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Eduardo Rosenzvaig
y la luz de las voces

Máximo Hernán Mena

La oscuridad
apremiante del fragmento
apremiando un pedazo de
luz

Eduardo Rosenzvaig

I. Convocar las voces en la escritura[1]

La memoria se compone por imágenes que, muchas veces, llegan a ser menos que un recuerdo. Fragmentos superpuestos, atisbos de sucesos o de personas que se perciben mientras se esfuman. Y si la memoria es fragmentaria, Eduardo Rosenzvaig[2] intuyó que la reconstrucción, la recolección de las partes que faltan es una tarea que se debe realizar entre varios, para atraer, como un imán, no las “limaduras de los documentos” como señala Marc Bloch (2012: 68), sino las limaduras de las voces, de los gestos, esas supuestas virutas que sobran, que se caen al suelo, pero que sin embargo completan el espacio ínfimo entre las piezas de algo que continúa mutando.

Eduardo Rosenzvaig fue un viajero. A partir de su trabajo como docente, como maestro, recorrió toda la provincia de Tucumán y varios lugares de la Argentina. Y también fue un viajero en el tiempo porque a través de su escritura intentó constantemente interrogar el pasado y el presente de su provincia. Desde sus lecturas y preguntas se puede vislumbrar a un hombre anclado en el presente, como si fuera un punto de fuga que lo lleva hacia atrás en el tiempo, y a transmitir su incertidumbre sobre los tiempos por venir.

Su escritura es un recorrido, un itinerario con múltiples vaivenes y meandros. En sus artículos, en sus cuentos, en las novelas e investigaciones, Rosenzvaig está más interesado por captar los murmullos, los silencios, que por aprehender el dato exacto; intenta de modo ineludible “bucear sobre lo no dicho” (Rosenzvaig, 2008: 25). La escritura se compone de lecturas previas y, en simultáneo, son un modo ágil de recuperar la respiración y proponer otros destinos para detener la fatalidad de la tragedia: “Escribir y leer son, apenas, acciones donde intentamos que el poder aniquilante, anonadante, de los actuales dioses sea una intriga. Sin final prefijado” (García Canclini, 2014: 82). Le interesa por sobre todo captar la “atmósfera” de una época, los rostros y los gestos de hombres y mujeres en los laberintos de lo cotidiano. Se preocupó por entender el transcurrir y los avatares de los años transcurridos entre los sesenta y los noventa en Tucumán y en el país. Se arrojó, a través de la escritura, a interrogar los modos en los que la violencia se inscribe en el día a día, se propuso reflexionar sobre las múltiples formas en las que el autoritarismo y la muerte se entrelazan entre democracia y dictadura. Es por ello que, a través de sus textos, buscó trazar de nuevo las “huellas” de los cuerpos, de los textos y de los huesos. La escritura se convierte en una forma clave, fundamental, de la experiencia a través de la “rememoración” entre “muchos otros” (Cfr. Ricoeur, 2008).

En este sentido, se puede afirmar que para Eduardo Rosenzvaig la figura del maestro (rural/ en escuelas de la ciudad/ en terciarios/ en la universidad) es clave, ya que los maestros son los vínculos necesarios entre los relatos del pasado y el presente que transforma el futuro. De este modo, en la multiplicidad y en la hetereogeneidad de lo escrito por Rosenzvaig se escuchan infinitas voces. En sus textos se hace patente lo que señaló Mijail Bajtín acerca de la conformación viva de la palabra a partir de los contrastes que produce su propia ajenidad permanente:

La orientación dialogística de la palabra es, se­guramente, un fenómeno propio de toda palabra. Es la orientación natural de toda palabra viva. En todas sus vías hacia el objeto, en todas sus orientaciones, la palabra se encuentra con la palabra ajena y no puede dejar de entrar en interacción viva, intensa, con ella. (Bajtín, 1989: 96)

Por lo tanto, una de las hipótesis que impulsan este trabajo es que, a lo largo de su obra, se puede reconocer una línea de continuidad entre sus textos ensayísticos y ficcionales, y con el trabajo realizado a partir de los testimonios orales compilados y reescritos en este libro. Del mismo modo, la labor escritural realizada en Tantas claridades para prender una luz se revela como una variante explorada por Rosenzvaig para descentrar ciertos discursos de la época y actuales referentes a la historia reciente de Tucumán y de la Argentina[3]. El trabajo con los testimonios orales de docentes le permite reflexionar sobre los procesos históricos con una mirada perfilada y poco convencional. Por lo tanto, para el desarrollo de este trabajo serán indispensables los aportes de Mijail Bajtín sobre el aspecto dialogístico de la palabra y de Maurice Halbwachs respecto a la construcción de una “memoria colectiva” a partir de voces diferentes. En este sentido, también se tendrán en cuenta reflexiones teóricas del campo de la historia oral. Respecto a la reconstrucción de procesos y acontecimientos de la historia reciente argentina se trabajará con investigaciones de Roberto Pucci, Alicia Servetto, Marcos Novaro y Vicente Palermo.

