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Actualizando las relaciones entre
Cuba y Estados Unidos

Del antagonismo a la cooperación

Romina Tejada y Ana Laura Washington

Introducción

Las relaciones entre Estados Unidos y América Latina enfrentan un cambio profundo, ya que las coordenadas de poder regional ‒con procesos diplomáticos y de cooperación‒ están viviendo un proceso de transformación. Se trata de un contexto enmarcado en un claro retroceso para los gobiernos de izquierda y, por tanto, hay una revaloración del simbolismo político que caracteriza la coyuntura actual. Las transformaciones que habían prosperado en la última década del siglo XXI ‒y que se contraponían al neoliberalismo de los años 90‒, tales como la Alianza Bolivariana de las Américas (liderada por Venezuela y Cuba), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) o la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, comienzan a perder fuerza. En contraste, ganan terreno nuevos Tratados de Libre Comercio y la emergencia de nuevos proyectos de integración, como la Alianza para el Pacífico, la cual claramente converge con los intereses norteamericanos y se nutre en la lógica neoliberal y librecambista.

Las cooperaciones con países como China y Rusia se presentan como mecanismos alternativos de concertación política, de financiación y de cooperación en diversas áreas (desarrollo económico, energía, infraestructura y salud). Los procesos de integración en la región también denotan una “diplomacia regional”, donde el liderazgo de UNASUR entra en pugna con el protagonismo de la Organización de Estados Americanos y busca desplazarla por concebirla como una institución y herramienta hegemónica de Estados Unidos para la resolución de conflictos y mediación en la región.

El reciente escenario entre ambos países se encuadra en lo que Nenoff (2015) ha caracterizado como una “actualización” de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos después de más de 50 años de disputa:

El objetivo proclamado por la llamada “actualización” es “un socialismo próspero y sostenible” […] A corto y mediano plazo las empresas estadounidenses seguramente estarán interesadas en estas oportunidades. Aunque la pequeña isla de Cuba en el sentido cuantitativo no representa un mercado de consumo importante, el predominio comercial de China por razones geopolíticas es una espina molesta para Estados Unidos, pues no solo pierde influencia a nivel mundial, sino incluso en Latinoamérica, donde tradicionalmente ha sido hegemónico […] Al utilizar la denominación oficial “actualización” en lugar de la palabra “reforma”, el gobierno cubano desea distanciarse de experiencias como las de Europa del Este, donde finalmente del intento de establecer un socialismo de mercado, solamente quedó el mercado sin el socialismo… (Nenoff, 2015: 8).

Planteando cómo y cuáles son las causas de esta “actualización”, se tomará como génesis de esta conceptualización los acontecimientos producidos desde los anuncios del 17 de diciembre de 2014 en adelante. Por lo cual el objetivo central de este segmento del libro es analizar las dificultades y los obstáculos que ambos países tuvieron que atravesar para normalizar relaciones. La consideración de trasfondo es que los procesos históricos y el rol de la integración latinoamericana han sido vitales para ese acercamiento. Interesa particularmente lograr determinar y comprender cuáles son los intereses en pugna y que motivaron la reorientación de la política norteamericana hacia la isla.

Se utilizará la metodología descriptiva y cualitativa ya que dicha investigación consiste, fundamentalmente, en caracterizar la situación concreta indicando los rasgos más distintivos o disímiles que han atravesado las crónicas de ambos países. La técnica realizada será la de análisis de contenido y la de observación indirecta porque la historia del arte proveerá un análisis más acabado de la nueva realidad de esta “actualización” para poder elaborar así una conclusión adecuada respondiendo a los interrogantes planteados. El tipo de investigación es explicativo-descriptivo, y en ella plasmamos la situación entre Cuba y Estados Unidos haciendo un breve repaso histórico, enmarcando a los países en cuestión en su contexto internacional, abocando la relación bilateral que conlleva a la crisis en sus relaciones y explicando la causa del cambio producido que restauró los vínculos bilaterales.

1. Breve reseña histórica de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos

Para remontarse en el tiempo al origen de las aspiraciones norteamericanas en el Caribe podemos decir que estas vienen dadas desde la misma constitución del país del Norte. Tanto Franklin como Jefferson, padres de la Independencia norteamericana, expresaron su interés por apoderarse de la isla (Spanier, 1991).

