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Múltiples representaciones
de la violencia en la literatura joven

Fabio Martínez, Daniel Medina y la resignificación del espacio de la salteñidad

Andrea Mansilla

Uno de los grandes temas de la literatura argentina durante casi toda su historia ha sido la violencia y sus distintas manifestaciones en la sociedad y en el individuo. En su libro La Argentina en pedazos, Ricardo Piglia sostiene que la violencia se configura como una isotopía que atraviesa toda la literatura argentina desde su momento inaugural. Su recorrido llega hasta el año 1993 pero es posible afirmar que se ha sostenido como eje de la literatura hasta nuestros días.

Nos hemos propuesto indagar en este artículo la presencia de esta violencia en la escritura de dos escritores jóvenes de la región y cuáles son las estrategias narrativas empleadas para relatar situaciones violentas.

Consideramos que, además de ser un eje temático, la violencia implica también una forma de discurso que, en algunos casos, transgrede las leyes del texto canónico para crear un efecto de lectura más inmediato en su lector modelo.

Para la corriente sociocrítica, la literatura se configura como una práctica social y simbólica que está dotada de una significación que va más allá de la configuración lingüística del texto, lo que sucede en el contexto en que se produce es altamente relevante para el escritor. En este sentido, el escritor no es un sujeto aislado, tampoco su obra: el escritor “es el que escucha, desde el lugar en el que se sitúa en la sociedad, el inmenso rumor fragmentado que comenta, conjetura, antagoniza el mundo” (Angenot y Robin, 1991: 52). Este rumor es el discurso social. Nos interesa particularmente indagar en qué medida la sociedad, las circunstancias históricas y políticas y los diferentes discursos que circulan socialmente, configuran representaciones de violencia en los textos literarios de escritores jóvenes. La literatura es  una de las formas en las que la identidad colectiva de una sociedad se puede captar y visualizar en su producción cultural.

La literatura salteña es prolífica en poesía y en narrativa ha gestado (y está gestando) una producción prometedora. Es necesario entonces analizarla con un criterio unificador, bajo una categoría o un concepto que trace una relación que estructure el corpus. En este caso, la lectura que se propone sugiere como isotopía la configuración de la violencia y su forma en el discurso. Es pertinente preguntarse cómo se construye “lo violento” en cada uno de los textos, habiendo diseñado previamente un concepto de violencia que resulte operativo a nuestros fines. En este sentido, será posible también dilucidar cómo opera esa violencia en el argumento y bajo qué estrategias discursivas el texto hace explícita o no esa violencia. Nos aproximaremos también a las prácticas sociales –públicas o privadas-  que están interconectadas con la configuración de lo violento.

La hipótesis de la que partimos es que en la literatura emergente la violencia se encuentra más desnuda, descarnada y explícita respecto de la literatura de la generación de fines del siglo XX. Si bien la violencia en la literatura del siglo pasado es parte fundamental de los argumentos, en la mayoría de las obras se encuentra disimulada dada la naturalización de algunas prácticas sociales que resultan violentas. Por el contrario, la violencia urbana es protagonista en la obra de estos jóvenes escritores, desempeña un papel que consideramos responde a las demandas de una época, a las nuevas reglas de lo decible (Angenot 1989). Además, se percibe una vinculación entre el sexo y la violencia al parecer ausente en los textos literarios anteriores y una resignificación de los espacios domésticos y urbanos.

Al abordar específicamente el tema de la violencia en la literatura salteña se presenta una problemática social que va transformando sus alcances con el correr del tiempo. En un contexto sociohistórico en el que la violencia se presenta cada vez más como una alternativa posible para la vida, desentrañar las tramas literarias podría ser una pista para entender el funcionamiento, tratamiento y exposición de la violencia tanto pública como privada.