Nos podemos anticipar así y proponer que en los textos de Rosenzvaig la palabra siempre se construye con otros, es una herramienta para el diálogo, un vínculo indeleble que permite poner en juego la incertidumbre creadora y los interrogantes. Al mismo tiempo, no se deja de lado que toda palabra es “una palabra orientada hacia una respuesta” (Bajtín, 1989: 97). Sin embargo, es preciso reconocer la precariedad y la incompletud de lo que resiste como una contestación momentánea.

II. Los libros y una época que habla en los testimonios

Para entender el sitio que le corresponde al libro de relatos Tantas claridades para prender una luz (2009) es preciso trazar un breve panorama de la obra de Eduardo Rosenzvaig. A partir de los géneros ensayístico-histórico y del narrativo, tanto en cuentos como en novelas, Rosenzvaig se dedicó a relevar y comprender a protagonistas, geografías, sucesos, de su zona. A partir de la escritura, en una línea ensayística-histórica, abordó las complejidades del mundo del azúcar y de los grandes cambios sociales y culturales que se registran en los espacios rurales y urbanos. En este registro se deben mencionar libros fundamentales como Historia social de Tucumán y del azúcar (1986, dos tomos), La Cepa. Arqueología de una cultura azucarera (1995, tres tomos en colaboración), El 48. Historia de la cultura funeraria del Norte Argentino (2002), e Historia crítica de la cultura de Tucumán (2008). Las obras mencionadas están construidas como grandes repertorios de acontecimientos, palabras e imágenes que vibran en la geografía e historia de Tucumán. Son grandes recorridos al modo de los viajes de naturalistas y exploradores como Charles Darwin o Alexander von Humboldt. También se puede identificar en esta línea otra fase en la que el autor se dedica a explorar/desglosar/entender ciertas construcciones y sucesos que del imaginario social vinculados a la construcción de la ciudad de San Miguel de Tucumán como jardín, y con especial dedicación a los años inquietantes y neoliberales del menemismo: Jardín de excluidos (1995), El bizcochuelo de Carlos Saúl Buenaparte (2006), Honrar la deuda y otros asesinatos (2008). En la serie de obras que ficcionalizan el mundo de la política y del azúcar en Tucumán se pueden incluir El sexo del azúcar (1991), La espalda de la libertad (1991) y El arte de perder (1993). Mientras tanto, Tantas claridades para prender una luz, se puede inscribir entre los libros en los que Rosenzvaig, a la manera de un Joe Gould latinoamericano en una “Historia oral del mundo”, se dedica a anotar y reescribir “aquello que oía en todas partes, palabras sueltas, trozos de conversaciones en los bares, jirones de paradojas escuchadas al pasar por el portal de una casa”, aquellas “vibraciones rotas de una conversación oída brevemente” (Rosenzvaig, 2006: 7).

En la Historia oral Gould sólo incluye cosas que ha visto u oído. Por lo menos la mitad consta de conversaciones vertidas literalmente o resumidas; de ahí el título. «Lo que dice la gente es historia», afirma Gould. «Lo que antes considerábamos historia —reyes y reinas, tratados, inventos, batallas, decapitaciones, César, Napoleón, Poncio Pilatos, Colón, William Jennings Bryan— es mera historia formal y en gran medida falsa. Por mi parte, o pongo por escrito la historia informal de los de a pie —lo que esa gente tiene que decir sobre sus trabajos, amores, juergas, apaños, apuros y penas—, o muero en el intento.» La Historia oral es una gran mezcolanza, un cocido casero de la habladuría, un muestrario del rumor, un pozo ciego de cuentos, chismes, alcahueterías, bulos, embrollos y disparates, fruto, según el cálculo de Gould, de más de veinte mil conversaciones. (Mitchell, 2000: 19-20)

A través de relatos e instantáneas breves, el autor recupera siluetas y pequeñas historias (metáforas de la Historia) para reflexionar y “engastar el vacío” (Jablonka, 2016: 250) de los años oscuros en los setenta, aquellos marcados duramente por la violencia y la aparición de la figura de Antonio Domingo Bussi, y los años posteriores de los gobernadores cantantes y de la fiesta menemista con pizza y champagne. La ficción no busca rellenar huecos sino que, como la historia que concibe Ivan Jablonka, el escritor/investigador[4] “escucha un silencio, rumia una desaparición, busca lo que fata, rastrea ese blanco que hiende nuestra vida” (Jablonka, 2016: 250). De este modo, en la escritura se deja abierta la historia y el relato al caudal inagotable de preguntas y posibilidades que provienen de la duda y de la incertidumbre:

Sería vano que la ficción llenara con grandes paladas de tierra el foso alrededor del cual da vueltas el investigador. Se puede, en cambio, adornarlo con flores; se puede cuidar de una ausencia.

