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Empuñar la nación: armas, cultura material e instrucción militar obligatoria para la defensa de la patria

Buenos Aires, 1970-1976

Francisco Mosiewicki[1]

Introducción

En este capítulo, se ha buscado contribuir al debate sobre cuáles fueron y cómo se manifestaron las múltiples formas de defender la patria encarnadas por los conscriptos en relación con la cultura material que les fue impuesta en el servicio militar obligatorio (SMO), entre 1970-1976. Desde el primer momento de contacto, la relación entre los jóvenes y el equipo militar institucionalizado se convierte en el origen de una multiplicidad de disposiciones emocionales (Frevert, 2011, pp. 6-10). Empuñar un arma, vestir un uniforme, operar el equipo especializado o tocar un instrumento en la banda del regimiento compelía a los jóvenes a incorporar la defensa de la patria en sus diferentes facetas. En una coyuntura de radicalización de las formas políticas e inestabilidad institucional (Vezzetti, 2013; Bartolucci, 2017), esa cultura material apelaba a la sensibilidad de los conscriptos desde el patriotismo, el honor, el orgullo, el odio y hasta la demostración de virilidad. El choque entre el universo civil y militar cambia, transforma la identidad de los sujetos que se ven obligados a manejar esas herramientas bélicas, muchas veces, sin haber tenido un previo encuentro con ellas.

El esfuerzo interpretativo ha tenido como sustento teórico el cruce de dos campos de investigación que han primado a lo largo de esta compilación. Por un lado, se ha tomado como punto de partida que uno de los principales éxitos políticos del Estado moderno ha sido implantar el sentimiento patriótico y de adhesión a la comunidad nacional en la identidad de sus integrantes al punto de conformar un “habitus nacional” (Giori, 2017, p. 97). En este proceso, el SMO ha sido una de las dos principales instituciones, junto a la escuela, creadas con el fin de garantizar que la nación se enraíce en el imaginario de los sujetos (Hobsbawm, 2012, pp. 89-109). Los campesinos, obreros y burgueses convertidos en ciudadanos debían sentirse miembros de esa “comunidad imaginada”, y el servicio militar era el espacio donde aprenderían a defenderla y, de ser necesario, dar la vida por ella.

Por otro lado, se ha buscado incluir este trabajo dentro del conjunto de estudios originados a raíz del giro afectivo. Particularmente, se ha pretendido contribuir con aquellas investigaciones que buscan una alternativa a las teorías que se enfocan en el construccionismo social (Bjerg, 2019a, pp. 14-16). En este caso, son los objetos los que adquieren protagonismo sobre la sensibilidad de los sujetos. Dotados de la capacidad de “hacer” emocionarse, se vuelven agentes activos en las disposiciones emocionales de los individuos (Bjerg, 2019b). Para Sara Ahmed, los afectos son “pegajosos” ya que mantienen una conexión con las ideas, valores u objetos a los que se los vincula (Ahmed, 2009, p. 29). Se entiende, entonces, que la relación cercana, compleja e intrínseca entre estos jóvenes y el instrumental que conformó la cultura material del SMO contribuyó directamente a moldear los códigos afectivos propios del período analizado.

En el espacio de conscripción obligatoria, el vínculo con las armas ha tenido un carácter cotidiano y estructurado en la rutina. A lo largo de los meses en que los jóvenes experimentaron su adiestramiento militar, sus artefactos bélicos dejaron de ser meras herramientas para pasar a integrarse en sus caracteres identitarios[2]. Sin embargo, el éxito de esta empresa y su naturalización en la estructura mental de la sociedad moderna ha dependido de un esfuerzo sistemático por parte de los Estados modernos (Bourke, 1999). El resultado ha sido la paulatina inseminación de las representaciones bélicas y la naturalización de las armas en la base social como elemento cotidiano de nuestra emocionalidad. La fabricación en masa de juguetes que emulan la guerra, las actividades lúdicas infantiles, la literatura y luego el cine bélico y finalmente las distintas escuelas de adiestramiento militar son ejemplos de los recursos de las agencias privadas y estatales para garantizar la consecución de una apuesta que buscó igualar el arsenal bélico a la simbología nacional, el empuñar las armas a la movilización por la defensa de la patria.[3]