Fabio Martínez y los espacios posibles
para la destrucción

Fabio Gabriel Martínez nació en 1981 en Campamento Vespucio, una localidad del Departamento General José de San Martín en Salta. Vivió en Tartagal durante toda su infancia y adolescencia y a los diecisiete años partió hacia Córdoba para estudiar la carrera de Comunicación social en la Universidad Nacional de Córdoba. Actualmente es profesor de nivel secundario en la misma ciudad y participa en talleres literarios, escribe para publicaciones sobre literatura en distintos rubros y el texto que en este trabajo analizaremos recibió el tercer premio en el género cuento en el Concurso “Régimen de Fomento a la Producción Literaria Nacional y Estímulo a la Industria Editorial” en el año 2009, otorgado por el Fondo Nacional de las Artes.  Lleva publicada una novela y dos libros de cuentos: Los pibes suicidas, Despiértenme cuando sea de noche y Los dioses del fuego.

Analizaremos la textualización de la violencia en dos de sus cuentos del libro Despiértenme…y nos aproximaremos a un breve análisis de su novela Los pibes suicidas, ambas obras editadas por la Editorial Nudista en el año 2010 y 2013 respectivamente.   

Los escenarios de todos los cuentos de Despiértenme cuando sea de noche son urbanos, refractan los barrios marginales de Salta y Córdoba pero no la orilla, como en el caso de Carlos Hugo Aparicio[1]. En este sentido, la diferencia de escenarios radica en que los personajes de Martínez viven el pueblo como si fuese una gran ciudad, mientras que los de Aparicio se relegan cada vez más a sus espacios interiores y domésticos.

Lo que sucede en los cuentos de Martínez se desarrolla en Tartagal o en sus alrededores. Se presentan barrios similares a lo que llamaríamos macro-centro, donde además se concentran espacios  “cosmopolitas” posibles en Salta: el prostíbulo, la estación de servicio, la casa del vendedor de drogas, el boliche, el hospital, etc. Es decir que Martínez presenta los espacios no del campo ni del barrio olvidado, de la orilla, sino de la ciudad- pueblo y la vida nocturna. Este espacio se configura en estos relatos como un lugar de vicios, excesos, drogas, sexo y violencia, más parecido a  los suburbios de las grandes ciudades que a los pueblos pintorescos y coloniales que hemos dado por creer que existen en Salta. “Aquí todo es posible” y lo narrará desde las experiencias de distintos personajes jóvenes que recorren los vericuetos de sus propias existencias.

En este libro, escrito y publicado en la provincia de Córdoba, Martínez resignifica los espacios asociados con la salteñidad, mostrando una ciudad del interior en plena ebullición social. El relato llamado “Tartagal queda cerca de Yacuiba, y Yacuiba queda cerca de Tartagal” es casi un cuento heredero de “Los bultos” de Aparicio. Ambos presentan el espacio fronterizo como un lugar de comida, bullicio, olores y ferias. No hay mucha diferencia entre la explícita representación de Salvador Maza y Pocitos y aquella referencia vaga a la frontera que hacía también Carlos Hugo Aparicio. Sin embargo, Martínez confiesa no haber leído nunca a Aparicio. La refractación de la realidad de la frontera deja entonces claro que hay factores tan fuertes que ningún escritor ha dejado de textualizarlos.

En el relato de Martínez, las imágenes violentas se suceden más allá de la  xenofobia presente en el famoso cuento “Los bultos” de Aparicio, en el que un hombre experimenta las dificultades propias de la frontera. En “Yacuiba queda cerca…”, se textualiza la violencia de género como un comentario escuchado al pasar en el territorio fronterizo , donde las historias van y vienen funcionando bajo un mecanismo de invisibilización de estas prácticas machistas a través de la naturalización:  

–Amigo, pues en Yacuiba se consigue de todo y al mejor precio (…) Fíjese esos chicos que caminan sin mirar ningún puesto. ¿Usted cree que vinieron a comprar algo? No tienen bolsas, y vea los ojos de la gringa rojos, bien rojos, se lloró todo. Ellos vienen del enfermero, amigo. ¿Usted tiene novia? Ah, bueno, cuando tenga un problema parecido, cuando meta la pata, búsqueme, que yo soy amigo del enfermero y en un ratito se soluciona todo. También está el doctor, pero dicen que es más caro, yo por él no meto las manos en el fuego… (42)