Los círculos de poder en Estados Unidos siempre han considerado que Cuba debe estar bajo su influencia, este ideal fue manifestado por todos los gobernantes a lo largo de la historia. Dos eran los motivos que justificaron dicha pretensión, según la información que nos brinda la Enciclopedia Colaborativa en la Red Cubana:

  1. En el plano político militar plantean que por su posición geográfica la isla desempeña un papel estratégico para la seguridad y defensa de su territorio norteamericano y sus vías de comunicación marítimas.
  2. En el plano económico la han codiciado por su clima, fertilidad del suelo y la existencia de importantes recursos naturales, así como los puertos y vías de comunicación por mar.

En 1823 J. Adams formuló la tesis que denominó “La Fruta Madura”, la cual representó las “leyes de gravitación” según las cuales Cuba, por su cercanía geográfica, debía caer en manos de los EUA. Según Chomsky ‒haciendo alusión a la tesis de Adams‒, había que esperar hasta que la fruta madure y caiga en manos de Estados Unidos, y es precisamente por esa razón que siempre estuvo en contra de que Cuba se liberara de España.[1] Ejerció enormes presiones sobre México, Colombia y otros países para impedir la liberación de Cuba. También se preocuparon por las inclinaciones democráticas y los movimientos de liberación nacional en Cuba que tendieron a liberar esclavos y luchar por la igualdad de los afrocubanos. Por diferentes razones, Estados Unidos se oponía desde principios del siglo XIX a la liberación de Cuba. Mantuvo esta posición hasta que, a finales de siglo, de hecho conquistó a Cuba y la convirtió en colonia, bajo el pretexto de liberarla de España. Y siguió efectivamente como una colonia estadounidense hasta que el gobierno de Fidel Castro llegó al poder en 1959 (Heinz Dieterich, 1998).

Este proceso lo desarrolla Spanier (1991). El autor relata que el gobierno revolucionario de Cuba se inició el 1 de enero 1959, cuando sus líderes derrotaron a la dictadura de Batista. Si bien Estados Unidos había ayudado a Cuba a liberarse de España a principios de siglo, de inmediato aprobó la Enmienda Platt, la cual le garantizaba el derecho a intervenir en cualquier momento en Cuba para la preservación de su independencia, la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual, y para el cumplimiento de las obligaciones cubanas contraídas en el tratado. Para 1934, momento en el cual se revocó la Enmienda Platt, Washington había intervenido militarmente tres veces y también había establecido una base naval en la bahía de Guantánamo. El capital norteamericano controlaba el 80% de los servicios cubanos, el 90% de sus minas y sus instalaciones ganaderas, casi todo su petróleo y el 40% del azúcar. No debería sorprender la creciente tensión social que emergía en el pueblo cubano.

Antes de que pasara mucho tiempo, el régimen se convirtió en una dictadura con control centralizado sobre todas las actividades del país. Se abolieron todos los partidos, excepto el Partido Comunista. La Unión Soviética le suministraba a Cuba grandes cantidades de armas y de asesores militares que las acompañaban, como ocurría con todos los países socialistas en ese entonces. Se establecieron relaciones diplomáticas con todos los países comunistas ‒excepto Alemania Oriental‒ y se firmaron acuerdos económicos con muchos de ellos.

En enero de 1961 Estados Unidos cortó relaciones diplomáticas con Cuba, tras una serie de consecuentes provocaciones. Castro era muy astuto como para arriesgarse a una ocupación norteamericana, buscaba ocupar un lugar importante en el escenario mundial y solo lo iba a lograr como un líder revolucionario que lograba enfrentarse a un gigantesco vecino que tenía como enemigo (Spanier, 1991: 123).

Sin embargo, no es hasta después de 1959 ‒con Fidel Castro y Ernesto Guevara con consignas como “Patria o muerte”‒ que varios países latinoamericanos se pronunciaron a favor de la revolución, de la reforma agraria y hasta cierto punto en contra de los Estados Unidos. Este último factor fue decisivo para los “rebeldes antiimperialistas latinoamericanos” que comenzaron a ver el comunismo como una solución ideal (Hobsbawm, 1995: 428).

Spanier hace referencia a la medida en que se consolidaba la relación de Cuba con la Unión Soviética; la administración Eisenhower comenzó a planear su derrocamiento. Con Kennedy, ya en 1961, intentó una especie de desembarco en Cuba para poder destituir a Castro, llevada a cabo por una pequeña fuerza de exiliados cubanos y guiados por la CIA. La idea era que una vez que los exiliados hubieran alcanzado la playa en Bahía de Cochinos, se los consideraría como libertadores, pero dicha operación resultó un fracaso (Spanier, 1991: 167).

