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3 Esquematicidad mimética en las metáforas multimodales

Contribuciones a la teoría de la metáfora conceptual

Carolina Mahler (CIFFyH – UNC)

1. Introducción

En este trabajo, defiendo que en las metáforas multimodales ( Forceville y Urios-Aparisi, 2009), consideradas dentro del marco de la teoría de la metáfora conceptual (TMC) (Lakoff y Johnson, 1980), los esquemas miméticos (Zlatev, 2005), normados primitivamente (Mahler, 2017), pueden dar cuenta de la estructuración de estas metáforas de modo más apropiado y consistente que los tradicionales esquemas de imagen (Hampe, 2005) de la lingüística cognitiva, específicamente como dominios-fuente. A continuación de esta sección introductoria, presentaré, en la sección 2, las características fundamentales de las metáforas conceptuales en general, y de las metáforas multimodales en particular, y me serviré de ejemplos para brindar claridad en la explicación de su estructuración. También me referiré al recorte de la noción de modalidad que aplican Forceville y Urios-Aparisi et al. (2009) para las metáforas multimodales, y algunas precisiones al respecto de la problemática general de los dominios en la TMC. En la tercera sección, me ocuparé específicamente de la noción teórica de dominio como elemento constitutivo necesario de las metáforas en general, y, en particular, dada su emergencia en la temprana infancia, del rol de dominio-fuente (o dominio-origen) en las metáforas multimodales. Examinaré diferentes nociones teóricas utilizadas en la literatura para dar cuenta de la estructura de la metáfora conceptual en general, más precisamente, el pensamiento esquemático y su caracterización. En cuanto a las caracterizaciones más importantes para el pensamiento esquemático, me referiré, en primer lugar, a lo que llamo la tradición en la teoría de la metáfora conceptual en la lingüística cognitiva (autores como Lakoff y Johnson durante la década del 80), especialmente los esquemas de imagen y su proyección en las metáforas; en segundo, a la caracterización de máximo nivel de abstracción para el pensamiento esquemático (Langacker 1987; 2008); y, finalmente, al análisis multinivel de la estructura metafórica en la TMC (Kövecses, 2017). Con respecto a la noción de pensamiento esquemático en la semiótica de la cognición, los esquemas miméticos se presentarán como alternativa a los esquemas de imagen en el rol de dominios-fuente de las metáforas multimodales. La comparación entre ambas nociones de pensamiento esquemático (de imagen y miméticos) en la sección 4 sirve a los propósitos de mostrar cuál noción de esquema presenta un vínculo más directo con la diversidad de la experiencia sensoriomotriz. Teniendo en cuenta tres ejes, a saber, la complejidad de las capacidades cognitivas en juego, la abstracción y la subjetividad en la constitución del pensamiento esquemático, concluyo que el pensamiento mimético es caracterizable como corporizado de manera más consistente que el de imagen. A partir de ello, en la sección 5, concluiré que el alcance de la TMC ampliado a la perspectiva multimodal, y la estructuración de la metáfora multimodal con esquemas miméticos como fuente, enriquecen la TMC en cuanto robustece su enfoque corporizado. Además, esta perspectiva y este tipo de estructuración eluden un riesgo de circularidad explicativa que conllevaría el estudio exclusivo de metáforas monomodales o verbales, que han sido el objeto de indagación privilegiado en la lingüística cognitiva a lo largo de décadas. Pondré en consideración una dimensión normativa y sociocultural para los esquemas miméticos de los infantes, cuyo comportamiento en relación con estos esquemas no puede ser una mera imitación a ciegas o automática, ni una actividad demasiado sofisticada a nivel cognitivo. Finalmente, las conclusiones se hallan en la sección 6.

2. Metáforas conceptuales y metáforas multimodales

La estructura y procesamiento de la metáfora en los planos cognitivo y lingüístico constituyen un problema teóricamente relevante para la filosofía de la mente y del lenguaje, dadas la ubicuidad y alta frecuencia del uso de las metáforas conceptuales, así como su expeditiva inteligibilidad y variabilidad morfosintáctica en el lenguaje natural. Desde la década de los 80, la teoría de la metáfora conceptual (TMC) de Lakoff y Johnson (1980) cambió drásticamente la forma de abordar la metáfora desde la filosofía, las ciencias cognitivas e incluso la lingüística. Según la TMC, la metáfora no es ni un tropo ni un fenómeno lingüístico, sino un patrón fijo de conceptualización (Lakoff, 1993) que configura el mundo de un modo muy particular: atrapa la idea de que pensamos una cosa (dominio-destino) como otra (dominio-fuente), y que este es un proceso cognitivo habitual y cotidiano, anclado al cuerpo. Esta conceptualización subyace a diversas expresiones lingüísticas en la lengua natural, o bien, dicho de otro modo, subyace a manifestaciones en la modalidad verbal, que es donde muy habitualmente los lingüistas cognitivos han enfocado su indagación. Sin pretender explicitar aquí una taxonomía exhaustiva de las metáforas, la clasificación más tradicional de las metáforas conceptuales (MC) incluye: en primer lugar, a las orientacionales, que organizan un sistema global de conceptos con relación a otro gracias a un correlato sistemático entre nuestras emociones y nuestras experiencias sensoriomotrices, p. ej. FELIZ[1] ES ARRIBA vs. TRISTE ES ABAJO, habitualmente manifiestas en fraseos como “Eso me levantó el ánimo”, “Caí en una depresión” (Lakoff y Johnson, 2009, pp. 51); en segundo lugar, a las MC llamadas “ontológicas”, que refieren a eventos o acontecimientos complejos, como entidades o sustancias, p. ej., LA INFLACIÓN ES UNA ENTIDAD se suele manifestar en expresiones tales como “La inflación está bajando nuestro nivel de vida” o “Hay que combatir la inflación”, y LA MENTE es una MÁQUINA (Lakoff y Johnson, 2009, pp. 64-66) es una MC ontológica de gran alcance fuera y dentro de las ciencias. Solo es posible referirse a estos acontecimientos o eventos complejos, o cuantificarlos, adjetivarlos o medirlos (y más), en cuanto se los conceptualiza como entidades. Por último, a las MC estructurales, que hacen uso de una idea claramente delineada y ordenada para configurar otra idea diferente, por ej., EL TIEMPO ES DINERO, que se manifiesta verbalmente en, p. ej., “Me estás haciendo perder el tiempo” (Lakoff y Johnson, 2009, pp. 44). Estas MC, de acuerdo con la TMC, configuran gran parte de nuestro pensamiento y de nuestros actos.

