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2 Prácticas y lenguaje en Bourdieu: una apuesta en favor de lógica
y fuerza pragmáticas

Javier Alegre[1]

Resumen

Este escrito apunta a recorrer algunos de los principales tópicos, conceptos y discusiones presentes en la obra bourdieusiana sobre prácticas sociales y lenguaje, haciendo hincapié en la perspectiva pragmática que adopta para abordar los procesos simbólicos. Nuestro propósito es esclarecer parte del trasfondo y los alcances de las opciones teóricas que presenta Bourdieu y su relación con algunos referentes ineludibles de la filosofía contemporánea en el tema, para así precisar las posibilidades abiertas por sus teorizaciones. El artículo está estructurado en tres partes: a) la primera, dedicada a analizar las prácticas en base a las nociones de habitus, agentes, sentido y lógica prácticos; b) la segunda, que aborda los procesos lingüísticos a partir de las categorías de capital, violencia, dominación y poder simbólicos; y c) la tercera, orientada a brindar una apreciación general de la propuesta bourdieusiana y precisar los principales beneficios y riesgos que encontramos en su teoría.

Palabras claves

Habitus – sentido práctico – violencia simbólica – dominación simbólica – pragmatismo


En el presente texto nos abocamos al desarrollo y análisis de la propuesta teórica que realiza Pierre Bourdieu acerca de las prácticas sociales y los procesos simbólicos, en la que se reapropia de las reflexiones de un nutrido conjunto de autores provenientes tanto de la filosofía como de la sociología contemporáneas. El interés de nuestro abordaje está puesto, en primer lugar, en poder dar cuenta del entramado conceptual con el que Bourdieu piensa las prácticas sociales a partir de ciertas nociones centrales (que a su vez también rigen las prácticas e intercambios lingüísticos), para luego analizar el modo en que actúa el poder simbólico del lenguaje, las condiciones que lo hacen eficaz y la relación que presenta con la violencia y dominación simbólicas. El hilo problemático de nuestra exposición está dado por analizar el carácter agónico (en el sentido del vocablo griego agón, lucha, combate) que otorga a las prácticas sociales y el modo en que la producción de significados está fuertemente imbricada con ellas, para así sopesar la forma en que Bourdieu retoma el legado pragmático y las posibilidades que brinda respecto de otras perspectivas teóricas.

En vista de lo señalado, hemos estructurado el escrito en tres secciones. En la parte inicial, (I) abordamos algunas nociones claves con que Bourdieu teoriza lo social y las prácticas en base a las nociones de habitus, agente, sentido práctico, estrategias y lógica práctica y lo que ello trae implicado. En la segunda sección, (II) nos centramos particularmente en la visión de Bourdieu acerca de los componentes y fuerzas que atraviesan el funcionamiento del lenguaje, haciendo hincapié en los conceptos de capital, violencia, poder y dominación simbólicos y la forma en que los intercambios lingüísticos se basan en y, a su vez, aportan a dichos fenómenos. Y en la tercer y última parte, (III) elaboramos algunas apreciaciones integradoras finales, precisamos la relación con otros autores contemporáneos e identificamos las principales ventajas y peligros teóricos que presenta la propuesta bourdieusiana.

I. El carácter agónico de las prácticas sociales

La estructuración de los espacios sociales no puede entenderse en la teoría de Bourdieu sin referir a dos conceptos primordiales: el de campo, ligado a las posiciones y cualidades objetivas, y el de habitus, que incardina en las disposiciones y prácticas de los agentes individuales e institucionales. Por ello, comenzamos el desarrollo de esta sección por estas dos nociones y luego abordamos los conceptos clave para comprender las prácticas sociales en específico (agentes, estrategias, sentido y lógica prácticos).

I.a. Configuración de las estructuras sociales: campo y habitus

Los campos son microcosmos relativamente autónomos que incluyen a agentes e instituciones de un determinado área, grupo, etc., que poseen estructuras, lógicas y criterios propios y que, si bien están sometidos a dinámicas macrosociales, obedecen a leyes más o menos específicas de cada campo. Los campos se caracterizan por ser espacios históricamente estructurados en que las posiciones dentro de ellos se definen de acuerdo con la distribución y posesión de capitales e intereses específicos y son el producto del estado de las relaciones de fuerza y de lucha en un determinado momento entre los agentes individuales e institucionales que forman parte del campo. De este modo,

un campo puede ser definido como una red o una configuración de relaciones objetivas entre posiciones. Estas posiciones están objetivamente definidas, en su existencia y en las determinaciones que imponen sobre sus ocupantes, agentes o instituciones, por su situación presente o potencial en la estructura de distribución de especies del poder (o capital) cuya posesión ordena el acceso a ventajas específicas que están en juego en el campo, así como por su relación objetiva con otras posiciones (dominación, subordinación, homología, etcétera) (Bourdieu y Wacquant, 2008: 134-5).

La noción de campo resulta de la modelización del sistema de relaciones objetivas e históricamente variables entre posiciones emergentes de las formas de distribución de capitales y de luchas y conflictos entablados para su obtención; a través de lo cual queda resaltado el carácter dinámico, histórico, inmanente y agónico que Bourdieu otorga a las acciones y producciones humanas. Todos los campos poseen una autonomía relativa y una homología estructural, en el sentido que cuentan con estructuras, componentes y leyes generales similares, propiedades presentes en forma invariable en cualquier campo, pero que toman una forma específica relativa a la configuración de cada campo. Algunas de las características homólogas salientes de los campos son que: a) consisten en sistemas de relaciones y espacios de lucha que poseen intereses, capitales y habitus específicos; b) forman parte del espacio social global y poseen una autonomía relativa respecto de él y de los otros campos; c) su estructura está dada por las relaciones de fuerza entre los factores actuantes (agentes e instituciones) en base a la desigual distribución del capital; d) en los campos hay agentes con diversas posiciones y capitales que buscan la apropiación o redefinción del capital en juego, para lo cual entran en lucha y emplean estrategias ligadas a las reglas propias de cada campo; e) los agentes del campo se definen de acuerdo con su posición en el campo, su trayectoria social y su habitus; f) todos los agentes poseen determinadas valoraciones e intereses comunes, que son los que hacen posible el campo y subyacen a los enfrentamientos y antagonismos que se dan en él; g) existe un efecto de campo generado por la lógica de la historia del campo, a la que debe avenirse todo participante (“Algunas propiedades de los campos”, Bourdieu, 1990).

El campo, como historia hecha cosa y como juego, y el habitus, como historia hecha cuerpo y como sentido del juego, se condicionan mutuamente en su funcionamiento y en la configuración del mundo social. Es imposible un campo sin la presencia de un habitus específico que lo dote de sentido y vincule en forma coherente sus componentes, a la vez que no puede haber habitus sin un campo que lo estructure y lo informe a partir de sus relaciones y de su propia lógica;

el principio de acción (…) estriba en la complicidad entre dos estados de lo social, entre la historia hecha cuerpo y la historia hecha cosa, o, más precisamente, entre la historia objetivada en las cosas, en forma de estructuras y mecanismos (los del espacio social o los campos), y en historia encarnada en los cuerpos, en forma de habitus, complicidad que establece una relación de participación casi mágica entre estas dos realizaciones de la historia (Bourdieu, 1999a: 198).

La noción de habitus expresa el modo de pensar histórico, relacional y disposicional propio de Bourdieu y la dialéctica entre distintos polos (objetivo-subjetivo, exterior-interior, estructura-individuo, determinismo-libertad, etc.) a nivel de los agentes. En la conceptualización más completa que da Bourdieu de habitus, de las numerosas presentes en sus diversos textos, lo define como

sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y de representaciones que pueden ser objetivamente adaptadas a su meta sin suponer el propósito consciente de ciertos fines ni el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos, objetivamente “reguladas” y “regulares” sin ser para nada el producto de la obediencia a determinadas reglas, y, por todo ello, colectivamente orquestadas sin ser el producto de la acción organizadora de un director de orquesta (Bourdieu, 2010a: 86).[2]

El habitus es así ese sistema de disposiciones estables que surge de la interiorización de las relaciones y estructuras históricas dadas en la sociedad, que dota de regularidad a las conductas, percepciones, elecciones y pensamientos de los individuos y por el cual se da la concordancia entre las estructuras objetivas y subjetivas.

