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Ahora habla él: Fernando Asuero entre posicionamientos y estrategias en un mercado terapéutico (1930)

María Dolores Rivero

Introducción

El año 1930 daría paso a la publicación de una obra polémica de la mano de Fernando Asuero, especialista en nariz, garganta y oídos, nacido en San Sebastián –ciudad de la región española del País Vasco– a fines del siglo xix. Se trata del libro titulado, sugestivamente, Asueroterapia fisiológica. Ahora hablo yo; a la luz de una lectura actual, es factible pensar que este escrito– compuesto por cinco capítulos– fue una suerte de intento de instrumento dual confeccionado por este personaje tan controversial, cuestionado y adorado al mismo tiempo en diferentes partes del globo. En efecto, podría argüirse –incluso a partir del propio título– que el libro encarna las dos caras de una misma moneda: una, la intención de explicación y difusión de la asueroterapia, mientras que la otra llevaría acuñada la defensa de Asuero ante los ataques de la tribuna médica contemporánea, valiéndose de una serie de elementos que analizaremos en el presente estudio. Concretamente, nos enfocaremos en un conjunto de historias clínicas, relatos de familiares de pacientes y de médicos que, habiendo aplicado la asueroterapia, remiten al mentor de la técnica los resultados por ellos obtenidos.

Armus argumenta que existe una zona gris dentro del universo de la sanación plagada de sujetos que pueden ser considerados híbridos (2016). Estos poseen la característica fundamental de poner en acción y cruzar las más variadas tradiciones originadas por fuera de la medicina alopática, pero en contacto más o menos intenso con ella. El autor donostiarra de la obra que examinaremos en este escrito puede ser pensado dentro de esa categoría; es que la asueroterapia –tratamiento sobre el trigémino (nervio craneal) a partir de cauterizaciones– fue considerada una manera poco ortodoxa y “crudamente empirista” (Bermann, 1941: 55) de curar o mitigar los dolores de sus seguidores. No obstante, es sabido que Asuero estudió medicina en Madrid y se especializó en enfermedades de garganta, nariz y oídos en París. También se ha constatado que su vida profesional se desarrolló fundamentalmente en San Sebastián, “primero como médico de guardia en el Hospital Civil San Antonio Abad y en la Cruz Roja y más tarde en su consulta privada de la calle Loyola” (Giménez Roldán, 2015: 50). La coexistencia de esta formación superior y la puesta en práctica de un método tan controversial junto con las formas de difundirlo– nos invitan a pensar en esta figura como híbrida.

A escala latinoamericana, algunos estudios ya han puesto en perspectiva ciertos sujetos que engrosan las filas de lo que podrían considerarse las prácticas folclóricas del curar, echando luz sobre la denominada “zona gris”; tenemos conocimiento de la ejecución de saberes empíricos en México (Seman, 2015; Agostoni, 2018), Costa Rica (Palmer, 2002), Colombia (Sowell, 2002; Márquez Valderrama y Estrada, 2018; Márquez Valderrama, 2014) y Brasil (Reis, 2008; Xavier, 2008; Sampaio, 2009; Gomes Farias, 2012; Reis, Gomes y Caravalho, 2010; Teixeira Weber y Oliveira da Silva, 2012; Mattos y Teixeira Weber, 2013). Cada uno de estos estudios muestra las capilaridades, conflictos y singularidades del universo del curar en dichas latitudes.

Un recorrido por la historiografía argentina muestra que, desde hace poco más de una década, vieron la luz los primeros estudios que colocaban el foco en otros individuos específicos que integran el mercado de sanación; entre las indagaciones pioneras interesadas por esta temática –aún fértil–, podrían destacarse el acercamiento a hechiceros y curanderos de Santiago del Estero (y de manera subordinada a San Miguel de Tucumán) sospechosos de producir daño en tiempos coloniales (Farberman, 2005) y el análisis de un suceso en Jujuy a partir del arribo del manosanta español Vicente Díaz en 1929 (Fleitas, 2007). En un tiempo más cercano, considerando los límites de Buenos Aires, devienen representativos los estudios sobre renombrados telépatas, ilusionistas e hipnotistas llegados a la gran urbe, tales como el conde de Das y Onofroff (Vallejo, 2014; 2017). En esta misma línea, personajes populares de finales del siglo xix y principios del siguiente como Tata Dios, Pancho Sierra y su heredera –la Madre María han sido revisados desde una óptica sociocultural de la enfermedad (Bubello, 2010; Dahhur, 2013 y 2017).

Por su parte, el interior nacional viene mostrando un esfuerzo indiscutible de historiadores del binomio salud/enfermedad por otorgar voz a estos individuos que, hasta el momento, se encontraban en silencio. Esto se torna palpable en el examen sobre Juan P. Quinteros, espiritista que transitó la Santa Fe decimonónica (Sedran, Carbonetti y Allevi, 2018), como también a partir del estudio de caso de una mujer acusada de ejercer la obstetricia de manera ilegal en Córdoba durante la década del 20 (Rivero y Moreyra, 2019). Dentro de este impulso historiográfico, es factible, asimismo, posicionar trabajos previos que colocaron a Fernando Asuero en el centro de la escena analítica. Concretamente, estos estudios han indagado en la construcción de su figura en cuanto personaje público (Rivero y Sedran, 2019), y en algunas aristas de su viaje a la Argentina en el año 1930 (Rivero, 2019). Sin bien estas contribuciones pueden ser consideradas las rescatistas fundamentales de la historia de un agente que se inmiscuyó en los itinerarios terapéuticos de la sociedad argentina (como lo muestra, por ejemplo, la prensa santafesina[1]), aún quedan aspectos de su trayectoria que deben constituirse en objetos de revisión.

