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(Multi)territorio y discurso poético

Raquel Guzmán

Deslindes

El debate acerca de las diversas formas de territorialización intersecta con los estudios literarios de diversas maneras, en función de los autores –origen, viajes, exilios- de los temas que tratan sus obras –migraciones, diásporas, nomadismo- , de las estéticas –que acercan o alejan de determinados centros-, de la difusión y recepción de los textos –mercado editorial, traducciones- entre otras dimensiones. Ahora bien, ¿de qué hablamos cuando hablamos de territorio? ¿cuáles son las posibles relaciones entre territorio y discurso? ¿qué territorios compone la literatura? La noción de multiterritorio propuesta por Haesbaert (2011) nos permite una particular perspectiva para leer lo múltiple y relacional, lo dinámico y diverso. Se trata no sólo de una apropiación simbólica del espacio, sino de reconfiguraciones del territorio propio, en sus tensiones y problemáticas. Un corpus de poemas publicados en las últimas décadas nos permite revisar esa compleja relación entre territorio y discurso en un mundo donde todo parece inestable.

La principal discusión que plantea Rogerio Haesbaert es en función de lo que llama “el mito de la desterritorialización”, la idea que sostiene que el hombre puede vivir sin territorio, “como si el movimiento de destrucción del territorio no fuera, de algún modo, su reconstrucción sobre nuevas bases” (2011:16). A la vez observa lo paradójico de esta posición en la misma escena cultural en la cual se enfatizan las cuestiones ambientales, los problemas de frontera o las luchas entre lo regional y lo nacional. Considera para su análisis tres vertientes básicas para construir la noción de territorio: política, cultural y económica, aunque luego advierte sobre una cuarta interpretación de carácter naturalista.

El territorio entendido como espacio delimitado y controlado sobre el cual se ejerce un determinado poder constituye la visión política del territorio, y ha permitido la organización de los estados-nación y sus diversas maneras de división en locaciones de menor jerarquía. En este caso, a menor espacio geográfico corresponde menor capacidad de autonomía política. La noción culturalista del territorio –que muchas veces se la pretende como correlativa de la anterior- prioriza la dimensión simbólica en la que el territorio es resultado de “la apropiación / valoración simbólica de un grupo en relación con su espacio vivido” (35). En esa apropiación se construyen identificaciones que impugnan los territorios políticos. El espacio visto como fuente de recursos y/o de conflictos sociales, responde a la visión económica del territorio, modifica su estatus, fractura los trazados anteriores, y propicia redes de articulación de carácter productivo. Del territorio considerado por los naturalistas, como una simbiosis entre la esfera social y la naturaleza ya nada queda.

Estas perspectivas, desarrolladas a lo largo del tiempo, pivotean entre una noción material del territorio y una visión abstracta o simple representación que construyen las ciencias o las ideologías, pero hay también en la reconfiguración de los territorios una suerte de resistencia que permite recrear los lazos sociales para preservar formas de vida más dignas. De esta manera la territorialidad se abre en un sistema relacional, es decir que el territorio “en tanto componente espacial del poder, es el resultado de la constitución diferenciada entre las múltiples dimensiones de ese poder, desde su naturaleza más estrictamente política hasta su carácter en rigor simbólico, pasando por las relaciones dentro del poder económico” (Haesbaert 2011:80).

La literatura, en tanto discurso privilegiado de reflexión y reconfiguración de representaciones, juega sus cartas en este espacio de tensiones. Sabemos que no se trata de una producción de sentido socialmente indeterminada, pero que tampoco es reductible a condicionamientos ya que tiene sus propias leyes y sus apuestas específicas[1]. El debate en torno al territorio atraviesa también los textos literarios, en tanto éstos participan de las tomas de posición que realizan los distintos actores del campo y frente a los debates territorialización / desterritorialización, esgrime la configuración de territorios de polémicas y disputas, pero también de superposiciones y pluralidades afines a la noción de multiterritorio de Haesbaert.

Espacios poéticos

Acudiremos aquí a la noción de “ejemplaridad” de Bouveresse, donde el ejemplar es un particular que permite pensar como podrían ser las acciones o las cosas, “en esa ejemplaridad se revela una universalidad posible, pero sin que eso signifique una determinación constitutiva” (Cuartango, 2013: 125). En ese sentido algunos poemarios de autores migrantes –más allá de las motivaciones de su nomadismo- nos permiten acercarnos a modos particulares de conocer el mundo en la reconfiguración de territorios.

