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6 Migraciones, diásporas
y transición demográfica

Las grandes líneas del poblamiento latinoamericano

Definiciones[1]

“Migración” es sinónimo de “desplazamiento”, en cualquier sentido: dentro de un país, de una ciudad a otra, de una zona rural a una urbana, de un país a otro, de un continente a otro, etc. Constitutivamente, incluye un aspecto espacial, también una dimensión temporal y, a la vez, un elemento referido a cómo se decide el movimiento, el cual puede oscilar entre la libre decisión de moverse y el desplazamiento forzado, con muchos matices y variantes intermedias. Las poblaciones humanas siempre se han movido, buscando otros lugares y oportunidades; este es un aspecto que podemos considerar como una capacidad innata de los humanos, practicada desde hace muchos miles de años hasta el momento presente.

Podemos llamar “diásporas” a todo tipo de migración forzada, basada obviamente en alguna forma de violencia, y reservar el término “migración” para caracterizar los desplazamientos voluntarios, originados en una gran variedad de motivaciones y presiones de tipo económico, social, político, etc. La distinción entre “migración internacional” y “migración interna” es habitual en los estudios demográficos; en el primer caso, se trata, obviamente, del desplazamiento entre países; en el segundo, de movimientos dentro del ámbito de un país; esta distinción solo tiene aplicación cuando existen Estados con fronteras delimitadas, lo cual ocurre, por lo general, solo en el período moderno. Otra distinción fundamental es la que se hace entre “inmigración” y “emigración”; situándose en un contexto espacial definido (país, región, provincia, ciudad, etc.), se trata en el primer caso de las entradas o llegadas, y, en el segundo, de las salidas; lo que más interesa, en todo caso, es el balance entre entradas y salidas, lo cual dará la inmigración o emigración neta. En ambos casos, es usual calcular tasas refiriendo las cifras netas de entradas o salidas a la población total en cuestión y multiplicando por mil; obtenemos así tasas brutas de inmigración o emigración, enteramente parecidas a las de natalidad y mortalidad.

Conviene notar que las migraciones constituyen un fenómeno muy complejo, mucho más difícil de observar y medir que la mortalidad y la natalidad, tanto por la naturaleza misma del fenómeno, como por la dificultad de registrarlo adecuadamente, al ser algo que transcurre en el tiempo, que puede ocurrir una vez o repetirse varias veces, y que también puede ser reversible, es decir, un migrante puede retornar a su lugar de origen. Dicho de otro modo, la migración no se presta mucho a la formalización, típica del análisis demográfico de la fecundidad, la mortalidad y el crecimiento poblacional. Así las cosas, resulta entendible la ausencia del tema de las migraciones en el concepto de “transición demográfica”; en este caso, el razonamiento demográfico se ha desenvuelto enteramente suponiendo una población cerrada, es decir, sin migraciones o con migraciones que no afectan gran cosa los resultados finales. Sin embargo, este es un supuesto muy poco realista: la transición demográfica europea ocurre precisamente en una época de emigración internacional masiva. En este capítulo vamos a tratar el tema, ya que, en la historia de América Latina, las migraciones no pueden dejarse de lado.

El espacio es un aspecto fundamental en todo tipo de migración, por lo cual afecta la naturaleza misma del fenómeno; como es bien sabido, el espacio y la localización son partes constitutivas de la geografía y otras disciplinas relacionadas, como la planificación regional (urbana y rural), el ordenamiento territorial, la ecología y la sociología. Territorios y fronteras son probablemente los aspectos que más interesan en el caso de las poblaciones y las migraciones; ambos tienen una definición que es ante todo política y se relacionan directamente con el poder del Estado: control del territorio y dominio exclusivo, es decir, soberano, y reconocido dentro del espacio delimitado por las fronteras. Pero los territorios y las fronteras no tienen sentido sin las poblaciones que los habitan, y sin los movimientos de las migraciones; es más, la noción de “migración” se debe extender también a otros seres vivos, incluyendo también los microorganismos. Epidemias y pandemias han trascendido siempre las fronteras políticas y forman parte de los continuos y complejos intercambios biológicos que son consustanciales de la vida humana, y más en general de la vida en todas sus formas y manifestaciones. Así las cosas, las migraciones tienen tres rasgos fundamentales: a) han sido permanentes a lo largo de la historia humana, desde el proceso de hominización, hace muchos miles de años, hasta los tiempos presentes; b) involucran a todos los seres vivos; e c) implican un proceso continuo de adaptación, aprendizaje, asimilación, conflicto y transformación.

Los intercambios entre los grupos humanos comprenden, obviamente, todos los aspectos de la vida social: biológicos, culturales, económicos, sociales, políticos, etc. Entre los humanos y otros seres vivos, estos son todavía más amplios e incluyen, por lo menos, plantas, animales y microorganismos, muchos de ellos patógenos. Los intercambios pueden ser, para los grupos humanos, completa o parcialmente inconscientes, desde el punto de vista tanto de su naturaleza como de sus consecuencias. Un ejemplo particularmente ilustrativo es el que se generó luego de la conquista española y portuguesa de América: con la invasión europea del continente, llegaron también nuevas plantas y animales y se produjo la unificación microbiana del mundo.[2]

Los datos y métodos requeridos para estudiar las migraciones tienen sus particularidades. Las estadísticas deben reconstruirse a partir de informaciones muy variadas, como registros de pasajeros, navíos, padrones, censos, encuestas, etc., y a menudo hay que contentarse con datos incompletos. La importancia del espacio torna fundamental la cartografía, desde mapas muy detallados y precisos hasta diagramas y esquemas de flujos. Todo esto plantea desafíos y problemas que se alejan bastante del centro de las preocupaciones del análisis demográfico; ello explica, en buena parte, el carácter relativamente marginal del estudio de las migraciones, más próximo de la geografía y la sociología que de la demografía sin más.

El poblamiento inicial

El continente americano comenzó a poblarse hace unos 15.000 o 20.000 años gracias a diversas oleadas de migraciones de pueblos cazadores y recolectores provenientes de Siberia, que cruzaron lenta y gradualmente por lo que es hoy el estrecho de Bering, el cual, en ese entonces, se había convertido (parcialmente) en terreno seco y transitable (glaciación de Wisconsin). Los migrantes fueron avanzando hacia el sur, en asentamientos probablemente dispersos y muy distanciados, hasta llegar a la Patagonia en el extremo sur del continente hace al menos unos 9.000 años. Esta ruta del estrecho de Bering es la que los arqueólogos y paleontólogos consideran como la más importante; no se descartan del todo migraciones por mar, tanto desde Siberia como desde la Polinesia. Como quiera que sea, lo importante a notar es que, hace unos 11.000 años, cuando el estrecho de Bering fue cubierto por el mar y alcanzó su configuración actual, las poblaciones americanas quedaron virtualmente aisladas, tanto de las poblaciones humanas como de la flora y la fauna del resto del mundo.[3]

Miles de años después, hacia 1492, en la época del primer viaje de Colón, las poblaciones americanas habían evolucionado hacia un conjunto de sociedades y asentamientos bastante dispares y desigualmente distribuidos, a lo largo y a lo ancho de todo el continente. Al momento de la invasión europea, se considera que había tres tipos bien diferenciados de organización social:[4] a) sociedades igualitarias (cazadores y recolectores); b) cacicazgos (agricultura de roza, jerarquías sociales en desarrollo, aldeas y algunos centros ceremoniales); y c) civilizaciones (agricultura, organización política y militar sobre extensos territorios, centros ceremoniales y urbanos importantes, comercio regional). Las civilizaciones se ubicaban en Mesoamérica (centro y sur de México, Yucatán, Guatemala, El Salvador, parte de Honduras y Nicaragua) y los Andes centrales (desde el centro de Colombia hasta el norte de Chile); los cacicazgos existían en las Antillas, Centroamérica, y ciertas zonas de Norteamérica; las sociedades igualitarias (bandas y tribus) ocupaban los territorios más extensos, es decir, el resto del continente. Las densidades de población respondían muy de cerca a esta tipología de la organización social: poblaciones densas en el caso de las civilizaciones, muy poco densas en el caso de las sociedades igualitarias, y densidades intermedias en el caso de los cacicazgos. La población total del continente en el momento de la llegada de los europeos era de unos 50 millones de habitantes; al menos, en esa cifra conjetural coinciden todavía hoy (2022) la mayoría de los estudiosos del tema.[5]

La catástrofe demográfica

La conquista europea provocó, como bien se sabe, una reestructuración brutal de las sociedades indígenas y un declive catastrófico de sus poblaciones. Como las fuentes disponibles son fragmentarias, no hay forma de establecer cifras definitivas; pero la caída de las poblaciones es un hecho indiscutible. Para los fines de este capítulo, baste con un ejemplo ilustrativo que permite hacerse una idea rápida de todo este proceso. Es el caso de las poblaciones de México y América Central, que se presentan en el gráfico 6.1; el total de la población, seguido a lo largo de cinco siglos, sigue una curva en forma de U; un declive muy fuerte hasta finales del siglo xvii, luego una recuperación progresiva, particularmente acelerada en el siglo xx. Hacia 1900 las poblaciones vuelven a los niveles de 1500; sin embargo, su composición étnico-racial ha cambiado radicalmente; la población que declina en los primeros siglos es la de los indígenas, llamados “indios” por los conquistadores; la población que se recupera comprende sobre todo a criollos de ascendencia europea, mestizos, negros africanos esclavos, y también indígenas; hacia 1500 la población latinoamericana pertenece casi en un 100 % a las diversas etnias indígenas, mientras que ya hacia 1900 es producto de una gran mezcla étnica, racial y cultural.

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Gráfico 6.1. Estimaciones de la población total de México, Centroamérica y Panamá, y las Antillas (1500-2000) (población en escala logarítmica).
Fuente: Pérez Brignoli, Héctor. “The Population of Mexico, Central America and the Caribbean in the Second Millennium”. Texto presentado en el coloquio de la IUSSP, The Population History of the Second Millennium. Florencia, junio de 2001.

La forma en U de las curvas del gráfico 6.1 se repite en todas las poblaciones latinoamericanas; pueden discutirse, según diversas fuentes y opiniones, las cifras del eje de la ordenada, pero la forma en U es indubitable. ¿Cuáles fueron las razones para un descenso tan brutal de las poblaciones indígenas? El tema ha suscitado interminables debates, desde la época misma de la conquista, y ha sido objeto de una vasta producción historiográfica.[6] Los factores señalados han sido los efectos devastadores de la conquista, incluyendo los siguientes: masacres y esclavización de los indios; los movimientos forzados de las poblaciones indígenas, obligadas en muchos casos a trasladarse masivamente a otras zonas, a menudo de clima y condiciones ambientales muy distintas a las de su hábitat original; la desestructuración brutal de las sociedades indígenas, sometidas al saqueo, la explotación y la enajenación cultural; y finalmente, las epidemias originadas en nuevas patologías, desconocidas en el continente americano, comenzando con la viruela y siguiendo con otras como el sarampión y el tifus. Todos estos factores fueron repetidamente señalados desde el siglo xvi, pero el problema sigue siendo cómo combinar estos factores en un modelo multivariable, estableciendo los pesos y las jerarquías de cada uno de ellos. Revisando la bibliografía disponible, resulta claro que no es posible proponer un modelo único, aplicable a todos los casos; entretanto, sí se puede, como lo ha propuesto Massimo Livi Bacci, formular una tipología (comparativa) del descenso en algunas regiones.[7]

El primer modelo es el de las Antillas; allí es donde se produjo el primer encuentro entre europeos y amerindios, lo cual llevó, bastante rápido, al virtual exterminio de las poblaciones indígenas originales. Cuando llegó el momento, en el siglo xvii, de valorizar las islas para el desarrollo de la economía de plantación, los europeos introdujeron masivamente esclavos africanos y así consiguieron repoblar el archipiélago. A la llegada de Colón, las islas tenían poblaciones relativamente poco densas, alcanzando en el conjunto un poco menos del millón de habitantes; la fiebre del oro de los europeos pronto esquilmó a los indígenas, sometidos a una explotación despiadada y privados de sus productos básicos de subsistencia; la viruela recién apareció en 1518-1519 y completó la obra de destrucción.[8] En el caso antillano, es claro que la devastadora explotación de los indígenas precedió a las epidemias importadas; el resultado final fue el exterminio: en 1542 solo quedaban 20 indios en la Española (Santo Domingo), y la situación era muy similar en el resto de las Grandes Antillas.

El segundo modelo es el de México y Perú. En el centro y sur de México y en los Andes peruanos, había poblaciones densas y un notable desarrollo urbano y comercial, bajo la organización política del Imperio azteca y el Imperio incaico, respectivamente; en ambos casos se produjo un fuerte declive de las poblaciones indígenas, pero, a partir del siglo xvii, hubo también una importante recuperación demográfica, por lo cual, en ambas zonas, persistieron poblaciones indígenas relativamente numerosas. Las modalidades del declive fueron, sin embargo, algo diferentes.

México tenía poblaciones muy densas, y la viruela llegó en 1520, junto con la conquista; los efectos fueron devastadores, pero, luego de los choques iniciales, la situación tendió a estabilizarse, aunque hubo fuertes brotes epidémicos, particularmente en 1545-1547 y 1576-1580; se mantuvieron muchas de las redes sociales indígenas originales, y el poder de la administración colonial, con un fuerte componente eclesiástico, se impuso bastante rápidamente sobre los intereses privados de los conquistadores; la catástrofe demográfica no fue evitada, pero sí mitigada. En 1568 la población de México era probablemente algo menor a los 3 millones de habitantes; la cifra correspondiente a 1519, es decir, al momento del contacto, podría haber sido de unos 11 millones, mientras que, a mediados del siglo xvii, la población indígena mexicana alcanzaba, si acaso, 1 millón y medio.

