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Epílogo

La transición demográfica: un proceso de cambio histórico global

Al final de este largo recorrido por una historia de 300 años, conviene intentar, siquiera en forma provisional, un balance y un resumen de los aspectos más relevantes.

Los datos básicos expuestos se pueden comprimir en los gráficos E.1 y E.2. En el primero se presentan la evolución de la población total y la tasa de crecimiento medio anual de la población, de 1800 a 2100. Como se puede ver, la población creció regularmente, entre 1800 y 1950; en esos 150 años, la población aumentó 9,6 veces, de algo más de 17 millones a 169 millones. Entre 1950 y 2050, la población se incrementó 4,5 veces, y, en los últimos 50 años del siglo xxi, se espera que disminuya en 0,89 veces. Esta trayectoria se refleja bien en las tasas de crecimiento medio anual. Las tasas fueron creciendo del 1 % anual a inicios del siglo xix hasta superar el 2 % anual en 1945; las oscilaciones en torno a estos valores obedecen básicamente a las fluctuaciones de la mortalidad. Luego de 1945 y hasta 1985, las tasas de crecimiento superaron con creces el 2 % e incluso casi llegaron al 3 % en las décadas de 1950 y 1960; luego comenzaron a descender regularmente hasta alcanzar el 1 % en 2015, y seguirán bajando gradualmente hasta volverse negativas en 2065. La explicación de estos movimientos reside en el descenso gradual y luego acelerado de la mortalidad, el efecto positivo de la inmigración hasta la década de 1970, y el negativo de la emigración desde finales del siglo xx, y la caída gradual pero firme de la fecundidad a partir de la década de 1960.

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Gráfico E.1. América Latina y el Caribe: población total y tasa de crecimiento medio anual (1800-2100). Fuentes: datos del anexo 1 y las proyecciones Cepal-CELADE, 2019.

El otro aspecto fundamental de todo este proceso aparece en el gráfico E.2; allí se presenta la evolución de la edad mediana de la población y, para mejor comparación, se vuelve a incluir la curva de la población total. Recordemos, para fijar las ideas, que, por ejemplo, una edad mediana de 18 años indica que la mitad de población tiene, en ese momento, menos de esa edad, mientras que la otra mitad tiene edades por encima de dicho valor. Es, pues, un indicar sintético pero muy preciso de la evolución del envejecimiento. Como se puede apreciar, hasta 1990, la edad mediana osciló entre 18 y 19 años; a partir de ese momento, comenzó a subir gradualmente, y se supone que llegará a 40 años en 2050 y a casi 50 años en 2100. Hasta 1990, hubo pues una población eminentemente joven, con un gran peso relativo de los niños y los jóvenes; luego de esa fecha, el envejecimiento ha sido gradual, en un proceso que se extenderá a lo largo de todo el siglo xxi.

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Gráfico E.2. América Latina y el Caribe: población total y edad mediana de la población (1800-2100). Fuentes: datos del anexo 1 y las proyecciones Cepal-CELADE, 2019.

El envejecimiento es el producto combinado del descenso en la fecundidad y el alza de la esperanza de vida al nacimiento (e0) por encima de los 70 años. En el conjunto de América Latina y el Caribe, la e0 (ambos sexos) pasó de 51,4 en 1950-1955, a 70,7 en 1995-2000; en 2045-2050 la e0 será probablemente de 80,5 y, a finales del siglo xxi, de 86,8 años. La tasa global de fecundidad, por su parte, era de 5,83 hijos por mujer en edad fértil en 1950-1955, y fue descendiendo luego a 2,77 en 1995-2000, hasta llegar a 2,12 hijos en 2010-2015; este último valor es el de la fecundidad de remplazo, es decir, el nivel de fecundidad que se requiere para que la población no disminuya de tamaño. Después de esos años, y en lo que resta del siglo xxi, la tasa global de fecundidad estará, con toda probabilidad, siempre por debajo de este nivel de remplazo. El efecto de este descenso sostenido será bien visible en 2065, cuando la población total de América Latina y el Caribe comience a descender.

