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Introducción[1]

1. Contexto

El modelo de pareja heterosexual en la Argentina ha cambiado. La premisa de amor para toda la vida ha perdido predominancia y sobresalen las trayectorias eróticas y afectivas zigzagueantes y heterogéneas. Hemos ingresado en una nueva dinámica de reproducción familiar y de conformación de parejas en la Argentina, conocida como “segunda transición demográfica”[2], diferente a la “primera transición demográfica”[3] en la cual el modelo legítimo de familia era el nuclear (Ariño, 2007). A la luz de este fenómeno, en esta investigación me propongo describir y analizar cómo son las búsquedas de vínculos eróticos y/o afectivos de varones y mujeres heterosexuales[4] de sectores medios que residen en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA).

La segunda transición demográfica es “un proceso irreversible resultante de la acumulación de pequeñas transformaciones que determinan una modificación general de los comportamientos demográficos que involucran a todas las clases sociales” (Ariño, 2007: 282). Los rasgos sobresalientes de esta transición en la Argentina, según especialistas locales (Ariño, 2007; Jelin, 1989; Mazzeo, 2010a, 2010b; Torrado, 2005), son una mayor aceptación social de la sexualidad, la reivindicación de la autonomía individual, un mayor control de las mujeres sobre la reproducción, un avance en legislación y posicionamiento por parte de ellas y por colectivos de la diversidad sexual, una apuesta de las mujeres a priorizar sus carreras y actividades personales por sobre el mandato de la familia y la maternidad, como así también una disminución en el número de nacimientos[5] —entre los que aumentan los extramatrimoniales (Ariño, 2007; Jelin, 1989; Mazzeo, 2010a, 2010b; Torrado, 2005)[6]—.

En la segunda transición demográfica cambian los modos a partir de los cuales las personas se vinculan erótica y afectivamente. Hay una disminución del número de matrimonios y un paralelo aumento de uniones consensuales, divorcios y separaciones; incremento de la monoparentalidad y del “ensamble” de familias, y generalización de parejas en las que ambos cónyuges participan en el mercado de trabajo (Mazzeo, 2010a; Torrado, 2005). Estadísticamente se observa una evolución descendiente de la tasa bruta de nupcialidad de la Ciudad de Buenos Aires: en 1990 se registraron 7,4 matrimonios por cada mil personas y en el 2013 tan solo 3,8 (Dirección General de Estadística y Censos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2016). No obstante, esto no implica que las personas no se unan. La edad a la que se inicia la unión no se ha modificado tanto como sí el tipo de relación, siendo antes matrimonial y ahora consensual (Binstock, 2009). En la Ciudad de Buenos Aires, para 1960 el 1,5% del total de las uniones eran consensuales, mientras que para el 2008 alcanzaron casi el 28%. En cuanto al grupo de edad, la consensualidad tiene mayor peso entre las personas de entre 25 y 34 años (más del 85% de las uniones son de este tipo). A partir de los 35 años la proporción de uniones consensuales sobre el total de las uniones disminuye con la edad (Mazzeo, 2010a). En relación con los matrimonios, para 1990 la edad promedio de los varones al momento de casarse era de 29,3 y, para el año 2013, de 33,8. En las mujeres pasó de los 28 años a los 32,8.[7] En las uniones civiles heterosexuales —entre el año 2004 (primer año de registro) y el 2013 se cuadriplicaron— los varones tienen en promedio 42,3 años y las mujeres 39,3 (Dirección General de Estadística y Censos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2014, 2016).

La segunda transición demográfica se enmarca en un contexto de modernidad tardía[8] signado por el proceso de individualización y de desintegración de las certidumbres del progreso de la sociedad industrial (Beck, 1998). La individualización remite a una figura en la cual los individuos vivencian sus acciones como producto de su propia reflexividad, responsabilidad y autonomía individual; “es la imagen del mundo centrada en el yo” (Beck, 1998: 172). El valor social de los individuos ha pasado a depender de sí mismos y es la propia persona, en la multiplicidad de espacios y vínculos por los cuales circula, quien debe proveerse y negociar su bienestar. Retomo la propuesta de Sennett (1974), que él ya problematizaba desde la década del setenta, de que desde “lo privado” deben resolverse problemas estructurales o públicos. “El yo de cada persona se ha transformado en su carga principal; conocerse a sí mismo constituye un fin, en lugar de ser un medio para conocer el mundo” (Sennett, 1974: 4). Pero me alejo de su idea de que esto implique fragmentación social. Lo que observo en este marco es la coexistencia de una multiplicidad de canales a través de los cuales los individuos buscan activamente y generan vínculos afectivos y eróticos. Si bien estos pueden ser fugaces, se constituyen como elementos centrales para el reconocimiento y felicidad de las personas.

En la cultura posmoderna, “materialista y psi” (Lipovetsky, 2000: 11), los discursos terapéuticos postulan a la intimidad y a las relaciones estrechas como estados emocionales saludables y como parte constitutiva de la autorrealización de los sujetos (Illouz, 2007, 2012). El amor se constituye así como una nueva (pos)religión (Beck y Beck-Gernsheim, 2001; Illouz, 2009) y se deposita en los vínculos eróticos y afectivos la contención y el sentido. Pero esta adecuación no se da de forma lineal ni posee las mismas características de antaño —modelo de familia nuclear y amor para toda la vida (Coontz, 2006)—, los sujetos entablarán diversos vínculos eróticos y afectivos que se adecuen, cada vez más, a sus deseos y expectativas (Giddens, 2006).

En este marco de segunda transición demográfica sustentado en valores de la cultura posmoderna, los sujetos entablan trayectorias eróticas y afectivas zigzagueantes donde el amor romántico sigue teniendo, al menos como horizonte de sentido, un papel predominante. Pero en este nuevo contexto, ¿cómo buscamos? ¿Qué buscamos? ¿Dónde buscamos? ¿Qué guiones sociales aparecen? ¿Qué es lo que se pone en juego en las búsquedas? ¿Qué papel cumplen en esas búsquedas las aplicaciones, sitios web y redes sociales? Según el género de las personas, ¿qué matices toma la búsqueda? ¿Qué tienen para decir las ciencias sociales sobre esto y desde qué posturas teórico-epistemológicas lo analizan? Estas preguntas son algunos de los disparadores para el análisis de la siguiente investigación.

2. Objetivos de investigación y aporte

El objetivo general del libro es describir y analizar, desde un enfoque interaccionista (Goffman, 1970, 1971, 1979; Collins, 2009), las búsquedas de encuentros eróticos y/o afectivos y las interacciones que se generan en dichos encuentros, entre mujeres y varones heterosexuales de entre 35 y 50 años de edad que no están actualmente en ningún tipo de relación de pareja —solteros/as, divorciados/as y separados/as[9]— y que residen en el Área Metropolitana de Buenos Aires (2015-2017). Esas búsquedas pueden darse en ámbitos cara a cara o virtuales de esparcimiento.

Las preguntas problemas que estructuran esta investigación son las siguientes: ¿Cómo son las búsquedas de encuentros eróticos y/o afectivos y las interacciones que se desarrollan en dichos encuentros, en varones y mujeres heterosexuales de 35 a 50 años de edad que actualmente no están en pareja (solteros/as, divorciados/as o separados/as)? ¿En qué medida y de qué modo en estas búsquedas e interacciones operan, según el género de los actores, la matriz heteronormativa, el amor romántico[10] y las representaciones sociales y subjetivas sobre el no estar en pareja a esta edad? ¿Qué tensiones y agencias presentan los sujetos respecto a la heteronormatividad, el amor romántico y las representaciones sociales sobre el no estar en pareja? ¿Cómo son, comparativamente, las búsquedas, los usos e interacciones en ámbitos cara a cara y virtuales y cómo son percibidas por los sujetos?

Para tal efecto, examino y comparo las motivaciones, expectativas y criterios de selección que poseen mujeres y varones durante la búsqueda de vínculos eróticos y/o afectivos; es decir, qué atributos de clase, eróticos, de género vuelven a los/as otros/as deseables. Analizo las percepciones sociales y subjetivas que tienen los sujetos sobre el no estar en pareja. Describo, analizo y comparo los espacios de encuentro cara a cara y virtuales de citas a los cuales acceden los/as entrevistados/as, teniendo en cuenta sus características, sus dinámicas y cuáles son los sentidos y los usos que los sujetos les otorgan. Describo y analizo las interacciones que se llevan a cabo en estos encuentros teniendo en cuenta las dinámicas de sociabilidad que se generan, los postulados heteronormativos, los guiones del amor romántico, las pautas de seducción y los criterios de selección de los sujetos durante las mismas. Por último, analizo, de forma secundaria, si la maternidad y la paternidad tienen alguna incidencia en la búsqueda de vínculos eróticos y afectivos, y en tal caso de qué modo.

