construcción que va mutando o renovándose y que adquiere significados diversos en contextos y realidades cambiantes como las vividas en nuestro país.

¿Cómo podía sentir la nación un joven católico de los años 60? ¿De qué manera podía vivirla? No se puede obviar el hecho de que nuestros protagonistas formaban parte de la Iglesia católica. Una Iglesia (argentina y latinoamericana) que se estaba transformando y modificando debido a los ecos producidos por el Concilio Vaticano II. Estas latitudes fueron protagonistas de nuevas corrientes eclesiásticas que se identificaban con el cambio. Una de ellas era la que pregonaba “una juventud mejor por un mundo mejor”. Aquí, los jóvenes fueron los protagonistas y la cara visible de estas mutaciones. Eran quienes llevarían el estandarte de una nueva Iglesia, más abierta, más humana, más comprometida. Así considero que esta agrupación se emparentaría con el llamado “catolicismo nacionalista” (Mallimacci, 2011: 140), es decir, una corriente en la que sus miembros se alinean en primer lugar con el catolicismo para luego experimentar situaciones partidarias que pueden ser grupales o individuales. Lo interesante de esta propuesta es que estos grupos católicos podían estar subordinados a la autoridad eclesial en algún momento, luego separarse y volver a relacionarse al poco tiempo, para permanecer unidos en el largo plazo. El “Pequeño Mundo” surgió en el seno de la JAC, pero buscaba diferenciarse de la línea oficial de la Iglesia. Si bien sus objetivos eran cercanos a lo propuesto por la dirigencia eclesiástica, su forma de llevarlos a cabo se diferenciaba. Es ahí donde se separaban temporalmente de la autoridad eclesial y buscaban crear propuestas diferentes para convocar jóvenes y niños en la agrupación, a través del billar o el metegol, de los torneos de ajedrez, de futbol y de básquet, actividades lúdicas que se repetían todos los sábados a la tarde cuando el patio del colegio y el salón del “Peque” se llenaban de chicos.

Similar a lo sucedido en otros lugares de nuestro país (Dominella, 2015), estas agrupaciones juveniles fueron el espacio en el que la Iglesia católica favoreció el desarrollo de jóvenes protagonistas que lideraban los cambios que se estaban dando en su seno. Una Iglesia revolucionaria y comprometida en el camino de la liberación en la que no se partía “de dogmas y verdades para ser llevadas a la acción, sino que, a partir de la realidad”, buscaba “cómo llevar adelante su apostolado” (Mallimacci, 1992: 342). La doctrina se llevaba a la práctica, a la militancia, a salir de la parroquia y trabajar por el prójimo, al compromiso y a dar testimonio.

Este compromiso con la Iglesia también favoreció el compromiso con la nación y con la patria de esta juventud que buscaba construir una Argentina mejor. En el espacio que estamos analizando, encontramos varios indicios que nos llevan a pensar en eso: el saludo “Cristo vence”, el embanderamiento con los símbolos patrios, la idea de convocar a los jóvenes para construir un mundo mejor en un contexto posconciliar, la participación activa de los jóvenes en este proceso de cambio, la relación del Pequeño Mundo con el Movimiento por un Mundo Mejor –que contaba con referentes curas del Tercer Mundo vinculados a la Teología de la Liberación–, la formación de una juventud “mejor” en una Argentina convulsionada y cambiante.

Ese mundo “mejor” (joven, católico y argentino) implicaba formación, compromiso, testimonio y trabajo comunitario por parte de los jóvenes, que se enfrentaban a una coyuntura de grandes cambios y vivían una “experiencia de nación”. En esas prácticas cotidianas desarrolladas en un espacio que se ubicaba entre lo público y lo privado, se encarnó la reproducción de la nación a partir de una caravana –peregrinación en la que la teatralidad y el espectáculo adquirieron contornos impensados–. Desde un enfoque micro, hemos intentado observar este nacionalismo cotidiano a nivel grupal, utilizando recuerdos, imágenes, testimonios que permiten comprender estas experiencias de nación que sin duda fueron “esculpiendo las identidades de los individuos” (Quiroga, 2013) y buscaron proyectar un perfil juvenil distinto al que se estaba gestando en aquellos tumultuosos años 60.

