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6 Percepción dinámica de expresiones faciales y atribución de emociones

Zoé Sánchez Barbieri (UNC – CONICET)

1. Introducción

En muchas situaciones de la vida cotidiana, los humanos nos vemos inmersos en interacciones que requieren comprender el comportamiento de los individuos con los cuales interactuamos. Contamos, para ello, con diferentes herramientas cognitivas: en algunas ocasiones, razonamos acerca de las conductas pasadas del agente para entender su acción presente. En ciertas circunstancias, tendemos a generalizar, a partir de nuestro propio caso, para dar sentido a la conducta ajena, o bien comprendemos al otro aplicando un estereotipo (Andrews, 2012). En la mayoría de los casos, la comprensión, explicación y predicción del comportamiento ajeno involucra la detección y adscripción de una variedad de estados mentales, tales como creencias, deseos, intenciones, dolores, emociones, entre otros. Los psicólogos cognitivos y los filósofos de la mente han elaborado una serie de términos técnicos para dar cuenta de esta habilidad, entre los que se encuentran: “lectura de la mente”, “atribución intencional” y “psicología folk”. Específicamente, estas expresiones se utilizan para caracterizar, a grandes rasgos, el conjunto de habilidades de una criatura para atribuir estados mentales a otros individuos, basándose para ello en la observación de su comportamiento en un determinado contexto, con el objetivo de explicar y predecir su conducta (Goldman y Sripada, 2005; Hutto, Herschbach y Southgate, 2011).

En este trabajo, voy a centrarme en una habilidad específica que forma parte de la atribución intencional denominada “reconocimiento de emociones”. Esta capacidad consiste en la detección y atribución de emociones a otros individuos sobre la base de sus expresiones faciales y corporales. Esta capacidad está basada de manera predominante en claves visuales o auditivas, que integran información proveniente del rostro, la posición del cuerpo y la voz. Por ello, en este tipo de habilidades se destaca la relevancia de algún tipo de interacción cara a cara que le permita al intérprete poder extraer ese tipo de información. Específicamente, voy a sostener que la percepción dinámica y contextualizada de las expresiones faciales afina nuestras habilidades de reconocimiento emocional.

De acuerdo con la literatura especializada, el reconocimiento de emociones está definido por dos características particulares: a) el agente interpretado despliega algún patrón de comportamiento expresivo (por ejemplo, una expresión de enojo), y b) el intérprete debe tener algún tipo de acceso observacional y/o perceptual a las expresiones faciales y/o corporales del agente interpretado. En este trabajo, solo me voy a concentrar en aquellos casos de reconocimiento de emociones donde existe una interacción cara a cara entre intérprete e interpretado y donde el interpretado manifiesta un tipo de comportamiento expresivo observable para el intérprete. Estas aclaraciones son importantes debido a que algunos autores han distinguido entre reconocer (emotion recognition) y conocer (emotional knowledge) una emoción (Castro, Cheng, Halberstadt y Grühn, 2015). Las habilidades para reconocer emociones requieren detectar las expresiones prototípicas y las claves contextuales relevantes para la emoción en cuestión. Por el contrario, las capacidades de “conocimiento” requieren de habilidades lingüísticas y conceptuales complejas y suelen estar sustentadas en vínculos entre intérprete e interpretado que no involucran necesariamente una interacción cara a cara[1] (por ejemplo, a partir de testimonios de un tercero). Además, según Grühn, Lumley, Diehl y Labouvie-Vief (2013), las capacidades de conocimiento de las emociones suelen involucrar capacidades complejas, como entender las funciones sociales y morales de las emociones y la monitorización de estados representacionales propios y ajenos. Posiblemente, este tipo de capacidades requieran de un análisis diferente al de las habilidades de reconocimiento, que no voy a discutir en este trabajo[2].

Distintos enfoques de la atribución intencional han intentado explicar esta capacidad. Podemos distinguir entre ellos dos grandes grupos: a) las posturas inferencialistas y b) las no inferencialistas. Entre las primeras se ubican diversas versiones de la teoría de la teoría y de la teoría de la simulación, dos enfoques clásicos que sostienen que hay una brecha entre la observación del comportamiento (las expresiones faciales) y el estado mental subyacente del interpretado (la emoción)[3]. De acuerdo con estas posiciones, esta brecha es cubierta por medio de algún proceso de inferencia, ya sea empleando algún tipo de teoría psicológica folk (TT) o mediante un proceso de simulación (TS). Dentro del segundo grupo, se encuentran aquellos que han defendido el enfoque de la percepción directa en sus diferentes variantes. Los defensores de este tipo de propuesta han puesto de relieve que hay casos de interacción que son difíciles de explicar desde las perspectivas ortodoxas. Estos tienen la particularidad de que no requieren necesariamente de elementos lingüísticos (aunque puede haberlos) y de que descansan, fundamentalmente, en un involucramiento corporal y emocional, tanto del intérprete como del interpretado, donde el comportamiento es “leído” como significativo o expresivo en distintos tipos de prácticas sociales. Por ejemplo, las interacciones primarias entre un bebé y su cuidador, los movimientos de los jugadores de un equipo de fútbol, una coreografía de una pareja de baile, etc. (Pérez, 2013). Brevemente, estos sostienen que nuestro modo primario de interactuar no requiere de una lectura de la mente del modo en que las teorías tradicionales habían pensado, sino que descansa en la percepción directa de, al menos, algunos estados mentales. De acuerdo con estos autores, el intérprete ve la tristeza en el rostro, observa la vergüenza en la coloración de sus mejillas, percibe el miedo o la ansiedad en su voz, etc[4]. Básicamente, este enfoque rechaza que las inferencias entre el comportamiento y el estado mental jueguen un rol fundamental en la comprensión de los otros.