Así, Cuba sobrevivió como base comunista desde la cual la Unión Soviética podía incomodar geopolíticamente a Estados Unidos. La posición norteamericana en el hemisferio occidental había sido notable, ya la Doctrina Monroe había anunciado que América Latina quedaba dentro de la influencia de Estados Unidos. El principal motivo de la intervención fue el temor de que una potencia europea pudiera establecer su influencia en un área que podría llamarse la “retaguardia estratégica” de América o, para usar una frase de Churchill, “su parte inferior vulnerable…”. Dicho de otro modo, Estados Unidos nunca toleró que los gobiernos latinoamericanos se inclinaran hacia Alemania o la Unión Soviética pero intentaba mostrarse ‒como dijo Roosevelt‒ como un “buen vecino” (Suárez Salazar y García, 2008).

Una vez que los soviéticos vieron que el régimen comunista era tolerado, comenzó la instalación de las bases misilísticas allí. Las consecuencias políticas y psicológicas del desafío limitado de Kruschev eran enormes, porque se podía ver afectada la distribución global del poder. Había presionado a Estados Unidos en el lugar equivocado y Washington no podía eludir la prueba de poder a la que había sido retado. Kennedy estableció un bloqueo alrededor de Cuba para evitar cualquier futuro embarque de misiles y exigió la remoción de los misiles ya emplazados. Finalmente, el Kremlin retrocedió tras la negociación que se mantuvo y en la cual Washington accedió también a hacer lo mismo con los misiles instalados en Turquía. A este conflicto debe atribuirse años de detente durante los cuales Estados Unidos declararon públicamente que no iban a invadir Cuba. Norteamérica había obtenido una gran victoria táctica, pero Moscú no había sufrido un trastrocamiento estratégico (Spanier, 199: 127).

2. La política exterior en clave bilateral

El neorrealismo proporciona el marco general para entender la política exterior del gobierno de Castro. En su teoría insiste en que los Estados son los actores más importantes de la política mundial, que su comportamiento es racional y que los Estados aspiran a obtener poder ante un sistema internacional carente de autoridad centralizada eficaz, es decir, anarquía internacional (Domínguez, 2004: 257).

La alianza de Cuba con Moscú forjada a finales del 59 y especialmente en los años 60 respondía al principio de contrarrestar la influencia de Estados Unidos. Los líderes cubanos entendieron que la supervivencia de su gobierno se cimentó en dicha alianza, que capacitó a cuba para sobrevivir a la acometida de Estados Unidos durante los 70, y sobre todo para lanzar su programa de recuperación y desarrollo económico. El desplome de la Unión Soviética y del bloque comunista en Europa del Este quebró la economía cubana. Principalmente, por la eliminación de todas las subvenciones soviéticas para las exportaciones de azúcar. El gobierno cubano comprendió que el sistema internacional había cambiado (Domínguez, 2004: 257).

Fueron dos los factores generales que caracterizan o explican su política exterior norteamericana hacia Cuba después de los años 90. Concordando con el análisis de Spanier (1991), el primero de ellos fue que la Unión Soviética había desaparecido y con ella perdió vigencia la lógica de la Guerra Fría. En segundo lugar, un cambio ideológico se apoderó de la política de Estados Unidos.

La administración Clinton hizo de la ampliación de la democracia uno de sus principios fundamentales (Suárez Salazar y García, 2008). Pero también es cierto que los lobbies cubano y norteamericanos de derecha se organizaron mejor. La Fundación Nacional Cubano Americana (creada en 1981 con apoyo de la administración Reagan) hizo tres aportes a las políticas de exilio cubano-norteamericanas: a) proporcionó un instrumento no violento a la militancia anticastrista; b) canalizó los recursos financieros y humanos a comités de acción política enormemente especializados, y c) aprendió a trabajar con políticos demócratas y republicanos de Estados Unidos (Domínguez, 2004: 261).

La política exterior cubana planteó que uno de sus objetivos fundamentales era redefinir las relaciones con Estados Unidos. Tanto el gobierno de Fidel Castro como el de su hermano y sucesor, Raúl Castro, han exteriorizado en repetidos momentos la disposición constante a negociar. A su vez, han demostrado su predisposición a colaborar con Estados Unidos en temas de interés común (Alzugaray, 2015: 3).

