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7 Los herederos de la ciudad

Horizontes residenciales
en jóvenes de sectores medios

Magdalena Felice

Introducción

El proceso de modernización de Buenos Aires, que comenzó a desarrollarse a partir de 1870 (Gorelik, 1998), no solo implicó la construcción material de un espacio sino también la conformación de una trama de significaciones sobre la ciudad. Por aquel entonces, las decisiones de políticos y urbanistas fueron configurando el ideal de una “Buenos Aires europea” (Scobie, 1977; Gorelik, 1998) que, con el tiempo, se tradujo en la concepción de Buenos Aires como una ciudad jerarquizada, reservada para las clases acomodadas. En la actualidad, este ideal no solo mantiene vigencia sino que además tiene una serie de implicancias simbólicas, ya que opera en el imaginario territorial y en las prácticas espaciales. Aunque en la Capital confluyan alrededor de 275.000 habitantes en villas, familias en hoteles-pensión, cartoneros y personas en situación de calle, en los imaginarios sociales Buenos Aires les pertenece a los sectores medios y altos. Mientras aquellos otros son construidos como los intrusos que invaden la ciudad, los sectores medios y altos conformarían el universo de los vecinos, quienes merecen habitarla (Boy, Marcús y Perelman, 2015; Grimson, 2009).

En este capítulo nos adentramos en los modos de percibir e interpretar la ciudad de un grupo específico de vecinos, los jóvenes pertenecientes a familias de sectores medios y medios-altos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), a partir de analizar sus decisiones en torno a la vivienda y la localización residencial al momento de emprender la salida de su hogar de origen y construir un hogar propio. Como señala Margulis (2009: 91), los “significantes urbanos” son percibidos, usados y apreciados de modos diferentes por los diversos grupos que habitan la ciudad; “cada grupo les otorga significaciones no coincidentes y a veces muy distintas, que varían en función de sus códigos culturales de clase, de etnia o de generación”. Desde una estrategia metodológica cualitativa-interpretativa, este capítulo aborda las valoraciones y las preferencias residenciales de estos jóvenes como una ventana estratégica para explorar sus clasificaciones y sus distinciones espaciales, sus mapas cognitivos urbanos y sus modos de significar la ciudad. El “espacio vivido”, como lo plantea Lefebvre (2013), ofrece pistas para analizar cómo intervienen los actores sociales en la construcción del espacio urbano, tanto a través de sus prácticas como de sus representaciones.

Diversos estudios han mostrado que, en Buenos Aires, la “clase media” se presenta como “una poderosa identidad social y las narrativas articuladas en torno a ella resultan particularmente efectivas para (re)producir diferencias de clase y cartografías normativas sobre quiénes pertenecen a dónde y quiénes no pertenecen a ningún lugar” (Cosacov, 2017a: 95).[1] En diálogo con estos trabajos, aquí nos proponemos analizar, a partir de la experiencia de los jóvenes de sectores medios de la CABA, cómo operan la condición juvenil y la pertenencia a un sector social determinado en sus percepciones y apreciaciones sobre la ciudad. ¿Cómo clasifican y marcan el espacio urbano al buscar una vivienda donde habitar? ¿De qué modo influye en estas clasificaciones el tipo particular de condición etaria? ¿Qué narrativas históricas sobre la ciudad movilizan en sus relatos?

Para abordar estos interrogantes, trabajamos con un corpus de 20 entrevistas en profundidad realizadas a varones y mujeres de entre 24 y 30 años, pertenecientes a los sectores medios de la CABA, que se han ido de su hogar de origen entre 2009 y el 2014. El trabajo de campo fue realizado entre septiembre de 2013 y diciembre de 2014. Consideramos a los jóvenes de sectores medios como aquellos que han alcanzado un nivel educativo igual o mayor al del colegio secundario completo, cuyos padres poseen trabajos de media o alta calificación y cuyo nivel educativo también es igual o superior al del colegio secundario completo. Dentro de este marco, el tipo de muestra fue intencional, construida a través de la técnica de “bola de nieve”. La cantidad de informantes se determinó adoptando el criterio de “saturación de la información”, es decir, hasta considerar que nuevos contactos no aportarían elementos novedosos para las categorías surgidas de los datos empíricos.

El capítulo se estructura de la siguiente manera. En el primer apartado, presentamos la relación de los sectores medios y medios-altos con la CABA, a partir de una serie de investigaciones que describen en clave histórica la ocupación del territorio de Buenos Aires; esta sección pretende enmarcar las decisiones habitacionales de los jóvenes bajo estudio, al dar cuenta de los modos en que se fue construyendo material y simbólicamente la CABA respecto del lugar que debían ocupar en ella los distintos sectores sociales. En el segundo apartado, nos adentramos en la experiencia de los entrevistados, jóvenes de sectores medios y medios-altos porteños, y exploramos sus expectativas residenciales en torno al alquiler y la propiedad, en diálogo con las condiciones habitacionales en las que emprenden el proyecto de formar un hogar propio. En el tercer apartado, analizamos sus representaciones sobre la ciudad a partir de indagar en sus decisiones sobre la localización residencial. Finalmente, en las conclusiones, reflexionamos sobre los modos en que la condición de clase y la condición generacional influyen en sus decisiones sobre el habitar y las formas en que se (re)produce la ciudad.

Buenos Aires en perspectiva: ciudad, espacio doméstico y sectores medios

Habitar una vivienda implica ocupar una determinada ubicación en la estructura urbana que ofrece, de forma desigual, una serie de oportunidades en términos de acceso a bienes, servicios, infraestructuras, transporte, etc. La localización que los agentes ocupan en el espacio físico se encuentra estrechamente ligada a la posición que ocupan en el espacio social y viceversa (Di Virgilio y Heredia, 2013). De acuerdo con Bourdieu (1999), esta localización puede ser definida en términos de “posición residencial”, es decir, como el punto en el espacio físico en el que un agente está situado con relación a las jerarquías urbanas.

Buenos Aires posee una organización espacial signada por sus diferentes sectores socioeconómicos. En su análisis sobre las características socioespaciales del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), Grimson (2009: 19) plantea la existencia de dos sistemas espaciales superpuestos que producen un “sentido territorial en degradé”. Uno de los sistemas está conformado por tres círculos concéntricos que van, a grandes rasgos, de menos a más pobre: la CABA, el primer cordón del conurbano bonaerense y el segundo cordón del conurbano bonaerense. Mientras en la CABA –distrito político con mayor nivel de ingreso per cápita del país– viven alrededor de tres millones de personas, en el conurbano bonaerense habitan alrededor de nueve millones (Grimson, 2009). Como advierte el autor, esta diferencia entre CABA y Gran Buenos Aires es la más notoria y significativa, ya que “se trata de una frontera que es jurídico-política, con límites muy precisos (por la frontera ‘natural’ del Riachuelo o el límite de la avenida de circunvalación General Paz) y resulta estructurante del imaginario territorial y de prácticas espaciales” (Grimson, 2009: 16).

El límite entre la CABA y el Gran Buenos Aires constituye uno de los parámetros cognitivos de la vida urbana, fuente de notorias implicancias simbólicas. Desde la CABA, por ejemplo, predomina la tendencia a constituir el Gran Buenos Aires como alteridad. Segura (2015), por ejemplo, señala que el “conurbano fue ‘conurbanizado’, construido como una unidad específica y opuesta a la ciudad de Buenos Aires”. En sintonía con el autor, Carman (2015: 534) destaca que “la concepción de Buenos Aires como una ciudad jerarquizada, reservada preferencialmente para las clases acomodadas, puede rastrearse en distintos momentos del siglo XX y, en rigor, jamás terminó de desmantelarse en los imaginarios sociales”.