La historia es una investigación sobre las huellas de los devorados, los olvidados (…). Esa “melancolía” es la del investigador, a quien solo le es dado encontrar siluetas y abrazar sombras. (Jablonka, 2016: 250-251)

Por lo tanto, en esta serie de textos que articulan la investigación con la ficción, se pueden incluir entonces: La oruga sobre el pizarrón: Isauro Arancibia, maestro (1991), La cuenta suiza (2000), 100 plegarias no alcanzan (2006), Menos que un recuerdo (2009), Tantas claridades para prender una luz (2009) y No le hablen al flaco Menotti de esquizofrenia (2011).

La herramienta fundamental que Eduardo Rosenzvaig despliega en su libro Tantas claridades para prender una luz (2009)[5] es el diálogo, la escucha continua puesta en práctica con otros. De este modo, el interrogatorio, esa práctica común y ubicua de los años oscuros de la Argentina, se transforma en un diálogo entre muchos; porque eso es quizás la “memoria colectiva”, un diálogo extenso, contradictorio, interrumpido, por momentos silencioso, con los rostros como única muestra de la escucha, entre muchos que comparten palabras y experiencias. De esta manera, al mismo tiempo que se intenta subvertir la práctica del interrogatorio en un diálogo, se procura revertir la oscuridad en luz. Este transcurso, este paso, se convierte a partir del registro de Rosenzvaig en un proceso significativo y adquiere la potencia de una metáfora reveladora:

Incluso los hechos más desarticulados e instantáneos, como un estallido fuerte o un repentino apagón de las luces, se experimenta como un acontecimiento con cierto espesor temporal. (…) El súbito oscurecimiento, tal vez sin un espesor discernible, es la mitad, el punto medio, de un acontecimiento que comienza con la luz y termina en la oscuridad. (Carr, 2015: 71)

Pero el autor desea que la oscuridad sea el punto de partida para llegar a la luz de la palabra. Es por eso que, precedido por un “Prólogo de lo chico y lo absurdo” firmado por el mismo autor, el libro reúne 117 fragmentos que reconstruyen relatos de docentes acerca de, como se resalta en el subtítulo del libro, esos “años oscuros”. Porque las oscuridades aportan nuevos matices a la mirada, dan cuenta de nuevas figuras, quiebres y desplazamientos imperceptibles:

No son siempre los personajes los que actúan o las acciones las que efectúan. Como lo oscuro en Rembrandt, como una superficie de color uniforme en un retrato de Manet, la ausencia puede contar. Hay una inteligencia de la duda, una vibración del silencio, una integridad del fragmento, una plenitud del vacío. Y el relato cede su lugar algo distinto: una atmósfera. (Jablonka, 2016: 288)

Entonces, las “claridades” convocadas son las voces de los maestros para prender la memoria, para encenderla como un fuego perenne que logre brillar en otros ojos. Pero también para que esa memoria, a la manera de un árbol, consiga adherir, cultivar, ampliar sus raíces. Porque al convocar al testigo, aquel que afirma “yo estaba allí” y que se autodesigna como partícipe al inscribirse “en un intercambio que instaura una situación dialogal” (Ricoeur, 2008: 211), a esa tercera voz que afirma algo sobre los sucesos, se suma el primer testigo al que siempre podemos recurrir y que, como señala Maurice Halbwachs, somos nosotros mismos:

Nos servimos de los testimonios para fortalecer o para invalidar, pero también para completar lo que sabemos de un acontecimiento del que estamos informados de cierta manera, aun cuando muchas circunstancias nos resulten todavía oscuras. (Halbwachs, 2011: 67)

Como docente, en varios de los cursos que dictó a la largo del país, Rosenzvaig les pidió a los asistentes que escribieran o contaran historias, sus historias sobre la época oscura: “Estoy frente a un curso de docentes en Catamarca. Vamos a contar alguna anécdota de los años de plomo, digo” (TCP: 231). Algunos de ellos acceden al pedido y cuentan sus vivencias, otros realizan entrevistas a personas que han vivido esos años, y otros se acercan a conversar luego de la clase sin trazar ninguna línea en los papeles. Así como muchas de las voces de los relatos incluidos en el libro hacen todo lo posible para sobrevivir al miedo sombrío, otras contravoces se sienten inmortales e intocables como si ya fueran invisibles. Así es que, en una provincia atravesada por las ausencias de luz, por los “apagones”, llegan los helicópteros que alumbran desde lo alto, “como si fuera Dios el reflector militar” (TCP: 175). Respecto a la modalidad de los apagones en Tucumán podemos leer en el Informe de la Comisión Bicameral Investigadora de las violaciones a los derechos humanos para el período 1974-1983 en la provincia:

Apagón de luces: Era habitual, asimismo, el corte de energía eléctrica en la zona. (…) La hora elegida para concretar el operativo [de secuestro] es preferentemente la de la madrugada, especialmente cuando el mismo se realiza en el domicilio de la víctima. Las razones son simples: a esa hora el futuro secuestrado está descansando en su hogar y se verá bruscamente sobresaltado y rodeado por el grupo agresor; esto facilita la eficacia de la operación. El efecto atemorizador también se ve potenciado en su faz más siniestra la realizarse al amparo de las sombras de la noche.” (Informe Comisión Bicameral, 1991: 43)

