Otras publicaciones:

9789871867714_frontcover

9789877230130-frontcover

Otras publicaciones:

12-2982t

9789871867974-frontcover

4 Comportamientos expresivos naturales y contenidos mentales no proposicionales

Laura Danón (CIFFyH – UNC)

1. La triangulación intermedia y el comportamiento expresivo natural

En una serie de artículos que han sido extensamente discutidos, Donald Davidson (1982, 1999, 2001a, 2001b) ha defendido que, para poder tener estados mentales intencionales con contenidos objetivos, una criatura debe, necesariamente, ser partícipe de una relación de triangulación básica que involucre tres elementos: ella misma, otra criatura similar y un objeto público situado en un espacio común. En este tipo de interacción, cada una de las criaturas debe responder tanto al objeto situado en el espacio público, como al otro participante. Pero, además, cada una ha de ser capaz de correlacionar las respuestas del otro participante con aquel objeto del mundo al cual ella también está reaccionando.

Davidson piensa que este tipo de interacción tríadica constituye una condición necesaria, pero no suficiente, para la emergencia del pensamiento. La aparición de genuinos estados mentales, dotados de contenidos objetivos, solo puede tener lugar cuando las criaturas que participan en la situación de triangulación comienzan a interactuar de un modo específico: interpretándose unas a otras lingüísticamente. Muy sucintamente, la razón de ello es que solo cuando somos capaces de entender las emisiones lingüísticas ajenas logramos dominar los conceptos de verdad y error, y, con ello, podemos comenzar a tratar a los demás como sujetos que tienen un punto de vista, que puede ser correcto o no, acerca de un entorno común. Todo lo cual, piensa Davidson, es crucial para contar con pensamientos objetivos. El problema, a su entender, es que también se da la relación de dependencia inversa: para interpretar lingüísticamente a otros es preciso contar con pensamientos objetivos. Por esto, el dominio lingüístico y la capacidad para tener pensamientos con contenidos objetivos resultan mutuamente interdependientes: o una criatura cuenta con ambas capacidades o no tiene ninguna.

Estas ideas se complementan armónicamente con la tesis davidsoneana de que existe un abismo explicativo infranqueable entre el comportamiento no cognitivo y arracional de las criaturas carentes de lenguaje y las acciones, racionales e intencionales, que son capaces de desplegar los sujetos humanos que poseen tanto pensamientos objetivos como capacidades lingüísticas. Mientras que las criaturas carentes de lenguaje –sean estos niños prelingüísticos o animales no humanos– solo pueden participar de las formas básicas y primitivas de triangulación no lingüística, los animales humanos lingüísticamente competentes pueden involucrarse en variantes “reflexivas” o “lingüísticas” de triangulación (Bar-on y Priselac, 2011). Lo que no será posible encontrar es alguna suerte de “espacio intermedio” que conecte estos dos tipos de interacción triangular y nos ayude a explicar el pasaje de una a la otra[1]. Es posible describir y explicar, apelando al vocabulario de las ciencias naturales, las respuestas discriminatorias de las criaturas carentes de lenguaje. De modo similar, cabe apelar al vocabulario intencional para dar cuenta de las acciones de los animales humanos dotados de mente y de lenguaje. Pero no es posible trazar los pasos intermedios que llevan del primero al segundo, y, debido a ello, no es posible tampoco explicar cómo pudo surgir el pensamiento objetivo en un mundo natural.

En contra de tal enfoque discontinuista, Bar-on y Priselac (Bar-on y Priselac, 2011; Bar-on, 2013, 2018) defienden que es posible identificar en ciertas criaturas no lingüísticas un tipo de triangulación intermedia destinada a cubrir, siquiera parcialmente, la brecha entre las otras dos formas de triangulación postuladas por Davidson. Esta nueva variante de triangulación se caracteriza, a su entender, por un modo diferente de interacción que no se reduce a las respuestas no cognitivas que pueden dar las criaturas insertas en formas de triangulación pura, pero tampoco involucra el despliegue del tipo de capacidades cognitivas sofisticadas que se ponen en juego en los casos de triangulación lingüística.

La necesidad de postular esta suerte de triangulación intermedia se vuelve patente, según estos autores, cuando atendemos a un tipo específico de conductas que los animales humanos compartimos con diversas especies no humanas: los comportamientos expresivos naturales. Estos comportamientos, argumentan, presentan rasgos distintivos que no pueden ser explicados adecuadamente en los términos puramente causales que empleamos para dar cuenta de las respuestas de las criaturas involucradas en situaciones de triangulación pura. Sin embargo, tampoco parecen involucrar las capacidades cognitivas y lingüísticas sofisticadas, asociadas al pensamiento proposicional pleno, que ponen en juego las criaturas lingüísticamente competentes en las situaciones de triangulación lingüística o reflexiva (Bar-on y Priselac, 2011). En tal sentido, pueden ser considerados como precursores naturales de formas más avanzadas, y distintivamente humanas, de comunicación (Bar-on, 2013).

Como ocurre en los otros dos tipos de triangulación, la variante intermedia involucra la interacción entre dos criaturas similares y un objeto del entorno común al cual ambas responden. Pero, a diferencia de lo que sucede en los casos de triangulación primitiva, los participantes de este tipo de interacción no despliegan meras respuestas discriminatorias a los objetos de su entorno, sino genuinos comportamientos expresivos. La hipótesis central de estos autores es que, en los casos de triangulación intermedia, los comportamientos expresivos naturales que realiza uno de los participantes muestran (show) sus estados mentales –en lugar de describirlos–, por lo cual estos se vuelven perceptualmente reconocibles para la otra criatura involucrada en la interacción, bajo el supuesto de que esta última cuenta con la dotación cognitiva adecuada.

Un punto central que estos autores recalcan es que la relación de expresión que tiene lugar en todos estos casos es diferente de la que Sellars (1969) denominaba una “expresión en el sentido semántico” o una “s-expresión”. La relación de s-expresión es un vínculo semántico, representacional y convencional, que tiene lugar entre cadenas lingüísticas, o algún otro tipo de representaciones, y aquello a lo que estas refieren. La relación de expresión que tiene lugar en los casos de comportamientos expresivos, en cambio, es bautizada por Bar-on y colegas como una “m-expresión”. A su entender, este tipo de expresión tiene lugar cuando una criatura muestra o vuelve observables algunos de sus estados mentales, ya sea voluntaria o involuntariamente, a través de sus conductas corporales, gestos, expresiones faciales, etc., de un modo tal que, para los observadores adecuados, dichos estados se vuelvan perceptibles de modo directo (Bar-on y Priselac, 2011; Bar-on, 2013; Bar-on y Green, 2010). Esto mismo diferencia los comportamientos expresivos naturales de lo que Grice denominaba “signos naturales”: esto es, indicadores confiables de aquellos estados mentales que regularmente son su causa. Un signo natural, como las manchas rojas en la piel de quien sufre sarampión, provee evidencia más o menos confiable de la presencia de algo. Un comportamiento expresivo –como un aullido, una sonrisa, un grito de alarma, etc. – puede ser caracterizado, en cambio, como

una forma de comportamiento público, social, intersubjetivo, dirigido hacia el mundo, que ha sido diseñado por la naturaleza (por oposición a haber sido diseñado por la cultura o por las intenciones de un individuo), para mostrar o exhibir la presencia y características de los estados mentales de quien así se expresa ante ciertos observadores adecuadamente dotados (Bar-on, 2018, p. 193).

