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Introducción

La ciudad en disputa

Juliana Marcús

Este libro reúne los resultados de una investigación colectiva sobre las disputas por la producción sociocultural del espacio urbano en la Ciudad de Buenos Aires que venimos realizando hace varios años un grupo de investigadores formados y en formación en el Área de Estudios Culturales del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Los integrantes del equipo conformamos el Grupo de Estudios Culturales y Urbanos (GECU)[1] y desarrollamos nuestras actividades en el marco de proyectos de investigación[2] financiados por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la UBA y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

Nuestro punto de partida, en diálogo con Henri Lefebvre (2013) [1974], es que el espacio urbano es un producto social, es decir, es el resultado de las acciones, las prácticas y las relaciones sociales en el territorio, pero a su vez es parte de ellas. En este sentido, el espacio “es soporte, pero también es campo de acción. No hay relaciones sociales sin espacio, de igual modo que no hay espacio sin relaciones sociales” (Martínez Lorea, 2013: 14). En la producción social del espacio urbano no solo intervienen las acciones de planificación y regulación; también las distintas formas de habitarlo y experimentarlo hacen posible su producción. En este libro analizamos la relación conflictiva y en disputa entre los actores que representan el poder político, técnico y económico –Estado, urbanistas, arquitectos, inversores y promotores inmobiliarios– que pretenden dominar el proceso de producción y de configuración del espacio urbano en la Ciudad de Buenos Aires, y los moradores y usuarios que en sus diversos modos de apropiación espacial manifiestan en todo momento la necesidad y el deseo de producir ciudad.

La reconfiguración del espacio público porteño mediante políticas de renovación urbanística y de control sobre los usos permitidos y prohibidos de ese espacio llevadas a cabo por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires; los procesos de vaciamiento urbano producidos por organismos gubernamentales a escala local y nacional, por inversores urbanos y por desarrolladores inmobiliarios en terrenos públicos y privados para la construcción de megaproyectos urbanos;[3] la acción colectiva de movimientos sociales urbanos que luchan por el acceso igualitario a la vivienda; las expectativas y las decisiones residenciales de los jóvenes de sectores medios porteños que emprenden el proyecto de buscar una vivienda para formar un hogar propio; y los conflictos sobre el uso del espacio público que realizan los integrantes de una huerta urbana comunitaria ubicada en un predio abandonado, los manteros que venden mercancías en las aceras de la ciudad y las travestis que ejercen el trabajo sexual en las calles porteñas, han sido los casos de estudio.

Hemos adoptado la perspectiva de la sociología de la cultura para analizar los conflictos urbanos en torno a las disputas por la ciudad y las contradicciones que presenta. Desde este campo del conocimiento, que podemos describir como la “dimensión cultural de los fenómenos sociales”, la cultura se considera en el plano de las significaciones y en las tramas de sentido construidas social e históricamente que organizan nuestra comunicación, nuestra interacción y nuestra identificación con el mundo que nos circunda (Margulis, 2009). En este sentido, nuestras investigaciones se han orientado hacia el estudio de la dimensión cultural que opera en la formación del sentido y que está presente en los intercambios simbólicos referidos a los diversos modos de producir ciudad.

De acuerdo con Mario Margulis (2009: 87), la ciudad “puede ser considerada expresión de la cultura y texto descifrable”; podemos leer la ciudad como si fuera un texto e interpretar las huellas de su construcción histórica y social en las calles, en las plazas, en los edificios, en la arquitectura y en las relaciones sociales entabladas en el territorio. Los capítulos de este libro analizan estas huellas como resultado de las luchas por la construcción del sentido presentes en la producción social del espacio urbano y su incidencia en los códigos culturales que orientan las múltiples maneras de leer, percibir y experimentar la ciudad. Se trata de luchas simbólicas por definir un orden espacial, por imponer modos de nominar el espacio y por prescribir ciertos usos del espacio y excluir otros. Pero también se trata de disputas económicas y sociales por la apropiación de los beneficios que produce la ciudad.

