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1 El lenguaje verbal también es icónico: correspondencias transmodales
y simbolismo sonoro

Carolina Scotto (UNC – CONICET)

1. Iconicidad vs. arbitrariedad en el lenguaje

La existencia de relaciones icónicas o de semejanza entre los signos o vehículos lingüísticos y los significados se puede rastrear en una antigua tradición cuyo primer expositor notable fue Platón. En el debate entre naturalismo y convencionalismo[1], Crátilo defiende, frente al sofista Hermógenes, la tesis según la cual los nombres significan lo nombrado por medio de una relación “natural” imitativa (Crátilo, 423b), que se extiende a los elementos subléxicos que los componen: fonemas, vocales y consonantes, así como a los rasgos prosódicos y a la métrica. Esta idea fue ricamente elaborada en la teoría semiótica de Peirce, a comienzos del siglo XX, y retomada en la lingüística, entre otros, por Jespersen (1921) y más tarde por Jakobson (1965). Sin embargo, en los estudios filosóficos y lingüísticos se consolidó una tradición diferente, que alcanzó su formulación ortodoxa en la obra fundacional de la lingüística contemporánea, el Cours de Linguistique Générale de F. de Saussure (1916)[2]. En esta otra tradición, se afirma, por el contrario, que la mayor parte de los signos lingüísticos se vinculan con sus significados por medio de una relación arbitraria y que, como consecuencia, los fenómenos icónicos solo pueden tener una significación secundaria o marginal en el lenguaje. Esta es, claramente, la “visión recibida” (Perniss, Thompson y Vigliocco, 2010).

En este trabajo me propongo desarrollar un argumento empírico, que tiene como premisa la abundante evidencia que corrobora la ubicuidad y la importancia relativa del simbolismo sonoro en el lenguaje, entendido como un fenómeno icónico, para defender una caracterización radicalmente diferente del lenguaje natural de la que ofrecen las teorías o enfoques “ortodoxos”, tanto en la lingüística como en la filosofía del lenguaje. Dicho argumento tiene la siguiente forma: si el simbolismo sonoro, como un subtipo lingüístico de iconicidad, es una propiedad general del lenguaje y, además, es una expresión del papel de las correspondencias transmodales en el lenguaje, entonces el lenguaje debería ser redescripto como un fenómeno semiótico heterogéneo y multimodal. En segundo lugar, sobre la base de esta conclusión, dado que en el conocimiento y uso del lenguaje están involucradas dimensiones icónicas y multimodales, estas serán también relevantes para explicar una variedad de otros aspectos, tales como el aprendizaje y el procesamiento lingüístico, los usos comunicativos, los orígenes filogenéticos, el desarrollo ontogenético, el cambio lingüístico, entre otros. No es objetivo de este trabajo identificar y justificar los efectos que podrían derivarse de la reconfiguración global propuesta, la cual, además, depende de la consideración de otros rasgos que también forman parte del paradigma “ortodoxo”[3]. Solo intentaré apoyar esa reconfiguración en la valoración de algunas importantes comprobaciones empíricas acerca de cuál podría ser el papel del simbolismo sonoro en el aprendizaje temprano del lenguaje. Cabe agregar, finalmente, que el análisis del simbolismo sonoro será inscripto en el marco más amplio del fenómeno conocido como “correspondencias transmodales” (CT), a cuyas características me referiré en primer lugar. Como consecuencia de ello, nuestro tema quedará enmarcado en los vínculos entre percepción (o sistema sensorio-motor) y lenguaje, en un claro contraste con las perspectivas tradicionales, que vinculan al lenguaje solo o primariamente con la cognición. En este punto tiene su origen el cambio de enfoque propuesto: puesto que los fenómenos sonoro-simbólicos son, en parte, fenómenos de correspondencias entre modalidades, reconocer la importancia de estas para la cognición humana en general permitirá comprender que el simbolismo sonoro, lejos de tener una importancia marginal, es, por el contrario, una manifestación en el lenguaje de capacidades cognitivas generales, más específicamente perceptivas, que exceden al lenguaje. Como veremos también, la naturaleza de estas CT obliga, además, a adoptar un enfoque no tradicional de la percepción sensorial.

2. ¿Qué son las correspondencias transmodales?

Se denominan “correspondencias transmodales” (CT)[4] a una variedad de percepciones multisensoriales en las cuales estímulos o atributos de esos estímulos, no necesariamente presentes y aparentemente no relacionados entre sí, en diferentes modalidades y dimensiones sensoriales, producen una concordancia, conjunción o “efecto de congruencia” o de compatibilidad, generalmente bidireccional (Deroy y Spence, 2016), en el contenido de la experiencia, denominada congruencia sinestésica o congruencia semántica (Spence, 2011; Sidhu y Pexman, 2017b). De ese modo, dichas correspondencias resultan ser consistentes o “esperadas” y no arbitrarias (Parise y Spence, 2012). Por ejemplo, se asocian consistentemente sonidos de tono agudo con objetos pequeños, o sonidos fuertes con formas u objetos grandes (esta última, constatada incluso en niños de 2 años de edad) (Spence, 2011); también suele producirse una asociación entre tonos altos y luminosidad o brillo (incluso en bebés muy pequeños) (Walker et al., 2010); entre timbres musicales y olores; formas y colores; colores y temperatura, música, olores, formas, sabores y letras, etc. En suma, las asociaciones comprenden desde estímulos muy elementales (o de “bajo nivel”), como la luminosidad, hasta otros muy complejos (o de “alto nivel”), como pseudopalabras (Parise, 2016). Una variedad de tests experimentales, basados en la velocidad para asociar o clasificar, la automaticidad y la recurrencia de las respuestas para seleccionar y asociar estímulos (Parise y Spence, 2012), convergen en señalar la robustez del fenómeno, así como también su presencia generalizada en todas las poblaciones estudiadas, es decir, en distintos grupos etarios y comunidades lingüísticas y culturales. Dicha evidencia desmiente la presunción de que podría tratarse o bien de un fenómeno limitado a la población de sinestésicos[5] (Parise y Spence, 2012), o bien a experiencias anecdóticas, idiosincráticas o solo culturalmente acotadas, de alcance e interés teórico más limitado (Deroy y Spence, 2016).

El fenómeno fue identificado a comienzos del siglo pasado por Köhler (1929), pero es objeto de un interés teórico creciente, en disciplinas como las neurociencias, la psicología cognitiva, la psicología del desarrollo y la lingüística, desde que la publicación de Ramachandran y Hubbard (2001) puso el tema nuevamente en el centro de la escena. Sin embargo, su antecedente más claro se relaciona con los estudios acerca del problema de la integración multisensorial, el así llamado “problema del binding”, que consiste en explicar cómo podemos percibir objetos, segregando e integrando propiedades, a pesar de que procesamos separadamente, en distintos circuitos neuronales, un input sensorial complejo, es decir, una información sensorial variada (colores, tamaños, formas, etc.). Sin embargo, el problema de la integración multisensorial, al ocurrir para una clase más amplia de estímulos perceptuales, es decir, al no ser solo acerca de propiedades de un mismo objeto, sino también acerca de propiedades que son percibidas como pertenecientes a objetos distintos, exceden al “problema del binding” (Deroy y Spence, 2016; Spence, 2011).

Si las CT son comunes a toda la población y son características de nuestra actividad perceptiva habitual, entonces la concepción unimodal clásica de la percepción (O’Callaghan, 2012) debería considerarse, cuanto menos, parcialmente errónea. Por lo tanto, investigar la percepción separadamente en cada una de las modalidades, asumiendo que pueden explicarse con independencia de sus vínculos con las otras, y presuponer, además, que la sumatoria de las historias específicas acerca de los rasgos de cada modalidad sensorial dará por resultado una teorización exhaustiva acerca de la percepción (O’Callaghan, 2012) no es compatible con diversos fenómenos revelados por las CT. La atención monopólica prestada a la visión por sobre otras modalidades sensoriales (el llamado “visuocentrismo”) y la proyección injustificada de sus rasgos específicos a las demás modalidades profundizaron el carácter distorsivo del enfoque clásico de la percepción. La concepción unimodal parece respaldada intuitivamente por el hecho de que solo podemos comparar apropiadamente los estímulos si pertenecen a una misma modalidad, en tanto ocasionan experiencias cualitativamente semejantes entre sí (qualia unimodales). Las teorías empiristas clásicas de la percepción sostuvieron, sobre estas bases, que la percepción de rasgos atómicos (como el color, la forma, etc.) requería ser complementada por procesos asociativos u otros en la mente, responsables de reunir esa información en totalidades integradas. Este enfoque contrasta con otro más reciente, según el cual la percepción es, en general, “ricamente multimodal”, en todos los niveles explicativos, incluido el fenomenológico (O’Callaghan, 2012). Dado que normalmente percibimos con muchos sentidos, y que, además, estos se activan regularmente en contextos multimodales, lo que percibimos es, simplificadamente, un efecto natural de la cooperación entre distintas modalidades sensoriales. Esta produce experiencias o bien integradas, cuando son acerca de un mismo objeto, o bien unificadas, cuando son acerca de distintas entidades que interactúan.