El habitus se desempeña como una segunda naturaleza, una naturaleza constituida socialmente; es lo histórico y social incorporado en el cuerpo, que adopta la forma de disposiciones interiorizadas bajo la forma de principios irreflexivos de acción, percepción y reflexión, resultantes de condiciones y estructuras objetivas y que, por lo tanto, están adaptadas inconscientemente a ellas. Sin embargo, a su vez, esas disposiciones son fuente de nuevas representaciones y acciones y pueden afrontar distintas situaciones ya que incluyen capacidades organizadoras y generadoras basadas en la lógica práctica de los agentes. El habitus no deviene de necesidades causales, como así tampoco de la reflexión deliberativa, en el ancho rango entre estos dos márgenes se encuentra el espacio de las conductas que genera.

Que los agentes puedan dar razones o reconstruir racionalmente sus acciones no implica que éstas hayan tenido la razón por principio, el habitus no genera previsiones racionales sino que posibilita anticipaciones razonables; lo que predomina no es el cálculo racional de agentes libres sino una anticipación más o menos adaptada en forma pre-reflexiva a las oportunidades objetivas del contexto y la tradición. De aquí que el habitus esté ligado a lo impreciso, lo vago, a una lógica práctica espontánea que nunca alcanza la regularidad postulada por los principios racionales, “es necesario guardarse de buscar en las producciones del habitus más lógica de la que hay en él: la lógica de la práctica es ser lógica hasta el punto donde ser lógico cesaría de ser práctico” (“La codificación”, Bourdieu, 1996: 86). Bourdieu piensa el habitus como concepto mediador entre los extremos representados por la espontaneidad, libertad o racionalidad, por un lado, y la coerción, necesidad o automatismo, por el otro; si puede funcionar es gracias a que los individuos, por su formación, están en condiciones de percibir las exigencias del contexto y presentar las disposiciones adecuadas. En la visión bourdieusiana, los agentes nunca están completamente amoldados al contexto y tampoco cabalgan libremente sobre él, son individuos activos y creativos, pero esta propiedad no surge de espacios indeterminados sino de la presión ejercida por las coacciones estructurales.

Los habitus configuran sistemáticamente las acciones y la percepción de dichas acciones por parte de los agentes, son principios generadores de prácticas y, al mismo tiempo, del modo en que son comprendidas esas prácticas. Actúan como directrices de clasificación, de visión y de apreciación, generan elecciones, gustos, estilos de vida e identidades y se constituyen en sistemas de enclasamiento que organizan el espacio a partir de clases lógicas que, a su vez, responden a la estructura del espacio social. Por ello, las estructuras cognitivas de los agentes son estructuras sociales incorporadas a través de las cuales construyen y unifican el mundo social y dotan de estabilidad y razonabilidad a sus prácticas;

el conocimiento práctico del mundo social que supone la conducta “razonable” en ese mundo elabora unos esquemas clasificadores (…), esquemas históricos de percepción y apreciación que son producto de la división objetiva en clases (clases de edad, clases sexuales, clases sociales) y que funcionan al margen de la conciencia y del discurso. Al ser producto de la incorporación de las estructuras fundamentales de una sociedad, esos principios de división son comunes para el conjunto de los agentes de esa sociedad y hacen posible la producción de un mundo común y sensato, de un mundo de sentido común (Bourdieu, 1998: 479).

I.b. Agentes, sentidos, estrategias y lógica de las prácticas

Bourdieu se opone a la noción moderna de sujeto por el enfoque mentalista ligado a ella y prefiere la de agente, que subraya que los más diversos componentes de la individualidad (pensamientos, deseos, creencias, etc.) tienen como suelo de aparición y de actuación a una corporeidad, historia y estructuras que son sociales;

la teoría del habitus apunta a excluir los “sujetos” (…), tan caros a la tradición de las filosofías de la conciencia, sin aniquilar a los agentes en beneficio de una estructura hipotética, aun cuando estos agentes sean el producto de dicha estructura y hagan y rehagan continuamente esa estructura (Bourdieu y Wacquant, 2008: 181-2).

El agente se constituye a partir de las determinaciones objetivas del campo y las subjetivas encarnadas en el habitus; campo y habitus son las estructuras sobre las que se cimienta la subjetividad, pero entendiendo estructura no en forma de hipóstasis abstracta y ahistórica autogenerativa, sino como producto de las acciones y luchas entre grupos e instituciones acaecidas en diferentes contextos y momentos históricos.

El desplazamiento del sujeto en favor del agente está en relación directa con la nueva dimensión que toma el cuerpo en el análisis bourdieusiano: las técnicas, actividades y adquisiciones corporales priman por sobre las instancias intelectuales en las que se centraba el enfoque de la filosofía del sujeto. Todas las capacidades y prácticas sociales aquí tienen anclaje en el cuerpo, y éste, a su vez, está anclado en el mundo histórico y social,

el cuerpo está en el mundo social, pero el mundo social está en el cuerpo (en forma de hexis y de eîdos). Las propias estructuras del mundo están presentes en las estructuras (o, mejor aún, en los esquemas cognitivos) que los agentes utilizan para comprenderlo (Bourdieu, 1999a: 199-200).

Bourdieu no entiende las estructuras cognitivas como formas de la conciencia, sino como esquemas prácticos, como disposiciones corporales que han sido internalizadas de tal modo que no requieren de la participación de instancias reflexivas para su funcionamiento y, por lo tanto, actúan como reserva de conocimientos y capacidades que van más allá de la conciencia y del discurso.

El reemplazo del sujeto por los agentes también está en estrecha conexión con el sentido práctico, noción que ayuda a Bourdieu en su ruptura con las concepciones por las cuales los agentes e instituciones o bien son vistos como átomos que actúan mecánicamente en respuesta a causas externas (objetivismo) o bien como sujetos racionales que actúan según su propia voluntad y de acuerdo con el conocimiento de las razones intervinientes (subjetivismo). Por el contrario,

los “sujetos” son en realidad agentes actuantes y conscientes dotados de un sentido práctico (…), sistema adquirido de preferencias, de principios de visión y de división (lo que se suele llamar un gusto), de estructuras cognitivas duraderas (que esencialmente son fruto de la incorporación de estructuras objetivas) y de esquemas de acción que orientan la percepción de la situación y la respuesta adaptada (Bourdieu, 1997: 40).

El sentido práctico es el modo específico en que el habitus se expresa en los agentes y, por lo tanto, al igual que éste, es incorporado a través de largos procesos de aprendizaje y forjado al calor de los condicionamientos sociales.

Así, el sentido práctico se manifiesta en las disposiciones actuales a actuar, percibir, sentir y pensar de un cierto modo con que los agentes enfrentan efectivamente el mundo social y le otorgan sentido a las diferentes esferas, incluso a sus propias vidas, y es lo que permite que se concrete el ajuste entre las acciones subjetivas y las estructuras objetivas por el que los agentes son capaces de actuar correctamente –según lo que exija cada situación–, de manera no necesariamente consciente y sin poseer el dominio expreso de las operaciones implicadas para lograrlo. De aquí que el sentido práctico exceda toda la dotación teórica que pueda llegar a acompañarlo: “precisamente porque los agentes no saben nunca completamente lo que hacen, lo que hacen tiene más sentido del que ellos saben” (Bourdieu, 2010a: 111). Esto es posible porque los agentes logran hacerse uno con la práctica, sus cuerpos aparecen como una extensión de las prácticas sin necesidad de seguir reglas de comportamiento o de estar en posesión de previsiones conscientes.

A su vez, habitus, sentido práctico y estrategias conforman un entramado básico. El habitus echa mano de estrategias prácticas, de estrategias que se basan en la razón práctica antes que en la razón teórica y no encuentran expresión en la clarificación de intereses u objetivos ni en la formalidad de las reglas. En las estrategias guiadas por el sentido práctico se da la articulación entre las estructuras objetivadas (en el campo y las instituciones básicamente) y las estructuras incorporadas (habitus) en base a la historia colectiva y los procesos de aprendizaje escolarizados de los agentes. A través de este armazón teórico, Bourdieu resalta que la comprensión de las prácticas se mueve en el mismo nivel que las prácticas –está ínsita en nuestra actividad–; la comprensión incorporada de los agentes es la que predomina sobre las demás y se refleja en las estrategias que se llevan a cabo sin la necesidad de que sean efectivamente conscientes o persigan un objetivo prefijado. En este nivel de comprensión pre-reflexiva es donde las nociones de habitus, sentido práctico y estrategias adquieren toda su relevancia y actúan como principios rectores y explicativos de las diferentes conductas, incluidas las lingüísticas.

