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2 El no estar en pareja

Motivaciones y expectativas en la búsqueda de vínculos eróticos y/o afectivos

El capítulo tiene como finalidad describir y analizar, por un lado, cómo es vivenciado el hecho de no estar en pareja por las personas solteras, separadas o divorciadas, y por el otro, cuáles son las expectativas y motivaciones que poseen estas personas al momento de buscar encuentros eróticos y/o afectivos. Es decir, cómo es experimentada la condición de la soltería y cómo las búsquedas de vínculos eróticos y/o afectivos son formas de vivirla.

La primera sección contempla una discusión teórica que contextualice la soltería y las búsquedas en el marco de la modernidad tardía; luego analizo las representaciones y experiencias en torno a la soltería; y por último, cuáles son las motivaciones que se ponen en juego al momento de buscar vínculos eróticos y/o afectivos.

Para el análisis se tendrán en cuenta las dimensiones de edad, género y clase, como así también cómo operan los guiones de la heteronormatividad en relación con el amor romántico en las personas que no están en pareja y que buscan encuentros eróticos y/o afectivos.

1. Individualización, soltería y amor como (pos)religión

En el proceso de individualización que experimentan las sociedades capitalistas actuales prima el modelo biográfico vital como forma de realización de los sujetos. Este implica que las personas están desligadas de los modelos tradicionales de la sociedad industrial en relación con el saber hacer, las creencias y las normas orientativas. Beck y Beck-Gernsheim (2001), desde una postura pesimista, en este contexto que ellos denominan de sociedad de riesgo, postulan:

[los sujetos] son despedidos hoy de las certidumbres del progreso de la sociedad industrial hacia la soledad de la autorresponsabilidad, de la autodeterminación y la autoamenaza de sus vidas y amores para las que no están preparados ni equipados por las condiciones externas, por las instituciones (2001: 20).

Esto habilita, cada vez más, la formación a lo largo de nuestras vidas de distintos vínculos que se vayan adecuando a nuestras necesidades y expectativas, según cada momento de la vida.

En relación con la sexualidad hay una puesta en discusión y negociación de “lo que es, significa, debería y podría ser la familia, el matrimonio, la maternidad, la paternidad, la sexualidad, el erotismo y el amor” (Beck y Beck-Gernsheim, 2001: 20). En los sectores de clase media, que aquí nos ocupan, el proyecto de un amor para toda la vida desde la juventud se tensiona con la importancia que ha adquirido el logro y la autorrealización, en términos individuales, en las esferas educativas y laborales. Esto habilita búsquedas de relaciones cada vez más a medida de nuestras aspiraciones personales que, tal como presento en este capítulo y a lo largo del libro, tienen resultados disimiles para varones y mujeres. En las mujeres que apostaron a sus carreras profesionales o que relegaron el proyecto de una familia en pos de otros intereses aparece, al acercarse a los cuarenta años de edad, una aspiración más marcada por tener hijos/as, en principio, sin la intervención de métodos de fertilización asistida y en el marco de una pareja constituida.

Las trayectorias eróticas y afectivas en la posmodernidad se tornan, tal como he venido explicando, heterogéneas y zigzagueantes. La generación de vínculos eróticos y afectivos adquiere un carácter dual, “el amor se hace más necesario que nunca antes y al mismo tiempo imposible” (Beck y Beck-Gernsheim, 2001: 16). Se visualiza que continúa re-apareciendo el amor romántico como un horizonte de sentido del cual se valen las personas heterosexuales, pero el modo en el cual se vivencia es a través de formas múltiples de negociación y vinculación. Los horizontes de sentido pueden ser interpretados desde la lectura de Koselleck como horizontes de expectativa en tanto son un futuro presente, un todavía no. Son proyecciones que se hacen en el presente sobre lo que podría ocurrir en el futuro, ya sea que se lo desee o no (Koselleck, 1993: 338). El horizonte de expectativa se crea en función de la experiencia, pero no necesariamente se deriva de esta. Por su parte, para el autor, el espacio de la experiencia remite a una vivencia propia o ajena, individual o colectiva, capaz de ser repetida. Es el pasado en el presente, dado que aglutina todas nuestras experiencias anteriores.

Según Coontz (2006) e Illouz (2009), en la era victoriana existía una asociación entre el discurso romántico y los valores y las metáforas religiosas. Desde dicha acepción, el amor entre las personas heterosexuales era objeto de adoración. A medida que la religión dejó de ocupar un lugar central durante las últimas décadas del siglo xix y las primeras del style=”font-variant: small-caps;”>xx, el amor romántico se vio atravesado por la nueva ola secularizadora. Illouz (2009) postula que el amor posee una dimensión utópica y que no puede pensarse, simplemente, como falsa conciencia ni como “ideología”. Para Illouz, los anhelos utópicos que constituyen el amor romántico se vinculan con la experiencia de lo sagrado, en tanto son al mismo tiempo sagrados y socialmente vinculantes.[1]

La dimensión utópica del amor deriva de una categoría de lo religioso, especialmente de los ritos de pasaje, la liminalidad, concepto desarrollado por Victor Turner (1967, 1974), que implica la inversión de las jerarquías del orden normal y la liberación de energías comunales, que normalmente están reprimidas, para la fusión en un vínculo orgánico. A través de la liminalidad existe la posibilidad de ubicarse al margen de la propia posición social. Illouz se refiere al concepto de liminalidad del siguiente modo:

Lo liminal explora los límites de aquello que el grupo social permite, controla y sanciona ritualmente. Por ende, contiene elementos de transgresión pero también mecanismos para restablecer el orden “normal” de las cosas. En este sentido, el amor romántico posee un carácter sagrado porque reafirma la supremacía de los individuos, en sus vínculos amorosos, y pone en acto simbólicamente, mediante la inversión de las categorías, los ritos de oposición al orden social establecido (Illouz, 2009: 29).

En el vínculo amoroso surge entre los amantes un “nosotros” que vincula a la pareja y los aísla del ámbito que los circunda (Alberoni, 1983). No obstante, la experiencia liminal y el “acceso” a la utopía están inscriptos en el marco de condiciones sociales e institucionales, símbolos, valores y relaciones de clase (Illouz, 2009).

En este carácter (pos)religioso (Beck y Beck-Gernsheim, 2001) o de nueva religión (Illouz, 2009), las personas entablan vínculos, ya sean eróticos o de pareja, fugaces o permanentes, como refugios ante la individualización y como un modo a partir del cual relacionarse intensamente con otros.

Desde la perspectiva de Beck y Beck-Gernsheim (2001), el amor asimila alguna de las características de la religión y se presenta como un modo de contraindividualización, que puede ser interpretado como la “religión terrenal del amor” (Beck y Beck-Gernsheim, 2001: 30). Es pensado como una religión porque habilita interacciones y sensaciones que pueden ser colocadas del lado de la suprarrealidad, es decir, en contraposición a lo rutinario que circunda a los sujetos. En el caso de los enamorados, la suprarrealidad es terrenal y está encarnada en la figura del amado[2], mientras que en el caso de la religiosidad, en una figura celestial. Otra de las características que permiten vincular el amor romántico con la religión es que en ambos hay acompañamiento, confesiones, promesas y pruebas, tal como sucede en los rituales religiosos.

Según la bibliografía especializada, entablar vínculos eróticos o amorosos y la heterosexualidad son hechos naturalizados y presupuestos por parte de nuestra sociedad (Esteban, Medina y Távora, 2005; Johnson, 2005; Rodríguez Salazar, 2012). Paul Johnson, en Love, Heterosexuality and Society (2005), encontró, a partir de entrevistas focalizadas en las experiencias amorosas y sexuales de sus entrevistados/as, que el amor es experimentado por ellos/as como un elemento esencial para el género humano, como parte de la personalidad y como algo que se ubica más allá de la descripción racional.

Asimismo, Johnson (2005) y Esteban, Medina y Távora (2005) señalan que el amor contribuye a la normalización y naturalización de la heterosexualidad en tanto produce los géneros. Facilita la producción y adscripción de las subjetividades en la distinción binaria masculino-femenino. Las narrativas románticas del amor heterosexual postulan que los sentimientos románticos son experimentados en un cuerpo, visto como natural, y que son causados por alguien del género opuesto. La falta es el principio organizador de la heterosexualidad y es supuestamente resuelta a través de la relación amorosa. “El significado central de la falta es que la feminidad y la masculinidad se presentan como opuestas una a la otra, opuestos que se juntan para hacer un ‘todo’” (Johnson, 2005: 102).[3]

Si bien me distancio de estas lecturas totalizantes sobre los vínculos amorosos, en tanto visualizo tensiones, quiebres y negociaciones, retomo el punto de vista de Johnson (2005) del amor como una tecnología del yo. El amor es para el autor, desde su lectura de Michel Foucault (1990), una tecnología del yo, dado que es el sitio a través del cual la subjetividad es producida, instalada y regulada. El amor es una tecnología del yo porque se fundamenta alrededor de preguntas sobre el yo y mantiene su poder precisamente porque ofrece un rango de oportunidades para crear un sentido propio de ser en el mundo (Foucault, 1990; Johnson, 2005). El modo en el cual se despliega el amor como tecnología del yo es primeramente una tecnología de género (De Lauretis, 1996), ya que produce papeles románticos diferenciados para sujetos femeninos y masculinos. Diferentes tecnologías de género son abordadas en el análisis, como por ejemplo los espacios terapéuticos, los espacios de sociabilidad cara a cara y virtuales[4], y los discursos que circulan sobre el amor de pareja, la maternidad y la paternidad.

Este lugar central que posee el amor como tecnología del yo y como tecnología de género en las sociedades de modernidad tardía es reforzado y performado por los relatos terapéuticos[5] que colocan la normalidad y la autorrealización en la generación de vínculos afectivos y amorosos. El relato terapéutico ha difundido la idea de que los vínculos amorosos, sus rupturas, y el no estar en pareja se explican en función de la historia individual del sujeto, por lo que se encuentran en la esfera de su propio control. Es decir, prima un imaginario de responsabilidad individual ante el hecho de que una persona busque o no estar en pareja. Hacen de la experiencia de estar sin pareja una situación que debe ser analizada (Illouz, 2007, 2012). Esto se debe, en términos de Foucault y Sennett (1988), a que el desarrollo de la subjetividad se ha mezclado con la sexualidad. Desde los discursos terapéuticos, fuertemente anclados en la sexualidad, se pretende interpretar el desarrollo subjetivo y la supuesta verdad del sujeto. Quienes no entablen relaciones eróticas y/o afectivas serán considerados como individuos solitarios, no realizados emocionalmente. Este tipo de soledad es denominada por Foucault y Sennett (1988) “soledad de la diferencia”, debido a que la falta de experiencias eróticas y afectivas hará de los sujetos individuos distintos, separados. A la vez que los propios individuos se experimentarán de este modo.

El discurso del amor y el hecho de que la soledad sea vista como problemática impregna las búsquedas de encuentros eróticos y/o afectivos y las interacciones, sin con esto presuponer que estas búsquedas tengan como propósito la constitución de una pareja en términos tradicionales —monógama y fija—, como forma de anclaje y realización del yo.

Entiendo que en las búsquedas de encuentros eróticos y/o afectivos las personas no están necesariamente buscando pareja, sino que también persiguen búsquedas simplemente eróticas —que los/as entrevistados/as denominan “amigos/as”, “amantes”, “estar viendo a alguien”— o de vínculos que no tienen una categoría cerrada previa. Estos tipos de vínculos (“amigos/as”, “amantes”) están atravesados por guiones sociales (Gagnon y Simon, 2005) con retórica amorosa, por ejemplo las dinámicas de las citas. Pero también poseen elementos antagónicos, a saber, la poca cotidianidad en sus vínculos o el hecho de ser relaciones en las cuales sus miembros tienen —abiertamente o no— relaciones sexuales con otros/as.

La perspectiva desde la cual me posiciono para el análisis de la soltería se aleja de concepciones que la asocian indefectiblemente con emociones negativas, como la angustia o con el aislamiento social. Complejizo el análisis de la soltería y la soledad a partir de la perspectiva sociológica de Eric Klinenberg (2012), para quien el proceso de individualización y el contexto urbano habilita, cada vez más, el vivir solo/a como una opción elegida y no implica sentirse solo/a. Las nuevas tecnologías permiten nuevas formas de sociabilidad entre las personas. Desde la comodidad de nuestros hogares, a través de sitios de citas y aplicaciones, buscamos encuentros eróticos y/o afectivos, tener solo charlas con nuevas personas o comunicarnos con personas conocidas. Esto se contrapone a la visión de Sherry Turkle (2012), para quien aunque estemos hiperconectados a los teléfonos celulares cada vez estamos más solos. Esto se resume en la idea de solos pero juntos, de allí el título de su libro Alone Together (2012).

Klinenberg (2012) reconoce que vivir solo/a cuando se está cercano/a a los cuarentaaños de edad tiene implicancias diferentes para las mujeres respecto a los varones por la pérdida de la fertilidad femenina, a la cual denomina “reloj biológico” (2012: 194). No obstante, postula, basándose en DePaulo (2006), que las personas que no han encontrado una pareja deseada y viven solas son más felices que aquellas que tienen relaciones problemáticas o por compromiso.

Bella DePaulo (2006, 2009), desde la psicología, acuña el concepto de singlism como una forma de discriminación y estigma que perjudica a las personas que no están en parejas formales. El objetivo de sus investigaciones gira en torno a las injusticias que se cometen contra las personas solteras —en términos de salud, felicidad, longevidad, satisfacción emocional y física— en relación con las emparejadas. Pero, a su vez, DePaulo sostiene que, a pesar de las injusticias y la invisibilización en torno a las personas solteras, estas viven de forma exitosa y feliz.

En resumen, analizo la soltería, la soledad y el no estar en pareja desde dos coordenadas. Por un lado, tengo en cuenta las implicancias negativas que puedan existir sobre las personas que no están en pareja, según la edad y el género de los sujetos (Villareal Montoya, 2008), el miedo a la soledad y el interés por entablar vínculos amorosos (Beck y Beck-Gernsheim, 2001; Illouz, 2009). Pero, por otro lado, indago sobre otras formas de experimentar la soltería, personas que la viven como una forma de liberación o mujeres que deciden tener hijos/as solas. Es decir, en las próximas páginas el análisis empírico sobre el fenómeno de no estar en pareja es realizado teniendo en cuenta la multiplicidad de experiencias que atraviesan las personas entrevistadas.

2. Estar solo/a y soledad

Una frase que aparece en las entrevistas para referirse al no estar en pareja es: “estoy solo/a”. Aunque los/as entrevistados/as se definan así, no necesariamente están experimentando aislamiento social o soledad (Rubio, 2003). Sentir la soledad es una sensación subjetiva relacionada con la tristeza, un sentimiento interno y doloroso, mientras que estar solo/a, condición más bien objetiva, implica la carencia de compañía, tanto de contactos sociales como familiares (Rubio y Aleixandre, 2001). El estar solo/a puede ser un deseo positivo y voluntario (Heinrich y Gullone, 2006; Rokach, 1990).

Los/as entrevistados/as vivencian el estar solos/as, en el marco de trayectorias eróticas y afectivas zigzagueantes, en algunos momentos como una elección y en otros como soledad. No obstante, un común denominador que encuentro en la carrera emocional (Wettergren, 2015) de las personas entrevistadas es que la soltería es vivida, de un modo que he dado en llamar “estado paréntesis”. La búsqueda del amor romántico aparece como un ideal con el cual siempre están en negociación, por momentos lo rechazan y por momentos se acercan. Retomo el concepto de carrera emocional[6] de Wettergren (2015), el cual permite analizar, procesualmente, la variabilidad y aprendizaje constante de los estados de ánimo y manifestaciones emocionales de los/as entrevistados/as en determinadas circunstancias, como así también a lo largo de su vida. El concepto de carrera emocional se inspira en la noción de Goffman (1998) de carrera moral, que supone las maneras y los procesos a partir de los cuales las personas articulan una biografía en relación con la existencia de un estigma. En una misma línea, Becker (2009) entiende el carácter procesual, las etapas y la socialización progresiva de la carrera de quien es considerado desviado. El carácter emocional de la carrera se inspira en la premisa del carácter afectivo que atraviesa a la multiplicidad de interacciones y relaciones que establecen los sujetos (García Andrade y Sabido Ramos, 2014). En ese interactuar y vincularse de los sujetos, siempre dentro de un marco sociocultural más amplio, van desarrollando e incorporando una carrera emocional que los posiciona en las distintas situaciones. En la carrera emocional de las personas aquí analizadas hay un horizonte de sentido o de expectativa, en términos de Koselleck, que es el amor romántico y su asociación al ideario de pareja. El entablar una pareja aparece como el horizonte de sentido, a veces más cercano y otras más lejano, al cual hacen referencia, una y otra vez. A su vez, relatan y valoran la soltería como libertad, en contraposición al estar en pareja.