Tal es el caso de Memorias de la música de Ricardo Martín-Crosa[2] (1985) donde la imagen de la migración excede un paradigma binario y encuentra su expresión en las metáforas del tránsito:

Hilando perseguía los matices

del mar lujoso de ebriedades,

de la mirada del vigía,

de los sueños del amo.

Tejía y

Destejía. Anudaba destinos,

Teñía profecías.

                   Y estaban

verificándose.

(“El tapiz” en Memorias de la música)

La metáfora del tejido remite al movimiento y a la construcción de imágenes y sentidos en nuevos itinerarios, en nuevos cruces que liberan de los caminos habituales y repetidos. El tejido plantea la incertidumbre de la imagen final, tal como el exilio y la migración rompen los límites del pensamiento y la experiencia, para construirse como otros y abrirse un espacio en los intersticios de lo hegemónico.

A la vez como un tapiz se construye la obra poética de Ricardo Martín-Crosa, atravesada por múltiples intertextos: La Odisea, Edipo, Hamlet, la Biblia, el jazz, los místicos españoles; bajo la forma de citas, paráfrasis o imágenes especulares que son una puesta en abismo de textos canónicos. Pero también escribir es trazar un nuevo espacio. En Vistiéndome de fuego (1989) la imagen de la casa se constituye como eje de un recorrido asolado por preguntas, hecha de incertidumbres y ambigüedades.

La segunda parte del poemario, titulado “El alma despierta (Glosa apasionada)” presenta un hablante asombrado que va mostrando esos saberes, la noche no es purgación sino una “riada de fuego” que ilumina para derribar las “represas de la memoria”, es la vibración de la música y el momento de la caída de las máscaras, “salir es un acto de ruptura” que abre gozosos mares. El poeta abandona dichoso todo sentido de pertenencia a un lugar fijo, que sabe que no existe, que es un mito que ha podido desenmascarar en una larga travesía intelectual y humana. En “Estando ya mi casa sosegada” (57) dice:

Debiéramos aludir a la casa, oh habitante:

a tu hábito

de vivir en la terrible memoria

de aquella expatriación, de aquel desgarramiento.

No resignado: resbalando

momento tras momento al olvido

de la integridad, reconstruyéndolo.

El apóstrofe inicial advierte al habitante sobre las imágenes que sostiene, y que lo llevan a percibir la casa a través del recuerdo incesante no de sus vivencias sino de la terrible memoria asociada al momento de la salida. Deja de ser un espacio material para convertirse en un territorio que se construye / destruye / reconstruye incesantemente.

En este itinerario de ejemplos podríamos aludir también a Los exilios del silencio de Agustín Bas Luna[3] (1987) breve poemario publicado en México, donde la tensión aquí / allá se sostiene en una lengua que busca sacarse todas las rémoras para poder decir lo inefable. La profundidad reflexiva de los poemas acicatea las convenciones, los lugares naturalizados, las imágenes recurrentes y se sitúa en la pregunta, la paradoja, el quiasmo. En la línea de la poesía mística los poemas articulan lo terrenal y lo espiritual, la vida familiar y la vida monástica, lo humano y la naturaleza, el cuerpo individual y la humanidad:

Hombre,

eres extranjero de tu propio cuerpo

exiliado de tus mismas manos;

¿hacia dónde vas en silencio

si has perdido el rumbo de tus ojos? (34)

El territorio es aquí el lugar del movimiento, como un barco que navega entre sombras. Esta noción de los espacios ambiguos como formas migrantes permite indagar en modo constrastivo algunas aristas de fenómenos no concluidos, que configuran experiencias signadas por las continuas movilidades y la generación de espacios transitorios y de notable indeterminación (Regazzoni et al., 2018). La noción de territorio de alguna manera excede los espacios geográficos, al situarse como áreas de pensamiento o macrozonas de afinidades culturales (vgr. Oriente / Occidente).

