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2 Señalar el tiempo

El gesto deíctico desde un enfoque multimodal del lenguaje

Irene Audisio (CIFFyH – UNC)

1. Gestos y palabras

Durante décadas, en las líneas de investigación más difundidas acerca del lenguaje, los gestos fueron dejados de lado. Recordemos, por ejemplo, la hipótesis de los orígenes del lenguaje en las vocalizaciones de los primates no humanos, que parecieron asumir que la genealogía del lenguaje debía restringirse a una historia de las vocalizaciones, y el lenguaje mismo, a un sistema vocal (Seyfarth, 1987; Snowdon, Brown y Petersen, 1982). Por otra parte, desde la perspectiva que introdujeron los enfoques pragmáticos del lenguaje, si bien se integró el estudio de los gestos, se los desplazó a un papel contextual y claramente desligado de las funciones plenamente lingüísticas (McNeill, 1985; 2005).

A partir de desarrollos lingüísticos, psicológicos, etológicos y filosóficos más recientes (Goldin-Meadow, 2003; McNeill, 2005; Tomasello, 2008), el foco de las investigaciones se dirige a los gestos, atribuyéndoles incluso un rol constitutivo del lenguaje mismo, al equipararlos con los componentes verbales y ponerlos en una relación dialéctica de coexpresividad. El lenguaje es definido en esta dialéctica entre imagen y habla (image-speech). Se piensa en una sincronía de esos dos tipos semióticos diversos en la que se basa su coexpresividad. Los gestos proveen las imágenes, y, en la tensión dialéctica entre esos modos diversos, gestual y vocal, se dinamiza el habla e incluso el pensamiento. En este marco multimodal, la gestualidad es un componente que integra el lenguaje y no un mero acompañante modulador.

Siguiendo esta dirección, a partir de las caracterizaciones que ofrece McNeill (1992) sobre el rol activo de los gestos en el lenguaje y la dialéctica gesto-palabra, nos proponemos estudiar un caso clave que brinda evidencia a favor de este enfoque.

Entre los gestos estudiados hay un tipo que nos interesa analizar aquí por su relevancia en relación con los orígenes filogenéticos y ontogenéticos del lenguaje. El tipo fundamental de gesto que cumple la función de acto comunicativo completo es el gesto para orientar la atención o gesto deíctico, cuyo prototipo es el acto de señalar (Kita, 2003; Tomasello, 2008). El señalamiento tiene una importancia clave en el desarrollo de la comunicación y, por lo tanto, del lenguaje. Encarna el modo más simple de intencionalidad compartida, ya que presupone una actividad interpersonal. Mediante un movimiento se logra captar la mirada del otro y dirigirla hacia el objeto del entorno inmediato sobre el cual se desea llamar la atención. Este acto de referencia tiene como propósito conseguir que el receptor infiera la intención social del comunicador, es decir, lo que quiere que haga, sienta o piense (Tomasello, 2008, p. 54). Inferir la intención social requiere la capacidad cognitiva de averiguar por qué se ha realizado ese acto referencial y qué pretende el comunicador del receptor. Esta labor cognitiva es propia de la interpretación que requiere el gesto deíctico pleno. Este carácter claramente comunicativo fue apareciendo y complejizándose evolutivamente, se presenta desde los primates hasta los humanos, incorporando cada vez grados más complejos de intencionalidad.

En el caso del señalamiento humano, las tres funciones que cumple el gesto deíctico sientan las bases de la comunicación. Se usa para compartir, informar y pedir: “[…] las tres actitudes implican de una manera u otra los móviles cooperativos de ayudar y compartir, que son los tipos principales de motivación subyacente en la intencionalidad compartida” (Tomasello, 2008, p. 97).

La importancia teórica del señalamiento ha sido usualmente abordada tanto desde los puntos de vista evolutivo filogenético como del desarrollo. En ese marco, se lo ha identificado como un antecedente ineludible del lenguaje humano (Kita, 2003; Tomasello, 2008; McNeill, 2005; Arbib, 2012). Ahora bien, si pudiera mostrarse que al menos en algunas lenguas este tipo de gestos desempeña una función lingüística estructural, entonces no solo tendría relevancia para explicar los antecedentes evolutivos del lenguaje humano o las primeras herramientas para su aprendizaje. En este trabajo, nos interesa examinar un caso contemporáneo de empleo del gesto deíctico en una lengua amazónica, porque muestra que un gesto natural es convencionalizado, a partir de lo cual comienza a formar parte de la gramática de esta lengua. Tomar un caso claro en el que un gesto natural adquiere carácter gramatical combinado con las expresiones verbales en un uso compartido por una comunidad lingüística es relevante porque puede proporcionarnos buenas razones para estudiar el lenguaje desde una perspectiva multimodal que incluya el componente gestual/visual en una relación dialéctica con la modalidad oral/auditiva.

La sistematización y estandarización de gestos en una lengua ha sido mayormente estudiada en las lenguas de señas de comunidades sordas. En esos casos, la modalidad visual es el vehículo de la codificación de los elementos lingüísticos convencionalizados. Más allá de la incorporación semántica de los gestos en las lenguas en general, aquí el desafío es analizar la gramaticalización de acciones corporales visuales de los hablantes de esta lengua verbal, mostrando cómo un gesto se incorpora a la sintaxis y estructura gramatical de la lengua. En general, estas prácticas no son descriptas en términos lingüísticos plenos, o se ponen en conexión con la oralidad en términos semánticos. Esto nos conduce a preguntarnos si es plausible pensar en un modelo modalmente híbrido del lenguaje, no solo para este uso particular de un gesto natural, sino un modelo general que modifique nuestra caracterización del lenguaje, incluyendo como componentes genuinos tanto signos vocales como signos manuales. Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado en el caso de la creación de lenguas de señas a partir de gestos espontáneos no convencionales, no así en las lenguas verbales (Perniss, Öyzurek y Morgan, 2015).

