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Las emociones de la patria, ese oscuro objeto del deseo historiográfico

Xosé M. Núñez Seixas[1]

Los enfoques académicos sobre la nación y los nacionalismos en el siglo xxi son tan poliédricos como las realidades que pretenden estudiar. Del énfasis decimonónico en la nación como realidad tangible, se pasó al análisis apasionado del nacionalismo como objeto de estudio desde el período de entreguerras, a su condena apriorística, al estudio de las estructuras socioeconómicas que supuestamente estarían en la base de las formas de solidaridad nacional, a la dimensión ideológica de los nacionalismos, a su vinculación con la difusión del capitalismo impreso y la cultura de masas, a las políticas públicas que estarían detrás de los procesos de construcción nacional ligados a la expansión de la agencia del Estado, a su interrelación con las formas de movilización sociopolítica, o a su dimensión imaginada y cultural. En fin, desde fines del siglo xx, cobró fuerza el interés por la construcción de las naciones desde abajo, la manera en que los individuos asimilan las identidades nacionales y contribuyen, consciente o inconscientemente, a su reproducción social, a través de mecanismos como la trivialización o banalización de las identidades, o bien esa frontera entre lo consciente y lo inconsciente que marca el habitus.

En el siglo que vivimos, esas inquietudes tuvieron continuidad. Pero nuevos enfoques han intentado renovar el estudio de la nación y los nacionalismos, en paralelo al desarrollo de nuevas inquietudes historiográficas y en las ciencias sociales. Por un lado, se ha profundizado en las imbricaciones entre identidades colectivas de distinto rango y la nacional: además de la identidad social o de clase, vieja obsesión de la historiografía marxista y su abordaje de la nación, cobraron protagonismo dimensiones como el género y las identidades subnacionales de índole territorial (regionales, locales…). Por otro lado, el fenómeno de la globalización ha llevado a preguntarse por las dimensiones e interrelaciones entre historia transnacional y nacionalismo, a las transferencias culturales e ideológicas entre diversas reivindicaciones, discursos e imaginarios sobre la nación. Y la insistencia, en fin, en la dimensión intersubjetiva de las identidades nacionales también ha generado un interés cada vez mayor por la interrelación entre los sujetos y nación, identidad nacional y nacionalismo, contemplando en los individuos no meros recipiendarios de mensajes nacionales cifrados y códigos culturales diseñados, sino agentes activos que reformulan, readaptan y difunden esos contenidos. Desde esa perspectiva, los sujetos también pueden replantear muchos de los postulados que se les proponen: la identidad nacional resulta así de una constante negociación entre Estado, movimientos sociales, grupos organizados, sujetos colectivos y, last but not least, los propios individuos.

Ese replanteamiento del objeto de análisis ha provocado así el surgimiento de varias inquietudes paralelas. De entrada, la superación (aunque son varios los autores y tendencias que siguen fieles a postulados clásicos) de la sobrecarga normativa del término “nacionalismo”, y su equiparación en la práctica con “identidad nacional”. Ciertamente, fueron varios los historiadores y científicos sociales que mantuvieron que el nacionalismo es la derivación autoritaria de la idea de nación, asociada a cosmovisiones antiliberales, y que buscaría en última instancia la homogenización etnocultural de una población. Por el contrario, “patriotismo” sería el sano sentimiento de fidelidad a la nación, entendida como comunidad política y de ciudadanos. El primero sería intrínsecamente perverso, el segundo podría ser considerado una virtud cívica. Empero, si partimos de la base de que el nacionalismo es la doctrina y cultura que sostiene en la esfera pública que un territorio determinado es una nación, esto es, un sujeto de derechos políticos colectivos que puede a su vez definir quiénes son sus miembros con base en muy distintos criterios (cívicos, étnicos, etnocívicos), la distinción entre patriotismo y nacionalismo pasa a ser de grado, pero no necesariamente de naturaleza. Y, por tanto, el nacionalismo, como el patriotismo, puede combinarse con idearios sociopolíticos de muy distinta índole. Así lo ha hecho desde fines del siglo xviii: hubo nacionalismo liberal como lo hubo republicano, tradicionalista, fascista y hasta socialista, aunque podamos debatir si en realidad hubo más bien republicanismos, fascismos o socialismos nacionales o nacionalizados. Ni siquiera los anarquistas españoles o italianos dejaron de sentir, con todas sus contradicciones, un sentimiento de identidad nacional propio, e incluso de nacionalismo agresivo en circunstancias concretas (como la guerra civil española).

