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4 ¿Cuán flexibles somos?

Modos y alcances de la flexi-subjetivación en el mundo laboral actual

Javier Alegre [1] y Flavio Guglielmi[2]

Resumen

Este escrito tiene por propósito analizar algunos procesos y consecuencias generados por la flexibilización que se presentan en forma cada vez más recurrente en la esfera laboral actual. Específicamente, nos centramos en los procesos de subjetivación y conformación de identidades laborales que se dan en el mundo del trabajo a partir de los rasgos flexibles que adquieren en las últimas décadas el sistema económico en general y el contexto laboral en particular. Por ello, abordamos cómo se dan estos procesos tanto dentro de las organizaciones laborales formales como en el sector informal y precarizado, que ocupa un gran rango de la población económicamente activa en nuestro país y tiene fisonomía propia. En vista de esto, hemos estructurado el artículo en cuatro secciones: I) en la primera, brindamos precisiones respecto de características y dimensiones de la flexibilización en el trabajo y su impacto sobre la subjetivación en general; II) en la segunda, tratamos los modos y alcances de la vinculación entre flexibilización y subjetivación en el ámbito del empleo y organizaciones formales; III) en la tercera, realizamos idéntico análisis en el ámbito informal; y IV) en la última, brindamos reflexiones finales sobre las consecuencias y perspectivas actuales de la vinculación entre flexibilización y subjetivación laborales.

Palabras claves 

Trabajo – flexibilización – subjetivaciónidentidades laborales – precarización


La flexibilización es uno de los fenómenos que sin duda alguna define el mundo del trabajo actual, ya que presenta múltiples características y consecuencias y abarca los más diversos niveles, se plasma tanto en el empleo y las organizaciones formales como en las que presentan buen grado de informalidad y también en las actividades más desprotegidas, ya sea el trabajo en negro, no reconocido o el cuentapropismo. Es decir, la flexibilización es una verdadera marca de época que se extiende sobre todos los procesos económicos y contextos laborales, claro que presentando diferentes fisonomías según el ámbito específico que se trate. Así, en nuestro país tenemos flexibilización por arriba y por abajo. Nos encontramos, por un lado, con la expansión en el empleo formal de condiciones flexibles e inestables generadas por la economía globalizada y la introducción de las nuevas tecnologías informáticas, productivas, de contratación y de gestión (flexibilización por arriba). Y a la vez, por otro lado, hallamos en los sectores más desfavorecidos una flexi-precarización concomitante con el desempleo y subempleo estructurales, la desprotección y las pésimas condiciones laborales debidas a un desarrollo productivo insuficiente y las relaciones económicas de gran asimetría (flexibilización por abajo).

En relación con esto, aquí nos dedicamos a analizar las principales formas y consecuencias de la flexibilización laboral, haciendo hincapié en la manera en que influye sobre los procesos de subjetivación laboral. Para ello, y teniendo en cuenta el panorama laboral de nuestra región geopolítica, hemos dividido el escrito en cuatro secciones que avanzan progresivamente: I) características y dimensiones de la flexibilización del trabajo y su vinculación con la subjetivación en general; II) modos y alcances de la flexi-subjetivación en el ámbito formal; III) modos y alcances de la flexi-subjetivación en el ámbito informal; y IV) reflexiones finales sobre el tema.

I. Características de flexibilización y su impacto sobre subjetivación e identidades laborales

La esfera laboral en general constituye un poderoso agente de institucionalización de determinados tipos de prácticas, disposiciones y subjetividades en las sociedades contemporáneas, rol que cumple en estrecha interrelación con otros ámbitos con los que se encuentra entrelazado: político, económico, social, doméstico, familiar, de consumo, etc. Que el trabajo pueda cumplir estas funciones se debe a que en su esfera se integran y conjugan muy distintos factores: productivos, económicos, tecnológicos psicológicos, ideológicos, morales, entre otros. Así, el trabajo participa en la heteronomización o autonomización subjetivas, la frustración o satisfacción individuales, el predominio de determinadas concepciones y valoraciones, la estructuración y disciplinamiento sociales, colabora en la reconstitución o desintegración de subjetividades e identidades, es factor de integración y exclusión sociales, entre otros aspectos sobresalientes en los que interviene.

A su vez, en las últimas décadas la esfera laboral ha estado signada por la flexibilización, que se expresa de las formas más variables y es uno de los sellos distintivos del trabajo a partir de la irrupción de las políticas neoliberales y la implementación de tecnologías de la información y la comunicación (TICs) a gran escala a partir de la década del ’90 en nuestra región. Una característica central que marca en forma indeleble al contexto laboral bajo el modo de producción y acumulación poskeynesianista es justamente que la flexibilización afecta sus más diversos órdenes, de aquí que resulta conveniente identificar los modos en que ésta se hace presente en los diferentes aspectos del mundo del trabajo.

A continuación, entonces, para dimensionar la extensión, rasgos y objetivos que la flexibilización presenta en el contexto actual, hacemos una enumeración de las múltiples formas que adquiere a partir de agruparlas en ocho ítems (Neffa, 2010):

  1. Flexibilización de la producción: debida a la gran volatilidad de la economía internacional y la búsqueda de rápida adaptación a la demanda. Se realiza básicamente mediante el uso intensivo de TICs, especialización y diversificación de la producción, transformaciones y fusiones en las organizaciones laborales, delocalizaciones, etc.
  2. Flexibilización de tareas y puestos laborales: se plasma en la polivalencia como mandato para los integrantes de las organizaciones, la multiplicación y diversificación de tareas, la exigencia de cumplir con plazos y objetivos cambiantes, el reemplazo de puestos fijos por la participación en proyectos o programas de tiempo determinado, el solapamiento entre actividades de trabajo y de formación en algunas compañías, etc.
  3. Flexibilización del tiempo de trabajo: a través de la ampliación de las franjas horarias de trabajo, implementación de horarios irregulares, rotativos y/o nocturnos, teletrabajo y trabajo los fines de semanas y feriados independientemente de cuestiones individuales, familiares o sociales.
  4. Flexibilización de calificaciones y competencias laborales: intensificación de la formación permanente y competencias polivalentes exigida a los trabajadores debido a la introducción permanente de innovaciones tecnológicas y organizacionales en busca de mayor competitividad y diversificación.
  5. Flexibilización de la relación salarial: implementación de subcontratación, tercerización, contratos por tiempo determinado, inseguridad e inestabilidad laborales, prolongación del período de prueba, trabajo autónomo que encubre relación de dependencia, todas formas extendidas de precarización de la relación salarial que son desfavorables para los trabajadores.
  6. Flexibilización del sistema de relaciones de trabajo: se promueve el reemplazo de la negociación colectiva por sector o rama por la negociación en cada firma o establecimiento, de modo de debilitar a los sindicatos y ejercer presión en forma más directa sobre los empleados (negociación cara a cara).
  7. Flexibilización del salario directo: para bajar los costos salariales incrementados durante las tres décadas bienestaristas, lo cual se concreta a través de la eliminación del salario mínimo vital y móvil o su retraso real respecto de la inflación, la fijación de salarios unilateralmente o la proliferación de salarios por debajo de la línea de pobreza.
  8. Flexibilización del salario indirecto: mediante el trabajo no registrado o en negro y el pago de sumas no bonificables, con lo que se evaden impuestos y contribuciones al sistema de seguridad social (a través de lo cual se reduce aproximadamente un tercio del costo de cada asalariado).