Pese a los grandes desacuerdos respecto a cómo explicar en qué consisten las habilidades de reconocimiento y atribución emocional y qué capacidades cognitivas e interactivas involucran, existe una tendencia general entre los investigadores a considerar las expresiones faciales y corporales como una fuente fundamental de información al momento de atribuir un estado emocional. Muchas de las propuestas teóricas contemporáneas se apoyan en los aportes tradicionales de Ekman y cols. (Ekman 1993; 1999), quienes sostienen que algunas emociones, denominadas “básicas”, poseen expresiones faciales y corporales prototípicas que se presentan en todas las culturas. Específicamente, el equipo de Ekman sostiene que todos los miembros de nuestra especie expresan e interpretan las expresiones de las emociones básicas de manera similar, independientemente de su contexto y de las variables socioculturales, debido a que estas tienen un valor comunicativo universal.

En el marco de estos debates, voy a sostener que la dinámica del comportamiento expresivo, entendida como la secuencia temporal de las expresiones faciales y corporales, es un factor esencial al momento de explicar la habilidad para reconocer emociones[5]. Además, voy a defender que la dinámica de la expresión facial, en conjunto con el registro de cierto tipo de información contextual, colabora para una detección apropiada de las emociones que los otros experimentan. A fin de alcanzar el objetivo propuesto, seguiré los siguientes pasos: en primer lugar, voy a examinar brevemente algunas de las metodologías usuales que los psicólogos cognitivos han empleado para evaluar el reconocimiento de emociones. En segundo lugar, voy a mencionar algunas dificultades que afectan a dichos estudios tradicionales, principalmente basadas en la evaluación del reconocimiento de emociones a partir de expresiones faciales desprovistas de un contexto. Por último, a partir de los aportes de Stout (2010) acerca de la importancia de la dinámica de las expresiones faciales, señalaré que la dinámica, en conjunto con el contexto, permite al intérprete identificar adecuadamente el tipo de estado emocional y, además, posibilita que pueda diferenciarlos de otro tipo de estados psicológicos.

2. El estudio del reconocimiento de emociones

Durante las últimas décadas, la psicología cognitiva, la psicología del desarrollo y las neurociencias han utilizado diferentes metodologías para abordar el estudio de la habilidad para reconocer emociones[6]. Debido a la preponderancia que posee la información facial en las interacciones sociales entre los individuos, muchas de las pruebas estuvieron enfocadas en evaluar la detección de las emociones por medio de las expresiones del rostro o partes de él (Rhodes, Calder, Johnson y Haxby, 2011).

Los enfoques de corte evolucionista de las emociones han sido pioneros en el estudio científico de esta habilidad (Ekman y Friesen, 1999; Matsumoto et al., 2000). Este tipo de perspectivas sostienen, al menos, dos tesis principales: a) que existe un conjunto de emociones básicas que son de carácter universal, las que, según Ekman, serían alegría, tristeza, asco o disgusto, sorpresa, miedo y enojo; y b) esas emociones básicas son universalmente reconocidas, independientemente de la cultura donde esté inmerso el individuo, debido al valor evolutivo y comunicativo de dichos estados[7].

Inspirado en los aportes de Darwin (1872), el equipo de Paul Ekman inauguró una corriente metodológica que evalúa el reconocimiento de emociones basado en la detección de patrones de expresiones del rostro y, posteriormente, de algunas partes del cuerpo. Brevemente, han defendido la idea de que la detección de emociones es un proceso rápido y automático asociado a claves prototípicas de cada emoción básica. Para ello, desarrollaron el método FACS (Facial Action Coding System, o, en español, sistema de codificación facial), donde se establecieron las expresiones prototípicas de cada emoción básica y se desarrollaron métodos para la evaluación del reconocimiento de dichas expresiones por parte de otros individuos. Este sistema está basado en la anatomía del rostro y registra cada movimiento de los músculos faciales (al que denominan “unidad de acción”) subyacente a la expresión de las emociones básicas. El sistema distingue 44 unidades de acción, que consisten en la combinación de diferentes movimientos de los músculos faciales, posiciones de la cabeza, dirección de la mirada, etc., codificando cada movimiento y luego asignándole a cada combinación un número que la identifica. Específicamente, el sistema de codificación facial tiene como finalidad poder medir objetivamente aquellas subexpresiones del rostro y lograr una interpretación lo más exacta posible de la expresión facial en su totalidad. El FACS ha sido uno de los sistemas para evaluar reconocimiento de emociones más utilizado, ya que constituye una guía que permite recrear expresiones emocionales prototípicas y estandarizadas a partir de indicarles a los sujetos los movimientos propios de cada unidad de acción inherente a la expresión de, al menos, las emociones básicas. Esto es, se les pide a sujetos voluntarios que realicen los movimientos faciales propios de cada emoción básica y luego se les toma una serie de fotografías. Estas imágenes son las que posteriormente se utilizan como material para evaluar el reconocimiento de emociones.