En Perú el panorama fue algo distinto. La conquista (1532) fue precedida por una cruenta guerra civil entre los herederos del inca Huayna Cápac; la conquista misma fue larga y extremadamente violenta, y se combinó además con un interminable conflicto entre los conquistadores; el poder de la Corona y la “pacificación” se impuso recién hacia 1570. Bajo el virrey Toledo (1569-1581), la reorganización colonial fue drástica: traslado forzoso de indígenas a los nuevos pueblos planificados, establecimiento de la mita para garantizar la mano de obra de las minas de Potosí, cargas tributarias fuertes sobre el conjunto de la población indígena. Las epidemias también asolaron la región andina, pero la opinión predominante ahora es que su impacto fue más tardío y menos letal que en México y las Antillas. La explicación de esto parece estar en las características ambientales y topográficas de la sierra y la menor densidad de las poblaciones andinas, comparadas con las mesoamericanas.[9]

El tercer modelo de declive es el característico de las bandeiras. Las bandeiras fueron expediciones organizadas en los asentamientos portugueses de la costa de Brasil para capturar y esclavizar indígenas tierra adentro. Este modelo no fue exclusivo de Brasil y estuvo presente también en las zonas de frontera de la colonización española y anglosajona. Las bandeiras obligaban a las poblaciones indígenas a huir tierra o selva adentro, generalmente a un hábitat diferente y desfavorable; no es posible cuantificar el impacto demográfico de este modelo, pero estuvo presente durante varios siglos, incluso en algunos casos como el sur de la Argentina y Chile hasta finales del siglo xix; y la mayor parte de estas poblaciones indígenas acabaron siendo sometidas o exterminadas.[10]

El cuarto modelo es el de las misiones jesuíticas del Paraguay.[11] Este fue un modelo demográficamente exitoso; los indígenas, predominantemente guaraníes, fueron concentrados en pueblos y evangelizados por los jesuitas; el modelo de vida era solidario y cooperativo, en comunidades agrícolas relativamente autónomas; la imposición de la monogamia permitió una alta natalidad y fue un seguro cuando el impacto externo de las epidemias elevaba significativamente la mortalidad. Desde mediados del siglo xvii hasta la expulsión de los jesuitas (1767) y el fin de las misiones, las poblaciones crecieron regularmente, a pesar de la incidencia de las epidemias. La relativa autonomía de las misiones y sobre todo su aislamiento, en zonas selváticas y de difícil acceso, frente a la insaciable avaricia de las elites coloniales españolas y portuguesas son los factores principales para explicar el éxito del modelo. De hecho, al producirse la expulsión de los jesuitas, el control de las misiones pasó a manos de las autoridades coloniales y se produjo la rápida desagregación y despoblamiento de las comunidades. Aunque en el contexto colonial el modelo de las misiones jesuíticas puede parecer muy atípico, lo cual era sin duda cierto, el interés del caso reside en que nos permite ver cómo una organización social que no expolia ni esclaviza a los indígenas se traduce también en poblaciones crecientes, a pesar del impacto externo, y letal, de las epidemias.

La tipología presentada no cubre, por supuesto, todos los casos observados; más bien debe entenderse como una guía o hipótesis para presentar las diferentes modalidades del terrible declive demográfico de las poblaciones indígenas. Sabemos muy poco todavía de la caída de las poblaciones de la costa del Pacífico, desde México hasta Perú, al igual que lo ocurrido con los habitantes del litoral del golfo de México; y hay muchos más claroscuros en una historia en la cual conocemos invariablemente el final, pero sin que logremos describir y explicar bien lo ocurrido. Otros aspectos conexos agregan todavía más complejidad al tema; hubo importantes desplazamientos y repoblaciones fuera del control colonial; ese fue el caso del Darién, en Panamá; exterminadas por la conquista las poblaciones originarias, en la primera mitad del siglo xvi, las selvas del Darién fueron repobladas por migraciones de los pueblos kunas y emberá-wounaan, provenientes del noreste de Colombia en el siglo xvii. La etnogénesis, es decir, el surgimiento de nuevos grupos étnicos, es otra característica importante; entre varios ejemplos, se pueden mencionar los casos de los pueblos miskito y garífuna, en la costa caribe de Honduras, Nicaragua y Belice.[12]

La ocupación del territorio

La conquista y colonización española y portuguesa fue ocupando lentamente los territorios americanos; una vez que el Tratado de Tordesillas (1494) definió las jurisdicciones básicas, los portugueses quedaron limitados a las costas de Brasil, mientras que los españoles recibieron el resto del continente americano. Primero desde Santo Domingo y Panamá (hasta 1519), y luego desde México y Perú (1519-1600), la conquista fue avanzando en todas las direcciones posibles; sin embargo, luego de las exploraciones iniciales, la colonización efectiva se asentó permanentemente solo en los lugares de interés económico e importancia estratégica; así las cosas, el control efectivo por parte del Estado colonial abarcaba territorios relativamente reducidos, con relación a la inmensidad americana. Los portugueses se asentaron en las costas de Brasil y solo en forma muy lenta fueron penetrando hacia el interior continental. Estos procesos de ocupación y control del territorio se muestran sumariamente en el mapa 6.1. Hacia 1800, es decir, al final del período colonial, la mayor parte de las zonas selváticas del interior de Sudamérica escapaban todavía al control colonial, y lo mismo ocurría con la Patagonia. En el caso del istmo centroamericano, el mapa 6.1, por cuestiones de escala, generaliza y simplifica demasiado la información; por esto hemos incluido también el mapa 6.2. Como allí se puede apreciar, desde 1520 hasta 1800 la colonización española controló apenas un tercio del territorio centroamericano; los límites de las áreas ocupadas cambiaron muy poco en el transcurso de este largo período. En cambio, durante el siglo xix, la expansión del poblamiento fue muy intensa, y alcanzó a cubrir unos dos tercios del territorio hacia 1920. Después de esa fecha, y sobre todo a partir de 1950, el proceso de ocupación se aceleró todavía más, hasta llegar al final de la frontera agrícola en un período aproximado de 20 años. En las dos décadas finales del siglo xx, la mayoría de la población centroamericana vivía en ciudades; las áreas de bosque que todavía quedaban (generalmente en zonas muy montañosas y de acceso difícil) pasaron a ser consideradas como “zonas protegidas” y requisito fundamental del futuro “desarrollo sostenible”.[13]

Mapa 6.1. América Latina, ocupación colonial del territorio (1500-1800)

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Fuente: elaboración propia a partir de Butland, Gilbert J. “Frontiers and Settlement in South America”. Revista Geográfica, n.º 65, IPGH, 1966, pp. 93-107.

Mapa 6.2. Istmo centroamericano: territorios bajo control colonial (áreas en gris) hacia 1800

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Fuente: Hall y Pérez Brignoli. Historical Atlas of Central America. Parte ii.

Ahora bien, la ocupación del territorio obedece a una gran cantidad de factores: políticos, militares, económicos, demográficos, etc. Es posible formular una tipología sumaria, útil para propósitos comparativos, considerando dos factores fundamentales: las tierras disponibles y el tipo de organización de la colonización. La disponibilidad de tierras tiene que ver con su accesibilidad y factibilidad económica de explotación (red de caminos, sistema de transportes, facilidades para la construcción ferroviaria, etc.), incluyendo las características topográficas del terreno (de montañas a llanuras) y el clima (de tropical o subtropical a templado y desértico). La organización de la colonización se refiere a un continuo que va desde la colonización espontánea de familias campesinas migrantes hasta empresarios y grupos organizados; la acción de las grandes empresas bananeras, mineras y petroleras se puede incluir también aquí, y debe entenderse como la forma de colonización más vertical y organizada. Dentro del juego de dimensiones que acabamos de introducir, se pueden evocar enseguida, y en forma rápida, algunos casos bien conocidos.

La expansión de los cultivos de café para la exportación (siglos xix y xx) en Costa Rica, Colombia y Brasil ofrece ejemplos contrastantes de gran interés. En Costa Rica se trató de una colonización de pequeños y medianos campesinos que fue avanzando lentamente hacia las tierras disponibles y aptas para el cultivo del café de altura: de hecho, la frontera agrícola del café tardó en el Valle Central de Costa Rica, casi un siglo en cerrarse (hacia 1930). La zona era selvática y montañosa y las técnicas de cultivo se acercaban mucho a una jardinería intensiva en terrenos ondulados; la expansión siguió el ritmo del crecimiento vegetativo de la población. En Colombia, el proceso guardó cierto parecido con el de Costa Rica, pero se produjo a una escala mucho mayor, y sobre todo durante el siglo xx. En el sur de Brasil (San Pablo – Paraná), la expansión ocurrió en terrenos mucho más planos y en extensiones relativamente grandes; hubo campesinos medianos, siendo muchos de ellos inmigrantes europeos, y también operaron empresas de colonización. El café brasileño (tipo “robusta”), diferente de los “suaves aromáticos” de Colombia y Costa Rica, se producía en gran escala y de hecho dominaba la oferta en el mercado mundial. En los tres casos, la expansión agrícola acabó con el bosque primario.

El caso de Argentina muestra otras facetas de la ocupación del territorio mediante la colonización. La gran expansión agrícola en la región pampeana fue precedida por una expedición militar que exterminó a las poblaciones indígenas araucanas hacia 1879; una inmensa zona de fértiles llanuras y clima templado quedó así abierta para la explotación agrícola y ganadera y la consiguiente construcción de líneas férreas, indispensable para el transporte de los productos exportables. La pampa argentina se pobló en unas pocas décadas con miles de inmigrantes europeos, en su mayoría italianos y españoles; la clase terrateniente mantuvo el control de grandes propiedades y los inmigrantes fueron en su mayoría arrendatarios. En el noreste de la pampa argentina, en Santa Fe, predominó en cambio la colonización agrícola organizada, con un patrón de pequeñas y medianas propiedades. Y así se podrían agregar muchos otros ejemplos de colonización agrícola y ocupación del territorio; las particularidades de cada caso resultan, por lo general, más interesantes y significativas que las pocas generalidades que pueden establecerse con seguridad.

Para finalizar con este tema, consideremos ahora, en forma más general, el caso de los frentes pioneros de colonización en Sudamérica, y con más detalle en Brasil, tal como aparecen ilustrados en los mapas 6.3 y 6.4. Los frentes de colonización agrícola partieron de las zonas de poblamiento más antiguo hacia las regiones “vacías”, es decir, cubiertas todavía por el bosque primario y abiertas a la colonización. El mapa 6.3 ubica los principales frentes de colonización en los siglos xix y xx; como se puede observar, en Colombia, Ecuador y Perú, estos se ubicaban predominantemente de norte a sur, en las laderas orientales de los Andes, y fueron penetrando hacia los valles y las sabanas que descendían hacia la cuenca del Amazonas. En Venezuela bajan desde las sierras hasta los llanos del Orinoco, y en Bolivia empujaron hacia el norte y el este, sobre todo en la región de Santa Cruz de la Sierra. En la Mesopotamia argentina, se orientaron hacia el Chaco y Misiones. Además de estos frentes pioneros que penetraron hacia las selvas interiores del corazón del continente, hay que mencionar la colonización colombiana hacia el Chocó, en la frontera con Panamá, y la colonización en la Patagonia, tanto chilena como argentina. El caso de Brasil, presentado sumariamente en el mapa 6.3, se muestra con detalle en el mapa 6.4.

Mapa 6.3. Sudamérica: frentes pioneros de colonización agrícola en los siglos xix y xx

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Fuente: elaborado según Caviedes, César y Knapp, Gregory. South America. Englewood Cliffs, Nueva Jersey: Prentice Hall, 1995, p. 134.

Mapa 6.4. Brasil: frentes pioneros de colonización en los siglos xix y xx

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Fuente: Droulers, Martine. Brésil: une géohistoire. París: PUF, 2001, p. 189.

Durante el siglo xix, los frentes pioneros brasileños se encontraban en Río de Janeiro y San Pablo y buscaban la expansión de los cultivos de café; en San Pablo y Paraná, esos movimientos continuaron durante la primera mitad del siglo xx. Otras zonas de colonización agrícola en este mismo período se localizaron en el sur de Mato Grosso, Goiás y río Doce (litoral atlántico). La segunda mitad del siglo xx se caracterizó por la expansión agrícola y ganadera en extensas zonas que fueron penetrando poco a poco las selvas y sabanas de la inmensa cuenca del Amazonas; el mapa 6.4 también permite seguir con detalle las principales rutas de los frentes pioneros.

Presentados los movimientos de colonización agrícola, conviene ahora reflexionar sobre la relación entre el avance de los frentes pioneros y el crecimiento demográfico. El esquema de Malthus, basado en el caso del occidente europeo antes de 1800, propuso, como es bien conocido, la producción agrícola y la disponibilidad de alimentos como determinantes fundamentales del crecimiento demográfico; un aumento de la población que rompiera el delicado balance con la producción de alimentos conducía inevitablemente a un incremento de la mortalidad y un freno subsecuente al crecimiento demográfico. Las ideas de Malthus estaban basadas en la observación de rendimientos decrecientes (tierras fértiles limitadas, técnicas sin innovaciones), lo cual era típico de la agricultura europea antes de la llamada “revolución agrícola”.[14]

En una obra que tuvo mucha repercusión en la década de 1960, Ester Boserup propuso un modelo de evolución agraria mucho más general, dentro del cual el caso malthusiano europeo aparecía lejos del alcance universal que se le había generalmente atribuido.[15] Boserup invirtió el esquema causal y consideró la presión demográfica como un factor positivo que, por lo general, inducía a un uso más intensivo del suelo. La experiencia de Boserup provenía de observaciones sobre la agricultura campesina en África y en Asia; su visión fue complementada y enriquecida por estudios posteriores de muchos otros autores.[16]

En América Latina las ideas de Boserup fueron utilizadas por algunos autores, entre los que hay que mencionar a Maria Luiza Marcílio.[17] Estudiando la región de San Pablo entre 1700 y 1836, ella observó un crecimiento constante de la población y un movimiento continuo de la frontera agrícola; el uso de la tierra se intensificó y los asentamientos avanzaron hacia el interior y se fueron configurando como un conjunto de islas interconectadas por caminos y ríos, en un paisaje dominado todavía por el bosque. En el siglo xviii e inicios del xix, se observa el pasaje de las técnicas del “barbecho forestal” a las más intensivas del “barbecho arbustivo” (según la terminología de Boserup), y luego al “barbecho corto” y el uso frecuente de animales de tiro. Los espacios de bosque entre los asentamientos se fueron llenando poco a poco, lo que explica también el avance relativamente lento de la frontera de la colonización agrícola, siempre en función del crecimiento demográfico y el aumento de las densidades de ocupación del territorio; más tarde, en el siglo xix y sobre todo en el siglo xx, todo esto culminó con el uso urbano e industrial de la tierra, cada vez más importante.

Procesos bastante parecidos a los observados en la región de San Pablo se han presentado también en los Andes colombianos,[18] en Costa Rica,[19] y en ciertas regiones de México; y no son por cierto los únicos ejemplos. Estos procesos de ocupación del territorio en “archipiélago”, que parecen ser típicos de las zonas montañosas tropicales y subtropicales, contrastan con la expansión agrícola y ganadera en las llanuras de clima templado, bien ejemplificados por la región pampeana en Argentina. En este caso, la presión demográfica no cuenta y la rápida expansión de la frontera se explica más que todo en términos políticos y económicos: 1) campañas militares que expulsan y finalmente exterminan a las poblaciones indígenas nómadas; 2) la correlativa expansión ganadera para la exportación de tasajo, cueros y más tarde lana de oveja; 3) la construcción de una densa y extendida red ferroviaria convergente en el puerto de Buenos Aires; 4) la inmigración europea masiva; 5) la explotación de las ricas tierras pampeanas con una combinación de ganadería vacuna orientada a la exportación de carnes y una próspera agricultura cerealera emprendida sobre todo por los inmigrantes italianos y españoles; 6) la consolidación de una poderosa clase terrateniente que controlaba la propiedad de la tierra desde la expansión militar de la frontera y el desalojo de los indígenas.[20]

De lo expuesto en esta sección, resulta claro que las dimensiones demográficas de la ocupación del territorio y la colonización agrícola se inscriben en general dentro de la historia económica y política, y en particular dentro de la historia social agraria, de los diferentes países y regiones. No existe, al menos por el momento, un modelo general estilizado de las relaciones entre las variables demográficas y la ocupación del territorio que se pueda aplicar a la historia latinoamericana de los últimos 500 años.