En esta sección me propongo, a partir de las entrevistas, analizar las connotaciones de los/as entrevistados/as sobre la soltería, el estar solo/a y la soledad. En la primera parte analizo aquellas referencias a la soltería como reencuentro subjetivo y libertad; en la segunda, las referencias a la soltería como soledad y cuáles son las estrategias de los sujetos ante este hecho; y por último, analizo un emergente de las entrevistas: la “desesperación” ante la soltería.

2.1. Soltería como reencuentro subjetivo y libertad

Tanto en varones como en mujeres la soltería aparece como un estado de reencuentro subjetivo y de liberación. El pasado en pareja es relatado como una pérdida de la autoestima personal, de las aspiraciones individuales en pos de la pareja y de capital erótico. El capital erótico está conformado por la belleza, el atractivo sexual, el cuidado en la imagen, tener aptitudes sociales —tales como gracia, vitalidad y humor—, la juventud y la propia sexualidad (Hakim, 2012).

Entrevistadora: Me decías que hace siete meses que te separaste. ¿Cómo te sentís?Miriam: Yo la verdad es que estoy re bien así como estoy. Hacía rato que no me sentía así de bien. Será por esto que te decía, mi sueño siempre fue estar en un grupo coreográfico. Pero para mí estar en un grupo de salsa siempre fue algo más. Para mí mejoré en todos los aspectos desde que me separé. Bajé de peso, me ocupo de mí, hago lo que quiero, vengo a la hora que quiero. Mi ex nunca me controló ni nada. Pero ahora no me hago mala sangre por nada. No me preocupo por nada, si tengo que cocinar, si no tengo que cocinar. Es como eso que te decía, tengo 35 pero me siento que tengo 30 porque la verdad es que estoy súper bien. Yo soy súper desconfiada, antes capaz él salía, yo le mandaba un mensaje, veía que no me contestaba y decía “qué raro que no me conteste, yo nada más le estaba preguntando si estaba todo bien”. Y capaz que el hecho que no me contestara ya me generaba como algo. Y viste como que no dormía, entredormía. Ahora no me pasa nada. Me siento libre. Y hago lo que me gusta (…). Yo creo que para mí fue lo mejor. Yo de hecho bajé de peso un montón. Yo bajé doce kilos. Me mejoré en todo. Ahora me arreglo para salir. Antes ni me arreglaba. Viste como que había perdido un poco lo que es la autoestima (…). Es como que tengo ganas de estar así, sin problemas. Por lo menos por un tiempo. Después Dios dirá. Estoy re tranquila. Y el baile para mí es súper regenerador. Es lo más de todo. Conocés gente, conocés todo (Miriam, 35 años).

En este fragmento de la entrevista, cuyos componentes son similares en otras entrevistas a varones y mujeres, se visualizan dos secuencias con apreciaciones valorativas opuestas (Meccia, 2012): la de estar en pareja como negativa, y el estar soltera como positiva. Miriam, al momento de la entrevista, hacía siete meses que estaba separada luego de un concubinato. La efervescencia de este corto tiempo de soltería le permite marcar taxativamente hechos que han marcado su carrera emocional (Sabido Ramos, 2017; Wettergren, 2015) y que la llevan a elegir, a partir del aprendizaje que obtuvo con su expareja, un presente de soltería. Relata su historia entre un pasado al que no quiere regresar (estar en pareja) y un presente en el cual se siente mejor. El “me siento libre”, “hago lo que me gusta”, “me mejoré en todo” de la soltería se contrapone a lo romántico del vínculo con su expareja. Dentro de los atributos del amor romántico se encuentran la idealización del sujeto amado, la monogamia y la entrega total (Alberoni, 1998; Bataille, 2010; Illouz, 2009; Tenorio Tovar, 2012). Estos aspectos moldean y erotizan a la pareja, y cuando son puestos en cuestionamiento generan escenas de conflicto y malestar en las personas. El hecho de que él no le responda los mensajes cuando salía de noche la dejaba a la espera. Se desestabilizan las premisas del amor romántico, la confianza dentro de la pareja y la idea de que el sujeto amado es el centro del mundo (del otro y del propio) (Marentes, Palumbo y Boy, 2016).

La entrega total desdibuja al individuo y sus aspiraciones. Miriam, en el marco de una pareja atravesada por prácticas frecuentes de celos y control, había dejado de bailar y la opinión de su pareja, sin con esto desconocer la agencia individual de la entrevistada, tenía un peso fuerte en sus decisiones. En su presente, que es relatado en oposición al pasado, sus aspiraciones personales toman un lugar preponderante: salir cuando quiere y hacer solo lo que ella quiere sin tener que negociar sus deseos.

El estar en pareja llevaba a que no conociera personas. Desde la concepción romántica del amor, en el vínculo de pareja surge entre los amantes un “nosotros” que los aísla del ámbito que los circunda (Alberoni, 1983). En cambio, a partir del baile “conoce gente”. Como soltera se abre a conocer otras personas, espacios y esferas que ella resume como “conocer todo”.

En su relato, cuando estaba de novia el centro de su existencia estaba depositado en ese vínculo y las emociones negativas que le generaba, a saber, tristeza y angustia. En cambio, en su presente, el baile es un actante (Meccia, 2012) que ha devenido su centro de atención. A diferencia de su expareja, la danza le genera emociones positivas: alegría, vitalidad y tranquilidad. Miriam asocia el estar soltera con el rejuvenecimiento y el bienestar físico: “tengo 35 pero me siento que tengo 30”, “bajé de peso, me ocupo de mí”. Esto se vincula a la diferencia que establecen Featherstone y Hepworth (1991) entre look age y feel age. Ella con esa frase marca una distancia entre su edad cronológica y cómo se siente. A partir de “ocuparse de ella”, adelgazar y arreglarse para salir, aumenta su capital erótico (Hakim, 2012) o corporal (Frank, 2002). En el baile se re-erotiza, ella se siente (feel age) más joven, volviéndose una mujer deseable acorde a los cánones de ese ambiente. Como explica Goffman (1971), cuando las personas interactúan influencian sus acciones, de manera que el actor guiará su actuación ajustándose a los papeles representados por otros actores, que a su vez son su público, según cada auditorio.

El aumento del capital erótico luego de una separación también aparece en los varones. Santiago (47 años), quien convivió y no tiene hijos/as, refiere, como Miriam, que “el amor es revitalizador. La gente se pone más flaca, va al gimnasio, se cuida un poco, se corta los pelos”. En la liminalidad de los amantes, las máscaras de lo deseable para las performances de seducción en otros ámbitos de sociabilidad se desdibujan. Es en la soltería donde la (pre)ocupación por lo corporal, en términos personales, vuelve a tener un lugar relevante.

La soltería aparece, en un contexto de personalización y hedonismo en términos de Lipovetsky (2000), como el momento donde las personas heterosexuales optimizan sus elecciones y cumplen con sus deseos personales. La soltería les da a las personas entrevistadas, mujeres y varones, tiempo para sus proyectos personales y no siempre es vivida negativamente.

E.: Cuando te separaste, ¿cómo viviste esto de no estar más en pareja?

Ernestina: No, la verdad que bien. El primer tiempo es difícil pero está bueno. Para mí la soledad es algo como muy relativo. Porque estar sin pareja no implica estar solo. Y a veces cuando no estás en pareja es como que ahondás en un montón de otros encuentros que tienen que ver hasta con uno mismo. Con las cosas, con la profesión, con los cuidados… hasta con la cocina. Uno se encuentra en todo lo que hace. Y es como un tiempo que te vuelve a vos cuando no estás en pareja (Ernestina, 43 años).

E.: Después de separarte empezaste a vivir con tus papás y después te fuiste a vivir solo. ¿Qué cambió?

Horacio: Cuando me divorcié empecé a hacer un montón de cosas. Empecé a salir, a hacer cosas que… esa famosa lista que uno va dejando inconclusa, bueno, alguna de esas cosas las empecé a hacer.

E.: ¿Como cuáles?

Horacio: Tirarme en paracaídas, que era algo que tenía pendiente. Por ejemplo, esto de bailar y demás no empezó por mí, sino por hacerle la gamba a un amigo. Después me enganché porque a mí siempre me gustó bailar y nunca había encontrado el espacio. Realmente lo disfruto, ya está como rutina (Horacio, 50 años).

En estos/as entrevistados/as —Ernestina, divorciada hace tres años luego de diez años de pareja, y Horacio, divorciado hace tres años y medio luego de veinticinco años de pareja entre el noviazgo y el matrimonio—, el estar solo/a tiene connotaciones positivas para los sujetos. A diferencia del pasado, hacen referencia a que tienen tiempo para proyectos con otras personas, que no sean la pareja: ir a bailar con amigos, cocinar, tomar clases de baile o dedicarse más a su profesión. El tiempo aparece, tanto en varones como en mujeres, como un actante que les permite reencontrarse consigo mismos/as y potenciar su agencia subjetiva. Carmona y Farías (2008) y López (2007), en sus investigaciones sobre la soltería en varones mexicanos, llegan a conclusiones similares. Muestran, entre algunas de las ventajas, tener tiempo libre para priorizar sus proyectos personales y profesionales. Sin embargo, el tiempo, ahora propio, está atravesado por múltiples actividades. “En una sociedad capitalista actual hay que consumir, comercializar, utilizar todo el tiempo (…)” (Thompson, 1979: 285).

De sus relatos se desprenden referencias a un pasado donde había poco lugar para sus deseos personales, lo que adjudican al hecho de estar en pareja; y a un presente, sin pareja, donde el cumplimiento de sus deseos individuales se encuentra en la cúspide de sus acciones.

2.2. Soltería como soledad

En el apartado anterior presenté experiencias, dentro de las trayectorias afectivas de los sujetos, en las cuales la soltería es vivida positivamente. Pero también en siete entrevistas aparecen referencias negativas a la soltería y las vinculan con la soledad. Los varones son quienes más se refieren a la soledad y a la necesidad de estar en pareja. Esto se contrapone a las lecturas psicológicas feministas sobre el amor, como la de Levinton (2000), que consideran que las principales motivaciones por las cuales las mujeres organizan su vida es el apego y que su carencia puede llevar a problemas de salud, como ansiedad o depresión (Távora, 2003).

Las mujeres, si bien también aspiran a vínculos amorosos, en sus argumentaciones hacen referencia a otros actantes que operan como redes de contención y con quienes viven su cotidianidad —amigos, familia, espacios terapéuticos—. Hay menos referencias, a lo largo de las entrevistas, a emociones negativas vinculadas con la soltería. Como veremos en el punto “Motivaciones: maternidad y paternidad”, las mujeres entrevistadas muchas veces deciden ser madres solteras ante la imposibilidad de tener hijos/as en el marco de una pareja.

E.: ¿Cuáles son para vos las motivaciones por las cuales uno se une con otra persona?

Fernando: Yo me siento mucho mejor estando con alguien. No me siento bien estando solo. Me siento más ordenado, me siento más completo.

E.: ¿Me podés dar ejemplos más concretos?

Fernando: Yo por ejemplo funciono mejor en el trabajo, funciono mejor en todo. Desde el trabajo hasta el sexo. Me parece que me siento feliz. Me gusta proyectar. No me gusta viajar solo, he viajado solo y me gusta viajar en pareja. No me gusta estar solo. Hay gente que disfruta eso, yo no (Fernando, 50 años).

E.: Contame sobre esto que me decías de que te gustaría tener un hijo o una hija.

Augusto: Quiero tener un hijo desde que tengo 20 años. Pero también es como que tengo claro que quiero tenerlo con una persona con la que yo quiera tenerla al lado. En ese sentido soy como idealista de querer envejecer con una persona, tenerla al lado, viajar, conocernos y finalmente conformar esta cuestión común e íntima. Por ahí es medio romántico. Pero bueno, viste, como no pasa nada de todo eso, también algo debo estar pensando mal.

E.: ¿Qué sensación te genera?

Augusto: Ansiedad.

E.: ¿Esa ansiedad de dónde proviene?

Augusto: De la edad y de la soledad.

E.: ¿Por qué hablás de soledad?

Augusto: Bueno, la verdad es que no estoy acostumbrado, no me gusta estar solo.

E.: ¿A qué te referís con estar solo?

Augusto: Sí, soltero, y solo.

E.: ¿Por qué?

Augusto: Me aburre. No es un estado que me guste. Cuando estoy contento soy muy pilas, hago de todo, armo cosas, programas, viajo, y cuando estoy así triste es como que estoy apagado. Cuando estoy solo es como que estoy apagado. No soy de esas personas que igual viajan y se relacionan, es como que esa gente que dice “uh, ojalá estuviese soltero para poder salir de joda”, a mí no me pasa nada de eso (Augusto, 40 años).

Según Guevara (2010), los estudios sobre soltería masculina son escasos. La mayoría apunta a entender la soltería masculina como una elección de los varones para rehuir los compromisos de pareja en pos de mantener su individualidad y su libertad, en contraposición al emparejamiento. Para Valcuende del Río y Blanco (2004), los varones aprenden que la condición masculina está íntimamente ligada con la noción de libertad, puesto que han sido socializados para ser libres y este es el fundamento de su capacidad de experimentar, conocer y autoconstruirse (Abarca, 1999; Gómez Ávila y Salguero Velázquez, 2014). Estas referencias aparecen en aquellos fragmentos de entrevista que vinculan el estar solo con la libertad, tanto en el caso de varones como en mujeres. Pero a partir de los casos de Fernando y Augusto, dos varones heterosexuales (uno de 40 y otro de 50), discuto con esas perspectivas que asocian masculinidad, soltería y libertad. Observo en la afectividad de estos sujetos una vinculación entre soltería y soledad.

El no estar en pareja genera efectos emocionales negativos, como ansiedad. Esto se contrapone a aquellas lecturas aquí referidas que consideran de forma totalizante la masculinidad como la búsqueda de libertad. Y que a su vez asocian la soltería con la proyección laboral y profesional (Carmona y Farías, 2008). Para Fernando, el estar en pareja le permite trabajar mejor, a diferencia de cuando está solo.

En estos casos aparece la búsqueda de pareja y la cohabitación como formas de estabilidad, alegría y compañía. En el relato de Augusto se aprecia la aspiración del ideal romántico como sinónimo de felicidad y de realización del yo: el compartir, el amor para toda la vida, crear un mundo íntimo, el de los amantes (Alberoni, 1989). Como dije anteriormente, el amor como modo de desarrollo subjetivo opera, acorde a los postulados de la heteronormatividad, como una tecnología de género tanto en mujeres como en varones heterosexuales. Esta lleva a que lo íntimo sea pensado y deseado de a dos. Otro aspecto que aparece en los relatos de Fernando y Augusto como ritual romántico son los viajes en pareja; sobre este punto me explayaré en el apartado “Motivaciones y expectativas románticas”.

Tal como adelanté al principio del capítulo, son las mujeres quienes en sus discursos hacen mención a redes de contención y a su círculo afectivo como actantes centrales en su cotidianidad, al momento de pensarse solas.

E.: Y esto que vos decías antes, “estoy sola”, ¿a qué te referís?

Ángeles: Sí, en realidad ahora que lo pienso no “estoy sola” sino que “soy sola”. No estoy sola ni me siento sola, ni me pesa la soledad, pero yo me voy a mi casa y estoy feliz de la vida de estar sola en mi casa tranquila, hago lo que quiero, que también es un tema, y viajo cuando quiero viajar. Me quedo cuando me quiero quedar, no comparto la decisión con nadie. Soy sola en realidad. Sola no estoy. Tengo amigos, tengo de todo, compañeros de trabajo, familia. La soledad no me pesa, pero me gustaría tener un proyecto en común (Ángeles, 39 años).

El relato de Ángeles, quien al momento de la entrevista nunca había convivido y estaba buscando activamente a través de aplicaciones y sitios de citas una pareja con quien convivir y tener un/a hijo/a, se tensiona entre la búsqueda de un proyecto en común con un varón y la libertad y la tranquilidad que le otorga la soltería.

Ella no se siente objetivamente sola. Tiene un entorno social que la contiene, no carece de contactos sociales ni familiares (Rubio y Aleixandre, 2001). Pero en su definición subjetiva le falta una relación de pareja.