Es a partir de esta consideración que el presente aporte –centrado en una metodología cualitativa y de carácter hermenéutico– intentará avanzar en el estudio del discurso de Fernando Asuero. En este sentido, nuestra fuente por excelencia será su obra, la cual congrega, entre muchos elementos, un conjunto de argumentos acerca de la importancia y bondad de su sistema y los resultados que a partir de este se obtienen. Sin lugar a dudas, todos sus mensajes estuvieron dirigidos a lo que él mismo designaba como “mercachifles científicos” (Asuero, 1930: s/p), es decir, quienes descreían de su obra maestra; es en esta dirección en la que el vasco colocaría dentro de su libro cartas de otros médicos en apariencia deslumbrados por la asueroterapia y de familiares de pacientes, artículos periodísticos e historias clínicas. Recogeremos y examinaremos todos estos testimonios entendidos en términos de estrategias y posicionamientos articulados por Asuero en un mercado terapéutico competitivo, concepto que “presenta la ventaja de apertura hacia una concepción de las relaciones entre la medicina universitaria y otras prácticas médicas, no atrapada en la dicotomía más común que separa la medicina académica del resto de ofertas” (Márquez Valderrama, 2012: 332).

En adición a lo antedicho, la propuesta terapéutica de Asuero, como se dijo, repercutió ampliamente en el periodismo santafesino: se encontraron más de veinte noticias publicadas entre junio de 1929 y julio de 1930. Esta visibilidad vuelve pertinente revisar la voz propia del médico vasco en torno a su obra y las críticas que recibió, para el conocimiento del universo de sentidos de la salud y la enfermedad de la región santafesina.

La asueroterapia fisiológica

Como adelantáramos, la obra de Fernando Asuero consta de un prólogo, cinco capítulos, conclusiones y un epílogo. El primer segmento estuvo a cargo del “Doctor Helan Jaworski”, un supuesto médico de altas casas de estudio de Medicina de Francia, Polonia, Perú y de España de quien poco sabemos, pero que Asuero reconoce como el creador de la reflexoterapia. Este comenzaba la exposición ponderando su propio trabajo:

Hace ya veinte años, pude realizar la sistematización de métodos médicos que emplean la acción refleja para curar: se trata de la reflexoterapia. Los reflejos están en la base de la vida misma y, bien sea se supriman las espinas irritativas, o que se provoquen reflejos útiles, se actúa en el terreno de la reflexoterapia. Pero el Dr. Asuero vas más allá (Jaworski, 1930: s/p).

Seguidamente –y expresando el afecto que había desarrollado por el vasco, detentor de un costado humanitario y empático con los enfermos (ver figura 1)–, Jaworski anticipaba al lector sobre el trabajo de Asuero: “Su técnica consistió pues, en provocar una reacción útil, un reflejo curativo, mediante una maniobra absolutamente personal, la cual en un principio fue, sobre todo, una variedad de reflexoterapia nasal” (Jaworski, 1930: s/p).

Luego de esa aclaración, no sería sino hasta el quinto y último capítulo cuando el donostiarra desarrollara su sistema, pero lo haría solo en clave de respuesta al gremio médico ante la acusación de que “procedía, por completo, al margen de la ciencia” (Asuero, 1930: 242).

Esta defensa comenzaría con una referencia a la posesión de su título universitario y a una especie de tradición familiar. En efecto, menciona el hecho de que su abuelo fue “Catedrático de Terapéutica y Médico de la Real Cámara” (Asuero, 1930: 243), como también que otros de sus antecesores ostentaron diplomas médicos. En este sentido, resulta interesante considerar que, ante todo, Asuero parecía entender que esta era la primera arma que debía esgrimir para que su método fuera aceptado, a partir de ponderar una especie de conocimiento ancestral o habilidad en el arte de curar que se transmitiría de generación en generación. Aquí, entonces, entran en diálogo dos variables clave. La primera resulta de la importancia y legitimidad que reviste la posesión de un título, particularmente el de médico. Recordemos, junto a Sarfatti Larson (1988), que el conocimiento tiene la función de configurar un capital simbólico que permitirá a su portador devenir en “experto”, no solo ante un público en general, sino también al interior de la propia comunidad científica. No obstante, en el caso de Asuero, encontramos un ingrediente más, y es aquel que implica la pertenencia a una familia de galenos en la que él ha desarrollado y perfeccionado un sistema a lo largo de “catorce años de vida profesional” (Asuero, 1930: 243).

A continuación, y sin ingresar todavía en la explicación de la asueroterapia fisiológica, el autor refiere a los comentarios y diatribas sobre las semejanzas de su sistema con el de Pierre Bonnier. Dicho facultativo había publicado en el año 1913 un estudio titulado L’action directe sur les centres nerveux: centrothérapie; allí mostraba la aparente “relación entre zonas diferenciadas de la mucosa nasal, supuestos núcleos específicos del bulbo raquídeo, y determinados tipos de patología que mejorarían con la estimulación del área nasal adecuada” (Giménez Roldán, 2015: 56). Desde la perspectiva de Asuero, la teoría Bonnier –denominada “centroterapia”– no solo tenía un trasfondo falso e incompleto, sino que además su mentor le había atribuido “reales curaciones a causas que eran falsas” (Asuero, 1930: 244). Algunas líneas más le dedicaría el donostiarra al francés, aunque solo a los fines de enfatizar que su trabajo era distinto y superador: “En realidad, la teoría se refiere a la reflejoterapia, pues Bonnier no buscaba el reflejo, sino la normalización del centro bulbar, alterado mediante la excitación del mismo por intermedio del trigémino” (Asuero, 1930: 244).