Un rasgo interesante de los comportamientos expresivos naturales –como el mostrar los dientes, gruñir, sonrojarse, cerrar los puños, etc.– es que no siempre pueden ser equiparados a las acciones que se llevan a cabo de modo voluntario e intencional (Bar-on y Green, 2010). Antes bien, a menudo cabe describirlos como comportamientos que realizamos de manera automática y no plenamente consciente. En algunos casos puede tratarse, incluso, de comportamientos que tienen lugar en contra de la voluntad de quien los realiza. Luego, un comportamiento expresivo puede hacer manifiesto cuál es el estado mental en que se encuentra el animal, sin que este se haya formado una intención de revelar tal cosa a los demás.

Por otra parte, los comportamientos expresivos naturales no se limitan a exhibir o manifestar los estados mentales de quien los realiza. También nos proporcionan información sobre las acciones que este se apronta a efectuar en un futuro inmediato, e instan al observador a actuar de un modo específico. Para entender mejor esto, podemos imaginar una situación de triangulación intermedia en la cual dos criaturas, C1 y C2, observan un mismo objeto en el entorno común –en este caso, un predador–, así como también sus mutuas respuestas a él. Supongamos que, en este contexto, C1 da un grito de alarma ante la presencia del predador. Bajo el marco interpretativo que se nos propone, dicho grito operaría como un comportamiento expresivo que manifiesta un estado mental de C1, su temor ante el predador, e indicaría a la audiencia adecuada –en este caso, a C2– que C1 está por huir apresuradamente, instándola a comportarse de un modo similar.

Un punto adicional que señalar es que, en la medida en que el comportamiento expresivo de C1 proporciona información sobre cómo va a responder a O en un futuro inmediato, C2 está en posición de responder de un modo que tiene en cuenta no solo la presencia de O, sino también la respuesta que anticipa en C1. En este contexto, puede ocurrir que C2 termine dando una respuesta a O que no se ajuste a la que dará C1. Así, por ejemplo, puede que C2 elija no huir del predador –porque estima que aún no está suficientemente cerca–, sino quedarse un rato más para obtener el alimento de C1 una vez que este se haya alejado. De acuerdo con Bar-on y Priselac, en un caso como este, la respuesta discordante de C2 manifiesta su desacuerdo, conductualmente encarnado, en relación con cómo se ha de responder a O. Incluso se podría pensar, añaden estos filósofos, que C2 está tratando las respuestas de C1 como algo distinto y separable de la presencia misma de O. Pero, si C2 es, efectivamente, capaz de trazar una separación de tal tipo, entonces puede, en cierto sentido, tratar a C1 como teniendo su propia comprensión de la situación en la que ambos se encuentran cuando enfrentan al objeto O, y posee alguna sensibilidad, siquiera en la práctica, a la posibilidad de que C1 se equivoque con respecto al tipo de respuesta que ha de darse ante él (Bar-on y Priselac, 2011; Bar-on, 2013, 2018). Esta es, sin duda, una de las razones principales por las que cabe considerar que este tipo de triangulación ocupa un genuino terreno intermedio entre los casos de triangulación pura, en los que, a lo sumo, C2 puede responder ante O con un comportamiento que no se corresponde con el de C1, y los casos de triangulación reflexiva, en los que C2 explícitamente juzga el comportamiento y los estados mentales de C1 como correctos o incorrectos (Bar-on, 2013, 2018).

Esta no es, sin embargo, la única diferencia relevante entre los casos de triangulación intermedia y los de triangulación lingüística. Bar-on y colegas también han defendido insistentemente una tesis controvertida con respecto al contenido de los estados mentales que una criatura manifiesta mediante sus comportamientos expresivos naturales. Su idea es que tales estados no han de ser caracterizados, del modo clásico, como actitudes proposicionales, sino como estados de índole no proposicional (Bar-on, 2010; Bar-on y Priselac, 2011; Bar-on y Green, 2010; Bar-on, 2013, 2018). No es claro, sin embargo, cuál es el modo específico en que debemos entender tales afirmaciones, ya que no encontramos en sus textos ni una teoría detallada propia sobre la naturaleza de los contenidos no proposicionales, ni una clara adhesión a alguna de las teorías alternativas sobre el tema que cabe encontrar en la literatura. El próximo apartado, por lo tanto, estará dedicado intentar esclarecer el alcance que tiene, para estos autores, tal noción.

2. El contenido de los comportamientos expresivos naturales: dos alternativas

En lo que sigue, querría focalizarme en el problema principal de este trabajo: ¿qué tipo de contenidos tienen los estados mentales que manifiestan, mediante sus comportamientos expresivos, las criaturas que participan en situaciones de triangulación intermedia? En distintas ocasiones, Bar-on y colegas señalan que tales estados mentales se diferencian de las actitudes proposicionales clásicas por poseer contenidos de naturaleza no proposicional (Bar-on y Priselac, 2011; Bar-on, 2010, 2018, 2013; Bar-on y Green, 2010). Sin embargo, hay modos muy diferentes en los que los filósofos han entendido la dicotomía proposicional/no proposicional, y, aunque los autores ofrecen algunos señalamientos generales acerca de los rasgos distintivos que tendrían los contenidos mentales que los ocupan, resulta difícil precisar cuál es exactamente la noción de contenido no proposicional a la cual suscriben. Dadas estas dificultades, en lo que sigue querría detenerme a examinar sus afirmaciones sobre el tema, con el objetivo de deslindar de qué modo hemos de entender los contenidos no proposicionales de los estados mentales primitivos que se expresan (y perciben) en las situaciones de triangulación intermedia.

