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Introducción

En las últimas décadas, la consideración del cuerpo en general ha reingresado a los estudios y debates que tienen lugar tanto en filosofía como en psicología, para los tópicos en los que una y otra disciplina convergen, y en los que, desde sus perspectivas diferentes, deberán llegar, si no quizás a una perfecta inteligencia y a un desideratum de concordia que es difícil esperar, al menos a un entendimiento que permita fluir el intercambio de información nueva y el de nuevos ángulos para evaluarla. La readmisión del cuerpo como factor decisivo en los problemas de la percepción y de la cognición en general, de la cognición social y la atribución mental, de la formación de conceptos y el desarrollo ontogenético, y finalmente de las estrategias del sujeto en los procesos de semiosis, incluyendo el aprendizaje de la lengua, se debe menos a una acción reparadora, a un ejercicio de justicia con el que quisieran compensarse años de exilio, que a la propia fuerza con que la corporeidad se hizo presente y desafió al cognitivismo y al funcionalismo como ensayos de interpretación de la naturaleza del conocimiento y de la condición humana en lo que ella posee de más genuino. En efecto, se hizo palmario, en ciertas circunstancias, que el modelo computacional, al suponer que la mente era un puro mecanismo de combinación de símbolos, había proscripto un componente medular de aquella explicación por la que se afanaba.

El cuerpo, no el cerebro (versión transitoria de superación del enfoque cognitivista clásico), se manifiesta mediante una variedad de conductas expresivas: expresiones del rostro, de las manos, actitudes posturales y proxémicas, la prosodia de la enunciación, la kinesis, todo ello revelándose determinante para la elaboración de la noción de espacio circundante, de intersubjetividad, de pensamiento, del aprendizaje y de nuestros sistemas comunicativos –del más simple al más complejo–, competencias que implican de un modo más visible o menos la marca de origen de ser con el cuerpo, o bien de ser, lisa y llanamente, cuerpo. Por cierto esta marca de origen, el molde de la corporeidad elemental, subsiste en ocasiones, si se trata de las competencias más sofisticadas (las funciones psicológicas llamadas superiores: razonamiento, lenguaje, etc.), como una muy sutil, casi insensible “marca de agua”, pero que ha de encontrarse con saber buscar en el sitio apropiado (un sitio de la experiencia psicofísica, no restringido a la esfera mental).

Uno de los arietes con los que el cuerpo ha ingresado nuevamente a escena es la multimodalidad. Originario de los estudios de percepción, el término se ha propagado hasta afirmarse en otros territorios, de una manera particularmente axial en el de la semiosis (repertorio léxico, actos comunicativos), donde se ha convertido de aferente en eferente, pero asimismo en el del pensamiento conceptual-mimético y en sus expresiones lingüísticas, en el de las manifestaciones de estados emocionales, las interacciones cara a cara y largo etcétera. Se ha colado en problemáticas como la atribución intencional, el significado y la comprensión de los comportamientos expresivos, o en la percepción de estados emocionales e intencionales en general. Se puede afirmar, en relación con los estudios psicológicos sobre primera infancia, que allí ha desembarcado para replantear todas las discusiones, dado que buena parte de la tradición tenía por hecho consumado que la percepción, fuente de enlace entre el sujeto y el fenómeno, era en el nacimiento un caos incoordinado de datos unimodales separados. Por consiguiente, la multimodalidad, una estrategia evolutiva para la coordinación de inputs de diferentes fuentes y sustratos y ubicada en el comienzo de la vida humana, tenía por destino conmover las bases y obligar a una exigente, ineluctable revisión de las viejas premisas. Efecto de ello fue que la corporeidad ocupara una posición central en la investigación de los procesos cognitivos devenidos enactivos (esto es, anclados en el ser físico o biofísico, y ecológicamente coordinados con el medio), que el movimiento corporal se convirtiera de accesorio en principal, que las vocalizaciones y los gestos se volvieran blanco de atención como expresiones no tan solo precursoras, sino también predictoras de las futuras habilidades del niño gramatical, que el tiempo vivencial (no el físico-objetivo) ganara importancia y espesor, que el espacio inmediato y tridimensional fuera reconocido como un emergente de la experiencia del acoplamiento del cuerpo y su entorno, y que –por cierto al fin de esta enumeración, pero en verdad al comienzo de todo– la musicalidad presente en las interacciones adulto-bebé permitiera exhumar matices nunca sospechados en la primera intersubjetividad.

