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Fronteras, formas del (des)arraigo
y memoria en Viene clareando,
de Gloria Lisé

Roxana Elizabet Juárez

Delineando el enfoque

En un contexto en el que, a más de cuarenta años del último golpe cívico militar, todavía pueden observarse fuertes disputas sobre las versiones de la historia reciente[1], y frente a la eclosión de narrativas en Argentina que recuperan esas memorias desde apenas restablecida la democracia o incluso durante la dictadura[2], interesa aquí retomar Viene clareando, novela de Gloria Lisé, en tanto consideramos su localización en puntos geopolíticamente periféricos respecto de los centros histórica y políticamente configurados. Así, tanto Salta (su lugar de producción), como Tucumán y La Rioja (los lugares referenciados en el relato) se ofrecen como localizaciones que aportan al delineado de un particular “campo de batalla en que se lucha por el sentido del presente” (Lechner y Güell, 2006: 19), al configurar posiciones distantes de la metrópoli capitalina y sortear, de manera diferente, las barreras materiales y sociales que obturan una construcción social de la memoria con mayores matices.

En otro orden de cosas, centrarnos en la escritura literaria de una mujer no pretende reafirmar guetificaciones en torno al género (Segato, 2016), sino que se propone atender a una “mirada femenina”, tal como señala Elsa Drucaroff, como aquella perspectiva “bizca”, al decir de Weigel[3], que tensa en sí misma los conflictos sociales y las contradicciones a las que están expuestas las féminas que habitan un orden patriarcal falo-logocéntrico. Indagar la literatura escrita por mujeres se orienta, además, a inscribir dicha escritura en el “concierto de voces” que se pronunciaron en el campo literario sobre la problemática, durante la dictadura –de manera más o menos elusiva- y a partir de la restitución de la democracia hasta el presente. Baste mencionar -a modo de ejemplo- el registro de autores que consigna José Luis De Diego en su tesis doctoral (Op. Cit.), autores que producen tanto en el exilio como en el denominado “exilio interior”[4] .

En este sentido, pretendemos no solo relevar las relaciones entre ‘mujer’ y poder estatal que se configuran en el texto seleccionado sino también explorar las diferentes posiciones enunciativas que (des)articulan las representaciones de género y analizar las estrategias discursivas mediante las cuales se construyen, en el universo textual delimitado a efectos de este artículo, las distintas versiones del pasado ominoso.

Pampa Arán afirma que “investigar la contemporaneidad promueve asumir las indagaciones como una escucha constante que permita la incorporación de nuevas voces sociales o nuevas estéticas” (2010: 8), por lo que nos interesa ampliar el panorama de discursos críticos sobre el tema, tanto como generar matices que intenten fisurar construcciones monolíticas existentes.

Así, entendemos que ahondar en el modo en que la narrativa de autoras como Gloria Lisé revisa ejes sobre el asunto (re) / (des) dibuja las formas canonizadas que se impusieron en la narración “oficial” sobre la dictadura argentina, en tanto esboza nuevas articulaciones con problemáticas tales como las políticas coloniales del despojo de las comunidades indígenas, que explicitan en el relato el vínculo de la variable racial con la de género.

En el universo textual de Lisé

Viene clareando (2005) se inaugura con un golpe, el del cuerpo deshecho de Atilio Sandoval contra la vereda de la FOTIA, el 23 de marzo de 1976, ante la mirada estupefacta de su novia Berta. La novela plantea así, desde sus inicios, una problemática que encontraba en la época de referencia un punto extremo de tensión pero que se prolonga hacia atrás en el tiempo, conectándose con las luchas revolucionarias del siglo XX en Latinoamérica (en la novela se alude a la entrega del Che Guevara a cambio de una “cabeza de chancho”), y más atrás aún, con la explotación y dominio de las poblaciones indígenas por parte del sistema colonial. Podemos notar, también, la fuerza prospectiva del relato, ya que no es posible dejar de observar hoy una reedición de estas escenas, en las medidas que, por ejemplo, los trabajadores de los ingenios azucareros siguen tomando en busca de reivindicaciones laborales o el grave problema de la propiedad de la tierra que protagoniza el Estado argentino con las comunidades indígenas a lo largo del país.

