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3 Trabajo, arqueología y episteme

El trabajo como archivo, formación discursiva y enunciado en Las palabras y las cosas

Flavio Guglielmi[1]

Resumen

El presente escrito busca establecer el papel específico del trabajo en la obra Las palabras y las cosas de Michel Foucault. Esta determinación previene un abordaje abstracto del concepto, es decir, no se indaga por el trabajo en un sentido general sino en relación con una metodología específica, la arqueología, y con un tipo particular de conocimiento, las ciencias humanas. El trabajo se presenta así como un concepto compuesto de tres componentes: el archivo, la formación discursiva y los enunciados. El artículo se organiza en tres partes buscando dar precisión a tres indagaciones delimitadas que se formulan a continuación: 1) ¿A qué archivo responde el concepto de trabajo? Se presentan dos tipos de opciones que lo registran: la episteme clásica y moderna. 2) ¿A qué formaciones discursivas responde? Al respecto, se ensayan muestran dos tipos de regímenes que lo estructuran: el análisis de las riquezas y la economía política. 3) ¿A qué tipo de enunciados responde? Se despliegan dos tipos de funciones/reglas que lo organizan: las de representación y las de producción.

Palabras claves

Economía política – análisis de las riquezas – representación – producción – ciencias humanas


Toda arqueología de materiales es una arqueología humana.

 

José Saramago. La caverna

El presente escrito busca establecer el papel específico del trabajo en la obra Las palabras y las cosas (2002) de Michel Foucault, es decir, no se indaga el trabajo en un sentido general sino en relación con una metodología específica, la arqueología, y con un tipo particular de conocimiento, las ciencias humanas. Existen dos problemas básicos para desarrollar esta perspectiva. El primero es que al restituir la recepción de una tradición, es decir, ese campo de disputas al que nominalmente distinguimos como “Foucault”, varias lecturas contemporáneas no se detienen a desarrollar particularmente la noción de trabajo desde la arqueología.[2] La mayor parte de los abordajes son realizados a modo de síntesis sobre lo escrito por Foucault y son problematizando otros aspectos de la obra, como su polémica con el marxismo o sus irregularidades en cuanto a la relación entre prácticas discursivas y no discursivas. Un segundo problema es que, como el propio Foucault (2008) comenta, las investigaciones realizadas en Las palabras y las cosas son ensayos sin un metodología bien definida y sistematizada, lo cual obliga a utilizar una obra posterior del autor para examinar sus afirmaciones, La arqueología del saber (2008), donde sí se profundizan algunos aspectos pero que también representa una obra incompleta, incierta y precaria. Existe un problema de composición que es previo a toda demostración que se base en la arqueología y la noción de trabajo no es ajena a este dilema.

Debido a que cada exposición de la propia arqueología implica siempre un tipo de apuesta particular, una construcción que autoriza determinados vínculos y desestima otros, este escrito toma la forma de un ensayo académico que busca dar indicaciones, sin que las mismas sean exhaustivas, sobre el papel del trabajo en la arqueología. Asimismo, se adoptan los principios metodológicos sugeridos por Gilles Deleuze y Félix Guattari (2001) y se intenta reponer no solamente el término de trabajo sino las condiciones en las que dicha noción emerge, es decir, las positividades del trabajo junto con las determinaciones que lo configuran tales como los problemas a los que busca dar respuesta, otros conceptos con los cuales se compone y el plano donde se desarrolla. Analizar el papel específico del trabajo en Las palabras y las cosas significa restituir dicha noción como un concepto, junto con las circunstancias que le son propias y no descomponer, aislar o recortar una idea.

En vista de lo expuesto, el presente escrito se estructura en tres partes, en la primera se fundamenta el campo epistemológico donde el autor desarrolla sus reflexiones sobre el trabajo; en la segunda se expone con mayor detenimiento lo que implicaría un análisis epistémico del trabajo; finalmente, en la tercera parte se distingue el trabajo bajo los conceptos centrales de archivo, las formaciones discursivas y los enunciados en la obra Las palabras y las cosas.

1. Foucault epistemólogo

En la tradición epistemológica francesa, Foucault ocupa un espacio particular. Como Dominique Lecourt (1978) afirma, Foucault distaría de presentarse a sí mismo como epistemólogo y se autodenominaría más como un arqueólogo del saber, pero una parte de sus escritos operan dentro del campo epistemológico y producen en dicho dominio un descentramiento. Este movimiento propone jerarquizar las condiciones generales del saber por sobre la historia de las ciencias, pero esto no significa que deja de lado a estas últimas. Esta nueva dirección que ejecuta Foucault se comprende mejor al observar la oposición que realiza entre su arqueología con respecto a la historia de la ideas y al considerar, posteriormente, su tipología de la historia de la ciencias.

En lo que respecta a la historia de las ideas, Foucault lo considera un espacio o “paisaje, sujeto a un viejo suelo desgastado hasta la miseria” (2008, p. 178) del que quiere distinguirse y al que opone un estilo de análisis o perspectiva arqueológica. Realizar una arqueología, antes que reponer una historia de las ideas, implica principalmente atender a los discursos como prácticas en lugar de investigar los pensamientos o representaciones en los propios discursos. También es importante destacar que la historia de las ideas actúa fundamentalmente como una doxologia, es decir, estudia discursos como una transición, como un momento entre la opinión y la formalización o sistematización de dichas opiniones en un régimen o ciencia. La arqueología se opone a esta doxología y reconoce los discursos, no en su continuidad, sino en su especificidad, es decir, bajo un juego de reglas que son irreductibles, que no se localizan como una transición a otra cosa con mayor formalización y que, por lo tanto, no se presenta como un sistema de progresión.