Las historias contadas por los bolivianos y los argentinos fronterizos dan cuenta de una situación de marginalidad e ilegalidad en cuanto a los abortos clandestinos pero también hacen referencias claras a la violencia de género en el caso particular de la historia de Fernanda Vaca:

– Como le iba diciendo, la niña sale con la bolsa a comprar ahí cerquita nomás y un taxista con un grupo de chicos la mete de prepo al auto. La llevaron a un descampando cerca de la vía y ahí la desnudaron y violaron. El taxista, un tal Chávez, que lo solía ver alzando pasajeros por acá, fue el que armó todo. Este hijo del diablo estuvo en la cárcel y siempre le hizo mandados a narcos del lugar. La cosa es que la alzaron y la llevaron al descampado y con un cuchillo le hicieron varios cortes. Cuando ya la habían violado y tenía las heridas, la subieron al taxi y la pasearon por la puerta de la casa de la niña para que sufra más. Le taparon la boca. Fueron doce horas de maltratos, amigo, hasta que Chávez le cortó el cogote. Con él había tres chicos de quince, dieciséis, y diecisiete años. El más chico fue el que relató todo. Mire, mi amigo, a algunos la droga les hace mal, por eso ahora sólo coqueo nomás. (44)

Y este no es el único caso; a través de la voz del boliviano, se relata el caso de otro femicidio, el de Romina Nieva, una mujer que impidió el paso a un narco argentino por su finca y fue asesinada por los secuaces del Gobernador. Los vínculos entre los narcotraficantes, las clínicas clandestinas y el gobierno son claros y contribuyen a la violencia vivida en la frontera. La narración en tercera persona permite el distanciamiento y le da más flexibilidad a las descripciones de estas experiencias de frontera que para muchos son habituales. La estrategia narrativa empleada en este cuento es la voz de un personaje lugareño que relata estos hechos como sucesos cotidianos de la realidad de su contexto, como pintándole el paisaje a alguien que no conoce el lugar. La sensación de que en este espacio marginal hay impunidad es un efecto de lectura que se repite en otros cuentos de Martínez, eso sin contar que los casos de Fernanda Vaca y Romina Vilte son reales. El genotexto permite trazar una isotopía de muerte y maltratos sin justicia a lo largo de todo el libro.

En“Llueve en Tartagal”, Martínez propone un narrador que hace explícito el lenguaje para nombrar realidades cotidianas en Tartagal que dejan al desnudo que una ciudad- pueblo también puede tener los vicios de las grandes metrópolis:

Ellos fumaban pasta base mezclada con tabaco negro, mientras Pato y yo armábamos líneas de merca en el espejo. Sol manejaba todo: los tiempos entre cigarrillos y cigarrillos, nos avisaba cuándo aspirar para que desde adentro de la casa no nos vieran y servía cerveza (16)

En este relato, la violencia no se textualiza como violencia física ni simbólica, en tanto que los protagonistas no pasan por momentos violentos. Lo que podemos observar en el relato es un contexto de drogas y sexo que describe a un espacio marginal en el que los jóvenes son presos de estas sustancias. El paco, la pasta base, la cocaína y “el porro” son drogas frecuentemente nombradas en este espacio que describe el narrador: “Tartagal era una fiesta y yo era parte de ella” (19).

Si bien las acciones no son violentas en sí mismas, el discurso propone una lectura explícita del sexo y las drogas que genera un efecto de vulnerabilidad y violencia:

Estaba preocupado, la noche anterior me había ido a un telo con una chica, su hermana y Antonio. Antonio se la cogió más de dos veces a la hermana, y a mí nunca se me paró. Desde hacía un tiempo que no se me paraba. A veces cuando iba al baño me tocaba la pija y me masturbaba para ver si reaccionaba pero era en  vano (20).