En relación con las características de los sujetos a analizar, seis dimensiones son de importancia: la orientación sexual, el estado civil, qué tipos de vínculos eróticos y/o afectivos buscan, la clase social, el lugar de residencia y la edad. Estudio personas cis que se definen a sí mismas como heterosexuales y que acceden a espacios de sociabilidad de búsqueda de encuentros que son definidos a priori como heterosexuales. Se optó por el estudio de personas que al momento de la investigación estuvieran solteras, divorciadas o separadas, hayan tenido al menos una relación de pareja, monógama o no, y que estuvieran buscando establecer encuentros eróticos y afectivos. En relación con las personas viudas, quedan por fuera de la muestra en tanto considero que la ruptura de sus vínculos, a raíz de la muerte de una de las partes, se debe a causas que exceden la decisión racional de los sujetos. Tampoco se integró a la muestra a personas que estaban casadas porque me interesa indagar precisamente en las expectativas en las búsquedas de vínculos eróticos y/o afectivos de aquellos/as que no estuvieran en pareja al momento de la investigación.

Respecto a mi planteo de “encuentros eróticos y/o afectivos”, tiene como finalidad dar cuenta de la variedad de búsquedas de vínculos que aparecen cuando las personas acceden a los espacios de sociabilidad analizados, tanto a los que son cara a cara como a los virtuales.[11] Las personas entrevistadas pueden o no buscar pareja. Aparece una multiplicidad de búsquedas de tipo eróticas, que pueden incluir relaciones sexuales o no, a saber, compañía o flirteo, sin relaciones sexuales. La dinámica del erotismo excede lo sexual y oscila entre la exhibición y el ocultamiento, la privación y la satisfacción; “la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camiseta entreabierta, el guante y la manga), es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición” (Barthes, 2007: 9-10 en Illouz, 2012: 245). Algunos hallazgos de esta investigación son que ciertas personas ingresan buscando vínculos eróticos, pero terminan haciéndose un grupo de pares; otras personas acceden buscando vínculos de pareja, pero terminan re-erotizándose a sí mismos y buscando pareja en otros ámbitos.

Como se dijo, en el caso de este libro se opta por el análisis de las búsquedas en personas cis heterosexuales solteras, separadas o divorciadas de sectores de clase media (Adamovsky, 2009; Visacovsky, 2008). Retomo la caracterización y tipología de clase media en la Argentina que desarrolla Sautu (2016), a partir de su abordaje de dichos aspectos estructurales. La clase media comprende fracciones compuestas por ocupaciones que se desarrollan en el sector privado y en el sector público de la economía. Su rasgo común es que no se insertan donde está el poder económico y político, pero tampoco en el otro extremo de la estructura de clase. Los gerentes operativos, los profesionales, los propietarios y agentes del sector privado conforman la clase media junto con diversos niveles de la burocracia nacional, provincial y municipal (Sautu, 2016: 180).

Por otra parte, me valgo de la propuesta de Visacovsky. El autor no desconoce los aspectos estructurales, tales como los niveles de ingreso, empleo, educación o consumo, sino que propone verlos en su contexto, observar qué sentido adquiere para los actores la adquisición y uso de un bien o servicio, cómo el consumo se vincula con las pretensiones de demarcación de una identidad y una moralidad. La pertenencia a sectores de una clase social configura criterios de selección —que Bourdieu (1998) denomina “afinidades electivas”[12]—, que orientan las prácticas, gustos y consumos culturales de los sujetos. Dichas pautas, orientaciones y símbolos conforman estilos de vida. Para Sautu (2016), unos de los aspectos que conforman los estilos de vida son el ingreso económico, los espacios de sociabilidad que se frecuentan y las posibilidades de establecer ciertos lazos sociales. Los estilos de vida construidos alrededor de las clases sociales “no son exclusivamente lo que se consume, sino cómo, dónde y con quién ocurre ese consumo” (Sautu, 2006: 166). Según el estilo de vida al cual se pertenezca, algunas escenas y escenarios eróticos y/o afectivos serán percibidos como deseables (Illouz, 2009).

Me interesa indagar en las búsquedas de vínculos eróticos y/o afectivos en contextos urbanos, por lo cual el análisis se sitúa en el Área Metropolitana de Buenos Aires[13]. El AMBA es el conglomerado urbano más grande de la Argentina; según el último Censo Nacional de Población y Vivienda (2010), concentra el 37% de la población del país.[14] Asimismo, en relación con la dimensión virtual que atraviesa este libro, la Ciudad de Buenos Aires y la provincia de Buenos Aires, entre los años 2015 y 2016, han incrementado por encima del promedio nacional el acceso residencial a Internet a través de banda ancha móvil (Instituto Nacional de Estadística y Censos, 2017).[15] En ambos lugares, el 40% o más de los hogares poseen Internet. En la Ciudad de Buenos Aires la cifra llega al 69,4% (Subsecretaría de Planificación Territorial de la Inversión Pública, Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, 2015).

Las personas que entrevisté y las que acceden a los lugares de observación estipulados viven en el Área Metropolitana de Buenos Aires, por lo cual la investigación ubica su lugar de análisis allí. Asimismo, los perfiles de las aplicaciones[16] y sitios web de citas[17] que observé son de usuarios/as que viven en el AMBA. No obstante, los sitios cara a cara que observé y adonde van estas personas se encuentran en la Ciudad de Buenos Aires.

En relación con el grupo etario, el interés de analizar a las personas heterosexuales de entre 35 y 50 años que no estén en pareja se debe a tres razones. En primer lugar, los cuarentaaños se presentan como el umbral de la fertilidad femenina para el discurso médico hegemónico, como por ejemplo para la American Society for Reproductive Medicine y para los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos. Según estas instituciones, una mujer alcanza su mayor fertilidad entre los 20 y los 25 años de edad. Las probabilidades de que una mujer quede embarazada disminuyen considerablemente después de los 35 años (y especialmente después de los 40). De todos modos, la edad en la que la fertilidad comienza a declinar varía de una mujer a otra (American Society for Reproductive Medicine, 2015; Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos, 2012). Este discurso se hace presente también en los varones y mujeres que entrevisté. Ellos/as consideran que la fertilidad y la capacidad de reproducción biológica disminuyen cuando las mujeres se acercan a los cuarenta años de edad y que la forma deseable de ser padres o madres es a partir de embarazos “naturales” —excluyen, como primera opción, a aquellos embarazos logrados a partir de algún tipo de tratamiento médico de reproducción biotecnológica[18] o a la adopción­—.

El deseo de maternidad y paternidad de los sujetos que analizo, si bien emergió durante el trabajo de campo, no es generalizado como una experiencia que todos/as quieran vivenciar. No obstante, me es útil para analizar las especificidades y matices que adquieren las búsquedas eróticas y/o afectivas en relación con el hecho de tener o no hijos/as cuando se está cerca de los cuarenta años de edad. Es decir, más que la edad cronológica dentro de este segmento etario, este “umbral” y el hecho de tener o no hijos/as son los aspectos que tomo en consideración al momento del análisis.

Analizo también a los varones de esta misma edad, porque las mujeres entrevistadas tienden a entablar vínculos eróticos y afectivos con varones dentro de un rango etario similar. A medida que las mujeres avanzan en edad hay un estrechamiento de la diferencia de edad respecto a sus parejas masculinas. Esto también sucede con aquellas mujeres con alto capital educativo o que están instaladas profesionalmente, aceptan hombres de edad par porque su situación no depende tanto de la de su cónyuge (Torrado, 2003). Abordar personas en edades similares me permite a su vez analizar, de forma secundaria, qué expectativas sobre la maternidad y la paternidad tienen cada uno de ellos/as.

En segundo lugar, la concentración de los divorcios, al momento de su sentencia, está dada en los grupos de 35-39, 40-44 y 45-49 años (Dirección General de Estadística y Censos, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2014).

Por último, otro aspecto que me llevó a considerar a este grupo etario es que los espacios de sociabilidad a los cuales concurren estas personas son promocionados por sus organizadores, principalmente y/o exclusivamente, para un público específico de mayores de 35 o 40 años. A su vez, las personas entrevistadas manifiestan que prefieren ir a espacios donde concurran personas a partir de esa edad.