No existe un solo tipo de análisis histórico sobre la ciencia (Foucault, 2008) sino que se presentan tres tipos diferentes. La primera de ellas elabora una historia a partir de los dominios, métodos, lenguajes u objetos que son considerados como ingenuos, parciales, particulares o insuficientes y se presentan como anteriores a teorías con mayores y mejores abstracciones. Es un recorrido de formalizaciones progresivas que se presentan en el orden de las contigüidades, dependencias y subordinaciones. Este tipo de historia de las ciencias se desarrolla en el nivel de la formalización, siendo un claro ejemplo de las mismas la historia de la matemática donde se considera el método exhaustivo de Arquímedes como un modelo incompleto e ingenuo del cálculo integral que se desarrolla posteriormente. Nunca se da un paso desde lo científico a lo no-científico, o desde lo científico hacia aquello exterior al espacio formal propuesto por dicha historia, sino que es un análisis recurrencial desde el interior de una ciencia.

El segundo modo de desarrollar un análisis histórico opone lo científico frente a lo pre-científico. A partir de una ciencia constituida como norma, lo que relata dicha historia son los obstáculos que han sido franqueados hasta llegar a la ciencia vigente. Es decir, un movimiento que va desde lo irracional, lo impuro, el error y lo no-científico, hacia lo racional, puro, verdadero y propiamente científico. No se apela a un análisis recurrencial, sino que se busca desarrollar una historia epistemológica considerando las resistencias, obstáculos, limitaciones que se le oponen a la propia ciencia. Se toman ciertas figuras epistemológicas, como un concepto científico y se muestra cómo se ha depurado de metáforas o ilusiones hasta llegar a ser un concepto científico como tal.

El tercer y último tipo de análisis es la historia arqueológica, la cual toma como punto de partida las prácticas discursivas que dan lugar a un saber, siendo dichos discursos los que pueden o no tomar el estatuto de una ciencia. Para Foucault (2008, p. 237), existen saberes que son independientes de las propias ciencias pero las ciencias se manifiestan necesariamente sobre estas prácticas discursivas que se presentan como saber. Existen cuatro variables que constituyen el saber en tanto campo (1) donde determinados objetos (científicos o no) se constituyen y (2) donde un sujeto se puede posicionarse para hablar de dichos objetos. Asimismo, en el campo del saber (3) los enunciados se coordinar y subordinan entre sí dando lugar a los conceptos. Por último, (4) el propio saber puede ser apropiado y utilizado en el discurso de diferentes maneras.

El nuevo enfoque o desplazamiento que propone Foucault en la epistemología no implica abandonar los discursos científicos o las figuras epistémicas por el saber, sino que las complejiza; se trata más bien de pensar los intereses, jerarquías, desviaciones o articulaciones que pueden darse entre ambas instancias. Lo que esta nueva perspectiva sí implica es renunciar al análisis sobre los pensamientos o representaciones en los discursos, y enfocar la atención sobre los discursos, en tanto prácticas, y el juego de reglas bajo los que se forman. A modo general, el conjunto de relaciones entre prácticas discursivas en una época que al unirse pueden formalizarse en un sistema, constituir ciencias o generar figuras epistemológicas, es lo que puede ser entendido como episteme para Foucault (2008, p. 249).

Es posible fijar las primeras características de la perspectiva que adopta Foucault al momento de abordar el trabajo, que es decididamente epistemológica. Por el lado negativo, el autor no busca investigar lo que el trabajo representa o la imagen mental a la que hace referencia. Tampoco intenta hacer un análisis recurrencial, sobre lo que una disciplina que investiga el trabajo dice sobre la historia de sus propias abstracciones al respecto. Asimismo, también rechaza tomar un concepto científico sobre el trabajo y considerar los aspectos no científicos como obstáculos que han impedido su desarrollo hasta el momento vigente. Por el lado positivo, puede afirmarse que Foucault desarrolla un análisis epistémico del trabajo: en tanto forma parte de la historia de las ciencias indaga las relaciones que presentan los discursos sobre el trabajo con el saber y las disciplinas científicas, mientras que en tanto análisis arqueológico se encuentra interesado en el trabajo específicamente en tanto práctica discursiva bajo reglas irreductibles.

2. Arqueología del trabajo

En la nueva perspectiva que intenta desarrollar Foucault existen tres elementos que son claves para el proyecto arqueológico: el archivo, los enunciados y las formaciones discursivas. El archivo no representa un conjunto ordenado de documentos o la suma de textos conservados por alguna institución o persona en tanto identidad, memoria o testimonio del pasado, sino que consiste en el juego de relaciones y el sistema de discursividad que posibilita los enunciados. El archivo es una práctica que genera la ley de lo que puede decirse y es al mismo tiempo el sistema que ordena lo dicho. Foucault ubica el archivo como una instancia intermedia entre la lengua, como un sistema construye todas las frases posible, y el corpus, que es un modo pasivo de recolectar textos. El archivo permite que los enunciados emerjan, subsistan, se olviden y se modifiquen con regularidad. Representa así “(…) el sistema general de la formación y de la transformación de los enunciados” ( Foucault, 2008, p. 171, las cursivas son del autor). El autor admite que es imposible dar cuenta con exhaustividad del archivo de una sociedad o cultura en un momento dado, como también resulta imposible definir un archivo contemporáneo, ya que es el que establece las reglas de lo que puede decirse. Pero esto no significa que no pueda ser analizado por fragmentos, regiones y niveles o que no puedan darse cuenta de archivos que no forman parte de nuestra práctica discursiva actual. En tanto disciplina, la arqueología que propone Foucault tiene como objetivo principal el estudio de esta noción ya que, en sentido estricto, su tarea es la de describir “(…) los discursos como prácticas especificados en el elemento del archivo” (Foucault, 2008, p. 173).

