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Prólogo

Mario Margulis

El auge de la población urbana es uno de los aspectos más destacados en el mundo actual. La rápida urbanización es un acontecimiento trascendente que ha transformado la vida de gran parte de la población del planeta. Antes de 1950, una proporción importante vivía todavía en un entorno rural; desde entonces, a la par y en concordancia con la evolución del sistema económico, con la dinámica política y con los revolucionarios cambios científico-tecnológicos, la población urbana creció de manera acelerada y, en los distintos continentes, se expandieron las antiguas ciudades y también surgieron y se desarrollaron nuevas aglomeraciones metropolitanas de enorme tamaño y millonaria población.

Actualmente la mayor parte de la población mundial habita en ciudades, y no solo se produjo el rápido crecimiento de algunos de los grandes conglomerados ya existentes –Londres, Nueva York, Tokio–, o sea las capitales del poder y del dinero en los mercados capitalistas, sino que también surgieron enormes aglomeraciones urbanas en zonas de relativo desarrollo –San Pablo, México DF, Shanghái– y proliferaron grandes metrópolis en regiones que fueron emergiendo conflictivamente del colonialismo del siglo XIX, como es el caso de El Cairo, Bombay, Dacca o Lagos.

La ciudad moderna crece a la par del desarrollo capitalista; los imperativos de la economía y la política son centrales en su crecimiento: actúan sobre las migraciones e influyen en la dinámica del crecimiento vegetativo, operan sobre los mercados de trabajo y sobre las posibilidades de sobrevivir de los marginados que encuentran refugio en las ciudades donde se concentra la riqueza. También el predominio de la economía mercantil y financiera, junto con el auge tecnológico, influye en las principales variables demográficas, en la fecundidad y la mortalidad y, en relación con ello, en la esperanza de vida. Asimismo, la mayor productividad y el cambio técnico en las zonas rurales inciden sobre el empleo agrario y juegan como factor de expulsión de la población rural.

La desigualdad social atraviesa el mapa urbano; la conflictividad social, que deriva de ella, se materializa en los múltiples contrastes que tienen sus expresiones extremas en barrios lujosos y viviendas miserables. El espacio se convierte en mercancía y despliega sus encantamientos en proyectos fastuosos y en políticas públicas de ambiguo propósito. Asimismo, y en relación con ello, nuevos y múltiples imaginarios expresan, de diversos modos, la complejidad y la variedad de la experiencia urbana.

Los problemas que emergen en las ciudades modernas se asemejan, y en distintas zonas del mundo aparecen nuevas situaciones causadas por el crecimiento acelerado, el transporte y la congestión urbana. La necesidad de construir nuevos edificios para vivienda, oficinas y otros rubros y la renovación en materiales y en sistemas de construcción, la urgencia de sistemas eficaces de aprovisionamiento y de recepción de distintos suministros (agua, electricidad, gas, etc.), el complejo tema de los residuos, los desagües cloacales, los problemas de salubridad y seguridad, entre muchos aspectos que exige la ciudad, van incorporando soluciones provenientes del progreso tecnológico y de los novedosos sistemas de organización y de control. Han cundido la revolución informática y los sistemas digitales que influyen, entre otros temas, en las formas y la localización del trabajo, en el tránsito y en los sistemas de seguridad. Las ciudades tienden en consecuencia a parecerse, a incorporar rápidamente soluciones que ya han demostrado ser eficientes; sin embargo, las distintas ciudades conservan su identidad que radica, sobre todo, en su historia peculiar, en su cultura construida por la acción colectiva y en los complejos senderos de la memoria.

El espacio público también está inmerso en esta dinámica compleja y, poco a poco, va expropiando al habitante de las libertades que la ciudad brindaba. El transporte automotor se hace dueño de calles y avenidas, el hombre de a pie es desalojado por vehículos ruidosos e invasores, reducido a caminar por aceras estrechas y a trasladarse con medios de transporte abarrotados. En las metrópolis modernas, y sobre todo en las nuevas ciudades emergentes, la contaminación restringe el aire y la luz. La especulación está presente en la construcción de viviendas minúsculas, en la mediocridad de la arquitectura y en la expropiación del paisaje urbano. La valorización de antiguos barrios céntricos, habitados por gente de menores recursos, opera de modo inexorable obligando a los más pobres a radicarse en zonas alejadas.