Este libro, que está circunscripta a personas heterosexuales (en este caso, además, que no sean trans) que declaran no estar en pareja y que residen en un área urbana, pretende ser un aporte a los estudios sobre sexualidad y género. Primero, a los estudios sobre la heterosexualidad, la cual ha pasado a ser considerada una categoría naturalizada y residual en los estudios de sexualidad (Tin, 2012; Pecheny, 2008). Segundo, en un sentido más general, a la descripción y problematización de la cultura sexual argentina en la actualidad (2015-2017). Tercero, en tanto estudia las formas a partir de las cuales las personas se relacionan erótica y afectivamente, este libro se propone ser un aporte a la sociología. Para Georg Simmel (2014), el objeto de la sociología deben ser las formas de socialización, las cuales se presentan cuando los individuos entran en acción recíproca a través de la cooperación, la competencia y la colaboración para determinados fines. Estas formas de socialización devienen formas de sociabilidad cuando adquieren una vida propia, se efectúan por sí mismas y por el atractivo que irradia de esta libertad. La sociabilidad es una forma lúdica de socialización en la cual la satisfacción se da por el mero hecho de estar juntos, en un “como si” todos/as fuéramos iguales (Simmel, 2003). Aunque con complejidades y matices, esta idea aparece en los espacios de sociabilidad observados. Este concepto será analizado y utilizado desde las apuestas de Simmel (2003), Maffesoli (2005, 2009) —quien lo trabaja como “socialidad”— y Sívori (2005).

Explica Herrera Gómez (2003) que la sociabilidad en Simmel (2003) es lo que implica la socialidad para Maffesoli (2005, 2009): un continuo discurrir de interacciones sin un fin propio, que encuentran su expresión en lo cotidiano. En este sentido, en estos autores vitalistas, tanto la sociabilidad (Simmel) como la socialidad (Maffesoli) representan los múltiples juegos e interacciones en los que importan el estar juntos, a través de los cuales lo social se produce y reproduce continuamente.[19]

Para Sívori (2005), en su análisis sobre la sociabilidad homosexual, la sociabilidad es un fenómeno colectivo que implica que las prácticas y las personas no solo manifiestan una orientación sexual, sino que también comparten un estilo y una reflexividad particular que impregna su práctica social como un todo que excede lo sexual. La sociabilidad está conformada por “un ethos propio, un habla, maneras y humor característicos; se han establecido jerarquías, valores y patrones de segmentación social específicos del ambiente gay” (Sívori: 2005, 20). En el análisis del autor es importante estudiar la sociabilidad ligada a los espacios donde esta sucede.

3. Coordenadas teóricas e hipótesis

La hipótesis central que guía esta investigación es que las búsquedas e interacciones eróticas y/o afectivas de las mujeres y varones heterosexuales solteros/as, divorciados/as y separados/as, a través de canales más o menos formalizados de búsqueda —tanto en el espacio cara a cara como en el virtual—, con las características que adoptan en el contexto de modernidad tardía, están atravesadas por los guiones sociales del amor romántico y la matriz heteronormativa.

Para hacer frente a esta hipótesis, mis coordenadas teóricas tienen dos ejes. Analizo la búsqueda de encuentros eróticos y afectivos en la modernidad tardía teniendo en cuenta, por un lado, cómo dialogan —con agencias, resistencias y negociaciones— las personas heterosexuales ante los guiones sociales (Gagnon y Simon, 2005) de la heteronormatividad y el amor romántico; y por el otro, analizo cómo en esas búsquedas se genera lazo social entre los individuos.

Es decir, planteo una coexistencia entre el proceso de individualización —que apuesta a una búsqueda de la autorrealización individual y a la intensidad a partir de diversos vínculos eróticos y afectivos— y los guiones del amor romántico como ideal regulatorio de las búsquedas eróticas y afectivas.

Respecto del proceso de individualización, este se inscribe en un contexto de modernidad tardía donde hay una disolución de seguridades tradicionales en relación con el saber hacer, las creencias y las normas orientativas, y una emergencia de un nuevo tipo de cohesión social en la cual prima el modelo biográfico vital. El pasaje de las certidumbres del progreso de la sociedad industrial hacia la soledad de la autorresponsabilidad y de la autodeterminación de sus vidas ha conformado un modelo de sociedad que Beck (1998) y Beck y Beck-Gernsheim (2003) denominan “sociedad de riesgo”. Explican los autores que este modelo de sociedad individualizada y signada por el hedonismo y el consumo —que es su vector— difiere de la primera modernidad.

En la primera modernidad o modernidad de la estructura, la sociedad estaba concebida como un sistema lineal, el cual tenía puntos de equilibrio separados, y solo fuerzas externas podían perturbar este equilibrio y conducir a un cambio de sistema; esta fase fue lineal, fue una cuestión de juicio determinado y de un seguir las normas. Por otra parte, la segunda modernidad no es lineal y es un asunto de búsqueda de normas y de juicio reflexivo que siempre se centra en la incertidumbre, en el riesgo, pero también deja la puerta abierta a la innovación; en esta, el individuo debe buscar la regla y establecer una conducta moral consciente y autónoma (Beck, 2003: 11).

En tanto artífices de su destino, en un contexto de individualización —o personalización, en términos de Lipovetsky (2000)— y hedonismo, los sujetos buscan optimizar sus elecciones y apuntan a la cumplimentación de deseos personales. Para Lipovetsky, el proceso de personalización elabora una sociedad flexible basada en la información y en la estimulación de las necesidades, el sexo, el culto a la naturalidad, al sentido del humor y a la cordialidad. La sociedad se organiza por “el máximo de elecciones privadas posibles, el mínimo de austeridad y el máximo deseo (…)” (Lipovetsky, 2000: 7). En esa búsqueda del máximo deseo los individuos no apuntan al desapego emocional, por el contrario, siguen aspirando a la intensidad emocional, aunque sea en la fugacidad del encuentro (Maffesoli, 2003). Lo que está en cuestionamiento en la posmodernidad son las relaciones que se tornan repetitivas e inertes. Esto lleva a que las personas transiten por diferentes vínculos o parejas a lo largo de su vida y conformen, así, lo que he dado en denominar trayectorias eróticas y afectivas heterogéneas y zigzagueantes en pos de sus expectativas individuales y “la ‘personalidad’ viva del individuo” (Lipovetsky, 2000: 78). “Hay que buscar el frescor de vivir, reciclar los afectos, tirar todo lo que envejece: en los sistemas desestabilizados, la única ‘relación peligrosa’ es una relación prolongada indefinidamente” (ibid.: 79).

Los guiones sociales del amor romántico se reactualizan, apareciendo, con nuevas características, como un ideal regulatorio, en términos de Butler (2010). Son un horizonte de sentido del cual se valen las personas heterosexuales para vincularse eróticamente con otros (Illouz, 2007, 2012), tanto en espacios cara a cara como virtuales, pero que nunca se cumplen como tal, sino que se dan con resistencias, derivas, fricciones y agencias individuales. La cortesía masculina y la seducción en términos individuales, ya sean empleadas para tener solo una relación sexual o para proyectar un vínculo a largo plazo, siguen apareciendo como pautas de cortejo (Cosse, 2010) predominantes y percibidas como deseables por los sujetos (Rodríguez Salazar y Rodríguez Morales, 2016).

La teoría de los guiones sociales o social scripts de Gagnon y Simon (2005) analiza la sexualidad de los sujetos, incluidas las búsquedas de vínculos eróticos y/o afectivos, desde una dimensión sociológica (Laumann, Gagnon, Michael y Stuart, 1994). Postulan que hay guiones, entendidos como construcciones sociales que varían según el contexto y no están pre-dados, que intervienen en las interacciones sexuales. Para estos autores ninguna actividad sexual podría suceder si no existiesen producciones sexuales y mentales bajo la forma de guiones que permiten a los actores atribuir un sentido sexual a diferentes situaciones y estados corporales (Bozon, 2004a: 129 en Jones, 2010). Los guiones operan en nuestra sexualidad en tres niveles, de manera dinámica e interrelacionada: los escenarios culturales, que son narrativas intersubjetivas socialmente extendidas, como por ejemplo búsquedas de pareja signadas por el modelo del compañerismo o generar vínculos eróticos y/o afectivos a una determinada edad; los guiones interpersonales, que son patrones estructurados de interacción compuestos de secuencias ritualizadas de actos que permiten la coordinación de los encuentros y los rituales de interacción que los atraviesan; y los guiones intrapsíquicos, entendidos como planes y fantasías mediante los cuales los individuos orientan o reflexionan sobre su conducta pasada, actual o futura, por ejemplo cuando los/as entrevistados/as reflexionan sobre sus trayectorias afectivas, separaciones y búsquedas actuales.

