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Advertencia

Esta es una investigación de historia antropológica. Esto quiere decir que articulé la crítica historiográfica, la revisión de fuentes primarias y la recuperación de testimonios de historia oral con una recopilación de narrativas y descripciones etnográficas. El propósito fue comprender mejor el contexto de las fuentes históricas que sirvieron para construir la narración principal del libro. Así, se hace necesario entender que el trabajo etnográfico implica una serie de herramientas que permiten conocer la realidad social, principalmente formando parte de ella. Es decir que usé el “mí mismo” para obtener una idea de los distintos procesos sociohistóricos relacionados con la memoria y el olvido de un espacio de espiritualidad homosexual en Río de Janeiro. Ello conllevó que, al mismo tiempo, mi presencia alterara el “curso natural” de los mismos, por lo que es indispensable que el lector sea consciente de que ese “mí mismo” aparecerá desde el inicio hasta el final. ¿Cómo me haré presente a lo largo del texto?

A diferencia de otros autores, quienes prefieren narrar solamente su llegada o incluir su voz por momentos, yo decidí, por distintos motivos académicos y políticos, aparecer no sólo como narrador, sino como actor de los distintos procesos que investigué. Esto explica la textualización y la retórica, constantemente narrativas, utilizadas para expresar mi experiencia, mi observación, mi reflexión y mi análisis. De este modo, existe una gran variedad de voces en el texto: algunas de ellas son de las personas con quienes interactué, otras son las que emergen de las fuentes y documentos históricos que consulté, unas más son de los distintos autores que han hablado sobre los diversos temas que se desarrollan a lo largo del texto, y algunas son distintas voces mías (según el caso, hablo como interlocutor, como actor social o como analista). Entonces, atendiendo a las investigadoras feministas que enfatizan la necesidad de reflexionar de manera permanente sobre cómo se sitúa el observador, sobre sus percepciones teóricas y sobre sus efectos en la interacción social, es necesario explicitar algo sobre mi posición de origen para que el lector pueda comprender cómo fui leído en Río de Janeiro.

En este sentido, ser un hombre homosexual mexicano que, en mi país de origen, es leído como mestizo, tuvo diversas implicaciones en mi estancia en Brasil. En una gran cantidad de ocasiones, mientras permanecía en silencio, era leído como brasileño. Pero, cuando mi acento me “delataba”, pude identificar las categorías raciales y sociales con las que mis interlocutores me identificaban. Por ejemplo, en la Zona Norte y en la Baixada Fluminense, que corresponden a la región metropolitana y conurbada, prioritariamente habitadas por población negra y parda, fui leído como “amarillo”, como “peruano” o como “latinoamericano”. Por otra parte, algunas personas blancas de la Zona Sur —caracterizada por tener mayor poder adquisitivo y estar notoriamente más blanqueada que el resto de la ciudad—, me identificaron como pardo: una mezcla entre indígena, blanco y negro. Estas categorías se modificaban cuando las personas sabían que me encontraba haciendo una investigación de varios meses en Río, pues, a pesar de ser identificado como no blanco y pertenecer a la clase trabajadora mexicana, el financiamiento necesario para la pesquisa hizo evidente la mayor movilidad social relativa que tenemos los “mestizos” en Latinoamérica. De esta forma, mis privilegios raciales determinaron muchas de mis experiencias en el trabajo de campo que realicé en Río. Entonces, mis registros etnográficos son indiscutiblemente parciales y reflejan mis percepciones, por lo que se hace necesario explicar al lector cómo fue que llegué a realizar esta investigación.

En enero de 2017, cuando yo aún trabajaba en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, en la Ciudad de México, conocí el Candomblé. En aquella ocasión coordiné un proyecto educativo para la exposición fotográfica sobre la diversidad religiosa de los negros brasileños retratada por la lente del extraordinario Januário Garcia, con la curaduría de Mariza Soares. Para ellos era muy importante que el público comprendiera que, cuando los negros esclavizados fueron despojados de su condición humana, preservar viva su espiritualidad ancestral los mantuvo en pie, resistiendo. De acuerdo con la exposición, el Candomblé y la Umbanda, religiones de matriz africana, surgieron precisamente como una forma de resistencia y de lucha que recrearon creencias africanas en suelo americano. Imaginé la desesperanza y la angustia que podrían haber sentido los negros esclavizados en Brasil y los comparé con mis propios miedos. Entonces me pregunté sobre la religiosidad y espiritualidad a la que yo me habría apegado o me apegaría en caso de ser esclavizado.