Lo que acabamos de resumir para el caso latinoamericano ocurre también a nivel mundial. Los países desarrollados van adelante en el proceso; América Latina y Asia lo siguen, mientras que África lo continúa con más distancia; pero la convergencia global es indudable.[1]

Para concluir este resumen, me gustaría reflexionar sobre los factores históricos que han originado el proceso de transición demográfica que acabamos de caracterizar. Para ello, tendré en mente tanto el caso europeo, más avanzado y relativamente bien estudiado, como el caso latinoamericano, que lo sigue con distancia.

La transición demográfica requirió cambios en la sociedad como un todo, a diferentes niveles: la producción y la circulación de bienes materiales, las instituciones, las ideas, y la conducta de las personas. Se pueden distinguir cuatro aspectos diferentes: los bienes materiales, las ideas y el conocimiento, las instituciones, y la conducta de las personas, entre los cuales existen interacciones complejas y permanentes; un diagrama sencillo permite visualizar mejor lo que planteamos:

Los bienes materiales se refieren a los cambios originados por la industrialización, la modernización agraria, los transportes, los mercados, la urbanización, y la infraestructura urbana moderna. En América Latina la industrialización no tuvo un papel de vanguardia y fue débil; pero la modernización se desarrolló sobre todo a través de las exportaciones agrícolas y mineras; los otros cambios materiales mencionados estuvieron igualmente presentes.

Las ideas y el conocimiento se pueden ver en varias dimensiones: la alfabetización, la universidad moderna y la profesionalización, el desarrollo científico y tecnológico, la secularización, el surgimiento de una nueva cosmovisión (basada sobre todo en la ciencia), y la difusión de la prensa y los medios de comunicación de masas.

El cambio en las instituciones se tradujo en la expansión del Estado, la organización burocrática, el desarrollo de los sistemas de salud, incluyendo jubilaciones y pensiones, los cambios en las prácticas médicas, y la organización de sindicatos y otras formas de asociación de trabajadores y empresarios.

Por último, la conducta de las personas se refiere a modificaciones en los comportamientos de las familias y las parejas: adopción de prácticas higiénicas, cambio de valores, preferencias y actitudes (modernización), aceptación de la medicina moderna y los servicios de salud, uso de prácticas “antiguas” de control de la fecundidad, y sobre todo uso de contraceptivos “modernos” para regular el tamaño de la familia.

La interacción compleja de estos cuatro factores permite enmarcar, en el caso europeo, el descenso de la mortalidad, seguido a distancia por el de la fecundidad. Los procesos variaron mucho según países, regiones y culturas, y se escalonaron a lo largo del tiempo con ritmos diferenciales. Pero el resultado final, que se observa en el último cuarto del siglo xx, es notablemente convergente: una muy elevada e0, una tasa global de fecundidad que desciende al nivel de remplazo o menos, y un proceso de envejecimiento en pleno desarrollo. América Latina y el Caribe siguen ese mismo patrón, como se muestra en este libro, pero con al menos dos diferencias importantes. La primera se refiere a que los cuatro factores mencionados fueron transferidos desde Europa y los Estados Unidos a los países latinoamericanos; hubo, pues, procesos de adaptación importantes, incluyendo una incorporación imaginativa, y, en ciertos casos, una verdadera recreación de las “invenciones” importadas; pero eso no quita el hecho básico de que se trató, a lo sumo, de copias sutilmente recreadas. La segunda diferencia se refiere a la dinámica de los cambios en el tiempo: el descenso de la mortalidad y la fecundidad, y, por ende, el desarrollo del envejecimiento, fueron mucho más tardíos que en Europa y los Estados Unidos, y a la vez más rápidos, o, si se quiere, comprimidos en el tiempo. El ejemplo más notorio se encuentra en la caída de la fecundidad: basada sobre todo en la píldora anticonceptiva y la esterilización, en países como México, Brasil y Costa Rica, una vez desencadenado el proceso, apenas tardó unas pocas décadas en llegar al nivel de remplazo.