Específicamente, utilizando este sistema, Ekman tomó 110 fotografías de expresiones faciales, teniendo en cuenta las unidades de acción mencionadas anteriormente: las fotografías de afectos faciales (POFA). Estas han sido utilizadas en diversos campos de investigación, especialmente en estudios transculturales, con el objetivo de probar la universalidad de las emociones a partir de su reconocimiento. Como he mencionado anteriormente, Ekman sostiene que las emociones básicas tienen valor adaptativo, razón por la cual todos los miembros de la especie expresan y reconocen las expresiones de las emociones básicas de manera similar, independientemente de su contexto y de las variables socioculturales. Dado su carácter fundamental para la supervivencia, la expresión de las emociones básicas es rápidamente captada o registrada por otros individuos. Según Ekman, el asco se caracteriza por la nariz arrugada y el labio superior levantado; el miedo, por las cejas levantadas y juntas, los párpados superiores levantados y los inferiores tensos, y la boca ligeramente estirada; la sorpresa, en cambio, se caracteriza por las cejas elevadas y los ojos y boca bien abiertos. Según su perspectiva, este tipo de expresiones da indicios a nuestros semejantes de lo que le ocurre psicológicamente a quien experimenta la emoción. Además, afirma que la observación de las expresiones faciales podría proporcionar algún tipo de información acerca de los antecedentes de la emoción o de sus causas, como también de algunos comportamientos posteriores de quien las posee. Por ejemplo, cuando vemos una expresión de asco, sabemos que la persona está respondiendo a “algo”, por ejemplo, un olor o un gusto desagradable, que es probable que haga sonidos de desagrado antes que de agrado y que intente evadir la fuente de aquello que le resulta desagradable (Ekman, 1999, p. 2). Así pues, este tipo de información tendría un valor importante en la regulación y coordinación de las relaciones interpersonales.

Si bien este tipo de enfoques ha tenido una gran recepción entre los psicólogos y filósofos de la mente, las críticas no tardaron en llegar. Gran parte de ellas están relacionadas con un debate clásico respecto al peso relativo que las expresiones faciales tienen al momento de atribuir estados emocionales frente a otras variables, por ejemplo, contextuales (Carroll y Russell, 1996). Los enfoques evolucionistas del reconocimiento de emociones han sostenido la tesis de la “dominancia facial”, que afirma que, cuando un intérprete ve una expresión facial de una emoción básica, la información del rostro se vuelve tan saliente y preponderante que el intérprete desestima otro tipo de información, como, por ejemplo, la situación en la que se encuentra el individuo que expresa la emoción o las expectativas previas del intérprete (Buck, 1984; Ekman, 1972; Fridlund, Ekman y Oster, 1987; Izard, 1971). Otros, en cambio, defienden la tesis de la “dominancia limitada”, que sostiene que las expresiones faciales no son la única variable que los individuos tienen en cuenta al momento de atribuir la emoción. Según estos autores, la información situacional juega un rol importante en la atribución (Fridlund, 1994; Ortony y Turner, 1990; Russell, 1994; Woodworth, 1938).

Estudios recientes favorecen, con distintos matices, la línea de la dominancia limitada de las expresiones faciales, y han señalado algunos límites teóricos y metodológicos de aquellas corrientes que ponderan en exceso el papel de las expresiones faciales. De acuerdo con sus detractores, una de las desventajas de este tipo de metodologías es que la detección de las emociones ha sido investigada usando fotos estáticas de expresiones faciales que maximizan la distinción entre categorías y generan resultados experimentales forzados y artificiales. En nuestra vida diaria, las expresiones faciales están fuertemente influenciadas por la cultura y no son tan nítidas, rígidas y prototípicas. En segundo lugar, se ha señalado que la detección de emociones está siendo evaluada de manera descontextualizada. Habitualmente, los rostros no son percibidos de manera aislada, sino que aparecen en un contexto particular, esto es, en un ambiente especifico, en conjunto con otras personas y, además, de manera concomitante, con otro tipo de información socialmente significativa. Aún más, existe un conjunto de información de carácter social, adquirida por medio del aprendizaje y de distintos tipos de procesos cognitivos (por ejemplo, prejuicios raciales), que juega un rol en la percepción de los estímulos emocionalmente importantes, por ejemplo, dirigir nuestra atención (Feldman Barrett et al., 2011). En conclusión, la percepción de las expresiones faciales está influenciada por diferentes tipos de variables, más allá de la información estrictamente facial.