Para el período que nos ocupa, los jóvenes ya eran parte de un mundo que tomaba la posibilidad de entrar en guerra y la presencia de las armas como moneda corriente. Desde 1901, nuestro país contaba con un aparato estatal que legitimaba el adiestramiento castrense de sus ciudadanos con el objeto de preparar una reserva de los cuerpos militares en caso de generarse un conflicto bélico. Para el momento en que los cuatro informantes clave, cuyos testimonios han sido recuperados para esta entrega (donde serán llamados Tambor, Radar, Dragoneante y Mauser[4]), iniciaron su instrucción en distintas dependencias del Ejército, la sociedad argentina ya estaba militarizada. El compeler durante más de medio siglo a las distintas generaciones masculinas a enfrentarse cara a cara con el universo castrense, a participar de movilizaciones y conjuras militares, a poner en jaque a las autoridades constitucionales como un recurso legítimo hizo que la presencia de las armas en manos de jóvenes preuniversitarios fuese más una constante social que una anomalía. Para el período que nos ocupa, a su vez, no se puede dejar de lado el peso de quince años de proscripción del peronismo, experiencia que, acompañada de los influjos de la Revolución cubana, marcó la génesis de una constelación de agrupaciones políticas y militantes que integraron la resistencia al régimen establecido por la autodenominada “Revolución Libertadora”. Tanto a izquierdas como a derechas del espectro político, el militarismo era un camino aceptado para ejercer poder, y este “clima emocional” (Casquete, 2017, p. 19) que motivaba a los sujetos a armarse, ya sea por la nación, por Perón, por la Revolución o por los tres juntos, banalizó la presencia de las armas en manos de una sociedad movilizada. Por eso, el análisis de la experiencia juvenil en el SMO frente al contacto cotidiano con esa cultura material puede ser un camino viable en el objetivo de comprender y complejizar la manera en que los diferentes modos de defender a la patria se enraizaron con los estándares emocionales de la sociedad argentina a principios de los años setenta.[5]

Experiencias en común

Los cuatro informantes cuyos testimonios han sido contemplados para este trabajo nacieron durante los años cincuenta en el partido de General Pueyrredón, a excepción de Tambor, que es oriundo de General Alvarado. Todos crecieron en el seno de familias de clase trabajadora, y durante su juventud se vieron influidos por la coyuntura de los años sesenta desde distintas aristas.[6] Tambor, para el momento en que cumplió servicio en el Regimiento Primero de Infantería (Regimiento de Patricios), ya incursionaba en el deporte, y llegó a ser uno de los principales referentes de artes marciales de la Costa Atlántica. Mauser fue destinado a Bahía Blanca, en el Regimiento Quinto de Infantería. Para esos años, militaba activamente en la izquierda peronista y estuvo detenido desaparecido durante la última dictadura militar. El vínculo directo con la falta de capital cultural y de apoyo escolar en los jóvenes del Interior motivó a Radar a dedicarse a la docencia[7], vocación que lleva adelante en la ciudad bonaerense de Lobería. Dragoneante es cuentapropista y aún recupera como parte de su personalidad sus meses en el SMO. Su grupo de exconscriptos se reúne anualmente para revivir el tiempo que pasaron juntos en el Grupo de Artillería de Defensa Antiaérea (GADA) 601. Los cuatro tuvieron como experiencia común el ingreso abrupto en un mundo mediado por el verticalismo castrense cuyo idioma era el repiqueteo de las armas y la voz de mando de sus superiores. El vínculo con el arsenal militar, como se analizará a posteriori, se dio desde el primer momento conflictivo, pero su cotidianeidad hizo de sus armas una extremidad más, parte de sus cuerpos y de sus subjetividades.

Ute Frevert (2004) analizó cómo la constitución de los servicios militares en los Estados modernos estuvo orientada por el esfuerzo de reglar el uso legítimo de la violencia en una coyuntura donde era necesario marcar una diferencia tajante entre las representaciones y los códigos de civilidad y la brutalidad e intemperancia característica de los regímenes feudales. En este contexto, se delimitó la guerra y sus canales como un espacio limitado solo a los agentes bélicos. El servicio militar que debía prestar la ciudadanía, excluida de ese mundo, estaba orientado entonces a alojar de manera legal la violencia que los Estados modernos buscaban contener. Mientras que la educación básica y los parámetros de sociabilidad ciudadana le ponían reparos morales al acto de matar, el servicio militar, irónicamente, buscaba preparar a los sujetos para superar esa barrera cultural en defensa de la nación (Frevert, 2004, pp. 1-8). La instrucción en el uso de las armas fue el recurso principal para regular la violencia estatal, convirtiendo a los conscriptos en los agentes “rasos” de esa coerción. Las prácticas de tiro, los ejercicios físicos, las guardias, los desfiles y los operativos fueron cimentando esa relación cada vez más cotidiana. Las imágenes públicas del SMO remarcan la importancia de las armas poniéndolas en un primer plano. No son un elemento más del conjunto de herramientas y vestimenta de los jóvenes soldados, sino que deben convertirse en parte de ellos. Porque portar un arma es lo que diferencia a los civiles de los militares y es el principal indicador de la entrega ciudadana en servicio de la patria.

Símbolos que matan

Los meses que Dragoneante estuvo conscripto han quedado retratados en una colección fotográfica[8] que recupera varios episodios de su paso por la institución militar. El primer momento, cercano a su ingreso al GADA, fechado en mayo de 1970, es el único en el que las armas están ausentes. Es muy interesante contrastar ambas fotografías. El verticalismo, la rigidez y el espíritu militar siempre se manifiestan corporalmente, aunque también pueden encontrarse fotografías en momentos de relajación donde esas posturas se abandonan por otras más naturales. La elección de estas dos situaciones para el primer momento puede ser un indicio de esa transformación que atravesaban los jóvenes al ingresar a los cuarteles y de cómo el pasaje se corporeizaba en ellos. De este punto en adelante, todos los recursos recuperados tienen como agente acompañante al fusil FAL n.° 22019, que fue registrado en su legajo. En las 27 fotografías restantes, Dragoneante no es solo un joven de 20 años, es un soldado armado en defensa de los ideales nacionales.

