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Anexo

Breve nota sobre la pandemia del COVID-19

A fines de 2019 y comienzos de 2020, apareció en Wuhan (China) un nuevo virus, identificado pronto como COVID-19, es decir, un tipo de coronavirus. En unos tres meses, el virus se extendió a casi todo el planeta; el 11 de marzo del mismo año, la Organización Mundial de la Salud declaró que se estaba en una situación de pandemia mundial. Los gobiernos nacionales comenzaron a cerrar las fronteras, establecieron cuarentenas y trataron de controlar el flujo de personas y mercancías para prevenir y evitar el contagio de las personas. Los sistemas de salud experimentaron una enorme presión y tuvieron que adaptarse rápidamente a la situación de pandemia. Y a ello se le sumó el cierre de actividades económicas, particularmente aquellas que implicaban aglomeraciones y concentraciones de gente. Como ya se dijo, en tres meses el COVID-19 había dado la vuelta al mundo, y estaba en todas partes. La rapidez de la difusión iba en paralelo a la globalización en los transportes y las comunicaciones; nótese que la peste bubónica había tardado unos 16 años en llegar desde China a Italia, entre 1331 y 1347, mientras que las pandemias de cólera, durante el siglo xix, habían hecho su recorrido a lo largo de varios años. Por otra parte, solo la pandemia de gripe española en 1918-1919 había tenido una difusión verdaderamente planetaria, tocando todos los continentes y dejando por fuera solo unas pocas regiones.

El COVID-19 es una zoonosis, es decir, un patógeno que pasa de una especie animal a los humanos; al menos, este es el origen más probable, aceptado por la mayoría de la comunidad científica. Como zoonosis, se ubica a la par del VIH-sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida), un virus que pasó de cierto tipo de simios a los humanos, primero en poblaciones africanas y luego de ahí a Estados Unidos, Europa y el resto del mundo. Los primeros casos fuera de África aparecieron en 1981, y hubo que esperar a 1983 para que los científicos determinaran su origen viral; poco a poco, se fueron desarrollando tratamientos efectivos y, aún hoy, en 2022, se está a la espera de una vacuna. La epidemia del VIH-sida no se convirtió en pandemia porque, una vez identificado su origen y las formas de transmisión, fue relativamente fácil prevenirla y quedó circunscrita a grupos y comportamientos muy específicos.

En 1992, el Instituto de Medicina de los Estados Unidos acuñó el concepto de “enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes” para hacer referencia a enfermedades infecciosas de reciente descubrimiento, y a las ya conocidas consideradas controladas, y en franco descenso o casi desaparecidas, que volvieron a emerger. En casi todos los casos, estas enfermedades emergentes son zoonosis. Entre las más conocidas, podemos mencionar la gripe aviar, la gripe porcina, el eve o ébola, la enfermedad de Chagas, el dengue, el nipah, el zika, la chikunguña, el ya mencionado VIH-sida, la influenza en sus diferentes cepas, y la reaparición de la tuberculosis. Aunque las causas de la aparición y difusión de las enfermedades infecciosas emergentes son múltiples, no hay dudas de que el cambio climático, las afectaciones ocasionadas al medio ambiente por la expansión industrial y urbana, y el aumento en las densidades poblacionales tienen un peso, quizás cada vez mayor, en la explicación. Parece pertinente notar que solo tenemos un conocimiento muy parcial de las complejas relaciones entre las poblaciones humanas y las poblaciones de microorganismos. Para entender a fondo la aparición de las enfermedades infecciosas emergentes, y en particular la pandemia del COVID-19, este es, sin embargo, el marco general más apropiado.

Veamos enseguida algunos datos generales sobre la pandemia y su impacto en los países de América Latina y algunos otros países seleccionados, para obtener una perspectiva comparada. Los datos provienen de la base de datos compilada y publicada en la red por la Johns Hopkins University of Medicine. Las cifras indican casos observados (y acumulados) desde el inicio de la pandemia, a comienzos de 2020, hasta el 18 de febrero de 2022.

Perú ha sido el país latinoamericano más afectado; supera de lejos a los demás tanto en la tasa de mortalidad por cada 100.000 habitantes, como en el porcentaje de letalidad del COVID-19; por detrás vienen Brasil, Argentina, Colombia, Paraguay, Trinidad y Tobago, México, Surinam, Chile y Ecuador, con una mortalidad por COVID-19 situada entre 200 y 300 por cada 100.000 habitantes.