Según vimos anteriormente, una de las tesis centrales que defienden Bar-on y colegas es que los comportamientos expresivos de una criatura C manifiestan sus actitudes psicológicas –por ejemplo, su temor, su alegría, etc.– de un modo tal que un observador con la adecuada dotación cognitiva debería poder reconocerlas de un modo perceptual y no inferencial. Usualmente, añaden a esto que muchos de estos comportamientos expresivos naturales –los gestos, la orientación general del cuerpo, la dirección de la mirada, etc.– manifiestan, además, cuáles son los objetos a los cuales se dirigen tales actitudes psicológicas (Bar-on y Green, 2010; Bar-on y Priselac, 2011; Bar-on, 2018, 2013). Si, por tomar un caso posible, C1 diera un grito de alarma, comenzara a temblar, fijara la mirada en un predador cercano, etc., cabría concluir que su comportamiento expresa su temor a ese predador.

En lo siguiente, querría sugerir que se puede considerar que estas afirmaciones van aproximando a Bar-on y colegas a la tesis de que los estados mentales que una criatura expresa mediante ciertos comportamientos expresivos naturales son estados dotados de contenidos de objeto, siguiendo, siquiera grosso modo, los desarrollos teóricos de filósofos como Crane (2013), Montague (2007) y Grzankowski (2013, 2016, 2017). Para quienes defienden la noción de contenidos de objeto, hay ciertos estados mentales –como amar a Dios, temer a la oscuridad o desear chocolate que involucran una relación entre un sujeto y un objeto particular. Grzankowski (2016) añade que, en tales casos, lo que el sujeto tiene en mente es algo similar a una palabra mental –en lugar de una oración mental–, esto es, una representación carente de condiciones de verdad. Su contenido, por lo tanto, es no proposicional y de carácter objetual.

Al menos en primera instancia, hay dos maneras posibles de entender los contenidos de objeto: como contenidos que versan acerca de algún objeto simpliciter –sin involucrar un modo específico de caracterizarlo– o como contenidos que representan un objeto, pero de un modo aspectual. En el primer caso, lo que el comportamiento expresivo de C revelaría a una audiencia en posesión de una dotación cognitiva adecuada sería, a lo sumo, la actitud psicológica de C, más una especie de señalamiento de re al objeto de esta. Si así fueran las cosas, el comportamiento de C podría mostrar a su audiencia, por ejemplo, que C teme a la araña, pero no le daría ninguna información adicional con respecto a cómo C se representa la araña, o de qué modo la caracteriza y categoriza. Dicho de otro modo, el comportamiento de C no brindaría información sobre un modo, que excluya a otros, de representar a ese objeto. Esta posición casa bien con la idea de que lo que una criatura tiene en mente, cuando alberga estos contenidos no proposicionales, es el análogo mental de un nombre, al menos bajo una concepción estrictamente referencialista de los nombres. En contraste, en el segundo caso, el comportamiento de C expresaría no solo cuál es el objeto de sus estados mentales, sino también cómo C categoriza a dicho objeto, bajo qué aspectos lo piensa, etc. Así, por ejemplo, al observar el comportamiento expresivo de C, la otra criatura que participa de la triangulación intermedia puede llegar a saber no solo que C tiene miedo de la araña, sino también que se la representa como una araña, como un objeto que se mueve, como venenosa, etc.

Aunque muchos filósofos piensan que todo contenido debe ser aspectual, la idea de que los comportamientos expresivos solo revelan las actitudes psicológicas de una criatura más sus objetos simpliciter tiene su atractivo. Al menos en primera instancia, parece relativamente sencillo explicar cómo, en una situación de triangulación intermedia, C2 puede llegar a adquirir información sobre cuál es el objeto simpliciter de la actitud intencional de C1: basta para ello con que, de algún modo, sus gestos de temor, alegría, etc., logren direccionar la atención de C2 hacia cierto objeto del entorno común. Parece mucho más difícil, en cambio, explicar cómo los comportamientos expresivos de C1 pueden darnos información adicional acerca del aspecto específico bajo el cual se representa al objeto en cuestión. ¿Cómo podrían los gestos, postura corporal, etc., de C1 proporcionar información acerca de los modos específicos en los que se representa a O?[2] Por supuesto, C1 podría contarle a C2 cómo se representa a O; pero, si hiciera esto, y C2 pudiera entenderla, entonces ambas estarían participando, de hecho, de una forma de triangulación lingüística.

Aunque todas estas objeciones me resultan atendibles, también creo que hay modos de subsanarlas, siquiera parcialmente. Una alternativa es pensar que, una vez que C2 logra dirimir, a partir del comportamiento expresivo de C1, cuál es el objeto O al cual responde, podría sencillamente proyectar a C1, por default, el aspecto específico bajo el cual ella misma (C2) representa a O. Luego, si C2 ve a O como un predador peligroso, puede asumir que C1 también lo representa del mismo modo. Esta hipótesis inicial puede verse corregida, eventualmente, por el comportamiento posterior de C1 en relación con O. Si C1 se acercara confiada a O, quizás esto bastaría para que C2 revisara su posición original.

Una segunda respuesta posible es la siguiente: aun si C2 no proyectase sus propios recortes aspectuales de los objetos sobre C1, en sentido estricto, el comportamiento expresivo de C1 hacia O podría bastar para que C2 detectase, siquiera de modo grueso, bajo qué aspectos caracteriza a O. C1 podría realizar gestos que revelasen, por ejemplo, confianza, interés, temor, aprehensión, etc. Todos ellos permitirían a C2 comenzar a delimitar bajo qué aspectos es representado O por parte de C1. Estas primeras hipótesis previas podrían verse complementadas y enriquecidas por el modo en que C1 se sigue comportando en relación con O posteriormente (¿se acerca o se aleja de O?, ¿intenta comerlo, atacarlo, huir de él?, etc.), cómo reacciona ante objetos de la misma índole (¿se eriza la piel de C1 ante O del mismo modo en que se eriza ante otros objetos peligrosos?), cómo reacciona a O cuando algunas de las propiedades de este varían, etc. Puede que, por estas vías, no logremos más que un acceso tosco y parcial al conocimiento de los aspectos bajo los cuales C1 representa al objeto al que está respondiendo. Pero esto no es lo mismo que afirmar que el comportamiento expresivo de una criatura solo nos brinda conocimiento acerca de a qué objeto responde, sin revelarnos nada sobre los modos en los que este es representado.