2. El gesto deíctico como gesto natural

De entre los abordajes evolutivos del lenguaje que hacen foco en los gestos como precursores, el de Tomasello (2008) pone mayor acento en el gesto de señalamiento. En una perspectiva poco común, que considera que la comunicación no lingüística precede y explica la aparición y uso del lenguaje (codificado) y no al revés, rastrea el origen de la comunicación humana hasta los gestos naturales. Por otra parte, para nuestro trabajo, la perspectiva de Tomasello se vuelve relevante también porque, desde su punto de partida comunicacional, articula de modo complementario los procesos evolutivos con los histórico-culturales. Para explicar el origen de la infraestructura psicológica subyacente a la comunicación humana (que para Tomasello es claramente cooperativa, lo que la hace exclusiva de la especie), es necesario recurrir a explicaciones en términos biológico-evolutivos. Sin embargo, con este tipo de búsqueda no alcanza. Para explicar el origen de las lenguas convencionales también es necesario conjeturar procesos histórico-culturales mediante los cuales determinadas formas lingüísticas se convencionalizaron en ciertas comunidades de habla, de manera que generaron secuencias de esas formas lingüísticas que se transformaron en construcciones gramaticales. A esto se suma la hipótesis según la cual esas convenciones y construcciones se transmitieron generacionalmente mediante el aprendizaje cultural.

Esta complementación de la historia evolutiva con la historia cultural abre el horizonte para incorporar casos como el deíctico en el nheengatú, un caso proveniente de una cultura contemporánea diversa a la nuestra y en la cual, como esperamos mostrar, los rasgos multimodales del lenguaje se hacen más evidentes.

Como señala Tomasello, sabemos que evolutivamente habría sido imposible saltar de las vocalizaciones o los gestos de los grandes simios a las convenciones lingüísticas arbitrarias, sin pasar por una etapa intermedia de gestos humanos cooperativos no convencionales que portaran significado naturalmente y que pudieran servir como una suerte de cimiento natural para el desarrollo posterior de lenguas codificadas, convencionalizadas. Los gestos constituyen ese lugar para rastrear el origen filogenético del lenguaje. Para esto, se consideran algunos que funcionan como “señales gestuales”, es decir, como comportamientos comunicativos perceptibles en la modalidad visual. Ahora bien, mientras que las vocalizaciones de los primates, según estudios de Tomasello y colaboradores, son rígidas, innatas y solo sirven para expresar, pero no tienen intención comunicativa, la comunicación gestual ya presente en los simios, en cambio, comparte con la humana aspectos fundamentales de su funcionamiento, tales como la intencionalidad y el uso flexible de señales comunicativas aprendidas. De este modo, según Tomasello y colaboradores, a la hora de explicar los orígenes filogenéticos del lenguaje vocal humano deberíamos recurrir a los gestos, concentrándonos en la modalidad visual más que en la modalidad vocal.

A diferencia de otras hipótesis filogenéticas y ontogenéticas, como las de McNeill (2012) y Arbib (2012), que sugieren un itinerario evolutivo que iría desde la pantomima y la gesticulación hasta llegar a un protolenguaje de señas, las investigaciones de Tomasello (2008) apuntan a los gestos, que no acompañan ni sustituyen expresiones verbales, sino que son actos comunicativos plenos por sí mismos. Especialmente en dos tipos que usamos para referir a algo, y que evolutivamente alcanzan formas complejas de comunicación específicamente humanas: deícticos e icónicos. Estos dos tipos aparecen claramente diferenciados en los trabajos de Tomasello.

Los deícticos son aquellos gestos que hacemos para guiar en el espacio la atención de un receptor, hacia algo ubicado en el entorno perceptual inmediato (Kita, 2003; Tomasello, 2008). Los gestos icónicos, en cambio, son las acciones que buscan orientar la imaginación de un receptor hacia algo que, por lo general, no está en el entorno perceptual inmediato, lo que se consigue con ciertos comportamientos, tales como simular una acción, una relación o la forma de un objeto. Es decir, representan cosas reales, pero en su ausencia. Ambos se consideran gestos naturales, son simples y espontáneos y, aunque muy básicos, son de uso frecuente y comunican con gran éxito.

3. De los gestos naturales a las lenguas convencionales

Los gestos naturales poseen gran potencialidad comunicativa. Tanto los deícticos como los icónicos buscan orientar la atención del receptor o su imaginación hacia algo determinado, constituyen actos de referencia que se proponen conseguir que el receptor infiera la intención social del comunicador, es decir, lo que este quiere que el receptor haga, sepa o sienta. Es por ello por lo que pueden considerarse las formas básicas más rudimentarias de la comunicación lingüística humana. Aparecen tempranamente y configuran las formas primitivas de comunicación tanto en primates como en niños prelingüísticos.

La cuestión que se plantea, entonces, es cómo se pasa de modos de comunicación “naturales”, simples y espontáneos a los modos “convencionales” que se estandarizan y sistematizan en una gramática propia de cada lengua.

Según Tomasello, la comunicación convencional solo es posible cuando los participantes tienen previamente a su disposición gestos naturales, pero, sobre todo, cuando existe una infraestructura de intencionalidad compartida vinculada con ellos, y habilidades para el aprendizaje cultural y la imitación que les permitan crear y transmitir convenciones comunicativas que se comprendan colectivamente. La infraestructura de intencionalidad compartida (que Searle denominó “we intentionality”) es considerada por Tomasello la estructura psicológica que subyace a la cooperación; refiere a la condición para participar en algunas formas de colaboración humana “que implican un sujeto plural, un ‘nosotros’: intenciones conjuntas, conocimientos mutuamente compartidos, creencias también compartidas, que ocurren dentro de un contexto de móviles cooperativos diversos” (Tomasello, 2008, p. 17). Puede tratarse de acciones más o menos simples, desde, por ejemplo, proponerse construir juntos una herramienta o dar juntos una caminata, hasta la comunicación humana que es netamente cooperativa.

La intencionalidad compartida estaría en la base, entonces, de toda comunicación, incluso de la convencional. De este modo, la comunicación se definiría como una actividad conjunta en la cual el comunicador se esfuerza en brindar información del modo más claro posible sobre el referente; al mismo tiempo, el receptor intenta reconocer la intención social del comunicador. En el mismo sentido, cuando consideramos los móviles comunicativos más básicos, advertimos que, en los gestos naturales o las lenguas codificadas, los móviles comunicativos son los mismos; desde este punto de vista, no habría una diferencia cualitativa. En ambos casos, los móviles son pedir, informar y compartir.