Ahora bien, resulta interesante constatar que, al momento de explicar su teoría, Asuero sostenía: “No quiero repetir cosas sabidas de todo el mundo, que se encuentran en cualquier tratado de anatomía; pero para mayor claridad en lo que vamos a decir, no hay más remedios que recordar algunos conceptos” (Asuero, 1930: 245). Inmediatamente después de este aviso, el vasco disponía de solo dieciséis renglones para explicitar algunas consideraciones “técnicas” sobre el trigémino y su método. Definía al primero como un nervio mixto, fundamentalmente sensitivo y que tiene conexiones con el simpático. Para concluir, marcaba que no había puntos de excitación en relación directa con determinados centros bulbares. Estas singularidades –ancladas en un sucinto discurso en torno a la asueroterapia fisiológica– nos llevan a marcar dos cuestiones centrales. Por un lado, se torna evidente que, para el autor de la obra, retomar elementos propios de la ciencia biomédica positivista imperante en el momento (como la obsesión por la explicación, los detalles o las taxonomías) no era en absoluto necesario. Ciertamente, y como veremos en páginas subsiguientes, Asuero se jactaba de tener una perspectiva cabalmente disímil a la de sus colegas acerca de las formalidades propias de los doctores. Por otra parte, la síntesis extrema acerca de la ejecución de la asueroterapia realizada por su mentor –dentro de un capítulo de veintiséis páginas– muestra que para él había otros hechos de mayor envergadura por develar. Ostensiblemente, las partes siguientes de ese capítulo tienden a intentar esclarecer el componente magnífico de su acto, lo que él mismo denominó “el factor personal”. Según Asuero “un mismo enfermo será o no curado según el que lleve a cabo la intervención y los detalles complementarios, pero fundamentales, que rodeen al acto” (Asuero, 1930: 246). Como ya se ha señalado en otros trabajos (Rivero, 2019), para explicar este componente subjetivo el especialista desarrollaría una serie de casos (como el de un niño ciego en Barcelona y el de un marinero con dolores en la rama media del trigémino). A partir de ellos, Asuero intentaría reforzar la idea de que, durante la práctica del sistema, se genera un estado psíquico especial que repercute en los pacientes:

Tanto es así en lo que respecta a mí y a alguno de los ayudantes que conmigo trabajan, que sabemos el momento exacto en que ha desaparecido un dolor, cedido una contractura, etc., antes de que el enfermo haga ninguna manifestación (Asuero, 1930: 247).

Escapa a nuestras actuales inquietudes ingresar en el análisis de este planteo acerca del componente emocional o psíquico de la curación, como también de las críticas efervescentes que suscitó en el marco de la comunidad científica. Sin embargo, es insoslayable al momento de entender la forma en que el donostiarra plantea el capítulo quinto de su obra a causa de la relevancia que para él adquiere cuando explica la asueroterapia. En efecto, luego de explayarse en los casos, advierte: “Con esto entramos de lleno en mi procedimiento” (Asuero, 1930: 247). A partir de entonces, retoma la vertiente anatómica del método y ahonda en las especificidades propias de los efectos de la excitación producida sobre el trigémino. En este punto, Asuero estableció que –de acuerdo a su perspectiva– las enfermedades son producidas, fundamentalmente, por una falla en el sistema circulatorio, y procuró demostrar cómo los toques sobre el trigémino ayudan a restablecer dicho sistema. Así, terminó informando:

Es la afluencia de la corriente de sangre, conseguida merced a diversos y combinada con determinado estado psíquico, lo que provoco con mi sistema; y si logro que sea lo suficientemente intensa, curo o alivio, según la magnitud de la misma (Asuero, 1930: 251).

Con todo, la explicación no terminaba aquí. Existiría otra artista en este procedimiento curativo que lo tornaría distinto y efectivo: el escenario. Este último no sería improvisado y se alejaría del que, a los ojos de Asuero, habitualmente presentarían los médicos de época: “[…] vitrinas repletas de terroríficos instrumentos, las cámaras obscuras, misteriosos quirófanos” (Asuero, 1930: 252). En contraposición a esos elementos, el vasco se jactaba de haber “simplificado” todo a partir de reparar en los aspectos esenciales: “Mis trabajos los llevo a cabo sin ningún detalle en mi indumentaria que revele al médico. Los ayudantes, enfermeras, practicantes y personal subalterno están revestidos de la clásica indumentaria, pero quien atiende soy yo” (Asuero, 1930: 253). Luego, sostuvo que en sobradas oportunidades debió evitar que estas personas ingresasen en el espacio donde estaba ejecutando su obra, pues habrían podido perjudicar el ánimo del enfermo. En esa línea, declaró:

He tenido enfermos a los cuales no he podido curar, por determinadas circunstancias, en algunos de mis consultorios públicos; y comprendiendo la razón que me impedía llevarlo a cabo, los he asistido en mi consulta particular, de donde han salido en estado completamente distinto (Asuero, 1930: 256).