La práctica posee para Bourdieu una lógica propia que no se condice con la lógica de los principios abstractos, sino que tiene una temporalidad y un modo de organización que se relacionan directamente con el carácter espontáneo, irreversible, multifacético y de inmersión completa propio de las prácticas. Prácticas en las que sin embargo pueden identificarse líneas directrices y fuerzas actuantes que configuran esquemas de acción pasibles de ser abordados sinópticamente. La lógica de las prácticas es en realidad aquí la lógica del sentido práctico y, por lo tanto, está en dependencia de las disposiciones incluidas en el habitus y de las condiciones, posiciones y trayectorias de los agentes en el campo. Debe tenerse siempre en cuenta que las prácticas poseen una lógica sin por eso tener la lógica por fundamento, en cuanto a que su dinámica responde a las exigencias y fuerzas que se presentan a quienes participan de una situación concreta y no al afán de lograr la representación más clara y completa de esa situación. La lógica práctica es, entonces, una lógica peculiar, variable, no determinable por reglas o estructuras constantes, opaca a los mismos agentes, que no persigue la coherencia como fin primordial y en ella el rigor es sacrificado en pos de la simplicidad y la eficacia;

la idea de la lógica práctica, lógica en sí, sin reflexión consciente ni control lógico, es una contradicción en los términos, que desafía la lógica lógica. Esta lógica paradojal es la de toda práctica o, mejor, de todo sentido práctico: atrapada por aquello de lo que se trata, totalmente presente en el presente y en las funciones prácticas que ella descubre allí bajo la forma de potencialidades objetivas (Bourdieu, 2010a: 146).

Con la lógica práctica Bourdieu se opone a las diversas formas de economicismo en la comprensión de las prácticas sociales (y también en la interpretación de su teoría) y a la teoría de la acción racional por fundarse en la ficción antropológica de que el cálculo y la elección racional son la base de las conductas de los actores y de su perdurabilidad en el tiempo. Por el contrario, Bourdieu considera que hay que apartarse de la filosofía de la conciencia encarnada en estas teorías: contra el sujeto calculador plantea un agente dispuesto a ingresar al juego del intercambio sin cálculos ni intenciones conscientes previas y frente a las acciones orquestadas racionalmente, la presencia de una lógica razonable que genera acciones inteligibles sin estar sujeta a evaluaciones o decisiones deliberadas. Si las conductas de los agentes son razonables, antes que racionales, es porque no se guían por principios universales abstractos o surgidos del cálculo consciente, sino que actúan de acuerdo con disposiciones adquiridas a través del contacto prolongado con ciertas regularidades presentes en su formación y que, por lo tanto, sus prácticas se destacan por ser sensatas y adaptadas al entorno social más que nada.

II. Lenguaje y dominación simbólica: hacia una pragmática sociológica

Hemos dividido esta segunda sección también en dos tramos. En el primero desarrollamos los procesos de violencia y poder simbólicos en relación con los diferentes tipos de capital descriptos por Bourdieu. En tanto que en el segundo abordamos las precisiones que brinda sobre lenguaje y dominación simbólica, que deviene en su propuesta de una pragmática sociológica para el estudio de los fenómenos lingüísticos.

II.a. Capital, violencia y poder simbólicos

En consonancia con el modo en que entiende el habitus y las prácticas, la noción de capital no es pensada por Bourdieu de forma sustancialista ni economicista, sino que refiere a las capacidades, recursos y poderes que tienen la propiedad de influir y reportar beneficios en un campo determinado y que contribuyen a la constitución tanto de las estructuras sociales como de las conductas individuales. Así, las cuatro grandes especies de capital (económico, cultural, social y simbólico) son las principales fuentes de poder, de estrategias de reproducción de la vida social y de construcción del espacio social. El espacio social, en cuanto espacio pluridimensional, se construye en base a tres principios: el volumen del capital (conjunto global de recursos y capacidades disponibles), la estructura del capital (distribución de las diferentes formas de capital) y la trayectoria (evolución histórica) de ambas propiedades; en tanto que las posiciones relativas de los agentes –y en consecuencia, sus estrategias– dentro del espacio social se establecen de acuerdo con estos tres principios respecto del capital que poseen, la percepción de ello en relación con sus habitus y el estado de las luchas por la definición de las características globales del espacio.[3]

Respecto de los distintos tipos de capital, el capital económico es lo que, gracias al influjo de teorías económicas y siglos de capitalismo, comúnmente se conoce como capital en la vida cotidiana (dinero, bienes de producción, bienes valiosos, etc.). El capital cultural indica la posesión de bienes simbólicos que otorgan a su poseedor una relevancia social por referencia a lo que es valorado como la cultura legítima en una sociedad, se presenta bajo diferentes formas: incorporado (en el cuerpo de los agentes), objetivado (en bienes culturales) e institucionalizado (en títulos, honores, etc. que confieren propiedades totalmente originales a quien lo detente) y requiere de tiempo para ser adquirido (sólo puede lograrse mediante la posesión de medios materiales que aseguren la suficiente disponibilidad temporal ociosa). El capital social, por su parte, es el conjunto de relaciones personales e institucionales que posee un agente y que le otorgan reconocimiento, protección y poder de acción, de los cuales puede obtener beneficios de distinto tipo;

el capital social es el conjunto de los recursos actuales o potenciales que están ligados a la posesión de una red durable de relaciones más o menos institucionalizadas de inter-conocimiento e inter-reconocimiento; o, en otros términos, a la pertenencia a un grupo, como conjunto de agentes que no solamente están dotados de propiedades comunes (…) sino que también están unidos por vínculos permanentes y útiles (“El capital social. Notas provisorias”, Bourdieu, 2007: 203).

En tanto que el capital simbólico es la forma que las otras especies de capital adoptan cuando son reconocidas como legítimas por los demás agentes, lo cual implica un indicador de distinción para aquello o aquel que lo detenta y el desconocimiento del carácter arbitrario que supone su posesión y acumulación;

toda especie de capital (económico, cultural, social) tiende (en diferentes grados) a funcionar como capital simbólico (de modo tal que tal vez valdría más hablar, en rigor, de efectos simbólicos del capital) cuando obtiene un reconocimiento explícito o práctico, el de un habitus estructurado según las mismas estructuras que el espacio en que se ha engendrado. En otras palabras, el capital simbólico (…) no es una especie particular de capital, sino aquello en lo que se convierte cualquier especie de capital cuando no es reconocida en tanto que capital, es decir, en tanto que fuerza, poder o capacidad de explotación (actual o potencial) y, por lo tanto, reconocida como legítima (Bourdieu, 1999a: 319).

El capital simbólico está basado en diferencias objetivas producto de las propiedades materiales, que se convierten en diferencias reconocidas a partir de las representaciones y creencias de los agentes y se transforman en signos de reconocimiento social. Por lo cual, todo capital simbólico se basa en las estructuras cognitivas ya que depende de los esquemas de percepción, apreciación y clasificación que desarrollan los agentes en relación con las estructuras objetivas del campo y, en particular, con las disposiciones incorporadas del habitus.

Así, el capital simbólico es el resultado de la transformación de las relaciones de fuerza en relaciones de sentido, en él se realiza una operación de alquimia social por la cual las distintas propiedades o fuerzas se presentan –gracias a la inversión de tiempo, dinero y energía– en forma transfigurada, irreconocible, y mediante ello alcanzan su mayor eficacia dentro del campo. El capital simbólico proviene del reconocimiento de los otros tipos de capital y por ello la lucha por el reconocimiento es basal en las estrategias de los agentes y en la estructuración del campo.

Tanto el reconocimiento como las características del capital simbólico ligan directamente con la dominación: por un lado, todo acto de percepción y clasificación del mundo social es un acto de dominación, de búsqueda de que una imposición se transforme en legítima, y, por el otro, dado que el capital simbólico está basado en el reconocimiento de los demás tipos de capital y que la dominación implica el reconocimiento de los sometidos hacia las atribuciones simbólicas del dominante, toda dominación es simbólica;

la dominación, incluso cuando se basa en la fuerza más cruda, la de las armas o el dinero, tiene siempre una dimensión simbólica, y los actos de sumisión, de obediencia, son actos de conocimiento y reconocimiento que, como tales, recurren a estructuras cognitivas susceptibles de ser aplicadas a todas las cosas del mundo y, en particular, a las estructuras sociales (Bourdieu, 1999a: 227).