Los pibes suicidas, por su parte, crea personajes sumidos en la autodestrucción desde la  primera hoja de su novela. La Gringa, el Culón, el Porteño y Martín (un antihéroe tartagalense, casi periodista, casi drogadicto, casi piquetero) son los protagonistas de una novela violenta que merece un artículo aparte, pero resulta pertinente en este análisis pues se posiciona como la obra más importante de Martínez hasta el momento, seguida por Los Dioses del Fuego que va por su segunda edición, también con Editorial Nudista.

Con una lógica cinematográfica, una escena inaugura la novela de Martínez y presenta a los personajes en un espacio doméstico, corrompido por las drogas y la violencia de cuatro jóvenes que sugieren autodestrucción en cada acción que emprenden.

Si entendemos el texto literario como un complejo juego de representaciones, cuyo origen está fuera del texto y se manifiestan en prácticas socio-ideológicas y discursivas particulares, se puede afirmar que la violencia como tópico es un ideosema estructurante en los textos literarios de la literatura joven argentina. En este sentido, el relato con el que abre la novela de Martínez se vale de la repetición de una frase que se configura como un eje vertebrador de toda la novela: “No podemos parar” (Martínez, 2013). En esta frase se evidencia el destino fatal de los personajes ya que son movidos por la pulsión que los lleva a destruir el cuerpo propio y el ajeno, resignificando el espacio urbano en clave de violencia.

Inmerso en los efectos de la cocaína y el alcohol, el narrador personaje describe a Tartagal en plena crisis económica y social fruto de la privatización de YPF, principal fuente de trabajo de las familias tartagalenses a fines de los años noventa. La casa de la Gringa constituye un espacio “seguro” en el marco de la ebullición social del piquete y los cortes de ruta. Sin embargo, este espacio es viciado por la droga y la constante pulsión de autodestrucción y violencia latente en los jóvenes personajes. Como en películas con un  fuerte impacto visual, el pasaje del asesinato del perro coincide con el quiebre físico del narrador:

Lo que estaba partido adentro mío se termina de romper. Me sale sangre, mucha sangre de la nariz (…).

El porteño clava el cuchillo en la bolsa, una u otra vez y grita cosas que no se entienden. El Culón quiere detenerlo, empuja la puerta, le pega un par de hombrazos y la puerta se parte. Entra a la galería y lo agarra del cuello. Pero el porteño parece poseído y lleno de furia.

El CD de Nirvana se acaba. El perro llora y chilla, chilla como un cerdo y el Porteño hunde, por última vez, el cuchillo y la tela se tiñe de rojo. (Martínez, 2013)

Así comienza Los pibes suicidas. A lo largo del relato, el personaje principal, un antihéroe propio de la modernidad decadente, se debate entre la vida y la muerte en una ciudad del interior que parece dinamitada, a punto de explotar. La reconfiguración del espacio que logra Martínez en esta obra se produce a través de la violencia con la que actúan los y las pibas suicidas, quienes viven el boliche, la frontera y la ruta como un camino derecho hacia la autodestrucción.

“Tartagal queda cerca de Yacuiba y Yacuiba queda cerca de Tartagal”, antes analizado, se incluye en esta novela suspendiendo el relato de la vida de Martín y sus amigos para congelar la acción en un paisaje que sirve de contexto para tanta vulnerabilidad. Al mismo tiempo, otro cuento se incluye dentro de este texto dialogando con esta imagen de frontera. “Vespucio queda cerca de Tartagal y Tartagal queda cerca de Vespucio” muestra la otra cara de esta ciudad en ebullición: las calles desoladas de los pueblos fronterizos, donde más que un pueblo acunado por los cerros, parece un espacio fantasma en el que no hay espacio para la tradición ni el baile ni el carnaval.