Mientras unos se esfuman para siempre en esas noches que parecían nunca terminar, en esas mismas horas, otros sentían a la oscuridad como una aventura emocionante:

La época de los apagones la viví como algo normal y me encantaba ¡Qué adrenalina! (¿No le dijeron que los apagones se utilizaban para…?) No, yo era chica y creaba historias preparando trincheras para mis muñecas, para cuando pasaran los helicópteros con ese hermoso chorro de luz revisando los edificios en plena oscuridad, desde el aire, alucinante. (TCP: 99)

El fragmento anterior se convierte en un ejemplo claro para exponer de qué modo la oralidad juega un papel fundamental en estos relatos, que se convierten en un híbrido oral-escrito. Los que cuentan, hablan en sus historias pero también el que escribe, el que transcribe o reescribe los textos, a lo largo del libro intenta una “traducción de la oscuridad” (TCP: 13) y hace ingresar su propia voz a través de la interrogación, de los paréntesis con comentarios, con los puntos suspensivos que buscan generar o dar cuenta de la duda, del extrañamiento. Esta escritura ejercida por Rosenzvaig es en gran medida una reconstrucción de palabras, acentos, silencios, un modo de “narrativizar acciones” y por lo tanto “representar la propia narrativa” en la textualidad (White, 1992: 71). En este punto se puede apreciar la confluencia entre la labor de Rosenzvaig, su escucha y escritura, y el modo de concebir la historia presente en la historia oral. Como bien señala Paul Thompson, la historia oral es “interpretación de la historia, las sociedades y las culturas en proceso de cambio a través de la escucha y registro de las memorias y experiencias de sus protagonistas” (Thompson, 2003-2004: 15). Al mismo tiempo, en el entramado de la escritura se transcriben las palabras del que cuenta y del que comenta en una copresencia y contigüidad que no procura generar una preeminencia de una voz sobre la otra. Este último punto se corresponde con lo que señala Silvia Rivera Cusicanqui acerca del potencial epistemológico de la historia oral:

La historia oral en este contexto es, por eso, mucho más que una metodología “participativa” o de “acción” es un ejercicio colectivo de desalienación, tanto para el investigador como para su interlocutor. Si en este proceso se conjugan esfuerzos de interacción consciente entre distintos sectores, y si la base del ejercicio es el mutuo reconocimiento y la honestidad (…) los resultados serán tanto más ricos […] Por ello, al recuperar el estatuto cognoscitivo de la experiencia humana, el proceso de sistematización asume la forma de una síntesis dialéctica entre dos (o más) polos activos de reflexión y conceptualización, ya no entre un “ego cognoscente” y un “otro pasivo”, sino entre dos sujetos que reflexionan juntos sobre su experiencia y sobre la visión que cada uno tiene del otro. (Rivera Cusicanqui, 1990, citada en Walter Mignolo, 2002: 5).

De este modo, en la conversación y en la interacción con otros, el pasado reciente vuelve a relucir en las frases, en las ideas que viven en las palabras, como en la punta de la lengua:

“La memoria no puede funcionar sin sus marcos sociales y ello incluye los usos que se hacen de la memoria. El que controla el pasado controla el futuro, el que controla el presente controla el pasado”, decía Orwell.

La memoria también es algo que se transmite, desde los monumentos a los nombres de las calles. Si la memoria no nos señala desde lejos, la identidad colectiva se borra, se difumina bajo nieblas. El silencio fue demasiado casto o híbrido. Demasiado cómplice. (Rosenzvaig, 2009: 9-10)

Las frases y las historias viven porque son dichas, comienzan a latir en los ojos que miran nuevamente después de la ceguera y salen a las calles, a los otros con la voz. Y si en uno de los fragmentos, el que transcribe pregunta “¿dónde estás vos?”, también está reafirmando donde está la voz. Aparecen las interjeciones, los puntos suspensivos, y con ellos las dudas e incertezas de los que cuentan: “En mi vida todo es reciente así que no tengo nada que contar” (TCP: 16); “Yo no puedo contar. Ni sobre esa época porque no la he vivido puedo contar. Era un niño” (TCP: 26); “mi memoria es frágil” (TCP: 100); “¿Por dónde empezar cuando falta el comienzo?” (TCP: 143); “no sabe nada dice” (TCP: 163); “¿Por qué el tiempo borra algunas cosas y a otras las hace más evidentes?” (TCP: 259). Las afirmaciones que niegan, ese no sé nada, revelan los quiebres en la memoria, porque “la historia es la reconstrucción desde el yo, de un edificio demolido” (TCP: 141).

