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5 Código de Observación

1. Sobre los problemas en el establecimiento de un código de observación

1.1. Codificaciones previas

Los estudios de psicología y semiótica desarrollados en contextos naturales, a saber, los que investigan el fenómeno en sus condiciones de ocurrencia, son en buena medida discrepantes en la codificación. La primera moción fue utilizar alguna de las clasificaciones preexistentes y aceptadas. Para los gestos, Bates (1976), Goldin-Meadow (Butcher & Goldin-Meadow, 1993), Capirci & Volterra (2008) proponen clasificaciones que han sido señeras y que, con algunas variaciones, respetan un núcleo de gestos deícticos, representacionales y convencionales (supra cap. 2). McNeill (1992), de acuerdo con su hipótesis de una estructura comunicativa única para el lenguaje y la gestualidad, traza una distinción más fina de tipos gestuales (supra cap. 2). Pero con las primeras pruebas de registro, desgrabación y codificación se hizo evidente que cualquiera de las clasificaciones existentes debería nutrirse con nuevos aportes para realmente cubrir todo el espectro de las comunicaciones del período.

El descubrimiento de la colaboración entre gesto y palabra durante la etapa pregramatical aún no se ha visto capitalizado por la confección de un sistema categorial que refleje, con equivalente grado de importancia, el uso libre y combinado de los recursos del gesto y de la oralidad. Ciertos estudios se limitan a clasificar la gesticulación per se, otros la consideran junto a los signos verbales, pero sin contemplar las vocalizaciones no verbales (las más de las veces) o sin atender a las funciones comunicativas. En los estudios sobre adquisición verbal, la gesticulación suele asumirse en el rol de soporte del progreso hacia el habla gramatical, sin mayor incidencia sobre el contenido del mensaje, marginándola por ende del registro empírico. A su vez, las clasificaciones siguen sin cuestionamiento los criterios del lenguaje adulto, plenamente desarrollado, y no reflejan el habla de estadios anteriores. En otro orden de cosas, los códigos existentes suelen olvidar las precisiones operacionales que permiten resolver los casos fronterizos (y hacer comparables resultados diferentes en distintas investigaciones). Viendo con cierto cuidado se puede advertir que no todos los verbos que el niño utiliza tienen calidad de verbo (poseen los rasgos categoriales de esta clase de palabra): la determinación de qué se considera y clasifica como verbo requiere del máximo de explicitud.

En relación con las funciones comunicativas, la literatura sobre el gesto oscila en general entre las clasificaciones selectivas ( donde, por ejemplo, la nominación es desdoblada en los subtipos objeto/animal [Farkas, 2007], sin relevar otros distintos actos comunicativos que estarían en el mismo nivel de la nominación: funciones conativa, expresiva, fática, etc.), y la catalogación de intencionalidad del niño pregramatical según categorías del mundo adulto (Crais et al., 2004), las cuales, con toda su utilidad, extravían ciertas especificidades de la condición de aprendizaje[1].

Por otro lado, no es común que los estudios sobre comunicaciones de habla y gesticulación o sobre adquisición lingüística tengan en cuenta en general los resultados de investigaciones sobre el desarrollo de capacidades expresivas en la primera infancia (musicalidad temprana, formas de la vitalidad, diversas formas de empatía). Se omite entonces un contexto de nivel precomunicativo que es el ámbito fundamental de la vida del niño antes de convertirse en un ser comunicativo (agente significador intencionado). La actividad semiótica no se produce sino sobre el basamento de los intercambios que preparan la conducta para la expresión de tipo comunicativo. Las vocalizaciones no verbales, en efecto, pueden ser portadoras de significado tanto como las palabras, aun si el significado no está en ellas prefijado por un código de tipo tal o cual, sino que emerge del contexto y sobre el fondo de hábitos, rutinas y significados previos.

Las manifestaciones de tipo gestual a las que en este estudio hemos dado entidad difieren en cuanto a definición (a veces) y exceden en cantidad a las de otros especialistas. No sólo han tenido cabida gestos deícticos (en su abanico de subtipos), representacionales y convencionales, sino gestos afirmativos, negativos, conectivos y expresivos (que no tienen intención denotativa como los primeros, ni cuentan como gestos convencionales, sino que recogen significaciones lógicas o vinculadas a la emocionalidad[2]. En materia de lenguaje, fueron contempladas todas las variantes de la vocalización, no sólo las que incluían palabras (verbalizaciones). Los gestos, vocalizaciones y palabras no son al principio sino el utillaje para entablar el contacto con el otro, por lo cual un código que descuidara las funciones con las que el niño pequeño verbaliza o gesticula dejaría escapar lo más jugoso de un estudio sobre el desarrollo comunicativo. Finalmente, el interés por la continuidad entre gestualidad y vocalización forzaba a emplear unas categorías de clasificación comunes a las dos modalidades que admitieran la comparación entre ambas sobre el eje longitudinal.

1.2. Nuestro sistema de categorías de observación

Con el objetivo de paliar las deficiencias mencionadas, se ideó un código sui generis con esta pauta[3]:

  1. Se tomaron categorías de investigaciones precedentes.
  2. Se comprobó su eficacia para abarcar el abanico de conductas comunicativas gestuales y orales (vocalizaciones en todas sus formas, verbales y no verbales) en el período estudiado.
  3. Se desecharon las categorías que la casuística volvía superfluas a esta edad (gestos metafóricos), se fusionaron otras (‘petición’ y ‘pregunta’ [López Ornat & al., 1994] integradas como función conativa), se discriminaron otras nuevas (la función informativa –referencial, asertiva o constatativa, según distintos autores– fue desdoblada como una función declarativa y otra informativa, conforme a las pautas que a su turno se detallarán). Se procedió a una jerarquización, de modo que, a diferencia de otros esquemas categoriales, no se confundieran en un mismo plano las categorías de nivel básico y las de nivel supra- o subordinal (como sucede, por ejemplo, en Farkas, 2007), con la sola excepción de los casos de afirmación y negación verbales, cuya alta frecuencia y versatilidad eran razón sobrada para desprenderlos del grupo de los adverbios sin indexicalidad. Junto con la incorporación de ciertos tipos nuevos de funciones, gestos o palabras, las contribuciones de algunos especialistas quedaron simuladas dentro de la esquematización propuesta. Por ejemplo, los gestos protointerrogativos destacados por Cintia Rodríguez (2009) son, de acuerdo con nuestro objetivo y parecer, una de las instanciaciones de la función conativa.
  4. Se aplicó al registro de las comunicaciones efectivas este nuevo mapa de categorías, controlando si abarcaba de manera representativa el mayor número de casos.
  5. Se procedió a un segundo ajuste, precisando ahora definiciones nominales y operacionales, de manera de dar un alcance exacto a cada clase independiente de gesto, vocalización (verbal y no verbal), composición y función. Estas precisiones conllevaron un nuevo proceso de fusión y desgajamiento.
  6. Se realizó un nuevo chequeo y revisión de los videos.

Así quedó confeccionado un sistema categorial multidimensional y bimodal (oral/gestual). La multidimensionalidad se aprecia en que se han abarcado los planos formal, semántico y pragmático.

  • La dimensión formal (así llamada para cubrir el vacío de una sintaxis) habilita a analizar las unidades comunicativas de manera de apreciar cómo cierta estructura subyace indistintamente a –por ejemplo– una expresión compuesta de [pronombre personal + pronombre demostrativo: (‘yo esto’)] y a otra de tipo [pronombre personal + gesto deíctico: ‘yo’ + pointing del ‘esto’)], o a ver la correlación –segundo ejemplo– de una expresión [sustantivo + verbo: ‘auto anda’] y otra [sustantivo + gesto representacional: ‘auto’ + gesto manual de palma colocada contra el piso y desplazada hacia adelante mimando el andar del auto).
  • La dimensión semántica habilita a analizar el contenido de las comunicaciones (que a esta edad temprana no es tan obvio y requiere tener en mente otros factores).
  • La dimensión pragmática habilita a analizar los objetivos con que se utilizan los recursos comunicativos. ‘Agua’ es pedido o expresión de reconocimiento para lo que hay en el vaso; análogamente, un pointing puede detenerse en un objeto para compartir con otro un interés particular o para realizar una solicitud.

Adaptada al interregno de transformaciones desde las primeras comunicaciones holofrásticas hasta la posterior sistematización morfosintáctica, la clasificación vio necesario incorporar, para la dimensión pragmática, ciertas funciones ignoradas o igualmente confundidas. En los registros obtenidos se encontraron tanto casos comunicativos inclasificables (reunidos bajo el membrete función-otro) como casos que incumben a este momento del proceso adquisitivo de la lengua (función eco). De forma concreta:

  • La función informativa (Jakobson, 1960) ha sido desdoblada entre una de intención nominativa (nombrar un objeto; si es un gesto, poner de relieve que se lo ha identificado) y otra de inquietudes verdaderamente informativas (decir algo sobre el referente: “E_te titito” /este chiquitito/, “E_te rrrrr” /esto (un auto) hace rrrrrrrr (al andar)/). La distinción estriba en la importancia de cuidar las diferencias entre dos procesos (reconocimiento/atribución) de diferente rango cognitivo.
  • Se distinguió una función actitudinal para las comunicaciones en las que se adopta una postura subjetiva respecto de un contenido exhortativo, una demanda o una solicitación. A la propuesta del adulto de tomar más sopa, el niño niega verbalmente o con un gesto de cabeza. Es una intervención reactiva que indica cierta postura hacia lo que está en juego y, por lo tanto, no posee valor veritativo. En estos casos, negación o asentimiento no se hallan supeditados a confirmación del otro porque no son objetivos[4].
  • Se distinguió una función eco, que contempla aquellas expresiones, fundamentalmente vocalizaciones de tipo verbal, que se repiten sin otro fin aparente que el de dominar sonidos nuevos, pronunciarlos por primera vez, consolidar el nexo entre el significante y el significado. Bajo la iteración a veces puede colegirse, en la mirada vuelta hacia el adulto, una interrogación, como si se indagara en el semblante del adulto haber captado bien la forma de su verbalización. Esta pregunta parece quedar suspensa en la mirada, algunas veces subrayada por una cadencia inquisitiva en la reproducción oral. El eco parece ser así entendido por los padres, quienes de manera natural proceden a la corroboración. Como ha escrito Katherine Nelson: “La aceptación y repetición del sonido por los padres provee la confirmación de que el niño ha entrado exitosamente en el juego del lenguaje” (Nelson, 1996, p. 114).