Siguiendo la caracterización de Tomasello, “pedir” expresa la intención de que otro haga algo para ayudar a quien inicia la comunicación o de que brinde la información que necesita; “informar” conlleva la intención de que el otro sepa que se cree que la información le ayudará o le interesará; “compartir”, en cambio, manifiesta la intención de que el otro sienta algo de modo que los dos puedan experimentar sentimientos en común. El hecho de considerar que estos fines básicos son comunes tanto a la comunicación gestual natural como a las lenguas codificadas apoya la tesis de que las convenciones lingüísticas arbitrarias solo habrían podido surgir en el curso de la evolución en el contexto de actividades de colaboración, en las cuales los participantes ya compartieran las intenciones y la atención, actividades que estaban coordinadas por formas naturales de comunicación gestual.

En este esquema comunicacional, el señalamiento y la mímica humanos sucedieron a los gestos de los simios cuando surgió la cooperación considerada exclusiva de la especie humana. El acto de señalar tiene su origen en la tendencia natural de los seres humanos a seguir la dirección de la mirada ajena hacia objetos externos, y la mímica está vinculada con la tendencia a interpretar que las acciones de otros son intencionales. Así, por ser naturales, los gestos son considerados intermediarios entre la comunicación de los simios y las convenciones lingüísticas humanas. Es plausible pensar que los lenguajes convencionales (primero de señas y luego vocales) se fueron montando sobre los gestos que ya se comprendían y luego reemplazaron el señalamiento y la mímica por una historia de aprendizaje social compartido. Ese proceso fue posible gracias a las aptitudes humanas para el aprendizaje cultural y la imitación, que habrían permitido a los individuos aprender de otros y reconocer sus estados intencionales. En algún tramo de esta trayectoria evolutiva, los seres humanos comenzaron a crear y transmitir, a través de la cultura, diversas convenciones gramaticales, organizadas en complejas construcciones, que codificaban expresiones lingüísticas utilizables de modo repetible en situaciones comunicativas.

Esto nos plantea una cuestión. Los gestos naturales deícticos, que caracterizamos como espontáneos y simples, contienen mínima información en sí mismos, comparados con los elementos de los lenguajes humanos convencionales, mucha menos información que los gestos icónicos, e incluso que los elementos de las lenguas de señas. Parecen, por ello, dispositivos de comunicación muy endebles. Cabe preguntarse, entonces, cómo pueden llegar a ser plenamente comunicativos, o, de modo más específico, cómo es que algo tan simple como un dedo extendido puede comunicar información tan compleja y, además, hacerlo de manera tan distinta en ocasiones diferentes.

Como ya mencionamos, la comunicación que establece este gesto tan simple dependerá fundamentalmente del terreno conceptual común y del marco atencional conjunto del comunicador y el receptor en ese momento. Tanto los gestos espontáneos como la comunicación gramaticalizada dependen de la misma infraestructura de intencionalidad compartida. Pero, además de ese background psicológico evolutivo, en algunos casos, puede desarrollarse una justificación de orden cultural. Para mostrar un caso en el que el deíctico adquiere un uso convencionalizado particular en una comunidad de habla amazónica, abordaremos el caso de la lengua nheengatú, perteneciente a las tupí-guaraní.

4. Multimodalidad y gramaticalización del deíctico: el caso nheengatú

En este apartado analizaremos un caso de un uso particular del deíctico en la lengua nheengatú, estudiado en el artículo de Floyd “Modality hybrid grammar? Celestial pointing for time-of-day reference in Nheengatú” (2016). Esta investigación ofrece un estudio de caso de una práctica corporal de comunicación en la modalidad visual, usada por hablantes de la lengua indígena brasilera nheengatú, una de las lenguas de la familia tupí-guaraní, para hacer referencias de tiempo integrando el gesto con el lenguaje verbal. Los hablantes de esa lengua señalan “la posición del sol” para indicar un momento del día y recorren con el gesto deíctico una trayectoria del arco solar imaginario para señalar duración del tiempo.

Según Floyd, en el uso del gesto de esta comunidad se puede observar que las referencias temporales de esta lengua se basan en el carácter indexical de la acción de señalar, tipo fundamental de gesto humano que cumple la función de acto comunicativo completo y que está presente bajo diferentes formas en todas las sociedades humanas. Floyd aplica a este caso la descripción del gesto de señalamiento que Kita (2003) ha propuesto. Según esta, la función básica del señalar es interpersonal, ya que este gesto tiene la particular intención de orientar la atención del otro hacia algo. Es posible inferir la intención social del gesto. Para ello es necesario averiguar por qué se ha realizado ese acto referencial y qué pretende el comunicador del receptor. Por lo tanto, cada forma de este gesto incluye dos aspectos: una intención referencial (prestar atención a un objeto del entorno), más una intención social. Floyd (2016) y Kita (2003) identifican los gestos deícticos como aquellos movimientos comunicativos que orientan la atención del receptor en el espacio (intención social) y la centran en algún lugar del entorno perceptual inmediato (intención referencial).

Para analizar este uso del gesto de señalamiento para hacer referencias temporales conviene partir de un ejemplo. Floyd considera el relato de un cuento tradicional por parte de un hablante nativo y la traducción que realiza un intérprete del nheengatú al portugués para el investigador. El hablante relata un cuento en el que unos niños son transformados en aves durante la noche y luego son observados por hombres que llegan al día siguiente. En el ejemplo, el verbo “llegan” es modificado por la frase adverbial “en la mañana cuando el sol está aquí”. Alineado con la palabra “aquí”, el hablante apunta (y alinea su mirada también) al oeste a 65 grados de altitud, aproximadamente, al lugar donde el sol debería estar a las 11 a. m.

En este relato, aparece el señalamiento manual funcionando claramente como una acción comunicativa plena. La descripción de este momento se vuelve doblemente llamativa cuando el ayudante del investigador traduce la hora como “11 en punto” (en portugués). Cuando el investigador le pregunta al ayudante sobre cómo supo la hora, dado que el nativo no la había mencionado, el traductor le contesta que el hablante “dijo” la hora señalando esa posición en el cielo. En ese sentido, el traductor asume el significado de la frase combinando tanto los elementos verbales como el gesto que señala la posición habitual del sol a esa hora. Esta traducción constituye una muestra clara de la comprensión del significado de la expresión en clave multimodal.