Tales perspectivas corporizadas impactaron fuertemente en los estudios sobre la comunicación humana, y provocaron la gradual revisión de algunos de los rasgos que se consideraban definitorios de la singularidad del lenguaje natural. Por una parte, los estudios sobre gestualidad modificaron drásticamente los enfoques ortodoxos basados en distinguir propiedades nucleares abstractas y amodales y la periferia perceptual-motora en la que ocurren las interacciones comunicativas. Bajo el mismo signo, la lingüística cognitiva, con su propuesta de comprender a la cognición conceptual en tanto estructurada como una metáfora conceptual anclada en la experiencia corporal, fortaleció un enfoque corporizado acerca de la estructuración de los conceptos. En la filosofía de la mente y en la psicología del desarrollo, la cognición social o atribución psicológica sufrió también un giro en el que las expresiones faciales, los rasgos expresivos del comportamiento y el papel de la percepción desplazaron la omnipresencia de los enfoques intelectualistas y fuertemente epistémicos que habían dominado la escena en aquellas dos áreas. Nombres y fechas para el conjunto de estas transformaciones se hallarán en los capítulos de este libro.


En “Los signos del cuerpo: enfoques multimodales de la mente y el lenguaje”, se reúnen los resultados de las investigaciones presentadas y discutidas en el Primer Encuentro sobre Gestos y Multimodalidad: Lenguaje, emociones y percepción, realizado en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, los días 2 y 3 de agosto de 2018. En dicho encuentro participaron investigadores que trabajan en distintos ámbitos disciplinares, tales como la filosofía de la mente y del lenguaje, la psicología cognitiva del desarrollo infantil, la lingüística cognitiva y comparada, desde una perspectiva teórica pero también interesados en las implicaciones y aplicaciones de distintos enfoques y resultados empíricos.

En “El lenguaje verbal también es icónico: correspondencias transmodales y simbolismo sonoro”, Carolina Scotto desarrolla un argumento empírico basado en la abundante evidencia en la literatura científica reciente que corrobora la ubicuidad y la importancia relativa en todos los lenguajes verbales del fenómeno icónico conocido como “simbolismo sonoro”. Este concluye que el lenguaje verbal no es solo (mayormente) arbitrario, sino también icónico. Analiza, además, cómo dicho fenómeno es una manifestación en el lenguaje de un fenómeno cognitivo más amplio, el que en la literatura neurocognitiva se conoce como “correspondencias transmodales”. Se trata de aquellas percepciones multisensoriales en las cuales estímulos o atributos de esos estímulos, aparentemente no relacionados entre sí, en diferentes modalidades y dimensiones sensoriales, producen una concordancia, conjunción o efecto de congruencia en el contenido de la experiencia. La vinculación entre el simbolismo sonoro y las correspondencias transmodales apoya la propuesta, defendida por la autora, de elaborar una caracterización radicalmente diferente del lenguaje natural de aquella que han ofrecido los enfoques ortodoxos, tanto en la lingüística como en la filosofía del lenguaje, más afín con los enfoques corporizados que con la perspectiva cognitivista clásica. Esta reformulación se basa en un argumento complementario del anterior: si el simbolismo sonoro, como un subtipo lingüístico de iconicidad, es una expresión del papel de las correspondencias transmodales en el lenguaje, entonces el lenguaje debería ser redescripto como un fenómeno semiótico heterogéneo y multimodal. Como consecuencia de ello, y dado que en el conocimiento y en el uso del lenguaje están involucradas dimensiones icónicas y multimodales, Scotto concluye que estos rasgos serán también relevantes para explicar una variedad de otros aspectos del lenguaje, tales como el aprendizaje y el procesamiento lingüístico, los usos comunicativos, los orígenes filogenéticos, el desarrollo ontogenético, el cambio lingüístico, entre otros. La reconfiguración del lenguaje que se propone es ejemplificada en este trabajo mediante el examen de algunas importantes comprobaciones empíricas que sugieren cuál podría ser el papel del simbolismo sonoro en un área específica, como es el aprendizaje temprano del lenguaje.