Si bien esta rápida enumeración no agota todas las facetas de la flexibilización, sí sirve para mostrar el carácter multifacético y la profundidad de este fenómeno, ya que abarca muy diferentes aspectos e instancias. Así, tras el ocaso del Estado de Bienestar a nivel mundial y la caída del ciclo de producción y acumulación keynesiano-fordista desde fines de la década del ‘70, los verdaderos empleos retrocedieron en cantidad y en capacidad de tracción socio-salarial, por lo que todo lo que ellos implicaban (puestos de trabajo registrados, estables, de jornada completa y duración indeterminada, con protección social y aumentos progresivos en base a convenios colectivos negociados por rama o sector) perdió predominancia y fue puesto en discusión. A partir de entonces, los empleos típicos comenzaron a ceder terreno frente a los empleos precarios y flexibilizados, que se caracterizan por su inestabilidad, inseguridad, ser temporarios, de jornada reducida o turnos rotativos, con baja remuneración, protección social deficiente o inexistente, sujetos a arbitrariedades por fuera del derecho laboral y con porcentajes crecientes de trabajos informales, no registrados o en negro y por cuenta propia.

El hondo calado de la flexibilización en los diferentes componentes de la esfera laboral produjo el crecimiento de la fragmentación en la vida laboral y conllevó por lo tanto el aumento de la incertidumbre en las trayectorias socio-laborales. Este nuevo cuadro de situación llevó a que la identidad asalariada fordista sólida y homogénea propia del industrialismo del siglo XX, sustentada sobre los verdaderos empleos, comenzara a resquebrajarse y a resultar disfuncional en el nuevo contexto económico y ha dejado abierta la pregunta acerca de las consecuencias que ello trae aparejado para los procesos de subjetivación y para el posible surgimiento de nuevas identidades laborales.

Diferentes autores hacen hincapié en que sobre terreno tan poco firme es sumamente complicado que puedan erigirse identidades sólidas. Para Sennett las condiciones impuestas en el mundo laboral actual dificultan el establecimiento de vínculos sólidos y la consolidación a largo plazo de los rasgos emocionales que conforman el carácter y conceden estabilidad y unidad a la estructura psíquica. La demanda de rápida adaptabilidad que se exige a los trabajadores causa incertidumbre, las reglas cambiantes provocan ansiedad y debilitan el compromiso mutuo, la flexibilidad en vez otorgar más libertad produce mayor inestabilidad emocional y la inseguridad laboral traslada sus efectos perjudiciales hacia otros ámbitos de la vida humana (Sennett, 2000, 2006). Según Bauman, salvo una minoría –conformada por lo que denomina élites cosmopolitas y móviles– que puede arrogarse la posibilidad de trabajar en condiciones privilegiadas, las mayorías tienen condiciones de trabajo precarias, inestables, marcadas por las condiciones flexibles del neoliberalismo. Las identidades adoptan entonces las características flexibles y variables del mercado laboral y se asemejan a los bienes de consumo (pertenecen a alguien pero para ser consumidas y no deben impedir adquirir otras nuevas a lo largo de la vida), por lo que los empleos flexibilizados tienden a constituirse en obstáculos para alcanzar identidades sólidas y duraderas (Bauman, 2003). Y en cuanto a las identidades laborales en sí, en el plano nacional La Serna también subraya la multiplicidad y heterogeneidad que predomina en ellas a partir de las nuevas condiciones laborales, “las identidades del mundo del trabajo, lejos de responder a parámetros homogéneos, se expresan como una geografía que contiene un amplio espectro de regiones identitarias, en cuyo interior tampoco es posible identificar una homogeneidad estricta” (La Serna, 2010: 39).

Esto a su vez se refleja claramente en los procesos de subjetivación dados en el ámbito laboral ya que el mundo del trabajo busca, entre otros objetivos, asegurarse la constitución de subjetividades que respondan lo más fielmente posible a las determinaciones del sistema económico, en general, y del mercado laboral, en particular. Tal como hemos visto, en ambos predomina la flexibilización en sus más diversos estratos, por lo que a nivel de las subjetividades que se generan no puede esperarse algo muy distinto: el mandato dirigido a los resortes de la subjetividad será adaptarse flexiblemente o quedar fuera del mercado y del sistema.

La producción de subjetividades flexibles y heterogéneas en el ámbito laboral, que vienen a reemplazar la figura monolítica del obrero asalariado estable y sindicalizado de mediados del siglo pasado, junto con la instauración de desigualdades crecientes en cuanto a ingresos, condiciones y trayectorias laborales, son rasgos que sobresalen dentro de la diversidad y multiplicidad funcional propia del trabajo en la actualidad. Trabajo que, en relación con los procesos de subjetivación dados en él, se caracteriza por desarrollar una variedad de funciones y operaciones que presentan direcciones compuestas antes que seguir un vector unidireccional (que el trabajo serviría por excelencia sólo para una función o agenciamiento) o restrictivo (que para lo que el trabajo serviría, sólo él podría hacerlo). En este contexto, las prácticas discursivas y no-discursivas llevadas a cabo en la esfera laboral incardinan en distintas instancias, representaciones e instituciones y tienden a promover una flexibilidad polimorfa en cuanto a la conformación de determinadas estructuras de la personalidad y a ampliar los gradientes de diferenciación entre los individuos.