Cuadro A.1. Casos de COVID-19 observados en América Latina hasta el 15 de febrero de 2022 (casos, muertos por COVID-19, porcentaje de fallecidos y mortalidad cada 100.000 habitantes)

Países

Casos

Muertos

Porcentaje de enfermos fallecidos (letalidad)

Mortalidad cada 100.000 habitantes

Perú

3.449.712

208.466

6,0 %

641

Brasil

27.552.267

639.151

2,3 %

303

Argentina

8.747.601

124.349

1,4 %

277

Colombia

6.023.257

137.301

2,3 %

273

Paraguay

626.360

17.964

2,9 %

255

Trinidad y Tobago

120.900

3.531

2,9 %

253

México

5.292.706

312.819

5,9 %

245

Surinam

77.200

1.303

1,7 %

224

Chile

2.652.713

40.666

1,5 %

215

Ecuador

799.140

35.036

4,4 %

202

Bahamas

32.950

766

2,3 %

197

Uruguay

782.560

6.778

0.9 %

196

Panamá

742.850

7.950

1,1 %

187

Bolivia

885.000

21.314

2,4 %

185

Belice

54.518

632

1,1 %

162

Costa Rica

766.520

7.806

1,0 %

155

Guyana

62.265

1.196

1,9 %

153

Honduras

391.870

10.512

2,7 %

108

Barbados

51.895

299

0,6 %

104

Guatemala

735.957

16.643

2,3 %

100

Jamaica

127.163

2.750

2,2 %

93

Cuba

1.061.524

8.476

0,8 %

75

El Salvador

147.790

4.002

2,7 %

62

República Dominicana

569.702

4.347

0,8 %

40

Venezuela

505.950

5.549

1,1 %

19

Haití

29.983

807

2,7 %

7

Nicaragua

17.791

222

1,2 %

3

Fuente: bit.ly/3MZ8W5p (consultado el 20 de febrero de 2022).

El cuadro A.2, con países seleccionados fuera del ámbito latinoamericano, permite establecer comparaciones interesantes. Una incidencia fuerte, entre 200 y casi 300 por 100.000 habitantes, afecta a los Estados Unidos y a muchos países europeos; en otros ejemplos, como el de Nueva Zelanda, la incidencia es bajísima. En este último caso, la situación se explica, en parte, por la facilidad para cerrar sus fronteras de manera rápida y efectiva, la pronta respuesta del gobierno, el vigoroso sistema de salud, y la amplísima cobertura de la población vacunada, que llegó a un 90 % en enero de 2022. Volviendo a los casos latinoamericanos, Perú, México y Ecuador muestran una incidencia muy alta, en términos tanto de la mortalidad por cada 100.000 habitantes, cuanto de la letalidad del COVID-19, superior al 4 %. Países como Uruguay, Costa Rica, Cuba, República Dominicana y Barbados exhiben, en cambio, una incidencia baja. El registro de los casos de COVID-19 y la mortalidad dependen de la calidad de las estadísticas disponibles; sabemos bien que las cifras tan bajas de incidencia observadas en Nicaragua, El Salvador, Venezuela y Haití, por ejemplo, se deben a estadísticas deficientes e incompletas y no reflejan bien la realidad de la pandemia. Las cifras relativas a China en el cuadro A.2 deben verse con mucha precaución; como ya se dijo, ahí se inició la pandemia, y, si las cifras reportadas son confiables, ello indicaría que se logró un control total de la pandemia muy rápido, mientras que la letalidad sí fue muy alta, llegando casi al 4 %.