Siguiendo a Forceville y Urios-Aparisi (2009), habría que tomar seriamente la afirmación –y, pienso, el programa que se sigue de esta afirmación– de que la metáfora no es un fenómeno lingüístico, sino “un modo del pensamiento” (Lakoff, 1993, p. 210). A partir de lo anterior, se despliega la posibilidad de un pensamiento metafórico que se manifieste en todas las modalidades sensoriales, y no únicamente en la modalidad verbal. Una MC es monomodal cuando los dos dominios que la componen se manifiestan en una única y misma modalidad. En la literatura sobre el tema, es notoria la atención preferencial que se le ha otorgado a las metáforas monomodales verbales, en las que los dominios-origen y dominio-destino se manifiestan solo lingüísticamente. Una metáfora monomodal también podría manifestarse exclusivamente en el modo visual, i.e. con signos pictóricos en los dos dominios que la componen, así como en cualquier otra modalidad, a condición de que sea la misma tanto en dominio-origen como en dominio-destino. Ahora bien, si admitimos, como ha afirmado la TMC, que las metáforas tienen expresión en el lenguaje –a diferencia de ser de naturaleza lingüística–, el pensamiento metafórico podría manifestarse en todas las modalidades, tales como la gestualidad o la música, entre otras. El programa de la metáfora multimodal afirma que el pensamiento metafórico bien podría encontrar expresión o manifestación en otros modos que no fueran el lingüístico exclusivamente, y que además habrían de ser diferentes en ambos dominios.

Por supuesto, las nociones “modo” o “modalidad” son controversiales y difíciles de definir, en especial porque tradicionalmente se las ha concebido en relación con los cinco procesos o canales sensoriales de percepción o sentidos. En su lugar, y debido a que dicha noción de modalidad no es adecuada para su aplicación a las metáforas multimodales (MM), emplearé la utilizada por Forceville y Urios-Aparisi (2009), entre otros autores: modalidad o modo como sistema de signos interpretables, p. ej. signos pictóricos, signos escritos, signos hablados, gestos, sonidos no verbales, música, olor, gusto y tacto. Así, cuando en una metáfora multimodal se concibe una cosa como otra, el dominio-origen y dominio-destino deben manifestarse exclusiva o predominantemente en dos modos o modalidades diferentes. A modo de ejemplo, la metáfora podría contener un dominio-origen que se manifieste exclusivamente como música (o podría coocurrir con otra modalidad como imagen también –aunque no necesariamente–), proyectado a un dominio-destino que se exprese en otra modalidad, por ejemplo, signos escritos (de una lengua). Como característica típica de los dominios que constituyen una metáfora multimodal, es casi imposible convertir o “traducir” exhaustivamente un modo al otro modo. Además, en la MM emergen dimensiones de análisis que cobran importancia –dimensiones habitualmente ausentes en la MC monomodal verbal–: la dimensión del vehículo material (p. ej., papel, celuloide, bits y bytes, diseño textil), la del hecho de que típicamente aparezcan o pertenezcan a un género (p. ej. aviso) que a su vez pertenece a un discurso (p. ej. publicitario) proveniente de una comunidad cultural o profesional, y, por último, un particular énfasis en la dimensión corporal. Todas estas dimensiones afectan el uso y la comprensión de las modalidades de las MM. Es muy habitual encontrar este tipo de metáforas en avisos publicitarios, aplicaciones de redes sociales, fotomontajes y viñetas cómicas y políticas, entre otros géneros. Sirva a modo de ejemplo una metáfora multimodal para destacar las dimensiones mencionadas anteriormente. La fig. 1 (Eameo, 2018) ha de entenderse como viñeta cómico-política (subgénero) reproducida como meme (género) en redes sociales (comunidad cultural) en virtud del vehículo (bits), y en especial en virtud de su multimodalidad (signos pictóricos en formato fotográfico y signos lingüísticos añadidos). La composición de la fotografía, incluida la disposición de las tres personas fotografiadas, y el hecho de que está en blanco y negro agilizan la comprensión del todo, con el texto “Los tres chiflados”, como una viñeta de humor político.

