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6 En la Universidad la verdad es lo que realmente importa

¿Qué puede, en fin, aportar la Filosofía al trabajo universitario? Resumiendo lo dicho hasta ahora, destacaría que puede ayudar a rescatar la teoría, a revalorizar esa forma de relacionarse con la realidad y con las personas basada en la razón más que en la fuerza, ese estilo de vida sabia que ha configurado lo mejor de la cultura europea, una actitud (ethos) de atención, cuidado, respeto, una forma de mirar despacio la realidad que ha alentado los mejores logros de la civilización, uno de los cuales, sin duda, es el surgimiento mismo de la Universidad en la Edad Media.

La theoría es el mayor hallazgo griego. Consiste en mirar la realidad porque se lo merece, con independencia de que de esa mirada se pueda obtener algún otro provecho, algo que sin duda ocurre a menudo. El gran descubrimiento de Aristóteles es que la teoría es una praxis téleia, una acción que tiene su fin (telos) en sí misma, en hacerla. Encontré en la Política una reflexión del Filósofo que se puede aplicar aquí, y que me ayudó a comprender esta noción, llena de sentido. Hablando del régimen político de los habitantes de Lacedemonia dice que han aprendido algo importante, a saber, que los auténticos bienes superiores, los bienes humanos de mayor alcance, no pueden obtenerse sin virtud, pero incurren en el error de preferir esos bienes a la virtud con la que se consiguen[1].

De la teoría se puede decir algo análogo. La teoría puede servir para obtener aplicaciones prácticas o técnicas, y sin duda la mayor parte de las disciplinas académicas que cultivamos en la Universidad son de esa naturaleza, discursos prácticos o técnicos que tienen una base teórica. Pero el descubrimiento de Aristóteles es que ningún eventual rendimiento extrateórico que una teoría bien hecha pueda tener la hace más valiosa como teoría. Si está bien hecha, i.e si es verdadera, ya es un logro formidable. El valor de referencia de la teoría es la verdad, ser un leal reflejo de la realidad que especula[2]. La verdad puede tener otros rendimientos, pero el provecho principal de una teoría verdadera es que nos aporta conocimiento, nos ayuda a reconocer lo que las cosas en verdad son. Si está bien hecha, la teoría nos enriquece como seres racionales, acrece nuestra humanidad. Si además sirve para resolver un embrollo existencial, bienvenido sea, pero ninguna otra utilidad que pueda tener la hace más valiosa, como teoría, a una buena teoría. Vale sin servir para nada. Tiene valor, aunque no valga para nada.

Este es el aporte cultural más decisivo de la herencia griega, a saber, que la verdad es muy importante para un ser racional, y que la forma más intensa de vivir para un ser racional es emplear la razón para conocer. Este ethos de respeto por la realidad –dejarla ser, y reconocerla como es, mantener eso que Heráclito llamaba «el oído atento al ser de las cosas»– nos invita al respeto, a la circunspección, a la vida sabia y a la relación inteligente con las cosas y las personas. La humanidad siempre sale ganando con él porque la realidad siempre tiene algo, mucho, que decirnos.

La Filosofía ayuda a mantener ese ethos porque es una forma especialmente exigente de teoría. Para un universitario la verdad es muy importante. La verdad no es «lo que vende», o «lo que vence». Una cosa es la esperanza, razonable, de que la verdad acabe abriéndose camino, o de que finalmente triunfe, y otra muy distinta la convicción irracional de que verdadero es lo que vence o convence. La verdad tiene la interna fuerza para suscitar convicción, y en su caso, consenso, pero de ningún modo es su resultado necesario. La postura de Nietzsche, según la cual el superhombre (Übermensch) es el que tiene la razón –su misma fuerza superior le avala, de manera que no tiene que justificar su posición hegemónica, sino simplemente avasallar al débil con ella– supone la muerte de la Filosofía, simplemente cancela toda forma de racionalidad teórica y de respeto por la realidad. Me parece lamentable que parezca tener convencidos a tantos universitarios, también porque el ethos que mantiene el aliento de la Universidad, de una u otra forma cataliza modos de pensar y de vivir que terminan inculturándose en la vida social, acaban saliendo de los cenáculos y convirtiéndose en espíritu epocal, como dicen los alemanes (Zeitgeist). Esa idea de Nietzsche es letal para el cultivo de lo más humano del ser humano, activa todo tipo de violencia e irracionalidad (ambas cosas, por cierto, tienen el mismo régimen, de manera que una lleva a la otra y la otra a la una).

No digo que el trabajo universitario nada tenga que ver con la utilidad, o el poder, pero esencialmente es otra cosa. Es un compromiso profesado –profesional– por buscar la verdad. Hablando de la situación actual que percibo en la Universidad europea, hace no mucho escribía –y discúlpeseme la autocita– que «el desinterés por la verdad, que hoy campea en tantos foros culturales europeos –en casi todos los mediáticamente mejor situados, aquellos desde los que se reparten las medallas, los prestigios y las influencias–, ha llevado a que muchos universitarios dejen de creer en la Universidad, pues la razón de ser de nuestra corporación es justamente esa búsqueda a la que se refería Alfonso X el Sabio: “Ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes”»[3].

Ese es el interés universitario principal. Constituye un síntoma destacado de la decadencia de la institución universitaria el que mucha gente parece haberlo olvidado. Tienen la impresión de que la verdad es lo de menos, lo importante es el impacto, la visibilidad…

Me parece que la menguante presencia de la Filosofía en los espacios universitarios europeos es inversamente proporcional a su creciente necesidad. Desde luego, en este aspecto puede aportar mucho.


  1. «Otro error [de los lacedemonios] es que creen, y en esto no se equivocan, que los bienes por los que vale la pena luchar se obtienen más por la virtud que por la maldad, pero suponen que esos bienes son más excelentes que la virtud, y en esto se equivocan» (Política, 1271 b 7).
  2. El adjetivo «especulativo» es sinónimo de «teórico», y procede del sustantivo latino speculum, que significa espejo. El espejo, si «espejea» bien, refleja fielmente, sin deformarlo, lo que tiene delante.
  3. Siete Partidas, partida II, tít. XXXI. Vid. Barrio, J.M. (2015) «La Universidad en la encrucijada», en Gil, F. y Reyero, D. (eds.) Educar en la Universidad de hoy, p. 32, Encuentro, Madrid. «El estudio serio de la Filosofía –que, junto con la Teología, dio origen a la Universidad– y en general el cultivo de los saberes humanísticos –los que se ocupan de lo más humano del ser humano– es lo que, por un lado, puede inmunizar nuestra Institución contra una hiperburocracia y un procedimentalismo pragmático, de muy corto vuelo, que hoy amenaza con deshumanizarla, y, por otro, lo que mejor puede abastecer la sociedad de ciudadanos libres, verdaderamente críticos en el mejor sentido, y así protegerla frente a estrategas arribistas y depredadores sociales de variada especie, que en el fondo suelen ser gente culturalmente adocenada. Los saberes humanísticos son los que se cultivan precisamente con la actitud del cuidado por las cosas humanas, de la atención a lo humano, que es la finalidad para la que nació la Universidad en Europa: artes ad humanitatem» (ibid., pp. 22-23).


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