Para definir los enunciados es preciso distinguirlos de otros elementos que a primera vista aparentan similitud. Las proposiciones o estructuras proposicionales son unidades mínimas de sentido analizadas por la lógica; las frases son unidades analizas por la gramática; los actos de formulación o speech act describen una performance verbal u operación que exige cierto número de fórmulas o frases para poder ser realizada; mientras que, finalmente, los signos o formulación de signos se refiere más a grafismos, figuras o trazos que se producen a partir de cierta materialidad. A diferencia de todo los elementos presentados con anterioridad, los enunciados no pueden reducirse a unidades, sea de frases, proposiciones, actos de lenguaje, criterios u objetos materiales, sino que es lo que permite que dichas unidades existan. Es en este sentido “(…) una función de existencia” (Foucault, 2008, p. 115) que se ejerce de manera vertical sobre diversas unidades. De manera más extensa, puede decirse que el enunciado permite que existan signos o reglas sin confundirse con la existencia de los mismos:

Es, en su modo de ser singular (ni del todo lingüístico, ni exclusivamente material), indispensable para que se pueda decir si hay o no frase, proposición, acto de lenguaje; y para que se pueda decir si la frase es correcta (o aceptable, o interpretable), si la proposición es legítima y está bien formada, si el acto se ajusta a los requisitos y si ha sido efectuado por completo. (Foucault, 2008, p. 114)

La función del enunciado no es lo que permite que las unidades mencionadas se encuentre remitida a un objeto, que le daría sentido en el caso de una frase o valor de verdad en el caso de proposición, sino a un dominio en el que un determinado objeto puede aparecer y en el que las relaciones pueden ser asignadas, afirmadas o negadas. Tampoco es su función conferirles un sujeto, que en el caso de una frase sería un autor y en el de proposición sería un sujeto sintagmático, sino establecer un conjunto de posiciones subjetivas para se determine quién puede proferir un enunciado y bajo qué condiciones. La función no remite tampoco a un límite, donde cada enunciado puede concebirse por sí mismo como una unidad, sino a un juego enunciativo o campo enunciativo asociado donde el enunciado emerge en relación con otros enunciados que lo estabilizan, establecen condiciones, permiten variaciones, repeticiones y su materialidad. Estas funciones refuerzan la idea del enunciado como algo distinto de la unidad:

En una palabra, lo que se ha descubierto, no es el enunciado atómico -con su efecto de sentido, su origen, sus límites y su individualidad- sino el campo de ejercicio de la función enunciativa y las condiciones según las cuales hace ésta aparecer unidades diversas (que pueden ser, pero no de una manera necesaria, de orden gramatical o lógico). (Foucault, 2008, p. 114)

Cuando pude darse cuenta de cierto número de enunciados y definir algún tipo regularidad, se está frente a una formación discursiva. Antes que una teoría, una ciencia propiamente dicha o un dominio de objetividad, Foucault prefiere denominar de este modo a conjuntos tales como la economía política, la medicina o la gramática. Cada una de estas formaciones discursivas comparte reglas de formación que generan las condiciones de existencia para los objetos, modalidades de enunciación, conceptos o elecciones temáticas de un conjunto de enunciados que pueden ser agrupados. Es importante remarcar que la identificación de formaciones discursivas permite especificar enunciados, pero debido a que estos últimos remiten a un campo enunciativo, lo enunciados remiten nuevamente a formaciones discursivas. Aunque no sean equivalentes, las operaciones que los describen son igualmente justificables y reversibles. Esto significa que así como una frase remite a un texto o una proposición a un conjunto deductivo, el enunciado pertenece más propiamente a una formación discursiva. Esto es lo que Foucault reconoce propiamente como discurso, un conjunto delimitado de enunciados en dependencia con una misma formación discursiva. Finalmente, las prácticas discursivas mencionadas con anterioridad, pueden precisarse como:

(…) un conjunto de reglas anónimas, históricas, siempre determinadas en el tiempo y el espacio que han definido en una época dada, y para un área social, económica, geográfica o lingüística dada, las condiciones de ejercicio de la función enunciativa. (Foucault, 2008, p. 154)

Si bien el propio Foucault aclara que la teoría sobre los enunciados y las formaciones discursivas no se encuentra terminada, “Cuando al fin llegue el día de fundar la teoría, será preciso definir un orden deductivo” (2008, p. 153), es posible ensayar un orden de grados entre el archivo, las formaciones discursivas y los enunciados. Siendo el primero de ellos, por su generalidad, el archivo ya que se vincula con toda una sociedad o cultura en un momento dado; en segundo lugar se puede especificar las formaciones discursivas como una parte del archivo delimitado, en tanto conjunto de enunciados bajo una regularidad; y en tercer lugar a los enunciados mismos, que remite a ciertas prácticas discursivas específicas.

En una segunda instancia más precisa sobre el análisis epistémico del trabajo que realiza Foucault, puede afirmarse que su proyecto arqueológico vincula el trabajo con una práctica particular: la práctica discursiva. ¿Qué significa poder hablar sobre el trabajo? o dicho de otra manera ¿qué podemos decir sobre el trabajo?, consiste en situar y describir los problemas producidos en el orden del saber para Foucault. Esto no significa analizar el trabajo en relación con una operación expresiva de un individuo (en tanto idea, deseo o imagen presente en una oración), tampoco con el resultado de una actividad racional (como parte de un sistema de inferencia estructurado en proposiciones) o con competencias de sujetos parlantes (articulados por los actos de habla). Foucault localiza el trabajo en un conjunto de relaciones, en primera instancia, en relación con un archivo dado, es decir, en un sistema general de formación y de transformación de enunciados. Dentro del mismo archivo, remite el trabajo a cierto conjunto de formaciones discursivas o un determinado campo de ejercicio de funciones, que generan las condiciones de existencia para que el trabajo pueda ser remitido a un objeto, para que tenga modalidades de enunciación de sujetos, presente conceptos o elecciones temáticas. Por último, el trabajo se encuentra remitido a una serie de enunciados básicos que le permiten disponerse en frases, proposiciones, actos de lenguaje y signos materiales como unidades diversas.

3. Archivo, formación discursiva y enunciados del trabajo en Las palabras y las cosas

Dado un conjunto de definiciones y coordenadas generales sobre el proyecto arqueológico de Foucault, resta revisar el análisis puntual que realiza sobre el trabajo en la obra Las palabras y las cosas (2002). Es importante aclarar que el trabajo no se encuentra especificado bajo los términos de archivo, formación discursiva y enunciado, ya que estos últimos son elaboraciones precisadas con posterioridad a la obra pero que, en tanto proyecto arqueológico, presenta rasgos que lo comunican con dichas nociones.