Ella no se siente objetivamente sola. Tiene un entorno social que la contiene, no carece de contactos sociales ni familiares (Rubio y Aleixandre, 2001). Pero en su definición subjetiva le falta una relación de pareja.

En el caso de Augusto (39 años), que no tiene hijos/as y no está en pareja desde hace nueve meses, aparece el deseo de ser padre y de formar una familia junto con una pareja estable. Lo mismo le sucede a Juan (44 años), que hacía dos años que se había separado de su última pareja y al momento de la entrevista tenía un vínculo con una mujer casada[7]. En estos varones su apreciación valorativa sobre un presente solitario, en relación con no tener pareja e hijos/as, es negativa. 

E.: ¿De qué forma imaginabas esa paternidad?

Juan: En realidad nunca me proyecté como padre. Me empezó a pasar que a partir de los 40 empecé a entender que la vida se te va volando. Empecé a sentir como un vacío sistemático que nada lo podía llenar. Viajar, viajé muchísimo. Tuve la suerte y fortuna de, no tengo dinero, pero ando bien económicamente. Cuando fui joven me pude comprar un auto importado, por lo que hay cosas que ya las viví. Y yo sentía que sistemáticamente, todavía lo siento, que tengo.

E.: ¿Por qué?

Juan: Porque solo estoy yo. Porque las decisiones de compra son para mí, porque la ropa que me compro es para mí. Cuando veo que otra gente tiene otro tipo de cosas. También creo que lo llenan más. Esos problemas cotidianos son los que le dan la sal a la vida. Entonces, empecé a interiorizar eso (Juan, 44 años).

Juan, quien nunca tuvo hijos, aunque hace referencia al consumo como forma de felicidad (Lipovetsky, 2000), se refiere al deseo de la paternidad como forma de llenar un vacío. Ese vacío responde a no adecuarse al ideario heteronormativo y al pensamiento amoroso que se rige por el principio de procreación, como una de las formas de realización del yo (Esteban, 2011; Johnson, 2005; Illouz, 2009). La paternidad es un hito al que el entrevistado aspira dentro de su carrera emocional para sentirse realizado.

El deseo paterno y la asociación entre soltería y soledad en el entrevistado me permite reflexionar sobre una forma de masculinidad que no apunta de manera uniforme a vínculos eróticos sin compromiso, tal como propone Brando (2009). Más bien aparecen contradicciones, desde la perspectiva de Koselleck, entre su experiencia presente de estar soltero y búsquedas con horizontes románticos y de esquemas heteronormativos de conyugalidad (Gómez Ávila y Salguero Velázquez, 2014).

El deseo de la maternidad y la paternidad se hace presente tanto en los entrevistados varones como en las mujeres. En ninguna de las entrevistas a varones y mujeres sin hijos/as mencionan que no tendrían hijos/as por convencimiento personal. La causa principal por la cual no los/as tuvieron fue porque no encontraron una pareja ideal con quien tenerlos, a saber, a quien amen y donde haya deseo recíproco de convivir y tener hijos/as. En las mujeres se suma que algunas estuvieron embarazadas, pero por problemas de salud perdieron los embarazos. Sobre este punto y las diferencias que operan sobre los géneros me detendré en el punto “Motivaciones: maternidad y paternidad”. 

2.3. La desesperación en la soltería

En las entrevistas hay connotaciones sobre la soltería cercanas a la libertad y otras a la soledad, pero la emoción a la que ningún/a entrevistado/a quiere que sus búsquedas queden vinculadas es a la desesperación. A partir de afirmar que ellos/as no están desesperados/as y al referir que otras personas sí lo están, crean una fachada, en términos goffmanianos, para proteger y jerarquizar su self. La desesperación implica una pérdida del control emocional opuesta a la reflexividad propia de la modernidad tardía.

Cuando una persona está frente a otra lleva a cabo una “gestión disciplinada de la propia apariencia o fachada personal” (Goffman, 1979: 27). Durante las entrevistas hablan de sus trayectorias afectivas y sus búsquedas. En algunos momentos la fachada se resquebraja y aparecen emociones vinculadas a la tristeza, la vergüenza y el miedo. Pero un emergente común de las distintas entrevistas a varones y a mujeres es que en la situación de búsqueda, la desesperación no tiene lugar.

E.: Cuando salís, ¿te relacionás con mujeres?

César: Sí. Salgo a los lugares donde cantamos con la banda, salgo con amigos. En un momento me gustaba mucho salir solo. Me sentaba a tomar cerveza y a bailar o lo que quería. Estaba muy bueno porque me gusta mucho eso del analista de recursos humanos, del sociólogo de analizar y te das cuenta de las miradas, las relaciones. Está re bueno, para mí se me hace como una matrix. Hay gente que ve otras cosas. Yo veo eso. Yo trabajé mucho de mozo y aprendí a ver eso. Y me relaciono y hablo y conozco gente, pero no una cosa desesperada (César, 46 años).

E.: Y esto que me dijiste, “bueno, ahora quiero conocer a alguien”, ¿cómo fue? ¿Buscabas novio?

Emilia: No sé si novio. Pero salía. Estaba como con ese vacío, como que lo re sentía (…). El ámbito de mi trabajo tiene que ver con que no esté en pareja, pero no solamente, para mí tiene que ver con mi historia. Igualmente me acuerdo de viajes que hice que decía “uy, qué lindo sería estar con alguien”. Pero no lo sentí, eso que te agarra como a los 30, no me agarró esa desesperación (Emilia, 35 años).

Una de las estrategias que esbozan para restablecer su fachada es indicar que el género opuesto, dentro del deseo heterosexual, en sus búsquedas, es quien está desesperado.

Miguel: (…) Yo me fijo con quién quiero ir a tomar un vaso de agua. Y si tengo que salir con una chica en eso sí me fijo, es inevitable que te fijes eso. Porque hay mucha gente de 40 años que está a la expectativa de salvarse, como no se salvaron y ya tienen 40 o 38, o 37, quieren encontrar un perejil para salvarse.

E.: ¿Qué es salvarse para vos?

Miguel: Salvarse es dos cosas porque la mujer es peor que el hombre. Porque tiene una vida acortada si quiere tener familia. El hombre, bueno, tiene 25 años y está en la boludez. A la mujer si está a los 25 en la boludez, los 40 le llegan encima. Corre el tiempo. Se complica, una persona a los 40 años tiene un parto más complicado. Físicamente, no es que lo diga yo. Físicamente es más complicado. Los óvulos son más viejos, el cuerpo envejece. Entonces vos conocés a un pibe a los 28 años y tenés que tener 3 o 4 años de novios. Tenés que tener convivencia y ya tenés 33 o 34 años. Además, no tienen casa, alquilan. No tienen coche. Quieren coche y casa. Si tienen es mejor. Ya es complicada una mujer que a los 30 y pico de años empiece a hacer plata, entonces quiere vivir de la otra persona. A ver, no es muy difícil, pero con un sueldo es complicado. Porque si vos sos un empleado y ganás veinte mil pesos, que es un buen sueldo, ¿cómo te comprás una casa? No podés. No te la comprás (Miguel, 38 años).

E.: ¿Saliste en estos meses?

Augusto: Fui a la fiesta justamente cuando empecé a decirme “bueno, vamos a mover”. Empecé como a obligarme entre comillas a salir y viste la película del pibe que decía todo que sí. Bueno, fui a una fiesta y conocí a una chica (…). La mina tiene la misma edad que yo, tiene una hija, con lo cual se nota que está buscando un novio. Yo no quiero esa novia, quiero otra novia.

E.: ¿Por qué sentís que ella está buscando un novio y vos me decís “yo no quiero esa novia”?

Augusto: Porque no, la mina es divina y todo, pero prefiero que sea más chica y que no tenga hijos. Eso, básicamente. Se nota que busca un novio. Yo generalmente cuando salgo como que me gusta tratar muy bien. Es como que si estoy en confianza mimo a la mujer y, evidentemente, ella se debe haber sentido muy confortada o lo que sea. Al final, en un momento, estábamos en su casa como si fuésemos una pareja. Ella estaba acostada con la cabeza en mi pierna y estábamos charlando como si fuese un domingo cualquiera más. Entonces medio como que después no le di más bola y ella me persigue (Augusto, 40 años).

Miguel y Augusto buscan una pareja formal y convivir, al igual que las mujeres con quienes ellos tienen citas. Pero a diferencia de las mujeres con las cuales ellos se relacionan y a las cuales analizan como si estuviesen desesperadas por “ubicarse” a causa de su reloj biológico, en los varones las búsquedas no están apremiadas por factores del orden biológico reproductivo. Desde argumentaciones basadas en preceptos “naturales”, los varones analizan sus posibilidades de transitar distintas experiencias afectivas hasta encontrar la “ideal”.

En un marco de estructuras desiguales para los géneros, las representaciones sobre la soltería en mujeres y varones se intersecciona, de forma estigmatizante, con la edad. La representación de la vejez en las mujeres se asocia con la menopausia y la menor capacidad corporal de tener hijos/as. A la vez que hay una mayor correspondencia de deseos entre mujeres jóvenes y hombres maduros. Esto genera representaciones negativas sobre las mujeres que están buscando vínculos eróticos y/o afectivos cuando están cerca de los cuarentas. Se las aprecia como mujeres que quieren un varón, de cualquier forma, con quien poder cumplir el deseo de tener un/a hijo/a, o, en el caso de la cita de Augusto que ya tiene una hija, de alcanzar el ideal romántico de tener una pareja.

Para Augusto, la mujer con la que estaba teniendo citas buscaba un novio. Con esa frase él se refiere a que en la otra persona prevalecía el objetivo de estar en pareja por sobre el coqueteo y la búsqueda de intensidad romántica (Bataille, 2010). El modo a partir del cual él describe la escena carece de los elementos románticos de las primeras citas, a saber, pasión, intensidad y primacía de la corporalidad, y considera que parece un encuentro de pareja. Illouz (2009) explica que las estructuras narrativas que emplean las personas para hablar de sus historias románticas están cargadas de expresiones y expectativas estereotípicas del amor. Según Illouz (2009), la imagen del romance neutraliza las diferencias de género, dado que coloca tanto a los varones como a las mujeres dentro de la esfera femenina de los sentimientos. Las emociones afectivas se encuentran insertas dentro de un discurso que se ha “feminizado”. En contraposición con el ideal caballeresco del cortejo, que apuntaba a perfeccionar el modelo masculino de valor y heroísmo por amor, la autora encuentra que se ha desdibujado la división entre la esfera masculina y la femenina. Los postulados románticos han calado en la construcción de subjetividad tanto en sujetos masculinos como femeninos. Para ser románticos, según Illouz (2009), retomando a Cancian (1987), los varones se han adecuado a estas emociones afectivas “femeninas”, a saber, delicadeza, candidez y cuidado (Illouz, 2009: 150). Con la figura de la pareja Augusto quiere expresar que lo sentimental queda solapado por lo racional y cotidiano.

Para estar alerta ante la desesperación femenina, Miguel, quien está divorciado hace tres años, indica que hay mujeres que quieren salvarse también económicamente, lo cual se contrapone a la idea del amor desinteresado. Esta representación sobre el varón como proveedor económico se sustenta en los valores de la masculinidad hegemónica (Connell, 1995). Connell describe la masculinidad hegemónica como la posición en las relaciones de género, las prácticas por las cuales los hombres y las mujeres se comprometen con esa posición, y los efectos de estas prácticas en la experiencia corporal, en la personalidad y en la cultura.[8] En el marco de una cultura sustentada en una moralidad de hegemonía masculina, “la masculinidad existe solo en contraste con la femineidad” (Connell, 1995: 2). Según Mabel Burin (2003), en un contexto social que ubica de forma jerárquica y contrastante a hombres y a mujeres, las socializaciones de género han implicado que se presuponga a los varones como proveedores económicos, en el ámbito extradoméstico, mientras que las mujeres son proveedoras del afecto al interior del hogar. Aunque lo que sucede es que las mujeres se encargan tanto de ser proveedoras de afectos como también económicas. Miguel se presenta a sí mismo como quien tiene el poder de dotar a la mujer de una posición social acomodada y a las mujeres como desesperadas por acceder a ella. De este modo, desconoce el estatus propio de las mujeres y su independencia económica.

Los varones descartan como potenciales parejas a mujeres que se encuentran cercanas a los cuarenta años de edad y/o que tienen hijos/as. Por ejemplo, Pedro refiere que una mujer más joven, de 24 años pero sin pareja, iba a las clases de salsa con la finalidad principal de buscar novio.

E.: ¿Y cómo son las chicas con las que vos sabés que podés ponerte de novio?

Pedro: Y te das cuenta. Cuando sacás a bailar alguien te dice “¿cómo te llamás?”. “Pedro”. “Ah, es la primera vez que te veo”. Uno se da cuenta que la mujer está interesada en uno. Cuando terminás de bailar, por ahí te sacan a bailar de nuevo. Cuando la ves de vuelta, te habla. Te das cuenta de la persona que está interesada en uno y la que no. Eso me pasó la otra vez con una chica que saqué a bailar. Después enseguida se puso de novia con otro. Me re di cuenta que esa piba quería un noviazgo. Una chica que tiene un hijo, 24 años, jovencita. Me daba cuenta de que esa piba buscaba una pareja (Pedro, 38 años).

Pero también los varones presuponen que por esas características las mujeres deben estar disponibles para vincularse eróticamente con ellos.

E.: ¿Usás las aplicaciones? ¿Qué te parecen?

Natalia: En Tinder ya la verdad es más difícil de establecer vínculos (…). Noté que la gente más joven que me escribe considera que por mi edad me pueden agredir. ¡Qué feo! Noté el tema de la agresión masculina. ¿Por qué si una mujer después de los 40 le escribe o le responde un mensaje está desesperada por avanzar en algo rápido? Yo tengo el mismo apuro que una persona de 20 o de 30.

E.: ¿Qué te dijeron?

Natalia: Yo noté que una persona me respondía mal y que no era mi onda y quise ser elegante y no dejarlo colgado. Le dije: “Mirá la verdad estoy complicada”. Y me contestó: “Ay, a tu edad ya tenés que saber las cosas que hacés” o “sos una boluda”. Ahí hay una cuestión del tema de la edad. Yo la verdad le contesté así para no decirle “me parecés un estúpido” o “no quiero hablar más con vos”. Esa era la respuesta que tendría que haberle dado. Le dije “la verdad que ahora no”. Y me dijo “¿no te diste cuenta que no tenés tiempo a tu edad?”. O sea, hay mucha agresión y creo no sé qué les pasa a los hombres, pero eso me hace pensar que ellos consideran que uno está apurado en algo cuando yo no lo estoy para nada (Natalia, 45 años).

Natalia hace referencia a que no está desesperada o “apurada” por entablar un vínculo erótico y/o afectivo que no se adecue a sus expectativas. Pero que los varones en la aplicación de citas Tinder creen que ella, por ser soltera, mujer y tener más de cuarenta años, está desesperada. Me explica que dado que a ella no le interesó continuar chateando, él ejerció violencia simbólica basándose en estas características de su persona. La violencia simbólica a causa de ser mujer implica aquella que a través de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos, transmite y reproduce dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales (Femenías y Aponte Sánchez, 2009). Para Femenías y Aponte Sánchez (2009), la violencia simbólica impone un orden bajo el supuesto de que es único, incuestionable y eterno, por lo que ese orden se funda en la ética, la moral y las costumbres de una sociedad dada. El prestigio de una mujer, a los ojos de este varón, está ubicado en la juventud (Featherstone y Hepworth, 1991). Esto se enmarca en un contexto social y cultural más amplio, en el cual prevalece un culto a la belleza y a la juventud como capitales que hacen más apreciable a una persona (Elliot, 2009; Hakim, 2012). Dentro de las jerarquías de género, las experiencias corporales de las mujeres, en relación con su apariencia, han sido normalizadas desde las prácticas más cotidianas de belleza (Bordo, 2003; Davis, 1997; Muñiz, 2014).

Las mujeres argumentan que la caracterización de los varones como desesperados no versa sobre aspectos biológicos ni económicos, sino que apelan a su estado civil o, en el caso de las que utilizan aplicaciones o sitios de citas, a lo que dicen sus perfiles.