En este uso del gesto de señalar, emergen dos aspectos que me interesa analizar. Por un lado, aparece un ejemplo claro de multimodalidad lingüística. El gesto de modalidad visual es convencionalizado y combinado con las expresiones verbales, de modalidad auditiva, como un elemento más de la oración. Las oraciones que marcan momentos o períodos temporales combinan palabras con el gesto de señalar. Para señalar un momento preciso o cierto período de tiempo, no se utilizan palabras, sino que el brazo se alza hacia el lugar que el sol ocuparía en el arco celeste en el momento que se quiere indicar. Esta combinación de gesto y palabra es rápidamente traducida por el intérprete como una hora puntual y reconocida como un enunciado. Es importante mencionar que esta lengua no tiene mark tenses, la marca explícita de los tiempos verbales. Las referencias explícitas de tiempo son realizadas a través de modificadores adverbiales y no de marcas de tiempo verbales. Los hablantes de la comunidad nheengatú complementan palabras que funcionan como adverbios mediante un movimiento corporal de modalidad visual.

Por otro lado, este uso del señalamiento saca a la luz una de las vías por las cuales un gesto natural, espontáneo, básico, es convencionalizado en un proceso que adjudica al gesto una función gramatical estable y estandarizada. Este punto es particularmente importante para analizar uno de los procesos culturales –no solo evolutivos– por los cuales los gestos adquieren carácter plenamente lingüístico.

Según el autor, la gramaticalización del gesto necesita como paso previo la convencionalización de un gesto en origen natural. Esta gramaticalización no sería explicable si no tenemos en cuenta que esta lengua es multimodal.

La gramaticalidad de este uso del señalamiento es el resultado de la estandarización del gesto, logrado gracias a la multimodalidad en la combinación de elementos visuales y auditivos y la emergencia de un único significado entre ambas modalidades –aspecto directamente vinculado con el anterior–.

Veamos cada uno de estos indicios de gramaticalidad:

  • Estandarización del gesto: todos los miembros de la comunidad llevan a cabo el gesto del mismo modo, respetando los mismos ángulos, sin importar el lugar donde se encuentren, ni la visibilidad del sol.
  • Multimodalidad visual-auditiva: los hablantes nativos combinan la modalidad manual-visual del gesto con una frase de modalidad vocal-auditiva.
  • Un único significado emergente: de esa combinación, no resulta una yuxtaposición o redundancia de significados, sino un único contenido semántico. La unidad resultante condensa el significado lingüístico en esta combinación de dos modalidades, auditiva y visual.

Aquí nos parece de gran potencia explicativa la teoría de McNeill (2005) que propuso el concepto de growth point. Según este autor, el gesto es un componente que integra el lenguaje y no un mero acompañante. El gesto se sincroniza con el habla y se vuelven coexpresivos. El lenguaje mismo es definido en la dialéctica entre imagen y habla (image-speech). Ambos componentes, gestuales y verbales, constituyen modos semióticamente diferentes y hasta opuestos. Mientras los gestos están ligados a la imagen, son globales, sintéticos, aditivos, instantáneos; el habla es composicional, analítica, combinatoria y lineal. Este carácter dual genera una tensión dialéctica entre los dos modos, una combinación inestable que busca resolución. Esta tensión impulsa el pensamiento al acto de habla, a la formulación de una expresión lingüística. La sincronización entre ambos establece una combinación de modos opuestos que se intersectan en un punto (growth point) en el que expresan la misma unidad-idea. Es decir, no tenemos lenguaje verbal, expresión lingüística sin un componente del modo gestual/imagen. Ambas dimensiones son necesarias para el estudio de esta lengua. La unidad dialéctica inestable que generan ambos componentes muestra la dimensión dinámica del lenguaje, enfocado multimodalmente, como un proceso en contexto y en tiempo real. Los gestos proveen las imágenes y la tensión dialéctica misma impulsa el ulterior decurso del habla y el pensamiento. Esa dialéctica muestra una sincronización sistemática en puntos de máxima fuerza discursiva al momento de hablar, donde ambas modalidades expresan significados compartidos subyacentes pero no redundantes, y así se genera un mayor dinamismo comunicativo. En este caso, aunque ocurren simultáneamente, el significado aportado por la modalidad visual no está presente en la modalidad auditiva.

Otro ejemplo ilustrativo con el que se identifica cómo opera el gesto de señalamiento temporal de la comunidad combinado con emisiones lingüísticas, y cómo es incorporado en un registro gramatical, es el relato de la fabricación de harina de mandioca que dura tres días. En el relato reconstruido por Floyd (2016), pueden aparecer simultáneamente con indicaciones temporales visuales tres tipos de elementos verbales:

  1. Vocalizaciones deícticas que requieren referentes indexicales provistos por el señalamiento al cielo: “Cuando el sol está allí” (significando “A las 11 a. m.”).
  2. Adverbios de tiempo generales cuyos significados son precisados por gestos referenciales de tiempo de grano fino: “Por la mañana”.
  3. Predicados en los cuales la referencia temporal visual es el único modificador que ocurre simultáneamente sin el apoyo de otras emisiones de habla. En esos casos, los modificadores adverbiales visuales, generalmente, preceden al verbo. En otros casos, la emisión lingüística incluye elementos adverbiales no tan precisos, como los señalados en el punto anterior, y el señalamiento hacia el cielo ocurre simultáneamente, ocupando la misma posición sintáctica como modificadores en la emisión. Cuando no se emiten oralmente elementos adverbiales, esto permite expresar la referencia temporal simultáneamente con el predicado, una affordance de la modalidad visual imposible para los elementos verbales: “Se termina el proceso” (mientras se señala el lugar del sol al atardecer).

En la breve descripción de este relato se hace visible el uso combinado de las modalidades visual y auditiva en el uso gramatical del gesto.

Ahora bien, pensar la gramaticalización del gesto deíctico abre un problema interesante. Tal como presentamos al comienzo, este gesto es de un tipo natural, es decir, básico, evolutivamente primitivo, prelingüístico, simple, no nace de ningún código preestablecido entre los interactuantes, ni lingüístico ni de ningún otro tipo (Kita, 2003; Tomasello, 2008). Comparte estos rasgos con los gestos icónicos, la mímica, que constituyen también un tipo de gesto natural, pero, a diferencia de estos, contiene mucho menos significado en sí mismo ya que solo dirige la atención hacia un objeto disponible en el entorno perceptivo inmediato (Tomasello, 2008). Si bien los gestos naturales deícticos involucran una enorme diversidad y complejidad comunicativa, es ampliamente aceptado que la comunicación humana mediante el lenguaje implica dispositivos convencionales que actúan como medios para coordinar la atención y la acción. En este sentido, la teoría debe dar cuenta del proceso de convencionalización que fija ese movimiento del brazo y del dedo para indicar, de manera estable y regida por normas de uso correcto, un momento del día.