Desde perspectivas feministas (De Beauvoir, 1998; Esteban, 2008; Esteban y Távora, 201; Firestone, 1976; Jóna>sdóttir, 1991, 1993; Rich, 1983), los guiones sociales del amor romántico han sido criticados a lo largo del siglo =”font-variant: small-caps;”>xx hasta nuestros días, en tanto parten de “un pensamiento amoroso” (Esteban, 2011: 23) conformado por un conjunto articulado de símbolos, nociones y teorías en torno al amor, que permea los espacios sociales e influye en las prácticas de los individuos estructurando relaciones desiguales de género, clase y etnia, y un modo heterosexual y normativo de entender el deseo, la identidad y el sujeto en su generalidad. Esta forma de comprender >el amor romántico implica una ideología en torno al amor que abarca a todas las relaciones afectivas de los sujetos.

En contraste con este modo de evaluar críticamente el amor romántico, Giddens (2006) entiende que para principios de la década del noventa hubo una transformación democratizadora de la intimidad y de las relaciones de género, a la cual el autor denomina “amor confluente”. Este tipo de amor, si bien posee características del amor romántico, se diferencia de él, dado que reviste un carácter contingente que cuestiona la condición necesaria de la fidelidad y del amor para toda la vida. En este tipo de amor prima una mayor democratización y reciprocidad entre los sujetos.

Si bien ambos enfoques —pensamiento amoroso y amor confluente— son antagónicos con relación al carácter opresivo del amor, considero que desde ambas perspectivas puedo observar y analizar, por un lado, qué características y discontinuidades aparecen cuando mujeres y varones se vinculan erótica y afectivamente, y por el otro, cómo son percibidos estos vínculos por los propios sujetos.

A partir de estas concepciones disímiles sobre el amor romántico, que serán abordadas como series (Foucault, 1970) coexistentes y en tensión, caracterizo al amor romántico como la idealización del sujeto amado, la promesa de fidelidad (monogamia) y la propuesta de un proyecto compartido que dure en el tiempo (Alberoni, 1998; Tenorio Tovar, 2012). En el amor romántico —que incorpora elementos del amor pasión, como la idea de “búsqueda” del ser amado ideal—, los afectos y sus expresiones corporales, como caricias o besos, pasan a ser relevantes. Asimismo, la conexión entre el amor y la atracción sexual, propias del amor pasión, se perpetúan en los idearios románticos (Alberoni, 1998). Otros elementos que configuran el amor romántico son el amor agápico, que implica la entrega total al sujeto amado (Bataille, 2010; Illouz, 2009), la intimidad y la representación de que el lazo amoroso debe ser el vínculo más importante en los sujetos.

En mi tesis de maestría[20], en la cual estudié la tensión entre el amor romántico y la violencia en las primeras relaciones de noviazgos heterosexuales de sectores medios del Área Metropolitana de Buenos Aires, observé cómo las fisuras en  dichas representaciones románticas generan situaciones y dinámicas de conflicto y discusión —violencias, celos y control— que, aunque recaen principalmente sobre las mujeres, son propiciadas y avaladas por ambos miembros de la relación (Osborne, 2008; Palumbo, 2015). La noción de amor confluente (Giddens, 2006) me permite visualizar que en la actualidad, dentro de los vínculos eróticos y/o afectivos, aparecen nuevas agencias y resistencias femeninas al carácter opresivo del amor romántico, como por ejemplo las negociaciones entre ambos miembros para lograr una mayor satisfacción (Palumbo, 2015; Rebhun, 1999).

El amor romántico se ubica dentro de una matriz heteronormativa, la cual implica una institución social que excede las prácticas heterosexuales, ya que “las prácticas heterosexuales no son lo mismo que las normas heterosexuales” (Butler, 2006: 282). La heteronormatividad (Meccia, 2016; Serrato, 2015) toma a la heterosexualidad como una norma universal y natural y como un factor obligatorio para la institución de los lazos afectivos, filiales y de otras uniones (Libson, 2009). En tanto es una ideología que comprende a la sociedad heterosexual como un hecho social total que se presenta como natural, se torna resistente al análisis (Wittig, 1992).

Paul Johnson (2005) considera el amor romántico y la heterosexualidad como normas naturalizadas que se inscriben conjuntamente. El pensamiento amoroso legitima prácticas e identidades heteronormativas basadas en los principios de la monogamia, la procreación, la cohabitación (Esteban, 2011) y la necesidad de entablar vínculos eróticos y/o afectivos para la autorrealización subjetiva (Illouz, 2007, 2010; Johnson, 2005).

En esta investigación analizo el amor romántico, retomando la apuesta teórica que hace Judith Butler (2006, 2010) para pensar el género. Para la autora, la idea de que exista una identidad personal estable, fija, objetiva, convierte a la identidad de género en un ideal regulatorio que postula la coherencia entre sexo-género-deseo. Los géneros inteligibles serán aquellos que “de alguna manera instauran y mantienen relaciones de coherencia y continuidad entre sexo, género, práctica sexual y deseo” (Butler, 2010: 72). Según el desarrollo de la autora, no existe un lugar “original” normativo. No hay algo “original”, una “verdad interna” del género, sino que se produce performativamente no es un hecho aislado de su contexto, sino que es una práctica social, una reiteración continuada y constante de la normativa de género— y es impuesto por las prácticas reguladoras de la coherencia de género. Ese hacer se presenta como una imitación, una copia fallida, y en cada una de sus performances los significados de género, que pertenecen a la institución de la heterosexualidad obligatoria, se resignifican y recontextualizan. “Como imitaciones que en efecto desplazan el significado del original, imitan el mito de la originalidad en sí” (Butler, 2010: 270).

La sexualidad se construye culturalmente dentro de las normas de género o de la matriz heterosexual, no hay un afuera —tanto el sexo como el género son construcciones, citamos las normas de forma imperfecta, porque estas son ideales y como tales inalcanzables—. La continuidad y coherencia entre sexo, género, práctica sexual y deseo es el resultado de la hegemonía de la matriz heterosexual. Esta opera sobre el deseo, que exige e instaura que para que los cuerpos sean coherentes y tengan sentido debe haber un sexo estable a través de un género estable. “Instituir una heterosexualidad obligatoria y naturalizada reglamenta al género como una relación binaria en la que el término masculino se distingue del femenino, y esta diferenciación se consigue mediante las prácticas del deseo heterosexual” (Butler, 2010: 81).

Retomo la idea del carácter performativo del género para pensar el amor romántico, parte de la norma heterosexual (Johnson, 2005), como aquel ideal regulatorio u horizonte que poseen las personas heterosexuales al momento de entablar vínculos eróticos y/o afectivos, y que es performado por los propios sujetos como copias fallidas, con tensiones, resistencias y negociaciones Un ejemplo de ello son aquellas personas entrevistadas que entablan y reentablan parejas, una y otra vez, basándose en idearios románticos, a saber, el amor para toda la vida, la construcción de familias ensambladas o la monogamia.

Asimismo, no comprendo la heterosexualidad como sinónimo de norma heterosexual o heteronormatividad. Retomando la cita de Butler que reproduje párrafos antes, “las prácticas heterosexuales no son lo mismo que las normas heterosexuales” (Butler, 2006: 282). No analizo la heterosexualidad como una categoría fija, sino que, desde la perspectiva de análisis de Butler, las personas heterosexuales performan su sexualidad con resistencias, tensiones y negociaciones con la heteronormatividad. En esta línea, Carlos Figari (2008), en su estudio sobre el heteroerotismo masculino, acuña el concepto de heterosexualidades flexibles. Identifica que hombres que se definen a sí mismos como heterosexuales alteran, de algún modo, el canon de las metáforas genéricas de diferenciación y caracterización erótica propias de la matriz heterosexual hegemónica. La heterosexualidad de los varones, explica el autor, puede ser vivida con una variedad de estilos de vida. En su carácter de iterabilidad, transgreden, desvían o reproducen las masculinidades heterosexuales.

Sin negar la idea compartida por el feminismo lésbico radical sobre la obligatoriedad de la heterosexualidad (por ejemplo, Jeffreys, 1990; Kitzinger, 1994), entendida como institución política y social opresiva en términos económicos, de raza y de género que opera en detrimento de las mujeres (Rich, 1980), complejizo esta premisa. Analizo cómo son las prácticas de las personas heterosexuales, cómo negocian, se vinculan, adecuan y resisten a la heteronormatividad. Explica Richardson (1998) que a simple vista la heterosexualidad está institucionalizada y naturalizada como una forma particular de prácticas y relaciones coherentes, naturales, monolíticas y universales. No obstante, la autora postula que debemos analizar la categoría de “heterosexual” como una construcción atravesada por una diversidad de significados y acuerdos sociales dentro de ella, por lo cual no puede ser definida de manera homogénea y unitaria (Jackson, 1998; Rich, 1980).