Figura 1: Metáfora multimodal con signos pictóricos y signos lingüísticos

En cuanto a la estructura de las metáforas, la noción de dominio es central. Lo que hace que un concepto sea metafórico, estructuralmente hablando, es la proyección (mapping) de un dominio-fuente a un dominio-destino, ambos coexistiendo como elementos constitutivos de una sola estructura conceptual: la metáfora. Por convención, la explicitación verbal de los dominios de una metáfora se realiza en términos de A ES B, con letras mayúsculas, para destacar su carácter cognitivo (i.e., no lingüístico). Cabe destacar que esto no significa de ningún modo que se trate de un contenido proposicional o que una metáfora pueda evaluarse en términos de condiciones de verdad –al menos no por su estructura conformada por dos dominios–. A modo de ejemplo, en la MC orientacional INCONSCIENTE ES ABAJO, el dominio-destino INCONSCIENTE se hace inteligible en virtud de las contribuciones realizadas por el dominio-fuente ABAJO. Esta proyección unidireccional del dominio-fuente al dominio-destino (Hipótesis de la Invariancia[2]) es lo que le da forma a mucho de lo que percibimos, pensamos y hacemos, y es lo que subyace a ciertas expresiones habituales correspondientes en la lengua natural, tales como “Está bajo hipnosis” (Lakoff y Johnson, 2009, p. 51). Esta, además, es una instancia de una metáfora monomodal, debido a que los dominios que la componen se manifiestan en la misma modalidad, es decir, en formato lingüístico, tanto en la fuente como en el destino.

Ahora bien, una metáfora fundamentalmente implica una “incongruencia”[3] entre los dos dominios que la constituyen, fuente y destino, a pesar de la apariencia de isomorfía o analogía entre los dos dominios. El uso sistematizado y habitual refrenda solapadamente esa aparente isomorfía tanto del concepto metafórico como de las expresiones lingüísticas que frecuentemente lo acompañan. A modo de ejemplo, puede parecer inevitable concebir isomórficamente la escalaridad de las notas musicales y la verticalidad en el espacio, a partir de lo cual hay tonos altos (se sube) o bajos (se baja). La metáfora conceptual puede explicitarse de este modo: LAS RELACIONES ENTRE TONOS SON RELACIONES EN EL ESPACIO FÍSICO. Sin embargo, no hay nada de natural en esta relación entre tonalidad y verticalidad. Según Zbikowski (2009, p. 361), la proyección de un dominio a otro es “arbitraria. Por ejemplo, cuando interpretas notas ‘más altas’ en el piano, mueves la mano hacia la derecha; cuando interpretas notas ‘más altas’ en el violonchelo, mueves la mano hacia el suelo”. Pero además destaco el carácter metafórico de esta manera de conceptualizar las relaciones entre notas musicales, puesto que en realidad no hay nada vertical en esta relación en la música: se trata de una “incongruencia” que, como suele suceder, las MC resuelven, y de hecho posibilita una manera de comprender, en este caso, cómo se relacionan los tonos musicales entre sí. Un ejemplo de metáfora multimodal que utiliza Zbikowski (2009, pp. 360-362) puede oírse en el pasaje coral del Credo de Palestrina (Orchard Music y 1 Music Rights Societies, 2012) desde 2:05 a 2:28. El texto de la partitura incluye la expresión “Y para nuestra salvación, bajó del cielo”; desde el comienzo de la enunciación de la expresión lingüística “descendit”, las seis voces que componen este pasaje comienzan un descenso de escala ( Zbikowski, 2009, p. 360), y culminan como un proceso estructurado dinámica y ordenadamente después de ocho notas, sin cambiar de dirección. Zbikowski interpreta los aportes de cada modalidad: por un lado, la expresión lingüística contribuye a acceder al dominio orientacional de espacio físico (VERTICALIDAD), pero además al espacio evaluativo asociado al descenso controlado por la metáfora conceptual EL SER ES ORIENTACIÓN EN ESPACIO VERTICAL. De modo sistemático (Lakoff y Johnson, 1980, pp. 43-49), es posible reconocer esta configuración conceptual en la jerarquización ascendente o descendente de los niveles ontológicos en la filosofía platónica, o en la teoría de la emanación neoplatónica, por ejemplo, en coherencia también con las correspondientes apropiaciones de diferentes religiones, p. ej. PUREZA ES ARRIBA, y PECADO ES ABAJO. Por otro lado, los materiales sonoros de la modalidad musical constituyen por sí mismos el significado de descenso gradual y dinámico, significado que la sola palabra “descendit” simplemente no puede captar en ese sentido de gradualidad y dinamicidad que aportan los materiales sonoros –o al menos no puede hacerlo de forma corporizada, como lo hace el sonido–. Más allá del aporte de una y otra modalidad, nótese la incongruencia inherente entre los dominios, en cuanto que los sonidos reales, por ejemplo, al bajar escaleras en una casa o al bajar de una montaña, no son ni análogos ni parecidos a los de descenso en la escala tonal.

3. Posibles caracterizaciones de “dominios”: el pensamiento esquemático

Si bien se acepta que las metáforas conceptuales requieren dos dominios en su constitución, no existe consenso sobre una definición nítida de la noción de dominio. En la lingüística cognitiva, con frecuencia se utiliza la caracterización de área de conocimiento afín, basado en y asociado con la experiencia corporizada. Lakoff y Johnson (1980) definen los dominios como Gestalts experienciales, contextualizados en la experiencia humana recurrente. Es notable que, bajo el paradigma lakoffiano de la TMC, los dominios se definan solo en relación con la comprensión: “La comprensión ocurre en términos de dominios de la experiencia completos y no en términos de conceptos aislados” (Lakoff y Johnson, 2009, pp. 117-118). Es decir, los dominios parecen preceder a la comprensión, y contribuyen a que esta ocurra. Así, la función de los dominios es relacional con la comprensión en cuanto la hacen posible. Debido a que las metáforas conceptuales están ancladas a la experiencia básica, corporizada y prelingüística, se requiere que al menos su dominio-fuente sea una estructura rudimentariamente cognitiva, que suponga una habilidad corporizada o relacionada a la percepción de fenómenos. Si es el caso de que al menos algunos dominios son previos a la comprensión, y previos e independientes del lenguaje, entonces deben ocupar un rol primordial en el desarrollo humano y emerger muy tempranamente en la ontogenia. Y, por ello, deberían operar como precursores de un pensamiento más sofisticado. En cuanto al estudio de las MC, el dominio-fuente debería permitir, junto con un adecuado desarrollo cognitivo, la comprensión o la organización global conceptual del dominio-destino (p. ej. en conceptos metafóricos) en un momento posterior de la ontogenia. Las MC cuya comprensión es más directa son las que contienen dominios espaciales simples como ARRIBA, es decir, las metáforas conceptuales orientacionales (Lakoff y Johnson, 1980, p. 56).