En la literatura se ha propuesto distinguir entre dos tipos básicos de CT. Por una parte, la denominada “congruencia sinestésica”, que serían las correspondencias no arbitrarias entre los rasgos o atributos físicos más básicos de los estímulos, tanto estímulos no redundantes (aquellos que solo pueden ser percibidos por una modalidad, por ejemplo, el brillo de un objeto y el tono de un sonido), como redundantes (rasgos que podrían ser percibidos a través de distintas modalidades, por ejemplo, el tamaño o la forma de un objeto percibidos por la vista y por el tacto, o la duración visual y auditiva de un evento). Estas congruencias no solo ocurren en personas sinestésicas, sino que muchas de ellas son comunes, en diversos grados, a la mayoría de las personas. Se ha propuesto la noción de sinestesia débil para cubrir este tipo de correspondencias, la que integraría un continuum gradual con la sinestesia fuerte. Ambas refieren a las mismas correspondencias, aunque con una “fuerza” diferente (Martino y Marks, 2001)[6]. Aunque no todas las correspondencias son universales, algunas quizás sí lo sean, como parecería evidenciarlo su detección en niños muy pequeños. Por otra parte, la llamada “congruencia semántica” refiere a estímulos de diferentes modalidades (típicamente visual y auditiva) que varían de maneras congruentes relativamente a su identidad o pertenencia a una u otra categoría, o a su significado (por ejemplo, imágenes y sonidos, letras y sonidos de habla, género y palabras). Otros autores la denominan “sinestesia lingüística” o “conceptual” (Simner, 2007). Las CT del primer tipo no están mediadas por conceptos, y podrían ser más universales que aquellas que sí lo están.

Respecto de los mecanismos que podrían explicar estas CT, como dijimos, las primeras hipótesis apelaban a la congruencia espacio-temporal (estímulos simultáneos y coincidentes espacio-temporalmente), pero también se han estudiado otros factores y mecanismos causales. La hipótesis de la correspondencia estadística apela a una co-ocurrencia de los estímulos en la naturaleza, esto es, el vínculo estable entre las propiedades de los objetos en sus escenarios habituales (por ejemplo, los objetos grandes en tamaño o masa producen regularmente sonidos más fuertes en volumen). Otra hipótesis busca los fundamentos de estas correlaciones no en la naturaleza, sino en las conexiones neurales innatas en el sistema perceptual, denominada “correspondencia estructural” (Emmorey, 2014). Estos dos tipos de correspondencias podrían, a su vez, explicarse de manera complementaria (Parise, 2016). Finalmente, se ha propuesto explicar las correlaciones por medio de las palabras usadas regularmente para vincular los estímulos: por ejemplo, “alto-bajo”, aplicado al tono de un sonido y a las dimensiones de un objeto. Se la denomina “correspondencia semánticamente mediada”[7]. Un subtipo de estas podría estar constituido por las “correspondencias hedónicamente mediadas”, que consisten en asociaciones entre dos estímulos mediados por un estado emocional: por ejemplo, entre música y colores, o rostros expresivos y colores o música (Palmer, Schloss, Xu y Prado-León, 2013). Como veremos, mecanismos similares se postulan para explicar el simbolismo sonoro, lo que no debería llamar la atención si se entiende que este es una manifestación particular de las CT, aun cuando, además, exceda el dominio de los fenómenos abarcados por estas. De todas ellas, las correspondencias estructurales son las más probablemente innatas, o menos susceptibles de ser modificadas por el aprendizaje y la cultura, a diferencia de las restantes[8]. No obstante, aún no hay suficientes investigaciones sobre el papel de la experiencia, los cambios en el desarrollo y el aprendizaje que permitan calibrar en qué medida estos factores pueden explicar o bien modular las CT. Del mismo modo, aún restan por explorarse una multiplicidad de asociaciones respecto de diversos parámetros. En síntesis, los resultados de los experimentos realizados hasta ahora admiten una variedad de criterios para clasificar las correspondencias y una variedad de mecanismos que podrían complementarse, así como diversos problemas o desafíos aún pendientes por resolver acerca de ellas.

3. ¿Qué es el simbolismo sonoro?

Desde sus inicios, se advirtió que también las palabras, habladas o escritas[9], se cuentan entre los estímulos que provocan CT, en cuanto son objetos de percepción, auditiva o visual (Sapir, 1929; Köhler, 1929)[10]. El fenómeno lingüístico se denominó “simbolismo sonoro” (o “simbolismo fonético”)[11] (Jespersen, 1921), y su naturaleza y variedades son todavía materia de investigaciones e hipótesis alternativas. La conjetura, originalmente formulada por Jespersen (1921), se basó en el descubrimiento de que el sonido vocálico /i/ se asocia regularmente con las cosas pequeñas, y los sonidos vocálicos /u/, /o/, /a/, con las grandes, y que estas asociaciones podrían deberse a la forma como se disponen la cavidad bucal y la lengua para su pronunciación. Se afirma que estas correspondencias son universales. Muchas otras correspondencias han sido descriptas con posterioridad, abarcando una amplia variedad de dimensiones y dominios semánticos, tales como líquido-sólido, delgado-ancho, rápido-lento, abrupto-continuo, alto-bajo, activo-pasivo, etc. (Perlman, 2017). El simbolismo sonoro ha sido ampliamente constatado en diferentes rasgos de la modalidad vocal-auditiva, tanto prosódicos como articulatorios, a nivel submorfémico y morfémico, así como también a nivel de las palabras y de construcciones lingüísticas complejas, e incluso en diferentes dimensiones: sintáctica, semántica y pragmática (Dingemanse, Blasi, Lupyan, Christiansen y Monaghan, 2015). En términos muy generales, su caracterización en la literatura oscila entre una versión más débil y otra más fuerte: o bien serían asociaciones regulares (o “co-ocurrencias estadísticas”) entre formas lingüísticas (sonoras o gráficas[12]) y significados, o bien se trataría de relaciones icónicas más robustas, por las cuales los signos o formas acústico-articulatorias reflejan o “imitan” algún aspecto o propiedad del referente, del significado o de las experiencias de sus usuarios ligadas consistentemente a su empleo (Hinton, Nichols y Ohala, 1994). Ahora bien, la mayor parte de los autores coincide en que el fenómeno manifiesta variaciones graduales en un continuo en el que intervienen elementos más objetivos o más subjetivos, y factores más innatos o más aprendidos, entre otros, así como también en que atañe a una variedad de propiedades e involucra tipos de semejanzas también diferentes. Estas correspondencias, a nivel de los signos en general, lingüísticos o no, han sido caracterizadas como icónicas. De acuerdo con Peirce, un signo es icónico si está motivado, directa o indirectamente, por la semejanza con aquello que representa. En ese sentido, está justificado subsumir bajo el concepto de “iconicidad” a las diversas manifestaciones de las relaciones de semejanza entre signos de cualquier modalidad lingüística y sus significados (Perniss y Vigliocco, 2014). En síntesis, entendemos por iconicidad a la propiedad de ciertos vehículos o de la forma lingüística –o, más ampliamente, de la forma comunicativa (incluyendo a las señas de los lenguajes de señas y también a los gestos que acompañan al habla)– de poseer algún tipo y grado de semejanza con ciertas propiedades sensorio-motoras de los referentes, o con lo que significan, o con las experiencias afectivas u otras evocadas por ellos (Nöth, 2015; Perniss y Vigliocco, 2014; Winter, Perlman, Perry y Lupyan, 2017).