II. Modos y alcances de la flexibilización en el ámbito formal

Hemos visto en la enumeración hecha en la sección anterior que la flexibilización se expresa de muy diversas maneras y en muy distintos niveles de los procesos productivos y las organizaciones laborales. Dedicamos este tramo a analizar los procesos de subjetivación e individuación que se dan en las organizaciones de la economía formal bajo los parámetros neoliberales actuales, centrándonos en particular en algunos aspectos de la teoría del capital humano, la gestión por recursos humanos y el management, dada la fuerza cada vez mayor que ganan estos modelos dentro de las organizaciones.

Para identificar las nuevas perspectivas y exigencias para las subjetividades que incorpora la matriz laboral del neoliberalismo, es interesante retomar el sugerente análisis que realiza Foucault (2010) de diferentes tramos de autores base del liberalismo y neoliberalismo en pos de mostrar los rasgos particulares de ambos modelos y las innovaciones que presenta el segundo respecto del primero. El liberalismo clásico se había constituido en base a procurar limitar, reducir, prescindir lo máximo posible del Estado, criticando su “exceso de gubernamentalidad” (Foucault, 2010: 362);invocando el carácter libre y natural de los procesos sociales y económicos pedía que el Estado dejara hacer al mercado (laissez faire, laissez passer), en tanto que el neoliberalismo norteamericano avanza aún más en su oposición a la intervención estatal e intenta directamente no dejar hacer al Estado en nombre de la ley del mercado. Esto está entrelazado con el intento cardinal del neoliberalismo de avanzar hacia nuevos ámbitos de la vida humana al buscar extender la lógica del mercado a esferas tradicionalmente no económicas (salud, familia, cultura, delincuencia, etc.); muestra de ello es la manera en que entiende el trabajo y el modo central en que introduce la teoría del capital humano para analizar las prácticas laborales.

La argumentación neoliberal sigue esta secuencia: 1) se trabaja para tener ingresos; 2) el ingreso es el producto del rendimiento de un capital; 3) capital, entonces, es todo lo que pueda generar ingresos; y 4) por lo tanto, el salario es la renta de un capital específico, el capital humano, que consiste en los factores físicos y psicológicos que permiten a alguien ganar un salario. Desde esta óptica, el trabajo deja de ser una tarea para sobrevivir y se vuelve una conducta económica practicada por quien trabaja, que pasa a ser un maximizador de oportunidades, un agente gobernado por la racionalidad calculadora-económica; racionalidad que incorporaría en sus decisiones y puntos de vista y lograría “hacer, por primera vez, que éste [el trabajador] sea en el análisis económico no un objeto, el objeto de una oferta y una demanda bajo la forma de fuerza de trabajo, sino un sujeto económico activo” (Foucault, 2010: 261). Es decir, por un lado, la lógica del mercado funciona como principio de inteligibilidad de las acciones individuales y las relaciones sociales en general y, por el otro, el trabajador ya no es considerado en forma pasiva sino activa, de aquí que deba ser activo, en primer orden, en su tarea de cuidar, administrar y acumular ese tipo de capital que, por estar anclado en su corporeidad, le es propio: el capital humano.

En esta visión, el trabajador aparece como una empresa para sí mismo y la sociedad se constituye de unidades-empresas, lo cual da por resultado el reingreso del homo oeconomicus, ya no como sujeto de intercambio tal como lo pensó el liberalismo, sino como empresario de sí mismo, productor de su propio capital y fuente de sus ingresos. La teoría del capital humano se preocupa por precisar el modo voluntario en que los individuos adquirirían este capital a lo largo de su vida, por lo que sólo atiende a los aspectos de la vida individual que puedan ser sometidos a su lógica de motivos y racionalidades económicas y deja los demás aspectos de lado. En esta senda, el neoliberalismo va aumentando las conductas que pretende gobernar, proponiendo un principio de regulación del comportamiento del individuo que permita ejercer presión sobre él de distintos modos, para lo cual la conducta económica es la dimensión cardinal que permiten volver entendibles las decisiones individuales e influir sobre ellas. Así, esta teoría –además de borrar la clásica contraposición entre capital y trabajo– avanza sobre aspectos y determinaciones de la vida individual que escapaban de la lógica mercantil y se muestra como una herramienta dispuesta a prolongar eficazmente sus concepciones y mandatos hacia nuevas facetas vinculadas con las decisiones y capacidades personales de los trabajadores, en cuanto homúnculos económicos.

Es así que bajo la figura del empresario de sí mismo, influenciable por las variables del medio para tomar decisiones, el trabajador se presenta como un sujeto que puede ser inducido o manejado en un sentido indirecto. Esta figura funciona como medida de las prácticas de subjetivación de los individuos, instalando una matriz de racionalidad que permite legitimar y hacer deseable ciertos parámetros economicistas y generar adhesión en tanto los sujetos puedan observarse a sí mismos como administradores de su propio capital. Es decir, su poder de tracción consiste en hacer deseables y convenientes ciertas conductas para obtener el éxito individual, antes que plantearlas como obligatorias u otorgarles un carácter imperativo.

A su vez, el neocapitalismo propugna políticas de individuación que abarcan los diferentes ámbitos y encuentran especial eco en la concepción de sociedad y en el mundo del trabajo. En cuanto a la visión de sociedad, las demandas de mayor libertad por parte de los individuos parecen conducir inevitablemente a concebir la sociedad como limitante y opuesta a dichas ambiciones (claro cambio de concepción entre el período actual y el precedente, en el que se entendían las libertades individuales como parte de un proceso de liberación colectiva). En tanto que en el ámbito laboral, dentro de las organizaciones laborales que adoptan el modelo de gestión postayloriana o de recursos humanos ya no se pone énfasis en la vigilancia directa, la disciplina rigorista y la mecanización y reiteración de tareas propias del taylorismo, sino que se tiende a sustituir todo esto por la búsqueda de la motivación permanente, la adhesión emocional, la participación y la formación constantes. En los nuevos modos de gestión, la cultura empresarial centrada en la motivación, la iniciativa y la responsabilidad se revela como el mejor medio para alcanzar los objetivos fijados, “la pieza clave del logro económico ya no se llama explotación de la fuerza de trabajo, disciplina y división mecánica de las tareas sino sistema de participación, programas de formación, incremento de las responsabilidades” (Lipovetsky, 1994: 271).