La lingüística cognitiva está comprometida con la posición filosófica general denominada “realismo experiencial” (Lakoff y Johnson, 1999), en oposición a una referencialidad objetiva del mundo. Intenta describir cómo los humanos realmente pensamos y organizamos, mediante la experiencia corporizada, nuestro conocimiento, que no siempre es estrictamente lógico o congruente, ni siquiera en la adultez. Tomando como especial punto de apoyo los principios psicológicos de categorización mediante prototipos de Rosch (1978) para la formación de categorías que pueden hallarse en una cultura, la TMC introdujo la noción de esquematicidad para dar cuenta de la estructura de las metáforas conceptuales. Esta idea de esquematicidad puede rastrearse hasta Kant (1968), en cuanto su función es conectar la sensación y el concepto. Sin embargo, cabe aclarar que la TMC rechaza las posturas cartesianas o kantianas acerca de la mente, al defender una posición corporizada, antidualista, respecto de la cognición. El candidato canónico de dominio-fuente en la TMC es el esquema de imagen (Hampe, 2005; Lakoff y Johnson, 1980) o EI. Los EI son guestálticos (no atómicos), corporizados, preconceptuales, involuntarios, inconscientes y experiencialmente significativos. Son básicos, en el sentido de que capturan los contornos estructurales de la propiocepción y de que están basados en la experiencia sensoriomotriz; p. ej. ARRIBA, CONTENEDOR. En la TMC, los EI son muy recurrentes en la experiencia corporizada cotidiana (Lakoff, 1987). Además, muchos autores piensan que los EI dan lugar y brindan estructura a dominios más abstractos y complejos de la experiencia (Hampe, 2005).

Figura 2: Metáforas conceptuales con esquemas de imagen ARRIBA y ABAJO
como dominios-fuente

La caracterización canónica del pensamiento esquemático de imagen es controvertida dentro de la lingüística cognitiva, aún más para caracterizar los dominios-fuente, lo que se evidencia en el hecho de que diferentes autores no utilicen la noción de esquematicidad de manera consistente dentro del enfoque de la lingüística cognitiva para referir a la experiencia más básica o corporizada (Hampe, 2005). Dentro de la lingüística cognitiva, Langacker (1987) se enfoca en la gramática cognitiva, y no en la TMC; sin embargo, define el pensamiento esquemático como “el proceso de extracción de lo común inherente en múltiples experiencias, para arribar a la concepción que representa un nivel más alto de abstracción” (Langacker, 2008, p. 17). Según este autor, la esquematización se da en diferentes grados de abstracción, de modo tal que una estructura cognitiva es más o menos esquemática de acuerdo con el nivel de abstracción logrado por un sujeto a partir de usos puntuales de esa estructura. Así, la forma y significado convencionales de un esquema (como estructura) son menos específicos, es decir, más abstractos, que los eventos de uso. Por ejemplo, cuando efectivamente nos referimos a un anillo particular, se trata de un uso muy específico del esquema ANILLO. En virtud de las experiencias con múltiples anillos particulares, el sujeto logra abstraer algunas categorías como “anillo de bodas”, o “anillo de gimnasia”, hasta lograr reunir todos los rasgos comunes de ANILLO como esquema (de máxima abstracción), entendido meramente como “entidad circular” u “objeto circular”. Este autor opina que la simpleza del esquema no se basa en la experiencia corpórea, y que los esquemas tampoco son directamente significativos –como aseguraban Lakoff y Johnson (Lakoff y Johnson, 1980; Lakoff, 1987) al respecto de los EI. Antes bien, son de elevado grado de abstracción relativa a conceptos o una categoría, proveyendo menos información que cada uno de los miembros de la categoría, y por ende son compatibles con todos estos últimos (Cienki, 2013). De forma significativa, tanto Langacker como Lakoff y Johnson y la totalidad de autores dentro de la lingüística cognitiva afirmarían que la experiencia es el punto de partida para el pensamiento esquemático. La diferencia estriba, según mi punto de vista, en que Langacker estaría dispuesto a adoptar un enfoque más subjetivo del construal del pensamiento esquemático, mientras que la tradición de la TMC seguiría la perspectiva prototípica de Rosch, no tanto para un sujeto, sino para una cultura en un momento dado (Rosch, 1978, p. 29), lo cual deja sin explicar la cuestión ontogenética para la TMC.