Jackson (1998) analiza la heterosexualidad desde cuatro dimensiones, aunque en la práctica cotidiana se den interrelacionadas: su institución dentro de la cultura y la sociedad, las identidades sociales y políticas asociadas a ella, las prácticas y las experiencias. La heterosexualidad como institución, práctica, experiencia e identidad no es solo sexual. Por ejemplo, la institución central de la heterosexualidad, el matrimonio, se expande como norma por toda la sociedad y es practicada también por personas no heterosexuales.

El análisis constructivista de la heterosexualidad nos lleva a la pregunta por la producción de los géneros. Me valgo de la noción de género de Teresa de Lauretis (1996), quien, desde una perspectiva foucaultiana y feminista, retoma y profundiza el concepto de tecnología del sexo de Foucault.[21] Aborda el género, y la sexualidad como el conjunto de efectos producidos en los cuerpos, en los comportamientos y en las relaciones sociales; y no como una propiedad inherente a ellos. De Lauretis propone pensar el género por fuera de cualquier definición que lo acerque a la noción de diferencia sexual, y lo analiza como el producto y el proceso de un conjunto de tecnologías  sociales, de discursos institucionales, de epistemologías y prácticas críticas y de la vida cotidiana. Las tecnologías de género son dispositivos sociales de subjetivación que se presentan de manera diferencial en los sujetos femeninos y masculinos. “La construcción de género prosigue hoy a través de varias tecnologías de género (por ejemplo, el cine) y de discursos institucionales (por ejemplo, teorías) con poder para controlar el campo de significación social y entonces producir, promover e> “implantar” representaciones de género” (De Lauretis, 1996: 25). No obstante, el despliegue de estas tecnologías está signado por tensiones y quiebres.

En relación con las búsquedas de vínculos eróticos y afectivos, los espacios terapéuticos o el discurso del amor de pareja son tecnologías de género que operan moldeando estas búsquedas, según el género de los actores.

Otro elemento central al momento de analizar las búsquedas de encuentros eróticos y/o afectivos en la posmodernidad, y que me propongo problematizar a lo largo de la investigación, es la proliferación de redes sociales y aplicaciones (Brea, 2007; Machado, 2009; Vilches, 2010). Estas han ampliado la posibilidad de sociabilidad erótica y afectiva (Rodríguez Salazar y Rodríguez Morales, 2016). La virtualidad genera nuevos modos de socialidad para los sujetos (Maffesoli, 2009) y son espacios desde los cuales mujeres y varones logran nuevos tipos de agencias y expectativas, tal como veremos en el análisis. Estas perspectivas, en las cuales me enmarco, entienden la virtualidad como generadora de vínculos sociales. Se contraponen a las perspectivas de Bauman (2003) y Sibilia (2008), quienes explican que estamos ante un contexto de modernidad líquida (Bauman, 2003) signado por una sacralización de la individualidad y una pérdida de los lazos sociales. Considero que en el mundo virtual hay sociabilidad y continuidad de experiencias y sensaciones con el mundo no virtual. Los individuos se relacionan entre sí a través de medios virtuales para posteriormente encontrarse cara a cara, y viceversa (Rodríguez Salazar y Rodríguez Morales, 2016). Es decir, hay una interrelación entre los vínculos online (en línea) offline (fuera de línea) (Constable, 2008; Kaufmann, 2012; Linne y Basile, 2014; Rodríguez Salazar y Rodríguez Morales, 2016). Esta vinculación es denominada onlife por Briones Medina (2017) y Floridi (2015).

En este marco de rupturas de formas modernas de cohesión social y en donde las contradicciones sociales se resuelven de modo individual, los sujetos experimentan su vida en una tensión entre la búsqueda de cohesión y de libertad. Zygmunt Bauman (2013), en libros posteriores, resume esta dualidad en “[el] conflicto entre la necesidad de darse la mano por un anhelo de seguridad y la necesidad de soltarse por un anhelo de libertad” (Bauman, 2013: 24). Es decir, la individualización no es sinónimo de individualismo o fragmentación social, sino que supone institucionalización. “La esfera privada no es lo que parece ser, una esfera separada del ambiente. El lado externo penetra en el interior e influye en lo privado de las relaciones y decisiones” (Beck, 1998: 169). El mercado, los medios masivos de comunicación, el sistema educativo, el trabajo, entre otros ámbitos, afectan las biografías privadas.

En este apartado explicité mis coordenadas teóricas que me permitirán analizar la búsqueda de encuentros eróticos y afectivos teniendo en cuenta, por un lado, cómo dialogan —con agencias, resistencias y negociaciones— las personas heterosexuales ante los guiones sociales (Gagnon y Simon, 2005) de la heteronormatividad y del amor romántico; y por el otro, cómo en esas búsquedas se genera lazo social entre los individuos.

4. Investigar el amor desde las ciencias sociales. Delimitación del campo y cómo lo investigo

En tanto este libro se encarga de estudiar las búsquedas de encuentros eróticos y/o afectivos, en esta sección me propongo delimitar el campo de los estudios sociales del amor. Es decir, aquellas perspectivas que lo abordan más allá de su carácter psicológico o individual. Los feminismos han sido los primeros en problematizar el carácter opresivo del amor romántico, en su dimensión social. Sin embargo, según Anna Jónasdóttir (2014), una de las pioneras en el campo de los estudios del amor, aún hoy hay una escasez de estudios sobre el amor romántico desde perspectivas feministas. Recién a partir de 2008 aparecieron redes de investigación o académicas que concentraron su interés en las temáticas del amor.

La autora reconoce que en la década del ochenta hubo aportes significativos a los análisis del amor, el cuidado y los afectos (Ferguson, 1989, 1991; Hochschild, 1983), pero estos estudios se anclaban en función de la actividad productiva. Por su parte, la vertiente filosófica del feminismo francés de la diferencia se ha preocupado por estudiar el amor más allá del aspecto de opresión sexual y de género, sobre todo en la literatura y en los estudios culturales (Kristeva, 1987; Irigaray, 2002). Sin embargo, esta perspectiva no se profundizó en las ciencias sociales.

Otra vertiente que recuperó el amor en esa época fue la de las académicas feministas que se concentraron en los estudios de la ciencia y la teoría del conocimiento. El amor era invocado como un poder epistemológicamente creativo que posibilitaba a los/as científicos/as su búsqueda de conocimiento válido y confiable (Jaggar, 1989; Keller, 1995; Rose, 1994).

Según Jónasdóttir (2014) y Smart (2007), en el contexto académico de la sociología, sobre todo de la teoría social, estudiar el amor, hasta finales de la década del ochenta, era visto como vergonzoso y riesgoso para la buena reputación del/a investigador/a. Trabajos pioneros que problematizan el amor desde las ciencias sociales son los de Luhmann (1985), Giddens (1997, 2006) y Beck y Beck-Gernsheim (2001). Estos trabajos fueron seguidos por los de Illouz (1997, 2007, 2012), Bauman (2003) y Kaufmann (2011).

También hacia fines de la década del ochenta se da el “giro afectivo” y el “giro emocional” (López, 2014) dentro de las ciencias sociales y humanísticas, gracias a los aportes de los feminismos académicos. A partir de este cambio se toman en cuenta los afectos y la sexualidad en la construcción de conocimiento y como fenómeno de análisis. López denomina “giro afectivo” y “giro emocional” a un enfoque teórico-metodológico que, sin negar la importancia de lo discursivo, sostiene la necesidad de reconocer que en las dinámicas sociales están en juego fuerzas del orden de lo corporal irreductibles a la interpelación discursiva (López, 2014: 263).

Por su parte, Marina Ariza (2016) sostiene que, dentro de este giro afectivo, en las ciencias sociales y humanísticas aparece un interés por relevar la centralidad del actor sintiente, el cuerpo y la afectividad, en el análisis de la realidad social. Los factores que Ariza (2016: 10) identifica en la emergencia de este interés dentro de estas disciplinas son el declive de la hegemonía del positivismo; el interés cada vez mayor por los aspectos subjetivos y culturales de la acción social; la crítica posmoderna a la producción de conocimiento; la influencia crítica del pensamiento feminista y sus desarrollos teóricos; las reflexiones sobre la modernidad tardía; el avance de las neurociencias en distintas áreas de saber, y la llamada emocionalización de la vida pública, que se refiere al papel cada vez más decisivo que desempeñan las emociones en la transformación de la vida pública, en particular en los medios de comunicación, la salud y la esfera jurídica (Lara y Enciso, 2013). Hay una reconfiguración de la producción de conocimiento encaminada a profundizar en dicha emocionalización (Greco y Stenner, 2008) y a comprender el estudio de los afectos por fuera de los discursos psi, como una propiedad de la interacción social y en su carácter indisociable del contexto en que se produce (Barbalet, 2001).