Ahora bien, veamos con algo más de detalle qué significa que las variables contextuales inciden en el reconocimiento de emociones a partir de las expresiones faciales. Habitualmente, en la literatura, la expresión “variables contextuales” puede aludir a múltiples ideas. Frecuentemente, alude a variables situacionales relacionadas con la escena particular donde se desarrolla la atribución psicológica y la situación en la que se encuentra el individuo que experimenta la emoción; esto es, en qué situación la persona está desplegando tal o cual patrón expresivo, por ejemplo, en un partido de fútbol, en un cumpleaños, en el trabajo, etc. A veces, las mismas expresiones faciales en contextos distintos son reconocidas como alusivas a diferentes emociones (Feldman Barrett et al., 2011). En este artículo, cuando me refiera a “variables contextuales” voy a hacerlo en este sentido, que es el cual se ha utilizado habitualmente.

En otras ocasiones, “contextual” refiere a las características del rostro y de la posición del cuerpo que no tienen que ver estrictamente con el modo prototípico en el que se manifiesta este conjunto de emociones básicas, por ejemplo, la dirección de la mirada, la postura corporal y la prosodia afectiva. Algunos estudios muestran que la dirección de la mirada, por ejemplo, suele estar relacionada con la intensidad de la emoción que los sujetos atribuyen, mientras más directa es la mirada del individuo (en oposición a la mirada apartada o distraída), más intensa es la emoción que se atribuye. Por otro lado, los sujetos ven disminuido su éxito en tareas de reconocimiento cuando la mirada del interpretado se encuentra apartada (Bindemann et al., 2008).

En un tercer sentido, “contextual” refiere a variables relacionadas con el intérprete: descripciones verbales previas que tenga del contexto, sesgos de distintos tipos (por ejemplo, raciales o de género), ciertos tipos de aprendizaje social, tales como: “Las personas cuando están tristes hacen tales o cuales cosas”, entre otras cosas (Wieser y Brosch, 2012).

Esta caracterización acerca de los diferentes tipos de variables contextuales no tiene la intención de ser exhaustiva, sino de mostrar los motivos más relevantes por los cuales se ha justificado la tesis de la dominancia limitada de las expresiones faciales. Teniendo en cuenta estas consideraciones respecto a la complejidad de las emociones y su reconocimiento, en el siguiente apartado voy a argumentar a favor de que la dinámica de las expresiones faciales y el contexto en el que se expresa la emoción son dos elementos fundamentales para dar cuenta de la habilidad para reconocer emociones. Por “dinámica de las expresiones faciales” voy a entender a la secuencia temporal de movimientos faciales y corporales que se dan durante la expresión de ciertos estados psicológicos. En la mayoría de nuestras interacciones cotidianas, los sujetos con los que interactuamos despliegan movimientos faciales y corporales continuos que nos permiten extraer distinto tipo de datos socialmente relevantes. Por ejemplo, nos proporcionan información acerca de su foco de atención (Emery, 2000; Nummenmaa y Calder, 2009) y, según Zloteanu, Krumhuber y Richardson (2018), la dinámica de los movimientos faciales permite mejorar nuestra habilidad para reconocer expresiones de emociones improvisadas versus emociones genuinas[8].

Pese a que distintos aportes empíricos han reconocido la importancia de la dinámica de las expresiones en el proceso para reconocer emociones, considero que no se ha examinado teóricamente con suficiente atención cuál es el aporte que efectivamente tiene la dinámica de las expresiones para este tipo de habilidades de atribución intencional.

3. La dinámica de las expresiones faciales y el reconocimiento de emociones

En este último apartado, voy a centrarme en dar razones a favor de la importancia de la dinámica de las expresiones faciales para el reconocimiento de emociones. Para ello, voy a retomar algunos aportes filosóficos de Stout (2010) acerca de la detección de estados emocionales que reparan en la distinción proceso-producto, y destacan la importancia de la dinámica temporal de las expresiones. Específicamente, Stout argumenta a favor de la relevancia de la dinámica de las expresiones en el marco de una defensa del enfoque de la percepción directa de los estados mentales y, en este caso, emocionales. Si bien en este artículo no me ocupo del enfoque de la percepción directa de las emociones, ni de la defensa particular que el autor hace de ella, solo voy a hacer referencia a la percepción directa con el objetivo de contextualizar y esclarecer la posición de Stout.

En el artículo “Seeing the Anger in Someone’s Face”, Stout defiende la tesis de que podemos percibir directamente, al menos, algunos estados mentales (Gallagher, 2008; Gallagher y Varga, 2014; Krueger, 2012; McNeill, 2012; Pacherie, 2005; Smith, 2015; 2016 y Zahavi, 2011). Específicamente, estos enfoques sostienen que, en algunas ocasiones, podemos tener un acceso perceptual a los estados mentales sin necesidad de emplear inferencias u otros procesos cognitivos de orden superior. En efecto, como ya señalamos antes, los defensores de la percepción directa rechazan la idea de que todos los casos de atribución mental sean casos de transiciones inferenciales entre el comportamiento y el estado mental o transiciones entre contenidos proposicionales. En algunas ocasiones, usamos intuitivamente expresiones que parecen dar cuenta de este fenómeno: “Veo que Juan está enojado”, “Siento la ansiedad en su voz”, “Veo la vergüenza en la coloración de sus mejillas”, “¿No ves acaso que está feliz?”, etc.

