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El tema de la paz

C. Wright Mills, en su obra titulada Las causas de la tercera guerra mundial (1960), razonaba que ésta no se produciría por mera casualidad ni por voluntad de los hados, tampoco por predeterminación divina o por designios providenciales, sino por las acciones irresponsables de los dirigentes de la sociedad; es decir, por la estupidez de las “elites del poder mundial”. Treinta y cuatro años más tarde, Boutros Ghali, en un interesante reportaje realizado por Germán Sopeña (La Nación, 17 de marzo de 1994), se lamentaba de que los mismos dirigentes que durante el período de la Guerra Fría habían gastado millones de dólares por día en equipamiento militar, hoy no aceptaban gastar tan solo un millón de dólares por año para la construcción y el mantenimiento de la paz en el mundo. Este importante político y diplomático egipcio, secretario general de la ONU entre 1992 y 1995, consideraba que los dos grandes problemas que hacían peligrar la paz mundial, y que Naciones Unidas tendría que enfrentar en el futuro, eran los fundamentalismos y el nacionalismo extremo.

Si bien es verdad que con la finalización de la Guerra Fría habían disminuido considerablemente los gastos militares, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en territorio norteamericano y la guerra antiterrorista iniciada unilateralmente por el entonces presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, catapultaron el gasto militar global a cifras muy superiores a las del final de la Guerra Fría. Según datos del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo, casi el 50% del total de estos gastos militares son efectuados por los Estados Unidos; China se ha convertido en el segundo país con mayor presupuesto militar, con un incremento de 194% entre 1999 y 2008. Según el mismo instituto, el gasto militar de América del Sur en 2008 fue superior a los 34 millones de dólares, con un incremento del 50% en los últimos diez años. Sin embargo, advierte que “los presupuestos oficiales de algunos países no son suficientemente confiables, con lo que resulta muy difícil conocer con exactitud las cifras reales gastadas en este rubro. Es muy probable que el gasto militar global sea aún superior al declarado oficialmente”.

En 2017 el presupuesto de defensa de los Estados Unidos fue de 610.000 millones de dólares, y el gasto militar mundial fue de 1.731 millones de dólares. Más aún, en febrero de 2018 el presidente Donald Trump presentó su nuevo plan nuclear para renovar el arsenal estratégico de los Estados Unidos (sin aumentarlo), señalando a Rusia como una amenaza para la seguridad del país. La respuesta del presidente ruso Vladimir Putin no se hizo esperar: “Rusia tiene el mayor arsenal nuclear del mundo con un nuevo misil invencible cuyo alcance es ilimitado…, y nadie quiere escucharnos”, expresó en un largo discurso como respuesta al mensaje de Trump. De todos modos, Estados Unidos es el país que más invierte en defensa, y Rusia (66.300 millones) ocupa el cuarto lugar, después de China (228.000 millones) y Arabia Saudita (69.400 millones). Ahora bien, completando el razonamiento de Boutros Ghali en el ya citado reportaje, nos atreveríamos a afirmar que las grandes potencias mundiales contribuirían más y mejor al fortalecimiento de la paz internacional si detuvieran esta alocada carrera armamentista e invirtieran anualmente tan solo el 50% de ese ahorro en mejorar la salud y la educación en el mundo.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) y la Organización para la Ciencia, la Cultura y la Educación (UNESCO) desde sus inicios han estado empeñadas en difundir y fomentar los “ideales de paz, respeto mutuo y comprensión entre los pueblos”; del mismo modo, la Organización Internacional de Educación (OIE) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han trabajado para que la educación y la salud no sean un privilegio para unos pocos, sino un derecho humano universal. La educación para la comprensión internacional, la paz y los derechos humanos, propuesta por estos organismos internacionales, se está llevando a cabo en numerosas universidades, sobre todo en Europa y Japón. Por otra parte, educar para la paz no significa necesariamente introducir una nueva asignatura en el currículo. Como escribía Bovet en 1927, la idea de paz y cooperación entre los pueblos puede muy bien trasmitirse a los alumnos tanto en una clase de historia, de geografía o de derechos humanos, como en un curso de literatura o de ciencias naturales.

Cuando el presidente George W. Bush invadió Irak, en marzo de 2003 (después de un rechazo mayoritario del Consejo de Seguridad y de numerosas manifestaciones masivas en favor de la paz en el mundo entero), justificó la necesidad de una inmediata intervención militar porque las armas de destrucción masiva, que supuestamente poseía Sadam Husein, constituían una amenaza para la paz y la democracia en el mundo. Esta justificación de la guerra no fue una originalidad del presidente de los Estados Unidos: salvo raras excepciones, en la historia de la humanidad las guerras fueron declaradas en nombre de la libertad y en defensa de la paz. Por otra parte, Bush aseguraba que la intervención militar sería una acción rápida y espectacular y que ocasionaría muy pocas bajas humanas. Además, invitaba a los medios de comunicación del mundo entero a trasmitir “en vivo y en directo” el despliegue y poderío tecnológico de las fuerzas armadas norteamericanas que, sin duda, “serían recibidas triunfalmente por el pueblo iraquí, en agradecimiento por su liberación…”.