Por otra parte, con independencia de si contamos con los recursos adecuados para resolver estas dificultades, hay razones textuales para pensar que, para Bar-on y colegas, los contenidos no proposicionales en discusión sí son de carácter aspectual. Para citar un ejemplo especialmente claro, Bar-on (2018, p. 191) afirma que: “las performances expresivas están vinculadas a objetos y rasgos en el entorno del animal tal como estos son percibidos por dicho animal (y, en este sentido, están ‘filtradas psicológicamente’”. Esta cita sugiere que, mientras que un cambio físico bruto en la criatura –como el enrojecimiento de la piel después de ser golpeada por una rama–podría ser considerado como una mera reacción ante un objeto simpliciter, parece más apropiado caracterizar los actos expresivos naturales como respuestas a objetos que están mediadas por el modo en que el animal las aprehende cognitivamente. A su vez, cabe pensar que dichas “aprehensiones cognitivas” presuponen que el animal pone en juego representaciones aspectuales de los objetos en cuestión. Luego, parece que, de optar por una concepción del contenido no proposicional como un contenido de objeto, Bar-on y colegas deberían inclinarse por sostener que estos contenidos son aspectuales.

Sin embargo, como señalé anteriormente, no es enteramente claro que la noción de contenidos objetuales capture adecuada y exhaustivamente la posición de estos autores, por dos razones. En primer lugar, aunque usualmente Bar-on y colegas se limitan a afirmar que los comportamientos expresivos de una criatura nos permiten percibir cuál es el objeto de sus estados mentales, en ocasiones añaden que también pueden permitirnos conocer los estados de cosas a los que se refieren estos últimos (Bar-on y Green, 2010; Bar-on, 2015). Ahora bien, tradicionalmente se ha pensado que son los contenidos proposicionales, y no los objetuales, los que versan sobre estados de cosas.

En segundo lugar, cuando discuten acerca de los comportamientos expresivos en cuanto vehículos de los estados psicológicos, Bar-on y colegas con frecuencia invocan algunas ideas de Wilfrid Sellars que no resultan fáciles de reconciliar con la tesis de que los contenidos mentales que manifiestan los comportamientos expresivos son de naturaleza objetual. Según estos autores, los comportamientos expresivos constituyen vehículos carentes de una estructura articulada que permita expresar significados composicionalmente estructurados (Bar-on, 2013, 2018; Bar-on y Priselac, 2011; Bar-on y Green, 2010). A diferencia de lo que ocurre en el caso de los enunciados lingüísticos –vehículos paradigmáticos de los contenidos proposicionales–, no se puede identificar usualmente, en los patrones de comportamiento expresivo, partes recombinables que operen como símbolos aislables, con un significado estable y una función sintáctica específica, y que puedan ser reutilizadas en diversas combinaciones. Sin embargo, siguiendo a Sellars, estos filósofos admiten que, aunque carezcan de estas partes, los comportamientos expresivos naturales sí poseen múltiples aspectos o dimensiones. De hecho, este último rasgo es el que les posibilita expresar estados psicológicos complejos. Más específicamente, en la versión de Sellars, esta complejidad permite que ciertos estados carentes de partes recombinables desempeñen, pese a ello, tanto la función de referir a una entidad, como la de caracterizarla como poseedora de ciertos atributos. Así pues, mientras que un enunciado representa que “A es azul concatenando secuencialmente los símbolos “A”, “es” y “azul”, podemos representar este mismo hecho empleando un vehículo diferente, carente de partes, como el siguiente: un único símbolo – la letra A– que refiere al particular A, escrita en bastardillas –A– con la finalidad de representar que el particular en cuestión es de color azul (Sellars, 1981).

Curiosamente, Sellars (1981) defiende estas ideas en el marco de la introducción de un tipo de sistemas representacionales primitivos, atribuibles a los animales no humanos (De Vries, 1995). Los animales humanos, nos dice Sellars, poseerían estados representacionales dotados de una estructura sujeto-predicado, compuesta por dos tipos de símbolos separados, cada uno de los cuales cumpliría una función específica: referencial o de caracterización. Un rasgo nodal de este tipo de representaciones es que forman parte de sistemas representacionales mayores, que contienen ítems representacionales que funcionan como las conectivas lógicas y los cuantificadores (cfr. Sellars, 1981, §79). Esto posibilita a los animales humanos lingüísticamente competentes formar pensamientos que involucren cuantificadores, condicionales, negaciones, disyunciones, etc. A su vez, esto les permite formular distintos tipos de principios y generalizaciones –tales como las leyes universales, los principios condicionales, etc.–, hacer transicionales inferenciales en las que figuren tales generalizaciones, y actuar a la luz de ellas. Sellars considera que el rasgo esencial de estos estados representacionales es, por lo tanto, que poseen una “forma lógica”.

Sin embargo, como anticipé arriba, este filósofo también parece pensar que existe un tipo diferente de estados representacionales primitivos, que cabe atribuir a otros animales. Él reserva el término de “proposicionales” para referirse a estos estados, en la medida en que, sostiene, comparten un rasgo central con los estados dotados de forma lógica: ellos también representan determinados objetos como poseedores de ciertas características. Con algo más de detalle, al igual que los estados representacionales con forma lógica, estos estados representacionales primitivos cumplen dos funciones semánticas diferentes: a) refieren a algo y b) caracterizan aquello a lo que refieren de cierto modo (Sellars, 1981, §72). A esto se suma que, según Sellars, para poder albergar estados representacionales primitivos que representen algo como siendo de cierto modo, es preciso que una criatura pueda realizar ciertas inferencias que conecten tal estado con otros. Luego, los estados representacionales animales estarían dotados de funciones proposicionales primitivas solo en la medida en que “funcionan como (análogos de las) premisas en los (análogos de) razonamientos prácticos que dan forma a las interacciones de los animales con sus entornos” (Rosenberg, 2007, p. 110)[3].

Ahora bien, según Sellars, las funciones semánticas de referencia y caracterización no requieren, para su implementación, de una estructura oracional. Tanto el referir como el caracterizar son roles funcionales que pueden ser desempeñados por diferentes tipos de vehículos complejos (cfr. Sellars, 1981, §61). Su adhesión a esta tesis le permite explicar por qué mientras que las representaciones proposicionales primitivas carecen de sujetos y predicados (pues no es posible identificar en ellas símbolos específicos y separables que representen a uno y otro), aún pueden referir a particulares y atribuirles propiedades (cfr. Sellars, 1981, §72). Ahora bien, ¿qué es lo que permite a estos estados cumplir tales funciones aun cuando carecen de la estructura característica de los enunciados lingüísticos? Es precisamente para responder a este interrogante para lo que Sellars presenta la idea, también recuperada, como vimos, por Bar-on y colegas, de que un vehículo puede ser complejo aun si carece de partes componentes y de una estructura lógica que las articule de ciertos modos específicos. La razón de ello es que dicho vehículo podría tener múltiples aspectos, en lugar de múltiples partes, y esto le permitiría satisfacer distintas funciones semánticas (Bar-on y Green, 2010). Ahora bien, es claro que esta tesis, que luego adoptarán Bar-on y colegas, es presentada originariamente por Sellars para apuntalar una noción de estados mentales primitivos muy diferente de la de estados mentales con contenidos de objeto. Según vimos, los estados primitivos sellarsianos representarían estados de cosas, y no meros objetos. Luego, cabe preguntarse en qué medida están comprometidos Bar-on y colegas con el marco general de ideas de Sellars sobre los tipos de estados representacionales atribuibles a distintas criaturas. ¿Es acaso la noción sellarsiana de estados representacionales primitivos, en lugar de la noción de contenido de objeto, la que subyace a sus ideas sobre el tipo de estados mentales no proposicionales que se manifestarían a través de los comportamientos expresivos?