Natalia: (…) Tenés distintos perfiles. Las personas viudas son las más interesadas en formar vínculo rápido, de nuevo. En cuanto a relaciones, las personas divorciadas son las que no quieren compromiso, tienen una exesposa, tienen hijos. Están disfrutando la soltería. Yo tengo una complicación de que tengo una edad que tendría que estar divorciada y no me casé o no estuve en pareja. Entonces yo sí quisiera una relación formal. Mientras que los otros solo quieren relaciones informales porque ya tienen una esposa que les pide la mensualidad, un hijo que atender. Ya estuvieron casados.

E.: ¿Y con los viudos?

Natalia: Los viudos son muy raros. Enseguida son muy melancólicos y te empiezan a contar. Te cuentan de qué murió la mujer. En el site (sitio web) te escriben un mensaje, te escriben un mail re grande. Vos ya cuando lo ves decís “con este ni salgo”. Cuando ves que escribió una página y media vos decís no salgo porque está peor que yo. Te empiezan a contar toda la vida y obra. Vos no les respondés y ellos te escriben de nuevo. Yo creo que no tienen filtro (Natalia, 45 años).

E.: ¿Qué te decían por ejemplo?

Celeste: (…) Si viene un tipo y dice “yo busco la mujer de mi vida” y qué se yo, no le voy a hablar a ese (Celeste, 46 años

Las mujeres no ven el hecho de que los varones tengan hijos/as como una causa por la cual estén desesperados por encontrar pareja. En el marco de una sociedad que es más proclive a que haya vínculos entre varones mayores con mujeres más jóvenes (Torrado, 2007), no aparecen referencias negativas sobre la mayor edad de los varones. Ellas asocian la desesperación a las frases románticas estereotipadas y al “excesivo” interés. Esto también es visto como una forma de desesperación para los varones respecto a las mujeres. Illouz (2009) explica que las estructuras narrativas en las que se enmarca el amor, en la sociedad estadounidense de finales del siglo xx, son codificadas por sus entrevistados/as como “hollywoodenses” o “prefabricadas” y les genera una actitud marcada por el escepticismo. Esto es lo que observo en mis entrevistadas. Lo que las entrevistadas desean son narrativas “realistas” del amor (Illouz, 2009: 217), donde haya una comunicación genuina y única entre las dos partes.

Tanto varones como mujeres considerarán como desesperados/as a quienes hagan demasiado visible su interés o el tipo de vínculo que buscan. Hacer demasiado manifiesta la búsqueda implica que escriben de forma continua y sistemática, sin que la otra persona les haya respondido. En el uso de las aplicaciones hay una “economía del tiempo”  (Thompson, 1979: 276) que, aunque no esté estipulada, regula de forma subyacente cada cuánto debo hablarle al otro y cuál es el tiempo de espera de una respuesta, para no caer dentro de la etiqueta de desesperado/a (Marentes, Palumbo y Boy, 2017). Los varones aparecen como quienes menos manejan estos tiempos. Esto se vincula a que las mujeres no suelen escribirles a los varones, aunque hayan hecho crush[9] (es decir que dos personas se marcaron interés entre sí), si estos no se comunican primero.

Dentro del amor romántico hay componentes del amor cortés. Tin, en su libro La invención de la cultura heterosexual (2012), indaga, desde su lectura de Foucault, en el origen de la heterosexualidad. Uno de los factores que el autor identifica es el surgimiento de las sociedades cortesanas en el siglo xii en Europa, y dentro de ellas el amor cortés, que significó el pasaje de las culturas homosociales a las culturas heterosexuales, a partir de las cuales comienza la adulación y la adoración de la mujer como claves de conquista. Representaciones del amor cortés pueden rastrearse hoy en los primeros cortejos tanto eróticos como amorosos. Marcan las interacciones adecuadas para un primer acercamiento virtual o una cita: los varones toman un papel propositivo, son “caballeros”, escriben primero y en las citas pagan, mientras que las mujeres son aduladas y deseadas. Sin embargo, si los varones se muestran demasiado interesados o escriben sin que haya habido una respuesta previa, serán etiquetados como desesperados; y en aquellos casos en que la situación se torne invasiva o molesta para las mujeres, serán bloqueados.[10]

Otra de las razones que llevan a que alguien sea considerado como desesperado es que indique a través de frases estereotipadas qué busca. Lo amoroso, para no ser vinculado a la desesperación, excluye cualquier registro que pueda ser ubicado dentro de la lógica racional instrumental (Badiou, 2012). Si bien dentro de las aplicaciones y sitios web de citas hay una racionalidad (Illouz, 2012) —son espacios virtuales que tienen como finalidad encuentros eróticos y/o afectivos—, el hecho de escribir explícitamente qué se busca, por ejemplo “busco a la mujer que ilumine mis jornadas”, aleja, por un lado, a quienes no buscan una pareja; y por otro lado, a quienes sí buscan pareja, como son los casos presentados en este apartado. Esto se debe a que es interpretado como una hiperracionalización de los cortejos, charlas y seducciones que pueden suceder en ese espacio.

Fundamento esta idea de la hiperracionalización de los cortejos a partir de dos aspectos. En primer lugar, en la seducción y los cortejos amorosos hay riesgo, hay devenir y hay contingencia (Badiou, 2012). Al explicitar los intereses, estos componentes se diluyen y prima una búsqueda en términos racionales y seguros. En segundo lugar, lo que opera en  una búsqueda, en estos términos hiperracionales, es un tipo “prefabricado” de vínculo y no el enamoramiento a partir de cómo es la otra persona. En los idearios del amor romántico, amo al otro en virtud de lo que el otro es (Barthes, 2001; Illouz, 2009). En tanto que el amor romántico incorpora elementos del amor pasión, aparece la idea de que el otro es único e ideal para mí (Alberoni, 1988). A partir de frases románticas estereotipadas el otro no se sentirá interpelado en su unicidad. 

Con lo anterior no pretendo universalizar que las personas que explicitan sus deseos de ese modo sean consideradas por todos/as como desesperados/as ni que todas prefieran el azar en el cortejo. Lo que sí puedo hipotetizar es que cuando esas narrativas son externalizadas generan rechazo por parte de los actores. Como postula Illouz (2009) respecto a sus entrevistados/as, son escépticos sobre los relatos “prefabricados”, pero cuando se les pregunta por sus experiencias más memorables apelan, dentro de su biografía, a las historias que más analogías poseen con los tipos de relatos románticos estereotipados. Esto deja entrever que convive un anhelo romántico “prefabricado” con un distanciamiento irónico hacia esas visiones más estereotipadas del amor. Una dualidad caracteriza a la condición romántica posmoderna: “la percepción irónica de que uno solo puede repetir lo que ya se ha dicho y solo puede actuar como un actor en una obra anónima y estereotipada” (Illouz, 2009: 239).

A continuación, dentro de esta condición romántica posmoderna, analizo cuáles son las expectativas y motivaciones que poseen las personas heterosexuales al momento de buscar encuentros eróticos y/o afectivos. 

3. Motivaciones y expectativas

El romanticismo se ha convertido en el sustituto de la religión en un mundo secular. El romanticismo jerarquiza las interacciones amorosas  y “el amor sexual o de pareja ha quedado encumbrado” como vehículo para alcanzar la felicidad en un contexto de desregulación e incertidumbre (Esteban, 2011: 44). La forma a partir de la cual se jerarquiza el valor sexual en la sociedad argentina[11] coloca en la cima de la pirámide a las personas heterosexuales reproductoras casadas. Justo debajo se ubican los heterosexuales monógamos no casados y agrupados en parejas, seguidos de la mayor parte de los heterosexuales (Rubin, 1989: 136).

El amor romántico aparece como un horizonte de sentido que motiva la generación de vínculos eróticos o de pareja.  Esas motivaciones tienen como contraparte expectativas de cómo debe ser el vínculo que se genera y qué cualidades debe poseer la otra persona con la cual deseo relacionarme (sobre las expectativas y criterios de selección me explayaré en el capítulo 3).

Analizo las motivaciones y expectativas que llevan a las personas a buscar vínculos eróticos y/o afectivos. Me centro en aquellas que he denominado románticas y las que provienen del deseo de ser madres y padres. Estos tipos ideales (Weber, 2002) de motivaciones fueron construidos en base a la condensación de motivaciones a las que se refieren en mayor medida los/as entrevistados/as. En todos los casos indago en cómo el entorno —familia, amigos/as— aparece como un actante para que las personas entrevistadas entablen vínculos eróticos y/o afectivos. Asimismo, analizo qué características debe tener la otra persona para ser deseable. Este punto será desarrollado en mayor detalle en el próximo capítulo.

3.1. Motivaciones y expectativas románticas

En los años sesenta, en la Ciudad de Buenos Aires, el modelo del compañerismo asumió nuevas connotaciones que apuntaban a la comprensión, la autenticidad, la entrega, la valorización de la realización sexual, una mayor equidad entre los miembros de la pareja y la realización de cada uno en el otro.

La idea del compañero/a es el tipo de pareja preconizada por las clases medias porteñas. Esta se nutrió del uso creciente de la psicología y el psicoanálisis para entender los problemas sentimentales y amorosos. La comunicación, a través del diálogo, pasó a ser considerada el medio que posibilitaba la solución de los problemas de pareja y la mayor equidad y realización de las partes.

El compañerismo, en el siglo xxi, aparece como un modelo aspiracional entre las personas heterosexuales que buscan vínculos eróticos y/o afectivos. Este modelo se basa en la idea de la falta (Johnson, 2005). Desde el vínculo con un otro, como una tecnología del yo (Foucault, 1990), los sujetos se completan y elaboran su sexualidad.  

E.: ¿Y cómo sería tu pareja ideal?

Cintia: Que sea compañero en todo. Puede ser que sea muy hinchapelotas, pero, si estoy mal que me apoye. Que no me diga “son tus quilombos”. Tengo compañeras que están juntadas con chicos que son separados y se re ocupan de los chicos de ellas o los llevan al club, los van a buscar. Se ocupan de un montón de cosas, o sea, como si fuese una pareja normal, como si fuese el padre de los chicos (Cintia, 39 años)

E.: ¿Y con ella qué pasó?

Pedro: (Risas). “¿Y con ella qué pasó?”. Te vas a cagar de risa. Es una piba linda pero lo que tiene es que es muy estructurada. Muy cuadrada, muy sumisa. Demasiado sumisa. Yo busco una compañera, divertirme, alguien con carácter. A mí me encantaría encontrar una compañera. Estoy en una edad que no soy un pibe de 20 ni de 30. Estoy en la edad de querer compartir momentos de la vida, no sé, el mate. Momentos lindos, malos. Me gustaría eso. Y después que se vaya dando lo que se tenga que dar: convivir, tener hijos. Pero sí estoy abierto (Pedro, 38 años).

El compañerismo aquí aparece como una aspiración que pone su foco en el diálogo, la comunicación, el cuidar y el apoyar al otro, y no coloca su acento en aspectos pasionales del amor romántico, como por ejemplo las relaciones sexuales o el conflicto. La importancia que se le otorga al diálogo se enmarca en la emergencia de un modelo de sociabilidad basado en la comunicación. Este se nutrió del ideal terapéutico de la comunicación que tiene como objetivo “inculcar el control emocional, el punto de vista ‘neutral’, y la capacidad de escuchar e identificarse con los otros y de llevar adelante relaciones que sigan procedimientos de discurso justos” (Illouz, 2010: 300).

Este modelo comunicacional, que “intelectualiza” o “racionaliza” los vínculos más íntimos (Illouz, 2007: 81; Illouz, 2012: 215), lleva a un estilo de amor romántico denominado “realista” por Illouz (2009).  Este tipo de amor se nutre de un ideal de autonomía del yo impulsado desde la masificación de la psicología (Illouz, 2012: 215). La idea de fusión (Bataille, 2010) se contrapone a dicha autonomía y lo que priman son negociaciones entre dos entidades autónomas, reflexivas y maduras.[12] Lo importante es poder dialogar y compartir desde lo simple. En el amor realista las experiencias románticas transcurren dentro de la cotidianidad: compartir un mate, tener charlas. Otro elemento del amor realista es la compatibilidad y evitar el conflicto. Esto remite a la figura del fluir, “en un continuo de acciones y ámbitos naturalizados sobre los cuales existe un acuerdo tácito  y confiable” (Illouz, 2009: 219). Los/as entrevistados/as se refieren a este aspecto con frases como “que no sea hinchapelotas” o “que pensemos parecido”.

Las personas entrevistadas asocian el amor realista, basado en el aspecto dialógico y comunicacional del modelo de compañerismo, con la edad. Una de las entrevistadas, luego de ubicar el amor en su primera relación de noviazgo a los 20 años, donde primó la pasión y la intensidad (Alberoni, 1989; Bataille, 2010), explica que con su última pareja, con quien estuvo desde los 44 a los 48, vivió un “amor calmo”.

E.: ¿Qué sentías por tu expareja?

Carolina: Yo creo que era un amor calmo. Yo siempre digo que a esta altura del partido uno lo que busca, al margen de estar bien con alguien, no sé si por ahí buscamos tanto un amor, yo creo que buscamos estar en paz, estar en compañía. Tener a alguien con quien charlar, alguien con quien compartir las cosas de la vida. Por ahí no en el sentido estricto del amor como lo ven a los 20 o a los 30 años: “¡Ah, que se me frunce el corazón!”. No te podría decir si de mi ex estuve enamorada, lo amé con un amor tranquilo, creo que esa sería la mejor definición, creo que lo amé con un amor tranquilo.

E.: ¿Y cómo definís el amor tranquilo? ¿Me podrías describir en qué hechos cotidianos lo ves?

Carolina: Y en que llegaba, me sentaba a tomar un café y charlaba sobre cómo fue mi día, cómo fue el día de él. Y por ahí a veces no hablábamos de nosotros, hablábamos de cosas en general, viste, hablábamos del mundo, del noticiero o de fulano. Compartíamos muchas cosas, no sé, gustos muy parecidos. Nos gustaba irnos a mirar la tele con la bandejita de la comida y comer en la cama mirando la tele, ver una película juntos. Disfrutaba qué sé yo, estar mirando una película juntos y los dos como los viejitos, viste, agarrados así (Carolina, 49 años).

Cuando las personas se acercan a los cuarenta años relatan sus aspiraciones de vínculos eróticos y/o afectivos en términos realistas, a diferencia de sus primeras relaciones de noviazgo y aquellas que tuvieron cuando tenían veinte años, que son relatadas en términos agápicos. El ágape posee los atributos de la pasión romántica, es irracional y es conferido sin razones. En el amor como agápe, amamos al otro aunque vaya en contra de nuestros intereses sociales o emocionales (Boltanski, 2000). El amor como ágape está definido por el don, no se espera nada a cambio (el contra-don). Es el dar sin ponderar la reciprocidad.

Los/as entrevistados/as diferencian entre el amor cuando se tiene veinte, treinta y cuarenta años. Marcan etapas distintas en relación con el amor para cada década de su vida.

E.: Contame, ¿cómo serían las etapas?

Miguel: A los 17 amor platónico y a los 25 el amor es para siempre y la familia.

E.: ¿Decís que uno empieza a proyectar la familia?

Miguel: Sí, a los 28, empezás a proyectar. Y una vez que te separás, a los 37, te das cuenta que no todo es para siempre y tratás de disfrutar el momento… Lo que te decía, la casa era a nombre de los dos. A los 40 la casa es a nombre mío, el auto a nombre mío y con lo económico que no tenés a los 25. Por eso también seleccionás (…). A los 40 podés conocer al amor de tu vida, pero con más recaudos y te cuidás más. En cambio, a los 20 y pico estás dispuesto a demostrar que sos el amor de mi vida, que sos un poeta, que soy romántico, que te corro la silla y abro la puerta, que te traigo rosas (Miguel, 38 años).

E.: Con este señor que me decías que lo ves cada tanto, ¿qué te pasa?

Sandra: Yo a él lo veo metido, pero yo vengo con pie de plomo… A ver, uno no se enamora igual a los 50 como cuando fue a los 20, a los 30, a los 40. Te enamorás pero son amores más maduros.

E.: ¿Cómo es eso del amor maduro?