En los nuevos modos de gestión el acento deja de estar puesto en el control y la vigilancia exteriores y pasa a estarlo en la responsabilidad individual: el mandato ético salta de la obligación externa al ámbito interno de la propia responsabilidad. Así, dentro del ámbito laboral la responsabilidad es presentada como necesaria para la expansión personal, se la hace desear como un componente ineludible para el reconocimiento y éxito individuales. Esta nueva disposición se refleja en el rechazo hacia la disciplina burocrática y la apreciación favorable de la autonomía individual dentro de las organizaciones. Esta ética centrada en la responsabilidad logra reconducir los intereses individuales en pos del beneficio empresarial y el aumento de la productividad a través de lograr la entrega personal y el compromiso que abarque la mayor gama posible de esferas y capacidades (físicas, intelectuales, psicológicas, emotivas, etc.).

En relación con esto, en la visión de los gurúes de la gestión (Peters, Drucker, Champy) las organizaciones laborales bajo el modelo del management se caracterizarían por dar importancia y valorar el factor humano, proponiendo la adhesión del trabajador a los objetivos empresariales y su implicación afectiva con la organización. Se pasa de tareas simples y repetitivas a una mayor libertad del trabajador en la planeación y ejecución de éstas, para lo cual es necesario el autocontrol del mismo y su correspondiente compromiso con las metas organizacionales. A partir de este sistema de gestión, el management entiende que los trabajadores se autopercibirían como individuos independientes, capaces de realizarse a sí mismos mediante la ejecución de sus tareas, tomando a éstas como herramientas para desarrollarse y no como una obligación con la que deben cargar. De esta manera, se lograría un trabajador motivado, autodisciplinado, comprometido y al servicio de la empresa, que entendería como propio el progreso de esta última.

Frente a esta visión apologética del management, la perspectiva de los estudios críticos de la gestión empresarial[3] sostiene que los mecanismos y técnicas de las que se vale la gestión empresarial tienden a impactar sobre la subjetividad de los empleados de un modo auto-responsabilizante pero a la vez condicionante, ya que sus mandatos se articulan para que los sujetos se conciban como individualidades replegadas sobre sí mismas, separadas del resto de agentes laborales y en relación de competencia entre ellos. De esta forma, como sugieren Knights y Willmott (2007), la sujeción ocurre cuando la libertad del sujeto “es orientada de un modo restrictivo y autodisciplinario hacia la participación, en prácticas que el individuo interpreta o entiende que le proporcionan un sentido de seguridad y pertenencia” (p. 54). Al reducir deliberadamente la vigilancia y las prácticas de normalización, la gestión empresarial otorga independencia a los trabajadores; sin embargo, mediante diversos mecanismos de control, evaluación y enjuiciamiento institucional también promueve incertidumbre y dependencia. La libertad del individuo, que podría generar diferentes cursos de acción y posibilidades, es dirigida sólo hacia conductas que sean apreciadas positivamente dentro de la empresa, asegurando su productividad y tratando de instaurar una identidad determinada que sea afín a los objetivos empresariales.

Ante el carácter inestable que adquieren las identidades por los mandatos de transformación y adaptación predominantes en el mercado y sociedad actuales, los nuevos modos de gestión se presentan como proveedores de sentido y estabilidad, cuando en los hechos tienden a asegurar la sumisión de los empleados a los valores corporativos antes que brindar las condiciones para la constitución de un yo autónomo (Willmott, 2007). La gestión empresarial hace hincapié en el compromiso, autonomía y responsabilidad que deben ser constitutivos de los empleados, pero la declamación de estas características –tomadas como beneficiosas para los sujetos en general– esconde, por un lado, que jamás pueden ser utilizadas en sentido contrario a los objetivos y valores empresariales y, por el otro, que implica un avance sobre esferas que no eran abordadas por el fordismo. El objetivo principal de la cultura corporativa es “captar “los corazones y las mentes” de los empleados; definir sus propósitos orientando lo que estos piensan y sienten, y no simplemente su comportamiento” (Willmott, 2007: 105).

El management despliega así una estrategia de gobierno laboral que no trata de actuar de manera directa, en el sentido industrial y disciplinar, sobre la voluntad de los trabajadores, sino que busca influir sobre las afecciones, disposiciones y decisiones de los sujetos en tanto que administradores o empresarios de sus propias capacidades en todos los ámbitos. Esto implica una ampliación de la racionalidad instrumental, que ya no sólo se plantea como directriz en el ámbito del conocimiento y la acción, sino también en el plano afectivo y de los sentimientos. Es decir, pese a la abierta oposición que el management sostiene discursivamente con las organizaciones fordistas y bienestaristas por su carácter opresivo y despersonalizador, lo que estaría haciendo es continuar con su tarea y profundizar el carácter instrumental y calculador hasta los pliegues más íntimos de la subjetividad. De aquí que la flexibilidad y disponibilidad exigida a los empleados devenga en un marcado carácter opresor y totalitario, en cuanto a que no admite disidencias en su seno, regulándolas en todo momento mediante el ingreso (selección de personal), la actividad (cumplimiento de objetivos), la formación (capacitación) y la permanencia (despido).

III. Modos y alcances de la flexibilización en el ámbito informal

En nuestro país la flexibilización en el sector formal ya muestra amplias consecuencias, pero éstas también pueden apreciarse en forma patente en el sector informal dada la estructuración de la economía nacional. En este tramo analizamos los procesos de subjetivación direccionados a los trabajadores informales o bien desocupados, abordando en particular ciertos aspectos vinculados con la meritocracia, el emprendedorismo y la igualdad de oportunidades, por ser concepciones que en la mayoría de las ocasiones se dirigen hacia esas poblaciones específicas en la actualidad.