La esclavitud africana[21]

Entre 1501 y 1866, llegaron a las Américas unos 10 millones y medio de esclavos africanos. La trata, como se conoce ese tráfico inhumano, tenía las características siguientes: 1) movilizaba vastos recursos comerciales, financieros y marítimos, desde los puertos europeos y africanos (costa occidental de África) hasta los puertos de entrada en las Américas; 2) beneficiaba a una amplia red de comerciantes europeos, árabes y africanos, siendo una contribución importante a la acumulación de capital previa a la Revolución Industrial; y 3) proporcionó la mano de obra que permitió el desarrollo de las plantaciones y la producción y exportación de azúcar de caña en Brasil y las Antillas y de tabaco en la costa sureste de los Estados Unidos. Las sociedades coloniales que se desarrollaron con la mano de obra proveniente de la trata fueron no solo fuertemente desiguales, sino también profundamente racistas; la idea de la inferioridad racial de los negros impregnó las relaciones sociales y sería, aun en el muy largo plazo, algo difícil de superar. Otro aspecto notable fue que, cuando se considera globalmente la trata, resulta claro que los Estados y las élites africanas participantes no fueron víctimas pasivas, sino eslabones importantes de un sistema inhumano y despiadado; los beneficios económicos de la trata se extendieron así desde las costas de África hasta las plantaciones americanas, pasando por los circuitos comerciales y financieros del occidente europeo.

El gráfico 6.2 muestra las cifras anuales de los esclavos africanos desembarcados en las Américas desde el comienzo (1501) hasta el fin de la trata (1866). A partir de 1650, la trata superó las 20.000 llegadas anuales y creció en forma constante hasta finales del siglo xviii, cuando excedía las 90.000 llegadas anuales; luego comenzó un descenso irregular asociado a la prohibición británica de la trata en 1808 y el triunfo posterior de los movimientos abolicionistas.

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Gráfico 6.2. Esclavos africanos desembarcados en las Américas, 1501-1866 (cifras anuales).
Fuente: Eltis y otros. Trans-Atlantic Slave Trade Database – Estimates. En bit.ly/3KIFJtt, consultada el 3/09/2020.

La distribución de los esclavos por regiones fue desigual y obedeció a la demanda diferencial de esta mano de obra forzada para el trabajo agrícola, minero y doméstico. Los datos disponibles se presentan en el cuadro 6.1 y muestran las llegadas en períodos de 25 años y el total acumulado al final. Brasil, con un 46,2 %, y el Caribe (sin Cuba y Puerto Rico), con un 38 %, concentraron más del 80 % de las llegadas; al conjunto de Hispanoamérica, llegaron un 12,3 % de los esclavos, y a Estados Unidos, apenas un 3,7 %. Estas proporciones contrastan notablemente con las cantidades de población esclava al momento de la abolición: en 1860 había en los Estados Unidos casi 4 millones de esclavos y medio millón de “libres de color”; en Brasil, en cambio, el censo de 1872 registró 1,5 millones de esclavos y más de 4 millones de “libres de color”. Este contraste revela que la población esclava del sur de los Estados Unidos se reproducía internamente y no dependía de la trata, mientras que Brasil ilustraba el caso inverso: allí la esclavitud requería del abastecimiento que proveía la trata. Los “libres de color”, escasos en Estados Unidos en comparación con Brasil, reflejaban que las manumisiones fueron también profundamente desiguales: muy importantes en Brasil y poco significativas en el sur esclavista norteamericano.[22]

Cuadro 6.1. Esclavos africanos desembarcados en América, 1501-1875

Estados Unidos

Caribe inglés

Caribe francés

Caribe holandés

Caribe danés

Hispanoamérica

Brasil

1501-1525

0

0

0

0

0

8.923

0

1526-1550

0

0

0

0

0

35.534

0

1551-1575

0

0

0

0

0

40.671

2.461

1576-1600

0

0

0

0

0

84.242

26.814

1601-1625

0

567

0

0

0

117.709

156.468

1626-1650

100

26.639

545

0

0

61.482

163.938

1651-1675

3.970

86.770

16.746

52.190

0

32.292

204.575

1676-1700

11.077

196.501

21.394

71.967

18.146

14.021

259.475

1701-1725

39.303

280.470

82.147

53.413

8.059

37.856

423.161

1726-1750

106.671

357.150

212.325

73.051

4.515

17.435

468.690

1751-1775

118.822

580.824

309.733

118.145

18.271

21.030

476.010

1776-1800

30.687

594.879

390.929

50.606

37.763

69.212

621.156

1801-1825

77.613

183.701

63.517

25.355

17.223

254.777

1.012.762

1826-1850

91

10.751

22.880

0

5.021

333.781

1.041.964

1851-1875

413

0

0

0

0

163.947

6.899

Totales

388.747

2.318.252

1.120.216

444.727

108.998

1.292.912

4.864.373

%

3,7 %

22,0 %

10,6 %

4,2 %

1,0 %

12,3 %

46,2 %

Fuente: Eltis y otros. Trans-Atlantic Slave Trade Database – Estimates.

El desglose de los esclavos desembarcados en Hispanoamérica se presenta en el cuadro 6.2. Se observa, ante todo, el predominio aplastante de Cuba con un boyante sistema de plantaciones y exportaciones de azúcar durante el siglo xix; la región denominada “Otros puertos del Caribe hispano” incluye Santo Domingo, Cartagena y Portobelo, como puertos de entrada, y alcanzó su apogeo en el siglo xvii e inicios del siglo xviii; el rubro “otras regiones” contiene a Veracruz al igual que a Guayaquil y el Callao, de nuevo, con un notable apogeo entre los siglos xvi y xvii. En el caso de la colonización española, la esclavitud resultaba marginal, comparada con lo que fue la importancia del trabajo de las poblaciones indígenas. El caso de Cuba es, en este sentido, tan excepcional como tardío, y llenó el vacío en las exportaciones de azúcar provocado por la rebelión de los esclavos y el colapso del sistema de plantaciones en Haití (1791-1804).

La abolición de la esclavitud se produjo entre 1804 y 1888 y fue precedida, desde el período colonial, por la práctica de la manumisión, es decir, la concesión, por parte del dueño, de la libertad del esclavo; en muchos casos, el esclavo compraba su libertad, lo cual implicaba que este disponía de un margen de independencia dentro de la finca o plantación. Dependiendo de las circunstancias y las regiones, este margen de independencia del esclavo, que ha sido caracterizado como una brecha campesina en el contexto de la economía esclavista, podía tener mayor o menor importancia; indica, en todo caso, que las relaciones sociales en el seno de la plantación eran particularmente complejas. [23] Esto hizo que, en el transcurso del tiempo, aparecieran poblaciones clasificadas como “libres de color”. A la manumisión y la abolición, se les sumaron los procesos sociales y demográficos de mezcla étnica y racial, al igual que el desarrollo de la discriminación, los prejuicios y el racismo. En el contexto y las dimensiones de este capítulo, solo podemos señalar la presencia viva de estos problemas fundamentales que caracterizan tanto el pasado como el presente de las poblaciones latinoamericanas.

Cuadro 6.2. Esclavos africanos desembarcados en Hispanoamérica, 1501-1875

Cuba

Puerto Rico

Otros puertos del Caribe hispano

Río de la Plata

Otras regiones

1501-1525

0

0

0

0

8.923

1526-1550

0

0

1.903

0

33.631

1551-1575

0

0

3.584

0

37.087

1576-1600

0

0

44.622

0

39.620

1601-1625

0

0

105.785

0

11.924

1626-1650

0

0

52.813

699

7.970

1651-1675

336

305

19.391

5.536

6.724

1676-1700

0

0

13.876

145

0

1701-1725

2.417

0

18.542

16.684

212

1726-1750

991

383

3.664

11.217

1.181

1751-1775

8.386

9.757

786

940

1.160

1776-1800

56.239

477

1.895

6.702

3.898

1801-1825

228.516

3.689

639

21.521

412

1826-1850

317.709

12.271

0

3.801

0

1851-1875

163.947

0

0

0

0

Totales

778.541

26.882

267.500

67.245

152.742

Fuente: Eltis y otros. Trans-Atlantic Slave Trade Database – Estimates.

Antes de dejar este tema, conviene trazar una comparación rápida entre la esclavitud en los Estados Unidos y en América Latina. En ambos casos, el eje económico fue el complejo agroindustrial de la plantación azucarera; la secuencia diacrónica y espacial no debe olvidarse: los portugueses comenzaron con ensayos en Madeira, frente a la costa occidental africana, y hacia 1560 los trasladaron al nordeste de Brasil; el despegue de los ingenios en Recife y Pernambuco tentó a los holandeses, y estos ocuparon el noreste brasileño en 1630; desalojados en 1654, trasladaron la experiencia, considerablemente enriquecida, hacia algunas islas del Caribe, donde muy pronto fueron imitados por plantadores y comerciantes británicos y franceses; por su parte, los colonos británicos de la costa sureste de los Estados Unidos (Virginia y las Carolinas) también importaron esclavos africanos y desarrollaron plantaciones de tabaco, arroz e índigo (más tarde algodón), además de otros productos agrícolas y ganaderos, participando activamente en el llamado “comercio triangular” (Costa de África, islas del Caribe / costa este de Estados Unidos, puertos europeos). La economía de la plantación esclavista tuvo así un origen común y compartió las características básicas relevantes en todo el continente americano.

Pero hubo luego una importante evolución diferencial. Como ya se dijo, los Estados Unidos no dependieron de la trata para el abastecimiento de esclavos; esto facilitó un desarrollo relativamente endógeno del mundo de las plantaciones; cristianizados, los esclavos crearon su propia cultura afroamericana, con raíces africanas cada vez más lejanas. Muy distinta fue la situación en Brasil y las islas del Caribe; la dependencia de la trata renovaba constantemente la población negra con nuevos contingentes llegados desde África. Otra diferencia relevante que también ya fue indicada se refiere a la importancia de las manumisiones y el peso creciente de los “libres de color”. Y un último factor tiene que ver con las modalidades del proceso de abolición de la esclavitud; en Brasil, Hispanoamérica y el Caribe (salvo Haití), fue un proceso gradual y negociado que se extendió durante varias décadas; en los Estados Unidos, en cambio, la abolición produjo el choque violento entre el norte y el sur, lo cual se saldó primero en la sangrienta guerra de Secesión (1861-1865), y luego en la llamada Reconstrucción, período durante el cual se instauró, en los Estados del sur, un conjunto de leyes y prácticas de discriminación y segregación racial en perjuicio de los exesclavos. Estos diferenciales en la base étnica y demográfica y los procesos de abolición incidieron fuertemente en lo que podemos llamar la “inserción de las poblaciones negras afrodescendientes en la formación de las naciones”, la cual se movió entre dos polos extremos: integración versus segregación.

En América Latina la integración fue el modo predominante, mientras que en los Estados Unidos, particularmente en el sur, la segregación fue lo usual hasta la década de 1960. Esta afirmación es por cierto esquemática pero certera; la cultura española y portuguesa era relativamente favorable a la mezcla racial, y eso explica la importancia de las manumisiones y el uso extendido del principio de que “el dinero blanquea”; como lo indica Magnus Mörner en un libro ya clásico, la diferencia racial en América Latina era más bien sociocultural, mientras que en los Estados Unidos era genealógica: un antepasado negro convertía a la persona en negra, independientemente de sus rasgos fenotípicos (la así llamada one drop rule, un principio que tuvo fuerza legal en varios estados hasta la década de 1960). Y nuestro autor puede así afirmar comparando las relaciones raciales:[24] “No puede haber duda de que estas relaciones eran más suaves y humanas en cualquier parte de Latinoamérica que en los Estados Unidos, inclusive fuera de Misisipí y Alabama”.

Mencionado este contraste fundamental, conviene evitar idealizaciones sobre la existencia en Brasil de una verdadera “democracia racial”.[25] Darcy Ribeiro lo ha indicado con sutileza y claridad:[26]

El preconcepto de color de los brasileños, operando diferencialmente según el matiz de la piel, tiende a identificar como blanco al mulato claro y conduce a una expectativa de miscegenación. Expectativa, en verdad, discriminatoria, porque aspira a que los negros se aclaren, en lugar de aceptarlos tal como son, aunque también sea impulsora de la integración.

Luego de estas breves consideraciones sobre un tema complejo y lleno de tensiones irresueltas, veamos la proporción de las poblaciones afrodescendientes en las Américas alrededor de 1800 y 2010, tal como se consignan en el cuadro 6.3. Los datos de 1800 provienen de censos y estimaciones al final del período colonial. Los datos de 2010 se derivan de censos y estimaciones (cuando no hubo datos censales); desde finales del siglo xx, casi todos los países han incorporado una pregunta de autoidentificación étnica en los censos nacionales de población. Los datos sobre Estados Unidos se incluyen para facilitar la perspectiva comparativa. En general, se observa una disminución de la proporción de población afrodescendiente, salvo en el caso de la República Dominicana; Brasil, Venezuela, Cuba, y de nuevo la República Dominicana son los países que exhiben las mayores proporciones de afrodescendientes; en torno a un 10 %, se sitúan Colombia, Nicaragua, Panamá, Costa Rica, Puerto Rico, Uruguay y Ecuador; en los demás países, las proporciones son mucho menores. Hay que notar que faltan datos para países como México y Chile, y que solo se han incluido las islas del Caribe hispánico. Haití puede considerarse como totalmente poblado por afrodescendientes; la muy elevada proporción que se observa en la República Dominicana podría explicarse posiblemente por la intensidad de las migraciones procedentes de ese vecino país durante los siglos xix y xx. El cuadro 6.3 ilustra bien, en todo caso, el peso considerable de las poblaciones afrodescendientes latinoamericanas a inicios del siglo xxi; esto constituye, sin duda, la muestra más viva de la herencia humana del pasado esclavista.

Cuadro 6.3. Poblaciones afrodescendientes en las Américas según los censos y otras estimaciones alrededor de 2010

Países

Porcentaje de afrodescendientes en 1800

Año del censo o la estimación

Población afrodescendiente

Porcentaje con respecto a la población total

Argentina

37

2010

149.493

0,4

Bolivia

Sin datos

2012

16.324

0,2

Brasil

67

2010

96.795.294

51

Chile

8

Sin datos

Colombia

39

2005

4.311.757

10

Costa Rica

16

2011

334.437

8

Cuba

54

2012

4.009.067

36

Ecuador

8

2010

1.041.559

7

El Salvador

34

2007

7.441

0,10

Estados Unidos

31

2010

38.900.000

13

Guatemala

6

2002

5040

0,04

Honduras

30

2001

58.818

1

Nicaragua

45

2000

456.000

9

Panamá

66

2010

313.289

9

Paraguay

11

2012

8.013

0,2

Perú

6

2017

828.894

4

Puerto Rico

56

2012

461.997

12

República Dominicana

66

2000

7.053.000

84

Venezuela

61

2011

15.457.217

53

Uruguay

23

2011

255.074

8

Fuentes: Rodríguez Wong, Laura L. y Sánchez, Jhon Antón (organizadores). La población afrodescendiente e indígena en América Latina – puntos de reflexión para el debate sobre Cairo + 20. Belo Horizonte / Brasil: ALAP, 2014., p. 19.; Andrews, George Reid. Afro-Latin America, 1800-2000. Nueva York: Oxford University Press, 2004., p. 41 y p. 156. Centroamérica, estimaciones propias.