A partir de ese golpe inaugural, en la novela, la protagonista estudiante de medicina, novia del líder sindical asesinado, asume tras tal muerte, la generalizada postura de “simulada” indiferencia de gran parte de la población civil de ese momento:

Berta miró su cabeza aplastada, y antes de que la sangre trajera olor de matadero, ella, que bien lo conocía, hizo lo que todos los que estaban allí: hizo como que no lo había visto, se acomodó una cara de nada sobre el rostro y cruzó la plaza. Al frente, la estatua de Hipólito Yrigoyen, con su traje sin bolsillos, porque era el presidente que nunca había robado, de espaldas al Palacio de Justicia, miraba hacia otra parte, como ella, que en ese instante se prometía que lo haría a perpetuidad (2005: 13).

Siguiendo el derrotero de muchos que atravesaron situaciones similares, Berta decide huir de su ciudad natal hacia la de su madre, en La Rioja, iniciando así el periplo que, paradójicamente a sus objetivos de olvidar y escapar, constituye el encuentro con la memoria familiar y social, en la medida en que restituye historias negadas y voces silenciadas. Y ese periplo podría ser entendido como una forma de traspasar distintos tipos de fronteras.

Recordemos que por frontera se entiende aquel “umbral donde se negocian procesos de integración, un lugar ‘bilingüe’ que promueve adaptaciones, reelaboraciones y traducciones que reterritorializa un complejo colectivo” (Barei, 2012: 81). Por su parte, Emilia Deffis, estudiando un corpus de autores no pertenecientes a los circuitos capitalinos de producción literaria[5] define frontera como “al mismo tiempo, un espacio geográfico (…) un límite existencial, y un punto de referencia cultural” (2010: 20).

Resulta pertinente aquí revisar cómo tales definiciones habilitan la construcción de sentidos en el relato que nos ocupa.

En primer lugar, es importante remitir al circuito geográfico que el texto de Lisé evoca. Desde un Tucumán convulsionado por la violencia, Berta decide partir hacia una tierra casi desconocida pero entrañable por ser cuna de su madre; para ello hace un recorrido en micro con el que atraviesa Catamarca y Santiago del Estero para llegar al destino final que es La Rioja. Allí descubre a sus familiares -tía Avelina, Tristán Nepomuceno- los mandatos familiares aún vigentes, la historia de su clan. Sin embargo, movida por las noticias terribles que le llegan desde Tucumán a través de cartas y mensajeros, Berta se ve obligada a “insiliarse”, figura que remite a la reclusión en las profundidades del país, en este caso, en Olpa, localidad riojana.

El insilio, tal como expresa la definición de Fernando Reati, es la experiencia transitada “por aquellos que, si bien no habían sufrido la cárcel y el destierro, habían pasado los años del terror de Estado y las dictaduras militares viviendo como parias, dentro de sus propios países, en una especie de aislamiento e incomunicación que protegía su vida pero los alienaba de su entorno” (2005:185) y en el personaje de Berta implica no solo esa incomunicación con su madre, hermanos y amigos, sino también –y paradójicamente- la oportunidad de restablecer el vínculo con la memoria más remota de su familia materna, al reponer genésicamente la historia de la ocupación de las tierras por parte de sus ancestros y la disputa territorial con los pobladores originarios.

No nos resulta posible acá dejar de evocar la representación de una escena similar de insilio en Lengua madre (2010), novela de María Teresa Andruetto, cuando Julia, perseguida por el aparato dictatorial, debe recluirse en la Patagonia, en un sótano, donde da a luz a su hija. La rotura de los vínculos sociales y familiares llega al extremo en esa historia, puesto que Julia se ve obligada a entregar a Julieta, su niña, para no condenarla a una infancia de encierro y otras carencias. Ya con sus abuelos en Córdoba, la pequeña Julieta crece con el sentimiento de vacío que la ausencia materna le impone. Por otra parte, Julia decide permanecer en Trelew a pesar del restablecimiento de la democracia, según se sugiere en la novela, por haber encontrado allí un espacio de expresión y reconocimiento comunitario. Julieta, por su parte, se radica en Alemania a instancias de un posgrado y asume de esa manera otra forma de desarraigo y distanciamiento. Lesionados los lazos entre ellas; son las cartas, documentos, fotos y recuerdos de esa madre muerta los que, recién, logran suturar la línea materna. La historia constituye, así, una especie de reparación simbólica de los vínculos familiares desintegrados por el terrorismo de Estado. De manera análoga, es la situación de amenaza a la vida y a las libertades civiles que –de forma contundente- se manifiesta ante Berta la que- como ya mencionamos- la empuja al reencuentro con las raíces y con las historias familiares, celosamente silenciadas por su madre hasta ese momento.