Para dimensionar el tamaño e importancia de estos sectores, a modo de rápida radiografía del panorama laboral actual, la configuración consolidada del trabajo en la Argentina en los últimos años demuestra –con variaciones interanuales no muy significativas– que la población económicamente activa se divide a grosso modo en tres grandes tercios de dimensiones similares: aproximadamente un tercio posee empleo registrado y estable, otro tercio se desempeña en empleos no registrados o en negro y un último tercio carece de empleo o bien presenta grandes deficiencias o problemas en este ámbito (desocupados, subocupados, empleos temporarios o inestables, cuentapropistas, trabajadores desalentados, etc.).[4]

La ubicación geopolítica y el entramado histórico particular de la Argentina generan el desafío de tener que desentrañar un campo que se mueve entre, por un lado, identidades y discursos (vigentes aún en gran medida) elaborados en torno del trabajo estable asalariado propio de la clase media obrera y profesional consolidada desde mediados del siglo XX y, por el otro, las condiciones de flexibilización e inestabilidad laborales a las que tienden en forma creciente los procesos actuales. En nuestra región continental, la crisis del trabajo abarca tanto el sector formal como informal, con características propias en cada uno de ellos, y los alcances de la flexibilización, más allá de los costados negativos de los avances de la tecnologización e informatización (procesos también presentes en nuestro contexto pero incipientes en comparación con otros países más desarrollados), adquieren su real dimensión por la precarización y exclusión que trae aparejadas para los trabajadores informales, de baja calificación o bien desocupados. En esta línea, De la Garza Toledo sostiene que “en América Latina hay una crisis del trabajo, pero sobre todo una crisis de precarización de las actividades. (…) Tampoco se trata de un aumento espectacular del desempleo, sino un incremento sustancial de las actividades precarias” (De la Garza Toledo, 2001: 27-28). Es decir, en el sector informal la flexibilización adquiere en forma frecuente el rostro de la precarización y la exclusión laborales, aumentando la vulnerabilidad de quienes se encuentran en peor situación social y generando contextos propicios para nuevos discursos dirigidos a sus condiciones y formas de vida.

Es por ello que esta situación también implica claras directrices para la subjetivación en el ámbito laboral, independientemente de que no se pueda acceder en forma satisfactoria o estable al trabajo reconocido. Al igual que en cualquier otro campo, la vinculación en el ámbito laboral entre agentes que están atravesados por desigualdades muy marcadas deja expuesta y aumenta la debilidad de quienes ocupan la posición inferior. Si las diferentes partes que se encuentran en el mercado laboral parten de condiciones muy disímiles –en cuanto a posesión de recursos, capacidades, formación, posibilidades, etc.–, la fragilidad de la parte más débil se acrecienta y actúa como vector para la imposición de exigencias cada vez mayores: “cuando una persona entra a un contrato en posición de vulnerabilidad extrema, es probable que acepte casi cualquier término que se le ofrezca” (Satz, 2015: 134-5). Es decir, las asimetrías cada vez mayores facilitan el moldeamiento de las subjetividades en torno al trabajo más allá de que no se esté en una relación laboral estabilizada o desarrollada. Son las condiciones estructurales las que actúan como reguladoras o disciplinantes de las conductas y subjetividades incluso en los márgenes del mercado laboral.

Para quienes ocupan una posición desfavorable frente al mercado laboral, los discursos promovidos desde distintas esferas (políticas, económicas, religiosas, etc.) tienden a evaluar la situación y conducir la discusión en términos afines a la meritocracia y el emprendedorismo. En estas visiones, las desigualdades originadas en el mundo del trabajo encuentran su justificación en la idea de que las sociedades contemporáneas responden a un modelo de competencia generalizada -se toma a la competencia como el lazo social por excelencia-, modelo basado en la noción de que todos los individuos compiten entre sí de acuerdo con sus propias capacidades y talentos y el lugar al que arriban finalmente depende de los méritos realizados por cada uno (visión meritocrática) o bien de la voluntad, disposición activa y sagacidad individuales para alcanzar los objetivos (visión emprendedorista). Así, estos discursos tienden a invisibilizar los diferentes puntos de largada desde donde parte cada individuo y desligan de mayores responsabilidades a las condiciones estructurales, a los modos de organización de la sociedad y a los sectores dominantes, con lo que se explica la muy desigual distribución final en el reparto del producto social vía recurso a características y disposiciones individuales y se responsabiliza a los más desfavorecidos por su propia condición.

Estas concepciones tienden a redireccionar los problemas estructurales y generales de empleo hacia las capacidades y disposiciones individuales de quienes sufren las consecuencias más arduas de las transformaciones económicas y laborales: si alguien no hizo los méritos suficientes para obtener empleo o ganancias adecuadas, si no fue lo suficientemente activo y emprendedor en sus actividades, si no aprovechó las oportunidades que se le brindaron, etc. Al cambiar los ejes y mezclar en forma indiscriminada diferentes niveles de análisis, estos discursos se presentan más como legitimantes de las condiciones actuales que como posibles soluciones a las problemáticas laborales. Por ejemplo, la asociación entre pobreza y pereza es una de las formas más clásicas que adquieren estos discursos legitimadores subsidiarios de la ética del trabajo basados en la concepción moralista del trabajo, que sirven para reforzar el malestar e impotencia que deviene de un mercado laboral adverso para quienes ocupan el escalón más bajo de la estructura social.

En sentido similar van las argumentaciones en favor de la búsqueda de la igualdad de oportunidades, por sobre la igualdad de posiciones, como desiderátum social. La igualdad de oportunidades, por un lado, se centra en las posibilidades de que cada uno ocupe la mejor posición posible de acuerdo a principios meritocráticos y entonces busca reducir los obstáculos para el desarrollo de una competencia equitativa. Es un modelo centrado más en el individuo que en lo institucional, congruente con las políticas de individuación proliferadas en el contexto finisecular y que exige que los individuos sean activos y se movilicen para acceder a los beneficios que implicarían las oportunidades: la actividad, el emprendedorismo y la voluntad individuales pasan a ser tanto medios de mejorar la propia situación como imperativos morales. En tanto que la igualdad de posiciones, por el otro lado, está centrada en los lugares de la estructura social, busca reducir las desigualdades entre las diferentes posiciones de origen en el orden de condiciones de vida, ingresos, seguridad, etc. Es el modelo perseguido por la ciudadanía social de mediados del XX, basada en las transferencias sociales de solidaridad social y en que el trabajo ocupa un lugar esencial ya que los derechos sociales provienen mayoritariamente de él (Dubet, 2017).