Foucault no se encuentra interesado en el archivo de toda la sociedad europea, sino en aquellas prácticas discursivas que debido a reglas y regularidades pueden ordenarse una época dada, y para un área en particular. A esta primera determinación del archivo podemos denominarla episteme. En particular el autor analiza tres tipos de episteme: la del renacimiento, la clásica (entre los siglos XVII y XVIII) y la moderna (XIX).

3.1. Episteme del Renacimiento

El autor comienza su análisis a partir del siglo XVI, y aclara que si bien la episteme del Renacimiento es presentada de manera general como un saber pre-científico o poco riguroso, se opone a dicha tesis y argumenta que es un saber detallado pero incompatible con el ordenamiento que propone la episteme moderna. Saber, en el Renacimiento, significa vincular elementos por medio de relaciones. Este tipo de episteme no desarrolla ningún análisis en concreto en lo respecta al trabajo pero que, de todos modos, será brevemente desarrollada para explicar su ausencia y para que sea considerado su contraste con la episteme posterior.

La herramienta privilegiada para establecer relaciones en la episteme del Renacimiento es la semejanza y se presenta bajo cuatro modalidades. La primera es la de la conveniencia, que es la semejanza por la proximidad (las cosas se comunican movimiento, influencia, pasiones y propiedades debido a su cercanía). La segunda es la emulación, que es la semejanza por la distancia (así como un reflejo, que recorre los espacios sin anular la distancia, los objetos son figuras enfrentadas y duplicadas entre sí al infinito). La tercera es la analogía, que es la semejanza por la relación (superpone la conveniencia y la emulación, reúne lo semejante que no está cerca en el espacio y también establece junturas o ligazón). La analogía presenta un campo universal para su aplicación ya que pueden relacionarse la totalidad de las figuras del mundo. Existe un punto privilegiado que se encuentra tanto saturado de analogías y donde las relaciones se invierten sin que por ello se impugnen: el hombre. El hombre así se encuentra en proporción con la totalidad. La última es pareja simpatía/apatía, donde los objetos se atraen y repelen, es el fundamento de todas las formas de analogía. Existe un balance que se presenta entre la simpatía y antipatía, la misma es la que genera la identidad de las cosas. Las cosas así pueden asemejarse, aproximarse, pero conservando su singularidad.

El orden de las cosas es similar al orden de las palabras, ambos se encuentran regidos por las leyes de la semejanza y tienen un lugar en la naturaleza. Las palabras no interpretan, ni son arbitrarias, tienen propiedades como cualquier otro objeto de la realidad y las sílabas se reúnen o separan por las mismas semejanzas de la naturaleza. Pesa más el discurso escrito, más emparentado con el signo como marca, que el discurso oral que es una mera reproducción. Si bien la figura del hombre tiene una posición preferente, ya que es un microcosmos privilegiado que refleja el macrocosmos, no por ello puede conocer la totalidad o tiene un carácter autónomo diferente del resto de objetos de la naturaleza.

Bajo la episteme del Renacimiento el trabajo no se vuelve un parte de un saber positivo u objeto de estudio en sí mismo, por lo cual tampoco pueden especificarse formaciones discursivas o enunciados. De presentarse, los enunciados sobre el trabajo estarían organizados mediante las marcas que dan cuenta de una naturaleza oculta y que lo vinculan como un eslabón más en la cadena que va del micro-cosmos al macro-cosmos. Mediante la divinatio (signos que hay que descifrar) o la eruditio (interpretaciones que hay que recoger) simplemente se remitiría al trabajo al juego infinito de semejanzas.

3.2. Episteme clásica

La episteme clásica produce una nueva codificación de la semejanza. Las similitudes son consideradas como confusiones y posibilidad de errores. Dicha forma de saber queda relegado como juego. El XVI deja un recuerdo de un saber deformado, mezclado y sin reglas, donde las semejanzas pueden provenir por un azar que entrecruza experiencias, tradiciones o credulidades. En la semejanza existe una forma mixta y confusa de saber, sin ser ya la experiencia fundamental y primera, que debe ser abordada en forma de identidad y diferencia, medida y orden. Si bien es cierto que Descartes universaliza el acto de comparación y lo hace la base de todo conocimiento, el conocimiento verdadero se obtiene únicamente por intuición (una evidencia aislada que se obtiene por el acto singular de la inteligencia) o por deducción, y la comparación no fundamenta ninguna de ellas. Lo semejante, que era la forma y el contenido del conocimiento, remite ahora a un orden, no del mundo, sino del pensamiento que va de lo simple a lo complejo. Son cambios profundos en la episteme occidental, dando paso a lo que puede designarse como racionalismo. Esto representa una modificación profunda en el conocimiento, en el nivel de lo que hace posible el conocimiento mismo y el modo de ser de lo que queda por saber.

Algunas de las consecuencias de este cambio de episteme radican en que la actividad del espíritu, en lo que respecta al saber, no busca relacionar cosas entre sí por medio de una naturaleza oculta, sino discernir. Esto significa establecer una identidad y los grados de diferencia que se alejan de la misma. Es decir, el discernimiento busca fundamentalmente la diferencia. La historia y la ciencia se desarticulan ya que la primera pasa a ser una indicación para el conocimiento (erudición, juego de opiniones, lectura de autores), pero no tiene el mismo valor que los juicios seguros por medio de intuiciones y encadenamientos. Finalmente, el texto no forma parte ya de los signos del mundo, porque el lenguaje no es una figura o signaturas impuestas en el mundo, sino que el lenguaje se vuelve hacia la transparencia y neutralidad.