Pero si el “insilio”, con todas sus implicancias[6], puede terminar significando una oportunidad de encuentro en ambas novelas, con el valor de la propia vida en el caso de Julia o con la memoria familiar y social, en el de Berta, la figura del exilio en Viene clareando adquiere otras connotaciones. Así es que, cuando la amenaza sobre todos los que se vincularon con Atilio Sandoval y sus luchas sindicales llega a un punto extremo, Berta se ve obligada a seguir los consejos de su madre: utilizar una herencia familiar para ir a Buenos Aires y, de allí, a España. La novela cierra con ese viaje inminente, sobre el que la vivencia compartida a nivel extradiscursivo nos abre posibles finales. Podríamos inferir que es justamente en ese final abierto donde se figura la profunda herida social que supone la errancia, el trauma del desgarramiento.

El derrotero geográfico de la protagonista, por tanto, se anuda con el problema de los vínculos, el “arraigo” y la construcción identitaria; cuestiones todas de las que esta novela se hace cargo. En este sentido, es pertinente considerar el concepto de “nomadía” (Forcinito, 2004) ya que por éste se entiende la circunstancia que los sujetos deben afrontar al transitar contextos represivos y de forzado olvido, cuando “la práctica de la memoria constituye subjetividades no sedentarias que están en constante movimiento de reinterpretación, atravesando fronteras impuestas por las normas de la territorialidad” (14).

En Berta, el insilio y el exilio aparecen no solo como formas de supervivencia frente al horror, sino también como fuertes instancias de cuestionamiento identitario, como se puede entrever en la carta que le redacta a su amiga Trini y que aparece intercalada entre capítulos:

…me fui de todo lo que era mi vida y ¿sabés Trini?, me hacés falta vos para acordarme de cómo volver a ser esa chica que fui, porque yo sé que vos serías capaz de dibujarme un mapa con letras inventadas para mí.” (104)

Acaso el final en suspenso, previo al exilio, refiera a los constantes avatares que la subjetividad expuesta a la nomadía debe enfrentar para reconstruirse social e individualmente. Identidades no suturadas que se baten entre el pasado que la memoria construye y un presente de limitaciones forzadas parecen ser aquellas signadas por la dictadura.

Ahora, si centramos el foco en la acepción de frontera en tanto límite existencial, podemos decir que aparece construida en la novela mediante diferentes procedimientos escriturales, unos a nivel de la diégesis y otros, a nivel del relato.

En el plano diegético, la protagonista revisa, a partir de la situación extrema de la persecución en el marco terrorismo de estado, su propio proyecto de vida, sus orígenes, la línea materna, la figura de su padre. Asumiendo en ocasiones la primera persona, el relato va haciendo foco en las distintas etapas vitales de Berta sin dejar de atender a las tensiones familiares que se cifran en problemáticas socioeconómicas, políticas y generacionales.

Ya desde la génesis, su madre, apenas asomando a la juventud, se fuga con un hombre mayor y con compromisos familiares. Ninguna de las familias de procedencia acepta la relación y la pareja se traslada a Tucumán, donde simétricamente al auge y caída del peronismo (del cual el padre era agente) atraviesan vaivenes económicos y sociales. Así lo registra la protagonista:

Embarazó a mi madre, que tenía dieciséis años, violando la confianza que los hermanos le habían prodigado y se la llevó escapada de la casa. El padre, don Celestino, la dio por muerta, obligó a la esposa a llevar luto por su hija y a pedir por ella en las misas de difuntos. Todos los hermanos, incluida Avelina por las dudas, sufrieron castigos por lo que sabían y no dijeron y por lo que debían haber sabido y no avisaron (47)

Berta, por ser resultado de esa relación no admitida, aparece como un “entre” las dos familias, medio bastarda para la una (la familia paterna, Rojas del Pino), medio negada en la otra (los Riera, por la línea materna), superviviente de los imperativos de época que sus padres rehuyeron. Dice ella misma:

Ésta soy yo, eso diré de mí en La Rioja, es el resumen de mi vida, mi vida que se explica por las cosas que les han pasado a los otros, mi vida que es la de mi padre y la de mi madre, la de mis abuelos y la del hombre que perdí. Y yo soy los otros, y estoy hecha de otros odios y de otras vergüenzas y de otras pasiones que no son las mías. (29)