Oparricidio: asesinar la salteñidad

Daniel Medina, escritor y periodista salteño, en diálogo con un medio local, afirma que su escritura se nutre de lo que vive y se refiere a la generación más consagrada de escritores y escritoras salteñas: “Así como los viejos poetas y escritores metían el paisaje porque era lo que vivían, donde ellos estaban sumergidos, para mí eso no existe. Puede ser un paisaje, pero dado vuelta”. Oparricidio, su primer libro de cuentos editado por  Intravenosa (Jujuy) en 2014 se compone de relatos que subvierten el orden de ese paisaje de salteñidad. Algunos lo hacen desde la descripción de nuevos o resignificados espacios y otros desde la violencia que los personajes encarnan en sus prácticas sociales e imprimen en el espacio que habitan.

Medina es Técnico en Comunicaciones Sociales y periodista desde hace casi diez años. Además, su paso por la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Salta le ha brindado un manejo de la teoría literaria que no condiciona su escritura. En los relatos “Almuerzo en familia” y “Saltrix”, Daniel Medina retrata espacios bien salteños al mismo tiempo que reactualiza la problemática de la violencia doméstica leída antes en cuentos como “Sombra del fondo” de Carlos Hugo Aparicio.

En el relato referido, una mujer casada espera a un marido golpeador mientras cocina milanesas con papas fritas. Durante el proceso, mira el noticiero y agradece vivir lejos de países en los que la guerra se traduce en bombas y fusilamientos. La práctica de la violencia machista dentro de su hogar está tan naturalizada para ella que siente que el infierno se encuentra afuera mientras el piso le quema los pies.

El cuento de Medina, “Almuerzo en familia” reactualiza esta imagen proponiendo una madre visceral, dos hijos violentos y una hija que, por defecto, es parte de un círculo de violencia que, en apariencia, es imposible de revertir. Nuevamente la droga aparece acá como una isotopía significante que dispara la pulsión violenta:

El tatuado agarró el vaso y se lo arrojó. El vidrio estalló contra el horno. Te voy a cagar matando, dijo y agarró el cuchillo. Ariel no se paró, pero también agarró el cuchillo. Las mujeres empezaron a gritar y se interpusieron, te voy a hacer aca, gritaba el tatuado, vení, respondía Ariel, mientras se escondía detrás de la madre. A vos también te voy a destripar, vieja puta, dijo, los voy a cagar matando a todos (2014: 69).

Todo el relato gira en torno a la discusión familiar en la mesa, producto de un arranque de ira contenida en uno de sus hijos bajo la sospecha de consumo por parte del otro hermano. La naturalización de la práctica de la violencia machista hacia la madre y el refuerzo de la masculinidad como factor de violencia en las actitudes hacia los hermanos, constituyen en este cuento el escenario de la subversión del orden pacífico y armonioso que supone “Salta, la linda”. Como Aparicio, Medina enuncia la violencia doméstica pero introduce en ella el factor del consumo problemático y la figura de la madre que busca imponerse ante los hijos: “Me mato trabajando como una burra, esta mañana planché, lampacié, hice las compras y les cociné y ustedes lo único que hacen es sentarse a comer, gritó la mujer. Los otros tres fijaron la vista en el televisor” (69).

La madre ya no es un sujeto pasivo sino que se impone con violencia al tiempo que denuncia la explotación silenciosa que supone el trabajo doméstico. La tensión creciente entre los personajes culmina en un final absurdo pero efectivo: “Ariel subió el volumen del televisor, que hizo imperceptible el ruido que hacía la madre mientras lavaba. Se tiró en la cama y empezó a masturbarse.” (71). El efecto de lectura, sutilmente violento, se impone como un aspecto de la violencia como isotopía discursiva.

En el relato “Saltrix” la salteñidad juega un doble papel: es satirizada al mismo tiempo que sirve como factor de comparación con el personaje porteño. En este cuento, el narrador protagonista relata un encuentro funesto con un reportero de Buenos Aires que termina ridiculizado ante el narrador, el lector y los otros personajes. Sin embargo, el texto propone una visión burlesca de la salteñidad defendida por los personajes gauchescos que asisten a la famosa peña La Casona del Molino.