No puede saltearse un comentario de carácter general acerca del criterio con el que una acción se ha computado como comunicativa. Compartimos con Sarriá Sánchez (1991) que la mirada dirigida al interlocutor no es baremo suficiente, como sí entienden otros investigadores (Harding & Golinkoff, 1979). El criterio de sola mirada excluye de los hechos comunicativos una variedad de intervenciones en las que el contexto deja comprender que existe una interpelación del niño hacia el adulto. Ubicado en el regazo de su partenaire, pero de espaldas, la postura obstaculiza el contacto visual, pero sería descabellado pretender que hubiera impedimento para vincularse comunicativamente. En cada caso es siempre el cuadro de la situación lo que debe evaluarse para decidir si una conducta es dirigida al otro y por lo tanto comunicativa. Anclar en la mirada el factor intención implica riesgo de perder información valiosa. Por lo tanto, se consideró que una conducta era una comunicación con un criterio de amplio encuadre, atento a coordenadas contextuales dentro de las cuales pudiera asignarse a las intervenciones un afán de interactuar.

Todas las anteriores consideraciones desnudan los límites más habituales en la forma de abordar las expresiones pregramaticales y el acceso del niño al lenguaje. Nuestra investigación pretende subsanar algunos de estos déficits, con la cabal consciencia de que no propone sino una sistematización categorial para abordar la comunicación antes de la emergencia de la gramática. En las secciones subsiguientes, detallamos las definiciones nominales y operacionales que se han adoptado. Luego de las definiciones generales, las categorías más específicas reciben el debido tratamiento respetando el orden: gestos, vocalizaciones, composiciones y funciones comunicativas.

2. Definiciones generales[5], [6]

α) Comunicación

Conducta intencional, intencionada, sígnica, individual y social. La conducta, en cualquier caso, es el conjunto de toda acción simple o compleja que despliega un individuo. DO: cualquier acción que implique signos dirigidos a uno o más receptores. Una expresión es comunicación siempre que el interlocutor así lo entienda, o si un observador externo asume que ha existido en la conducta de un agente, voluntad, consciente o inconsciente, de alcanzar a un receptor.

Esta prerrogativa del observador externo para sancionar dónde alguna expresión es a la vez un acto comunicativo se desdobla en la investigación en los dos tiempos del registro y del momento posterior de la desgrabación y análisis de datos, dado que aquí el observador, que a la sazón coincide con el investigador, tiene la posibilidad de repetir la vista de la escena cuantas veces sea preciso. En efecto, en la investigación también el investigador sanciona qué expresión es comunicativa. Considerar parejamente válidas una decodificación in situ y otra a posteriori, la primera por el receptor-destinatario de la comunicación (o por algún observador neutral), la otra por un decodificador que se enfrenta a la escena en frío, después de acabada, parte del argumento (Riba, 1990) de que tanto aquél como éste son sujetos receptores del mensaje, uno actualmente, el otro de manera diferida. Uno como otro son, al cabo, agentes actualizadores del mensaje remitido en tanto remitido a un potencial decodificador o receptor ideal.

β) Gesto

Variante del hecho comunicativo en que el enlace entre emisor y receptor implica un acto significativo partiendo de la motilidad y llegando al canal visual. Puede valerse o no de objetos. Se excluyen las expresiones espontáneas y no comunicativas de gesto autodirigido y de expresión facial o corporal. El gesto autodirigido es, por definición, no comunicativo. La expresión facial es la mueca del rostro que acompaña una emoción o estado emocional y que, por su carácter espontáneo, no puede tomarse como comunicativa (sí semiótica). Hay por supuesto casos de expresión facial intencionada en los que la musculatura de la cara es alterada para transmitir deliberadamente una intención, acto en que la semiosis espontánea se transforma en gesto y comunicación facial (casos que han sido computados según su valor semántico – infra sección 3.1). Lo mismo ocurre en la expresión del cuerpo: si es espontánea, encarna sólo un estado afectivo y es por ende significativa, pero no comunica. La expresión corporal (sea de postura o movimiento) se distingue, de otra parte, del signo gestual en que este tiene una morfología de tres tiempos concretos: un comienzo o gestación (onset), un punto de consumación (perfecta configuración formal) y un regreso al estado originario de reposo (McNeill, 1992); aquélla, en cambio, está dotada de cierta continuidad o extensión temporal, encabalgando diferentes movimientos que dibujan perfiles kinéticos. La diferencia es entre una expresión discreta (el gesto es unitario por definición [Kendon, 2004]) y una unidad molar de límites difusos. La manifiestación facial o corporal puede tener o no un significado (puede tan sólo sugerir una forma de la vitalidad [Stern, 2010]), pero aún si tiene contenido significativo (la postura de parado con hombros hacia adelante y la cabeza gacha es un indicio universal de agotamiento físico), no comunica en cuanto el contenido no sea ejecutado adrede para un receptor. En resumen, las diferencias entre el gesto y la expresión facial son de intención (comunicar vs. significar) y entre el gesto y la expresión del cuerpo son, fuera de la intención, también de tipo morfológico (discreción vs. continuidad). DO: toda acción que cumpla con las características de la definición de comunicación e implique al cuerpo un movimiento de tres tiempos de realización, (1) onset, (2) consumación de una morfología semiótica convencional, (3) retorno al reposo.

γ) Vocalización

Variante comunicativa que va de la oralidad al canal auditivo. Incluye tanto verbalizaciones (palabras, interjecciones de palabra o frase [llamadas impropias]) como fonaciones por fuera del repertorio léxico (interjecciones expresivas, vocalizaciones diversas) toda vez que revistan intención comunicante. DO: cualquier acción que satisfaga la definición de comunicación e implique, de forma exclusiva, a la modalidad oral.

δ) Composición

Comunicación que involucra dos o más unidades sígnicas contemplando todo tipo de gestualidad y vocalización. Incluye cualquier enlace entre dos signos, sin distinciones de modalidad (gesto-gesto, gesto-vocalización [verbal o no-verbal], vocalización-vocalización) ni de función. Son casos ejemplares de composición: “E_to” /esto/ + gesto de pointing, “E_to _ico” /esto rico/, “¡Eh, acá!” y “Yo posh /yo vos/”. La composición excluye las siguientes repeticiones:

  • de un solo elemento léxico (“E_to, e_to, e_to”, “No, no, no”),
  • de interjecciones (“Eh, eh, eh” –vocalizaciones sin significado reiteradas al modo de un balbuceo–),
  • de un mismo gesto reiterado (por ej., secuencia de pointings ininterrumpidos).

Sí se computan casos de repetición cuando no impiden la composición del elemento reiterado y otro(s) (composiciones con 3 o más signos y dos diferentes signos-tipo, sin cuidado de que se repitan signos-caso: “E_to, e_to mío”, “Acá” + 2 pointings seguidos). DO: la composición implica acoplamiento uni- o bimodal con al menos dos signos diferentes. En términos de sus constituyentes, se trata de acoplamientos que pueden incluir (a) signo denotativo + signo funcional (ej.: “E_to sí” /esto sí/; pointing + “No”); (b) signo denotativo + signo expresivo (ej.: “Eh, posh” /eh, vos/) y (c) 2 signos denotativos (ej.: “E_to -ande” /esto grande/; “Yo pe_” /yo perro/). No comprende los acoplamientos de elementos expresivos o funcionales puros, dado que la estructura composicional está pensada como un relevo anterior de la estructura proposicional.

En su dimensión formal, la composición consiste (mínimamente) en[7]:

  • 2 signos que en canales diferentes (bimodalidad) expresan un mismo y solo contenido de tipo referencial: unirreferencialidad (ej.: ‘esto’ y conjuntamente el pointing que indica al objeto; o ‘no’ más gesto de negación).
  • 2 signos que en canales diferentes (bimodalidad) expresan distintos contenidos de significado sobre un mismo referente: unirreferencialidad significada de manera diferente (ej.: gesto deíctico + nombre del objeto, ‘mesa’, ‘perro’, ‘lápiz’, que agrega a la localización los rasgos comprendidos categorialmente por la denominación).
  • 2 signos que sobre un mismo canal o dos canales diferentes (uni- o bimodalidad) remiten a distintos referentes: ‘zapato mamá’, ‘esto mío’ (en ambos casos, relación de un primer referente objeto con otro segundo en función de sujeto-poseedor), etc.
  • 2 signos según la fórmula: signo expresivo + signo denotativo o funcional (ej.: “¡Eh, -ayó!” /Eh, se cayó/; “¡Ay, no!”).

La denominación de articulación se reserva para las composiciones de signos coordinados por reglas morfosintácticas; la denominación de adjunción, para composiciones bimodales de gesto y palabra con huella gramatical. Mayormente, los dos tipos caen por fuera del período estudiado. Las distintas formas de composición se ilustran en la Figura 9.

Figura 9. Tipos de comunicación compositiva. 
Ref.: G/ gesto, V/vocalización, P/palabra; p/dichas: propiamente dichas

fig-91_c

3. Gesto

3.1. Tipos de gesto

Amén de objetar una limitación del gesto a la acción de las manos y abarcar también el uso general del cuerpo (criterio diverso al de McNeill, 1992), se ha decidido conferir valor de gesto a algunas formas sorprendentemente soslayadas de las catalogaciones con mayor aceptación. Así, se han distinguido y contabilizado gestos expresivos, que acompañan desde siempre la expresión emocional del niño; enfáticos, variante del primero limitada a respaldar vehementemente otra unidad semántica; de afirmación y negación y conectivos (ya presentes en McNeill, 1992), de los que cabe señalar, no obstante, que su aparición podría ser posterior a la etapa estudiada.

Se han distinguido cuatro grandes grupos: gestos denotativos, funcionales, expresivos y arbitrarios, más una categoría de gestos-otros para aquellos que no correspondan a ninguna de las clases mencionadas.

α) Gestos denotativos

Remiten ostensivamente a objetos o acontecimientos materiales o mentales. La remisión, si fueran deícticos, ocurre por la localización del referente en el espacio; si fueran representacionales, por la imitación de rasgos perceptivo-funcionales identificables del objeto/evento al que se alude. Los gestos de este segundo tipo aluden al referente muy diversamente, con el límite de la imaginación y de las aptitudes subjetivas para hacer un uso plástico de la corporeidad, mientras que los gestos deícticos no brindan sino información de la existencia y de la ubicación en tiempo-espacio del ente aludido.

