Otras publicaciones

12-4583t

9789877230024-frontcover

Otras publicaciones

9789877230253-frontcover

isaacson

Introducción

El tango y las instituciones en el cambio de siglo

La identidad nacional: criollismo versus nacionalismo

La súbita y masiva llegada de los inmigrantes a la Argentina hacia fines del siglo XIX y principio del XX provocó fuertes reacciones en diversos sectores de la sociedad. En el campo cultural, ello dio origen a dos formas similares en su objetivo, pero distintas en la selección estética y artística: las llamaremos aquí “nacionalismo” y “criollismo”.

Para los fundadores de la Argentina moderna, como Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento, aferrados a una visión linealmente negativa de la Argentina hasta la caída de Rosas en 1852, la herencia colonial –hispana y católica–, el desierto y el atraso eran los principales obstáculos para la construcción de una sociedad moderna. En Alberdi la solución era la inmigración: poblar el país de europeos con hábitos de trabajo y consumo modernos. A Sarmiento, cuyos viajes por Europa le habían impactado al advertir la miseria de buena parte de los habitantes de las ciudades, le preocupaba, en cambio, ocupar la campaña agrícola sobre la base de un modelo de colonización similar al del farmer estadounidense.

En ninguna de estas visiones había particulares prevenciones respecto de los mecanismos de cohesión social que demandaría la presencia inmigratoria masiva, ya que confiaban en que la integración se produciría mediante la expansión económica y la dinámica social, proceso en el cual le asignaban un alto valor a la escuela pública. A esta visión se sumó Bartolomé Mitre a través de sus estudios sobre la historia argentina y la construcción histórica de los grandes mitos de la revolución de la independencia, tendientes a mostrar un país predestinado desde sus orígenes coloniales a un proyecto de grandeza en el concierto internacional.

Dicha planificación, perfecta en la cabeza de sus ideólogos, se encontró con un par de eventos insospechados: por un lado, una inmigración proveniente, en gran medida, de la Europa menos desarrollada; y por el otro, el activo desplazamiento de la población nativa del interior hacia las grandes concentraciones urbanas como Buenos Aires y Rosario, favorecido por los novedosos medios de comunicación –especialmente el ferrocarril– y la expansión de las ciudades como fuente de servicios y desarrollo industrial. Estos procesos diseminaron las formas de la vida rural en los ámbitos urbanos, lo que dio consistencia a las vivencias impregnadas de resonancias agrarias, que prevalecieron hasta comienzos del siglo XX por sobre la creciente modernización de las ciudades. Convivieron así en el espacio cultural con la competencia de las identidades propias de los inmigrantes. Y es en esa competencia donde se irán construyendo dos corrientes, ambas promovidas desde las clases dominantes.

El criollismo

Una de ellas, surgida desde el ámbito artístico más erudito, tuvo como expresión dominante “lo criollo”, a pesar de estar ausentes las bases materiales de su origen: el gaucho, el trabajo vinculado a la ganadería, la presencia mitológica de la llanura pampeana. De esta manera, el “criollismo” vino a cumplir un triple papel: para ciertos sectores dirigentes de la sociedad, afirmó su legitimidad frente a la creciente importancia de los extranjeros; para los sectores populares que se trasladaron a las ciudades, fue tanto una expresión nostálgica como una forma de resistencia frente al nuevo escenario urbano, y finalmente para muchos extranjeros, y en particular para sus hijos, constituyó la forma manifiesta de asimilarse al país, el mecanismo de integración más sólido en la sociedad en construcción.