Además, el objeto principal del deseo historiográfico ya no era necesariamente el nacionalismo como ideología, como narrativa historiográfica, como relato cultural o como elemento de las políticas públicas. Su dimensión social, como realidad intersubjetiva que corresponde a un “estado mental”, como ya definió en su día Max Weber, obligaba a concentrarse en las identidades. Pero eso suponía a su vez afrontar otro desafío metodológico: ¿qué es la identidad? En general, los estudios sobre la identidad nacional la contemplaron de forma implícita o explícita como una cualidad estática, medible a través de encuestas sociológicas, indicadores externos (difusión de determinados símbolos o ritos), ceremoniales y expresiones externas. Pero pronto se cayó en la cuenta de que así también se corría el riesgo de reificar las identidades, cuando lo más tangible serían los procesos de identificación de los individuos concretos, sus opciones por símbolos, grupos, y patrias. Que quizá a menudo vienen dadas y no son objeto de cuestionamiento, pero que también podían ser sometidas a discusión. Los conflictos de banderas en sociedades con identidades nacionales divididas, como Escocia, Cataluña o Galicia, pueden expresar de forma directa la opción por una u otra nación. Pero los manifestantes que en el otoño de 2019 se rebelaron en Chile contra el modelo neoliberal imperante y su clase política también rechazaron en muchos casos una bandera, la chilena, hasta entonces indiscutida, y adoptaron a menudo la bandera mapuche como símbolo de protesta: la discusión sobre el modelo social llevó a cuestionar los modelos de pertenencia a esa comunidad, y los mecanismos de identificación con ella.

Por un lado, el estudio de las identidades nacionales desde abajo, de la nación desde la raíz: si sabemos mucho sobre los discursos nacionales y nacionalistas, sobre los imaginarios que les dan cuerpo y los transmiten de forma consciente o semiconsciente, desde los mapas del tiempo que nos muestran las Malvinas como parte de Argentina hasta los ceremoniales asociados a la bandera, no sabemos tanto sobre cómo son recibidos esos mensajes, y de su variación a través del tiempo; ese mismo mapa del tiempo podía tener gran efectividad entre campesinos semianalfabetos de alguna provincia del norte que veían la televisión en un centro comunitario en los años setenta, pero la pierde entre adolescentes urbanos que pueden buscar informaciones por su cuenta mediante un teléfono celular, pongamos por caso. Cabe contemplar esos procesos de negociación como procesos abiertos, que cuestionan las versiones que contemplaban la construcción de las naciones como una suerte de labor de “llenado” de un recipiente que, una vez alcanzado su tope, permanecía para siempre. Por el contrario, las identidades nacionales no solo se superponen y combinan con otras identidades colectivas, sino que están sujetas a permanente negociación: cantar el himno en la escuela puede ser sublime para una generación, y ridículo para la siguiente.

Por otro lado, los mecanismos transmisores y mediadores de la recepción y negociación de las identidades nacionales no siempre obedecen al modelo del homo economicus, del individuo que escoge entre opciones diversas aquella que más conviene a sus intereses. Primero, porque la propia definición de interés es subjetiva, y se halla sujeta a múltiples condicionantes. Segundo, porque ni las opciones a disposición de los individuos son infinitas, sino limitadas, y porque los criterios que orientan las decisiones no son necesariamente racionales, sino que se orientan por un principio que hasta los físicos aceptan, el de la lógica borrosa. Tercero, porque las emociones juegan un papel fundamental: la identidad nacional, más que ninguna otra, apela a emociones y sentimientos, a solidaridades y afectos, con imágenes que recurren a metáforas que presentan a la madre como patria, a sus soldados como hijos, a la nación como gran familia, y a sus líderes, a veces, como padres de todos. La patria adquiere así una dimensión no solo corpórea, sino también próxima, familiar, personal. Una experiencia individual, que se incardina en una vivencia colectiva, en una experiencia de nación. Y cobra además esa cualidad emocional añadida que lleva a ofrecer la vida por ella: muchos soldados y ciudadanos han muerto por su nación o su patria a lo largo de la Edad Contemporánea; muy pocos lo han hecho por su región, su ciudad, su comarca, su club de fútbol (ni siquiera en Argentina), o su barrio. Se muere por la patria como se muere por la familia; aunque no se conozca a todos y cada uno de sus integrantes.