Siguiendo el recorrido realizado hasta aquí nos encontramos con que, al tratar de esclarecer cuál es la noción de contenido no proposicional que cabe detectar en los escritos de Bar-on y colegas, hemos arribado a una posición inestable. Por una parte, algunas de sus afirmaciones sugieren que, para estos filósofos, los estados mentales que muestran los comportamientos expresivos naturales de una criatura tendrían contenidos de objeto. Sin embargo, esto entra en tensión con otras de sus afirmaciones, así como con su simpatía por ciertas tesis centrales de Sellars, que podrían llevarnos a adscribirles un tipo de contenido diferente. Ante esta situación, quizás convenga abandonar la discusión exegética sobre qué noción de contenido mental no proposicional se desprende efectivamente de sus textos, y pasar, en cambio, a preguntarnos qué noción sería más adecuado adoptar a fin de explicar el tipo de comunicación expresiva que tiene lugar en situaciones de triangulación intermedia y el tipo de capacidades conductuales y cognitivas que despliegan las criaturas carentes de lenguaje que participan de ella. Aunque este es un debate sumamente complejo, que excede los límites de este trabajo, en el siguiente apartado querría dejar esbozadas algunas consideraciones iniciales al respecto.

3. Contenidos no proposicionales: las tres vías

Según vimos en los apartados anteriores, Bar-on y colegas subrayan enfáticamente que los estados mentales que una criatura manifiesta en situaciones de triangulación intermedia, cuando responde de modo expresivo ante ciertos objetos del entorno común, son de naturaleza no proposicional. Sin embargo, el examen del apartado anterior también nos ha mostrado que no es sencillo deslindar, a partir de sus textos, cuál es exactamente la noción de contenido no proposicional que adoptan estos autores. Más aún, según vimos, hay elementos en sus escritos que sugieren que se inclinan por una noción de contenidos mentales objetuales, mientras que, por otras razones, cabría pensar que tienen algún compromiso teórico con un tipo de contenidos primitivos a la Sellars. Dejando de lado los intereses exegéticos, en lo que sigue querría abordar los siguientes interrogantes: ¿cuáles son las alternativas teóricas que tendrían Bar-on y colegas para resolver esta disyuntiva? Y, de modo más relevante, ¿cuál de ellas nos brinda el mejor modo de entender los contenidos no proposicionales en el contexto de sus intereses teóricos?

Querría sugerir tres vías alternativas que los autores podrían optar por transitar.

a) La vía sellarsiana

Una primera alternativa para Bar-on y colegas consistiría en adherir plenamente a las ideas de Sellars y sostener que los gestos naturales expresivos expresan estados representacionales primitivos, que representan las cosas como siendo de cierta manera y cumplen, simultáneamente, tanto con una función referencial, como con una función de caracterización. Si este fuera el caso, el gesto expresivo de un mono que da un grito de alarma ante la presencia de un tigre, por ejemplo, expresaría un contenido como “Hay un tigre que se aproxima[4].

Seguir esta vía suscita, sin embargo, el siguiente interrogante: ¿no sería esto equivalente a abandonar por completo la idea de que el contenido de los comportamientos expresivos naturales es no proposicional? A mi entender, la respuesta que demos a esta pregunta dependerá, en gran medida, de cómo entendamos la noción de contenido proposicional. Claramente, este último término es empleado con múltiples acepciones por parte de los filósofos. De acuerdo con la variante más deflacionada y minimalista, para que un contenido sea considerado como proposicional basta con que represente las cosas como siendo de cierta manera y, como consecuencia de ello, pueda ser evaluado como verdadero o falso, o, de modo más laxo, como correcto o incorrecto (Searle, 1982; Grzankowski, 2013; Schroeder, 2006; Crane, 2013). Al menos para los propósitos presentes, este modo de entender los contenidos proposicionales parece muy similar al del propio Sellars.

En el otro extremo del espectro, sin embargo, hay un modo pleno de entender los contenidos proposicionales, de acuerdo con el cual estos no solo representan algo como siendo de cierto modo, sino que deben contar, además, con una genuina estructura oracional. Con frecuencia esto se asocia, a su vez, con varios otros requisitos demandantes que los contenidos proposicionales deben satisfacer. En primer lugar, así como los enunciados se hallan compuestos por palabras, se piensa que los contenidos proposicionales plenos están compuestos por conceptos, o por habilidades conceptuales (Glock, en prensa; Burge, 2010a; Camp, 2004). En segundo lugar, debe ser posible recombinar estos conceptos entre sí de todos los modos que resulten significativos, pudiendo formar, de esta manera, una miríada de contenidos proposicionales diferentes[5].

A menudo se afirma, adicionalmente, que los contenidos proposicionales deben poder incluir cuantificadores universales o existenciales. Luego, una criatura que cuenta con contenidos proposicionales ha de ser capaz de pensar contenidos como “Existe una x tal que x es P” y “Para toda x, si x es p entonces x es Q”. Suele sumarse a ello la tesis de que los contenidos proposicionales deben poder ser combinados entre sí formando unidades mayores, mediante el empleo de todo tipo de conectivas lógicas (como la conjunción, la disyunción, etc.) (Burge, 2010a, 2010b; Bermúdez, 2003; Crane, 2009). Finalmente, a veces se piensa que quien cuenta con contenidos proposicionales ha de ser capaz de separar los conceptos que constituyen tales contenidos y aprehender o captar su significado con independencia de su aplicación a cualquier situación particular (Camp, 2015; Cussins, 1992).