Por otra parte, es preciso explicar cómo puede este gesto adquirir un uso estable en la lengua amazónica que exprese un contenido representacional que no refiera a un objeto disponible perceptualmente, cuando esto último era, precisamente, lo que definía y diferenciaba a los gestos deícticos de los gestos icónicos. Pensamos que el uso gramatical del gesto de señalamiento incorporado en la lengua hace que el deíctico pierda la intención referencial original. Pero, a diferencia de Floyd, que sostiene que el carácter de gesto deíctico se mantiene en ese proceso de gramaticalización, nosotros proponemos que el movimiento que antes señalaba, al adquirir un uso gramatical, deja de ser un gesto deíctico por el hecho de que ya no señala nada accesible del entorno circundante. A continuación, reconstruiremos y luego discutiremos la vía que ensaya Floyd para explicar este proceso de gramaticalización del gesto natural deíctico.

El autor parte del componente intencional del gesto deíctico. El hecho de que el acto de señalar pueda integrarse de maneras muy variadas y complejas en las diversas situaciones diarias subraya cierta maleabilidad de los gestos deícticos. Floyd supone que esto es posible porque hay una doble intención en el gesto: la intención referencial y la intención social. El comunicador intenta dirigir la atención del receptor hacia algo por alguna razón y el receptor trata de atender al señalamiento e inferir esa razón, a veces saltando una gran distancia referencial. La posibilidad de que el deíctico comunique sin señalar nada directamente disponible perceptualmente se asentaría en el hecho de que se cuente con diversos tipos de conocimientos previos que deben constituir un terreno común compartido entre hablante e intérprete.

Como los gestos de señalamiento implican menos contenido referencial en el signo mismo, para su interpretación dependen del terreno compartido. Asimismo, las lenguas también están plagadas de expresiones, tales como los pronombres, que dependen totalmente de un contexto compartido para su interpretación. Hasta ahora, se había considerado la referencia a entidades desplazadas en el espacio y en el tiempo como un rasgo exclusivo de las lenguas convencionales, dado un contexto compartido adecuado. Sin embargo, las investigaciones de campo realizadas por Floyd (2016) pretenden mostrar que los individuos pueden señalar, además de hacer gestos icónicos, para orientar la atención de otro hacia entidades que no están presentes en ese momento, o que podrían hacer gestos concebidos, incluso, para indicar de manera directa entidades ausentes, como el lugar del sol durante el día. Ahora bien, no está claro que el gesto deíctico en cuanto tal pueda proporcionar esta evidencia. La cuestión que nos interesa plantear ahora es cómo el gesto deíctico, que por definición dirige la atención a algo accesible en el entorno inmediato, podría usarse para señalar algo ausente. Tratar de aclarar esto requiere desentrañar cómo el señalamiento llega a formar parte de una lengua, y evaluar si, en este proceso, el uso del señalamiento pierde el carácter deíctico, ya que deja de señalar un objeto accesible perceptualmente y adquiere la función semántica de indicador de tiempo.

¿Cuáles serán los criterios lingüísticos que satisface el gesto, en este caso, para llegar a integrar una lengua convencional? Como veremos, desde distintas líneas de investigación se han propuesto diferentes criterios. Floyd repasa algunos, entre los que destaca el de McNeill (2005), quien ofrece un criterio propio para los gestos, diferenciándolos de las construcciones lingüísticas: a) un gesto transmite significado de modo global, mientras que las construcciones lingüísticas componen significados combinando subunidades; b) los gestos individuales no se combinan entre sí, mientras que los elementos del sistema lingüístico se combinan productivamente; c) las relaciones convencionales forma-significado son más estables en los elementos lingüísticos convencionales y más dependientes del contexto en los gestos; d) los elementos del sistema lingüístico tienen estándares de formas, en cambio los gestos son más idiosincrásicos.

Finalmente, Floyd elige el criterio de Okrent (2002) para analizar el caso del deíctico en esta comunidad. De acuerdo con este, la convencionalización lingüística se da en la medida en que los hablantes como grupo muestran estándares de forma, significado uniforme y productividad, independientemente de la modalidad de expresión. Sobre la base de esto, lo que se vuelve crucial evaluar en el caso del señalamiento de los momentos del día en el nheengatú sería, básicamente, si los hablantes de esta comunidad reconocen formas estandarizadas del gesto que rijan la manera en la que este se realiza, de tal modo que pueda evaluarse cuándo el gesto es equivocado; si todos los hablantes los producen y los comprenden de modo uniforme, es decir, si poseen un significado estable; si generan productividad; y si se incorpora el gesto en diversas combinaciones según las cuales varíe su significado.

Siguiendo los requisitos de Okrent, podemos considerar que sí se justifica tratar el uso temporal del señalamiento como parte de la lengua convencional dado que:

  • cada vez que los hablantes de esta lengua se refieren a una hora específica del día, usan una construcción que incluye articulaciones visuales y auditivas simultáneas;
  • el elemento auditivo es una frase, que incluye mínimamente un predicado y, opcionalmente, modificadores adverbiales;
  • el elemento visual consiste, mínimamente, en apuntar, indicando la posición del sol en el arco este-oeste, a veces indicando dos posiciones y la trayectoria entre ambas;
  • elementos de ambas modalidades se combinan compositivamente de acuerdo con restricciones específicas, y el elemento visual agrega un significado adverbial convencional, independiente del contexto y no redundante; y
  • si se violan esas restricciones, los hablantes muestran sensibilidad a la desviación de la forma estándar.

Podemos ver aquí que las referencias temporales del nheengatú constituyen un sistema convencionalizado expresado en la modalidad visual cuyas propiedades son más comparables a las de las lenguas de señas que a aquellas usualmente atribuidas a los gestos que acompañan el habla (gesticulación). Este sistema, además, constituye un subsistema del lenguaje verbal, y la única diferencia substancial entre las referencias de tiempo visuales, de grano fino y las referencias verbales, más generales, proviene de sus modalidades de expresión, no de diferencias gramaticales. La referencia temporal del nheengatú equivaldría, básicamente, en los aspectos más relevantes, a elementos de un tipo de lengua de señas especializado.

