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5 La energía emocional en las interacciones cara a cara

En este capítulo describo y analizo las distintas situaciones de interacción (Collins, 2009) que tienen lugar en las catas de vino, los eventos de speed dating y las clases de salsa y bachata.

Para su abordaje empírico me baso en las observaciones realizadas en las catas de vino, los eventos de speed dating y las clases de salsa y bachata; y en fragmentos de entrevistas en profundidad a usuarios/as.

El capítulo se estructura en dos secciones. En la primera, presento mi perspectiva teórica de análisis. En la segunda, examino diferentes situaciones de interacción que observé en cada uno de los espacios a partir de tener en cuenta las pautas de cortejo y emociones que circulan, las corporalidades y el capital erótico, los escenarios de interacción (Paiva, 2006); y qué sucede con la energía emocional de los sujetos ante dichas situaciones.

1. Coordenadas teóricas interaccionistas

Me baso en una perspectiva de análisis interaccionista (Goffman, 1970, 1971, 1979; Collins, 2009), la cual me permite complejizar la dimensión emocional en su interrelación con la corporal.

Desde una perspectiva interaccionista, de análisis de las situación, la co-presencia física deviene en encuentro cuando se transforma en interacción enfocada, con un foco de interacción común y de intensidad entre al menos dos personas (Collins, 2009). Para Goffman (1971, 1979), los encuentros son tipos de interacciones signadas por normas que sincronizan el proceso de obtener la atención del orador y de que este obtenga la de uno.

Las interacciones están cargadas de emociones. La energía emocional durante los rituales de interacción aumentará o disminuirá según haya sinergia o no de emociones, valores, memorias, acciones, estructuras y moralidades entre las partes (Collins, 2009). La misma genera sentimientos de membresía y, a nivel individual, confianza, contento e iniciativa para la acción, entre otros.

En los rituales de interacción las personas buscan aumentar su energía emocional. Pero esta se distribuye de forma desigual, según sus posiciones relativas de poder y estatus, por lo cual las relaciones humanas se ven regidas por dos tipos de rituales, de poder y estatus, tal como expliqué en el capítulo 3.

Algunos ejemplos de rituales de interacción que aparecen en la búsqueda de encuentros eróticos y/o afectivos y en las interacciones son una charla, una carcajada compartida, un beso y otras formas de seducción o cortejo. En estos rituales los individuos se sumergen corporalmente y se da una sincronización. En aquellos casos donde el decoro ritual se rompe, los sujetos sienten lo que Collins (2009) denomina una incomodidad moral.

Para la perspectiva interaccionista en la cual me baso, el ritual de interacción es un proceso corporal y posee una lectura del cuerpo basada en los aportes de la teoría fenomenológica de Merleau-Ponty (1970). Para el autor, los cuerpos son productores de sentidos y no son pasivos. Las personas no solo tienen un cuerpo, sino que son en el mundo con el cuerpo. El mundo es entendido a través del cuerpo no solo como experiencia física, sino también como experiencia sensible atravesada y generadora de emociones (García Andrade y Sabido Ramos, 2014). Explica Collins que cuando los cuerpos humanos se reúnen en un mismo lugar ocurre una sintonización de la cual emergen diferentes emociones, como el recelo o el interés.

La propuesta de Merleau-Ponty (1970) se vincula[1] a la noción de embodiment propuesta más adelante por Csordas, la cual implica “una condición existencial en la cual el cuerpo es la fuente subjetiva o el terreno intersubjetivo de la experiencia” (Csordas, 1999: 143).[2] El embodiment es un entrecruzamiento entre la cultura y el sujeto, anidado en la condición corporal existencial. Supone una forma de conocimiento desde la experiencia no solo desde una dimensión textual, sino también sensorial (Aguilar Díaz, 2014: 323).

Los rituales son iniciados por la convergencia de cuerpos humanos en un mismo lugar. Las emociones que generan los rituales se expresan y visualizan a través de la glosa corporal (Goffman, 1979). Goffman explica que los individuos se expresan tanto por lo que dicen como por lo que emanan corporalmente. La energía emocional se observa en las posturas y movimientos corporales, en la mirada, la voz y la expresión facial (Collins, 2009). Estos aspectos se ven por ejemplo en un diálogo. Cuando las personas dialogan y tienen un foco de atención común, tienden a sincronizar sus movimientos corporales con el ritmo que hablan. Esto significa que la energía emocional aumenta. Se miran unos a otros y lo hacen siguiendo un patrón rítmico: miran el rostro del otro, se responden con micro-expresiones. Hay fluidez en el habla y priman expresiones faciales de confianza y entusiasmo.

A partir de esta glosa corporal, en una determinada situación, en este caso las interacciones en espacios de citas y de encuentros, los individuos desarrollan corporalmente un “display de intenciones” (Goffman, 1979: 30) que son interpretables y predecibles por el resto de las personas. En el trabajo de seducción, el cuerpo crea situaciones de intimidad o proximidad corporal (Simmel, 2014), que exceden las relaciones sexuales, como por ejemplo el baile.

En el display de intenciones, la presencia corporal de otras personas nos genera una impresión sensible (Simmel, 2014). La noción de impresión sensible o de proximidad sensible implica que en las interacciones cara a cara les atribuimos a los/as otros/as diversos sentidos de percepción, a partir de los cuales establecemos formas de relación (Simmel, 2014; Sabido Ramos, 2007). Desde este concepto es posible llevar a cabo un análisis sobre, por ejemplo, las emociones del asco y el desprecio que podemos experimentar en los momentos en los que nos encontramos con otros/as, aunque las mismas sean fugaces.

La percepción sobre el otro está atravesada por “modos somáticos de atención”. Estos son “modos culturalmente elaborados de prestar atención a, y con, el propio cuerpo, en entornos que incluyen la presencia corporizada de otros” (Csordas, 2010: 87). Los modos somáticos de atención incluyen, además de la atención a y con el propio cuerpo, la atención a los cuerpos de las otras personas. Percibimos y evaluamos, desde nuestra propia experiencia, los movimientos, la posición corporal, los gestos, los olores de los otros. Las formas de percibir, sobre qué es agradable y desagradable, no son naturales, sino que están definidas social y culturalmente. Dependen del habitus de los sujetos (Bourdieu, 1987).

La noción de modos somáticos de atención nos da pistas para analizar las interacciones de búsqueda de encuentros eróticos y/o afectivos. Ciertas formas y movimientos corporales, olores, miradas son considerados atractivos o desagradables por los/as usuarios/as de catas de vino, eventos de speed dating y clases de salsa y bachata. Tal como analiza Csordas, existe una “elaboración cultural de una sensibilidad erótica que acompaña la atención hacia lo atractivo” (2010: 87). Situaciones en las cuales se presta mayor atención a los movimientos corporales de las otras personas son cuando se baila, se hace el amor o se juegan deportes de equipo (Csordas, 2010: 87-88).

Es decir, mi lectura del cuerpo es relacional. El cuerpo no es reductible a un aspecto anatómico, no es inerte, porque el sujeto y su cuerpo se van constituyendo en relación con quienes interactúan en determinado espacio-tiempo (Collins, 2009; Giddens, 1997; Le Breton, 1995; Turner, 1984). Para Nancy (2007) los cuerpos están abiertos y tensionados desde diferentes frentes, son diferencias cargadas de fuerzas situadas y tensadas unas contra las otras, lo cual implica que los cuerpos son todo lo contrario de lo cerrado y lo acabado, son abiertos, expuestos y tensionados. Son cuerpos vivientes dotados de energía que afectan y son afectados, generadores de emociones y atravesados por ellas, que resisten y actúan.

Desde esta idea de que los cuerpos son abiertos y expuestos, que afectan y son afectados, retomo la apuesta que realizan Grosz (1994) y Butler (2002). Para las autoras los cuerpos no están pre-dados sino que están social e históricamente situados. Consideran los discursos como creadores de la idea de un cuerpo “natural” que justifica ciertas creencias y regímenes corporales. Las autoras abordan el cuerpo como un cuerpo vivo, en términos de Spinoza, es decir, planteándolo como potencia y en sus capacidades de ser afectado, de afectar y de actuar (Grosz, 1994). Por ello, los límites, la potencia y los poderes de las corporalidades no se hallan fijados, sino que se desarrollan de forma difusa en función de la interacción con otros cuerpos en entramados de relaciones físicas, sociales y culturales (Pozo Martínez, 2012).

El aporte de Grosz (1994) resulta de interpretar el cuerpo como un objeto discursivo situado histórica y culturalmente, y como el objetivo crucial en las batallas sexuales, políticas y económicas, al igual que lo conciben las feministas de la tercera ola (Bellucci y Rapisardi, 2001); pero también como un umbral en el cual se ponen en tensión binarismos tales como privado o público, propio o del otro, natural o cultural, físico o social, instintivo o aprendido, psicológico o social, genética o ambientalmente determinado.

2. Interacciones situadas

2.1. Catas de vino: la tercera copa y la sommelier

La vinoteca se encuentra en una esquina de la Ciudad de Buenos Aires. Cuando una se acerca a dicha esquina un viernes por la noche, alrededor de las 20 horas, se encuentra con un cartel que dice con letras de colores: “Hoy hay cata de vinos”.

En ese pequeño espacio hay botellas por doquier, todas de bodegas boutique, y una mesa con dos sillones donde se sientan las primeras personas que van llegando. La vinoteca tiene dos pisos, el que da a la calle y un sótano donde tienen lugar las catas. El sótano está ambientado y preparado para las mismas. Una ingresa por una puerta de vidrio que da a un ambiente iluminado con veladores con luces tenues, pero cálidas, y decorado con barriles, antigüedades y objetos referidos al vino. Cuando se entra, ya las copas están sobre la mesa y hay paneras con galletas. El dueño del lugar y su asistente, que es un amigo suyo que lo ayuda en el armado de las catas, se encargan de que todo esté en orden y les indican a las personas que van llegando que se ubiquen donde más les guste.

El sótano tiene forma de romboide. Hay cuatro mesas para dos personas pero donde se llegan a sentar cuatro, dos sillones grandes que tienen al costado mesas ratonas, y sillas sueltas. Al final del sótano hay un pequeño estante con las botellas que serán catadas y se encuentra de pie el/la sommelier que aguarda sonriente mientras los/as clientes/as se acomodan. Las botellas ya están abiertas y tienen colocado el pico correspondiente para ser servidas.