3. La cambiante coyuntura latinoamericana: el retroceso de los gobiernos de izquierda y el resurgimiento de las políticas neoliberales

Durante el último tercio del siglo XX se sucedieron diversas crisis políticas, sociales y económicas que contribuyeron a la transformación del sistema capitalista, la expansión de las economías de mercado, y que acentuaron su naturaleza global como sistema de acumulación. En América Latina hubo cómplices para que ocurriera esa transformación que suponía un achicamiento del Estado, las dictaduras militares y sectores de la burguesía local facilitaron la apertura de un proceso de endeudamiento que limitó progresivamente el camino al desarrollo económico. El resultado de este proceso significó un renovado ciclo de apertura, de deterioro del tejido industrial local y una dependencia comercial y financiera respecto del mundo. Si bien se logró mayor estabilidad política, los modelos de desarrollo económico se han caracterizado por sus discontinuidades y la falta de éxito.

En este contexto, y como resultado de las políticas neoliberales derivadas del Consenso de Washington, fue aflorando a principios del siglo XXI una heterogénea y masiva oposición al neoliberalismo en los diferentes países de la región. En los trabajos de Arrighi (2009), el neoliberalismo es presentado pura y sencillamente como una contrarrevolución del capital.

En la actualidad, mientras que Estados Unidos implementa políticas orientadas a proteger sus intereses, China está reuniendo los recursos para eclipsar la influencia de Estados Unidos en muchas regiones del mundo, y América Latina es una de ellas (Katz, 2014: 13). La disminución de acción hegemónica norteamericana se circunscribe a las maniobras de política exterior hacia la región pero también al uso de la Organización de Estados Americanos para intervenir en el continente. Esto no niega, sin embargo, que la tensión entre Beijing y Washington sea contenida por una creciente cooperación económica y financiera entre ambos, solo que claramente Estados Unidos debe lidiar con una influencia en la región a la que no estaba acostumbrado, la de China, que ahora pasó a ser un socio central de la mayoría de los países de la región.

No se trata de situar a China desde un punto de vista de privilegio frente a Estados Unidos, pero es evidente que la potencia asiática interpreta un rol manifiesto en el continente americano. Por otro lado, China no está sola. La lógica de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y la consolidación de bloques económicos regionales y esquemas de cooperación intrarregional dan la pauta de una reducción en la capacidad de influir de los Estados Unidos en la región.

No obstante, la relación de la región con emergentes en la medida que estos consolidan su rol como potencias y países centrales pasa a adoptar mayores rasgos de asimetría de poder. Por tanto, ya no serían esquemas de cooperación Sur-Sur sino que, por el contrario, se reproducirían las viejas lógicas de subordinación Norte-Sur.

Ninguno de estos Estados está animado por una ideología global, como lo estaba la Unión Soviética. Ninguno se presenta como un modelo alternativo. Todos han aceptado, en mayor o menor medida, la economía de mercado. Pero ninguno piensa en transigir con sus intereses nacionales (Gresh, 2008).

La “vuelta” del Estado como actor internacional estratégico y la defensa del interés nacional representan una novedad para las relaciones de poder en el siglo XXI, pero esto no significa necesariamente más democracia o proyectos emancipadores. Y América Latina debería leerlo en esa dirección: cambian los jugadores pero las reglas del juego son las mismas. En ese sentido, en los primeros años del siglo XXI, la emergencia de nuevos gobiernos en la región de “izquierda” o también denominados “nacionales y populares” parecen haber retomado la senda de generar pensamientos críticos propios y políticos orientados a maximizar autonomía en pos de una modernización económica. Esta nueva orientación política fue la promotora de fortalecer los esquemas de integración y cooperación regional, e incluso apostó a nuevos espacios de concertación, como UNASUR, e incluso marcó el fracaso del ALCA.

No obstante, esa posibilidad comienza a diluirse en el tiempo ante los cambios acontecidos entre mediados de 2015 y nuestros días. No se trata solamente de los espacios de poder que están ganando gobiernos conservadores en América Latina, sino también de iniciativas neoliberales que operan por medio de los Tratados de Libre Comercio que vuelven a poner en jaque las estructuras productivas locales, a deteriorar los tejidos industriales, los intercambios intraindustriales y a limitar las posibilidades de impulsar procesos de desarrollo económico con altos niveles de inclusión social.