El estatuto del signo también se ve modificado. El signo se presenta de manera dual, sin figuras intermedias, dentro del conocimiento. Se establece el signo como un enlace entre la idea de una cosa y la idea de otra. No cualquier idea simple, imagen o percepción sustituida por otra es un signo. Una idea se convierte en signo cuando expresa también la relación que lo vincula con aquello que significa. Es decir, necesita que represente algo, pero que a su vez dicha representación se encuentre representada en él. El signo se presenta como un tipo de representación desdoblada y al mismo tiempo duplicada sobre sí misma. Una idea se establece como signo de otra no porque se establece un enlace de representación, sino porque la representación puede establecerse en el interior de la idea que representa. Este signo indica una relación con el objeto pero también una manifestación de sí mismo. El primer ejemplo de un signo en la Port-Royal es la representación gráfica y espacial como lo es el dibujo de un mapa o un cuadro. No son signos cualquier palabra, gritos o símbolos: “(…) el cuadro no tiene otro contenido que lo que representa y, sin embargo, este contenido sólo aparece representado por una representación” (Foucault, 2002, p. 71). Es decir, el mapa es un signo ya que el contenido del mapa son líneas y colores que representa la idea de ríos y tierra que, a su vez, son la representación de ríos y tierras físicos que no están en el mapa y son el modelo. El mapa puede re-presentarse a sí mismo.

No hay intermediarios ni tampoco opacidad entre el signo y su contenido. Hermenéutica y semiología se superponen, pero no en la semejanza sino en la representación. Descifrar a los signos representa descifrar lo que quieren decir, mientras que sacar a la luz su significado implica reflexionar sobre lo que los signos indican. El sentido se encuentra en el signo, mientras que su funcionamiento en el significado.

La episteme clásica busca ordenar las representaciones, se sirve de varias formaciones discursivas para ello pero toma como modelo el análisis de las articulaciones del lenguaje (gramática general) para desarrollar el análisis empírico de la naturaleza (historia natural) y de los cambios (análisis de las riquezas). El propio lenguaje es considerado como una representación mental por medio de signos verbales a pensamientos simultáneos dados en formas proposicionales sucesivas pero capaces de ser organizadas. La gramática general, busca establecer un cuadro ordenado de las formas verbales en relación con la simultaneidad del pensamiento. La historia natural, un cuadro ordenado de los seres vivos de acuerdo con la forma de sus elementos, su cantidad, la manera en que se distribuyen y sus dimensiones. Por último, en el análisis de las riquezas, se concibe la moneda como un instrumento representativo para ordenar la riqueza. Hay una relación entre representación (riqueza, ser natural, individuo) y su significación (moneda, carácter, nombre), donde las representaciones pueden ser conocidas al entrar a un sistema de identidades y diferencias.

En el Renacimiento las monedas tenían un valor intrínseco. La moneda tenía un valor, no por su utilidad, ya que servía poco más que para acuñar monedas, sino en sí mismo, como un precio absoluto. El metal tenía la marca de la riqueza. En el XVII en cambio, las tres propiedades de la moneda, ser precioso, medida y sustituto, se fundamentan en la última y no en la primera. El mercantilismo llama riquezas a aquellas que, entre las cosas que existen en el mundo, son representables y objeto de deseo (marcadas por la necesidad, la utilidad, el placer o la rareza). El oro y la plata no son útiles en sí mismos, solo son metales que sirven para fabricar monedas.

En torno de la moneda se establece la pregunta por el valor. Los fisiócratas sostienen que para que surja un valor y una riqueza en necesario que surja un cambio, para ello se debe disponer de un excedente del cual otro tenga necesidad. El valor se constituye por el comercio, pero el mismo comercio implica una sustracción de bienes (los gastos del transporte, conservación, transformación y venta). El comercio no puede formar este excedente, ya que el comercio busca cambiar valor por valor con la mayor. Tampoco la industria es capaz de retribuir los costos de la formación del valor mismo, ya que el trabajo funciona como un gasto al formar un precio de la subsistencia que trabajador mismo ha consumido. El excedente lo forma la agricultura y no el trabajo agrícola en sí mismo. En la agricultura el crecimiento del valor no equivale al mantenimiento del productor; hay un productor invisible que no necesita de ninguna retribución. El productor está asociado a este co-autor sin saberlo, cuando el productor consume tanto como trabaja es la naturaleza la que produce los bienes que se descontaran la formación de valores. El trabajo agrícola se retribuye en cuanto a su subsistencia. Pero la tierra trabajada tiene un privilegio, no económico en el sistema de cambios, sino en el orden físico en la producción de bienes, ya que en el orden de la producción de bienes la tierra trabajada otorga más que lo que el cultivador le ofrece, es decir, que lo que el cultivador necesita. El comercio físico con la naturaleza es de una fecundidad contrastada. Es el excedente o renta que permite transformar los bienes en valores o en riqueza; así proporciona con qué retribuir a todos los demás trabajos y todos los consumos que le corresponden.

En el ordenamiento de las representaciones de la riqueza, el trabajo surge como análisis de una representación. Es la pregunta por el valor de la moneda lo que da paso a las reflexiones sobre el trabajo. Sin embargo, el trabajo no es signo de riqueza, sino que constituye un elemento negativo que posiblemente no califique como signo. No es el trabajo el que otorga valor a la moneda, ya que el trabajo se encuentra atado al consumo o lo que se necesita para subsistir, es el excedente o renta que permite transformar los bienes en valores. Dicho excedente se obtiene de la agricultura, y proporciona con qué retribuir a todos los demás trabajos y todos los consumos que le corresponden. El trabajo es considerado en relación con el costo de subsistencia del trabajador, siendo consumido en el propio acto de trabajar y representa un gasto o un bien que se utiliza para que otros bienes se transformen en riqueza. Como en la época clásica existe la historia natural antes que la vida y las ciencias de la vida, o la gramática general pero no la filología, tampoco existe la producción pero sí la riqueza como objeto de dominio, suelo de y objeto de la “economía”, que en realidad es el análisis de las riquezas. A la misma no le interesa ni la producción ni el trabajo, como a la economía que surge posteriormente. El economista no es el hombre del trabajo, sino de lo visiblemente estructurado y amonedable, que es la riqueza.