Vemos que actualmente la igualdad de oportunidades, en forma congruente con las visiones meritocrática y emprendedorista, direcciona la posibilidad de acrecentar los niveles de igualdad social hacia la posesión o no de méritos individuales; en tanto que la igualdad de posiciones, por el contrario, se dirige a las condiciones y estructuras sociales como formas de reducir las desigualdades. La igualdad de posiciones pretende reforzar la solidaridad entre los individuos, contra la visión individualista de la igualdad de oportunidades, pues hace depender los derechos y beneficios de logros y acciones colectivas, no individuales: “la igualdad de oportunidades, a pesar de su retórica meritocrática, promueve y justifica (después de todo) las desigualdades existentes, mientras que el modelo de la igualdad de posiciones, aunque sospechoso de conservadurismo, permite al menos reducirlas” (Dubet, 2017: 106).

La lógica presente en las concepciones que venimos analizando se extiende también hacia los desocupados, que ven impedido por completo su acceso al empleo por las dificultades crecientes del mercado laboral. Si la concepción moralista del trabajo se centraba en el sentido de deuda o deber que el individuo tiene hacia instancias o entidades superiores y que debía ser saldada mediante el trabajo, tomando éste el cariz de una obligación hacia la sociedad, de modo similar las actuales políticas de subjetivación e individuación abarcan también a quienes quedan excluidos del mercado laboral y hacen hincapié en la “devolución de la deuda social” que deben realizar los beneficiarios de planes y asignaciones para subsistir. Invirtiendo el sentido de la prueba, ya no es la sociedad la que debe asumir y velar por la subsistencia y bienestar de sus integrantes, sino que deben ser éstos quienes demuestren a la sociedad que no son un peligro para ella y merecen subsistir y acceder al mínimo de condiciones para la supervivencia:

ya no es la sociedad la que está en deuda con los más desfavorecidos sino que son los beneficiarios de las políticas sociales quienes contratan una deuda con la sociedad que los ayuda y deben en consecuencia hacer algo (activarse) para devolver lo recibido. (…) Ya no es el titular de un derecho. Es responsable y deudor por la asistencia que se le haya dispensado (Merklen, 2013: 81-83) [5]

Aquí es interesante retomar las fases de la ciudadanía social en América Latina para precisar las transformaciones que el neoliberalismo implicó en este sentido. La fase de modernización nacional, con el modelo ISI (industrialización por sustitución de importaciones) a mediados del siglo XX, se basó en la industrialización incipiente de los diferentes países y en la financiación mediante las contribuciones de empleadores y empleados y logró ampliar notablemente la cobertura social pero generó desigualdades por su acceso restringido y la acumulación de ventajas para los beneficiados. Este momento tuvo al empleo formal como base y reaseguro de la ciudadanía social, con la seguridad social vinculada al trabajo asalariado formal (contribuciones de asalariados, empresarios y subsidios estatales). Mientras que en la fase del orden neoliberal, fines del siglo XX, hay una mercantilización y disminución de la protección social y tiene al consumo como eje: las reformas se basaron en las transferencias condicionadas con el objetivo de asegurar el consumo básico en hogares que tenían carencias estructurales graves, Así, el sujeto de la ciudadanía pasó del ciudadano/trabajador al individuo/consumidor, a la vez que la lógica de compensación de las desigualdades generadas en el ámbito laboral fue reemplazada por el acceso al consumo, con lo que primó una lógica de individuación en base a individuos/consumidores y se pasó de la responsabilidad colectiva a la responsabilidad individual (Pérez Sáinz, 2016).

En el orden neoliberal hay un cambio de sentido en la forma en que son concebidas la protección y el riesgo social respecto de la etapa de modernización nacional. Las políticas de individuación predominantes en los discursos e instituciones actuales hacen hincapié en la responsabilidad y actividad de los individuos: la responsabilización y activación de las voluntades individuales son la exigencia para acceder a y mantener los derechos incardinados en la noción de ciudadanía social. Y este enfoque se traslada al mundo del trabajo y a los problemas presentes en él, incluso el muy acuciante de la desocupación y de lo que ésta implica:

el problema al que apunte una política del individuo ya no será “el desempleo”, como en la época de la modernidad organizada (…). Una política del individuo ya no persigue la instauración de una regulación social de la actividad económica, sino que se dirige muy precisamente a cada uno de los desempleados considerados individualmente (Merklen, 2013: 76)

Encontramos, entonces, que estas concepciones y discursos crecidos al calor de la flexibilización neoliberal (meritocracia, emprendendorismo e igualdad de oportunidades) presentan como denominador común la tendencia a reconducir los inconvenientes socio-económicos hacia el ámbito individual y centrar la mirada en la responsabilidad individual, escamoteando la responsabilidad colectiva y el carácter estructural de estos problemas sociales. A través de este movimiento buscan moldear las subjetividades de quienes tienen una relación desfavorable o esporádica con el mercado laboral formal, generando a la vez la auto-responsabilización de esa parte de la población y una fragmentación que remite a las condiciones particulares de cada situación.[6]

IV. Reflexiones finales

Del recorrido realizado se desprenden diferentes conclusiones, intentamos aquí ordenarlas, yendo de lo más general a lo particular, y resaltar algunas con el propósito de mostrar la vinculación que presentan entre ellas a partir de las condiciones flexibles del mundo del trabajo actual.

Para comenzar, consideramos que el trabajo continúa manteniendo un lugar central en los procesos de constitución identitaria y de integración social, ya no en forma exclusiva o determinante tal como fue planteado en el contexto industrialista, pero sí mantiene un rol importante en confluencia con otras esferas de la vida social. La heterogeneidad y fragmentación de las actividades laborales del mundo actual implican un punto de partida diferente desde el cual repensar los procesos de subjetivación e integración social en relación con el trabajo y que requiere de nuevas perspectivas que no reincidan en asociar trabajo y subjetividad del modo monolítico en que lo hizo la sociedad industrial, ni tampoco que decreten unilateralmente el carácter caduco o ficticio de la participación de la esfera laboral en la constitución de las subjetividades.