Al morir su padre, la protagonista se ve entre dos historias, la de cada uno de sus progenitores, sin hallar sentido para sí en alguna. Tanto la religiosidad y “superstición” de la madre como la militancia del padre adquirían para ella los mismos sesgos ficcionales. De esta forma se retrata la escena del velorio del padre:

Por lo bajo, rodeando al cajón, los muchachos le cantaron la “Marcha peronista” a las cuatro de la mañana, cuando ya se habían ido todos a dormir y mi mamá ni los escuchó concentrada como estaba, en la cabecera, en los misterios dolorosos y en los gozosos aferrada al rosario de plata, y yo me reí de verlos a todos tan idiotas, creyendo en cosas tan irreales, pura fantasía, para vivir (64).

Más adelante, el contexto en el que transcurre su adolescencia, desde la muerte de su padre, puede decirse que también es un espacio social de “frontera”:

…ahí, en Mataderos, terminaba el campo, se acababan las quintas florecidas de azahares y aparecía la miseria de Tucumán. Los hijos del cierre de todos los ingenios, los del quiebre de todos los productores del campo, los hijos del verde, que ahora se hacinaban en una horma de villas oscuras, destartaladas, feas y brutales, alrededor de la gloriosa ciudad. (23)

Y lo es además en el sentido de que, pese a constituir una zona de marcada marginación socioeconómica, como se describe en el pasaje citado anteriormente, la madre de Berta construye una especie de halo protector alrededor de la casa y de su hija para que ésta crezca virtualmente resguardada de tales condiciones:

Berta creció en ese barrio alejada de todo lo que el barrio fuera porque su madre se propuso que esa niña estaría allí de paso y que sería señora, de ninguna orilla, del centro, mejor aún… “doctora”. Y cada vez que Berta quiso mezclarse con los niños de esa Villa, su madre la traía a los libros y a la casa y cerrando la puerta tras de sí le decía:

-Acordate, vos no sos de esa gente, sos una Rojas del Pino (24).

Ya en la juventud, su posición frente a la militancia de su novio y amigos tampoco se encuentra definida. En efecto, Berta no ejerce un papel activo en las actividades políticas y mucho menos parece vincularse intelectualmente con tales búsquedas y convicciones. Sin embargo, es una joven que, pese a los mandatos maternos de dedicarse exclusivamente a conseguir un título (de “doctora”, cual deseo modelado de una generación que se afanó en el ascenso social y material a través de ciertas profesiones) y a haber internalizado esos requerimientos como objetivos propios, se relaciona emocionalmente con un líder sindical, dedicado enteramente a sus luchas. En el viaje hacia La Rioja, la voz de Berta asume un racconto necesario para reinterpretarse :

No he leído de política. No he discutido, no tengo opiniones, ni he asumido compromisos de ninguna clase con los partidos, ni con la sociedad, ni con la historia; no he participado en los movimientos de lucha o de pensamiento como lo han hecho casi todos mis compañeros y amigos. Solo me he esforzado por llegar a ser médica (…) Mi novio era como esos compañeros, y a veces discutíamos porque yo no comprendía, hasta que él se accidentó y falleció antes de que pudiéramos ponernos de acuerdo sobre todas esas cosas tan importantes para él. (28)

En esta historia amorosa parece reeditarse la relación con su padre, de quien opina que la abandonó en el ’55, cuando priorizó la actividad política por sobre los compromisos parentales:

…mi padre no había sido un pecador ni una mala persona, solamente que había sido peronista y la patria había estado en su vida primero, después el “movimiento”, después los hombres, después mi madre, su mujer, después mis cuatro hermanos porque eran varones, y por último yo, la hija de mi madre, su hija. (62)

En cada uno de estos espacios, la protagonista encuentra un umbral donde traducir(se) y delinear la propia imagen, aun frente al discurso patriarcal que no solo marca las jerarquías familiares, sino que ubica al hombre en el ámbito de la acción, en el de la esfera pública, definiéndolos como militantes y agentes políticos. Sin embargo, las muertes del padre y de Atilio colocan a las mujeres en la necesidad de asumir también el rol de agentes, para lograr distintas formas de subsistencia (familiar y personal) y, en el caso de Berta, con sus estudios de medicina, aportar al bien social en La Rioja, haciendo de partera junto a la obstetra del pueblo.