En el terreno de la cultura popular, el fenómeno del criollismo alcanzó una notable dimensión. En las áreas rurales, las campañas de alfabetización facilitaron la difusión de la entrega por cuadernillos de El gaucho Martín Fierro, publicados en 1872 por José Hernández, cuya primera edición se agotó en un par de meses. Ante el gran éxito obtenido, en 1879 el autor publicó La vuelta de Martín Fierro, también dirigido a los sectores rurales, a partir de su temática y lenguaje. Al año siguiente, Eduardo Gutiérrez irrumpió con su folletín Juan Moreira, una novela por entregas que el periodista escribió para el diario Patria Argentina, basada en la vida real de un cuchillero que había asolado la zona oeste de la provincia de Buenos Aires. A pesar del virulento ataque de los críticos literarios, permanentes reediciones y nuevos títulos, como Hormiga Negra y Santos Vega, marcaron la extraordinaria popularidad de este autor. Simultáneamente, la aparición de Colección de cantares y Cantares criollos, de Gabino Ezeiza, y el Payador porteño, de Faustino Díaz, confirmó la inclinación de los lectores urbanos por los temas vinculados al mundo rural. Este proceso se extendió a toda la cultura nacional durante las próximas décadas, y adquirió dominancia no solo en la literatura sino también en la música, el teatro y el cine.

El nacionalismo

La otra corriente, de carácter más “oficial” o institucional si se quiere, se apoyó principalmente en la preocupación por la instalación de la Argentina en el gran concierto internacional. Para ello, se privilegiaron los valores que contrapusieran la idea de civilización contra la precariedad de origen, atribuida implícitamente (y en algunos casos, como el de Sarmiento, en forma bien explícita) a los habitantes originarios y a la presencia molesta y amenazante del gaucho. Es decir: una visión nacionalista contrapuesta con la criollista en el mito de origen. Es por ello que a nivel educativo se trabajó permanentemente en la idea de homogeneizar la población a través de la alfabetización y la incorporación de los valores culturales europeos y norteamericanos,[1] y, al mismo tiempo, mostrarles rápidamente a aquellos países los logros obtenidos. Así se estableció en 1884 la Ley de Educación, que establecía la gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza, como también su expreso laicismo. Los actos fundacionales se multiplicaron: marchas patrióticas, concursos escolares, homenajes a educadores y políticos, inauguración de monumentos póstumos. En esa dirección, lo más saliente fue sin duda el surgimiento de las llamadas “escuelas palacio” en la capital, estrenadas con una gran pompa que incluyó al presidente Roca, los ministros y la presencia de ilustres visitantes. Asimismo, las exposiciones universales (la de París de 1889, la de Chicago de 1893) tuvieron una fuerte presencia de las escuelas argentinas, tanto desde trabajos seleccionados confeccionados por los niños y sus docentes, como en álbumes fotográficos que exhibían los avances edilicios del ámbito educativo.

La educación, panacea universal

En el período de la Organización Nacional comenzaron a sentarse las bases para que el país adquiriera jerarquía de potencia dentro del mundo capitalista. En 1869, y a instancias del presidente Sarmiento, se realizó el primer censo nacional de población. Allí los resultados expusieron una cruda realidad: el 82% de la población era analfabeta. Dicho porcentaje se vería acentuado, además, con la llegada de los inmigrantes, entre los cuales nueve de cada doce eran analfabetos.

Inspirado en los modelos norteamericanos, ingleses y franceses, se priorizó entonces la alfabetización masiva, como herramienta esencial para cumplir con los objetivos necesarios para el progreso.

Merced a la expansión de la educación primaria, la creación de escuelas normales y la regulación de los colegios particulares y provinciales, los índices de analfabetismo fueron disminuyendo rápidamente: en pocas décadas, Argentina llegó a ser uno de los países más alfabetizados de Latinoamérica. Es por esto que la educación empezó a ser considerada como “panacea universal”, el único remedio “para combatir la pobreza, la ignorancia y el vicio”.

Este estatismo y la centralización que conllevaba tuvieron que ver con el aspecto político de los cambios. A través de leyes como la Ley 934, donde se estableció el régimen de adscripción, y varias regulaciones con respeto a los colegios provinciales, el sistema educativo concentró todos sus servicios a cargo del Estado nacional. Con respecto a los colegios particulares, existió una tendencia a exaltar el poder y la preeminencia del Estado sobre los demás órdenes y entidades, con una inclinación a convertirlo en el principal agente educador.