Sandra: Y sí, no es el amor a los 20 años que a vos no te importa nada, que te llevás el mundo por delante, que pensás que todo es color de rosa. Cuando tenés 50 años no es así. Te das cuenta, no sé si es un amor más maduro, pero es como que uno deja que las cosas pasen más con el tiempo, no tan arrebatado. Cuando yo era pendeja me ha pasado. ¿Sabes por qué digo que uno se enamora diferente? Se enamora diferente como para ponerle un título. Si conozco a alguien, lo que tenga que transitar quiero transitarlo bien. Si yo tengo que hacer una comparación con lo que me pasaba a los 22 años con la persona que salía en ese momento, yo sentía que me moría, que el corazón se me desgarraba, que no podía respirar, que no podía vivir si no estaba con él. Era un sufrimiento terrible. Después con mi marido de 20 años lo amé profundamente, pero son amores diferentes, no son iguales. Vos no te enamorás igual de uno como del otro. Yo no me enamoré igual a los 22 como a los 30 y pico con el otro (Sandra, 50 años).

En estas entrevistas el amor se aleja de su componente agápico y se asemeja al amor como eros. En eros lo económico o el interés por el bienestar personal se acentúan y aparece una mayor evaluación del otro; “vengo con pie de plomo” o lo “miro con lupa” son expresiones que aparecen. Explica Illouz, “si bien el eros en sí mismo no es necesariamente premeditado o interesado, se presta con mayor facilidad a la interpretación del amor como una emoción racional e interesada, pues posee las propiedades cognitivas de los sentimientos inducidos por la razón” (2009: 282).

Natalia: (…) Hoy en día es muy difícil armar una pareja porque a uno lo miran con lupa. Uno analiza, lo analizan. Totalmente frío. Es un análisis mental. Salvo que te muevan la estructura. Veas a alguien y te shockee. Suceda ese flechazo. Pero así también con gente que me gustó mucho y lo empecé a analizar y no me cerraba nada porque para mí tampoco funciona el flechazo después de los 40. Creo que por eso no se da, porque no funciona ya el flechazo. Hay mucha gente que ya cuando ve a una mujer se fija que tenga departamento, que tenga auto, que tenga comodidades para instalarse en la casa de ella, que no viva lejos. A mí lo primero que me pregunta un tipo cuando hablo por teléfono es dónde vivo. Entonces está calculando la distancia, la nafta. Yo no sé qué está calculando. Yo creo que calcula todo eso (Natalia, 45 años).

Referencias al estatus económico de la otra persona y al bienestar aparecen tanto en varones como en mujeres. La comodidad es parte del amor como eros y del amor realista. Las aplicaciones y sitios de citas marcan la distancia en la cual se encuentra la otra persona. La cercanía es un aspecto que juega un rol central al momento de buscar un vínculo erótico y/o afectivo.

E.: ¿Cómo fue que te bajaste Tinder?

Santiago: Estábamos con un amigo viendo el escrutinio de las elecciones. Teníamos sueño, nos estábamos quedando dormidos y no llegaban los resultados de Buenos Aires y me puse a boludear con la tablet y apareció esta chica. Nos pusimos a chatear un poco.

E.: ¿Vos estabas mirando?

Santiago: Sí, creo que yo ya le había puesto el corazoncito antes y ella lo vio, o lo puso ella después y ahí me mandó una cosa. Tenía quince chats abiertos o veinte chats abiertos, y no sé qué me puso, le contesté y pasó una cosa interesante, estaba cerca, vivía a dos cuadras y eso me pareció atractivo. Si lo tenés a cien kilómetros, yo a Pilar no me voy por ninguna razón en el mundo, ¿entendés? Tengo auto y todo pero no manejo hasta allá ni loco. Y bueno, estuvo bueno, fuimos a boludear un rato (Santiago, 47 años).

La preferencia por personas que se encuentren cerca se debe a la mayor facilidad y el menor tiempo que implica encontrarse, pero también se vincula a un contexto de individualización y hedonismo donde hay una exacerbación, por parte de las personas, de la búsqueda de la realización personal y de cumplir con sus deseos de la forma más expeditiva posible (Lipovetsky, 2000).

Si bien el amor a la edad de los/as entrevistados/as está cargado de componentes más racionales y de la predominancia del interés por el yo, esto no implica que no haya aspiraciones románticas, que incluyan lo agápico.

E.: ¿Qué es para vos el amor?

Ernestina: Y, el deseo de verdad de cuidar al otro, de que el otro esté bien. Para mí, como que hay cierta formalidad de lo que parecería que es una pareja en la cual hay mucha falta de respeto, mucha falta de interés verdadero para que el otro esté bien. Hay mucha soledad compartida. Y eso es lo que yo no quiero. Cuando mi expareja empezó a entrar por esos lugares dije “no, no, pará, no quiero eso”. Para mí el amor es andando juntos. En acción. No es cristalizado el concepto de encuentro con el otro. Para mí tiene que estar en uno de verdad.

E.: ¿Cómo sería eso?

Ernestina: Que de verdad me interese que estés bien. Que de verdad yo quiera hacer una milanesa de más y dejarla para cuando venís. Compartir la comida por más que en ese momento no estuviste en la casa. Que de verdad quiera acompañarte a los cumpleaños de tu familia. De verdad, de verdad. Porque me interesa de verdad. A mí las formalidades no me van. Cuando las cosas son de verdad, lo más simple es bello (Ernestina, 43 años).

E.: ¿Cómo describirías el enamoramiento?

Leonardo: (Risas). (Silencio). Para mí el amor es querer estar con la otra persona y no tener interés de estar con nadie más (Leonardo, 35 años).

El compañerismo, a partir del diálogo y del cuidar al otro, aparece en las distintas entrevistas como representación romántica deseada. En el caso de Ernestina, su idea de amor incluye componentes agápicos del interés genuino por el bienestar del otro. Da el ejemplo de dejarle la comida preparada y de acompañar a su pareja como don, como una muestra de interés plena, sin que medie ningún interés o búsqueda de reciprocidad. Por su parte, en el caso de Leonardo, el amor implica un don en tanto entrega total, en términos monógamos, a una única persona.

Los viajes en pareja representan postulados románticos. Los rituales románticos, incluidos los viajes, están anclados en el consumo de bienes y servicios (Illouz, 2009). Los viajes en pareja son el ejemplo prototípico para los/as entrevistados/as al momento de narrar una experiencia que les gustaría compartir de a dos y como hitos en el desarrollo de un vínculo de pareja. Hay una íntima vinculación entre mercado y representación romántica en mis entrevistados/as de clase media. Volvamos a las historias de Augusto y Fernando referidas en el apartado “Soltería como soledad”. Para ellos el viajar sin pareja los hace sentir solos. El viajar es parte del sentir romántico de Augusto y Fernando, junto con el modelo de compañerismo, convivencia y el ideario romántico de una proyección de amor por siempre con una pareja, resumida en la expresión “envejecer con una persona”.

Augusto: (…) soy como idealista de querer envejecer con una persona, tenerla al lado, viajar, conocernos y finalmente conformar esta cuestión común e íntima de… no sé, por ahí es medio romántico. Pero bueno, viste, como no pasa nada de todo eso, también algo debo estar pensando mal (…) (Augusto, 40 años).

Fernando: (…) No me gusta viajar solo, he viajado solo y me gusta viajar en pareja. No me gusta estar solo. Hay gente que disfruta eso, yo no (Fernando, 50 años).

Ángeles, quien nunca convivió, aspira a poder irse de vacaciones con una persona con quien esté en pareja. Marca este hito junto con el de convivir como experiencias románticas que hacen a la construcción de una pareja y que ella desea vivenciar. 

Ángeles: (…) No llegué nunca a convivir, no llegué nunca a irme de vacaciones con una pareja, son todas cosas que me gustaría tener y que no las tuve (Ángeles, 39 años).

A Emilia, la soltería le permite disponer de su tiempo y viajar por trabajo cuando lo necesita. No obstante, se refiere a ciertos paisajes que remiten a representaciones hegemónicas sobre lo romántico, como por ejemplo París, que es una ciudad popularmente asociada con el amor y la sofisticación, que le hacen sentir ganas de compartir esos viajes con una pareja.

E.: Vos decías que cuando te ibas de viaje pensabas “me gustaría estar con una persona”. ¿Qué paisajes eran?

Emilia: Cuando estuve por trabajo un mes en París. Es como que decía “uy, qué lindo sería estar acá en pareja”. Después estuve cuatro meses y medio en Canadá. Yo decía lo contrario, decía “qué lindo no estar en pareja para poder hacer esto y no extrañar a nadie”. Pero por momentos decía “no, la próxima vez que viajo quiero que sea con alguien” (…) (Emilia, 35 años).

Los viajes también implican una evolución en el desarrollo de una relación. Edith (42 años) relata una escena en la cual su expareja le propuso irse juntos de vacaciones por una semana, como una primera experiencia de convivir con la otra persona, cuando hacía alrededor de cuatro meses que estaban juntos. El viaje significó un proyecto compartido y una evolución del vínculo.

E.: ¿Y cómo fue el momento en que decidieron irse de vacaciones juntos?

Edith: Nada, estamos los dos grandes y teníamos en claro lo que queríamos. Él me dijo “tengo ganas de tener un proyecto con vos, hacer algo”, eso me lo habrá dicho un sábado o domingo y yo que soy re pragmática el lunes le dije “encontré esto”. No me preguntes por qué el norte de Brasil o qué se me cruzó en la cabeza. Me habían llegado justo unas promociones buenísimas. “Bueno, sacalo”, me dijo. “Bueno, chau. Lo saco” (Edith, 42 años).

Dentro de los paisajes paradisíacos, como las playas de Brasil, priman las utopías de lo natural, lo exótico, lo sencillo dentro de un mundo cotidiano atravesado por las lógicas del trabajo, la oficina y la industria. Illouz (2009) explica que existe una asociación entre el romance y el turismo que evoca la pureza, autenticidad y naturaleza del yo, “tanto el amor romántico como la naturaleza supuestamente representan el costado más auténtico del yo, en oposición a la falta de autenticidad vinculada a la vida urbana” (Illouz, 2009: 193). Los viajes están dotados de una potencia especial porque permiten que las personas se abstraigan de la rutina, del trabajo y de las obligaciones sociales. En consonancia con la estética inclusiva del posmodernismo, estos paisajes naturales, en tanto no son opulentos, parecen, a primera vista, accesibles para todos/as y lugares donde las personas pueden sentirse libres. Sin embargo, detrás de esta imagen bucólica priman las lógicas del ocio consumista que promueve el turismo (Illouz, 2009: 144-146).[13] Los rituales románticos, como los viajes, están atravesados por el consumo de bienes y servicios.

La playa “virgen”, para las personas de sectores medios y altos, es un lugar ideal para experimentar sensaciones cercanas a la libertad y la intimidad debido a que se alejan no solo del mundo industrial, sino también de visitantes de sectores populares, como sería ir a una playa céntrica en la localidad balnearia de Mar del Plata, en la costa argentina. Resume Illouz la tensión entre naturaleza y consumo de la siguiente manera:

El potencial de la utopía romántica reside entonces en la doble capacidad simultánea de reafirmar los valores del capitalismo posindustrial y convertirlos inversamente en símbolos de sencillez primitiva y emotividad pura. La utopía romántica posmoderna contiene la fantasía de un mundo de ocio, auténtico e igualitario, pero a la vez consolida las nuevas divisiones e identidades sociales (Illouz, 2009: 146).

En los perfiles de las aplicaciones y de los sitios web de citas de los/as usuarios/as de sectores medios aparecen fotos en lugares turísticos y sobre todo en playas desiertas o caribeñas. Desde estas imágenes, los sujetos que están buscando vínculos eróticos y/o afectivos se presentan, a la vez que son visualizados como deseables. A partir de las fotografías en paisajes naturales muestran su posición social y se acercan a lo que ellos/as consideran su autenticidad o “naturaleza”.

3.2. Motivaciones: maternidad y paternidad

La maternidad y la paternidad aparecen como aspiraciones fundamentales del proyecto de vida de los/as entrevistados/as. Coral Herrera Gómez (2012), en una línea de análisis similar a la de Eva Illouz (2009, 2010) explica que el sistema capitalista gira en torno a la pareja heterosexual en edad reproductiva.

La cultura mitifica e idealiza a la pareja feliz, y vende historias de amor para ser consumidas. Las parejas felices llenan los centros comerciales, sostienen la industria inmobiliaria, viven en la industria del entretenimiento: todo el consumo pasa por estas parejas, que a lo largo de su vida compran niditos de amor, coches, joyas y flores, muebles para la casa, ropita y accesorios de bebé, etcétera (Herrera Gómez, 2012: 12).

Durante la primera etapa de la investigación apareció como un emergente que si bien hay mujeres y varones que han retrasado la maternidad y la paternidad en pos de sus carreras profesionales (Beck, 2001; Gillespie, 2000; Schwarz, 2010), igualmente desean ser padres y madres, como primera opción, a partir de la constitución de una pareja estable. No obstante, en algunos casos, mujeres que están cercanas a los cuarenta años de edad y no han podido tener hijos/as con una pareja buscan alternativas en clínicas de reproducción biotecnológica o de congelamiento de óvulos. La imposibilidad de llegar a cumplir con estas expectativas les genera emociones de inseguridad, ansiedad y angustia. Según Illouz (2012), el mandato y el deseo de reproducción de las personas varía según el género y recae principalmente sobre las mujeres heterosexuales. La maternidad es percibida por la sociedad como natural y el deseo materno aparece como inevitable y central para la construcción normal de la feminidad, a pesar de las resistencias que se han articulado a lo largo de más de medio siglo (Dever y Saugeres, 2004; Gillespie, 2000; Letherby, 1999; Maher y Saugeres, 2007; Morell, 1994; Schwarz, 2010).

Tal como desarrollé en “Soltería como soledad”, aparece tanto en varones como en mujeres que no tuvieron hijos/as el deseo de tenerlos/as. En ninguno de estos casos se refieren a que no lo hicieron por una elección personal, sino más bien porque no lograron formar parejas estables con quienes tenerlos/as; y en el caso específico de dos mujeres, por problemas de salud que no les permiten llevar un embarazo a término.

Si bien el deseo reproductivo se presenta en ambos géneros, hay diferencias en la forma de vehiculizarlo entre mujeres y varones. La diferencia en la adecuación a este deseo se desprende del hecho de que dentro de la construcción de género femenino (De Lauretis, 1996) la maternidad es una forma de realización y reconocimiento, en tanto lo femenino está vinculado a la idea de cuidado y afectividad (Burin, 2003). Mujeres que pospusieron la maternidad y quieren tener hijos/as, al acercarse al final del “reloj biológico” (Dever y Saugeres, 2004; Klinenberg, 2012) se informan y/u optan por medios de reproducción biotecnológica. Aparece en sus relatos una agencia en pos de alcanzar sus propósitos por encima de posturas pesimistas. Estas mujeres primeramente apostaron al modelo de maternidad dentro de un marco de conyugalidad junto con un varón, pero cuando se acercan a los cuarenta años de edad averiguan solas con sus médicos/as ginecólogos/as sobre estas técnicas de reproducción biotecnológica. En ningún caso los/as entrevistados/as se refirieron a la maternidad o a la paternidad desde la posibilidad de la adopción. Es decir, con o sin pareja, la maternidad o paternidad es querida idealmente a partir de lazos consanguíneos. 

E.: Contame un poco qué pasa con esto que dijiste de que “vos naciste para ser madre”.

Constanza: Desde que nací quiero ser mamá. Yo por un bebé me vuelvo loca. Pasa que antes, cuando era pendeja, no tenía tan aceitado el tema de la maternidad como ahora que soy adulta.

E.: ¿Y en qué sentido lo tenés aceitado?

Constanza: Que ahora estoy segura de lo que yo quiero. Yo ahora estoy segura, antes no estaba segura, ¿se entiende? Eso me pasa… No entiendo a la mujer que no quiere ser madre. Lo respeto, pero me cuesta entender (…). Después el caso de amigas que están congelando óvulos. Es lo que yo quiero hacer ahora, me quiero congelar los óvulos. Es caro, pero ahorraré para hacérmelo siempre y cuando no encuentre al padre antes. Es para preservar. Porque bueno, yo puedo estar hasta los 40 y pico, pero sé que ahí está eso. Es como que me quedo tranquila. Pero después, mi ginecóloga me dice: “me parece brutal lo que me decís, pero sabé que cuando una mujer hace eso, al toque queda embarazada”. Porque es como que vos te relajás, ¿se entiende? Es como “ya sé que tengo siete óvulos en el banco genético”, me relajo y listo, pumba. Y ella me contaba eso, tiene un montón de pacientes con ese problema que les pasa eso. Ahora me dice que está tan en boga el temita de congelar los óvulos, entonces, eso es lo que quiero. Sale caro. Ya sé con quién hacerlo y todo (Constanza, 36 años).

E.: Esto que me decías de cuando te vino el deseo de la maternidad y lo de la edad, ¿me podrías contar un poco más?