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  1. Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales (INHUS CONICET). Centro de Estudios Históricos (CEHis – CIC), Facultad de Humanidades, UNMdP. Correo electrónico: bettinafavero@gmail.com .
  2. Cabrero, Jorge. Entrevista realizada el día 14/9/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  3. El padre Pablo Filino Marinacci nació en Torgiano de Perugia (Italia) el 7 de enero de 1920 e ingresó a la Congregación Orionita el 27 de noviembre de 1935. Entre 1937-1938 hizo su noviciado en Villa Moffa di Bra, y realizó sus primeros votos el 15 de agosto de 1938 en manos de Don Orione. Desde 1941 a 1944, fue enfermero en el Pequeño Cottolengo de Genova, y completó el tirocinio religioso como asistente y educador en el Instituto de Huérfanos de Camilluccia, Roma. Luego de ser ordenado sacerdote en 1951, viajó misionando por varios países, hasta llegar a la Argentina para quedarse. Falleció el 26 de setiembre de 1979 en Villa Domínico (Argentina). Información extraída de bit.ly/3r0drSa (visto el 25 de septiembre de 2018).
  4. El Movimiento por un Mundo Mejor fue fundado por el padre jesuita Riccardo Lombardi a fines de los años 30 con el objeto de la conversión y reconciliación con Cristo después de la Primera Guerra Mundial: “Millones de personas, en Italia y en el mundo, en las plazas de las ciudades, en los teatros e iglesias, o a través de la radio, escucharon su llamada a una conversión colectiva; todos fueron interpelados ante la urgencia del compromiso por construir la convivencia humana sobre las relaciones de fraternidad que Jesús anunció e hizo posible”. Ahora bien, era claro que, para “cambiar el mundo”, la propia Iglesia católica tenía la necesidad de una renovación profunda y colectiva. Debido a ello, se crearon las “Ejercitaciones para un Mundo Mejor”, que presentaban una serie de propuestas dirigidas a la renovación global y comunitaria de la Iglesia para el mundo. En el período 1958-1965, se originó el Centro Internacional Pío XII por un Mundo Mejor, de Rocca di Papa (Italia), con actividades orientadas a la renovación de los jefes de la Iglesia. Sobre la repercusión de este movimiento en la Argentina, es dable observar que el cardenal Pironio era uno de sus seguidores. Información extraída de bit.ly/3gPMaNE (visto el 25 de septiembre de 2018).
  5. La Acción Católica Argentina fue fundada en 1931 y siguió el modelo italiano organizativo. Se dividía en cuatro ramas según edad y género (hombres, damas, jóvenes varones y jóvenes mujeres); los grupos de “adultos” estaban compuestos por personas casadas mayores de 35 años (luego la edad se disminuiría a 30). Por su parte, en las ramas juveniles los socios activos eran los jóvenes solteros desde los 15 hasta los 35 años (luego 30), de probada honestidad y activa vida católica. Tenían a su cargo la sección preparatoria de aspirantes, que iba de 10 a 15 años. Las jóvenes, además, se encargaban del grupo infantil, con niñas desde los 6 hasta los 10 o 12 años. Información extraída de Blanco (2011).
  6. Fogel, Gustavo. Entrevista realizada el día 19/7/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  7. El padre Juan Bautista Cappellaro, nació en Rivolto (Italia) el 27 de enero de 1929 y murió en Roma (Italia) el 24 de agosto de 2008. Ingresó al Seminario Metropolitano en el año 1942, donde cursó sus estudios eclesiásticos. Recibió la Ordenación Sacerdotal en Buenos Aires el 3 de agosto de 1952. Fue el responsable del Movimiento por un Mundo Mejor entre los años 1963 y 1974. Información extraída de: Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Buenos Aires, Año L, nº. 50, octubre de 2008, p. 426.
  8. Cabrero, Jorge. Entrevista realizada el día 14/9/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  9. Fogel, Gustavo; Sexto, Carlos y Blanco, Carlos. Entrevista realizada el 19/7/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  10. Fogel, Gustavo. Entrevista realizada el día 19/7/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  11. Cabrero, Jorge. Entrevista realizada el día 14/9/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  12. En los años 60, se dio el desencuentro entre los jóvenes y la dirigencia de la Acción Católica que llevó al paso de muchos jóvenes a nuevas formaciones políticas, como también el fin del asociacionismo católico juvenil. Al respecto ver: Acha (2016: 89-120) y Acha (2010: 7-42).
  13. Cabrero, Jorge. Entrevista realizada el día 14/9/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  14. Diario La Capital, 15/9/1966.
  15. El padre Luigi Varetto también era un sacerdote orionita que trabajaba en la Parroquia San José. Desde su llegada a Mar del Plata, fue el encargado de organizar el Batallón de Exploradores José Manuel Estrada en 1949 y la Comunidad Guía 136 constituida en 1966.
  16. Fogel, Gustavo, Sexto, Carlos y Blanco, Carlos. Entrevista realizada el 19/7/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  17. Fogel, Gustavo. Entrevista realizada el día 19/7/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  18. Publicación del Pequeño Mundo, 1965.
  19. En Nosotros los Muchachos, número extraordinario de septiembre de 1955, p. 21. Cabe aclarar que esta era una “revista católica mensual editada en la provincia de Córdoba destinada a la juventud, da cuenta en una extensa nota que rememora las acciones de los jóvenes católicos y los exalta a la categoría de heroicos resistentes, patriotas de corta edad”. Sobre los Comandos Civiles Revolucionarios, hemos consultado el trabajo de Bartolucci (2018: 74-94).
  20. Fogel, Gustavo. Entrevista realizada el día 19/7/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  21. Cabrero, Jorge. Entrevista realizada el día 14/9/2018 en la ciudad de Mar del Plata (Argentina). Entrevistadora: Bettina Favero.
  22. Diario La Capital, 22/9/1965.
  23. Diario La Capital, 15/9/1966.
  24. Diario La Capital, 20/9/1967.
  25. Diario La Capital, 21/9/1967.
  26. Testimonio de Gustavo Fogel, escrito en 2017.


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