3.3. Episteme moderna y Smith

Se presenta a Smith como el creador de la economía política (o economía) al introducir al trabajo en un tipo de reflexión novedosa y vuelve a la época prehistórica del saber las reflexiones sobre la moneda, el comercio y el cambio (con excepción del fisiocratismo que le daba cierta importancia a la producción agrícola). Smith refiere la riqueza al trabajo desde el principio, ya que es el trabajo es lo que provee a una nación lo necesario para sobrevivir. También lo relaciona con el valor de cambio frente a la necesidad del valor de uso. Sin embargo, Smith no inventa el trabajo como concepto económico (se encuentra con anterioridad en Cantillon, Quesney y Condillac) y tampoco desarrolla una nueva función ya que sigue siendo una medida del valor de cambio. Pero lo desplaza y ya no funciona remitido a la necesidad sino que es su propia medida. El trabajo conserva la función de análisis de las riquezas cambiables, sin embargo, dicho análisis no es ya un puro y simple momento para remitir el cambio a la necesidad sino que lo descubre en una unidad de medida irreductible, insuperable y absoluta. Las riquezas siguen siendo representativas, pero ya no de la necesidad o del objeto del deseo, sino del trabajo. Las riquezas dependen de las unidades de trabajo que produjeron las propia riqueza, y no por representar otro objeto por cambiar, tampoco por la estimación para representar un objeto necesario (como un alimento).

El trabajo es presentado como jornadas de pena y fatiga, mientras mayores sean dichas unidades más costosos serán los productos. El tiempo y pena, es decir el trabajo, se transforman en una medida absoluta, expuesta desde el exterior a los individuos y que no está ligada al deseo de los mismos (ni logra ser modificado o ser variable como el deseo mismo). Smith establece la diferencia entre la razón de cambio (la necesidad) y la naturaleza de lo que se cambia (objetos que se necesitan) frente a la medida de lo cambiable y las unidades de descomposición. El orden del cambio del cambio, sus jerarquías y las diferencias son establecidos por unidades de cambio que se depositan en los objetos a cambiar. En lo que respecta a la experiencia de los hombres, para los psicologistas lo que circula es lo indispensable, conveniente o agradable; para los economistas circula el trabajo, el tiempo y la pena, transformados, ocultos u olvidados en objetos.

En Smith hay un principio irreductible al análisis de la representación, que forman las unidades y las medidas de cambio; dicho principio es el trabajo, como pena y tiempo, que recorta y da un uso a la vida de un hombre. Se compara los objetos con algo que es heterogéneo a ellos y que es la muerte misma. Se intercambia por la necesidad y el deseo; pero se puede intercambiar y ordenar los cambios por estar sometidos al tiempo y la muerte:

(…) si existe un orden en las riquezas, si esto puede comprar aquello (…) no es ya porque los hombres tengan deseos comparables (…) es porque todos están sometidos al tiempo, a la pena, a la fatiga y, llegado el límite, a la muerte misma. (Foucault, 2002, p. 221)

En la época clásica la reflexión sobre las riquezas y el trabajo formaban parte del análisis de las representaciones, en las formas y leyes de la descomposición de las ideas. Ahora forma parte de dos dominios que escapan a dichos análisis. En primer lugar se presenta un dominio antropológico, donde se reflexiona sobre la finitud del hombre, la relación con el tiempo y la inminencia de la muerte frente a las jornadas de trabajo en los que invierte su tiempo sin que las mismas sean objetos de su necesidad inmediata (unidades de tiempo y pena). Por otro lado, se desarrolla un dominio cercano a la economía política que no analiza el cambio de riquezas y el juego de representaciones que la fundamenta, sino la producción real de las mismas bajo las formas del trabajo y del capital.

Smith desarrolla la episteme clásica hasta sus límites, ya que el trabajo todavía está vinculado con un valor y representa algo, es decir, continúa siendo un signo para reemplazar elementos disímiles. En el intercambio se equiparan objetos gracias a la representación, teniendo como trasfondo que todo trabajo simboliza cierta cantidad labor indispensable para producir una mercancía y que un determinado bien puede comprar de unidades de esfuerzo y sacrificio, es decir, de trabajo.

3.4. Episteme moderna y Ricardo

Comparada con la episteme del Renacimiento, Smith destaca y otorga ciertos privilegios de representación al trabajo con respecto al valor, ya que es la medida constante que permite equiparar en el intercambio objetos. Son dichos objetos, en tanto mercaderías, los que se encuentran sometidos a transformaciones (desgaste) y una relatividad frente a la representación constante del trabajo. Sin embargo, esto presenta un supuesto problemático ya que genera una cierta identidad entre el trabajo para producir una cosa y el trabajo que se puede intercambiar por una cosa. Es decir, se equiparan el trabajo como producción y trabajo como mercancía. Esta asimilación entre trabajo y mercancía rompe la constancia que separa el primer término de las fluctuaciones del segundo. Para Foucault en:

Adam Smith, esta confusión se origina en la procedencia que se otorga a la representación: toda mercancía representa un cierto trabajo y todo trabajo puede representar una cierta cantidad de mercancía. (Foucault, 2002, p. 248)

Ricardo rompe la unidad desarrollada por Smith y distingue dos tipos de trabajo. Por un lado se encuentra el que es retribuido por el salario, como fuerza o esfuerzo capaz de ser vendido y comprado. Por otro lado, se desarrolla la actividad que origina el propio valor de las cosas que no existían con anterioridad y que dependen de él, sea extrayendo metales, produciendo bienes o fabricando objetos. Tanto para Smith como para Ricardo, el trabajo sirve para equiparar mercancías en el intercambio. Para Smith debido a que se remite a unidades de subsistencia en días; para Ricardo, en cambio, debido a que produce valor. En este sentido, el cambio y el comercio dejan de ser un instrumento para el análisis de la riqueza (Smith) y el trabajo funda la posibilidad de cambio (Ricardo). El trabajo no es un valor fijo, constante e intercambiable que permite que las cosas valgan, sino que el trabajo produce el valor mismo. Como aclara Foucault, “El valor ha dejado de ser un signo y se ha convertido en un producto” (2002, p. 249). Debido a ello, la teoría de la producción se impone a la de la circulación.