Ahora bien, si tomamos en consideración que existen modos tan diversos de entender los contenidos proposicionales, parece claro que buena parte de la discusión con respecto a la naturaleza de los contenidos mentales que se manifiestan mediante comportamientos expresivos naturales va a depender de cuán exigente sea la noción de contenido proposicional a la cual uno suscriba. Así, si uno adhiere a una noción demandante, tenderá a considerar que lo que Sellars denomina “contenidos proposicionales” en realidad no merecen tal nombre, en la medida en que no satisfacen todos los requisitos para ser calificados como tales. En otras palabras: si se adhiere a una concepción plena o demandante de los contenidos proposicionales, cabe reservar el término proposicional para lo que Sellars llamaba “contenidos lógicos” y caracterizar como “no proposicionales” al tipo de contenidos primitivos atribuibles a los animales que él denominaba “proposicionales”. De adoptar una estrategia de tal tipo, Bar-on y colegas podrían revisar la terminología de Sellars, sin abandonar sustancialmente el núcleo de su propuesta.

Esta alternativa, sin embargo, no carece de costos. Después de todo, estos filósofos parecen estar interesados en capturar el tipo de estados mentales que podrían poseer y expresar, en contextos de triangulación intermedia, criaturas carentes de lenguaje y relativamente primitivas desde un punto de vista cognitivo. Más aún, sus textos abundan en ejemplos de criaturas de esta índole, que meramente responden con cierta actitud psicológica ante la presencia de un objeto. Ahora bien, consideremos la siguiente conjetura. Supongamos que, en uno de estos casos primitivos, cada vez que una criatura reconoce y categoriza a un mismo tipo de predador como tal, siente temor. Más aún, imaginemos que esto ocurre de modo sistemático y general, aun cuando la criatura no predique del predador ninguna propiedad adicional que luego pueda generalizar a otros casos, ni se represente un estado de cosas complejo, entre otros posibles, del cual el predador forme parte. Si esta conjetura fuera correcta, cabría esperar que esta criatura desplegara, básicamente, el mismo patrón de respuestas afectivas, conductuales y cognitivas ante la presencia del objeto que ella categoriza como “predador”, con fuerte prescindencia de cómo variaran otras propiedades de este (sin importar, por ejemplo, si dicho predador se acercara por tierra o aire, si estuviera quieto o corriera, si fuera de mayor o menor tamaño, etc.). Aunque el punto merece mayor desarrollo, pienso que, en una situación muy básica de este tipo, lo más adecuado podría ser concluir, sencillamente, que nuestra criatura alberga un estado de temor al predador, compuesto solo por una actitud psicológica o emocional y una representación de dicho particular. Pero esta posibilidad explicativa se pierde, pienso, si adherimos estrictamente al marco sellarsiano y abandonamos la noción de contenidos no proposicionales de objeto.

b) La vía de los contenidos objetuales

Una opción diferente consistiría en adherir estrictamente a la idea de que los contenidos mentales que una criatura manifiesta en situaciones de triangulación son estrictamente objetuales, en lugar de versar, a la Sellars, sobre estados de cosas y sus condiciones de satisfacción. Adoptar tal vía no necesariamente tendría que conllevar un abandono de la totalidad de las ideas de Sellars. De hecho, una estrategia que explorar sería la de emplear sus ideas sobre los vehículos complejos, pero carentes de una estructura oracional, para un nuevo fin teórico: explicar de qué modo podrían los comportamientos expresivos naturales vehiculizar contenidos de objeto dotados de formas aspectuales.

Una alternativa de este tipo podría dar lugar a un modo novedoso de entender los tipos de estados mentales que las criaturas carentes de lenguaje pueden formar y expresar en situaciones de triangulación intermedia. Sin embargo, adherir a la idea de que estos estados mentales tienen exclusivamente contenidos de objeto es una propuesta que presenta sus propios límites explicativos. Mi idea en relación con este punto es la siguiente: en algunos casos, el mejor modo de explicarlas conductas de ciertas criaturas no lingüísticas es sosteniendo que los estados mentales primitivos que estas poseen tienen contenidos que versan sobre estados de cosas y no meramente sobre objetos.

Permítaseme elaborar este punto, volviendo a nuestro ejemplo de la criatura que enfrenta a un predador. Imaginemos, en este caso, que C teme al predador aéreo P, pero solo cuando lo ve aproximarse volando hacia él. Cuando, en cambio, C se encuentra ante un ejemplar de P con un ala rota, se muestra cauto al comienzo y examina con cuidado la situación. Sin embargo, una vez que comprende que P es incapaz de levantar vuelo, deja de mostrar temor. Es interesante advertir que C se comporta con cierta cautela en los dos casos, lo cual sugiere que en ambos categoriza a P como un predador. Sin embargo, su conducta sugiere que también es sensible a si P posee o no ciertas propiedades: a saber, si este puede volar o es incapaz de hacerlo por tener el ala rota. En situaciones como estas, pienso, no basta con atribuir a la criatura contenidos de objeto, pues esto no nos permitiría explicar el modo en que sus respuestas a un mismo tipo de objeto, que siempre es categorizado adecuadamente del mismo modo, varían a medida que cambian algunas de sus propiedades. La solución más simple, pienso, consiste en pensar que, en estos casos, nuestra criatura no solo se representa un predador P, sino que representa distintos estados de cosas. O, en otras palabras, se representa a P como poseedor de ciertas propiedades (propiedades adicionales, obviamente, a aquellas en virtud de las cuales fuera categorizado inicialmente como P). Adherir a la tesis de que los únicos contenidos que pueden manifestar los comportamientos expresivos son objetuales nos impide a priori atribuir este tipo de estados mentales, y nos deja sin la posibilidad de explicar algunos de los patrones de respuestas más sutiles y versátiles que algunas criaturas prelingüísticas puedan presentar ante su entorno.

c) La defensa de un enfoque híbrido

A la luz de las consideraciones previas sobre las limitaciones explicativas con las que tropezaríamos al optar exclusivamente por las vías a) o b), convendría sopesar una tercera alternativa: adherir a una posición híbrida, de acuerdo con la cual los comportamientos expresivos naturales pueden expresar, en distintas ocasiones, estados mentales con contenidos de tipos diferentes. En algunos casos, puede bastar con postular estados mentales con meros contenidos de objeto. En otros, en cambio, parece preciso pensar que tales contenidos versan sobre estados de cosas, o representan las cosas como siendo de cierta manera, y tienen condiciones de verdad o de corrección. Ahora bien, una vez que hemos aceptado la necesidad de incorporar contenidos que representan las cosas como siendo de cierta manera, la alternativa más deflacionada parece ser sostener que estos son contenidos representacionales primitivos (como los que Sellars estaba dispuesto a atribuir a los animales no humanos), que no calificarían como genuinamente proposicionales bajo una acepción demandante del término. Esta posición híbrida parece mejor posicionada para dar cuenta del tipo de dificultades y limitaciones explicativas con que se encontrarían las primeras dos vías alternativas.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer si uno está interesado en desarrollar un enfoque de tal tipo. A modo de cierre, querría señalar dos puntos problemáticos que merecerían especial atención.