III. Quiebres en las historias del presente

Si el lector intentara dilucidar en qué género puede ser clasificado este libro se presentarían varios problemas, ya que desde un principio habría que señalar que Rosenzvaig se dedicó a lo largo de toda a su obra a crear textos polimórficos y múltiples que entrecruzaban la historia y la ficción, la imaginación y la crónica periodística, la reconstrucción histórica y el registro de los murmullos, la transcripción de los testimonios y la reescritura de las palabras para decirlas de nuevo. Así, por ejemplo, en su libro de relatos La cuenta suiza, desde el principio se plantea la duda sobre si lo que cuenta en sus cuentos pertenece a lo sucedido, a los sueños o a las pesadillas que se vislumbran con los ojos abiertos: “Ahora no sé cuál de los siguientes textos es ficción y no ficción. Espero no saberlo” (Rosenzvaig, 2000: 7). En contraste con esta mirada, muchas de las novelas tucumanas de la década del setenta y del ochenta se preocupan por señalar en advertencias que preceden al texto que lo que sigue se debe leer como “ficción”.

Es así que a Rosenzvaig le interesa pensar estas zonas intermedias, de fricción, en las que las clasificaciones tranquilizadoras hacen ruido, hacen agua y permiten intuir algo en los contrastes. De esta manera, en uno de los fragmentos se introduce una de las cuestiones claves en la escritura y la propuesta crítica de Rosenzvaig; en un diálogo de estudiantes con un docente que consiguió mantenerse al margen de la represión en esa época, una pregunta, una interrogación denuncia los borramientos que no aclaran la oscuridad fundamental: “¿Por qué dice que en el 78 se pusieron difíciles las cosas y no antes profesor?” (TCP: 108). La secuencia temporal de los fragmentos abarca desde el año 1970 y se detienen, como puntos decisivos, en 1974, 1975, 1976, 1982, 1983, 1984, hasta llegar a los años cercanos a la publicación del libro. A partir de ciertas frases en los textos, se pone de manifiesto entonces que los límites entre democracia y dictadura, entre democracia y terrorismo de estado no son tajantes: “detenido durante el gobierno de maría estela (sic) en “democracia”” (TCP: 44); “las armas habían caído en un abismo que la política transformaría en pampa democrática” (TCP: 268). El fragmento clave para entender esta mirada es el número 21, titulado “La indiecita Catalina y el ex Gobernador”. Allí se entrecruzan el relato de la muerte de Catalina, la criada de la mujer que cuenta el suceso, quien fue asesinada en Salta junto con un despensero cuando secuestraron al ex Gobernador de Salta, el médico Miguel Ragone, el 11 de marzo de 1976.

Con los ojos ilimitados por el pánico, abiertos por una barreta estaban los ojos tirados de la indiecita Catalina en la vereda (…). Ahí están. Ahí estarán. Me moriré y seguiré estando en esos ojos y muerta los llevaré todavía en la porosidad calcárea de mi calavera (…).

Después supe que Catalina había sido la víctima circunstancial, presencial de un secuestro, como también el almacenero. Testigos del hecho, de manera que los debieron asesinar para que se acostumbre el país a que habrá que convivir con una historia sin testigos. Que no existirán más los testigos”. (TCP: 62)

El mismo día de la muerte de Catalina, tres años antes, la fórmula del peronismo Ragone-Ríos había ganado la gobernación de Salta con el 57 por ciento de los votos, para luego ser destituido y la provincia intervenida por María Estela Martínez de Perón y el ministro José López Rega. Como señala Alicia Servetto, en esos años fueron destituidos los gobernadores de Formosa (noviembre de 1973), Córdoba (marzo de 1974), Mendoza (agosto de 1974), Santa Cruz (octubre de 1974) y de Salta:

En todos los casos se trató de la intervención de un gobierno peronista a una administración provincial del mismo signo partidario, cuyos gobernadores habían captado más del 49 por ciento de los votos, es decir que habían llegado al poder con un amplio apoyo electoral.” (Servetto, 2010: 15)

Desde el día del secuestro, el cuerpo de Ragone no fue encontrado y se convirtió en el único caso de un gobernador desaparecido, además, en democracia: “De Ragone no dejan más que una mancha de sangre y un zapato” (Galeano, 2010, citado por Servetto, 2010: 191). El episodio se transforma en “una impunidad anticipadora de lo que vendría” (TCP: 65), y como artífices de la orden aparecen mencionados la Presidenta, Luciano Benjamín Menéndez, y una figura a la que Rosenzvaig, a lo largo de toda su obra, va a dedicar muchos de sus relatos y reflexiones: Antonio Domingo Bussi[6]. En el caso de Tucumán, Bussi es una figura clave y paradójica para reflexionar acerca de las continuidades entre la sucesión de democracia, dictadura y democracia, ya que fue designado como jefe del “Operativo Independencia” de contrainsurgencia en diciembre de 1975, en reemplazo de Adel Vilas. Luego, el 24 de marzo de 1976 fue confirmado como Gobernador y jefe militar de la provincia de Tucumán durante el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, y en sucesivas elecciones elegido Diputado Nacional, Gobernador e Intendente de la ciudad Capital. En este sentido, y acerca de las continuidades de las metodologías represivas puestas en práctica en democracia y durante el “Proceso”, el historiador tucumano Roberto Pucci señala que del total registrado de 670 personas secuestradas y desaparecidas o víctimas de la represión ilegal en Tucumán, de esos sucesos, “aproximadamente un 40 por ciento fueron cometidos antes del 24 de marzo de 1976: un dato escueto y brutal que indica que el terrorismo de estado imperó en Tucumán antes del golpe militar” (Pucci, 2009: 236).