De estos planteos se desprenden cuestiones relativas a la medicalización. Como es sabido, se trata de un proceso que implicó una creciente intervención del Estado en el ámbito de la salud –entretejida a partir de un saber médico hegemónico– cristalizada en la “creación de instituciones y ejecución de medidas organizadas y dirigidas por una intelligentzia médica o una elite medica legitimada por el poder político” (Santolaya y Massena, 2011: 2).
A partir de este concepto, consideramos que Asuero sugiere lo que podríamos denominar “terapia desmedicalizada”, basada en un ambiente no hostil para el paciente, donde él mismo no luciría ningún atuendo que lo colocara en una posición o estatus diferente al del enfermo. En otras palabras, Asuero pareciera presentarse como una suerte de amigo, de sujeto confiable y cercano. Claro que esa desmedicalización tendría sus límites; sus subalternos no estarían exentos de las habituales vestimentas de quienes transitaban hospitales y sanatorios, y no siempre podrían ser parte de los eventos de cura o alivio del dolor. Esta restricción marca una clara contradicción en el discurso examinado; según Asuero: “[Ese factor personal] que considero por mí adquirido […] podría serlo por los demás” (Asuero, 1930: 247). Esta idea era reforzada en otros pasajes donde indicaba:

A pesar de ser muchos los médicos que han desfilado por mis diversas consultas, son pocos los que han asimilado el sistema, y ello, sencillamente, por no venir a verlo y ponerlo en práctica en las condiciones de ánimo que para ello se requiere (Asuero, 1930: 255).

Sin embargo, como marcáramos previamente, él mismo no permitía que su personal participara de las consultas.

Finalmente, el entorno particular para llevar a cabo de manera correcta la asueroterapia fisiológica iría acompañado por un discurso simple y libre de léxicos científicos para comunicarse con los enfermos. Como veremos a continuación, esos interrogatorios “médico-paciente” (que descansarían en un tono ligero) también serían una parte importante de los supuestos éxitos cosechados por Asuero.

Presentación de historias clínicas

Como veremos en el presente apartado, y de acuerdo a lo planteado por Huertas, en sobradas oportunidades las historias clínicas “sugieren las características reales de una praxis clínica que no siempre coincidió con los conocimientos o los paradigmas imperantes” (Huertas, 2001: 8).

Las primeras páginas del capítulo cinco de la obra de Asuero nos acercan a otros frentes de su conflicto con el gremio médico. Verosímilmente, el vasco presentaba allí dos diatribas en su contra: “Empezasteis por negármelo todo” y “Mis curaciones no eran notables” (Asuero, 1930: 238-240). En este apartado, entonces, esbozaba ciertas respuestas, adheridas a la que hemos analizado anteriormente.

Junto con esas primeras líneas, el autor –además de aseverar que sus resultados “no pueden ser más definitivos” (Asuero, 1930: 240) nos conducía, necesariamente, a un insumo clave: las historias clínicas de sus pacientes. En efecto, sostenía: “En mi Clínica figuran los datos aportados por los enfermos, los cuales no pueden ser más contundentes”. Algunas de esas informaciones fueron las constituyentes del capítulo tres del libro bajo estudio, y, de acuerdo a lo expuesto por Asuero, su propósito allí era mostrar una innovación que aporta a la “ética médica”: era el propio enfermo quien certificaba las hojas clínicas al final, antes de que estas fueran archivadas (Asuero, 1930: 159). Es decir, le otorgaba un lugar fundamental a la voz de quienes pasaron por su consultorio y podían dar fe de que su método era certero.

Una lectura acabada de esta sección dispara una gran interrogación, vinculada al hecho de que el donostiarra sostenía haber tratado 8.000 casos al momento de finalizar su obra (Asuero, 1930: 264). En pocas palabras, nos preguntamos acerca de por qué en medio de tamaña cantidad de material son presentadas estas cuatro historias. Si pensamos en términos numéricos, ciertamente no podríamos esperar que Asuero exhibiera esa inconmensurable cuantía de ejemplos; empero, cabe indagar en el criterio por él utilizado para escogerlos.

Ante todo, podríamos argüir que evitó la puesta en perspectiva de casos que fuesen triviales o poco llamativos a los ojos del lector. Una muestra clara de esta tendencia es el abordaje del caso Lucrecia Millé, una niña de once años oriunda de Buenos Aires que, junto a su padre, se trasladó a España para ser atendida por el especialista en el año 1928. De acuerdo a lo expuesto en el apartado “Antecedentes y estado anterior”, la pequeña venía sufriendo fuertes episodios de fiebre (que, en apariencia, ella podía anticipar dado que sabía el número exacto de su temperatura antes de mirar el termómetro) acompañados de “dificultad para poder practicar la extensión, torsión y flexión de sus miembros”, dificultad que progresaba rápidamente “hasta el de no poder hacer ningún movimiento sin la ayuda de otra persona” (Asuero, 1930: 162). Asuero realizó la exploración física –reconociendo algunas particularidades, como el hecho de que la enferma estaba inmóvil en la cama, pero aun así presentaba un sistema muscular normal– y luego expuso el diagnóstico:

A pesar de los múltiples que aporta, ninguno afirmativo; entre ellos vemos los de poliomielitis y polioneuritis. Para nosotros se trata de una paraplejia de origen funcional; y con respecto a sus temperaturas, creemos se trata de un cuerpo que emite ciertas radiaciones que hacen dilatar la columna de mercurio (Asuero, 1930: 165).