No es posible explicar completamente las razones del impacto tan diferenciado del COVID-19; ello, sin duda, será posible cuando haya concluido la pandemia y tengamos más datos y perspectivas. Por el momento, solo se pueden apuntar algunos factores que han contribuido, como la densidad y concentración de las poblaciones, las condiciones de hacinamiento de la vivienda y la pobreza, la capacidad de respuesta de los sistemas de salud, las políticas sanitarias frente a la pandemia y la actitud de la población. La comparación entre países también sugiere otros aspectos a considerar. Parecería que la pandemia ha sido más fuerte en los países ricos y desarrollados que en los países más pobres; ello podría deberse, si no es el caso de datos muy deficientes en los países subdesarrollados, a los efectos de la estructura de la población por edades. En efecto, el COVID-19 afecta sobre todo a los adultos y adultos mayores, y todos los datos disponibles indican que, en las primeras etapas de la pandemia, la mortalidad ha sido mucho más alta en los mayores de 60 años; a la edad se agregan factores de riesgo muy señalados, como la diabetes, las enfermedades pulmonares y cardiovasculares crónicas, y la obesidad, todas ellas muy presentes en las poblaciones adultas de los países más desarrollados. Sin embargo, estos efectos de la estructura de edades deberían considerarse tomando también en cuenta la cobertura de los sistemas de salud; un estudio reciente con datos de 22 países indica que, al parecer, cuando la cobertura es baja, como ocurre en varios países latinoamericanos, la incidencia de la mortalidad por COVID-19 en los menores de 60 años es considerablemente mayor que en los países donde hay una población más envejecida, pero una cobertura mucho mayor del sistema de salud.[1]

Cuadro A.2. Casos de COVID-19 observados en países seleccionados hasta el 15 de febrero de 2022 (casos, muertos por COVID-19, porcentaje de fallecidos y mortalidad cada 100.000 habitantes)

Países

Casos

Muertos

Porcentaje de fallecidos

(letalidad)

Mortalidad cada 100.000 habitantes

Estados Unidos

77.919.052

922.473

1.2 %

281

Bélgica

3.447.539

29.724

0.9 %

259

Italia

12.134.451

151.296

1.2 %

251

Reino Unido

18.475.373

160.166

0.9 %

240

Rusia

14.102.736

334.093

2.4 %

231

España

10.672.906

96.596

0.9 %

205

Francia

21.884.370

136.187

0.6 %

203

Suecia

2.397.330

16.501

0.7 %

160

Suiza

2.586.724

12.963

0.5 %

151

Alemania

12.628.843

120.227

1.0 %

145

Canada

3.202.987

35.572

1.1 %

95

China

125.667

4.857

3,9 %

0,35

Nueva Zelanda

31.089

53

0,2 %

1,08

Fuente: https://coronavirus.jhu.edu/data/mortality (consultado el 20 de febrero de 2022).

Otras características originales de la pandemia han sido el cierre económico de muchas actividades y el confinamiento de amplios sectores de la población, mucho más allá de la cuarentena de los enfermos; nada de esto se produjo en las pandemias anteriores, donde los controles se limitaban a aislar a los enfermos y cerrar puertos y fronteras en forma relativamente limitada. Otro rasgo distintivo ha sido la rápida identificación del virus y la muy pronta aparición de las vacunas, seguidas de campañas masivas de vacunación, lideradas por los gobiernos. El sector de la salud (médicos, enfermeros, técnicos, hospitales, etc.) también respondió con mucha rapidez, desde el diseño de tratamientos hasta la organización de salas especiales para tratar a los enfermos, incluyendo el incremento en la capacidad de las unidades de cuidados intensivos. Por supuesto que, en el balance final, la efectividad del sector de la salud tiene que ver con la cobertura; en este sentido, toda la evidencia disponible indica que los países con un sistema de salud público y fuerte han logrado reducir al mínimo el impacto de la pandemia.

Las pandemias siempre han provocado pánicos individuales y colectivos; la del COVID-19 no ha sido distinta de las anteriores. Un efecto interesante ha sido señalado por Hervé Le Bras en un artículo publicado en Le Monde el 9 de febrero de 2021; los temores desatados por la pandemia parecen estar en relación inversa con la letalidad del COVID-19. En 2020 el número de decesos en Francia aumentó en un 7,3 %, siendo las personas mayores de 75 años las más afectadas. Esta sobremortalidad atribuible a la pandemia resulta mucho menor que la ocurrida en el siglo xix durante las tres pandemias de cólera, la cual se ha estimado en un 16 %. El 7,3 % de sobremortalidad del COVID-19 en 2020 produjo, por su parte, una disminución de 6 meses en la esperanza de vida; esto quiere decir, por ejemplo, que el riesgo de mortalidad de una persona de 75 años es el mismo que el de una persona de 75,6 años cuando no existía el COVID-19. Este es un riesgo muy bajo, que no resulta fácilmente perceptible para la gran mayoría de las personas. Por todo esto, Le Bras señala el efecto inverso de un pánico muy alto frente a una letalidad que en realidad no es tan elevada; sin embargo, como hay personas que se están contagiando y muriendo por el COVID-19, a pesar de que el riesgo no sea en promedio tan alto, el temor de las personas sanas a contagiarse y morir sigue siendo muy elevado.