La producción del espacio en un contexto de urbanismo neoliberal

En las últimas tres décadas, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) ha sufrido un acelerado proceso de transformación socioespacial y de reconfiguración urbana en un contexto internacional de expansión del “urbanismo neoliberal” (Theodore, Peck y Brenner, 2009) que les exige a las ciudades que funcionen como empresas orientadas hacia el rendimiento y la generación de ganancias, al tiempo que las convierte en una de las formas privilegiadas de absorción del capital excedente. A modo de ejemplo, el boom inmobiliario registrado en la CABA entre 2001 y 2011 forma parte de un proceso de mercantilización urbana cuyo motor ha sido la búsqueda de renta y de beneficios producidos en el mercado del suelo y en la industria de la construcción (Cuenya, 2016).

En este marco se desarrollan las dinámicas de producción del espacio urbano analizadas en este libro donde la Ciudad de Buenos Aires, al igual que otras metrópolis, se ha convertido en un “laboratorio institucional” (Theodore, Peck y Brenner, 2009) para diversos experimentos de políticas neoliberales, como el city marketing, la creación de los distritos creativos o clústeres económico-productivos, el impulso a las alianzas público-privadas y las narrativas y prácticas enfocadas en la revitalización de zonas degradadas de la ciudad que incentivan procesos de valorización del suelo e inmobiliaria.

Según Jaume Franquesa (2007: 127), “el espacio es una mercancía[4] fundamental para el mercado, en tanto que funciona a la vez como efecto (producto) y recurso (medio de producción) de los procesos económicos que tienen por objetivo la producción de plusvalía”. Ahora bien, estas plusvalías se generan no solo a partir de mecanismos puramente mercantiles, sino que requieren de (des)regulaciones políticas, de elaboraciones discursivas y de la intervención de agentes externos al mercado. Así, se produce el “giro emprendedor del Estado” (Harvey, 1989), es decir, los gobiernos locales consideran como prioridad la creación de facilidades[5] para la inversión de capitales orientada a la construcción de grandes proyectos urbanos y para la apropiación privada del excedente que se produce con las reformas urbanísticas.

En el caso de la Ciudad de Buenos Aires, la administración “empresarialista” (De Mattos, 2007) del gobierno porteño, sobre todo en la última década en la que se fue profundizando una lógica neoliberal en la gestión pública del espacio urbano, ha otorgado facilidades a inversores inmobiliarios, como las exenciones impositivas, la venta de terrenos fiscales a muy bajo precio, las excepciones al código de edificación, la flexibilización en las habilitaciones y las rezonificaciones de áreas residenciales en áreas comerciales (Cuenya, 2011; Pírez, 2014; Rodríguez y Di Virgilio, 2014; Zarlenga y Marcús, 2014; Socoloff, 2015; Baer y Kauw, 2016; Thomasz, 2016). En este sentido, los flujos de capitales inversores destinados a los negocios inmobiliarios traspasan cada vez con mayor facilidad las fronteras nacionales, que se vuelven porosas por la falta o escasa intervención y regulación estatal (De Mattos, 2007).

Estos modos hegemónicos de producción de espacio urbano ligados a la ciudad-mercancía inciden en el incremento del precio del suelo urbano y de los alquileres, en el acceso diferencial al territorio, en la expulsión de los habitantes de sus barrios y en la mercantilización de las relaciones urbanas. De esta forma, se configura una Ciudad de Buenos Aires en la que se profundizan las diferencias de clase y las injusticias sociales y se refuerza la concepción de una ciudad jerarquizada[6] reservada a los sectores medios y altos de la sociedad.