La dominación (junto con su par dominante-dominado) y, en especial, la dimensión simbólica de toda forma de dominación son centrales en la comprensión del mundo social; la estructuración de los diferentes campos se da en torno de las luchas de dominantes y dominados por adquirir aquello que se considera como legítimo y valioso según la lógica simbólica propia del campo.

Ahora, la dominación en la visión bourdieusiana no se ejerce de modo directo entre diferentes clases o grupos, sino que es más bien el resultado de redes de coacciones entrecruzadas formadas a partir de la estructura y lógica propias de un campo, en las cuales, sí, ciertos grupos poseen recursos más cuantiosos y apropiados y están mejor posicionados para influir de acuerdo con sus intereses. Toda dominación se impone gracias a las condiciones estructurales que favorecen a los grupos dominantes, pero para llevarse a cabo necesita ser reconocida, aceptada como legítima, por parte de los grupos dominados. Es en esta dimensión simbólica donde el orden establecido adquiere sentido, tarea que requiere de la adhesión y participación de los diferentes integrantes. La eficacia de la dominación simbólica reside en que es impuesta por quienes detentan mayores recursos simbólicos y volumen de capitales y es ejercida con la complicidad de quienes son los receptores de ella, lo cual refuerza la correspondencia entre las posiciones que ocupan en el espacio social y las representaciones y habitus que son esperables de acuerdo con cada posición; “toda dominación simbólica implica por parte de quienes la sufren una forma de complicidad que no es ni sumisión pasiva a una coerción exterior, ni adhesión libre a los valores” (Bourdieu, 1999b: 25).[4]

La dominación sólo puede ser llevada a cabo gracias a la sumisión dóxica de los dominados, sumisión que implica la reproducción activa de las estructuras sociales por parte de ellos y que, vale reiterarlo, está ligada con las disposiciones pre-reflexivas del habitus y no con procesos de tipo consciente. Por ello, la dominación simbólica vuelve necesario superar la alternativa entre libertad o coerción, ya que el tipo de violencia que le es propia, suave, eufemizada, libre de la necesidad de actos intimidatorios expresos, actúa solamente sobre los agentes que están predispuestos a ser influidos por ella debido al proceso de formación y adquisición de conductas y capacidades (físicas, cognitivas, lingüísticas, etc.) en que se han desarrollado y que genera las disposiciones que orientan sus elecciones. En la visión bourdieusiana, todas las relaciones cognitivas y comunicativas son a la vez relaciones de violencia y de poder simbólicos en tanto que en ellas se plasman relaciones inequitativas entre los integrantes de la sociedad, relaciones desiguales que quedan disimuladas, ocultas y justificadas tras el carácter compartido, multidireccional y legitimado de los intercambios simbólicos.

Los sistemas simbólicos son instrumentos de conocimiento y de dominación, producen integración cognoscitiva e integración social a un orden arbitrario; estas funciones se dan conjuntamente, están estrechamente interconectadas (sólo pueden ser separadas en el papel, teóricamente), hay una dependencia entre sí que no borra la autonomía relativa que poseen. Lo mismo ocurre con las relaciones de fuerza y las relaciones de sentido, la cualidad específica de la violencia simbólica reside en que las relaciones de fuerza quedan enmascaradas bajo la forma de relaciones simbólicas, las relaciones e imposiciones arbitrarias quedan encubiertas como legítimas, como dadas siempre así, naturalizadas. En este efecto transfigurador yace la particularidad y efectividad de la violencia simbólica.

La violencia simbólica consiste justamente en aquella violencia que tiene la capacidad de no presentarse ni ser vivida como tal y de imponer significaciones que convierten los arbitrios culturales en principios universales y ahistóricos y vuelven aceptables y justificadas las condiciones de vida:

violencia censurada y eufemizada, es decir, desconocida y reconocida. (…) La violencia simbólica es, en efecto, esta forma de dominación que, superando la oposición que se hace comúnmente entre las relaciones de sentido y las relaciones de fuerza, entre la comunicación y la dominación, no se realiza sino a través de la comunicación bajo la cual se disimula. (…) la violencia simbólica, violencia dulce, invisible, desconocida como tal, elegida tanto como sufrida (“Los modos de reproducción”, Bourdieu, 2007: 62-4).

En tanto violencia suave, larvada, disimulada y socialmente aceptada, la violencia simbólica obtiene su fuerza de la desigual distribución de los capitales en los distintos campos y tiene la capacidad de que estas dispares relaciones de fuerza se expresen bajo la forma de relaciones de sentido y queden legitimadas. A través de la acción de la violencia simbólica, las relaciones de dominación y sumisión se transforman y adquieren la fisonomía ya sea de relaciones institucionales, afectivas, de carisma o de encanto, es decir, testimonia la presencia (irreconocible) de la violencia en aquellas relaciones y ámbitos en los que es imposible para los agentes descubrir la existencia de violencia.

Así, violencia y dominación simbólicas se sostienen mutuamente y forman un continuo que se refleja tanto en sus efectos como en sus notas comunes. La violencia simbólica puede ejercer su acción únicamente a partir de que quienes son sus receptores tienen predisposición a ser influidos de cierta manera por las coincidencias que poseen con quienes la ejercen, las que devienen en una adhesión forzada que tiende a reforzar las predisposiciones y confirmar la distribución de fuerzas. La efectividad de la violencia simbólica reside en que pone en funcionamiento los sistemas de percepción y clasificación que ya han sido incorporados previamente por los agentes debido a la estructuración general del espacio objetivo y a la potencia del habitus, las que actúan en forma conjunta y generan recepciones simétricas en dominantes y dominados. Dado que la violencia simbólica está sólidamente incardinada en las disposiciones incorporadas y estabilizadas no puede ser erradicada mediante discursos o predicaciones argumentativas, su nivel de anclaje reside en esa especial vinculación entre condiciones sociales y técnicas corporales que excede largamente los ámbitos conscientes.

La percepción del mundo social se genera por una doble estructuración: objetiva (producto de estructuras y regularidades objetivas) y subjetiva (producto de esquemas de percepción y apreciación), la especificad y relación entre ellas no están fijadas, por lo que siempre existen indeterminación e incertidumbre que dan lugar a múltiples puntos de vista de lo social y a las consecuentes luchas simbólicas por imponer la visión legítima del mundo. Luchas simbólicas que se enmarcan dentro y retroalimentan las relaciones de fuerza, poseen la lógica específica de lo simbólico, tienen por objetivo la monopolización del sentido común y en las que los agentes toman parte comprometiendo el capital simbólico que adquirieron con anterioridad. En este nivel también se expresa el carácter agónico de relaciones sociales y constitución de la realidad social: las luchas simbólicas son el factor clave en el establecimiento de las clases lógicas a través de las cuales los agentes perciben el mundo social y contribuyen a la reproducción o transformación del orden establecido.

Lo que está en juego en las luchas simbólicas y en el ejercicio de la violencia simbólica es, en definitiva, el poder simbólico, el cual encierra la capacidad de constitución de la realidad a partir de organizar la percepción del mundo social y posee los mismos rasgos que hemos venido desarrollando en los otros componentes simbólicos. Sustentado en intercambios en que todos los implicados desarrollan una complicidad activa mediante la que se asegura el reconocimiento como legítimo de dicho poder y, por lo tanto, el desconocimiento de su carácter arbitrario y de la violencia ejercida a través de él;

el poder simbólico sólo se ejerce con la colaboración de quienes lo padecen porque contribuyen a establecerlo como tal. (…) esa sumisión nada tiene que ver con una relación de “servidumbre voluntaria” y esa complicidad no se concede mediante un acto consciente y deliberado; la propia complicidad es el efecto de un poder, inscrito de forma duradera en el cuerpo de los dominados, en forma de esquemas de percepción y disposiciones (…), es decir, de creencias que vuelven sensible a determinadas manifestaciones simbólicas (Bourdieu, 1999a: 225-6).