En “Señalar el tiempo: el gesto deíctico desde un enfoque multimodal del lenguaje”, Irene Audisio se ocupa de evaluar el papel de los gestos en relación con el lenguaje verbal humano. Actualmente se admite que los gestos son una parte integral del lenguaje, o que incluso forman un sistema unificado con el habla. Tanto en el origen del lenguaje como en los procesos comunicativos online, los gestos manuales muestran una relación dialéctica con las palabras de la que depende el significado de las expresiones. La autora se ocupa, en particular, del empleo de los gestos naturales deícticos, considerados básicos para la comunicación humana, examinando un uso específico del mismo gesto, aquel ejemplificado por su incorporación en la lengua general de la Amazonia, el nheengatú. En esta lengua, el gesto deíctico natural se une al empleo de palabras como un elemento constitutivo del sistema lingüístico. En efecto, se ha identificado un uso del movimiento gestual de señalamiento como indicación sistemática de tiempo, mientras que no existe en dicha lengua ningún recurso verbal específico alternativo que desempeñe la misma función semántica y gramatical. De ese modo, el gesto se convencionaliza y se integra a la gramática de la lengua al combinarse con palabras dentro de ciertas estructuras gramaticales, con el objeto de cumplir la función de referir a un momento del día o un transcurso de tiempo. Ello se logra combinando dos tipos semióticos diferentes: gestos y palabras, los que a su vez son vehiculizados en dos modalidades diferentes: la visual y la auditiva. El caso examinado obliga a reconsiderar la caracterización estándar del lenguaje verbal humano, redescribiéndolo, en el mismo sentido propuesto que en el trabajo de Scotto, como un sistema semiótico heterogéneo y multimodal. Sobre la base de la investigación realizada por Floyd, Audisio analiza el proceso de gramaticalización del gesto deíctico, porque no solo muestra cómo se puede producir la integración de distintas modalidades en los sistemas lingüísticos, sino porque, incluso, permitiría dar cuenta de cómo el lenguaje verbal, como parte del proceso online de comunicación, integra en su estructura gramatical y léxica, de manera no redundante, vehículos propios de la modalidad gestual.

En “Esquematicidad mimética en las metáforas multimodales: contribuciones a la teoría de la metáfora conceptual”, Carolina Mahler examina las ventajas de una propuesta específica acerca de las metáforas multimodales, en el marco de la teoría de la metáfora conceptual (TMC), elaborada por Lakoff y Johnson a partir de los años 80 del siglo pasado. Dicha propuesta indaga sobre la estructura de las metáforas conceptuales multimodales, vinculando la corporeidad y la multimodalidad en la experiencia, para dar cuenta de una estructura cognitiva muy básica, habitualmente denominada “dominio-fuente”, que se proyecta sobre otra, conocida como “dominio-destino”. Desde una perspectiva diacrónica, la autora defiende la idea de que, como dominio-fuente, los “esquemas miméticos”, y no los “esquemas de imagen”, pueden explicar apropiadamente la estructuración de las metáforas multimodales, dado que el pensamiento esquemático mimético posee un vínculo más directo con la diversidad de la experiencia sensorio-motriz y son cognitivamente más básicos en el desarrollo ontogenético. Esta propuesta fortalece, según muestra Mahler, el enfoque corporeizado que aporta la TMC para entender ciertas formas básicas de cognición humana, pero, además, podría reflejar mejor la presencia de formas de cognición multimodal en la temprana ontogenia, un fenómeno del que también dan cuenta las investigaciones en psicología del desarrollo y neurociencias cognitivas, así como los enfoques corporizados de la cognición, más allá de la TMC. De este modo, la propuesta amplía el alcance de las metáforas conceptuales desde el enfoque monomodal en el que recibieron su formulación clásica, hacia una perspectiva multimodal más amplia.