Las personas van bajando, las que concurren solas se sientan en los sillones o en algunas de las sillas sueltas. Las parejas eligen las mesas de dos y los grupos de amigos/as se amontonan en las otras mesas de dos.

El sótano es pequeño pero confortable. Posee un aire acondicionado frío/calor que el organizador va programando según las necesidades de sus clientes/as. Antes de comenzar la cata siempre pregunta: “¿Está bien el aire así? ¿Quieren que lo baje, lo suba? Díganme por favor”. El escenario de interacción puede ser definido, según mi experiencia, como un lugar cálido y confortable.

Para poder tener una visión panorámica de las interacciones que se desarrollan en ese escenario solía sentarme en la última mesa, cerca de la puerta, la más alejada de donde estaba el/la sommelier. Podría decirse, haciendo una analogía con el aula de una escuela, que me sentaba en el “último banco”. La mesa era cuadrada y tenía tres sillas. Elegí esa mesa como lugar de observación desde mi primera cata.

En mi primera degustación, el asistente del organizador de las catas, a quien lo había entrevistado una hora antes, se sentó conmigo. Sus amigos/as, clientes/as frecuentes de las catas, se sumaron a nuestra mesa. Como eran varios/as unieron la mesa de al lado. Para cuando la cata había comenzado estábamos sentados alrededor de ambas mesas diez personas. Éramos ocho varones y dos mujeres.

Durante esa cata, el asistente ofició de informante clave en todo momento. Cuando nos sirvieron la primera copa de vino, él me miró y me dijo “vas ver que en la tercera copa de vino todo se distiende”. Esta máxima fue registrada por mí en cada una de mis observaciones y reafirmada a partir de las entrevistas en profundidad que realicé a clientes/as de este espacio.

En la tercera copa de vino emergen situaciones de sociabilidad signadas por una mayor desinhibición. La gente comienza a hablar entre sí, se diluye la figura de autoridad del/a sommelier. El silencio que primaba al comienzo es reemplazado por el bullicio y las risas, ante lo cual el/la sommelier y el organizador piden, amablemente, silencio. Circulan bromas entre los/as usuarios/as, hasta hace poco desconocidos/as entre sí.

En una de las catas, luego de la tercera copa de vino, registré una escena donde se observa un mayor nivel de desinhibición por parte de un grupo de mujeres. En uno de los costados del sótano, había una mesa con un grupo de cuatro amigas. Ellas comenzaron a mirar a dos varones que se encontraban sentados en la mesa trasera. Mientras los miraban, comentaban y se reían. Ellos eran conscientes de esto y el juego de miradas cruzadas comenzó a tener lugar. En un momento de la noche, ante una pregunta del sommelier sobre el sabor de un vino, una de las mujeres se dio vuelta y les dijo, con tono de voz suave y una sonrisa, a los varones de la mesa trasera: “A ver, chicos, ¿qué tienen para decir?”. Todos/as nos reímos de la situación. Dado que ninguno de los varones respondió de forma rápida, otro varón sentado en otra parte del escenario les gritó: “No arruguen, muchachos”, haciendo referencia a que la mujer estaba intentando entrar en contacto con uno de ellos y que, en tanto eran evaluados como varones heterosexuales, debían responder al deseo femenino. Dentro de los postulados de masculinidad hegemónica se espera que los varones estén siempre disponibles para lo erótico y sexual. Si un varón se pone nervioso ante el deseo erótico femenino o lo rechaza, su performance de seducción masculina heterosexual será puesta en discusión.

Estas situaciones son rituales naturales de interacción en tanto generan un foco de atención compartido y consonancia emocional sin la necesidad de protocolos formalmente estereotipados o rituales formales regidos por procedimientos ceremoniales (Collins, 2009: 75). En las situaciones aquí descriptas la energía emocional aumenta de forma espontánea. La tercera copa de vino simboliza el pasaje de un estado de “sobriedad” a uno de “desinhibición”. En el primero, los cuerpos tienden a la quietud, cada uno está sentado en su silla, en silencio o hablando bajo; en el segundo, las personas hablan fuerte, se mueven, cambian de lugar. En este estadio se genera más confianza y contento entre los participantes de la cata, como así también sentimientos de membresía. Esto se visualiza en que se ríen de los mismos chistes y hay una correspondencia entre los temas de interés que comienzan a circular, entre ellos los comentarios referidos a temas sexuales. Es decir, la energía emocional aumenta.

En el estadio de desinhibición la glosa corporal se distiende. Algunas de las mujeres que estaban sentadas en silencio y manteniendo posturas rígidas, luego de la tercera copa se sueltan el cabello y empiezan a tocárselo. Comienzan a hablar con otros varones. Aparece de forma más evidente una lógica de seducción signada por el cruce de miradas entre varones y mujeres sentados/as en distintas partes del escenario. Las miradas son un guion recurrente de seducción y de cortejo, de display de intenciones que apelan a la idea simmeliana de la coquetería. Implican, desde el silencio de la palabra, un quizás más tarde hablemos o un quizás me gustes. Ese quizás, en tanto somos cuerpos vivos, que afectamos y somos afectados, genera efectos y deseos entre las personas que observan y que son observadas (Butler, 2002; Grosz, 1994; Frigerio, 2006).

Estos actos de seducción femenina —mirar a quienes les parecen atractivos, tocarse el pelo o hablarles delante de todos con un tono suave y simpático— son, en términos de Bianciotti (2013), “performances de seducción medidas (sutiles)”. Según la autora, así las mujeres se muestran sexys, simpáticas y sensuales, pero “(…) sin los excesos adjudicados a la figura del gato (exhibicionismo excesivo del cuerpo y la seducción exacerbada) o la puta (excesiva cantidad de compañeros eróticos)” (Bianciotti, 2013: 608).

Las mujeres que concurren a estos espacios van vestidas con jeans, camisas o blusas. Llevan zapatos con o sin taco y no usan ropa escotada o polleras cortas. Su forma de vestir se aleja de cualquier tipo de exhibición corporal. Si bien están maquilladas, su forma de maquillarse es sutil y utilizan colores sobrios: usan base, se delinean los ojos y utilizan labiales de colores claros. Combinan seducción con elegancia y distinción. Como explica Bianciotti, las formas de seducción medidas (o sutiles) se basan en una estilización elegante y la exhibición moderada del cuerpo. Así las mujeres buscan lograr una belleza que se pretende natural, en contraposición al “gato”. Muestran un aspecto personal sexy y fino a la vez (Bianciotti, 2013: 613).

Luego de catar los vinos, alrededor de cinco copas por noche, el dueño trae empanadas o picadas de fiambres para todos/as. Las empanadas son dos por persona y las picadas son una por mesa. Como algunos/as no están en ninguna mesa, se sientan o acercan a quienes están sentados. Esto favorece el diálogo y el intercambio. Este es el momento en el que quienes cruzaron miradas a lo largo del evento se aproximan corporalmente. Los varones, con la excusa de que van a buscar algo para comer, se acercan a la mujer que les pareció atractiva. Esto le sucedió a Aldana (50 años), clienta frecuente de la cata. Luego de mirarse con un varón más joven durante toda la noche, tuvieron su primer acercamiento verbal en el momento de la picada. Más tarde fueron con varios/as de los/as participantes de la cata a cenar a un restaurante donde continuaron hablando. Él la cortejó todo el tiempo con halagos y terminaron la velada teniendo relaciones sexuales en la casa de él. Ella resume todas esas gestualidades de seducción como “no paró de tirarme los galgos toda la noche”.

La forma de cortejo y seducción, en el caso de Aldana como en los otros que observé, aunque no implique la generación o la búsqueda de un vínculo de pareja, se da en términos monógamos. A partir del juego de miradas dos individuos perciben si hay energía emocional entre ellos. En los casos en los que la haya, no cortejarán explícitamente a otras personas en ese espacio a lo largo de la noche. Subrayo “en ese espacio” porque las personas durante el evento utilizan sus celulares y chatean con otros/as con los/as cuales, quizás, desde lo virtual, estén sociabilizando erótica y/o afectivamente o pautando encuentros de este tipo.

Los celulares son actantes presentes en los eventos de las catas de vino. Los/as usuarios/as prenden sus celulares en diferentes momentos de la noche, escriben o revisan los perfiles de sus redes sociales. Cuando ya se encuentran más desinhibidos/as y relajados/as, se sacan selfies con sus amigos/as o fotografían a la banda de música que toca al final del evento. Asimismo, los celulares son utilizados cuando hay sinergia emocional entre las personas. Los sujetos intercambian sus números telefónicos como forma de establecer un contacto, ya sea con vistas a una posible amistad o en una escena de seducción.

La energía emocional entre dos personas se incrementa si ambos se perciben como agradables. Esto se genera a partir de sus modos de atención (Csordas, 2010), que implican la forma de evaluar y percibir al otro (por sus olores, gestos, cuerpo). Un rasgo estético que vuelve a alguien deseable en las catas de vino es su olor. El olor del escenario de la cata está marcado por el aroma al vino y las fragancias de perfumes importados que utilizan sus usuarios/as. El perfumarse es una forma de distinción y una estrategia para generarles a las otras personas una percepción sensorial agradable sobre sí mismos. Oler bien es una de las formas que poseemos para no producirle a los otros asco o desprecio (Sabido Ramos, 2007; Simmel, 2003) y aumentar nuestro capital erótico (Hakim, 2012).

Los olores aceptables o no dependen del círculo social en el cual estamos insertos. Es decir, el sentido del olfato está construido socialmente. Los olores para Synnott son un arma de defensa para menospreciar a los demás (Synnott, 2003: 443). Sirven para legitimar desigualdades de clase y raciales y para imponerle a una población determinada una identidad moral negativa.