Ángeles: Sí. Después con la psicóloga vi si era por la edad o un mandato o porque quería ser madre, y realmente quiero ser madre con un compañero. Creo que puedo ser madre soltera tranquilamente, tengo el carácter. Tengo las herramientas y la verdad es que me gustaría porque hace mucho tiempo que estoy sola y hace mucho tiempo que todo lo enfrento sola, más allá de que tengo a mi familia y tengo a mis amigos. Como que quiero compartir esa certeza de ciertas decisiones con otra persona y, además, experimentarlo porque no lo experimenté. Lo experimenté desde muy pendeja, que no tiene nada que ver y con otra experiencia.

E.: Esto del tema de la maternidad para ser madre soltera, ¿dónde averiguaste?

Ángeles: Averigüé en varios lugares. B es un instituto de fertilidad, y en C.      

E.: ¿En adopción no pensaste?

Ángeles: No, es inseminación. En realidad al principio era congelamiento de óvulos. Eso es lo que fui a averiguar, congelar los óvulos para cuando quisiera, porque no era ya, pero la verdad es que el congelamiento de óvulos no garantiza nada, cuando querés usar los óvulos capaz que te dicen “no prendieron” o lo que fuera y el tiempo corre igual y sale igual o más caro que una inseminación. Y la adopción, salvo el proceso que sé que es largo y tedioso y es medio como fuerte de atravesarlo, después no es que me preocupa adoptar. La inseminación lo sé por una amiga, vos vas al banco y te fijás los perfiles (Ángeles, 39 años).

Cuando Ángeles tenía 40 años, siete meses después de la primera entrevista, volví a entrevistarla. Con al apoyo de su familia había tomado la decisión de comenzar tratamientos médicos de reproducción biotecnológica y ya había tenido el primer intento. Otro actante que aparece como fortaleciéndola e incentivándola en el cumplimiento de su deseo de ser madre es la terapeuta.

En la modernidad tardía las personas actúan de manera más acentuada racionalmente según arreglo a valores en términos weberianos. Para seguir las leyes de la competencia y la carrera se imponen valores como la rapidez, la eficiencia y la disciplina. La figura del/a hijo/a representa el lado natural —basado en afectos como la sensibilidad, el cariño, la cercanía— y lo opuesto a los valores del trabajo (Beck y Beck-Gernsheim, 2001: 150).

Por su parte, los varones apuestan a medida que tienen más años a encontrar una pareja estable más joven con quien tener hijos/as. 

E.: Esto que me decías de que querés salir con alguien más joven, ¿cuántos años más o menos y por qué más joven?

Augusto: Eh… la verdad es que básicamente no tengo una determinación de edad, de hecho salí con chicas más grandes que yo y todo. Pero básicamente ahora yo sueño con tener mi propio hijo con una mujer y como que eso es no sé, fisiológico, no sé cómo es la palabra (Augusto, 40 años).

E.: ¿Me podrías decir cuál es el rango de edad de mujeres a las que vos das “me gusta” [en Tinder]?

Mateo: No, pero te puedo decir más o menos rápidamente muy cerca de qué debe estar… debe estar algo parecido a 32, 39, 40, algo así.

E.: ¿Por qué elegiste ese rango de edad?

Mateo: Porque es como el rango en el que me imagino una pareja. Lo que sé, que me parece medio mal pero que igual opera, es que una chica de mi edad, digamos, me parece un poco grande por decirlo rápidamente… fundamentalmente por una cuestión de tener hijos y es algo que me pasó con mi ex y no es algo que tenga ganas de volver a pasar (Mateo, 44 años).

La figura del reloj biológico femenino (Dever y Saugeres, 2004; Klinenberg, 2012) asociado con la pérdida de la fertilidad, como así también de la juventud, opera en los varones al momento de elegir con quién tener una pareja. Si bien a partir de medios “naturales” las mujeres respecto a los varones tienen menos cantidad de años para concebir, los varones posponen también sus búsquedas porque dentro de su construcción de género hay una mayor aceptación social a que entablen vínculos con mujeres más jóvenes. Esto es diferente de mujeres a varones.  Explica Torrado:

Entre las mujeres jóvenes el hombre maduro es altamente valorizado porque su edad aparece como un determinante de su posición social (…). Por otra parte, las preferencias masculinas son asimétricas respecto a las femeninas. Si las mujeres parecen indiferentes a la edad de sus parejas, los hombres las prefieren mujeres jóvenes. En este caso hay una devaluación de la mujer madura por parte de los hombres maduros porque la edad biológica femenina aparece definida simbólicamente por la proximidad a la menopausia, un umbral asociado a la vejez (Torrado, 2007: 419).

Dentro de una estructura heterosexista desigual de relaciones entre los géneros, la pérdida del look age joven (Featherstone y Hepworth, 1991), entendida como parte del capital erótico de los sujetos (Hakim, 2012), es percibida más negativamente sobre las mujeres que sobre los varones. Asimismo, la edad y el tener o no hijos/as moldea las búsquedas; los varones consideran que una mujer sin hijos/as cercana a los cuarenta años edad y que busca vínculos eróticos y/o afectivos está “desesperada” o apresurada por encontrar un varón con quien tenerlos.

3.3. El entorno como actante motivacional en las búsquedas

El entorno, a saber, amigos/as, familia, compañeros/as de trabajo incentivan que las personas que no están en pareja entablen vínculos eróticos y/o afectivos. Los/as amigos/as solteros/as que usan las aplicaciones y sitios de citas son quienes, principalmente, les sugieren a los/as entrevistados/as que se las instalen.

E.: ¿Vos les decías a tus amigas que querías conocer a alguien?

Celeste: Claro, sí, como que yo estaba en un momento de inseguridad, empezaba con las páginas y así como para circular un poco (…). Pero yo no quería saber nada con hacerme el perfil hasta que una de mis amigas me armó ella el perfil, me llamó y me dijo: “ya te armé el perfil, dame una foto” (Celeste, 46 años).

Las amigas aparecen como actantes que acompañan a las mujeres en la gestión del no estar en pareja y las incentivan en los momentos iniciales de sus búsquedas de encuentros. En las mujeres se visualiza un prejuicio o timidez inicial, más marcado que en los varones, sobre utilizar aplicaciones o sitios de citas. Ante esta circunstancia, una amiga le arma el perfil. Esto es relatado en tono alegre y como un juego. Esteban (2011) comprende la amistad como un tipo de vínculo desde el cual se generan lazos comunitarios de mayor reciprocidad en contraposición a los erótico-afectivos, que son los vínculos privilegiados en la modernidad tardía y en los estudios existentes sobre el amor.

A diferencia de los varones, las mujeres introducen en sus relatos a sus amigas como actantes intervinientes; por ejemplo, ellas crean los usuarios de las aplicaciones en caso de que a alguna le dé vergüenza. Por su parte, en las relaciones de amistad entre varones lo que aparece es que entre ellos comparten información sobre las aplicaciones y sitios web de citas. En el caso de Mateo (44 años) se suma que son sus amigas quienes le presentan amigas propias para que él entable vínculos eróticos y/o afectivos.

E.: ¿Cómo fue la escena cuando te bajaste Tinder?

Ricardo: Tinder, un amigo, un día vino con la novedad, “no sabés esta aplicación”. “A ver, instalémosla”, le dije. Más para cagarte de risa porque la ves con un amigo y decís “¡mirá esta!, ¡mirá la foto!”. Para hinchar las bolas. Ahí después chateaba, pero no soy de chatear, aparte ese chat es malísimo. Yo, en general, si veo una piba que más o menos me gusta, le digo si me da el celular y la seguimos por WhatsApp, porque el chat ese de Tinder es malísimo, por ahí veo algo que hace cinco días me mandó y nunca me llegó y no sé (Ricardo, 37 años).

E.: ¿Cómo es tu grupo de amigas y amigos? ¿Te presentan personas con quienes relacionarte?

Mateo: Mi grupo de amigos es bastante variado. Tengo mucho amigo gay, para empezar, que no te presentan chicas (…) Mis amigas que son madres, las que están en pareja recientemente o no tan recientemente son las que buscan presentarme chicas (Mateo, 44 años).

Como en el caso de las mujeres, los varones son proactivos a salir y “conocer gente”, y van acompañados de otros amigos como forma de “hacerse la gamba”.

Horacio: (…) Esto de bailar y demás no empezó por mí, sino por hacerle la gamba a un amigo. Después me enganché porque a mí siempre me gustó bailar y nunca había encontrado el espacio. Realmente lo disfruto, ya está como rutina (Horacio, 50 años).

Lejos de vivir la soltería con angustia, como se ve en estos fragmentos, la tramitan junto con un entorno en el cual también hay otros/as amigos/as solteros/as o no con quienes compartir, darse consejos y divertirse mientras se busca. 

Emilia: (…) Según lo que hablé con la psicóloga por ahí salíamos con mis amigas y nos quedábamos hablando entre nosotras. No estaba muy abierta. Me hice una amiga de otro grupo. Armamos un grupo que se llama “Trabajo de campo”, en WhattsApp. Se llama “Trabajo de campo” porque es para salir a conocer pibes, como con otras amigas que me hice que estaban en la misma. Había dos italianas, ellas son las que me hicieron ponerme Tinder, además de mis dos primas. Además, yo propuse en mi otro grupo que vayamos a salsa, basta de esto de ir a comer y quedarnos entre nosotras, también tuvo que ver con esta gente que conocí, que dije “¿ves?, esto es lo que a mí me está faltando”.

E.: Cuando decían “salir de levante”, ¿en qué estaban pensando ustedes?

Emilia: En realidad era Tinder y fuimos un par de veces a un boliche. Era re divertido. Ahora hablamos de cualquier cosa, imaginate, estamos con las dos italianas casadas que vamos a bailar. No es que estábamos ahí todas de levante. Pero bueno, esa fue la etapa que a mí se me abrió un poco esto de “quiero dejar de estar sola”. O de hacerme cargo de esto de que no va a aparecer alguien así, espontáneamente. Como que a mí me parecía deprimente tener estrategias para ir a conocer gente, pero yo no voy a conocer gente de mi lugar de trabajo y además trabajo mucho en mi casa. Como que si seguía con mi vida así, feliz, no iba a conocer a nadie (Emilia, 35 años).

Emilia forma el grupo de WhatsApp denominado “Trabajo de campo” como un espacio virtual para hablar de varones junto con sus amigas, darse consejos y organizar salidas para “ir de levante”. Primero una de sus amigas y sus primas la incentivan a que se arme un usuario en Tinder. Luego aparece ella gestionando activamente sus búsquedas e incentivando a sus amigas a partir de proponer actividades sociales nocturnas: ir a tomar clases de salsa e ir a bailar. De este modo, ella encuentra y le propone a su entorno de mujeres solteras formas de “conocer gente” y relacionarse eróticamente con varones para “dejar de estar sola” y que no se queden sociabilizando solo entre ellas. 

Un actante al que ella hace referencia motivándola en sus búsquedas es la terapeuta. La figura de la terapeuta como apoyo e incentivo para buscar vínculos eróticos y/o afectivos aparece en las entrevistas a las mujeres. En un contexto de individualización y donde la realización del sujeto pareciera ser fruto del mérito individual, depende íntegramente de los sujetos generar lazos de este tipo para constituirse como sujetos plenos. En el caso de las mujeres, un relato que reafirma y performa el amor como horizonte de sentido y como tecnología del yo es el discurso terapéutico.

Los psicólogos han postulado a la intimidad como un ideal a alcanzar en las relaciones sexuales y conyugales. En el contexto de relaciones estrechas, la intimidad, así como la autorrealización y otras categorías inventadas por los psicólogos se convirtieron en sinónimo de “salud” (Illouz, 2007: 105).

Eva Illouz, en La salvación del alma moderna (2010), postula que la terapia le brinda a los yoes desorganizados herramientas para que puedan manejar las conductas de sus vidas en los contextos actuales. Para la autora, la contribución más distintiva que realizó el psicoanálisis a la cultura norteamericana —y considero que es extrapolable a los sectores medios en el contexto de la Ciudad de Buenos Aires por el gran valor e injerencia que tienen en estos sectores las terapias psicológicas en general y sobre todo el psicoanálisis (Acha, 2007; Plotkin, 2003; Visacovsky, 2002, 2009)—, ha sido la de formular un lenguaje y proporcionar marcos de significado que colocaron la vida diaria, la salud mental y la normalidad en el centro de la identidad de hombres y mujeres modernos. Ofrece recetas, planes de acción, metáforas y patrones narrativos que ayudan a las personas a arreglárselas ante la complejidad creciente y la incertidumbre de las vidas modernas tanto en el ambiente sexual y familiar como así también en el laboral (Illouz, 2010: 301-303).

Los relatos terapéuticos refuerzan la idea de que depende de los sujetos su desarrollo personal. Los valores del mérito y la fortuna son efecto de emociones bien manejadas y de una actitud proactiva de cada persona (Illouz, 2010). Por ejemplo, Ángeles adoptó esa actitud a partir de los consejos de su terapeuta.

E.: ¿En este momento usás Tinder?

Ángeles: La semana pasada volví a darme de alta en Tinder y estoy chateando con uno, tranquila. En la primera página que me metí por mi psicóloga era Zonacitas. Me la recomendó ella (…). Mi psicóloga me recomienda de todo. Lugares donde es otro ambiente de gente, por ahí un ambiente que es más parecido al mío y no un boliche. Yo no tengo ganas de ir a un boliche (Ángeles, 39 años).

Esta producción de subjetividades activas en la búsqueda de la generación de vínculos eróticos y afectivos se da en las mujeres y no así en los varones. En las mujeres que hacen terapia (en todos los casos sus terapeutas son también mujeres) este espacio es una tecnología de género que promueve la construcción de una feminidad que busque formar una pareja estable, como modo de alcanzar la realización subjetiva y el bienestar. En cambio, en los varones, si bien mencionan que fueron a terapia luego del corte en una relación de pareja, la figura del terapeuta cuenta con un lugar secundario en los relatos. Aparece cuando yo les consulto si han ido a terapia y no es ponderado como un actante central que los apoya, en su presente, en las búsquedas de vínculos eróticos y afectivos. Más bien es un actante que los ayudó a transitar situaciones pasadas, sus malos momentos con sus exparejas y las rupturas amorosas.

E.: ¿Cuándo empezaste a ir a terapia?

Elías: Cuando se fue mi ex. Fui con la obra social. Eso me ayudó. Todo tiene un porqué. Yo que era muy machito, que fui músico, me empecé a sentir feíto y con la edad me preguntaba: “¿voy a empezar de nuevo, encontraré a otra chica?”. Más las discusiones con ella. Como decimos los hombres, “¿quién te va a mirar a vos?”. Ella también me tiró unas así. Y quedé medio bajón en eso. Necesitaba un poquito… Todos tenemos que buscarle la parte linda a todo. La terapeuta me ayudó. Fui cuatro meses. La terapeuta trabajó sobre todo lo que pasé (…).

E.: ¿En qué sentís que te ayudó la terapia?

Elías: Me hizo sentir bien (…). Me dijo: “tenés un taller que se llena de trabajo, la gente te quiere un montón. Sos buena gente. ¿Qué te falta, tu ex? ¿Sabés todas las mujeres que hay?”. Y ahí empecé a trabajar sobre eso (Elías, 45 años).

E.: ¿Hacés terapia?

Pedro: Hice terapia cuando corté con ella, y durante también. No todo el noviazgo pero un poco hice. Lo que pasa es que ella me gustaba mucho y quería que cambie. No sabía cómo hacer para que la relación sea buena, sana. De siete días peleábamos cinco. Mucho estrés. Yo vengo de una familia que somos cuatro. O sea mi viejo se ha peleado con mi vieja, pero no es que era todos los días. Una vez cada tanto. Aparte a mí no me va la pelea, yo quiero una relación para estar contento, para estar bien. No para estar peleando (Pedro, 38 años).

E.: ¿Fuiste a terapia?

José Luis: Por momentos. Me tomé la terapia en serio después de separarme. Mi viejo era psicólogo. El consejo de mi viejo era por qué no vas a hacer terapia. Pero si hubiera mantenido una terapia mínimamente un año, esa relación no hubiera durado un año. Pero había mucha pasión. No me arrepiento de nada. Yo me hice cargo de su hija, iba a las reuniones de la escuela de su hija. Por momentos vivimos juntos, por momentos separados. Siempre me hice cargo de la economía que también era un problema. Es más, en el medio hemos tenido momentos de estar separados, de uno estar con alguien y ella estar con alguien. Y después siempre volvíamos. De eso hace tres años o más. No volvió a haber comunicación después de entonces y no volverá a haber (José Luis, 43 años).