El otro sistema espacial descripto por Grimson (2009) es el de los “puntos cardinales”, que contrapone el norte próspero con el sur tradicional. Si bien no son homogéneos, tanto en la CABA como en el Gran Buenos Aires, en el norte predominan los barrios de sectores medios y altos, mientras que en el sur suelen proliferar las villas miserias y los barrios populares. Dentro de la CABA, la frontera sería la avenida Rivadavia, “que divide la ciudad en dos territorios sobre los cuales se construyen imaginarios diferenciales y maneras distintas de transitar y de vivir en la urbe” (Boy et al., 2015: 371). Cabe advertir que este binarismo norte/sur es, en verdad, “la naturalización geográfica de un binarismo social, histórico y contingente” (Grimson, 2009: 18). Se trata, en suma, de barreras territoriales que obedecen a procesos clasificatorios con un origen y un significado social característico.[2]

Estas fronteras –materiales y simbólicas– son producto de la histórica construcción de Buenos Aires como una ciudad de élites. Tal como lo caracteriza Oszlak, “el patrón predominante de la distribución social del espacio tendió a concentrar a los pobres urbanos en suburbios crecientemente alejados del centro metropolitano” (1983: 4); mientras que los sectores más acomodados se asentaron en el núcleo central, en zonas privilegiadas en términos de localización y acceso a servicios. Esta construcción de Buenos Aires como una ciudad reservada para los mejor posicionados en la escala social resulta de un conjunto de procesos que operan tanto a nivel simbólico como material, y en los que participan diversos actores sociales: el Estado, los habitantes y el mercado inmobiliario. A continuación reponemos un recorrido histórico para comprender cómo se ha ido gestando este ideal.

Como punto de partida, la construcción de la Buenos Aires merecida nos remonta al proceso de modernización de Buenos Aires, iniciado en 1870, y a los relatos míticos sobre la fundación de la ciudad capital en torno al ideal de la “ciudad blanca europea”.[3] Los primeros inmigrantes europeos (italianos, españoles, rusos, judíos, franceses, alemanes, siriolibaneses, entre otros), provenientes de estratos populares urbanos y rurales, se asentaron en las ciudades puerto de la Argentina, entre ellas, Buenos Aires. Estos migrantes fueron conformando la naciente clase trabajadora y nutriendo el crecimiento de la población de esa ciudad, “que rápidamente se convertía en una ciudad populosa, en constante expansión y desborde de las infraestructuras edilicias” (Urresti y Cecconi, 2007: 44).

Si el conventillo era la vivienda arquetípica de estos sectores populares urbanos recién llegados que se localizaron en el sur; entre 1890 y 1920, la decisión gubernamental de lotear los terrenos periféricos de entonces y ofrecerlos en cuotas a plazos largos para que fuesen adquiridos por los inmigrantes y sus hijos habilitó una nueva alternativa: la casa propia (Liernur, 1990). Así, en el contexto del modelo agroexportador y de la ampliación del sistema educativo, el acceso a la vivienda en propiedad también constituyó una de las formas de ascenso social posibles de protagonizar en el mundo urbano durante esos años (Torrado, 2003). Retomando a Adamovsky (2009), Cosacov (2017a: 101) señala que “trabajadores, inmigrantes o nativos, encontraron en el ‘ser propietario’ no solo un elemento de seguridad sino también de respetabilidad en el contexto de esa nueva sociedad que se iba conformando en las primeras décadas del siglo XX”.

El plan de loteos y de asignación propietaria desempeñó un papel central en la definición de una grilla urbana cerrada y sin parques, trazada sobre la base de manzanas cuadradas de cien metros. Con este proceso comenzaron a tenderse los trazados urbanos de las periferias de entonces que dieron origen a los distintos barrios que completan la ciudad actual dentro de la traza de la CABA. Los actuales barrios de Boedo, Almagro, Caballito, Villa Crespo, Palermo, Flores, entre otros, conformaron el primer cordón de casas bajas que fueron reemplazando los terrenos baldíos y las zonas de quintas y recreos típicos del siglo XIX (Urresti y Cecconi, 2007). Si los distritos del sur correspondían a los sectores migrantes más pobres, en estos primeros barrios se localizaban los sectores migrantes protagonistas de una experiencia de ascenso social que dio origen a los estratos medios urbanos.

Durante la década de 1920, con el radicalismo en el poder, se generaron leyes que permitieron limitar el uso de la propiedad privada en tanto regulaban el mercado de alquiler. Por ejemplo, la Ley 11.156 anulaba cláusulas de contrato que excluían a familias con menores y aseguraban al locatario un plazo mínimo de un año y medio de alquiler; entre 1923 y 1925, la Ley 11.157 estableció la prórroga de alquileres por dos años y la suspensión de los desalojos en la ciudad y en los territorios nacionales (Ballent, 2005). Este tipo de medidas favorecían la localización en la CABA de los sectores medios en crecimiento.

Con la crisis económica de 1930, la inversión inmobiliaria comenzó a considerarse una de las pocas rentas seguras (Ballent, 1999). Así es que, en un clima económico y político de incertidumbre, la construcción de edificios de departamentos en altura se configuró como un modo de asegurar el capital (Aboy, 2010). Estas unidades estaban destinadas a la renta, ya que no podían venderse porque la subdivisión de la propiedad se encontraba prohibida por el Código Civil; como advierte Ballent (1999: 35), este hecho “condujo a una construcción de una calidad media alta, que intentaba minimizar los costos de conservación y mantenimiento”.

Estos departamentos modernos se transformaron en un símbolo del habitar doméstico metropolitano, inserto en la ciudad (Ballent, 1999). La demanda de estas unidades fue impulsada por al menos dos factores: el crecimiento de los sectores medios y la concentración y mayor calidad de los servicios urbanos en el área central de la ciudad. Tal como explica Liernur (2006), durante este período, con ingresos similares, podía optarse por vivir alquilando espacios domésticos relativamente reducidos en el área central, o bien mudarse a áreas periféricas con menores infraestructuras comparando la unidad y el terreno, y con mayores tiempos de viaje hacia los servicios y el trabajo desarrollados en el área central. Mientras la segunda opción hizo surgir los barrios de sectores medios periurbanos, la primera derivó en la masiva reproducción de edificios de departamentos en altura para la renta en el centro de la ciudad destinados a sectores medios porteños.

A medida que el mercado inmobiliario avanzaba sobre la demanda de los sectores medios en crecimiento, lo hacía poco sobre el campo popular (Ballent, 2005), cuyas problemáticas habitacionales se incrementaban con la llegada a Buenos Aires de migrantes provenientes del litoral pampeano, atraídos por la naciente industrialización sustitutiva luego de la crisis de 1930. Esta población se localizó en las zonas más pobres. Algunos se alojaron en inquilinatos y conventillos de la ciudad y, cuando la capacidad resultaba insuficiente, en asentamientos irregulares, lo que fue dando origen a las primeras villas miseria (Marcús, 2011). Otros se asentaron en el primer cordón del conurbano, en los barrios nuevos y cercanos a las estaciones de tren (por ejemplo, Ramos Mejía, Hurlingham, Banfield, Temperley, Quilmes, Lanús, Gerli, San Martín, Avellaneda), que se constituyeron en “verdaderos bastiones de la nueva clase obrera industrial” (Urresti y Cecconi, 2007: 47).[4]

Con la construcción de la avenida de circunvalación General Paz, en la segunda mitad de la década de 1930, se establecieron los límites –materiales y simbólicos– entre la capital y la provincia. Durante el desarrollo del proceso de urbanización de la industrialización sustitutiva de importaciones, la presencia masiva de estos migrantes del interior en la ciudad fue cuestionada por los sectores medios porteños que, durante décadas, “disfrutaron de ese aislamiento respecto de la vida popular, y tendieron a considerar molesta la presencia de ‘los otros’” (Grimson, 2009: 22). En este contexto, la General Paz se fue convirtiendo en la marca material de los “dos países” dentro de Buenos Aires: el “símbolo del borde de la ciudad europea, límite vergonzante detrás del cual se acomodaría mayormente la nueva población” (Segura, 2015: 131).