La ciudad es un laberinto complejo, con múltiples facetas, que permite ser mirado desde distintas perspectivas. A menudo formas de exclusión material y simbólica se invisibilizan en la comunicación pública aunque son dolorosamente sentidas por los afectados que, sea por su origen, su color o su pobreza, perciben señales, para ellos claramente legibles, que les marcan su lugar y las barreras que no deben transgredir.

Este libro se centra en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que, al igual que otras grandes metrópolis, exhibe una dinámica variada y, si se considera también el ámbito suburbano que se extiende más allá de la avenida General Paz, se revelan con mayor claridad las grandes desigualdades: la riqueza y pobreza se expresan sin eufemismos, son visibles las viviendas lujosas de los ricos y los barrios valorados de los sectores medios, también las viviendas precarias de los más pobres. Los ferrocarriles suburbanos así como las autopistas y los caminos que confluyen en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, transportan diariamente a millones de personas desde la periferia hacia las zonas centrales, donde es más densa la concentración de oficinas públicas y de empresas comerciales, de servicios y fabriles, y los devuelven al finalizar la jornada laboral a sus viviendas suburbanas. Esta migración cotidiana tiene su origen en el intenso crecimiento de esa periferia suburbana, basado en la migración interna y en la llegada de numerosos habitantes desde los países vecinos y, también, provenientes de otras zonas de América del Sur. Poco a poco la población más pobre, y sobre todo la inmigrada en las últimas décadas, ha debido radicarse en zonas alejadas y se ha visto obligada a destinar varias horas diarias para trasladarse a sus lugares de trabajo. La otra alternativa de alojamiento han sido las llamadas “villas miseria”, espacios donde habita una décima parte de la población de la Ciudad Autónoma, asentadas en terrenos ajenos –públicos o privados–, urbanizadas de modo espontáneo y carentes de muchos de los servicios urbanos que caracterizan a la vida moderna.

La ciudad contiene zonas en las que se observa con mayor nitidez la diferenciación étnica y la desigualdad social en su población. Por ejemplo las estaciones de ferrocarril y las zonas que las circundan, en las que, sobre todo en ciertas horas del día, varía el fenotipo dominante. Son zonas de commuting, de intercambio, en las que acuden a la Ciudad Autónoma centenares de miles de personas que trabajan en ella, sobre todo en la industria, la construcción y el servicio doméstico, y que vuelven, al finalizar el día, a sus hogares en la periferia suburbana.

La pobreza no solo implica menor consumo, menos comodidades, peor alimentación, difícil acceso a la educación y, por tanto, peores empleos; también, y en combinación con lo anterior, está profundamente asociada con el prejuicio y la exclusión. A medida que la ciudad se extiende hacia las áreas suburbanas, también pueden observarse cambios en los cuerpos de sus habitantes con respecto de los que predominan en las zonas más ricas: la piel se torna más oscura, abundan los provincianos y los que han llegado, sobre todo, de Bolivia, Chile, Paraguay y Perú, que ostentan rasgos físicos característicos del mestizaje latinoamericano y que se diferencian de los ciudadanos “blancos”, que provienen de la migración de origen europeo. Han mantenido fuerte influencia en nuestra cultura las estructuras de sentido que tienen su origen en el racismo que caracterizó a la organización colonial española, sumadas a la influencia del pensamiento predominante en el siglo XIX, época en la que el pensamiento dominante en el ámbito político y científico internacional se pronunciaba por la desigualdad entre las llamadas “razas”, lo que era coherente con la expansión imperialista en varios continentes, especialmente la protagonizada por países europeos. Se justificaba la llamada “superioridad del hombre blanco” con argumentos pseudocientíficos impregnados de racismo y se enaltecía la blancura de la piel y el fenotipo europeo, considerando inferiores a los portadores de cuerpos y de caras que no respondían al ideal de blancura, aquellos que por lo tanto no poseían el cuerpo legítimo que en nuestro país distingue a los habitantes provenientes de los pueblos autóctonos y sus diversos mestizajes de aquellos que descendían de los barcos.