De acuerdo con la propuesta de Floyd, entonces, con base en los cinco puntos mencionados, podemos argumentar que esta práctica corporal cumpliría, efectivamente, los requisitos de la convencionalización. Esto prueba, por un lado, que, además de las lenguas de señas, hay otros casos, como es este, en los que la capacidad humana para la expresión lingüística puede mostrar un híbrido que conjunta ambas modalidades, la visual y la auditiva. En segundo lugar, se desprende que el sistema de referencias temporales visuales del nheengatú es parte de un sistema lingüístico más amplio de modificadores del predicado, incluyendo adverbios de tiempo orales. Esto representa un gran desafío para la comprensión tradicional de la división entre gramática y uso en el que la contribución de la conducta corporal visual para significar es usualmente pensada como perteneciente al nivel pragmático, no así al morfosintáctico.

5. Incorporación gramatical del gesto deíctico

Para responder la pregunta sobre cómo se produce la incorporación gramatical del deíctico, Floyd elabora una hipótesis acerca de cuál podría haber sido el proceso por el que se logra fijar un significado al gesto deíctico, independizándolo de su referencia a un objeto perceptualmente accesible. El autor aborda la explicación de este proceso sin abandonar el carácter deíctico del gesto. Y recurre a una explicación gradual de la incorporación gramatical del elemento visual. Sin embargo, dado que este deíctico no refiere a nada en el entorno inmediato, su particular función referencial, cuando este se gramaticaliza, tiene que ser explicada de otra forma.

En el artículo de Floyd (2016), se realiza una génesis de cómo el acto de señalar con el brazo ha llegado a adquirir una función de indicador temporal. En el origen de las expresiones lingüísticas multimodales de señalamiento de tiempo que actualmente se observan en la lengua nheengatú, los elementos deícticos visuales comienzan apareciendo de modo dependiente de los elementos deícticos verbales. Es decir, en el origen se acompaña el movimiento que señala el lugar del sol con una palabra deíctica. Esas construcciones de referencias temporales visuales van adquiriendo un carácter cada vez más independiente de la modalidad verbal. Cuando el gesto aparece con palabras que funcionan como adverbios, el señalamiento al cielo no está explícitamente vinculado a una palabra deíctica, pero su co-ocurrencia con un adverbio temporal provee una pista de que el significado deseado es temporal. Cuando una referencia temporal visual modifica un predicado, se da su forma gramaticalizada más independiente del habla. En ese caso, el señalamiento es producido y comprendido de un modo no ambiguo como una referencia temporal sin necesidad de elementos verbales (Floyd, 2016).

Esta descripción por pasos graduales sobre cómo un gesto natural pudo haber adquirido un carácter convencional plenamente lingüístico debe ser complementada con alguna hipótesis al estilo de la de Tomasello (2008) sobre la habilidad de los seres humanos para crear con otros individuos diversas formas de terreno conceptual común y atención conjunta. Sobre esa base, se asienta la capacidad comunicativa del simple acto de señalar. Ese terreno común sería necesario también para que este gesto deíctico del nheengatú adquiera significado en sí mismo, y, al mismo tiempo, sería la clave para pensar si este y otros tipos de gestos podrían tener funciones gramaticales en otras lenguas convencionales.

A partir del análisis de este caso, Floyd (2016) concluye que el empleo de la modalidad visual para las funciones numéricas abstractas, como medir unidades de tiempo, que en otras lenguas se completa con palabras o términos numéricos, puede mostrar el carácter plenamente lingüístico que pueden adquirir culturalmente algunos usos de los gestos deícticos. Esto ampliaría la evidencia de casos de gramaticalizaciones de gestos, más allá de los sistemas de las lenguas de señas.

En resumen, Floyd desarrolla sus argumentos para sostener que en esta comunidad se opera un proceso efectivo de convencionalización del gesto natural deíctico en cuanto tal, por el cual este se integra en el lenguaje verbal al adquirir un uso convencional y una función gramatical, gracias a una integración multimodal. El autor no cuestiona el carácter deíctico del gesto en el desarrollo de su estudio.

6. Gestos metafóricos

Ahora bien, hemos partido, al inicio de este trabajo, de la distinción planteada por Tomasello entre gestos naturales deícticos e icónicos. Hemos remarcado que el carácter natural de los gestos estriba en que estos son simples y espontáneos, en contraposición a los gestos convencionales, que se estandarizan y sistematizan en la gramática propia de cada lengua; que los gestos naturales tienen carácter prelingüístico; que contienen mínima información en sí mismos, presentándose sumamente dependientes del contexto intersubjetivo compartido, y que los deícticos en particular no contienen en sí prácticamente información, sino que conllevan la intención de dirigir la atención hacia algo accesible perceptualmente en el entorno inmediato, a diferencia de los gestos icónicos, que, a pesar de ser tan básicos como los deícticos, dirigen la atención hacia un aspecto, una circunstancia, una acción que no está presente en el entorno inmediato.

Dada esta caracterización del gesto deíctico, nos preguntamos si la argumentación de Floyd es suficiente para apoyar la tesis de que sigue siendo un gesto deíctico el que resulta convencionalizado e incorporado a la gramática de la lengua nheengatú. A pesar del enfoque gradual de Floyd, mediante el cual intenta mostrar una paulatina independización del gesto de su referente, parece difícil pensar que el gesto de señalamiento siga siendo deíctico cuando ya no está señalando un objeto accesible en el momento en el que es usado. La convencionalización del gesto de señalamiento en la lengua nheengatú sí parece suficientemente demostrada en el estudio de Floyd. Nuestra duda apunta a la permanencia del carácter deíctico de dicho gesto. ¿Seguiría tratándose de un gesto deíctico a pesar de no referir a nada presente en el entorno?

Para elucidar el carácter que adquiere el señalamiento en este proceso por el cual pasa a formar parte de la lengua convencional nheengatú, propongo explorar la posibilidad teórica de que ese uso del señalamiento en la comunidad amazónica alcanzara la convencionalización por otro proceso que no haya tenido en cuenta este autor. Me refiero, precisamente, a evaluar si el señalamiento que se incorpora a la gramática convencional podría haberse convertido en otro tipo de gesto, un gesto metafórico. Dicho desarrollo nos permitiría una mejor explicación del proceso de convencionalización que no dejara de lado el carácter propio de un deíctico de señalar un objeto presente, pero que pudiera dar cuenta de cómo el señalar puede adquirir una función gramatical en la que ya no fuera el carácter deíctico su cualidad principal.