Las migraciones europeas hasta 1800

La primera oleada de migración europea al continente americano se produjo con la conquista y la colonización, en el siglo xvi, y continuó en los siglos siguientes. Las cifras disponibles son aproximadas y provienen de fuentes muy diversas; en el cuadro 6.4, se reproducen las estimaciones de David Eltis. España y Portugal lideran las migraciones en los siglos xvi e inicios del xvii, pero luego las migraciones británicas cobran la delantera, con la expansión de las plantaciones en el Caribe y la costa este de los Estados Unidos. La contribución de las migraciones francesas y holandesas es considerablemente menor. También debe notarse el gran aumento de las migraciones portuguesas en el siglo xviii, motivadas por los yacimientos de oro descubiertos en la región de Minas Gerais. A título comparativo, se incluyen también las cifras de la llegada de esclavos africanos. Todas estas cifras son aproximadas, y no se derivan de registros sistemáticos de movimientos de población, como será el caso de las estadísticas a partir del siglo xix. Deben tomarse como las mejores estimaciones de que disponemos hasta el momento (2022), y permiten trazar las grandes líneas de un cuadro que no podemos conocer con mucho detalle.

Cuadro 6.4. Inmigración hacia las Américas (en miles)

País de origen

1500-1580

1580-1640

1640-1700

1700-1760

total

España

139

188

158

193

678

Portugal

93

110

50

270

523

Francia

0

4

45

51

100

Holanda

0

2

13

5

20

Gran Bretaña

0

126

248

372

746

África

74

714

817

1.775

3.370

Fuente: Eltis, David. The Rise of African Slavery in the Americas. Cambridge, Cambridge University Press, 2000, p. 9.

El éxito reproductivo de las migraciones europeas y africanas hasta 1800

¿Cómo se reprodujeron en América los migrantes europeos y los esclavos africanos durante la época colonial? Este es un tema significativo del cual solo podemos esbozar una respuesta aproximada; seguiremos un método propuesto por Massimo Livi Bacci.[27] Los datos disponibles se presentan en los cuadros 6.5 y 6.6. La idea básica del ejercicio es relacionar la cantidad de población existente hacia 1800 con el total acumulado de la población que migró hacia América entre 1500 y 1800. El cuadro 6.5 compila las cifras de las migraciones y poblaciones europeas. El éxito de los inmigrantes franceses fue rotundo, ya que la población migrante aumentó 7,3 veces; luego siguen los anglosajones que se asentaron en Estados Unidos, con un incremento de 4,7 veces; los españoles, en cambio, solo se multiplicaron 3,1 veces, y los portugueses, 2. En el conjunto, puede afirmarse que los europeos se asentaron y se multiplicaron en los siglos coloniales del Nuevo Mundo, con un éxito considerable. Las columnas 5 y 6 del cuadro 6.5 muestran también el peso de dichas contribuciones con relación a las poblaciones en los países de origen; solo los migrantes franceses se apartan de este patrón; a diferencia de Portugal, España o Gran Bretaña, Francia no es, por circunstancias que no es posible explicar aquí, una tierra de emigrantes. El cuadro 6.6 se refiere a las migraciones forzadas africanas, y la imagen que se deriva es muy distinta.

Cuadro 6.5. Poblaciones americanas, poblaciones europeas e inmigración hacia 1800 (en miles)

Regiones

(1)

(2)

(3)

(4)

(5)

(6)

Canadá (franceses)

180

25

29.300

7,2

1

6

Estados Unidos (anglosajones)

4.306

909

10.500

4,7

87

410

América hispánica (españoles)

2.500

800

10.600

3,1

75

236

Brasil (portugueses)

1.010

500

2.900

2,0

172

348

Total

7.996

2.234

53.300

3,6

42

150

1. Población en América hacia 1800.
2. Inmigración europea acumulada hasta 1800.
3. Población en los países europeos de origen en 1800.
4. Proporción entre la población en América y la inmigración acumulada [(1)/(2)].
5. Inmigración acumulada por cada mil habitantes en la población europea de origen [(2)/(4) x 1.000].
6. Habitantes en América por cada mil habitantes en los países europeos de origen [(1)/(4) x 1.000].
Fuente: Livi Bacci, Massimo. Los estragos de la conquista. Barcelona, Crítica, 2006, p. 282.

En el conjunto las poblaciones africanas no alcanzan siquiera a multiplicarse por 1, es decir, a mantener en 1800 un volumen equivalente al de la trata acumulada entre 1500 y 1800. Las diferencias por regiones son particularmente significativas. El Caribe y Brasil muestran multiplicadores menores que 1, con un mínimo de 0,3 en el caso de las islas del Caribe inglés y holandés, que apenas sube a 0,5 en el caso del Caribe francés. El Caribe hispano (Cuba y Puerto Rico) tiene un multiplicador de 0,9, igual que Brasil. Todo esto revela la estrecha dependencia de la llegada de nuevos esclavos para reponer el stock existente. La situación de los Estados Unidos contrasta notablemente; el multiplicador de 2,9 revela, en cambio, poca dependencia de la trata, algo que ya se ha mencionado antes.

Cuadro 6.6. Esclavos introducidos en América (1500-1800) y poblaciones negras hacia 1800 (en miles)

Región

Esclavos africanos desde 1500 hasta 1800
(1)

Poblaciones negras en América hacia 1800
(2)

Proporción entre la población negra y los esclavos africanos
(2) / (1)

Estados Unidos

348

1.002

2,9

Hispanoamérica continental

750

920

1,2

Brasil

2.261

1.988

0,9

Caribe inglés y holandés

2.060

570

0,3

Caribe francés

1.415

732

0,5

Caribe hispano

414

390

0,9

Total

7.248

5.602

0,8

Fuente: Livi Bacci, Massimo. Los estragos de la conquista. Barcelona, Crítica, 2006, p. 283.

No conocemos bien los detalles de este éxito reproductivo de los negros esclavos en los Estados Unidos, observable en el siglo xviii y extendido hasta el fin de la esclavitud en 1865, pero sí hay mucha documentación sobre sus líneas generales. Las variables críticas incluyen, entre otras, la estructura por edad y sexo de los esclavos, las rutinas de trabajo, las actitudes de amos y esclavos ante la reproducción, las enfermedades prevalentes y las condiciones nutricionales y de alimentación.[28] Como lo indican McCusker y Menard, fue precisamente el éxito reproductivo de los esclavos lo que transformó a los Estados Unidos en una potencia esclavista; y para explicarlo, se argumentan tres elementos diferentes, los cuales no son obviamente excluyentes.

El primero se refiere al contraste en los determinantes ambientales de las enfermedades; en el Caribe y Brasil, el clima tropical impone el predominio de enfermedades infecciosas que afectan fuertemente los niveles de la mortalidad y la fecundidad, algo que tuvo menos impacto en Estados Unidos.

El segundo aspecto se refiere a la estrategia de los plantadores; el cálculo económico llevó a los amos a interesarse en la fecundidad de los esclavos, siguiendo los vaivenes del mercado, y muchos de ellos, particularmente en las zonas de colonización más viejas, donde los rendimientos agrícolas eran menores por el agotamiento paulatino de los suelos, se convirtieron en criadores y vendedores de esclavos.

El tercer argumento enfatiza la conducta de los esclavos que tuvieron espacio para poder tomar sus propias decisiones en relación con los arreglos familiares y las prácticas reproductivas.[29]

Resumiendo, se puede decir que durante el período colonial las poblaciones europeas tuvieron un gran éxito reproductivo en lo que llamaron el Nuevo Mundo. Esto puede verse, más allá de su dimensión simplemente demográfica, como un resultado del poder de la conquista y la colonización, y de la capacidad técnica y biológica de adaptación a un medio ambiental particularmente rico y diferente. Muy distinto fue el caso de los esclavos africanos: salvo en los Estados Unidos, en los demás países y regiones estuvieron por debajo del nivel de remplazo, lo que quiere decir que el crecimiento de estas poblaciones dependía directamente de la llegada de nuevos contingentes de esclavos; habría que esperar hasta mediados del siglo xix para el cambio de esta situación.

Las migraciones europeas, asiáticas y africanas desde 1800

La revolución de los transportes y las comunicaciones, durante el siglo xix, permitió una verdadera explosión de las migraciones. En la centuria que va de 1840 a 1940, llegaron unos 58 millones de personas a las Américas, principalmente desde Europa, pero también desde África y Asia; unos 50 millones de migrantes se asentaron en el sudeste de Asia, el litoral del océano Índico y el Pacífico Sur; otros 50 millones de personas se movieron hacia la Manchuria, Siberia, Asia Central y Japón. Además, hay que indicar que 1 millón de europeos se desplazaron hacia las nuevas colonias en África, Asia y Oceanía, mientras que, desde 1800 hasta 1870, hubo todavía algo más de 2 millones de esclavos africanos que llegaron a Brasil y Cuba.

El mapa 6.5 presenta en forma sumaria estas corrientes y espacios migratorios, que bien pueden calificarse como globales. Los europeos se desplazaron masivamente hacia los Estados Unidos y Canadá, Argentina, Uruguay y el sur de Brasil, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda; seguían el atractivo económico de nuevas zonas de desarrollo donde faltaba la mano de obra, se ofrecían altos salarios y había oportunidades de conseguir tierras y emprender negocios. A estos contingentes estimados en 50 millones, hay que sumarles los funcionarios coloniales (administradores, militares, etc.) que se desplazaron hacia las nuevas colonias europeas establecidas en África, Asia y Oceanía. Del Atlántico a los Urales, casi toda Europa se había convertido en tierra de emigración. La diáspora asiática, procedente sobre todo de India y China, y en menor medida de Japón, se desplazó hacia los bordes de los océanos Índico y Pacífico, hasta llegar a las costas de las Américas y las islas del Caribe. Desde Rusia los frentes pioneros de campesinos se movían hacia Asia Central y Siberia. El Atlántico de los esclavos africanos siguió siendo todavía, hasta la finalización de la trata alrededor de 1870, un espacio migratorio significativo.

Los migrantes se desplazaban hacia zonas atractivas, siguiendo motivaciones económicas, pero también debido a persecuciones y otras presiones de sus lugares de origen. La condición individual iba desde la libertad completa para decidir hasta diversas formas de contratos restrictivos y, en el extremo opuesto, la esclavitud personal. Las regiones que “expulsaban” población tenían, por lo general, un importante excedente demográfico con relación a la distribución de los recursos disponibles, particularmente tierra y trabajo.

Hechas estas consideraciones generales y mostrado el carácter global de los movimientos y espacios migratorios, toca en lo que sigue estudiar el fenómeno en América Latina.

Mapa 6.5. Corrientes y espacios migratorios, 1800-1940

Diagram  Description automatically generated

Fuentes: Rosenberg, Emily S. (ed.). A World Connecting, 1870-1945. Cambridge, Mass. Harvard University Press, 2012, pp. 436-437; Lattes, Alfredo E. Migraciones hacia América Latina y el Caribe desde principio del siglo xix. Buenos Aires, CENEP, 1985; Le Monde. L’Atlas des Migrations. París, Le Monde-La Vie (hors série), 2008-2009.

Entre 1821 y 1932, América Latina recibió algo más de 14 millones de inmigrantes, en su mayor parte procedentes de Europa. El cuadro 6.6 muestra estos datos y permite comparar estos volúmenes con los inmigrantes que se asentaron en los Estados Unidos y Canadá (37,4 millones) y los que se dirigieron a otros destinos fuera del continente americano (6,2 millones). La distribución entre países fue también desigual: Estados Unidos recibió un 55,4 % del total, mientras que Argentina captó un 11 % y Brasil, un 7,6 %. Los inmigrantes buscaban las mejores oportunidades económicas, y en esa época estas se encontraban sobre todo en dichos países.

Cuadro 6.7. Inmigración europea y asiática, 1821-1932, según países de destino

Países

Millones de inmigrantes

%

Argentina

6.4

11.0

Brasil

4.4

7.6

Antillas inglesas

1.6

2.8

Cuba

0.9

1.5

México

0.3

0.5

Uruguay

0.7

1.2

Otros (América Latina)

0.16

0.3

Subtotal de América Latina

14.46

Estados Unidos

32.2

55.4

Canadá

5.2

9.0

Subtotal

37.4

Australia

2.9

5.0

Nueva Zelanda

0.6

1.0

Sudáfica

0.9

1.5

Otros (Asia, África y Oceanía)

1.82

3.1

Subtotal

6.22

Total general

58.08

100.0

Fuente: Datos de Carr-Saunders (World Population, London, 1936) según Lattes, Migraciones hacia América Latina y el Caribe, p. 2.

Consideremos ahora las llegadas anuales de inmigrantes a Argentina, Brasil y los Estados Unidos; los datos básicos se presentan en el gráfico 6.3. Notemos que, en los tres casos, se incluyen los totales anuales de llegadas y se presentan las curvas suavizadas para una mejor apreciación de las tendencias. En el caso argentino, el aumento de la inmigración es continuo en el largo plazo y con oscilaciones relativamente suaves hasta la Primera Guerra Mundial; pasada la guerra, la inmigración vuelve a crecer, aunque a un ritmo más lento. La Segunda Guerra Mundial provoca solo una caída leve. En Brasil el crecimiento es fuerte hasta la década de 1890 y luego se estanca, en coincidencia con la caída del precio internacional del café; los niveles se recuperan en la década de 1910, pero caen enseguida con la guerra; de nuevo una corta recuperación en la década de 1920 y un descenso pronunciado durante la depresión de los 30 y la Segunda Guerra Mundial. En Estados Unidos la tendencia creciente cubre toda la segunda mitad del siglo xix y culmina en vísperas de la Primera Guerra Mundial; dentro de este movimiento largo, se inscriben varias oscilaciones menores vinculadas a la coyuntura económica; ya en la década de 1920, se observa la declinación de la inmigración, tendencia que se agudiza con la depresión de los 30 y la Segunda Guerra Mundial.

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Gráfico 6.3. Entradas anuales de inmigrantes en Argentina, Brasil y los Estados Unidos (1850-1950). Escala semilogarítmica; curvas suavizadas con mínimos cuadrados locales, con un ancho de banda de 0,1 (10 % de las observaciones en torno a cada año se incluyen en el cálculo suavizado).
Fuentes: Rechini de Lattes, Zulma y Lattes, Alfredo L. La Población de Argentina. Buenos Aires: INDEC, 1975, p. 200; Levy, Maria Estela Ferreira. “O papel de migração internacional na evolução da populazão brasileira (1872 a 1972)”. Revista de Saúde Pública, 1974; Historical Statistics of the United States, from colonial times to 1970, pp. 105-105 (series 89-119).