En la relación de José Luis, como en la de Pedro, primaba el conflicto y la pasión. La pasión es parte del amor romántico y se vincula con la noción de intensidad de Georges Bataille: “(…) los momentos de intensidad son los momentos de exceso y de fusión de los seres” (Bataille, 2000: 105). Para Bataille, somos seres discontinuos en búsqueda de una continuidad perdida con los otros, por la cual somos capaces de transgredir los límites corporales de otros y llevar a cabo una comunicación fuerte[14]. En el erotismo, en tanto que se propone acabar con la discontinuidad, los amantes se encuentran en una búsqueda constante de alcanzar una fusión. Aunque la promesa de la posesión completa del otro es ilusoria, en la pasión la imagen de esa unión parece materializarse en un plano de gran intensidad. Esto lleva a que se den ciclos reiterados entre divergencia y convergencia, es decir, entre conflicto y reconciliación o placer (Barthes, 2001; Gregori, 1993, 2003). Gregori (1993, 2003) ubica este pasaje en las siguientes escenas: la búsqueda de la soberanía, disposiciones conflictivas de papeles cuyos desempeños esperados no son cumplidos, disposiciones psicológicas tales como esperar de la pareja ciertas conductas, provocaciones de las mujeres del orden del inconsciente para que sus parejas masculinas reaccionen de una determinada manera y juegos eróticos.

Elías, Pedro y José Luis fueron a terapia porque sus relaciones con sus exparejas atravesaban momentos conflictivos. Elías comienza luego de la ruptura, Pedro va desde antes para intentar mejorar el vínculo y José Luis tuvo intentos durante la relación, pero “se toma en serio la terapia” luego de terminar con su expareja. En la terapia reflexionan sobre esos vínculos y les dan un cierre.

En el caso de José Luis aparece el padre, quien era psicoanalista, recomendándole a su hijo que haga terapia. La familia —hijos/as, hermanos/as, primos/as, padres y madres— intervienen, en algunos/as entrevistados/as, dando opiniones o consejos sobre sus búsquedas de vínculos eróticos y/o afectivos.

E.: ¿Y tu familia? ¿Tenés familia?

Micaela: ¿Mi familia? No me llevo muy muy bien. Bastante dividida, te cruzás en algún cumpleaños, el día de la madre y cosas así. Una familia bastante disfuncional me tocó, entonces no es un lugar en el cual yo me pueda apoyar. Mi madre me ha dicho “¿qué es de la vida de fulana?”. “Se fue a vivir con fulano”. “Ay, qué bien”. “¿Y la vida de tal?”. “Está de novia hace dos años”. “¿Qué pasa con vos?, ¿qué pasa con vos que te me quedás sola? Sos la única que se queda atrás, ¿qué tenés?”. Y me dolió tanto de mi mamá, le dije “me debés haber hecho muy fea”. “No, si sos hermosa”, me dice. “Bueno, muy insoportable, ¿qué querés que te conteste?”. Es como que siento que me metió el dedo en la llaga. No sé. También me molesta que todo mi entorno siempre me dice “sos una chica buena, linda, inteligente, divertida, mucha gente querría salir con vos. Vas a encontrar a alguien”. Eso me enoja, “paren un poco porque en definitiva estoy sola ¿dónde está esa parte?, ¿dónde está?”. “No te faltan oportunidades”. Estoy sola y me sentí sola y me siento sola. Y duele, pesa. Y decís “bueno, a ver, ¿soy para vos una persona agradable, divertida, sana, presentable?”. Nunca nadie dice “te presento a alguien”. ¿Qué pasa que socialmente también tienen amigos, compañeros del laburo, primos, no sé, qué sé yo, para presentar y no lo hacen? Yo te digo que las pasé todas. Estos últimos tres años estoy como viviendo todas, entonces estoy como muy atenta a todas. Es como muy vivencial (Micaela, 44 años).  

E.: Cuando te separaste, ¿tu familia te dijo algo?

Azul: Al principio sí. “¿Y, conociste a alguien?”. Ahora ya no. De vez en cuando mis papás y una de mis hermanas, que es una de las que más se da cuenta, porque estoy como desaparecida con algo o así y me preguntan más. Ahora está como más tranquila la cosa. Al principio, sí. Era “dale que sos joven”, pero sí. Era como queriendo incentivar a que no me quede en mi casa y yo en realidad no me quedé nunca en mi casa.

E.: ¿A vos qué te generaba?

Azul: ¿Que me pregunten eso? No tengo recuerdos de “¡qué malo!”. No, la verdad que no. No porque lo hace mi hija, y ahora la que está más con esto es mi hija. O “¿con quién hablás?”, porque ve que estoy chateando mucho. O que hablo con alguien, “ay, ¿con quién vas a hablar?”, viste, típica cosa de nena. Mi mamá me preguntaba si estaba bien más que si estaba con alguien. Mi papá era más preocupado por si conocí a alguien. Pero está bien, no tengo un recuerdo, hace cuatro años… no tengo ese recuerdo, digamos (Azul, 40 años).

En las entrevistas a mujeres aparece la familia opinando sobre su estado sentimental, queriendo averiguar si estaban o no en algún tipo de vínculo erótico y/o afectivo o armándoles perfiles para que conozcan gente. Por ejemplo, en el caso de Laura, de 48 años, divorciada dos veces, el hermano le armó un perfil en el sitio web DelaCole.com[15]. En cambio, en los varones esas referencias no aparecen. Solo en un caso, Horacio, de 49 años, comenta que cuando se divorció a sus padres les llamó la atención pero no tanto ya que notaban que con su exesposa no estaban bien.

La figura de la mujer soltera tiene un peso más negativo en el entorno que la del varón soltero (Klinenberg, 2012). Desde una perspectiva que ponga en análisis el género, son diferentes las expectativas y representaciones culturales que se construyen para las subjetividades femeninas y masculinas (De Lauretis, 1996). Micaela, quien tuvo su última pareja hace cuatro años y tiene un hijo adolescente, vive la soltería como soledad, esto le duele y le pesa. Los actantes como su madre y sus conocidos/as le marcan y cuestionan por qué no está en pareja, a partir de resaltarle los aspectos positivos de su personalidad, “sos una chica buena, linda, inteligente, divertida, mucha gente querría salir con vos. Vas a encontrar a alguien”. Ella considera que esos actantes, en vez de actuar ayudándola a conocer a alguien, no le presentan gente y le realizan comentarios que la hacen cuestionar sobre por qué no está en pareja, a pesar de tener capital erótico (Hakim, 2010). Es decir, su entorno no la contiene ni actúa propositivamente, más bien le marcan la falta, y esto es experimentado por ella con dolor. Estas emociones de tristeza y dolor tienen lugar en un contexto en el cual el amor vuelve a las personas que están en pareja, especialmente a las mujeres,  sanas y autorrealizadas (Illouz, 2009; Johnson, 2005). Contra este panorama ella gestiona individualmente la búsqueda de pareja. En un diálogo que tuvimos en una de las catas de vino me comentó que ella se dice a sí misma “tengo que ir igual, tengo que probar. ¿Quedarme encerrada en mi casa? No. Y bueno, ahí voy con las expectativas, no sé, creo que es algo más a nivel personal mío de decir voy a interactuar con quien sea”.

Azul se divorció hace cuatro años, tiene una hija de nueve años y no volvió a tener una pareja estable; su padre y sus hermanas estaban atentos, al principio de su divorcio, a si generaba vínculos eróticos y/o afectivos. La incentivaban a que saliera para conocer gente y distraerse. Durante la entrevista se aleja de cualquier postura que vincule su soltería con el dolor o la soledad. Me comenta que empezó a salir rápido dado que es muy amiguera y que le resulta sencillo vincularse con varones “siempre tengo onda con los varones porque hablás de fútbol o hablás de distintos temas que son más comunes”. Lo que más le costó fue volver a “entrar en la sintonía del levante y del chamuyo”.  Dice que por su edad empezó a ir a bares y no a discotecas, dado que allí se sentía más cómoda.

Las preguntas de su padre y sus hermanas sobre su estado sentimental son formas de control y de incentivo a que consiga pareja, dado que, para su entorno, es aún muy joven para que en su carrera emocional no vuelva a tener un vínculo erótico y/o afectivo. Esta preocupación sobre el hecho de que tenga nuevas relaciones puede ser explicada, desde el análisis de Foucault y Sennett (1988) sobre la soltería, debido a que el desarrollo de la subjetividad se ha mezclado con la sexualidad. Desde los discursos terapéuticos, anclados en la sexualidad, se pretende interpretar el desarrollo subjetivo y la supuesta verdad del sujeto.

Estas preguntas no fueron vividas por Azul de forma negativa. Al momento de la entrevista, la que había pasado a ocupar el lugar de preguntar sobre su sexualidad era su hija. Los/as hijos/as aparecen como actantes que preguntan desde la complicidad a sus madres si están en pareja, les informan sobre aplicaciones de citas o les consultan con quién están chateando. 

E.: ¿Cómo fue que te bajaste Tinder?

Ernestina: Porque en la danza somos la mayoría mujeres. También soy actriz y en mis grupos de contacto, no sé por qué, pero siempre termino con gente joven. Tengo amigas de 20, 22. Tengo una sola de 50. Después todo debajo de 30 años. Y entonces sentía como que me faltaba un par en algún punto. Viste el par de decir, “bueno, si salgo con alguien me gustaría no tener que explicarle lo que es la separación o tener un hijo”. Que el otro ya venga con un recorrido más o menos similar, ¿entendés? Sentía eso. Y la verdad es que no tengo acceso a ese sector social. Entonces mi hija me puso Tinder. Me dijo “mamá, si vos no salís o estás con gente joven no vas a encontrar”.

E.: ¿Cuántos años tiene tu hija?

Ernestina: Tiene 12 mi hija. Entonces ella me puso Tinder. Ella me puso la aplicación en un principio, creo que era para buscar en un rango de 38 a 45 años. Y fue un flash de verdad. Porque empecé a ver a un sector al que de verdad yo no accedo socialmente. Yo no me cruzo a esa gente en la calle. No es gente accesible a mí. Y eso era como un flash, accesible a mí. Me divertía muchísimo, me interesaba muchísimo saber qué estaba haciendo la gente de mi edad que yo no la tengo alrededor mío (Ernestina, 43 años).

Cintia: (…) [Mi hijo] ya sabía todo. Cuando yo estaba en la computadora, él estaba acá. Él duerme ahí, en el sofá, ese sillón se abre. Yo me conectaba cuando él se iba a dormir… y cuando se levantaba al baño, pasaba y chusmeaba, y le digo “salí de acá, no mirés”. Pero opinaba “este no te conviene, mamá”, “este es horrible, sacalo”.

(Mientras hacemos la entrevista, su hijo está jugando en la computadora con los auriculares puestos, muy cerca de nosotras. Cuando ella me cuenta la situación, él se vuelve hacia su mamá con una sonrisa cómplice. Al devolverle la mirada, ella le pregunta si se acordaba. Comienzan a reiír. Luego de ese intercambio de miradas, Cintia continúa con su relato).

Cintia: ¿Te acordás?, y después cuando le dije “estoy chateando con mi ex”, me dice “está bien”.

E.: ¿Vos le contabas?

Cintia: Sí, sí. No es que le contaba mucho, pero me veía y me preguntaba o se metía. Es chusma él. Se mete, no se queda en el molde. Y después le mostraba la foto (Cintia, 39 años).

Cuando una pareja se separa, generalmente quienes se quedan con los/as hijos/as son las mujeres. Esto se sustenta en estructuras desiguales y jerárquicas que ubican a las mujeres como las encargadas de mantener y garantizar el cuidado de la familia. Explica Burin (2003) que las mujeres son las proveedoras de afectos tanto dentro como fuera del hogar. Se crea así en la feminidad, según la autora, el ideal materno y de proveedora de afectos como fundante de su subjetividad. En nombre de estos ideales, entendidos con un carácter trascendental, se perpetúan las desigualdades de género (Esteban, Medina, Távora, 2005). En tanto son las mujeres quienes se quedan mayoritariamente con la tenencia de los/as hijos/as, ellos/as interactúan, en su cotidianidad, con las búsquedas de vínculos eróticos y/o afectivos de sus madres. Esta es una de las razones que lleva a que aparezcan referenciados como actantes y espectadores de forma más reiterada en las entrevistas de las mujeres que en las de los varones.

Algunos datos que echan luz sobre este aspecto en la Ciudad de Buenos Aires son que los varones muestran mayor propensión a la reincidencia nupcial, mientras que las mujeres, en las uniones que han tenido hijos, son las que generalmente obtienen su tenencia, hecho que condiciona la formación de lazos eróticos o nuevas uniones (Mazzeo, 2010a). El aumento creciente de los divorcios y de las separaciones de parejas consensuales es la primera causa del aumento de familias monoparentales, preferentemente de jefatura femenina (Mazzeo, 2010b). La feminización de la jefatura de hogar es una tendencia observada en las últimas décadas del siglo pasado en todo el país y ha cobrado mayor dinamismo en la primera década del siglo xxi, tanto en las familias monoparentales como en las familias nucleares completas (Ariño, 2014). La jefatura femenina en los hogares monoparentales ha seguido incrementándose, para el año 2010 más del 80% de estas familias estaba a cargo de una mujer (Ariño, 2007, 2014).

Ernestina está divorciada hace dos años y tiene dos hijos; su hija le bajó la aplicación para que pudiera conocer personas de su edad. Ella comenta que cuando se separó, principalmente, le interesaba encontrar una pareja basada en el amor. Si bien ahora sigue con esa búsqueda, está más abocada a ella misma y a sus hijos/as, tiene vínculos sexuales esporádicos con personas que conoce por Tinder y es más escéptica sobre encontrar una relación afectiva estable. Un modo de conocer personas de quienes enamorarse, al comienzo de su soltería, fue a través de Tinder. Allí pudo relacionarse con varones de su edad, en tanto su entorno es mayoritariamente femenino y más joven que ella.

Ella se relaciona con gente más joven, dado que así también se siente (feel age) y esto no le genera contradicciones con su edad cronológica (look age) (Featherstone y Hepworth, 1991). No obstante, para buscar pareja prefiere que haya una edad cronológica similar con el otro. Presupone que una edad cronológica similar implica experiencias, dentro de sus carreras emocionales, similares: “si salgo con alguien me gustaría no tener que explicarle lo que es la separación o tener un hijo”.

Cintia —divorciada hace siete años del padre de su hijo y separada hace un año de un noviazgo de un año y medio, que fue el único vínculo erótico y/o afectivo que tuvo luego de su divorcio— vive con su hijo en un departamento de dos ambientes. En el living de la casa duerme su hijo y es donde está la computadora de escritorio que ambos utilizan. La entrevista tuvo lugar en la mesa del living mientras su hijo jugaba en la computadora con auriculares. Se nota entre madre e hijo una relación de complicidad y compañerismo. Esto se percibe en la entrevista cuando ella comenta que, aunque no le contaba mucho, él chusmeaba y opinaba sobre los perfiles que su mamá miraba cuando estaba en el sitio web de citas Badoo. Asimismo, cuando ella comentó esto, su hijo la miró y se rió con ella de la situación. Carolina, 49 años, también cuenta que su hijo adolescente cuando la veía chateando en los sitios web de citas le decía en tono de broma “¿con quién chateás tanto?”.

Las mujeres y los varones separados/as o divorciados/as con hijos/as no salen a bares o a bailar cuando les toca estar con ellos/as; los sitios de citas y aplicaciones devienen los medios ideales desde los cuales encontrarse virtualmente con otros. En tanto que los/as hijos/as viven principalmente, más días de la semana, con sus madres, este aspecto se acentúa en las mujeres, quienes deben negociar los espacios, tiempos y las formas para poder concretar los encuentros cara a cara.

Laura: Los chicos viven conmigo, no se van a vivir con el padre. Entonces, salir para mí es hacer una movida enorme.

E.: ¿Qué tenés que hacer para salir?