Floyd rechaza la posibilidad de que el gesto de señalamaniento sea un gesto metafórico (Floyd, 2016, pp. 36-37), identificando por gesto metafórico el tipo convencional “emblema”, que es arbitrario, porta significado en sí mismo según las convenciones lingüísticas de una comunidad y funciona de modo independiente del habla. Es el caso del puño cerrado con el pulgar arriba en señal de OK que, independientemente de la articulación con las emisiones verbales, tiene un significado preciso y delimitado. Este no parece ser el caso del señalamiento que analizamos, porque este último funciona articulado con el habla. Se trata más bien de explicar la convencionalización de un gesto que pasa a formar parte de la lengua verbal de carácter híbrido.

Acudiendo también a los gestos icónicos metafóricos, propongo aquí argumentar a favor de la posibilidad de que el señalamiento visual temporal nheengatú posea carácter metafórico, pero en cuanto metáfora conceptual en el sentido propuesto por Cienki y Müller (2008). Este modo de considerar a ciertos gestos como metáforas puede ser visto como una expansión de ciertos signos en la modalidad visual del enfoque sobre las metáforas conceptuales de Lakoff y Johnson (1980), que trata las metáforas conceptuales como una forma de cognición corporizada. En ese orden, también se estudia el gesto con relación al pensamiento.

Ahora bien, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de gestos metafóricos? Típicamente, se identificó a los gestos metafóricos con movimientos que representan conceptos abstractos a partir de una modalidad perceptual. Más precisamente, movimientos de las manos que indican o representan el dominio fuente de una metáfora conceptual (McNeill, 2005, p. 154).

Justamente uno de los primeros en reconocer esta función de los gestos fue el mismo Wundt (1900), quien se refirió en particular a gestos que indican conceptos temporales en términos espaciales. Este podría ser el caso para las referencias temporales de la lengua amazónica, en la que se habrían desarrollado conceptos temporales (sobre momentos o períodos de tiempo) en términos espaciales (apuntar con el brazo hacia una posición en el arco solar imaginario). Si tenemos en cuenta que, por definición, el gesto deíctico tiene por intención señalar algo presente, parece razonable pensar que, una vez que se ha perdido el objeto de la intencionalidad referencial, el carácter del gesto ya no habría de ser considerado deíctico, sino metafórico.

La especificidad del gesto metafórico, a pesar de compartir con los gestos icónicos su carácter pictórico (McNeill, 1992), es que representan un dominio abstracto. En el caso de los gestos icónicos, el referente es una acción, entidad o relación concretas, o ciertos aspectos de estas. Ahora bien, de modo más general, podría pensarse que la metáfora conceptual constituye un procedimiento cognitivo consistente en entender una cosa en términos de otra. Ello implicaría que los gestos metafóricos serían aquellos que incorporan un mapeo multidominio (Cienki y Müller, 2008). Los gestos metafóricos son definidos (Cienki y Müller, 2008) como movimientos voluntarios del cuerpo que realizan un mapeo multidominio para expresar pensamientos abstractos o sentimientos.

Con respecto a la multimodalidad, Cienki y Müller consideran que gesto y palabra pueden presentar relaciones variables con respecto a la metaforicidad. Las metáforas conceptuales gestuales pueden ser semánticamente coexpresivas con las emisiones verbales, aunque esto no obligue a la sincronicidad o simultaneidad de gesto con palabra. Pueden compartir la carga comunicativa para expresar la misma metáfora multimodalmente apareciendo como una expresión gesto-verbal metafórica (Müller, 2004). Sin embargo, Müller también acepta que la metáfora puede estar en el gesto sin necesidad de la co-ocurrencia de un elemento verbal.

Entre las clasificaciones de los tipos de gestos metafóricos que Cienki y Müller analizan, la más apropiada para identificar y analizar el gesto temporal del nheengatú es la de gestos “etimológicos” (Cienki y Müller, 2008). En ese caso, se expresa la metáfora en el movimiento gestual y se combina con las palabras para expresar los conceptos abstractos. Se entiende por gesto etimológico aquel movimiento corporal que expresa el origen concreto de un concepto. Centrarnos en este tipo de gesto metafórico posibilita identificar el movimiento de apuntar hacia lugares precisos del eje este-oeste que representa el arco solar, como una representación del gesto original de señalar el sol según los momentos del día, es decir, el origen “etimológico” del concepto temporal abstracto que finalmente se quiere expresar, pero ya omitiendo el referente original.

Otro aspecto favorable que justificaría considerar este señalamiento como un gesto metafórico estriba en que, siguiendo a Cienki y Müller, los gestos metafóricos no tienen que ser universales. Pueden ser culturales, tal como la expresión aymará de pasado y futuro, que ubica el gesto que indica futuro hacia la espalda y el de pasado hacia delante, en dirección de la mirada. En el caso de la comunidad amazónica, también parece depender de las bases de la experiencia de esa cultura. Precisamente las referencias espaciales utilizadas para referir al tiempo pueden estar vinculadas con las diferencias geográficas propias del entorno natural de cada comunidad, ya que según el entorno se modifica el marco para las referencias espaciales. En el caso elegido, la comunidad habita una zona cercana a la línea del Ecuador y eso facilita la estabilidad de la referencia al arco solar imaginario.

Por otra parte, un aspecto relevante para nuestro trabajo se centra en la multimodalidad. Anteriormente, vimos la necesidad de estudiar el caso del señalamiento temporal visual desde una perspectiva multimodal. Ese enfoque no se pierde si consideramos este gesto como metafórico antes que como deíctico. Las metáforas conceptuales están relacionadas con un principio cognitivo corporizado general más que con solo una propiedad del lenguaje. Las metáforas gestuales de este estilo están atravesadas por la multimodalidad, ya que, a través de diversos vehículos (palabras, movimientos corporales), representan un concepto abstracto. El contenido pictórico de estos gestos representan una idea abstracta, “una imagen de lo invisible” (McNeill, 1992, p. 14). Las metáforas conceptuales pueden aparecer plasmadas en combinaciones de modalidades, como es el caso de las metáforas verbal-gestuales (Müller, 2004b) que nos interesan, aunque también puede ser el caso de que las metáforas se den solo en el registro verbal o en el gestual.