Dentro de los rituales de interacción de las catas de vino están, tal como se explicitó en el capítulo anterior, los recitales acústicos de grupos musicales. Las canciones que interpretan son, principalmente, en inglés, de estilo soul, jazz y rock, y sus letras poseen contenido amoroso. Estas canciones versan sobre historias de pareja, peleas amorosas, la búsqueda del amor y el dolor que genera amar. Cuando tocan las bandas, el organizador apaga las luces y solo quedan prendidos unos veladores con luces tenues, de color anaranjado. Cuando el grupo musical se presenta las personas hacen silencio. Para este momento todos/as ya hemos tomado cinco copas de vino y más. Las miradas de algunos/as espectadores/as, idas y con brillo en los ojos, parecen estar conectadas con recuerdos u otras sensaciones que les genera la música, el alcohol y la ambientación del espacio. Aquellas personas que van en pareja se dan la mano y se besan. El ideal regulatorio romántico, por las letras de las canciones y los movimientos corporales de los/as clientes/as, impregna el escenario.

En contraposición a este discurso más romántico, en una de las catas un dúo tocó la canción de Jimi Hendrix denominada “Foxy Lady” (Chica Zorra). Cuando la cantante la presentó dijo: “Dedicado a todas las chicas zorras”. Esto incrementó la energía emocional entre las mujeres. Hubo chiflidos de aprobación y risas entre ellas, una erotización menos sutil y más explícita. La cantante apeló a un corrimiento dentro del sistema estético-erótico-moral, en términos de Bianciotti (2013), de aquello considerado como una feminidad medida. La aprobación por parte de las otras mujeres de este deslizamiento, aunque sea a nivel discursivo, tensiona las tecnologías de género (De Lauretis, 1996) y del yo (Foucault, 1990) a partir de las cuales se crea un ideal regulatorio de sujeción y subjetivación de lo femenino en términos de autocontrol. Se visualizan otros deseos.

No obstante estas situaciones de aumento de energía emocional en las catas de vino, hay también otras situaciones en las cuales disminuye. Una de las interacciones más destacadas de cada evento es aquella que se genera entre el/la sommelier y su público. Los/as sommeliers son generalmente varones y en algunos casos mujeres jóvenes. En una de las catas, la sommelier fue una mujer de alrededor de cincuenta años, con el pelo canoso, sin maquillaje y poco simpática. Esta cata no tenía ningún componente novedoso a nivel de cantidad de personas u organizativo, en relación con las otras, pero cuando esta mujer nos explicaba sobre la bodega y los vinos las personas le prestaban poca atención.

Cuando ella se paró frente a todos/as para comenzar a hablar, no le prestaron atención instantáneamente. Algunos/as seguían utilizando sus celulares y otros/as hablaban con las personas con las cuales habían ido a la cata. Tuvo que aumentar su tono de voz para presentarse. En ese momento todos/as comenzaron a escucharla. Como en todas las catas, la sommelier preguntaba qué nos parecían los vinos o cuáles sabores identificábamos. A diferencia de otras catas, ella no aceptaba con facilidad las críticas o sugerencias que le realizaba el público. Respondía, por ejemplo, “eso no es así” con demasiada seriedad. Estas diferencias y la poca empatía comenzaron a generar un ambiente de inconformidad respecto a la sommelier y las personas dejaron de escucharla. En distintas oportunidades el organizador tuvo que pedir, con amabilidad, que hiciéramos silencio. Ella intentó con rituales como chistes restablecer su fachada personal (Goffman, 1979) y aumentar su estatus —volver a ser parte del grupo— y su poder —volver ser el foco de atención e impartir sus conocimientos—. Estos chistes, como “qué charletas que son”, eran rituales fallidos y generaban indiferencia (Collins, 2009: 75).

El capital erótico de la sommelier, analizado desde su vestimenta, su atractivo sexual, su cuidado de la imagen, su edad y sus aptitudes sociales —como la gracia o el humor—, era bajo a la vista de su público. La forma a partir de la cual era evaluada y percibida —modos somáticos de atención en términos de Csordas (2010)— por sus gestos y su estética era negativa. En el contexto cultural en el cual estamos inmersos, la juventud y el atractivo corporal femenino pasan a ser capitales que jerarquizan a las mujeres (Bordo, 2003; Davis, 1997; Muñiz, 2014). Esta característica es más sobresaliente sobre los cuerpos femeninos que sobre la masculinidad heterosexual.

En otras catas hubo sommeliers mujeres, pero en esos casos las bodegas contratan a mujeres jóvenes que se muestran simpáticas y que van vestidas con ropas ajustadas al cuerpo. Al momento de vender sus vinos las bodegas saben que la presencia de una mujer, dentro de los cánones de la belleza hegemónica, volverá más apetecible el producto. En cambio esta mujer, por su aspecto estético y la falta de carisma, generaba desprecio entre las personas. El desprecio es una emoción jerarquizante que aparece cuando alguien es considerado inferior (Sabido Ramos, 2007). Este desprecio se trasladó al sabor de los vinos. A medida que avanzaba la cata y la energía emocional para con la sommelier disminuía, los/as clientes/as comenzaron a decirle de forma más directa y seria que los vinos les parecían malos. Cuando terminó la cata, los/as clientes/as se quejaron con el organizador no solo por la sommelier sino también por la calidad de los vinos.

El modo en que era percibido el aspecto corporal, estético y su actitud poco simpática socavó la energía emocional de la sommelier y movimientos comenzaron siendo nerviosos y terminaron abúlicos. A medida que aumentaba el descontento entre los miembros de la cata hacia ella, la solidaridad a través del contacto visual disminuía. Cuando hay sinergia en la interacción las personas se miran unas a otras y lo hacen siguiendo un patrón rítmico: miran el rostro del otro y se responden con micro-expresiones. “En instantes de solidaridad intensa (de triunfo grupal o de consonancia erótica), las miradas recíprocas son más largas y semejantes, mientras que en situaciones de baja armonía se baja o desvía la mirada durante porciones de tiempo prolongadas” (Collins, 2009: 186). Cuando el desprecio y el desinterés por parte de los/as clientes/as fueron evidentes y muy pocas personas le prestaban atención, la expresión facial de la sommelier demostraba nerviosismo y luego molestia. Se mordía los labios o miraba al organizador constantemente, como forma de pedirle ayuda.

En el momento en que la exposición de la sommelier terminó, el organizador bajó con la picada. En ese lapso de tiempo ya todos/as habían empezado a hablar con otras personas. Apenas se sirvieron las picadas, observé cómo la sommelier se iba sin saludar a su público y sin que nadie la saludara. El hecho de que no haya habido saludo, que es un tipo de ritual interpersonal positivo (Goffman, 1979: 88), es una muestra de la pérdida de estatus que experimentó esta mujer en la cata. El vínculo entre el/la sommelier y los/as clientes/as fue diferente a otras catas, en las cuales siempre hubo sinergia entre las partes. Ellos/as siempre se quedan a comer la picada, se sientan con nosotros/as y charlan. Pasan de ser quienes tienen un saber experto a ser un miembro más del grupo.

Otra escena donde se visualiza el descontento que sintieron los/as clientes/as respecto a la sommelier fue cuando un grupo de cuatro varones que estaba sentado en una mesa se levantó y se fue. Esta es una situación que nunca había sucedido en las otras catas a las que asistí. Los/as clientes/as más frecuentes, luego de que terminó la cata y cuando el organizador se sentó a hablar con nosotros/as, se quejaron de la sommelier. Le dijeron al organizador “qué vieja sin onda” o “qué vieja más mala onda”. La descalificación se basó en la edad y la falta de simpatía de la mujer. Por su parte, el organizador, para explicar por qué los cuatro varones se habían retirado de la cata, indicó que fue porque “era una vieja mala onda y ellos quieren ver unos buenos culos”. Esto generó risas y aprobación tanto por parte de los varones como de las mujeres. Con esa expresión, apeló a la edad de la sommelier y a su aspecto corporal. El organizador, cuyas representaciones de belleza y sensualidad se sustentan en atributos de la masculinidad hegemónica, considera que lo que hace interesante a una sommelier mujer, a diferencia de un sommelier varón, es que además de que sepa de vinos debe ser atractiva, a partir de poseer un cuerpo curvilíneo y ser joven y simpática.

2.2. Speed dating: el juego y los minutos eternos

Mientras las mujeres esperan para que comience el evento de speed dating, hablan entre ellas. Se escuchan preguntas como “¿vos cuántos años tenés?” o “¿hace cuánto que no estás en pareja?”. Las mismas son las iniciadoras de las conversaciones, el punto en común desde el cual mujeres que no se conocen entre sí comparten experiencias.

En cada noche de speed dating se realizan dos eventos en paralelo, según grupos de edad. A medida que se van inscribiendo, la organizadora les dice a las mujeres que se acomoden en un sector del bar y a los varones en otro. Las mujeres comienzan a hablar entre sí según su look age (Featherstone y Hepworth, 1991), se reúnen con quienes consideran de una edad similar. A partir de mis observaciones noté que las mujeres mayores miraban a las más jóvenes “de arriba abajo”. En nuestra sociedad, donde es más proclive que haya vínculos entre varones mayores y mujeres más jóvenes (Torrado, 2007), para las mujeres más grandes la presencia de mujeres más jóvenes en el mismo espacio social es percibido como lo que he dado en llamar “competencia desleal”[3]. En tanto la belleza y el capital erótico se anclan en gran medida en la juventud (Hakim, 2012), quienes sean más jóvenes se posicionarán de manera privilegiada dentro del evento de speed dating.

Las mujeres suelen concurrir al evento con una amiga. Es poco frecuente que ingresen solas. Las que van solas rápidamente generan estrategias para incrementar su sentido de pertenencia. Luego de inscribirse, le consultan a la organizadora dónde deben esperar o cuánto tiempo falta para que empiece el evento. La organizadora las lleva al sector donde se encuentran las demás mujeres y les dice a todas: “mientras esperan charlen, háganse amigas”. De este modo apela a la integración y aumenta la energía emocional de sus clientas. Les da confianza y les baja la ansiedad que les genera, a las nuevas clientas, experimentar un formato de citas novedoso y distinto como es el de las multicitas.