Laura: Un quilombo. Primero, mentir a mis hijos. Porque no me parece. Mi exmarido cayó en un pozo depresivo enorme, con brotes psicóticos muy profundos. Está muy medicado ahora, con lo cual yo tenía que sostener a mis hijos y a él. Aparte seguir con mi vida, aparte disfrutar. Pero la realidad es que nada, para salir miento. Digo que salgo con mis amigas (…). O sea, muchas veces los cito a la hora del almuerzo. Vamos a almorzar, almorzamos en la casa de uno, de otro y pasamos, qué se yo, dos o tres horas juntos, más que a la noche. Otras veces sí, cuando los chicos, el más chiquito que tiene 12… cuando el más chiquito se va.

E.: ¿Cuántos hijos tienen?

Laura: Dos, una de 17 y uno de 12. La de 17 nunca duerme con el padre, pero sale mucho siempre. Y muchas veces no duerme en casa. Entonces, sábado por medio, que mi hijo se va con el padre, yo tengo como sábado libre. Es la única vez. Después tengo que mi hijo se vaya a dormir a la casa de un amiguito, otras que el amiguito venga a dormir a casa. Otras veces lo dejo solo, le digo “voy a cenar, me voy a tomar un café con una amiga y vengo”, “no, no te vayas mami, dale”, “me voy dos horas, tres” (Laura, 48 años).

Laura busca vínculos eróticos y/o afectivos a través de Happn, pero para poder concretar los encuentros debe realizar dichas estrategias que le permiten equilibrar sus búsquedas. Las citas cara a cara que más se adecúan a sus posibilidades son las de ir a almorzar en el horario de trabajo o ir a tomar un café a la noche temprano.

En el caso de Micaela (44 años), cuyo hijo adolescente no tiene relación con el padre, cuando ella sale, principalmente los fines de semana, su hijo sale por su parte o se queda en su casa. Si bien está aceptado en el vínculo con su hijo que ella salga y conozca personas, su hijo le hizo prometer que no tendría nunca parejas o citas que provengan de un sitio web o aplicación de citas. Su hijo regula qué medios son aptos para que su madre genere vínculos eróticos y/o afectivos. La mentira —dado que ella ha utilizado Badoo, Match, Zonacitas y Tinder— aparece nuevamente como una estrategia para equilibrar las búsquedas y la maternidad.

Micaela: Mi hijo me hizo prometerle que “nunca vas a conocer a nadie de internet”, “de ninguna manera”. Todos los novios o intentos de noviazgo que él conoció, siempre le inventé que los conocí en otro lado. Porque le tiene como pánico, miedo. Entonces le evito un trastorno (Micaela, 44 años).

En una de las entrevistas a un varón sin hijos/as, Santiago, comenta que para tener una cita con una mujer que conoció en Tinder tuvo que esperar a que ella pueda “ubicar” al hijo.

E.: ¿Cómo fue el encuentro?

Santiago: Ella me dijo que bueno, que iba a ver qué podía hacer, porque tenía que ver el tema del hijo, si lo podía ubicar. Al otro día yo me fui a trabajar, hice mi vida, tenía que hacer mil cosas y tipo ocho de la noche estaba tomando cerveza con unos amigos, miro el teléfono, el Tinder, y había un mensaje de ella que decía “bueno mirá, conseguí finalmente ubicar a mi hijo, si querés nos juntamos, mi teléfono es tal”. La llamé y fuimos acá cerca a tomar una cerveza el lunes a las diez y media de la noche (Santiago, 47 años).

No obstante estas limitantes que experimentan las mujeres por el hecho de tener la mayor parte del tiempo (o siempre) a sus hijos/as a cargo, los días que ellos/as no están salen y se vinculan erótica y afectivamente cara a cara con otros. Cuanto más equitativa es la distribución de los días con el padre, más tiempo tienen para sus actividades sociales.

E.: Vos vas los lunes a bachata, ¿tu hija dónde se queda?

Azul: No, está con el papá. La verdad es que estamos organizados y la mitad estamos cada uno. Lunes y martes está con el papá, miércoles y jueves conmigo, y el fin de semana sábado o domingo, el que la tiene el viernes no la tiene sábado o domingo, y así la otra semana invertimos. Tenemos nuestros espacios ambos, por suerte re bien organizados. Eso también como que me permite buscar, salir, no sé, viste, tener mi tiempo para mí (Azul, 40 años).

Mientras que en las entrevistas a las mujeres aparecen relatos sobre las estrategias que ellas realizan para poder equilibrar, durante sus búsquedas, el hecho de ser mujeres deseadas y deseantes eróticamente con las expectativas de sus hijos/as sobre sus papeles como madres, en las entrevistas a los varones no suele haber referencias sobre cómo incide el hecho de tener hijos/as. Los días que están con sus hijos son pocos y eso hace que solo ciertos días no puedan tener encuentros cara a cara. Sin embargo, como contraejemplo, está el caso de Lucas (46 años), quien al momento de la entrevista hacía cinco meses que se había separado, luego de haber estado 15 años casado.

E.: ¿Y cómo estás?

Lucas: Complicado.

E.: ¿Por qué?

Lucas: Porque tengo un hijo de 5 años y estoy en un momento complicado porque no lo veo todos los días. No porque no lo pueda ver, sino porque no es lo mismo verlo cuando te levantás, cuando llegás, cuando te vas a dormir, que tenerlo un par de días o que puedas organizarte para verlo. El día a día, ese es el tema.

E.: ¿Tenés una relación muy estrecha con tu hijo?

Lucas: Trato de tenerla. No sé si la tengo o no la tengo, trato de tenerla. De hecho pasa mucho tiempo conmigo, pero bueno, cuando vos te separás y más a mi edad, o sea, cuando sos más chico pasás de largo más cosas, pero cuando sos más grande quizás sabés lo que representa un hijo, entonces afrontás más compromisos. Hoy mi vida pasa en función de mi hijo. Con lo cual, salida y esas cosas depende del tiempo que tenga yo con mi hijo.

E.: ¿Y a tu hijo lo ves los fines de semana?

Lucas: No, en la semana también. Va de acuerdo a la agenda que maneja la madre y, a veces, también la disponibilidad mía. La disponibilidad mía es siempre, pero a veces por eso termina el nene viniendo conmigo porque la madre tiene que hacer algo. Yo encantado, ningún problema (Lucas, 46 años).

La emoción que primó durante el desarrollo de la entrevista era la tristeza por no poder convivir con su hijo. Este hecho marcó todo el relato. Se refiere a su hijo como su prioridad y a que sus salidas dependen de si tiene la posibilidad o no de estar con él. La entrevista a Lucas es diferente a la del resto de los varones que tienen hijos/as, en los otros casos los/as hijos/as son adolescentes y tienen sus actividades. En el caso de él, su hijo tiene 5 años. No obstante la edad del niño (hay mujeres entrevistadas con hijos/as adolescentes que están la mayoría del tiempo con ellas), en su relato aparece una masculinidad marcada por el deseo de compartir tiempo con él y que no deja el cuidado solo a cargo de la madre. Sino, por el contrario, tiene un rol activo en compartir el cuidado del niño con ella.

4. Recapitulación y conclusiones

En este capítulo describí y analicé cómo es vivenciada la soltería y cuáles son las expectativas y motivaciones al momento de salir a buscar encuentros eróticos y/o afectivos. Para tal fin tuve en cuenta cómo el género, la edad y los estilos de vida de sectores de clase media aparecen moldeando la vivencia del no estar en pareja y las motivaciones y expectativas al momento de buscar vínculos.

Tres puntos estructuraron el análisis. En primer lugar, una discusión teórica que me permitió ubicar la temática de las búsquedas y la soltería en el contexto de modernidad tardía signado por la preponderancia de los discursos que apuntan a la obligatoriedad de la felicidad y del bienestar, entre ellos los psi, que conciben, por un lado, la satisfacción emocional y los intereses individuales como vectores que guían las búsquedas; y por el otro, que ubican el amor como una tecnología del yo que nos conforma como sujetos autorrealizados.

En segundo lugar, teniendo en cuenta el contexto social descripto y a partir de los emergentes de las entrevistas, analicé cómo es vivenciada la soltería por los sujetos de análisis. Identifiqué tres modalidades según emociones específicas: la soltería como reencuentro subjetivo y libertad; la soltería como soledad, asociada a la angustia; y la desesperación ante las búsquedas, como la emoción que vuelve a los otros sujetos indeseables. Los/as entrevistados/as pueden aceptar las angustias y la sensación de soledad, pero nunca la desesperación. Una estrategia que emplean para alejarse de esa etiqueta es narrar a los otros de esa forma; los varones relatan la desesperación femenina basándose en preceptos biológicos, las mujeres “se desesperan” por tener pareja al acercase a los cuarenta años edad, que es la edad cuando comienza a aparecer la menopausia femenina; por su parte, las mujeres asocian la desesperación masculina al estado civil del varón, por ejemplo la viudez, o a partir de analizar cómo se presentan y comunican en los sitios web y aplicaciones de citas.

Del análisis se desprendió que la soltería es vivida como lo que he dado en llamar un estado paréntesis en las carreras emocionales de las personas. El amor romántico y los postulados de la heteronormatividad, a saber, la cohabitación, la pareja en términos monógamos y el deseo materno/paterno son horizontes de sentido con los cuales las personas heterosexuales negocian, se acercan y se alejan. 

En tercer lugar, analicé cuáles son las motivaciones y expectativas que se ponen en juego al momento de buscar vínculos eróticos y/o afectivos. A partir del análisis de las entrevistas, los aspectos que aparecieron como centrales son: motivaciones y expectativas románticas; el deseo de ser madres y padres, y el entorno familiar y de amistad como actantes motivacionales. Dentro de las motivaciones románticas desarrollé cómo la edad genera búsquedas de amores más racionales o intelectualizados. El modelo preconizado como horizonte romántico de sentido es el del compañerismo, basado en el diálogo, la comunicación y rituales consumistas como los viajes. Pero a su vez este modelo estereotipado convive con idearios del amor romántico como proyectos a futuro que incluyen el amor por siempre o la entrega total, en términos agápicos.

El deseo de tener hijos/as se presenta en ambos géneros, pero los tiempos y las formas de vehiculizarlo son diferentes. El “reloj biológico”, la pérdida de la juventud, entendida como capital erótico, y la mayor aceptación social a que varones mayores salgan con mujeres más jóvenes, y no a la inversa, apremia los tiempos de las mujeres, quienes optan cada vez más por ser madres solteras y por técnicas de reproducción biotecnológicas.

El entorno, a saber, amigos/as, familia, compañeros/as de trabajo, terapeutas (sobre todo en las mujeres) incentivan y apoyan que las personas que no están en pareja entablen vínculos eróticos y/o afectivos. A su vez, la multiplicidad de ámbitos virtuales facilita las búsquedas de encuentros. No obstante, las mujeres, quienes más se encargan del cuidado de los/as hijos/as, esgrimen estrategias que les permitan equilibrar su soltería, en tanto mujeres deseadas y deseantes, con la maternidad.

Por último, estas formas de tramitar la soltería y sus motivaciones no son estáticas y perennes, van mutando dentro de la trayectoria de cada entrevistado/a, como así también de un caso a otro.

Ahora que he analizado cómo vivencian la soltería y cuáles son las motivaciones para buscar encuentros eróticos y/o afectivos, en el próximo capítulo me adentro en los criterios de selección al momento de las búsquedas y en los modos en que los/as entrevistados/as perciben y utilizan los espacios de sociabilidad cara a cara y virtuales al momento de entablar vínculos eróticos y/o afectivos.


  1. Illouz (2009) retoma a Durkheim (1996) para pensar el amor romántico dentro de la experiencia de lo sagrado. Durkheim identifica dentro del mundo secular experiencias de lo sagrado que no han desaparecido, sino que han migrado de la religión a otros ámbitos de la cultura.
  2. Explica Karen Lystra (1989: 8): “sobre todo durante el cortejo, se puede constatar que el amor romántico contribuye a reemplazar a Dios por el amante como símbolo central de significación máxima (…); en la nueva teología del amor romántico [los enamorados] se transforman mutuamente en divinidades”.
  3. “The central significance of lack is that femininity and masculinity stand as opposites to each other, opposites which come together to make a ‘whole’” (Johnson, 2005: 102). Traducción propia al idioma español.
  4. Las escuelas de seducción analizadas por Elizalde y Felitti (2015) pueden ser leídas en esta clave.
  5. El discurso terapéutico, anclado en la autorrealización, convergió en “la creación de un campo de acción en el cual la salud mental y emocional es la principal mercancía en circulación. Todos contribuyeron a la emergencia de lo que llamo un campo emocional” (Illouz, 2007: 138). En este campo confluye el Estado, la academia, los grupos de profesionales acreditados por el Estado, segmentos de las industrias culturales, la universidad, el mercado de medicamentos y la cultura popular, para crear un campo de acción y discurso con reglas propias, objetos y límites.
  6. Este concepto, acuñado por Wettergren (2015), ha sido analizado por Olga Sabido Ramos en una de las clases del seminario doctoral “Afecto y corporalidad” dictado en la Universidad Autónoma de México, en el primer semestre de 2017. Sabido Ramos lo emplea para ver el carácter procesual de las emociones de las personas en distintas situaciones de su vida. Lo retoma de la noción de carrera de Goffman (1998) y Becker (2009).
  7. En tres entrevistas a mujeres y una a un varón aparece que han tenido relaciones con personas casadas aun sabiéndolo. En el caso de Juan, es el único que al momento de la entrevista tenía una relación con una mujer casada. Si bien aparece el deseo y la esperanza de que su vínculo se formalice, por otro lado Juan busca vínculos eróticos y/o afectivos estables con otras personas.
  8. La masculinidad hegemónica existe en tanto hay subordinación de otros grupos, que pueden ser las mujeres en su multiplicidad, pero también los hombres no heterosexuales, ciertos heterosexuales que no cumplen con los estereotipos esperados de masculinidad o varones de color.
  9. En el uso de las aplicaciones habrá crush cuando dos usuarios muestren interés mutuamente. Esto se logra si ambos se eligen con el corazón en vez de la cruz. Cuando se tiene un crush, se recibe una notificación y se puede iniciar una conversación con el otro usuario interesado. Crush, en español, como sustantivo, significa flechazo o enamoramiento.
  10. Cuando un/a usuario/a bloquea a otro/a de una red social, aplicación o sitio web de citas, deja de recibir sus mensajes, llamadas y actualizaciones de estado.
  11. En la sociedad argentina ha habido avances en legislaciones y políticas públicas en torno a derechos y reconocimientos a las personas LGBTT. En 2010, se aprobó la Ley de Matrimonio Igualitario, que extiende los derechos del matrimonio civil para parejas conformadas por personas del mismo sexo (Ley Nacional N.º 26618), y en 2012, la Ley de Identidad de Género (Ley 26743), la cual permite el cambio de nombre y sexo registral en los documentos de identidad y el acceso a las tecnologías médicas de construcción corporal.
  12. A este ideario romántico reflexivo, Illouz (2007, 2012) lo generaliza para todos los vínculos amorosos, de todas las clases sociales, en el contexto de los Estados Unidos. A partir de investigaciones propias sobre el amor romántico y la violencia en la pareja, en jóvenes del Área Metropolitana de Buenos Aires (Argentina), considero que en esos noviazgos el ideario del amor como fusión sigue teniendo un peso significativo, aunque haya en los jóvenes discursos y prácticas de mayor autonomía (Palumbo, 2016).
  13. El turismo constituye el dominio más mercantilizado en la esfera del ocio. Con el turismo, el sistema capitalista se vuelca fuertemente, también, hacia la economía de servicios (Illouz, 2009).
  14. Bataille, en La literatura y el mal (2000), diferencia entre comunicación débil y comunicación fuerte: “Se puede ver, si se me ha seguido, que existe una oposición fundamental entre la comunicación pobre, base de la sociedad profana (de la sociedad activa, en el sentido en que la actividad se confunde con la productividad), y la comunicación fuerte, que abandona a las conciencias, que se reflejan una a otra, o unas y otras, en ese impenetrable que es su ‘en última instancia’. Vemos además que la comunicación fuerte es primera, es un dato simple, apariencia suprema de la existencia, que se nos revela en la multiplicidad de las conciencias y en su comunicabilidad. La actividad habitual de los seres —lo que llamamos ‘nuestras ocupaciones’— los separa de los momentos privilegiados de comunicación fuerte, que fundamentan las emociones de la sensualidad y de las fiestas, que fundamentan el drama, el amor, la separación y la muerte” (Bataille, 2000: 277).
  15. Es un sitio web de la colectividad judía latinoamericana, que funciona desde 1990, creado para que las personas encuentren amigos/as, parejas o gente para salir. Sus usuarios/as lo utilizan principalmente para encontrar citas o pareja.


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