La búsqueda de un orden social alternativo en muchos casos se confunde con una actitud anti-imperialista o simplemente contra-hegemónica. Fuera de todo idealismo, el estudio crítico de estos procesos instituye el inevitable punto de partida para un reconocimiento de las alternativas que tiene la región. En presencia de los recientes sucesos que promueven la autonomía de la región latinoamericana, caracterizados por un renovado hincapié en la convergencia política, institucional y económica ‒en los que ya participa Cuba‒ provocan que el aislamiento se cuestione en los diferentes foros latinoamericanos.

Así, el tema del bloqueo contra Cuba estaba en el foco del debate sobre la reestructuración del orden hemisférico occidental. Esta situación planteó un escenario de tensiones y conflictos que giraron en torno a una demanda unísona en la región: la reincorporación plena de Cuba al sistema interamericano y la consecuente transformación profunda de la política exterior estadounidense hacia la región.

A consecuencia de esto Estados Unidos desarrolló un cambio en su política exterior hacia la más vieja de las revoluciones progresistas del continente. Entonces surge la siguiente pregunta: ¿cómo lo interpretamos y qué posición adoptamos desde América Latina? Existen al menos tres precedentes históricos para el giro de la política norteamericana: a) la Política del Buen Vecino de Roosevelt; b) la Alianza para el Progreso de Kennedy, y c) las políticas de protección de los derechos humanos de Carter.

El ciclo progresista que venció en la mayor parte de las elecciones presidenciales latinoamericanas en los últimos 15 años, en reacción al desmantelamiento de los Estados bajo la égida del Consenso de Washington, llega en una situación de agotamiento no solo por las consecuencias del reflujo de la crisis de 2008, sino también debido a una nueva ofensiva de las fracciones de clase que aún sustentan al proyecto neoliberal en este continente, como recién se mencionaba.

Se presenta como uno de los mayores interrogantes que la región debe enfrentar qué pasará ahora con esta reconfiguración de la política latinoamericana basada en la “Patria Grande”, y con los logros de un preponderante regionalismo, ante la presencia de nuevos gobiernos con tintes neoconservadores, afines a las políticas neoliberales que habían sido las rechazadas por las antepuestas presidencias. Como plantea De Gori (2016): 

La regionalización de la victoria macrista permitió la resignificación de otros sucesos, como la derrota del chavismo en las elecciones legislativas, la de Evo Morales en su referéndum y el acceso de Temer a través de un impeachment contra Dilma Rousseff […] Pero lo que parece una “bola de nieve” no responde ni a un camino necesario ni a un “viento de cola” del neoconservadurismo regional, sino a dilemas o contrariedades generales que han atravesado a todos los gobiernos.[2]

Con respecto al destino de instituciones como la Unión de Naciones Suramericanas y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños ‒desde ya fundamentales para la consolidación de la autonomía latinoamericana en el escenario regional e internacional‒, se reconoce que el capital político de los liderazgos regionales fue clave en el proceso de su génesis y que también lo será para seguir ganando espacio de poder frente a potencias como Estados Unidos, pero también frente a actores extrarregionales como China, Rusia o potencias europeas.

Claramente las acciones más importantes, no obstante, se darán en el campo económico, aunque no por eso deja de tener peso lo ideológico y lo político. El fortalecimiento del MERCOSUR, operado en los últimos años, a partir de políticas “neodesarrollistas” y de empoderamiento local, se podría transformar en el principal obstáculo o resistencia a las políticas neoliberales. ¿Estos gobiernos neoliberales pondrán el foco en procesos de integración más acordes con los Tratados de Libre Comercio? ¿Volverán las recetas del principal instructor del neoliberalismo, el Fondo Monetario Internacional? Por el momento se comienzan a ver indicios que responderían positivamente a las preguntas planteadas.

Ante estos últimos cambios políticos latinoamericanos la economía cubana enfrenta el desafío de reconfigurarse, porque ante el giro de la política norteamericana se abre un nuevo frente para su inserción comercial y política internacional. El cambio de contexto latinoamericano de principio de siglo XXI ha favorecido sin lugar a dudas a revertir el aislamiento de Cuba, ya que es evidente que los países latinoamericanos juntos ostentan más fuerza y condición de negociación, pero separados quedan a merced de los intereses de los más poderosos.

4. El deshielo entre Estados Unidos y Cuba: ¿una nueva era de cooperación?

Antes del anuncio del 17 de diciembre de 2014 los objetivos cubanos con respecto a Estados Unidos eran: a) el levantamiento del bloqueo económico, comercial y financiero; b) que se quite a Cuba de la lista de Estados promotores del terrorismo (elaborada anualmente por el Departamento de Estado); c) el cese de la actividad subversiva contra el país; d) la liberación de los cinco agentes antiterroristas detenidos en cárceles norteamericanas, y e) el restablecimiento de las relaciones diplomáticas (Alzugaray, 2015).