  • Deícticos:

Difieren en la morfología y en determinados casos por su intencionalidad (aunque un gesto de grasping raramente cumple una función que no sea de pedido o exigencia, un pointing satisface esta misma función y algunas otras –declarativa, informativa, etc.–). Se brindan, de cada uno, las DO respectivas:

  1. Pointing: dedo índice apuntando hacia el objeto o situación de referencia. La definición canónica habla de un dedo extendido y firme, pero existen también formas suaves donde el índice se encuentra apenas destacado del resto del puño, y otros casos donde ni siquiera hay puño sino una apertura franca de toda la mano con el índice ubicado en línea recta hacia el objeto. Se incluyen los casos de empleo de utensilios cumpliendo funciones indiciales.
  2. Showing: la mano abierta con talante de mostrar, tanto un objeto que sostiene como uno a distancia. Incluye el gesto no manual, donde exista la voluntad de hacer ver un objeto al interlocutor. Ejemplo (conversación): “¿Vos tenés lengua?” El niño saca la lengua dando a entender /Acá está/.
  3. Reaching: la mano abierta y extendida en actitud de prender un objeto (también el denominado grasping: la acción repetida de abrir y cerrar).
  4. Request: la palma abierta en actitud de petición.

En desacuerdo con parte de la bibliografía especializada, no se ha computado como deíctico el denominado giving por no ver en él un gesto de pleno derecho. Se asume que está demasiado penetrado de la acción de dar. De esta manera, convidar con algo y anunciarlo (“–tita” /galletita/) no se considera una composición de gesto-vocalización, sino una acción dativa sin un fin concretamente comunicativo. Entre la acción de dar concreta y el dar detenido antes de consumarse (antes de colocar ante otro o poner en su mano el objeto del caso) falta, muchas veces, un punto preciso de demarcación. La idea de gesto implica acciones cuyo fin sea sugerir a la interpretación algo a través de una morfología particular, esto es: significar. No está muy claro que el caso del giving revista primeramente un compromiso con la significación. En la categorización de Andrén (2010), el giving está aglutinado junto con el showing dentro de la clase de deícticos-otros.

  • Representacionales:

Por su amplitud de formas y su relación con la creatividad e idiosincrasia de los individuos, no es posible diseñar una categoría como la detallada para el gesto deíctico. Tal y como puede aludirse a un referente por dos diferentes –o infinitas– expresiones del lenguaje (El Zorro es ‘el terrateniente Diego de la Vega’ y ‘el gran paladín de los desheredados’), también por su parte el gesto puede remitir a un individuo rescatando diferentes rasgos (por ej., una persona calva y de bigote podría designarse pasando la mano abierta por la parte superior de la cabeza o colocando un dedo entre la boca y la nariz). DO: gesto de referencia a objetos, situaciones, pensamientos o estados emocionales que utiliza la alusión figurativa y reproduce, ya sea en todo, ya sea en parte, las características de lo evocado. Ej.: abrir de par en par los brazos para sugerir que algo es muy grande. Se incluyen aquí los gestos que miman objetos/sucesos concretos tanto como aquellos que remiten a conceptos de mucha abstracción (=gestos metafóricos de McNeill – cap. 2).

β) Gestos funcionales

Gestos que operan sobre, junto con y a partir de otros signos. Se dividen en:

  • Afirmativos:

Gesto agenciado para constatar, ratificar o responder de manera asertiva a una pregunta. DO: gesto ascendente-descendente realizado con cabeza (movimiento vertical). Puede estar precedido por una pregunta; cuando no es respuesta, está ligado a verbalizaciones a las que confiere aceptación o fuerza.

  • Negativos:

Gesto de rechazar, de desmentir o de aportar información contraria a una anterior afirmación. DO: se reconoce en movimientos giratorios de cabeza sobre el eje horizontal o en movimientos con el índice o la mano desplazándose de un lado a otro, también sobre el eje horizontal, o en ademanes de rechazo que ponen distancia o freno respecto de algún objeto. De estos tres casos, la tercera es claramente una forma de negación/rechazo motivada, la segunda parece de tono cultural y la primera está sujeta a controversia (infra 3.2). El valor funcional-semiótico del /no/, ya fuere informativo o actitudinal (infra sección 6), debe discriminarse del puro rechazo (el manotazo del bebé para rehusarse a una demanda o el evitativo voltear la cabeza). Si este recurso es espontáneo, resulta por ende ser para uno mismo, una acción defensiva o de preservación respecto del estímulo. La negación, y con ella la afirmación, son ejercicios significativos para el otro acerca de algo. En cuanto para el otro, son comunicativos y no acciones nudas. Si incuestionablemente la acción de rechazo puede dar la pauta morfológica del gesto negativo, en tanto gesto, el movimiento ha devenido significativo.

  • Conectivos:

Gestos que indican la continuidad o la separación entre dos contenidos, planos o aspectos de lo enunciado, ya sea en cuanto a la temporalidad, a jerarquía o a concernencia. No poseen forma definida y son reconocidos por su rol de enlace o de desdoblamiento. Como en los tipos anteriores, se trata de gestos motivados, aunque esta motivación difiera de la del asentimiento o negación (acaso derivados de actitudes corporales hacia los objetos). La motivación del gesto conectivo no implica características de una entidad de referencia (gestos representacionales), sino la forma unitiva o disyuntiva con que se conectan dos o más ideas. Corresponden al gesto cohesivo de McNeill (1992)[8]. DO: gestos de englobadores o segmentadores que organizan semánticamente el contenido de la comunicación en diferentes planos, tiempos, etc. (ej.: la idea de /esto y luego esto otro/ reflejada en una sucesión de manos, una detrás de otra, convirtiendo la espacialidad en temporalidad; la idea de /esto por un lado, esto por otro/, actuada en movimientos de distribución, a izquierda y a derecha, para marcar la desavenencia entre los contenidos que se verbalizan). Se incluyen en el Código de Observación aun cuando no hay expectativas de verlos aparecer en el período, porque acompañan por lo regular al discurso gramatical.

γ) Gestos expresivos

No implican denotación ni operación sobre otros signos, sino cierta coloratura subjetiva, el tono emocional o la afectividad relacionada con un evento determinado. Pese a su relevancia de primera magnitud, dado que exteriorizan variables presentes en la vida anímica del individuo antes de toda comunicación referencial, están ausentes de las clasificaciones conocidas, acaso por ver en ellos una suerte de automatismo de los sentimientos (infra sección 6). En cuanto gesto, sin embargo, la expresión sucede no sólo ante el otro (reacción incoercible de la manifestación involuntaria) sino para el otro, en este caso para sugerirle cómo debe leer el contenido comunicativo.

En su morfología no hay configuraciones rigurosas. Proceden de expresiones físicas emocionales espontáneas (por lo menos de raíz, ya que la idiosincrasia del sujeto y la cultura pueden agregarle cuotas de arbitrariedad). La dosis de expresividad puede surgir en forma de énfasis, poniendo de relieve algún aspecto de las vocalizaciones, o revelando cómo el contenido del mensaje afecta cognitiva y emocionalmente al emisor. Se dividen en:

  • Enfáticos:

Gestos de fuerza que traslucen involucramiento emocional en materia de intensidad. DO: gestos sin forma predeterminada que se emplean, la mayoría de las veces, para la acentuación de un elemento de la oralidad (ej.: un puñetazo librado sobre la mesa para subrayar un pensamiento; o cuando Bruno, luego de solicitar en vano una pelota, golpea con las manos, palmas para arriba, sobre las rodillas, gritando “¡Pe–tita!” /pelotita/ en tono de exigencia). Si se producen junto con gestos de negación o afirmación, se diferencian en cuanto que quieren acentuar esas funciones de negar o de ratificar. La dicción ‘no’ puede apoyarse en una negación con la cabeza, en cuyo caso se computa como gesto negativo, pero cuando este gesto de negar está dotado de una intensidad particular (innecesaria respecto del contenido), el gesto se computa como enfático.

  • Expresivos propiamente dichos:

Son gestos que traducen el tono afectivo de alguna expresión (ejemplo: cara de tristeza puesta para un receptor) o que comentan algún episodio compartido (algo falta a su sitio y Bruno, mirando a su madre sin decir palabra, muestra las dos palmas y se encoge de hombros). DO: gestos sin forma predeterminada que brindan a un contenido explícito o supuesto una coloración emocional con la que debe interpretarse el acto comunicativo. La variedad de este añadido de tono o de afecto excluye aquellos casos en los que se trata meramente de un acento y pertenecen, por lo tanto, a la categoría del gesto enfático.

δ) Gestos arbitrarios

Gestos donde, como en el lenguaje, no hay motivación entre el significante y el significado. A diferencia de todos los tipos anteriores, para los que había algún tipo de motivación en diferente grado, éstos sólo responden a dictados socioculturales. En la investigación se consideran solamente aquellos gestos arbitrarios de tenor asistemático, no vinculados con reglas estructurales de articulación (como los que conforman el vocabulario en las lenguas de señas). DO: gestos de morfología y significado surgidos de convenciones culturales (ej.: gesto de ‘hola/ chau’ –agitar la mano en señal de llegada o despedida–)[9].

ε) Gestos-otros

Gestos que no se encuadran en los tipos previos.

ζ) Gestos dudosos

Gestos a los cuales no sea posible atribuir una categoría específica entre dos o más.

La Figura 10 presenta un diagrama con los distintos tipos y subtipos de gesto detallados hasta aquí.

Figura 10. Clasificación de los tipos de gesto II. 
Los colores establecen los niveles de organización de nuestra clasificación y sirven para señalar correspondencias con tipos de vocalizaciones
(infra Figura 14, sección 4)

fig10cap2

3.2. Consideraciones especiales

3.2.1. Consideraciones especiales en torno al criterio clasificatorio

Nuestra clasificación propone una distribución que agrupa las categorías nombradas de forma sui generis. Como primera instancia, dividimos el espectro de los gestos entre motivados y arbitrarios. Los gestos motivados se dividen en denotativos (deícticos, representacionales), funcionales (afirmativos, negativos y conectivos) y expresivos (enfáticos y expresivos propiamente dichos). Cada uno encarna una forma distinta de motivación. Los deícticos siempre están dirigidos a un objeto que sitúan físicamente en coordenadas témporo-espaciales; los representacionales sugieren aspectualmente el objeto aludido (uno y otro subtipo corresponden, respectivamente, al índice y al ícono peirceanos). Los funcionales están inspirados por aquella operación mental con la que están comprometidos. Los gestos afirmativos permiten alguna duda acerca de su origen motivado, pero la cercanía con los gestos de tipo negativo, en cuanto a funcionalidad, invita a contenerlos en el mismo grupo a falta de opción mejor. Para los gestos negativos, la morfología de negación-rechazo ejecutada con la mano bien puede plantearse como recogida del rechazo comportamental (de forma semejante cabe concebir el gesto negativo cefalógiro de Spitz, 1957). Los gestos conectivos sugieren isomórficamente nociones como inclusión, flujo, secuencia, jerarquización (espacializan la vinculación entre elementos). Por último, en los gestos expresivos la motivación no es presencial-existencial ni morfológica, sino inducida por la vis emocional del cuerpo. El gesto enfático muestra una fuerza, mientras que el gesto expresivo propiamente dicho posee una expresividad más libre, más idiosincrática, sujeta a los vaivenes afectivos del sujeto acerca de lo que está en juego[10].