Una segunda cuestión es cómo estudiar el amor. La perspectiva interaccionista (Goffman, 1970, 1971, 1979; Collins, 2009), en la cual se inscribe esta investigación, posee una lectura del cuerpo basada en los aportes de la teoría fenomenológica de Merleau-Ponty (1970), la cual comprende que el mundo es entendido a través del cuerpo, como experiencia sensible atravesada y generadora de emociones (García Andrade y Sabido Ramos, 2014). Es decir, el estudio del amor es indisociable de la dimensión corporal.

En las búsquedas de encuentros eróticos y/o afectivos y en las interacciones que se desarrollan en esos encuentros, los sujetos buscan energía emocional, la cual se da desde una dimensión corporal. Collins establece que “la sociedad es, ante todo y por encima de todo, una actividad corporal” (Collins, 2009: 56). Para el enfoque de la microsociología de Collins (2009), las personas sienten las situaciones atrayentes o repulsivas de acuerdo con la cantidad de energía emocional que los rituales de interacción pueden proveerles.

Desde esta premisa, García Andrade y Sabido Ramos (2014) analizan las emociones como vínculos afectivos. Esta definición apunta al carácter relacional de las emociones y se aleja de aquellas posturas individualistas (Turner y Stets, 2005) y del debate teórico sobre qué es, en su particularidad, una emoción. Existe una disputa entre quienes incluyen al amor como emoción y quienes no (Felmlee y Sprecher, 2006). Las razones para afirmar que no es una emoción son que es una “actitud” de una persona hacia otra (Rubin, 1970), una trama (Ekman, 1992), un sentimiento (Turner, 1994), un síndrome emocional culturalmente construido (Averill, 1985) o una mezcla de distintas emociones, como la alegría y la ansiedad (Izard, 1992). Quienes sí sostienen que el amor es una emoción se sustentan en que el amor es una emoción universal que está en diversas culturas (Felmlee y Sprecher, 2006).

García Andrade y Sabido Ramos (2014) proponen una superación de estos debates desde una perspectiva sociológica. En vez de pensar el amor como emoción, proponen pensarlo relacionalmente, como forma de vinculación entre los seres humanos. Colocan el foco de análisis en la vinculación afectiva que se desarrolla a través de las emociones (una vinculación emocional que puede ser sufrida o gozada), para así explicar estructuras sociales más allá del impacto individual de una emoción. Para dicho propósito, toman el término “vinculaciones afectivas” de Elias (1999), el cual remite a que necesitamos de los otros para la satisfacción o insatisfacción individual. Es decir, el término “vinculación afectiva” piensa el binomio individuo-sociedad en correlación, uno se explica por el otro. Este modo de comprender la afectividad pone su foco en el carácter relacional, en el nosotros, de las emociones que se desarrollan en las interacciones (García Andrade y Sabido Ramos, 2014).

Por su parte, Sara Ahmed también propone acabar con la separación entre emociones y afectividad propuesta por Massumi (2011). Para Massumi la dimensión afectiva está situada en el terreno de la inmanencia y la emocional está atravesada por la cultura, significada por los discursos y el lenguaje. Mientras que Ahmed entiende esta separación como una reinstalación de la falacia opositiva cultura/naturaleza, que ignora el carácter sobredeterminado de los procesos corporales (López, 2015: 14). Lo que se debe analizar, según Ahmed (2015), en contraposición con los modelos psicológicos, es el efecto de la circulación y el contacto de los afectos —no diferenciados de las emociones—.

Mi perspectiva de análisis sobre la afectividad retoma estos puntos de vista que ponen el foco en el carácter relacional de los afectos y que superan aquellos debates esencializadores entre emociones y afectos.

Esta investigación, tal como se explicitó en el objetivo, tiene una perspectiva teórica de análisis interaccionista, basada en las lecturas de Erving Goffman y Randall Collins. Las interacciones para Erving Goffman implican “la influencia recíproca de un individuo sobre las acciones del otro cuando se encuentran ambos en presencia física inmediata” (Goffman, 1971: 27). En otras palabras, cuando dos personas interactúan cara a cara, influencian recíprocamente sus acciones, de manera que el actor guiará su actuación ajustándose a los papeles representados por los otros actores, que a su vez son su público.

La co-presencia física devendrá en encuentro cuando se transforme en interacción enfocada, con un foco de interacción común y de intensidad entre al menos dos personas (Collins, 2009). Para Goffman, los encuentros son tipos de interacciones signadas por normas que sincronizan el proceso de obtener la atención del orador y de que este obtenga la de uno; “existe una etiqueta para iniciar un encuentro y para poner fin a este” (1979: 24).

Los rituales de interacción y sus cadenas de rituales de interacción implican situaciones de encuentro entre dos o más personas cargadas de emociones[22] y conciencia por efecto de las cadenas de encuentros vividas anteriormente, a partir de las cuales y en las cuales se infieren, desarrollan, (re)producen, perciben, improvisan creencias y emociones, valores, memorias, acciones, estructuras y moralidades (Collins, 2009). Es decir, los rituales de interacción operan en las ocasiones en que se conjuga un alto grado de foco de atención compartido (esto es, un nivel elevado de intersubjetividad) con un alto grado de consonancia emocional, mediante la sincronización corporal, fruto de mutua estimulación/excitación de los sistemas nerviosos de los participantes. Producen sentimientos de membresía a través de símbolos compartidos, como energía emocional que los participantes sienten y que les despierta sentimientos de seguridad en sí mismos y entusiasmo (Collins, 2009: 65).

La distribución de la energía emocional se da de forma desigual, según las posiciones relativas de poder y estatus. Las relaciones humanas se ven regidas por dos tipos de rituales, de poder y estatus. En los rituales de interacción las personas buscan aumentar su energía emocional. “Los individuos ganan o pierden energía emocional tanto en las interacciones de poder como en las interacciones de estatus” (Collins, 2009: 162). Los participantes pueden sentirse fuertes, seguros y deseosos de tomar iniciativas, o lo contrario, si el ritual de interacción los estigmatiza o excluye; su poder motivacional proviene de la confianza, consciente o no, en el respaldo que la membresía grupal (estatus intragrupo y rango del grupo en la estructura social) confiere a la propia posición y a sus actos (Iranzo, 2005).

Algunos ejemplos de rituales de interacción que aparecen en la búsqueda de encuentros eróticos y/o afectivos y en las interacciones que allí se dan son una charla, una carcajada compartida (virtual o cara a cara), un beso y otras formas de seducción. En estos rituales de interacción los individuos se sumergen corporalmente y se da una sincronización. En aquellos casos donde el decoro ritual se rompe, los sujetos sienten lo que Collins (2009) denomina una incomodidad moral. Me interesa observar durante las interacciones cuáles son los elementos que aumentan la energía emocional y cuáles producen un efecto contrario.

Como se desprende de la descripción de los rituales de interacción, en las interacciones se intercambian dos tipos de información: la que da una persona voluntariamente y la que “delata”. La información que delata, a pesar de lo que quiera mostrar, depende de las formas emanadas de su cuerpo (voz, ojos, posturas corporales). “Desde los gestos corporales se deducen otros aspectos, no apreciables de otro modo, de su situación” (Goffman, 1979: 30). A partir de esta “externalización” o “glosa corporal”, los individuos en una determinada situación, en este caso las interacciones en espacios de citas y de encuentros, desarrollan corporalmente un “display (despliegue) de intenciones” que son interpretables y predecibles por el resto de los individuos (Goffman, 1979: 30). En el trabajo de seducción, el cuerpo crea situaciones de intimidad o proximidad corporal (Simmel, 1939), que exceden las relaciones sexuales, como por ejemplo en el baile o cuando los sujetos  chatean[23].

El cuerpo no es solo una entidad física que poseemos, es también un sistema de acción y su implicancia en las interacciones de la vida cotidiana. El cuerpo no es reductible a un simple aspecto anatómico, porque el sujeto y su cuerpo se van constituyendo en relación con quienes interactúan en determinado espacio-tiempo (Giddens, 1997; Le Breton, 1995; Turner, 1984). Para Nancy (2007), los cuerpos están abiertos, tensionados desde diferentes frentes, son diferencias cargadas de fuerzas situadas y tensadas unas contra las otras, lo cual implica que los cuerpos son todo lo contrario de lo cerrado y lo acabado, son abiertos, expuestos y tensionados. Son cuerpos vivientes dotados de energía, que afectan y son afectados, que resisten y actúan. “Los sujetos no llevan una vida según el movimiento de los cuerpos celestes, sino, como lo sostiene Max Dorra (2005: 33), según los movimientos que producen en nosotros los sucesivos encuentros que tejen parte de nuestra vida cotidiana” (Frigerio, 2006: 39). En los encuentros se generan vinculaciones afectivas (Elias, 1999; García Andrade y Sabido Ramos, 2014) que generan vergüenza, alegría, incertidumbre. Tal como propone Ahmed (2015), el estudio de los afectos debe poner su foco en su circulación y en sus efectos.