En lo que respecta a Estados Unidos, se debe comprender que cualquier gobierno que planeara modificar una política como esta debía demostrar decisión firme y estar dispuesto a enfrentar el costo de dar pasos de acercamiento, porque este accionar político está embebido en la cultura política estadounidense por numerosos factores, inclusive psicológicos. Además, no debemos olvidar que era una política de Estado, refrendada por dos leyes del Congreso, la Torricelli y la Helms-Burton (Alzugaray, 2015: 19).

Sin embargo, hay que destacar los cambios económicos realizados por Raúl Castro y el rol relevante de Cuba en las relaciones interamericanas que se ha ido incrementando desde su llegada al poder. Ejemplo de esa tendencia fue la Cumbre de Cartagena en 2012, en la cual se le planteó a Estados Unidos que sin solucionar el problema de las relaciones con Cuba se le dificultaría alcanzar viejos y nuevos objetivos en la región. En 2015, en la VII Cumbre de las Américas, el presidente Obama hace hincapié en acercar relaciones con la isla dejando de lado cuestiones ideológicas. Por su parte, Castro responsabiliza a Estados Unidos de lo sucedido en Cuba pero excluye al mandatario norteamericano de esa responsabilidad.

A este pragmatismo y a esta muestra de confianza se le suma la tan esperada decisión de restablecer relaciones diplomáticas e iniciar el camino hacia el levantamiento del bloqueo, prometida por el presidente Obama en su discurso y a su vez aceptada por el presidente Raúl Castro. Es inevitable pensar que este es un logro de la política exterior cubana pero que se actuó con realismo y pragmatismo para aceptar que aún no podrían negociarse los otros objetivos cubanos mencionados up supra.

En definitiva, podríamos decir que hubo un viraje radical en las relaciones bilaterales y los efectos de estos cambios tienen consecuencias históricas para las dos naciones y para el sistema de relaciones internacionales en su conjunto, pero especialmente en el continente.

El conflicto norteamericano-cubano ha formado parte del imaginario de resistencia, de revolución y de lucha contra el capitalismo de las fuerzas de izquierda en la región. Cuba aportó el mayor ideario de transformación social a varias generaciones de latinoamericanos y, en rigor, en los 60 el castrismo rompió todos los dogmas al demostrar que un proceso socialista era posible en el continente (Katz, 2014). Con lo cual, la decisión de la administración Obama de avanzar en el proceso de acercamiento con Cuba, restableciendo relaciones diplomáticas y consulares, y adoptando medidas que flexibilizan las sanciones abre una nueva era no solo para las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, sino también entre Estados Unidos y la región. La posición de Obama se plasmó en su discurso del 28 de septiembre de 2015 ‒ante la Asamblea General de las Naciones Unidas‒, en donde hizo una constatación lúcida sobre la política exterior de Estados Unidos hacia Cuba:

Durante 50 años, Estados Unidos aplicó una política hacia Cuba que fracasó en mejorar la vida del pueblo cubano. Hemos optado por un cambio. Todavía tenemos diferencias con el gobierno cubano. Seguiremos defendiendo los derechos humanos. Pero abordamos ahora estas cuestiones mediante relaciones diplomáticas, un comercio en alza y lazos entre los pueblos. Mientras estos contactos se fortalecen día a día, estoy convencido de que nuestro Congreso levantará inevitablemente un embargo que ya no debería existir… (ACNU, 2016: 4).

Tras el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, en diciembre de 2014, la “actualización” llega a un nuevo punto álgido con motivo de la visita del presidente Barack Obama a Cuba y su encuentro con su homónimo Raúl Castro, en marzo de 2016. Así, Obama se convirtió en el primer mandatario estadounidense en actividad en visitar la isla desde 1928, momento en que lo hiciera Calvin Coolidge.

Hubo importantes avances positivos que se fueron plasmando en los acuerdos celebrados entre instituciones universitarias, se realizó la primera apertura de un hotel de bandera norteamericana después de 50 años, Master Card comenzó a operar en bancos cubanos y también llegaron delegaciones de pequeñas empresas cubanas a Estados Unidos en busca de inversiones y acuerdos comerciales. Del mismo modo, grandes empresas estadounidenses ya piensan en negociar el desembarco en la isla, puntualmente se destacan IDT, Apple, Netflix, American Express.