Hasta hace relativamente poco tiempo se creía que las palabras icónicas eran solo una pequeña proporción del vocabulario total de las lenguas[13], “casi un rasgo paralingüístico” (Perniss et al., 2010), y que, por esa razón, servían ante todo para confirmar la tesis acerca de los lazos arbitrarios entre signos y significados en la inmensa mayoría de las restantes palabras de los lenguajes naturales[14]. La arbitrariedad consiste en que “cualquier combinación de sonidos puede significar cualquier contenido semántico” (Dingemanse et al., 2015, p. 603), y, en consecuencia, dado el sonido de una palabra desconocida, no es posible inferir su significado (Monaghan, Shillcock, Christhiansen y Kirby, 2014). La arbitrariedad, de acuerdo con la formulación saussuriana, sería una característica definitoria, e incluso “un primer principio” del lenguaje humano. Otra fuerte referencia, también en el ámbito de la lingüística, se puede encontrar en la clásica obra de Hockett (1960, 1963)[15], quien propuso un conjunto de “principios de diseño” o de rasgos universales que serían comunes a todos los lenguajes humanos. Para nuestros propósitos, es importante señalar dos de ellos, dado que, como veremos, están estrechamente vinculados: a) la utilización del canal vocal-auditivo; y b) el carácter arbitrario de los vínculos entre signos y significados.

Sin embargo, aunque para muchos la arbitrariedad es una propiedad evidente o intuitiva si se toma una variedad de palabras como ejemplos, esta ha sido gradual y parcialmente desmentida, en cuanto “principio” o rasgo definicional, por las evidencias convergentes surgidas del estudio de las más diversas lenguas de distintas familias, de todo tipo de palabras y en todas las dimensiones lingüísticas, facilitados por la disponibilidad de corpora lingüísticos en bases de datos de gran escala (Christiansen y Monaghan, 2015). Estas lenguas han sido estudiadas mediante una batería de tests realizados a distintas poblaciones de hablantes en relación con distinto tipo de palabras, de la propia lengua o de lenguas desconocidas, o incluso de pseudopalabras[16], que arrojaron respuestas consistentes sobre el reconocimiento de sus significados. Estas evidencias no solo han apoyado la tesis de que la iconicidad tiene un papel más importante que el que se le atribuía, sino que, incluso, debería considerarse también una propiedad general del lenguaje, o que, junto a la arbitrariedad, debería ser considerada un rasgo de “diseño” de los lenguajes naturales (Perniss et al., 2010; Sidhu y Pexman, 2017b). La confianza en el volumen de evidencias que favorecen esta nueva visión acerca del lenguaje ha llevado a afirmar que estamos superando la “narrativa de marginalización” acerca de los íconos verbales (Dingemanse, 2018) e ingresando en la era del “retorno de la no arbitrariedad” (Dingemanse et al., 2015).

En lo que respecta al canal vocal-auditivo, el primer “principio de diseño” según Hockett, este tiene una estrecha vinculación con la arbitrariedad. Esta relación se apoyaba en el supuesto generalizado de que las vocalizaciones tienen per se menos potencial icónico que otro tipo de signos, como los gestos o las señas (Tomasello, 2008), por lo cual “el habla es por fuerza arbitraria” (Hockett, citado por Perlman, 2017, p. 386). Ahora bien, por una parte, parece evidente que la modalidad manual, propia de los gestos y de los lenguajes de señas, favorece la representación icónica de una amplia variedad de propiedades, tales como acciones, movimientos, formas y relaciones espaciales, dado que sus “articuladores” se manifiestan en un espacio tridimensional mediante la configuración, el movimiento y localización de las manos, y otros movimientos corporales. Por contraste, el carácter unidimensional y secuencial, que es propio de la modalidad vocal, pareciera tener más limitaciones para la iconicidad. En síntesis, se creía que mientras la iconicidad era un rasgo distintivo del contenido semántico y la función semiótica de los gestos y de los lenguajes de señas, estaba por fuerza prácticamente ausente en los lenguajes verbales. Sin embargo, nuevamente, las intuiciones consistentes de los hablantes sobre los significados de palabras o pseudopalabras, del mismo tipo que las constatadas por Sapir sobre la asociación entre ciertas vocales (/i/ y /a/) en una palabra y el tamaño diferente de los objetos referidos (pequeño y grande, respectivamente), y por Köhler entre ciertas vocales y consonantes (en las pseudopalabras “maluma” vs. “takete”) y la forma de los objetos (redondeados vs. con líneas quebradas y ángulos, respectivamente), así como a nivel de la prosodia, la gramática, la sintaxis, etc. (Perniss et al., 2010), desmienten la tesis de la pobre potencialidad icónica de la modalidad vocal[17]. Por otra parte, actualmente se comprende mejor la influencia diferenciada de las propiedades modales distintivas de ambos tipos de “articuladores” específicos, sonidos y movimientos corporales, y, por lo tanto, también cuáles rasgos tienden a ser más icónicos en uno u otro tipo de signos, en los lenguajes en los que predominan. Se han estudiado también sus combinaciones, ya que los gestos y las señas pueden ser sonoros, así como las vocalizaciones pueden tener componentes visuales. A su vez, algunos rasgos pueden ser igualmente bien referidos mediante signos icónicos en ambas modalidades, sonora y visual; por ejemplo, la estructura temporal de los eventos, la repetición, el tamaño (Dingemanse et al., 2015). Como consecuencia de todo ello, no solo se ha desdibujado la tesis de un claro contraste en cuanto al potencial icónico de ambas modalidades, sino que, antes bien, los estudios recientes se orientan a explorar los potenciales icónicos distintivos derivados de la influencia específica de cada una de las modalidades, así como de sus combinaciones, en los lenguajes vocales y manuales (Perniss, Özyürek y Morgan, 2015). Mientras que las señas pueden, por ejemplo, representar mejor las acciones, las relaciones espaciales y la forma visual, las vocalizaciones, por su parte, pueden enfatizar cualidades y expresar emociones a través de la prosodia (Dingemanse et al., 2015; Perlman y Cain, 2014). En lo que refiere a su distribución cuantitativa, un primer estudio comparado reveló notables semejanzas en los porcentajes de iconicidad en similares tipos léxicos entre dos lenguas de señas (estadounidense y británica) y dos lenguas orales (inglés y español) (Perlman et al. 2018).

Este cambio de enfoque acerca del impacto de las modalidades sobre la iconicidad en ambas lenguas se apoya en otro previo acerca de las lenguas de señas, de índole más general. Antes del primer intento de caracterizar a la lengua de señas como un lenguaje, que se debe a Stokoe (1960), se interpretaba que las señas no eran más que pantomimas corporales o gestos puramente icónicos. Muy probablemente esta siga siendo la opinión corriente de quienes solo empleamos lenguas orales. Sin embargo, existe un generalizado acuerdo entre los especialistas en reconocer en estas lenguas una estructura lingüística equivalente a la de las lenguas habladas: estructura fonológica, morfológica y sintáctica, dialectización, prosodia, cambio histórico y aprendizaje por parte de los niños, así como funciones similares a la de las palabras en la modalidad oral, dadas sus propiedades sintácticas y semánticas (cfr. Goldin-Meadow y Brentari, 2017). Este cambio de visión ha llevado a aceptar más naturalmente que también en las lenguas de señas se verifica un cierto balance entre señas icónicas y señas arbitrarias (Perniss et al., 2010). De este modo, se cuestionaron fuertemente dos de los “principios de diseño” propuestos por Hockett para caracterizar a todo lenguaje humano, que resultaban aparentemente menos controversiales que otros, y que excluían a las lenguas de señas: la utilización del canal vocal-auditivo y la arbitrariedad[18]. Actualmente se piensa que es más apropiado caracterizar a las señas como signos en algunos casos y como gestos, propiamente dichos, en otros, manteniendo una distinción entre ambos, aun cuando sea borrosa en ocasiones (cfr. Perniss et al., 2015), del mismo modo que el uso de la modalidad oral está también integrado por gestos no verbales, además de los que podrían llamarse “gestos verbales”, es decir, palabras cuya significación es tan icónica o deíctica como puede serlo la de los gestos correspondientes (Goldin Meadow y Brentari, 2017).

Por todo ello, tanto para el lenguaje verbal como para el lenguaje de señas resulta evidente la necesidad de contar con una caracterización “no clásica” del lenguaje humano, al menos si se toman en cuenta solo estas dos características: iconicidad e independencia de una particular modalidad. En síntesis, si además de la iconicidad en el lenguaje vocal, se advierte que todo sistema lingüístico, sea oral o de señas, incluye la utilización de una variedad de gestos, con funciones semióticas muchas veces complementarias a la de los signos lingüísticos, entonces es adecuado caracterizar al lenguaje como un sistema semiótico heterogéneo (Kendon, 2014) y multimodal (Vigliocco et al., 2014), más que como un sistema homogéneo y monomodal o, incluso, considerando sus otros rasgos estructurales, como un sistema amodal. Volveremos sobre este punto más abajo.