Por su parte, los varones, aunque en algunos casos vienen con amigos, tienden a ir solos a los eventos de speed dating. Cuando llegan hablan de a dos o en grupos reducidos de hasta cuatro y también se aglutinan según la edad que parecen tener. En ningún momento la organizadora se acerca para generar dinámicas grupales entre los varones. Aquellos varones que están solos se sientan en algunas de las mesas y mientras esperan usan el celular. Su ansiedad ante la espera de que comience el evento es expresada mínimamente a la organizadora. En algún caso se acercan a ella y le consultan a qué hora comenzará.

Mientras los varones y las mujeres esperan para que comience el evento, cruzan miradas y se observan. Ponen en juego sus modos somáticos de atención. Examinan si alguna persona les parece atractiva. Para ello tienen en cuenta la edad de las personas que observan. Tal como mencioné en el capítulo 4, en uno de los eventos una de las participantes, una mujer de 38 años, se quejó con la organizadora porque consideraba que los varones eran grandes en relación con su edad.

Al igual que en las catas de vino, las personas, como forma de generar agrado, van perfumadas. En relación con la vestimenta, en el sitio web de los eventos de speed dating se indica que si bien no hay una manera predeterminada para vestirse, aconsejan a sus clientes/as que se vistan de “modo elegante sport” y que estén cómodos/as. Les recuerdan que la primera impresión es la que cuenta y que es importante ser auténticos. En tanto estos eventos son un negocio dentro del mercado de citas, ofrecen, tal como escriben en su sitio web, seminarios de “fashion workshop” para quienes aún “no encontraron su estilo”.

Las personas van vestidas de manera similar. Las mujeres usan pantalones largos o polleras con medias, camisa y suéter. Su ropa es de color negro y la combinan con blanco. La mayoría de las mujeres están teñidas de rubio o tienen mechones de cabello aclarados. Se maquillan con colores claros y de forma sobria. Tal como sucede en las catas de vino, performan una estética elegante y una exhibición moderada del cuerpo (Bianciotti, 2013). Por su parte, los varones están afeitados, usan chombas o camisas y pantalón. Tanto varones como mujeres visten con ropa de colores sobrios.

Luego de las acreditaciones llega el momento en que la organizadora llama a los/as participantes a que se reúnan en el centro del bar donde están ubicadas las mesas. Las personas se sientan o se quedan paradas a los costados. La organizadora se coloca un micrófono inalámbrico con forma de vincha y pide silencio. Se para delante de todos/as y a través de su presencia sonriente pero imponente —es alta, usa tacos y tiene una postura erguida— pasa a ser el centro de atención del grupo. Ella es quien dará las pautas de cómo se desarrollará el evento de speed dating. Es el objeto (sujeto) sagrado que posee el saber y la capacidad organizativa para que los/as usuarios/as puedan llegar a entablar encuentros eróticos y/o afectivos. El objeto sagrado es aquel que centra la atención del grupo y deviene receptáculo simbólico de sus energías emocionales (Collins, 2009: 170).

Cuando la organizadora da las pautas de interacción lo primero que dice y que marca, una y otra vez a lo largo de su explicación, es que “esto es un juego, dejémonos llevar”. Las pautas de interacción que estipula delinean las pautas de cortejo y seducción esperadas dentro de este espacio social. La primera se basa en no preguntar la edad del otro. El hecho de no preguntar la edad se vincula, según explicita la organizadora, con que cuando sabemos la edad de nuestra cita comienzan a operar los prejuicios. El criterio de selección basado en la edad cronológica de una persona (look age) actúa fuertemente al momento de las búsquedas de pareja en las personas heterosexuales. Para contrarrestar este criterio, dice que “preguntar la edad solo aumenta los prejuicios y no hacen a la persona. Cuando les pregunten cuántos años tienen, digan ¿cuántos años te son suficientes?. De este modo la organizadora apela a un ideario romántico ficcional basado en el amor agápico. El ágape posee los atributos de la pasión romántica, es irracional y es conferido sin razones. El amor como ágape postula que amamos al otro aunque vaya en contra de nuestros intereses sociales o emocionales (Boltanski, 2000). Para la organizadora, el hecho de que un varón pregunte la edad es una “falta de caballerosidad”, dentro de los cánones de masculinidad que ella espera por parte de sus clientes. La caballerosidad, entendida como la adulación y la adoración de la mujer como claves de conquista, es parte del discurso del amor cortés (Tin, 2012) que se perpetúa dentro de las pautas de cortejo románticas actuales. El amor cortés emergió dentro de las sociedades cortesanas del siglo xii en Europa y permitió el pasaje de las sociedades homosociales a la cultura heterosexual, la cual postula a la heterosexualidad como una “naturaleza ‘natural’” (Tin, 2012: 7). En tanto las mujeres son el “objeto” de deseo deben ser cortejadas de forma tal que no se le hagan preguntas que las desprestigien, entre ellas la edad. Aunque la organizadora diga que no se debe preguntar, la edad es un capital que actúa posicionando a los sujetos. Será más interesante dentro de este espacio social quien sea más joven. Este criterio opera tanto para mujeres como para varones, pero sobre todo para las mujeres, dado que los varones de cualquier edad tienden a elegir y a ser elegidos por mujeres más jóvenes.

Otro de los postulados dentro de la seducción corporal es el contacto visual. La organizadora sugiere que cuando las personas estén en las citas miren a quien tienen delante y le sonrían. Como expliqué en páginas anteriores, el contacto visual implica la existencia de energía emocional entre los sujetos que interactúan. El contacto visual, a través de las miradas, es una forma de seducción en las búsquedas. Se basa en hacer sentir al otro nuestro centro de atención. El hecho de hacer sentir al otro nuestro centro de atención, aunque sea por el tiempo que dura la interacción, es dentro del contexto de citas un guion romántico.

“No generen falsas expectativas”. Esta es otra de las máximas que brinda la organizadora cuando está por comenzar el “juego”. Las personas deben marcar para cada una de sus citas el nivel de agrado a partir de los siguientes emoticones: “Me encantó”, “Me gustó”, “No somos compatibles”.[4]Según la explicación que da la organizadora, “Me encantó” implica tener interés en la otra persona vinculado a lo erótico y afectivo; “Me gustó” conlleva un interés en generar una amistad, que quizás pueda devenir en el futuro en otro tipo de vínculo; y “No somos compatibles”, ningún tipo de afinidad.

La regla del juego, que hace que una cita sea ubicada en uno u otro casillero, depende de lo que la organizadora denomina “la piel”. Explica la organizadora: “si no me gustó es porque no sentí la piel. Pero si me cae bien puede ser un amigo, ahí le ponemos ‘me gustó’”. Para decir qué implica tener piel se toca su brazo y hace referencia con sus manos a cuando la piel se eriza, lo que ella denomina “se nos pone la piel de gallina”.

Desde la perspectiva de que nuestros cuerpos son cuerpos vivos, entiendo que el cuerpo es una superficie que siente y que “sostiene las representaciones, envuelve los afectos, deja que se inscriban las sensaciones como letras de tinta visibles e invisibles que abandonan sus marcas en la piel” (Frigerio, 2006: 34). Es desde y sobre la piel, para Nancy (2007), que se efectivizan los sentires. Desde la piel nos abrimos hacia el afuera, al mismo tiempo que es el envoltorio que contiene nuestro adentro —nuestros afectos, representaciones—. La piel es el umbral (Grosz, 1994) o frontera (Nancy, 2007) donde se inscribe la tensión entre el adentro y el afuera, desde la cual tocamos y somos tocados.

La organizadora da claves para realizar una performance de seducción (Hakim, 2010) supuestamente exitosa, como la sonrisa y “ponerle sentido del humor a la situación”. Ser simpáticos/as es parte del capital erótico para Hakim (2010). Actuar de esta manera implica un emotional work (Hochschild, 2012) a partir del cual no se entrevea el enojo, el desagrado, la distracción o falta de interés en lo que el otro nos está diciendo.

Mientras la organizadora brinda las pautas de interacción deseables, los/as usuarios/as, en especial las mujeres, la miran y escuchan atentamente. Ella es el objeto sagrado de la escena, dado que es considerada por sus clientes/as como “la experta en el amor”, y quien les facilitará la posibilidad, mediada por el dinero que pagan para ingresar a los eventos, de entablar vínculos eróticos y/o afectivos. A partir de las entrevistas a usuarios/as de espacios de speed dating y conversaciones informales se desprende, a nivel discursivo, que ellos/as acceden a este espacio principalmente para entablar vínculos de pareja. Me comentan que las citas que les dicen que no buscan conocer a alguien en pos de formar un vínculo estable no generan energía emocional.

Luego que la organizadora da las pautas de interacción, las mujeres se ubican en las mesas. Ellas, bajo los patrones de caballerosidad que rigen en ese espacio, son el sujeto de divinidad. Se mantendrán sentadas a lo largo de la noche y serán los varones quienes roten de mesa en mesa.

Cuando los/as participantes se inscriben en los eventos de speed dating, la organización le da a cada uno/a dos tarjetas y una lapicera. En la tarjeta más grande, las personas escriben el nombre de fantasía de su cita, su número de identificación[5] y el nivel de agrado o desagrado que les generó. Asimismo, en la tarjeta más grande hay espacio para que escriban brevemente alguna referencia o descripción para acordarse de sus citas. Esta es de uso personal y no será entregada a la organizadora cuando termine el evento. En la otra tarjeta, la más pequeña, las personas escriben el nombre de fantasía de sus citas, su número de identificación y señalan el nivel de agrado. También colocan su número de identificación personal. Esta sí será entregada a la organizadora.

Entre cita y cita, de ocho minutos cada una, la organizadora toca la campana para indicar la finalización de una y el pasaje a la otra. Al cabo de cinco citas habrá un corte de alrededor de quince minutos para que las personas puedan consumir en la barra del lugar o pasar al baño. Luego se tienen cinco citas o más. Cuando finaliza el evento cada uno/a entrega la tarjeta más pequeña a la organizadora y puede quedarse en el bar.

La organizadora toca el primer campanazo. Los varones caminan a la primera mesa que les corresponde. Van con el cuerpo erguido y comienzan a practicar la sonrisa ganadora, de la cual les habló la organizadora. Las mujeres esperan atentas. Nadie utiliza el celular durante las dos horas y media que dura el evento. Todos/as están concentrados/as en sus citas. A cada mesa que los varones llegan saludan a sus citas con un beso en la mejilla. El beso como forma de saludo es un ritual interpersonal positivo (Goffman, 1979) desde el cual se asientan las bases para tener una cita.