En primer lugar, parece que si uno quiere desarrollar un enfoque híbrido que integre dos tipos de contenidos primitivos –objetuales y de estados de cosas–, es preciso admitir que con ello estamos reconociendo la existencia de dos modos diferentes en los que se puede representar a algo como poseedor de ciertas características (Crane, 2013). Uno de ellos consiste en representar que algo es el caso donde tal representación puede resultar correcta o incorrecta. El otro consiste en representar algo (un objeto) bajo cierto aspecto. Pero, si esto es así, podemos preguntarnos: ¿qué es lo que distingue a estos dos tipos de contenidos?, ¿cuál es exactamente la diferencia entre la criatura que piensa un contenido objetual como “¡Esa manzana!” y la que piensa, en cambio, el contenido “Eso es una manzana”?

En segundo lugar, uno puede preguntarse cuáles son exactamente los roles que cada uno de estos contenidos desempeñan en nuestra economía psíquica, y cómo se vinculan entre sí. Como distintos filósofos han subrayado, usualmente atribuimos a los estados mentales intencionales un papel clave en la explicación y predicción de los comportamientos del agente. Más aún, la ortodoxia asume que ningún estado mental puede causar comportamientos por sí mismo y de modo aislado. Antes bien, distintos tipos de estados mentales, con diferentes contenidos, han de combinarse entre sí, como parte de procesos de razonamiento práctico, a fin de llevar a las criaturas que los poseen a actuar de un modo u otro. Procesos inferenciales similares nos permiten explicar, análogamente, cómo una criatura adquiere, de modo racional, nuevos estados mentales –paradigmáticamente creencias– a partir de otros estados mentales previos.

Ahora bien, dado que contamos con los recursos lógicos para explicar, de manera estándar, las relaciones inferenciales entre proposiciones, parece que podemos luego aplicar estas mismas herramientas para dar cuenta de los distintos procesos inferenciales de una criatura, en la medida en que los contenidos de sus estados mentales cuenten con una estructura proposicional (Mandelbaum, 2012; Bermúdez, 2003).

Alguien podría cuestionar, no obstante, que lo mismo valga para el caso de los contenidos primitivos que Sellars llama “proposicionales”, pues estos carecen de forma lógica y no pueden incorporar ni cuantificadores ni conectivas lógicas. Sin embargo, en la medida en que estos contenidos representen las cosas como siendo de cierta manera, aún contamos con algunas vías teóricas para explicar cómo una criatura podría razonar apelando a ellos. Uno podría, por ejemplo, inclinarse a pensar que las criaturas que poseen contenidos realizan inferencias materiales (Rosenberg, 2007) o inferencias protológicas (Bermúdez, 2003). Hasta donde sé, carecemos, en cambio, de una explicación análoga de los razonamientos inferenciales que involucran contenidos de objeto. Carecemos también de una explicación sobre cómo podrían interactuar entre sí estados con contenidos objetuales y estados con contenidos proposicionales, para dar lugar a inferencias teóricas o prácticas. De hecho, los mismos defensores de los contenidos de objeto reconocen que esta es un área a la cual es preciso redireccionar sus esfuerzos de modo urgente (Montague y Grzankowski, 2018).

4. Conclusión

En este trabajo, he procurado reconstruir el intento de Bar-on y colegas por identificar y describir un modo de interacción que puede tener lugar en criaturas carentes tanto de lenguaje como de pensamiento proposicional (en sentido pleno): la llamada “triangulación intermedia”. Quien participa de este tipo de vínculo triangular con otro semejante y con un objeto del entorno común no se limita a responder causalmente a ambos, sino que da respuestas afectivas y comunicativas, consistentes en la producción de comportamientos expresivos naturales –como los aullidos, las carcajadas, el llanto, los gritos de alarma, los gestos de sorpresa, etc.–. Tales comportamientos, se nos dice, han sido naturalmente diseñados para mostrar los estados psicológicos de quien los realiza a otros que estén dotados cognitivamente para reconocerlos. En este sentido, pueden operar como genuinos precursores de nuestras formas más sofisticadas de comunicación lingüística.

Un punto central que los autores señalan recurrentemente es el siguiente: los estados mentales que estas criaturas manifiestan, mediante distintos comportamientos expresivos, no tienen por qué tener el tipo de complejidad y sofisticación de las actitudes proposicionales que los filósofos suelen adscribir a las criaturas humanas lingüísticamente competentes. De hecho, una de las razones que los diferencian de tales actitudes, se nos dice, es el carácter no proposicional de sus contenidos. Según vimos, sin embargo, hay razones en pugna que nos llevan a pensar que cabe adscribir a estos filósofos dos modos distintos de entender tal noción: como contenidos de objeto, o, alternativamente, como contenidos que representan estados de cosas, pero que, pese a ello, no llegan a satisfacer todos los requerimientos para ser considerados como contenidos proposicionales en un sentido pleno.

Ante esta disyuntiva, me pareció interesante intentar abordar el debate desde un ángulo diferente: el de examinar cuál posición resultaría más adecuada, dados sus intereses explicativos, a la hora de dar cuenta del tipo de contenidos mentales que se manifiestan mediante comportamientos expresivos. Con este nuevo propósito en mira, esbocé brevemente tres vías alternativas que se podrían seguir: a) entender la totalidad de los contenidos que se expresan mediante comportamientos expresivos como contenidos de objeto; b) entenderlos como contenidos que representan estados de cosas, pero que no llegan a ser contenidos proposicionales plenos; y c) adoptar un enfoque híbrido, de acuerdo con el cual los comportamientos expresivos pueden manifestar, en distintas ocasiones, tanto estados mentales con contenidos de objeto, como contenidos no proposicionales que versen sobre estados de cosas. Esta opción, sospecho, es la más adecuada si se quiere capturar el amplio espectro de conductas y capacidades cognitivas presentes en distintas criaturas sin lenguaje. Una justificación más elaborada de tal tesis debe ser dejada, sin embargo, como tarea pendiente para un futuro trabajo.

Referencias bibliográficas

Bar-on, D. y Priselac. M. (2011). “Triangulation and the beasts”. En G. Preyer y C. Amoretti (Eds.), Triangulation: From an Epistemological Point of View (pp 121-152). Frankfurt: Ontos Verlag.

Bar-on, D. (2010). “Expressing as ‘Showing What is Within’: On Mitchell Green’s Self-Expression”. Philosophical Books, 51(4), pp. 212-227.

Bar-on, D. (2013). “Expressive Communications and Continuity Skepticism”. Journal of Philosophy 110(6), pp. 293-330.

