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5 La ética civil y la paz

En un mundo globalizado en el que –por diversas razones que han sido brevemente esbozadas en este trabajo– se ha reavivado un viejo y olvidado conflicto entre Oriente y Occidente (islamismo y cristianismo), bastó una chispa para provocar un incendio de grandes proporciones en los alrededores de París y de otros centros urbanos de Francia, y que luego se extendió a otros países de la Unión Europea. La chispa fue la muerte trágica de dos jóvenes islámicos de origen africano, ocurrida el 27 de octubre de 2005, cuando trataban de eludir la persecución de la policía. A partir de ese momento se multiplicaron los actos vandálicos en los barrios pobres habitados mayoritariamente por inmigrantes africanos musulmanes (con una población de alrededor de cinco millones) que se sentían excluidos de los beneficios de la Francia del primer mundo. No se trataba necesariamente de inmigrantes ilegales; muchos de ellos habían inmigrado legalmente hacía más de veinte años y sus hijos eran franceses de nacimiento, pero nunca se habían sentido integrados a la sociedad. Tampoco eran jóvenes radicalizados –como sucedió en el famoso mayo de 1968–, sino ciudadanos exacerbados por el hecho de sentirse excluidos y discriminados en su propio país, por el color de la piel y la religión. El desempleo y la marginación fueron el caldo de cultivo que hizo estallar la rebelión juvenil en estos barrios pobres donde reinaba la inseguridad, la prostitución y la droga, y donde la policía pasaba sin detenerse, y con las ventanas de sus automóviles cerradas.

Diversos analistas han propuesto diferentes interpretaciones del fenómeno francés. Sin excluir la posibilidad de otras interpretaciones –ya que la complejidad de los fenómenos sociales no puede ser explicada sino a través de una pluralidad de factores concomitantes–, coincido con la opinión de quienes atribuyen este conflicto a la falta de políticas “proactivas” del Estado en favor de la plena integración de los barrios de inmigrantes y de la defensa de las minorías. En realidad, la protesta y la violencia vienen de lejos. Se calcula que en los once primeros meses de 2005 se incendiaron más de treinta mil automóviles. ¿Cómo es posible mantener la paz social cuando subsiste la injusticia? O como afirmó el alcalde socialista Claude Dilain, aludiendo a los disturbios de París: “Cuando los jóvenes sufren diariamente la injusticia social, es difícil pedirles que respeten la ley” (La Nación, 03/11/05).

Diez años antes, Jacques Delors, en su informe sobre la educación para el siglo XXI, publicado por UNESCO con el título La educación encierra un tesoro (1996), había planteado la necesidad del diálogo y de una ética global para superar los conflictos que dividían a la humanidad. Enumeraba cuáles eran los valores universales que la educación debía cultivar para promover una ética mundial: el reconocimiento de los derechos humanos, el afán de equidad social y de participación democrática, la comprensión y tolerancia de las diferencias y el pluralismo cultural, la preocupación por el prójimo, el espíritu de solidaridad, el espíritu empresarial, la creatividad, el respeto de la igualdad entre los sexos, una mente abierta al cambio, y el sentido de las responsabilidades en lo que hace a la protección del medio natural y el desarrollo sostenible.

Nuestro progreso económico y social, según Delors, no ha sido equitativo; no hemos logrado evitar ni disminuir la destrucción del medio ambiente; la violencia y las guerras que han venido ocurriendo desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial han dejado un saldo de más de 20 millones de seres humanos muertos. Para ser capaces de vivir juntos en un mundo globalizado necesitamos programar estrategias que contribuyan a un desarrollo humano sustentable, a un entendimiento mutuo entre los pueblos, a una renovación efectiva de la democracia, y a una cultura de la empatía y el diálogo, porque de ello depende la supervivencia de la humanidad. Y concluía:

Cuando Oriente y Occidente sean capaces de aprender uno de otro en beneficio mutuo y de adoptar cada cual lo que el otro tiene de mejor […] entonces los valores universales cuya implantación deseamos se impondrán poco a poco y ese surgimiento de una ética mundial será una vuelta a las raíces profundas de todas las culturas.

En 2001, Leonardo Boff publicó un pequeño libro titulado Ética planetaria desde el Gran Sur, donde plantea que la gravedad de los problemas globales que enfrenta hoy la humanidad exigen una “revolución global” y nos obliga a discutir la urgente necesidad de un ethos mundial, una “Ética mundial fundada en las tradiciones religiosas”. Siguiendo al pensador suizo Hans Küng, define la ética mundial como “el consenso básico con respecto a valores vinculantes, criterios irrevocables y actitudes fundamentales, afirmados por todas las religiones, a pesar de sus diferencias dogmáticas, y que pueden ser compartidos incluso por los no creyentes”. Sin embargo, Marciano Vidal considera que la propuesta de Küng, presidente de la Fundación Ética Global, debería ser superada, y para ello propone una ética civil, que se identifica con el grado de maduración ética de la sociedad, y se define como “la afirmación de la conciencia ética de la humanidad, con independencia de toda cosmovisión religiosa”.