Para apreciar más fácilmente el papel de la iconicidad en las lenguas orales, la examinaremos, en lo que sigue, solamente como una propiedad general del léxico. Sin embargo, como ya hemos señalado, no debe asumirse que solo son icónicas las palabras, y menos aún solo cierto tipo de palabras; por otra parte, tampoco debe asumirse que todos los componentes de una palabra son icónicos, ya que, en muchos casos, solo lo son algunos elementos que las componen; y, por último, no se debe suponer que todas las palabras icónicas lo son en el mismo grado, ni que su iconicidad está relacionada con el mismo tipo de información o contenido semántico. Estas precisiones están reflejadas, entre otras, en la sofisticada teoría semiótica de Peirce: la integración en un mismo signo o conjunto significativo de signos, y en un lenguaje en general, de los tres tipos semióticos, de acuerdo con las diferentes relaciones con los objetos de los que ellos son signos. Es así como todos los signos lingüísticos poseen rasgos icónicos, indéxicos y simbólicos, con grados variables de abstracción respecto a las propiedades involucradas en cada caso y en proporciones variables en las diferentes unidades lingüísticas y en cada lenguaje, con un “ideal” apuntado hacia el equilibrio entre las tres funciones semióticas[19] (Nöth, 2015). La definición canónica de signo icónico se debe a Peirce: un signo cuya relación con su objeto “consiste en una mera semejanza” (C.P. 3.362). La semejanza nunca es identidad, y admite distintos tipos (imágenes, diagramas y metáforas) y grados de semejanza, por lo tanto, la iconicidad es, por definición peirceana, una propiedad no homogénea y gradual. Las ideas de Peirce incluyen muchas otras sutilezas, las que se han recogido en distintos paradigmas para el estudio de la iconicidad (cfr. Nöth, 2015).

Se han denominado “ideófonos” (también “expresivos” o “miméticos”) a las palabras sonoro-simbólicas que tienen relaciones de semejanza directa con sus significados (Dingemanse, 2012). Esta clase léxica tiene propiedades sintácticas, fonológicas y semánticas distintivas: evocan imágenes sensoriomotoras de manera vívida (Winter et al., 2017). No obstante, los significados de estas palabras también varían en su iconicidad en una jerarquía de mayor a menor iconicidad cuando evocan sonidos, movimientos, patrones visuales, otras propiedades sensoriales y, finalmente, estados afectivos o psicológicos (Dingemanse, 2012). En muchas familias de lenguas, los ideófonos son numerosos (vgr. el japonés, otras lenguas asiáticas, y también lenguas africanas y americanas). Entre ellas, las palabras más directa y claramente icónicas son las onomatopeyas y las interjecciones, consideradas durante mucho tiempo como residuos exóticos o una “fracción despreciable”, y, por lo tanto, de “importancia secundaria”, en las lenguas naturales (Newmeyer, 1992). Las onomatopeyas imitan sonidos del entorno, por ejemplo, de acontecimientos, como “¡boom!” imita el sonido de una explosión, o de entidades, por ejemplo, las vocalizaciones de los animales, como “guau” imita el sonido del ladrido de un perro, o “miau”, el maullido de un gato, etc.[20]. Las interjecciones, por su parte, derivan de vocalizaciones emocionales, por ejemplo, “¡uy!” (susto, asombro), “¡ohhh!” (sorpresa), “¡ay!” (dolor), etc. Nótese que, en este caso, el mapeo sonido-significado es monomodal: sonido-sonido, por lo que algunos autores han propuesto que, aunque sean más claramente icónicas que otro tipo de palabras, no deberían considerarse palabras sonoro-simbólicas, ya que estas solo deberían incluir correspondencias transmodales entre la forma y el significado. Nótese también que cuando el mapeo es modomodal, es más transparente y, por lo tanto, más rápidamente comprendido. Otro patrón común en los ideófonos son las formas sonoras repetidas reflejadas en la estructura de la palabra, para representar eventos repetidos o una estructura iterada de eventos (por ejemplo, “zigzago “tictac”)[21], así como también el contraste entre vocales (vgr. [i]:[a]) para representar contrastes en intensidad o tamaño. Los patrones prosódicos también pueden mapear patrones de la experiencia (por ejemplo, cuando alargamos la pronunciación de una vocal para indicar tamaño o duración temporal, vgr. “graaaaande” o “leeeeento”). Distintos estudios han constatado que los significados de estas palabras son detectados por sujetos que no tienen conocimiento de las lenguas a las que pertenecen con un porcentaje superior al azar (Dingemanse et al., 2016).

Una de las comprobaciones más interesantes, realizadas con hablantes competentes y con sujetos que desconocen las lenguas sobre cuyas palabras tienen que conjeturar significados, así como frente a pseudopalabras, es que la iconicidad no es una propiedad binaria, sino que se manifiesta en grados variables (Vigliocco et al., 2014). Los estudios sobre las lenguas de señas han proporcionado una primera taxonomía de señas icónicas que puede aplicarse también a las palabras habladas: las que tienen una forma de iconicidad directa y transparente; las que, en cambio, manifiestan iconicidad indirecta o relativa; y, finalmente, las que presentan una iconicidad traslúcida y oscura, menos clara para los hablantes (Perniss y Vigliocco, 2014). Se sabe, además, que al convencionalizarse, las palabras sufren cambios a través del tiempo que oscurecen gradualmente su motivación icónica, por lo que palabras originalmente más transparentes pueden tornarse luego apenas traslúcidas. Del mismo modo, esta iconicidad se hace menos perceptible en las palabras en las que se combinan rasgos icónicos y arbitrarios (Dingemanse et al., 2016; Sidhu y Pexman, 2017b).

Adicionalmente, se observan grados variables de iconicidad en relación con las modalidades, con los dominios semánticos involucrados y con las clases léxicas. Como se ha dicho arriba, cuando los sonidos se correlacionan con sonidos, la iconicidad es mayor que cuando se correlacionan con propiedades visuales[22], y así con las siguientes modalidades sensoriales, de las cuales las menos icónicas son aquellas relacionadas con el olfato, y en menor medida aún, o más indirectamente, las relacionadas con rasgos afectivos o emocionales (Dingemanse, 2012; Winter et al. 2017). Del mismo modo, se ha constatado que son más icónicas las palabras que refieren a propiedades sensoriales o que tienen contenido experiencial que aquellas que refieren a contenidos más abstractos, en una gradación que cuantifica a las palabras entre las más y las menos icónicas (Lupyan et al., 2018; Perry, Perlman y Lupyan, 2015; Sidhu y Pexman, 2017a; Winter et al., 2017)[23]. Por otra parte, también se ha estudiado el grado de iconicidad en distintos tipos léxicos. Un estudio comparado de unas 600 palabras en inglés y español mostró que los adjetivos son más icónicos que los nombres y las palabras funcionales, y que los verbos son más icónicos en inglés que en español, lo que podría obedecer a que en inglés incorporan información relativa al movimiento, que en el español queda reservada a otros elementos en la estructura oracional (Perry, Perlman y Lupyan, 2015). Otro estudio, realizado con unas 3.000 palabras en inglés y con hablantes nativos, corroboró esos datos, identificando grados de mayor a menor iconicidad en adjetivos y verbos, y luego en nombres y otros tipos de palabras (Winter et al., 2017). Se ha comprobado, además, que otro factor que modula el grado de iconicidad en el léxico es el tipo de distribución que las palabras tienen en el “espacio semántico” de una lengua. En efecto, las palabras tienen una densidad semántica variable (semantic neighbourhood density), es decir, tienen entre sí contenidos semánticos similares en diferentes grados. Dado que el riesgo de confusión entre palabras con menos significados similares se minimiza, estas palabras pueden “aprovechar más las ventajas de la iconicidad” que las que tienen mayor densidad semántica (Sidhu y Pexman, 2017b). De ese modo se puede explicar que las palabras con menor densidad semántica tiendan a ser más icónicas.

Así como no todas las palabras tienen el mismo grado de iconicidad, lo mismo puede decirse acerca de los lenguajes: hay lenguajes menos icónicos, como los indoeuropeos (el inglés, por ejemplo), y otros más icónicos, como las lenguas africanas subsaharianas, las de los países orientales (como el japonés o el coreano), y las lenguas australianas y americanas aborígenes (como el quechua). Aunque estudios comparados recientes de distintas familias de lenguas comprobaron la presencia ubicua de estos rasgos en todas las lenguas, incluidas las indoeuropeas, estos tienen diversa prevalencia y distribución en tipos diferentes de palabras. Estas variaciones podrían explicarse por diversos factores, entre ellos, los rasgos propios de cada lengua, especialmente su diferente repertorio fonológico, así como la intervención de otros factores que influyen en el cambio lingüístico a través del tiempo (Ahler y Zlatev, 2010; Blasi et al., 2016; Dingemanse, 2012; Nielsen y Dingemanse, 2018; Perry, Perlman y Lupyan, 2015; Vigliocco et al., 2014).