El avance en las técnicas de producción rural –mejores semillas, riego, fertilizantes, maquinaria agrícola– determinó una menor necesidad de mano de obra y contribuyó a la migración de población hacia zonas urbanas. A los factores de expulsión originados en la menor demanda de empleo en las áreas rurales se sumaron los factores de atracción que emergían de la ciudad, que parecía prometer modos de vida y de consumo que eran popularizadas en los pueblos del interior por los nuevos medios de comunicación, sobre todo la radio. Este proceso cobró ímpetu en nuestro país a partir de la crisis de los años treinta y después de la enorme inmigración de ultramar que tuvo su auge en los cincuenta años anteriores; ambos procesos migratorios fueron grandes impulsores del crecimiento poblacional en Buenos Aires.

Mientras que en países más ricos, principalmente en Europa, Rusia, los Estados Unidos, la población tiende a disminuir o a estancarse por la dinámica interna del crecimiento vegetativo en las grandes ciudades en las que se reduce la fecundidad, en las regiones más pobres y en países de poco desarrollo la explosión demográfica continúa, sobre todo por la elevada natalidad que prosigue mientras que la mortalidad se ha reducido, aunque no lo suficiente según las pautas de salubridad de los países de mayor desarrollo. Ello, sumado a los conflictos políticos y étnicos y a los problemas de la extrema pobreza, impulsa a gran número de personas a tratar de ingresar a los países de mayor desarrollo. Tal el caso de migraciones a Europa desde África y el Medio Oriente, que generan choques culturales y prejuicios raciales, pero que también tienden a solucionar, en parte, los desequilibrios que el bajo crecimiento vegetativo de la población europea produce en la estructura por edades de la población: envejecimiento de la población y alteración hacia formas anómalas de las pirámides de población.

La ciudad expresa las contradicciones en su crecimiento de la desigualdad (manifestada en la calidad de barrios y viviendas, localización y espacios libres), de su evolución relacionada con la especulación y atravesada por las luchas de clase, y de la discriminación hacia aquellos venidos de zonas rurales o del exterior, que no comparten aspectos de la cultura y poseen rasgos étnicos distintivos. En este libro, los investigadores dan cuenta de la enorme multiplicidad de la ciudad, de la variedad de imaginarios, de proyectos, de luchas y de resistencias que se originan en sectores de vecinos y en organizaciones civiles ante el auge del espíritu mercantil y el predominio de la especulación, que afectan el paisaje urbano y su estética y limitan la calidad del hábitat. Ante la pujanza de las fuerzas del mercado que antagonizan los ideales urbanos que propician una ciudad hospitalaria, segura, equitativa y solidaria, son importantes los esfuerzos crecientes de organizaciones de vecinos que reivindican su derecho a la ciudad y defienden el patrimonio, oponiendo resistencia a las tendencias mercantiles predominantes y denunciando los abusos y las violaciones de los derechos establecidos por la legislación vigente, tratando de preservar un espacio urbano que remita a los mejores ideales de ciudad.

Este libro es resultado del trabajo de un equipo de investigadores del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires que asume con seriedad, conocimiento y capacidad la extrema complejidad y los variados matices del tema tratado. Con plena conciencia de los múltiples aspectos que conforman la dinámica de la ciudad contemporánea y de la variedad de formas posibles de abordaje, exploran y describen, con prosa clara y precisa, aspectos estratégicos de la dinámica actual. El propósito es dar cuenta, como parte de su esfuerzo sistemático y continuado por aportar al conocimiento, de aquellas contradicciones en el crecimiento de Buenos Aires que aún son poco frecuentadas por los estudios urbanos, advertidos de la conflictividad y lucha de intereses que deben ser abordados para tratar este difícil tema: la ciudad en que vivimos, intensa y cambiante, injusta y rebelde, con sus enfrentamientos y sus solidaridades, su historia debatida y el peso de la memoria.



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