Los gestos arbitrarios, por su parte, se dividen entre aquellos que integran sistemas normativos (lenguas de señas) y aquellos asistemáticos, como el gesto de ‘chau’, o el del pulgar en alto (para señalar que algo está bien).

En relación con la categorización, ya introducida, de McNeill (cap. 2), sus gestos metafóricos han sido incluidos en nuestros representacionales, dado que, con ser abstractos, conceptuales más que gráficos, no han resignado la figurabilidad. Aunque esta condición la cumplan con menor grado de nitidez, siempre se puede en ellos encontrar algún rasgo de iconografía. Una apertura repentina de ambas manos evoca algo como un estallido, un hecho súbito; un movimiento en simultáneo de ambas manos hacia el frente, como si se colocara ante otro un objeto corpóreo, sugiere un ofrecimiento, un convidar, un pensamiento compartido y materializado por la mediación gestual. La categoría de nuestros gestos funcionales discrimina tipos no especificados en McNeill (afirmativos, negativos, conectivos). Otro tanto ocurre con los gestos expresivos. Para justificar la redistribución que ha sido realizada ha de considerarse que los objetivos de nuestra labor no son los gestos por sí mismos, sino su composición con unidades del lenguaje y su frecuencia, como gestos puros, respecto de la frecuencia de las vocalizaciones. La figura 11 coteja las clasificaciones de McNeill, de Iverson y Thal (1998) y las del Código de Observación de nuestro estudio.

Figura 11. Comparación de diferentes sistemas de clasificación de gestos. 
Iverson y Thal (1998), McNeill (1992), clasificación adoptada en la investigación presente

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Nota: No se incluye una celda particular para los Gestos-otros, que recogería los remanentes inclasificables. (1) La distinción entre representacionales concretos y abstractos sólo se incluye a efectos de mostrar la disolución de los metafóricos y los icónicos de McNeill, pero no es tenida en cuenta en el trabajo empírico. (2) No es posible determinar cuál es el sitio de los gestos afirmativos y negativos en los otros dos esquemas clasificatorios. (*) Gestos inmotivados.

Puede objetarse que nuestra categorización, en beneficio de brindar un paisaje exhaustivo del mundo del gesto, se organice con más de un criterio. En efecto, hemos opuesto gestos motivados y arbitrarios según el modo de relacionarse el gesto y el objeto, mientras que tanto gestos negativos como afirmativos se distinguen y se reconocen a través de la función y la morfología. La morfología es también el factor decisivo para separar los gestos deícticos y los representacionales, dejando en segundo plano a la función. El gesto enfático y el expresivo responden, se separan de otros solamente en su función (poner de manifiesto el involucramiento subjetivo de tenor emocional). Esta dificultad para clasificar conforme con un único criterio se encuentra también en los antecedentes más reconocidos. En Iverson y Thal (1998), como hemos visto, hay gestos deícticos, representacionales y convencionales (nuestros arbitrarios) y allí el primer tipo se separa del segundo por la forma, mientras que ambos, tomados en bloque, se separan del gesto convencional por la relación entre significados y significantes (respectivamente, la motivación o la arbitrariedad). Para McNeill (1992), la diferencia entre los gestos beats y los cohesivos es de corte funcional, o morfo-funcional, pero la discriminación deíctico/icónico pasa por la morfología; por su parte, el gesto icónico y el metafórico son separados por su modo, más o menos motivado, de referenciar.

La clasificación presente ha requerido decisiones que pueden ser objetables y que es imperioso, en beneficio de la transparencia, explicitar. Puestos ante la opción de renunciar a la exigencia de exhaustividad y que la catalogación no contemplara todas las variantes de gestualidad reconocibles, se prefirió darles cabida a todas dentro de un esquema con criterio múltiple, jerarquizando las distintas pautas clasificatorias (infra Figura 12). Primero se ha trazado una bipartición en virtud del carácter motivado o arbitrario de los gestos. En un segundo plano, el grupo de los motivados está dividido en tres siguiendo una pauta semántica (su oficio: denotar, ligar o desligar, manifestar una emoción – denotativos, funcionales y expresivos, respectivamente). Dentro de un tercer plano, es la morfología la que distingue los sub-tipos, útil para discriminar entre denotativos/representacionales, entre afirmativos/negativos/conectivos, más discutible entre gestos enfáticos y gestos expresivos propiamente dichos.

Figura 12. Categorización de los gestos y detalle del criterio clasificatorio. 
La primera figura ofrece un panorama general de nuestra clasificación sin precisiones sobre los criterios sucesivamente empleados en su confección. Los paralelogramos inferiores muestran el proceso de categorización en sus tres tiempos y en sus tres criterios

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3.2.2. Otras consideraciones especiales

  • El gesto de showing requiere de algunas precisiones específicas. En nuestra concepción, abarca su forma canónica (la mano abierta tendida hacia lo que muestra) como cualquier manifestación semiótica orientada a colocar ante los ojos de otro un objeto o hecho concretos. Bruno exhibe una rica variedad de showings en la primera sesión: en S1-329/ 1; 7 (13) procede a mostrar algo que ya tiene en la mano, elevándolo a la vista del adulto; en S1-252/ 1; 7 (13) quiere que el otro repare en su panza y palmotea sobre ella sin quitar la vista a las reacciones del adulto (showing de contacto); en S1-272/ 1; 7 (13) busca igualmente que el adulto repare en su panza, pero acá el contacto lo realiza mediando un juguete (un dinosaurio) al que utiliza para marcar el lugar donde mirar (a la manera de un puntero, toca con una herramienta lo que le interesa poner de relieve). Reuniendo todos los ejemplos, tenemos una categoría de showing que se extiende más allá del uso de la mano o de la relación que hay entre mano y referente (ya tocando, ya enseñando con la palma), incluso más allá de que pueda no haber uso de mano en absoluto. Esta caracterización puede chocar con el grueso de los estudios sobre gesto, concentrados en la significación manual. Desde un enfoque funcional, cómo se muestre importa menos que el mostrar en sí.
  • Puede indicarse que, cuando los gestos no están integrados en sistemas comunicativos con reglas determinadas (lenguas de señas), son mayormente, de una u otra forma, motivados, y el margen de gestos arbitrarios muy menor. En contrapeso, los signos lingüísticos son en su mayoría arbitrarios y las excepciones harto reducidas (onomatopeyas, palabras icónicas [simbolismo sonoro]).

4. Vocalizaciones

La palabra es la categoría natural e idónea para investigar la adquisición lingüística, por cuanto es la unidad morfosemántica que constituye el léxico de toda lengua y el dominio (el medium o elemento) requerido para instrumentar luego reglas gramaticales. Por supuesto, la fonología, la fonotaxis y el nivel de los morfemas son variables de indudable peso en el lenguaje pregramatical, pero es recién con la palabra que el niño puede expresarse con un código lo suficientemente rico sobre su mundo inmediato. La palabra constituye la unidad semántica central de la estructura de la lengua, vale decir de la herramienta cultural que es pasaporte a lo incondicionado.

La centralidad de la palabra en la comunicación oral ha redundado sin embargo en el descuido de otras manifestaciones que, sin ser verbales, se encuentran presentes en la oralidad desde las primeras interacciones. Al abordar aquí el período inmediatamente previo a la evidencia de gramática se ha decidido contemplar también este elemento de los intercambios, fracción importante en la expresión del niño y aspecto elicitador de otras habilidades comunicativas más complejas.

En un sentido lato, vocalización es toda comunicación oral. La categoría comprende tanto verbalizaciones (palabras, amalgamas) como cualesquiera fonaciones con valor semánticos (‘¡ah!’, ‘¡oh!’, ‘¡ay!’, ‘eh-eh-eh’). Esta definición excluye otras distintas manifestaciones de la oralidad: risas, jadeos, todo el conjunto de los ruidos de la boca (salvo que en cierta situación se empleen para comunicar, como la risa expresamente convidada al semejante para que comprenda, por su medio, que un hecho determinado debe festejarse). Una expresión de auténtico dolor, fruto de un golpe, es espontánea y, como tal, no califica; sin embargo, puede utilizarse para suscitar en otro la idea de dolor. En una oportunidad (FS 1;11 [20]), pasando las hojas de un libro de cuentos, B topó con el dibujo de un perrito y a continuación, mirando al interlocutor, dejó escapar un “¡Ay!”, quitando con brusquedad la mano y sugiriendo que los perros muerden y eso duele. Las interjecciones, se lo ve, son funcionales a la comunicación, no meras expresiones emotivas inintencionales. Por ello la categoría de vocalización abarca los sonidos sin significado léxico preestablecido tanto como, al otro extremo, el enunciado de perfecta corrección gramatical, ergo toda emisión oral con el objeto de comunicar.

Las vocalizaciones se dividen en vocalizaciones verbales, no verbales e ininteligibles. Las primeras incluyen palabras y amalgamas (compuestos verbales que el niño no logra analizar –cfr. infra sección 4.1.–) mientras que las segundas se ubican por fuera de la lengua y las terceras constituyen intentos de verbalización fallidos.