Si hasta 1946 el parque habitacional se construyó en gran medida sobre la base de la suma de esfuerzos individuales, posibilitado por los procesos de ascenso social y de constitución de los estratos medios, a partir de 1946, con el primer gobierno peronista, el peso de la acción del Estado en materia de vivienda aumentó de forma notable, ya que se implementó una política habitacional que, además de apuntar a la construcción directa de vivienda a cargo del Estado, involucraba el financiamiento de la demanda y una serie de medidas tendientes a la regulación del mercado inmobiliario (Aboy, 2005; Ballent, 2005). En este marco, la intervención del Estado –a través de acciones directas o indirectas– avanzó tanto hacia los sectores populares como hacia los sectores medios (Ballent, 2005).

De acuerdo con Torres (2006), durante el período 1947-1960, se observan dos procesos de urbanización y de acceso a la propiedad de la vivienda. El primero refiere a la urbanización del Gran Buenos Aires, que tuvo como protagonistas a los estratos medianos y bajos de los sectores medios. Estos sectores accedieron a la propiedad de lotes baratos, en los cuales se edificaron mayoritariamente casas individuales. Como explica Aboy (2010: 3), “la expansión hacia la periferia fue posibilitada por la infraestructura de transportes, fundamentalmente autobuses subsidiados, encargados de vincular entre sí las áreas que quedaban alejadas del ferrocarril y también a éstas con el centro”. En cuanto al segundo proceso, Torres señala la densificación de los barrios de la CABA mediante la construcción de edificios en propiedad horizontal orientados a los sectores medios porteños, cuyo número se incrementó como resultado de la movilidad social ascendente y la expansión del sector terciario, acelerada en el período peronista.

Este segundo proceso está asociado a un cambio introducido por el Gobierno peronista en el mercado de los edificios de departamento en altura: la sanción en 1948 de la Ley 13.512 de Propiedad Horizontal, que permitió la división de la propiedad por unidades y, con ello, la adquisición de departamentos. Este incipiente mercado de la propiedad horizontal comenzó a despuntar en 1950 y se consolidó en la década del sesenta con el otorgamiento de créditos a través del Banco Hipotecario Nacional, entre otras formas de financiamiento (Ballent, 1999). El apoyo del crédito oficial benefició fundamentalmente a los sectores medios porteños, quienes comenzaron a comprar de modo masivo pequeños departamentos (Aboy, 2010).

Estas medidas tuvieron un impacto significativo en la materialización del sueño de la casa propia. Hasta entonces, este sueño no constituía la modalidad dominante de tenencia del hábitat en la ciudad, a pesar de encontrarse arraigado en la cultura residencial de nuestro país desde la llegada de los primeros migrantes de ultramar, quienes, en un contexto de precariedad y hacinamiento, veían en “la casa propia” un horizonte de seguridad que les permitiría la organización de la vida en términos de proyecto (Torrado, 2003). Los datos registrados para 1960 por el estudio de Torrado (2003) evidencian el profuso acceso a la propiedad a partir de 1946. De acuerdo con la autora, la proporción de propietarios en la ciudad pasó del 17,6% al 46%, entre 1947 y 1960; y en el Gran Buenos Aires, en el mismo período, el aumento fue del 43,4% al 67%. Para los años sesenta, la Ciudad de Buenos Aires se consolidaba como residencia de los sectores medios y altos, quienes además se transformaban en gran medida en propietarios (Torres, 2006).

En este contexto, también estaba creciendo la ciudad informal, al tiempo que se agudizaba la problemática habitacional de los sectores populares. Esto se manifiesta, por ejemplo, en el crecimiento de las villas miseria que ocupaban terrenos fiscales de la CABA y algunas localidades del conurbano. Gran parte de los migrantes internos y de países periféricos, quienes arribaron durante el ciclo desarrollista iniciado en 1958, expandieron el conurbano con la radicación de las villas miseria en los bordes del primer y segundo cordón (Urresti y Cecconi, 2007). A principios de la década de 1960, con la creación del Fondo Nacional de la Vivienda y el Fondo Provincial de Vivienda, el Estado impulsó planes masivos en la CABA y, sobre todo, en el conurbano, basados en una nueva forma de edificación y localización de los sectores populares: el complejo habitacional compuesto por monoblocks de altura.

Con la crisis económica de 1975 y el Golpe de Estado de 1976, se restringieron los créditos estatales y las políticas de vivienda sufrieron cambios drásticos (Ballent, 2010). Durante la dictadura militar se materializa y explicita un proceso concreto de expulsión de los grupos “indeseables” (migrantes internos y de países limítrofes, villeros, ocupantes ilegales, etc.) de la Capital hacia localizaciones periféricas, que fue continuado durante los ochenta y profundizado en los noventa (Marcús, 2011). El Estado no solo se retiró de la construcción de viviendas sociales, sino que llevó adelante un programa de erradicación de las villas mediante el uso de la fuerza y el desalojo, en el marco de un conjunto de expropiaciones para la construcción de autopistas urbanas y el “cinturón ecológico” alrededor de la ciudad (Oszlak, 1991). Este proceso dio por resultado un significativo crecimiento del conurbano bonaerense, cuya cantidad de habitantes superaba para los años setenta la población de la CABA.

Habitar la CABA se tornaba cada vez más exclusivo o, en palabras de Cacciatore –intendente de la CABA durante la dictadura–, constituía el privilegio de quienes la “merecían”: “vivir en Buenos Aires no es para cualquiera, sino para el que lo merezca. Debemos tener una ciudad mejor para la mejor gente” (citado en Oszlak, 1991: 78).[5] Así, la CABA se configuraba como una ciudad reservada a los sectores medios y altos; y, como reverso, la periferia urbana, operaba como “basurero social” (Gorelik, 2004: 98).

El retorno a la democracia en 1983 no implicó un cambio sustancial de las políticas públicas en materia de vivienda. Durante las décadas de 1980 y 1990, el problema habitacional continuó agudizándose en la CABA con el crecimiento sostenido de las villas y de la población en emergencia habitacional en casas tomadas, hoteles y pensiones o, directamente, en la calle (Ballent, 2010).[6] Mientras tanto, el mercado inmobiliario mantenía su orientación hacia los sectores medios y medios-altos. Por ejemplo, los promotores inmobiliarios ampliaron el mercado de los countries club, dirigido a un sector medio alto y, en poco tiempo, a los beneficiarios de la “plata dulce” de la política económica del Gobierno militar (Ballent, 1999). A su vez, transformaron barrios tradicionales como San Telmo o Palermo mediante el reciclaje de viviendas construidas entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX (Ballent, 1999), que eran atractivas para los sectores medios. Este tipo de negocio inmobiliario elevaba los precios del suelo urbano, de modo tal que tornaba más costoso habitar esos barrios.

Hacia 1993 se fue consolidando una “trama de expulsión” (Rodríguez, 2003) sobre los sectores populares de Buenos Aires. La década de 1990, con su política neoliberal, significó la profundización del retraimiento del Estado en materia habitacional y su orientación hacia las demandas de los capitales globales. En su conjunto, las medidas tomadas acentuaron la segregación socioespacial de los sectores populares.[7] Tal como señala Rodríguez (2003: 99), el objetivo de las políticas urbanas durante décadas “ha sido transferir la pobreza a municipios periféricos, reservando el derecho a la ciudad para sectores sociales con mayores recursos”.

Aun así, con el aumento de la marginalidad y la pobreza en las áreas centrales, también fue emergiendo una creciente presencia de otros en las zonas céntricas de la ciudad, que habitaban en situaciones precarias: personas viviendo en la calle, ocupantes ilegales, cartoneros, cirujas, migrantes internos y de países limítrofes que habitan en hoteles-pensión. Como analizan Boy et al. (2015: 373), estos actores “se encuentran en un contexto incorrecto para los cánones de los habitantes porteños: los barrios ricos de la ciudad. Para quienes habitan en esos barrios, ese ‘otro’ extranjero utiliza un espacio que no le pertenece”. Si la ciudad se tornaba cada vez más exclusiva, la presencia de esos otros también la volvía peligrosa, desde la mirada de los vecinos.