En efecto, más allá de la dimensión política, la progresiva apertura al exterior de Cuba tiene importantes implicaciones económicas. El gobierno cubano exhibe una decidida vocación por atraer la inversión extranjera para disminuir el número de importaciones del país, y sobre todo desarrollar nuevas fuentes de empleo, tener acceso a nuevas tecnologías y obtener los aportes financieros que, como resultado del bloqueo, Washington tiene en gran parte vetados.

Desde la aprobación de una nueva Ley de la Inversión Extranjera, en marzo de 2014, se abrió la veda a un importante número de oportunidades de inversión en sectores tales como transporte, turismo, energía, sanidad y telecomunicaciones. Los principales países del mundo buscan ganar un lugar para colocar sus empresas como candidatas a potenciales proyectos en Cuba. Para fomentar estas inversiones, el Ejecutivo cubano sancionó una serie de incentivos fiscales a las empresas que resuelvan invertir en el país, fundamentalmente si son de carácter mixto con compañías locales o por la senda de las asociaciones económicas internacionales, pero también en proyectos con capital 100% extranjero de forma excepcional (Lamet, 2016). Cabe destacar que de esas medidas adoptadas se destaca particularmente la exención de 8 o 10 años en el impuesto sobre utilidades.

Además, es importante ver cómo se está transformando el comercio cubano y las implicancias que tendrá la Zona Especial de Desarrollo de Mariel ‒creada en 2013‒, ya que las empresas tendrán más incentivos fiscales que en el resto del país. Por su ubicación geográfica, podría convertirse en punto fundamental para el comercio entre Asia, Europa, Centro y Suramérica, el Caribe y América del Norte. Según un estudio de la Promotora de Comercio Exterior (Procomer), Cuba ofrece tres oportunidades concretas para los bienes y servicios que ofrecen los empresarios nacionales. La primera oportunidad se relaciona con el sector turístico, dado que en 2015 Cuba recibió 3,5 millones de visitantes y el sector ha venido creciendo un 17% anual. Otros campos promisorios podrían ser la infraestructura hotelera que está en desarrollo con proyectos de capital europeo, y las compras del gobierno para el consumo de su población de 11,2 millones de habitantes (Rodríguez Valverde, 2015).

Ambos gobiernos también reconocieron que se han dado pasos significativos hacia una mayor cooperación en la protección ambiental, la aviación civil, el correo postal directo, la seguridad portuaria y marítima, la salud, la agricultura, los intercambios educacionales y culturales, y temas regulatorios.

A pesar de las últimas medidas del presidente Obama que cambian algunos mecanismos de la aplicación del bloqueo, entre ellos el uso del dólar, aún no se han podido concretar transacciones internacionales en esa moneda. Para normalizar las relaciones bancarias entre ambos países, se le debe permitir a Cuba abrir cuentas de corresponsalía en instituciones financieras estadounidenses. De lo contrario, va a ser preciso seguir triangulando los pagos entre ambos países, lo que eleva los costos para todos los involucrados.

Cuba está en proceso de apertura al mundo. Consecuentemente, al concretarse estos cambios económicos se pasará a tener una mayor participación en los flujos comerciales de la región y será un socio comercial importante. El gobierno cubano volvió a insistir en el levantamiento del bloqueo, ya que es una prioridad, y que afecta a los cubanos y sus vínculos con terceros países, incluido los Estados Unidos. Es ineludible el carácter extraterritorial del bloqueo y el alcance que tiene esta política más allá de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. La cuestión del bloqueo es otro contrapunto que se ha mantenido estático a pesar de la actualización, así como también la necesidad de la devolución del territorio ocupado ilegalmente por la Base Naval en Guantánamo, como elemento prioritario para la normalización de las relaciones. Es el único caso en el mundo de una base militar que está radicada en un territorio arrendado a perpetuidad. Asimismo es el único caso de una base que se mantiene ocupada en contra de la voluntad del pueblo y el gobierno de ese país.

Indudablemente, este nuevo capítulo entre Estados Unidos y Cuba hoy enfrenta una encrucijada dado el proceso electoral en el Norte. El resultado electoral impactará de forma decisiva en el devenir de las relaciones bilaterales. Una victoria del candidato republicano podría poner en riesgo esta nueva fase de cooperación. En contraste, la eventual victoria de Hillary Clinton auguraría la continuación del proceso político iniciado con la administración Obama.