La primera consecuencia de este cambio de episteme es la instauración de una nueva causalidad. La episteme clásica no ignoraba las determinaciones económicas, ya que las utilizaban para explicar una serie movimientos, sea de la moneda para reunirse o fugarse, o de los precios al subir o bajar, o de la mercadería al aumentar, estancarse o disminuir. Pero dicha dinámica estaba marcada por la representación del valor entre los elementos. Se explica el aumento de precios al establecer que los elementos representantes crecen en mayor proporción que los representados. Si la producción aumenta o disminuye también lo hace en relación con la representación y lo representado. Foucault considera a esta causalidad como circular y superficial, ya que va de lo analizante (los instrumentos de representación) a lo analizado (cosas por representar) de manera recíproca.

Con Ricardo, la representación no tiene lugar en la causalidad y es reemplazada por las formas de producción. Es la cantidad de trabajo lo que determina el valor de una cosa, y el mismo depende de la división de trabajo, cantidad y naturaleza de los útiles, capital del empresario y la inversión que se haya realizado en la fábrica. La causalidad es entonces lineal y homogénea, ya que depende siempre del trabajo aplicado sobre el trabajo mismo para definir costo y formación de valor de la producción. La linealidad tiene un factor importante, ya que implica la irrupción de la historia en la economía de un modo particular. El valor es analizado por las condiciones de producción, y dichas condiciones por la cantidad de trabajo vinculada con la producción misma por medio de acumulaciones en serie. Sin embargo, como analizará Foucault con posterioridad, Ricardo tiende a hacia una suspensión de la propia historia y una articulación de la economía por sobre la historia antes que a la inversa.

La segunda consecuencia se está vinculada con el concepto de escasez en ambas epistemes. La primera refiere a la escasez como necesidad, es decir, la escasez se presentaba de múltiples formas pero siempre bajo la forma de una necesidad; por ejemplo, para los pobres puede ser el trigo pero los ricos los diamantes. Cabe destacar que los economistas del XVIII encuentran que la misma puede ser franqueada mediante el trabajo con la tierra, ya que la misma produce bienes que exceden la actividad que se realiza sobre ella. Es así que la escasez se produce debido a la representación de objetos que no se tienen, pero la misma se cancela en el trabajo con la tierra por la proliferación de objetos que escapan al consumo inmediato y pueden representar a nuevas mercancías.

Para Foucault, Ricardo realiza una inversión de los términos y presenta a la naturaleza como avara e instaurando una carencia de tipo originaria. La economía se desarrolla desde y gracias al momento en que los frutos de la tierra son demasiado escasos para la población. Dicha escasez representa un límite concreto, ya que destina a parte de la humanidad que no encuentra nuevos recursos a extinguirse mientras que condena al resto de los sujetos a realizar trabajos cada vez más numerosos y difíciles pero menos eficientes. A medida que la actividad económica se siga desarrollando y la población creciendo en número, el trabajo será cada vez menos prolífero en cuento a sus resultados y más intensivo en lo que refiere a su actividad. De las primeras cosechas, ricas y fecundas, se pasa a labores cada vez más profundas y con mayor costo de producción en la sucesión de cultivos. La representación de la escasez es dejada de lado por la carencia constitutiva que configura un límite a la vida o uno de los modos en que la vida se enfrente a la muerte. En resumen, “En cada momento de su historia, la humanidad sólo trabaja bajo la amenaza de la muerte (…)” (Foucault, 2002, p. 251)

El vínculo del trabajo con la muerte da pie al enlazamiento entre la economía y ciertas reflexiones antropológicas. Las mismas presentan tres rasgos; primero, que como propiedad biológica la especie humana tiende a crecer a menos que se realice una constricción; segundo, que existe un riesgo cierto de no encontrar en la naturaleza los elementos necesarios para asegurar la existencia; finalmente, que la actividad económica es la única manera de encontrar una conquista breve sobre la muerte al rechazar la carencia originaria. Es en la negatividad de la antropología, la carencia y la muerte, que la economía puede desarrollar sus positividades, el trabajo y las formas de producción. En una comparación de epistemes, el sujeto de la economía clásica pasa de la representación a la lucha contra la muerte en la economía moderna: “El homo oeconomicus no es aquel que se representa sus propias necesidades y los objetos capaces de satisfacerlas; es el que pasa, usa y pierde su vida tratando de escapar de la inminencia de la muerte” (Foucault, 2002, p. 252, destacado del autor).

La tercer y última consecuencia se corresponde con la forma de evolucionar de la propia economía. Marcada por una fecundidad finita de la tierra, el trabajo agrícola se vuelve cada vez menos lucrativo y más intenso. Esto lleva a que cada vez mayores tierras sean trabajadas, pasando de las más fértiles a las poco productivas; en consecuencia el beneficio de los empresarios será cada vez menor y los salarios de los obreros tenderán a estabilizarse en lo indispensable para su supervivencia. Al llegar al límite de producción de la tierra, no se pondrán generar nuevos trabajos sean industriales o agrarios y como consecuencia la población se estancará. Al llegar la renta de la tierra a su máximo posible se dará una inmovilización de la Historia “(…) la Historia se detendrá. La finitud del hombre se definirá de una vez por todas, es decir, por un tiempo indefinido” (Foucault, 2002, p. 253, el desatacado es del autor).

En la episteme clásica, la economía puede variar ya que las riquezas logran desarrollarse o entrar en relación con nuevas representaciones. En cambio, en la episteme moderna, el concepto de la escasez es una invariable que afecta a la producción y a la población; la misma hace pensar a la historia de manera lineal desde una inercia progresiva hacia una petrificación e inmovilidad. Existe una identificación entre la historia con el trabajo, la producción, la acumulación y el aumento de costos. Asimismo, el hombre no consigue evadir su finitud y, paradójicamente, cuando más desarrolla el trabajo y se apropia de la naturaleza, más se acerca a sus límites iniciales.