Durante las citas se dan distintas escenas de interacción donde es posible identificar un aumento de la energía emocional de las personas. Por ejemplo, cuando un varón le invita a una mujer un trago. Los mozos del lugar están atentos a servir rápidamente, dado que hay muy poco tiempo entre cita y cita. La tensión de estar delante de personas desconocidas y tener tan poco tiempo para hablar genera risas de nerviosismo acompañadas de expresiones como “no sé bien qué decir” o comentarios como “¡qué raro es este sistema!, ¿no?”. Pero también aparecen preguntas concisas que operan como rituales forzados (Collins, 2009: 78) para generar focos de interés común y que definen con rapidez si hay congruencia de intereses entre las partes. Estos rituales se basan en preguntas como “¿cuánto hace que no estás en pareja?”; “¿es la primera vez que venís acá?”; “¿de qué trabajás?”; “¿cuántos años tenés?”, o “¿cómo te llamás?”. Asimismo, aunque cada uno/a lleva un nombre de fantasía como forma de mantener el anonimato, siempre se preguntan el nombre y/o el porqué de determinado sobrenombre. Estos son disparadores frecuentes que se escuchan y que son realizados tanto por varones como por mujeres. Estas preguntas marcan la afinidad electiva (Bourdieu, 1998) o la consonancia de criterios de selección entre los/as usuarios/as. Más allá de un discurso romántico basado en la premisa agápica, lo que aparecen son habitus y expectativas racionales que volverán al otro deseable o no. Es decir, guiones de amor realista se ponen, también, en juego dentro de las búsquedas (Illouz, 2009: 217).

Al evento concurren personas que, según me explica la organizadora, son usuarios/as frecuentes. Estos/as durante sus citas desarrollan un discurso pre-fabricado y organizado, a través del cual cuentan su trayectoria afectiva: a qué edad tuvieron su primera pareja, su condición civil actual, si tienen hijos/as, por qué están allí y qué buscan.

Una escena de caballerosidad que observé es cuando los varones les preguntan a sus citas si tienen frío. El momento del año en el cual desarrollé las observaciones fue en otoño. Algunas mujeres estaban con camperas o suéteres abrigados. Cuando, ante la pregunta de los varones sobre si tenían frío, algunas decían que sí, ellos, como forma de caballerosidad y de demostrar interés, les proponían cambiar de lugar para que estuvieran más lejos de la puerta o la ventana y así se sintieran más a gusto.

El corte intermedio de quince minutos que tiene lugar durante el evento permite que las personas se conozcan, hablen con más tiempo y con quienes quieran. Este es un momento en el cual algunos/as profundizan sobre lo que hablaron durante la cita y/o intercambian teléfonos. Lo mismo sucede cuando termina el evento, algunas personas se quedan en el bar y allí se vinculan de a dos o hablan en grupos mixtos, de mujeres y varones.

Durante las citas, las mujeres y los varones sonríen, realizan movimientos corporales medidos —no exagerados—, dado que el espacio entre las mesas es reducido. El tono de voz suele ser elevado debido a que hay demasiado bullicio. Son muchas citas que se suceden en simultáneo. Formas corporales de seducción que realizan las mujeres y los varones son las miradas atentas a lo que la otra persona dice y así evitar monólogos. No obstante, hay escenas donde eso no se cumple y se observan situaciones de displacer donde prima el silencio y la falta de solidaridad a través de la mirada —por ejemplo, las personas miran hacia el costado—.

Escenas donde la energía emocional dentro de la cita decrece son aquellas donde las personas se preguntan la edad. Si bien, tal como expliqué, la organizadora no sugiere este tipo de pregunta en el contexto de las multicitas, escucho que la misma es realizada tanto por varones como por mujeres en algún momento de la cita. Cuando esa pregunta es enunciada cada una de las partes sabe que operará un filtro que potenciará el “no somos compatibles”.

Durante las citas suceden escenas de seducción que devienen en descontento. Entre cita y cita el orden previo que la organización le da a las sillas suele modificarse. En una de las citas que observé, un varón y una mujer hablaban, se reían y se miraban fijamente. Ante esta sinergia, el varón aprovechó que las sillas no estaban ordenadas y movió sutilmente la suya para estar más cerca de ella. Con ese movimiento, entendido como un display de intenciones, él quiso hacerle notar a ella su interés en acercarse y profundizar en la interacción. La mujer interpretó que la seducción de él desbordaba los límites de la coquetería basada en el quizás e implicaba un acercamiento excesivo. Esto llevó a que ella se levantara de su lugar y corriera su silla a un costado de la mesa alejado del contacto corporal con el varón. Él ante esta situación emanó una gestualidad referente a la disculpa, se corrió también más lejos de ella. La disculpa es una práctica correctiva que este varón esgrimió para mejorar su actuación (Goffman 1971). A partir del empleo de esta práctica correctiva intentó equilibrar ritualmente su cara en pos de que no se destruyera totalmente su performance de seducción. No obstante, luego de esa escena la cara de la mujer se puso seria y no le sonrió en ningún otro momento de la cita.

Como expliqué, entre cita y cita las personas tienen pocos segundos para anotar en su tarjeta una breve reflexión o descripción sobre qué les pareció su última cita. En uno de los eventos observé que un varón se quejó con una de sus citas porque cuando comenzó su turno ella continuaba escribiendo sobre su cita anterior. Si bien ella lo había saludado, el hecho de que le hubiera pedido más tiempo para continuar escribiendo le generó molestia. Él le dijo con tono de chiste: “¿Tanto vas a escribir?”. A partir de un trabajo emocional, en términos de emotional work, pudo expresarle el descontento pero de una forma graciosa. Esto generó empatía con su cita, quien también se rio, y dio pie al desarrollo de su conversación.

Por último, hay citas donde la energía emocional decrece al punto de que esos ocho minutos devienen “eternos”, tal como explica Cintia (39 años), usuaria de estos eventos. Esto sucede cuando las personas, a partir de sus modos somáticos de atención, no consideran agradable a su cita y cuando los temas de conversación que tienen lugar durante la charla no generan un interés común. Cuando las preguntas iniciales, entendidas como rituales forzados, no generan sinergia entre las partes sino una “fatiga de interacción” (Collins, 2009: 78), devienen en lo que el autor denomina “rituales fallidos”. Esto se visualiza en que las personas dejan de hablar entre sí, no se miran y la expresión facial marca la ansiedad porque esa cita se termine. Cuando suena nuevamente la campana, las personas se saludan con un beso en la mejilla o solo diciendo adiós. Dan por finalizado ese encuentro y vuelven a posicionarse corporalmente de manera simpática para la próxima cita.

Otras citas donde los minutos se hacen eternos son aquellas en las cuales no hay puntos de acuerdo entre las partes sobre un tema de conversación. Si bien se evitan temas que puedan socavar la energía emocional de forma rápida, como por ejemplo la política, visualicé escenas donde se plantean discusiones en torno a temáticas a simple vista banales. Por ejemplo, una discusión entre un varón y una mujer sobre el aumento de la construcción de edificios en la Ciudad de Buenos Aires. Luego de decirse uno al otro sus profesiones, ella, como forma de entablar un diálogo, le consultó a su cita, un arquitecto, su opinión sobre el hecho de que en la Ciudad de Buenos Aires se estén derribando casas antiguas para construir edificios nuevos. El tono de respuesta del arquitecto, defensor de esta nueva forma de construcción, estuvo marcado por la agresividad. Subestimó la opinión de ella y defendió su punto de vista con un tono de voz por demás alto. Esto no fue bien recibido por ella, quien le respondió sin agresiones que su opinión estaba fundamentada y que no entendía por qué él le respondía de ese modo. Luego de ese intercambio, el diálogo se volvió entrecortado. Las expresiones faciales de ambos, pero sobre todo de ella, emanaban seriedad y desinterés. El hecho de tener varias citas a la vez genera un ámbito prolífero para que las personas estén atentas de manera más tajante a los movimientos corporales y actitudes de los/as otros/as. Esto facilita la posibilidad de descartar de forma rápida a un/a candidato/a cuya forma de vincularse no resulte acorde o, como en este caso, sea agresiva.

Una tercera y última situación donde los minutos se hacen eternos es cuando una de la partes de la conversación hegemoniza la palabra. En estos casos el diálogo se vuelve antagónico a la conversación sociable, que incluye que se pueda cambiar fácil y rápidamente de tema (Simmel, 2003: 95). La persona que hegemoniza la palabra no está atenta a si está generando un foco de atención común y a las emociones que atraviesan la subjetividad del/a otro/a durante la charla. Estas dinámicas se alejan de los guiones de una cita romántica donde cada una de las partes es ponderada en su singularidad y donde hay una circularidad de la palabra. Cuando esto sucede, la parte que solo escucha y que no puede emitir su opinión comienza a mirar a los costados o realiza expresiones faciales que demuestran hastío o desinterés.

2.3. Clases de salsa y bachata: la pedagogía erótica y los chismes

Nenas y varones, esto [la salsa y la bachata] es un antes y un después en sus vidas”. Durante las clases de salsa y bachata la organizadora no solo explica los pasos de baile sino que también brinda consejos en relación con el cortejo, el erotismo y la autoestima. La pasión que siente por estos ritmos nos lo hace saber. Según nos dice, ser parte del ambiente de la salsa y la bachata y sentir el ritmo de la música nos cambiará positivamente nuestra forma de sentirnos y percibirnos. Nos dará alegría y contención.

Las clases comienzan luego del horario laboral. Según la temporada del año tienen lugar a las 19 o 20 horas. Lo primero que observo cuando entro en la pista de baile son mujeres poniéndose zapatos de danza, brillantes y con taco alto, y los varones, unas zapatillas de danza. Algunas personas van luego de trabajar, concurren vestidas con ropa de oficina: pantalón y camisa, pollera y camisa, y en el caso de una mujer lleva puesto un ambo. No obstante, la mayoría de las personas visten ropa cómoda. Los varones usan camisa y jean o remeras ajustadas y pantalones apretados; y la mayoría de las mujeres se visten con remeras apretadas al cuerpo o por encima del ombligo y jeans o calzas. No se visualizan mujeres con demasiado maquillaje.