Pero además, las políticas públicas urbanas y culturales orientadas a procesos de renovación urbanística que promueven la puesta en valor del patrimonio urbano y fortalecen la marca Buenos Aires para atraer al turismo y las inversiones de capitales privados, las escasas políticas habitacionales hacia los sectores populares para garantizarles el derecho a una vivienda digna, sumadas a los mecanismos de control y regulación del espacio público porteño, por mencionar solo algunas de las políticas de la última década, contribuyen a la (re)producción material de una ciudad que se vuelve cada vez más desigual social, económica y territorialmente (Girola, Yacovino y Laborde, 2011; Cosacov, 2012; Benitez, Felice y Márquez, 2014; Boy y Perelman, 2017). Una ciudad que reactualiza las fronteras simbólicas de permisividad y exclusión al definir quienes merecen habitarla y quienes no (Oszlak, 1991). Para ello activa diversos mecanismos de vigilancia y de expulsión hacia los considerados indeseables –vendedores ambulantes, okupas, cartoneros, trabajadoras sexuales en el espacio público, personas que viven en la calle– que luchan cotidianamente por acceder y permanecer en la ciudad (Carman, 2006; Grimson, 2009; Marcús, 2014; Boy, Marcús y Perelman, 2015). En sus resistencias, en los diversos modos de habitar, transitar y circular que reivindican otros usos y representaciones posibles del espacio urbano, imprimen nuevos sentidos y participan en su producción. De modo que la ciudad se construye y se produce permanentemente como resultado de pujas y disputas que incluyen decisiones políticas, económicas, estéticas, urbanísticas y las “mil maneras de hacer” (De Certeau, 2000) de los practicantes del espacio.

Ahora bien, ¿qué entendemos por producción social del espacio en sociedades capitalistas y neoliberales? Este libro retoma la propuesta de Henri Lefebvre (2013) al considerar el espacio como un producto social, tal como hemos planteado al comienzo de esta introducción. Para entender la producción social del espacio, Lefebvre propone una tríada conceptual compuesta por las “prácticas espaciales”, las “representaciones del espacio” y los “espacios de representación”. A cada una de estas dimensiones le corresponde un tipo de espacio respectivamente: el “espacio percibido”, el “espacio concebido” y el “espacio vivido”.

La “práctica espacial” se relaciona con el “espacio percibido”, el más cercano a la vida cotidiana y a los usos de los lugares. En el contexto de una ciudad, la práctica espacial remite a lo que ocurre en las calles y en las plazas, a los usos imprevistos, espontáneos y astutos que hacen los itinerantes y los usuarios de la ciudad al (re)significar y apropiarse de los espacios que se presentan organizados, planificados y estructurados. Es el espacio de la experiencia material y la (re)producción de la vida social que vincula la realidad cotidiana con la realidad urbanística.

La dimensión de la “representación del espacio” se corresponde con el “espacio concebido”, el espacio provisto por el Estado, los científicos, los tecnócratas, los arquitectos, los planificadores y los urbanistas. El espacio concebido se pretende abstracto e instrumental y busca regular y organizar los espacios percibidos y vividos; “es el espacio dominante en cualquier sociedad (o modo de producción)” (Lefebvre, 2013: 97), el espacio de la fragmentación y la restricción, el lugar del orden y del poder, el espacio que clasifica, prescribe y proscribe ciertos usos y no otros. En otras palabras, intenta disolver lo urbano, es decir, las prácticas espontáneas y dispersas y las experiencias propias de los habitantes de la ciudad para transformarlo en urbanización guiada por la lógica del conocimiento experto y del poder (Delgado Ruiz, 2003). El espacio concebido hace efectiva la internalización de las estructuras del orden social entendido como “orden urbano” (Duhau y Giglia, 2004), es decir, un conjunto de normas orientadas a la regulación de las prácticas urbanas. En este sentido, los practicantes de la ciudad introyectan estas normas en tanto “sentido del juego” urbano (Bourdieu, 1999) e incorporan las lógicas que regulan en un momento determinado la dinámica del espacio urbano en forma de “mapas mentales” (Bauman, 2005) que moldean sus percepciones y sus apreciaciones sobre la ciudad.