Se ha computado como vocalización verbal o verbalización toda expresión en la que sea reconocible o bien el léxico del castellano o bien cierto idiolecto que el sujeto (niño) use con regularidad y pueda comprenderse semánticamente. Bajo el marchamo de palabra se entiende el signo lingüístico planteado por Saussure, pero abarcando, aquí, modulaciones incorrectas o incompletas (sobre las que el interlocutor adulto hace reposición de los faltantes y aplica las rectificaciones pertinentes –comprende que “Uaua” vale en la modulación del niño por la recta forma ‘agua’; replica a la verbalización “_ayó” con el completamiento del fonema ausente ‘c’: ‘cayó’–). Asimismo, se contabilizan tanto las palabras de las que el sujeto posea buen conocimiento como aquellas otras de las que haga un uso inadecuado. Si el niño llamara ‘pato’ a cualquier animal que viera en un entorno acuático, fruto de estar aún en proceso de formarse los conceptos adecuados, o quizás por vicio de extender un nombre a territorios icónicamente vinculados (el fenómeno ya mencionado de sobregeneralización), la palabra es computada haciendo caso omiso de la corrección de empleo (porque no se evalúa la propiedad en el uso del léxico). Se incluyen asimismo en nuestra contabilidad todas las voces con falencias de pronunciación, siempre que sean reconocibles por afinidad fonética y por circunstancia de uso. Sería un severo despropósito si al estudiar la adquisición lingüística en sentido lato se descartaran las palabras con morfología degenerada.

Las vocalizaciones no verbales comprenden interjecciones expresivas (‘oh’, ‘eh’), decodificadas desde la afectividad, y eventualmente algún sonido que, dentro de cierta coyuntura, obtiene semanticidad (como las vocalizaciones propiamente dichas). Puede tratarse tanto de un sonido aislado (‘¡pam’!) como de una cierta iteración (‘¡pam, pam, pam!’), no pocas veces acoplada al juego (golpear un objeto repetidas veces, por puro placer, o resaltar los pasos de una caminata en el estilo de la marcha militar).

Entre las vocalizaciones no verbales y verbales parece obligado distinguir una categoría para agrupar las que no llegan a entenderse pero que no corresponden, sin embargo, a unos sonidos caprichosos. A estos intentos de palabra que han quedado lejos de su forma idónea los hemos clasificado vocalizaciones ininteligibles.

La Figura 13 distingue los tipos de vocalización en su nivel fundamental.

Figura 13. Clasificación de los tipos de vocalización I

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Para integrar todas las manifestaciones comunicativas de la oralidad, bajo igualdad de condiciones, en el cómputo y análisis de las intervenciones del sujeto, se acuñó el concepto técnico de unidad fono-comunicativa (UFC). Ella es nuestra categoría de contabilidad para integrar el léxico y las variantes comunicativas ajenas al mismo (para-lexicales). Así, ‘mamá’, ‘pis’, ‘esto’, ‘ahí’ o ‘¡pum!’ son UFC, y los acoplamientos ‘esto mío’, ‘este malo’, ‘eh, vos’ o ‘uaua no’ /agua no/ son expresiones de 2 UFC, sin distinción de que se trate de palabras o de no palabras. La UFC tiene cotos precisos (DO): puede quedar delimitada por otra unidad verbal o no verbal siguiente de modo inmediato, o bien por una pausa temporal que supere un segundo.

4.1. Tipos de vocalización

Se ofrecen a continuación definiciones nominales y operacionales de aquellas categorías de vocalización antes introducidas. Eventualmente ambas definiciones pueden coincidir, en cuyo caso no se incluye indicación DO.

α) Vocalizaciones no verbales

Vocalizaciones sin significado establecido que adquieren sentido según algún código para-verbal. Situadas al borde de nuestra definición de ‘comunicativo’, corresponden a emisiones de la oralidad interjectiva o a ejercicios lúdicos modulatorios. DO: interjecciones expresivas (‘¡eh!’, ‘¡oh!’) y demás ejemplos de la oralidad no léxica emitidas para un otro en situaciones compartidas.

β) Vocalizaciones ininteligibles

Emisiones en las que se trata de sonidos claros (sílabas, fonemas) sin significado detectable pero que, no obstante, revelan no ser sólo ejercicios de sonidos libres sino tentativas de modulación verbal fallida. La morfología deficitaria no impide captar en ellas la intención-propósito a la que están vinculadas (infra sección 5).

γ) Vocalizaciones verbales

Emisiones de una o más palabras. ´Palabra´ incluye no sólo palabras sino interjecciones de palabra (llamadas impropias), onomatopeyas y amalgamas. Se dividen en denotativas (deícticas y representacionales), funcionales (conjunciones coordinantes y subordinantes, adverbios de negación y afirmación), expresivas (interjecciones impropias, palabras interrogativas o exclamativas) y palabras-otras (artículos, preposiciones, amalgamas). Se ha concebido una categoría para casos dudosos.

La distinción entre palabras denotativas, funcionales, expresivas y otras formas de la vocalización verbal no sigue los criterios de las funciones lingüísticas tradicionales ni respeta la tipología de las palabras según la gramática (sustantivo, adjetivo, verbo, adverbio, etc.). Si la función lingüística señala la finalidad con que se emplean tales o cuales formas del lenguaje y la morfología verbal indica lo que nombra cada tipo léxico (objeto, cualidad, acción, modalidad, operaciones lógicas, etc.), nuestras categorías pretenden agrupar los signos en virtud de valencias semánticas de un amplio espectro (si refieren, si conectan, si son expresivas de la subjetividad) y ello a los fines de poder establecer comparaciones entre signos de la oralidad y la gestualidad. Uno o más signos son denotativos más allá de su instrumentación para pedir (función conativa) o poner de relieve un atributo (informativa), y puede serlo en la modalidad gestual (pointing, request, etc.) o en la verbal. Las categorías de signos permiten así un cotejo entre gestos/palabras de otro modo impracticable (pues no hay gestos-sustantivos, gestos-adjetivos, sino un uso sustantivo o adjetivo de los gestos). El espíritu de nuestra codificación responde al pensamiento de que, “a la hora de codificar la gramática del habla, las ‘teorías gramaticales’ son insuficientes” (López Ornat et al., 1994b, p. 10). Definidas ya la condición denotativa, funcional, expresiva de las unidades semánticas para los gestos (supra 2.1.), se detallan a continuación los tipos de palabra que les corresponden. Las caracterizaciones coinciden con las DO:

  • Palabras denotativas:

Remiten a un referente y permiten el mutuo entendimiento acerca de él. En este Código de Observación comprenden más que lo habitual, pues hemos concebido así no sólo al sustantivo, al adjetivo, al verbo (palabras de clase abierta) sino, por su condición referencial, también a los deícticos.

  • Palabras deícticas: pronombres personales, demostrativos, posesivos; adverbios de tiempo y de lugar.
  • Palabras representacionales: sustantivos propios y comunes, adjetivos, verbos, onomatopeyas, adverbios (ni de tiempo ni lugar, incluidos en ‘palabras deícticas’, ni afirmativos ni negativos, incluidos en la categoría de ‘funcionales’; se trata en principio de los adverbios en ‘–mente’, que refieren a modos de ser, y están formados sobre un adjetivo). Las onomatopeyas, sin ser arbitrarias, son reconocidas en el diccionario RAE como palabras (“vocablo que imita o recrea el sonido de la cosa o de la acción nombrada”). Ser motivadas no las aliena de la lengua, aunque el signo lingüístico se ha definido en general por su arbitrariedad (Saussure ha destacado el rango de excepción de la onomatopeya – 1916/1995, pp. 101ss). Precisamente este carácter motivado podría asimilar las onomatopeyas al tipo de interjecciones expresivas en las vocalizaciones no verbales (‘¡auch!’, ‘¡oh!’), pero en estas dicciones no hay imitación de los sonidos propios del objeto, inanimado o animado. Por lo demás, interjecciones expresivas y onomatopeyas poseen diferentes extensiones funcionales. Mientras que las primeras sólo expresan, limitándose a mostrar una emoción o a acompañar un gesto, las segundas son a veces moduladas como el nombre del objeto (‘guau-guau’ para nombrar al perro) o en un rol predicativo (en S8-120/ 2; 0 [18] Bruno señala a un perro y a la vez enuncia “Pe_o guau guau”, imitando con un movimiento de cabeza la acción de ladrar del animal; esa emisión a media lengua parece marcar que /el perro hace guau guau/; en otro ejemplo, FS 22; 4 [10], Bruno ve caer un auto de juguete desde lo alto de un estante y dice: “Auto pjjjjjjj”, donde el sonido de explosión remite a aquello sucedido al auto y es, por consiguiente, una predicación).

  • Palabras funcionales:

Conjunciones coordinantes (copulativas, adversativas, disyuntivas y explicativas) y subordinantes (causales, condicionales, concesivas, consecutivas, finales, modales y temporales), adverbios de afirmación y negación. Las palabras funcionales de nuestra categorización no se solapan con las llamadas estructurales o gramaticales, excluyentes respecto de las referenciales e inclusivas de los determinativos y preposiciones. Si bien todas ellas se definen en primer lugar por la carencia de una significación autónoma o de referente (punto en el que coinciden con las palabras llamadas de clase cerrada), nuestras palabras funcionales comprenden tan sólo el grupo que afecta a otras expresiones. Valga para los casos en que una palabra ratifica o invierte el sentido de una expresión-base (afirmación, negación), valga también para los casos en que liga dos palabras o enunciados entre sí. Fueron marginadas palabras gramaticales como cuantificadores y ciertos especificadores (los artículos[11]).

  • Palabras expresivas:

Interjecciones impropias, palabras interrogativas y exclamativas. Distinguir una clase concreta de palabras expresivas podría parecer forzado. De algún modo toda verbalización (palabra o enunciado) expresa la perspectiva con que el emisor se posiciona ante el motivo sobre el que se expide. Amén de los factores suprasegmentales, que son los recursos de expresividad más simples, la elección de las palabras por el emisor es en sí mismo algo revelador. Hay, sin embargo, palabras ligadas por sí mismas a lo que el sujeto se propone. Junto con las interjecciones que no son más que expresivas (las denominadas propias), existen también interjecciones de palabra cuyo rol es dotar de emoción o cierta fuerza intencional a un contenido significativo (interjecciones de palabra despojadas del significado léxico basal y con una segunda utilidad semántico-pragmática: ‘¡vamos!’, ‘¡por favor!’, ‘vaya, vaya’, ‘¡vale!’, ‘¡hombre!’, ‘¡caramba!’, etc.). Por otra parte, hay pronombres exclamativos e interrogativos que transforman la proposición a la que están ligadas. La exclamación o la interrogación no son aquí expresivas en el sentido corriente (emocional) del individuo, sino porque modulan cierto contenido significativo subyacente y le dan fuerza exclamativa o interrogativa[12].