Al igual que en los eventos de speed dating y las catas de vino, las personas se perfuman. Al interés por oler bien se le suma que gran parte de los/as estudiantes comen chicle durante las clases. El hecho de que la gente coma chicle se debe a que la cercanía corporal de la danza vuelve inevitable sentir el aliento de la otra persona. Emanar un buen aliento es evaluado positivamente por los/as partenaires y genera mayor comodidad y sinergia entre ellos/as. Asimismo, los días de calor la organizadora les sugiere, dado que durante las clases las personas transpiran, que lleven una remera para cambiarse. Esto es cumplido por algunos de los participantes masculinos. Cambiarse la remera, comer chicle e ir perfumados son estrategias para ser evaluados positivamente por el resto del público y modos de evitar la infracción a causa de desechos corporales como son los malos olores (Goffman, 1979: 63-64).

Cuando la gente ingresa a la discoteca donde se toman las clases, se saludan afectuosamente. Los saludos están atravesados por expresiones corporales de cariño como sonrisas y abrazos. A partir de las mismas los sujetos afectan y son afectados positivamente: aumenta la energía emocional de las personas y su sentimiento de membresía como parte del ambiente.

Observé situaciones en las cuales las mujeres corren para saludar a sus compañeros varones, quienes las cargan en sus brazos mientras ellas les rodean la cintura con sus piernas. Cuando comencé el trabajo de campo en este espacio no comprendía los códigos corporales y afectivos del ambiente de la salsa y la bachata. Ante estas situaciones pensaba, desde una mirada cargada de prejuicios, que había entre los/as estudiantes vinculaciones afectivas más allá de la amistad o el compañerismo. A través del paso del tiempo y a medida que fui aprendiendo los códigos de interacción, noté que la cercanía corporal es una práctica común entre ellos/as que no implica un display de intenciones asociado a tener relaciones sexuales cogenitales (Carozzi, 2014). Siguiendo la lectura de Carozzi (2014), los lugares de baile, en su caso las milongas, son espacios para “la expresión sexual ‘segura’ y ‘no orientada a fines’ (…)” (Carozzi, 2014: 108). Es decir, durante las clases los movimientos y las gestualidades de los/as estudiantes están signados por la seducción y el erotismo, pero esto no conlleva, necesariamente, que tengan relaciones sexuales entre sí. Lo que prima en este espacio es una re-erotización y aumento de la autoestima de las propias personas. Esto se deriva de la pedagogía erótica que sus docentes imparten, de que en las clases se practican movimientos que acrecientan su sex appeal y de que encuentran en el ambiente de la salsa y la bachata un espacio de pertenencia y contención.

Luego de saludar, las mujeres y los varones se ubican al costado de la pista donde hay unos sillones. Allí se ponen sus zapatos de baile mientras dialogan con otros/as estudiantes y con los/as docentes. Hacen chistes y se ríen. Cuando es la hora de empezar la clase, uno/a de los/as organizadores/as toma el micrófono y les dice que se acerquen al centro de la pista. Todos/as se paran en fila mirándolos a ellos/as que se encuentran adelante. Ellos/as saludan. Cuando la gente solo dice “hola” con tono de voz bajo, gritan “¡no se escucha!”. Ante esto, la gente vuelve a saludar con voz más fuerte. Luego preguntan si hay personas nuevas. En el caso de que las haya les preguntan sus nombres y les dan la bienvenida.

A posteriori, ponen música y comienzan a dar las pautas del precalentamiento. En esa instancia se practican los pasos básicos —en la primera clase, de 19 a 20:30, se practican los de salsa y en la segunda, de 20:30 a 22, los de bachata—.[6] A medida que esto sucede los/as docentes/as van haciendo comentarios que tienen un impacto corporal y afectivo en las personas. Por ejemplo, a partir de frases como “[Al paso] lo hacemos sexy” o “Las nenas nos tocamos el pelo” expresan una pedagogía del goce (Elizalde y Felliti, 2015) que genera energía emocional en los/as estudiantes. Cuando los/as docentes dan estas indicaciones, los varones y las mujeres comienzan a soltar sus cuerpos y a mover más sus caderas. La rigidez corporal se diluye como así también el miedo al ridículo. La seguridad personal que adquieren puede ser percibida en que hay un mayor disfrute mientras bailan. Este cambio lo observo principalmente en los/as estudiantes de nivel intermedio y avanzado. Para quienes son nuevos/as o están en nivel principiante la atención está puesta en tratar de hacer los pasos de manera correcta. Sus cuerpos están más rígidos y la mirada está depositada en tratar de copiar el paso de algún/a compañero/a de nivel intermedio que tengan cerca.

Tal como adelanté en el capítulo 3, una frase que los/as profesores/as repiten durante las clases de salsa y bachata es que “los varones marcan y las mujeres embellecen el baile”. Los pasos de bachata se “embellecen” a partir de gestualidades de seducción femenina, como por ejemplo que las mujeres se toquen el pelo. Las mujeres de nivel avanzado realizan este gesto solas, con o sin la indicación de los/as profesores/as, durante las clases y en las noches de baile social.[7] Las de intermedio lo ponen en práctica cuando los/as docentes se lo marcan o solas durante el baile social. En cambio, las mujeres de nivel principiante nunca lo practican, ni durante las clases, dado que los/as docentes no se lo indican, ni solas durante la noche de baile social. Las performances de seducción en el baile son más sutiles cuanto menos se conoce la danza. Para ser aceptadas dentro del ambiente, las personas que están en nivel principiante tienden a ser más calladas y serias. Actúan y se mueven de forma tal que sus rituales de interacción no sean disruptivos ni intervengan negativamente dentro del espacio social. Son quienes menos exhiben su cuerpo, por ejemplo las mujeres no usan remeras por encima del ombligo. Hipotetizo que realizan performances de seducción sutiles o medidas para alejarse de cualquier etiqueta de “gato (exhibicionismo excesivo del cuerpo y la seducción exacerbada) o la puta (excesiva cantidad de compañeros eróticos)” (Bianciotti, 2013: 608).

Las clases de salsa y bachata, a partir de las características propias de las danzas y por la pedagogía erótica que imparten sus docentes, operan como una tecnología de género (De Lauretis, 1996) signada por guiones sociales (Gagnon y Simon, 2005) heteronormativos. Retomo una escena que desarrollé en el capítulo 3. Uno de los docentes les explica a los varones que para los pasos de bachata pueden menear su zona torácica, pero no demasiado porque si no su sensualidad desbordaría los límites aceptables de la heterosexualidad. Dice: “los varones no [meneen] tanto si no pareciera que se la comen”. Es decir, el docente delimita las gestualidades esperables para los varones y para las mujeres heterosexuales.

Para explicar los pasos de salsa y bachata una de las docentes utiliza como estrategia pedagógica asociarlos a ciertas prácticas o comportamientos de la vida cotidiana de sus estudiantes. Para tal fin emplea la frase “es como la vida misma”. Uno de los mayores problemas que aparecen, en el nivel principiante, es que las mujeres “no se entregan” para que el varón “las maneje” mientras bailan. La docente, para lograr que las mujeres relajen sus brazos y no sean quienes proponen los movimientos, papel que les toca a los varones, dice: “El hombre la lleva, las trae. Es como en la vida misma”. Si bien esto genera risas en los/as estudiantes, apela como estrategia de enseñanza a un ideario donde las mujeres aparecen desprovistas de agencia y necesitadas de un varón que les marque sus pautas de interacción.

E.: Esto que me decías del macho alfa, ¿a qué te referías?

Azul: Los profesores te dicen que el macho alfa es el hombre, entonces tiene que dirigir y decir. Lo dicen siempre, todo el tiempo. Esa es la forma de marcar bien. Si el hombre quiere que vayas para allá, tenés que ir para allá, ¿entendés? Hay mucho de resistencia y de poder. A mí al principio me costaba un montón. Después relajás y te das cuenta que es una estupidez. Igual hay muchos hombres que por ahí te agarran más fuerte, como “acá te voy a dominar”.

E.: ¿Eso lo sentís cuando bailás?

Azul: No, te lo dicen. Por ejemplo te dicen “pará”, “pará, ¿para dónde vas?”. Capaz que yo interpreté que era un paso y era otra cosa. Igual también hay disfrute, no es todo tan así. Yo lo re disfruto al baile, la paso genial (Azul, 40 años).

A partir del fragmento de entrevista a Azul, que es parte del ambiente de la salsa y la bachata desde hace varios años, podemos visualizar cómo coexisten guiones sociales que colocan a la mujer en un lugar de pasividad con agencias femeninas, signadas por el deseo y el erotismo, al momento de bailar.

Luego del precalentamiento, la clase se divide en tres niveles: principiante, intermedio y avanzado. Cada uno/a de los/as estudiantes se coloca en su nivel correspondiente. A medida que los/as de principiante e intermedio van mejorando, los/as docentes los/as pasan al siguiente nivel. Una escena donde esto sucede es cuando por ejemplo en nivel intermedio faltan varones o mujeres y en principiante sobran. Si alguno/a de nivel principiante ya conoce bien los pasos básicos, la docente de ese nivel lo/la promueve a intermedio. Cuando ese rito de pasaje tiene lugar, en la clase los/as docentes piden un aplauso para esa persona. Esto es vivenciado con alegría por él mismo o ella misma y celebrado por sus compañeros/as. Aumenta su energía emocional dentro del grupo y su pertenencia como miembro. No obstante, la soltura que había conseguido en el nivel principiante disminuirá. En ese nuevo contexto es quien menos sabe los pasos. A medida que vaya incorporando los nuevos pasos, la soltura reaparecerá. Es decir que cuanto más experimentados/as se vuelven los/as estudiantes respecto a la danza, disfrutan más y hay más contacto y sinergia con el/la partenaire. En cambio, cuanto menos saben, la atención se deposita en lograr realizar el paso de baile, hay mayor rigidez y menor conexión con el/la partenaire.