En el gráfico 6.3, se muestran las entradas anuales de inmigrantes; otra información importante se refiere al saldo neto de la migración, algo significativo en una época en la cual, así como eran importantes las llegadas, también se producían numerosos retornos.[30]

En el gráfico 6.4, se presentan los saldos migratorios netos para el caso argentino entre 1857 y 1950. Los ciclos son mucho más marcados, con un fuerte despegue en los 15 años anteriores a 1890, una caída fuerte en ese año, producto de una crisis financiera y una revuelta política, y una recuperación que preparó un nuevo despegue entre 1901 y 1914: en estos años el saldo migratorio neto osciló en torno a las 170.000 personas. La recuperación en la década de 1920 mantuvo el saldo positivo en unas 100.000 personas; pero hay que esperar al fin de la Segunda Guerra Mundial para que el saldo migratorio llegase otra vez a ese nivel.

Otro aspecto interesante de la migración italiana a Argentina es la llamada “migración golondrina” que operó sobre todo hasta 1914. Los trabajadores dejaban Italia en octubre o noviembre, cuando ya habían concluido las cosechas del hemisferio norte; en Argentina trabajaban en las cosechas de lino y trigo en Córdoba y Santa Fe, para luego descender hacia el sur, en la Provincia de Buenos Aires, en diciembre y enero; terminada la cosecha argentina, volvían a cruzar el Atlántico para reincorporarse a las labores agrícolas italianas.[31]

El apogeo de esta migración golondrina ocurrió entre 1900 y 1914, y cesó prácticamente luego de 1920. ¿Cómo se explican la intensidad y la tendencia de todos estos movimientos migratorios? La migración masiva europea durante la segunda mitad del siglo xix y hasta la Primera Guerra Mundial ha sido explicada como resultado del elevado crecimiento natural, la rápida industrialización y la diferencia en los niveles de los salarios reales; los migrantes abandonaban países donde la mano de obra era abundante y los salarios bajos buscando mejores remuneraciones en países donde la mano de obra era escasa y el crecimiento económico fuerte. La emigración se redujo cuando disminuyeron las diferencias relativas en los niveles de salario y cayó el incremento natural de las poblaciones europeas; estas explicaciones son macroeconómicas y macrodemográficas, y se derivan de correlaciones estadísticas que han sido cuidadosamente observadas y controladas.[32] No conocemos bien, sin embargo, las motivaciones individuales, un tema que ha sido estudiado en algunos casos, pero en el cual es difícil, si no imposible, establecer generalizaciones, más allá de la singularidad de cada caso.[33]

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Gráfico 6.4. Saldos anuales de la inmigración en Argentina, 1857-1950.
Fuente: Lates, La Población de Argentina, p. 200; Argentina. Resumen estadístico del movimiento migratorio, 1857-1924 (Buenos Aires, 1925).

La procedencia de los inmigrantes es otro tema importante a considerar. Los datos básicos se registran en el cuadro 6.8 para Argentina, Brasil y Cuba, los países latinoamericanos que recibieron los mayores volúmenes de inmigrantes. El patrón es relativamente simple: predomina la inmigración procedente de los países del sur de Europa; italianos y españoles en el caso argentino, italianos y portugueses en el de Brasil, y españoles en el de Cuba. Las ambiciones de las élites de motivar la llegada masiva de inmigrantes anglosajones, decididamente, no se cumplieron. Conviene notar también la llegada de inmigrantes asiáticos, chinos que se asentaron a lo largo de la costa del Pacífico, desde México hasta Chile, y también en algunas islas del Caribe; y japoneses en el sur de Brasil. Sirio-libaneses y palestinos se asentaron en pequeños núcleos en varios países del continente; judíos, sobre todo del grupo asquenazi y procedentes de Europa Central y Oriental, llegaron predominantemente a Argentina. A estos grupos se podrían agregar otros, como griegos, armenios y rusos. Ciertamente, América fue, durante al menos una centuria (1850-1950), una verdadera tierra de promisión.

Cuadro 6.8. Procedencia de la inmigración total en Argentina, Brasil y Cuba (períodos seleccionados)

Países de origen

Argentina (1857-1957)

Brasil (1821-1957)

Cuba (1901-1930)

Italia

46 %

30 %

España

30 %

13 %

62 %

Alemania

3 %

6 %

Polonia

3 %

Rusia

3 %

Francia

4 %

Portugal

31 %

Japón

4 %

Otros

12 %

17 %

38 %

Total

100 %

100 %

100 %

Total (en millones)

7.6

5.4

1.3

Espacios en blanco: países incluidos en la categoría “otros”.
Fuente: datos oficiales compilados por Lattes, Migraciones hacia América Latina y el Caribe, tablas 2, 3 y 7 del anexo.

El problema de la integración de los inmigrantes en las sociedades nacionales ha sido estudiado en la perspectiva sociológica y también de la historia social. Es un tema complejo que no es posible abordar en las dimensiones de este capítulo. Simplificando mucho, se puede afirmar que los inmigrantes de la primera generación experimentaron a menudo dificultades para la integración; la situación fue mucho más fácil para los hijos de estos inmigrantes, generalmente nacidos en su nuevo país; instituciones como la escuela primaria e incluso el servicio militar jugaron en esos casos un papel crucial.

La pregunta final que cabe sobre este tema de la inmigración es el peso relativo de los inmigrantes en relación con las poblaciones en los países de destino. El cuadro 6.9, con datos elaborados por Alfredo Lattes, permite responder a esta pregunta.

Cuadro 6.9. Relación entre la inmigración neta (1800-1970) y el tamaño de las poblaciones de los principales países de destino en 1910. En porcentajes

Países de destino

Inmigración neta/población en 1910 (%)

Argentina

77,9

Brasil

21,4

Cuba

52,2

Antillas

58,3

Uruguay

50,0

Venezuela

20,8

México

1,4

Chile

4,5

Resto de la región

18,2

Fuente: Lattes, Migraciones hacia América Latina, p. 19.

El cuadro 6.9 relaciona el volumen total de la inmigración neta en el período 1800-1970 con la población total de los países receptores en 1910. Se trata de un simple indicador demográfico, pero sus resultados son particularmente significativos. El peso de la inmigración fue máximo en Argentina, con un 78 %, y mínimo en México, con un 1,4 %; en Cuba, las Antillas[34] y Uruguay, el peso fue significativo, aunque bastante menor que en Argentina; Brasil y Venezuela tienen un indicador en torno al 20 %. En el resto de los países de América Latina, el valor agregado del índice fue del 18,2 %. Lattes escogió la población en 1910 como base de la comparación porque considera que representa bien la mediana de la inmigración total del período 1800-1970. Así las cosas, podemos afirmar que la inmigración masiva tuvo un peso moderado en la mayoría de los países latinoamericanos; solo en Argentina, Cuba, las Antillas y Uruguay, el impacto fue decididamente notable, mientras que, en el caso de Brasil, la inmigración pesó poco en el conjunto del país, pero resultó muy significativa en los estados del sur: San Pablo, Paraná, Santa Catarina, y Río Grande del Sur.

Migraciones internas y urbanización

Migraciones internas, aumento rápido del empleo en la industria y los servicios, y fuerte urbanización son rasgos típicos de América Latina a partir de 1930. Veamos algunos datos generales para caracterizar estos fenómenos. El cuadro 6.10 presenta los porcentajes de población urbana por países en 1930, 1950, 1980 y 2010; se ha considerado como urbana la población que habita en ciudades de más de 20.000 habitantes. El cambio es notable entre 1930 y 2010; en 1930, América Latina era masivamente rural; solo Argentina, Chile y Uruguay tenían entre un 30 % y un 40 % de población urbana; los demás países tenían proporciones mucho más bajas, entre un 4 % y un 27 %, pero con mucha variabilidad y una mediana que se sitúa en 14 %.

Cuadro 6.10. Porcentaje de población urbana*, 1930-2010

Países

1930

1950

1980

2010

Argentina

38

52

70

80

Bolivia

14

20

35

59

Brasil

14

21

52

71

Chile

32

45

67

80

Colombia

10

22

54

65

Ecuador

14

18

40

65

Paraguay

11

19

28

45

Perú

11

20

49

69

Uruguay

35

56

67

78

Venezuela

14

35

67

78

Costa Rica

20

17

30

59

El Salvador

7

14

25

44

Guatemala

11

13

19

31

Honduras

s.d.

7

25

42

México

14

26

49

70

Nicaragua

14

14

37

41

Panamá

27

28

43

60

Cuba

26

33

49

55

Rep. Dominicana

7

12

42

64

Haití

4

6

16

34

Jamaica

s.d.

16

38

56

Trinidad y Tobago

s.d.

22

41

53

Barbados

s.d.

46

47

31

*Población que vive en ciudades de 20.000 habitantes o más.
Fuentes: 1930: United Nations, Growth of the World’s Urban and Rural Population, 1920-2000. Nueva York, 1969. 1950-2010: Cepal-STAT, consultado en diciembre de 2020.

En 2010 la situación es inversa, América Latina es masivamente urbana; solo 7 países tienen menos del 50 % de población urbana, y 5 países tienen más del 70 % de su población viviendo en ciudades de más de 20.000 habitantes. Los datos referidos a 1950 y 1980 permiten hacerse una idea del cambio temporal; la explosión urbana se ha producido después de 1980, en un corto lapso de tres décadas.

Cuadro 6.11. Población (en millones) y rango de las aglomeraciones metropolitanas de América Latina (1950-2010)

Ciudad

1950

Rango

1985

rango

2010

rango

Belo Horizonte

0,35

10

2,0

9

4,8

8

Bogotá

0,70

7

4.49

6

7,0

6

Buenos Aires

5,25

1

10,88

3

14,0

3

Caracas

0,68

8

3,75

8

4,3

11

Guadalajara

0,43

11

2,77

10

4,4

10

Lima

1,05

6

5,68

5

9,5

5

Ciudad de México

3,05

3

17,30

1

20,1

2

Monterrey

0,38

12

2,53

12

4,6

9

Porto Alegre

0,67

9

2,74

11

3,9

12

Río de Janeiro

3,48

2

10,37

4

11,9

4

San Pablo

2,76

4

15,88

2

23,5

1

Santiago de Chile

1,43

5

4,16

7

5,8

7

Fuentes: censos nacionales y estimaciones oficiales de población.

Otro rasgo notable de la urbanización es la existencia de grandes aglomeraciones metropolitanas. Las raíces del fenómeno se localizan en el siglo xix durante la gran expansión exportadora. La tríada centro político/centralización, puerto de exportación, y confluencia de la red de caminos y ferrocarriles tendió a concentrar población desde relativamente temprano. El cuadro 6.10 muestra la población (en millones de habitantes) de las aglomeraciones metropolitanas en 1950, 1985 y 2010, con indicación del rango respectivo. México y San Pablo, seguidas por Buenos Aires y Río de Janeiro, son, desde 1950, las zonas metropolitanas dominantes; entre 1985 y 2010, se agregaron, con gran ímpetu, otras aglomeraciones como Caracas, Guadalajara, Monterrey, Belo Horizonte, Lima, Bogotá, Santiago de Chile y Porto Alegre, las cuales eran aún poco visibles en 1950.

La rápida urbanización se dio en un contexto de planificación urbana deficiente, con serios déficits en los servicios. El crecimiento de las zonas urbanas marginales, con viviendas sumamente precarias y una pobreza también creciente, fue un fenómeno intrínseco de este proceso de urbanización. El espejismo de la vida urbana y sus promesas “modernas” siguieron, de todos modos, atrayendo a los migrantes, procedentes por lo general de zonas rurales deprimidas, donde había pocas oportunidades de trabajo y mucho desempleo. Las ciudades latinoamericanas quedaron así profundamente divididas y polarizadas, en núcleos urbanos modernos y cinturones de marginalidad y pobreza.

El cambio en las características de la población económicamente activa por sectores ha sido otro proceso paralelo al de la rápida urbanización y la concentración metropolitana. Revela, en un rápido vistazo, el cambio profundo en la estructura económica de los países. Esto se muestra, con datos censales y estimaciones procedentes de las encuestas de hogares para 1950, 1980 y 2010, en el gráfico 6.5. En 1950 hay un predominio masivo de la población ocupada en la agricultura y las actividades extractivas, es decir, el sector primario; en algunos países se observa también la importancia creciente del empleo en la industria. En 1980 se puede ver la declinación del empleo en el sector primario y el aumento del sector terciario o de servicios; en 2010 esta tendencia se afirma todavía más, agregándose una notable compresión del empleo en el sector industrial o secundario. Las economías latinoamericanas se insertan ahora, claramente, en la economía globalizada.

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Gráfico 6.5. Población activa por sectores de actividad, 1950, 1980 y 2010 (en porcentajes).
Fuente: datos censales y estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo.

Inmigración y emigración desde 1950

Conviene ahora trazar un panorama general sobre las migraciones externas en América Latina a partir de 1950. Para esto, vamos a considerar las estimaciones de las tasas de migración por cada mil habitantes, utilizadas como base de las proyecciones de CELADE para el período 1950-2100; nos restringiremos al período 1950-2025, por lo cual solo la cifra del quinquenio 2020-2025 es resultado de la proyección; las cifras por quinquenio del período 1950-2020 resultan de estimaciones.[35] Estos datos permiten hacerse una idea rápida pero precisa de las tendencias generales de la migración en el período considerado.

El gráfico 6.6 presenta las tasas de migración por cada mil habitantes para el conjunto de América Latina, el Caribe no hispánico, y México.[36] Recordemos que la tasa de migración resulta de dividir el total neto de migrantes (entradas menos salidas) entre la población total estimada en el mismo año o período de años. Una tasa positiva indica que hay más entradas que salidas, mientras que una tasa negativa marca lo contrario. El conjunto de América Latina experimenta tasas de migración negativas en todo el período considerado; sin embargo, estas tasas no son muy elevadas, ya que nunca superan -2 por cada mil habitantes. Notemos, para fijar las ideas, que, si comparamos la tasa de migración con la tasa bruta de mortalidad en el período considerado, resulta que esta desciende regularmente, desde 16 por mil en 1950-1955 hasta un 6 por mil en 2020-2025. Dicho en otros términos, las pérdidas de población asociadas a las tasas de migración negativas son mucho menores que las pérdidas derivadas de la mortalidad. El Caribe no hispánico presenta tasas negativas, es decir, de emigración, relativamente elevadas, las cuales provienen de los intensos procesos de emigración hacia Gran Bretaña, Francia, Holanda y Estados Unidos que caracterizan la demografía de estas islas en el período considerado. México experimenta también tasas elevadas de emigración, sobre todo entre 1980 y 2000; en este caso, los migrantes se dirigen hacia los Estados Unidos.

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Gráfico 6.6. Migraciones en América Latina, México y el Caribe no hispánico, 1950-2025. Tasas quinquenales de migración por cada mil habitantes.
Fuente: Cepal-STAT.

En los gráficos 6.7 y 6.8, se presentan las tasas de migración de países seleccionados del Caribe, Centro y Sudamérica. Estas tasas reflejan diferentes experiencias de migración, que vamos a comentar a continuación.

En los países seleccionados de Centroamérica y el Caribe (gráfico 6.7), se muestran experiencias continuas de emigración, con tasas relativamente elevadas. La explicación de estos fenómenos incluye factores económicos y políticos, más bien estructurales, ya que persisten a lo largo del tiempo. Cuba es un caso característico; desde la Revolución, en 1959, la emigración ha estado presente, originándose en razones políticas de disidencia contra al régimen político imperante.