En cuanto a los mecanismos que podrían explicar cómo se originan las asociaciones sonoro-simbólicas, mencionaré brevemente los que se han conjeturado, cada uno con diversa base probatoria (Sidhu y Pexman, 2017b). Por una parte, la co-ocurrencia estadística (?) de los estímulos en el entorno o la relación entre estos y ciertas experiencias subjetivas son lo que explicaría que esas probabilidades luego sean internalizadas. Este tipo de mecanismo crearía asociaciones dependientes de la experiencia, que podrían ser compatibles con ciertas predisposiciones para adquirirlas. Este mecanismo también fue propuesto para las CT en general. Otro mecanismo sería el de las propiedades compartidas entre fonemas y demás rasgos fonológicos y algunos rasgos asociados: perceptivos (el tamaño, la forma, la duración), conceptuales, afectivos o lingüísticos, en un espectro que varía entre vínculos más imitativos, donde las propiedades compartidas son más perceptivas, y vínculos más connotativos, donde son más conceptuales o lingüísticas. Este sería una variante del primer mecanismo y permitiría dar cuenta tanto de las congruencias sinestésicas como de las congruencias semánticas. Un tercer mecanismo sería el de las propiedades estructurales del cerebro. Según esta hipótesis, los “factores neurales” serían responsables de crear estas asociaciones. Esto daría por resultado asociaciones universales, como las identificadas por Sapir y Köhler. Otro mecanismo similar, y que podría considerarse una variante del anterior, serían las asociaciones comunes a la especie o a especies emparentadas, fruto de la evolución, que podría interpretarse en términos de predisposición evolutiva para adquirir ciertas asociaciones. También este fue propuesto para las CT. Los dos mecanismos anteriores explicarían las asociaciones sonoro-simbólicas en función de rasgos de naturaleza biológica. Finalmente, los patrones lingüísticos podrían ser responsables de crear estas asociaciones, o, más débilmente, de modular asociaciones preexistentes, por ejemplo, la recurrencia de ciertos fonemas en palabras con significados similares. También, se ha propuesto explicar las CT de manera similar. Por último, dada la diversidad de rasgos que manifiesta el simbolismo sonoro, la intervención de estos mecanismos podría no ser excluyente, es decir, podrían interactuar entre sí, o bien, en algunos casos, cada uno de ellos podría explicar diferentes variedades (Sidhu y Pexman, 2017b). Seguramente, estas distinciones, para las CT en general, y para el simbolismo sonoro en particular, se irán afinando y homogeneizando en el futuro. Pero puede conjeturarse que la variedad de tipos y grados de simbolismo sonoro en las lenguas, en particular su carácter más o menos universal o cultural, es compatible con la intervención combinada de estos diferentes mecanismos (Dingemanse et al., 2015).

4. Simbolismo sonoro y aprendizaje del lenguaje

Un tópico que ha contribuido mucho a evidenciar la peculiar importancia de la iconicidad en el lenguaje, reflejado en un creciente volumen de investigaciones empíricas (Nielsen y Dingemanse, 2018), es su relativa mayor presencia o frecuencia en el léxico que primero aprenden los niños, relativamente al léxico de los adultos (Perry et al., 2015)[24], así como también en el léxico que los adultos emplean cuando se dirigen a los niños, el así llamado maternés (Imai y Kita, 2014; Perry et al., 2017). Las palabras icónicas en el léxico permiten predecir la edad de su adquisición, es decir, son aprendidas antes, lo que sugiere que serían más fáciles de adquirir que las arbitrarias (Perry, Perlman y Lupyan, 2015). Además del léxico, los rasgos prosódicos distintivos del habla dirigida a los niños manifiestan mayor iconicidad que la que está presente en el habla dirigida a los adultos (Nygaard, Herold y Namy, 2009). Si se advierte que aprender un lenguaje es, al menos, aprender a mapear formas lingüísticas específicas con significados, parece bastante intuitivo suponer que las palabras más icónicas pueden ser asociadas con sus significados más fácil y rápidamente que las arbitrarias, y que ello explicaría el hecho de que el ingreso al lenguaje se vea facilitado por medio del aprendizaje y utilización de este tipo de palabras, basadas a su vez en capacidades previas, no aprendidas, para detectar las correspondencias transmodales en las que se basan (Imai y Kita, 2014; Monaghan et al., 2014). Un mecanismo que permitiría reducir la ambigüedad referencial, acoplando de manera adecuada los sonidos con la referencia apropiada, sería justamente ligar los rasgos perceptuales de los primeros con el acceso sensorio-motor a los segundos. De ese modo, cuando los signos son icónicos es posible tender un puente entre la experiencia del mundo y la capacidad para comunicar esa experiencia (Perniss y Vigliocco, 2014). El mismo fenómeno se ha comprobado en las lenguas de señas (Vinson et al., 2008). Por su parte, también se han encontrado diferencias en el aprendizaje según los tipos léxicos: los verbos pueden ser mejor aprendidos mediante asociaciones sonoro-simbólicas que los nombres. Se presume que la causa es que los verbos compiten menos unos con otros que los nombres, en tanto hacen distinciones menos finas entre ellos. La menor cantidad de verbos que de nombres en las lenguas corroboraría esta hipótesis (Imai y Kita, 2014). Del mismo modo se aprenderían los nombres de propiedades (adjetivos y adverbios), que son en proporción más sonoro-simbólicos que los nombres de entidades (sustantivos). Otra hipótesis, avalada por tests que comparan léxicos sonoro-simbólicos y arbitrarios, es que el simbolismo sonoro contribuiría más precisamente al aprendizaje de categorías sobre la base de las cuales pueden aprenderse luego significados más específicos (Brand, Monaghan y Walker, 2018). Una hipótesis más ambiciosa ha propuesto generalizar esta función del simbolismo sonoro al aprendizaje del lenguaje en general, considerando que tiene un rol de bootstrapping (Imai y Kita, 2014): los niños aprovecharían las capacidades innatas para detectar algunas correspondencias transmodales, lo que les permitiría comprender gradualmente el papel referencial de los sonidos del habla, estableciendo así sus primeras representaciones léxicas sonoro-simbólicas. Sobre estas bases serían posibles ulteriores aprendizajes de otro tipo de palabras y construcciones en el lenguaje, en las que podrían servir de apoyo otras correspondencias aprendidas (Imai y Kita, 2014[25]). Podría pensarse, por el contrario, que, en vez de servir como punto de apoyo o andamiaje sobre la base del cual es posible el aprendizaje ulterior de otro tipo de palabras, esta función estuviera limitada al repertorio específico de palabras icónicas, en cuyo caso el papel causal de la iconicidad en el aprendizaje general del lenguaje sería más acotado. La respuesta a esta cuestión sigue abierta, y depende aún de estudios y evidencias que respalden una u otra interpretación (Nielsen y Dingemanse, 2018). Por su parte, podría suponerse que las palabras más icónicas solo facilitarían una “comunicación más vívida de contenidos sensoriales” (Lupyan y Winter, 2018), antes que el aprendizaje del léxico respectivo. En tal caso, tendría igualmente una vinculación positiva con el aprendizaje de palabras, aunque más indirecta, en tanto el recurso a vocalizaciones icónicas para la comunicación consolida los escenarios interactivos que favorecen el temprano aprendizaje del lenguaje (Scotto, 2017a). En cualquier caso, la permanencia del vocabulario icónico en el lenguaje adulto, así como el uso de otros recursos icónicos en el lenguaje y la comunicación lingüística adulta, sugieren que su rol no está limitado al aprendizaje[26].

A la luz de estos resultados, la conocida solución chomskiana en favor de un conocimiento innato de estructuras universales para explicar el aprendizaje del lenguaje frente a la “pobreza del estímulo” debería ser reemplazada por una perspectiva diferente. Dado que las lenguas deben adaptarse a las demandas de aprendizaje de sus usuarios (Lupyan y Winter, 2018), los “aspectos aparentemente arbitrarios de la estructura pueden resultar del aprendizaje general y de sesgos en el procesamiento que derivan de la estructura de los procesos mentales, de factores perceptuo-motores, de limitaciones cognitivas y de constreñimientos pragmáticos” (Christiansen y Chater, 2008, p. 489), más que de una gramática universal subyacente que reserva la arbitrariedad al nivel de las herramientas comunicativas. Dicho de manera simplificada: dado que los lenguajes deben ser relativamente aprendibles según las capacidades cognitivas de las criaturas que serán sus usuarios, parecería razonable reemplazar la pregunta chomskiana “¿Por qué el cerebro está tan bien adaptado para aprender el lenguaje?” por la siguiente: “¿Por qué el lenguaje está tan bien adaptado para ser aprendido por el cerebro?” (Christiansen y Chater, 2008, p. 490). Según esta perspectiva, es útil dejar de ver al lenguaje como una estructura abstracta universal que hace aprendibles todas las lenguas, para ver a los lenguajes, en el sentido de las lenguas, más bien “como ‘organismos’ que han evolucionado en una relación simbiótica con los seres humanos” (Christiansen y Chater, 2008, p. 490). Dicho de otra forma, se debería reemplazar la idea del lenguaje como un sistema estático ya “diseñado” (una noción cuanto menos ambigua) por la idea de las lenguas como sistemas dinámicos y complejos que han evolucionado.