La realidad fue muy distinta a la que anticipaba el presidente Bush. Mientras la Unión Europea y el mundo entero contemplaban azorados el desarrollo de una guerra cruelmente desigual, miles de civiles inocentes –principalmente niños, mujeres y ancianos– morían bajo los escombros y la destrucción producida por las “bombas inteligentes” de última generación. Más aún, la relativamente rápida –aunque no fácil– ocupación de Irak no significó el fin de la guerra, sino el inicio de una serie interminable de atentados terroristas contra las fuerzas de ocupación, con el agravante de que los expertos norteamericanos no encontraron el supuesto arsenal de destrucción masiva, como tampoco lo habían encontrado los inspectores enviados por las Naciones Unidas. Después de más de diez años de terminada la guerra, y ya retiradas las tropas de ocupación, se repetían a diario atentados terroristas contra las organizaciones chiitas (que son mayoría en el país) y contra las fuerzas de seguridad, que provocaron centenares de muertos y heridos, y graves daños materiales en cada atentado.

Por eso muchos críticos de la política belicista del presidente Bush se preguntaban si la violencia de la guerra era la mejor estrategia para luchar contra el terrorismo y alcanzar la paz. Aduciendo la autoridad de las Naciones Unidas y, sobre todo, las lamentables consecuencias de la “guerra preventiva” que estaba exacerbando viejos odios y resentimientos entre Oriente y Occidente, entre el islam y el cristianismo, hoy pocos dudan de que hubiera sido preferible optar por el diálogo político, la negociación y los controles técnicos que de hecho se estaban llevando a cabo por los organismos internacionales. Porque la violencia engendra más violencia, como dolorosamente nos viene enseñando la historia de la humanidad.

Por otra parte, si la finalidad de los terroristas del 11 de septiembre era sembrar el terror en la sociedad, es indiscutible que lograron su cometido, ya que no es fácil encontrar otro período en la historia en que la humanidad se sintiera tan “aterrorizada” e insegura como en nuestros días. Pareciera que se ha encendido la mecha de un conflicto mundial en nombre de la religión, que confunde fe religiosa con ideología violenta o fanatismo irracional, que desvirtúa el verdadero espíritu de las tradicionales religiones monoteístas (el islam, el cristianismo y el judaísmo). Todo comenzó, según la opinión de muchos analistas de política internacional, con la inconsulta ocupación de Irak por parte de los Estados Unidos (luego secundada por Gran Bretaña), que pretendió combatir el fundamentalismo islámico con otro fundamentalismo (político, religioso o militar) y no democráticamente, a través del diálogo, la negociación y otros medios pacíficos.

Tanto el fundamentalismo como el fanatismo, a lo largo de toda la historia humana, han puesto en peligro con mucha frecuencia la convivencia social. Aunque no son sinónimos, ambos fenómenos están íntimamente relacionados. En efecto, el fanatismo tiene, etimológicamente, una clara connotación religiosa. Proviene del sustantivo fanum, que significa “el templo”. Pero su uso, desde la Antigüedad, se extendió a otros ámbitos no religiosos, como el ideológico, político o cultural. A mediados del siglo XX, Palazzini (1950) definió el fanatismo como la condición de quienes se sienten investidos de una misión religiosa, civil o social, se creen únicos poseedores de la verdad, y están dispuestos a recurrir a todos los medios para hacer triunfar sus ideas.

El fundamentalismo, por su parte, es un movimiento religioso protestante minoritario, originado a comienzos del siglo XX en los Estados Unidos, que adhiere al sentido literal de la Biblia como el fundamento del cristianismo. Del mismo modo, hay una minoría fundamentalista en el islam, que considera que la Ley Sagrada del Corán (fundamento del islam) tiene validez universal. Por consiguiente, no solo viven literalmente esta Ley Sagrada en su experiencia religiosa personal, sino que están dispuestos a imponerla, aun por la fuerza, en la vida política y social. En el capítulo 8, 38-39 del Corán se dice: “Di a los que se niegan a creer que si cesan, les será perdonado lo que hayan hecho […], pero si reinciden […] combátelos hasta que no haya más oposición y la práctica de adoración se dedique por completo a Allah. Sin embargo, es necesario destacar una vez más que el fundamentalismo religioso no es exclusividad del islam, como tampoco lo es del protestantismo, y que puede surgir en cualquier grupo, no solo religioso, sino también ideológico, político, económico, cultural o moral.

El fanático y el fundamentalista se identifican en el hecho de que ambos viven la posesión de su verdad con una mística cuasi religiosa, y sienten la necesidad mesiánica de imponer su verdad a los que no la poseen. Este tipo de maniqueísmo conduce inevitablemente a una violencia sin límites, porque la confrontación entre la verdad poseída por el fanático y el supuesto error de quienes no la aceptan explica –y para el fanático, justifica– la violencia terrorista. De ahí la imposibilidad de controlar un terrorismo fundamentalista con otro fundamentalismo, como trataremos de analizar más adelante.

En estas reflexiones sobre la paz trataremos de analizar las causas y tipos de violencia, los medios para resolver pacíficamente los conflictos, y la evolución del concepto de paz, a la luz de la Carta de las Naciones Unidas, de las investigaciones sobre la paz producidas por el Instituto Internacional de Oslo y del modelo social adoptado por la Unión Europea.



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