Kövecses (2017), por su parte, aborda la cuestión de la escasa claridad terminológica e indefinición conceptual para los elementos que constituyen la MC en la lingüística cognitiva. Su propuesta clarificadora consiste en la diferenciación de niveles de esquematicidad como niveles de análisis de la estructura de las MC. Estos diferentes niveles funcionarían simultáneamente y sin una rígida delimitación, conformando un continuum de mayor a menor esquematicidad, y de menor a mayor especificidad para cada uno de los dos elementos constitutivos de las metáforas conceptuales (fuente y destino). Así, Kövecses propone la siguiente secuencia: esquema de imagen, como el nivel más esquemático, seguido por dominio, marco y, finalmente, espacio mental, como el menos esquemático en el continuum. La especificidad se daría de manera invertida en este análisis multinivel, del cual resultaría que los espacios mentales son los más específicos, y los EI, los menos específicos. Sin embargo, Kövecses no se detiene en el problema de la abstracción. De hecho, parece asumir, como es habitual en la literatura de la TMC, que los EI resuelven la comprensión de la estructura más abstracta hacia la cual se proyectan (Kövecses, 2017, pp. 7-8). En ese sentido, los EI serían menos abstractos que cualquier otra estructura cognitiva, y, por necesidad, toda otra forma de conceptualización sería más abstracta que los EI; por lo tanto, la estructura sobre la cual se proyecta el EI en el rol de fuente de la metáfora conceptual, es decir, lo que habitualmente se denomina el “dominio-destino”, dependería de la previa conformación de los EI para ser comprendidos mediante la nueva estructura, que es la metáfora conceptual total, y, además, ese dominio-destino sería necesariamente más abstracto que el EI. Sin embargo, esta posición es radicalmente opuesta a la caracterización del pensamiento esquemático en Langacker, en la que los esquemas se definen como la estructura cognitiva de máxima abstracción en relación con un uso o referencia específica. Pienso que la clave para comprender lo que separa una caracterización del pensamiento esquemático como la de Langacker (de máxima abstracción) de las de Kövecses y la tradicional de la TMC (de mínima abstracción) es que, si bien se refieren al mismo tipo de estructura cognitiva, el primero configura su caracterización alrededor de la constitución subjetiva de una estructura cognitiva representacional, mientras que los segundos, alrededor de la constitución cultural sincrónica de una estructura cognitiva que contrapone la característica “abstracción” a (meramente) “percibido con el cuerpo”. Estas divergencias en la caracterización del pensamiento esquemático han suscitado una propuesta alternativa, que se describe a continuación.

Más recientemente, en el marco de la semiótica de la cognición, Zlatev (2002, 2005, 2007a, 2013) ha propuesto la noción de esquema mimético, o EM, como representaciones dinámicas y preverbales que involucran la imagen corporal, p. ej. SEÑALAR, SALUDAR, ALCANZAR (ver fig. 3). A diferencia de los esquemas de imagen, los esquemas miméticos son representaciones de mímesis corporal inducidas por las recurrencias de actos corporales socioculturalmente relevantes. “Compartidos prerreflexivamente en una comunidad” (Zlatev, 2005, p. 334), los EM surgen del intercambio interpersonal mediante la exterocepción y propiocepción, a medida que el infante va percibiendo recurrencias significativas de estos actos, hasta que finalmente se internalizan. Constituyen un fenómeno fundado muy básicamente en la imitación neonatal en un primer estadio, hasta que, alrededor de los 14 meses de edad, el infante llega a triangular con el adulto y un objeto externo, ejerciendo un cierto control volicional que le brinda mayor precisión y flexibilidad de imitación (Zlatev, 2013). Los EM son dinámicos, en el sentido de que incluyen movimiento o perspectiva del entorno, y juegan un rol importante en la adquisición del lenguaje, u ontogénesis, y en la evolución del lenguaje, o filogénesis, así como en la relación entre experiencia fenoménica y significado compartido con otros; además, también articulan el significado lingüístico, el comportamiento significativo con el cuerpo y el entorno, todo lo cual permite anclar el significado lingüístico. De hecho, el pensamiento mimético se postula como precursor del lenguaje, aunque también puede coocurrir con el lenguaje. Los EM constituyen una alternativa a los EI, los cuales, según algunas interpretaciones, o bien tienden más hacia la abstracción que hacia la corporeidad (Cienki, 2013), o bien, según mi interpretación, se los puede entender como constructos cognitivos culturales sincrónicos que, en consecuencia, no parecen ser tan básicos y corporizados como tradicionalmente se los ha concebido en la literatura canónica.

En cualquier caso, es probable que los sujetos apliquen tanto los esquemas miméticos como los de imagen a lo largo de toda su vida (es decir, cualquiera de los diferentes tipos de pensamiento esquemático propuestos o requeridos por la TMC). Como ejemplo de posible aplicación de EM en la adultez, la dinamicidad gestual de abrir y elevar enérgicamente los brazos por parte de quien dirige una orquesta funciona como guía rápida y eficiente para comunicar a los demás miembros de la orquesta que el pasaje adquiere potencia (en forte). Los signos interpretables y las cargas evaluativas de la fig. 3 parecen seguir estando presentes en ciertos movimientos que ya no son, en el caso de la dirección de orquestas, ni enteramente básicos ni automáticos, pero son fácilmente inteligibles por los intérpretes musicales, en virtud de la expresividad y de la percatación de la importancia del movimiento del cuerpo (propio y de otros) desde la infancia, ancladas en la mímesis corporal y reelaboradas de manera exponencialmente más sofisticada en otras modalidades a lo largo de la ejecución de un pasaje musical. Así, una perspectiva ontogenética de la metáfora conceptual multimodal debería dar cuenta de cómo surge, en la temprana ontogenia, una estructura esquemática acorde con el grado de complejidad cognitiva que es atribuible en esa etapa.