Tal como he venido desarrollando en este apartado, cada docente, además de enseñar los pasos, da consejos sobre seducción, erotismo y autoestima que aumentan la energía emocional de sus estudiantes. Los/as profesores desarrollan, con sus frases y dinámicas, una pedagogía del goce que apunta a que las mujeres y los varones levanten su autoestima y se eroticen. En una clase de nivel intermedio la organizadora les dice a sus estudiantes: “Hay que ser sexys”; “Saco pechito, cola”. Ella no solo lo dice sino que les muestra cómo es ser sexy de ese modo. Pone en escena, a partir de su propia expresión emanada, la sensualidad. Realiza los mismos movimientos que les propone a sus estudiantes, pone voz sexy y mira a varones y mujeres de forma seductora. El escenario se erotiza, todos/as miran atentos/as a su profesora. Luego de mostrarles esos movimientos, les sugiere que los practiquen solos/as en sus casas y que se observen a sí mismos/as. Con esta propuesta apunta a la re-erotización de sus estudiantes, de sus cuerpos y sus movimientos. A continuación, mira a los varones y les dice: “Hombres, practiquen. Saben lo lindo que es eso después… Las mujeres se lo van a agradecer”. Esta frase, destinada al público masculino, opera como una tecnología de género. Les sugiere que ese movimiento pélvico los ayudará a mejorar su performance sexual al momento de la penetración. Dentro de los guiones sociales heteronormativos que circulan en ese espacio, apunta a relaciones sexuales de cis varones heterosexuales con cis mujeres heterosexuales. Asimismo, aparentar poseer aptitudes sexuales, por el buen movimiento de caderas, es parte del capital erótico que vuelve a los sujetos deseables.

Esta pedagogía erótica impartida por los/as docentes es puesta en práctica por los/as estudiantes/as de los niveles más avanzados. Quienes más saben bailar, tal como expliqué párrafos antes, están más concentrados en el disfrute del baile junto con sus partenaires, con ellos/as practican las gestualidades aprendidas. Las mismas se basan en la coquetería (Simmel, 2003): bailan sonriendo, se tocan el pelo, se miran, acercan sus cuerpos y se hablan al oído mientras bailan. Hay un aumento de energía emocional entre ellos/as que a la vez que los erotiza, los/aspresenta a la vista de sus compañeros/as como mejores bailarines/as. Estas gestualidades eróticas y de disfrute embellecen la danza. Para el observador no iniciado, el baile se torna, retomando a Carozzi en su análisis del tango y la milonga, “un ‘romance de tres minutos’, como suelen afirmar los milongueros —o doce, que es lo que dura una tanda—, que termina cuando las parejas abandonan la pista” (2012: 116). En el caso de la salsa y la bachata, ese romance está marcado fuertemente por la erotización y el contacto corporal. Por ejemplo, cuando bailan los varones tocan la panza de las mujeres, sus piernas están constantemente en contacto y hay muchos pasos donde la espalda de la mujer queda apoyada sobre el pecho del varón.

Los movimientos que requieren mayor destreza o demasiado contacto corporal se practican en los niveles más avanzados. En estos se visualiza de forma más explícita el dominio de los varones al momento de marcarles los pasos a las mujeres. Por ejemplo, el profesor de nivel avanzado, para explicar un paso de bachata[8] en el cual la mujer queda recostada sobre los brazos del varón, dice “si la roto no tiene opción, no puede hacer otra cosa que lo que le marco”. Junto con la otra profesora, que oficia de partenaire, muestra que la única forma que ella tiene de volver a tener el torso erguido es si el varón la empuja para sí. En los niveles avanzados se hace hincapié en la técnica que requieren estos tipos de movimientos. Mientras explican los pasos, los/as profesores/as les remarcan a los varones qué partes del cuerpo femenino no deben ser tocadas: “Le toco el omóplato, que está cerca del hombro. No se hagan los vivos y no toquen las caderas” o “Pierna derecha del hombre con pierna izquierda de la mujer. ¡Ojo! Pierna con pierna, dije”. La salsa y la bachata expresan erotismo, pero dentro de ciertos marcos en los cuales los genitales masculinos no pueden apoyar a las mujeres. Tal como expliqué en el capítulo 4 esto es sancionado por los/as docentes y estudiantes. La pedagogía erótica que se les imparte a los varones se da dentro de los límites del cuidado de las mujeres. Indica el profesor: “Siempre que la roto cuido que la mujer no se lastime. Siempre”.

La bachata y la salsa, en tanto se bailan con los cuerpos muy juntos, generan rituales de intimidad (Collins, 2009: 333). Uno de los entrevistados me comenta que con las mujeres que le parecían atractivas la cercanía corporal del baile le generaba una energía emocional vinculada al deseo sexual que en algunas oportunidades él confundía con un estado de enamoramiento. Esta asociación que él realizaba entre cercanía corporal, deseo sexual y enamoramiento se sustenta en los postulados del amor pasión que se perpetúan en las premisas románticas actuales (Alberoni, 1983; Illouz, 2009). Asimismo, en tanto somos cuerpos vivos (Grosz, 1994), los cuerpos en comunicación generan efectos eróticos en los sujetos.

E.: ¿Qué te pasa corporalmente cuando bailás salsa y bachata?

Ricardo: El cuerpo es el cuerpo y le pasan cosas. No podés disociar y hacer que a tu cabeza no le pase nada. Pero creo que si aprendés a reconocer que eso que te pasa es natural porque estás bailando con una mujer y no das por sentado que eso vaya a implicar otra cosa, lo podés hacer tranquilamente. Creo que tenés que entender, entre comillas, el contexto en el que estás y lo que estás haciendo. Creo que es un aprendizaje también, aprender que el baile es el baile y como está tu cuerpo disponible ahí es inevitable que a tu cuerpo le pasen cosas, lo que pasa es que está en vos qué hacés con eso. Entender que es un impulso natural que no pasa porque estás enamorado de la mina sino que pasa porque son dos cuerpos. Lo dejás que pase y entonces ahí yo creo que la libido baja un poco porque si lo resistís es peor (Ricardo, 37 años).

Quienes concurren a las clases de salsa y bachata son personas solteras que encuentran allí un ámbito de sociabilidad. Cuando comienzan a frecuentar este espacio, algunos/as van con intenciones de vincularse erótica y/o afectivamente con otros/as. Como dice Juan, de 44 años: “El hombre al principio va a levantar minas”. Pero lo que termina apareciendo es que gracias a esta pedagogía erótica —a partir de la cual aumentan su energía emocional, se re-erotizan e incrementan su autoestima— generan vínculos sexuales, principalmente, con personas por fuera del ámbito de la salsa y la bachata. Los/as docentes son actantes que potencian este aumento de energía emocional a partir de chistes y consejos que apuntan a que sus estudiantes sean coquetos/as y aumenten su capital erótico. Les dan “tips”, como dice la organizadora, para ser deseables y seductores.

Como analicé en el capítulo 3, la importancia que les dan sus estudiantes al hecho de ser parte del ambiente lleva a que cuiden su imagen dentro del mismo. Si bien tienen relaciones sexuales con sus pares esta práctica es mantenida en silencio. Se vinculan eróticamente con personas que conocen por aplicaciones, en el ambiente laboral, en viajes y otros ámbitos.[9] Intentan evitar los chismes vinculados con su vida sexual dentro del ambiente.

Cada año se conforma lo que los/as organizadores/as denominan una nueva “generación” de estudiantes. Durante los primeros meses quienes son del nivel principiante se relacionan con personas de su mismo nivel. A medida que avanzan en su aprendizaje comienzan a vincularse con personas de otros niveles. Los varones de primer nivel, cuando ya tienen más confianza en sí mismos, invitan a bailar a mujeres de niveles más avanzados, y los varones de niveles avanzados sacan a bailar a mujeres del primer nivel. Los varones del nivel inicial, al momento de invitar a bailar a mujeres de niveles superiores, se presentan simpáticos y respetuosos como modo de suplir el hecho de que solo conocen los pasos básicos. En el caso de los varones de niveles más avanzados, sacan a bailar a las mujeres de nivel principiante sin proponerles pasos complicados. Los varones y las mujeres de nivel principiante les indican a sus parejas de baile, a modo de cuidar su imagen, que están aprendiendo a bailar. De este modo comienzan a relacionarse entre distintas generaciones.[10]

Otras prácticas que facilitan la integración entre estudiantes de diferentes generaciones son las cenas luego de las clases, las previas antes de ir a bailar y los festejos colectivos de cumpleaños. A medida que estos eventos tienen lugar, los/as estudiantes se relacionan eróticamente. Los varones y las mujeres, a diferencia de lo que sucede en las catas de vino donde el cortejo se da en términos monógamos, seducen a distintas personas en un mismo tiempo y espacio. Dado que tanto las clases de salsa y bachata como las noches de baile social tienen lugar en un espacio más grande y que la cercanía corporal y la simpatía son factores que intervienen fuertemente en todas las interacciones, la seducción a varias personas del mismo ambiente resulta más ambigua o queda más solapada a la vista de los demás.

En los grupos que se generan en las clases de salsa y bachata rápidamente sus integrantes se consideran entre sí amigos/as. Quienes establecen vínculos más cercanos comentan quiénes les parecen atractivos o si se vincularon eróticamente con alguien del ambiente. Una situación prototípica de conflicto en las distintas generaciones, según me comentan los/as organizadores y los/as estudiantes, y que explica las divisiones grupales que observo dentro del ambiente de la salsa y la bachata, sucede cuando una mujer se vincula eróticamente —ya sea porque coquetea, se besa o tiene relaciones sexuales— con el varón con quien se relaciona una amiga del grupo. Se generan escenas de celos y discusión que bajan la energía emocional de estas mujeres y la grupal (Collins, 2009). En el caso de que haya situaciones de este tipo entre dos varones respecto a una mujer no aparecen escenas de discusión que sean identificables por el resto del grupo.