Algo tiene, pues, la patria que retrotrae al sustrato más íntimo de las emociones individuales y colectivas, y que explica tanto su resiliencia como su maleabilidad, su capacidad de combinarse con las más diversas cosmovisiones. Por algo es siempre el último recurso en situaciones desesperadas, sea el dictador Josif Stalin ante la invasión alemana en junio de 1941, llamando a los ciudadanos soviéticos a defender la patria, que no el socialismo; o sea la Junta Militar que, ante la contestación social, decidió invadir un lejano archipiélago en abril de 1982, esperando que por la vía de la patria un régimen detestado se relegitimase. En un caso, funcionó. En el otro… quisieron venir, y vinieron. Pero los milicos podrían haber ganado la apuesta.

Abordar el papel de las emociones en la construcción de las naciones y las identidades nacionales implica, por tanto, adoptar una visión desde abajo. Y plantearse cuáles son los agentes difusores y mediadores de la identidad nacional, cuáles los condicionantes que favorecen los procesos de identificación, y cuáles los mecanismos de trivialización. Además, como bien nos ha explicado la historia de las emociones, se trata de una dimensión individual pero condicionada por patrones colectivos, ya que la expresión de las emociones es muy cambiante. Esa perspectiva permite poner en valor dimensiones y fenómenos de la vida cotidiana que a menudo pasaron inadvertidos a la mirada de la historiografía: desde las asociaciones deportivas hasta las culturales o de barrio, pasando por los rituales del servicio militar o los periódicos locales. No resulta sencillo, sin embargo, el abordaje hermenéutico de la experiencia de la nación, su evolución y multiplicidad. Diríamos que, como objeto historiográfico, es escurridizo como una anguila. Los historiadores no podemos siempre recurrir a las encuestas, sino como mucho a la historia oral (lo que plantea retos metodológicos específicos). Las fuentes escritas que nos legan las asociaciones, instituciones o los medios de comunicación no posibilitan tampoco el acceder a las dimensiones subjetivas, a la experiencia de los sujetos. Solo los egodocumentos, en particular correspondencia, diarios y memorias, nos proporcionan una ventana, o cuando menos una rendija a través de la cual nos podemos aproximar a esa dimensión de la Erfahrung, de la experiencia que supera los límites de la vivencia inmediata o Erlebnis.

Las emociones, como sabemos, dependen a su vez de múltiples factores, desde el género hasta el grupo social y el contexto cultural, pasando por las coyunturas: la expresión emotiva del duelo familiar en tiempos de guerra tiende a estar mal visto socialmente, pues el muerto por la patria ha realizado un servicio a la comunidad, y solo colectivamente debe ser recordado. Y llorar por el líder muerto en Corea del Norte tiene un significado distinto del que tendría en México.

Insistir en las limitaciones de las fuentes o en la multiplicidad de las identificaciones de los sujetos, en su constante maleabilidad, no supone rendirse al desaliento. Y así lo demuestra el volumen que tenemos el honor de prologar. Los distintos estudios recogidos en este volumen, bajo la coordinación de Mónica Bartolucci y Bettina Favero, son una buena muestra de que la historiografía del nacionalismo y las emociones se beneficia del enfoque desde la raíz. Investiga el caso concreto de Argentina, pero de él se extraen lecciones no solo para la historiografía argentina, sino también para la latinoamericana y los estudios sobre el nacionalismo. Pues este libro, más allá de sus contribuciones específicas al caso del siglo xx argentino, presenta además dos cualidades adicionales que hacen de esa recopilación una piedra de toque.