Resulta claro que los especialistas que trataron a la niña consideraron desde una enfermedad infecciosa, una inflamación simultánea de varios nervios hasta una lesión nerviosa en el cerebro o en la médula espinal. Esta multiplicidad de enfoques daría como resultado un variopinto panorama de tratamientos que no habían surtido efecto: compuestos de hierro, arsénico, extramina (Asuero, 1930: 165).

Seguidamente, el vasco expuso en el capítulo los “resultados y modificaciones observadas en el tratamiento actual”: la niña fue sometida a un total de seis intervenciones y, desde la primera, fue mostrando avances progresivos hasta lograr saltar en la cama, bajar y subir escaleras” (Asuero, 1930: 166).

Ahora bien, a diferencia de las historias clínicas que presentaremos a continuación, esta posee la particularidad de ser mostrada complementariamente con tres elementos más: dos notas periodísticas y una misiva del padre de la niña a Asuero. La primera fue publicada en el diario uruguayo Critica el 28 de noviembre de 1928; allí se hacía referencia a su figura como moderno héroe de la ciencia médica, verdadero representante del evangelio. Más adelante, se aseveraba que los procedimientos de Asuero eran científicos y que curaba a enfermos de todos los estratos sociales (Asuero representa un evangelio 1928, en Asuero 1930: 167). Es decir, desde una perspectiva mística y humanitaria, se valoraba el componente científico, casi irrefutable, de la asueroterapia fisiológica.

Seguidamente, la nota relataba –casi en clave literaria– el padecimiento de la niña y cómo este había concluido luego de la visita a Asuero; al final se enfatizaba en la interrogación sobre por qué se había detenido el movimiento asuerista en Montevideo.

La segunda nota elegida por el vasco para ser colocada en su libro era de otro periódico del Uruguay llamado Diario. En ella (publicada también el 28 de noviembre de 1928), se presentaba un reportaje hecho al ingeniero Millé –padre de Lucrecia– en el cual relataba que había decidido viajar al Viejo Continente luego de que muchos especialistas argentinos (a quienes no pensaba nombrar) le hubiesen diagnosticado a la niña una parálisis infantil incurable. Una vez en España, había visitado a otro experto (un tal Dr. Calatagel) que estaba de acuerdo con el dictamen de sus colegas transatlánticos. Con esos antecedentes había concurrido Millé a la consulta de Asuero; allí había tenido que insistir, pues el médico le había comunicado que sus intervenciones se limitaban a personas adultas, hasta que unos días después el vasco terminó por aceptar. El relato continúa con los resultados obtenidos luego de cada “toque” hasta la curación, remarcando lo excepcional del método de Asuero (“[…] por el cual había pagado la ínfima suma de quinientos pesos de nuestra moneda”), que pronto el mundo conocería a partir de la publicación del libro (“Con el Sr. Andres Millé, 1928, en Asuero, 1930: 172). En ese sentido, consideramos que el padre de la niña se tornaría en una fuente propagandística; no solo anticipaba la publicación de Asuero, sino también su viaje a las costas rioplatenses. En esa tónica, el diario publicaba un telegrama que Millé le remitía al donostiarra en el mes de diciembre. En él, hacía una suerte de minuta acerca del buen estado de salud de Lucrecia y rápidamente pasaba al tema siguiente: su entrada triunfal a Buenos Aires. Este parece ser un asunto de vital importancia tanto para el emisor como para el receptor del mensaje, pues Millé insistió en que, habiendo retornado al país, el caso de su niña y el nombre de Asuero se habían tornado una noticia sensacional y sumamente comentada. La mediatización del evento es tal que el argentino subrayaba:

Por este mismo correo le remito algunos de los ejemplares de los diarios que se ocupan de Lucrecia, próximamente aparecerá en una de las más difundidas y prestigiosas revistas un artículo con varias de sus fotografías… Con objeto de preparar la opinión para el día de su próxima visita a Buenos Aires, me permito pedirle, si es que Vd. no tiene inconveniente en ello, cuatro de sus fotografías dedicadas a La Nación, La Prensa y La Razón (“Mi inolvidable Dr. Asuero 1928”, en Asuero, 1930: 173).

Claro que estos no serían los únicos diarios en relatar cuestiones relativas al vasco, incluso antes de que este llegara a Argentina. El diario santafesino El orden publicaba una nota de opinión el día 13 de junio de 1929 en la cual se anticipaba la alarma acerca de la difusión que estaba tomando el método del doctor Asuero. En este caso, y en la misma línea crítica de otros periódicos, la nota remarcaba que llamaba la atención sobre lo siguiente: “[…] sin mediar un estudio previo detenido del éxito que se dice alcanzado se han lanzado a imitarlo médicos de todas partes” (“El método del Dr Asuero”, 1929: 3).

Los testimonios anteriores ponen al descubierto la importancia de los vínculos tendidos entre Argentina y la península ibérica. En lo que a saberes científicos respecta –y de acuerdo a lo señalado por investigaciones recientes–, estas conexiones son claramente identificables a partir de redes transurbanas, por ejemplo, entre Barcelona y Buenos Aires (Girón Sierra, Hochadel y Vallejo, 2018), aunque también es posible rastrearlas a nivel nacional. En ese mismo esquema, es dable destacar los diálogos establecidos entre Argentina, Italia y España en relación con las ideas eugénicas y de biotipología (Vallejo, 2012; Álvarez Peláez, 2012), como también entre Argentina, Francia e Inglaterra respecto al tracoma (Di Liscia y Gioia, 2016).