El poder simbólico resulta de la posesión y transfiguración de las otras especies de poder, es el que provee de legitimidad para que un agente actúe a partir de la transformación de los distintos tipos de capital en capital simbólico, tarea crucial en la que cumplen un rol determinante las prácticas lingüísticas: “el poder simbólico es un poder de hacer cosas con palabras” (“Espacio social y poder simbólico”, Bourdieu, 1996: 141). Si bien en esta frase son claros los ecos de la teoría de los actos de habla, en Bourdieu las condiciones sociales estructurales que hacen posible el rendimiento del lenguaje adquieren una relevancia mayor que en Austin y Searle. La lógica de los universos simbólicos dista tanto de ser inmanente a la comunicación como de servir nada más que a la dominación por parte de los grupos hegemónicos, pero tampoco puede desligarse unilateralmente de estos factores ya que, como vimos, las relaciones de fuerza y de sentido se nutren y refuerzan entre sí. El mundo simbólico es un mundo bifronte en que se da la simbiosis entre componentes que a primera vista se presentan como contrarios e irreductibles, pero que en último término se sostienen gracias al aporte de aquello que aparece como su opuesto.

II.b. Lenguaje, intercambios y dominación simbólicos

Es conveniente realizar dos aclaraciones previas para comprender mejor el modo en que Bourdieu entiende la concepción y el funcionamiento del lenguaje. La primera, Bourdieu no se preocupa por brindar una teoría del lenguaje, sino que lo que hace es presentar una teoría de las prácticas lingüísticas, pero a partir de ésta es posible llegar a establecer los principios que dan forma a su concepción del lenguaje, en la que se plasma todo el bagaje conceptual de su teoría de las prácticas. Es más, podemos entender sus reflexiones sobre el lenguaje como una aplicación de los principios de su teoría general en el ámbito particular del campo lingüístico, por lo cual, si bien éste presenta particularidades propias como cualquier campo, en él (debido a la homología estructural) se cumplen los mismos rasgos y categorías que hemos especificado. Y la segunda aclaración, al igual que Bourdieu no se fija en las demarcaciones limítrofes establecidas entre las distintas disciplinas sociales (de allí sus indagaciones continuas entre filosofía, sociología, antropología, etnología, etc.), sino que ve en ello un estímulo para establecer nuevos puentes y reconversiones, del mismo modo sus reflexiones lingüísticas recogen aspectos pertenecientes a diferentes disciplinas vinculadas con el lenguaje (lingüística, filosofía del lenguaje, semiótica, socio-lingüística, etc.) y están en estrecha relación con distintas esferas de la vida social. Por lo que le dedica escritos de diverso tenor a esta temática en vista de que en las prácticas lingüísticas se condensa la alquimia social que es condición necesaria para el funcionamiento de los demás campos y, por lo tanto, es un factor central al momento de abordarlos y comprender su dinámica.[5]

Bourdieu considera que es clave comprender que los intercambios lingüísticos no son sólo relaciones de comunicación, sino también relaciones de poder. En la vida cotidiana el lenguaje muy raramente funciona como mero instrumento de comunicación, a través de él se persiguen beneficios simbólicos dado el valor social y la eficacia simbólica que posee, por lo que todo análisis del lenguaje debe tener en cuenta la estrecha conexión que éste mantiene con las condiciones y relaciones sociales en que se da. Entender el lenguaje como un tesoro común, un reservorio disponible en forma homogénea para todos los agentes, implica desconocer las notorias diferencias de apropiación y, por lo tanto, pasar por alto la gran desigualdad en la distribución del capital lingüístico y dejar trabajar libremente la violencia simbólica; “los discursos no son únicamente (o lo son sólo excepcionalmente) signos destinados a ser comprendidos, descifrados; son también signos de riqueza destinados a ser valorados, apreciados y signos de autoridad destinados a ser creídos y obedecidos” (Bourdieu, 1999b: 40). En la visión bourdieusiana, todo lenguaje porta jerarquización y dominación, por eso en su abordaje ocupan un lugar primordial las funciones de legitimación y reproducción de las relaciones de fuerzas presentes en el espacio social, de aquí que se centre especialmente en la economía de las prácticas lingüísticas y en el modo que éstas contribuyen a la dominación simbólica, política y económica.

El lenguaje para Bourdieu es más un instrumento de acción y poder que de conocimiento y comunicación. El principal atributo del lenguaje consiste en su capacidad para constituir la realidad, construcción simbólica del mundo que se debe tanto a sus propiedades específicas como a la autoridad o legitimidad que respalda su funcionamiento general y la realización de los distintos actos de habla particulares. El lenguaje cumple sus funciones gracias a las capacidades transformadoras y creadoras que posee, así como también por servir de ámbito de transmisión del poder proveniente de la distribución de fuerzas del espacio social. La conjunción de estos dos aspectos hace que el lenguaje no sea solamente un medio de reproducción de las estructuras sociales ni tampoco actúe como un factor de creación ex nihilo. La coexistencia de ambos componentes en el funcionamiento del lenguaje plantea la presencia permanente de tensiones y disputas por la utilización social del lenguaje y la consagración de modos legítimos de habla; “el mundo social es el lugar de luchas a propósito de palabras que deben su gravedad –y a veces su violencia– al hecho de que las palabras hacen las cosas, en gran parte, y que cambiar las palabras y, más generalmente, las representaciones (…) es ya cambiar las cosas” (“Puntos de referencia”, Bourdieu, 1996: 62).

La concepción agónica de los procesos sociales vuelve a expresarse aquí, todo intercambio lingüístico está atravesado por las luchas entabladas entre los agentes y grupos por hacerse de la fuerza provista por los modos reconocidos de producción y legitimación simbólicas con el propósito de acceder a una posición hegemónica en el ejercicio de la violencia simbólica. Asimismo, las luchas simbólicas se expresan en los discursos bajo la forma de antagonismos y estrategias en torno de la clasificación y ordenamiento de la realidad social, la institución de grupos y clases, la naturalización de divisiones, el otorgamiento de identidades, etc., todas disputas que se presentan bajo ese modo transformado e irreconocible propio de los fenómenos del mundo simbólico. Debido a esto, para Bourdieu se hace necesario incluir en el análisis de las prácticas lingüísticas a las estructuras de las relaciones de poder y las dinámicas que las caracterizan, las cuales exceden ampliamente los confines de la producción lingüística;

las relaciones lingüísticas son siempre relaciones de poder simbólico a través de las cuales las relaciones de fuerza entre los hablantes y sus respectivos grupos se actualizan de forma transfigurada. En consecuencia, es imposible aclarar cualquier acto de comunicación con el análisis lingüístico como única brújula. Incluso el más simple intercambio lingüístico pone en juego una red compleja y ramificada de relaciones de poder históricas entre el hablante, dotado de una autoridad social específica, y una audiencia o público que reconoce dicha autoridad en diversos grados (Bourdieu y Wacquant, 2008: 184-5).

En este punto, Bourdieu se opone al enfoque parcial de las perspectivas de corte comunicacional, que ve representadas principalmente por las teorías de Austin (1990), Searle (1980) y Habermas (2003a, 2003b), y busca complementarlo a través de la incorporación del entramado social del que surge la fuerza ilocucionaria de las palabras. Así, la performatividad de una emisión aquí está en dependencia del poder delegado que posee el emisor: si las palabras ejecutan acciones es porque

el poder de las palabras reside en el hecho de que quien las pronuncia no lo hace a título personal, ya que es sólo su “portador”: el portavoz autorizado sólo puede actuar por las palabras sobre otros agentes y, a través de su trabajo, sobre las cosas mismas, en la medida en que su palabra concentra el capital simbólico acumulado por el grupo que le ha otorgado ese mandato y de cuyo poder está investido (Bourdieu, 1999b: 69).

Para que el lenguaje funcione debe darse previamente un reconocimiento (implícito, sobreentendido) de la autoridad y superioridad del emisor, por lo que es infructuoso postular, aunque sea idealmente, situaciones abstractas de igualdad y consenso total en el lenguaje. Como hemos señalado, el lenguaje porta ya en sí jerarquización y sumisión, y cuanto más establecida e institucionalizada esté la jerarquía de la que se vale el emisor en su enunciación, mayor será la eficacia simbólica de sus palabras. Bourdieu lo expresa casi en tono de ley física de la siguiente manera: “la eficacia del discurso performativo que pretende hacer advenir lo que enuncia en el acto mismo de enunciarlo es proporcional a la autoridad de quien lo enuncia” (Bourdieu, 1999b: 90).