Conclusión

A lo largo del análisis se buscó hacer foco en la lógica conceptual de la “actualización” aplicada al caso en estudio, que han sido las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Se trata de un escenario nuevo y, por lo tanto, trae interrogantes a futuro. La respuesta a esos interrogantes permitirá ir comprendiendo el devenir de la política exterior de Estados Unidos hacia la isla, pero también la orientación externa que desde la Habana se ha adoptado.

En este sentido, para Cuba además de ser una “victoria” política de gran envergadura, este acercamiento a Estados Unidos también conlleva importantes desafíos, sin dejar de lado que el punto clave es avanzar en las relaciones bilaterales y, simultáneamente, estar atentos al impacto en la sociedad cubana de los objetivos primordiales que se ha planteado el gobierno. Por el momento, solo se puede estimar que al disminuir las presiones sobre el Estado cubano de los últimos 50 años, la isla tiene la posibilidad de beneficiarse para concretar lo que Raúl Castro ha definido como la asignatura pendiente: la economía. En sus propias palabras:

… para lo cual tenemos el deber de encarrilarla definitivamente hacia el desarrollo sostenible e irreversible del socialismo en Cuba. Considerando las importantes transformaciones asociadas a la actualización del modelo económico y social y su conceptualización, en la Constitución hay que reflejar todo eso que vamos haciendo, discutir con la población y votarlo en referéndum…[3]

Recapitulando en torno al análisis relativo al plano de lo económico que precede, definir una agenda a favor del desarrollo económico y social en esta “actualización” de las relaciones se vuelve una máxima prioridad. Emergen interrogantes a estas reformas donde se alega que las transformaciones económicas que están teniendo lugar en Cuba abren camino al capitalismo. En otras palabras, el trasfondo del dilema también atraviesa la concepción más pura de la legitimidad de cualquier “revolución”, y su valoración es específicamente transcendental desde lo cultural, social y discursivo de la política cubana. La región entera observa con mucha inquietud el devenir de las relaciones entre Washington y la Habana porque en cierta manera esa tendencia demarcará también el horizonte de las relaciones de Estados Unidos con toda América Latina.

Pero al mismo tiempo, es necesario considerar qué implicancia tendrá el vuelco hacia el mercado, ya que sobre todo implica la aceptación de medidas que pocos anhelan y claramente todos perciben. ¿Puede haber una apertura económica sin una apertura política? ¿Puede el mercado fortalecer una sociedad civil que no puede ejercer presión sobre el Estado? Es aquí donde incluir a los ciudadanos en la conducción de su futuro es la proeza inherente contra los riesgos que pueden acarrear las reformas económicas. En la actualidad el rol ciudadano es vital para evitar que el pueblo cubano continúe ajeno al régimen político y quede fuera de las transformaciones mencionadas.

En esta “actualización”, son variados los desafíos, no solo en la gestión y dirección de la economía, sino que indudablemente serán institucionales, sociales, políticos y en el plano subjetivo. Sin un cambio en las mentalidades resulta difícil librase de las secuelas de las “herencias” del modelo soviético, así como eclipsar la ambigüedad entre las funciones del Estado y el Partido y la fusión entre el Estado y el gobierno. Sin ir más lejos, del otro lado del mundo el Partido Comunista Chino está lidiando con estos dilemas. Es necesario quebrantar las barreras creadas por la inercia, el inmovilismo, la indiferencia e insensibilidad que arrastraron las experiencias anteriores a este nuevo escenario, porque no solo se trata de sobrevivir y actualizar el funcionamiento del modelo sino que, sobre todo, se requiere una concepción integral sobre el futuro del país: un modelo de desarrollo económico e inclusión social. Apuntalar los pilares para una democracia cubana debería ser el punto de partida y no de llegada.


  1. Heinz Dieterich, Steffan (1998), Cuba ante la razón cínica, Editorial Txalaparta s.l.: Tafalla.
  2. De Giori, Esteban (2016), “Debilidades de izquierda y ascensos neoconservadores”, Revista Nueva Sociedad, Sección de Opinión, disponible en: https://goo.gl/Jd69Au, consultado el 5 de agosto de 2016.
  3. “Según Raúl Castro, levantar el bloqueo será una lucha difícil”, diario Perfil, consultado el 21/10/2016. Disponible en: https://goo.gl/0h14ZH.


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