Por otro lado, estas declaraciones nos invitan a no soslayar el hecho de que la prensa se constituyó en una herramienta fundamental para el autor de la asueroterapia; concretamente, en un contexto argentino de sociedad de masas, entendida como un conjunto de lenguajes, bienes y objetos que remiten a la industria, el mercado y el consumo (Gayol y Palermo, 2018), donde el público potencial para revistas, libros, diarios y otros canales de información se expandía paulatinamente. Los siguientes casos expuestos dentro de ese tercer capítulo son los de María Oyarzabal, Carmen Arcocha y Beatriz H. de Díaz. La primera, “diagnosticada de hipercloridria, con probable úlcera localizada en primera porción del duodeno” (Asuero, 1930: 178); la segunda, una “nefritis acompañada de uremia” (Asuero, 1930: 188); y en la tercera –si bien Asuero expresó que no podía dar un diagnóstico fijo– creía que se trataba “de una enferma con una marcada insuficiencia pruriglandular y con acentuada tendencia a los nuevos estados diabetoides” (Asuero, 1930: 195). Partimos de considerar que estos casos pueden ser agrupados, pues compartían una serie de rasgos; se trataba de pacientes mujeres, cuya profesión era “la de su sexo” y que presentaban afecciones que –desde la perspectiva de Asuero– requerían la realización de exámenes específicos. Este último factor sería definitorio en cuanto a la pregunta que esbozáramos previamente sobre el criterio de presentación de las historias clínicas. En lo que respecta a estas tres, observamos ciertos elementos propios de la biomedicina en cuanto a la praxis de Asuero y sus ayudantes, como, por ejemplo, la realización de análisis de sangre.

El examen de estas historias clínicas parece indicar que Asuero perseguía el objetivo de mostrar que empleaba los mismos métodos “científicos” que sus colegas, muchos de los cuales habían declarado anatema a su práctica. En los hechos, todos estos documentos tenían prácticamente la misma estructura (antecedentes familiares, antecedentes y estado anterior, exploración, análisis, tratamiento a que fue sometido anteriormente y resultados y modificaciones observadas en el tratamiento actual), la cual es muy similar a la que exponían otros galenos de época en artículos que eran publicados en revistas médicas.

Ahora bien, conviene no perder de vista que Asuero también pretendía surcar una cabal distancia entre su actividad y la de otros médicos: “Los interrogatorios a que son sometidos mis enfermos, son de una sencillez que hacen clamar a los partidarios de la escenografía” (Asuero, 1930: 253). En otros términos, para el donostiarra la simplicidad del cuestionario se tornaba una herramienta de utilidad para poder acceder a ciertas informaciones, mientras que otras –de carácter genealógico– no se constituían, al menos en apariencia, en datos de interés: “[…] sin tener en cuenta lo más mínimo el que el abuelo del paciente se acostara de madrugada o que su tío político tuviera delirio por los picatostes” (Asuero, 1930: 254). Esta estrategia, según los dichos del propio autor, tenía que ver con que el paciente ya llegaba en un estado de ánimo perjudicial y era preferible no “enfrascarlo”, además de que todo ese tiempo insumido en averiguar detalles era desproporcionado para la importancia que luego se les daba (Asuero, 1930: 254).

Sin embargo, una revisión de las historias clínicas presentadas en la obra examinada da cuenta de una marcada contradicción respecto a estas declaraciones. Ciertamente, los “antecedentes familiares” estaban en la parte inicial de la interrogación, y, si bien solo remitían a afecciones de padre y madre, resulta indiscutible que para el especialista esas pistas podían señalar o develar algo sobre la afección de quien se acercaba a su consulta. Esto podría estar indicándonos que, aunque el vasco se jactaba de hacer preguntas en un lenguaje no intrincado (casi prosaico) y trazar un cuadro “en un minuto” (Asuero, 1930: 254), en verdad sí se encargaba de indagar en la historia familiar cercana del enfermo, pues esto –como es sabido– podría allanarle el camino en cuanto al diagnóstico.

Relatos de “compañeros”

El capítulo cuarto de la obra de Asuero está planteado íntegramente a partir de una larga serie de relatos de sujetos que él presenta como compañeros, médicos, que le remitían los resultados de sus ejecuciones de asueroterapia en diferentes tipos de eventos ligados a la salud. Así, el primer extracto presentado es el del trabajo de un tal doctor Joaquín Segarra, un especialista en partos de la Facultad de Madrid. A grandes rasgos, este estudio –titulado Algunas notas clínicas sobre la Asueroterapia en obstetricia– plantea la acción analgésica del método del donostiarra durante el parto. A propósito de ello, Segarra presenta una serie de casos: refiere a las pacientes por su nombre (o iniciales), como también a galenos y enfermeras que las trataron antes de que arribaran a su consultorio. Una de ellas, embarazada de cinco meses, se presentó con cólicos hepáticos e infección de las vías biliares, mientras que todas las otras a las que menciona habían acudido a él a propósito de estar encinta. Las consecuencias de los toques del trigémino en todos estos casos habían sido positivas: todas las pacientes sintieron poco o nulo dolor durante el parto y, en algunas de ellas, el proceso de alumbramiento se había acortado. Tal vez este sea el rasgo más interesante de toda la comunicación; se trata de un efecto de la asueroterapia poco ponderado, pues, como veremos en las páginas siguientes, en general se lo destacaba como un método que implicaba la cura de enfermedades. En relación con este punto, conviene no perder de vista que –como se citó en Apiñaniz, Fernández Rodrigo y Gómez Herreras (2015: 76)– ya desde los albores del siglo xx en España existía la preocupación por parte del gremio médico en torno a esta cuestión: “Es inhumano el consentir que la mujer para con dolores intensísimos […] sin procurarla un alivio más o menos grande con el uso de medios que, sin perjudicarla, por lo menos pueden representar un acto de caridad” (Recasens Girol, 1916: 14). En vistas de esto, durante el siglo pasado fueron apareciendo nuevas técnicas anestésicas que se ensayarían en todo tipo de cirugías y en el parto. Los tocólogos más renombrados de España fueron partidarios de la anestesia a la reina: la inhalación intermitente de cloroformo (Apiñaniz, Fernández y Gómez Herreras, 2015). Esto nos estaría indicando que la asueroterapia fisiológica habría intentado ganar espacio en un mercado ya configurado y dirigido a mitigar el dolor de las mujeres.