Joanna Bourke (1999) describe cómo para los soldados sus herramientas bélicas dejan de ser simples instrumentos para matar. En contextos de guerra, son amigas, compañeras, parejas, esposas y hasta sus miembros viriles. El contacto cotidiano podía generar cierto encanto homoerótico entre los soldados y sus armas. Testimonios de excombatientes puestos frente al acto de matar hablan sobre los encuentros cuerpo a cuerpo equiparándolos con relaciones sexuales (pp. 146-152).

El análisis de las fotografías del desfile militar del 24 de junio de 1970 propone otra representación.[9] Los 23 elementos que componen esta serie muestran a priori la importancia del espíritu de cuerpo entre los soldados. En las primeras tomas, se puede apreciar a los conscriptos avanzando por el bulevar todavía húmedo de la pasada lluvia. Es necesario hacer zum sobre las fotos para distinguirlos. El desprevenido vería como si un muro se hubiese alzado frente a plaza Colón. La formación es cerrada. Las armas, firmes en posición vertical, permanecen ocultas entre el juego de luces y sombras. Solo destacan los distintivos de los apellidos de los jóvenes, únicas marcas en esa muralla humana donde los individuos desaparecen. Cuando comienzan a marchar es posible empezar a distinguir sus rostros. Los jóvenes toman sus instrumentos bélicos. Ahora los llevan entre ambos brazos. Algunas formaciones hacen descansar el fusil contra el hombro derecho. Otros los llevan en la espalda. En cada grupo, el arsenal sobresale y resalta a cada paso que dan los regimientos militares del Partido de General Pueyrredón. A través de su exhibición pública, las armas van mutando hasta adquirir diversos significados. La exposición pública de los jóvenes en entrega por la patria convierte a la conscripción en un apostolado nacionalista, y a los instrumentos bélicos, en las banderas que enarbolan. Como símbolo, los pabellones nacionales buscan materializar los ideales de esa comunidad imaginada y apelan a una emocionalidad común en la ciudadanía.

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Foto 1. Desfile de conscriptos del GADA 601, 24/06/1970. Archivo privado de Dragoneante, Mar del Plata.

Las fotografías de Dragoneante lo muestran en la misma actitud que un abanderado, cuya gran diferencia es que este escolta de la patria porta un fusil (foto 1). En torno a esa demostración pública, se ponen en juego varios criterios que son posibles de entender como performativos de los estándares emocionales del SMO. Por un lado, la demostración viril de la masculinidad asociada a los usos bélicos (Bourdieu, 2015). Ser un soldado implica hacerse hombre de la forma más dura posible. Realizar el SMO es un ritual de paso al mundo de los adultos, y mostrar las armas y el uniforme por el bulevar local para estos jóvenes es casi como una puesta de largo. Empuñar las armas es también para los conscriptos enfrentarse a la posibilidad de tener que usarlas. Si bien no se estaba en guerra, la hipótesis del conflicto era constante. Tambor remarca cómo sus superiores le infundían constantemente el miedo a un posible ataque guerrillero al regimiento.[10] Por eso el portar un arma ya implicaba enfrentarse a emociones que los igualaban a mártires de la patria.

El film Mi amigo Luis (1972)[11] recupera las experiencias de un grupo de cadetes del Colegio Militar de la Nación en su último año de estudios. En sus más de 120 minutos, se pueden apreciar las representaciones que la sociedad argentina de principios de los años setenta ha conformado en torno al universo castrense. Ejemplos varios de proezas físicas, culto a la virilidad y a la hombría como más alto ideal de formación identitaria, la lógica de los cuerpos militares y el respeto a la verticalidad aparecen reflejados a cada momento. Una de las frases más repetidas en los diálogos es “como militar y como hombre”. El argumento se centra en los espacios de fraternización masculina, y se deja a los personajes femeninos en papeles completamente secundarios. Los espacios de sociabilidad van desde el campo de deportes y el gimnasio, hasta las duchas, donde se muestra una escena en que dos cadetes se desafían a duelo porque uno lo estuvo “pellizcando” durante todo el entrenamiento.