Lo ambiguo, lo inestable, lo incierto caracteriza también el territorio diseñado en Navegaciones de Pedro Salvador Ale[4] (1991). Se trata de una suerte de oxímoron, si atendemos a la etimología de la noción que nos ocupa, que atiende a “extensión de tierra”, aquí el espacio es el agua, en sus múltiples formas. La figura del mar, que domina el poemario, se potencia con imágenes que se deslíen en movimiento y metamorfosis, apoyadas en la estrategia del encabalgamiento constante: “(…) Transcurrir / es quedarse en palabra. Vendrá otro cuerpo / a los zapatos, a esta calle, a esta casa: se repite / lo no aprendido. Fluirá este viento devorador / de esperanzas. Apenas hemos visto, esta hora / tiene arrugas, uno busca la ventana, no hay paisaje” (I. Puerto claro 2004:109)

Los extensos poemas, la superposición de imágenes, el ritmo ondulatorio de la composición y la isotopía de la disolución sostienen la trama poética: “Nada es permanencia, el mar es el mar” (110), “Vivir no es una palabra, sino el mar” (110), “(…) Las estaciones pasan / como aves migratorias (…)”, “La realidad es hueca como el dolor que pesa / por su vacío” (111). El hablante avanza a tientas, entre espacios que condensan lo plural, percibido precisamente en el paso de un estado a otro, de un cuerpo a otro, de una figura a otra.

Los sueños, la magia, los relámpagos, el canto, el espíritu, la espuma, el vuelo, el polvo trazan esos territorios inciertos y sufrientes. Como dice Ronald Haladyna, en Navegaciones es ostensible el “uso de versos aleatorios como una solución formal al tema del azar y de lo innombrable”, estrategia que sitúa como un rasgo de la poesía posmoderna mexicana[5]. En la VII parte del poemario titulado “Puerto Argentia” el mar lo envuelve todo, “hombres y mujeres tejen ropas con escamas de serpientes. / Hay campesinos que reptan como si estuvieran arando” (127), imágenes de ritos y costumbres de distintas culturas se superponen con estampas oníricas y apocalípticas en un aleph alucinado. El puerto es ese lugar de tránsito, intercambios, pasajes no ya del agua a la tierra sino de trasvasamientos de pasiones, sueños, recuerdos y abandonos:

Quizás en otro siglo navegaste. Era otro el que reía

de los cuentos contados por los duendes de la higuera,

mientras serruchaban un árbol de manzano para hacerte

un resistente ataúd. (131)

El viaje y el mar son imágenes constantes en la poesía de Hugo Foguet[6], “el sujeto imaginario de estos poemas está consustanciado con la experiencia vital del viajero y encuentra su correlato en la autofiguración del escritor-navegante” (Siles 17). En Naufragios (Foguet, 1985) el campo de sentido del título se expande para abarcar los diversos cataclismos de hombres y mujeres en distintos tiempos y lugares, los diversos modos de zozobrar con las pérdidas, las guerras, las persecuciones, las quemas de libros, los derrocamientos de autoridades, la destrucción de la naturaleza. Es la conciencia del hombre frente a la finitud y los límites pero, mientras Agustín Bas Luna resolvía esa tensión en el campo de la poesía mística, Foguet acude a la experiencia histórica para deconstruirla, ironizarla o interrogarla. En “Naufragios 2” Bombay es el lugar donde confronta la guerra por la liberación de la India, la actitud de ostentación de los ingleses, la heterogenidad cultural y la vida cotidiana: “Asiduos prometeos / expuestos a la solícita voracidad de los buitres” (Foguet 2010:39). En “Oscilaciones en el precio del cobre”, es la caída de Allende la ocasión de contrastar lo que se difunde en la sociedad, lo que hace el poder y las transformaciones de los países:

Los chicos escriben:

                             450 millones de dólares en armas tácticas

para defendernos de los petreles y las golondrinas de mar

de las tortugas marinas y los erizos.

Los militares orinan contra el viento y se mojan los pantalones.

Los militares están entrenados en USA

llevan escrito el nombre en sus chaquetas

los instructores los llaman por el nombre como a los perros de una

jauría.

Pasan así un Trajano anciano, la marquesa Tai, un granadero muerto en Junín, Lutero, como fantasmas que atraviesan la memoria cultural para mostrar la fragilidad de la vida humana. Las contradicciones del mundo, la soledad, los límites de la ciencia, diseñan un universo poético móvil, inestable: “Los mundos se enfrían, mueren y son olvidados./ Otros mundos ocupan su lugar /otras criaturas extrañas y errabundas” (51).