Por último, los “espacios de representación” son los “espacios vividos”, espacios de la imaginación y de lo simbólico dentro de una existencia material donde se realiza la búsqueda de nuevas posibilidades de la realidad espacial. “El espacio de representación se vive, se habla […], contiene los lugares de la pasión y de la acción, los de las situaciones vividas y, por consiguiente, implica inmediatamente al tiempo” (Lefebvre, 2013: 100). En este espacio se inspiran las resistencias, las deserciones y las desobediencias ciudadanas, y se cuestionan las reglas de la coherencia y la cohesión impuestas por las representaciones del espacio. El espacio vivido proyecta y propone otros modos posibles de hacer ciudad asociados al “habitar”.[7] Como señala Ángela Giglia (2012: 12), a partir de los aportes de Heidegger, “en el proceso de construir está ya el habitar”. En el habitar se reafirma la noción de ciudad como obra colectiva donde los usuarios urbanos configuran y aportan lógicas diferentes del espacio. Se trata de proyectos alternativos que se encuentran en disputa con las formas hegemónicas de planificar la ciudad.

Los capítulos del libro

Para comprender la Ciudad de Buenos Aires como un territorio en disputa, los siete capítulos que componen este libro consideran como punto de partida la tensión permanente entre las tres dimensiones presentes en la producción social del espacio urbano descriptas en el apartado anterior: la “práctica espacial”, la “representación del espacio” y los “espacios de representación”. A partir de la contradicción entre el espacio entendido en tanto mercancía en el que predomina su “valor de cambio” y los espacios de la representación propios de la experiencia de las prácticas sociales caracterizados por los “valores de uso”, cada proyecto de producción de ciudad analizado en este libro trae consigo un modelo urbano que responde a diversos modos de concebir, percibir y vivir la ciudad. En este sentido, los trabajos reunidos en este volumen analizan las disputas por la producción sociocultural del espacio urbano entre diferentes actores sociales que entran en conflicto por la definición de los usos legítimos e ilegítimos de ese espacio.

El capítulo de Juliana Marcús y Diego Vazquez centra su análisis en la producción de espacios vacantes en plena trama urbana, denominados vacíos urbanos desde las retóricas urbanísticas y de las autoridades locales, como un modo particular de pensar, planificar y estructurar la ciudad. Frente a estos procesos se presentan resistencias ciudadanas que reivindican otros modos posibles de hacer ciudad asociados al uso colectivo del espacio. Los autores estudian las múltiples capas de un conflicto en torno al vaciamiento material y simbólico y los proyectos de (re)llenado urbano en los ex-terrenos ferroviarios pertenecientes al Estado Nacional ubicados en el barrio de Caballito y de la manzana 66 de propiedad privada situada en el barrio de Balvanera. A partir de los casos analizados, observan que los vacíos urbanos se presentan como áreas de oportunidad para la construcción de emprendimientos inmobiliarios sumamente rentables, pero también, se convierten en un recurso para la participación de los residentes del barrio en la producción de la ciudad.

Martín Boy analiza en su capítulo las audiencias públicas de 2004 en torno a la reforma del Código de Convivencia de la Ciudad de Buenos Aires en las que la oferta de sexo callejera se constituyó como uno de los pilares centrales de la discusión. En su investigación problematiza las formas en que los diferentes actores sociales involucrados en estos debates (empresarios/as, travestis, organizaciones de la sociedad civil, vecinos/as, entre otros) apelan a narrativas de raza, clase y género construidas histórica, social y culturalmente para promover proyectos de ciudad disímiles visibilizando quiénes deben vivir en ella y quiénes no. Este conflicto urbano pone de manifiesto de qué modo estos discursos construyen espacios y promueven cuerpos y prácticas legítimas e ilegítimas.

El capítulo de Agustina Márquez procura contribuir a la comprensión de los procesos de mercantilización de la ciudad y su incidencia en los usos diferenciales del espacio a partir del análisis de un conflicto urbano: el desalojo en 2008 de la Huerta Orgázmika, un emprendimiento colectivo autogestionado que surgió en 2002 en un espacio abandonado en el barrio porteño de Caballito. A partir de este caso de estudio de producción social del espacio a nivel de las interacciones sociales, la autora analiza las formas en que operan lógicas de “etiquetado” de ciertos grupos sociales sobre otros en la definición de usos permitidos y prohibidos del espacio urbano. Desde estas lógicas, funcionales a los intereses económicos de los capitales inmobiliarios y de la gestión del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, los integrantes de la huerta y los usos y apropiaciones de ese espacio fueron construidos como “desviados”.