Figura 3: esquema mimético: ALCANZAR

Volvamos por un momento al ejemplo de metáfora multimodal del pasaje de Palestrina en la sección 2, que contiene un dominio espacial simple disparado por la expresión lingüística “descendit”, tradicionalmente asociado al esquema de imagen VERTICALIDAD en la TMC. En su lugar, consideremos ahora la aplicación del esquema mimético BAJAR en la cognición, que ofrece mayor dinamicidad y corporeidad (a través de la mímesis). Como resultado, es posible que haya mayor semejanza entre este EM con el proceso estructurado dinámica y ordenadamente por las seis voces que descienden de escala: una isomorfía en lo dinámico del movimiento del cuerpo por un lado, y del sonido por el otro, lo cual es ventajoso en términos cognitivos en cuanto podría acelerar su procesamiento. Además, con el EM nada se pierde en términos evaluativos o afectivos, ni en términos de la incongruencia típica entre los dominios que componen las metáforas.

4. Contrastación entre esquemas de imagen y esquemas miméticos

Existen dos diferencias sustantivas entre los esquemas de imagen y los esquemas miméticos, con sus correspondientes efectos en cuanto elementos constitutivos de las metáforas conceptuales, en particular, de las metáforas multimodales cuyos dominios-fuente están anclados a una experiencia sensoriomotriz, corporizada y prelingüística y que, por lo tanto, surgirían en la temprana ontogenia –aunque persistan a lo largo de la vida–. Una divergencia es el grado de abstracción (y especificidad) del pensamiento esquemático, y otra es la direccionalidad de la subjetividad en su constitución.

La primera divergencia es con respecto de la cuestión del grado de corporeidad y de abstracción de los esquemas de imagen. En Hampe (2005), se advierten y compilan divergencias definicionales e inconsistencias teóricas, que muestran que casi la totalidad de los esquemas de imagen listados en la literatura pueden considerarse de elevada abstracción y baja especificidad (p. ej. VERTICALIDAD, TODO-PARTE, PROCESO), si se sigue el criterio de Langacker para la noción de esquematicidad. Por contraste, en los esquemas miméticos, la acción y el movimiento del sujeto necesariamente quedan anclados al movimiento del cuerpo que es percibido y al movimiento de su propio cuerpo, en forma de relación causal entre el entorno sociocultural del infante, las emociones y prácticas compartidas socialmente, y su esquema mimético (p. ej. BESAR, SALTAR). Siguiendo las caracterizaciones de Langacker y Cienki, los esquemas miméticos son de baja abstracción y elevada especificidad. Por su parte, Zlatev considera que los esquemas miméticos se hallan en un nivel más bajo de la cognición que los esquemas de imagen, ya que estos últimos “se forman, en parte, inductivamente, i.e. extrayendo generalizaciones a partir de propiedades compartidas de esquemas miméticos particulares” (Zlatev, 2005, p. 24). Así, la noción de esquema mimético provee un anclaje constitutivamente corporizado, en virtud del rol de la mímesis en la temprana infancia. En ese sentido, el carácter corporizado se puede aplicar a los EM de manera más consistente que lo que, de hecho, se aplica para los EI. Bajo cualquier caracterización del pensamiento esquemático, sea la provista por Langacker o la más tradicional de Lakoff y Johnson, un esquema mimético es corporizado por necesidad, ya que liga las recurrencias percibidas de actos con el cuerpo (propio o de otros) y su correspondiente estructura representacional en el pensamiento.

El otro punto de contraste refiere a la subjetividad en la constitución del pensamiento esquemático desde su origen ontogenético. Se ha postulado al EI como prelingüístico para un individuo en un entorno: a todas luces, el contenido del EI es intrapersonal y se manifiesta posteriormente como interpersonal o se hace público mediante el lenguaje una vez adquirida una lengua materna. En virtud de la capacidad humana de categorizar mediante prototipos, un individuo, como miembro de una cultura y en un momento dado, posee esta estructura básica de EI. En contraste, para los esquemas miméticos, el punto de partida es primero interpersonal y luego intrapersonal: el esquema mimético se va formando desde la exterocepción y propiocepción, a medida que el sujeto va percibiendo recurrencias significativas de actos del cuerpo o de actos con el cuerpo en su entorno social. Un esquema mimético vincula e interconecta primeramente un contenido interpersonal, para transformarse luego en un contenido intrapersonal. La inspiración, en el caso de la esquematicidad mimética, es vygotskiana (Vygotsky y Luria, 1993). En esta noción, si bien el individuo es parte de una cultura, se hace foco en la configuración subjetiva de la estructura en diferentes estadíos del desarrollo, es decir, en la evolución del pensamiento mimético hasta llegar a un estadio lingüístico (ontogénesis).

A los efectos de esta indagación sobre metáforas multimodales, es interesante que Zlatev capture, mediante la noción de EM, una idea intuitiva acerca de la cognición humana: que el movimiento corporal, la percepción del cuerpo y del entorno, la gestualidad y, hasta cierto punto, el lenguaje, coocurren desde muy temprano en la ontogenia, en virtud del mero contacto social y con el mundo. Adicionalmente, esta perspectiva podría dar cuenta de cierta tendencia a una ligera divergencia experiencial resultante de los diferentes conceptos que existen en una lengua u otra, en co-ocurrencia con movimientos corporales significativos propios de cada entorno cultural.