Constantemente podemos leer figuraciones de la inestabilidad de los territorios, a través de relaciones sorpresivas que impugnan cualquier pretensión de órdenes convencionales. Las Maldivas son “islas-sílabas de un nombre / balbuceos del Índico / melopea” (40), “el cielo es todavía un campo de batalla poblado con los / restos de viejos aviones de combate” (49), “nuestras vidas son comparables a las burbujas que revientan / en las superficies de las ciénagas” (52).

Hay aquí, como en los poemas de Ale, algo del terror del “Manuscrito hallado en una botella” de E.A. Poe, lo fantasmal, las fracturas del tiempo y el espacio, el efecto de cataclismo, permiten acercar estos textos en el espacio común de la tradición literaria

Barqueros, navegantes, caminadores, nómades, itinerantes aparecen como sujetos de una poética de búsquedas y de inquietudes. Cuerpos imprecisos, ambiguos, metamórficos dan cuenta de contra-espacios que se diseñan en rincones, escondrijos donde ocurren vidas paralelas como la de Muñeca de Trapo en la crónica poética homónima de Blanca Omar[7] (2003). Este personaje sostiene un derrotero espacial y temporal a través de la microhistoria de la dictadura argentina atravesado por sensaciones y percepciones de una mujer. La resolución visual del poemario es también diversa el paso de la letra redonda a la cursiva, o a la cursiva negrita es constante, también hay cambios de tamaño de fuente con los que se figuran espacios diferenciados, paralelos al devenir de Muñeca y acordes a su figura desmañada y corroída:

La vendedora de tisanas

                             Se acercó peligrosamente

                            A los vallados.

Secuestré su canasta.

Para efectos legales dejo constancia

que es inmigrante indocumentada,

de confección casera.

Manifiesta ser ‘el último testimonio

De una familia de artistas extraviados’

Es alta, patilarga

de mirar refractario

cabello ordenado en dos trenzas,

y de acto hábil.

Con oficio subversivo: ‘cronista de tiempo otro’

pero vive de las hierbas.

La muchacha herbolaria confiesa que de un tal Viernes aprendió

                               los secretos del lenguaje herboristero.

Puesta en posesión de la palabra, afirmó:

                              ‘ustedes homínidos verdeoliva

                              juzgan desde su conciencia de barro

                             la mía, en cambio, es de hebras’. (“Informe” 47)

La entidad múltiple de Muñeca, su itinerancia, la posición respecto a los límites espaciales –vallas-, simbólicos –literario / no literario-, vitales –conciencia-, la posiciona en la otredad, en la distancia y la incomunicación, sin embargo es allí donde se edifica su condición de observadora del mundo, acompañante de los solitarios, comprensiva de los que, como ella, se saben diferentes. Allí es donde se sostiene su fuerza.

En 2014 Leopoldo Castilla[8] publica Tiempos de Europa, un poemario que se puede leer como tres movimientos rítmicos en torno a la experiencia de Europa, en un recorrido sinecdóquico que se detiene tanto en lugares con entidad geográfica como en monumentos, sitios simbólicos, emblemas de la cultura, reminiscencias de lecturas. De ese modo sitúa mojones de un mapa nuevo, que como la ilustración de la tapa del libro, tiene la dimensión de un cuerpo. El primer poema se titula “La mano” y dice:

Yo soy todavía ese hombre

que, con su alguien

               como lámpara,

imprime su mano en la roca

y mueve los campos,

adormece los lagos,

propaga la estricta cordillera.

Este anillo de la luna

será Constantinopla,

Roma

La piedra peregrina,

Iberia la resolana

Y el quebranto de la luz

                            Grecia

(…)

Una sola mano el primer espejo.

Algo se pierde para siempre en ese gesto de la razón.

La cueva exhala una luz dorada.

              Europa

                            comienza. (Castilla 2014:7)

Los diversos territorios que aquí se superponen abarcan desde la religión, la historia, la geografía, la filosofía para sostener al sujeto en el acto específico de apropiación discursiva de ese mundo de la cultura. Se trata de la subjetivación de siglos de historia para constituir un territorio propio, nuevo, a la medida de esa voz que sostiene el poema. El viking “herrero del agua”, “los púlpitos furiosos de Bruselas”, Venecia trazada por “un destello invisible”, los cuervos sobre las tumbas de Pere Lachaise, en Amsterdam “la tierra una telaraña del mar”, las columnas griegas como “restos de la idea de Dios”, la letanía de los muecines en Estambul, Dinamarca que “todas las mañanas vuelve a Europa”, “Arles sin Van Gogh” son todos inestables líneas que trazan ese espacio único hecho de saberes, recuerdos, afecciones donde el hablante se instala.