Cuando estas escenas suceden, la solidaridad grupal es puesta en discusión (Collins, 2009) y los grupos se dividen. La mujer que se relaciona con el vínculo erótico y/o afectivo de su amiga es juzgada por una parte del grupo por no haber incorporado al “otro generalizado” (Mead, 2009) que rige las normas y valores grupales. El otro generalizado remite a las expectativas generalizadas que son provistas por los grupos sociales para la ubicación de los individuos en cuanto a los roles y papeles sociales que pueden ejercer en la sociedad (Cervantes Porrúa, 2011: 404). Ella no incorporó al otro generalizado porque priorizó su deseo individual y actuó en detrimento de la norma monógama que rige las interacciones aceptadas por el grupo. Si bien ella no engañó, el hecho de haber sido la tercera en la relación pone en discusión el principio romántico de la monogamia que atraviesa las representaciones y los valores del grupo. Ante esta situación de conflicto, algunas personas del grupo la respaldan. Le restan culpabilidad a la mujer no porque cuestionen el postulado de la monogamia en su generalidad, sino porque ella fue la tercera en un contexto donde las otras dos personas no eran una pareja formal.

Un punto que se desprende de lo anterior es que toda la culpa es depositada en la mujer y no en el varón. La feminidad de la mujer que actuó según su deseo es ubicada, por una parte del grupo, en la frontera de lo respetable dentro de la matriz de inteligibilidad heteronormativa (Bianciotti, 2013: 602). En cambio, la agencia del varón en la situación pasa a un segundo plano tanto por parte de quienes apoyan a la mujer como por quienes están en su contra. A partir de esta invisibilización se naturaliza un ideario de masculinidad hegemónica signado por un deseo sexual irrefrenable. A diferencia de lo que sucede con las mujeres, él puede seguir circulando, como miembro, en los dos subgrupos que se generaron a raíz del conflicto. Mientras que, según me explican los/as entrevistados/as, el resto debe evaluar, al momento de las previas que se realizan en las casas antes de ir a bailar, a cuál de las dos mujeres invitar para que no se genere malestar. Es decir, estas situaciones de celos entre dos mujeres a causa de un varón drenan la energía emocional del grupo (Collins, 2009).

Otra situación de interacción en la cual la energía emocional de sus participantes decrece es cuando a las mujeres les toca bailar con un varón que tiene dificultades motrices y que asiste a las clases. Él tiene sus brazos cortos y problemas de rigidez en una de sus manos, lo cual hace que tenga sus dedos pegados a la palma. Esto le imposibilitaba realizar ciertos movimientos en un ambiente donde la destreza corporal y el ser buenos/as bailarines/as pasa a ser parte del capital erótico de las personas que concurren. En las dinámicas de las clases cuando había que rotar de pareja aparecía en las mujeres la incomodidad y el desprecio de tener que bailar con él. Esto se manifestaba en el hecho de que no lo miraban a los ojos, aunque él las saludaba con una sonrisa, y no se esforzaban porque los pasos saliesen bien. Sobre este caso, la organizadora me dijo:

Organizadora: No entiendo cómo elige venir a tomar una clase de baile. No lo entiendo, no lo entiendo, porque para hacer sociales tenés un montón de actividades. Pero por ejemplo, es rígido de cuerpo, no tiene movimiento de caderas, tiene la movilidad reducida. Y lo más notable es que va solo. Es un caso que a mí me llama poderosamente la atención, que lo puedo entender desde el lugar de que al pibe le guste la música, le guste la salsa y que el pibe intenta hacer algo. Y que eso poquito que hace lo llena, ponele. Pero me supera. Porque ya te digo, si es a nivel social o para hacer algo hay un montón de otras actividades que podría hacer ¿Por qué baile? (entrevista a la organizadora de las clases de salsa y bachata).

Cuando se practica un paso, los varones o las mujeres rotan de compañero/a de baile. Rotarán ellos o ellas según la cantidad que sean. Por ejemplo, si hay más varones rotarán ellos y las mujeres se quedarán fijas en su lugar. De este modo, todos los varones podrán bailar con mujeres, pero habrá algunos turnos en los cuales deberán esperar. Dado que este espacio se guía por guiones heteronormativos, es muy poco frecuente que bailen entre mujeres o entre varones. Solo en dos oportunidades sucedió que en el nivel principiante eran casi todas mujeres y algunas se ofrecieron a “hacer de varón” para no tener que esperar tantos turnos para poder bailar con los únicos dos varones que había.

Cada vez que el/la profesor/a dice “Roten”, los/as partenaires chocan sus manos a modo de marcar que el tiempo que les tocó bailar juntos fue una experiencia agradable. Este es, en términos de Collins (2009), un ritual forzado impuesto por los/as docentes, pero que genera entre los miembros energía emocional positiva. En una oportunidad una mujer rotó y no “le chocó los cinco” a quien había sido su compañero. Él le señaló con un chiste que le había faltado realizar este ritual de finalización. Ella rápidamente se volvió, le pidió disculpas y chocaron sus palmas. Asimismo, la primera vez que se encuentran con el/la nuevo/a compañero/a se saludan con un beso en la mejilla y una sonrisa. Distintas eran las escenas cuando a las mujeres les tocaba bailar con el estudiante con dificultades motrices. Salvo que él levantase sus palmas, las mujeres rotaban rápidamente y en escasas ocasiones colocaban ellas sus manos para que él se las chocara. Considero el gesto de chocar las palmas como un ritual que implica que hubo disfrute entre las partes y un aprendizaje conjunto. La carencia del mismo es una muestra de incomodidad y desagrado.

3. Recapitulación y conclusiones

En este capítulo describí y analicé interacciones que se desarrollan en los espacios de sociabilidad cara a cara que observé durante mi trabajo de campo: catas de vino, eventos de speed dating y clases de salsa y bachata. Para tal fin tuve en cuenta aspectos como las pautas de cortejo y seducción, los modos somáticos de atención, la energía emocional y los afectos, las corporalidades y el capital erótico, y los escenarios de interacción.

En la primera sección de este capítulo delineé mis coordenadas teóricas interaccionistas. Estas echan luz y valorizan el registro corporal y emocional de los sujetos al momento de la interacción. La forma a partir de la cual abordé los cuerpos parte de la premisa de que estos están abiertos, tensionados y en relación con otros. Afectan y son afectados. De allí que mi lectura de lo corporal se encuentre atravesada por la dimensión afectiva. Indagué en escenas donde la energía emocional aumenta y disminuye. Desde un abordaje de este tipo pude analizar cuáles situaciones generan sentimientos de membresía en los sujetos y, a nivel individual, confianza y contento.

Para el espacio de las catas de vino analicé el aumento de la energía emocional desde el juego de miradas con contenido erótico que aparece entre los/as clientes/as a partir de la tercera copa de vino, entendida como el pasaje del estado de “sobriedad” al de “desinhibición”, y examiné las modificaciones corporales que se dan en ellos/as debido al consumo de vino. Indagué en la pérdida de energía emocional de los/as participantes de una cata impartida por una sommelier con bajo capital erótico, dentro de los patrones de belleza hegemónicos.

Para el análisis de los eventos de speed dating examiné las pautas de interacción que la organizadora le da a sus clientes/as para que tengan citas “exitosas”. Puse en tensión cómo, si bien ella promueve guiones románticos para el desarrollo de las mismas, en las interacciones los sujetos optan por otros criterios de selección de tinte más racional como la edad y la profesión. Asimismo, analicé rituales de interacción que aumentan la energía emocional de sus clientes/as, como por ejemplo escenas donde aparece el postulado romántico de la caballerosidad; y otros que la hacen disminuir, a saber, tonos de voz agresivos o acercamientos corporales indeseados por parte de los varones hacia las mujeres.

Por último, para las clases de salsa y bachata abordé escenas donde se visualiza la pedagogía erótica que imparten sus docentes a sus estudiantes. Postulé que tres componentes aumentan la autoestima y la re-erotización de los mismos: la pedagogía erótica, la puesta en práctica de movimientos que acentúan su sex appeal y el hecho de pasar a ser miembros de un ambiente. Por otra parte, abordé escenas que minan la autoestima de las personas como así también la grupal, como por ejemplo conflictos derivados de celos entre dos mujeres por un varón.


  1. Para un análisis detallado de las influencias teóricas retomadas por Csordas para la noción de embodiment, cotejar Csordas (2010).
  2. Teresa del Valle explica que el concepto de embodiment de Csordas (1999) implica una acción “imbuida de humanidad, ya que combina dimensiones varias de la existencia tales como sentimientos, emociones, placeres, rechazo, sexualidad” (Del Valle, 1999: 11).
  3. Experimenté, en primera persona, una situación similar cuando comencé a explorar el campo. Dentro de las opciones de lugares que me interesaban observar había una discoteca que era publicitada para personas mayores de 35 años. Mientras hacía la fila para intentar ingresar y/o poder establecer redes con alguna de las personas de la organización, sentí las miradas de molestia a causa de mi presencia por parte de las mujeres. En ese escenario yo aparecía como una otra, joven, que en tanto posee una determinada edad se posiciona de una manera privilegiada dentro del espacio social del boliche. Aunque estaba vestida de manera más formal de lo habitual y me había maquillado, no logré pasar desapercibida. Cuando llegué a la puerta los de seguridad me pidieron el documento y como yo tenía 29 años no me permitieron ingresar.
  4. Las imágenes de los emoticones que marcan el nivel de agrado fueron fotografiadas de las propias tarjetas que el espacio de speed dating entrega a sus usuarios/as.
  5. Los datos del nombre de fantasía y el número de identificación están impresos en un pequeño cartel que las personas se abrochan en su ropa.
  6. Esta diagramación a lo largo del trabajo de campo sufrió modificaciones. Las mismas son avisadas a través de la página de Facebook de los/as organizadores/as.
  7. Los jueves son las noches de baile social. Luego de la clase de los jueves va un disc-jockey de salsa y bachata invitado y la noche se extiende hasta cerca de las cuatro de la mañana.
  8. La bachata requiere un mayor contacto corporal que la salsa.
  9. Tal como explico a lo largo de la investigación las personas que frecuentan las clases de salsa y bachata son solteras. Cuando se ponen en pareja dejan de concurrir a este ámbito por los celos de sus parejas. Pero mientras están solteras y van a las clases dicen tener vínculos eróticos con personas de otros ámbitos.
  10. Los/as organizadores/as hablan de las “generaciones”. Según explican, las personas, dependiendo del año de incorporación a las clases, pasan a ser parte de una determinada generación. Dentro de cada generación se arman grupos por afinidad.


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