En este contexto, procesos simultáneos de pauperización (los “nuevos pobres”) y de enriquecimiento (“los que ganaron”) signaron a los sectores medios y fragmentaron a un sector de la población hasta entonces considerado homogéneo (Kessler y Di Virgilio, 2008). Aquellos fragmentos enriquecidos de los sectores medios –o clase alta emergente– fueron protagonistas de una “huida de la ciudad” hacia el segundo cordón del conurbano, donde los promotores inmobiliarios habían construido nuevos countries y barrios cerrados con el apoyo del Estado a través de la inversión en infraestructura y autopistas (Svampa, 2001). Otros fragmentos, en cambio, permanecieron en la centralidad, “capaz de condensar accesibilidad al trabajo y al consumo y proximidad con los vínculos familiares” (Cosacov, 2014: 43).

A partir del año 2003, luego de la crisis socioeconómica y política-institucional de 2001, la acción del Estado nacional frente a la cuestión habitacional adopta un cambio significativo. La creación del Plan Federal de Vivienda ha constituido la principal estrategia para atender las dificultades de acceso residencial en el territorio metropolitano; se trata de un plan que consiste en la construcción directa de vivienda nueva y el mejoramiento de la vivienda y los barrios precarios preexistentes (Cravino et al., 2012). Sin embargo, en la CABA, la implementación de la política habitacional encuentra como principal inconveniente la escasez y el elevado precio del suelo urbano, lo cual se vincula con la imposibilidad o falta de iniciativa del Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC) para generar la oferta de suelo necesario (Baer y Kauw, 2016).[8] A modo ilustrativo, el estudio de Baer y Kauw (2016: 8), muestra que en la CABA, “el precio promedio de oferta de los terrenos aumentó, entre junio de 2002 y junio de 2014, casi nueve veces, pasando de U$S 193 a U$S 1.682 el metro cuadrado”.

Bajo estas coordenadas, el acceso a una vivienda en la CABA se ha tornado una meta cada vez más difícil de concretar no solo para los sectores populares sino también para ciertos estratos de los sectores medios que tradicionalmente la habitaron. Como analizamos a continuación, al emprender la salida del hogar de origen, los jóvenes entrevistados –pertenecientes a familias de sectores medios y medios-altos de la CABA– enfrentan una encrucijada entre el deseo y el merecimiento de habitar la CABA y las restrictivas condiciones de acceso a una vivienda. Sin embargo, su pertenencia familiar, así como la adaptación de sus expectativas habitacionales a las condiciones objetivas, los transforma en verdaderos herederos de la ciudad.

El sueño de la casa propia en la experiencia juvenil de sectores medios

La construcción de un hogar propio pone a los jóvenes ante el desafío de encontrar un lugar donde vivir. Al emprender la salida del hogar de origen, los jóvenes despliegan “estrategias habitacionales”, es decir, un conjunto de prácticas y decisiones en relación con el modo de ocupación, el tipo de vivienda, la localización, entre otros, en el marco de una estructura de opciones restringida por las condiciones materiales de vida (Bonvalet y Dureau, 2002). Estas “estrategias habitacionales” se definen en la intersección entre las necesidades y las expectativas residenciales de los agentes sociales y los condicionantes estructurales (Di Virgilio y Gil y de Anso, 2011).

Recuperando los aportes de la sociología de la cultura, aquí planteamos que tales expectativas están orientadas por los “códigos culturales” (Margulis, 2009) referidos a los modos de habitar que rigen en cada sector social y en cada generación. Como sugieren Bonvalet y Dureau (2002), en las formas de acceder a una vivienda influyen varios factores: socioeconómicos, de carácter macro; microsociales, referidos a la situación socioeconómica del individuo y la familia; y culturales, entre los que se incluyen los modelos y valores de una sociedad, así como los universos de sentido y valoraciones de los diferentes grupos sociales.

Los jóvenes entrevistados, que tienen entre 24 y 30 años, pertenecen a familias de sectores medios y medios-altos de la Capital. Estos jóvenes terminaron sus estudios secundarios a los 18 años y, al año siguiente de finalizar, ya cursaban carreras como Diseño de Indumentaria, Psicología, Magisterio, Abogacía, Contador Público, Odontología, entre otras. Algunos se orientaron hacia carreras artísticas e ingresaron a conservatorios o institutos universitarios de arte. La mayoría completó los estudios superiores; los más jóvenes continúan cursando. Un tercio de los que finalizaron inició estudios de posgrado. En cuanto a su situación afectiva, ninguno está casado ni tiene hijos, y la mitad está de novio. Respecto de su situación laboral, todos son activos, perciben ingresos y se desempeñan en empleos afines a sus estudios. Algunos trabajan en relación de dependencia en el Estado, en empresas privadas o en organizaciones no gubernamentales, y otros combinan diferentes trabajos.

Las trayectorias de los entrevistados se inscriben en la experiencia juvenil de sectores medios, caracterizada por la conjunción de una “moratoria vital” y una “moratoria social” (Margulis y Urresti, 1998). Por una parte, ser joven supone ocupar una determinada posición en la estructura temporal vital que, a diferencia de los mayores, les otorga un “crédito temporal” que se traduce en un menor número de compromisos asumidos y en un mayor tiempo disponible para experimentar. Por otra parte, el sector social de pertenencia introduce diferencias en los modos de experimentar la juventud; en particular, estos jóvenes suelen atravesar un período de “moratoria social”, es decir, una etapa más o menos prolongada dedicada a la capacitación, la experimentación y la preparación para la vida futura en la que aún no se asumirían las responsabilidades tradicionalmente asociadas a la vida adulta, tales como el empleo y la familia propia (Urresti, 2011).

La posición en la estructura temporal vital involucra una experiencia histórica particular, la de su generación, en la medida que tener una edad y no otra implica haber sido socializado en un momento histórico determinado con una configuración social específica (Margulis y Urresti, 1998). La particularidad de los jóvenes como actores históricos radica en el hecho de ser “nativos del presente”. Los jóvenes “aterrizan” en este presente y en él construyen sus mundos de vida: forman su personalidad, confeccionan su cultura y organizan su mundo perceptivo y sensible (Urresti, 2011). En este sentido, las clasificaciones, las prácticas y las elecciones de los jóvenes están orientadas tanto por un “habitus de clase” (Bourdieu, 1997) –esos esquemas evaluativos de posibilidades y limitaciones objetivas asociados a la posición ocupada en la estructura social– como por un “habitus generacional” (Margulis y Urresti, 1998). De acuerdo con los autores, cada generación puede ser considerada como perteneciente a una cultura diferente, en la medida que incorpora en su socialización modos propios de percibir, apreciar, clasificar y distinguir.

En relación con las características de la familia de origen, los jóvenes entrevistados son nietos o bisnietos de inmigrantes europeos, de países como Italia, España, Polonia, Alemania, entre otros. Según cuentan, sus abuelos lograron concretar el sueño de la casa propia en Buenos Aires a través del ahorro personal y, en menor medida, de créditos ofrecidos por bancos y empresas constructoras, durante las décadas de 1950 y 1960. En relación con las características educativas y laborales de los padres, que hoy tienen entre 55 y 65 años, podemos dividir entre quienes tienen padres profesionales y propietarios (incluso de más de una vivienda), y aquellos con padres empleados o comerciantes, y propietarios de la vivienda que habitan, la cual tienen como bien de familia. Los barrios de residencia de los padres son Flores, Caballito, Almagro, Villa Crespo, Palermo, Belgrano y Colegiales, es decir, barrios que históricamente fueron ocupados por los sectores medios y que se caracterizan por contar con una adecuada infraestructura urbana y servicios sociales básicos.

Al emprender el proyecto de salida del hogar de origen, varios de los jóvenes entrevistados soñaban con comprar una vivienda. Ser propietario se presentaba dentro del horizonte de lo probable y lo posible, como una forma habitual de habitar. Esta expectativa inicial parecía apoyarse, más que en la evaluación de las condiciones objetivas del mercado de la vivienda y de las posibilidades materiales concretas, en la trayectoria residencial familiar: tanto los abuelos como los padres de estos jóvenes –históricos vecinos de la Capital– eran dueños del inmueble donde habitaban. Como señala Bonvalet (1997), la familia suele operar como un “grupo de referencia” en relación con la “cultura residencial”, ya que es productora de imágenes de memoria y de proyectos respecto al habitar. Melina (30 años), por ejemplo, planeaba comprar una vivienda a través de un crédito hipotecario. Siempre había pensado en comprar, era un sueño colectivo, que compartía con su familia. “Vengo de familia italiana y, viste que te dicen, mi viejo tenía una empresa de construcción y siempre te dicen que alquilar es plata tirada, en definitiva”. En la familia de Melina, “nunca nadie alquiló”.