De entrada, porque los estudios recogidos en este libro muestran la evolución de un campo de estudio que en el país posee una larga tradición, aunque centrada en el estudio de las ideologías nacionalistas siempre centradas en los sectores de derecha autoritaria, así como en los procesos de construcción simbólica y cultural de la identidad nacional en un país construido en buena medida a partir de los aportes migratorios europeos y, después, de otros países latinoamericanos. La discusión en los estudios migratorios pasó del crisol de razas al plato de ensaladas variadas, y de reparar en los patrones residenciales y matrimoniales de los inmigrantes a prestar más atención a los mecanismos de socialización que hicieron a los argentinos, parafraseando el famoso dictum de Massimo d’Azeglio para la Italia posterior a la unificación. En esta dimensión, los estudios migratorios ceden el paso a los estudios sobre la nación y el nacionalismo, o la identidad nacional: los hijos y nietos de gallegos, tanos, rusos y chilenos compartieron barrio, potrero, asociación católica, militancia política. Y el resultado fue una identidad nacional cuya fortaleza es evidente. Que este libro deje de situar en el centro de la discusión si los participantes en la ceremonia inaugural del Mundial de 1978 o los jóvenes peronistas se apellidaban Barreiro o Reizer, es en sí una buena muestra de ello, que también nos hace reflexionar a quienes seguimos observando la Argentina con ojos de migrantólogo.

Pero, por otro lado, este volumen, y otros que vendrán sin duda desde Mar del Plata, contribuyen a situar en el mapa de los estudios globales sobre el nacionalismo y la identidad nacional no solo a Argentina, sino a América Latina en general. Son muchas las menciones pasajeras en las historias generales del nacionalismo a Latinoamérica como gran centrifugadora de identidades nacionales en los siglos xix y xx, como el lugar en el que inmigrantes que habían preservado su identidad lingüística y cultural durante generaciones en sus lugares de origen –tintoreros japoneses procedentes de Okinawa, italoalbaneses de Luján…– se asimilaban en una generación. Y lo hacían en repúblicas creadas por las burguesías criollas tras su emancipación de la corona hispánica, con trazados de fronteras caprichosos, Estados débiles y carcomidos por las dialécticas entre unitarios y federales, caudillos que apelaban a lealtades territoriales. Andando el siglo xx, esos mismos Estados consiguieron nacionalizar a la gran mayoría de sus poblaciones, aun manteniendo grupos étnicos enteros en situación marginal. Excepciones relativas, como los mapuches en Chile, los movimientos de Rio Grande do Sul y otras provincias en el Brasil imperial del ochocientos, o la provincia de Santa Cruz en Bolivia, no deben hacer olvidar que la historia de los procesos de construcción nacional y estatal en toda América Latina ha sido y es, al menos en comparación con otras regiones del globo, un éxito rotundo en términos de integración territorial e imaginada. Aun a pesar de las limitaciones del Estado, la inestabilidad política, las profundas desigualdades sociales, y la ausencia en muchos casos de sociedad civil articulada.

Latinoamérica es, por tanto, un espléndido y prometedor campo de estudio para aplicar, contrastar y replantear muchos de los presupuestos teóricos y metodológicos de los estudios sobre nacionalismo en el siglo xxi. Solo falta, en nuestra modesta opinión, que los propios nacionólogos latinoamericanos den un paso adelante para reubicar prioridades y cuestionar paradigmas, en tiempos en los que centros y periferias se diluyen, y el acceso a la información sigue diversas vías. El público lector tiene en sus manos un buen ejemplo de ello. Y el próximo libro ya no tendrá gallego que lo prologue, porque se prologará por sí mismo. Pero seguiremos yendo a Mar del Plata a aprender, discutir y disfrutar persiguiendo a ese oscuro objeto del deseo, la emoción de la patria.

 

Os Ánxeles (Brión),
octubre de 2020


  1. Universidade de Santiago de Compostela.


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