Ya hacia el final aparecen tres figuras que inscriben otros territorios, el sujeto que se identifica como “el caminante”, y dice “Uno / es lo más lejano de todos los caminos (…) No vuelvas a coagular tu madre / ni a esperanzar tu patria” (55). Afianzando la figura del devenir en “Mensaje en el arcoíris” aparece el padre:

Se desprendió el arcoíris

y viajó a mi lado,

veleidando,

como un joven dios por el espacio.

Sentí que mi padre me decía: “Soy yo.

Estoy en un lugar hermoso.”

Él que ahora vive en las lluvias,

le arrancó una joya a la muerte

para que yo lo viera.

Se opera un interesante desdoblamiento que atañe al tiempo, al espacio, a la genealogía humana y también estética. En estas imágenes resuenan los versos de Manuel Castilla: “Esta tierra es hermosa. / Crece sobre mis ojos como una abierta claridad asombrada”.

En “Mandato” aparece una dedicatoria que ancla de manera específica un nuevo espacio a través de una tercera figura: “A Don Miguel Raspa, mi abuelo”:

Nací en Santo Lussurgio

(…)

Crucé el océano hasta América.

Y me quedé para siempre

en estas selvas

como un árbol violento y alegre

entre los árboles.

Aquí hice hijos y fortuna y semillé los campos

hasta que me venció la tierra.

(…)

Aún mando en mis cenizas. Envié a mi nieto

a borrar mis pasos y vi en sus ojos mi aldea,

el valle

y en las nubes una frontera de oro. (53)

Se traza así una geografía sorpresiva, hecha de imágenes en las que discurre el tiempo, pero también las experiencias ancladas en un lenguaje que deviene itinerario, recorrido, mapa de un territorio nuevo recién salido de una mano que dibuja y crea una nueva forma.

Recodo

En “Figuras de la migración” (Regazzoni, 2018) María Rosa Lojo recorre los personajes de sus ficciones donde se suceden peregrinos, penitentes, cautivos, fugitivos, nómades. Observa que los inmigrantes oscilan entre la aventura y el heroísmo, el optimismo y el pesimismo, el éxito y la derrota, entre la imagen de lo habitado y lo expulsado, todo ello tensado por una “memoria del territorio”[9] que, como en el caso del poema de Castilla, dedicado a su abuelo, elide las razones y condiciones de la partida y acentúa la imagen mítica del lugar.

Dos metáforas le permiten situar los modos de migración, la del equilibrista que da cuenta de quienes emigran pero no inmigran, no echan raíces en la otra tierra sino que quedan suspendidos en una “cuerda sobre el abismo”, hasta precipitarse al vacío final. La otra es la del corredor, espacio donde no se puede arraigar, allí el tránsito perenne puede ser una forma de memoria, de identidad y de vínculo creativo. Lo propio y lo ajeno quedan así demarcados como puntos en tensión cuyo sistema de relaciones varía según las causas de ese movimiento, siendo la más difícil la situación de exilio, por su carácter involuntario y la desgarradura de vínculos que supone.

Subyace en la consideración de Lojo la noción de desterritorialización, que no sólo atañe a los desplazamientos, sino también a los cambios referidos a bienes, símbolos e imaginarios (Vilanova, 2009) y supone para algunos teóricos un movimiento complementario que es el de la reterritorialización. Se trata de la pérdida de la relación de una cultura y un territorio y, de manera concomitante la relocalización en un nuevo ámbito. En este punto cabe recordar el rol del estado en la configuración no sólo de los territorios políticos, sino como “ámbito de producción de significado”[10] , el quiebre de las fronteras nacionales puede propiciar relaciones asimétricas que se diluyen en una diversidad, sin reconocimiento de la pluralidad.