Elizabeth Grosz (1994) y Judith Butler (2002) cuestionan la idea de un cuerpo pre-dado, pasivo, sobre el cual se configuran preceptos culturales, y consideran los discursos como creadores de la idea de un cuerpo “natural” que justifica ciertas creencias y regímenes corporales. Grosz (1994) interpreta el cuerpo como un umbral en el cual se ponen en tensión diversos binarismos. En esta línea, Donna Haraway (1991) comprende que hay una ruptura de los dualismos modernos entre yo y otro, cuerpo y mente, humano y animal, humano y máquina —que provienen del despliegue de nuevas tecnologías cibernéticas en la biología y la medicina—, en los lugares de trabajo, en las escuelas, en las lógicas de dominación del capital transnacional, entre otras áreas de la vida social. Estos límites fluidos están generando la existencia de sujetos y organismos híbridos, que pueden ser englobados dentro de la metáfora de cyborgs. Por ejemplo, la búsqueda de un encuentro erótico en una aplicación como Tinder puede llevar a sensaciones concretas como la excitación o el aburrimiento. A su vez, el uso constante y elemental que han pasado a tener en nuestra vida cotidiana los smartphones (teléfonos inteligentes), donde se descarga la aplicación, permite que estos puedan ser conceptualizados como prótesis de nuestros cuerpos “(…) a pesar de no encontrarse en contacto directo con nuestro cuerpo; a pesar de no ser una prótesis penetrante” (Andrada de Gregorio y Sánchez Perera, 2013: 50).

Otra dimensión al momento de estudiar la sociabilidad amorosa y erótica es la espacialidad donde estos sujetos, desde sus afectos corporalmente encarnados, sociabilizan (Sívori, 2005). Las vinculaciones afectivas que aparecen al momento de la búsqueda o en las interacciones eróticas y afectivas se pueden desarrollar en una multiplicidad de espacios, pero hay lugares específicos, tanto cara a cara como virtuales, como por ejemplo páginas web, aplicaciones, redes sociales, clubes de solos y solas, restaurantes, vinotecas, establecimientos bailables, tales como milongas, bares o discotecas. Deirdre Conlon (2004) y Henri Lefebvre (1991) establecen que el espacio social está imbricado a la noción de sexualidad. Comprenden el espacio como constitutivo, productor y permeado por relaciones sociales. Los espacios no son simplemente un escenario, sino que son constantemente (re)producidos dentro de complejas relaciones entre la cultura, el poder y las diferencias, y varían a lo largo del tiempo. Los espacios y los lugares y los sentidos que los sujetos les otorgan están atravesados por el género (Massey, 1994).

Para Leticia Sabsay  existe una mutua implicación entre espacialidad, sexualidad e identidad que funciona como “frontera imaginaria y espacial, no solo organiza, clasifica y jerarquiza las prácticas sociales, sino que opera de forma performativa, interpelando a los distintos sujetos sociales, y de este modo participa en la configuración del imaginario de cada identidad social” (Sabsay, 2011: 72). En este sentido, Phil Hubbard (2001) propone que existe una geografía de la ciudadanía sexual que organiza y naturaliza la heterosexualidad, y así divide y confina grupos sexualmente disidentes. Los sitios webs de citas, aplicaciones y lugares de sociabilidad cara a cara aquí analizados se presentan naturalmente como heterosexuales, y en los casos que apunten a otro público lo indicarán específicamente.

Por último, para mi interpretación sobre la edad retomo la perspectiva de Mike Featherstone y Mike Hepworth (1991), sociólogos especializados en gerontología, quienes ubican la mediana edad o la mitad de la vida en el rango de entre los 35 y 65 años, y la vincula a la menopausia femenina y a la andropausia masculina. Los autores explican que hay una diferencia entre un cuerpo ante el espejo y el self que lo ve. La edad, por los años acumulados, que aparece frente al espejo funciona como una máscara que no se condice necesariamente con la edad que sienten subjetivamente las personas. Esta tensión que puede resumirse entre look age (parecer de una edad) y feel age (sentirse de una edad) no implica que la máscara o el sentido subjetivo sean lo real, sino que la idea de la máscara refleja una contradicción entre la apariencia ante los otros y los sentimientos y la identidad íntima.  Los autores concluyen que la edad personal tiende a ser más joven que la cronológica y a decrecer a medida que aumentan los años de los sujetos. A esto se suma el hecho de que las personas de sectores de clase media en una economía de consumo compran productos que los hacen ver y sentir más jóvenes.

La representación social sustentada en la edad cronológica desconoce la tensión entre look age y feel age y conlleva, en términos de los autores, estigmatizaciones sociales. Esta lectura me resulta enriquecedora para indagar en los mandatos sociales en torno al estar en pareja (o no) en relación con cómo se sienten los propios actores respecto a su edad, y si estos mandatos intervienen en la búsqueda de vínculos eróticos y afectivos.

5. Estructura

La estructura del libro se basa en un capítulo inicial metodológico, dos partes y un capítulo de recapitulación y conclusiones. La primera parte trata sobre las búsquedas de encuentros eróticos y/o afectivos; la segunda, sobre las interacciones que tienen lugar durante dichas búsquedas en los espacios de sociabilidad del mercado erótico y/o afectivo.

En el capítulo 1 describo la estrategia metodológica y las fuentes de construcción de datos. Explicito mi propuesta metodológica y reflexiva de análisis.

El libro se divide en dos partes. La primera parte, que incluye los capítulos 2 y 3, se aboca al análisis de las búsquedas de encuentros eróticos y/o afectivos. En el capítulo 2 analizo cómo es vivenciado el hecho de no estar en pareja por las personas solteras, separadas o divorciadas y cuáles son las expectativas y motivaciones que poseen estas personas al momento de buscar encuentros eróticos y/o afectivos. Es decir, cómo es experimentada la condición de la soltería y cómo las búsquedas de vínculos eróticos y/o afectivos son formas de tramitarla. Para el análisis se tendrán en cuenta las dimensiones de edad, género y clase, como así también cómo operan los guiones de la heteronormatividad en relación con el amor romántico en las personas que no están en pareja y que buscan encuentros eróticos y/o afectivos.

En el capítulo 3 describo y analizo los criterios de selección al momento de buscar encuentros eróticos y/o afectivos por parte de varones y mujeres que no están en pareja. Los criterios de selección que intervienen al momento de sociabilizar están atravesados por la clase social, la edad, las expectativas de género y las características corporales, entre otros. A la luz del análisis de estos criterios, indago en los modos en que estas personas perciben y utilizan los espacios de sociabilidad cara a cara y virtuales, con vistas a encuentros eróticos y/o afectivos, de forma comparada.

La segunda parte, que incluye los capítulos 4, 5 y 6, se aboca al análisis de las interacciones que tienen lugar durante las búsquedas en los espacios de sociabilidad erótica y/o afectiva. En el capítulo 4 examino el mercado de sitios virtuales y de encuentros cara a cara a los cuales estos sujetos acceden, y analizo el mercado como marco para que se desarrollen las interacciones entre organizadores/as y clientes/as. Para tal fin tengo en cuenta las vinculaciones afectivas que se dan entre ellos.

En los capítulos 5 y 6 analizo las interacciones que se desarrollan durante las búsquedas en los espacios de sociabilidad del mercado erótico y/o afectivo. En el capítulo 5 examino las interacciones que acontencen en los espacios de sociabilidad cara a cara. Tengo en cuenta, por un lado, las pautas de cortejo y seducción, los afectos que circulan en ellas y las corporalidades en relación con el capital erótico. Por el otro, observo cómo la energía emocional se incrementa o disminuye en cada una de las situaciones. Las interacciones cara a cara son reconstruidas a partir de mis observaciones y los relatos de las entrevistas; para las virtuales me valgo de las entrevistas, ya que a partir de mis observaciones de las aplicaciones solo puedo tener acceso a los perfiles públicos de los/as usuarios/as, pero no a sus conversaciones y coincidencias con otros usuarios, dado que son privadas.

Por último, en el capítulo 6, desarrollo una descripción y análisis pormenorizado de escenas de primera cita. Abordo casos donde el primer acercamiento se haya originado en espacios virtuales de sociabilidad erótica y/o afectiva, y otros en los cuales haya tenido lugar en ámbitos cara a cara. Para dicho fin indago en los guiones sociales heteronormativos y románticos que orientan la interacción, los consumos y las expectativas que aparecen según se trate de varones o de mujeres.