Con el enciclopedismo y el laicismo curricular, los cambios que fueron sufriendo los contenidos de la enseñanza mostraron cierta ruptura con el pasado y una vigencia en el presente. La ruptura con la Iglesia católica, arraigada en el viejo sistema de creencias y acostumbrada a ser parte decisiva en las políticas nacionales, se hizo inevitable. Una de las claves estuvo en la sanción de leyes laicas, como el Matrimonio Civil, la Ley de Cementerios, y, principalmente, en la Ley de Educación ya mencionada.

Allí se definió que la instrucción primaria debía ser obligatoria, gratuita y laica. La enseñanza religiosa, se especificaba, “solo podrá ser dada en las escuelas públicas por los ministros autorizados de los diferentes cultos, a los niños de su respectiva comunión, y antes o después de clase”.

Dicha ruptura no fue total, como ya veremos, pero sí decisiva en la construcción del sistema pedagógico (y en la creación de nuevos valores simbólicos) hacia fines del siglo XIX.

El tango: en busca de la identidad

Paralelamente a la creación de la escuela moderna y de la búsqueda de un sistema de valores y símbolos que pudieran unificar los múltiples orígenes de los inmigrantes europeos y los criollos que convivían en la joven Argentina, un lenguaje nuevo venía abriéndose camino.

No fue producto de las políticas del Estado –casi podríamos decir que todo lo contrario–, ni contó con el aval de las clases dominantes, sino que surgió en forma espontánea, en un intento de buscar un lenguaje común que pudiera trascender las barreras del idioma y el encorsetamiento institucional.

Es que la cultura popular, ignorada por la élite, creció con su propia fuerza. Diversas variantes del entrenamiento masivo, como el sainete, el varieté, el circo criollo y el llamado teatro de “género chico”, fueron consiguiendo adeptos e intérpretes idóneos. Asimismo, y muy relacionado con ello, comenzó un proceso intenso de fusión entre distintas corrientes musicales, tanto locales como extranjeras. Allí la presencia del tango fue decisiva, tanto desde el aspecto musical como argumental.

Pero ¿qué es el tango, por empezar?

Su origen es difuso. Hay casi tantas teorías como teóricos sobre el tema, y estas abarcan desde el comercio esclavo en el África del siglo XVII, pasando por una danza de las islas Canarias, la habanera cubana, cierta terminología quechua y hasta los sitios donde se juntaban en América los negros africanos para bailar y cantar.

Inicialmente, el tango –que nació como danza– fue resistido por las clases altas y la Iglesia católica. Como argumento para ese rechazo se lo asoció con los bajos fondos y se lo llamó “música prostibularia”. Escritores vinculados a la clase alta, como Jorge Luis Borges, Ezequiel Martínez Estrada, Julio Mafud y hasta el incómodo Horacio Quiroga, se encargaron de difundir una visión despectiva del tango, pecaminosa, violenta y propia del mundo criminal. El poeta Leopoldo Lugones sintetizaría esa mirada, llamando al tango “reptil de lupanar”.

Pero reducir la vida nocturna a las relaciones sexuales y el tango al prostíbulo fue una simplificación basada en el prejuicio y el desconocimiento de la vida popular. Los centros nocturnos eran también lugares de diversión, de esparcimiento, de sociabilidad y de desarrollo de la cultura.

Luego de varias décadas de combinaciones musicales, líricas y culturales, ya en las dos últimas décadas del siglo XIX, el tango había dejado atrás sus formas iniciales (milonga campera evolucionada con toques de habanera, candombe, tango andaluz y zarzuela), y adoptaba cada vez más una definida forma original, con identidad propia, y así ingresaba a la etapa que se conoce actualmente como la Guardia Vieja. Para reflejar esa originalidad, empezó a ser definido por los propios músicos como “tango criollo”.

A la Guardia Vieja le siguió hacia fines de la década del 20 la Guardia Nueva o etapa decareana (llamada así, precisamente, por la influencia decisiva del violinista y director Julio de Caro), en la cual el tango alcanzó madurez, refinamiento y definitiva difusión internacional. El bandoneón se transformó en un elemento decisivo, y los conjuntos musicales se encuadraron alrededor de cuatro instrumentos básicos: el mencionado bandoneón, el violín, el piano y el contrabajo. Nos encontramos en la génesis de la orquesta típica. Como resultado de dicha evolución, el tango alcanzaría su llamada Edad de Oro, con eje en la década de 1940 y parte de la siguiente. Pero esa ya es otra historia.