Ahora bien, en el caso que aquí nos ocupa, se trata de textos poéticos, donde la reconfiguración del mundo potencia la simbolización y el trabajo con las formas sobre la representación. Sabemos de la opacidad del lenguaje lírico y su carácter metafórico por lo que alusiones y referencias responden a estrategias retóricas y muchas veces elusivas. Tal posibilidad configura un territorio discursivo, donde el hablante lírico define también un espacio de significaciones, una semiosfera, en términos de Lotman, correlativo con el universo de convenciones literarias y decibles sociales.

Esto permite inferir en la lírica un discurso de carácter multiterritorial en la medida que no evita la superposición de espacios, ideas, referencias sino que las privilegia. El escritor construye este universo de sentido en la confluencia de sus múltiples experiencias. La coexistencia contrastiva y polémica es la que permite la puesta en escena de los conflictos humanos, todos vuelven a ocurrir aquí y ahora, una extensa red de relaciones se tiende en la memoria de los cuerpos, en los recuerdos pero también en los proyectos y las desesperanzas. Por cierto que el acceso a la percepción de una pluralidad de territorios implica posibilidades sociales, educativas, económicas, simbólicas que muchos habitantes no pueden acceder. Estos mismos autores que aquí hemos referido son apenas conocidos en sus comunidades de origen produciéndose una abjuración simbólica, a partir de una crítica fragmentaria o interesada.

El poeta migrante ofrece la posibilidad de volver en sus textos enriquecido, estableciendo relaciones discursivas diversas pero también conectando territorios geográficos y culturales, abriendo el juego de las significaciones. Como afirma Haesbaert (2011:285) no se trata de sumar, es decir no es una mera cuestión cuantitativa, sino que es una experiencia nueva de transformaciones cualitativas al flexibilizar las configuraciones territoriales, en la medida que lo permiten las “geometrías del poder”.

Entrar y salir de los territorios –geográficos y simbólicos- dominar las estrategias para activar sus redes de funcionamiento, es lo que produce la efectiva apropiación de lo múltiple. Como dice Haesbaert

“lo que realmente importa es estar libre ‘para abrir y cerrar territorios’, tener la capacidad -o la posibilidad de elección- para entrar y salir de allí, pasar o permanecer, de acuerdo a las ganas o a la necesidad. Ello significa que tenemos el poder (…) de realizar las articulaciones o las conexiones que nos plazcan, dotando así de significación o de ‘expresión’ propia a nuestro espacio” (301).

En este camino, la lectura de nuestros escritores, en sus búsquedas e itinerancias abre un rico y potente camino para una distribución simbólica más democrática.

Bibliografía

Cuartango, R. (2013) Filosofía y experiencia conceptual. Santander: Editorial de la Universidad de Cantabria.

Haesbaert, R. (2011) El mito de la desterritorialización. Del fin de los territorios a la multiterritorialidad. México: Siglo XXI.

Regazzoni, S. et al (2018) Migraciones y espacios ambiguos: transformaciones socioculturales y literarias en clave Argentina. Santa Fe: Universidad Nacional del Litoral.

Sapiro, G. (2016) La sociología de la literatura. Buenos Aires: FCE.

Vilanova, N. (2013) “Desterritorialización”. En Szurmuk, M. y R. Mckee Irwin, Diccionario de estudios culturales latinoamericanos (80 – 84). México: Siglo XXI.

Poemarios citados:

Ale, P. S. (2004) Los reinos del relámpago. Antología 1973/2003. Córdoba: Alción Editora.

Bas Luna, E. (1987) Los exilios del silencio. México: E.A.

Castilla, L. (2014) Tiempos de Europa. Buenos Aires: El suri porfiado.

Foguet, H. (2010) Obra poética. Buenos Aires: Ediciones del Dock.

Martín-Crosa, R. (1989) Vistiéndome de fuego. Buenos Aires: La torre abolida.

Omar, B. M. (2003) Muñeca de Trapo (crónica poética). Buenos Aires: Instituto Literario y Cultural Hispánico.