Así es que, en la compleja trama de voces y perspectivas que se cruzan que el concierto social, se hace perceptible y se construye una zona de fronteras donde la existencia individual de Berta sortea encrucijadas contextuales (la quita de libertadas individuales por el régimen dictatorial), culturales (mandatos sobre la profesión y el “progreso”) y genéricas (formas de modelización de “lo femenino” en la lógica patriarcal).

Por su parte, a nivel del relato se observa una alternancia entre capítulos a cargo de un narrador heterodiegético, omnisciente y otros, en los que la voz de la protagonista es rectora, a través de una especie de diario “oral”, o más bien “mental” ya que, por las circunstancias políticas, Berta no se anima a escribir. Aparecen incluidas, asimismo, cartas que escribe a su madre, a su mejor amiga y que luego, en la mayoría de los casos, quema. No resultaría desacertado aquí que relevemos los modos de conservación de la memoria en situaciones donde la escritura representa una tecnología en sí misma peligrosa (como también se textualiza en 1984, de Orwell). En esos contextos represivos son los relatos orales de los sobrevivientes los que se erigen como vehículos para la reposición de las historias silenciadas por el relato oficial. La pregunta por los estatutos de veridicción de tales testimonios resulta un capítulo aparte, sin embargo, tal como afirma Beatriz Sarlo: “La primera persona es indispensable para restituir aquello que fue borrado por la violencia del terrorismo de estado” (2012: 162) aunque no es posible sustraerse de la necesidad de interrogar sobre las implicancias mismas de un relato interesado.

No podemos dejar de mencionar otros textos que plantean de manera similar la problemática de las versiones de la historia: traemos a la rueda el caso de la otra novela de la autora, Paisajes de final de época (2012) y Lengua madre, de María Teresa Andruetto, ya que en ambas producciones las cartas, los documentos judiciales, recortes y hasta fotografías entretejen las historias personales con la comunitaria en tiempos de dictadura. Estos discursos personales corroen las miradas monolíticas sobre la época y hasta el silenciamiento que a nivel social se impusieron, incluso, mediante leyes (como las de Obediencia Debida y Punto Final).

En cuanto a la frontera como punto de referencia cultural, cabe aludir al trayecto que Berta realiza desde La Rioja a Olpa, donde se encuentra con “el campo” que la familia Riera utiliza para el pastoreo y comercio, desde siglos previos. En la relación de su familia con los habitantes originarios, que Berta repone en parte a través de su amistad con “el Indio Fuentes” y, en parte, mediante los relatos o costumbres de los tíos, se evidencian las problemáticas que el sistema colonial inauguró socialmente. En la toponimia indígena y en la presencia del Indio Fuentes en las tierras que los Riera dicen suyas, se cifra esta problemática:

El Indio no parecía mucho mayor que Berta (…) como indio, no le hacía mella el clima de los Llanos y, según él estaba ahí porque siempre había estado, antes que todos esos Riera y sus cabras, antes que los curas y los gendarmes, antes que las sequías mismas, cuando la naturaleza había dispuesto que Olpa fuera tierra de bosques de quebrachos blancos, algarrobos, breas, tintinacos y chañares, y el puma no fuera un animal perseguido sino respetado y venerado. Antes que los blancos talaran todo lo que la Pachamama había previsto para sostener una selva donde no solo vivieran los árboles y los animales, sino su gente y sus espíritus, y sus viejos y viejas que habían llegado a mayores para enseñar lo que la voz de los antepasados les susurraba a los oídos, en cada fiesta, en cada recordatorio de la vida o la muerte (2005: 111).

Así, este conglomerado de voces y –en definitiva, de posiciones ideológicas, siguiendo a Bajtín (2008)- nos permite, entonces, reconstruir cómo este texto nos coloca frente a las encrucijadas de la historia y nos muestra las conexiones con una memoria nacional de violencia que no empieza en 1976 como el primer capítulo de la novela, sino que se remonta a una serie de actos de opresión y despojo de siglos, que es necesario desandar. Silvia Barei, desde la línea metacrítica de la decolonialidad, al subrayar las memorias en conflicto de los países que atravesaron procesos colonizadores, señala que la violencia de la Modernidad se perpetúa más allá de las independencias decimonónicas y pervive en las sociedades bajo distintas formas, en las que “la dominación acentuó sus aspectos más sutiles o perversos de violación de los derechos humanos y acentuó, asimismo las diferencias de raza, de clase y de género” (2012: 28).