En este marco, “entrar en alquiler” aparecía como un modo de renunciar al sueño de la casa propia, ya que disminuía su capacidad de ahorro al tener que pagar los costos de “ingreso” al alquiler y destinar parte del sueldo en el monto mensual. Según cuenta Manuel (26 años), “yo sentía que una vez que alquilás, no te movés más. Mis viejos me decían ‘el que alquila, alquila toda su vida’”. Su testimonio resulta comprensible bajo las opresivas condiciones en las que opera el mercado de alquiler en la CABA. De acuerdo con el informe de Reporte Inmobiliario (2013), el alquiler medio de un departamento usado de tres ambientes se incrementó entre un 47% y un 57% entre el 2011 y el 2013, según el barrio; esto insume entre un 30% a un 50% de un sueldo promedio de la CABA. Además, en general, se debe contar con el dinero de un mes de alquiler por adelantado, un mes de depósito, comisión de la inmobiliaria, gastos administrativos e, incluso, con un familiar que pueda acreditar una garantía inmueble en la CABA. Si tenemos en cuenta que este argumento se extiende a las renovaciones de los contratos de alquiler (con los consecuentes pagos de comisiones), la gravedad de la situación de los inquilinos se agudiza.

Los mensajes de sus padres, así como sus propias valoraciones, reflejan la clasificación jerárquica de los modos de tenencia de la vivienda que existen en sociedades como la argentina, donde el valor está puesto en la propiedad y la condición de inquilino aparece como una forma transitoria de habitar la vivienda, un sustituto respecto de lo que se considera el objetivo ideal (Cosacov, 2012). En los relatos de los jóvenes, ser propietario se presenta como una suerte de patrón cultural transmitido de generación en generación y respaldado por la experiencia concreta de formar parte de una familia –que logró ser– propietaria. Este “mandato residencial” influye en las decisiones habitacionales de los jóvenes y estructura la forma de concebir su inserción en la ciudad. Al ser incorporadas, esas experiencias de “otros significativos” como la familia, transmitidas a través del lenguaje y de las prácticas, influyen tanto en los cursos de acción como en las aspiraciones y los planes para el futuro. Para expresarlo en términos de Bourdieu (1997), orientados por un “habitus de clase”, la casa propia aparecía en el horizonte de estos entrevistados como una alternativa pensable, deseable y posible; en definitiva, una condición merecida dado su currículum residencial.

Sin embargo, las expectativas habitacionales de estos jóvenes se truncaron cuando se enfrentaron a la realidad de buscar una vivienda en el contexto presente. Los jóvenes repiten una voz que hace eco generacional: “comprar es imposible”. “Me tiré para atrás”, explica Daniela (29 años), cuando “me di cuenta de que con un sueldo, a los 50 años, con suerte, y privándome de muchas cosas [podía llegar a comprar]”. Su testimonio da voz a la tendencia que revelan las estadísticas sobre el mercado inmobiliario y el acceso a la vivienda formal en la CABA. De acuerdo con Baer y Kauw (2016: 18), entre 2009 y el 2013, se debió destinar entre 3,4 y 5,5 más años de ingresos medio para la compra de un inmueble en la CABA. Por ejemplo, mientras que en 2009 se necesitaban 8,5 años de ingresos medio para comprar un departamento de dos ambientes a estrenar en el barrio de Villa Crespo, en 2013 se requerían 11,9 (Baer y Kauw, 2016).

Las posibilidades de obtener un crédito hipotecario también se vieron frustradas. Andrés (26 años), por ejemplo, a pesar de tener un empleo calificado y en blanco como abogado en un organismo estatal, no podía “entrar a un crédito”. El principal motivo era que no conseguía el 30% inicial. Lucas (27 años), junto a su novia, también lo pensaron y averiguaron los requisitos. “Tenía que sacar un crédito hipotecario que no existe. Ni el banco me daba la plata”, recuerda el joven. Para Melina, que trabajaba en relación de dependencia, el problema era que le daban una suma de dinero “irrisoria”: “el tema es que por la entrada que yo tenía, lo que me daba me alcanzaba para una cochera. Era una cosa irrisoria”, explica. Pensó en aplicar al Programa de Créditos Hipotecarios Primera Casa BA,[9] pero no cumplía con los requisitos porque “entre las condiciones está que vos no podés estar conviviendo con un propietario. Y como yo convivía con mi vieja no podía aplicar. […] Son cosas como que no las podés creer, tenés un buen laburo, y qué sé yo”.

Las experiencias de estos jóvenes se encuentran enraizadas en un contexto en el que se ha reducido la oferta de créditos hipotecarios y su acceso resulta cada vez más restrictivo. Altas tasas de interés, plazos cortos, montos máximos que no alcanzan a cubrir el costo de un departamento, una desproporcional relación cuota-ingreso: todos estos factores conducen a que el asalariado medio encuentre acotadas sus posibilidades de calificar para un crédito en la CABA (Baer y Kauw, 2016). A modo ilustrativo, el informe de Cosacov (2012) revela que la incidencia de las hipotecas en la compra-venta de inmuebles en la CABA ha tendido a disminuir: mientras que en el 2000 representaba el 20% de las operaciones de compra-venta, en el 2010 representaba solo el 5,8%.

La experiencia histórica en la que les toca vivir su juventud les va enseñando que “comprar es imposible”. El relato de sus padres, una suerte de receta mítica sobre cómo llegar a ser propietario, resultaba inverosímil bajo las coordenadas del mercado habitacional presente. Recomendaciones del tipo “esperá, esperá a juntar plata para poder acceder a un crédito” o “si podés, en vez de alquilar, esa cuota mensual que pagás ponela en un pozo”, sonaban como añoranzas de otra experiencia histórica. Sus padres, hijos de otra constelación temporal, repetían un discurso que en las generaciones recientes no encontraba anclaje material.

Frente a este aprendizaje generacional en torno a que “comprar es imposible”, los jóvenes entrevistados no se quedan en la casa familiar de origen ni renuncian al proyecto de formar un hogar propio. Algunos –los mejor posicionados en la escala social, con padres profesionales y propietarios de más de un inmueble– recurren a la “ayuda familiar” que, bajo distintas modalidades,[10] les allana el camino hacia la conquista de la casa propia. Otros, que no cuentan con ese “respaldo” económico de la familia de origen, se vuelcan al mercado de alquiler bajo la consigna de que, si en el contexto socioeconómico presente “comprar es imposible”, alquilar se torna la alternativa más racional, incluso cuando implica enfrentarse al mandato familiar de ser propietario. Florencia (26 años), por ejemplo, recuerda el momento en que, a pesar de la insistencia de su padre para que no alquilara, ella decidió “desprenderse” de esos mensajes.

Cada vez que yo lo hablaba era “tratá de comprar, no tirés plata”. El tema es que vos decís “bueno, tratá de comprar”, pero no sé cómo hacerlo. […] Después eso se fue dilatando hasta que, bueno, fue como desprenderme de un montón de cosas que yo sentía que me tenían atada y decir: “me voy, no importa si alquilo”. Como que ya eso ni me influyó ni me importaba tanto… Era la única forma de irme [de mi casa de origen].

Tal como analizamos en otro trabajo (Felice, 2017), si bien la historia residencial de la familia de origen influye en sus proyectos y expectativas, la experiencia generacional les permite introducir modificaciones en los mandatos heredados. Bajo las condiciones del mercado habitacional y en el marco del proyecto de construir un hogar propio, alquilar se presenta como una alternativa pensable y hasta necesaria, en contraposición a los mensajes de los padres para quienes el alquiler representa una pérdida. Al adaptarse a la experiencia histórica que les toca vivir, estos jóvenes de sectores medios revalorizan el alquiler como un instrumento para construir su autonomía.