Laura Danón se ocupa de un tópico común a los estudios filosóficos y empíricos sobre el comportamiento humano no verbal y el comportamiento animal. En “Comportamientos expresivos naturales y contenidos mentales no proposicionales”, la autora se apoya en distintos trabajos de la filósofa Bar-On y colegas, quienes presentan un modo de interacción que puede tener lugar en criaturas carentes tanto de lenguaje como de pensamiento proposicional (en sentido pleno): la llamada “triangulación intermedia”. Quienes participan de este tipo de vínculo triangular con otro semejante y con un objeto del entorno común dan respuestas afectivas y comunicativas consistentes en la producción de comportamientos expresivos naturales. Tales comportamientos serían naturalmente diseñados para mostrar los estados psicológicos de quien los realiza a otros que estén dotados cognitivamente para reconocerlos. Bajo esta caracterización, los estados mentales que estas criaturas manifiestan mediante sus comportamientos expresivos son caracterizados por poseer contenidos no proposicionales. Danón evalúa de qué modo los autores mencionados consideran los contenidos no proposicionales que una criatura manifiesta mediante sus comportamientos expresivos y argumenta que son dos los posibles modos distintos de entender tal noción: como contenidos de objeto o como contenidos que representan estados de cosas, aunque ninguno de los dos llega a satisfacer todos los requerimientos de los contenidos proposicionales en sentido pleno. Planteada esta disyuntiva, examina cuál posición es más adecuada, y analiza, para ello, tres vías alternativas que estos autores podrían seguir: a) entender la totalidad de los contenidos que manifiestan los comportamientos expresivos como contenidos de objeto; b) entenderlos como contenidos que representan estados de cosas, pero no llegan a ser contenidos proposicionales plenos; o bien, c) adoptar un enfoque híbrido, de acuerdo con el cual los comportamientos expresivos pueden manifestar, en distintas ocasiones, tanto estados mentales con contenidos de objeto, como contenidos no proposicionales (en el sentido pleno del término) pero que aún versen sobre estados de cosas. Según sugiere la autora, esta última noción es la más adecuada si se quiere capturar el amplio espectro de conductas y capacidades cognitivas presentes en distintas criaturas sin lenguaje.

En “Algunas reflexiones en torno a las otras mentes”, Daniel Kalpokas presenta algunas observaciones acerca del problema del conocimiento de las otras mentes. Tales observaciones, aclara Kalpokas, se sitúan en el nivel personal de análisis, y conciernen al problema epistemológico de cómo, a partir de las conductas expresivas de los otros, logramos conocer sus estados mentales. Después de presentar un argumento, basado en la fenomenología de la experiencia perceptiva, a favor de la tesis de que, al menos en ocasiones, podemos percibir los estados mentales ajenos, Kalpokas hace una propuesta acerca de cómo podría ser entendida dicha tesis. Esta propuesta se articula sobre la base de dos tesis: una acerca de las conductas expresivas de los agentes, y otra acerca de la percepción de los estados mentales ajenos. En primer lugar, sugiere que entendamos las conductas expresivas que los otros realizan sin intención comunicativa como que significan naturalmente sus estados mentales correspondientes. Puesto que, según se suele entender, el significado natural es factivo, si x (cierta conducta) significa naturalmente p (cierto estado mental), entonces x implica p. Así, si una persona se comporta de un modo que significa naturalmente cierto estado mental, entonces podemos estar seguros de que tal persona está en tal estado mental. La idea principal es que percibir ciertos comportamientos como que expresan tal y cual estado mental es percibirlos como que significan naturalmente tal y cual estado mental. El conocimiento de trasfondo de que tales y cuales comportamientos significan naturalmente tales y cuales estados mentales es lo que, penetración cognitiva mediante, explica la fenomenología de la experiencia cuando experimentamos las conductas de los otros en cuanto expresan dichos estados. La segunda tesis, que retoma una línea conocida en filosofía de la percepción, sostiene que esta es una función de las expectativas que típicamente nos formamos cuando percibimos un objeto desde cierta perspectiva y en ciertas condiciones ambientales. Dichas expectativas conciernen a cómo esperamos que se nos aparezca un objeto en caso de que cambiemos de posición respecto a él. En la percepción encontramos tanto lo directamente presentado (la cara del frente de un objeto, por ejemplo) como lo copresentado (la cara posterior del objeto). En el caso de las conductas expresivas, los comportamientos directamente percibidos copresentan otros comportamientos que son constitutivos, en cada caso, de los tipos de eventos que son. El capítulo cierra respondiendo algunas posibles objeciones a esta propuesta.