Del mismo modo que ciertas fronteras históricas y temporales se difuminan y aparecen otras más reveladoras, así también el país entero se convierte en un amplio escenario en el que se pone en funcionamiento el aparato represivo y exterminador. Aparecen en el libro, relatos de varias ciudades de las provincias del Noroeste Argentino (Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca, Santiago del Estero) y de otras como Valcheta y Cipolletti (Río Negro), La Plata y Olivos (Buenos Aires), Coronda (Santa Fé), y de provincias como La Rioja, Chaco, Corrientes. Las sombras y las noches se extendían por todos lados, hasta cada calle y cada casa del país a oscuras.

IV. Entre las casas y las calles

En los años de esta época, lo cotidiano parece seguir como si fuera lo normal, a pesar de todo. Sin el peso de todo. Se hace más tajante el corte entre lo que sucede en las tinieblas de las calles donde las únicas luces son las de los reflectores apuntados desde el aire, como si toda la ciudad fuera una cárcel y los cancerberos vigilaran voladores: “Era extraño pero la gente entraba a sus casas sin decir nada de lo que pasaba en la calle ni en sus trabajos” (TCP: 305). Las calles y las casas estaban quebradas, sólo habían interacciones desde la calle a la casa cuando entraban los “enmascarados”, los “encapuchados” (TCP: 166) a golpear los cuerpos y las puertas como sombras: “no hay cosa peor que no ver las caras de los hombres que están golpeando la casa de uno” (TCP: 166). Todos parecen estar ciegos, incluso los que logran ver algo, quedan ciegos detrás de la capucha o se les queda ciega la voz. Se ha llevado a cabo:

[una] supresión plena del espacio público. Si entendemos por espacio público un ámbito hipotéticamente al alcance de todos, de libre circulación de voces y discursos, y de libre vinculación y contienda entre actores, relacionado pero diferenciable de la sociedad civil, la política y el Estado, podemos decir que la efectividad con que el Proceso consiguió que éste dejara de existir por varios años fue inédita. (Novaro y Palermo, 2013: 150)

Para transitar por los espacios públicos era preciso portar la cédula, no llevarla era una forma de extraviar, no sólo la identidad, sino también la misma presencia, el ser, el cuerpo y la sombra: “si uno caminaba, caminaba la calle a contramano para poder ver cuando venía el coche de policía” (TCP: 238). Sin embargo, es en los espacios mínimos de lo cotidiano, en las huellas, donde se puede leer, encontrar, las marcas de lo que sucede alrededor. Durante el “apagón” de los encapuchados.

Nadie salía a la calle. Como si la calle fuera una alimaña, el bacilo de una peste. (…) Pero bueno, lo que más le impresionó de ese día feriado, oblicuos los climas, es que al cabo de unas horas salió el sol. El barrio volvió a su aire cotidiano y los vecinos salieron a las veredas a barrer sus vidas, luego entraron a las casas. (TCP: 215-216)

En consonancia con las fronteras trazadas entre la estrechez de lo público y la noche de las casas, también había límites marcados entre lo que se veía, se sabía y se decía. No se había visto nada de los hechos pero siempre se decía algo con los hechos, como si todos algo hubieran hecho: “si les pasó algo es que andaba en algo, pero como yo sé que no andaba en nada entonces es que no le pasó nada” (TCP: 177). Al respecto, Marcos Novaro y Vicente Palermo señalan que lo que primó en la época fue “la preferencia por no saber”, porque si “saber” era peligroso, “ignorar” era lo más seguro: “cuanto menos sabemos y más contradictoria es la información, más fácil resulta creer que “sólo” se persigue a los auténticos guerrilleros; que, después de todo, se tortura como siempre se torturó en los gobiernos militares argentinos” (Novaro y Palermo, 2013: 135). Sobre esta situación reflexiona la historiadora Graciela Browarnik cuando señala respecto a esta frase tan empleada en la época, “también nos revela el conformismo de quienes aceptaron ese “algo” confuso e indefinido, como única respuesta a la compleja trama de significaciones que rodean el problema de la desaparición de personas en la última dictadura militar” (Cfr. Browarnik, 2001). En algunas obras ficcionales de autores tucumanos se plantea esta compleja cuestión, como sucede en la novela El día que mataron a Bussi (2000) de Ernesto Wilde: “El que dice “por algo será” es que no quiere saber en verdad porqué ha sido ¿no?” (Wilde, 2000: 164).