El aspecto viril y la puja por imponer la masculinidad se evidencian también en otras unidades de la colección de Dragoneante. Una, en particular, se ubica en un contexto suburbano, plausible de ser caracterizado como el patio trasero de una casa.[12] En el centro de la escena, se encuentran Dragoneante y otro joven, quizás algunos años más grande que él. Íntegramente envuelto en atavíos militares, la gorra de fajina de Dragoneante disimula su cabeza rapada, rasgo obligatorio de aquellos que realizan el servicio. Sin embargo, la “melena” que el otro joven luce orgulloso se enmarca en las características que la revolución cultural de los años sesenta imprimió sobre los patrones de vestimenta y en el estilo con que la juventud se diferenció de la cultura que la precedía. Nuevamente resalta el fusil del conscripto, medio oculto por el plano de la fotografía, aunque sin llegar a cubrir la punta del cañón, que se encuentra a escasos centímetros del ojo izquierdo del otro joven. Dragoneante empuña el arma con orgullo. Le está mostrando a su congénere los derechos ganados como soldado que es. Su honor de conscripto le otorga la potestad de manejar ese FAL. Sin embargo, salta a las claras la complicidad que ambos comparten, toda la situación es una broma, un juego entre dos muchachos que apenas rozan el mundo adulto.[13]

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Foto 2. Adiestramiento bélico del GADA 601, 04/10/1970. Archivo privado de Dragoneante, Mar del Plata.

Otra fotografía de interés pertenece al conjunto fechado en el domingo 4 de octubre de 1970 (foto 2). Dragoneante y el resto de su batería se encuentran acampando en lo que parece ser un juego de guerra, es decir, un simulacro de conflicto armado. El evento combina actividades lúdicas y uso de armas blancas y de fuego. La escena que llama la atención queda retratada en una fotografía del álbum familiar: sobre un conscripto acostado boca arriba en la hierba, con brazos y piernas extendidos, otros tres se ciernen. Uno de ellos es el mismo Dragoneante, quien empuña su fusil, apuntando al “prisionero”. Otro compañero mantiene su FAL, con la bayoneta calada, aun más cerca del joven en el suelo, apuntando a su cuello. El tercer atacante, un poco más lejos, parece abalanzarse sobre la captura sosteniendo un cuchillo. En segundo plano, se llegan a divisar otros conscriptos que se acercan caminando. El denominador común es que todos ríen. Tanto los cazadores como la presa comparten la “comicidad” del momento.[14] Toda la retórica de Dragoneante apela a los aspectos positivos de la vida en el cuartel. Como se verá más adelante, en su identidad hay una afinidad con la idea de la defensa de la patria y una constante recuperación de la experiencia vivida durante esos meses. Para Tambor, Radar y Mauser, no es así. Los otros tres testimonios hacen mayor hincapié en la dimensión represiva o autoritaria del SMO, en cómo esos componentes implicaron un cercenamiento de sus libertades antes que un deber cívico o, si en efecto lo fue, en cómo este estuvo mal enfocado.

David Viñas explora también esa peligrosa frontera viril y violenta que era el trato con las armas en su obra Dar la cara.[15] Otorgándole un revés bastante truculento, el autor narra en una escena cómo un grupo de conscriptos fuerzan a un compañero hasta los baños de la cuadra para intentar violarlo con una bayoneta. Si bien el agredido vive la situación como traumática, a pesar de que busca quitarle importancia al ataque, sus asaltantes están convencidos de que toda la situación es una broma. Como se aprecia en los ejemplos anteriores en el dinamismo cotidiano, también el efecto mortal de las armas se banaliza y estas dejan de ser herramientas para matar para convertirse en juguetes de una no tan inocente travesura juvenil. La naturalización de la presencia de las armas transforma sus representaciones y conforma esta clase de escenas donde los jóvenes exploraban sus subjetividades “a punta de pistola”.

“Quien con monstruos lucha…”[16]

La conocida cita de Friedrich Nietzsche hace referencia al efecto transformador de las armas. Los jóvenes que transcurrieron por el SMO no eran los mismos al regresar a sus casas que al momento de iniciar su instrucción. El contacto con los instrumentos bélicos modificó sus emocionalidades al punto de que en determinados momentos reconocen haber estado dispuestos a usar las armas para dañar o matar a sus enemigos. Radar cuenta cómo ya desde antes del Operativo Independencia los bombardeaban ideológicamente frente a la posibilidad de enfrentarse a la guerrilla urbana. Para las guardias que realizaban en el GADA 602, los equipaban con ametralladoras PAM, rezagos de la Segunda Guerra Mundial que no tenían seguro y disparaban por ráfaga, por lo que cualquier accidente podía ser mortal.[17] Mauser recuerda cómo, en sus jornadas diurnas de entrenamiento “antisubversivo” en Bahía Blanca, lo llevaban a ejercicios conjuntos con efectivos de la policía. De noche, sus superiores lo apostaban de civil a cuidar una casa destinada a vivienda de oficiales en un barrio residencial. Sus órdenes eran disparar a matar a cualquier vehículo que se apostara en las cercanías. Una noche, un auto se detuvo frente al edificio y Mauser recuerda haber golpeado la ventanilla del conductor con la culata de su pistola para descubrir a una joven pareja besándose. Años después de aquel encuentro, el exconscripto rememora con enojo que en ese instante estuvo a punto de disparar y que, en el último momento, reconocerse en esos jóvenes lo hizo cambiar de parecer e indicarles que se fueran. Para Mauser portar un arma es convertirse en un instrumento de muerte.[18]