Para entender la estrategia que Stout emplea para defender la percepción directa, es necesario mostrar que las tesis que este enfoque propone pueden abordarse de diferentes modos. Por un lado, en un sentido psicológico: como una tesis acerca de los mecanismos que utilizamos para atribuir estados mentales, en este caso perceptuales (en oposición a inferenciales, como en el caso de la teoría de la teoría o de la teoría de la simulación, donde el intérprete realiza una serie de inferencias entre el comportamiento, el ambiente y el estado mental)[9]. Por el otro, en un sentido epistemológico, que alude a si efectivamente podemos conocer las mentes de los otros por vías perceptuales. Por último, en un sentido fenomenológico, que refiere a cómo las mentes son percibidas conscientemente, su carácter experiencial. Específicamente, Stout se va a centrar en el aspecto epistemológico de la percepción directa, aunque también va a hacer algunas alusiones a la percepción directa en sentido psicológico, que es el aspecto que me interesa en este artículo[10].

Conjuntamente con las discusiones que se han dado en el ámbito de la filosofía de la mente acerca de si podemos acceder perceptual o inferencialmente a los estados emocionales de otros individuos, ha habido un gran cuerpo de evidencia empírica, proveniente de la psicología cognitiva y de las neurociencias, que ha sido integrada a estos debates para fortalecer o rechazar argumentos y para mostrar algún punto importante acerca de las diferentes posiciones. Los abordajes evolucionistas y neuroculturales de las emociones, bien establecidos dentro de la psicología, han sido retomados por los defensores de la percepción directa[11] porque ponen de relieve dos ideas que son interesantes para este enfoque. Por un lado, la tesis de que existe una conexión estrecha entre la emoción y sus expresiones faciales, razón por la cual puede ser más plausible que pudiéramos “observarlas” o tener algún tipo de acceso perceptual[12]. Por el otro, la idea de que el reconocimiento de emociones es una habilidad automática, relativamente simple e independiente de la cultura donde se inserta el individuo. Esto último armoniza bien con el enfoque de la percepción directa porque uno de sus focos de atención radica en explicar interacciones primitivas, tempranas y propias del desarrollo ontogenético. En este contexto, una gran cantidad de filósofos y psicólogos que realizan estudios teóricos sobre la habilidad para reconocer emociones han retomado estos experimentos y elaborado distintos tipos de propuestas.

No obstante, la idea del reconocimiento de emociones como una habilidad universal y basada exclusivamente en la percepción de expresiones faciales ha sido desafiada en varias oportunidades. Desde el punto de vista de Stout, aquellas explicaciones acerca del reconocimiento de emociones que se basan en las pruebas tradicionales provenientes de la línea de investigación de Ekman se ven enfrentadas a algunos problemas, pero por razones ligeramente diferentes a las que señalé anteriormente (relativas a la evaluación de la habilidad desprovista de variables contextuales). Retomando la idea del apartado anterior, la metodología habitual consiste en mostrarles a los sujetos fotos y pedirles que identifiquen de qué estado emocional se trata. Así, lo que se espera es que las respuestas sean similares independientemente de las diferencias interindividuales y culturales. Esto ha llevado a algunos filósofos a pensar que las emociones básicas tienen una especie de apariencia característica (Smith, 2015) o componente característico (Green, 2010) que hace que cada una de las emociones básicas se “vea” de una cierta manera que es sensible a nuestras capacidades recognoscitivas[13].

Una de las críticas principales de Stout refiere a una preocupación epistemológica acerca de si podemos distinguir de manera confiable las emociones a partir de la observación de patrones de expresión facial en una fotografía. De acuerdo con Stout, no podemos. Según él, los autores que basan sus explicaciones en este tipo de estudios no distinguen entre asociar un patrón de expresión facial con una emoción y reconocer realmente cuál es el estado emocional. La razón es que los observadores logran reconocer el tipo emocional en un patrón facial (por ejemplo, enojo, alegría, tristeza, sorpresa) independientemente de si la imagen corresponde a una emoción real o a una falsa. De hecho, las pruebas están realizadas con actores voluntarios que representan el estado emocional según las indicaciones de los investigadores, y no con personas que genuinamente experimentan esos estados. Sin embargo, la pregunta en cuestión es si uno puede realmente ver el estado emocional real de alguien en una expresión facial estática. Para Stout, estos experimentos solo demuestran que somos buenos para asociar una expresión facial con una emoción, pero no evidencian patrones confiables y flexibles de reconocimiento.

Para dar sentido a su idea, Stout hace una analogía del caso del reconocimiento de emociones con la firma de alguien en un papel (signature). Cuando alguien firma en una hoja de papel, realiza un escrito que representa su nombre. Sin embargo, esta no sería una firma propiamente dicha si los patrones de la escritura fueran, por ejemplo, accidentales o falsificados. Así pues, solo con mirar una firma en un papel, uno no puede ver si realmente es una firma auténtica, solo puede inferir que es tal a partir de una o varias de sus características. Según el autor, algo similar sucede cuando nos enfrentamos a una expresión de enojo. Si solo vemos un rostro con una expresión de enojo, no podemos distinguir si es una emoción real o una falsa. De hecho, un buen actor puede engañarnos simulando una buena expresión de enojo, sin estar experimentando en absoluto una emoción. En resumen, la analogía es simple, de la misma manera que no podemos saber con solo ver la firma de alguien en un papel si es una firma genuina o falsa, no podemos conocer fiablemente el enojo de alguien con solo ver la foto, debido a que no podemos distinguir si esta es falsa o genuina.