Finalmente, ¿qué se sigue de las anteriores consideraciones acerca de la arbitrariedad en relación con el aprendizaje de palabras? En primer lugar, parece intuitivo que las palabras cuyo contenido semántico es más abstracto tendrían que estar disponibles para los niños una vez que ya disponen de un primer léxico más ligado a referentes y a contextos concretos, y a medida que se incorporan más plenamente a la cultura de su comunidad. Dicho de otra forma, los niños necesitan primero aprender a referirse a las manzanas, y solo mucho más tarde a la justicia. Parece importante, en consecuencia, explorar la distinción entre palabras concretas y abstractas en términos del conocimiento semántico involucrado, para determinar, a su vez, en qué medida iconicidad y arbitrariedad se distribuyen en el léxico y en el aprendizaje. Las palabras concretas han sido definidas como aquellas “que refieren a cosas o acciones en la realidad que puedes experimentar directamente a través de uno de los cinco sentidos” (Brysbaert, Warrinen y Kuperman, 2014), o a manifestaciones físicas directamente perceptibles. La mayor parte de las palabras icónicas deberían estar entre ellas. Por contraste, las palabras abstractas se definen como aquellas que refieren a “significados que no pueden ser experimentados directamente, pero que conocemos porque […] pueden ser definidos por medio de otras palabras” (Brysbaert et al., 2014, p. 906). La arbitrariedad parecería más apropiada para este tipo de palabras. Un test realizado sobre una muestra de 40.000 palabras de distintos tipos léxicos del inglés, en el que los participantes debían distinguir palabras concretas de abstractas, reveló una mayor proporción de palabras con contenidos abstractos, aunque en grados variables, sobre palabras concretas. Este test permitió valorar ambos tipos de palabras en un espectro que va de 1, para palabras más abstractas, a 5, para palabras más concretas. Incluso los nombres comunes, que son las palabras que pertenecen a “las clases léxicas más concretas de todas”, fueron juzgadas como más abstractas, en promedio, que otras palabras canónicamente abstractas (vgr. fun con 1,97 vs freedom con 2,34). Considerando otro tipo de palabras, como los verbos, los adverbios y los adjetivos, de uso corriente, se advirtieron también importantes grados de abstracción, que superan los que podrían presumirse a priori. Aunque no se conocen estudios similares sobre otras lenguas, estos resultados ponen en evidencia no solo la ubicuidad de las palabras abstractas en el inglés, sino que incluso aquellas no definidas como tales son también evaluadas por los usuarios como abstractas (Lupyan y Winter, 2018). Ello explicaría que la mayor parte de las palabras, al menos en inglés, tengan vínculos arbitrarios y no icónicos con sus significados. Sin embargo, algunas precisiones podrían ser útiles para interpretar adecuadamente esta conclusión. Aun siendo ilustrativa de un contraste real claramente ejemplificado por palabras muy concretas frente a palabras muy abstractas, con gradientes de abstracción intermedios, esta distinción no sería coextensiva con la distinción entre arbitrariedad e iconicidad, en cuanto las semejanzas de los signos con sus significados que generan iconicidad también pueden ser muy indirectas y esquemáticas, y, por lo tanto, no deberían limitarse al caso de las palabras que solo refieren a rasgos sensoriales de los objetos o eventos. Por otra parte, se debe tomar en cuenta que una misma palabra puede ser en parte icónica (o sistemática) y en parte arbitraria, por lo que en muchos casos es difícil clasificar el repertorio léxico para evaluar iconicidad frente a arbitrariedad solo sobre la base de esta distinción. La conclusión de este estudio es que el lenguaje es menos icónico que lo que podría ser, y que este es un fenómeno que requiere explicación. Es bastante intuitiva, y es, además, dado el conocimiento de muchas lenguas, correcta. Sin embargo, su hipótesis explicativa, a saber, que la iconicidad conspira contra la abstracción, requeriría un examen de los conceptos y palabras abstractas más refinado del que se ha realizado hasta ahora (cfr. Barsalou, 2016). Otros resultados muestran que si la iconicidad fuera un rasgo dominante en el léxico, los lenguajes verbales perderían gran parte de su poder expresivo (Dingemanse et al., 2015). En ese sentido, si las palabras similares por su forma tuvieran significados similares, podría generarse confusión (Monaghan et al., 2014; Lupyan y Winter, 2018). La necesitad de evitar este problema impone un límite sobre la iconicidad diferente al impuesto por la abstracción. El problema se advierte más claramente cuando el tamaño del vocabulario se incrementa (Dingemanse et al., 2015), y se manifiesta, como vimos, en el hecho de que palabras con menos “vecinos semánticos” tienen mayor iconicidad que aquellas con mayor cantidad de palabras semánticamente emparentadas (Sidhu y Pexman, 2017b). La arbitrariedad puede evitar que las semejanzas semánticas generen confusión al ser vehiculizadas por signos también semejantes, es decir, permite que palabras con significados similares sean fonológicamente diferentes para minimizar la interferencia y la confusión (Lupyan y Winter, 2018). Podría pensarse, entonces, que, si la iconicidad ofrece las ventajas conjeturadas en la facilitación del aprendizaje temprano de las primeras palabras, así como, probablemente, en dar origen a los lenguajes verbales, esa función es gradual y parcialmente reemplazada por la arbitrariedad, en proporciones variables según las lenguas. Este fenómeno, sin embargo, es también compatible con el hecho de que los rasgos icónicos originales, además de combinarse con rasgos arbitrarios, no hayan desaparecido del todo, sino que solo se hayan tornado menos transparentes para los hablantes (Imai y Kita, 2014).

Por último, dadas las funciones diferentes que arbitrariedad e iconicidad desempeñan en el lenguaje, otro tópico de gran interés es cuál sería el modelo adecuado para explicar el conocimiento semántico de ambos tipos de palabras. Esta cuestión está también estrechamente relacionada con la caracterización que se adopte de los rasgos definitorios de los lenguajes humanos. Aunque ha sido planteada en el nivel más general de las representaciones conceptuales, en términos de las características del formato de los conceptos, podemos abordarla teniendo en miras el conocimiento del significado lingüístico. Por una parte, el enfoque de la cognición corporizada, o, más ampliamente, de la cognición grounded[27], afirma que todos los procesos cognitivos están enraizados en la percepción y la acción (Meteyard, Rodríguez Cuadrado, Bahrami y Vigliocco, 2012). Para estas teorías, hay un isomorfismo entre el formato de una representación conceptual y su contenido, es decir, el formato representacional no es arbitrario, y, por lo tanto, los conceptos están representados por medio de información sensorio-motora, es decir, son modales (Mahon y Hickok, 2016). Un enfoque como este podría explicar mejor el conocimiento de conceptos concretos e icónicos sobre la base de experiencias sensoriales, motoras y afectivas, aunque debería intentar explicar los restantes sobre la base de aquellos o bien mediante la intervención combinada de otros mecanismos. Todo ello supone que el sistema sensorio-motor y afectivo esté involucrado en el procesamiento del significado de los signos lingüísticos (Perniss et al., 2010; Perniss y Vigliocco, 2014). Por otra parte, el enfoque amodal[28] o simbólico (o simplemente “clásico”) concibe al lenguaje mismo como un sistema completamente simbólico y abstracto, cuyos símbolos son procesados con independencia de su contenido, y, por lo tanto, poseen un formato liberado de cualquier contenido modal (Meteyard et al., 2012). Estas teorías defienden que los conceptos están representados como símbolos amodales y que estos no están constreñidos por el contenido de los conceptos (Mahon y Hickok, 2016). Dado que las palabras representan conceptos amodales, sus significados también lo son. El sistema de procesamiento semántico/gramatical, de acuerdo con este enfoque, está en un nivel distinto al del procesamiento fonológico, constituyendo ambos dos sistemas paralelos e independientes. En principio, este enfoque podría explicar mejor los conceptos abstractos, aquellos que mantienen una relación arbitraria con sus contenidos, sin embargo, pretende explicar todo tipo de conceptos o significados. Es también cierto que la adhesión a este enfoque depende, en gran medida, de la generalizada aceptación de la tesis de la arbitrariedad entre signos y significados (Mahon y Hickok, 2016). Por la misma razón, tiene dificultades para explicar adecuadamente las correspondencias sonoro-simbólicas presentes en todos los lenguajes verbales. Ahora bien, si el lenguaje fuera concebido como un sistema semiótico heterogéneo, en el sentido de que no todas las palabras se relacionan con sus significados de la misma manera, podría pensarse en la pertinencia de combinar ambos enfoques, o, dicho de otra forma, de ver un continuo de posibilidades teóricas entre un enfoque corporizado y multimodal fuerte y otro igualmente fuerte, completamente abstracto y amodal, identificando, entre ambas alternativas teóricas, versiones menos fuertes de uno y otro signo, más compatibles con la heterogeneidad de las representaciones lingüísticas (y conceptuales) que se intentan explicar (Meteyard et al., 2012). Esta es una conclusión similar a la sugerida por Barsalou, cuando afirma que “un desafío actual es explicar cómo grounding y abstracción emergen juntos” (Barsalou, 2016, p. 1132). Se trata, por cierto, de una discusión metateórica muy compleja y aún abierta, que excede ampliamente los límites de este trabajo, pero que, como es evidente, está directamente vinculada con una respuesta a la pregunta: “¿Cómo se relacionan los signos con sus significados en los lenguajes verbales humanos?”, y a la más específica “¿En qué consiste conocer el significado de distinto tipo de palabras?”. Ambas preguntas, a su vez, son relevantes por su impacto sobre una pregunta más fundamental: “¿Qué clase de entidad es el lenguaje humano?”.