Por su parte, Rita Segato coincide en que –como tecnologías de la Modernidad- “conquista, rapiña y violación (…) se asocian” y que permanecen hasta el presente. Además, destaca como variable explicativa de tal permanencia la matriz patriarcal, afirmando a la vez que son la pedagogía masculina y su mandato, transmutados en pedagogía de la crueldad y funcionales a la codicia expropiadora, lo que “en la repetición de la escena violenta produce un efecto de normalización de un pasaje de crueldad” (2016: 21).

Siguiendo esta línea de sentido, adquieren relevancia la actitud pasiva del Indio Fuentes y sus ancestros frente a la apropiación “criolla”, así como su callada resistencia en tanto guardianes del cada vez más escaso bosque. Y también adquiere sentido la actitud dialogante de Berta, observadora y parte de una sociedad en que la violencia se profundiza con cada acción individual o colectiva no sostenida por el respeto como eje rector o se disuelve por la vía contraria. El periplo de Berta desde un contexto convulsionado por la opresión dictatorial hacia otro donde las relaciones asimétricas aparecen silenciadas por estar naturalizadas -pero dolorosamente vigentes- constituye quizás una invitación a los lectores a ejercer una mirada que asedie el microcosmos social a fin de develar las prácticas violentas que, desde la colonia y con distintos ropajes, construyeron las estructuras en las que nos movemos y perpetuamos.

Coda

Como señala Hugo Vezzetti, “la memoria se constituye en arena de una lucha en la que entran en conflicto narraciones que compiten por los sentidos del pasado, pero siempre dicen más sobre las posiciones y las apuestas en el presente” (2012: 193). Y como afirmara Liliana Massara en su libro Escrituras del ‘yo’ en color sepia (2013), el valor de la escritura literaria de las mujeres -tal como la de Gloria Lisé que acá revisamos- estaría en su aporte a la plurivocidad, tanto en la tarea de reconstrucción de una memoria histórica con mayores matices como en la participación del debate identitario que signa tanto al país como a los demás países latinoamericanos. Y es que novelas como Viene Clareando, asumen el trabajo de la memoria, pero también el de la admisión de las responsabilidades de la sociedad, al “enfrentar como problema mayor el de la genealogía de la cultura de la violencia y de la ilegalización de las instituciones y el Estado” (Vezzetti: 42).

Acaso el camino propuesto por Rita Segato, de no traducir lo doméstico al lenguaje de lo público sino aportar a la domesticación de la política (Cfr. 2016: 25) sea acorde con la mirada que nos devuelve la novela de Lisé por medio del derrotero de Berta, que colabora con el descentramiento de su mirada sobre lo social. La palabra literaria, en este caso, desenmascara y denuncia el carácter ficcional, en tanto “constructos”, de los relatos que modelan el imaginario social[7] y constituye, en definitiva, una posible forma de volver a mirar(nos) en perspectiva y sentirnos “arte y parte” del complejo territorio social que habitamos.

Bibliografía

Andruetto, M. T. (2010) Lengua Madre. Buenos Aires: Mondadori.

Bajtín, M. (2008)  Estética de la creación verbal. Buenos Aires: Siglo XXI.

Barei, S. (2012) “Fronteras semióticas: reino natural y mundo de significaciones”. En Culturas en conflicto (). Córdoba: Ferreyra.

de Diego, J. L. (2000) “Corpus de textos de exilio”. En Drucaroff, E., Historia crítica de la Literatura Argentina, vol. 11, La narración gana la partida (452- 458). Buenos Aires: Emecé.

Deffis, E. (2010) Figuraciones de lo ominoso. Memoria histórica y novela posdictatorial. Buenos Aires: Biblos.

Drucaroff, E. (2011) Los prisioneros de la torre. Política, relatos y jóvenes en la postdictadura. Buenos Aires: Emecé.

Jelin, E. y S. Kauffman (2006, Comps.) Subjetividad y figuras de la memoria, Buenos Aires: Siglo XXI.

Lechner, N. y P. Güell (2006) “La construcción social de las memorias en la transición chilena”. En Jelin, E. y S. Kauffman, Subjetividad y figuras de la memoria (17 – 46). Buenos Aires: Siglo XXI.

Lisé, G. (2005) Viene clareando. Buenos Aires: Leviatán.

______  (2012) Paisaje de final de época. Salta: Fondo Editorial Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta.

Maristany, J. J. (1999) Narraciones peligrosas. Resistencias y adhesión en las novelas del Proceso. Buenos Aires: Biblos.