Para Stout, lo que debemos agregar para poder dar cuenta del reconocimiento de emociones de manera fiable es que el intérprete pueda captar el proceso dinámico mediante el cual se despliega la emoción. No basta con captar productos parciales del proceso, como las imágenes estáticas capturadas por una fotografía, porque estas solo muestran asociaciones simples entre expresiones y estados mentales. Por el contrario, lo que necesitamos es observar el despliegue secuencial de las expresiones corporales y faciales para acceder de manera confiable a ese estado mental. Como he señalado anteriormente, captar la dinámica temporal es parte de captar el proceso mediante el cual se expresa la emoción. Básicamente, se trata del registro, momento a momento, de los cambios relevantes en los patrones de expresión facial y corporal de un individuo (Sato, 2004).

Además del problema de distinguir emociones de manera confiable, existe otra dificultad teórica relacionada con la evaluación del reconocimiento mediante imágenes estáticas que Stout menciona, brevemente y sin demasiada atención, pero que también pone de relieve la importancia de la dinámica del comportamiento expresivo. El autor señala que reparar en el proceso dinámico en el que se está desplegando un estado emocional nos permite distinguir finamente ante qué tipo de estado mental estamos (lo que técnicamente se ha denominado en filosofía de la mente como la “actitud psicológica”). Una de las razones que Stout esgrime a favor de considerar el proceso es que hay ciertos elementos expresivos que, en principio, parecerían característicos de ciertas emociones (por ejemplo, el llanto en la tristeza, la sonrisa en la alegría o el ceño fruncido en el enojo), pero que se presentan en distintos tipos de estados, incluso no emocionales. Por ello, es preciso considerar en qué contexto y en qué proceso se despliegan. Por ejemplo, estallar en lágrimas de frustración es un proceso distinto del sollozo propio de la tristeza, el rubor por vergüenza es un proceso distinto del enrojecimiento de las mejillas debido a los efectos del alcohol en los vasos sanguíneos, o retorcer la cara (twitching the face) de pena es distinto de retorcer la cara por desesperación o por dolor (Stout, 2010, p. 39). En estos casos, la dinámica de las expresiones es una buena herramienta para poder distinguir con mayor fineza ante qué tipo de estado mental estamos, porque nos permite captar los pasos previos y los posteriores y, además, observar cuál es el curso específico que toma el comportamiento expresivo vinculado con los distintos estados mentales.

Esta indeterminación o ambigüedad de ciertos patrones expresivos también ocurre, por ejemplo, con los rostros sonrientes. Orlowska, Krumhuber, Rychlowska y Szarota (2018) han señalado que, a pesar de la asociación entre sonrisas y sentimientos positivos como la alegría, también estos patrones se presentan de modo similar en situaciones donde se quiere expresar cooperación y confianza. Incluso, puede mostrarse también durante experiencias desagradables, como un modo de ocultar sentimientos negativos o mostrar menor estatus social ante una figura de autoridad. Por lo tanto, la sonrisa se utiliza en una amplia variedad de situaciones, según el contexto y las normas sociales aprendidas a través de la socialización y la experiencia.

Asimismo, fuera del contexto de laboratorio, las expresiones emocionales no se presentan de manera prototípica, como inicialmente habían pensado los investigadores. En su mayoría, las expresiones faciales en contextos cotidianos de interacción están constreñidas por diversos factores sociales y culturales, razón por la cual se ven mezcladas con gestos idiosincrásicos de cada individuo y otros propios de la cultura en la que se encuentra inmerso. Además, las expresiones emocionales van cambiando a una gran velocidad en un período corto de tiempo, ajustándose a los cambios del contexto. Una vez más, reparar en el proceso dinámico podría ayudar a desambiguar estos casos, porque permite tener una visión más integrada respecto a cómo tiene lugar la emoción, ante qué está reaccionando ese individuo y cómo va regulando su estado emocional conforme pasa un período de cierto tiempo.

Debido a que las expresiones faciales pueden estar vinculadas con diferentes estados emocionales, la dinámica en conjunto con el contexto proporciona una buena herramienta para dirimir el peso de la información de cada elemento. De acuerdo con Stout, captar el proceso en el que se despliega una emoción implica poder registrar perceptualmente las distintos tipos de expresiones en una secuencia temporal. Pero, además, Stout va un paso más adelante diciendo que esa percepción de las expresiones faciales no solo registra el carácter dinámico, sino que además lo hace de manera activa e interactiva. En consonancia con los aportes de Gibson (1966), Stout recalca que la percepción no es un proceso pasivo, sino que requiere del sujeto que se involucre activamente en el entorno.

Así pues, cuando alguien está enojado podría señalizar su emoción al otro de diferentes maneras: con su expresión facial, pero también elevando la voz y gritando, e imponiendo cierta presencia física. Esto, de alguna manera, interpela y exige una respuesta por parte de su interlocutor. Esa réplica podría ser una disculpa y, de este modo, el enojo podría, eventualmente, disminuir, o bien podría ser otra respuesta de enojo, por la cual la emoción podría intensificarse aún más. Por ello, para Stout, la percepción de las expresiones emocionales implica necesariamente involucrarse en prácticas sociales, que son las que permiten captar finamente no solo el tipo de estado, sino también aspectos como la intensidad de la emoción y la valencia.