La construcción de la identidad nacional fue evolucionando a la par; la escuela, el tango y la Iglesia, cada cual a su manera, fueron parte indisoluble de dicho proceso. El presente trabajo hace especial énfasis en el período de dicha construcción identitaria, aquel en que comienza a construirse en simultáneo la escuela moderna y aflora el tango como el eslabón clave de la incipiente cultura popular urbana. Simbólicamente, comienza con la promulgación de la Ley de Educación en 1884, y la aparición de los primeros tangos con autor reconocible.

El presente trabajo está organizado en tres partes, orientada cada una a la relación entre ciertas instituciones y el tango. La primera parte (“El tango y la Iglesia”) incluye un artículo sobre la relación inicial entre el género y la institución eclesiástica, no exenta de tensiones y desacuerdos, y un análisis sobre la presencia de elementos de la liturgia cristiana dentro de las letras del tango.

La segunda parte (“El tango y las leyes”), dividida a su vez en tres, ofrece un recorrido sobre las formas en que el Estado intentó acotar, controlar o respaldar las distintas manifestaciones del género a lo largo del tiempo, pasando de una instancia inicial de ignorancia y hasta desprecio, a otra de fuerte control e intervención –especialmente en lo que se refiere al uso del lenguaje–, para llegar a la etapa actual, que incluye una fuerte reivindicación y estímulo a las prácticas vinculadas al tango. El trabajo de compilación de las leyes fue llevado a cabo por la M. Sc. María Luján Mora, abogada de reconocida trayectoria.

La tercera parte del libro (“El tango y la educación”), realizada en conjunto con la investigadora Guada Aballe, apunta a retratar, principalmente, el camino inicial del género musical y la escuela moderna, surgidos casi al mismo tiempo. Resulta interesante observar cómo se fueron estructurando los programas de Música y los actos escolares, y cómo la ausencia del tango en ellos –que por entonces ya tenía un creciente grado de popularidad en la Argentina y en Europa– expresa también el constructo ideológico de quienes forjaron la nueva escuela.

Finalmente, el libro cuenta con un Apéndice en el cual hemos incluido trabajos que muestran la relación del tango con las instituciones hoy día. Dichos artículos distan de ser abarcativos, sino que simplemente presentan un fresco de cómo ha evolucionado la difícil relación del mayor género popular de la Argentina con las principales instituciones reguladoras de los ciudadanos.

También se presenta un apartado de “Cronología”, en donde se exponen, a modo de marco histórico, algunos de los hechos más relevantes que sucedieron entre el tango y las instituciones a lo largo del siglo.

Es que ya adentrado el siglo XX, el tango comenzó a ser aceptado en todas las clases sociales, y su nombre se emparentó con el de la capital del país: Buenos Aires y tango pasaron a ser sinónimos. Curiosamente, la aceptación universal del tango como expresión genuina de nuestro país no tuvo la misma respuesta desde el punto de vista de las instituciones educativas y académicas: inclusive hoy día, todavía se pelea porque sea integrado a la currícula educativa primaria y secundaria y, a nivel universitario, aún son pocos los espacios donde el género prospera y se desarrolla. Confiamos en que el presente trabajo colabore en esa dirección.


  1. Hacia fines del siglo XIX, la enseñanza escolar argentina estaba basada en “el sistema simultáneo”; es decir, se procuraba el adelanto general y uniforme de la clase. Se buscaba, de esta manera, un sistema que enseñara al niño sin fatiga ni violencia, y que contemplara “la debilidad de sus fuerzas y la movilidad de su naturaleza”. Ambos sexos recibían la misma educación, salvo en el tema de las manualidades, donde a las niñas se les enseñaban cuestiones propias del hogar y al varón otras relacionadas con los trabajos manuales, la agricultura y ciertas nociones militares.


1 comentario

  1. librolab 02/01/2019 1:16 pm

    Les compartimos un video de Julián Barsky sobre cómo utilizar el Tango en el aula:
     

Deja un comentario