El reconocimiento del discurso de un agente por parte de los demás implica que éstos reconocen la autoridad del emisor y que las palabras emitidas poseen para ellos una determinada significación social e instituyen divisiones, clasificaciones, identidades, en fin, existencias. La alquimia social dada en el lenguaje necesita de condiciones sociales para tener lugar, esas condiciones generalmente están definidas y fijadas por las instituciones. Las instituciones (entendidas por Bourdieu de modo general como las relaciones sociales estables y durables que proveen a los agentes de diferentes formas de reconocimiento y autoridad) son las que otorgan a los emisores el poder para que sus palabras produzcan los efectos buscados: la eficacia simbólica surge de la relación entre las propiedades del discurso, del portavoz, de la institución que lo autoriza a pronunciarlo y la configuración de fuerzas del espacio social.

En cuanto al funcionamiento propiamente dicho del lenguaje, Bourdieu propone un modelo de producción y circulación lingüísticas en que están en relación, por un lado, los habitus lingüísticos, entendidos a grosso modo como las disposiciones a expresarse de un modo determinado y sobre ciertos temas, y, por el otro lado, las estructuras del mercado lingüístico, en tanto sistema al que están destinadas y donde adquieren valor las producciones lingüísticas. Bourdieu resume esta combinación mediante una sintética fórmula: “lo que quisiera hacer es explicitar un modelo muy sencillo que podría formularse de la siguiente manera: habitus lingüístico + mercado lingüístico = expresión lingüística, discurso” (“El mercado lingüístico”, Bourdieu, 1990: 143). A través de la conjugación de estos componentes, lo que pretende Bourdieu es salvar ciertos aspectos del estructuralismo que le resultan atinentes (que se reflejan en su visión del mercado lingüístico) y ponerlos en relación con elementos constructivistas, modo en que se expresa, a través de una mirada pragmática, su constructivismo estructuralista en el campo de los análisis lingüísticos.[6]

Las disposiciones lingüísticas poseen el mismo carácter incorporado, ajeno a la voluntad y la conciencia que las demás disposiciones del habitus y son el producto de la transformación de las necesidades y presiones grupales en elecciones y virtudes individuales. El habitus lingüístico forma parte del habitus como sistema general de disposiciones constitutivas, por lo que está incardinado férreamente en el cuerpo,

el lenguaje es una técnica corporal y la competencia propiamente lingüística, y muy especialmente la fonológica, es una dimensión de la hexis corporal donde se expresan toda la relación del mundo social y toda la relación socialmente instruida con el mundo (Bourdieu, 1999b: 59-60).

Así, el acento, el tono de voz, el ritmo, la distancia entre los hablantes, aquellos temas sobre los que se habla abiertamente y aquellos de los que no se puede hablar, etc. son diferentes dimensiones del habitus lingüístico que se integran y comparten las características propias del habitus.

Mediante el concepto de habitus lingüístico, Bourdieu subraya tanto la introyección de las desigualdades estructurales objetivas dentro de las prácticas lingüísticas individuales como la estrecha relación de las prácticas y disposiciones lingüísticas con las demás prácticas y disposiciones corporales. Las condiciones sociales de adquisición de la lengua son incorporadas en y moldean el habitus lingüístico: el acceso, desarrollo y valoración de las capacidades lingüísticas varían en forma notable entre los diferentes grupos sociales. Esta desigualdad y dominación simbólicas son interiorizadas desde los inicios de la adquisición de las capacidades lingüísticas por parte de los agentes y acompañan los diversos usos posteriores en que ellas están implicadas. Es por ello que las condiciones sociales de producción y los contextos y situaciones que hacen a la aceptabilidad de las emisiones son clave en las prácticas lingüísticas.

Por su parte, el mercado lingüístico constituye el sustrato necesario para que las disposiciones y producciones lingüísticas se desempeñen, circulen y adquieran valor dentro del espacio social, solamente en él los productos lingüísticos se realizan como mensajes al ser captados y tratados como tales. Sin un mercado constituido que esté en condiciones de apreciar las emisiones de un agente, todo discurso que éste realice carecerá de sentido, de aquí la importancia del mercado lingüístico en la conformación y direccionamiento de las capacidades lingüísticas.[7]

En la producción del discurso importan tanto las competencias del hablante como las determinaciones del mercado lingüístico en y para el que ese discurso es producido. El mercado lingüístico conforma un entramado en que se valoran no sólo las competencias específicamente lingüísticas, sino también las condiciones de recepción y aceptación de las emisiones lingüísticas, la autoridad y legitimidad de quien profiere las palabras, el respaldo institucional y el status social (posición económica, género, edad, etc.), entre las variables de mayor peso que intervienen en los intercambios lingüísticos. El mercado contribuye a determinar el sentido del discurso y su valor simbólico en base a estos componentes y la relación objetiva que se da entre ellos. Claro que Bourdieu se opone a la visión liberal idílica del mercado (lejos se está de toda competitividad pura y perfecta), sino que éste se encuentra atravesado por fuerzas hegemónicas y múltiples factores colectivos y ocultos que actúan en el campo. El mercado lingüístico está estructurado de acuerdo con el sistema de relaciones lingüísticas de fuerza que tiene expresión en él y con la desigual distribución del capital lingüístico, a la vez que toma las prácticas lingüísticas de los grupos dominantes como patrón legítimo, las cuales generan uniformidad y jerarquización simbólicas.

Las relaciones de dominación producidas por las relaciones de fuerza se transforman en posesión y acumulación de capital simbólico por parte de los agentes y grupos dominante dentro del mercado lingüístico, en lo cual cumplen una función determinante los factores extra-lingüísticos que actúan como condición de posibilidad de la transformación simbólica operada por las prácticas discursivas;

la relación de fuerzas lingüística no se define nunca exclusivamente por la relación entre las competencias lingüísticas en presencia. Y el peso de los diferentes agentes depende de su capital simbólico, es decir, del reconocimiento, institucionalizado o no, que obtienen de un grupo: la imposición simbólica (…) sólo puede funcionar en tanto y en cuanto se reúnan condiciones sociales absolutamente exteriores a la lógica propiamente lingüística del discurso (Bourdieu, 1999b: 46).

El sentido y valor de las emisiones lingüísticas dependen, por lo tanto, de la posición que ocupa el hablante dentro del espacio social y de la posesión de capital lingüístico y simbólico adecuados (que, a su vez, siempre tienen por base a los otros tipos principales de capital: económico, social y cultural). Por ello, cuando habitus y estructuras del mercado lingüístico coinciden, no se requieren coacciones ni censuras de otro tipo, sino que la forma incorporada en los agentes ya genera las disposiciones requeridas, agentes que ven en la apropiación de las competencias lingüísticas legitimadas no un acto de sumisión sino la posesión de signos de diferenciación y distinción social que les aseguran el reconocimiento. Existe una conexión inevitable entre lenguaje y dominación: la dominación simbólica y su correspondiente disimulación y legitimación vía la violencia simbólica están presentes en todas las prácticas lingüísticas según Bourdieu.

Como cierre de este tramo expositivo, para Bourdieu la propuesta en el campo lingüístico también pasa por desarrollar una Realpolitik de las amplias condiciones sociales, en general, y lingüísticas, en particular, que intervienen en la conformación y valoración de las prácticas discursivas. Antes que centrarse en la fuerza ilocucionaria de las palabras o plantear situaciones ideales de habla, es necesario actuar políticamente sobre las estructuras sociales objetivas y subjetivas que se presentan como obstáculos específicos a la comunicación racional. Por ello, Bourdieu aboga por la concreción de una pragmática sociológica dentro de los estudios del lenguaje que conduzca a reincorporar las propiedades formales de los discursos, propiedades que son preocupación excluyente de los estudios analíticos, pero sin recaer en la deformación en que estos abordajes suelen incurrir por su desatención de los factores sociales que actúan en el lenguaje:

todas las formas de análisis de los discursos que ponen entre paréntesis, frecuentemente sin siquiera saberlo, todo lo que concierne a las condiciones de producción y de recepción, la mayoría de las veces invisibles, de esos discursos, actúan como obstáculo para la constitución de una verdadera ciencia de los discursos destinada a recobrar en las propiedades más típicamente formales de los discursos los efectos de las condiciones sociales de su producción y circulación. (…) Pero para asentar del modo más completo el método, al afinarlo se deberían multiplicar los estudios de casos, precisando cada vez más el análisis de las propiedades de posición y extrayendo así progresivamente los principios de una verdadera pragmática sociológica (Bourdieu, 2001: 328-30).