Ahora bien, este “grado de maduración ética de la sociedad” fue precedido por muchos siglos de luchas encarnizadas entre Oriente y Occidente y entre grupos antagónicos que trataban de imponer por la fuerza su propia cosmovisión religiosa, política o ideológica. La culminación de estos enfrentamientos en Europa tuvo lugar después de casi dos siglos de intolerancia religiosa que los historiadores han denominado “las guerras de religión”, y que solo terminaron con un pacto de tolerancia: que se respete a cada región su propia religión (cujus regio, ejus religio). A partir de entonces comenzaron los Estados, muy lenta y gradualmente, a tolerar cierto disenso ideológico dentro de la sociedad. Pero la humanidad tuvo que recorrer un largo y doloroso camino hasta llegar hoy a una casi unánime convicción de que para vivir juntos en nuestro mundo globalizado, no solo es necesario, sino valioso y positivo, aceptar la diversidad cultural y la pluralidad ideológica y moral. En esta aceptación de la diversidad se basa la ética civil.

Por consiguiente, la ética civil es un “ideal de vida en una sociedad democrática y secularizada” y se define como “el mínimo moral común aceptado por el conjunto de una determinada sociedad dentro del legítimo pluralismo moral”; no parece que debiera referirse a los valores morales de las religiones, sino más bien al dinamismo moral de los individuos, sociedades, culturas y tradiciones sin necesidad de una referencia explícita a los valores religiosos. Porque de hecho los valores religiosos, que ciertamente constituyen un lazo muy fuerte de unidad entre los miembros del grupo, suelen con frecuencia ser fuente de divisiones y conflictos insuperables entre diferentes religiones. Por otra parte, como afirma Boff, “por debajo de las diferencias religiosas se encuentra el ser humano, que testimonia la presencia de un mismo ethos básico”. Precisamente este “ethos básico” humano es el que fundamenta la ética civil. La Unión Europea puede ser un caso testigo de la importancia de este nuevo paradigma de las relaciones internacionales basado en una ética civil, como veremos más adelante.

Sin embargo, en una serie de publicaciones aparecidas en 2005, la periodista italiana Oriana Fallaci justificaba la “guerra preventiva” contra el islam, y rechazaba toda posibilidad de diálogo entre los musulmanes, que “tratan de destruir nuestros principios y valores”, y los que ella etiqueta como “ingenuos occidentales”. Esta posición intransigente de la conocida periodista se basaba en el supuesto de que el diálogo intercultural es imposible. Con ello se oponía tanto a las Naciones Unidas como a la Iglesia Católica, particularmente a partir del Concilio Vaticano II, y más recientemente a la Unión Europea en su conjunto, que consideran que el diálogo intercultural no solo es posible, sino necesario para el futuro de la humanidad.

Ahora bien, para que el diálogo sea posible entre todos los seres humanos es necesario que haya un consenso mínimo de premisas y valores referidos a la persona y a la sociedad. Este “consenso mínimo” es lo que Rubio (1980) denomina “ética secular”; Cortina (1986), “ética mínima”; González de Cardedal (1985), Vidal (1992) y otros prefieren la denominación “ética civil”; y Küng (2004) o Boff (2001), “ética global” o “ética planetaria”. Todos estos autores, desde ópticas muy diversas, coinciden en que la humanidad necesita hoy una ética común, intercultural, para poder vivir juntos en esta era de la globalización.

Cuando Oriente y Occidente sean capaces de aprender uno del otro en beneficio mutuo, y de adoptar cada cual lo que el otro tiene de mejor […] entonces los valores universales, cuya implantación deseamos, se impondrán poco a poco, y ese surgimiento de una ética mundial será una vuelta a las raíces profundas de todas las culturas (Delors, 1996).

Para Marciano Vidal (1992: 54-55), la ética civil exige: la laicidad o no confesionalidad de la vida social, la existencia del pluralismo de proyectos humanos y la aceptación de una ética no religiosa, basada en la racionalidad humana. En estas tres características de la ética civil “pueden, y deben, coincidir creyentes y no creyentes”. Sin embargo, la ética civil convive con opciones éticas derivadas de cosmovisiones religiosas, “no por la aceptación o rechazo de la religión, sino por la aceptación de la razonabilidad compartida y por el rechazo de la intransigencia excluyente”.

En este contexto, la ética civil es la afirmación de la conciencia ética de la humanidad, con independencia de cualquier cosmovisión religiosa. Por definición, la ética civil no es ni religiosa ni antirreligiosa, es “laica”, no confesional. Forma parte del consenso general de la sociedad, y al fundarse en una racionalidad ética compartida – si no por todos, por la mayoría– se transforma en un ideal de vida democrática y madura (Vidal, 1984: 12-13). Esta ética civil se expresa formalmente hoy en la Declaración de los derechos humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948. Posteriormente la misma Asamblea General fue explicitando estos derechos humanos en ulteriores documentos aceptados por todos los países representados en las Naciones Unidas, como la Declaración de los derechos del niño (1959), el Pacto internacional de derechos económicos, sociales y culturales (1966), el Pacto internacional de derechos civiles y políticos (1966), la Declaración sobre eliminación de la discriminación de la mujer (1967), la Declaración sobre la protección de las personas contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos y degradantes (1975), la Declaración sobre el derecho de los pueblos a la paz (1984), y así sucesivamente hasta llegar a los últimos tratados o protocolos internacionales, como el Protocolo de Kioto, el Tratado para la prohibición de las pruebas nucleares, contra las minas terrestres, contra el uso de armas de destrucción masiva, y otros.



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