  1. Este libro se basa en los resultados de mi tesis doctoral denominada “Solos y solas: búsquedas de encuentros eróticos y afectivos entre mujeres y varones heterosexuales (Área Metropolitana de Buenos Aires, 2015-2017)”. Distintos artículos fueron publicados a la luz de esta investigación: Palumbo, M. (2019). Capital erótico y expectativas de género: criterios de selección en mujeres y varones heterosexuales. Sociedade e Cultura, 22 (2). Palumbo, M. (2019). Sociabilidad virtual y criterios de selección en mujeres y varones heterosexuales. Cuadernos Inter.c.a.Mbio Sobre Centroamérica Y El Caribe, 16(1). Palumbo, M. (2019). Búsquedas de vínculos eróticos y/o afectivos. Un estudio comparado entre la Ciudad de Buenos Aires y la Ciudad de México. Revista Mora, 25. Palumbo, M. (2019). ¡A jugar! La energía emocional en eventos de speed dating. Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad, 30. Palumbo, M. (2019). Un análisis de la energía emocional en catas de vino (Ciudad de Buenos Aires, Argentina). Revista interdisciplinaria de estudios de género de El Colegio de México, 4. Palumbo, M. (2018). Motivaciones y expectativas en las búsquedas de vínculos eróticos y/o afectivos. Cultura y representaciones sociales, 13(25).
  2. Si bien este concepto ha sido acuñado principalmente para analizar los países centrales, retomo a autoras que lo utilizan para el caso argentino (Ariño, 2007; Jelin, 1989; Mazzeo, 2010a, 2010b; Pantelides, 1988, 1989; Torrado, 2005). 
  3. La primera transición demográfica tuvo lugar en la Argentina desde fines del siglo XIX. Se basó en la aceleración del crecimiento vegetativo por desfase de la caída de la natalidad respecto a la mortalidad (Ariño, 2007; Pantelides, 1988, 1989).
  4. La investigación se concentra en mujeres y varones cis, es decir que no son trans, pues han mantenido la identidad de género que les fuera atribuida al nacer.
  5. Según datos estadísticos elaborados por la Dirección General de Estadística y Censos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (2016): a) Para 1990 la tasa global de fecundidad (hijos/as por mujeres) de la Ciudad de Buenos Aires es de 2,08, mientras que para el año 2015 es de 1,78 y la edad promedio de las mujeres que tuvieron hijos/as es de 30,4. b) Para 1990 la curva de la estructura de fecundidad se encuentra en el grupo etario de entre 25-29 años. En el año 2000, la cúspide es dilatada, está compartida por los grupos de edad de 25-29 y de 30-34. A partir del año 2010, el punto más alto de la curva se observa entre los 30 y 34 años. Esto se mantiene para el año 2015. Si acotamos el universo solo a las que tuvieron su primer hijo/a en el año 2015, se observa que la curva de la estructura de fecundidad forma una meseta: entre los 20 y 34 años se concentra cerca del 70% de la fecundidad; pero el mayor peso relativo se encuentra en el grupo de 30-34 años. c) La edad promedio de entrada a la maternidad de las primerizas para el año 2015 es de 28,8 años. d) Un indicador complementario es que en la Ciudad de Buenos Aires, según la Encuesta Anual de Hogares 2015, el 20% de las mujeres que están finalizando su período fértil —que tienen entre 40 y 49— no han sido madres. En suma, todos estos datos indican que cada vez más las mujeres son madres cuando son más grandes.
  6. Podemos encontrar en Isabella Cosse (2010), quien ha estudiado la variabilidad de las pautas de cortejo entre 1950 y 1975 en la Ciudad de Buenos Aires, indicios de estas transformaciones. Visualizaba que para mediados de la década de 1970 estaban institucionalizadas la sociabilidad afectiva informal y la flexibilización del cortejo y del noviazgo. Había un cuestionamiento del carácter indisoluble del matrimonio por el avance de la cultura divorcista y comenzaba a aparecer una mayor apertura a las uniones consensuales. Asimismo, aparecen aspiraciones de igualdad entre las mujeres respecto a la división de roles de la domesticidad (Cosse, 2008, 2010).
  7. Estos datos no se encuentran desagregados por personas de igual “sexo”. Para más información, cotejar Dirección General de Estadística y Censos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (2014), Matrimonios en la Ciudad de Buenos Aires. Años 1990-2013, Ciudad de Buenos Aires, DGEyC.
  8.  Se utilizarán indistintamente los términos modernidad tardía (Illouz, 2009), sociedad de riesgo o segunda modernidad (Beck, 1998, 2003) o modernidad líquida (Bauman, 2010) como modos de hacer referencia al marco de la sociedad capitalista posmoderna actual.
  9.  Entiendo por personas separadas aquellas que han convivido sin casarse y ya no lo hacen.
  10.  Estos conceptos serán explicitados y desarrollados a lo largo de la investigación.
  11. En esta investigación no se abordaron las búsquedas de encuentros donde se intercambia sexo por dinero.
  12.  En el libro utilizo la expresión “criterios de selección” en el sentido de la noción de afinidades electivas (Bourdieu, 1998), la cual implica que nuestros gustos y elecciones están orientados socialmente.
  13. El AMBA comprende la Ciudad de Buenos Aires y 24 partidos del Gran Buenos Aires.
  14. Según el último Censo Nacional de Población y Vivienda (2010), el AMBA reúne 12.801.364 de habitantes, conformando uno de los aglomerados urbanos más extensos del mundo. De esta población, 2.891.082 de habitantes residen dentro de los límites de la Ciudad de Buenos Aires. Por su parte, la Región Metropolitana de Buenos Aires (Ciudad de Buenos Aires y 40 partidos) reúne 14.819.137 de habitantes (Maceira, 2012).
  15. Datos obtenidos del informe “Acceso a Internet. Primer Trimestre 2017”, realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).
  16. Las aplicaciones como Tinder y Happn son programas informáticos diseñados como herramientas que le permiten a un/a usuario/a tener citas y encuentros. Están relacionados con la red social Facebook.
  17. Un sitio de citas, como Match, es un portal en el cual las personas se registran y luego se suscriben con la finalidad de conseguir un vínculo erótico y/o afectivo. Implica la creación de un perfil con diversa información.
  18. Entiendo por este concepto al “conjunto de técnicas que, desde el campo interdisciplinario de la medicina y la biología, clínicas y experimentales, proveen alternativas biomédicas a la ausencia involuntaria de descendencia entre individuos o parejas” (Ariza, 2014: 43). En la actualidad, en la Argentina, las técnicas disponibles son la inseminación artificial —que puede realizarse por medio de la donación de esperma—, la fertilización in vitro (FIV), la inyección intracitoplasmática de espermatozoides (ICSI), la transferencia intratubaria de gametos (GIFT) y la transferencia de ovocitos microinyectados (TOMI) (Farji Neer, Mertehikian, Cunial, Kolkowski, 2017).
  19. Habiendo explicitado la continuidad entre los conceptos de sociabilidad y socialidad, en esta investigación los emplearé indistintamente.
  20. Mi interés por el estudio del amor romántico tiene sus inicios en mi tesis de maestría denominada “Las dinámicas de la violencia contra las mujeres y el amor en los primeros noviazgos juveniles en el Área Metropolitana de Buenos Aires”, defendida en el año 2015. En la tesis de doctorado continúo indagando en la temática del amor romántico en personas heterosexuales de sectores medios, pero pongo el foco en las búsquedas y en las interacciones que tienen lugar durante ellas, y en otro segmento etario.
  21. Teresa de Lauretis (1996) explica que Foucault, en el primer tomo de Historia de la sexualidad (2006), analiza cómo la sexualidad, comúnmente pensada como natural y privada, es en realidad construida en la cultura de acuerdo con los propósitos políticos de la clase social dominante. Las tecnologías del sexo son un conjunto de técnicas para maximizar la vida que han sido desarrolladas y desplegadas por la burguesía desde finales del siglo style=”font-variant: small-caps;”> xviii para asegurar su supervivencia de clase y su hegemonía permanente.
  22. Según Marina Ariza (2016), la teoría de la interacción ritual de Collins (2009) se ancla en la noción de efervescencia colectiva de Durkheim (1993), la cual se refiere a un estado emocional y pasional de corta duración, con capacidad de producir modificaciones importantes en el mapa normativo de una sociedad, ya sea de carácter disruptivo o de cohesión (Durkheim, 1993; Nocera, 2009).
  23. El verbo chatear es un término que se utiliza en la jerga informática para indicar que se mantiene una conversación con una o más personas a través de Internet. Es una palabra derivada del inglés chat (charla).


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