En esta propuesta de una pragmática sociológica se evidencian con claridad tanto las preocupaciones bourdieusianas por la inclusión y tratamiento de las condiciones sociales que intervienen en el rendimiento simbólico del lenguaje, en detrimento de los enfoques internalistas y comunicacionales, como el espíritu científico que lo anima en sus indagaciones socio-lingüísticas, en el sentido de dar prioridad y abogar por la ampliación de la autonomía y los efectos del conocimiento científico respecto de su contexto de producción. En el análisis de las prácticas lingüísticas de Bourdieu se revela la impronta de sus elecciones epistemológicas, direccionadas a que se plasmen en un sistema teórico que, en definitiva, integre la base y fuerza pragmáticas de las expresiones lingüísticas con los procesos de violencia y dominación simbólicas que actúan y configuran el espacio social.

III. Reflexiones finales: una propuesta pragmática de confines amplios

La clave de la aproximación teórica de Bourdieu está dada por el entrelazamiento indisoluble entre prácticas sociales y prácticas lingüísticas y la relación que presentan con la desigual distribución de capitales y las luchas, tanto de fuerza como simbólicas, entabladas en torno de ello. Así, queda de manifiesto claramente su visión no consensualista y el carácter agónico que se expresa también en el lenguaje, lo cual refleja su oposición a la filosofía de la conciencia y al reinado de las categorías cognitivas ligadas a la noción de sujeto. Es claro que si el sujeto moderno poseía una racionalidad fuerte y el lenguaje le servía para expresar los procesos cognitivos y volitivos que se daban en su interior, en Bourdieu –de modo congruente con el giro pragmático– el agente se hace junto con las prácticas lingüísticas, entre otras prácticas. Esto otorga preeminencia al lenguaje dentro de las prácticas sociales y, ya puertas adentro del lenguaje, desplaza los fundamentos mentales y representacionales en favor de los componentes relacionales y disposicionales y los condicionamientos sociales: no se puede comprender las prácticas lingüísticas sin las relaciones que éstas mantienen con las estructuras objetivas, las disposiciones socialmente incardinadas y las demás prácticas sociales.

Este trasvasamiento constante entre los elementos del mundo lingüístico-simbólico y los del mundo social lleva a que las relaciones de fuerza sean también relaciones simbólicas y viceversa: toda fuerza debe ser reconocida para que actúe eficazmente y todo reconocimiento simbólico se basa en la dispar distribución de fuerzas dada en el espacio social. El campo lingüístico comparte los mismos rasgos que los demás campos en base a la homología estructural que presenta con ellos, por lo que posee capital, lógica, habitus e intereses específicos, se dirime de acuerdo con las posiciones y luchas de los agentes e instituciones que lo componen y buscan apropiarse o redefinir el capital en juego, tiene autonomía relativa respecto de los demás campos, se nutre de la creencia compartida acerca del valor de los productos lingüísticos y de la participación en el juego para adquirirlos, etc.

Esta relación casi simbiótica entre lo lingüístico y lo social vuelve patente el carácter histórico, dinámico e inmanente de las acciones y producciones lingüísticas, al igual que las demás acciones y producciones, lo que le sirve a Bourdieu para criticar los planteos de corte ahistoricistas, que asocia principalmente con el estructuralismo de Saussure (1987) y con la teoría comunicativa de Habermas (2003a, 2003b), y apartarse de las líneas marxistas clásicas en lo que hace al análisis del lenguaje. En cuanto a este último distanciamiento, en la visión bourdieusiana las prácticas lingüísticas no se definen por su pertenencia a una determinada clase social desde el mismo momento que las clases sociales no existen en sí y necesitan del lenguaje para constituirse, pero sí están en dependencia de las estructuras y fuerzas del espacio social. Cabría decir que al economicismo presente en ciertos análisis marxistas del lenguaje ligados a una perspectiva pragmática (Rossi Landi, 1975), Bourdieu opone un condicionamiento social más suave, borroso y multidireccional.

Esto se manifiesta en las características del habitus lingüístico –que a su vez se trasladan al lenguaje en general–, que como todo habitus es a la vez adaptativo y transformativo, reproductivo y generativo, repetitivo y creativo, introyectado a través de largos períodos en base a la posición, condiciones y relaciones del agente en el espacio social y más ligado al aprendizaje de disposiciones corporales que meramente intelectuales. De aquí que el lenguaje también posea una lógica práctica que no se guía exclusiva ni primordialmente por principios economicistas ni de cálculo racional, sino que refiere a prácticas que se realizan sin la necesidad de ser efectivamente conscientes o dirigirse a objetivos preestablecidos; lo que predomina es la comprensión incorporada en los habitus de los agentes y objetivada en las instituciones. En este sentido, el cuerpo y el habitus están doblemente ligados al lenguaje y las instituciones, tanto porque las disposiciones incorporadas del habitus son las que mantienen vivos y revitalizan los sentidos depositados en el lenguaje y las instituciones, como porque las estrategias de adquisición del poder simbólico emanante de la legitimidad de las prácticas lingüísticas e institucionales toman la forma del sentido práctico con que los agentes se desenvuelven en y utilizan el lenguaje y las instituciones.

La concepción bourdieusiana del lenguaje toma como eje su contribución al funcionamiento del poder y la violencia simbólicos y, por lo tanto, a la jerarquización y dominación que le son constitutivas. El lenguaje es parte primordial de la operación simbólica de alquimia social por la que las relaciones de dominación se tornan legítimas y naturales, si bien ésta no es su única función, se encuentra dentro de las principales debido a que las relaciones de dominación estructurales requieren necesariamente de la dimensión simbólica del reconocimiento y, además, la dominación en forma directa o por la fuerza física en las sociedades actuales retrocede comparativamente frente a los alcances de la dominación simbólica. El lenguaje es tanto instrumento de conocimiento y comunicación como de violencia y dominación simbólicas, participa en la integración cognoscitiva y social a un orden desigual y desempeña un papel importante en la sumisión dóxica necesaria para la eficaz tarea de esa dominación caracterizada por presentarse en forma deformada, eufemizada e irreconocible y que al no ser reconocida como tal obtiene su mayor rendimiento.

Para generar nuevos contextos simbólicos es necesario ir contra la jerarquización y dominación presentes en el lenguaje, y no menospreciarlas o intentar suprimirlas vía recurso a sus propias condiciones formales de enunciación. En esto reside el eje tanto de la propuesta de Bourdieu acerca de la Realpolitik en el campo lingüístico, como de su crítica a los planteos formalistas, analíticos y comunicacionales en el ámbito del lenguaje, ya que no integran la dimensión fundamental del lenguaje como relación de poder simbólico y lo conciben nada más, o esencialmente, como relación de conocimiento o de comunicación, sin incluir en sus análisis las estructuras y dinámicas propias de las relaciones de poder y la forma transfigurada en que ellas se presentan en las prácticas lingüísticas. Así, Bourdieu resalta la participación del lenguaje en los fenómenos de dominación y legitimación, esta función está incorporada en todo momento en sus indagaciones y en ello hay una línea de apertura de los estudios de base pragmática a esferas y categorías diferentes a las que son generalmente proclives los análisis dentro de la tradición anglosajona, lo que lo conduce a integrar dichos análisis con procesos sociales e institucionales de otra amplitud y corte teóricos.

Si la razón y el lenguaje pueden cumplir tareas en favor de ampliar el acceso a sus productos históricos y en contra de la dominación, estas funciones están en dependencia de las mismas condiciones estructurales que hacen posible la configuración desigual de los campos y la existencia de violencia y dominación simbólicas, por lo que cualquier intento de establecer divisiones abruptas entre las diferentes esferas sólo puede conducir a cortes ficticios y entorpecedores desde la óptica bourdieusiana. De aquí que Bourdieu critique a Habermas, al igual que a Austin, por recaer en una visión escolástica de las prácticas lingüísticas y de incurrir en una ilusión epistemocéntrica debido a que universaliza en forma abstracta las funciones de la razón comunicativa y considera todas las acciones humanas en base a la argumentación y el debate comunicativos, modelos dialógicos racionales que, aunque no deben ser menospreciados, distan mucho de ser el paradigma dominante en las acciones intersubjetivas.