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Gráfico 6.7. La emigración en países seleccionados de Centroamérica y el Caribe, 1950-2025. Tasas quinquenales de migración por cada mil habitantes.
Fuente: Cepal-STAT.

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Gráfico 6.8. La migración en países seleccionados de América del Sur, 1950-2025. Tasas quinquenales de migración por cada mil habitantes.
Fuente: Cepal-STAT.

A estas razones políticas, se les agregaron más tarde motivaciones económicas; como se aprecia en las cifras, durante todo el período considerado, Cuba experimenta tasas de emigración que oscilan entre el 2 y el 6 por cada mil habitantes. En el caso de los países centroamericanos (salvo Costa Rica), una de las respuestas a la guerra civil y la crisis económica ocurridas en la década de 1980 fue una intensa emigración hacia Estados Unidos, México y Costa Rica; esos procesos se pueden ver en el gráfico 6.7. El Salvador, seguido de Guatemala, Nicaragua y Honduras, fueron los países más afectados por un fenómeno de emigración que se prolongó en la década de 1990 y continuó en el nuevo milenio. Haití y República Dominicana, por su parte, muestran tasas de emigración entre 2 y 4 por mil, originadas en movimientos de haitianos que se mueven hacia la República Dominicana[37] y los Estados Unidos, y dominicanos que emigran hacia los Estados Unidos. La emigración haitiana hacia la República Dominicana comenzó alrededor de 1910 y estuvo motivada por la demanda de mano de obra de las plantaciones e ingenios de caña de azúcar; las diferencias étnicas y otros factores provocaron grandes tensiones fronterizas que culminaron con la llamada “masacre del perejil”, en octubre de 1937: entre 12.000 y 17.000 haitianos fueron masacrados por las tropas dominicanas enviadas por el dictador Rafael Trujillo. A partir de ese momento, los trabajadores haitianos continuaron entrando para laborar en las plantaciones, pero fueron sometidos a un estricto control militar y policial. En el caso de Haití, el devastador terremoto de 2010 provocó una nueva oleada emigratoria que llegó no solo a la República Dominicana y los Estados Unidos, sino también a otros países de América Latina.

El gráfico 6.8 presenta las tasas de migración en algunos países de América del Sur. Chile y Venezuela son casos opuestos; hasta mediados de la década de 1990, Chile tenía tasas de migración negativas, motivadas primero por razones económicas (décadas de 1950 y 1960) y luego por razones políticas (décadas de 1970 y 1980); el retorno de la democracia y la prosperidad económica, en los noventa, incentivó la inmigración, y así se observan hasta 2020 tasas de migración positivas. Venezuela, por su parte, fue un país que atrajo la inmigración hasta la década de 1960; luego la tasa de migración fue prácticamente cero hasta 2000, es decir, entradas y salidas se equilibraban. En los primeros años del siglo xxi, la situación cambió; sobre todo por las tensiones políticas debidas al régimen de Hugo Chávez, la emigración empezó a crecer; la muerte de Chávez en 2013 y el régimen subsecuente de Maduro precipitaron la situación, lo que provocó un éxodo masivo sobre todo a los países vecinos; se calcula que entre 2014 y 2020 salieron más de 5 millones de venezolanos; nótese que en el gráfico 6.8 la recuperación de la migración en 2020-2025 es solo una proyección.[38]

La inmigración desde países vecinos

Además de la migración interna rural-urbana, en algunos países resulta notable la inmigración desde países vecinos. Estos movimientos son a menudo de larga data, pero han tendido a acelerarse a finales del siglo xx e inicios del siglo xxi. Un ejemplo característico fue el de la emigración de campesinos salvadoreños hacia Honduras, que comenzó a inicios del siglo xx; en la década de 1960, las tensiones entre ambos países subieron: por una parte, hubo conflictos entre los empresarios por la distribución de beneficios derivados del Mercado Común Centroamericano; los hondureños se sentían perjudicados frente a la dinámica de la industria salvadoreña; por otra parte, en 1969 comenzó a aplicarse una interpretación de la Ley de Reforma Agraria hondureña de 1962, que excluía de cualquier beneficio a los campesinos salvadoreños; estos no tenían papeles, pero sí muchos años de vivir y cultivar las tierras disputadas.[39] En julio de 1969, estalló la llamada “guerra del fútbol” entre Honduras y El Salvador; como efecto inmediato, la expulsión de salvadoreños desde Honduras se detuvo, y la emigración desde El Salvador hacia Honduras, también. Durante la guerra civil de la década de 1980, la frontera volvió a ser porosa, y hubo una emigración importante de refugiados salvadoreños hacia Honduras.

El cuadro 6.12 permite seguir la situación hacia el año 2000; Costa Rica y el Caribe no hispano experimentan la mayor inmigración con relación a sus respectivas poblaciones totales; en el caso de Costa Rica, la mayoría de los inmigrantes son nicaragüenses, con algunos contingentes de colombianos y salvadoreños; en el Caribe no hispano, la inmigración es diversificada, pero procede básicamente de otras islas del mismo ámbito geográfico y también de Europa y los Estados Unidos. Argentina y Venezuela siguen teniendo una inmigración que representa algo más del 4 % con relación a sus poblaciones totales respectivas; en el caso argentino,[40] se trata sobre todo de paraguayos, bolivianos, uruguayos y chilenos, a los que se agrega una llegada más reciente de peruanos, chinos y coreanos; en el caso de Venezuela, predominan los colombianos, pero, como se vio hace un momento, esta situación se modifica radicalmente después de 2014. Panamá y Paraguay siguen, en el cuadro, con proporciones mayores que el resto de América Latina, donde la inmigración solo representa un 1 % del conjunto de la población. Estos procesos inmigratorios, en los cuales predominan las procedencias de los países vecinos, revela la existencia de fronteras porosas; el fenómeno es de larga data y los volúmenes de población que circula a través de las fronteras siguen de cerca las coyunturas económicas y políticas de los respectivos países.

Cuadro 6.12. Inmigrantes con respecto a la población total, en miles, alrededor de 2000

País

Población total

Inmigrantes

% de la población total

Argentina

36.784

1.531

4,2 %

Costa Rica

3.925

296

7,5 %

Panamá

2.948

86

2,9 %

Paraguay

5.496

171

3,1 %

Venezuela

24.311

1.014

4,2 %

América Latina

511.681

5.148

1,0 %

Caribe no hispano*

11.782

853

7,2 %

*Caribe inglés, francés y holandés. Cuba, Haití y República Dominicana se incluyen en el total de América Latina. Se detallan solo países donde la inmigración representa más del 2 % sobre la población total.
Fuente: CELADE. Observatorio Demográfico, Migración Internacional. Santiago de Chile, 2006, p. 16.

La emigración hacia los Estados Unidos y otros destinos

Durante cinco siglos, las Américas han sido tierras de inmigración; sin embargo, desde las últimas décadas del siglo xx, América Latina se ha convertido en una región que expulsa importantes contingentes de población hacia el norte, es decir, hacia los Estados Unidos; otros destinos menos importantes como Canadá, Europa Occidental o Australia también han comenzado a cobrar cierta relevancia. En los últimos 50 años, parece que la emigración se constituye en un nuevo rasgo distintivo de la demografía latinoamericana. Dedicaremos esta sección a presentar los datos básicos del tema.

Antes de proseguir, conviene recordar de nuevo que los datos sobre los movimientos migratorios son problemáticos, dadas las características mismas del fenómeno, a menudo inestable y cambiante, y casi siempre con movimientos en diversos sentidos: idas y venidas, retornos definitivos, expulsiones, situaciones de ilegalidad, etc. Por todo esto, los datos que se presentan se deben entender como las mejores estimaciones disponibles.

La primera perspectiva es la de la emigración con relación a las poblaciones totales de los países respectivos. Es lo que se presenta en el cuadro 6.12, basado en los censos alrededor de 2000 y la base de datos IMILA, compilada y mantenida por el CELADE. El cuadro permite ver el peso relativo de emigración con relación al conjunto de la población de cada país. El Salvador y las islas del Caribe no hispánico encabezan la lista, con una emigración cuyo volumen representa más del 10 % de la población total; siguen México, Nicaragua, Cuba, Haití, Uruguay, Paraguay y República Dominicana, con cifras algo menores al 10 %. Bolivia, Ecuador, Guatemala, Honduras y Panamá tienen una emigración que representa algo más del 4 % con respecto a la población total; los demás países sitúan con porcentajes más bajos; en el conjunto de América Latina, la emigración se ubica en un 3,8 % de la población total. Conviene notar que en 2000 la cifra más baja corresponde a Venezuela, un país que por entonces no expulsaba población, sino que más bien continuaba atrayendo migrantes dada la bonanza de su industria petrolera.

Una segunda perspectiva surge al considerar la emigración según destinos. Estados Unidos es, como ya se dijo, de lejos el destino más relevante, pero, a finales del siglo xx e inicios del siglo xxi, también España cobró una cierta importancia. Veamos brevemente lo atinente a este destino europeo. Los primero que conviene notar es que España fue, durante largos siglos, un país de emigración. Este cambio notable, a finales del siglo xx, se relaciona con varios aspectos: a) el auge económico, hasta la crisis de 2008-2009, en el contexto de la Unión Europea, lo cual produjo una fuerte demanda de trabajadores sobre todo en ramas como la construcción; b) las facilidades migratorias ofrecidas a los latinoamericanos, al no exigir visas de entrada; y c) la existencia (en América Latina) de poblaciones dispuestas a migrar en busca de mejores oportunidades económicas.

Cuadro 6.13. Emigrantes con respecto a la población total, en miles, alrededor de 2000

País

Población total

Emigrantes

% de la población total

Argentina

36.784

507

1,4 %

Bolivia

8.428

346

4,1 %

Chile

15.398

453

2,9 %

Colombia

42.321

1.441

3,4 %

Costa Rica

3.925

86

2,2 %

Cuba

11.199

973

8,7 %

Ecuador

12.299

585

4,8 %

El Salvador

6.276

911

14,5 %

Guatemala

11.225

532

4,7 %

Haití

8.357

534

6,4 %

Honduras

6.485

304

4,7 %

México

98.881

9.277

9,4 %

Nicaragua

4.957

477

9,6 %

Panamá

2.948

124

4,2 %

Paraguay

5.496

368

6,7 %

Perú

25.939

634

2,4 %

República Dominicana

8.396

782

9,3 %

Uruguay

3.337

278

8,3 %

Venezuela

24.311

207

0,9 %

Caribe no hispano

11.782

1.832

15,5 %

América Latina

511.681

19.549

3,8 %

Fuente: CELADE. Observatorio Demográfico, Migración Internacional. Santiago de Chile, 2006, p. 16; base de datos IMILA.

La conjunción de estos tres factores explica el rápido aumento de los inmigrantes latinoamericanos en España. En 2002 había unos 800.000 residentes registrados, es decir, un 2 % del total de habitantes; en 2008 esa cifra subió 1,7 millones, o sea, a casi un 4 % de la población total; y en 2019 todavía se registraban 1,2 millones de latinoamericanos viviendo en España; hacia 2015 el ciclo de atracción se había cerrado.[41]

Veamos ahora el caso de la emigración hacia los Estados Unidos. El gráfico 6.9 presenta dos paneles con los datos básicos de este proceso. En el primero se puede observar la inmigración legal que llegó a los Estados Unidos desde 1820 hasta 2019; para simplificar el gráfico, se muestran cifras acumuladas decenales para el total de inmigrantes y los procedentes de América Latina y el Caribe. Se puede apreciar el fuerte movimiento ascendente de la inmigración total hasta la Primera Guerra Mundial, la notable caída hasta 1945, y luego el alza constante hasta 2019; la participación de América Latina y el Caribe es muy moderada hasta 1960 y luego se observa un sostenido ascenso hasta finales del siglo xx. El segundo panel muestra en detalle el período 1940-2019; los mexicanos ocupan el primer lugar, seguidos por el Caribe no hispánico, Centroamérica y Cuba. Estos movimientos migratorios forman parte, sin duda, de un proceso de integración cada vez más fuerte (y desigual) que une la cuenca del Caribe en su conjunto con los Estados Unidos.

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Gráfico 6.9. Inmigración legal hacia Estados Unidos, 1820-2019 y 1940-2019 (por décadas y en miles).
Fuente: datos del U.S. Department of Homeland Security, Office of Immigration Statistics. Consulta online el 14/12/2020.

Siempre dentro de esta segunda perspectiva, conviene examinar ahora la presencia de estas poblaciones de emigrantes latinos o hispanos, como son corrientemente llamados, dentro de los Estados Unidos; los datos provienen de los censos de población y de las encuestas de hogar, denominadas American Community Surveys, y se muestran en los cuadros 6.14 y 6.15. En 2019 los latinos eran unos 60 millones, equivalentes a un 18 % del total de los habitantes de los Estados Unidos (328 millones); las proyecciones de población indican que los latinos serán 133 millones en 2050, lo cual representará un 35 % de la población total de los Estados Unidos (380 millones). La población de latinos está creciendo mucho más rápido que otros grupos étnicos de la población norteamericana. De los 60 millones registrados en 2019, un 61 % eran mexicanos, seguidos por un 9 % de puertorriqueños, un 4 % de salvadoreños, un 4 % de cubanos y un 4 % de dominicanos. Los españoles y otros grupos residuales representan un 5 % del total; otras nacionalidades, como hondureños, guatemaltecos, colombianos, venezolanos y ecuatorianos, tienen también una presencia menor pero significativa. Las cifras comentadas reflejan tanto una historia de inmigrantes llegados desde muchas décadas atrás, como es el caso de los mexicanos y cubanos, como las tendencias más recientes, desde finales del siglo xx, cuando se refuerza notablemente la presencia de los centroamericanos y colombianos, y más recientemente, venezolanos.

Cuadro 6.14. Hispanos o latinos en los Estados Unidos, 2019

País de origen

Población

Hispanos o latinos

60.481.746

México

37.186.361

Puerto Rico

5.828.706

Cuba

2.381.565

República Dominicana

2.094.222

Costa Rica

167.234

Guatemala

1.683.093

Honduras

1.083.540

Nicaragua

429.501

Panamá

194.060

El Salvador

2.311.574

Argentina

303.197

Bolivia

132.619

Chile

154.917

Colombia

1.237.606

Ecuador

706.250

Paraguay

27.574

Perú

668.507

Uruguay

66.684

Venezuela

549.256

Otros sudamericanos

26.653

España y otros

3.190.173

Fuente: estimaciones derivadas del American Community Survey, 2019. Consultadas en el sitio web del U.S. Bureau of the Census, el 17 de diciembre de 2020.