En “Percepción dinámica de expresiones faciales y atribución de emociones”, Zoé Sánchez Barbieri argumenta a favor de considerar la dinámica del comportamiento expresivo como un factor esencial para explicar la habilidad para reconocer emociones. La autora examina cómo la detección por parte del intérprete del despliegue secuencial de expresiones faciales y corporales de un individuo le permite identificar de manera apropiada el tipo de estado emocional que experimenta el individuo y posibilita, más básicamente, que el intérprete pueda distinguir las emociones de otro tipo de estados psicológicos. A fin de alcanzar el objetivo propuesto, la autora sigue los siguientes pasos en su examen: en primer lugar, caracteriza brevemente algunas metodologías usuales que los psicólogos cognitivos han utilizado para evaluar el reconocimiento de emociones, basadas en imágenes estáticas captadas mediante fotografías de distintas expresiones faciales características. Luego, identifica las dificultades más importantes que derivan de los protocolos realizados con este tipo de estudios con imágenes, principalmente aquellas basadas en la evaluación desprovista de contexto de las expresiones faciales y corporales. Sánchez Barbieri señala la importancia de tomar en cuenta distintos elementos contextuales como elementos fundamentales para explicar nuestra habilidad para reconocer emociones. Por último, examina la dinámica de las expresiones faciales y la distinción proceso-producto aplicada a estos fenómenos expresivos, subrayando cómo el registro del proceso emocional, por parte del intérprete, tiene una importancia fundamental para dar cuenta del reconocimiento de emociones en nuestras interacciones cotidianas. La combinación de los rasgos dinámicos y los factores contextuales, los que a su vez ponen de relieve el papel de los contextos interactivos en los que tiene lugar –regularmente– el reconocimiento de emociones, abona una perspectiva interaccionista de la atribución intencional, al menos para los casos más básicos.

El conjunto restante de los trabajos recoge resultados de sendas investigaciones empíricas relacionadas con las interacciones tempranas en general, el reconocimiento de emociones, la recíproca influencia entre la percepción de propiedades amodales y formas de vínculo adulto-bebé en el desarrollo de las habilidades semióticas. Algunos de los textos se concentran en la discusión teórica de tópicos como el innatismo o el modularismo de ciertas competencias psicológicas de la primera infancia, otros apuntan a un enlace con el campo clínico y el pedagógico.

En “Desarrollo semiótico, multimodalidad y cuerpo”, Fernando G. Rodríguez se propone, recapitulando algunos puntos ciegos de la versión modular-innatista del lenguaje, revisar la serie de los hitos del desarrollo sociocognitivo de la primera infancia, particularmente aquellos que atañen a la ontogénesis de las habilidades expresivo-comunicativas, considerando en detalle la condición del gesto como primer signo de realización deliberada en el sujeto humano y su ulterior (en realidad, casi contemporánea) relación de acoplamiento con la palabra. Los progresos de la semiosis infantil son presentados desde una perspectiva que entiende las competencias de interacción en general, tanto las asociadas con la intersubjetividad primaria como las que normalmente se han reconocido decisivas de la secundaria, no solo en cuanto precursoras, sino en calidad de factores determinantes en el ingreso del niño al mundo de la significación intencionada. Esta es asumida como el desenlace de la conjunción de muy distintas destrezas antecedentes, de modo especial las vinculadas al uso del cuerpo y a la gesticulación. De modo particular, el texto se concentra en las contribuciones específicas de los gestos de tipo representacional al desarrollo comunicativo del sujeto. Aunque este gesto constituye una categoría habitual en la investigación empírica, no es por lo regular considerado en el nivel teórico, desde una perspectiva de conjunto donde las distintas estrategias y recursos comunicativos del niño pequeño constituyen de hecho un elenco integral multivariado. Precisamente, dentro de la cartografía de la semiosis del sujeto, los gestos representacionales se dejan reconocer como signos irreductibles, en su forma y su materia, a otros tipos de gestos y a la verbalización. En la interfaz entre el mundo referencial (esto es, el mundo pasible de ser significado) y el cuerpo como instrumento, capaz de escenificar o modelar la realidad de los objetos, los gestos representacionales implican un recorte o selección del cuadro perceptivo, y luego una expresión, exteriorización isomórficamente elaborada. El gesto de esta clase supone, por tanto, la variante sígnica en que la plasticidad mimética del cuerpo alcanzaría el punto más alto de iconicidad multimodal que puede registrarse en los actos de significación humana. El recorrido pretende acentuar la máxima importancia que reviste la reintroducción de la corporeidad en los estudios sobre el desarrollo semiótico en sentido lato, y de un modo concreto en los estudios sobre las primeras fases del lenguaje concebido como actividad (enérgeia).