El tratamiento de Bourdieu se destaca por incorporar en forma permanente la participación del lenguaje en los fenómenos de legitimación y dominación simbólicas y en ello radica su rasgo distintivo central y una de sus mayores fortalezas. Bourdieu resalta y presta mucha mayor atención, en comparación con la gran mayoría de autores contemporáneos abocados al estudio del lenguaje, a la participación de los factores extra-lingüísticos en la conformación y determinación de los intercambios lingüísticos, en especial las condiciones sociales generales que atraviesan el espacio social, no sólo aquellas explícitamente presentes en la interacción entre los hablantes. Aquí el lenguaje ocupa un lugar de suma importancia, sí, pero no fija por sí mismo las condiciones de su performatividad y, por lo tanto, no es autosuficiente ni cerrado sobre sí mismo, ya que no pone las propias condiciones sobre las que actúa. La pragmática sociológica de Bourdieu no termina reduciendo todo lo social e institucional a las propiedades del lenguaje ni viceversa, por lo que integra el abordaje de corte pragmático con líneas y variables de análisis de mayor alcance en busca de nuevos niveles de integración teórica.

Ahora, por el lado opuesto, en diversos momentos del análisis bourdieusiano, la explicación de las prácticas lingüísticas parecería inclinarse hacia una suerte de determinismo ejercido por las condiciones extra-lingüísticas, del cual Bourdieu busca escapar a través de la especificidad otorgada al campo lingüístico (autonomía relativa al igual que todos los demás campos), que puede generar diferentes producciones a partir de condiciones estructurales similares gracias a la conformación y redistribución del capital y la lógica propios del campo (capital y lógica lingüísticos). En vista de lo desarrollado, consideramos que no existe tal determinismo de los factores extra-lingüísticos en la explicación del lenguaje de Bourdieu, aunque sí el riesgo de deslizarse hacia él a partir de ciertos rasgos de su teoría. Encontramos más bien un entramado de conceptos en que evita colocar uno como sustento o fundamento de otro –si bien hay algunos que indudablemente presentan mayor peso en el conjunto general–. De este modo, se mantiene fiel a su forma de pensar relacional y retiene las ventajas de no realizar una concatenación lineal de conceptos, sino de establecer una articulación reticular entre ellos que dota de mayores interconexiones y lazos sólidos a su esquema conceptual.

Además, una continuación de la teoría bourdieusiana debe afrontar con precaución el carácter circular que parecen adoptar las explicaciones debido a que un concepto o instancia remite y se explica mediante otro, el cual, a su vez, remite y se explica mediante el primero (la relación entre las disposiciones del habitus y la estructura y distribución de fuerzas del campo es ejemplo paradigmático de esto). Toda reapropiación de la teoría de Bourdieu debe tomar en cuenta estos desafíos para no dejar trabajar libremente, por detrás, los componentes riesgosos implícitos en ella y, por el contrario, aprovechar toda la fuerza teórica del multifacético enfoque pragmático bourdieusiano de las prácticas lingüísticas.

En conclusión, consideramos que la especificidad de la propuesta bourdieusiana reside en la insistente incorporación de las fuerzas y variables extra-lingüísticas de carácter macro-social en el análisis de las prácticas lingüísticas. En este punto se encuentra su mayor rédito teórico ya que la perspectiva pragmática se abre a las relaciones con un contexto social que no queda reducido a los elementos de la intersubjetividad directa ni es visto como un factor distorsionante a partir de las propiedades asignadas en forma idealizada al lenguaje. Las relaciones estructurales de poder y de fuerza asimétricas aquí no quedan excluidas ni son entendidas como opuestas ni contradictorias con las relaciones lingüísticas, sino que se desempeñan como condición de posibilidad para que el lenguaje actúe en forma normal y cumpla eficazmente las funciones simbólicas que le son propias. La teoría de Bourdieu constituye así un excelente intento por conjugar los fundamentos teóricos provistos por la perspectiva pragmática con las condiciones y factores macro-sociales que intervienen en la conformación de las prácticas sociales y, en específico, de las prácticas lingüísticas, lo cual significa una integración de las bases pragmáticas con esferas y categorías de mayor amplitud que las usualmente abordadas dentro de la tradición analítico-pragmática y brinda la posibilidad de enriquecer los estudios sobre el lenguaje. Esta apertura es sin duda alguna un rasgo meritorio central de las reflexiones de Bourdieu, que merece no ser obviada por la riqueza heurística que encierra.

Bibliografía

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  1. javieralegre.filo@gmail.com.
  2. En la concepción del habitus bourdieusiano resuenan los ecos de los usos que hicieron de ese término Aristóteles, Tomás de Aquino, Durkheim, Weber, Husserl, Mauss y Panofsky. Una muy detallada exposición de las resonancias de la tradición filosófica en la noción de habitus, desde sus orígenes griegos con las hexis aristotélica hasta las elaboraciones contemporáneas, se encuentra en Martínez (2007).
  3. Los capitales funcionan siempre en forma relativa a un campo y, en relación con ello, los agentes pueden concretar desplazamientos verticales (ascenso en el mismo campo a partir del aumento del capital específico) o desplazamientos transversales (paso a otro campo distinto a partir de la reconversión de un tipo de capital en otro diferente) (Bourdieu, 1998: 128-9).
  4. Aquí vale una aclaración sobre este texto: Ce que parler veut dire (’82) tuvo una edición inglesa en el ’91 (Language and symbolic power), en la que se sumaron seis artículos intercalados en diferentes partes del texto, la cual luego fue publicada en francés bajo el título de Langage et pouvoir symbolique (2001). Nos remitimos a Langage et pouvoir symbolique cuando nuestras citas pertenezcan a alguno de estos seis artículos, de lo contrario (para los textos presentes en ambos libros), lo hacemos a la publicación original en Ce que parler veut dire.
  5. Respecto del entrecruzamiento disciplinar y su visión de la filosofía, Bourdieu manifiesta que los planteos filosóficos laten en su obra de un modo distinto de las formas corrientes actuales y que no le preocupa demasiado si su obra pertenece o no a la filosofía. En esto tiene incidencia el doble convencimiento que posee acerca de que, por un lado, su desarrollo intelectual es una especie de respuesta a sus inquietudes filosóficas iniciales y que, por el otro, en su trayectoria se ha apartado de ciertas prácticas predominantes en la filosofía de hoy. No sin una buena dosis de ironía afirma que “yo pienso que he sido muy afortunado al escapar a la ilusión de la “página en blanco y la lapicera”. Me basta con leer algún tratado reciente de filosofía política para imaginar lo que hubiese sido capaz de decir si mi único equipamiento intelectual hubiera sido mi formación filosófica, lo que no obstante, ha sido absolutamente crucial” (Bourdieu y Wacquant, 2008: 202). Para Bourdieu la filosofía es una práctica intelectual que a través de autoproclamarse libre evita enfrentarse a sus determinaciones socio-históricas y critica la ilusión de distintos filósofos acerca de la fuerza con que contarían en su tarea.
  6. Bourdieu define a su propia teoría como estructuralismo constructivista o constructivismo estructuralista con el propósito de, por un lado, superar la visión sesgada que ve reflejada en la concepción fisicalista del mundo social –que reduce las relaciones sociales a relaciones de fuerza física– y de la concepción semiologicista –que reduce las relaciones sociales a relaciones de sentido, de fuerza simbólica– y, por el otro, dar cuenta de la paradójica doble construcción de la realidad implicada en el hecho de que el mundo social es construido a través de las relaciones y disposiciones de agentes que, a su vez, se constituyen en base al mundo social. Bourdieu aclara sobre ambos términos utilizados en la denominación que “por estructuralismo o estructuralista, quiero decir que existen en el mundo social mismo, y no solamente en los sistemas simbólicos, lenguaje, mito, etc., estructuras objetivas, independientes de la conciencia y de la voluntad de los agentes, que son capaces de orientar o de coaccionar sus prácticas o sus representaciones. Por constructivismo, quiero decir que hay una génesis social de una parte de los esquemas de percepción, de pensamiento y de acción que son constitutivos de lo que llamo habitus, y por otra partes estructuras, y en particular de lo que llamo campos y grupos, especialmente de lo que se llama generalmente las clases sociales” (“Espacio social y poder simbólico”, Bourdieu, 1996: 127).
  7. Un ejemplo cotidiano de cómo actúa el mercado lingüístico estaría dado por los diferentes modos en que son valoradas (y con ello se induce a su utilización o no) determinadas expresiones o formas de hablar de acuerdo con el grupo de pertenencia dentro de los hablantes de una misma lengua o, menos común pero más radical, por el caso de que poseer un dominio perfecto de un idioma carece por completo de valor si uno se encuentra en un medio donde nadie más lo habla.


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