  • Palabras-otras:

Este conjunto no obedece a afinidad de tipos de palabra. Está compuesto por artículos, preposiciones y amalgamas. Amalgamas son fusiones entre signos que se emplean en bloque, nunca separadas, como si se las utilizara en calidad de una sola palabra aislada u holofrase. El niño ubica con justeza contextual “pa’-_cá /para acá/ o “que-sí” /que sí/ sin haberse aparentemente percatado de que la emisión es un compuesto. La decisión acerca de las amalgamas rige máxima cautela. Por ejemplo, Bruno dice “pa’-_cáy dice “ –tá _cá” /está acá/, formas muy semejantes pero que se diferencian por el hecho de que usa “pa’-_cácomo un sinónimo de ‘acá’, monolíticamente, mientras que desensambla sin dificultad “–tá _cá”, empleando separadamente sus dos partes en la confección de otras distintas expresiones: “no –tá” /no está/, “yo acá”. En cuanto a las preposiciones, si bien contabilizadas dentro de esta clase por corresponder a la categoría más general de las palabras de clase cerrada y por la expectativa de que no tuvieran, en este período, sino una mínima frecuencia, podrían igualmente haber estado contempladas, algunas al menos, con las palabras denotativas (ante, bajo, en, hacia, sobre y tras), ya que establecen relaciones espaciales y no lógicas o funcionales, semánticamente vinculadas con el medio experiencial.

  • Palabras dudosas:

Aquí se incluyen, por un lado:

  1. Casos en que no es posible establecer exactamente qué palabra ha sido proferida (‘e_to’ /esto/ o ‘e_io’ /perro/; si la dicción ‘o_to’ responde a cierta modulación cerrada de ‘auto’, algo común en Bruno, o si se trata en cambio de una forma perturbada de ‘otro’). La interpretación no puede establecerse, pero de cualquier manera en la emisión puede reconocerse un elemento léxico (no es un contorno de sonidos ininteligibles). Simplemente, la pronunciación ha sido menos clara que en otros momentos y el contexto no aporta las claves para una completa desambiguación.
  2. Casos a los cuales no puede adscribirse una clase determinada de palabra porque les podría corresponder más de una clase. Como hemos destacado, ‘guau guau’ puede nombrar al perro o ser atribución (lo que hace el perro). Esto supone que la misma locución pueda tener función declarativa o bien informativa, según las definiciones que se especifican (infra sección 5.1). Determinar a qué clase verbal hay que adscribir a veces una UFC reconocible y sígnica resulta a veces algo indecidible. Es lógico entender que en repetidas ocasiones no pueda determinarse si el niño ha expresado ‘lindo’ nombrando un objeto por una característica o, por el contrario, se encuentra efectivamente adjetivando.

Si la pronunciación deficitaria hace irreconocible la unidad verbal, estamos ante un caso de palabra ambigua (a). Si una emisión posee morfología reconocible, pero no puede identificarse el uso dado por el niño, se trata de una palabra inespecífica (b). La primera opción se relaciona con qué se ha dicho; la segunda con qué clase de palabra (sustantivo, verbo, etc.) ha sido pronunciada.

La Figura 14 presenta sinópticamente todas las categorías de vocalización.

Figura 14. Clasificación de los tipos de vocalización II. 
Los colores respetan los de la Figura 10. Tipos de gesto, para hacer corresponder los signos entre las modalidades

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4.2. Consideraciones especiales

  • De acuerdo con lo argumentado sobre la categoría de palabras dudosas, la clasificación de sustantivo o adjetivo podría parecer un forzamiento antes de los 2 años. No obstante, la variable clase de palabra (sustantivo, adjetivo, verbo, etc.) tiene su justificación en la medida en que los tipos están normalmente bien utilizados: los sustantivos nombran, los adjetivos atribuyen propiedades, los verbos reflejan estados o acciones de las cosas. La asignación de las palabras-ejemplares (tokens) a un determinado tipo responde en todos los casos, más allá de lo que indique el diccionario, a las funciones que los niños les endosan.
  • Algunas expresiones están por entero libradas al uso contextual. ‘Ajá’ (que Bruno emplea no pocas veces) se computa, en general, como expresión interjectiva y no como palabra afirmativa (clasificación que es apropiada, sin embargo, en ciertas ocasiones). Bruno la emplea en contextos de descubrimiento y para revelar sorpresa (incluso como función fática, infra 6.1). Así también, ‘bueno’, siendo adjetivo, y ‘vale’, verbo, se han interjectivado cuando se usan como aceptación o como función fática.
  • Sobre todo al comienzo, fue importante penetrar bajo el significante y pensar en verdad cuál era el uso de cierta expresión. Algunos verbos no fueron marcados como tales ya que, en su contexto, no era decidible si habían sido empleados como verbos o con un valor diverso. Por ejemplo, “_i_á” /mirá/, muy repetido para llamar la atención sobre un objeto del entorno, parecía más bien estar usado como deíctico. Mientras fue utilizado en circunstancia de indicar al interlocutor algo presente, pero como una forma de alertar al otro sobre un punto de interés, pareció razonable categorizar esa expresión como demostrativo (equivalente a ‘esto’). Podría también habérselo tasado como adverbio de lugar, como si el niño estuviera marcando dónde hay que mirar: ‘acá’; pero su clasificación como demostrativo es de alcance más vasto que el mero señalamiento de lugar (puede aludir a un sitio o al objeto que ocupa ese sitio). Ante la ambigüedad, en este y otros casos, se decidió otorgar a la palabrea el máximo de latitud semántica.
  • En ocasiones se dio la utilización de un adjetivo (“tititito” /chiquitito/) sustantivizado (/el chiquitito/). Se computó como un caso de UFC representacional/sustantivo común por su valor nominativo antes que atributivo.
  • La expresión “am, am”, muy recurrente en algunas sesiones, se ha computado como una onomatopeya. Corresponde al comer, a la degustación, al sonido nasal de la oclusión en /m/ que tiene lugar al paladear. Que ese sonido pueda estar caricaturizado en el ‘am, am’ no le resta valor como onomatopeya (o con igual criterio habría que descontar, por estandarizados, toda reproducción de las sonoridades naturales). Bajo la estandarización subyace siempre un germen de iconicidad, incluso donde las distintas lenguas exhiben más diferencias.
  • Aunque advertidos de la conflictiva consideración que entre los académicos les corresponde a los adverbios (que algunos no consideran una clase léxica mayor, otros reducen a pronombres [Kovacci, 1992] y otros clasifican entre los preverbios [Di Tullio, 1997]), la discusión de su entidad no es de este sitio. Fuera de que la RAE los reconozca como clase de palabra, mantener su categoría y hablar de adverbios sirve para homologar nuestro trabajo con el de otras investigaciones sobre las formas tempranas de la comunicación.
  • Las interjecciones expresivas y las vocalizaciones propiamente dichas, subconjuntos de las vocalizaciones no verbales, se distinguen fundamentalmente porque a las primeras corresponde prima facie una determinada fuerza emocional, mientras que las segundas parecen más ajustadas a mostrar formas de la vitalidad. Las primeras son mayoritariamente singulares (‘¡ha!’, ‘¡ay!’, ‘¡au!’), las segundas constituyen –no exclusivamente– series de repeticiones (“Pe-pe-pe-pe-…”), incluso adoptando alguna interjección como unidad vocal (“Ay-ay-ay-ay-ay…” mientras se agencia un movimiento iterativo).
  • Se han computado exclusivamente como adjetivos las palabras de este tipo portadoras de alguna determinada propiedad (azul, redondo, largo, etc.). Los casos del tipo ‘¿qué casa es es más linda?’ han sido en principio computados en el tipo de las palabras interrogativas, y entonces como unidades expresivas.

5. Composiciones

Las composiciones son acoplamientos de gestos y vocalizaciones de manera unimodal o bimodal. Se estudiaron las composiciones en dos dimensiones: según cantidad de componentes y según tipo de acoplamientos entre componentes[13].

5.1. Clasificación por cantidad de componentes

Las composiciones se consideran según la cantidad de sus constituyentes sígnicos y la modalidad (gestual/verbal) de ellos. Se distinguen así composiciones de 2 unidades (gesto-vocalización, 2 gestos, 2 vocalizaciones), 3 unidades (2 gestos-vocalización, 2 vocalizaciones-1 gesto, 3 vocalizaciones, 3 gestos), 4 o más unidades (diversas combinaciones de gesto y vocalización). Estas opciones recubren las formas esperables en este período.

5.2. Clasificación por el tipo de acoplamiento

La tipología de los acoplamientos composicionales parte de las clases mencionadas en el capítulo 2, sección 5.1 (equivalente, complementaria y suplementaria), y añade aquí las clases de composición expresiva y la dudosa.

α) Equivalentes

Composiciones en que gesto y vocalización refieren a lo mismo y aportan los mismos contenidos de significado. Por ejemplo: en ‘esto’ + pointing los dos signos indican la misma realidad y lo hacen de la misma forma.

β) Complementarias

Composiciones en que gesto y vocalización comparten referente pero no significado (= ‘sentido’ fregueano). El pointing dirigido hacia un zapato más el nombre de ‘zapato’ no equivalen coextensivamente: el primer signo indica un algo, quizá un dónde, y el segundo es un apelativo que abarca a la clase de objetos ‘calzado’ con determinadas notas distintivas (por oposición a la categoría de ‘zapatilla’).

γ) Suplementarias

Composiciones en que gesto y vocalización aportan, uni- o bien bimodalmente, diferentes referencias y significados. Por ejemplo: pointing hacia una pelota y nombre de otro referente, “Marco”; vocalización verbal ‘así: …’ seguida de gesto de tipo representacional mostrando cómo; gesto de showing y la interjección, con valor vocativo, ‘eh’.

δ) Expresivas

Composiciones en que el gesto o bien la vocalización aportan contenido de tenor no informativo: un complemento que enfatiza, morigera, matiza el significado de la comunicación. Por ejemplo, cuando el niño enuncia el nombre de un juguete con una gestualidad de sorprendido ante su hallazgo. El componente del afecto es el factor diferencial, tomando ‘afecto’ como el rasgo de emotividad que se conjuga con el aspecto semántico referencial de gesto o vocalización.

ε) Dudosas

Composiciones a las que no ha sido posible atribuir una categoría.

Las composiciones equivalentes y complementarias son necesariamente bimodales. Las suplementarias y expresivas pueden ser tanto unimodales como bimodales.