Esto no supone que el sueño de la casa propia deje de tener vigencia en los códigos culturales de estos jóvenes de sectores medios. Como sus padres, ellos también desean ser dueños porque la propiedad brinda “estabilidad” y “tranquilidad”. Sin embargo, a diferencia de los mayores, estos jóvenes reconocen que, por ahora, la vivienda propia no será parte de su experiencia. En este sentido, sus decisiones habitacionales expresan un “habitus de clase” y, a la vez, un “habitus generacional”, pues llevan la marca del tiempo histórico y social en el que les toca vivir su juventud.

La inserción en el mercado de alquiler parece ser una alternativa recurrente en la CABA si consideramos que, entre el 2001 y el 2010, se ha producido un aumento significativo de la proporción de inquilinos respecto a la de propietarios. Según el informe del Cosacov (2012), mientras en el 2001 alrededor del 68% (692.210 hogares) de los hogares de la CABA eran propietarios de la vivienda en que habitaban y solo un 22% (14.051 hogares) eran inquilinos; en el 2010, la cantidad de propietarios disminuyó a un 56% (648.958 hogares) y la proporción de hogares que alquilan la vivienda donde habitan aumentó a un 30% (69.785 hogares).

El recorrido realizado hasta aquí permite señalar que, aunque estos jóvenes de sectores medios sueñen con ser propietarios, sus modos de significar el alquiler y la propiedad se adaptan al momento histórico que les toca vivir. De alguna manera, su condición juvenil construye nuevos sentidos sobre la tradicional jerarquía en la que la propiedad se sitúa en la cima de la escala residencial y el alquiler en la base. Ahora bien, cuando nos sumergimos en las tramas de sentido de estos jóvenes de sectores medios porteños, advertimos que la imposibilidad de comprar referida en las entrevistas tiene coordenadas espaciales definidas. Tal como analizamos en el próximo apartado, comprar es imposible en la CABA y en ciertos barrios en particular; en efecto, si el alquiler es la única alternativa, lo es como condición para permanecer en la ciudad “merecida”.

La Capital, divino tesoro: las decisiones de localización residencial

En tanto implica el acceso a una nueva vivienda, la salida del hogar de origen en sectores medios puede ser abordada en términos de “movilidad residencial”, ya que habilita –u obliga– a realizar modificaciones en las formas de inserción en la ciudad, que producen efectos sobre las condiciones de vida y el estatus social de los hogares (Cosacov, 2014; Di Virgilio, 2011). Elegir un lugar de residencia es optar por una relación con la metrópoli y también por un entorno inmediato físico y social (Bonvalet y Dureau, 2002: 84).

Por una parte, residir en el núcleo central o en la periferia, así como localizarse en un barrio o en otro, introduce diferencias en las posibilidades de acceso tanto a bienes y servicios como al desarrollo de actividades (Di Virgilio, 2011). Por otra, la localización residencial es un soporte esencial del estatus social, “es considerada como el signo de una posición en la sociedad, y a este título puede jugar el papel de una vitrina social” (Bonvalet y Dureau, 2002: 81). En diálogo con Bourdieu, Abramo (2002) acuña la categoría de “capital locacional” para referirse a las externalidades y a los beneficios que otorga una determinada “posición residencial”. Esta posición configuraría el capital locacional con el que cuentan los individuos y las familias.

En las decisiones habitacionales de los jóvenes entrevistados, la localización constituye un aspecto central que encauza las búsquedas y condiciona sus oportunidades. En sus relatos identificamos al menos dos recortes del espacio urbano configuradores de sus horizontes residenciales. El primer recorte acota el radio de opciones a la CABA, al reactualizar la frontera CABA/conurbano. El segundo moviliza las barreras internas de la CABA y selecciona los barrios históricamente asociados a los sectores medios, tales como Caballito, Almagro, Villa Crespo, Palermo y Colegiales, que cuentan con buena infraestructura urbana y servicios. Mientras la primera operación se produce de manera semiautomática y pasa inadvertida para los jóvenes, la segunda es el resultado de un balance entre las expectativas y las posibilidades objetivas.

Al momento de buscar una vivienda, una condición determinante actúa de manera latente: habitar –o, más bien, permanecer– en CABA. De acuerdo con sus relatos, esta preferencia obedece a que allí está “toda su vida”: sus afectos –la familia de origen, los amigos y, con frecuencia, también las parejas– y sus actividades cotidianas –el estudio, el trabajo, los cursos de idioma, de música o danza–. Andrés, por ejemplo, cuenta: “siempre busqué en Capital… Caballito, Almagro. No irme de acá porque tengo toda la vida acá. El comité [de militancia política], mis amigos, mi familia; todo. A otra zona no me hubiera ido. Viví siempre acá”. La CABA constituye el territorio conocido de estos jóvenes, su punto de salida y –según aspiran– también su destino.

En este marco, la Avenida General Paz representa el límite material y simbólico de su horizonte residencial: mudarse al conurbano no aparece como una opción. En verdad, no surgía en sus relatos hasta que introdujimos una pregunta al respecto para enmarcar sus expectativas residenciales. Por ejemplo, al preguntarle a Clara (25 años) por las condiciones de la búsqueda del depto, ella resalta que “no teníamos muchas limitaciones de zona, estábamos buscando medio por todos lados”. Sin embargo, al sugerirle si consideraron buscar en el Gran Buenos Aires, enseguida se corrige y especifica: “bueno, todo Ciudad, capital. Porque los tres somos de capital y estamos con una vida muy de capital. Los tres estábamos en el momento en que nos mudamos estudiando, trabajando, todo”. Algo similar señala Florencia: “no, nunca. No, no, no. Nunca pensé en alejarme mucho de la zona. Yo me siento cómoda porque la conozco y porque… acá [en CABA] todo lo que es transporte es como que está lleno”.

Para estos jóvenes de sectores medios que siempre habitaron en la CABA y allí se socializaron, el conurbano es una suerte de territorio ajeno –y, en este sentido, lejano– en el que se sienten extranjeros. Como señala Giglia (2012: 16), “la relación reiterada con cierto espacio lo transforma en algo familiar, utilizable, provisto de sentido, en una palabra domesticado” y, como contrapartida, aquellos espacios no cargados de tal familiaridad “se nos figuran como potencialmente inhóspitos, por no decir inseguros, por el simple hecho de ser territorios desconocidos, es decir, no domesticados”. Desde su posición residencial de origen, articulada con su posición en el espacio social, estos jóvenes han construido una experiencia urbana arraigada en la CABA; éste es el “lugar practicado” (De Certeau et al., 1994), aquel del cual se apropiaron a través de usos y prácticas.

Tal como manifiestan en sus relatos, en la CABA “saben moverse”: tienen esos conocimientos prácticos que les permiten saber cómo transitar o usar la ciudad; lo que implica, además, conocer qué zonas son adecuadas y cuáles inadecuadas, tanto en términos morales como de estatus social. En este sentido, los jóvenes portan un “habitus socio-espacial”, esto es, “un saber incorporado sobre el espacio que se hace presente en las prácticas, pero que no es explícito” (Giglia, 2012: 16). Este habitus socio-espacial, que les permite habitar y usar el espacio, también los ordena y los “pone en su lugar”, de modo tal que, a través de sus prácticas, construyen y reproducen la domesticidad (Giglia, 2012). Tal vez por ello la CABA opera en las decisiones de localización de los entrevistados como una condición naturalizada que solo se hace contingente para el observador externo.