5. Algunos aportes de la indagación sobre multimodalidad en la TMC

Las metáforas conceptuales, como se ha mencionado ya, suponen un alejamiento de las concepciones de la metáfora que dependen de manifestaciones verbales, o que están necesariamente constituidas por manifestaciones verbales. Por el contrario, toda MC depende, en última instancia, de una cognición basada en experiencias corporizadas, las cuales dan forma o hacen inteligibles conceptos de mayor abstracción, como TIEMPO o BONDAD. Sin embargo, las MC más estudiadas han sido siempre las que se manifiestan abundantemente en el habla cotidiana, probablemente por ser fácilmente reconocibles, y hasta fáciles de rastrear, registrar y reproducir en formatos amigables para la indagación académica tradicional. Ahora bien, en el contexto teórico de la TMC, las metáforas multimodales son importantes en cuanto revelan formas de procesamiento cognitivo que no dependen de su manifestación exclusivamente verbal, y, con ello, evitan el riesgo de circularidad explicativa que amenaza a la teoría. En efecto, al indagar sobre las MM en el marco de la TMC en la temprana ontogenia, no se asume competencia lingüística alguna, sino una diversidad de modalidades experienciales previas o diferentes de ella. Mi hipótesis es que las metáforas multimodales pueden explicarse adecuadamente mediante la noción de esquemas miméticos, que operan desde la ontogenia temprana en adelante, y que están muy ligadas a la cognición corporizada. Considerando la ontogenia y el desarrollo cognitivo que Zlatev (2013, p. 53) postula para la aparición del pensamiento esquemático mimético (alrededor de los 14 meses de edad, durante el estadío de mímesis tríadica), para que esta estructura sea cognitiva y no “ciega”, he considerado ya en Mahler (2017) que el infante debería actuar conforme a reglas de corte deflacionario, específicamente bajo una normatividad primitiva (Ginsborg, 2011), noción que describe reglas que un infante considera apropiadas al contexto simpliciter. Considero que esta noción es apropiada para dar cuenta de estas formas de cognición en individuos prelingüísticos, teniendo en cuenta la temprana ontogenia y sin hacer descansar tal noción de adecuación en ninguna regla general o conceptual previamente aprendida por este individuo (Mahler, 2017, pp. 376-378). Así, el infante posee un pensamiento esquemático mimético que es una disposición compleja (ni automática o ciega, ni tampoco sofisticada conceptualmente) para actuar del mismo modo que se venía haciendo en el propio entorno afectivo y social específico. Estos actos con el cuerpo emergen como significativos en dicho entorno. En ese sentido, el infante tendría “razones” para actuar con el cuerpo del modo en que lo hace, debido a que este sujeto u otros sujetos venían actuando de esa manera, dadas específicas circunstancias. Ello no compromete al infante a tener que saber que sigue reglas, ni qué reglas sigue (es decir, tener conceptos plenos)[4], lo cual, por supuesto, no sería plausible en virtud del desarrollo cognitivo propio de la temprana ontogenia. Los EM, como representaciones de actos corporales, están entonces normados en virtud de su función comunicativa en contextos determinados.

Por un lado, como se puede vislumbrar en la contrastación entre concepción de esquematicidad de Langacker (1987, 2008) y las más tradicionales en la lingüística cognitiva, no parece ser el caso de que todo pensamiento esquemático se adecue al criterio de baja abstracción y alta corporeidad requerido por la TMC, específicamente en el caso de los EI como dominio-fuente de las metáforas conceptuales. Por otro lado, si bien Kövecses (2017) detecta el caos conceptual y terminológico que rodea a la cuestión de una adecuada caracterización y denominación de los constituyentes de la MC, intenta resolverlo incluyendo varias nociones teóricas en danza en un continuum que analiza en términos de mayor o menor esquematicidad y especificidad en un gradiente, y, al hacerlo, no atiende en su justa consideración el problema de la abstracción para el pensamiento esquemático prelingüístico que se forja en la temprana ontogenia. Como suele ocurrir en la lingüística cognitiva, afirma que el pensamiento esquemático de imagen “surge de nuestras experiencias corporizadas más básicas” (Kövecses, 2017, p. 20); y, más aún, pareciera que para un sujeto ya adulto solamente. Así, se intuiría que la preocupación por el desarrollo ontogenético en la conformación del pensamiento esquemático, y, por lo tanto, del metafórico, en cuanto el primero constituye al segundo, es solo nominal o, cuanto mucho, lateral. Finalmente, Cienki (2013) y Forceville y Urios-Aparisi (2009) advierten acerca del riesgo de caer en circularidad, al señalar que, si “las expresiones metafóricas verbales nos brindan evidencia de las metáforas conceptuales”, ya que estas últimas “se expresan verbalmente” (Cienki, 2013, p. 422), se deja sin explicación el aspecto cognitivo de las metáforas. Estos autores, entre otros que estudian la metáfora multimodal, prestan atención teórica a la gestualidad, la música, sonidos no verbales, por ejemplo, especialmente para los dominios-fuente, en el análisis de metáforas conceptuales multimodales, procurando eludir así cualquier riesgo de circularidad explicativa.

En términos generales, la noción de dominio-fuente tendrá prioridad explicativa sobre la estructura metafórica por varias razones. Por un lado, en cuanto elementos constitutivos necesarios de la MC, no se podría concebir una metáfora conceptual sin dominio-fuente y dominio-destino. Pero, si además es cierto que el dominio-fuente precede a la comprensión que sí se termina logrando una vez proyectado sobre el dominio-destino, y si el dominio-fuente es preconceptual y esquemático, entonces es necesario estudiar el dominio-fuente como estructurador del modo en que pensamos el dominio-destino en la MC, teniendo en cuenta el enfoque corporizado, experiencial y de efectos prototípicos que propone la TMC, junto con los más recientes aportes de los estudios sobre multimodalidad y las ciencias cognitivas relevantes. Es necesario abordar el problema de emergencia en el desarrollo cognitivo infantil debido a que es posible determinar el mecanismo, en una determinada etapa de desarrollo ontogenético, en el que emergería una primera forma de pensamiento esquemático capaz de organizar y facilitar tan eficientemente la comprensión de dominios más abstractos en las MC. Pienso, además, que del tipo de estructuración de la TMC se sigue que existe una dependencia ontogenética de todo otro tipo de conceptualizaciones con respecto al pensamiento esquemático, puesto que el pensamiento esquemático normado primitivamente, mencionado con anterioridad, daría lugar a las demás estructuras conceptuales de sofisticación creciente[5], dentro de las cuales se encuentran las estructuras que contienen una proyección, como es el caso de las metáforas.