Massara, L. (2013) Escrituras del ‘yo’ en color sepia. Mujer, identidad y memoria en la literatura argentina. San Miguel de Tucumán: UNT.

Reati, F. (2005) “Exilio tras exilios en Argentina: vivir en los noventa después de la cárcel y el destierro”. En Mertz-Baumbartner, B. y E. Pfeiffer Aves de paso: autores latinoamericanos entre el  exilio y la transculturación (1970-2002) (185-196). Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.

Sarlo, B. (2012) Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. Buenos Aires: Siglo XXI.

Segato, R. (2016) La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de sueños.

Vezzetti, H. (2002) Pasado y Presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina. Buenos Aires: Siglo XXI.


  1. Se trata de la re-emergencia de la teoría de los dos demonios, que se refrenda con publicaciones, discusiones mediáticas y políticas alrededor del número de desaparecidos, del estatuto de “víctima” y de “victimario”, de las significaciones de lo subversivo, entre otras. En Salta, por ejemplo, en 2016 se presentó un libro referido a “las víctimas olvidadas de la guerrilla de los ´70” escrito por Jorge Martínez y Agustín de Beitia. El acto contó con el repudio de organizaciones de Derechos Humanos, familiares de desaparecidos y ciudadanos autoconvocados. Tampoco es posible dejar de mencionar aquí, el intenso clima polémico que suscitó la sentencia en el caso de Luis Muiña (Expte “BIGNONE, Benito A. y otros /recurso extraordinario”), que declara aplicable la ley 24.390 (más conocida como “2 x 1”), vigente entre los años 1994 y 2001 pero hoy derogada, para la reducción del cómputo de la prisión a los condenados por crímenes de lesa humanidad, cometidos durante la última dictadura. La prisión domiciliaria a ex represores y la inclusión de efectos personales de presidentes de facto en el museo presidencial, entre otros hechos acaecidos a propósito de recientes conmemoraciones, dan claras cuentas de que la efervescencia alrededor de esta problemática sigue vigente.
  2. Pampa Arán reconoce la apertura de lo que ella denominará “serie temática” a partir del regreso a la democracia, aunque señala que dicho inicio podría establecerse incluso antes, atendiendo a novelas en clave alegórica que circulaban durante la dictadura (2010). Asimismo, José Luis de Diego (2003) traza el “campo intelectual” en el arco temporal que configura el lapso comprendido entre 1970 y 1986 para evidenciar el devenir de la producción literaria y crítica, tanto de quienes afrontaron las diversas formas del “exilio” como de quienes permanecieron en el país con mayores o menores posibilidades de pronunciarse. José Maristany (1999) ya había estudiado como “novelas del Proceso” aquellas que se ubicaron en relación con la trama de los discursos dominantes, propios del “Estado burocrático- autoritario”.
  3. Drucaroff retoma los aportes de Sigrid Weigel en el artículo “La mirada bizca: sobre la historia de la escritura de las mujeres” en Ecker, Gisela (Ed.) Estética feminista, Barcelona: Icaria, 1986.
  4. Sólo por destacar algunos, es posible mencionar a Héctor Tizón, Daniel Moyano, Abelardo Castillo, Cristina Siscar, Ricardo Piglia. Nótese la predominante presencia masculina.
  5. La autora selecciona un corpus de novelas de Antonio Di Benedetto, Daniel Moyano y Héctor Tizón, fundamentalmente. Cfr. Figuraciones de lo ominoso: memoria histórica y novela argentina posdictatorial, 2010.
  6. No desatendemos el registro polémico que se transcribe en la propia novela de Andruetto, no solo alrededor de las valoraciones cruzadas en torno a la supuesta jerarquía “exilio – insilio” que pareciera instaurar el decreto de resarcimiento económico a quienes habían sido obligados por la persecución política a abandonar el país (y que evoca indirectamente el famoso debate del campo intelectual al respecto, protagonizado por Cortázar y Heker) sino también por la forma en que la escritura de Julia –a través de un tono agónicamente poético- pone de manifiesto la serie de limitaciones a que el insilio condena: “No puedo salir a ver el sol/No puedo ir a la casa de nadie/no puedo caminar por la calle/No puedo hacer las compras/No puedo sentarme en un bar… No puedo, no puedo, no puedo” (Andruetto, 2010: 189).
  7. Cfr. Maristany, 1999, p. 180.


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