Joanna Bourke (1999) desarrolló también cómo se intentaba mantener a los soldados en un “estado agéntico”, es decir, en una condición en que la lógica de pertenencia a los cuerpos militares y la identificación con el colectivo castrense primasen más que la moral y los códigos de ciudadanía (Bourke, 1999, pp. 9-19). En este punto resalta el convencimiento propio de los soldados y las diferencias de poder que se jugaban en la interacción cotidiana entre los militares de rango, como representantes del brazo armado del Estado, y los jóvenes, como participantes involuntarios de una transacción violenta. El adiestramiento militar, empero, podía significar para los conscriptos una experiencia positiva. La clase 49 del GADA (AADA) 601, de la que formó parte Dragoneante, todavía mantiene encuentros anuales donde el tema que los reúne es la conmemoración de los aniversarios de incorporación y baja al servicio y el recuerdo de los meses que vivieron juntos en base de artillería. Para esos eventos se confeccionaron cancioneros y se compusieron poesías que, a modo de testimonios, sirven para recuperar ese imaginario incorporado en el SMO:

Aprendimos a Cumplir
aprendimos el Respeto
también a tomar un fusil
para defender lo nuestro.
Los recuerdos están grabados
de ese año de convivencia
después de haber cumplido como soldados
hay un civil con decencia.”[19]
“Después el ‘orden cerrado’
en donde nos enseñaban
a formar, a saludar,
y una cosa prioritaria,
el manejo de las armas
para defender la PATRIA.[20]

Ambos fragmentos son un ejemplo del conjunto de valores recuperados por el grupo de Dragoneante y la equiparación que se realiza del SMO a la defensa de la patria y a la incorporación de valores civiles. Aquí el recuerdo de la conscripción le da sentido a la identidad del grupo, y en ambas fuentes el aprendizaje en el uso de las armas aparece como central. Es interesante también cómo el grupo ha sabido construir en estos cancioneros monumentos de su paso por el servicio militar y cómo en el proceso han creado otro elemento de la cultura material que apela al “nacionalismo banal”.

Por otro lado, el contacto con el arsenal bélico y el clima de radicalización política también podían incentivar actitudes de rebeldía y disidencia ante la institución. En un espacio en que las armas eran moneda corriente y debían trasladarse, reubicarse e inventariarse en forma cotidiana, las pérdidas o los hurtos resultaban un conflicto común. En este contexto, Tambor, cansado de la comida de mala calidad que sus superiores les daban cada día, introdujo un proyectil antiaéreo dentro del horno industrial de la cocina del regimiento. Dado que la explosión esperada no se producía, dio la munición por fallada y continuó con su rutina. “A la madrugada… ¡BUM! (…) de donde estaba la tapa del horno salía un fuego inmenso. Se rajó todo el horno y no se pudo usar más por el resto del año”.[21] A veces las armas podían ser un recurso de reacción a las condiciones de dominación que las FFAA establecían sobre los conscriptos. La instauración de la norma constituye por oposición los canales antihegemónicos por los que sortear la imposición. Sin embargo, la interacción que trastoca el estándar emocional implanta nuevas condiciones de opresión y así el círculo se cierra.[22] Tambor y sus compañeros pudieron descansar de sus penurias alimenticias, pero los controles y castigos físicos se recrudecieron frente a la posibilidad de que el ataque se hubiese producido por infiltrados de las organizaciones armadas.

Los robos del material que componía el uniforme también eran cotidianos. Todas las mañanas se hacía la formación frente a la cuadra y los suboficiales pasaban revista. Presentarse con un faltante podía implicar una penalización o la pérdida del derecho a salir de franco. Siempre había algún faltante a causa de una pérdida o una sustracción, lo que generaba una circulación de botas, birretes, camisas, cinturones y otros elementos de vestimenta que conformaban un circuito de intercambio del cual muchas veces participaba el mismo detal del regimiento. Radar comenta que, al acudir a la formación con un faltante, además de recibir el castigo por la pérdida del objeto, el soldado era objeto de la burla, tanto por parte de sus compañeros como de los oficiales, “por haberse dejado robar”. Tambor afirma que todavía tiene los cordones de los borcegos que tuvo que comprar para que finalmente le dieran la baja, dado que alguno de sus compañeros le había robado los suyos y no le aceptaban aparecer en la formación con unos que no fuesen “los oficiales”.

Llaves hacia la libertad

A lo largo de las múltiples actividades que debían realizar en sus rutinas cotidianas, las herramientas bélicas que los conscriptos empleaban para enarbolar los ideales nacionales eran diversas. Si bien muchas de ellas no eran violentas, sí podían implicar un enfrentamiento simbólico. Muchos conscriptos no estaban destinados a diario en espacios armados, sino que se dedicaban a tareas de limpieza, mecánica, cocina, transporte, empleo de dispositivos tecnológicos, música, entre otros. Cada tarea que debían desempeñar estaba poblada del mismo ideario nacionalista que se ha desarrollado previamente. En sus respectivas rutinas, los jóvenes eran la primera línea de las FF. AA. frente a la sociedad. Una falla, una falta de respeto, un deshonor podía significar el desprestigio del regimiento.