Ahora bien, hasta aquí he mostrado la importancia que podría tener para un intérprete reparar en la dinámica de las expresiones faciales para identificar con mayor fineza el tipo de estado psicológico, en este caso emocional, de otro individuo. Además, he señalado que la detección de esa dinámica se realiza en muchas ocasiones mediante la percepción activa e interactiva del intérprete, que también le permita captar rasgos como la valencia y la intensidad de la emoción. Asimismo, en nuestras interacciones ordinarias, el registro de esa dinámica del comportamiento expresivo se da en contextos y situaciones particulares que nos sugieren diferentes modos de entender la secuencia de las expresiones como perteneciente a un tipo de estado emocional o bien a otro tipo de proceso psicológico.

En resumen, el reconocimiento de emociones está integrado a una variedad de procesos dinámicos de interacción y otros procesos cognitivos, de manera que nunca ocurre de forma aislada y con propósitos epistémicos desinteresados. Finalmente, considero que este conjunto de factores nos permite tener una imagen más integrada teóricamente y empíricamente mejor informada de un fenómeno socialmente muy complejo que posee una importancia social crítica.

4. Conclusiones

En este trabajo, he ofrecido algunas razones para considerar la dinámica de las expresiones faciales como un factor importante al momento de reconocer y atribuir estados emocionales. Para lograr dicho propósito, retomé los estudios clásicos basados en la detección de emociones por medio de fotografías con expresiones estáticas, provistas por los enfoques evolutivos y neuroculturales de las emociones. Este tipo de estudios ha tenido una influencia extraordinaria en la psicología de la emoción y ha sido fuente de innumerables trabajos teóricos y metodológicos. Ahora bien, en tiempos recientes, han surgido críticas de diversa índole que han permitido examinar y refinar estos protocolos de reconocimiento de emociones. Gran parte de las críticas estuvieron orientadas a que este reconocimiento se evaluaba con expresiones estáticas que estaban desprovistas de un contexto.

En el segundo apartado de este trabajo, señalé posibles acepciones de “variables contextuales” en la literatura y he sostenido que se puede distinguir, al menos, entre: a) variables situacionales, relacionadas con la escena particular donde se desarrolla la atribución; b) aquellas asociadas al agente que experimenta la emoción, como la dirección de la mirada, la postura corporal, la prosodia afectiva entre otras; c) variables referidas al intérprete, como, por ejemplo, información previa emocionalmente significativa y sesgos de razonamiento (v. g. de tipo racial o de género), etc. El objetivo fue mostrar que existe una importancia moderada de las expresiones faciales en algunos contextos de atribución de emociones, y advertir la relevancia de los factores contextuales que ajustan y enriquecen la atribución.

Luego, en el tercer apartado, sostuve que la dinámica de las expresiones faciales es un factor fundamental para comprender cómo tiene lugar el reconocimiento de emociones. En particular, esa dinámica del comportamiento expresivo es la que nos permite advertir el proceso en el que están inmersos esos patrones de expresión facial. Además el despliegue secuencial de las expresiones faciales tiene lugar en un contexto situacional en que también colabora en la detección del tipo emocional o la actitud psicológica.

En este contexto, la importancia de la dinámica de las expresiones faciales, sumada a un enfoque contextual e interactivo, es fundamental para explicar nuestras habilidades de atribución emocional. Considero que estas reflexiones debieran servirnos de base para crear protocolos experimentales más ecológicos, que no solo consideren la dinámica de las expresiones faciales, sino también posibles modos interactivos entre intérprete e interpretado. Estudios de este tipo proporcionarían una versión teóricamente más rica y flexible del fenómeno de reconocimiento de emociones.