5.3. Consideraciones especiales

  • Las primeras tres categorías están tomadas de Volterra et al. (2005), las restantes corresponden a añadidos de nuestra investigación. La categoría de las composiciones expresivas obedece al interés por el uso emotivo de recursos comunicativos. La distinción entre composiciones equivalentes/complementarias/suplementarias es adoptada con ligeras modificaciones. La propuesta de Volterra et al. clasifica casos del tipo compositivo [‘esto’ + pointing] como ejemplos de composición complementaria y no como composición equivalente (aunque el significado de ambos signos parece perfectamente coextensivo), porque en su perspectiva la composición equivalente debe conformarse con dos signos de tipo representacional. Las autoras asumen que en casos como [‘esto’ + pointing], el gesto está allí para desambiguar el pronombre demostrativo (aunque los dos sean portadores de la misma indeterminación categorial de objeto). Menos forzado es ver en este acoplamiento una perfecta convergencia de campos semánticos equivalentes. Esta reclasificación anticipaba que los resultados del análisis cuantitativo pudieran no coincidir con los presentes en Volterra et al. (2005).
  • Ha parecido ser lo más prudente computar las formaciones del tipo [‘mirá’ + pointing] entre los casos de equivalencia, aun si evidentemente, como ya se ha discutido, la palabra corresponde a un verbo conjugado y supondría, por ende, una composición suplementaria conformada por el par acción-objeto, ‘ver’ + el objeto señalado, cada signo haciendo una contribución distinta al todo bipartito. Sería un contrasentido investigar el desarrollo de la comunicación lingüística y en simultáneo presumir que la utilización de un signo vale a priori por la posesión de su concepto. Por consiguiente, antes de haber clara evidencia de que el niño tenga para sí noción de verbo, verbalizaciones del tipo ‘mirá’ son recogidas como deícticos demostrativos y refuerzos de los gestos indiciales que conducen la atención del otro hasta el objeto. En consecuencia, composiciones similares a [‘mirá’ + pointing] fueron contabilizadas como casos de composición equivalente.
  • La categoría de las composiciones se halla restringida a gesto y vocalización con exclusividad. Las manifestaciones expresivas corporales y faciales que acompañan a las vocalizaciones de diversa clase no se consideran formadoras de composiciones. Como ya se ha indicado, para las primeras no es siempre posible demarcar su ‘buena forma’, su comienzo y fin, su contenido significativo, porque suelen imbricarse unas con otras en una continuidad difícilmente analizable. Para las segundas el problema es que suele tratarse de respuestas de tipo reflejo que desbordan por lo tanto el horizonte del comportamiento intencionado.
  • Para repeticiones de una misma UFC-palabra (“No, no, no, no, no, no…”), cada unidad se cuenta 1. Cuando la serie implica una composición del tipo [‘esto’ + pointing] con el dedo suspendido hacia el objeto durante toda la iteración, se ha procedido computando una composición de gesto-vocalización y, paralelamente, contando por separado cada UFC.

6. Funciones comunicativas

Se trata aquí del rol que cumple toda manifestación del niño pregramatical en situación interactiva con un partenaire adulto. Es necesario volver a indicar, pese a que es un lugar común, que hay casi siempre, entre los tipos de función, algún recubrimiento. Ello no le impide afirmar a Jakobson: “La estructura verbal del mensaje depende, primariamente, de la función predominante” [Jakobson, 1960/1985, p. 353, itálicas añadidas]. La cita es pertinente porque en cada caso de la codificación se indica la función predominante; sólo si la resolución entre dos clases de función supone un forzamiento, ambas se toman como principales.

6.1. Tipos de función comunicativa

Se han distinguido las siguientes clases de función:

α) Declarativa

Consiste en nombrar o en indicar, según se trate de una verbalización o un gesto, sin otra información que aquella que permite destacarlo en el entorno o evocarlo a la memoria de los interlocutores. Está asociada, cognitivamente, al reconocimiento de un objeto o situación, y corresponde, por lo tanto, a la categoría peirceana de índice (cap. 2, 1.1). DO: gesto, vocalización o composición (no-suplementaria) relacionada indicialmente con el referente. Ejemplo: “auto”; pointing del objeto auto.

β) Informativa

Consiste en la atribución de propiedad. La diferencia respecto de la función declarativa, que algunos autores toman por ser la misma función (Jakobson, 1960/1985), es que ésta no va más allá de la nominación (el niño significa el objeto identificado), mientras que la función informativa implica una predicación (‘auto mío’ o ‘auto lindo’). Entre nombrar (‘esto’, ‘pelota’) y decir algo sobre el ‘esto’ o la ‘pelota’, hay un indicador sensible de que el niño puede, en su expresión, ligar más de una representación, lo cual es más complejo a nivel del procesamiento cognitivo. Esta mayor complejidad no supone que el niño por sí mismo deba asumir toda la responsabilidad de la expresión atributiva. A una pregunta que requiera datos objetivos (‘¿Esto es chiquito?’), se entiende que la respuesta (‘sí’, ‘no’, otra) desempeña una función informativa aunque no esté compuesta por dos signos, porque invariablemente será el niño quien, después de haber ligado las dos representaciones por su cuenta (‘esto’ –lo que fuere– más la representación de pequeñez), hará el dictamen sobre el vínculo propuesto, juzgando si es verdadero o falso. Aun si la construcción oracional ha sido gestionada por el interlocutor adulto, la información veritativa procede del niño como asentimiento o negación. Esta respuesta es lo que de hecho informa, y en esta función se trata de con qué finalidad realiza el niño una determinada comunicación. La distinción permite penetrar en las habilidades cognitivas de la comprensión lingüística, puesto que el niño habrá podido, antes de contestar, unir in mente aquellos términos de la pregunta y pronunciarse luego de testearlos con la realidad (‘¿esto es está limpio?’| ‘no’). Habrá también función informativa cuando la respuesta implique un dato que no contuviera la pregunta: “¿Dónde va esto?”|“Acá”; “¿Qué es eso?” | “Topa” /pelota/. Si una expresión en el estilo de ‘cuac-cuac’, ‘guau-guau’ subsigue a sustantivos como ‘pato’ o ‘perro’, parece atinado suponer que estos son el sujeto oracional y que las onomatopeyas adjuntan un atributo. Incluso cuando la emisión consta de una sola palabra y no responde a una pregunta (por ejemplo, verbalización ‘cuac-cuac’) o es un gesto cualquiera (imitación del vuelo hecha con ambos brazos, pointing de un sitio dentro de la habitación), pueden ser casos de predicación, como quien indicara qué sonido hacen los patos, cómo agitan las alas o dónde se encuentra un pato de juguete. DO: gesto o vocalización que atribuya a un objeto o situación (a un sujeto gramatical, ya fuera tácito o expreso) un predicado o propiedad. Ejemplo.: “E_to lindo”; pointing de un juguete + “romp_ó” /se rompió/. Esta caracterización implica ciertas decisiones interpretativas porque, toda vez que no se trate de un mensaje con dos componentes semánticamente diferentes, queda a cuenta del contexto si aquello comunicado vale como una mención o bien como una atribución hecha a un sujeto tácito (porque la atribución en sí no implica necesariamente una composición). Las convenciones con los otros inmediatos y el contexto guían en cada caso la interpretación acerca de si hay una o más nociones en la intencionalidad del niño[14].

γ) Conativa

Acción de requerir al interlocutor algo de sí o del medio externo. DO: gesto, vocalización o composición con que se pide o se demanda alguna acción, palabra, objeto, etc., del interlocutor. Ejemplo: ‘dame’, o el gesto deíctico request.

δ) Expresiva

Corresponde a la utilización emocional de los recursos comunicativos. Si bien el “estrato puramente emotivo [o expresivo] lo presentan en el lenguaje las interjecciones” (Jakobson, 1960/1985, p. 353), ningún enunciado, simple o complejo, de las lenguas naturales puede prescindir de los matices afectivos con que es emitido. Se trata aquí, por tanto, de las comunicaciones donde la emotividad se destaca por sobre el mensaje en materia de contenido. DO: gesto, vocalización o composición en que el factor emocional tenga el mayor protagonismo en términos de intencionalidad. Ejemplo: “¡Posh malo!” /vos malo/, gritado y con gesto enfático.

ε) Fática

Consiste en el uso de expresiones gestuales/verbales destinadas a velar por el canal, abrirlo o mantenerlo. La función fática es un tipo comunicativo que provee tan sólo información venial. Es la continuación del formato interaccional de las protoconversaciones infantiles. El dato evolutivo no es menor: aquí como antes (intersubjetividad primaria), el contenido importa menos que el participar del intercambio. Lo fático preexiste al habla y a cualquier forma semántica codificada. DO: gesto, vocalización o composición de significado irrelevante y al servicio de preservar el canal. Ejemplo: ‘Buenos Días, señor X, ¿qué tal el trabajo?’ (cortesía retórica sin interés genuino por una contestación).

ζ) Actitudinal

Consiste en asentir o declinar propuestas, sugerencias, órdenes del interlocutor, en manifestaciones donde se revele la disposición del emisor de cara a determinado ofrecimiento. En FS 2; 4 (12), Bruno explicita “Sopa no” /no quiero sopa/, una postura firme ante el deseo del interlocutor. Puede ocurrir, como con la función informativa, que el adulto pronuncie la frase o la interrogación (‘¿Querés agua?’) y que el niño responda; la diferencia estriba en que en aquélla el ‘sí’ o el ‘no’ se miden de acuerdo con hechos constatables (por ende, llegado el caso, la respuesta errónea puede ser rectificada), mientras que en la función actitudinal se expresa la disposición coyuntural de un individuo en un momento dado hacia un hecho o propuesta. FS 1;10 (12) “E_to _ande” /Esto grande/ o FS 2;4 (14) “¿Es de noche?|“Sí”| son expresiones con función informativa, pero en la medida en que algún enunciado, o simplemente una respuesta, no pueda ser contrastado con una vara objetiva (FS 2;4 [20] “¿Querés fruta?”|“No”|, no hay más que un rasgo de actitud, la autoridad de 1ª persona. La función actitudinal se distingue también de la expresiva en que no es prioritariamente de orden afectivo y expresa tan sólo acuerdo o desacuerdo sin implicación emocional. DO: gesto, vocalización o composición en que el sujeto exhiba una postura respecto de un contenido ideacional-semántico determinado. FS 1;10 (15) “Vení ya mismo”|“No”|.