Así, me remití al recuerdo religioso más antiguo que tengo. Una imagen de mí mismo jugando en el patio de la casa de mi madre, donde mis juguetes hacían una peregrinación para la Virgen de la Soledad, patrona del barrio donde crecí en Acámbaro, Guanajuato. Ese recuerdo me hizo resignificar la exposición al pensar que yo también busqué recrear las prácticas religiosas y espirituales de mi lugar de origen cuando fui migrante. Por ello creo que comprendí el Candomblé y la religiosidad de los pueblos negros de una forma distinta. Me surgieron entonces muchas preguntas, una de las cuales tenía relación con mi vida sexo-afectiva y con la idea de que muchas prácticas religiosas rechazan a los homosexuales. Entonces quise saber qué postura tendría el Candomblé respecto a la homosexualidad.

Busqué rápidamente en internet y en mi pantalla apareció un resultado que cambió mi vida para siempre. Un breve apartado de Wikipedia donde se habla de João Alves Torres Filho (1914-1971), mejor conocido como Joãozinho da Goméia, “el más famoso y revolucionario gay del Candomblé” que, con audacia, ganó gran popularidad y “ocupó su espacio” por el cual se le reconoce internacionalmente como Rey del Candomblé. Abrí el hipervínculo de la famosa enciclopedia virtual y, desde ahí, me apasioné por su historia, que parecía llena de luchas y resistencias contra el racismo, el machismo y la heteronormatividad. Leí todo lo que pude sobre este famoso pai de santo brasileño y me consternó saber que su espacio de culto se encontraba abandonado, casi totalmente destruido, y que ocasionaba gran temor a los vecinos. Desde ese momento, cada paso que di en mi vida me fue llevando hasta la Biblioteca Municipal “Gobernador Leonel de Moura Brizola”, del municipio de Duque de Caxias, en el Estado de Río de Janeiro.

Ahí, sentado de espaldas a aquella ciudad que me recibió en 2019, escuché, en la voz de la heredera del Rey, mãe Seci Caxi o Sandra Regina de Angorô, la fascinante historia de ese espacio de culto.[1] Ella es hija carnal de Kitala Mungongo, la mano derecha de seu João da Goméia. Mãe Seci iba vestida sencillamente, pero con una amable y decidida voz me contó que su “padre” religioso llegó a Caxias para hacer unas obligaciones sagradas y se encantó con la ciudad que, en aquel entonces, no tenía tantas casas, por lo que estaba cubierta de bosque y vegetación. Él era bailarín, era costurero y tenía la función de pai de santo, dijo la heredera, entonces quería conciliar todo eso. Quiso traer su familia de Candomblé desde Salvador para Río de Janeiro y así lo hizo. Allá dejó a cargo a mãe Samba pues ambos eran amigos y a quien él tenía mucha confianza para que diera continuidad al espacio de culto que había establecido en el nordeste: La Goméia de Bahía. De ese modo, él llegó a Duque de Caxias, se instaló y esta nueva casa de santo obtuvo mucho reconocimiento. 

Entonces, comenzó a conocer mucha gente porque, a través de la danza, él fue mostrando el Candomblé al mundo. Eso fue lo que encantó a muchas personas, no sólo de Río de Janeiro: él llamó la atención de muchas partes del mundo y así fue haciendo su fama. La Goméia de Caxias, incluso, llegó a tener un grupo de bailarines profesionales que frecuentaban y danzaban con él. Así, llegó al gobernador del estado, al presidente de la república e, incluso, hasta la Reina Isabel, quien, según la historia oral, le dio el título de Rey del Candomblé. La Goméia fue hecha así, a través de todo ese trabajo que él hacía. Por eso quedó una casa de santo muy linda, bonita, grande, espaciosa, que tenía tribunas o gradas y camarotes para recibir a las autoridades.

Pero, advirtió Mãe Seci, cambiando ligeramente el tono evocativo de su voz a uno más susurrante, La Goméia pasó por varias fases. Tuvo su auge, pero después del fallecimiento de su padre, la casa “se enfrió”, lo que es normal cuando un pai o una mãe de santo fallece. Pero, en La Goméia, fue muy diferente de lo que la gente ve en las casas de santo después del fallecimiento del líder o la lideresa. Después de que murió pai João, se jugaron los caracoles, donde los nkises —divinidades del Candomblé Angola—, los santos, determinaron que ella fuera la sucesora de aquel gran Rey. Aunque tenía solamente diez años, mãe Seci recordó cómo fue que la sentaron en el trono de La Goméia: en aquel momento, llegaron todos los santos a sus hermanos de santo y entraron en “trance” sagrado. Ahí fue cuando recibió el cargo de su pai, como la nueva mãe de santo de La Goméia: Sandrita, la reina niña del Candomblé.