Reflexiones finales

Al intentar analizar la noción de trabajo en Las palabras y las cosas, se despliegan una serie de derivaciones que conviene puntualizar gradualmente. La primera de ellas es que el trabajo no remite a un concepto abstracto, en tanto término universal, sino que se encuentra delimitado en un plano específico y se dirige a un conjunto de problemas particulares. De modo general, podemos decir que el plano donde se despliega corresponde al campo de una epistemología descentrada de la ciencia y dirigida hacia el saber. Hablar y decir algo sobre el trabajo es una práctica discursiva bajo reglas irreductibles que, en tanto forman parte de un análisis epistémico, se sitúan y describen los problemas producidos en el orden del saber para Foucault. En segundo lugar, puede establecerse que dicha noción de trabajo no responde siempre al mismo orden de problemas, ya que el trabajo puede remitir a un archivo (esto es a un sistema general de formación y de transformación de enunciados), a cierto conjunto de formaciones discursivas (o campo de ejercicio de funciones que suelen ser remitidos como ciencias) y a una serie de enunciados básicos (que se remiten a las unidades de en frases, proposiciones, actos de lenguaje y signos materiales).

Al especificar la segunda consecuencia, puede afirmarse que el archivo al que responde el concepto de trabajo en la arqueología no responde a la episteme del renacimiento, sino a la episteme clásica y a la moderna. En ambas instancias se responde de manera distinta ya que en el primer caso se establece mediante la representación y en el segundo caso mediante la producción. En la episteme clásica el trabajo se despliega dentro de la formación discursiva denominada como análisis de las riquezas como un instrumento representativo (menor) para ordenar la riqueza bajo enunciados que lo vinculan con reglas que lo organizan en torno de lo visiblemente estructurado y amonedable. En la episteme moderna el trabajo se desarrolla en base a una formación discursiva denominada como economía política cuyos enunciados lo vinculan con la producción de valor.

La noción de trabajo constituye un concepto complejo en los cuales se vincula elementos heterogéneos donde se encuentran dispuestos archivos, formaciones discursivas y enunciados. El trabajo no presenta una definición de tipo esencial, sino de manera nominal; es el nombre que se le da a una o varias maneras de vincular elementos discursivos y no discursivos. No constituye un saber o una disciplina específica, sino que es el efecto de orientar cada uno de estos elementos hacia la representación de las riquezas o hacia la producción de valor. Es de este modo que puede presentarse al trabajo como una fuerza, una tensión o un vector que dirige un tipo de relación, pero que no se confunde con lo que relaciona.

Si bien el trabajo como concepto no se encuentra determinado de antemano, esto no implicaría que no sea determinable. Al estar vinculado con cada problemática, desarrollaría determinaciones extensivas en tanto limitaciones con otros elementos, y determinaciones singulares como establecimiento de las potencias particulares. Por ejemplo, naturalizar un vínculo epistemológico por medio de preguntas tales como: ¿qué se puede enunciar, bajo ciertas condiciones, sobre el trabajo? (determinación extensiva) o ¿qué permite saber sobre el hombre el trabajo? (determinación singular).

Las palabras de Foucault nos invitan a considerar que una cosa es el análisis de un problema filosófico y otra el estudio de un período, de una representación o de un comportamiento. Un abordaje filosófico que no pretende derivarse en formas de conocimiento social o histórico indaga la relación entre trabajo y pensamiento o, más específicamente, el papel del trabajo como problematización en la historia de la verdad, el modo en que el trabajo se vuelve algo pensable y también algo real para el pensamiento, junto con las prácticas que permiten introducir lo enunciable en el trabajo.

Bibliografía

Agamben, Giorgio (2006). Homo Sacer. El poder y la nuda vida I. Valencia: Pre-textos.

Deleuze, Gilles & Guattari, Félix (2001) ¿Qué es la filosofía? Barcelona: Anagrama.

Deleuze, Gilles (2005). Foucault. Buenos Aires: Paidós.

Esposito, Roberto (2011). El dispositivo de la persona. Buenos Aires: Amorrortu.

Foucault, Michel (2002). Las Palabras y las Cosas. Una arqueología de las Ciencias Humanas. Buenos Aires: Siglo XXI.

Foucault, Michel (2008). La arqueología del saber. Buenos Aires: Siglo XXI.

Hard, Michael y Negri, Antonio (2002). Imperio. Barcelona: Paidós.

Lecourt, Dominique (1978). Para una crítica de la epistemología. México: Siglo XXI.

Morey, Miguel (1999) “Para una política de la experiencia”. En: Foucault, Michel. Entre Filosofía y Literatura. Obras Esenciales. Vol.1. Barcelona: Paidós.

Zángaro, Marcela (2011). Subjetividad y trabajo: una lectura foucaultiana del management. Buenos Aires: Herramienta.


  1. nietajj@yahoo.com.ar.
  2. Se puede mencionar como ejemplo líneas de investigación italianas, más centrados en la noción de biopolítica que en otros aspectos, tales como Agamben (2006), Espósito (2011), Negri y Hardt (2002). También puede mencionarse al filósofo francés Gilles Deleuze (2005) que, si bien realiza una exposición original y a la vez muy completa sobre Foucault, el trabajo recibe menciones aisladas frente al poder, el saber y la subjetividad. El traductor y comentador español Miguel Morey (1999) logra ampliar la típica tríada temática foucaultiana mencionada anteriormente, realizando énfasis en la constitución política de la experiencia, sin embargo, no adopta una perspectiva puntualizada sobre la trabajo. En el ámbito nacional, una investigación relevante vinculada con la temática es realizada Marcela Zángaro (2011), en cuya tesis doctoral, dirigida por Edgardo Castro, realiza una lectura del management desde la problemática de la subjetividad, con énfasis en el componente ético.


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