  1. “Ni expresión inmediata de la visión del mundo de una época, ni reflejo directo de la realidad, la literatura escapa a la alternativa entre racionalismo y empirismo. Si se la registra como manifestación de la conciencia colectiva, de la ideología o de la estructura de los afectos, la literatura es mediatizada por las relaciones sociales entre las clases o fracciones de clases, de cuyas condiciones es reflejo. Si se la concibe como un acto de comunicación, hay que resituarla dentro del sistema de instancias que la mediatizan. Si se la entiende como una institución, un sistema, un campo, un mundo, o una red de relaciones, resulta mediatizada entonces por el universo social de que es producto” (Sapiro 2016 48-49).
  2. Ricardo Martín-Crosa: Nació en Salta (Argentina) en 1927. Vivió su infancia en Tartagal, en el norte de la provincia, casi en el límite con Bolivia. A los 11 años ingresó al Seminario en Córdoba, se ordenó sacerdote católico en 1955. Afectado de brucelosis, no cejó sin embargo en su vocación de escritor, crítico de arte e investigador. Fue Licenciado en Literaturas Modernas, becario en la Universidad Central de Madrid donde fue discípulo de Dámaso Alonso. Estudió Arte en Francia, Estados Unidos, Alemania, Holanda, Dinamarca y Suecia. Fue Profesor de Estética en la Universidad del Salvador y llevó a cabo una importante tarea como investigador de las culturas aborígenes del NOA. Recibió Premios y realizó publicaciones en el país y en el exterior. Murió en 1995.
  3. Agustín Bas Luna (Padre Ezequiel) Nació en Orán (Salta) Estudió en Tucumán, donde publicó sus primeros poemas. Es monje benedictino y vive en México. Entre sus obras: Despoemando, Cuando el silencio es un pájaro, Las sombras del silencio, Los exilios del silencio, Unamente plural.
  4. Pedro Salvador Ale: Nació en San Salvador de Jujuy en 1954 (naturalizado mexicano desde 2003). Estudió en la Universidad Nacional de Córdoba, está radicado en Toluca desde 1977. Poeta y editor ha recibido importantes distinciones por su obra. Publicó: Conclusión (1973) Arado de carne y hueso (1978) Autofagia del naúfrago (1982) El alucinante viaje del afilador de cuchillos (1986) Navegaciones (1991) Aromas (1999) Yosadhara (2001) entre otros títulos.
  5. “Hay indicios en sus primeros siete libros de una incipiente tendencia postmoderna, pero no es hasta Navegaciones (1991) cuando se combinan tantos elementos en varias series temáticas que se entretejen y se independizan en un juego combinatorio de formas que sirve para opacar lo temático a favor de una experimentación formal. Se destaca la falta de un centro temático o formal en los poemas cuyas imágenes reflejan una realidad en constante expansión, sin centro, ni punto de apoyo. Es una condición que conduce a la incertidumbre y la duda y una incapacidad de contemplar las esencias de las cosas por la efimeridad de percepciones, de recuerdos, y de reflexiones y por la desintegración del mundo material” (Haladyna R. en http://salvadorale.blogspot.com/2011/07/seleccion-de-opiniones-sobre-la-poesia.html Consultado 10/5/18).
  6. Hugo Foguet (Tucumán 1923-1985) Estudió en la Escuela Nacional de Náutica y fue marino. Publicó cuentos: Hay una isla para usted (1962) y Advenimiento de la bomba (1965); novelas: Frente al mar de Timor (1976) Pretérito Perfecto (1983). Su obra poética fue publicada póstumamente: Naufragios (1985) y Convergencias (1986).
  7. Blanca Omar: Nació en Joaquín V. González (Salta). Publicó Poemas con (1983) Conjeturas (1984) Del crecer y otros dolores (1989) Teatro (cuatro obras. 1984) La mujer de piedra (1998) entre otras. Sus poemas están incluidos en diversas Antologías y recibió numerosos premios.
  8. Leopoldo “Teuco” Castilla nació en Salta, Argentina en 1947. Ha publicado los siguientes libros de poemas: El espejo de fuego (1968) La lámpara en la lluvia (1971) Generación terrestre (1974) Versión de la materia (1982) Campo de prueba (1985) Teorema Natural (1991) Baniano (1995) Nunca (2001 Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes); Libro de Egipto (2002) Línea de Fuga (2004) Bambú (2004) y El Amanecido (2005).
  9. Cfr. “La idea de territorialidad y desterritorialización está entonces íntimamente unida a la memoria, ya que la desterritorialización, en el planteamiento de Raúl Prada es, en última instancia, la pérdida de la memoria territorial, es decir colectiva” (Vilanova, 83).
  10. Ortiz Renato: Mundialización y cultura (citado por Vilanova 83).


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