Entonces, su tono se ensombreció aún más. Prosiguió diciendo que vino mucha desunión, pues todos querían el poder que él tenía y hubo peleas: había quienes aceptaban que ella fuera la sucesora y había quienes no. Entonces, alguien denunció ante el juzgado de menores y ordenaron que la niña, Sandra Regina Réis, debía quedar a resguardo hasta que tuviera la edad suficiente para asumir la función. Fue así como quedó a cargo un hermano de santo —hermano ritual— llamado Miguel Grosso, quien estaría ahí hasta que ella cumpliera 21 años. Él asumió, pero tampoco consiguió quedarse mucho tiempo porque hubo otras peleas y, cuando salió, el cargo fue asumido por los más viejos de la casa.

Fue ahí que llegó la madre carnal de pai João, Doña María Vitorina Torres, una señora muy católica. Al perder a su hijo, prácticamente quedó solita ahí en Caxias, tenía algunos parientes viviendo en Río, pero la mayoría estaba en Salvador y ella quería regresar al nordeste. Entonces reunió a todo el mundo en La Goméia, y dijo que quería vender. Vendería la tierra. Doña María Vitorina sabía que los santos y la parte espiritual le pertenecían a mãe Seci, pero quería vender el terreno a los hijos de santo de la casa, quería que lo comprara alguna persona que pudiera dar continuidad de la casa de santo. Fueron varias reuniones hasta que un hermano de santo se propuso comprarla, pero no resultó, y decidió llevarse todo para São Paulo. Ellos abandonaron el terreno y la casa de Caxias, se acabó. Como el espacio ya no tenía la parte espiritual, que era el santo de seu João, nadie quería entrar. Ahora, gracias a las excavaciones del arqueólogo Rodrigo Pereira, se sabe que después de eso fue ordenada su destrucción, por lo que ahora se encuentra a seis metros bajo tierra. Hace poco tiempo, mãe Seci pidió el registro patrimonial del terreiro y eso está en proceso. Pero ella piensa que cada lugar que tiene un descendiente de La Goméia en Brasil y fuera del país, es La Goméia. La Goméia vive en todo Brasil.

¿Qué sucedió después? ¿Qué fue lo que pasó allí en el barrio? Todo cambia, dijo: las generaciones, nuestro tiempo, todo va cambiando y muchas cosas en ese barrio cambiaron. Las personas con las que mãe Seci conversa le dicen que ahora hay muchos evangélicos: “Hoy, nosotros candomblecistas, somos el diablo para ellos. Yo no sé qué es lo que quieren decir, por qué ellos hablan tanto del diablo, pero nosotros no veneramos al demonio, ni hacemos nada de lo que ellos dicen”. La iglesia Asamblea de Dios, que se estableció en el barrio de Copacabana, en Duque de Caxias, años antes que el terreiro da Goméia, en aquella época tenía una buena relación con pai João. “Pero los evangélicos de hoy no tienen aquel pensamiento que tenían antiguamente, cuando existía una unión que ya no existe hoy”.

Según la heredera de La Goméia, muchos evangélicos le han dicho que no quieren que se haga nada en el terreno; ni memorial, ni museo, ni nada:

Si para ellos está bien en la forma como está ahora, sucio y lleno de moscas, para muchos no lo está. Aun cuando ellos no quieran, va a haber ahí un memorial de Joãozinho da Goméia y ellos van a tener que dar ese reconocimiento. Porque pai João ayudó a mucha gente, existen familias ahí a quienes él les daba cesta básica, pai João vestía a toda la familia, daba medicinas, daba dinero, él ayudó mucho. Entonces esa es la cuestión: los descendientes de esas personas que conocieron a pai João y que no lo reconocen, es porque no saben realmente la historia. El día que ellos sepan, ese día van a dar el reconocimiento.

La imagen que el pueblo evangélico creó sobre el Candomblé es negativa, dice mãe Seci, por eso la imagen de pai João para ellos también es negativa “porque lo ven como si fuese un diablo”. Es aquí donde mi extranjería marca un filtro importante en mi relacionamiento con la gente del barrio pues, en tanto que hay “dos partes” de la memoria del terreiro, distintas fuerzas sociales y espirituales me colocaron en una tensión permanente que, como verá el lector, terminó arrastrándome hacia el lado militar y evangélico de la misma.


  1. Sandra Regina Réis, Mae Seci Caxi habla de La Goméia, MP3 Digital, Memoria y Olvido del terreiro da Goméia (Biblioteca Municipal de Duque de Caxias: REC_110 Mae Seci, 2019).


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