Referencias bibliográficas

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  1. Por ejemplo, cuando un intérprete intenta comprender las emociones del personaje principal de una novela, es probable que tenga que apelar a información guardada en la memoria, construir alguna narrativa acerca del personaje y recurrir a algún tipo de conocimiento conceptual, lingüístico y proposicional para poder comprender las representaciones internas del personaje que lo hacen sentir de tal o cual manera.
  2. Aunque Castro y colaboradores no dicen nada al respecto, considero que podría establecerse una línea de continuidad gradual entre los casos de reconocimiento de emociones y los casos de conocimiento. Es posible que haya situaciones en nuestras interacciones cotidianas en las que las habilidades de reconocimiento y las de conocimiento estén solapadas, conformando casos de comprensión emocional “híbridos”. Ahora bien, como he señalado, en este trabajo solo voy a concentrarme en los casos de reconocimiento de emociones, dejando de lado los casos de conocimiento y los posibles casos de solapamiento entre los dos tipos de habilidades.
  3. La teoría de la teoría (TT), supone que la atribución mental está mediada por una gran cantidad de información y conocimiento conceptual a partir del cual se configura una “teoría” acerca de los estados mentales ajenos. Para este enfoque, la predicción y explicación del comportamiento ajeno está estrechamente vinculada con el empleo, por parte del intérprete, de una serie de leyes que vinculan los estados mentales con el comportamiento (Gopnik y Meltzoff, 1997; Wellman, 1990). Por su parte, la teoría de la simulación (TS) sostiene que la comprensión, explicación y predicción de los estados mentales y el comportamiento ajeno está mediada por un mecanismo de simulación por el cual el intérprete “finge” o “pretende” poseer los estados mentales del interpretado con el objeto de predecir cuál será su acción posterior, empleando su propio aparato cognitivo (Heal, 1996; Goldman, 2005; Gordon, 1986).
  4. La idea de que el mecanismo de atribución primaria de estados mentales es perceptual ha sido complementada y enriquecida con otras tesis, como la de la interacción cara a cara (Newen, Welpinghus y Juckel, 2015) y la del carácter extendido, enactivo y corporizado de la mente. Este conjunto de tesis ha dado lugar a un enfoque más amplio y actual denominado “de segunda persona o interaccionista”. Para más detalles ver Gomila (2002), Scotto (2002), Gallagher (2008) y Clark (2010).
  5. Como he mencionado en la introducción, voy a restringir la dinámica de las expresiones a la secuencia de movimientos faciales y corporales, dejando de lado aquellos casos en los que haya, además, interacciones verbales entre los sujetos u otro tipo de procesos de comprensión emocional involucrados que exceden a la definición de “reconocimiento de emociones” proporcionada más arriba.
  6. Luego, las pruebas comenzaron a diversificarse, y se evaluó la capacidad para detectar emociones por medio de los tonos de la voz (Scherer y Scherer, 2011) o a través de videos con personajes que interactúan entre sí, donde se demanda que el sujeto comprenda no solo los estados emocionales, sino también creencias, deseos y otros estados cognitivos (Dziobek et al., 2006).
  7. Recientemente, Ekman (2003) ha sostenido que podemos identificar las emociones básicas como “programas de afecto”, esto es, una familia de estados relacionados, donde cada miembro de la familia comparte algunas características generales de la emoción en cuestión, pero admite algunas variaciones. Por ejemplo, la emoción de alegría podría subsumir a una familia de estados similares, como la gratificación, el éxtasis, la diversión, etc. De acuerdo con Ekman, cada emoción tiene un “tema” y una “variación”. El tema está compuesto por las características únicas de esa familia, mientras que las variaciones son productos de las diferencias individuales y las del contexto específico donde ocurre esa emoción. Los temas son producto de la evolución, y las variaciones, producto del aprendizaje. Los programas de afecto son complejos, evolutivamente determinados, responden a una variedad de condiciones ambientales y pueden incluir expresiones faciales, cambios fisiológicos, evaluaciones y disposiciones conductuales.
  8. En este estudio, los autores evaluaron el reconocimiento de emociones en tres situaciones experimentales: a) en la que las personas expresaban sorpresa genuina; b) en la que se le pedía a los sujetos que improvisaran o fingieran una expresión de sorpresa; y c) en la que se les pedía que fingieran sorpresa pero luego de haber pasado por la primera situación descripta, es decir, de haber experimentado sorpresa genuina. En cualquiera de los tres casos, la dinámica de las expresiones faciales les permitió a los sujetos experimentales reconocer, con mayor éxito, si las expresiones emocionales de las personas que observaban eran improvisadas, falsas o genuinas.
  9. En tiempos recientes, algunos filósofos (Hershbach, 2015; Michael y De Bruin, 2015) han caracterizado a la percepción como un proceso inferencial. Esta idea ha generado múltiples debates entre aquellos que sostienen a la percepción directa en un sentido psicológico. Los que defienden esta idea, sostienen nociones de inferencia deflacionada o minimalista, de carácter sub-personal, implícita y no proposicional diferente a la noción de inferencia en los debates clásicos sobre la atribución intencional.
  10. Las razones por las que las que es importante distinguir los distintos modos de entender la percepción directa son variadas, por ejemplo, algunos autores han puesto de relieve que, aunque la fenomenología del intérprete podría ser la de una detección inmediata, directa y no inferencial, esto no excluye que en el curso de la atribución estén involucrados procesamientos de tipo sub-personal o algún otro tipo de proceso explicado en términos computacionales (Spaulding, 2015; Herschbach, 2015).
  11. También, este tipo de pruebas ha sido utilizado por otro tipo de enfoques de la atribución intencional, como la teoría de la simulación aplicada al reconocimiento de emociones (Goldman, 2006).
  12. Existen dos debates en torno a este punto que, si bien están estrechamente emparentados, es necesario diferenciar: a) la discusión acerca de cuán constitutivos y universales son los patrones de expresiones faciales a la emoción experimentada por el sujeto (Jack et al., 2012); y b) cuán relevantes son los patrones de expresión facial y/o corporal para una adecuada detección de la emoción por parte del intérprete (Russell, 199; Nelson y Russell, 2013).
  13. Según Green, podemos identificar un conjunto de expresiones que funcionan como componentes característicos, es decir, un aspecto de ese estado emocional que habilita al intérprete a atribuir apropiadamente la emoción en cuestión en un contexto particular. Para más detalles, ver Green (2010; 2007).


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