5. Algunas conclusiones y cuestiones abiertas

El examen del simbolismo sonoro permite extraer algunas conclusiones respecto a la naturaleza de los lenguajes verbales que vale la pena precisar, para no confundir ni su contenido ni su alcance. La presencia de rasgos icónicos, en diversas variedades y grados, pero en mayor cantidad y variedad que lo que se había reconocido tradicionalmente, en todos los lenguajes estudiados, permite afirmar que la iconicidad es una propiedad general del lenguaje. Sin embargo, esta conclusión no equivale a afirmar que hay en el lenguaje más iconicidad que arbitrariedad. La conclusión correcta sería, más bien, que hay más iconicidad que la que se había considerado tradicionalmente. Esta conclusión está directamente ligada a otra que, en parte, la hace comprensible: hay más rasgos icónicos que los que resultan evidentes o transparentes para los propios hablantes (Monaghan et al., 2014). Dicho de otra forma, se trata de rasgos que, más allá de la sensibilidad semántica que la mayor parte de la población evidencia para detectarlos, no son identificados como tales sin esfuerzo reflexivo o conocimiento teórico, por algunas de las razones que hemos referido en este trabajo. Esta conclusión se complementa, entonces, con otra: iconicidad y arbitrariedad, en cuanto propiedades generales del lenguaje, desempeñan distintas funciones, y en tal sentido podrían ser adaptaciones específicas a distintos constreñimientos del lenguaje: mientras que la iconicidad procura “vincular la forma lingüística con la experiencia humana”, la arbitrariedad procura satisfacer “la necesidad de que la señal lingüística sea eficiente y discriminable” (Perniss y Vigliocco, 2014). Por lo tanto, ambas coexisten y se complementan mediante una lógica de “división del trabajo” en todos los niveles señalados (Christhiansen y Monaghan, 2015), o, si se prefiere, ambos rasgos conviven en el lenguaje mediante una “síntesis dialéctica” (Monaghan et al., 2014). En suma, la ubicuidad del simbolismo sonoro se manifiesta en su presencia en todos los niveles y dimensiones del lenguaje (aquí solo hemos analizado el nivel léxico) y en todas las lenguas estudiadas. En cuanto a su importancia relativa, se deriva tanto de su carácter no marginal en cada lengua, como de las diversas funciones semióticas y cognitivas que satisface (en este trabajo nos hemos referido sobre todo al aprendizaje).

En términos más generales, la presencia ubicua y la importancia relativa de las CT bajo la forma del simbolismo sonoro, al poner en evidencia los vínculos constitutivos entre percepción y lenguaje, favorecen la propuesta de un enfoque multimodal del lenguaje (Vigliocco et al., 2014). Por contraste, estos vínculos y los rasgos modales del conocimiento lingüístico son desplazados hacia la “periferia” en el paradigma ortodoxo. El cambio de enfoque que deriva de la importancia de los rasgos icónicos en el lenguaje verbal se apoya en otros argumentos empíricos complementarios, especialmente la presencia y el papel de la gestualidad en la comunicación lingüística. Siendo la iconicidad una propiedad general del sistema lingüístico, integrado por signos lingüísticos y también por gestos y otros comportamientos expresivos, este deberá ser visto como un sistema semiótico heterogéneo. Los signos de este sistema son vehiculizados a través de distintas modalidades y dimensiones, tanto visual (gestual, corporal y facial) como vocal (prosódica y articulatoria), y se vinculan de maneras congruentes con sus significados, mediante una amplia variedad de otras modalidades sensoriales o con estados afectivos u otros fenómenos experienciales. De acuerdo con estos elementos, podría suponerse que la perspectiva teórica más adecuada para el estudio del lenguaje, al menos para dar cuenta de estos fenómenos icónicos y multimodales, es el enfoque de la cognición corporizada o “grounded”. Sin embargo, como también hemos señalado, es probable que, dados otros rasgos distintivos o propiedades generales del lenguaje, que son aquellos en los que más se interesaron lingüistas y filósofos, tales como las palabras abstractas referidas mediante signos arbitrarios, este enfoque deba combinarse con alguna variante de concepción amodal del lenguaje. Esta es una cuestión abierta. Precisar mejor y fundamentar acabadamente cada una de estas tesis, y sobre todo definir un enfoque integralmente apropiado para abordar el estudio del lenguaje, continúa siendo una tarea para las investigaciones empíricas y teóricas por venir. En lo que a la filosofía del lenguaje se refiere, no se necesita revisar la bibliografía más relevante para afirmar que, después de Peirce, quizás con la excepción de Wittgenstein[29], el fenómeno de la iconicidad en el lenguaje ha pasado casi completamente inadvertido. Aliento la expectativa de que este trabajo, que sobre todo ha intentado integrar algunos de los resultados empíricos más recientes sobre el tema, sea capaz de motivar el interés por un cambio de perspectiva.