η) Eco

Consiste en verbalizaciones que el niño repite de sus interlocutores sin una aparente utilidad. Puede tratarse de ejercicios de repetición de una palabra conocida, que ha escuchado en el instante previo al interlocutor, o de palabras nuevas que procura modular e incorporar al léxico mental (esto es: de esfuerzos que se orientan al dominio del vocabulario). Para los casos en los que las verbalizaciones-eco están montadas sobre un tono de interrogación, como si el niño preguntara si está repitiendo bien, se ha consignado en paralelo función eco y función conativa. La irrelevancia de los contenidos-eco podría inducir confusión respecto de la función fática, pero donde ésta apunta a mantener ‘limpio’ el canal, el eco implica una repetición de lo dicho por otro. Por otro lado, esta repetición, aunque no sea interrogativa, parece sujeta a la presencia y la supervisión del otro, como si contara con que hará una corrección cuando sea necesaria. La función eco parece sólo tener presencia en el adulto durante el aprendizaje de segundas lenguas. DO: repetición total o parcial, inmediata, de expresiones de otro; normalmente se recoge la coda de la expresión original. Ejemplo: en S15-131/ 2;5 (1), el adulto opina: “Me parece que no” y Bruno replica: “ –ece que no”

Θ) Dudosa

Reúne los casos de emisiones comunicativas de función indecidible, ya porque la emisión ha sido inextricable, ya porque, comprensible semánticamente, es sin embargo incomprensible en el nivel pragmático. Se excluye en los casos donde hay dos funciones claramente distinguibles y con semejante grado de importancia (casos codificados, como se ha señalado, con ambas funciones por igual).

ι) Otra

Reúne los gestos, vocalización y composiciones inclasificables entre las funciones anteriores.

La Figura 15 compara las clásicas categorías de Jakobson y las adoptadas en esta investigación.

Figura 15. Comparación de las categorías de Función Jakobson/Austin – Esta investigación.
Los signos de interrogación indican la incertidumbre de que esas funciones puedan registrarse entre las comunicaciones de la edad investigada. (*) Indica: Austin (1962)

fig-151_c

No es esperable que las funciones metalíngüística, poética o ejecutiva hagan su aparición a esta temprana edad. En cuanto a la primera, todo lleva a pensar que el niño de escasas palabras no tiene consciencia suficiente del lenguaje como para desdoblarlo y pronunciarse sobre el nivel inferior, lenguaje-objeto, desde el superior. En relación con la segunda, el ingrediente de poesía conlleva el uso de estrategias embellecedoras, de un esmero en el manejo de “los dos modos básicos de conformación empleados en la conducta verbal, la selección y la combinación” (Jakobson, 1960/1985, p. 360). Con un vocabulario limitado, parece difícil asumir que el niño disponga de términos afines suficientes (dormir, dormitar, descabezar un sueño –ejemplos de Jakobson–) como para poder escoger entre ellos con alguna libertad, o que posea tanta desenvoltura en la combinación de las palabras como para generar efectos desusados en el receptor. La función ejecutiva, finalmente, implica que determinados verbos sean utilizados en la 1ª persona del presente indicativo; nada en principio puede sugerir que haga su aparición en el período estudiado.

6. 2. Consideraciones especiales

  • Ciertas verbalizaciones pueden responder a diferentes funcionalidades según el contexto y la intención. Por ejemplo, ‘Acá’ puede desempeñar función declarativa (si quiere sólo enunciar un ‘dónde’), informativa (si predica dónde está un objeto o cuál es su lugar correspondiente) o conativa (por ejemplo, cuando Bruno en upa pide que lo depositen en determinado sitio).
  • El contacto con el dedo o con la palma puede obedecer a la función declarativa cuando es para otro, o a una acción exploratoria cuando es para sí. Únicamente el primer caso es comunicativo (pointing de contacto) y ha sido por ende contabilizado.
  • Una expresión de queja (‘¡ufff!’, ‘¡basta!’, un sustantivo: ‘¡agua!’) puede satisfacer los requisitos de la función expresiva o de la función conativa (esto segundo cuando la protesta busque la reacción y la asistencia de otro). La conatividad o la expresividad pueden acaso depender enteramente de recursos suprasegmentales. Por ejemplo, en S2-198/ 1; 8 (3), Bruno reclama por medio de la cadencia con la que pronuncia “Uaua” /agua/, palabra que había venido repitiendo sin ser atendido. La protesta se evidencia allí en la musicalidad de la expresión: sin levantar la voz, modula como si quisiera ser más claro que lo que había sido, y a la vez separa las dos sílabas, “¡Ua-ua!”, como para garantizar su clara enunciación.
  • Los signos afirmativos (gestos, palabras, eventuales subrogados: las interjecciones ‘psé’, ‘ahá’ y un largo etcétera), ni más ni menos que los negativos, despliegan un vasto espectro funcional. El ‘no’ verbal, que abunda en el vocabulario de los niños entre 1 y 2 años (el corpus infantil Serra-Solé señala 7523 casos de ‘no’, 11 % del total de las palabras de diez años entre 12 y 23 meses de edad [Serra et al., 2000]), puede evidentemente utilizarse como una disposición del ánimo respecto de una oferta estimular (‘no’ a la comida, ‘no’ a una actividad), y por lo tanto en función actitudinal, pero también puede surgir como respuesta (funcionalidad informativa) o como una reacción enfática (“¡No!” como función expresiva).

En la Figura 16 puede visualizarse la totalidad de las categorías con que ha sido clasificado el material de las observaciones. En la Figura 17, han sido desplegadas todas las categorías de gesto y vocalización de nivel básico (a las que corresponden las definiciones operacionales).

Figura 16. Categorías operativas del Código de Observación

fig-16_c

Figura 17. Categorías de nivel básico mencionadas en el Código de Observación

fig-17_c


  1. Una excepción de rigor se encuentra en Sarriá Sánchez (1991), que propone una codificación multidimensional prolijamente jerarquizada y con la exhaustividad deseable, pero que cubre simplemente el período preverbal y que, tomando como unidad común de clasificación la categoría natural de ‘acto comunicativo intencional’, no distingue entre acciones comunicativas (infra 6.) y gestos, limitando entonces una discriminación cara a nuestro objetivo.
  2. Los gestos de negación han sido ciertamente investigados –por ejemplo, Spitz (1957)– pero no incorporados a las clasificaciones generales de los estudios de gesto y habla de forma discriminada; para las razones de esta distinción propuesta, infra sección 3.1.
  3. Generado desde método comparativo constante (Strauss & Corbin, 1998).
  4. La función actitudinal toma su nombre de las actitudes proposicionales que en filosofía de la mente aluden a la disposición de un individuo para con un contenido proposicional (creo/no creo que p; deseo/no deseo que p). La función actitudinal no está en virtud de un hecho de forma objetiva, sino que tan sólo se refiere a un hecho y lo hace de manera subjetiva: el hecho como tal es tamizado por el posicionamiento individual. El acto comunicativo de esta clase no debe mezclarse con el de la función expresiva, donde la afectividad se manifiesta independientemente de una sugerencia y desde una pura moción interna.
  5. Las definiciones operacionales se indican en cada caso con DO. Si la categoría está dividida en subcategorías, la DO se ubica en el nivel elemental.
  6. ‘Referencia’ se emplea en general, de una manera laxa, para destacar la relación entre significante o bien representamen y su contraparte intensional y/o extensional. En cambio, ‘referente’ alude a la denotación, esto es al ente extensional. Se entiende por significado el contenido intensional de una expresión, la forma de darse el referente (siguiendo la tradición de Frege [1892], coincidente en esto con la de Saussure, salvo porque donde aquél piensa en la proposición, este piensa en conceptos inherentes a la lengua).
  7. En todos los casos, las composiciones puedan ser de más de dos constituyentes.
  8. La motivación figurativa subyacente al gesto funcional podría objetar su clasificación y conducir en cambio a concebirlo como una variante del gesto representacional, pero la diferencia es que, fuera de aquello figurado, éste remite fundamentalmente a un referente empírico extra-sígnico, mientras que aquél implica asociar signos, de donde su rol es inter-sígnico (y encarna un signo de segundo orden).
  9. La denominación de gestos arbitrarios se ha adoptado como sustituta de la de gestos convencionales, asumiendo que en cualquier forma de comunicación hay convención establecida de manera expresa o tácita, ya sea de tono concesivo (cuando el otro acepta una designación propuesta para un objeto particular), ya sea de tono coercitivo (caso canónico: el sistema de la lengua).
  10. Si bien los gestos funcionales son en cierto modo lógicos y, por lo tanto, podría parecer que no tienen lugar dentro del grupo de los motivados, no debe olvidarse que son lógicos en cuanto a su significado, pero que intrínsecamente hay una conexión icónica entre sus dos partes componentes. Son lógicos en cuanto no referenciales, pero como expresión, en el orden significante, reflejan figurativamente lo que significan. Si no son, sin más, representacionales, es porque su forma no copia entes ni concretos ni virtuales, sino variedades de enlaces posibles.
  11. Los demás especificadores (posesivos y demostrativos) han quedado incorporados, por su calidad permutativa (shifters) entre los deícticos, junto con los adverbios de tiempo y lugar y los pronombres personales.
  12. La interjección impropia o de palabra supone expresión de subjetividad, en su defecto un ejercicio conativo para cuidar el canal. En cuanto a los pronombres de interrogación o exclamación, si por un lado no denotan y deben articularse sobre un contenido significativo sustancial que constituye su precondición, no son tampoco signos funcionales en cuanto no implican modificación del contenido (por negarlo o anexarlo, por medio de conectivas, a otro contenido), sino una clave subjetiva respecto de él (por ejemplo, al preguntar por él). Pese a que estos pronombres suelen ser considerados de clase cerrada, y por lo tanto lógicos o funcionales, hemos juzgado que no pertenecen a nuestra categoría de funcionales porque ni ligan dos contenidos ni afirman o niegan la proposición de base sino, simplemente, la presumen bajo la interrogación o exclamación (variantes psicológicas antes que lógicas). Se trata de aquella fuerza capaz de envolver a la proposición y sobre la que, según Frege (1919), no tiene la lógica incumbencia alguna.
  13. En este apartado, como antes en 3.1., las definiciones operacionales coinciden con las nominales.
  14. Se entiende ‘predicación’ en un sentido lato pregramatical: como sinónimo de atribución. En la función informativa siempre algo se dice del objeto, pero no siempre es posible distinguir, con los recursos comunicativos de esta edad, si en ‘auto lindo’, por ejemplo, el niño hace una atribución de predicado, cópula mediante (/el auto es lindo/), o simplemente ha adjetivado el sustantivo al interior de una estructura sintagmática de tipo nominal.


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