Cuadro 6.15. Características socioeconómicas de los latinos en los Estados Unidos, según grupo étnico y lugar de nacimiento, 2009

1

2

3

4

5

6

7

Latinos

60,9

13,5

33,4

$36.000

23,3

31,3

Mexicanos

77,0

13,1

39,2

$40.590

24,2

21,0

Mexicanos*

38,7

10,4

24,2

$32.000

26,2

57,1

Puertorriqueños

82,5

15,8

41,2

$40.000

25,1

14,7

Puertorriqueños*

63,5

13,1

37,4

$28.400

25,2

16,6

Cubanos

90,8

11,0

49,1

$56.700

13,2

15,3

Cubanos*

70,8

11,7

39,1

$33.300

17,1

29,3

Dominicanos

83,4

17,9

41,3

$40.000

26,7

14,8

Dominicanos*

59,7

12,5

30,8

$30.000

24,2

29,0

Centroamericanos

85,8

15,5

41,1

$42.800

23,9

20,3

Centroamericanos*

49,6

11,1

26,0

$35.000

20,2

54,8

Sudamericanos

93,1

13,5

46,3

$55.000

12,7

15,1

Sudamericanos*

80,9

9,5

38,0

$44.500

12,8

35,9

Otros latinos

83,2

12,0

42,0

$40.000

18,0

16,2

Otros latinos*

68,4

7,8

38,3

$42.000

17,4

30,0

Blancos estadounidenses

90,4

8,4

46,2

$51.700

9,9

10,9

1. Grupo étnico y lugar de nacimiento. 2. Porcentaje de graduados de escuela secundaria mayores de 25 años. 3. Porcentaje de desempleados. 4. Índice socioeconómico ocupacional promedio. 5. Mediana del ingreso familiar anual. 6. Porcentaje de pobres. 7. Porcentaje sin seguro de salud.
*Nacidos en sus países de origen. Sin asterisco, nacidos en los Estados Unidos.
Fuente: Sáenz, Rogelio. “Latinos in the United States 2010”. Population Bulletin Update. Population Reference Bureau, diciembre de 2020. Datos del American Community Survey de 2009, disponibles en la base de datos IPUMS, University of Minnesota, 2010.

Conviene notar que, en la clasificación étnico-cultural utilizada en los Estados Unidos, los latinos o hispanos se definen como poblaciones de lengua española, por lo cual los brasileños (algo más de 300.000 en 2014) no aparecen dentro de dicha categoría. El cuadro 6.15 brinda información sobre las características socioeconómicas de las poblaciones latinas de los Estados Unidos en 2009 y permite introducir detalles y matices importantes. Lo primero es que se distinguen dos grupos diferentes, los nacidos en los Estados Unidos de padres latinos, y los inmigrantes residentes que no han adquirido todavía el pasaporte estadounidense. Esta consideración es importante porque, en los Estados Unidos, la marca étnico-cultural (o racial, si se prefiere usar el término) es, como ya se indicó antes, de tipo genealógica, y así aparece en los registros estadísticos y en la percepción (o representación) social.

Como se puede apreciar en el cuadro 6.15, en los seis indicadores socioeconómicos considerados, las poblaciones latinas nacidas en sus países de origen tienen valores mucho más desfavorables que las nacidas en los Estados Unidos; esto refleja, obviamente, los beneficios de haber crecido en el nuevo país y la existencia de mejores oportunidades. Los mexicanos nacidos en México, valga la redundancia, muestran indicadores particularmente desfavorables en todos los rubros, seguidos de cerca por los cubanos y centroamericanos nacidos en sus países de origen. La inserción de los latinos en la sociedad estadounidense opera pues en los niveles más bajos de la estratificación social; así lo revela rápidamente la comparación con el caso de los que el censo clasifica como “blancos”, es decir, lo que corresponde a los anglosajones, también conocidos a veces como WASP (Whites, Anglo-Saxons, Protestants). Aunque la inmigración de hispanos o latinos es de larga data, el aumento de los flujos migratorios en las décadas recientes ha provocado serios conflictos y no pocos debates. Un connotado politólogo de Harvard no ha dudado en hablar, hacia 2004, de lo que llamó el “desafío hispano”; su presentación, en una prestigiosa revista académica, no puede ser más contundente:[42]

El flujo persistente de inmigrantes hispanos amenaza con dividir los Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas. A diferencia de otros grupos de inmigrantes del pasado, los mexicanos y otros latinos no se han asimilado a la corriente cultural estadounidense y desde Los Angeles a Miami han formado sus propios enclaves políticos y lingüísticos, rechazando los valores anglo-protestantes que forman parte del American dream. Los Estados Unidos ignoran este desafío y sus peligros.

En el cierre de su artículo, Huntington afirma que no hay cabida para algo así como un Americano dream; si los mexicanos-americanos quieren soñar, deben hacerlo en inglés. El texto de Huntington obedece a una postura conservadora y apenas disimula un prejuicio racista; ha sido repetidamente criticado y no nos interesa entrar aquí en un análisis detallado. Más bien debe tomarse como un síntoma de un malestar social y político que fue desplegado en la campaña presidencial de 2016, cuando el candidato republicano Donald Trump no vaciló en insultar a los mexicanos; como es sabido, siendo ya presidente, uno de sus caballos de batalla fue precisamente la construcción de un muro en la frontera entre Estados Unidos y México.

Uno de los elementos mencionados por Huntington, y repetido incesantemente después, es el aumento de la inmigración ilegal. Para cerrar esta sección, conviene examinar el tema. Los datos sobre la inmigración ilegal provienen de estimaciones elaboradas a partir del American Community Survey y los censos y las cifras sobre detenciones y deportaciones publicadas por el U.S. Department of Homeland Security. En el caso de las estimaciones, seguimos las publicadas por el Pew Research Center.[43]

Como se puede ver en el cuadro 6.16, en 2017 había unos 10,5 millones de residentes ilegales, 12,3 millones de residentes legales y 20,7 millones de extranjeros naturalizados. Es interesante notar que la mayoría de los residentes ilegales tenían en promedio unos 15 años de permanencia en los Estados Unidos, en 2017 solo un 20 % tenían cinco o menos años de permanencia. Otro fenómeno interesante tiene que ver con el origen de los inmigrantes ilegales: en 2017 solo un 20 % habían nacido en México, mientras que en 2007 esa proporción era de 52 %. El fenómeno se reflejaba también en las cifras de detenidos y deportados en la frontera: en 2016 un 62 % de los aprehendidos no eran mexicanos; en 2000, el 98 % de los detenidos eran de origen mexicano. La disminución relativa de los mexicanos es correlativa con el aumento de la inmigración ilegal desde Centroamérica y el Caribe. Datos adicionales se pueden ver en los gráficos 6.10 y 6.11. El gráfico 6.10 presenta estimaciones anuales de los inmigrantes en años seleccionados entre 1990 y 2017; se puede apreciar el fuerte aumento a partir de 1990, con un máximo en 2007 de 12,2 millones; la presencia de ilegales mexicanos es muy fuerte en todo el período considerado, aunque se observa una leve disminución relativa entre 2007 y 2017; también es perceptible el declive paulatino de los inmigrantes ilegales para llegar a 10,2 millones en 2017.

Cuadro 6.16. Población extranjera residente en los Estados Unidos en 2017 según el estatus legal (en millones)

Total de nacidos en el extranjero

45,6

100 %

Naturalizados

20,7

45 %

Residentes legales

12,3

27 %

Residentes temporales (legales)

2,2

5 %

Ilegales

10,5

23 %

Cifras redondeadas. Los ilegales incluyen algunos casos protegidos temporalmente de deportación, bajo la Deferred Action for Chilhood Arrivals (DACA) y el Temporary Protected Status (TPS), y también solicitudes de asilo pendientes de resolución.
Fuente: estimaciones del Pew Research Center.

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Gráfico 6.10. Inmigrantes ilegales en los Estados Unidos según origen. Estimaciones en años seleccionados, 1990-2017 (en millones).
Fuente: estimaciones del Pew Research Center.

Una visión complementaria surge de las cifras del gráfico 6.11, referido a expulsiones y detenciones anuales de inmigrantes ilegales. Se observa una clara disminución desde niveles que superaban el millón anual entre 1995 y 2007, hasta un medio millón anual entre 2015 y 2018. La gran mayoría de estas detenciones son obra de las patrullas fronterizas; las cifras de expulsiones legales son mucho menores, aunque van en aumento, mientras que las deportaciones de la “migra” también disminuyen regularmente.

El marco legal de la inmigración en los Estados Unidos merece unos breves comentarios. En 1965, el presidente Johnson promulgó la Immigration and Nationality Act; esta ley modificó los criterios de admisión establecidos en la Immigration Act de 1924 y la Immigration and Nationality Act de 1952, eliminando las cuotas y la discriminación de ciudadanos asiáticos y de Europa del Este y del Sur; de hecho, estas nuevas disposiciones, enmarcadas en las luchas por los derechos civiles de la década de 1960, incentivaron la inmigración, atraída además por la fuerte prosperidad de la economía norteamericana.

La composición de la inmigración se modificó sustancialmente, como se puede apreciar en las cifras del cuadro 6.17; en 1960, un 67 % de los inmigrantes provenían de Europa; en 2013, un 79 % procedían de América Latina, el Caribe y los países asiáticos. Cambios legales importantes permitieron, a partir de 1980, la admisión de refugiados siguiendo la definición de las Naciones Unidas; en 1986 la Immigration Reform and Control Act (IRCA) estableció, por la primera vez, sanciones penales a los empleadores de inmigrantes ilegales; esta misma ley facilitó la legalización de unos 3 millones de indocumentados y reforzó los poderes de las patrullas fronterizas. En 2014, el presidente Obama firmó dos acciones ejecutivas que establecieron la Deferred Actions for Parents of Americans (DAPA), que protege de la expulsión inmediata a los padres de niños nacidos en los Estados Unidos y, por lo tanto, ciudadanos estadounidenses, y la Deferred Action for Chilhood Arrivals (DACA), que protege de expulsión a menores de edad que fueron traídos ilegalmente a los Estados Unidos. En 2019 había 536.000 mexicanos, 26.000 salvadoreños, 17.000 guatemaltecos y 16.000 hondureños enrolados en el programa DACA. En 2017, el presidente Trump intentó terminar con este programa, pero diversas acciones legales lo han impedido hasta hoy (2022).

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Gráfico 6.11. Expulsiones, deportaciones y detenciones de inmigrantes ilegales en los Estados Unidos, 1990-2018. Expulsiones: (removals) extranjeros expulsados con una orden judicial. Deportaciones (returns): expulsados sin orden judicial. Detenciones (aprehended): detenidos y devueltos por las patrullas fronterizas.
Fuente: datos del U.S. Department of Homeland Security, Office of Immigration Statistics. Yearbook of Immigration Statistics 2018, tablas 33 y 39.

El tema de la inmigración se ha convertido en un tema muy controversial dentro de la política y la sociedad norteamericanas; el texto de Huntington citado páginas atrás es apenas un indicador proveniente del ámbito académico. En 1965, cuando se discutió y aprobó la Immigration and Nationality Act, el tema no era controversial; tanto republicanos como demócratas compartían la idea de aumentar la inmigración, aunque las encuestas revelaban que solo un 7 % del público favorecía dicho incremento; pero, una vez aprobada la ley, esta recibió un 70 % de opiniones positivas. Como lo señaló Andrew

Cuadro 6.17. Composición de la inmigración en los Estados Unidos según regiones de origen, 1960-2014, en porcentajes

Origen

1960

1970

2013

Europa

67 %

58 %

13 %

Africa

0,5 %

1 %

4 %

Asia

3 %

6 %

27 %

América Latina y el Caribe

9 %

19 %

52 %

Otros

20,5 %

16 %

4 %

Fuente: estimaciones del Pew Research Center utilizando las muestras de los censos de la base de datos IPUMS.

Kohut, en 1960 solo un 5 % de la población estadounidense había nacido en el extranjero; en 2013, esa proporción había subido al 13 %, y la gran mayoría de los inmigrantes provenían de Asia, América Latina y el Caribe.[44] Este cambio estructural, unido al de la inmigración ilegal, parece estar detrás de la polarización de opiniones del momento actual, desde 2019; las encuestas disponibles muestran que los problemas que la mayoría de norteamericanos consideran como muy importantes son el acceso a los servicios de salud, la adicción a las drogas, el acceso a la educación superior y el déficit del gobierno federal; pero un 43 % de los encuestados también identifican la inmigración ilegal y el racismo como problemas cruciales. La diferencia se torna muy polarizada cuando se toman en cuenta las opiniones según partido político; un 57 % de republicanos considera importante la inmigración ilegal, frente a un 23 % de los demócratas, mientras que un 62 % de los demócratas ven el racismo como un problema frente a un 21 % de los republicanos.[45]

Migraciones y transición demográfica

Para concluir este capítulo, conviene volver a la relación entre las migraciones y el proceso de transición demográfica. Ya se ha indicado que, dentro del modelo teórico de la transición demográfica, no han tenido cabida las migraciones. Y esto llama la atención dado que, precisamente durante el período de la transición demográfica, los países europeos experimentaron fuertes migraciones. Las razones para la exclusión se atribuyen, generalmente, a las dificultades para integrar las migraciones en un modelo y al hecho de que el efecto de las migraciones durante la transición no ha sido unívoco; es decir, en unos países hubo fuerte emigración, en otros mucho menos, y todavía en otros, una fuerte inmigración. Así las cosas, parecería que estamos frente a una variable (o un conjunto de variables) realmente difícil de modelizar; más que un tema de la demografía de la transición, las migraciones han sido objeto de mucha atención por parte de la historia económica y social, la geografía humana, la sociología y la economía, entre otras disciplinas de las ciencias sociales.

¿Qué sabemos de las migraciones en la transición demográfica? Podemos resumir el tema brevemente. Ante todo, hay que notar que las migraciones internas, del campo a la ciudad, están presentes en todos los casos, y alimentan el proceso de urbanización concomitante con la transición demográfica. En las migraciones internacionales, el panorama es mucho más variado. En el caso de Gran Bretaña, el modelo clásico de la Revolución Industrial y la transición demográfica, la emigración fue importantísima: entre 1846 y 1924, salieron casi 17 millones de personas, es decir, un 41 % del total de población del país en 1900; en contraste, los emigrantes de Francia durante el mismo período apenas llegaban a medio millón, es decir, solo un 1 % del total de población en 1900. Entre estos dos extremos, los países europeos mostraban situaciones muy distintas; en Italia, Noruega, Portugal, Suecia y España, la emigración era importante, aunque sin llegar a los niveles británicos; el peso con relación a la población total en 1900 oscilaba entre un 22 % (Suecia) y un 36 % (Noruega). En el resto de Europa, la emigración seguía siendo significativa, pero el peso relativo, con relación a la población total de cada uno de los países, era mucho menor, variando entre un 14 % (Dinamarca) y un 2 % (Rusia y Polonia).[46] La otra cara de este proceso migratorio se desenvolvió en los países receptores, encabezados, como se indicó antes, por los Estados Unidos, y seguidos por Canadá, Argentina, Brasil, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica.