Posteriormente, Asuero admitió que Segarra le había enviado material con una escrupulosidad de detalles (incluso con fotografías), pero él no podía presentar todo “con la extensión que [hubiera querido]” (Asuero, 1930: 212). Por un lado, por el aparente caudal de información y, por otro, por la inminente aparición de una publicación de su colega relativa a la “analgesia obstétrica”. En ese sentido, se limitó a reproducir en su libro las conclusiones a las que había llegado Segarra:

  1. La Asueroterapia en el parto, bien practicada […] determina un estado especial de analgesia, transformando en indolentes las contracciones uterinas.
  2. En los casos de feto pequeño y macerado la Asueroterapia bien aplicada suprime en absoluto todas las molestias del parto.
  3. El toque nasal de Asuero modifica las contracciones del parto, haciendo sean más intensas y frecuentes; por lo cual abrevia la duración del parto y del alumbramiento y activa la retracción de la matriz (Segarra en Asuero, 1930: 214).

Empero, resulta importante destacar que este profesional de la salud aseguraba que sus trabajos no eran concluyentes y que estaba aguardando la publicación del libro de Asuero para esclarecer algunas cuestiones y “perfeccionar sus conocimientos” (Segarra en Asuero, 1930: 203). Asimismo, reconocía que era menester ocuparse de la asueroterapia en el curso del embarazo:

[…] cuestión delicada que hay que estudiar con mucha cautela, ante el hecho de haberse presentado alguna vez, según referencias de compañeros, el aborto en el transcurso de veinticuatro horas, después de haber practicado el toque nasal en enfermas de las que se desconocía su estado de gestación (Segarra en Asuero, 1930: 214).

Las declaraciones anteriores resultan impactantes, fundamentalmente porque consideramos que estos relatos –junto a las historias clínicas– fueron exhibidos por Asuero como una especie de estandarte al momento de posicionarse y competir en un mercado terapéutico. Posiblemente, esta exposición tenía por objeto anticipar los dichos de Segarra y desdibujar estas dubitaciones o resultados no concluyentes a partir de conjugarlas con otros casos, al menos en apariencia, rotundamente exitosos. Esta hipótesis proviene de la estructura discursiva observada en el capítulo; luego de los dichos de Segarra, Asuero retomó historias que le remitió un supuesto discípulo suyo, que estuvo en su clínica: el Dr. Sanz Calcedo. Entre ellas se destacan la del tratamiento de desprendimiento de retina a partir de la asueroterapia; aquí se narraba todo el recorrido del paciente: se develaban los nombres y diagnósticos de otros médicos a los que había frecuentado en diferentes partes de España (como Sevilla y Madrid), como también los tratamientos a los que había sido sometido. Luego de un par de “toques” en el trigémino, Calcedo aseguraba que el sujeto había salido con perfecta visión, y es a partir de ese resultado a partir de lo cual Asuero reconocía su asombro. Este estaría cimentado en el hecho de que muchos otros médicos no habían podido sanar previamente al enfermo; es por ello por lo que el vasco decía optar por hacer “publicidad” de este caso, como también sugerirles a sus colegas que se dignasen a tomar en consideración su método (Asuero, 1930: 227).

Otra de las curas milagrosas de Calcedo era la de un hombre de 28 años que se encontraba paralizado desde hacía 11 años a partir de “excesos de masturbación”. En este punto, cabe remarcar que el onanismo fue asociado a entidades morbosas desde tiempos atávicos, y llegó incluso a constituirse en teoría extendida a partir de los escritos del célebre médico suizo Simon-André Tissot durante el siglo xviii.

[Dicho autor realizó] una clasificación de los males que él mismo ha visto más a menudo, ordenados según cuatro grupos: síntomas debidos a la debilidad del estómago, síntomas causados por una debilidad de los órganos de la respiración, síntomas motivados por una relajación total del sistema nervioso y síntomas producidos por la debilidad de los órganos de la generación (Perdiguero Gil y González de Pablo, 1990: 144).

El paciente presentado por Calcedo pareciera pertenecer al tercer grupo de afecciones propuesto por Tissot, ya que era presentado como parapléjico. Conjeturamos que, a partir de ese diagnóstico complejo, este se erigió como un “éxito cañon” para el especialista.