A esta domesticación de la CABA versus el lejano conurbano, se suma otro factor por el cual eligen permanecer en la CABA: las condiciones de accesibilidad al trabajo y al consumo. Retomando a Miralles y Cebollada (2003), Cosacov (2014: 45) define la “accesibilidad” como “la facilidad con que cada persona puede superar la distancia que separa dos lugares y de esta forma ejercer su derecho como ciudadano, vinculándola al número de opciones que tienen los diferentes ciudadanos para acceder a los lugares y las actividades”. Es decir, la accesibilidad depende de la conectividad entre los puntos del espacio; por ello, resulta crucial la relación respecto a la red de transporte público. Para los entrevistados, estar “bien ubicados” o “tener acceso rápido” a los ámbitos que frecuentan (como el trabajo y los espacios de consumo y ocio) constituye una de las ventajas de residir en la CABA respecto del conurbano. Matías (24 años), por ejemplo, indica: “no, provincia, no. La distancia es la primera contra y, además, yo de provincia no conozco mucho. Eso es una clara desventaja”.

De alguna manera, la preferencia por la CABA también incluye una referencia a las características del desarrollo urbano que históricamente fue asumiendo el AMBA. Tal como señala Oszlak (1991), con excepción de ciertas “islas residenciales”, a medida que se avanza desde el núcleo central hacia la periferia del Área Metropolitana, el equipamiento y la infraestructura de servicios resultan más precarios. Por ejemplo, el sistema de subterráneos con el que cuenta la CABA, a diferencia del conurbano, constituye un factor significativo en las decisiones de los entrevistados. “Me tomo un subte y estoy [en el trabajo]”, señala Natalia (25 años), y con ella coinciden varios jóvenes. Esta accesibilidad es parte del capital locacional que procuran (man)tener en su nuevo hogar.

Como han contribuido a mostrar diversas investigaciones,[11] el Gran Buenos Aires es un paisaje heterogéneo en el que conviven barrios tradicionales de clase media, urbanizaciones privadas, zonas industriales, villas, asentamientos y conjuntos habitacionales construidos por el Estado, deteriorados o inconclusos (Carman, 2015). Sin embargo, desde la perspectiva de estos jóvenes de sectores medios porteños, cuya vida cotidiana está anclada en la CABA y para quienes transitar el conurbano no constituye una necesidad, la diversidad del Gran Buenos Aires queda simplificada en la categoría “provincia”, en la que además depositan los sentidos socialmente aprendidos –y heredados– de su “desorden” y su restringida conectividad. En el siguiente testimonio de Andrés, por ejemplo, podemos rastrear esta doble distancia que construyen entre la CABA y el conurbano: por un lado, una distancia asociada a la conectividad; por el otro, una distancia simbólica, en tanto lejanía experimentada por la falta de los conocimientos necesarios para transitar y habitar ese espacio.

Yo soy muy porteño, tengo todo acá. Aparte, creo, un tema de transporte, todo sería… tengo toda la vida acá, sería… si me voy a provincia, se me complica la vida, ¿entendés? Yo voy al laburo, vuelvo a las tres de la tarde, llego a casa, me pego una ducha, voy al comité [de militancia], voy a visitar a mi abuela, un amigo… Los sábados juego al fútbol acá [en Capital], voy a comer a lo de mis amigos, nos juntamos por acá. Un tema de distancia más que nada, el tema provincia, y el núcleo familiar y de amigos está acá. (Andrés, 26 años)

Así como el conurbano no aparece en el horizonte de estos jóvenes como una alternativa residencial pensable, deseable y posible para habitar, tampoco todos los barrios de la Capital figuran como alternativas viables. De acuerdo con sus testimonios, los jóvenes buscan zonas donde se “sientan bien” y “cómodos”, y eso se vincula con el sentido de familiaridad atribuido a un barrio. Daniela, por ejemplo, cuenta: “yo buscaba un lugar que me sintiera cómoda […] Y conocer, conocer el lugar, conocer el movimiento”. Matías, por su parte, explica: “la primera opción era Caballito, porque ya nos movíamos, tanto yo como mis amigos y mi familia, nos movíamos en ese entorno”.

Como señala Giglia (2012: 16), “la domesticidad tiene que ver con la reiteración de ciertas prácticas, con la acumulación de rutinas y con el ámbito de la cotidianeidad”. De aquí que, al momento de buscar una vivienda, las opciones se enmarquen en el barrio de origen o en las zonas aledañas: Caballito, Almagro, Villa Crespo, Palermo y Colegiales. Ahora bien, a diferencia de lo observado por Cosacov (2017b) en familias de sectores medios, los relatos evidencian que el propósito de la búsqueda de estos jóvenes no es la cercanía con el entorno familiar sino habitar en el espacio habitado. Al preguntarle si tuvo en cuenta la ubicación de su casa familiar, Vanesa (28 años) responde: “sí, sí. No por ellos, sino porque es mi barrio, digamos”. De alguna manera, podríamos sugerir, en diálogo con Cosacov (2017b), que el barrio donde está la familia “tira”, pero más por domesticado que por familiar.

Yo empecé a buscar un lugar donde tuviera cerca las cosas que tenía que hacer. Mi trabajo queda de acá a cinco cuadras. O sea, no tenía viático. Para ir a la facultad, la tengo a 17 cuadras. […] Además coincidía con que era el barrio de mi vida, digamos. Porque cuando me vine acá yo iba bastante seguido a lo de mis viejos… Y también como que, viste, uno vivió en un barrio toda su vida y ya tenés como tus lugares a donde vas, te manejás… Como que es algo que me siento que… Es más, hoy por hoy que ya no tengo esta necesidad de tener tan cerca a mis viejos, igual, es como que ya estoy acostumbrada a estar acá, a tener cerca las cosas. (Daniela, 29 años)

La experiencia prolongada en el barrio de origen les permite manejarse con un manual de códigos culturales en cuanto a cómo (no) moverse por el espacio y cómo (no) utilizarlo, que los hace sentir en casa, en un momento en el que están abandonado el nido familiar. Ahora bien, conservar esa posición residencial también puede leerse como un modo de propagar el capital locacional de origen, ya que, al permanecer en esos barrios, mantienen la ubicación ventajosa que ofrece en términos de acceso a servicios urbanos. Además, resulta ineludible que tal posición residencial les asegura conservar el capital simbólico que otorga el lugar de residencia. Al permanecer en los barrios asociados a los sectores medios porteños y relegar los barrios del sur, donde históricamente habitaron los sectores de menores ingresos, estos jóvenes procuran sostener cierta posición social. En el siguiente testimonio, Vanesa, quien se mantuvo en Palermo, retoma el argumento de la distancia para explicar la opción por este barrio.

En un momento pensé barrios más baratos… Buscamos y como que no era muy significativa la diferencia y después otro barrio donde puede ser más barato, tipo Pompeya, Lugano, Mataderos, Flores, no. Me queda muy lejos de todo. O sea, sería lo mismo que provincia, no me sirve. (Vanesa, 28 años)

Por otra parte, consideramos que la importancia atribuida a conservar el barrio de origen por su cercanía con los espacios de sociabilidad frecuentados también revela un modo de usar la ciudad estructurado por su tipo particular de condición juvenil, lo que involucra tanto el sector social de pertenencia como el momento en la trayectoria vital. En el marco de la experiencia juvenil de sectores medios, las relaciones de parentesco pierden centralidad y gana fuerza la cercanía a los espacios de trabajo y de sociabilidad horizontal. Sin hijos por criar ni padres por mantener, en una etapa de capacitación y experimentación, estos jóvenes valoran la cercanía con sus pares de generación, esa “familia elegida”, como señala Nicolás (28 años), con quienes comparten espacios de encuentro cotidianos. Esta “moratoria social” también parece influir en la búsqueda del depto. Al encontrarse en una etapa de “crecimiento personal” –tal como definen los entrevistados la situación vital que atraviesan–, y en la que no hay proyectos de formar una familia propia en el corto plazo, estos jóvenes de sectores medios porteños priorizan la ubicación antes que los metros cuadrados.