Las fuerzas que movieron la emigración europea entre 1850 y 1914 fueron tanto el diferencial en los salarios reales cuanto el rápido crecimiento poblacional originado en la transición demográfica;[47] en términos más generales, se ha planteado también la idea de que la emigración europea masiva funcionó como una válvula de escape ante las presiones económicas (escasez de recursos, desempleo, rendimientos agrícolas decrecientes, etc.), sociales (oportunidades de formar una familia) y políticas (represión al movimiento sindical, pogromos antijudíos, etc.). Concentrada sobre todo en los Estados Unidos, la emigración europea fue un fenómeno espacial norte-norte que derivó en una relativa homogeneización de los mercados laborales; en el curso del tiempo, el diferencial salarial se aplanó y en ambos lados del Atlántico se expandieron sociedades modernas y desarrolladas.[48] Este fenómeno de convergencia de los ingresos no se observa, en cambio, en las migraciones masivas sur-norte que caracterizan a la segunda mitad del siglo xx e inicios del siglo xxi.[49]

Alejandro Canales propone un análisis novedoso de estas migraciones recientes;[50] considera estos movimientos migratorios masivos como elementos constitutivos de la globalización económica y constata la existencia de dos caras complementarias: por un lado, la emigración masiva hacia Estados Unidos ofrece una salida a los excedentes demográficos latinoamericanos, productos de una economía globalizada que no genera empleos suficientes y expulsa, por lo tanto, población; las remesas y la constitución de espacios transnacionales forman parte constitutiva de estos circuitos migratorios que incluyen personas, bienes materiales, simbólicos y transferencias financieras; los migrantes llenan los empleos de más baja calificación, poco apetecidos por las poblaciones del país receptor, pero demandados por la economía en crecimiento. La otra cara del fenómeno se refiere al rol de estos inmigrantes en la reproducción demográfica y social dentro del país receptor; en la visión de Canales, estos inmigrantes vienen a llenar los huecos provocados en la pirámide de edades por la caída sostenida en la fecundidad (segunda transición demográfica); sin ellos, la reproducción en términos demográficos estaría amenazada; a la vez, estos inmigrantes del sur asegurarían la reproducción en términos sociales, contribuyendo a la reproducción de las desigualdades y, más en general, de las clases sociales. Así las cosas, la migración sur-norte sería parte de un fenómeno estructural, propio del capitalismo global.

Consideraciones para terminar

Al final de este largo recorrido por la historia de las poblaciones americanas, podemos subrayar ciertas características distintivas. El poblamiento y la ocupación del territorio han sido el resultado multisecular de diversas oleadas migratorias: los cazadores y recolectores asiáticos, hace miles de años; la conquista europea en los siglos xv y xvi; el tráfico de esclavos africanos y la configuración de lo que ha sido llamado the Black Atlantic; y las nuevas oleadas de migrantes europeos entre 1820 y 1914, asentados sobre todo en los Estados Unidos, y en menor medida en Argentina, Brasil y Cuba. La catástrofe demográfica que diezmó las poblaciones indígenas dio pie para un mestizaje profundo en términos étnicos y culturales, que se ha constituido en una marca característica de las poblaciones latinoamericanas. La emigración hacia los Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo xx y los inicios del siglo xxi, es otro rasgo distintivo de unas poblaciones que son ahora irreversiblemente urbanas y que han dejado atrás el pasado milenario de una vida predominantemente rural.


  1. Ver Tapinos, Georges. Elementos de demografía. Trad. Pedro Canales Guerrero. Madrid: Espasa-Calpe, 1988., capítulo 7; Herrera Carassou, Roberto. La perspectiva teórica en el estudio de las migraciones. México: Siglo xxi Editores, 2006.
  2. Le Roy Ladurie, Emmanuel. “Un concept: l’unification microbienne du monde (XIVe-XVIIe siècles)”. Revue Suisse d’histoire, 23, n.º 4 (1973).
  3. Para estos efectos, el asentamiento efímero de los vikingos en Groenlandia y la Península del Labrador, entre 983 y 1020, no tuvo consecuencias significativas. Proveniente de Islandia, el asentamiento en Groenlandia sobrevivió aislado unos 200 años, pero se extinguió en el siglo xiv.
  4. Carrasco, Pedro y Céspedes, Guillermo. Historia de América Latina i. América indígena. La conquista. Madrid: Alianza Editorial, 1985., p. 28.
  5. Denevan, William M. The Native population of the Americas in 1492. Madison, Wis: University of Wisconsin Press, 1992.
  6. Una visión reciente y actualizada se encuentra en un número especial de la Revista de Indias que vale la pena consultar: Sánchez Albornoz, Nicolás (coordinador). “Dossier: Epidemias o explotaciones? La catástrofe demográfica del Nuevo Mundo”. Revista de Indias, lxiii, n.º 227 (2003): 9-188.
  7. Livi Bacci, Massimo. Los estragos de la conquista. Quebranto y declive de los indios de América. Trad. Antonio Martínez Riu. Barcelona: Crítica, 2006., pp. 275-279. Esta obra, escrita con ojos de demógrafo y genuino espíritu de historiador, es la más importante e innovadora sobre el tema que se ha publicado en los últimos veinte años.
  8. Ver también Livi Bacci, Massimo. “Return to Hispaniola: Reassesing a demographic catastrophe”. Hispanic American Historical Review, (2003).
  9. Livi Bacci, Los estragos de la conquista. Quebranto y declive de los indios de América., pp. 277-279.
  10. En estas zonas de frontera, a veces llamadas “zonas de refugio”, las relaciones entre las autoridades coloniales (y después republicanas) y los indígenas fueron complejas e incluyeron, además de la guerra, el comercio, la evangelización y muchas formas de aculturación.
  11. Livi Bacci, Los estragos de la conquista. Quebranto y declive de los indios de América., p. 277 y pp. 233-266; Livi Bacci, Massimo. Amazzonia. L’impero dell’acqua 1500-1800. Bolonia: Società Editrice il Mulino, 2012; Livi Bacci, Massimo. El Dorado en el Pantano. Oro, esclavos y almas entre los Andes y la Amazonia. Trad. Bernardo Moreno Carrillo. Madrid: Marcial Pons Historia, 2012.
  12. Ver Hall, Carolyn y Pérez Brignoli, Héctor. Historical Atlas of Central America. Norman: University of Oklahoma Press, 2003.
  13. Sobre estos procesos, ver el estudio detallado en Hall y Pérez Brignoli, Historical Atlas of Central America., parte ii.
  14. Véase Livi Bacci, Massimo. Ensayo sobre la historia demográfica europea. Población y alimentación en Europa. Trad. Bignozzi, Juana. Barcelona: Ediciones Ariel, 1988., pp. 25-35.
  15. Boserup, Ester. The Conditions of Agricultural Growth. Chicago: Aldine, 1965.
  16. Ver Grigg, David B. The Agricultural Systems of the World. An Evolutionary Approach. Londres: Cambridge University Press, 1974.; Mazoyer, Marcel y Roudart, Laurence. Histoire des Agricultures du Monde. Du Néolithique à la crise contemporaine. París: Éditions du Seuil, 1998.
  17. La obra fue concluida como tesis de “libre-docência” en 1974 y circuló entre los especialistas; la publicación en libro tardó 26 años: Marcilio, Maria Luiza. Crescimento demográfico e evolução agrária paulista, 1700-1836. San Pablo: Hucitec, 2000.
  18. Ver dentro de una copiosa bibliografía la obra clásica de Parsons, James Jerome. Antioqueño colonization in western Colombia. Ibero-Americana: University of California Publications. Berkeley: University of California Press, 1949.
  19. Sandner, Gerhard. La colonización agrícola de Costa Rica. 2 vols. San José: Instituto Geográfico de Costa Rica, 1962.; Samper, Mario. Generations of Settlers: Rural Households and Markets on the Costa Rican Frontier, 1850-1935. Boulder: Westview Press, 1990.
  20. Gaignard, Romain. La Pampa argentina. Ocupación, poblamiento, explotación. De la conquista a la crisis mundial, 1550-1930. Trad. Ricardo Figueira. Buenos Aires: Ediciones Solar, 1989.
  21. Ver Pétré-Grenouilleau, Olivier. Les trites négrières. Essai d’histoire globale. París: Gallimard, 2004.; Klein, Herbert S. The Middle Passage. Comparative studies in the Atlantic slave trade. Princeton: Princeton University Press, 1978.; Davis, David Brion. The Problem of Slavery in Western Culture. Ithaca, Nueva York: Cornell University Press, 1966.; Eltis, David. The Rise of African Slavery in the Americas. Cambridge: Cambridge University Press, 2000.; Eltis, David, Behrendt, Stephen D., Richardson, David, y Klein, Herbert S. The trans-Atlantic slave trade a database on CD-ROM. Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press, 1999.
  22. Las cifras provienen de Klein, Herbert S. La esclavitud africana en América Latina y el Caribe. Madrid: Alianza Editorial, 1986., p. 175.
  23. Cardoso, Ciro Flamarion. Escravo ou camponês? O protocampesinato negro nas Américas. São Paulo: Brasiliense, 1987.
  24. Mörner, Magnus. La mezcla de razas en la historia de América Latina. Trad. Piatigorsky, Jorge. Buenos Aires: Paidós, 1969., p. 132.
  25. Freyre, Gilberto. Casa-grande y senzala: 1. Formación de la familia brasileña bajo el régimen de la economía patriarcal. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1977. La primera edición de esta obra fue publicada en 1933, aunque Freyre utilizó explícitamente la fórmula “democracia racial” recién en 1962.
  26. Ribeiro, Darcy. O povo brasileiro. A formação e o sentido do Brasil. San Pablo: Companhia das Letras, 1995., p. 216.
  27. Livi Bacci, Los estragos de la conquista. Quebranto y declive de los indios de América., capítulo 1.
  28. Ver el capítulo de Lorena S. Walsh en Haines, Michael R. y Steckel, Richard H. (eds). A Population History of North America. Cambridge: Cambridge University Press, 2000, especialmente pp. 197-209. Para el siglo xix, ver el capítulo de Richard H. Steckel, pp. 433-481, en la misma obra.
  29. McCusker, John J. y Menard, Russell R. The Economy of British America, 1607-1790. Chapel Hill: The University of Nort Carolina Press, 1985., pp. 231-235.
  30. No disponemos de los saldos netos de la migración para el caso brasileño; por esto en el gráfico 6.3 la comparación se hizo solo con las llegadas totales anuales.
  31. Vázquez Presedo, Vicente. El caso argentino. Migración de factores, comercio exterior y desarrollo, 1875-1914. Buenos Aires: Eudeba, 1971., p. 102.
  32. Ver, por ejemplo, Hatton, Timothy J. y Williamson, Jeffrey G. “What drove the mass migrations from Europe in the late nineteenth century?”. National Bureau of Economic Research Working Paper Series. Historical Papers, 43 (1992).; Baines, D. Emigration from Europe, 1815-1930. Londres: Macmillan, 1991.
  33. Baines, D. “European Emigration, 1815-1930. Looking at the Emigration Decision Again”. London School of Economics. Working papers in economic history, 5 (1992).
  34. En las Antillas, una vez abolida la esclavitud, llegaron contingentes de trabajadores de China, India y otras posesiones coloniales inglesas y holandesas.
  35. Datos en Cepal STAT, consultados en línea el 20 de febrero de 2021.
  36. En la clasificación de CELADE, el conjunto de América Latina incluye el Caribe hispánico y latino, es decir, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico y Haití. El Caribe no hispánico incluye el resto de las Antillas.
  37. Canales, Alejandro I., Vargas Becerra, Patricia N., y Montiel Armas, Israel. Migración y salud en zonas fronterizas: Haití y la República Dominicana. Santiago de Chile: Cepal-CELADE, 2010.
  38. Datos del sitio web R4V, Plataforma de Coordinación para Refugiados y Migrantes de Venezuela. Ver también Mota de Siqueira, Juliana. “Dimensiones regional, local e individual de la migración venezolana: el caso de la frontera con Roraima (Brasil)”. Notas de Población, 110 (2020): 189-212. La mayoría de los venezolanos han migrado a Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Brasil.
  39. Anderson, Thomas P. The War of the Dispossessed: Honduras and El Salvador, 1969. Lincoln: University of Nebraska Press, 1981.
  40. Devoto, Fernando. Historia de la inmigración en la Argentina. Con un apéndice sobre la inmigración limítrofe por Roberto Benencia. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2003.
  41. Reher, David, Requena, Miguel, y Sanz, Alberto. “¿España en la encrucijada? Consideraciones sobre el cambio de ciclo migratorio”. Revista Internacional de Sociología, Monográfico, n.º 1 (2011): 9-44.; Reher, David S. y Requena, Miguel (editores). Las múltiples caras de la inmigración en España. Madrid: Alianza Editorial, 2009. Las cifras consignadas son oficiales y provienen de una consulta en línea del sitio web del Instituto Nacional de Estadística (INE), el 24 de febrero de 2021.
  42. Huntington, Samuel P. “The Hispanic Challenge.” Foreign Policy, 141, n.º Mars-April (2004): 30-45. La cita, en mi traducción, es de la página 30.
  43. El Pew Research Center es un “nonpartisan fact tank” de Washington DC, que informa al público sobre temas, actitudes y tendencias de interés mundial. Los documentos consultados en diciembre de 2020, todos disponibles en línea (www.pewresearch.org), son los siguientes: Jeffrey S. Passel, Measuring illegal immigration: How Pew Research Center counts unauthorized immigrants in the U.S. July 12, 2019; Ana Gonzalez-Barrera y Jens Manuel Krogstad, What we know about illegal immigration from Mexico, June 28, 2019; Jeffrey S. Passel y D’Vera Cohn, Mexicans decline to less than half the U.S. unauthorized immigrant population for the first time, June 12, 2019; Jeffrey S. Passel y D’Vera Cohn, U.S. Unauthorized Immigrant Total Dips to Lowest Level in a Decade, November 27, 2018.
  44. Factank del Pew Research Center del 20 de setiembre de 2019.
  45. Ídem del 17 de diciembre de 2019.
  46. Massey, Douglas S. “Economic Development and International Migration in Comparative Perspectiva”. Population and Development Review, 14, n.º 3 (1988): 383-413. Datos del cuadro 1, p. 386. Los países incluidos en la comparación fueron Austria-Hungría, Bélgica, Gran Bretaña, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Italia, Holanda, Noruega, Portugal, Rusia-Polonia, España, Suecia y Suiza.
  47. Williamson, Jeffrey G. Winners and Losers Over Two Centuries of Globalization. NBER Working Paper n.º 9161. Cambridge, Mass.: NBER, 2002., p. 31; Hatton, Timothy J. y Williamson, Jeffrey G. The Age of Mass Migration. Oxford: Oxford University Press, 1998.
  48. Williamson, Winners and Losers Over Two Centuries of Globalization.; pp. 30-31.; Williamson, Jeffrey G. Crecimiento y pobreza. Cuándo y cómo comenzó el atraso del Tercer Mundo. Trad. Tomás Fernández Aus y Beatriz Eguibar. Barcelona: Crítica, 2012.
  49. Livi Bacci, Massimo. Breve historia de las migraciones. Trad. Marco Aurelio Galmarini. Madrid: Alianza editorial, 2012., pp. 112-116.
  50. Canales, Alejandro I. E PUR SI MUOVE. Elementos para una teoría de las migraciones en el capitalismo global. Guadalajara – Ciudad de México: Universidad de Guadalajara – Miguel Ángel Porrúa, 2015.


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