Los fenómenos de percepción subjetiva, tanto individual como colectiva, muestran así su propia trayectoria y se encadenan con la difusión mediática de la información, los hábitos culturales, la proliferación de las fake news y las innumerables teorías de la conspiración, en el contexto sociopolítico propio de cada país. El auge del teletrabajo y el triunfo de las GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple) desde los primeros meses del confinamiento han producido, además de notables facilidades, un horizonte incierto y mucho estrés personal. Consecuencias imprevistas, y a veces no deseadas, se han observado también en el comportamiento colectivo. Un ejemplo característico ocurrió en los Estados Unidos; el presidente Donald Trump habló del virus “chino” con la intención de reforzar la aprobación a su política de confrontación con China; el efecto fue, sin embargo, otro: una rápida expansión del racismo (contra los grupos asiáticos, extendido enseguida a los afroamericanos), y el movimiento antivacunas, también profusamente alimentado por las fantasías conspirativas y las fake news.

La rápida disponibilidad de pruebas para detectar el COVID-19 y, pocos meses después, de vacunas[2] también constituye una importante novedad durante el desarrollo de la pandemia. Procesos usualmente lentos de investigación y ensayos clínicos fueron acelerados, y los gobiernos dotaron a las empresas farmacéuticas de importantes recursos y facilidades para posibilitarlo. Las campañas de vacunación y la obligatoriedad de la vacuna se enfrentaron también a importantes resistencias. A pesar de la abundancia de pruebas contundentes sobre la efectividad de las vacunas para controlar la pandemia, en muchos sectores se ha planteado el dilema entre la seguridad sanitaria y la libertad. El hedonismo individualista que predomina en el mundo occidental ha contribuido, sin duda, a exacerbar estos sentimientos y actitudes, oportunamente abonados por la manipulación política de líderes populistas irresponsables.

La aparición de la variante ómicron en noviembre de 2021, con la particularidad de que ya no afecta tanto a los pulmones como a las vías respiratorias superiores, a pesar de que es muy contagiosa, parecería indicar que nos aproximamos al fin de la pandemia. Esto quiere decir que el COVID-19 pasaría a comportarse como una epidemia estacional, al igual que la influenza y otros tipos de gripe, usualmente prevenibles con una vacuna que se produce cada año tomando en cuenta precisamente las nuevas características del virus. La experiencia de la pandemia del COVID-19 ha mostrado una vez más la vulnerabilidad de la especie humana frente a los virus y otros patógenos, en un contexto donde resulta cada vez más evidente que la humanidad puede desaparecer sin que ocurra lo mismo con los virus. También ha ilustrado la fragilidad y las inequidades del sistema económico global. Joseph Stiglitz lo acaba de resumir en forma incisiva en un artículo que aparece en el número de marzo de 2022 de Scientific American:

Un feo nacionalismo ha sido desplegado por países que han logrado crear las vacunas pero mantienen las ganancias por encima de las vidas humanas, a pesar de sus consecuencias devastadoras para el resto del mundo. El resultado más significativo de la pandemia ha sido el empeoramiento de las desigualdades, tanto dentro de los Estados Unidos como entre los países desarrollados y los países en desarrollo. La riqueza global de los multimillonarios ha crecido en 4,4 trillones de dólares entre 2020 y 2021; al mismo tiempo más de 100 millones de personas han caído por debajo de la línea de pobreza. Cuán mala continuará siendo esta situación dependerá de la duración de la pandemia y de lo que hagan para controlarla los que toman decisiones.


  1. Fantin, Romain, Brenes-Camacho, Gilbert y Barboza-Solís, Cristina. “Defunciones por COVID-19: Distribución por edad y universalidad de la cobertura médica en 22 países”. Revista Panamericana de Salud Pública, 45 (2021): 1-9.
  2. Las vacunas de Moderna y Pfizer fueron aprobadas por la Unión Europea en diciembre de 2020 y enero de 2021, hoy (2022) hay cinco aprobadas y dos más en curso de aprobación; por otra parte, China, Rusia y Cuba han desarrollado sus propias vacunas.


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