La eficacia de los vehículos multimodales es estudiada desde este enfoque de la metáfora conceptual gestual (véase Cienki y Müller, 2008) en estudios experimentales que dan apoyo a la idea de que tales vehículos favorecerían la comunicación, ya que los receptores de las emisiones lingüísticas decodifican la información gestual contenida. Y esta información brindada gestualmente en las comunicaciones cara a cara tendría mayor impacto que la verbal, y sería recordada más fácilmente (esto es desarrollado en estudios empíricos por Beattie, 2003; Beattie y Shovelton, 2001).

Por otro lado, un abordaje multimodal que incorpore el estudio de los gestos en el lenguaje puede abordar la interacción de gestos, palabras y pensamiento configurándose mutuamente y convergiendo en la expresión de la unidad-idea (McNeill, 2005), en la cual interactúan el modo de pensamiento proposicional con el modo imaginístico. Lejos de ser un proceso unidireccional y lineal, esa interacción multimodal cristaliza interrelaciones dinámicas entre pensamiento y habla en la comunicación. En este punto, Cienki y Müller retoman, al igual que Floyd, el concepto de growth point de McNeill (1992), que involucra la intersección de dos o más modalidades en un punto significativo que constituye el núcleo de la comunicación.

Esto es relevante porque da la pauta de que puede seguir manteniéndose la potencia de un abordaje multimodal sin comprometerse con la permanencia del gesto deíctico, ya que la potencia comunicativa del señalamiento visual del tiempo, en particular, no se debería a la posibilidad hipotética de señalar el desplazamiento o la ausencia del objeto –tal como Floyd lo interpreta–, sino a que los gestos describen espacialmente el dominio fuente de las metáforas más claramente que las expresiones verbales con las que se combinan. Algunos de los gestos metafóricos, como es el caso del nheengatú, toman su forma de las actividades corporales diarias y las recrean de manera icónica.

Entre los modos de representación gestual metafórica, Müller (1998) describe el caso de las manos que dibujan rutas en un mapa, o señalan las subas y bajas de una relación de amor como un gráfico. Bien podríamos incluir bajo esa modalidad el caso del señalamiento visual del tiempo. Lo interesante es que estos modos de representación no son solo usados para describir actividades concretas u objetos o propiedades concretas, sino para expresar conceptos metafóricos abstractos, como es nuestro caso de la representación del tiempo. El proceso de base de esta operación está en la hipótesis que afirma que las metáforas conceptuales se generan a partir de la experiencia y la acción corporal (Gibbs y Berg 2002).

7. Conclusiones

Hemos recorrido un camino que comenzó con dos objetivos. Por una parte, hemos intentado argumentar en favor del carácter multimodal del lenguaje mediante el estudio de una lengua en la cual el gesto originalmente deíctico es incorporado a la gramática y adquiere coexpresividad convencionalizada con las emisiones lingüísticas. En el marco de la amplia investigación disponible sobre el origen gestual del lenguaje, nos apoyamos en la distinción elaborada por Tomasello entre gestos naturales y lenguas convencionales. Y, dentro del conjunto de los gestos naturales, señalamos la distinción entre gestos deícticos e icónicos, consistente en que los deícticos expresan la intención referencial de señalar un objeto disponible en el entorno perceptual inmediato, mientras que los icónicos pueden dirigir la atención a objetos no presentes mediante una representación por semejanza de los objetos o sucesos referidos. Nuestro primer objetivo fue ampliar las vías argumentativas que favorecen un enfoque multimodal del lenguaje. Para ello, analizamos los resultados de la investigación sobre un caso de uso del gesto deíctico propio de la comunidad nheengatú de la Amazonia porque presenta una función particular del señalamiento para expresar momentos puntuales o períodos de tiempo. A partir de ahí, planteamos nuestro segundo objetivo: examinar posibles alternativas sobre el carácter particular del gesto de señalamiento temporal visual en la comunidad nheengatú, y su proceso de convencionalización en la lengua. Pusimos en tensión la posición de Floyd (2016) que sostenía la permanencia del carácter deíctico de este tipo de gesto a pesar del desplazamiento de la referencialidad, con un enfoque que nos llevaría a analizar dicho gesto (Cienki y Müller, 2008) como una metáfora conceptual. A partir de allí, encontramos que ambos enfoques adoptan un abordaje multimodal del lenguaje. Sin embargo, según intentamos mostrar, el enfoque de los gestos metafóricos (Cienki y Müller, 2008) nos proporciona un marco más plausible para considerar el caso de la incorporación del gesto natural deíctico a una lengua convencional. Se trata de un proceso complejo ya que debe dar cuenta de un elemento convencional con base en un gesto natural. La convencionalización de este gesto supondría la transformación del gesto deíctico en metafórico. El movimiento del brazo del hablante no podría considerarse un deíctico cuando no señala nada presente. El esquema de explicación de la metáfora permite analizarlo en términos de un dominio fuente en el que actúa el movimiento corporal voluntario, el gesto, y de un dominio destino, abstracto, que es el que se representa. Esta proyección, en nuestro caso, presenta la posibilidad de partir de un gesto referencial espontáneo hacia un concepto tan abstracto como puede ser el tiempo. Desde esta perspectiva, el hecho de que el señalamiento pierda su referente no acarrea dificultades, ya que podríamos pensar que se trata de una metáfora gestual de tipo etimológica. Es decir, el movimiento del brazo que se originó para señalar el sol constituye el dominio fuente de la metáfora conceptual para indicar, de una manera más abstracta, el tiempo.

De este modo, partiendo del estudio de un caso de convencionalización del señalamiento en la lengua nheengatú, creemos que la combinación o hibridez entre distintas modalidades incorporadas en la estructura gramatical de la lengua estudiada evidencia la adecuación de un enfoque multimodal del lenguaje. El análisis del señalamiento temporal nos condujo a la identificación de la metaforicidad de algunos gestos, en especial de este tipo de señalamiento temporal visual que parte de un movimiento espacial para representar un contenido abstracto, el tiempo. A la luz de lo expuesto, pensamos que este carácter metafórico conceptual del gesto proveería una clave teórica plausible y potente para el estudio de los procesos de convencionalización de los gestos que se integran en las lenguas.

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