Como músico de la banda del Regimiento 1.º de Infantería, Tambor debió empuñar su instrumento musical en los distintos actos en los que participaban los patricios como cuerpo histórico del Ejército. En esos eventos su responsabilidad era mayor dado que, junto a sus compañeros, se constituían en la cara pública del cuerpo y, por lo tanto, estaban a cargo de la defensa de su honor. Ser fotografiado en una postura o actitud inadecuada era considerado una ofensa para la institución y una desatención de sus deberes cívicos, y podía redundar en la pérdida del derecho al franco o en otros castigos que coartaran su libertad.[23]

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Foto 3. Desfile del Regimiento 1ro de Infantería “Patricios”, 1970. Archivo privado de Tambor, Miramar.

Las fotografías del álbum privado de Tambor se centran en sus representaciones con el uniforme tradicional del regimiento.[24] En todas las escenas públicas, el joven aparece mostrando la misma solemnidad y profesionalismo que sus superiores le demandaban (foto 3). A diferencia de Dragoneante, una sonrisa o un gesto que se salieran del protocolo pautado para actos militares de los cuerpos históricos de las FF. AA. podían haberle costado demasiado caro. Por el contrario, el profesionalismo y la destreza musical podían haberle traído beneficios. De hecho, Tambor advirtió que sus prácticas no pasaban inadvertidas a ojos del coronel Ortiz, comandante del Regimiento de Patricios (foto 4). Desde ese momento, comenzó a ensayar nuevos trucos y pruebas musicales con sus compañeros de banda a fin de resaltar frente a la oficialidad. Su inventiva lo llevaría a convertirse en uno de los favoritos del regimiento, postura que reforzó introduciendo el rumor de que se “engancharía” al finalizar su conscripción. Para Tambor, defender el honor del regimiento no solo era enaltecer la imagen de la patria: era resguardar su propia libertad.

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Foto 4. Práctica de la banda musical del Regimiento 1ro de Infantería “Patricios”, 1970. Archivo privado de Tambor, Miramar.

En el transcurso del Operativo Independencia, Radar estuvo a cargo de accionar una antena posicionada en medio del monte con el objetivo de localizar un helicóptero que proveía suministros a la guerrilla. En este caso la posibilidad de que su esfuerzo diera como resultado un enfrentamiento de consecuencias cruentas era mucho mayor que en el ejemplo de Tambor, pero el dispositivo empleado por el conscripto tenía las mismas posibilidades liberadoras que el instrumento musical. Realizar bien su tarea y alcanzar su meta podía significar emanciparse de la carga que para ellos implicaba ser los defensores de la patria, aunque esto involucrase operar herramientas que atentasen contra sus subjetividades, sus representaciones y sus complejos emocionales. En este último caso, empero, concretar la tarea podía acercarlo a un enfrentamiento real, como ya lo habían sufrido sus compañeros del hospital militar.

Allá nadie te decía nada. Qué era lo que ibas a hacer, qué te ibas a encontrar, nada. […]. Nunca nadie te dijo “Acá está pasando esto”. […]. Visto desde el punto de vista del conscripto, del pibe que estaba ahí, tenía un desamparo total.[25]

Su tarea lo llevó a luchar contra el clima, la incertidumbre y el miedo a una refriega hasta que llegó el relevo y pudo evitar el encuentro con el Ejército Revolucionario del Pueblo. Su contacto con esa situación límite lo hizo replantearse sobre la función social que el ejército no estaba cumpliendo. Varios de sus compañeros de regimiento eran analfabetos, y Radar consideraba que las FF. AA. desaprovechaban la oportunidad de llevar la educación básica a espacios donde no llegaba.

No quiero ser peyorativo, pero nosotros teníamos que instruir a los pibes “de menos luces” por lo que fuere […], chicos que venían de los montes. Te podés imaginar. Había un pibe que no conocía los zapatos, que comía con las manos. […]. A ese chico le tocaba manejar un arma como a cualquiera.[26]

Para Radar defender a la patria implicaba atender a las necesidades de esos jóvenes. Sin embargo, las prioridades de la institución militar eran otras. La amenaza del “enemigo interno”, el peligro de las organizaciones armadas, real o infundado, marcaron la agenda del Ejército en torno a armar a esos jóvenes, primero contra las experiencias guerrilleras, luego contra el gobierno constitucional. Tras su retorno a la costa atlántica, el regimiento le tenía reservada a Radar una nueva movilización; esta vez sería el 24 de marzo del año siguiente, en la toma de Balcarce.

Conclusiones

En las páginas anteriores, se ha buscado abonar a un debate sobre la forma en que los jóvenes conscriptos encarnaron la defensa de la patria durante su pasaje por el servicio militar obligatorio entre 1970 y 1976. El foco del análisis estuvo puesto en la cultura material propia del universo castrense con la que esos jóvenes entraron en contacto. Se partió de la idea de que todos los objetos entrañan un valor emocional que se impregna en ellos, de manera que los vuelve agentes activos en la sensibilidad de los sujetos. Para este caso particular, se concibió esa corporeización de los valores nacionales como un tipo particular de habitus emocional. En este proceso, las armas empuñadas, los uniformes vestidos, los artefactos accionados y los instrumentos musicales ejecutados por estos jóvenes se entrelazaron con sus subjetividades de manera compleja y muchas veces conflictiva.