Cabe advertir que si permanecer en la CABA y en esos barrios en particular no aparece en los relatos de estos jóvenes como una problemática es porque pertenecen a familias de sectores medios porteños que intervienen para asegurar su posición residencial. Mientras que algunos cuentan con el capital económico (dinero o patrimonio) de su familia, otros aprovechan el capital simbólico. Con esto nos referimos a que la “posición residencial” de sus padres opera como una carta de presentación; propietarios y residentes históricos en CABA, sus padres no solo aportan sino también operan como una garantía. Habíamos planteado que tanto el lugar de residencia como el modo de tenencia de la vivienda “hablan” acerca de su morador, ya que funcionan como “el signo de una posición en la sociedad, y a este título pueden jugar el papel de una vitrina social” (Bonvalet y Dureau, 2002: 81). Al preguntarle por las condiciones de ingreso al alquiler, Daniela cuenta lo siguiente:

No me pidieron mucho porque como que confiaron mucho en la garantía de mi viejo y… como que él habló con la dueña, con el tipo de la inmobiliaria… Antes de firmar el contrato lo que les dijo es “mirá, ella te va a pagar el alquiler del primero al diez, si no te lo paga, me llamás por teléfono a mí y yo voy a hacer que te lo vaya a pagar y, si no, estoy yo acá de respaldo”. (Daniela, 29 años)

La posición residencial de estos padres de sectores medios funcionaría como el testimonio de una trayectoria moralmente admisible, basada en la “cultura del trabajo”, el sacrificio y el esfuerzo; es decir, a través de la posición residencial, se actualiza aquello que Visacovsky (2014) denomina “el relato de origen de clase media”. Un relato –elaborado durante la primera mitad del siglo XX– sobre el éxito del inmigrante de origen europeo y de sus descendientes, que destaca las virtudes del trabajo y el esfuerzo como camino hacia el éxito y el progreso. Así, ser de sectores medios significa haber atravesado ese camino moral de ascenso social, que otorga seguridad a otros vecinos propietarios quienes, a través de la inmobiliaria, lo evalúan como un inquilino seguro. Por lo tanto, lejos de ocultar las marcas de su condición de clase, estos jóvenes muestran su pertenencia familiar a los sectores medios porteños como una suerte de credencial social que, si ya les habilitó la pertenencia a la Capital, ahora debe asegurarles su permanencia.

Palabras finales

En este capítulo abordamos las valoraciones y las preferencias residenciales de un grupo de jóvenes de sectores medios porteños, en el marco del proceso de salida del hogar de origen. Al explorar cómo toman sus decisiones en torno al modo de tenencia y la localización, nos adentramos en sus modos de clasificar y distinguir la ciudad. Espacio domesticado, la CABA representa para estos jóvenes su lugar de pertenencia, donde se sienten cómodos y en casa: saben usarla, moverse y, sobre todo, saben que ese es su lugar. Arraigados en este habtius socioespacial, el conurbano bonaerense no constituye una alternativa pensable, posible y deseable.

El sueño de la casa propia también puede rastrearse en los relatos de estos jóvenes de sectores medios porteños. Se trata de un sueño compartido y transmitido de generación en generación, que configura sus horizontes residenciales. Sin embargo, este mandato cultural se diluye entre las generaciones recientes porque, aunque implícita, una condición resulta taxativa: habitar en la CABA y en ciertos barrios en particular, algo que, como vimos, resulta cada vez más difícil. Al emprender el proyecto de formar un hogar propio, estos jóvenes aprenden que, bajo las coordenadas en que opera el mercado habitacional de la CABA, el alquiler representa el precio a pagar para habitar en la CABA y los barrios tradicionalmente asociados a los sectores medios. En este sentido, sus horizontes residenciales están configurados tanto por el habitus de clase como por el habitus generacional.

Con el apoyo de sus padres, históricos vecinos y merecedores de la ciudad, estos jóvenes afrontan las restrictivas condiciones de acceso a una vivienda en la CABA. Algunos logran cumplir con el sueño de la casa propia, otros se vuelcan al mercado de alquiler; de una u otra forma, la pertenencia familiar opera como un recurso –material y simbólico– para perpetuar la posición residencial de origen. Así, estos jóvenes pertenecientes a familias de sectores medios porteños se presentan como los herederos de la ciudad, quienes, al emprender la formación de un hogar propio, se (re)apropian de un espacio del que sus familiares ya se apropiaron. Portadores de este habitus socioespacial, al habitar y usar el espacio, estos jóvenes producen domesticidad y reproducen ciudad.

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  1. Sobre la construcción de un barrio “de clase media”, véase también López (2014).
  2. Como señalan Boy et al. (2015), y problematizamos en este libro, la CABA está atravesada por (des)encuentros de las diferencias, donde se (re)produce la segregación espacial.
  3. En este libro, el capítulo de Martín Boy, titulado “Travestis y vecinos/as en espacios dis.putados: argumentos conflictuados en torno a la reforma del Código de Convivencia”, explora, a partir del análisis de los debates públicos en torno a la oferta de sexo callejera, cómo los diferentes actores sociales involucrados en tales debates recurren a ciertas narrativas de raza, clase y género para promover proyectos de ciudad disímiles de acuerdo con quiénes deben vivir en la ciudad y quiénes no.
  4. Para un desarrollo en profundidad de la evolución espacial y las demarcaciones que dieron lugar a los partidos del conurbano, véase Di Virgilio, Guevara y Arqueros Mejica (2015).
  5. La liberación de los alquileres –que habían sido congelados en 1943–, la implementación de una nueva ley que contenía mecanismos indexatarios en los precios de los lotes y alquileres, así como el incremento de los impuestos inmobiliarios y el establecimiento de una nueva normativa que impedía los loteamientos sin infraestructura, fueron medidas que encarecieron significativamente habitar la ciudad (Marcús, 2011). Además, durante este Gobierno se estableció un patrón que se mantiene hasta el día de hoy: la dolarización del mercado inmobiliario para las operaciones de compra y venta de propiedades; es decir, los precios se denominan y “miden” en dólares y las transacciones se realizan en la moneda norteamericana (Gaggero y Nemiña, 2013).
  6. A modo ilustrativo, la Ley de Alquileres 23.091, sancionada en 1984, no incorporó modificaciones a la anterior, por lo que se mantuvieron la indexación, de acuerdo con el índice del costo de vida, los meses de depósito y la exigencia de garantes; tampoco realizó modificaciones esenciales al régimen de alquileres liberados (Marcús, 2011).
  7. Cabe mencionar, por ejemplo, la flexibilización de la posibilidad de inversiones en el sur –área donde históricamente los sectores populares habían encontrado mayores condiciones para asentarse–; la recuperación de áreas centrales como Puerto Madero –que hizo aumentar el precio del suelo urbano–; y la realización de obras viales que acompañaron este proceso, como las autopistas. Además, se endureció el Código Penal en materia de desalojos y, en cuanto a las villas miseria, se intentó un proceso de relocalización-expulsión de los habitantes de la Villa 31 debido a la alta rentabilidad de esas tierras ubicadas en Retiro. Para profundizar, véase Rodríguez (2003).
  8. Tal como señala Juliana Marcús en la Introducción de este libro, durante la última década se fue profundizando en la gestión pública del espacio urbano una lógica neoliberal, caracterizada por el hecho de que se priorizan las necesidades y los intereses del capital privado, de los grandes inversores y financieros, y de los promotores inmobiliarios, sobre la necesidad social del habitar.
  9. Se trata de un programa de créditos hipotecarios impulsado en junio de 2012 por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el Banco Ciudad y el Instituto de la Vivienda. Su particularidad radica en que ofrece una baja tasa de interés y hasta quince y veinte años, según la edad del postulante. Está dirigido principalmente a familias jóvenes o de bajo nivel de ingresos. Para un análisis al respecto, véase Benitez, Felice y Márquez (2014).
  10. Entre las modalidades identificadas, se inscriben el préstamo o regalo de vivienda, el regalo monetario y el “credipapis” (categoría nativa que deriva de la conjunción entre “crédito” y el diminutivo de “padres”). Para un análisis en profundidad de las modalidades que asume la “ayuda familiar” según el tipo de capital movilizado y los intercambios económicos intervinientes, véase Felice (2016).
  11. Al respecto, véase la compilación de trabajos sobre el Gran Buenos Aires en Kessler (2015).


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