V. Malvinas y familiares

La guerra de Malvinas atraviesa numerosos relatos contenidos en Tantas claridades para prender una luz. Así como retratan vivencias de los narradores durante los ciclos escolares también representan las percepciones de los sujetos en el interior de una ciudad o entre los miembros de una familia: “Entonces llegaron las Malvinas. Lo cuenta Sonia bajo esa forma verbal: llegaron como si hubiesen andado a pie, (…). Si estaban tan lejos, ya no estaban tanto. (…) Malvinas llegó a Tabacal, y no se fué, se hundió bajo las cañas” (TCP: 37)

La guerra representa un quiebre fundamental en la vida de los narradores, un vuelco que los hace observar esos años a partir de los lentes del pesimismo, sentir la irrealidad de la perdida y del aliento de la muerte. En los textos se pueden leer reproducciones de publicidades de la época (“Ingleses, no hay dos sin tres. Yerba Mate CBSÉ”, (TCP: 140); las palabras de una alumna que teje para los soldados medias que se quedan a la mitad y no concluyen; los ojos de todo un pueblo que mira pasar por las calles el féretro de un soldado como si pudiera estar lleno con el peso del aire; los partes de guerra leídos por Lucho Avilés como si la conflagración fuera algo “emocionante” o “divertido”; otros que donan chocolates con cartas que serán leídas en los quioscos; la queja de un niño que afirma que un equipo que ganó un Mundial de fútbol no puede perder una guerra:

Nunca más se habló del tema. (…) Porque total quedaba el Mundial. Éramos los campeones del mundo y nadie nos iba a arrebatar esa victoria heroica, como un capítulo cerrado con la cara de Kempes disparando su ametralladora sobre el arco melancólico inglés. (TCP: 139)

Por otro lado, se registra la presencia en los relatos de la figura del “perro familiar” pero esta vez el mítico can se ha multiplicado en muchos como él, y se ha transformado en una suerte de “familiar uniformado”, que viene a buscar los cuerpos en la noche, especialmente la carne de los estudiantes: “lo han secuestrado, y nunca más ha aparecido, en la época del familiarismo militar (…) secuestrado por los familiares” (TCP: 246).

VI. Un maestro y algunas conclusiones

El libro Tantas claridades para prender una luz reúne los testimonios, experiencias y recuerdos de maestros de todo el país. Es muy significativo, además, que el libro se cierre con el texto titulado “La República Democrática Arancibia” que reconstruye la niñez y la juventud del maestro Francisco Isauro Arancibia, creador del gremio de docentes ATEP y de la central gremial nacional CTERA, y que fuera el primer asesinado (con cien balazos) por el Proceso de Reorganización Nacional a las tres de la madrugada del 24 de marzo de 1976, en San Miguel de Tucumán. Arancibia fue el primer asesinado por el Proceso, y con anterioridad, Tucumán registraba ya los primeros Centros Clandestinos de Detención con las escuelas refuncionalizadas para ello (por ejemplo “La escuela” Diego de Rojas[7] en Famaillá). Con este último fragmento Rosenzvaig retoma la figura de Arancibia sobre la que ya había escrito en su libro La oruga sobre el pizarrón. Isauro Arancibia, Maestro (1991)[8]. La muerte de Arancibia funciona como un preludio para la muerte posterior, acaso tanto, como la del dirigente sindical tucumano Atilio Santillán, asesinado en Buenos Aires, el 23 de marzo de 1976. La misma noche del asesinato de Arancibia son secuestrados/asesinados en Tucumán el empresario José Chebaia, el secretario de la gobernación Juan Tenreyro y el senador provincial Guillermo Vargas Aignasse. A partir de la recopilación/recuperación de fotos, diarios, cartas, relatos, entrevistas, diálogos y geografías de la ciudad, Eduardo Rosenzvaig consigue reconstruir las últimas horas y la vida del maestro Arancibia. La dedicatoria reafirma el valor de la palabra y de la tarea de los maestros que enseñan y aprenden:

A los docentes que me enseñaron sus historias y a los alumnos de los que aprendí la mía. El libro no pudo ser escrito sin los relatos que me dejaron los educadores, como panes y como piedras, en mis viajes sobre el pescante del país. (TCP: 7)

A partir de lo desarrollado en este trabajo se puede afirmar que para Eduardo Rosenzvaig la memoria es algo que se reconstruye en la cotidianeidad del diálogo y la escritura con otros. Urge entonces recuperar siluetas y rostros para abrir a la luz el pasado. Y las luces que atraviesan la oscuridad del olvido son las voces de los otros. Y en el caso de los relatos breves, Rosenzvaig sumaba, a una investigación y relectura de las textualidades de la época, la reescritura de gestos mínimos para plasmar la atmósfera de una época. Podemos apreciar entonces el modo en el que los aportes de la historia oral siguen las mismas premisas que guiaron el trabajo del autor. A pesar de que surgen “contravoces” en la composición del libro que afirman que “no pasó nada”, que nadie desapareció sin razón, o que no recuerdan lo sucedido, esos testimonios también tienen su lugar y funcionan de punto de contraste a las experiencias de otros docentes que vivieron esos años de oscura insolencia con los ojos bien abiertos y en busca de un resquicio de luminosidad hasta en los rincones más polvorientos del silencio. Rosenzvaig continuó en este libro con su labor de abrir la historia reciente a nuevos cauces y lecturas y lograr que confluyan en su escritura la escucha del otro, la poesía propia, la incertidumbre compartida, los recursos escriturales de la ficción, la reconstrucción de lo supuesto olvidado y la confianza en la potencia de la palabra y del testimonio. Cara a cara, como un diálogo interminable.