Con aspectos comunes entre el narrador y el autor empírico, este relato es además una suerte de ensayo sobre las prácticas periodísticas y la diferencia entre pertenecer a las provincias y ser de la Capital Federal. A propósito de una gresca entre el reportero y unos hombres vestidos de gauchos, el narrador refuerza esta idea: “Eso es algo que nosotros podemos decir sobre Güemes; pero un extranjero (y un porteño siempre es extranjero fuera de baires), nunca” (94).

Como en todos los cuentos analizados en este artículo, el relato reconfigura los espacios a través de la violencia que los personajes imprimen en sus prácticas de apropiación de esos lugares. En este caso, el reportero bonaerense provoca en el narrador personaje una sensación violenta que va en aumento a medida que transcurre el relato. Al igual que en el relato de Martínez, el ideosema intertextual actúa reforzando la sensación de tensión entre uno y otro: “Otra vez estuve a punto de darle una piña” (97) y luego “Me volvieron las ganas de darle un buen golpe en la jeta; pero me contuve” (101).

La cocaína revela en el personaje del reportero porteño un estado de valentía que deviene luego en la causa de la violencia con los personajes salteños, ya que lo mantiene lúcido pero agresivo y con el coraje para nombrar a la provincia como un Macondo patas para arriba (102).

La figura del neogaucho y la del porteño engreído se encuentran ridiculizadas por igual en este relato de Medina que sabe muy bien de transitar los espacios salteños gracias a su profesión de periodista. La violencia en este relato se configura como una isotopía en pos de la defensa de un espacio rural/ tradicional que “pervive” en un espacio eminentemente urbano. El espacio del bar tradicional (La Casona) con todos sus personajes típicos (los neogauchos) es interrumpido por el personaje extranjero que termina molido a golpes: “Todos los golpes que yo había querido darle, se los dieron ellos” (103).

Este libro de relatos representa un auténtico asesinato de la salteñidad pretendida no sólo por la literatura del siglo pasado sino incluso por algunos vestigios literarios de hoy. Los cuentos de Medina constituyen un oparricidio violento en su temática y tanto más en su estética con cuentos como “GameOver”.

Arribo violento a las conclusiones

No sólo Martínez y Medina han visibilizado las prácticas violentas en la literatura de Salta. También lo han hecho Lucila Lastero, Alejandro Luna, Rodrigo España y otros tantos narradores y narradoras. Fernanda Salas, Fernanda Alvarez Chamale, Florencia Arias y Macarena Diosque se posicionan hoy como las poetas jóvenes más disruptivas tanto en las formas como en los tópicos que dejan al descubierto una Salta violenta y opresora. Lejos del terruño, esta nueva generación de escritores y escritoras propone una reapropiación de los espacios en clave de violencia, transformándolos en nuevos lugares sumidos en la vulnerabilidad de un espacio desnudo, abierto a cualquier cosa. En este sentido, los espacios también son propicios para prácticas sociales que implican algún tipo de violencia y que los relatos analizados refractan particularmente: los abortos clandestinos, las violaciones en manada, la explotación sexual de personas, el tráfico de drogas y al interior de las casas, la violencia doméstica y la posibilidad de minar el cuerpo.

Fabio Martínez y Daniel Medina pueden leerse en diálogo con escritores jóvenes de otras provincias como Bruno Petroni, Federico Leguizamón, Pablo Natale, entre otros, quienes parecen perpetuar esta escritura violenta que empuja a repensar los límites de lo discursivo. Entre el sexo, las drogas y la violencia hay un fino hilo conductor que permite que uno desencadene el otro: en los relatos del siglo XXI toda experiencia es vertiginosa y violenta, como la sociedad misma.

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  1. Carlos Hugo Aparicio (Jujuy 1935-Salta 2015) es quizás el narrador más importante de la literatura salteña de fines del siglo pasado. Ha recibido premios internacionales y perteneció a la Academia Argentina de Letras. Aparicio escribe sobre un espacio que ha denominado “la orilla” en toda su obra: Pedro Orillas, Sombra del fondo y la novela Trenes del Sur.


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