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1 La guerra y la paz

El escritor ruso León Nikolayevitch Tolstoy (1828-1910) fue un teórico de la no violencia y un activo promotor de la paz basada en el amor cristiano. Publicó entre 1864 y 1869 los seis volúmenes de su famosa novela histórica titulada La guerra y la paz. Se trata de una obra maestra de la literatura universal, no solo por la cantidad y caracterización de sus personajes de todas las clases sociales de la Rusia imperial de mediados del siglo XIX, en tiempos de paz y en tiempos de guerra, sino también por su capacidad narrativa de los acontecimientos históricos y, sobre todo, por sus profundas reflexiones sobre el hombre y sus circunstancias. Estas reflexiones filosóficas del autor volcadas en cada página de su novela, giran en torno a los horrores de la guerra y la fragilidad de la condición humana, sujeta a los vaivenes del destino. A lo largo de toda su novela, se respira un claro sentimiento del autor en contra de la guerra y a favor de la no violencia.

Tolstoy, universalmente reconocido por sus grandes novelas, como, además de la mencionada, Ana Karenina y La muerte de Iván Ilich, entre otras, fue además autor de numerosos ensayos, cuentos, artículos y cartas donde expone sus ideas y concepciones estéticas, pedagógicas y religiosas. Partiendo de una ética cristiana de la no violencia, dedicó los últimos años de su vida a difundir estos ideales de paz y convivencia universal: “vivir en paz con todos los hombres; no ser enemigo de nadie; amar a Dios y al prójimo como a sí mismo”. En efecto, la no violencia tiene profundas raíces religiosas, tanto en Oriente como en Occidente. La mayoría de las religiones orientales son pacifistas, y muchas adhieren a la creencia de que todo ser vivo es sagrado, y como tal debe ser respetado. El budismo, por ejemplo, considera que los actos de violencia hacen daño a quienes los sufren, pero mucho más a quienes los provocan: la violencia produce mal “karma” al violento. Del mismo modo, el cristianismo primitivo, siguiendo las enseñanzas del Evangelio de amar aun a los enemigos por considerar que todos los hombres son hijos del mismo Dios, y por lo tanto hermanos, se oponía a toda violencia, en particular a la guerra. De hecho, muchos cristianos fueron condenados a muerte por negarse a formar parte del ejército romano.

Tolstoy se inspiró, probablemente, en los grandes humanistas del Renacimiento, como Erasmo de Róterdam (1466-1536) y Juan Luis de Vives (1492-1540), que propiciaban una formación humana integral y una ética basada en el amor cristiano, la tolerancia y la paz. Otro escritor que pudo haber influido en el pensamiento de Tolstoy fue el pedagogo checo Jan Amos Comenio (1592-1670), que abogaba por la unidad de todo el género humano, por medio de la educación y de la “pansofía” o ciencia universal. Precisamente a través de la educación, según Comenio, los hombres aprenderían a resolver sus conflictos, no por la violencia, sino por la búsqueda de la verdad. Sin embargo, para este humanista ruso, como para el resto de los autores occidentales que habían proclamado la necesidad de difundir la doctrina de la paz para lograr el bienestar y el progreso de la humanidad, el concepto de paz se circunscribía a “ausencia de guerra”. Aunque se trata de un concepto “negativo” de paz, hoy superado, la contribución de estos autores clásicos constituyó, a nuestro entender, un peldaño importante en la evolución de la conciencia ética de la humanidad a favor de la paz. Por otra parte, cuando muere Tolstoy, en 1910, a los 82 años de edad, no había aún estallado la Primera Guerra Mundial (1914-1918), ni acontecido el derrocamiento del zar Nicolás II por la Revolución rusa de 1917. Más aún, nada hacía presagiar lo que fue la gran destrucción y el horrendo genocidio del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) con su secuela de odios, violación de derechos humanos, exterminio de miles de millones de indefensos civiles, incluyendo niños y ancianos, y sobre todo la amenaza pendiente de que una próxima guerra nuclear podría significar la destrucción total de la humanidad.

En realidad, toda la historia de la humanidad había sido, hasta la finalización de la Segunda Guerra Mundial, una sucesión interminable de guerras provocadas por múltiples causas: guerras de conquista, guerras civiles, guerras ideológicas, guerras de religión, guerras independentistas, etc. Durante la Edad Media, convulsionada por frecuentes guerras entre Estados, los filósofos cristianos comenzaron a estudiar el fenómeno bélico, desde un punto de vista jurídico y moral, para elaborar una doctrina referida a las condiciones requeridas para que una guerra pudiera ser tolerada, entre los príncipes cristianos, como legal y éticamente justificada. Estos filósofos encontraron una justificación de la guerra en la doctrina de la “legítima defensa”.

Posteriormente, en el siglo XVII, homologando esta doctrina a la relación entre los Estados, y partiendo de la idea de que la guerra entre los Estados era algo inevitable, los más importantes juristas de la época consideraron que la guerra era justa si obedecía a una causa justa y si los medios utilizados eran legítimos. Entre las causas que justificaban la guerra se mencionaba una agresión provocada por otro Estado, la reivindicación de derechos fundamentales que habían sido violados sistemáticamente, etc.; entre los medios que podían utilizarse en una guerra justa se enumeraba, en primer lugar, que la guerra debía ser declarada por una autoridad legítimamente constituida, que previamente se hubiera buscado una solución pacífica, que los daños ocasionados por la guerra no fueran desproporcionados con respecto a la injusticia que había provocado la guerra, etc. Finalmente, después de la creación de las Naciones Unidas, en 1948, y como consecuencia de las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, la doctrina de la guerra justa comenzó a ser cuestionada por los peligros de un conflicto armado en una época de gran sofisticación de los instrumentos bélicos contemporáneos y, en particular, por la amenaza nuclear.

Como escriben Vidal y Santidrián (1981: 255), “la doctrina escolástica sobre la guerra (justa) no es válida para configurar la conciencia actual […] ni siquiera para hacer un discernimiento ético de la violencia revolucionaria”. Lo cual “no invalida la carga de reflexión moral que comportan los tratados clásicos sobre la guerra […] A la luz de esa doctrina, si se hubiera aplicado con rigor y con objetividad, muy pocas guerras […] entabladas por los hombres podrían ser calificadas como justas”. Además, la tesis de la guerra justa sostenida por los filósofos estaba muy lejos aún de la doctrina sancionada por la ONU y de lo que sería, desde la década de 1950, el nuevo planteo epistemológico del concepto de paz. Para Galtung (1969: 18 y 1981: 99), pocas palabras han sido tan usadas y abusadas como la palabra paz, porque la paz no es solo “ausencia de guerra”, sino ausencia de todo tipo de violencia. “La paz debe construirse en la cultura y en la estructura, no solo en la mente humana”; porque “la teoría de la paz está relacionada con la teoría del desarrollo”; por eso, “llamar paz a una situación en que imperan la pobreza, la represión y la alienación, es una parodia del concepto de paz”.



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