María Agustina Peralta en su capítulo da cuenta de un conflicto urbano atravesado por el uso del espacio público que realizan los “manteros” que venden artículos diversos de consumo popular en las aceras de la ciudad como principal medio de autosustento. La autora analiza el contenido de los discursos de cámaras empresariales, medios de comunicación, partidos políticos y asociaciones vecinales que apuntalan la determinación de los modos legítimos e ilegítimos de usar y transitar el espacio público en la Ciudad de Buenos Aires y construyen a los “manteros” como una otredad en el centro de la ciudad. El capítulo expone, a su vez, las disputas por la producción de ciudad a partir de las tácticas desplegadas por los “manteros” en un territorio que se (re)presenta como ajeno.

Por su parte, Martina Berardo y Diego Vazquez estudian la planificación y la implementación de una política urbana específica del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires durante la gestión del partido Propuesta Republicana (Pro) entre 2007 y 2015: la humanización del espacio público en el Microcentro porteño. Los autores observan que los técnicos y los funcionarios del Gobierno utilizan esta consigna como narrativa legitimadora para reestructurar el espacio público del Microcentro y configurar un orden urbano que prescriba los usos y los actores permitidos en ese espacio y los que deben ser expulsados y excluidos de él. De esta manera, el capítulo señala que en la ejecución de esta política urbana se impone un esquema clasificatorio en el que “humanizar” es utilizado como sinónimo de educar, civilizar y neutralizar a las otredades urbanas.

El capítulo escrito por Joaquín Benitez propone recuperar una serie de conceptos de las teorías de la oportunidad política para acercarse al problema de la conflictividad urbana y la acción colectiva. Para ello analiza los datos del trabajo de campo realizado durante sus estudios de maestría a fin de relevar las percepciones que los referentes políticos y territoriales de movimientos sociales urbanos por la vivienda realizan del período 2007-2015 en la Ciudad de Buenos Aires. El objetivo del capítulo es identificar y analizar aquellos aspectos que condicionaron las oportunidades para la movilización, la articulación de distintos actores sociales y la presentación de sus demandas por el acceso a las áreas centrales de la ciudad y a una vivienda adecuada.

Finalmente, Magdalena Felice explora las expectativas residenciales de los jóvenes de sectores medios y medios-altos porteños que emprenden el proyecto de formar un hogar propio, a partir del análisis de las entrevistas realizadas en el marco de su investigación de tesis de maestría. El capítulo reflexiona sobre los modos en que la condición de clase y la condición generacional influyen en las decisiones de los jóvenes bajo estudio sobre el habitar, la vivienda y la localización residencial, y las formas en que se construye y (re)produce la ciudad material y simbólicamente respecto del lugar que deben ocupar en ella los distintos sectores sociales. Mientras las travestis, los integrantes de la huerta urbana, los manteros y las personas que viven en la calle son construidos como intrusos que invaden el espacio público –según los análisis realizados en los capítulos de Martín Boy, Agustina Márquez, María Agustina Peralta, y Martina Berardo y Diego Vazquez–, los jóvenes entrevistados en este capítulo conformarían el universo de quienes merecen habitar la ciudad. Estos jóvenes de sectores medios y medios-altos se perciben como los herederos de la ciudad y al proyectar la salida del hogar de origen despliegan estrategias para permanecer en una ciudad que les pertenece.

Los siete capítulos revelan una ciudad en movimiento, en permanente construcción y transformación, una ciudad viva con sus contrastes y dinámicas complejas en la que la presencia del conflicto es una de sus características constitutivas. En los (des)encuentros, las interacciones, las luchas simbólicas y las negociaciones aparece una tensión constante entre los múltiples modos de producir y significar el espacio urbano.

Quienes escribimos este libro queremos agradecer a María de la Paz Aquino, a Julián Reingold y a Matías Zarlenga, que integraron el equipo de investigación, por los aportes realizados en diferentes etapas de este proyecto. También agradecemos la generosidad de la Fundación Pan Klub-Museo Xul Solar por permitirnos ilustrar la tapa del libro con la reproducción de la obra “Barrio” realizada por el artista argentino en 1953, una pintura que representa la ciudad superpuesta y en disputa que analizamos en este libro.