En “Desarrollo intersubjetivo y perceptivo: el ritmo como ejemplo de su enlace durante el primer año de vida”, Mauricio Martínez discute el tránsito desde la intersubjetividad primaria a la secundaria (revolución del noveno mes) señalando que la mayoría de las teorías que abordan este pasaje se excusan con elegancia de dar una explicación de él, e invariablemente aluden a cierto salto cualitativo. Advierte, sin embargo, que a lo largo del primer año de vida el niño experimenta, sobre todo, cambios paulatinos en los modos de su interacción. Según su tesis:

Si asumimos que existe un vínculo entre la percepción intersensorial y el desarrollo intersubjetivo, resultaría plausible interpretar que los cambios en la conducta del bebé se encuentren, de algún modo, sustentados por cambios en sus capacidades perceptivas. Ahora bien, […] ¿qué clase de información percibe el bebé durante los intercambios?, [y] ¿qué clase de relación debemos establecer entre el desarrollo de ambas capacidades?

La clave propuesta para cruzar ambas competencias, una cognición fría y otra templada en el calor del intercambio socioemocional, reside en una de las facetas de la musicalidad comunicativa, a saber, el ritmo, donde el autor cree hallar el hilo conductor que atraviesa una serie de modificaciones en las pautas perceptivo-relacionales del bebé. Mes a mes puede rastrearse la evolución de la conducta infantil frente a los modelados rítmicos multimodales del adulto. Dicho con una fórmula: el involucramiento del bebé en la interacción diádica primaria permitiría el desarrollo de su percepción intersensorial y, dialécticamente, esta iría modelando las formas de su socialidad en un marco ascendente, espiralado, de recíproco apuntalamiento. La indicación es de primera relevancia, ya que pretende llenar el espacio entre intersubjetividad primaria y secundaria desde una psicología del desarrollo de estricto sentido empírico, sin echar mano al recurso habitual de suponer, a esta temprana edad, dispositivos de carácter dado y ya acabados al momento de nacer.

En “Competencia social y reconocimiento de emociones a partir de expresiones faciales y lenguaje corporal en sujetos del espectro autista. Plataformas virtuales como apoyo a la experiencia”, Xilenia Carreras examina el reconocimiento, la transmisión y la comunicación de estados emocionales a partir del lenguaje corporal y la “lectura” de las expresiones faciales en sujetos afectados por la condición del espectro autista (CEA). Sobre la base de un modelo corporizado de la cognición social, que busca explicar de qué modo los niños con desarrollo típico consiguen reconocer emociones y comunicarse eficazmente con otros, la autora analiza algunos de los déficits en la interacción social que caracterizan a los sujetos con CEA, que consisten en alteraciones clínicamente significativas en la interacción social y la comunicación, y que se manifiestan mediante patrones restrictivos o repetitivos del comportamiento, los intereses o las actividades. A partir del marco teórico escogido, la autora se propone evaluar algunos de los usos, ventajas y limitaciones derivados del empleo de plataformas virtuales para la enseñanza y el entrenamiento de habilidades socioemocionales, considerando experiencias y desarrollos específicos. Como consecuencia de ello, finalmente, realiza algunas sugerencias para el diseño y el empleo de plataformas virtuales que pueden servir de soporte para enriquecer la experiencia social en estos casos, tanto en contextos clínicos como educativos.