Estos cambios globales implicaron un conjunto de movimientos transnacionales y complejos procesos de difusión, que permiten entender, en cada caso, el significativo cambio en los comportamientos de las personas y las parejas; el descenso en la fecundidad, en particular, fue mediado por el cambio en las conductas, los valores y las preferencias de los individuos. La intervención del Estado fue también de enorme importancia, en especial en lo relativo al desarrollo de la salud pública, los servicios médicos y hospitalarios, y el sistema de pensiones, jubilaciones y seguridad social; en estas intervenciones del Estado, hay que destacar que el peso de las presiones y luchas de los trabajadores organizados fue también particularmente significativo.

La transición demográfica también se puede considerar en un contexto histórico de muy largo plazo, y ello permite resumir sus elementos básicos con un grado mayor de abstracción. Massimo Livi Bacci lo ha propuesto en una obra ya clásica.[2] La historia de las poblaciones humanas se puede ver como un conflicto o juego permanente entre las fuerzas de la elección y la restricción; la adaptación buscará el balance o equilibrio entre las restricciones que imponen el espacio, el clima, las patologías, la energía, etc., y las elecciones definidas por los patrones culturales de cada sociedad, las cuales determinan cómo se usan los recursos disponibles, a qué edad comienza la reproducción, qué proporción de gente entra a formar una familia, etc. De este juego de fuerzas, se derivan ciclos de expansión y declive de las poblaciones, y eventualmente de las civilizaciones.

La transición demográfica europea, iniciada con el descenso de la mortalidad y en paralelo a la Revolución Industrial del siglo xviii, se puede ver como un proceso de mayor eficiencia, economía y orden en la reproducción demográfica. Antes, las mujeres debían dar a luz a unos 6 hijos para asegurar, dado el nivel de la mortalidad, el remplazo en la generación siguiente; y el régimen era inestable debido a los aumentos súbitos de las muertes por epidemias o crisis alimentarias. Todo esto cambió al descender primero gradualmente la mortalidad y luego, bastante más tarde, la fecundidad. Durante un largo período, la reproducción se volvió eficiente, ordenada y económica, en el sentido de maximizar el uso de los recursos disponibles. Solo cuando la caída de la fecundidad se estaciona por debajo del nivel de remplazo, y se produce un envejecimiento pronunciado, la reproducción se vuelve a tornar ineficiente e inestable: si esta situación se perpetuara en el largo plazo, la población estaría condenada a la extinción.

La novedad histórica del envejecimiento, un fenómeno que tendrá alcance global durante la segunda mitad del siglo xxi, es uno de dos resultados particularmente críticos de la transición demográfica desde la perspectiva que es posible imaginar en 2021. El segundo tiene que ver con el volumen y la densidad de la población del planeta, y sus consecuencias ambientales. Como es sabido, el efecto invernadero aumentó en un 80 % entre 1970 y 2010; a ello han contribuido todas las actividades humanas (producción industrial, de energía, agricultura, transportes, etc.); pero se calcula que la mitad de dicho incremento es resultado únicamente del aumento en el número de habitantes.[3] El futuro de la humanidad se jugará, en buena parte, con los éxitos y fracasos que sobrevendrán al enfrentar estos dos desafíos.


  1. Reher, David y Requena, Miguel. “Revisiting mid-twentieth-century fertility shifts from a global perspective”. Population Studies, (2020). DOI: 10.1080/00324728.2020.1783454.
  2. Livi Bacci, Massimo. Historia mínima de la población mundial. Trad. Pentimalli, Atilio. Barcelona: Ariel, 1990., capítulos 2 y 4.
  3. Livi Bacci, Massimo. Un largo viaje. La Tierra y sus habitantes en 12 etapas. Trad. María Pons. Barcelona: Pasado y Presente, 2015., p. 191.


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