Por último, dedicamos estas páginas a los y las que luchan todos los días por una ciudad más justa, equitativa e igualitaria.

Referencias bibliográficas

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  1. Nuestras líneas de trabajo se orientan hacia el análisis de los procesos de mercantilización urbana, los conflictos urbanos, la producción social del espacio, los usos diferenciales de la ciudad, las estrategias residenciales, las transformaciones urbanas en el espacio público y su impacto sociocultural, la desigualdad social y urbana, entre otros temas. La experiencia en investigación adquirida en los últimos años nos ha permitido realizar aportes teóricos, empíricos y metodológicos en la enseñanza universitaria a través del dictado anual del seminario curricular de investigación “Vida urbana y producción social del espacio: usos y apropiaciones diferenciales de la ciudad” en la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
  2. Nos referimos al Proyecto UBACyT 20020110300026 (2012-2014) sobre discriminación social en la ciudad y la incidencia de las políticas habitacionales en la jerarquización del espacio urbano; al Proyecto UBACyT 20020130200080BA (2014-2017) sobre el impacto de los procesos de mercantilización de la ciudad en los usos legítimos e ilegítimos del espacio urbano; y al Proyecto de Investigación Plurianual (PIP) CONICET 11220130100526CO (2014-2016) sobre producción social del espacio urbano, modos de habitar y modos de circular por la ciudad, dirigidos por Juliana Marcús. Asimismo, el PIP cuenta con la co-dirección de Martín Boy.
  3. Nos referimos a la construcción de grandes complejos comerciales, emprendimientos habitacionales de lujo destinados a sectores sociales medios y altos, modernos edificios de oficinas, estadios para la realización de eventos internacionales, entre otros.
  4. Tal como sostiene Polanyi (1989) [1944], la condición de mercancía del suelo urbano se vuelve problemática puesto que no ha sido producido, es decir, no es producto del trabajo ni es reproducible por el capital. Se trata de una mercancía que se encuentra espacialmente incrustada y como tal tendrá algo único e irreductible. De modo que una de las características del suelo urbano es su irreproductibilidad. La producción de rentas del suelo urbano estará ligada fundamentalmente a la localización de la tierra, al uso que pueda hacerse de ella y a la factibilidad constructiva otorgada por la planificación en el conjunto urbano (Fernández Wagner, 2009).
  5. Estas facilidades pueden ser leídas como desregulaciones o regulaciones laxas del Estado al mercado del suelo urbano. Estas acciones se vuelven funcionales a los intereses corporativos, financieros e inmobiliarios y se muestran incapaces de poner límites a la producción y valorización selectiva de la ciudad (Ciccolella y Mignaqui, 2008).
  6. Los procesos de mercantilización urbana aquí señalados, desarrollados en las últimas tres décadas, profundizan un proceso de jerarquización del espacio que comenzó hacia 1870 con la modernización de Buenos Aires y continuó durante diferentes momentos del siglo XX a partir de decisiones políticas y urbanísticas que influyeron en la organización del territorio, restringieron el acceso igualitario de los sectores populares a la ciudad y facilitaron la configuración de una ciudad para las clases acomodadas (Marcús, 2011). Para profundizar en este tema, véase el capítulo de Magdalena Felice “Los herederos de la ciudad: horizontes residenciales de jóvenes de sectores medios”, en este mismo volumen, sobre la relación entre las decisiones residenciales de los jóvenes bajo estudio y el lugar que históricamente ocuparon los distintos sectores sociales en Buenos Aires.
  7. En palabras de Lefebvre (1973: 209-210), “habitar es una actividad, una situación. Aportamos una noción decisiva: la de apropiación; habitar, para el individuo o para el grupo, es apropiarse de algo. Apropiarse no es tener en propiedad, sino hacer su obra, modelarla, formarla, poner el sello propio”.


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