Por momentos demostraciones de masculinidad y virilidad, llaves que permitían el ingreso al mundo adulto o pasajes para liberarse al menos temporalmente de la carga que por más de sesenta años el Estado venía imponiendo sobre los varones de veinte años, los instrumentos para la guerra representaban un valioso símbolo en la cotidianeidad del cuartel. Portar un arma era ser más hombre, pero también implicaba convertirse en un adalid de la patria dispuesto a todo antes que ver mancillado el honor de la nación. Para el período estudiado, esa diligencia podía implicar un costo demasiado alto. Empuñar un arma implicaba también estar dispuesto a transformar los esquemas emocionales heredados del núcleo familiar, aprendidos en la escuela y reforzados en cada ejercicio de civismo. Estar dispuesto a matar por la patria significaba entregar la propia identidad obligado por la faceta más violenta de las agencias estatales. Aunque podía significar lo contrario. Aceptar esos valores de verticalismo, pleitesía hacia los símbolos y respeto por los ideales nacionales podía marcar la identidad de esos jóvenes por el resto de sus vidas. En el plano de las representaciones, el proceso observado adquiere características similares. Tanto la literatura como el cine pueden ser un ejemplo de cómo los objetos propios del universo castrense emanan una sensibilidad particular que se imprime en los sujetos.

En más de un aspecto, un uso adecuado de esa cultura material podía ser liberador, ya sea para dar rienda suelta a ideales de rebeldía o revolución, o para someterse a la lógica del cuerpo castrense. Lo cierto es que en su gran mayoría los jóvenes podían finalizar su tiempo en el SMO y regresar a su ya conocido universo civil. Enfrentarse a las situaciones límite que el servicio militar les tuvo deparadas los hizo replantearse qué significaba defender a la patria. En clave cotidiana eso podía no significar ya la entrega de la vida para defender los intereses del Estado, sino la salvaguarda del honor ante el resto de la sociedad o adversarios simbólicos. También podía significar encontrar a la patria en el prójimo y volverse empático con su realidad social. De cualquier manera, convertirse en la vanguardia de esa reserva de nacionalidad implicó que sus subjetividades y complejos emocionales ya no fuesen los mismos que meses atrás, cuando se enfrentaron a la revisación médica. En mayor o menor medida, las armas los cambiaron, y muchos de ellos ya no pudieron separarse de sus mortales compañeras.

Bibliografía

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Frevert, Ute y Thomas Dixon (ed.) (2014). Emotional Lexicons. Continuity and Change in the Vocabulary of Feeling 1700–2000. Oxford, Oxford University Press.

Giori, Pablo (2017). “Factores de nacionalización: nacionalismo, sociedad civil y prácticas culturales”. En Rúbrica Contemporánea, Vol. XI, n.° 11.

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Portelli, Alessandro (2016). Historias orales. Narración, imaginación y diálogo. Rosario, Prohistoria.

Sirimarco, Mariana (2004). “Acerca de lo que significa ser policía. El proceso de incorporación a la institución policial”. En Tiscornia, Sofía (comp.). Burocracias y violencia. Estudios de antropología jurídica. Buenos Aires, Antropofagia y Facultad de Filosofía y Letras.

Vezzetti, Hugo (2013). Sobre la violencia revolucionaria. Memorias y olvidos. Buenos Aires, Siglo XXI Editores.

Fuentes

Fuentes orales

Dragoneante. Entrevista realizada el 18 de marzo de 2016 en Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires). Entrevistador: Francisco Mosiewicki.

Mauser. Entrevista realizada el 8 de febrero de 2018 en Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires). Entrevistador: Francisco Mosiewicki.

Radar. Entrevista realizada el 21 de febrero de 2015 en Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires). Entrevistador: Francisco Mosiewicki.

Tambor y el Policía Militar. Entrevista realizada el 14 de abril de 2017 en Miramar (Provincia de Buenos Aires). Entrevistador: Francisco Mosiewicki.

Tambor. Entrevista realizada el 13 de febrero de 2015 en Miramar (Provincia de Buenos Aires). Entrevistador: Francisco Mosiewicki.

Fuentes iconográficas

Archivo personal de Dragoneante. 29 fotografías entre abril y noviembre de 1970.

Archivo privado de Tambor. 18 fotografías fechadas entre marzo de 1970 y abril de 1971.

Fuentes fílmicas

Rinaldi, Carlos (director) (1972). Mi amigo Luis [en línea]. En Youtube. Recuperado de https://bit.ly/3rakdF8 (consulta: 31/10/2019).

Fuentes literarias

Viñas, David (1967). Dar la cara. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina. “Las murallas”.