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  1. Desde el Crátilo, es frecuente confundir convencionalidad con arbitrariedad: si las palabras significan por convención, entonces parece natural suponer que son arbitrariamente elegidas. Sin embargo, las palabras convencionales de una lengua pueden tener un origen icónico (Ahler y Zlatev, 2010).
  2. Locke (1690) proporcionó un argumento muy persuasivo en su favor: si los nombres estuvieran conectados naturalmente con sus significados, todos hablaríamos la misma lengua, lo que es manifiestamente falso (Cfr. Perniss et al., 2010).
  3. Nos referiremos aquí sobre todo a la arbitrariedad y, en menor medida, al canal vocal-auditivo. Sin embargo, de acuerdo con los enfoques ortodoxos, también otros rasgos serían distintivos de los lenguajes humanos. Un ejemplo de estos enfoques se encuentra en Hockett (1960).
  4. En la literatura se encuentran muy distintas denominaciones del mismo fenómeno, por ejemplo: “congruencias sinestésicas”, “asociaciones sinestésicas”, “equivalencias transmodales”, “similitudes transmodales”, “mapeos transmodales naturales”, entre otras (ver Spence, 2011, pp. 972-973).
  5. Son sinestésicos los individuos (según algunas estimaciones, aproximadamente el 4 % de la población) que experimentan vívidamente perceptos multimodales, vgr. saborean colores, ven sonidos, etc. A diferencia de las experiencias “normales”, las sinestésicas agregan a la experiencia relacionada con el estímulo que la provoca, un percepto adicional o “concurrente”, a veces en una diferente modalidad sensorial. Es interesante que el mayor volumen de experiencias sinestésicas estén desencadenadas por estímulos lingüísticos (Simner, 2007).
  6. Aunque otros autores cuestionan que la sinestesia sea un buen modelo para pensar las correspondencias transmodales, porque en aquella se produce la correspondencia de manera unidireccional, lo que genera una experiencia “concurrente” (Parise y Spence, 2012, p. 330).
  7. Es interesante esclarecer la relación entre estas correspondencias semánticamente mediadas con las metáforas cognitivas, que operarían también mediante cruces entre modalidades sensoriales, moduladas por nuestra experiencia sensorial y corporizada (Forceville, 2006).
  8. Se han constatado tanto semejanzas como diferencias culturales en las asociaciones entre sabores y otras dimensiones no gustativas, como colores y formas, comparando poblaciones de China, India, Malasia y EE.UU., con muy diferentes patrones de cultura alimentaria (Wan et al., 2014).
  9. En adelante nos referiremos solo a la modalidad vocal del lenguaje, por tratarse de la manifestación primaria del lenguaje verbal, pero la iconicidad ha sido también muy estudiada en las formas gráficas de la escritura, es decir, en la modalidad visual.
  10. En la literatura todavía no existe consenso acerca de cuáles fenómenos son abarcados por las categorías de CT y simbolismo sonoro. En parte por esa razón, la inclusión del simbolismo sonoro dentro de las correspondencias transmodales tampoco está del todo consolidada (cfr. Sidhu y Pexman, 2017b).
  11. Muchos autores han señalado la inconveniencia de mantener estas denominaciones históricas, en tanto se desee preservar la estrecha relación de este fenómeno con las ideas peirceanas sobre la iconicidad. Como sabemos, Peirce define a los símbolos por contraste con los íconos, como aquellos signos que no guardan ninguna relación de semejanza con aquello que significan (cfr. Ahler y Zlatev, 2010, p. 312). En cualquier caso, las denominaciones en la literatura son muy variadas y discutidas: “iconicidad sonora”, “iconicidad sonoro-sinestésica”, “iconicidad fonémica”, “asociación sonido-significado”, “iconicidad transmodal”, entre otras.
  12. La mayor parte de los autores recientes incluyen también a los signos icónicos de los lenguajes de señas. Volveremos luego sobre este tema.
  13. En realidad, es todavía opinión corriente u “ortodoxa” la omnipresencia de la arbitrariedad, tanto en la lingüística teórica, sobre todo en la vertiente chomskiana, como en la filosofía analítica del lenguaje, lo que se refleja en la ausencia del tópico en la reflexión filosófica sobre el lenguaje, después de Peirce.
  14. Las relaciones forma-significado también pueden ser sistemáticas en los casos en que ciertos patrones sonoros, fonológicos y prosódicos se asocian regularmente a ciertas categorías sintácticas (verbos vs. nombres) o semánticas (familias de significados). No me ocuparé aquí de la sistematicidad, pero es importante advertir que, a diferencia de la arbitrariedad, los rasgos sistemáticos también proporcionan claves acerca del significado, ya que permiten derivar la categoría gramatical de la forma de la palabra y con ello facilitan la categorización y el aprendizaje (Dingemanse et al., 2015).
  15. Los rasgos de diseño propuestos por Hockett variaron en número en distintas formulaciones (1958, 1960, 1962, 1963, 1968), pero la arbitrariedad, que es la que principalmente nos interesa aquí, permanece en todas ellas.
  16. Los primeros experimentos de Sapir y Köhler, emplearon pseudo-palabras, esto es, palabras inventadas pero fonológicamente típicas de una lengua dada, utilizadas para evitar la interferencia de la información semántica que podría alterar la interpretación de las respuestas en las tareas que las involucran. En particular, dado que estos experimentos fueron realizados en distintas poblaciones lingüísticas, permitieron constatar la universalidad de las respuestas concurrentes.
  17. Uno de los argumentos más sólidos en contra de la hipótesis de los orígenes vocales del lenguaje frente a la hipótesis gesture-first (Tomasello, 2008) se basa en las aparentes limitaciones de la modalidad vocal para producir signos icónicos. Pero el simbolismo sonoro desmiente esta tesis, tanto que para algunos debería considerársela más bien un mito (Perlman, 2017). En consecuencia, resulta razonable pensar en la contribución no solo de los gestos sino también de las vocalizaciones icónicas para explicar el origen de las lenguas (Imai y Kita, 2014; Perlman, 2017; Perniss et al., 2010). Este es otro de los efectos señalados al comienzo, que derivan de reconocer la ubicuidad del simbolismo sonoro en el lenguaje.
  18. Como observan Goldin-Meadow y Brentari (2017), en la última formulación de los principios de ‘diseño’ de 1978, Hockett ya no hace referencia a la utilización del canal vocal-auditivo, quizás por haberse convencido de que la modalidad no es determinante.
  19. “[…] los signos más perfectos de todos son aquellos en los cuales los caracteres simbólicos, indicativos e icónicos están mezclados en proporciones tan equiparables como sea posible” (CP 4.4448).
  20. Por su parte, las diferencias existentes en las onomatopeyas de diferentes lenguas se explican por los diferentes inventarios fonológicos de las lenguas, así como, en ocasiones, por estar referidas a distintos rasgos perceptuo-motores de los referentes (Dingemanse et al., 2015).
  21. La reduplicación se manifiesta a nivel de fonemas o morfemas, palabras, estructuras sintácticas y actos de habla. A nivel sintáctico, por ejemplo, son casos de reduplicación “iconicidad secuencial”, como en la expresión “Veni, vidi, vici”, o la “iconicidad de contigüidad”, en la que las palabras pertenecientes a un mismo dominio conceptual van juntas (Perniss y Vigliocco, 2014). La primera ejemplifica el tipo “diagramático” de iconicidad “horizontal”, donde la relación secuencial entre los elementos en la oración es icónica respecto de la relación secuencial entre los eventos referidos.
  22. Esta jerarquía se modifica en las lenguas de señas, donde las palabras más icónicas están asociadas a significados referidos a propiedades visuales, como el movimiento, la forma y las relaciones espaciales (Vinson, Cormier, Denmark, Schembri y Vigliocco, 2008).
  23. Similares resultados se verifican para los así llamados “fonestemas”, que son fonemas o conjuntos de fonemas al inicio o al final de las palabras, que portan información semántica, tales como /gl/, en palabras que refieren a rasgos visuales brillantes o relacionados con la luz y la visión, o /sn/ en palabras con significados nasales, en inglés, entre tantos otros. Los fonestemas serían la unidad mínima significativa de carácter icónico, entre los fonemas y los morfemas (cfr. Perniss et al., 2010).
  24. La mayor parte de las palabras aprendidas por los niños son no arbitrarias hasta que, a los 6 años aproximadamente, comienza a incrementarse notablemente el volumen de palabras arbitrarias en el léxico. Según algunos estudios, solo superan en número a las icónicas aproximadamente a la edad de 13 años o más (Monaghan et al., 2014).
  25. Sobre esta hipótesis, los resultados de algunos tests sugieren que, con el desarrollo, se produce un gradual estrechamiento de la sensibilidad sonoro-simbólica a los sonidos de habla de la propia lengua, aproximadamente a partir del año de vida. Ello explicaría que las primeras palabras sonoro-simbólicas fueran más universales, al estar basadas en los rasgos articulatorios del habla y los acústicos de los referentes, mientras que las adquiridas con posterioridad fueran específicas a las lenguas particulares, al estar limitadas al inventario fonológico de cada lengua, entre otros factores.
  26. Su permanencia e importancia relativa en todas las lenguas podría explicarse, entre otras hipótesis complementarias, por su capacidad para sugerir vocalizaciones nuevas y significativas (Perlman, Dale y Lupyan, 2015), es decir, el simbolismo sonoro podría constituirse en un mecanismo que facilita la formación de nuevas palabras (Dingemanse, 2014). De ese modo, podría contribuir a entender el cambio lingüístico y, por esa razón, también los orígenes del lenguaje (Imai y Kita, 2014).
  27. Este enfoque incluye, además del cuerpo y las modalidades, al entorno físico y social, por lo tanto, es un enfoque más amplio que el corporizado (Barsalou, 2016).
  28. En este contexto, dependiendo de los autores, “amodal” significa ‘simbólico’ o ‘abstracto’ en cuanto opuesto a “icónico”; independiente del input perceptual o de las representaciones perceptuales; no isomórfico, en el sentido de que el vehículo conceptual no se corresponde con (o no se asemeja a) los rasgos del contenido representado, o que es arbitrario en relación con el contenido que representa.
  29. En “Wittgenstein: iconicidad en el lenguaje y ‘experiencia del significado’” (2017b), desarrollo una hipótesis de lectura acerca del reconocimiento de distintos fenómenos icónicos en la obra tardía de Wittgenstein, donde también me refiero a varios tópicos que en este trabajo abordo in extenso.


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