6. Conclusión

Dado que la noción de dominio es teóricamente relevante para dar cuenta de la estructura de la metáfora conceptual, es importante reconocer que estos dominios pueden manifestarse monomodal o multimodalmente en ella. A partir del análisis de los rasgos de los esquemas de imagen en el pensamiento esquemático involucrado en las MC, y, en particular, del grado variable de abstracción y de corporeidad descripto en la literatura de la lingüística cognitiva, he defendido también que los esquemas miméticos (Zlatev, 2002; 2005; 2007a; 2013) normados primitivamente (Mahler, 2017), y no los esquemas de imagen, resultan una mejor alternativa para elucidar la estructuración de las metáforas multimodales cuyo dominio-fuente requiere de un vínculo muy cercano con la diversidad de la experiencia sensoriomotriz, sin excluir su co-ocurrencia con el lenguaje. Los esquemas miméticos poseen un anclaje constitutivamente corporizado, a diferencia de los esquemas de imagen, que no pueden caracterizarse como corporizados desde todas las perspectivas de la lingüística cognitiva de manera consistente. Además, el interés por la perspectiva diacrónica u ontogenética en cuanto al rol o caracterización del pensamiento esquemático como constitutivo de las MC deriva de la conexión entre el entorno sociocultural y los factores cognitivos a lo largo del desarrollo del infante, a partir de habilidades anteriores y diferentes de las capacidades sofisticadas que entraña ser un sujeto con maduración biológica y desarrollo cognitivo plenos. Por otra parte, he defendido también la prioridad explicativa del pensamiento esquemático mimético sobre todo otro tipo de conceptualización en los dominios-fuente para dar cuenta de la estructura metafórica, y la posible dependencia ontogenética de todo otro tipo de conceptualización con respecto a estos esquemas. La hipótesis defendida acerca de la estructuración de las metáforas multimodales cuyo dominio-fuente es de tipo esquemático mimético robustece el enfoque corporizado y evita un riesgo de circularidad explicativa en la TMC, por no recurrir ni depender de manifestaciones verbales exclusivamente.

Referencias bibliográficas

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  1. La mayúscula sostenida se utiliza convencionalmente en la TMC para destacar la naturaleza conceptual, no lingüística, de los dominios que componen la metáfora conceptual.
  2. De acuerdo con la Hipótesis de la Invariancia de Turner (1990), también en Lakoff y Turner (1989) y Lakoff (1990), las relaciones biunívocas de carácter metafórico preservan la topología cognitiva (es decir, la estructura esquemática) del dominio-fuente, de modo tal que los componentes semánticos del dominio-fuente siguen siendo coherentes en el dominio-destino. En este sentido, la metáfora conceptual contiene una estructuración isomórfica de ambos dominios.
  3. Salvando las distancias teóricas entre la TMC y la perspectiva de innovación metafórica de Paul Ricoeur, la noción de “transición de la incongruencia literal a la congruencia metafórica entre dos campos semánticos” aparece en Ricoeur (1978, p. 147). Nótese que en el caso de metáforas multimodales, y en general para toda metáfora conceptual también, entiendo “incongruencia” como el vínculo arbitrario entre un dominio y otro tomados por separado, que no poseen entre sí ni una relación de identidad, ni de simetría, ni de transitividad. Esta incongruencia se “resuelve” en la proyección metafórica de un dominio a otro, constituyendo un concepto distinto, es decir, la metáfora. La incongruencia entre dominios se manifiesta mediante la imposibilidad de comprensión literal de las MC verbales.
  4. Seguir reglas como facultad del entendimiento es explícitamente una caracterización kantiana en Ginsborg (2011, p. 230).
  5. He considerado y desestimado la participación de los Modelos Cognitivos Idealizados (MCI) en los dominios-fuente de las MM que surgen en la temprana ontogenia. Lakoff (1987) ha sostenido que es posible describir la estructura de los conceptos mediante MCI, que son, como los EI, estructuras guestálticas. Los MCI contienen los significados de los conceptos y también se basan en la experiencia corporizada. Si no se basan de modo directo en la experiencia corporizada, lo hacen en la imaginación. Los principios que organizan la información dentro de este clúster son de mucha mayor complejidad que los del pensamiento esquemático, ya que no solamente incluyen este último, sino que además organizan el conocimiento mediante estructuras proposicionales y proyecciones metonímicas y metafóricas. En este sentido, este tipo de estructura cognitiva posibilita un entramado más sofisticado de experiencias culturales, que pueden sostener metáforas conceptuales que no dependen directamente de la experiencia corpórea: la metáfora conceptual estructural LA DISCUSIÓN ES UNA GUERRA contiene un dominio-fuente (GUERRA) que, en el mejor de los casos, no se conforma mediante una vivencia directa, pero que refiere a un conjunto de proposiciones (datos, información), sensaciones y experiencias que conocemos fácil y detalladamente de modo indirecto, incluso inferencialmente. Es fundamental destacar que este tipo de estructura cognitiva no puede emerger temprano en la ontogenia, aunque sí es posible afirmar que sus mecanismos de efectos prototípicos de percepción y semejanza tengan origen en el pensamiento esquemático.


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