El trabajo “Gestos y palabras. Los gestos de maestras y alumnos durante la enseñanza de vocabulario” de Alejandra Menti está dedicado al análisis de la función que cumplen los gestos de docentes y alumnos durante el aprendizaje de vocabulario específico, no familiar o poco frecuente, en clases de Ciencias Sociales en la escuela primaria. Se trata de una investigación empírica, realizada en el ámbito de las escuelas públicas primarias de Córdoba (Argentina), para la cual se adoptó una metodología mixta que combina de modo secuencial una fase cualitativa y otra cuantitativa. Los resultados del análisis cualitativo pusieron de manifiesto que tanto las maestras como los niños emiten gestos con cuatro distintas funciones: ampliar o reforzar la información que expresan verbalmente, cubrir el vacío lingüístico, manifestar comprensión compartida y enfatizar aspectos de sus intervenciones. Los alumnos se valen especialmente de gestos icónicos ante dificultades en la recuperación del léxico técnico apropiado, mientras que los docentes utilizan estos mismos gestos para favorecer fáticamente la interacción y consolidar el concepto en el niño, si su gesto hubiera sido conceptualmente atinado. El análisis cuantitativo mostró que los interlocutores –docentes y alumnos– privilegian el empleo de gestos destinados a ampliar o reforzar la información que proporcionan verbalmente. La investigación pone de manifiesto que el aprendizaje de vocabulario conceptual no depende exclusivamente del discurso verbal, de la cantidad, diversidad o complejidad de los términos del léxico, sino del aporte en simultáneo de la gesticulación, sugiriendo que, como en otros campos, también en el espacio de la educación el gesto cumple un rol central, permitiendo, a los docentes, optimizar la transmisión de contenidos y, a los alumnos, consolidar el proceso de incorporación de conceptos. Este texto, ya publicado previamente, constituye el informe final de una investigación concluida y un valioso reflejo de cómo se estudia empíricamente la presencia del gesto en un espacio práctico, en este caso la escuela, habilitado entonces como herramienta fecunda para repensar las coordenadas básicas de la transmisión de conocimientos.


Los trabajos reunidos se ubican en una posición que comprende la mente de forma no restringida a la computación de símbolos abstractos. Al contrario, desde el trabajo empírico y desde la evaluación teórica, defienden por igual la primera necesidad de entender que otros aspectos deben integrarse a la investigación sobre la mente y la comprensión de otras mentes, superando la oposición yo-otro, desentendida de los puntos de encuentro inmediato que enlazan las subjetividades. Estos puntos de encuentro precognitivos (si reducimos falsamente los procesos cognitivos a procedimientos de tipo informático, según la metáfora del pensamiento como un algoritmo de suprema densidad) tienen su espacio en la corporeidad, plasmada en el rostro, en la expresión facial, en manifestaciones espontáneas o deliberadas de emociones, en la gestualidad, en las habilidades perceptivas. De ese modo, tendríamos acceso a un otro que no sería todavía, en los comienzos de la interacción diádica con semejantes, un otro basado en atribuciones mentalistas, con una mente interior, sino una alteridad plena y sin doble fondo, sin desdoblamiento entre fenomenidad patente y un lado de atrás solo indirectamente penetrable. La reivindicación del cuerpo como parte esencial de los problemas referidos a la condición humana en su nivel más básico parece, a la luz del que ha sido llamado “giro corporal”, una demanda generalizada ante el agotamiento de una perspectiva para la que no hay que confundir limitaciones con falta de méritos. La cuantiosa contribución del cognitivismo mentalista, por espacio de más de medio siglo, ha dado así su mejor fruto desde el ángulo particular en que se había ubicado, y ahora se mueve, transformado, hacia una posición desde la que el objeto le revela aristas previamente ocultas. Pero inclusive el lado oculto de la Luna se descubre en cuanto nos desplazamos, y es justamente de ello, de movimiento, de lo que se trata. De cómo variables como el movimiento, que es movimiento corporal en el espacio y en el tiempo, condicionan nuestra percepción y posterior conocimiento del objeto.



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