Bar-on, D. (2018). “Minding the Gap: In Defense of Mind-mind Continuity”. En K. M. Cahill y T. Raleigh. (Eds.), Wittgenstein and Naturalism (pp.177-203). New York: Routledge.

Bar-on, D. y Green, M. (2010). “Lionspeak: Communication, Expression and Meaning”. En J. O’Shea y E. Rubenstein (Eds.), Self, Language and World: Problems from Kant, Sellars and Rosenberg (pp. 89-106). Atascadero, CA: Ridgeview Publishing Company.

Bermúdez, J.L. (2003). Thinking without Words, New York: Oxford University Press.

Burge, T. (2010a). “Steps towards Origins of Propositional Thought”. Disputatio, IV(29), pp. 39-67.

Burge, T. (2010b). Origins of Objectivity. New York: Oxford University Press.

Camp, E. (2015). “Logical Concepts and Associative Characterizations”. En E. Margolis y S. Laurence (Eds.), The Conceptual Mind: New Directions in the Study of Concepts (pp. 591-621). Cambridge, MA: MIT Press.

Camp. E. (2004). “The Generality Constraint and Categorical Restrictions”. Philosophical Quaterly 64 (2015), pp. 209-231.

Crane, T. (2009). “Is Perception a Propositional Attitude?”. Philosophical Quaterly, 59(236), pp. 452-469.

Crane, T. (2013). The Objects of Thought. Oxford: Oxford University Press.

Cussins, A. (1992). “Content, Embodiment and Objectivity: The Theory of Cognitive Trails”. Mind, 101(404), pp. 651-688.

Danón, L. (2016). “Opacidad referencial y atribución intencional a animales sin lenguaje”. Principia 20(2), pp. 143-164.

Davidson, D. (1975). “Pensamiento y habla”. En De la verdad y la interpretación (pp. 164-168). Barcelona: Gedisa.

Davidson, D. (1982). “Rational Animals”. Dialectica, 36(4), pp. 317-327.

Davidson, D. (1999). The Emergence of Thought.Erkenntnis, 51(1), 7-17.

Davidson, D. (2001a). “Externalisms”. En P. Kotatko, P. Pagin y G. Segal (Eds.), Interpreting Davidson; Selected Papers from the 1996 Karlovy Vary Symposioum in Analytic Philosophy (pp. 5-13). Palo Alto: CSLI Press.

Davidson, D. (2001b). “What Thought Requires”. En Problems of Rationality. Nueva York: Oxford University Press [2004].

De Vries, W. (1995). “Sellars, Animals and Thoughts”. En Problems of Wilfrid Sellars. Recuperado de https://goo.gl/mSMcsg.

Evans, G. (1982). The Varieties of Reference. Nueva York: Oxford University Press.

Glock, H. J. (en prensa). Animal minds: conceptual problems.

Gluer, K. (2008). “Triangulation”. E. LePore y B. Smith (Eds.), The Oxford Handbook of Philosophy of Language. New York: Oxford University Press.

Grzankowski, A. (2013). Non-Propositional Attitudes, Philosophy Compass, 8(12), pp. 1123-1137.

Grzankowski, A. (2015). “Not All Attitudes Are Propositional”. European Journal of Philosophy 23(3), pp. 374-391.

Grzankowski, A. (2016). “Attitudes Towards Objects”. Nous, 50, pp. 314-328.

Ludwig, K. (2011). “Triangulation triangulated”. Amoretti, C. y G. Preyer (Eds.), Triangulation: From an Epistemological Point of View (pp. 69-96). Frankfurt: Ontos Verlag.

Mandelbaum, E. (2013). “Against alief”. Philosophical Studies 165(1), pp. 197-211.

Montague, M. (2007). “Against Propositionalism”. Nous, 41(3), pp. 503-518.

Montague, M. y Grzankowski, A. (2018). “Non-propositional intentionality: An introduction”. En M. Montague y A. Grzankowski (Eds.), Non-Propositional Intentionality (pp. 1-18). Nueva York: Oxford University Press.

Pagin, P. (2001). “Semantic triangulation”. En P. Kotatko, P. Pagin y G. Segal (Eds.), Interpreting Davidson (pp. 199-212), Stanford: CSLI Publications.

Rosenberg, J. (2007). Wilfrid Sellars: Fusing the Images. Oxford: Oxford University Press.

Schroeder, T. (2006). “Reply to Critics”. Dialogue, 45(1), pp. 165-174.

Searle, J. (1983). Intentionality: An Essay in the Philosophy of Mind. Cambridge: Cambridge University Press.

Sellars, W. (1969). “Language as Thought and as Communication”. Philosophy and Phenomenological Research XXIX, 4, pp. 506-527.

Sellars, W. (1981). “Mental Events”. Philosophical Studies 39, pp. 325-345.

Verheggen, C. (2007). “Triangulating with Davidson”. The Philosophical Quaterly, 57(226), pp. 96-103.


  1. No voy a discutir aquí los argumentos que ofrece Davidson para defender la necesidad de participar de una forma de triangulación pura o básica para adquirir contenidos objetivos. Tampoco me detendré en sus breves señalamientos sobre por qué este tipo de triangulación básica resulta insuficiente para la emergencia de pensamientos genuinos. En Verheggen (2013), Gluer (2009), Pagin (2001) y Ludwig (2011), se pueden encontrar algunas reconstrucciones de estos argumentos, así como objeciones realizadas a ellos.
  2. Davidson (1975, 1982, 1999) es uno de los filósofos que de modo más insistente e incisivo ha sostenido que cualquier comportamiento no lingüístico es, en último término, demasiado tosco para permitirnos atribuir contenidos mentales aspectuales. En Danón (2016), intento dar una respuesta a estos argumentos.
  3. Ver también Sellars (1981, §58).
  4. Si bien no puedo evitar emplear aquí un enunciado lingüístico para expresar el contenido que podría atribuirse a esta criatura, esto no implica que esté sosteniendo que, en el caso del animal, sus contenidos deban ser proposicionales en el mismo sentido que los nuestros, deban estar compuestos por conceptos como los nuestros, ni tampoco, más específicamente, que cuenten con conceptos análogos a los que nosotros expresamos con palabras como “tigre” o “aproximarse”. La idea, mucho más básica, es que estos animales son capaces de referir a ciertas entidades (en este caso, los tigres) y de caracterizarlas como siendo de cierto modo.
  5. En otras palabras, las criaturas que poseen contenidos proposicionales han de satisfacer lo que Evans (1982) llamó el “requisito de generalidad” (Camp, 2004).


Deja un comentario