El trabajo sigue siendo una esfera de referencia ineludible, en conexión con otras más, para la generación o consolidación de determinados rasgos subjetivos y para que percibamos nuestras propias experiencias, capacidades y disposiciones de modo satisfactorio o insatisfactorio. En esto coincidimos con la afirmación de De la Garza Toledo acerca de que “no es posible sostener que el espacio del trabajo (…) tenga que ser siempre la clave de la formación de la identidad colectiva (…). Pero tampoco se puede afirmar (…) que el mundo del trabajo sea siempre irrelevante en la constitución de identidades y acciones colectivas” (De la Garza Toledo, 2009: 135). A partir de esto, se vuelve de provecho teórico poder comprender las nuevas morfologías y polisemias que presenta el trabajo, para así precisar las formas y características que adquiere la flexibilización dentro de la esfera laboral y avanzar en la dilucidación del rol que ella cumple para las subjetividades emergentes en el siglo XXI. De no atender a estas transformaciones, en conjunto con otros factores por supuesto, no se podrá hacer un diagnóstico completo de la nueva configuración que adquiere el mundo del trabajo y sus implicaciones a nivel subjetivo.

Respecto de los procesos de subjetivación y constitución de identidades en el marco de la flexibilización actual, la posibilidad de construir una identidad sólida en base al trabajo resulta hoy altamente dificultosa. Se plantean nuevas identidades producto no sólo de las condiciones de flexibilidad y movilidad a las que es sometida la gran mayoría de los individuos dentro de las organizaciones laborales, sino también por las restricciones o abierta imposibilidad de acceso al mercado laboral. Podemos decir que las nuevas condiciones laborales des-subjetivan más que subjetivan, en el sentido que no requieren sujetos con altos niveles de estructuración e identidad integrada, sino, muy por el contrario, se necesitan individuos flexibles, polivalentes, moldeables, cuyas cualidades varíen de acuerdo a lo que se les demande en cada organización y que sean adaptables a los requisitos del mercado o a vivir en la incertidumbre de poder acceder sólo parcialmente a él o no poder hacerlo directamente.

Es claro que la flexibilización lejos se encuentra de abolir la importancia del trabajo en los procesos de subjetivación, sino que trastoca el rol positivo que anteriormente se le asignaba (bajo el influjo del industrialismo bienestarista y la concepción moralista de trabajo) y pasan a hacerse notorios los efectos adversos que también presenta para la personalidad. Las experiencias y auto-representaciones gratificantes y favorables que provienen del mundo del trabajo van en disminución ante las dificultades crecientes que afronta gran parte de la población en este ámbito, lo que genera impactos negativos de diversos órdenes sobre la subjetividad. Así, el trabajo en la actualidad muchas veces se convierte más en un obstáculo que en un facilitador para la constitución de identidades estables y sobre todo, más importante aún, de identidades satisfactorias.

Estas consecuencias negativas terminan por hacer que el trabajo externalice hacia otros ámbitos de la existencia los perjuicios que produce en la subjetividad, esferas que deben afrontar esos daños y salir en socorro de ella. Es decir, la interrelación que necesariamente mantiene el trabajo con otros ámbitos de la vida humana (doméstico, familiar, afectivo, amistoso, social, de ocio, etc.) se da en la dirección de que estos últimos actúan como refugios en los que se encuentra un reparo para alivianar los efectos dañinos que produce el ámbito laboral o para reconstituir nuestra propia imagen o auto-estima (pensemos si no cómo la familia, los amigos o las actividades placenteras extra-laborales muchas veces sirven para reponerse de los malos tragos que debemos afrontar en el trabajo o por la falta de él), o bien esos ámbitos terminan actuando como caja de resonancia de los efectos deletéreos del mundo del trabajo y comienzan a sufrir diferentes resquebrajamientos o vicisitudes que se entrelazan con la marcha de los asuntos laborales.

A su vez, se expresa un claro carácter paradojal en el modo en que las políticas de subjetivación laboral contemporáneas han retomado las ansias de mayor libertad y autonomía provenientes de los procesos de modernización. Estas políticas han impuesto una perspectiva en que esas demandas intervienen en desmedro de la seguridad individual e integración social, actuando como vías de legitimación de los crecientes niveles de desigualdad tanto a nivel social como laboral. La paradoja reside en que la invocación a la libertad, enmarcada dentro los carriles del neocapitalismo, se convierte en un poderoso instrumento de coacción y legitimación de las desigualdades.

Más en particular, las estrategias desarrolladas por el neocapitalismo implican un trabajo de subjetivación de cuño bien determinado sobre los individuos, que busca la auto-responsabilización y la disposición a estar siempre dispuestos a asumir posibilidades y situaciones que se muestran esquivas e independientes de sus propias voluntades, sea en el seno de las organizaciones laborales, en el cada vez más estrecho mercado laboral formal o bien en los márgenes de la informalidad y la desocupación. El ámbito del trabajo ha pasado de tener por soporte lo colectivo, la estabilidad y la búsqueda de regulaciones a basarse en la particularización, la segmentación, la precarización y la búsqueda de flexibilizaciones que escapen cada vez más a las regulaciones. Y en consonancia con ello, los procesos de subjetivación dados en la esfera laboral también han adoptado a lo particular, indeterminado y flexible como las formas deseables y entronizadas.

En síntesis sumaria, la flexibilización tiene amplios alcances y permite disminuir los costos laborales y aumentar el margen de ganancias para quienes contratan fuerza de trabajo. A su vez, la flexibilización no es compatible con las identidades sólidas generadas en el siglo XX por el industrialismo bienestarista y las organizaciones de tipo fordista. Por lo tanto, se generan discursos que buscan moldear de un modo distinto a las subjetividades, algunos dirigidos a quienes tienen empleos formales y otros a quienes no lo poseen. Y estos nuevos discursos tienen por objetivo, por un lado, adaptar a los trabajadores a las condiciones flexibles imperantes y, por el otro, lograr que acepten y naturalicen las mayores desigualdades generadas por esta dinámica flexibilizadora.

Pues bien, frente a posturas que resaltan que la subjetivación e identidades laborales representan un espacio de máxima heterogeneidad en que todos los análisis de estos procesos se reducen a las particularidades de cada caso, destacamos que el factor común a un gran espectro de empleos formales e informales es justamente estar flexibilizados. Y también que las consecuencias de ello se orientan mayoritariamente en una misma dirección: la generación de subjetividades empobrecidas e insatisfactorias. Estar flexibilizados es la característica que comparten trabajadores de muy diferentes sectores (incluso precarizados, informales o desocupados), por lo que es posible para ellos reconocerse en esta condición, aunque sea de modo velado, más o menos explícito, y desarrollar estrategias que tiendan a mitigar las consecuencias desfavorables de la flexibilización. Si la flexibilización alcanza los más distintos aspectos y niveles tal como hemos visto, entonces lo flexible se convierte en el denominador común y actúa como aglutinante de las experiencias y vivencias laborales y, por lo tanto, también puede funcionar como factor de reconocimiento que vaya más allá del micro-ámbito laboral de cada uno.