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  1. El presente trabajo tiene como puntos de partida las siguientes ponencias: “Eduardo Rosenzvaig: acercarse a la luz de las voces”, XII Encuentro Nacional y VI Congreso Internacional de Historia Oral de la República Argentina “Voces y memorias en el Bicentenario de la Independencia”, Universidad Nacional de Tucumán, 5 de octubre de 2016; “Acercarse a las voces”, Homenaje a Eduardo Rosenzvaig, Centro Cultural Virla, IILAC-UNT, 19 de octubre de 2016; y “Eduardo Rosenzvaig, Cronos y las vidas de la oruga”, Encuentro Internacional de cronistas latinoamericanos. De Crónicas y ciudades: La tibia garra testimonial, Universidad Nacional de Salta, 29 de junio de 2017.
  2. Breve biobibliografía del Dr. Eduardo Rosenzvaig: Nació en Tucumán en 1951. Fue profesor de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán, Secretario de Posgrado y director del Instituto de Investigaciones sobre Cultura Popular en esa facultad. Publicó más de trescientos artículos académicos y entre sus más de cuarenta libros se pueden destacar los siguientes: ensayo, Los intelectuales frente a la guerra y la paz. Europa Occidental 1914-1919, 1985; La Cepa. Arqueología de una cultura azucarera (tres tomos, en coautoría), 1995-1999; Historia crítica de la cultura de Tucumán (tres tomos), 2008-2010; cuentos, La cuenta suiza, 2000; 100 plegarias no alcanzan, 2006; Menos que un recuerdo, 2009; novelas, La espalda de la libertad, La oruga sobre el pizarrón y El sexo del azúcar de 1991; El arte de perder, 1993; Santísimas Viruelas, 1995; El pecado que enrolla la lengua, 2004; La bomba silenciosa, 2009. Entre los premios que obtuvo se pueden mencionar el Premio Nacional “Jorge Sabato” del CONICET (1989), el Premio Internacional de Novela “Luis Berenguer” (1994) y el Premio Casa de las Américas (1996 y 2009). Eduardo Rosenzvaig anunció que moriría “en verano, después del aguacero”. Falleció en Tucumán, muy cerca del inicio del verano en 2011.
  3. En este trabajo nos proponemos analizar el libro Tantas claridades para prender una luz, el cual, a pesar de ser un libro de relatos, permite reconocer ciertas constantes que se mantienen en la escritura novelística de Eduardo Rosenzvaig. Por su parte, los textos novelísticos son estudiados en el proyecto de tesis doctoral en curso en el que nos proponemos analizar las relaciones entre la novelística y la historia de Tucumán.
  4. Consideramos que está dualidad fundante, esta complementariedad, es decisiva en toda la obra de Eduardo Rosenzvaig.
  5. Rosenzvaig, Eduardo. Tantas claridades para prender una luz. Tucumán: Ediciones Ente Cultural de Tucumán, 2009. Todas las citas se refieren a esta edición. Desde ahora se consignarán las citas como (TCP: página citada).
  6. Antonio Domingo Bussi, nació el 17 de enero de 1926 en Victoria, Entre Ríos. A los 17 años ingresa al Colegio Militar. Su primera estadía en Tucumán la realiza al cumplir funciones como comandante del Regimiento 19 de Infantería. En 1969 integró la segunda comisión de observadores argentinos en Vietnam y en Estados Unidos se entrenó en tácticas de contrainsurgencia. En 1975 es ascendido a general de brigada y se hace cargo del “Operativo Independencia”. En 1981, Leopoldo Galtieri le pidió el retiro de la fuerza. Beneficiado con las leyes de “Punto Final y “Obediencia debida” se pudo postular como Diputado Nacional, siendo elegido en 1987. Al año siguiente crea su propio partido político y en las elecciones de 1991 para gobernador pierde por un estrecho margen frenta a Ramón “Palito” Ortega. Finalmente, en las elecciones de 1995 es elegido gobernador de Tucumán con el visto bueno del entonces presidente Carlos Menem. En 1999 es elegido nuevamente Diputado Nacional pero el Congreso recusa sus pliegos, y ya en 2003 es elegido Intendente de la Capital pero tampoco puede asumir por el inicio de los juicios por delitos de lesa humanidad. En el año 2008 fue condenado por el secuestro, desaparición y asesinato del Senador provincial Guillermo Vargas Aignasse. El 24 de noviembre de 2011, Bussi falleció en la ciudad de San Miguel de Tucumán degradado y expulsado del Ejército Argentino.
  7. Una paradoja más en la historia de Tucumán que fuera justamente Diego de Rojas el primero que pisó las tierras de Tucumán (1543-1544), de ese “Hasta aquí, no más” del que escribió Pablo Rojas Paz. Como una demostración de que siempre se puede ir mucho más allá en el desprecio por la vida y el ser humano.
  8. Para otro análisis de esta novela cfr. Juliano (2016).


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