Fuentes líricas

Comisión Organizadora del 37.° Aniversario (13 de abril de 2007). “LA 49 PUEDE”. Cancionero. Fragmento. En archivo privado de Dragoneante.

Comisión Organizadora del 44.° Aniversario (4 de mayo de 2014). “TENEMOS POETAS CON VARIOS VERSOS”. Cancionero. Fragmento. En archivo privado de Dragoneante.


  1. Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales (INHUS CONICET). Centro de Estudios Históricos (CEHis – CIC), Facultad de Humanidades, UNMdP. Correo electrónico: frmosi@gmail.com.
  2. Se parte del análisis de Della Porta y Diani (2011) para la comprensión de la formación identitaria de los sujetos en colectivos sociales y del trabajo de Mariana Sirimarco (2004), trazando un paralelismo entre las representaciones del adiestramiento de reclutas para el cuerpo de policía y los conscriptos del SMO.
  3. Billig (2014) analiza los esfuerzos de los Estados modernos por naturalizar la idea de la pertenencia al cuerpo de la nación en el complejo de representaciones de la ciudadanía. El resultado sería un nacionalismo latente, “banal”, que subyace en la dinámica cotidiana pudiendo emerger frente a los impulsos de la coyuntura.
  4. Todos los testimonios fueron recuperados en entrevistas realizadas entre 2015 y 2018 en distintas dependencias del partido de General Pueyrredón y General Alvarado. Dado el cariz de los episodios en que se vieron envueltos y los sujetos públicos con los que se relacionaron, la identidad de los informantes clave permanecerá reservada. Para el análisis interpretativo de sus memorias y la forma en que sus experiencias se constituyeron en el complejo de representaciones que estructuran sus presentes, se siguen los trabajos de Portelli (2004 y 2016).
  5. Como antecedente de esta propuesta, véase el artículo de Di Renzo y Mosiewicki (2019).
  6. Véase Manzano (2010 y 2017).
  7. Su evaluación del tiempo transcurrido en el GADA 602 le dejó la impresión de que el SMO desaprovechaba sus potencialidades como espacio para llevar la educación básica a jóvenes excluidos de la sociedad. Mientras que durante ese tiempo se les podría haber enseñado las herramientas para desenvolverse en la sociedad movilizada que era la Argentina de los seños setenta, solo se les otorgaba un conocimiento utilitario. Para Radar en el servicio militar podías aprender un oficio, pero los cuadros de suboficiales estaban tan desprovistos como los jóvenes que eran obligados a servir.
    Radar. Entrevista realizada el 21 de febrero de 2015 en Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires). Entrevistador: Francisco Mosiewicki.
  8. Archivo privado de Dragoneante. 29 fotografías fechadas entre mayo y octubre de 1970.
  9. Archivo privado de Dragoneante. 23 fotografías fechadas en el 24 de junio de 1970. Desfile militar.
  10. Tambor y el Policía Militar. Entrevista realizada el 14 de abril de 2017 en Miramar (Provincia de Buenos Aires). Entrevistador: Francisco Mosiewicki.
  11. Rinaldi, C. (director) (1972). Mi amigo Luis [en línea]. En Youtube. Recuperado de bit.ly/34rjd5M (consulta: 31/10/2019).
  12. Archivo privado de Dragoneante. 2 fotografías fechadas en el 24 de junio de 1970.
  13. Archivo privado de Dragoneante. Sin fecha.
  14. Archivo privado de Dragoneante. 4 de octubre de 1970.
  15. Viñas, D. (1967). Dar la cara. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina. “Las murallas”.
  16. “Quien con monstruos lucha, cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. La frase de Friedrich Nietzsche marca los peligros de enfrentarse al mal utilizando sus mismos recursos.
  17. Radar. Entrevista.
  18. Mauser. Entrevista realizada el 8 de febrero de 2018 en Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires). Entrevistador: Francisco Mosiewicki.
  19. Comisión Organizadora del 37.° Aniversario (13 de abril de 2007). “LA 49 PUEDE”. Cancionero. Fragmento. En archivo privado de Dragoneante.
  20. Comisión Organizadora del 44.° Aniversario (4 de mayo de 2014). “TENEMOS POETAS CON VARIOS VERSOS”. Cancionero. Fragmento. En archivo privado de Dragoneante.
  21. Tambor y el policía militar. Entrevista.
  22. Se interpreta la relación entre pautas de dominación emocional y canales contrahegemónicos que caracterizan a las “economías morales de las emociones” a raíz de los trabajos de Frevert (2011 y 2014) y Frevert y Dixon (2014).
  23. Tambor. Entrevista realizada el 13 de febrero de 2015 en Miramar (Provincia de Buenos Aires). Entrevistador: Francisco Mosiewicki.
  24. Archivo privado de Tambor. 18 fotografías fechadas entre marzo de 1970 y abril de 1971.
  25. Radar. Entrevista realizada el 21 de febrero de 2015 en Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires). Entrevistador: Francisco Mosiewicki.
  26. Radar. Entrevista.


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