Dicho en forma pomposa: si la flexibilización es universal o de amplio espectro, entonces también deben ser universales o de amplio espectro las estrategias que intenten superar sus vastos efectos negativos en la esfera de la subjetividad. De lo contrario, las posibilidades de reencausar la flexibilización en forma positiva tienen nulas posibilidades de prosperar o sólo podrán alcanzar a ciertos sectores que gozan de condiciones laborales privilegiadas. Por supuesto que esto debe enfrentar la dificultad de que las transformaciones fácticas del mundo del trabajo y la descontextualización de los derroteros laborales individuales y colectivos tienden a su vez a generar pertenencias sociales frágiles, pero en el reconocimiento de estas condiciones flexibles/frágiles comunes puede erigirse un nuevo principio de aglutinamiento para la acción conjunta.

Por último, ante el carácter flexible de los procesos de subjetivación e identificación laborales que hemos abordado, plantear las alternativas de que la identidad asalariada monolítica fordista pueda renacer de sus cenizas cual ave Fénix o bien que de sus (heterogéneas) cenizas no haya posibilidad que surja identidad colectiva alguna son ideas que incitan a creer, respectivamente, que el tiempo puede volver hacia atrás o que no hay mañana posible. Sendas visiones son tendencias que tienen su centro en la añoranza, la primera, y en la decepción, la segunda, por lo que ambas tienden más bien al desánimo y la impotencia (sea por nostalgia o por desilusión) que al intento de elaborar y concretar proyectos económicos, políticos, sociales o teóricos de otro tipo en el plano laboral. Frente a esto, consideramos más apropiado abogar por nuevas respuestas teóricas y prácticas que enfrenten sin minusvalorar ni escamotear los extendidos mecanismos e implicaciones de la flexi-subjetivación y encuentren o fortalezcan parámetros alternativos a los hegemónicos, que flexibilizan pero no liberan.

Bibliografía

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  1. javieralegre.filo@gmail.com.
  2. nietajj@yahoo.com.ar.
  3. A partir de los estudios realizados por Foucault (2010, 2008), surge a finales de los ‘80s una línea de análisis sobre las organizaciones laborales: los estudios críticos de la gestión empresarial o critical management studies (como una escisión de la línea originada a mediados de los ’70 en la obra de Braverman (1983) sobre la teoría de los procesos laborales), que se preocupa por incluir temas generalmente ausentes en la teoría de la gestión clásica, como la sexualidad, el control psicológico y las formas de resistencia en las organizaciones (Knights y Willmott, 2007). El núcleo de sus críticas pasa por el ámbito de las subjetividades e identidades generadas en el ámbito laboral por la introducción de los nuevos modos de gestión; a partir de las tensiones presentes en los modos contemporáneos de organizar el trabajo, ponen en discusión el supuesto potencial emancipador de las prácticas laborales bajo el manto del management. Ante la distinción que establecen Boltanski y Chiapello (2002) entre dos grandes líneas teóricas de crítica al capitalismo, la crítica artística (basada en el desencanto, inautenticidad y falta de autonomía y creatividad que genera la economía de mercado) y la crítica social (centrada en la miseria, desigualdad, injusticia y destrucción de la solidaridad que genera el capitalismo), los critical management studies, al realizar una crítica intramuros de la gestión managerial, no se preocupan tanto por las consecuencias que las nuevas formas de gestión traen a nivel social, sino que hacen hincapié en lo que producen en las subjetividades que participan de los ámbitos en que la gestión corporativa se impone como regla. Y en este terreno exponen las contradicciones y el carácter engañoso de los discursos manageriales en la conformación de las subjetividades (Fernández Rodríguez, 2007).
  4. El último informe del INDEC sobre mercado de trabajo disponible al cierre de este artículo, correspondiente al segundo trimestre del 2020, refleja estadísticamente esta tripartición de la población económicamente activa con los siguientes guarismos: ocupados totales (no demandantes de empleo): 68,2% – desocupados: 13,1% – subocupados: 9,6% – ocupados disponibles o demandantes de empleo: 9,1%. Y dentro del 68,2% de ocupados totales, encontramos que un 39,5% del total corresponde a asalariados con aportes jubilatorios y un 28,7% a asalariados sin aportes o no asalariados (INDEC, 2020).
  5. Un ejemplo claro de esto es el espíritu que anima los planes sociales asistenciales vinculados al mundo del trabajo que se vienen ejecutando en nuestro país desde la consolidación del neoliberalismo en la década del ’90 (Plan Trabajar, Plan Jefas/es de Hogar, Plan Argentina Trabaja, PIL Empalme, etc.). Éstos son programas de utilidad social e inserción laboral (workfare) en que se otorga un subsidio mensual básico a pobres y desempleados a cambio de que realicen una contraprestación laboral o se capaciten para ingresar al mercado laboral. Es decir, la transferencia monetaria mínima depende de que el beneficiario pruebe su condición (pobreza, desempleo, hijos a cargo, etc.) y que demuestre que es activo en su intento de integrarse al mercado laboral, con lo que el eje de la situación de desempleo no se enfoca en las condiciones estructurales que lo generan sino que se direcciona hacia las acciones y responsabilidad de los beneficiarios de los planes.
  6. Es preciso señalar que en estos procesos no hay una dirección estricta única, arriba-abajo, sino que se generan múltiples retraducciones, modificaciones y retroalimentaciones en los diversos ámbitos y niveles A la forma particular que la racionalidad neoliberal adquiere y se metamorfosea en los sectores populares e informales, Gago (2014) le otorga la denominación de neoliberalismo desde abajo, para subrayar que “el neoliberalismo es una forma anclada en los territorios, fortalecida en las subjetividades populares y expansiva y proliferante en términos organizativos en las economías informales” (p. 14). No profundizamos aquí en este análisis, pero lo dejamos señalado como muestra de la inexistencia de un sentido unilineal, causa-consecuencia, en la conformación de las características que termina presentando el neoliberalismo en estos sectores.


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