Finalmente, cabe mencionar que Asuero publicó –entre algunas historias más– el caso de un niño de cuatro meses tratado a partir de su técnica. El infante presentaba “raquitismo, tosferina, bronconeumonía, infección intestinal y hernias inguinal y umbilical”, lo que daba “la sensación de muerte inminente” (Moreno Blasco, en Asuero, 1930: 229). Sobre este aspecto, conviene no perder de vista que, si bien durante la década de “1930 la mortalidad infantil y juvenil española” experimentaba “un notable proceso de reducción” (Ramiro Fariñas y Sanz Gimeno, 1999: 65), ciertas situaciones de precariedad en las condiciones de vida se mantenían y repercutían en la salud. En el caso presentado, el paciente vivía en “pésimas condiciones higiénicas”, y sus padres, por falta de trabajo, eran víctimas “de la más negra miseria” (Moreno Blasco, en Asuero, 1930: 230). Este panorama determinó, de acuerdo a los dichos de quien lo atendió, el Dr. Moreno Blasco, que fuesen necesarios cinco toques durante todo un mes. Luego de ello, el niño parecía haber robustecido y desarrollado su organismo perfectamente.

Un análisis pormenorizado de este relato aporta algunos datos más acerca de la manera en este este supuesto médico curaba: “En otros muchos casos he empleado, solo o combinado con los demás medios terapéuticos usuales el procedimiento de Vd.” (Moreno Blasco, en Asuero, 1930: 229). En pocas palabras, este compañero de Asuero reconocía que trabajaba a partir de una multiplicidad de enfoques y que, en algunos casos, algunos métodos de tratamiento podían solaparse. Esto nos lleva a considerar que este especialista podría pensarse a partir de la categoría de híbrido.

La historia de un pequeño “casi muerto” fue, definitivamente, una carta clave para Asuero. Fundamentalmente, porque allanaba el camino para avanzar sobre el uso de su método en pacientes de diferentes edades; recordemos que, ante el caso de Lucrecia Millé, el padre de la niña declaraba haber tenido que insistir para que el vasco interviniera sobre el cuerpo enfermo de su hija. En otros términos, la comunicación de Moreno Blasco dejaba al descubierto la posibilidad de poner en práctica la asueroterapia no solo en situaciones realmente graves, sino también en niños.

Consideraciones finales

El encanto de Fernando, su aparente costado humanitario, sus viajes, sus discusiones con la ciencia médica, sus vínculos con la prensa y la esfera política vienen siendo oportunamente estudiados desde perspectivas históricas socioculturales (Rivero, 2019; Rivero y Sedran, 2019). El presente estudio ha tenido por objeto abonar en las discusiones en torno a los posicionamientos y estrategias de este personaje –entendido como un híbrido en un mercado terapéutico competitivo. Como hemos mostrado, sus argumentos y exposiciones se estructuraron a partir de dar respuesta a una serie de supuestas injurias provenientes de quienes no creían en su invención. En este sentido, examinamos la importancia que revestía para Asuero no solo la posesión de un título universitario, sino también una tradición familiar ligada a las artes de curar. A partir de esos conocimientos aprehendidos en una alta casa de estudios, el donostiarra decía haber desarrollado y perfeccionado la asueroterapia fisiológica, que nada tenía que ver con la teoría de Pierre Bonnier. Sin embargo, tal y como hemos planteado a partir de la disposición discursiva de Asuero, poco se esclarece sobre este sistema hasta llegar casi al final de la obra. Es en el capítulo quinto donde se profundiza en esta temática, aunque soslayando elementos relativos a la anatomía y ponderando el “factor personal” de su curación. Dicha matriz habría estado signada por un estado psíquico particular compartido en el vínculo médico-paciente. A propósito de esa relación, hemos indagado en una suerte de escenario afable para los enfermos, alejado –al menos en apariencia– de los terroríficos instrumentos utilizados generalmente por los galenos y en el cual se establecía una conversación amable. Los resultados de ese pequeño interrogatorio, planteado sin formalismos ni léxicos intrincados, según Asuero, le permitían arribar a un diagnóstico rápidamente. En este sentido, hemos reflexionado acerca del proceso de medicalización.

Ahora bien, el estudio de las historias clínicas viene a mostrar que Asuero sí apeló a ciertas herramientas propias de la medicina positivista, como cuestionarios estructurados y exámenes de sangre, orina, etc. Por ello, asumimos que es factible pensar en que la elección de dichos casos e historias magníficas –en medio de los 8.000 pacientes que decía haber atendido– se encuentra en diálogo con una imperiosa necesidad de ser legitimado por el gremio médico. En otros términos, conjeturamos que, si bien el vasco intentaba mostrar marcadas diferencias entre su trabajo y el de la mayor parte de la comunidad científica, perseguía su aprobación.

Finalmente, los casos presentados por sus colegas y recogidos en la obra han develado la posible intención de quienes practicaran la asueroterapia en el tratamiento del dolor de posicionarse y competir en un mercado específico: el de los dolores femeninos. De manera convergente, muchas de estas historias vinieron a intentar constatar lo imbatible que era su método: la cura de un parapléjico, de un bebé de cuatro meses, de un hombre que no veía como consecuencia de un desprendimiento de retina no hacían si no mostrar –desde la perspectiva del vasco– las bondades y la efectividad de la asueroterapia fisiológica.

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  1. Algunos de los periódicos que se hicieron eco del derrotero de Asuero en Argentina fueron El Orden, El Litoral y Santa Fe.


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